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En otra demostración de que la comunicación entre los aliados es constante desde que comenzó la invasión rusa en Ucrania, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha mantenido este martes una videoconferencia con los líderes de Francia, Emmanuel Macron; Alemania, Olaf Scholz; Italia, Mario Draghi, y el Reino Unido, Boris Johnson. La convocatoria de la conversación a cinco bandas, que llega días después del viaje de Biden a Bruselas y Polonia, partió de la Casa Blanca para analizar los últimos avances de las negociaciones entre Kiev y Moscú, que han ofrecido signos de mejora en la forma y ciertos avances en el fondo este martes en Estambul.

Al término de la llamada entre aliados, que se ha prolongado durante una hora, Biden se ha mostrado cauteloso. “Veremos. No me creeré nada hasta que compruebe que lo respaldan con acciones”, ha dicho, en referencia al anuncio de Rusia de que reducirá “drásticamente” las operaciones militares en las áreas de Kiev y Chernihiv para avanzar en la resolución del conflicto. Ucrania, por su parte, ha ofrecido su renuncia a la OTAN a cambio de obtener garantías de seguridad en su territorio.

Después, el portavoz del Pentágono, John Kirby, ha asegurado que han observado movimientos de “un número pequeño” de soldados rusos cerca de Kiev en los “últimos uno o dos días”, pero ha descartado que se se trate de “una retirada real”. “Mantienen una abrumadora mayoría de sus tropas [en el terreno]. Creemos que estamos ante un reposicionamiento, no ante un verdadero repliegue. Deberíamos estar todos preparados para una gran ofensiva en otras zonas de Ucrania”, ha añadido. En el mismo terreno cauteloso se ha movido también el secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, que ha declarado que “hace tiempo” que su Gobierno sabe que “lo que Rusia dice y lo que hace son dos cosas distintas”. “Nosotros, de momento, nos concentraremos en lo que hace”, ha añadido.

Biden ha comparecido ante la prensa tras su reunión con el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, que ha viajado a Washington para tratar la situación en la región Indo-Pacífico, además de la guerra en Ucrania, “un conflicto inaceptable para cualquier país del mundo”, según el mandatario estadounidense. Biden ha dicho que está decidido a seguir con “las fuertes sanciones” y a continuar con el suministro de material militar al ejército ucranio para su defensa. También ha aclarado que los cinco líderes han coincidido en la necesidad de trabajar en conseguir mercados energéticos más estables, capaces de soportar crisis como la que ha desatado la agresión rusa, que ha disparado los precios del petróleo en todo el mundo y ha generado inquietud por el abastecimiento de gas natural en Europa, continente extremadamente dependiente del suministro ruso.

El símbolo de Mariupol

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Según un comunicado de la Casa Blanca, los aliados también “coincidieron en sus esfuerzos para brindar asistencia humanitaria a los millones de afectados por la violencia, tanto en Ucrania como en los países que están recibiendo a sus refugiados”. Y han subrayado la urgencia de establecer vías para hacer llegar la ayuda humanitaria a los civiles en Mariupol, ciudad que se ha convertido en el símbolo de la devastación de la guerra y de la resistencia ucrania.

Encima de la mesa estaba la iniciativa de Macron de organizar una operación humanitaria en el enclave del sudeste del país, que ha chocado este martes con la negativa de Vladímir Putin. “No se reúnen [las condiciones] en este momento”, declaró una fuente del palacio del Elíseo, sede presidencial francesa, tras una conversación de una hora entre Macron y el presidente ruso. El plan de aquel contemplaba una operación conjunta de Francia, Turquía y Grecia. La condición era una tregua en Mariupol que permitiese a la población civil salir de la ciudad de forma segura. La respuesta de Putin, según el Elíseo, ha incidido en la línea del Kremlin: que es Ucrania la que obstaculiza las operaciones humanitarias y que son las fuerzas armadas de este país las que impiden moverse a la población civil. Sin embargo, el presidente “escuchó las demandas” de Macron, y “dijo que iba a reflexionar en ellas”, añadió la citada fuente.

Un portavoz del Gobierno británico ha abundado tras la llamada con Washington en la idea de que al régimen de Putin hay que juzgarlo “por sus acciones, no por sus palabras”. “Putin está ensañándose en Ucrania en un intento de obligar al país y a sus aliados a capitular”, ha añadido. “Debemos ser implacables en nuestra respuesta”. Londres ha asegurado que los líderes convocados a la llamada han discutido sobre “la necesidad de trabajar juntos en remodelar la arquitectura energética internacional y en reducir la dependencia de los hidrocarburos rusos”. También, que se han mostrado de acuerdo en que no puede aflojar “la resolución occidental hasta que el horror infligido a Ucrania haya terminado”.

Alemania, por su parte, apuesta por mantener la presión de sanciones sobre Rusia, según el portavoz de la cancillería, y en trabajar por “permitir finalmente la entrega de la ayuda humanitaria que se necesita con urgencia para las personas en Ucrania y construir corredores humanitarios efectivos… especialmente en la ciudad de Mariupol”, ha indicado el Gobierno alemán en un comunicado hecho público tras la llamada.

La reunión de Biden con el primer ministro de Singapur ha servido también, según el primero, para tratar la posición de Corea del Norte, que la semana pasada informó del lanzamiento del misil “más potente” de su historia (extremo que Estados Unidos y Corea del Sur ponen en duda). El segundo ha aprovechado además para expresar su “preocupación” por la situación en Myanmar, donde las tropas del ejército tomaron el poder por la fuerza el 1 de febrero de 2021, provocando una crisis (y la resistencia de los birmanos) que aún permanece abierta.

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Unos funcionarios usaban sacos de arena para proteger un monumento, este sábado en Járkov.
Unos funcionarios usaban sacos de arena para proteger un monumento, este sábado en Járkov.ARIS MESSINIS (AFP)

Con un verdugo ceñido que deja solo al descubierto la nariz y los ojos y un fusil al hombro, el oficial Serguéi señala un modesto edificio agujereado por los bombardeos: “¿Vienen a nuestra casa y esperan que les demos las gracias? Se lo hicimos pagar y lo seguiremos haciendo”, dice. “Esta es nuestra tierra”. La primera semana de marzo, tanques y vehículos blindados rusos entraron en Kulbakino, un pequeño pueblo junto a Mikolaiv (sur del país), una ciudad conocida por sus astilleros que se ha convertido en uno de los símbolos de la resistencia ucrania contra las fuerzas del Kremlin. Los soldados de Vladímir Putin, con sus tétricas Z blancas pintadas en los blindados, habían tomado ya Jersón, en el mar Negro, la que ha sido su mayor captura, y avanzaban por el flanco sur, ansiando llegar a Odesa, el principal puerto de Ucrania. En un primer embate, lograron controlar el aeródromo militar de Kulbakino, una fábrica y algunas partes estratégicas de la pequeña localidad. Los combates fueron feroces, pero en una durísima contraofensiva, las tropas ucranias eliminaron a la mayor parte del batallón ruso e hicieron retroceder a las fuerzas del Kremlin.

