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Ocho cascos azules han muerto en República Democrática del Congo (RDC) en un sospechosos siniestro en helicóptero, según ha confirmado la ONU. Todos los soldados eran miembros de la misión de paz que Naciones Unidas tiene desplegada en el país africano. Los fallecidos iban a bordo de un helicóptero de la organización que se estrelló mientras sobrevolaba una zona conflictiva, en el este del país. Aunque el organismo no ha dado muchos datos -explican que aún está investigando las causas del siniestro-, el Ejército de RDC ha apuntado hacia los rebeldes del Mouvement du 23-Mars (Movimiento 23 de marzo, conocidos como M23), grupo contra el que luchan en esta zona y a los que acusa de haber derribado la aeronave.

Las víctimas son seis soldados paquistaníes, que formaban la tripulación, y otros dos militares que iban a bordo, uno ruso y otro serbio. La ONU tiene desplegada una misión en RDC (llamada MONUSCO) con más de 14.000 efectivos. Según el portavoz de la organización, Stéphane Dujarric, los cuerpos han sido recuperados tras lanzar una misión de búsqueda y rescate. Tras su hallazgo, fueron trasladados a Goma, capital de la provincia nororiental de Kivu del Norte, donde tuvo lugar el suceso. El helicóptero cayó cuando se encontraba sobrevolando la zona de Tshanzu (Rutshuru).

Esta zona ha sido escenario reciente de combates entre las Fuerzas Armadas y los rebeldes. En los últimos dos días, cinco localidades han pasado a control rebelde después de que el M23 iniciase una ofensiva como respuesta a las operaciones que el Ejército de RDC realizó en Rutshuru. La ONU había confirmado que esos enfrentamientos generaron la huida de “centenares de civiles” hacia la vecina Uganda.

El M23 fue fundado como grupo rebelde a principios de 2012. Su base la formaban, mayoritariamente, soldados que habían desertado de Ejército congoleño como protesta contra el Gobierno de Joseph Kabila, que lleva en el poder desde 2001, cuando asumió inesperadamente el puesto que dejó vacante su padre tras ser asesinado por uno de sus guardaespaldas.

El este de la RDC lleva más de dos décadas sumido en el conflicto, entre los asaltos de las milicias rebeldes y los ataques del Ejército. A finales de 2012, los combatientes rebeldes tomaron durante dos semanas la capital Goma (700.000 habitantes). Entonces, la ONU acusó a Ruanda de dar apoyo económico-militar al M23. La presión diplomática llevó al M23 a retirarse de Goma e iniciar conversaciones de paz con el Gobierno congoleño, que acabaron con una deposición de las armas en 2013 tras un acuerdo con el Gobierno. Hasta 2017, cuando algunos combatientes del M23 criticaron la lenta aplicación de lo firmados en esas conversaciones y organizaron varios ataques cerca de la frontera de Uganda. Desde entonces, siguen en activo.

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Al término de las elecciones y con el 99.41% de las mesas escrutadas en el país, así quedaron los candidatos que, por Buga, buscaban llegar a la Cámara de Representantes y al Senado de la República.

Para las elecciones que se desarrollaron este domingo en todo el país, por Buga, hubo seis aspirantes al Congreso de la República: ellos fueron; al Senado: Norma Hurtado Sánchez, Partido de La U, John Jairo Cárdenas Morán, Partido de La U, John Harold Suárez Vargas, Partido Centro Democrático y Tulia Mercedes Barreto, por Fuerza Ciudadana.

Y por la Cámara de Representantes: Víctor Manuel Salcedo Guerrero, Partido de La U y Henry Delgado Rivera, Partido Centro Democrático

Víctor Manuel Salcedo Guerrero, Partido de La U

03 en el Valle 50.674

01 en Buga 7.633

Henry Delgado Rivera, Partido Centro Democrático

11 en el Valle 2.203

04 en Buga 217

Norma Hurtado Sánchez, Partido de La U

03 en Colombia 128.184

02 en el Valle 84.844

02 en Buga 3.655

John Jairo Cárdenas Morán, Partido de La U

17 en Colombia 29.358

04 en el Valle 5.717

04 en Buga 432

John Harold Suárez Vargas, Partido Centro Democrático

29 en Colombia 17.017

04 en el Valle  11.301

01 en Buga 3.499

Tulia Mercedes Barreto, por Fuerza Ciudadana

15 en Colombia 2.812

17 en el Valle 183

06 en Buga 36

Luego del conteo nacional y departamental, de los seis, que propusieron su nombre al congreso, solo dos, lograron su objetivo y ambos del partido de La U., son ellos: Norma Hurtado Sánchez, Senadora Electa y Víctor Manuel Salcedo Guerrero, quien fue elegido a la Cámara de Representantes.

