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Foto Alcaldía de Cali

El esplendoroso samán de tronco pintado de líquenes erigía majestuoso hacia al cielo sus 16 metros de altura, rodeado de un montón de ramas robustas cargadas de hojas de variados tamaños y diferentes tonalidades de verde, que interpuestas formaban un nido, refugio de la belleza del follaje que cubría el perímetro del espacio lleno de vida.

Simplemente, era gigante, símbolo inequívoco de la fuerza y la belleza, que cuando menos lo esperó fue cerrando lentamente su leñosa vida, mientras en su interior su luz se extinguía, y poco a poco se fue consumiendo.

Se sentía agotado y temía caer de manera intempestiva sobre aquellos que con amor y devoción lo protegían. El dolor aumentaba cada día, sus raíces que soportaban con valentía su grandeza, estaban cansadas de hacerlo y no aguantaban más, estaban limitadas presas del cemento a punto de ceder.

Nunca había experimentado tanto sufrimiento en su vida; no deseaba hacerlo más, ya había cumplido su ciclo y era hora de decirles adiós a los pájaros de plumas de diversos colores que engalanaban sus ramas y revoloteaban coquetamente sobre él.

Cada mañana, rogaba no volcarse y herir a alguno de los seres que lo visitaban, hasta que un día vio su sueño cumplido y se despidió; llegaron a revisarlo con todo el respeto unos hombres que nunca había visto; se le acercaron de manera respetuosa y colocaron un extraño aparato que ellos denominaron escáner, el cual dictaminó lo que ya sabía: estaba enfermo y era hora de decir adiós.

Fue así… poéticamente, como partió, como un grande, rodeado de amor y tristeza de quienes desde sus ventanas le rendían tributo de manera solemne, cada cual, a su manera, unos con aplausos enérgicos y otros con lágrimas que escurrían por sus pómulos, sin comprender que él ya había cumplido su destino, había dejado un legado en sus corazones y era hora de trascender. Fue así como cadenciosa y lentamente cayó sobre la tierra que él siempre protegió del sol.

Fuente: Edith Perdomo Estrada / Alcaldía de Cali


Un niño jugaba el jueves con un avión de juguete en la estación de trenes de Lviv, en el oeste de Ucrania
Un niño jugaba el jueves con un avión de juguete en la estación de trenes de Lviv, en el oeste de UcraniaLuis de Vega

Hay algo más de 1.200 kilómetros de Selydove (región de Donetsk), en el este, a Lviv, en el oeste. Hasta aquí, muy cerca de Polonia, acaba de llegar Alexander. Es una rara avis en un país en el que, mayoritariamente, las mujeres y los niños son los que rompen con su entorno buscando refugio mientras los hombres son los que se quedan. Así es el esquema diseñado por las autoridades de Ucrania para defender al Estado frente a la invasión iniciada por las tropas rusas el pasado 24 de febrero. Pero Alexander, de 40 años, tiene una sola pierna y va en una silla de ruedas que empuja su hija Olena, de 16. Van escasos de equipaje y les acompaña el gato de nombre Biezhik, que significa beis. Él lleva sobre el regazo una caja de zapatos con documentación que considera imprescindible.

Pero no se queja del largo viaje y de las duras condiciones en las que ha de desplazarse. Alexander asegura que los más pesados lastres que arrastra con esta emigración forzosa huyendo de la guerra son los psicológicos. Cuenta ante la estación de trenes de Lviv que dejar atrás a su madre y a un hijo ha sido lo más duro. Padre e hija, como muchos otros de los miles de ucranios que deambulan a diario por este lugar, no tienen un destino fijo. Se han marcado, sin estar muy convencidos, Alemania o el Reino Unido como objetivo. No es porque tengan allí contactos. Simplemente, esperan que les acojan bien. Pura intuición.

Las heridas del alma que sufren las personas que huyen de la guerra o que son víctimas de un proceso migratorio traumático son menos visibles que las físicas, pero no menos importantes. Estas familias están viviendo “un duelo migratorio muy intenso, muy inesperado”, señala desde Barcelona el psiquiatra Joseba Achotegui, ya que “pocos se esperaban esta barbaridad de invadir con tanques Europa”. Este profesor de la Universidad de Barcelona describió hace ya dos décadas el conocido como síndrome de Ulises que, sin ser un trastorno mental, sirve para explicar ese duelo migratorio con estrés crónico y múltiple.