Incluso en el frente sur, donde estaban haciendo sus mayores avances, las fuerzas de Putin no solo están empantanadas un mes después de iniciar la invasión, sino que chocan con la fuerte resistencia de unas tropas que el presidente Vladímir Putin infravaloró y que les está forzando a retroceder en algunos puntos. En la factoría de Kulbakino donde se hicieron fuertes los soldados rusos todavía quedan restos de la cruenta batalla. El Ejército ucranio aún la está limpiando. El “paisaje”, apunta el oficial Serguéi encogiéndose de hombros, “no es agradable a la vista”. Las tropas de Kiev neutralizaron “al 90%” de los “entre 250 y 300″ uniformados del Kremlin que lanzaron la operación contra Kulbakino y lograron capturar, además, un rosario de cañones y algunos blindados chamuscados. “Ahora son nuestros”, dice Serguéi mientras enseña un vídeo filmado tras el combate que muestra las armas, la tierra quemada y los restos de la batalla.

El viernes, en medio de una falta de avances sustanciales en la conquista, con importantes pérdidas de armamento y de personal y enormes dificultades de manejar a la población en las ciudades conquistadas y mantener sus logros, el Ministerio de Defensa ruso anunció que había cumplido los objetivos de la “primera etapa de la operación” y que se centraría en asegurar el área de Donbás, donde se ha librado durante ocho años la guerra entre las tropas de Kiev y los separatistas prorrusos apoyados y controlados por Moscú y que están sirviendo como pantalla para el conflicto iniciado el 24 de febrero.

El humo provocado por una de las explosiones de este sábado en Lviv.
El humo provocado por una de las explosiones de este sábado en Lviv.Albert Garcia

Esa declaración permite al Kremlin mantener la repetida retórica ante su audiencia de que todo está saliendo según el plan, y podría sugerir que Putin está recalibrando sus intenciones en Ucrania. Sin embargo, en un escenario inundado desde el principio de declaraciones contrarias a la realidad por parte de las autoridades rusas —el anuncio de retirada de tropas a principios de febrero, el de que no tenían intención de invadir Ucrania—, que ya han demostrado su gusto por las maniobras de despiste para sus operaciones tácticas, el anuncio siembra serias dudas. Moscú aseguró, además, que aunque “no excluye” que sus fuerzas asalten las principales ciudades ucranias —como Kiev, Járkov, Chernígov o Mikolaiv—, tomarlas no era el objetivo principal.

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Y en otra contradicción más, el Kremlin ha vuelto este sábado a ondear la amenaza del uso de armas nucleares en Ucrania. El expresidente Dmitri Medvédev, que ahora ostenta la vicepresidencia del Consejo de Seguridad de Rusia, aseguró que el país euroasiático “tiene derecho” a usar armas nucleares contra un Estado que “ponga en peligro la existencia” de Rusia, aunque ese Estado haya usado armas convencionales.

Además, tras el anuncio de que se centrarían en la región de Donbás, en el este, las fuerzas rusas han seguido castigando con fuerza Chernígov, en el noreste del país, muy cerca de la frontera con Bielorrusia y una ciudad ahora prácticamente cercada después de que las tropas de Putin bombardeasen el puente por el que abandonaba la ciudad una ciudadanía atrapada y aterrorizada; sobre todo después de que un ataque contra una cola del pan esta semana mató a diez personas. También Járkov, la segunda ciudad del país, donde han seguido con sus ataques a zonas residenciales. Este sábado, en otro órdago, Moscú ha lanzado misiles contra los alrededores de Lviv, en el oeste del país, una ciudad que sirve de escape hacia Polonia para los refugiados. Un ataque, además, el día en que el presidente estadounidense, Joe Biden, está de visita en Varsovia.

El líder de EE UU comentó este sábado que no se cree el anuncio ruso. También los servicios de espionaje occidentales dudan de las verdaderas intenciones de Putin. Y Kiev ha reaccionado con gran escepticismo. Mijailo Podoliak, asesor del presidente Volodímir Zelenski y uno de los principales negociadores en las conversaciones con Moscú, advierte de que el Kremlin no ha abandonado sus verdaderas intenciones de tomar grandes ciudades, sobre las que está aplicando ataques sangrientos y de desgaste ante la falta de logros. “Aprovecharán el anuncio para reagruparse”, dice Podoliak. Un oficial de inteligencia de un país de Europa Central, que habla bajo anonimato, cree que el anuncio es una maniobra táctica que Moscú aprovechará para rearmarse, analizar sus posiciones e intereses y preparar una segunda fase de la contienda. Mientras tanto, Putin necesita algo para vender como una victoria de aquí al 9 de mayo, cuando se conmemora el día de la Victoria del Ejército Rojo sobre la Alemania nazi y el día que oficiosamente es la fiesta nacional rusa, con gran desfile militar en la plaza Roja de Moscú.

La creación de un corredor terrestre entre Crimea —que Rusia invadió y se anexionó ilegalmente en 2014— y los territorios de Donbás que controla a través de los separatistas prorrusos, y la conquista de Mariupol, la ciudad portuaria reducida a escombros por los ataques y que se ha convertido en símbolo del sufrimiento civil, podría brindarle esa victoria. Con un ingrediente añadido: la localidad, que está en el área sur de Donbás, es la sede principal del Batallón Azov, fundado en 2014 por voluntarios ultranacionalistas (ahora reciclado y convertido en un brazo más de la Guardia Nacional Ucrania). Esto, frente a la realidad de una ciudad casi borrada hasta los cimientos, con ataques indiscriminados a civiles, escuelas, hospitales, refugios, colas del pan, podría casar con su retórica adulterada sobre su operación de “desnazificación” y liberación.

Un informe a fondo del Instituto para el Estudio de la Guerra, con sede en Washington, advierte también de que el anuncio de Rusia está dirigido en realidad a la ciudadanía rusa. Es “probablemente un intento de pasar por alto los fracasos del ejército ruso para una audiencia nacional y centrar la atención en la única parte del escenario en el que las tropas rusas están logrando algún progreso en este punto”, señalan. Por ahora, los principales logros rusos se han dado en algunas zonas del este y en el sur. El Ejército ucranio ha advertido este sábado de que las fuerzas del Kremlin se están reagrupando para lo que podría ser una nueva ofensiva en la región de Lugansk, donde han estado atacando edificios residenciales y almacenes de alimentos.