El periodista José Alberto Tejada que, durante el estallido social del Paro Nacional, realizó el cubrimiento a través del Canal 2 Comunitario logro curul por Pacto Histórico.

De esta manera, José Tejada hará parte de la Cámara de Representantes, tras la invitación realizada en meses atrás del candidato presidencial, Gustavo Petro, de ser cabeza de lista de su partido político. “¿Usted acepta este compromiso? ¿Este matrimonio terrible, porque es de toda la vida, con esta juventud vallecaucana para luchar por la justicia social, por el cambio y la transformación de Colombia?”, le había dicho Petro.

El protagonismo alcanzado entre los jóvenes, sirvió de puente para alcanzar la curul y fue pieza clave para que el periodista llegará al Congreso

Se trata de José Alberto Tejada, un contador egresado de la Universidad de San Buenaventura con maestría en Economía Social, quien dirige el Canal 2 comunitario en la capital vallecaucana.



El camión que llevaba los muebles de Sergio Mattarella de Roma a Palermo recibió una llamada a media mañana del sábado y tuvo que dar la vuelta. Los partidos italianos, incapaces de llegar a un acuerdo después de seis días de votaciones y enormes discusiones, han tenido que implorar al actual jefe de Estado que reedite su mandato (siete años) y permanezca en el cargo. Será, como mínimo, hasta que haya elecciones y se forme un Parlamento menos fragmentado. La repetición de Mattarella es una victoria para Italia en un momento muy delicado en el que se protegerá la estabilidad y a figuras como Mario Draghi, que podrá terminar su trabajo al frente del Ejecutivo. Pero es también una derrota tremenda para los partidos y para la política italiana, incapaz de encontrar relevos y llegar a nuevos acuerdos.

Mattarella (80 años), en caso de aceptar la propuesta, será el segundo presidente de la República que repetirá en el cargo. Y lo hará de forma consecutiva a su predecesor, Giorgio Napolitano, que se encontró en una situación similar hace nueve años. La diferencia, sin embargo, es que esta vez ha habido una cierta promoción parlamentaria de su candidatura. El jefe de Estado repitió una y mil veces que no quería reeditar su mandato: no tenía ganas y le parecía forzar en exceso la Constitución. Pero un movimiento de base construido desde algunas bancadas en las últimas horas ha llevado en volandas su candidatura. “Era la única solución posible para tener unida a la mayoría. Si los líderes tenían que buscar la unanimidad, la única solución era promover un movimiento desde abajo para elegir a Mattarella”, señala Stefano Ceccanti, diputado del PD y uno de los diseñadores del plan.

Ennio Flaiano, escritor y legendario guionista de Federico Fellini, decía que “la línea más corta en Italia entre dos puntos es el arabesco”. Pero la decisión, tomada en la octava votación de la sexta jornada, es también un nítido síntoma del estado comatoso en el que se encuentra su clase política. No hay relevos a la altura, clase dirigente. Flaquea también la histórica capacidad para llegar a acuerdos transalpina. La paradoja, en cambio, señala que la jugada permitirá salir airosos a casi todos los partidos y mantener la insólita estabilidad de la que ha disfrutado el país en el último año justo cuando los mercados comenzaban a ponerse nerviosos. Mario Draghi, la otra opción favorita, podrá seguir hasta el final de legislatura en el Ejecutivo para terminar las reformas en las que ha embarcado al país, de las que dependen la llegada de los más de 200.000 millones de euros que la Unión Europea ha asignado a Italia para el periodo pospandemia. El Partido Democrático siempre apostó por Mattarella y una gran parte de la derecha también. Un hombre, sin embargo, sale muy tocado de la partida.

Matteo Salvini, jefe de la Liga, queda profundamente herido en un proceso al que entró autoerigido en una suerte de kingmaker y del que salió trasquilado y como un líder político escaso, sin liderazgo ni visión política para los grandes procesos. Todos los nombres que propuso fueron rechazados y, además, lastimó enormemente la imagen pública de dos pesos pesados de las instituciones como la presidenta del Senado, Elisabetta Casellati, y la jefa de los servicios secretos, Elisabetta Belloni. Propuso ambos perfiles sin tener apoyos suficientes y bajo la solitaria premisa de que eran “mujeres”. Hizo un flaco favor a la igualdad de género en las instituciones con su frágil argumentación y expuso, sin darse cuenta, la división que existe en el seno de la coalición de derechas (Forza Italia, Liga y Hermanos de Italia), que sale echa trizas de esta contienda.

