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El Tribunal Supremo de Cuba (TSC) dio a conocer el miércoles los fallos de seis juicios celebrados contra 129 cubanos participantes en dos grandes manifestaciones de protesta contra el Gobierno realizadas el 11 y 12 de julio pasados en La Habana, que derivaron en hechos violentos y enfrentamientos con la policía. Las acusaciones fueron por hurto y sedición, y las penas impuestas por los tribunales muy elevadas: 31 personas fueron condenadas a privación de libertad de entre 20 y 30 años, 25 a condenas de entre 15 y 19 años de cárcel y 48 personas más a penas de entre 10 y 14 años de prisión. Solo uno de los acusados fue absuelto, y otro recibió una pena de cuatro años “de trabajo correccional sin internamiento”. Varias ONG y numerosos académicos en las redes sociales han criticado el fallo de los tribunales por considerar las “sanciones desmedidas” y con un “evidente objetivo ejemplarizante”, para desestimular posibles futuras protestas.

Aunque diversas fuentes y familiares de los encausados habían informado antes de que numerosas personas ya habían sido condenadas en diversas localidades del país a elevadas sanciones por las inéditas protestas que sacudieron el país el 11 y 12 de julio, es la primera vez que las autoridades ofrecen datos oficiales de las sentencias de estos macroprocesos. Según la Fiscalía General de Cuba, en el país han sido procesadas por las protestas de julio a 790 personas, de las que 55 tienen 16 y 17 años de edad.

Los juicios contra las 129 personas se realizaron entre el 14 de diciembre y el 3 de febrero, e involucraron a los participantes en las manifestaciones ocurridas en dos barriadas de La Habana, la esquina de Toyo, en el municipio de Diez de Octubre, y en el reparto obrero de La Güinera, donde se produjo un muerto por disparos de la policía. Lo sucedido en Toyo y La Güinera tuvo amplia repercusión y conmovió al país, pues a diferencia de lo ocurrido en otras ciudades y pueblos, donde las manifestaciones fueron mayoritariamente pacíficas, aquí derivaron en una verdadera batalla campal, con patrullas de la policía volcadas y duros enfrentamientos entre agentes del orden y efectivos antidisturbios contra los manifestantes, algo que nunca antes había ocurrido en Cuba.

EL TSC considera “probado y demostrado” que los condenados —de los que no se dice edad, pero que al parecer son mayoritariamente jóvenes— “intentaron subvertir el orden constitucional de forma violenta” obedeciendo “instrucciones impartidas por personas tanto desde Cuba como desde el exterior”. En el caso de los sucesos de la esquina de Toyo, se afirma que los manifestantes “lanzaron piedras y botellas contra varios funcionarios” e “instalaciones de la Policía Nacional Revolucionaria, autos patrulleros; voltearon una moto y carros pertenecientes a la Asamblea Municipal del Poder Popular y provocaron lesiones a otras personas y graves daños materiales”. En La Güinera, el TSC dice que “lanzaron piedras, palos, botellas y cócteles molotov contra agentes” y “otros trabajadores de instituciones estatales (…) a quienes causaron lesiones”, además de asediar “por varias horas” una “unidad de la Policía Nacional Revolucionaria”.

El alto tribunal destaca que en los juicios se tuvo en cuenta “la gravedad, lesividad y violencia de los actos cometidos”, así como que los “sucesos fueron deliberadamente organizados en medio de la situación compleja que atravesaba el país, como consecuencia de la pandemia de la covid-19, en particular en la provincia de La Habana, razones por las que se habían tomado medidas excepcionales para contrarrestar sus efectos, que incluían, entre otras, la limitación de movimiento y el aislamiento social”.

La información del Supremo no hace referencia a las edades de los condenados, pero según la ONG Prisoners Defenders, entre ellos hay siete jóvenes de 16 y 17 años, que han recibido penas de entre 7 y 19 años de prisión, y otro más, que recibió la pena de trabajo correccional. En Cuba, la mayoría de edad es a los 18 años, pero la responsabilidad penal es a los 16 años —el Código Penal contempla la posibilidad de reducir a la mitad las penas a los menores—.

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Muy criticada ha sido la utilización de la figura delictiva de “sedición” para encausar a los participantes en las protestas de julio, las mayores ocurridas en 62 años de revolución. El artículo 100 del Código Penal vigente en Cuba plantea que incurren en este delito, penado con sanciones de 10 a 20 años de cárcel, o pena de muerte, a quienes “tumultuariamente y mediante concierto expreso o tácito, empleando violencia, perturben el orden socialista o la celebración de elecciones o referendos, o impidan el cumplimiento de alguna sentencia, disposición legal o medida dictada por el Gobierno, o por una autoridad civil o militar en el ejercicio de sus respectivas funciones, o rehúsen obedecerlas, o realicen exigencias, o se resistan a cumplir sus deberes”.

En 1994, tras producirse los incidentes del ‘Maleconazo’, las mayores protestas contra el gobierno hasta ese momento, que fueron de mucha menor proporción y focalizadas solo en La Habana, los tribunales cubanos condenaron a cientos de personas por desorden público, pero a sanciones de un año de cárcel en la mayoría de los casos. Por eso, las elevadas condenas de ahora y el uso del delito de sedición han levantado gran polvareda.