Con los nuevos movimientos, el Kremlin puede tratar de rodear a las fuerzas ucranias desplegadas en la línea del frente de Donbás —ya muy militarizada por los ocho años de guerra y que Kiev reforzó un par de días antes de la invasión por el temor a que los ataques llegasen por ahí, lo que descubrió otras zonas— desde el norte y desde del sur.

El Kremlin ha logrado hacerse con el control del mar de Azov y, a falta del sometimiento total de Mariupol, donde siguen atrapadas bajo las bombas miles de personas en una situación catastrófica, también ha creado el ansiado corredor terrestre. Sin embargo, pese a la victoria inicial en ese flanco, el avance por la costa del mar Negro se ha complicado para Putin. Tras la batalla de Kulbakino y de otras contiendas estratégicas en ciudades de los alrededores, las tropas ucranias están luchando ya contra los rusos en Jersón, la única capital regional ocupada. Con la contraofensiva ucrania a pleno rendimiento, el Pentágono considera a Jersón como “territorio en disputa”.

Con el repliegue forzado de las tropas rusas, una relativa calma ha llegado a Mikolaiv, una ciudad que se ha convertido en un escudo para Odesa y que ha pagado un coste humano altísimo por su resistencia. El viernes, el presidente Zelenski la nombró ciudad heroica, un galardón de la época soviética a las ciudades que resistieron al nazismo y que el líder ucranio ha rescatado en esta guerra.

Mientras retrocedían y al ver que perdían el dominio del pueblo, los soldados rusos bombardearon cuatro humildes inmuebles de apartamentos en Kulbakino. Allí, Mijaíl teme que esa calma relativa —en la distancia se escuchan bombardeos— no dure. Ha llenado su ajado coche Lada y se va a la dacha (casa de campo) con su esposa. Dice que ha tenido suerte, uno de los ataques cayó en su edificio, pero en otro portal. Los apartamentos del cuarto y el quinto piso están llenos de cascotes y escombros. No hubo muertos. Sus habitantes estaban en el refugio cuando llegaron las bombas. Un refugio profundo, oscuro y húmedo en el que llevan durmiendo Galina y Ludmila, de 63 años, desde el principio de la invasión: 30 noches en un colchón.

Un miembro de las brigadas de defensa territorial ucranias, el viernes en un apartamento de Kulbakino.
Un miembro de las brigadas de defensa territorial ucranias, el viernes en un apartamento de Kulbakino.María Sahuquillo

Mikolaiv sigue siendo objetivo prioritario del Kremlin y permanece dentro del alcance de la artillería rusa. El lunes, un bombardeo destinado al edificio de la Administración terminó impactando contra un hotel. Otro, en un hospital psiquiátrico que estaba en renovación y contra unas cuantas casas junto al centro sanitario. Era medio día y Valentina esta sentada en la cama pelando patatas para el almuerzo cuando sintió la enorme explosión que reventó los cristales de su bajo de una sola habitación y se llevó un trozo de techo. Todavía tiembla como un flan cuando recuerda el estruendo. Su esposo, Boris, que a sus 69 años todavía trabaja de constructor para completar la raquítica pensión de 180 euros al mes, se lleva las manos a la cabeza. “Y mientras tanto, el fascista de Putin en su búnker”. Valentina le corrige: “Putler [una adaptación del nombre del líder ruso y el de Adolf Hiltler], ahora le llamamos Putler”.

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El asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, durante la rueda de prensa de este martes en la Casa Blanca.
El asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, durante la rueda de prensa de este martes en la Casa Blanca.Patrick Semansky (AP)

En vísperas de que el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, viaje a Europa este jueves para abordar en Bruselas las respuestas al ataque injustificado de Rusia contra Ucrania, la Casa Blanca ha adelantado este martes que anunciará, junto a sus aliados, nuevas sanciones contra el Kremlin. Aunque no quiso entrar en detalles ni precisar la nueva naturaleza de los castigos, el asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, ha asegurado que se tratará de “un paquete adicional” que se concretará en “un esfuerzo conjunto para acabar con la evasión de sanciones” por parte de cualquier país que ayude a Rusia “a socavar, debilitar o esquivar” esas penas.

Horas más tarde, la prensa estadounidense precisó, citando al diario The Wall Street Journal, que las nuevas represalias afectarán a “más de 300 miembros de la Duma”, la cámara baja rusa. Estados Unidos ya incluyó a 12 de ellos en una ronda anterior de sanciones, pero en esta ocasión el castigo irá más lejos, según fuentes citadas por The New York Times.

En Bruselas, Biden participará el jueves en una cumbre extraordinaria de la OTAN, en la que estarán, entre otros, el presidente francés, Emmanuel Macron; el canciller alemán, Olaf Scholz, y el primer ministro de Italia, Mario Draghi. También se unirá a la primera sesión del Consejo Europeo que reunirá a los gobernantes de los 27 Estados comunitarios el jueves y el viernes en Bruselas. El premier británico, Boris Johnson, será el único de los aliados que no estará presente. El presidente demócrata, que acude en calidad de invitado, también asistirá a una reunión del G-7. El viernes y el sábado viajará a Polonia, donde mantendrá un breve encuentro con su homólogo, Andrzej Duda.

La habitual rueda de prensa de la Casa Blanca en la que compareció Sullivan se produjo este martes por parte del subsecretario de prensa, Chris Meagher, quien reemplazó a Jen Psaki, ya que esta ha dado positivo por coronavirus en la prueba que se le realizó de cara al viaje a Europa. Biden dio negativo, tanto el lunes como este martes. El asesor de Seguridad Nacional hizo saber a los periodistas que, en su opinión, la contienda que se libra en Ucrania no acabará de forma fácil ni rápida. “Quedan días duros” para la población ucrania, advirtió Sullivan.

Este jueves se cumple un mes desde que se iniciara la invasión rusa de Ucrania y el temor al uso de armas químicas y biológicas por parte de Rusia ha estado presente desde que la Casa Blanca hiciera sonar todas las alarmas el pasado 9 de marzo al advertir que Vladímir Putin podría hacer uso de ellas. Biden insistió de nuevo el lunes por la noche la existencia de tal amenaza. El demócrata consideraba que era algo “obvio” y que, de producirse, la respuesta de Occidente sería muy dura. “Está acorralado”, dijo Biden en referencia a Putin.

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Fue Moscú quien de forma propagandística difundió informaciones, calificadas de “falsas” por el Gobierno de Estados Unidos, sobre la existencia de supuestos laboratorios estadounidenses de este tipo de armamento en Ucrania. “También está sugiriendo que Ucrania tiene armas químicas y biológicas en el país. Esa es una señal clara de que él [Putin] está considerando usar ambos tipos de armas”, recalcó Biden. El presidente de EE UU enfatizó una vez más que las consecuencias serían “muy graves por parte del frente unido de la OTAN” si eso llegara a suceder, aunque no especificó qué acciones llevaría a cabo la Alianza Atlántica.