Giorgia Meloni, líder de Hermanos de Italia, no oculta ya su lejanía con las decisiones tomadas por Salvini. Mattarella, que suponía la continuidad y alejar las elecciones anticipadas que buscaba en esta jugada la heredera del partido posfascista Movimiento Social Italiano, era la única opción que no quería. Tampoco en sus filas se disimula ya el desprecio por la valía política del líder de la Liga en las grandes ocasiones. “No está a la altura. Siempre que cree que puede ser decisivo, como pasó en agosto de 2019 en el Papeete, la caga”, dice sin contemplaciones un histórico miembro de Hermanos de Italia. La división es total.

Mario Draghi, el otro gran nombre de esta larga contienda, logra conservar sin apenas rasguños su currículo de superhombre de las instituciones. Pero después de un año en el que su reinado ha salido indemne a los habituales manchurrones del Parlamento italiano, ha comprobado que la política salpica. Y también que necesitará tejer alianzas, estrategias y bajar de vez en cuando de la torre de marfil que le otorgaron en su país cuando se consagró como salvador del euro. Cueste lo que cueste, como el diría. Al menos si quiere seguir optando a ser el jefe de Estado dentro de dos años, cuando las elecciones de 2023 aclaren el escenario.

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Mattarella se consagragrá hoy como uno de los mejores presidentes de la historia de la República. Su segundo mandato no es un juego de palacio, sino una voluntad popular y parlamentaria insólita en las refiegas italianas. Solo Giovanni Gronchi en 1955 surgió de una ola de apoyo parlamentario similar. Fue un candidato disidente que votaron algunos de los miembros Democracia Cristiana contra la línea oficial del partido. Y poco a poco todos fueron uniéndose. “Vino impuesto desde abajo. Y lo importante es que el Parlamento ahora ha encontrado el camino”, insiste Ceccanti.

La situación desde entonces ha cambiado enormemente y revela un problema endémico. En la llamada Primera República, cuando los partidos eran fuertes, solían ser los presidentes quienes querían repetir en el cargo, pero las formaciones se lo impedían para no entregarles demasiado poder. Hoy sucede justo lo contrario: los presidentes como Mattarella solo quieren marcharse a su casa de Palermo a descansar, pero los partidos son incapaces de reemplazarles y tienen que frenar al camión de la mudanza.

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La votación para elegir al presidente de la República de Italia ha mostrado en su sexta votación lo mejor y lo peor de la política italiana. El viernes 28 de enero hubo traiciones en el seno de los partidos y una enorme irresponsabilidad institucional, que lastimó la imagen de grandes cargos como la presidenta del Senado, Elisabetta Casellati, arrojada egoístamente por Salvini a la hoguera de una votación para la que no tenía apoyos. Pero también, como sucede casi siempre, se logró mantener abierta la puerta de una negociación in extremis, que permita salvar los muebles en un momento profundamente delicado para Italia. Aunque sea volviendo a la casilla de salida de este proceso y destapando una carta: pedir a Sergio Mattarella que repita en el cargo, optar por el primer ministro, Mario Draghi, o elegir a la jefa de los servicios secretos, Elisabetta Belloni.

La repetición del actual jefe de Estado al frente del cargo, apoyada ayer por una votación masiva (336 votos) en la que la derecha se abstuvo, sería una tabla de salvación para todos. Es la única carta que permite poner el contador a cero. Nadie saldría demasiado trasquilado y se aplazaría así la decisión hasta dentro de, al menos, dos años. Sería ya cuando haya un nuevo Ejecutivo, tras unas elecciones legislativas, fijadas para 2023. Y el propio Draghi, con algunos rasguños, podría volver a tener posibilidades de ocupar esa plaza. El entorno de Mattarella ha hecho saber estos días que no tiene ninguna intención de repetir y que no ha tenido ningún contacto con los partidos. Pero también ha admitido en otras ocasiones que si la situación en Italia fuera crítica, no tendría más remedio que aceptar. Al menos, tal y como hizo su predecesor, Giorgio Napolitano, hasta que se celebrasen las próximas elecciones legislativas y el Parlamento estuviera en condiciones de crear una mayoría más nítida.

La otra opción, con una producción mucho más complicada, es la de Draghi. El actual primer ministro no ha ocultado su interés estos días por convertirse en el nuevo jefe del estado. Ayer se reunió con Matteo Salvini, líder de la Liga, y conversó con los otros líderes. Su elección, sin embargo, implica tener un plan listo para sustituirle y conformar un nuevo Ejecutivo que preservase la unidad del último año para avanzar en las reformas que necesita Italia y afrontar los proyectos para los que el país recibirá más de 200.000 millones de euros de la UE. El problema es que el propio Draghi estaría implicado en ese proceso de remodelación ministerial, retorciendo algunas páginas de la Constitución y convirtiendo por unas horas a Italia en una república presidencialista.

