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En un decreto publicado en el Boletín Oficial de Turquía la noche del viernes al sábado, el presidente de Turquía instó a todos los organismos del Estado a tomar medidas urgentes para acabar con “la influencia extranjera y la corrupción de la cultura nacional” y proteger “los valores morales y nacionales” en las producciones audiovisuales y los medios de comunicación. Los críticos con el Gobierno islamista consideran que se trata de un intento de aumentar la censura.

La circular exige imponer sanciones y llevar a cabo los cambios legales necesarios para evitar “la erosión de los valores morales y nacionales y la estructura social y familiar a través de las publicaciones abiertas o encubiertas de los medios”, y exige a los directivos de las cadenas evitar este tipo de contenidos. La formulación del texto presidencial, con referencia a los debates de los últimos días sobre un programa de televisión, ha dirigido todas las miradas a la versión turca del programa Mask Singer: adivina quien canta, de origen surcoreano, en el que personajes famosos actúan ocultando su identidad bajo vistosos disfraces y máscaras.

Círculos ultraconservadores habían criticado en las redes sociales el programa asegurando que promovía “el satanismo, el paganismo y el chamanismo” y, de hecho, el Consejo Superior de la Radiotelevisión Turca (RTÜK) ha iniciado una investigación sobre la base de que el programa puede dañar a la infancia.

“Se trata de un texto inconstitucional: no se pueden recortar derechos protegidos por la Constitución mediante una circular presidencial”, sostiene Veysel Ok, copresidente de la Asociación de Estudios sobre los Medios y las Leyes (MLSA). Aunque el decreto no incluye ninguna medida con valor legal real, para este abogado el peligro radica en que “será tomado como una orden” por diversos organismos del Estado, desde RTÜK a la Fiscalía: “Así que podemos esperar más investigaciones contra cadenas de televisión y periodistas, incluso el cierre del algún medio. Erdogan podría haber logrado esto haciendo algunas llamadas de teléfono, pero lo hace público para reforzar la polarización política e instilar el miedo en la sociedad”.

La prensa opositora considera estos debates parte de la “guerra cultural” de los islamistas para galvanizar a su electorado en un momento en que la crisis económica ha reducido el apoyo a Erdogan. De hecho, el decreto llega tras una semana de ataques contra la popular cantante Sezen Aksu -considerada la reina del pop turco desde la década de 1980- por una canción estrenada hace cinco años en la que calificaba de “ignorantes” a Adán y Eva. Según la prensa local, directivos de RTÜK telefonearon a todos los canales turcos para que no emitiesen la canción y el propio Erdogan llamó a “arrancar la lengua” de aquellos que “difamen” a Adán y Eva, aunque posteriormente se retractó parcialmente y dijo no referirse a la cantante.

Sustitución del ministro de Justicia

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El Boletín Oficial turco de este sábado va cargado de ceses y nuevos nombramientos en la cúpula de siete organismos oficiales. El ministro de Justicia, Abdülhamit Gül, es sustituido por Bekir Bozdag, quien ya ocupó esa cartera entre 2013 y 2017. No queda claro si se trata de una dimisión del propio Gül o un cese ordenado por Erdogan, ya que desde hace un año y medio la salida de ministros viene siempre precedida de un mensaje del propio ministro en el que este solicita al presidente “ser exonerado de la misión encargada”. El medio opositor T24 atribuye la salida de Gül -procedente del movimiento islamista- a sus fricciones con el grupo de los “pelícanos”, dirigido por Berat Albayrak, yerno de Erdogan, y con el ministro de Interior, el ultranacionalista Süleyman Soylu, así como con el otro socio de la coalición gubernamental: el partido ultraderechista MHP.

El Instituto de Estadística de Turquía (TÜIK) también tendrá nuevo director y subdirector, tras los cambios decretados por Erdogan la pasada medianoche. Erhan Çetinkaya será así el cuarto encargado de la institución en los últimos tres años. El instituto ha sido acusado por la oposición de maquillar las estadísticas, especialmente las de la inflación, pero aun así Erdogan está insatisfecho porque cree que los cálculos de precios de TÜIK son más altos de lo que deberían.