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El Consejo de Seguridad de la ONU se reunió el viernes por tercera vez en cinco días para pronunciarse sobre una resolución de condena de la invasión rusa de Ucrania. La votación del texto, una iniciativa conjunta de EE UU y Albania que ha cosechado numerosas adhesiones en las últimas 24 horas, solo planteaba una duda: Rusia ejercería su poder de veto, pero, ¿y China? Con su abstención ―un modo de salvaguardar la equidistancia y, a la vez, apoyar veladamente a Moscú―, China arrastró a la India y a Emiratos Árabes Unidos. La resolución contó con el voto favorable de 11 de los 15 miembros. Rusia, además, ostenta la presidencia del Consejo este mes, conforme al calendario aprobado en otoño.

El proyecto de resolución, con enmiendas de última hora que retrasaron el inicio de la reunión, recordaba a Rusia todas sus obligaciones internacionales, como Estado signatario de cartas y tratados que la ofensiva lanzada el jueves por el presidente Vladímir Putin convirtió en papel mojado. El borrador subrayaba el teórico compromiso de Moscú con el artículo 2 de la Carta de Naciones Unidas sobre resolver las disputas por medios pacíficos y abstenerse del uso de la fuerza contra la integridad territorial y la independencia política de otro país.

Con la invasión a Ucrania, sostenía el borrador inicial, Rusia ha quebrantado el Acta Final de Helsinki de la OSCE (1975) y el memorándum de Budapest sobre garantías de seguridad a Ucrania firmado en 1994, así como una resolución del Consejo (la 2202, de 2015), destinada a implementar los acuerdos de Minsk, que teóricamente debían haber puesto fin a la guerra enquistada del Donbás, en el este de Ucrania. El texto también apoyaba el llamamiento al diálogo de António Guterres, secretario general de la ONU, así como la condena sin paliativos de la “agresión” rusa a Ucrania, que calificaba de “quiebra de la paz y la seguridad internacionales”.

El texto, cuya contundencia inicial fue matizada por las enmiendas, instaba a Rusia a dar marcha atrás, cesar en el uso de la fuerza y retirar sus fuerzas de Ucrania “de manera inmediata, total y sin condiciones”, como subrayó la embajadora de EE UU, Linda Thomas-Greenfield. También a revocar el reconocimiento de las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk, donde comenzó el conflicto en abril de 2014. Pese a las enmiendas, la principal la sustitución de la palabra “condenar” por “deplorar”, los alegatos de la mayoría de los embajadores emplearon los términos más categóricos de repulsa.

“Un país está invadiendo a otro, y Rusia es el agresor. No hay medias tintas (…) Tenemos la obligación de no mirar para otro lado. Rusia ha elegido causar un dolor inimaginable a la población de Ucrania y a sus propios ciudadanos”, dijo Thomas-Greenfield. La representante británica, Barbara Woodward, señaló que la intervención de Rusia no es un ejercicio de autodefensa. “Hablaban de proteger Donetsk y Lugansk, pero están bombardeando Kiev. La resolución es un mensaje a la población ucrania, al mundo, de que las reglas que establecimos deben ser respetadas, y a los bravos ciudadanos rusos que protestan” contra la agresión, dijo Woodward.

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Al llamamiento de Suecia a copatrocinar el borrador de resolución se sumaron en las últimas 24 horas España, Alemania, Italia, Polonia, Noruega, Lituania, Letonia, Estonia, Luxemburgo y Nueva Zelanda, además tres países que se sientan en el Consejo de Seguridad como Francia, el Reino Unido e Irlanda, informa Efe. EE UU ha buscado en las últimas horas el apoyo de otros aliados sin presencia en el máximo foro de la ONU, como Australia o la Unión Europea.

La hermética equidistancia de China, de la que quedó constancia en el Consejo celebrado el lunes, permitía barruntar el sentido de su voto el viernes, pese a las presiones diplomáticas recibidas en los últimos días por parte de Occidente. Lo mismo sucedía con la India, que en la tensa sesión del miércoles ―dinamitada por el anuncio en paralelo de Putin del lanzamiento de una “operación militar especial” en Ucrania― se había limitado a constatar su preocupación por sus 16.000 nacionales atrapados en Ucrania, sobre cuya evacuación hablaron el jueves el primer ministro, Narendra Modi, y Putin. El sentido del voto de Brasil era también otra incógnita, aunque dos fuentes diplomáticas citadas por Reuters apuntaban que apoyaría la resolución como finalmente hizo.

Aunque no se haya adoptado la resolución, la intención de EE UU y sus aliados era demostrar a Moscú su aislamiento internacional, matizado por el disimulado apoyo de Pekín. “Estamos trabajando en la resolución del Consejo de Seguridad. Espero que podamos pasar a la acción en las próximas horas o días… y si no logramos tener éxito en el Consejo de Seguridad iremos de inmediato a la Asamblea General”, de 193 miembros, apuntó este jueves un diplomático con asiento en el Consejo, amparado en el anonimato, sobre el borrador que la declaración de guerra por Rusia impidió votar. Las resoluciones adoptadas por la Asamblea General son no vinculantes, a diferencia de las del Consejo.

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El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en la visita a Caracas del viceprimer ministro ruso, Yuri Borisov, el 16 de febrero.
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en la visita a Caracas del viceprimer ministro ruso, Yuri Borisov, el 16 de febrero.Rayner Peña R. (EFE)

Rusia está cerrando filas con sus aliados en Latinoamérica, una región en la que encuentra el respaldo internacional que no tiene en buena parte del mundo tras la invasión de Ucrania. Los Gobiernos de Cuba, Nicaragua y Venezuela se han alineado con Moscú y han legitimado la operación militar lanzada por tierra, mar y aire este jueves. “¿Qué pretende el mundo? ¿Que el presidente Putin se quede con los brazos cruzados y no actúe en defensa de su pueblo?”, cuestionó Nicolás Maduro —el más vocal entre los aliados del Kremlin en la región— este jueves en un mensaje por televisión en el que acusó directamente al “imperio norteamericano y la OTAN” de lo que sucede en la frontera ruso-ucrania.

La interpretación que hace Maduro de la decisión militar tomada por Vladímir Putin en contra de Ucrania ha sido adoptada sin fisuras por la dirigencia del Partido Socialista Unido de Venezuela. El aparato comunicacional del chavismo sostiene que el despliegue militar es “absolutamente legítimo” y que es Rusia quien ha visto amenazado su fuero por “potencias imperialistas”, lo que la obliga a defenderse. “Como lo ha dicho el presidente Nicolás Maduro, la paz de Rusia es la paz del mundo”, ha dicho el canciller, Félix Plascencia, en su cuenta de Twitter. La vicepresidenta, Delcy Rodríguez, ha reprochado a su vez las sanciones económicas impuestas a Moscú por Washington, mientras los medios controlados por el Gobierno repiten comentarios que llaman “fascista” al Gobierno de Volodímir Zelenski.