Las otras posibilidades que se barajaban ayer, aunque de un perfil y peso mucho menor, eran la del expresidente de la Cámara de Diputados Pier Ferdinando Casini; y, sobre todo, la de la actual jefa de los servicios secretos, Elisabetta Belloni. Esta última, diplomática de gran experiencia y capaz de generar un amplio consenso, era la preferida a última hora de ayer por la derecha. De hecho, el propio Salvini dijo que estaba trabajando para que la persona elegida fuera “una mujer”, sin referirse directamente a ella.

La votación del 28 de enero (la quinta) fue un drama para Salvini, que había propuesto a Casellati, la presidenta del Senado. La política de Forza Italia es por jerarquía institucional también la segunda figura del Estado, algo que aconsejaría no quemarla en una votación perdida de antemano. Pero Salvini se empeñó en una idea divisiva (la izquierda ni siquiera votó) y el resultado que obtuvo, más allá de liquidar esa candidatura, mostró las grietas que hay en la coalición de centroderecha, que ni siquiera logró apoyar unida a Casellati (obtuvo 382 votos de los alrededor de 450 que conforman los parlamentarios de Forza Italia, Hermanos de Italia y la Liga). Es decir, unos 70 parlamentarios de los suyos —incluso de Forza Italia, su propio partido— ni siquiera la votaron.

No es la primera vez que Salvini sobreestima sus habilidades. En agosto de 2019, con un mojito en la mano en un chiringuito de playa, provocó una crisis de gobierno que liquidó todas sus posibilidades de ser primer ministro y de continuar dentro del Ejecutivo del que era vicepresidente. Mucho menos poderoso que entonces, ha intentado en esta elección del presidente de la República convertirse en un líder fiable, aglutinar a toda la coalición y erigirse en el kingmaker de la votación. El problema es que ha logrado solo convertir la Cámara de Diputados en una versión invernal de aquel chiringuito, llamado Papeete, dividiendo a la coalición y entregando al bloque progresista la delantera en la fase definitiva de la votación.

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Salvini sale vivo de esta partida solo porque su partido no funciona como la mayoría y nadie pedirá ahora su cabeza. Pero una parte importante de su formación, la de los empresarios del norte, quería desde el comienzo a Draghi en el palacio del Quirinal, y el líder de la Liga desoyó ese insistente coro. Le pasarán la factura. También una gran parte de las filas de la resquebrajada coalición de centroderecha, que cada vez más reconocen en Giorgia Meloni, líder de Hermanos de Italia, a la única capaz de tomar decisiones políticas inteligentes.

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El gran teatro para la elección del presidente de la República de Italia se dio por inaugurado este lunes a las 15.00 con los primeros parlamentarios depositando su voto en la cámara de diputados. La mayoría lo hizo en blanco, como ordenaron los partidos, para poder ganar algo de tiempo en una complicada negociación que deberá resolver el nombre del nuevo inquilino del Quirinal. Pero, probablemente, también el del nuevo primer ministro. La elección de Mario Draghi, que ayer se reunió con Matteo Salvini para tratar este asunto, obliga a pensar también en alguien que le sustituya en el Palacio Chigi, sede del Gobierno. Un doble cambio de guardia que nunca antes había sucedido en la historia de la República y que está obligando a los partidos a negociar a contrarreloj. Ayer hubo fumata negra en este gran cónclave laico. Y nadie espera que pueda ser blanca, como mínimo, antes del jueves.

La tarde del lunes votaron 1.008 parlamentarios que fueron desfilando por orden alfabético -senadores vitalicios, senadores, diputados y representantes regionales- por las urnas colocadas en el centro del Palacio de Montecitorio. Lo hicieron en turnos de 50, debido a las normas anticovid. Y algunos tuvieron que hacerlo incluso desde el aparcamiento trasero porque se encontraban en cuarentena o positivos por dicho virus.

El grupo mixto votó al exjuez constitucional Paolo Maddalena, que obtuvo 36 votos. Pero la orden, para casi todos los partidos, era votar en blanco (672 votos, los mismos que hacían falta para el quórum de las tres primeras votaciones). O hacerlo con uno de esos nombres irrelevantes que no entorpecen las negociaciones: los llamados candidatos de bandera. Ayer, en ese espíritu de ironía que sostiene a Italia en los peores momentos, salieron en el recuento el viejo líder de la Liga, Umberto Bossi, Amadeus (el presentador del festival de San Remo), Bruno Vespa (presentador de uno de los programas de más audiencia de la RAI) o Claudio Lotito (presidente de la Lazio). En anteriores elecciones se han visto escritos en las papeletas nombres como el del gestor futbolístico Luciano Moggi (condenado por corrupción), del entrenador Carlo Ancelotti, del actor porno Rocco Siffredi o Diego Armando Maradona.