El Gobierno cubano niega que las protestas del 11 y 12 de julio fueran un estallido espontáneo y responsabilizan a Washington de alentar la “desestabilización” del país y generar una “situación de ingobernabilidad”. Académicos, sociólogos, historiadores y artistas cubanos han expresado públicamente su rechazo a las condenas desmedidas y ejemplarizantes, solicitando a las autoridades magnanimidad y juzgar sólo a los que participaron en hechos violentos, e incluso hay quienes han pedido una amnistía. EL TSC aseguró que los condenados fueron sometidos a juicio respetando todas las garantías procesales y que tiene derecho a interponer recurso de casación ante el Supremo.

Ayer se conoció también que un tribunal de la provincia cubana de Matanzas comenzó a enjuiciar a 17 detenidos durante las inéditas protestas del 11 de julio en la ciudad de Cárdenas, con peticiones fiscales de hasta nueve años de prisión por los delitos de desórdenes públicos, desacato y atentado.

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Un automóvil clásico transita con turistas el 22 de febrero, en La Habana.
Un automóvil clásico transita con turistas el 22 de febrero, en La Habana.Yander Zamora (EFE)

Las sanciones a Rusia por la invasión de Ucrania empiezan a sentirse en Cuba. El cierre del espacio aéreo europeo a los aviones rusos ha supuesto la cancelación de los vuelos regulares entre Moscú y La Habana y el fin de los viajes de turistas procedentes de Rusia, que en el último año se habían convertido en el principal país emisor de turismo hacia la isla y en tabla de salvación de una de las más importantes industrias cubanas, en momentos en que el país atraviesa por una aguda crisis y las tensiones financieras son extremas.

El turismo ruso a Cuba se incrementó casi un 200% en dos años, al pasar de 74.019 viajeros en 2020 a 146.151 en 2021, cuando la isla recibió 573.000 viajeros, un 87% menos que en 2019 (ese año visitaron Cuba 4.200.000 turistas). La Asociación de Operadores Turísticos de Rusia ha informado de que el cierre del espacio aéreo de la Unión Europea y Canadá para los aviones rusos obligó a los operadores a suspender la venta de los viajes a América Latina y el Caribe.

En un comunicado, la asociación ha informado de que a partir del 28 de febrero cancelaba todos los viajes a Cuba, República Dominicana, México y Venezuela. En estos momentos, en la isla pasan sus vacaciones miles de turistas del país euroasiático. Fuentes de Moscú han dicho que las aerolíneas de ese país volarán a la isla a recogerlos en vuelos chárter por rutas que hacen trayectos más largos y costosos, pero en estos aviones no podrán viajar nuevos turistas.

Los medios de comunicación cubanos han informado el viernes de que los 5.500 rusos que estaban en el balneario de Varadero regresarían a su país en chárter de Nordwind Airlines. Nordwind ha suspendido sus vuelos regulares a Cuba, junto con las también compañías rusas Aeroflot y Azur Air. El domingo regresaron a Moscú 900 turistas en vuelos de esa compañía.

La noticia para Cuba es nefasta. Con el turismo en números rojos, la temporada alta finalizando y sin perspectivas de mejora, fuentes del sector han cifrado en alrededor de 30.000 las cancelaciones de viajes de turistas rusos, lo que provocará perdidas de varios millones de dólares, en momentos en que cada dólar en Cuba cuenta.

“La guerra de Ucrania ha venido a complicar todavía más las cosas cuando la economía cubana atraviesa una situación muy difícil y los pronósticos de este año son pésimos para otros dos rubros económicos exportables cubanos, el azúcar y el tabaco”, señala un economista cubano.

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La que fuera la columna vertebral de la economía cubana, la producción azucarera, que llegó a lograr zafras de ocho millones de toneladas en los años ochenta, ha caído en picado. El año pasado se produjeron sólo 800.000 toneladas, la cifra más baja desde 1908, debido a la falta de fertilizantes y otros insumos y la ineficiencia del sistema productivo. La previsión oficial para la zafra 2021-2022 era producir 900.000 toneladas —de las que 500.000 se dedicarían al consumo nacional y 400.000 a honrar contratos con China—, pero según diversos expertos la cosecha actual podría ser un 30% inferior a  la meta trazada.

La producción de tabaco, cuya exportación aportó al país 500 millones de dólares el año pasado, no es mucho mejor. Directivos cubanos admitieron que este año se reducirán de nuevo las áreas de cultivo debido a la falta de insumos y “el recrudecimiento del bloqueo norteamericano”. Según cifras de la Oficina Nacional de Estadísticas, la recogida de 2018 fue de unas 29,000 toneladas; en 2019 de 28,000 toneladas y en 2020 de 25,000. Según el diario oficial Granma, la situación económica ha llevado a no plantar 2.450 hectáreas de las 25.000 inicialmente previstas en todo el país para la producción de tabaco en esta temporada.

Los males de la economía cubana, agravados por la caída del turismo y las restricciones al envío de remesas debido a las medidas coercitivas norteamericanas —se calcula en 3.000 millones de dólares anuales el dinero que enviaban los emigrados a sus familiares—, han generado una complejísima situación financiera en la isla, desabastecimiento y una asfixiante falta de liquidez, que se ha traducido en numerosos impagos a proveedores extranjeros y una drástica reducción de las importaciones. Y con la guerra de Ucrania en marcha, todavía peor.