El Gobierno de Daniel Ortega también ha refrendado su alianza con Rusia y aplaudió desde el lunes pasado la decisión del Kremlin de reconocer la independencia de las regiones de Donbás y Lugansk. “Esta decisión tomada por el presidente Putin abre la posibilidad de que esta situación no tenga un desenlace mayor”, dijo Ortega esta semana, en línea con la narrativa rusa sobre el conflicto. El presidente nicaragüense censuró las sanciones impuestas a Rusia por parte de Europa y Estados Unidos.

En plena invasión a Ucrania, el presidente de la Duma estatal, Viacheslav Volodin, ha visitado Managua para reunirse con Ortega. El presidente de la Cámara baja viene de Cuba, donde agradeció el apoyo del Gobierno de Miguel Díaz-Canel y expresó “su rechazo a la injerencia en los asuntos internos de Rusia y a la histeria propagandística y comunicacional”. “Destacamos el excelente estado de las relaciones bilaterales y la voluntad de consolidar el alto nivel del diálogo político y los intercambios en varios sectores”, dijo, por su parte, Díaz-Canel.

Condena enérgica de México

El conflicto bélico en el extremo este de Europa ha movido el tablero geopolítico en Latinoamérica, pese a que se desarrolla a miles de kilómetros. La región tiene dos miembros no permanentes en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas: México y Brasil. “No estamos a favor de ninguna guerra”, ha señalado este jueves el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador. Su Gobierno ha dicho que la posición del país norteamericano es “muy enérgica en favor de la paz, de una solución pacífica, de la política en lugar de la fuerza”, de acuerdo con un comunicado de la Secretaría de Relaciones Exteriores, que anticipa una postura “más específica” en cuanto haya un proyecto de declaración del Consejo de Seguridad.

Por la mañana, el canciller mexicano, Marcelo Ebrard, dijo que no estaba contemplada una ruptura de relaciones con Rusia y señaló que la prioridad es garantizar la seguridad de unos 200 mexicanos en Ucrania. Más tarde, definió de forma más clara su posición al rechazar abiertamente la invasión de Rusia a Ucrania, según dijo el ministro en un video en el que, por primera vez, nombra y censura explícitamente la operación militar de Moscú.

“Tenemos muy claro que estamos ante una invasión, ya no hay ninguna duda sobre ello”, ha dicho Ebrard en un mensaje grabado este jueves y que sirve como adelanto de cuál será la posición del país latinoamericano en la próxima sesión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas este viernes. “Por historia y tradición, por nuestra formación como nación, tenemos que rechazar y condenar enérgicamente la invasión de un país como Ucrania de parte de una potencia como Rusia”, ha dicho el canciller.

Bolsonaro desacredita a su vicepresidente

Brasil ha hablado a través de su diplomacia y de su vicepresidente, aunque después han sido desacreditados por el presidente, Jair Bolsonaro, que aún no ha definido su postura frente a la invasión. Por la mañana, el Ministerio de Exteriores reclamó “el cese inmediato de las hostilidades y el inicio de unas negociaciones que conduzcan a una solución diplomática”. Su nota expresaba preocupación, pero no condenaba explícitamente lo que describe como “operaciones militares de la Federación Rusa contra objetivos en territorio de Ucrania”. Una semana después que Bolsonaro visitara a Putin y le expresara su solidaridad, Brasil busca un equilibrio complejo para no desagradar a Rusia ni a EEUU. Nada nuevo para un país que estuvo entre los neutrales en la Guerra Fría. Antes o después deberá definir más su postura conforme avancen las sesiones del Consejo de Seguridad de la ONU.

Bolsonaro, mientras tanto, parecía comprar tiempo. El presidente ignoró la noticia durante buena parte del día en sus mensajes públicos, aunque la guerra puede impactar la economía (para bien y para mal) ya que Brasil tiene una gran comunidad descendiente de ucranios. Quien sí que habló temprano fue el vicepresidente, Hamilton Mourão. Lo hizo de manera contundente. Para Mourão, general en la reserva, sancionar a Rusia es insuficiente. Opina que hace falta una respuesta militar porque “el mundo occidental está como en 1938 con Hitler. Putin no respeta el apaciguamiento”, dijo. Más tarde, durante su directo semanal en Facebook, Bolsonaro lo desacreditó al decir que la política exterior es competencia del presidente. El mandatario no ha aclarado, sin embargo, cuál es su postura frente a la invasión rusa de Ucrania. Por su parte, el expresidente Lula da Silva, líder en las encuestas de las presidenciales, se ha mostrado tibio. Ha criticado las guerras para resolver divergencias entre países y también a las potencias que emprenden invasiones sin mencionar al país agresor ni al agredido.

Chile ha expresado sin reservas su rechazo al ataque armado contra Ucrania. “Rusia ha optado por la guerra como medio para resolver conflictos. Desde Chile condenamos la invasión a Ucrania, la violación de su soberanía y el uso ilegitimo de la fuerza”, ha escrito el presidente electo Gabriel Boric en sus redes sociales. “Nuestra solidaridad estará con las víctimas y nuestros humildes esfuerzos con la paz”, ha agregado. El derechista Sebastián Piñera, que dejará la presidencia el próximo 11 de marzo, llamó a impulsar un esfuerzo de cooperación internacional para encontrar una salida negociada.

Después de varios días sin pronunciarse, Argentina ha roto el silencio que mantenía sobre la escalada bélica en Ucrania para sumarse a las condenas por el “uso de la fuerza armada” por parte de Rusia. “Las soluciones justas y duraderas sólo se alcanzan por medio del diálogo y compromisos mutuos que aseguren la esencial convivencia pacífica. Por ello llama a la Federación de Rusia a cesar las acciones militares en Ucrania”, ha señalado la Cancillería argentina en un comunicado. El Gobierno del peronista Alberto Fernández ha exigido también “que todos los involucrados actúen con la mayor prudencia y desescalar ya mismo el conflicto en todas sus aristas para garantizar la paz y la seguridad integral de todas las naciones”.