No estaba para bromas, en cambio, la senadora e histórica líder del Partido Radical Emma Bonino, una de las primeras en depositar su papeleta. La política abogó por la permanencia de Draghi como primer ministro para terminar el proceso de reformas en el que ha embarcado a Italia. “Hay que recordar que en 2024 se elegirá a nuevo presidente de la Comisión Europea”, señaló en referencia al que podría ser un puesto más apropiado para el expresidente del BCE.

El primer síntoma del pequeño avance de Draghi lo aportó ayer la reunión que mantuvieron por la mañana el líder de la Liga, Matteo Salvini, y el propio primer ministro. Ninguno de los dos quiso filtrar el contenido del encuentro, pero era evidente que se negociaba ya abiertamente sobre la posibilidad de que el primer ministro diera el salto al Quirinal. “Draghi ha entendido al fin que necesitará negociar abiertamente con los partidos si quiere llegar al Quirinal. Esto no sucede por ciencia infusa. Aunque quizá sea demasiado tarde y todo conduzca irremediablemente a un Mattarella bis”, señala un diputado del Partido Democrático (PD) justo después de depositar su voto. Draghi es un hombre solo sin estructura de partido que empuja su candidatura. Y no solo deberá hacerlo ahora, sino también presentar una propuesta de Ejecutivo que puedan aceptar todos aquellos que deben votarle.

Salvini busca Interior

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Salvini, por otro lado, quiere asegurarse un gobierno donde la Liga pueda estar cómoda, hablar del nombre del futuro primer ministro y, sobre todo, intentar hacerse con el ministerio del Interior para el año que quedaría antes de las elecciones. Además, considera que sus posibilidades de llegar a ser primer ministro algún día sin asustar a Bruselas y a otras potencias internacionales -que ya torpedearon su intento de hacer caer el Gobierno en agosto de 2019- pasa por tener un apoyo como el que podría ahora ganarse con su favor a Draghi.

El problema, además de que Silvio Berlusconi -que se retiró el pasado domingo de la carrera para la jefatura de Estado- ya ha dicho que no le apoyará. Y habrá que ver cuál es el encaje que tendrán esas peticiones de ministerios concretos con el resto de fuerzas políticas. Especialmente con el PD, que no podrá aceptar que en año electoral el ministerio del Interior vuelva a convertirse en un altavoz xenófobo al servicio de la posición antiinmigración de Salvini. El líder de la Liga fue ayer el perno entorno al que giró toda la maquinaria.

Salvini se reunió por la tarde con Enrico Letta, líder del PD. Un encuentro clave definido por ambos en un comunicado conjunto como “cordial” y que ha significado la apertura de un diálogo que continuará el martes. Algo más tarde, el líder de la Liga se reunió también con el ex primer ministro y líder del Movimiento 5 Estrellas, Giuseppe Conte. Una manera de tomar la iniciativa en unas negociaciones que necesitarán por fuerza la alianza entre viejos adversarios. “Estamos trabajando para presentar una lista de hombres y mujeres de alto perfil en la que esperamos que no haya vetos”, señaló al final de la jornada Salvini.

El bloque de la derecha, formado por la conservadora Forza Italia y los ultraderechistas Liga y Hermanos de Italia, tiene mayor representatividad parlamentaria, pero cuentan con 454 electores, por lo que a pesar de todo necesitan las papeletas de otros partidos. En la cuarta vuelta, donde bastará con las de la mitad más uno delos electores, necesitarán sumar a unos 50 de otros partidos o del grupo mixto para llegar la meta de los 505. El bloque de la izquierda, formado por el Partido Demócrata (PD), Libres e Iguales y el populista Movimiento 5 Estrellas (M5S), parte con 405 electores.

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Italia se adentra hoy en la ceremonia institucional más importante de la República para elegir a la persona que sustituirá al actual jefe de Estado, Sergio Mattarella. El elegido, con un mandato de siete años y que saldrá de una votación diaria que solo concluirá cuando se alcance el quórum necesario, deberá pilotar desde el Palacio del Quirinal un periodo crucial de la historia de Italia: consolidar las enormes reformas puestas en marcha por el actual primer ministro, Mario Draghi, e impulsar con los fondos de recuperación europeos —más de 200.000 millones de euros— la modernización de un país cuyo reloj se detuvo hace más de tres décadas.