Cuba ha cerrado filas con Moscú en la crisis ucrania, pero con matices. Por un lado, ha asegurado que “el empeño estadounidense en continuar la progresiva expansión de la OTAN hacia las fronteras de la Federación de Rusia ha conducido a un escenario, con implicaciones de alcance impredecible, que se pudo evitar”, señalando que “los movimientos militares realizados por los Estados Unidos y la OTAN en meses recientes hacia regiones adyacentes a la Federación de Rusia, precedidos de la entrega de armas modernas a Ucrania”, equivalen a “un cerco militar progresivo”, ante lo cual Moscú “tiene derecho a defenderse”. Sin embargo, se ha mostrado en desacuerdo con el uso de la fuerza “y la no observancia de principios legales y normas internacionales que Cuba suscribe y respalda con todo vigor y son referencia imprescindible, particularmente para los países pequeños, contra el hegemonismo, los abusos de poder y las injusticias”.

“Cuba es un país defensor del Derecho Internacional y comprometido con la Carta de las Naciones Unidas, que siempre defenderá la paz y se opondrá al uso o amenaza de la fuerza contra cualquier Estado”, señaló el Ministerio cubano de Relaciones Exteriores en una declaración la semana pasada. La Habana se abstuvo en la reciente votación de condena a la invasión rusa en la Asamblea General de la ONU, algo que sorprendió “positivamente” a varios embajadores europeos en La Habana, que creían que Cuba iba a votar junto a Rusia y habían hecho gestiones ante la Cancillería cubana para que no se produjera este alineamiento.

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El embajador de Rusia ante la ONU, Vasily Nebenzya, habla durante la sesión de emergencia de la Asamblea General, el 28 de febrero de 2022.
El embajador de Rusia ante la ONU, Vasily Nebenzya, habla durante la sesión de emergencia de la Asamblea General, el 28 de febrero de 2022.John Minchillo (AP)

La Asamblea General extraordinaria de la ONU votó este miércoles una resolución de condena de la invasión rusa a Ucrania. Sumó 141 votos a favor, cinco en contra (Bielorrusia, Eritrea, Corea del Norte, Siria y la propia Rusia) y 35 abstenciones. En este último grupo destacan China, y también cuatro países de América Latina: Bolivia, Cuba, El Salvador y Nicaragua. Un quinto, Venezuela, aliado incondicional de Moscú, tiene su voto inhabilitado por deudas con el organismo. Fueron relevantes los votos positivos de Argentina y Brasil, dos países que habían jugado la carta de la neutralidad y que finalmente se decantaron por el repudio.

La resolución de la Asamblea General exige a Moscú el cese “inmediato” de la ofensiva miliar sobre Ucrania. Fue la respuesta de la ONU al veto ruso en el Consejo de Seguridad de la ONU a una condena de la invasión. Rusia es, junto con Estados Unidos, Reino Unido, Francia y China, uno de los cinco países con derecho a veto en ese órgano. Los países occidentes sortearon el bloqueo del Kremlin con una convocatoria de urgencia a la Asamblea General, donde cada país tiene un voto y no hay poderes especiales. El escenario de la discusión abierta puso en evidencia los argumentos del bloque latinoamericano prorruso.

El más entusiasta fue Venezuela. Nicolás Maduro reveló el martes que llamó a Vladímir Putin para “ratificarle la condena de Venezuela a las acciones desestabilizadoras de la OTAN”. “Maduro expresó su fuerte apoyo a las acciones decisivas de Rusia”, destacó más tarde el Kremlin en un comunicado. Venezuela no pudo votar este miércoles en la ONU porque acumula una deuda millonaria con la organización, pero dejó su opinión. “La ONU no puede ser utilizada para profundizar los conflictos”, dijo el embajador Samuel Moncada. Sí estuvieron presentes con voz y también con voto los representantes de otros aliados rusos, como Cuba.

Su embajador ante la ONU, Pedro Pedroso Cuesta, dijo que para “examinar con rigor y honestidad” la situación en Ucrania hay que valorar lo que consideró “el empeño” de Estados Unidos para avanzar bajo el paraguas de la OTAN sobre las fronteras rusas. Mencionó también la “entrega de armas modernas” a Kiev. La lectura cubana coincide con la rusa: la invasión es una respuesta a una agresión previa de Occidente, que no escuchó los clamores de seguridad del Kremlin. A su turno, el nicaragüense Jaime Hermida Castillo habló de “cerco militar”. Bolivia justificó su abstención con un alegato al reparto de responsabilidades. Según el embajador Diego Pary hubo parte de culpa “en las potencias occidentales que a través de la OTAN ponen en riesgo la seguridad y la paz de otros Estados”. “Usando Estados intermediarios que favorecen las ambiciones expansionistas de estas potencias de occidente y amenazan la seguridad de sus vecinos”, afirmó Pary, donde Ucrania es el Estado “intermediario” y Rusia el vecino amenazado.

La votación no solo puso negro sobre blanco entre aquellos que están del lado ruso. Reveló también el giro de Brasil y Argentina, que hasta ahora habían jugado la carta de la neutralidad. El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, visitó a Putin el 24 de febrero y en el arranque de la semana había advertido que su país no había decidido aún su voto. Finalmente, el Palacio de Itamaraty se decantó por el apoyo a la resolución, lo mismo que Argentina. Alberto Fernández también había visitado Moscú en los días previos a la invasión y desde allí había ofrecido al Kremlin ser “la puerta de entrada a América Latina”. Este miércoles, sin embargo, la embajadora argentina ante la ONU, María del Carmen Squeff, advirtió en su discurso que “ninguna adquisición territorial puede ser reconocida como legal a partir del uso o la amenaza del uso de la fuerza”.