Julia, una psicóloga ucrania voluntaria de 54 años, lleva más de dos semanas escudriñando a los que se bajan de los vagones y pisan desorientados los andenes en la estación de Lviv. Presta especial atención a los convoyes que llegan desde ciudades como Járkov, muy golpeada por las tropas rusas. Es fácil verla, como a otros voluntarios, con su chaleco fluorescente y su acreditación al cuello. Pero ella en vez de comida reparte empatía y calor humano entre los viajeros que se hallan en vía muerta. En este sentido, Achotegui incide en que hay que ir más allá de “las soluciones espirituales y lograr satisfacer también las necesidades físicas” como techo, cama y alimentos.

Elena, de 42 años, explica ante Julia, psicóloga voluntaria, las circunstancias de su salida de los alrededores del frente de Mikolaiv hasta llegar a la estación de Lviv.
Elena, de 42 años, explica ante Julia, psicóloga voluntaria, las circunstancias de su salida de los alrededores del frente de Mikolaiv hasta llegar a la estación de Lviv.Luis de Vega

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La cafetería de la estación es estos días lo más parecido a un centro de acogida de refugiados que se topan al llegar a Lviv (700.000 habitantes, antes del inicio de la guerra) con un limbo. En la barra del bar los voluntarios distribuyen bocadillos, refrescos, cafés o alimentos para bebés. En uno de los rincones se ha improvisado algo parecido a una guardería donde los más pequeños amortiguan entre juguetes el tiempo muerto ajenos a la incertidumbre que devora a sus madres. Hasta este lugar ha llegado Elena, de 42 años, procedente de Voznesensk, a 90 kilómetros de Mikolaiv, una ciudad en el frente de batalla abierto en el sur de Ucrania. Viaja con dos de sus hijos, de nueve y 12 años. El mayor, de 22, se ha quedado como integrante del cuerpo de defensa civil. “Tengo el corazón roto”, dice abrazada a uno de los niños en presencia de Julia, la psicóloga, al recordar que ha dejado atrás también a su madre. Hace apenas una hora que Elena ha llegado a Lviv y ya piensa en seguir su camino hasta Polonia, a unos 70 kilómetros, pero su destino tras cruzar la frontera es incierto.

“Lo peor es ver a las madres con los hijos. Los niños están muy asustados. Hablamos tranquilamente, no gritamos. Y, entonces, cuando se calman las madres, los niños se tranquilizan también”, explica la psicóloga voluntaria sin dejar de repetir el gesto del abrazo. Julia es originaria de Crimea, la región ucrania ocupada por Rusia desde 2014, y regenta un gabinete en Lviv especialmente centrado en atender a mujeres. Recuerda de manera especial a un grupo de mujeres que han escapado estos días de Odesa y que ya tuvieron que huir hace ocho años de la guerra en la región del Donbás, en el este del país. Afirma que todas las personas a las que atiende coinciden en algo: su deseo de recuperar cuanto antes la vida perdida, la normalidad, su casa, su entorno… Por eso, comenta la psicóloga, muchos se resisten a alejarse de su entorno porque creen que de esa forma podrán dar marcha atrás en cuanto sea posible. Creen que fuera de Ucrania el hachazo va a ser más fuerte.

En medio de la actual catarsis que vive este país, para Achotegui “hay dos tipos de población, la vulnerable y la que tiene más resiliencia”. “Esa vulnerable es la más problemática desde la salud mental: niños que necesitan protección y viven bajo una situación muy dura, así como las personas con problemas psicológicos previos”, pues hay riesgo de que aparezcan de nuevo. Vinculados al síndrome de Ulises, el profesor ha descrito los que él considera que son los siete duelos de la migración: la familia y los seres queridos, la lengua, la cultura, la tierra, el estatus social, el grupo de pertenencia y los riesgos físicos.

También es posible encontrar estos días en Ucrania a los que cierran filas en medio de las dificultades y logran hacerse fuertes para tratar de llevar mejor el desarraigo impuesto por las bombas. Anelia, de 30 años, se ha sorprendido a ella misma quedándose en su país junto a su marido. Pensó que se iría a los cinco minutos del primer disparo, pero aquí sigue. “Nunca he sido patriota hasta ahora”, cuenta esta empleada de una importante empresa tecnológica de Estados Unidos que, asegura, ya ha recaudado 300.000 dólares (270.000 euros) para ayudar a Ucrania.