La reacción del Gobierno argentino da cuenta del golpe que supone el ataque a Ucrania para la diplomacia rusa en Sudamérica. A principios de febrero, Fernández viajó a Moscú y se reunió con Putin, a quien le ofreció que Argentina fuese su “puerta de entrada a América Latina”. La buena relación entre ambos países se hizo evidente también durante la pandemia, cuando Argentina fue el primer país de la región que apostó por la vacuna rusa Sputnik V y después comenzó a producirla en territorio nacional y la exportó a otros países, como Bolivia. El Gobierno de Luis Arce ha optado por una posición más neutra. “Bolivia hace un llamado a la paz y exhorta a las partes a la búsqueda de soluciones político diplomáticas en el marco del Derecho Internacional y la Carta de las Naciones Unidas”, ha señalado la Cancillería boliviana en un comunicado.

“Colombia rechaza categóricamente el ataque premeditado e injustificado que se ha perpetrado contra el pueblo ucranio por parte de Rusia, que no solo atenta contra su soberanía sino amenaza a la paz mundial”, ha dicho el presidente, Iván Duque, en un discurso grabado. En Centroamérica, Costa Rica manifestó que “condena el uso de la fuerza y la violación de la soberanía y la integridad territorial de Ucrania”, mientras que el Gobierno de Honduras ha exhortado en los últimos días a encontrar una salida negociada.

“Estamos en el Consejo de Seguridad en una de las crisis más severas que ha habido en tiempos recientes, para muchos desde la Segunda Guerra Mundial”, comenta Enrique Berruga, embajador de México ante la ONU entre 2003 y 2007. “Para América Latina sería sensacional tener una posición unificada en relación a este conflicto, pero persisten fracturas terribles”, dice Berruga ante las diferencias que existen entre los principales países de la región, aunque asegura que hay terreno para trabajar en una acción conjunta que tenga mayor incidencia en el sistema internacional. En la trastienda de la disputa entre las potencias, la región sigue paso a paso el desarrollo del conflicto ante posibles impactos económicos, en un complejo equilibrio entre la política interna y externa, y con un estrecho margen de maniobra en el sistema internacional.

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La marcha de las tropas internacionales que llevan nueve años combatiendo el avance yihadista en Malí ya es un hecho. Francia y sus aliados occidentales y africanos han anunciado este jueves la “retirada coordinada” del territorio maliense de sus efectivos de las operaciones Barkhane y Takuba y su traslado a otros países vecinos en los próximos meses, en vista de las dificultades cada vez mayores que las autoridades golpistas de Bamako ponen a su presencia. España no participa en estas operaciones pero sí lidera la misión europea de formación de las tropas malienses, EUTM-Malí, que continuará en el país, al menos de momento.

“Ante las múltiples obstrucciones de parte de las autoridades de transición malienses, Canadá y los Estados europeos que operan en la operación Barkhane y en el seno de la task force Takuba consideran que ya no se dan las condiciones políticas, operacionales y jurídicas para continuar de manera eficaz su compromiso militar actual en la lucha contra el terrorismo en Malí”, señalan los países afectados en un comunicado distribuido por Francia, que lidera las operaciones militares en el Sahel.

“No podemos continuar trabajando militarmente con unas autoridades de facto con las que no compartimos ni la estrategia ni sus objetivos. Es la situación en la que nos enfrentamos hoy en Malí”, ha abundado el presidente francés, Emmanuel Macron, en una rueda de prensa en el Elíseo.

La lucha contra el terrorismo no puede justificarlo todo, no debe, bajo pretexto de ser una prioridad absoluta, transformarse en un ejercicio de conservación indefinida del poder y tampoco puede justificar ni la escalada de la violencia ni el recurrir a mercenarios (…) cuyo ejercicio de la fuerza no está controlado por ninguna convención ni regla”, ha agregado en referencia a la creciente presencia de mercenarios de la empresa rusa Wagner en Malí, una situación denunciada con creciente preocupación por Europa.

No obstante, los países participantes en las misiones antiterroristas en el Sahel aseguran que están en “estrecha coordinación” con los países vecinos y reafirman en su comunicado conjunto su “voluntad de continuar implicados en la región, respetando sus procedimientos constitucionales respectivos”.

“Las amenazas en la región, las organizaciones terroristas Al Qaeda y el Estado Islámico, han querido hacer de África, especialmente del Sahel, una prioridad en su expansión (…) con una agenda internacional. Eso justifica nuestra presencia”, ha afirmado al respecto Macron.

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En este sentido, y “a petición de los socios africanos”, las fuerzas internacionales iniciarán “consultas políticas y militares” de inmediato con Níger y los países del Golfo de Guinea que ya han manifestado su interés en “continuar su acción conjunta contra el terrorismo en la región del Sahel” y que podrían alojar a las tropas salientes, en una operación que debería estar aclarada para junio de este año.

En total, en el Sahel hay, según el Elíseo, unas 25.000 fuerzas internacionales, de las que 4.300 son franceses, de ellos 2.400 en Malí en el marco de la operación antiyihadista Barkhane y Takuba, la task force de fuerzas especiales de varios países de la UE acordada en enero de 2020 y que apoya, bajo mando francés, a las fuerzas armadas malienses en operaciones antiterroristas en el país. Francia, que ha perdido en sus nueve años de operaciones en el Sahel a más de medio centenar de militares, ya recompuso su dispositivo en Malí en 2021, reduciendo su presencia militar en el norte del país y priorizando las operaciones de Takuba.

La salida de las fuerzas francesas obligará a revisar la presencia de la misión militar europea en Malí, incluida la participación de España y Alemania que, aunque no forman parte de Takuba, son los principales contribuyentes de la veterana misión EUTM-Malí, liderada por España y que instruye al Ejército maliense para enfrentarse a los terroristas. Ambos países se han mostrado dispuestos a revisar su presencia en Malí, aunque España no es muy partidaria de la retirada. Según ha indicado Macron, en los próximos meses, mientras se consolida la retirada de las fuerzas de Barkhane y Takuba, habrá que realizar un “trabajo de reflexión y evolución de los ejercicios EUTM y de Minusma” (la misión de estabilización de Mali de la ONU) que el mandatario galo no ha querido “prejuzgar” por el momento.

La marcha del grueso de las fuerzas internacionales de Malí era dada por segura desde que, en las pasadas semanas, Francia dio a entender que actuaría en este sentido, en vista del rápido deterioro de sus relaciones con las autoridades de Bamako, que a finales de enero expulsaron al embajador galo.

La decisión ha sido anunciada horas antes del comienzo en Bruselas de una Cumbre UE-Unión Africana y está firmada por además de Francia, Alemania, Bélgica, Benín, Canadá, Chad, Costa de Marfil, Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Italia, Ghana, Mauritania, Níger, Portugal, República Checa, Rumania, Senegal, Suecia y Togo, así como el Consejo Europeo, la Comisión Europea, la Coalición por el Sahel y la Comisión de la Unión Africana. Sus máximos representantes habían participado la pasada noche en una cena informal organizada en el Elíseo por Macron para, precisamente, “coordinar” la decisión de salir de Malí, una maniobra que Francia no quiere que sea vista como una decisión unilateral.