La batalla para nombrar al nuevo presidente —no hay candidatos oficiales, todo se cocina a través de llamadas— es la más complicada que se recuerda en décadas. El principal candidato, Mario Draghi, sería a todas luces una figura notable para el puesto. Pero su elección dejaría vacante el asiento de primer ministro. Un vacío casi imposible de sustituir con algún nombre capaz de mantener al Gobierno de unidad actual. Si Draghi va al Quirinal, las elecciones anticipadas estarán cada vez más cerca. Pero si no va, las turbulencias y el malhumor en determinados grupos de poder que podría generar invitan a pensar en una situación similar. Hasta el momento, ninguno de los nombres que los partidos han puesto sobre la mesa convence o permite pensar en una salida al entuerto. Por eso, crecen las voces que defienden implorar al actual jefe de Estado que alargue un tiempo su mandato para permitir así a Draghi terminar el suyo y ser elegido para el cargo tras las siguientes elecciones legislativas.

Un cónclave político. Las votaciones para elegir al nuevo presidente de la República comienzan hoy a las tres de la tarde. La ceremonia es una de las más espectaculares de las instituciones italianas, porque reúne a todos los parlamentarios, senadores vitalicios y representantes regionales en la Cámara de Diputados. Todos bajo unas reglas que permiten alargar ad infinitum las votaciones para llegar a un acuerdo y en las que el quórum necesario desciende a medida que se avanza infructuosamente en la elección del candidato. En las tres primeras se necesitan dos tercios: es decir, 673 sobre 1.008 parlamentarios. A partir de la cuarta, sirve solo la mitad más uno. Normalmente, es ahí cuando empiezan a aparecer los candidatos a tener en consideración. Antes, suelen lanzarse los llamados aspirantes de bandera, que sirven para ganar tiempo mientras las negociaciones avanzan paralelamente en algún salón privado.

El nombre del elegido no suele sonar en los primeros escrutinios. Francesco Cossiga, ministro del Interior durante el secuestro de Aldo Moro y primer ministro de 1979 a 1980, es uno de los dos casos que contradicen esa norma no escrita (752 votos de los 977 votantes). El otro es Carlo Azeglio Ciampi (1999-2006), el modelo que ahora se invoca para promover a Draghi: fue banquero y fue primer ministro y presidente casi sin solución de continuidad. El resto, como Mattarella, Giorgio Napolitano u Oscar Luigi Scalfaro (16ª votación), cuajaron después de muchos intentos. Esta circunstancia hace que los partidos tomen las primeras votaciones como una partida de póker y propongan nombres extravagantes.

El Papa de Italia. Mario Draghi es el perfil ideal para la presidencia de la República. Su prestigio internacional, su aparente neutralidad política y su edad (74 años) le convierten en una apuesta segura. Nadie tiene ninguna duda de que sería el mejor candidato —no se ha postulado, pero preguntado por periodistas no ha desmentido su interés—. Otra cosa es que convenga a determinados partidos o que su elección pueda desencadenar una situación demasiado explosiva para Italia. El principal problema de Draghi es el propio Draghi. Nunca en la historia de Italia un primer ministro ha pasado directamente a la Presidencia de la República. Y el sistema no parece todavía preparado para hacerlo.

Si el expresidente del Banco Central Europeo resultase elegido, cosa que entra en sus profundos deseos, quedaría vacante la presidencia del Consejo de Ministros en un momento crítico para el país. Draghi debe dejar lista una sucesión que convenza a todos los partidos que ahora conforman el Ejecutivo de Unidad (todos menos Hermanos de Italia). Y no es algo fácil. Al primer ministro le gustaría un perfil como el de Daniele Franco (actual ministro de Economía) o el de Vittorio Colao (ministro de Innovación Tecnológica). Pero en los partidos consideran que podrían convertirse en hombres de paja de Draghi en el Gobierno.

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Si Draghi se convirtiera en presidente de la República, la sombra de las elecciones anticipadas comenzarían a ser un hecho bastante tangible. Sin embargo, cada vez cunde más la idea de que si no lo lograse, tampoco estaría garantizada la legislatura. Los próximos meses serán complicados. Es posible que algunos partidos decidan salir del Ejecutivo de mayoría para marcar un perfil propio y comenzar la guerra de trincheras. En ese escenario, nadie cree que Draghi tenga interés en continuar en el Palacio Chigi. Así que el dilema es fácil: conservar el valor que aporta Draghi a las instituciones llevándolo al Quirinal o apostar por una quema prematura como primer ministro.