México, en tanto, cargó contra el derecho a veto de Rusia como integrante del Consejo de Seguridad. “México demanda una vez más que los miembros permanentes del Consejo de Seguridad se abstengan de hacer uso del veto ante situaciones en las que estén directamente involucrados o frente a situaciones de atrocidades masivas”, como ha hecho Rusia, dijo el embajador mexicano ante la ONU, Juan Ramón de la Fuente.

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El viceprimer ministro Ruso, Yuri Borisov, y su homólogo cubano, Ricardo Cabrisas, durante un encuentro en La Habana el 31 de marzo de 2021.
El viceprimer ministro Ruso, Yuri Borisov, y su homólogo cubano, Ricardo Cabrisas, durante un encuentro en La Habana el 31 de marzo de 2021.POOL (REUTERS)

Aunque poco tiene que ver la situación actual con los bloques y las alianzas geoestratégicas de la época soviética, el regreso de la guerra fría entre Moscú y occidente a raíz del conflicto de Ucrania ha vuelto a poner a Cuba en la órbita del Kremlin de forma cada vez más militante. Excepto por su rivalidad con EE UU en lo económico y en lo político, ambos países poco se parecen ya, pero con el agravamiento de la crisis ucrania, Rusia y La Habana escenifican estos días el fortalecimiento de una alianza que es más diplomática y declarativa que de rublos y subsidios, como era antes, aunque algo siempre cae.

Tras la conversación sostenida el 24 de enero entre Vladimir Putin y su homólogo cubano, Miguel Díaz-Canel, en la que expresaron su voluntad de profundizar “la cooperación estratégica” y “fortalecer las relaciones bilaterales”, en la última semana han visitado la isla dos delegaciones rusas de alto nivel. El viernes pasado fue el vicepresidente ruso, Yuri Borisov, y este miércoles llega a La Habana el presidente de la Duma (cámara baja de la Asamblea Federal de Rusia), Viacheslav Volodin, solo un día después de que esta institución anunciara la reestructuración de la deuda más reciente de Cuba con el país euroasiático, valorada de 2.300 millones de dólares.

El Ministerio de Relaciones de Exteriores cubano emitió un comunicado en el que se alineó sin fisuras con Moscú en su disputa con EE UU y la UE por el conflicto de Ucrania, aunque sin reconocer la independencia de las repúblicas separatistas de Donetsk y Luganks. “El Gobierno de Estados Unidos lleva semanas amenazando a Rusia y manipulando a la comunidad internacional sobre los peligros de una ‘inminente invasión masiva’ a Ucrania. Ha suministrado armas y tecnología militar, ha desplegado tropas en varios países de la región, ha aplicado sanciones unilaterales e injustas, y amenazado con otras represalias. Paralelamente, desató una campaña propagandística antirrusa”, señaló la Cancillería cubana. Destacó, además, el “derecho a defenderse” de Moscú y llamó “a EE UU y a la OTAN a atender de manera seria y realista los fundados reclamos de garantías de seguridad de la Federación de Rusia”.

Según la declaración, Cuba “aboga por una solución diplomática a través del diálogo constructivo y respetuoso” para “preservar la paz y la seguridad internacionales”, pero cierra filas con el Kremlin. “El empeño de Estados Unidos por imponer la progresiva expansión de la OTAN hacia las fronteras de la Federación de Rusia constituye una amenaza a la seguridad nacional de este país y a la paz regional e internacional”, afirma el comunicado, que fue reproducido por el diario oficial Granma recordando unas declaraciones de 2014 del entonces presidente cubano, Raúl Castro, con motivo del conflicto en la región de Crimea, que finalmente Rusia se anexionó. “Ahora mismo en Ucrania están ocurriendo acontecimientos alarmantes. La intervención de potencias occidentales debe cesar (…). No debe ignorarse que estos hechos pueden tener consecuencias muy graves para la paz y la seguridad internacionales”, dijo Raúl Castro en aquel momento.

En vísperas de la llegada de Volodin a La Habana, la Duma prorrogó el pago de la deuda de Cuba hasta 2027. Entre 2006 y 2019, Rusia ofreció a Cuba créditos de exportación por un valor de 2.300 millones de dólares para financiar proyectos en las esferas de la energía, la industria metalúrgica y el transporte, así como para el suministro de mercancías necesarias para el desarrollo de la economía de la isla, que vive una de las crisis más graves de su historia y una asfixiante falta de liquidez.

Fuentes rusas dijeron que, desde principios de 2020, Cuba prácticamente detuvo el pago por los créditos rusos, con lo que incrementó su deuda con bancos comerciales y entidades exportadoras del país euroasiático. Según estas fuentes, los fondos que el presupuesto ruso debía recibir en 2020-2021 por concepto del pago de la deuda y los intereses, ascendía a 57 millones de dólares, pero la parte cubana pidió revisar las condiciones de pago. El documento aprobado por la Duma establece que el último pago deberá ser transferido al 15 de diciembre de 2027.