Un niño con su perro, el jueves en la estación de trenes de Lviv.
Un niño con su perro, el jueves en la estación de trenes de Lviv.Luis de Vega

“El 24 de febrero ha convertido mi vida en un antes y después. Siempre he seguido guerras en las noticias, pero nada es como seguirla desde dentro. Es un dolor permanente, un estrés permanente porque estás preocupada por tu país, tu familia, tu gente… La primera semana creo que fue la más dura. No podía trabajar, comer o dormir”, comenta al tiempo que agradece las facilidades ofrecidas por su jefe desde San Francisco (EE UU) para adaptar el teletrabajo a las circunstancias actuales. Anelia y su marido, Dimitri, han dejado su piso de alquiler en Kiev y han buscado otro en el oeste de Ucrania.

Exterioriza su angustia mostrando más inquietud por los demás que por ella misma y su pareja. “Aunque estás preocupada por tu seguridad, intento encontrar fuerzas y energía para ayudar a toda mi familia y a toda la gente que pueda. Pienso quedarme aquí, puedo teletrabajar e impulsar la economía de mi país desde dentro, aunque sea con mi sueldo. Comprar productos aquí y ayudar a la gente local. Ayudar a la parte de mi familia que está más cerca de la guerra”, añade en referencia a sus padres, que no han querido salir de su pueblo de las afueras de Kiev. “Para mí, ha sido difícil de aceptar, pero también entiendo que para los mayores es importante estar en su casa y no sentirse refugiados y gente que no tiene hogar”, concluye en un español envidiable, recuerdo de sus veranos en Ciudad Real como integrante de un programa de ayuda a niños de Ucrania. Desde España, su familia de acogida le pide que se marche, pero ella lo tiene claro: se queda “hasta la victoria”.

Mientras tanto, compagina trabajo y ayuda. El pasado miércoles acudió a la estación de autobuses de Lviv a acompañar y despedir a algunos familiares que se iban a Berlín. Minutos antes de subirse al autocar, Irina, de 36 años, se derrumbó en el momento en el que iba a relatar los avatares de su salida del país. Fue su hijo Nazar, de 12 años, el que tomó las riendas y, mostrando una madurez sorprendente, contó cómo fue su salida de Kiev, donde su padre forma parte de la resistencia civil. El chaval explicó cómo mantiene cierto contacto con sus compañeros de clase, aunque en la capital solo quedan tres o cuatro de los 28. “Lo que más echo de menos es mi familia, mi casa y mi gato Tom”, comentó.

Hay estudios realizados durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial en Londres y, posteriormente, en la guerra de Bosnia que concluyen que, a nivel psicológico, los niños están mejor siempre con sus progenitores, aunque sea bajo un ambiente de violencia, explica Achotegui. “Mejor juntos bajo un bombardeo que con el menor aislado en un internado de Suiza”, concluye el psiquiatra.

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El próximo Año Nuevo miles de personas se reunirán bajo un sol inclemente en Brasilia para asistir, salvo sorpresa mayúscula, a la toma de posesión del próximo presidente de Brasil. No cabe duda de que será varón. Tampoco es arriesgado pronosticar que quien llegue en Rolls Royce y suba por la rampa a la tribuna del palacio acristalado diseñado por Óscar Niemeyer será un viejo conocido, probablemente un veterano en la jefatura del Estado. La cuarta democracia más poblada del mundo, el país más rico de América Latina, se prepara para un duelo electoral de altísimo voltaje cuyo resultado tendrá efectos mucho más allá de sus fronteras.

A un lado del cuadrilátero, el izquierdista Lula da Silva, carismático y renacido para la política cuando nadie lo esperaba. Con 76 años, busca un tercer mandato tras la prisión y la anulación de sus condenas. Es el gran favorito. Al otro lado, Jair Messias Bolsonaro, de 66 años, de extrema derecha, un hombre de maneras toscas que hace tres años supo subirse a la ola nacionalpopulista que recorre el mundo, capitalizar el descontento, optimizar el poderío de las redes sociales y alcanzar el poder cuando solo unos meses antes formular siquiera esa idea hubiera sido un delirio. Busca un segundo mandato.

Ninguno de los dos ha oficializado por ahora su candidatura. Poco importa. Nadie duda de que ambos tienen la voluntad firme de batirse por fin en las urnas electrónicas. Por delante, una campaña que se prevé extremadamente polarizada. Diez meses de intenso drama garantizado. Los brasileños mayores de 16 años elegirán presidente, gobernadores, diputados y senadores.