Berlusconi, un paso al lado para dictar la línea. Silvio Berlusconi, tres veces primer ministro de Italia, dueño de Mediaset y uno de los hombres más ricos de Europa, prometió a su madre antes de morir que un día sería presidente de la República. Y puede decirse que Il Cavaliere lo ha intentado por tierra, mar y con una insólita y surrealista campaña electoral. El problema es que ni siquiera los suyos creían que un hombre con procesos pendientes, condenado en firme por fraude fiscal y con un historial de escándalos y mala gestión política fuera el indicado para ocupar el puesto de guía moral de Italia. El sábado por la tarde renunció. Pero murió matando y anunció que no apoyará a Draghi. Algo que complica todavía más la partida.

Berlusconi quiere ahora ser el king maker de la partida y no aceptará cualquier nombre que propongan sus socios de la coalición de derecha. Il Cavaliere considera —con razón— que la mayoría de exponentes de esa órbita han sido criaturas políticas de su cosecha o, directamente, becarios suyos. De modo que el dueño de Mediaset podría insistir en un nombre que esté fuera del radar solo para que su orgullo salga lo menos dañado posible de esta contienda.

Mattarella o que todo siga igual. El presidente Mattarella mostró unas fotografías el sábado por la tarde de su despacho lleno de cajas de cartón con sus cosas. Su mandato expira el 3 de febrero —si no hubiera un relevo en esa fecha, ejercería provisionalmente la presidenta del Senado— y ha empezado ya a realizar la mudanza. No quiere repetir. Sin embargo, su entorno ya dijo desde el principio que si la situación fuese crítica, la prima de riesgo se disparase —en los últimos días ha comenzado a subir—, podría pensárselo.

Esta fue la jugada que sucedió con su predecesor, Giorgio Napolitano. Y es lo que muchos parlamentarios empiezan a pedir en voz alta para asegurar que la legislatura continúe al menos hasta septiembre, cuando se aseguran el cobro de la pensión. Mattarella, en un escenario de caos, cotiza al alza estos días.

Una partida en la que Salvini puede ser decisivo

La partida para elegir al siguiente presidente de la República está más abierta que nunca. Especialmente, después de la retirada de Silvio Berlusconi, que intentará condicionar al máximo el voto de la coalición de derecha (Forza Italia, Hermanos de Italia y la Liga). Sin embargo, un dirigente podría ser decisivo para que Mario Draghi sea elegido, siempre y cuando el beneficio sea inmediato. Matteo Salvini se ha abierto en las últimas horas a elegir al actual primer ministro para suceder a Sergio Mattarella en la Jefatura de Estado. Sin embargo, necesitaría que, como mínimo, se garantizase a La Liga la titularidad del Ministerio del Interior. Una plaza que ya ocupó el propio Salvini en el primer Gobierno que presidió Giuseppe Conte y que, en año electoral, le garantizaría una exposición fabulosa.

En caso de que la opción Draghi prosperase, sin embargo, Salvini debería romper la línea dictada por Berlusconi en su retirada, cuando explicitó que el actual primer ministro debe continuar en su puesto hasta el final de la legislatura.

Los otros nombres que maneja la derecha son los de la presidenta del Senado, Maria Elisabetta Caselati, o el del expresidente de la Cámara de Diputados Pier Ferdinando Casini. Todos ellos serían difícilmente aceptables por Berlusconi.

En esta parte del partido podría ser crucial el líder de Italia Viva, Matteo Renzi. El ex primer ministro conserva todavía un nutrido grupo de diputados y senadores que podría usar en el que sería su último gran movimiento político. En las últimas horas, ha habido acercamientos con la derecha y Renzi podría tratar de buscar una salida a su delicada situación política a cambio del apoyo a alguno de los candidatos conservadores.

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La batalla del Quirinal para encontrar al sucesor durante los próximos siete años de Sergio Mattarella como presidente de la República arrancará el próximo 24 de enero oficialmente en el Parlamento. Aunque los juegos políticos ya comenzaron entre bambalinas hace semanas, ese día, fijado por el presidente de la Cámara de los diputados, Roberto Fico, los parlamentarios votarán por primera vez, en secreto y escribiendo el nombre del candidato en un papel.

Hasta ahora, en esta partida todos los movimientos se están haciendo con reserva y nadie se ha arriesgado a destapar sus cartas, ni los posibles candidatos, ni los grupos políticos, pero el debate se irá intensificando a medida que se acerque la votación.