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En los últimos dos meses, Rusia ha enviado diversos cargamentos con 83 toneladas de ayuda humanitaria a la isla, a las que hay que sumar las más de 200 toneladas del año pasado. “Rusia continuará brindando su ayuda a Cuba, no dejaremos de estar a su lado en estos tiempos difíciles”, aseguró el embajador ruso en La Habana, Andrei Guskov, en el acto de recibimiento del último avión de carga procedente de Moscú.

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Varias personas caminan para entrar a tiendas en la calle Obispo, el viernes 28 de enero del 2022, en La Habana, Cuba.
Varias personas caminan para entrar a tiendas en la calle Obispo, el viernes 28 de enero del 2022, en La Habana, Cuba.Yander Zamora

El Gobierno cubano reacreditó el lunes a todos los periodistas de la agencia española Efe a los que les había retirado el permiso de trabajo en la isla en vísperas de la frustrada manifestación del pasado 15 de noviembre. Las autoridades permitirán la entrada del nuevo corresponsal de la agencia en La Habana, que llevaba meses esperando el permiso de Cuba.

El 13 de noviembre, sin explicar públicamente los motivos, las autoridades cubanas retiraron las acreditaciones a dos redactores, dos fotógrafos y un cámara de televisión que trabajaban en la delegación de La Habana, pero,tras las gestiones de alto nivel del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, al día siguiente devolvieron dos de ellas (a un redactor y un fotógrafo) para que pudieran seguir informando desde Cuba.

Desde entonces, el medio de prensa, la diplomacia española y los responsables del Centro de Prensa Internacional (CPI) de Cuba negociaban una salida al conflicto, que se produjo este lunes, en medio de una visita a Cuba de representantes de la agencia española. El director de Prensa, Comunicación e Imagen del Ministerio cubano de Relaciones Exteriores, Juan Antonio Fernández Palacios, publicó en su cuenta de Twitter que había sostenido “conversaciones francas, transparentes y respetuosas” con miembros de una delegación encabezada por el director de información de Efe, José Sanz, y momentos después el CPI dio a conocer la noticia.

“En la tarde de hoy se ha procedido a entregar las credenciales a todos los corresponsales en La Habana y en los próximos días se otorgará el visado al corresponsal jefe designado, Juan Palop, para que pueda asumir sus funciones”, publicó en su cuenta de Twitter el CPI. En el mensaje, el CPI informó que “ambas partes reafirmaron la importancia de que la prensa acreditada realice su labor informativa con libertad y respeto mutuo, en apego a los principios de la veracidad, imparcialidad y no tendenciosidad”.

Fuentes diplomáticas españolas en La Habana consideraron una “buena noticia la vuelta a la normalidad de Efe en Cuba y que todos los periodistas puedan volver a trabajar y la delegación estar a plena capacidad”, señalando que durante los dos últimos meses la diplomacia española ha trabajado discretamente para lograr que se diera este “paso positivo”.

Efe señaló -en una noticia firmada desde La Habana- que las autoridades cubanas restituyeron las acreditaciones e indicaron que “en los próximos días se tramitará el visado de prensa del nuevo delegado de la oficina”, que se había solicitado en septiembre. Además, indicaron que aprobarán las credenciales del nuevo coordinador de la redacción en cuanto la agencia proporcione la información necesaria.

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“Cuando se entreguen estos dos visados de prensa, Efe recuperará la capacidad informativa que tenía a principios del año pasado, con siete periodistas en activo (delegado, tres redactores, dos fotógrafos y un camarógrafo)”, expresó la agencia, que abrió su representación en Cuba hace casi medio siglo.

“La recuperación de las acreditaciones llega en un momento de gran interés informativo en la isla, que está realizando un inédito proceso de consulta popular de su Código de las Familias, una reforma legislativa que incluye, entre otras novedades, el reconocimiento del matrimonio igualitario”, señaló Efe y, asimismo, destacó que la isla atraviesa momentos difíciles por la crisis económica “agravada por el endurecimiento de las sanciones económicas de EE UU, la pandemia y los malos resultados de la gestión macroeconómica”.

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Cuba on Monday marks 60 years under a U.S. economic blockade that has deeply affected the communist nation’s fortunes and shows no signs of being lifted.

Decreed by U.S. president John F. Kennedy on February 3, 1962, the embargo on all bilateral trade came into effect four days later.

Its purpose, said Kennedy’s executive order, was to reduce the threat posed by the island nation’s “alignment with the communist powers.”

Despite failing to force a change in tack from Havana since then, the sanctions remain in place six decades later, and are blamed by Cuban authorities for damage to the country’s economy amounting to some $150 billion.

Cuba is experiencing its worst economic crisis in 30 years, with inflation at 70 percent and a severe shortage of food and medicines as the COVID-19 pandemic dealt a hefty blow to a key source of income: tourism.

Long lines for essential goods are common, as food imports have been slashed due to dwindling government reserves.

Havana blames the sanctions for all the island’s woes.

The message that “the embargo is a virus too” has been hammered home by authorities for months, as they organize caravans of cars, bikes and motorcycles to crisscross the country and denounce the sanctions.

But detractors say inefficiencies and structural problems in the economy controlled by the one-party state are also to blame.