El duelo Bolsonaro-Lula tendría aroma de revancha por aquel que no pudieron celebrar en 2018. Del mismo modo que un tribunal anuló entonces la candidatura del izquierdista por estar condenado por corrupción, otro propició esta segunda oportunidad al anular la condena y rehabilitarlo.

Ningún otro aspirante les hace sombra, sobre todo a Lula, que lidera las encuestas con una sólida ventaja mientras la inflación y la pandemia siguen minando el apoyo al presidente Bolsonaro. El líder del Partido de los Trabajadores (PT) ganaría en segunda vuelta con un 59% al mandatario actual (30%), según la última encuesta de Datafolha, de mediados de diciembre.

El ultraderechista mantiene, de todos modos, una base fiel, la nada desdeñable maquinaria del Estado y un Parlamento controlado por una galaxia de partidos oportunistas que por ahora permanecen a su lado. “Es difícil que un gobernante que concurre a unas elecciones no llegue a la segunda vuelta”, recalcaba esta semana en Estadão el representante de la consultora Eurasia para América, Christopher Garman. Este añadía que, a su juicio, los temores en torno a los posibles riesgos de la victoria de uno y del otro son exagerados.

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La clase económica y los que consideran que tanto Bolsonaro como Lula son unos extremistas han impulsado incontables intentos para que cuajara un candidato alternativo pero ninguno ha prosperado. El único que se acerca a la pareja de cabeza es el juez Sérgio Moro, que encarceló a Lula y fue ministro de Bolsonaro. El gran símbolo de la Lava Jato. Datafolha le da un 9% en primera ronda. Tras él, otros aspirantes, como el gobernador João Doria, el exministro Ciro Gomes o la senadora Simone Tebet, la única mujer entre los precandidatos.

El escenario más probable, según analistas y encuestas, en este momento es que Lula y Bolsonaro pasen a segunda vuelta y el primero venza. Pero los pronósticos indican que, si en vez del presidente actual, el adversario de Lula en segunda vuelta es un derechista más moderado, ahí el izquierdista lo tendría bastante más difícil. La campaña de 2018 ya demostró que conviene no descartar sorpresas.

Existe consenso respecto a que la maltrecha economía va a ser el gran tema de campaña. Tras una década que ha combinado un bienio de recesión con un crecimiento anémico, las previsiones son pesimistas. Y luego está el devastador impacto de la pandemia. Casi 20 millones de brasileños pasan hambre, es decir, el 9%.

Las actuales son semanas de tejer las imprescindibles alianzas. Un empeño de complejidad diabólica en un país tan diverso como Brasil, además de la aritmética electoral, hay que tener en cuenta sensibilidades territoriales y que la partida se juega a doble vuelta. Las especulaciones sobre los posibles vicepresidentes son constantes. Durante semanas se habló de que Lula intentaba convencer a la empresaria Luiza Trajano, propietaria de una cadena de tiendas que además de ser muy rica es muy activa contra el machismo y el racismo. Ella insiste en que no tiene intención de presentarse.

Lula se ha embarcado en una apuesta arriesgada para intentar una hazaña que solo Fernando Henrique Cardoso logró en los noventa: ganar en primera vuelta. El antiguo sindicalista gobernó Brasil entre 2003 y 2009, cuando dejó el cargo su popularidad estaba por las nubes pero luego vinieron el escándalo Lava Jato, las condenas, la cárcel… y su regreso a la primera línea política.

La persona a la que elija como vicepresidente será una pista clave. Ahora está cortejando para el puesto a un antiguo adversario: Geraldo Alckmin, al que derrotó en las presidenciales de 2006. Exgobernador de São Paulo, Alckmin es un veterano del PSDB (Partido de la Socialdemocracia Brasileña) que según los observadores serviría para moderar el perfil de Lula. Atraería votos del centro derecha y debilitaría las resistencias que persisten hacia el antaño sindicalista. Alckim acaba de abandonar su partido de toda la vida con la vista puesta en el matrimonio de conveniencia.

Este receso navideño es el último momento para que los candidatos, sus equipos, la clase política (y la judicatura) carguen las pilas ante los intensos meses que se avecinan. La evolución de la pandemia podría influir en el formato de los actos de campaña, pero nadie duda de que las redes sociales y la desinformación van a tener su protagonismo como en 2018.

Si el que toma posesión el próximo 1 de enero es Lula significaría culminar a lo grande el giro de Latinoamérica hacia la izquierda. Si fuera Bolsonaro, sería un espaldarazo notable al proyecto global de la ultraderecha nacionalpopulista, dañado por la derrota electoral de Donald Trump.

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