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La tibieza de Alemania ante Rusia, la inexistencia de un discurso unificado y su negativa a enviar armas defensivas a Kiev han provocado una crisis de la imagen internacional del país en su papel en la crisis de Ucrania. El liderazgo del Gobierno de coalición del socialdemócrata Olaf Scholz, que aún no ha cumplido dos meses, está en entredicho después de la avalancha de críticas de observadores políticos tanto en Estados Unidos como en otros países, especialmente en Europa del Este. La incredulidad respecto a la actuación de Berlín ha dado paso incluso a las burlas mientras crece la desconfianza. “¿Es Alemania un aliado fiable de América?”, se preguntaba el experto en seguridad Tom Rogan en The Wall Street Journal hace unos días. “Nein”, respondía.

Conscientes de que una brecha entre los aliados occidentales sería el mejor regalo para Vladímir Putin, que parece haber esperado a la marcha de Angela Merkel para poner sobre la mesa sus demandas en materia de seguridad, este lunes se reúnen en Washington el canciller alemán y el presidente de EE UU, Joe Biden. El momento es delicado para Scholz, que afronta su primera gran crisis de política exterior, pero es también una oportunidad para mostrar la firmeza y unidad que los socios occidentales han echado en falta en las últimas semanas. El canciller está entre dos aguas: por un lado, sufre la presión de Washington; al otro pesan la economía, el complejo legado de la Segunda Guerra Mundial y la peliaguda relación entre Alemania y Rusia de las últimas décadas.

Siempre se ha acusado a Alemania de orientar su política exterior en función de sus intereses económicos. Alrededor del 55% del gas natural que alimenta su potente industria y calienta las calefacciones de sus 83 millones de habitantes procede de Rusia. Esta dependencia crece en paralelo al abandono simultáneo del carbón y la energía nuclear. Rusia es también un importante destino de las exportaciones alemanas. “Hay poderosos grupos de presión empresariales que abogan contra las sanciones a Rusia”, apunta Rafael Loss, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR). Y eso provoca una respuesta vacilante de los políticos ante Moscú, añade. No hay que olvidar que la economía alemana pagaría un alto precio por las sanciones, mientras que los países más beligerantes con Moscú —Estados Unidos y el Reino Unido— tendrían mucho menos que perder.

El principal motivo de controversia ha sido la postura de Berlín sobre la venta de armas a Kiev. La legislación alemana prohíbe enviar armamento a zonas de conflicto. Tanto Scholz como la ministra de Exteriores, la verde Annalena Baerbock, han dejado muy claro que no habrá excepciones con Ucrania. Pero Berlín también bloqueó recientemente la reexportación de armas alemanas —antiguos obuses howitzer de fabricación soviética que pertenecieron a la RDA— desde Estonia. La reacción de la Europa del Este fue inmediata. El ministro letón de Defensa, Artis Pabriks, acusó a Alemania de mantener una relación “inmoral e hipócrita” con Rusia y de crear una línea divisoria entre Europa occidental y oriental.

“Almohadas” para ayudar a Kiev

El enfado se convirtió en burla cuando la ministra de Defensa alemana anunció la semana pasada, tras las reiteradas peticiones ucranias de armas defensivas, el envío de 5.000 cascos de protección. El alcalde de Kiev, Vitali Klitschko, un conocido excampeón de boxeo que vivió muchos años en Alemania, lo calificó de “broma” en una entrevista con el diario Bild: “¿Qué será lo siguiente que envíe Alemania como apoyo? ¿Almohadas?”

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Expertos como Ulrike Franke, también del ECFR, defienden que la mayoría de críticas a Berlín pasan por alto algo muy relevante: que sus líderes y muchos alemanes de a pie están convencidos de que su postura sensata y conciliadora es la adecuada. Frente al belicismo de otras potencias, en Alemania se prefiere la vía del apaciguamiento. Una encuesta reciente de YouGov mostró que el 59% de los alemanes apoya la decisión de no enviar armas a Kiev. “El propio interés existe, así como la empatía con Putin, pero no son esas causas profundas de la postura gubernamental”, escribe Franke en The Washington Post.

La historia reciente del país tiene mucho que ver con ese antimilitarismo y con la complicada relación con Rusia. “Muchos alemanes asocian las atrocidades cometidas por la Alemania nazi con Rusia, y no con Polonia, Bielorrusia o Ucrania, que sufrieron proporcionalmente más muertes y mayor destrucción”, recuerda Loss. Y ello ha provocado “un sentimiento de culpa” que el presidente Putin ha sabido explotar. “Poco a poco Alemania se ha colocado en una posición de vulnerabilidad frente al Kremlin”, añade el experto en política exterior y seguridad.

Dumitru Minzarari, experto en el este de Europa y Eurasia de Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad (SWP), opina que la falta de liderazgo alemán no es tal. Berlín tiene claro su rumbo, asegura, como se pudo comprobar con la insistencia en la construcción del gasoducto Nord Stream 2 frente a la UE y a Estados Unidos. La clave es la economía. “No queda bien de cara al público liberal alemán o el público en general de la UE decir que Alemania no ayudará a Ucrania porque podría enfrentarse a pérdidas económicas en sus relaciones con Rusia. Invocar el antimilitarismo y la culpa histórica queda mejor desde la perspectiva de las relaciones públicas”, afirma.

Falta de liderazgo

Las críticas al nuevo tripartito de Scholz no solo llegan de fuera. El líder de la oposición, el democristiano Friedrich Merz, acusa al canciller de falta de liderazgo. En el último debate en el Bundestag le recriminó que los dos partidos estadounidenses, siempre enfrentados, están ahora de acuerdo al calificar a Alemania como un país “inconsistente y poco de fiar”. No ayuda el hecho de que las tres formaciones que lideran la era pos-Merkel tienen distintas visiones sobre política exterior. Mientras Los Verdes están dispuestos a priorizar la defensa de los derechos humanos frente a los intereses económicos, entre las filas socialdemócratas todavía hay nostalgia de la Ostpolitik de Willy Brandt y cierta rusofilia personificada por ejemplo en el excanciller Gerhard Schröder, convertido en asesor de Gazprom a los meses de abandonar el cargo.

Wolfgang Ischinger, presidente de la Conferencia de Seguridad de Múnich y una de las voces más respetadas en política exterior, se preguntaba en su cuenta de Twitter: “¿Cuántos en Berlín son realmente conscientes del daño que nuestra confusa política respecto a Ucrania inflige no solo a Alemania sino a toda la UE? Nuestros socios orientales se aferran cada vez más a EE UU y la OTAN, y la credibilidad de la UE se resiente”. Muchos se preguntan cuántos políticos están secretamente de acuerdo con el vicealmirante Kay-Achim Schönbach, forzado a dimitir tras asegurar que Putin merece ser tratado con respeto y como un igual por Occidente y que la península de Crimea nunca volverá a pertenecer a Ucrania.