A man rides his motorcycle near a banner reading 'Plan vs. plan. Resistance vs. blockade. For Cuba: United' in Havana, on Feb. 4, 2022.

A man rides his motorcycle near a banner reading ‘Plan vs. plan. Resistance vs. blockade. For Cuba: United’ in Havana, on Feb. 4, 2022.

‘Counterproductive’

“The real blockade was imposed by the Cuban state,” said activist Rosa Maria Paya of lobby group Cubadecide, which she directs from exile.

The embargo would only be lifted, she believes, through “a transition to representative democracy.”

Cuba has little productive capacity and relies on imports for about 80 percent of its food needs.

A monetary reform launched a year ago to try and alleviate pressures on Cubans brought about a significant wage increase in a country where most workers are employed by the government, but further fueled price inflation.

Since 2000, food has been excluded from the U.S. blockade, and between 2015 and 2000, Cuba imported some $1.5 billion worth of food from its neighbor.

But the purchases must be paid in cash and upfront, onerous conditions for a country with limited reserves.

According to Carlos Gutierrez, a Cuban American and former U.S. Secretary of Commerce, the embargo has proven to be “counterproductive.”

“Absolutely nothing has been obtained from Havana” in response, he said.

Geopolitical interests

Instead, Cuba has looked to U.S. rivals such as China and Russia for support.

Two weeks ago, Cuba’s President Miguel Diaz-Canel and his Russian counterpart Vladimir Putin discussed “strategic partnership” in a phone call.

And Russian Deputy Foreign Minister Sergei Riabkov recently said Moscow would not rule out a military deployment to Cuba — just a few hundred kilometers from Miami in the U.S. state of Florida — if tensions with Washington over ex-Soviet state Ukraine escalated.

For some, such posturing recalls the Cold War and the Cuban missile crisis between the United States and the former Soviet Union, which brought the world to the brink of nuclear warfare and was a major motivation for the blockade against Cuba.

Conflict was averted when Moscow agreed to remove Soviet missiles from Cuban soil.

The U.S. blockade started out as a “strategic and military instrument” in the context of war, said political scientist Rafael Hernandez.

And although the Cold War is over, it is still the United States’ “geopolitical interests” that determine its stance towards Cuba, he said.

U.S. domestic politics also play a role, with the vote of a large and vocal anti-Havana Cuban expat community holding the potential to swing battleground states such as Florida.

Somewhat relaxed under a brief period of detente under Barack Obama, sanctions were strengthened by his successor Donald Trump, who added 243 new measures.

And despite campaign promises, current President Joe Biden has done nothing to relieve the blockade, instead announcing new measures against Cuban leaders in response to a clampdown on historic anti-government protests last July.

For the U.S. administration, said James Buckwalter–Arias of the Cuban American Association for Engagement, “electoral considerations weigh heavier than humanitarian duty.”



En medio de una de las peores crisis económicas de la historia de Cuba, con el país bajo una inflación desatada y la convulsión de las protestas del 11 de julio que todavía colea —con su secuela de juicios contra al menos 790 manifestantes, parte de ellos encausados por el delito de sedición—, este 3 de febrero se cumplieron 60 años del día en que el entonces presidente norteamericano John F. Kennedy firmó la orden número 3447, que proclamó el “embargo a todo el comercio con Cuba” un año después de que ambos países rompieran relaciones diplomáticas.

Con motivo del aniversario, el Archivo Nacional de Seguridad de EE UU (NSA, por sus siglas en inglés) acaba de publicar una docena de documentos desclasificados que arrojan luz —y no pocas sombras— sobre la que seguramente es la medida punitiva contra un país más larga de la historia moderna. Los papeles oficiales dados a conocer por el NSA —institución académica adscrita a la Universidad George Washington— registran los orígenes, justificación y evolución de las sanciones económicas adoptadas por el Gobierno norteamericano desde que Fidel Castro llegó al poder, comenzando por el famoso memorándum del 6 de abril de 1960 del subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, Lester Mallory, dirigido al entonces presidente Dwight Eisenhower y titulado “El declive y la caída de Castro”, en el que argumenta sin tapujos la necesidad de aplicar medidas coercitivas contra la naciente revolución para derrocarla.

La revolución de Fidel Castro, argumenta Mallory en el escrito, es “bastante popular”, y dado que no hay una “oposición efectiva” contra él, la única forma de socavar el apoyo es “a través del desencanto y la desafección basada en la insatisfacción económica y las dificultades”. Mallory, señala el NSA, aboga en ese momento por un conjunto de sanciones económicas diseñadas para negar “dinero y suministros a Cuba, para disminuir los salarios monetarios y reales, para provocar el hambre, la desesperación y el derrocamiento del Gobierno”.

Este temprano memorándum, básico para entender la justificación política del embargo norteamericano que sigue vigente hoy, es complementado por el NSA con otros documentos, mensajes y deliberaciones secretas de diversas administraciones norteamericanas, incluidas las consideraciones del exsecretario de Estado Henry Kissinger en 1975 de usar el embargo como moneda de cambio para normalizar las relaciones con Cuba.