Aún hay pocos nombres sobre la mesa con opciones para convertirse en el próximo inquilino del Palacio del Quirinal, sede de la presidencia de la República. El más prometedor es el del actual primer ministro Mario Draghi, que ha deslizado que estaría disponible para el cargo, alegando que el Gobierno de gran coalición que dirige podría continuar adelante sin él. El economista de prestigio internacional y expresidente del Banco Central Europeo se puso en febrero al frente del Ejecutivo con la tarea de conducir al país hacia la recuperación económica y en este tiempo se ha consolidado como el jefe de Gobierno con más consenso de los últimos años. Otro posible candidato, aunque de éxito improbable, es Silvio Berlusconi, tres veces primer ministro de Italia, que ya ha comenzado una sutil campaña de captación de votos.

Recientemente, varias figuras del mundo de la cultura, entre ellas actrices, cantantes, novelistas e intelectuales han lanzado un llamamiento, publicado en los medios, para que se elija por primera vez a una mujer como presidenta de la República. “Es hora de que una mujer llegue al Quirinal. Creemos que ha llegado el momento de darle cuerpo a esa idea de igualdad de género, tan compartida y apoyada por las fuerzas más democráticas y progresistas de nuestro país”, han afirmado personalidades como las escritoras Dacia Maraini, la cantante Fiorella Mannoia, o la actriz Sabina Guzzanti, entre otras. El nombre de la actual ministra de Justicia, Marta Cartabia, es uno de los que ha sonado con más fuerza en los últimos días.

La elección del jefe del Estado siempre se convierte en una batalla política trepidante, sobre todo en su recta final, cuando deja de jugarse a puerta cerrada. Los líderes políticos cambian de idea a la velocidad del rayo y se convierten en expertos en orfebrería para atender todas las opciones en juego. Esta ocasión es una prueba de fuego para el laboratorio político italiano, ya que todas las formaciones, salvo la ultraderechista Hermanos de Italia, actualmente minoritaria, pero volando en las encuestas, sostienen con una inmensa y heterogénea coalición al Ejecutivo. Por un lado, una posible división de la gran mayoría para la elección del jefe de Estado podría provocar un terremoto en el Gobierno y por otro, una eventual elección de Draghi daría paso a la intrincada disyuntiva de buscar un nuevo primer ministro o acudir a las urnas.

Dos de los principales partidos, el Movimiento 5 Estrellas (M5E) y el Partido Democrático (PD) se presentan divididos. Y en ambas formaciones, con varios ministros en el Gobierno, hay quien apuesta que Draghi se quede donde está para completar las reformas y asegurar la estabilidad del Ejecutivo. Mientras que otros, como el secretario del PD, Enrico Letta, se inclinan por abrir las puertas del Palacio del Quirinal al exbanquero para asegurarse el reconocimiento internacional. La derecha, aunque ha tratado de mostrar una imagen de unidad, también está, por el momento, sin consenso.

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La Cámara de los Diputados y el Senado, encargados de elegir al próximo jefe del Estado, se reunirán en sesión conjunta el día 24, algo que ocurre en muy pocas ocasiones. La elección es secreta y el candidato ganador necesitará el respaldo de una mayoría de dos tercios de la asamblea, pero a partir de la cuarta votación le bastará con la mayoría absoluta. El número total de votantes, denominados “grandes electores”, para la Presidencia de la República es de 1.009.

El recuento de votos es público y se hace en voz alta con la lectura de todas las papeletas. Este método a veces provoca un efecto cómico involuntario, cuando se leen las preferencias de parlamentarios que han votado por personajes que poco tienen que ver con la política, del estilo del desaparecido dictador fascista Benito Mussolini, o el actor porno Rocco Siffredi, como ha sucedido en otras ocasiones. Esta alternativa al voto en blanco a veces esconde estudiadas maniobras de palacio para agotar las votaciones y rebajar la mayoría necesaria.

Otro fenómeno curioso a tener en cuenta es el de los llamados “francotiradores”, una palabra autóctona de la política italiana que se utiliza para definir a los parlamentarios que rompen la disciplina de voto de su grupo, aprovechando las votaciones secretas. En algunos casos han resultado decisivos para decantar la balanza.

Estas elecciones han ganado relevancia con el tiempo, dado el papel cada vez más significativo que han adquirido los presidentes en las últimas décadas. El jefe del Estado en Italia es un árbitro de la política con amplias prerrogativas en las formaciones de Gobierno y determinante en las recurrentes crisis políticas del país.

Sergio Mattarella, que ha resultado una figura clave en esta legislatura y que ha rechazado ampliar su mandato, se despidió de la nación, con cierta emoción, en su último mensaje de fin de año en el que deseó confianza y esperanza.

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