El Gobierno defiende que su apoyo a Ucrania ha quedado demostrado y subraya que los esfuerzos diplomáticos de Berlín han conseguido recuperar el llamado formato de Normandía, en el que se reúnen Rusia, Ucrania, Francia y Alemania. Pero es evidente que el liderazgo que exhibió Merkel para firmar los acuerdos de Minsk en 2015 contrasta con el papel secundario de Scholz en esta crisis. “La ministra Baerbock dijo el otro día que la OTAN es como un equipo en el que cada jugador hace su parte. Por ahora lo que parece es que Alemania ni siquiera quiere saltar al terreno de juego”, asegura Loss.

Analistas como Sabine Fischer, del SWP, tilda de “exageradas” las críticas al tripartito y asegura que es “absurdo” cuestionar la lealtad de Alemania a la UE y a la OTAN. Quienes lanzan piedras contra la postura alemana ignoran, asegura la experta en Der Spiegel, el papel que ha jugado el país desde la anexión de Crimea y el inicio de la guerra del Donbás. “Se pasa por alto lo drásticamente que se ha deteriorado la relación entre Berlín y Moscú precisamente porque Alemania se ha posicionado claramente en asuntos polémicos como Ucrania, Bielorrusia o el envenenamiento de Alexei Navalny”, defiende. “Solo Moscú se beneficia de la impresión de una Europa dividida”, concluye Fischer.

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Seis meses después de la amarga salida de Afganistán, la amenaza de Rusia sobre Ucrania ha colocado a Joe Biden ante otra crisis exterior con la que lidiar, cuando su principal interés exterior consiste en el desafío de China y su mayor urgencia, avanzar en su agenda política interna. El presidente ha optado por rebajar cualquier optimismo y exponer crudas perspectivas: ha compartido información de inteligencia sobre las supuestas maniobras del Kremlin para crear un pretexto que justifique una invasión, ha manifestado su convencimiento de que Vladímir Putin quiere intervenir tan pronto como en febrero, y ha amenazado con responder con sanciones económicas de dureza sin precedentes.

Enfrente, se ha topado con las quejas del propio Gobierno de Kiev, que alerta contra el alarmismo; contra el flanco más progresista de su partido, que se opone a las maniobras de Rusia pero cuestiona la mano dura en el conflicto; el azote del los republicanos trumpistas, que critican la implicación estadounidense y con la tarea de ganar la confianza de los aliados europeos después de las tensiones creadas a raíz del desastre de Kabul y el acuerdo de defensa con Reino Unido y Australia. Washington se encuentra en el fuego cruzado de varios intereses. La crisis brinda al presidente la oportunidad de lograr una relevante victoria diplomática, y sacar brillo así a tan traída y llevada experiencia en política exterior, aunque también, el riesgo de cargar con otro fracaso.

“Después de lo que pasó con Afganistán y con el acuerdo sobre submarinos [pacto de defensa con Reino Unido y Australia] y cómo enfadó a los aliados europeos, la Administración de Biden se ha esforzado mucho en compartir la información y los planes con los europeos, en conseguir un frente diplomático común, y creo que lo han conseguido en buena medida”, señala por teléfono el analista Michael Kimmage, historiador especializado en la Guerra Fría y en las relaciones entre Estados Unidos y Rusia. Aun así, añade, “es muy difícil para Biden equilibrar las preocupaciones de las repúblicas bálticas, Polonia y Suecia, que se sienten directamente amenazados por los movimientos militares de Rusia en Bielorrusia y Ucrania, por una parte; y al mismo tiempo, los de Alemania y la Europa occidental y del sur, que no quieren ver una excesiva militarización de este conflicto”.

Dentro de Estados Unidos, Biden también se mueve entre diferentes sensibilidades, a pesar de que el grueso de la población está de acuerdo, independientemente del partido al que votan, en que Vladímir Putin es el villano de esta historia. En un sondeo de Pew Research realizado entre el 10 y el 17 de enero, hasta un 41% ve a Rusia como un enemigo (39% en el caso de los republicanos, 43% en opinión de los demócratas) y un 49%, como un competidor (50% para los republicanos y 49% para los demócratas). El refuerzo militar ruso en Ucrania es considerado una gran amenaza por el 26% (27%-26%) y una amenaza menor por el 33% (36%-33%).

Entre la clase política, los republicanos afrontan la crisis ucrania divididos: por un lado, el halcón tradicional que pide a Biden mano dura ante los desafíos del Kremlin; por otro, la nueva hornada de acólitos de Donald Trump y de su doctrina, que cuestionan las intervenciones de Estados Unidos en el exterior e incluso simpatizan con la figura de Putin.

J. D. Vance, aspirante al Senado por Ohio y autor del famoso libro Hillbilly, una elegía rural, que ha decidido tomar todas las banderas del trumpismo, resumió en un mensaje de Twitter: “¿Odias a América a menos que quieras enviar a nuestra mejor gente a morir en una guerra que no tiene nada que ver con nosotros?”. “Vale la pena repetirlo: nuestros líderes se preocupan más por la frontera con Ucrania que por la nuestra”, señaló en otro momento.

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Tucker Carlson, la gran estrella televisiva conservadora del momento, una de las voces más influyentes para la derecha americana, planteó a un congresista republicano, Michael Turner, en antena: “Pregunta sincera, ¿por qué debemos ponernos del lado de Ucrania en esto y no del lado de Rusia?”. Turner le respondió que Rusia “es un régimen autoritario” que pretende imponer su voluntad a “una democracia” como Ucrania y que los estadounidenses suelen “están del lado de las democracias”.

También el flanco izquierdo del Partido Demócrata ha expresado sus recelos. Las líderes del caucus progresista del Congreso, Pramila Jayapal y Barbara Lee, emitieron un comunicado conjunto esta semana con esta advertencia: “Nos preocupa enormemente que los nuevos despliegues de tropas, las sanciones indiscriminadas y una oleada de millones de dólares en armas letales solo conseguirán aumentar las tensiones e incrementar los errores de cálculo. Estados Unidos y la OTAN no deben jugar con esta estrategia”.

Ni Estados Unidos ni la OTAN han hablado todavía de destacar soldados dentro de Ucrania, país que no forma parte de la Alianza Atlántica, aunque sí de ayudar con armas y desplegar tropas en la región. Biden confirmó el viernes por la tarde que enviará efectivos a corto plazo al este de Europa y los países bálticos, si bien añadió que no serían “demasiados”.

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