Un original revelador es el informe secreto de la CIA titulado “Sanciones de Estados Unidos y la OEA contra Cuba (1962-presente)”, elaborado en 1982. Este concluye que “desde el principio las sanciones comerciales fueron significativamente perjudiciales para el crecimiento y el desarrollo general de Cuba”, si bien admite que el embargo no “había cumplido” con sus objetivos y que “los costos políticos superaban sus beneficios”. El documento dado a conocer por la NSA considera que “si bien Estados Unidos promueve públicamente el objetivo de una Cuba verdaderamente libre e independiente, el objetivo final siempre ha sido sacar a Castro del poder y hacer que el apoyo a Cuba sea lo más costoso posible para los soviéticos”.

Otro memorándum de Harry Shlaudeman, subsecretario adjunto para América Latina durante la Administración Gerald Ford (que sustituyó a Nixon tras su dimisión), recomienda a Kissinger “moverse rápidamente para negociar con Cuba, utilizando el levantamiento del embargo, en etapas, como moneda de cambio”. El documento, de 1975, propone restablecer relaciones diplomáticas y consulares como parte de un acuerdo inicial que incluiría un levantamiento parcial del embargo y compromisos mutuos sobre la no intervención y negociaciones para resolver las reclamaciones de EE UU.

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“Nuestro interés es dejar atrás el tema de Cuba, no prolongarlo indefinidamente”, indica Shlaudeman, estableciendo una serie de pasos para normalizar relaciones y finalmente sacar el “tema intrínsecamente trivial” de Cuba “de las agendas internas e interamericanas”.

Otro dossier de la etapa de la Administración Carter (1977-1981) describe el debate secreto sobre si excluir o no los alimentos y medicinas del embargo. En ese momento la flexibilización de las sanciones era defendida por varios congresistas y senadores estadounidenses, y el entonces secretario de Estado, Cyrus Vance, aconsejó al presidente “retrasar” la exención de alimentos y medicinas “hasta que los cubanos tomen medidas para contribuir al proceso de mejora de las relaciones”. El argumento era que Cuba necesitaba “demostrar la seriedad de su propio interés en mejorar las relaciones”.

Según el centro académico, el asesor de Seguridad Nacional de ese momento, Zbigniew Brzezinski, pidió a Carter permanecer “neutral” en el proyecto de ley del Senado para eximir a esas categorías del embargo, recomendando que su postura no fuese “la de la neutralidad benevolente, sino más bien la de la neutralidad escéptica”, por temer que la suavización del embargo dejara a Vance con “poca o ninguna influencia para lograr concesiones necesarias para hacer que la normalización sea políticamente aceptable para Estados Unidos”.

De acuerdo con Peter Kornbluh, director del Proyecto de Documentación de Cuba del NSA y responsable de la investigación, “el embargo interminable se ha convertido en un símbolo perdurable de hostilidad perpetua en la postura de Estados Unidos hacia Cuba”.

Junto a los documentos publicados, el NSA adjunta una cronología de la historia de las sanciones norteamericanas contra Cuba realizada por el académico William Leogrande (coautor junto a Kornbluh de Back channel to Cuba [Canal negro a Cuba, en inglés], libro que recopila las múltiples negociaciones secretas realizadas entre Washington y La Habana en el último medio siglo). Leogrande repasa los hitos de la política de embargo desde Eishenhower hasta Biden, que después de abogar por un cambio en las relaciones con Cuba en la línea normalizadora de Obama sigue instalado en la política de presión de su antecesor, Donald Trump.

“Durante la campaña de 2020, Joe Biden prometió revertir las sanciones de Trump que perjudican a las familias cubanas, especialmente las restricciones a las remesas y los viajes familiares. Una vez en el cargo, a pesar de sus repetidas promesas de restaurar los servicios de remesas, no hizo nada, dejando todas las sanciones de Trump en su lugar”, señala Leogrande.

La proclama presidencial 3447 de John F. Kennedy entró en vigor el 7 de febrero de 1962. Seis décadas después, el embargo se mantiene y La Habana y Washington siguen entrampados: el Gobierno cubano achaca al “bloqueo genocida” casi todos sus males, y EE UU dice que es una excusa y que no habrá cambios si Cuba no cambia primero. Febrero de 2022, y en esas estamos.

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El presidene cubano, Miguel Díaz-Canel, y el ruso, Vladimir Putin, en el Kremlin, en una imagen de 2018.
El presidene cubano, Miguel Díaz-Canel, y el ruso, Vladimir Putin, en el Kremlin, en una imagen de 2018.MAXIM SHEMETOV

Pese a que nunca las relaciones entre Moscú y La Habana podrán ser como antes, cuando la isla realizaba el 70% de sus intercambios comerciales con la extinta URSS —que hasta comienzos de los años noventa mantuvo en la isla una base de radioescucha y espionaje y una brigada militar—, estos días Rusia escenifica un notable acercamiento con su antiguo aliado en momentos que crecen las tensiones internacionales debido al conflicto en Ucrania. El lunes, el presidente ruso, Vladimir Putin, habló por teléfono con su homólogo cubano, Miguel Díaz-Canel, y durante la conversación ambos mandatarios expresaron su voluntad de profundizar “la cooperación estratégica” y “la disposición de trabajar estrechamente para fortalecer las relaciones bilaterales”, acordando “intensificar los contactos en diversos niveles con el objetivo de ampliar la cooperación en comercio, economía e inversión”, según versiones oficiales de ambos gobiernos. El mismo lunes por la noche, el embajador ruso en Cuba, Andrei Guskov, recibió en el aeropuerto de La Habana un avión con 20 toneladas de ayuda humanitaria para el sector de la salud, el quinto cargamento de este tipo que llega a la isla desde el pasado 31 de diciembre, y ya van 83 toneladas de donaciones en menos de un mes, a las que hay que sumar las más de 200 toneladas de ayuda humanitaria del año pasado.