También se ha nombrado como nuevo presidente del Instituto de Medicina Forense a un profesor que está entre los directivos de una fundación islamista de beneficencia dirigida por Bilal Erdogan, hijo del presidente. La oposición y los medios críticos denuncian que, desde la entrada en vigor del sistema presidencialista en 2018, los nombramientos de altos cargos se basan en la lealtad y la cercanía al presidente o al partido gobernante en lugar de en los méritos.

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Turistas en un coche de época pasan por al lado de la embajada de EE UU en la Habana (Cuba).
Turistas en un coche de época pasan por al lado de la embajada de EE UU en la Habana (Cuba).Alexandre Meneghini (Reuters)

La Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA, siglas en inglés) ha concluido en un informe, al que ha tenido acceso el diario The New York Times, que los misteriosos dolores de cabeza, vértigos y náuseas que sufrieron diplomáticos estadounidenses, en un fenómeno conocido como el síndrome de La Habana, no fueron fruto de una operación organizada por Rusia u otros agentes extranjeros con el fin de recopilar información de inteligencia.

Para el espionaje estadounidense, la mayoría de los más de 1.000 casos reportados y de los que Washington tiene constancia pueden justificarse con causas ambientales, condiciones médicas sin diagnosticar o puro cansancio. La Agencia rechaza de plano que la misteriosa dolencia que ha atacado desde 2016 a los espías y diplomáticos estadounidenses se deba a una campaña global llevada a cabo por una potencia extranjera.

Se le conoce, de forma errónea, como síndrome de La Habana porque los primeros incidentes se conocieron en la isla de Cuba a finales de 2016. Pero desde entonces han ido brotando por lugares tan lejanos como Austria, Colombia, Rusia, Australia, China o Uzbekistán. El pasado otoño, el Congreso sacaba adelante, con apoyo de demócratas y republicanos, una ley para apoyar económicamente a las víctimas del incidente de salud no identificado, algunas de las cuales no han podido reincorporarse al trabajo.

Lo que no descarta la CIA es que exista implicación extranjera en dos docenas de casos que no se pueden explicar y que siguen investigando. Pero “en cientos de otros casos de posibles síntomas, la agencia ha encontrado una explicación alternativa y creíble”, según el diario neoyorquino. Para Washington, esos casos que pueden encuadrarse bajo el síndrome de La Habana, ofrecen una posibilidad única para lograr pistas sobre si una potencia extranjera es responsable de algunos de los incidentes de salud inexplicables.

La CIA nunca ha acusado directamente a Rusia u otra potencia de ser responsable, pero algunos funcionarios, particularmente en el Pentágono, dijeron que creían que había evidencia de la participación de las agencias de espionaje de Moscú. Cuando el director e la CIA, William Burns, viajó a Moscú el pasado diciembre para advertir a Rusia contra la invasión de Ucrania, puso el tema sobre la mesa y declaró que si Moscú estaba detrás de los ataques con microondas habría consecuencias.

El documento, creado para uso interno, ha dejado frustrados a algunos de los afectados, que lo perciben como un cerrojazo a un caso todavía sin resolver. El informe de la CIA “no puede ni debe ser la última palabra sobre el caso”, han declarado al Times algunos de los afectados en un comunicado. Burns puntualizó que “aunque hemos alcanzado algunos hallazgos internos significativos, no hemos dado por acabado el asunto”, señaló el director de la CIA en un comunicado al periódico de Nueva York. “Continuaremos con la misión de investigar estos incidentes”, añadió.

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Marc Polymeropoulos, exagente de la CIA, entrevistado el pasado otoño por este periódico, sufrió síntomas del síndrome de La Habana en un viaje a Moscú en 2017. Para un espía curtido durante 26 años en zonas como Oriente Próximo y Afganistán, “es fundamental continuar investigando los casos que siguen sin esclarecerse”. “Llevó 10 años encontrar a Osama Bin Laden”, ha dicho Polymeropoulos al Times. “Solo pediría paciencia y que tanto la agencia como el Departamento de Defensa siga investigando”.

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