“Rusia continuará brindando su ayuda a Cuba, no dejaremos de estar a su lado en estos tiempos difíciles”, dijo Guskov durante el acto de recibimiento de la carga. “Esperamos que este material solicitado por la parte cubana sirva de fuerte apoyo a los especialistas nacionales que luchan contra la pandemia de covid-19, que libran en complicadas condiciones a causa del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por EE UU”, aseguró el embajador, que anunció que está listo para zarpar desde su país un barco con una donación de 19.500 toneladas de trigo.

El intercambio telefónico entre Putin y Diaz-Canel llamó la atención por producirse en medio de las tensiones de Moscú con Estados Unidos y la Unión Europea, pocos días después de las declaraciones del viceministro ruso de exteriores, Serguei Riabkov, que no descartó un despliegue militar en Cuba y Venezuela como respuesta a la política de EE UU en Ucrania, que Moscú considera una amenaza a su seguridad. El asesor de Seguridad Nacional de EE UU, Jake Sullkivan, respondió de inmediato que si Rusia avanzaba “en esa dirección”, EE UU “lidiará” con ello “de forma decisiva”. Algunos analistas minimizaron el peligro y consideraron el cruce de declaraciones e intenciones parte del ajedrez geoestratégico entre ambos países —“fanfarronadas”, llegó a decir un alto funcionario del Departamento de Estado—, pero ahí quedaron las amenazas haciendo revivir el fantasma de la crisis de los misiles de 1962, cuando Moscú desplegó en Cuba cohetes nucleares y el mundo estuvo al borde de una guerra atómica.

Nada de eso parece probable en la actualidad, pero sí es obvio que, en medio de una crisis de caballo como la que atraviesa Cuba, con el embargo norteamericano recrudecido, la economía en quiebra y presentes los coletazos de la convulsión social provocada por las manifestaciones de protesta del 11-J, La Habana se deja querer por Moscú, aunque es consciente de que la ayuda rusa es limitada e incapaz de resolver la grave situación económica de Cuba. A mediados de los años ochenta del siglo pasado, los intercambios económicos anuales entre Cuba y la ex Unión Soviética alcanzaron los 8.000 millones de dólares. En los 10 primeros meses de 2021, los intercambios comerciales fueron de 100 millones de dólares. Las inversiones rusas reales en estos momentos son escasas, si bien en el pasado reciente se anunciaron planes importantes, como el de rehabilitar la red ferroviaria y un gran proyecto de ferrocarriles, que implicaría una inversión rusa de casi 1.900 millones de dólares —pero que de hecho ni ha empezado—. También hay intereses rusos en el sector energético y en la producción de crudo nacional, pero las cifras de las que se hablan son muy reducidas, si se compara con antes.

Tras la desaparición de la URSS, Moscú y La Habana transitaron por un periodo de grandes tensiones. Rusia acabó con las subvenciones e intercambios —el PIB cubano cayó un 35% en solo tres años—, se llevó a sus soldados, desactivó la base de espionaje de Lourdes —hoy Universidad de Ciencias de la Información, que durante la pandemia ha funcionado como centro de atención de pacientes de Covid-19— y paralizó el proceso de construcción de una central atómica en Cienfuegos. Poco a poco, ambos países fueron reconstruyendo sus relaciones sobre la base de cómo funciona en el mundo la economía real, y en 2014 Moscú condonó el 90% de la deuda cubana, valorada en más de 30.000 millones de dólares, suscribiéndose nuevos acuerdos de cooperación económica.

En lo político, en cambio, las relaciones son más sólidas, casi de aliados, y el respaldo ruso a La Habana es absoluto frente a EE UU. El Kremlin ha criticado las sanciones de EE UU a funcionarios cubanos por las represión durante las manifestaciones del 11-J, y considera los juicios que en estos momentos se desarrollan en la isla —ya han sido juzgados cientos de manifestantes, y algunos de ellos condenados a penas de hasta 30 años de cárcel por sedición— un “asunto interno” en el que no caben injerencias, pese a las críticas internacionales. Las donaciones de alimentos, medicamentos e insumos sanitarios en estos momentos de crisis son ahora uno de los pilares de la relación bilateral, pero nunca hay que olvidar el interés geoestratégico de Rusia en Cuba (y viceversa) mientras persista el enfrentamiento de ambos países con EE UU.

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Los primeros días de Yunior García (Holguín, 39 años) en España, adonde llegó el 17 de noviembre, transcurrieron en un trajín de entrevistas con la prensa y de puertas que se abrieron ante este dramaturgo convertido en voz de la oposición cubana. García habló —recuerda— “con un centenar de medios”, se reunió con diputados y con el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares. Solo unos días antes, el disidente había sido fotografiado en la ventana de su casa en el barrio habanero de La Coronela mientras, desde la calle, una turba le increpaba por haber convocado la frustrada Marcha por el Cambio del 15 de noviembre. En su mano, el autor sostenía lo que en Cuba es un símbolo de paz, una rosa blanca como la que glosó en sus versos el poeta y héroe nacional cubano José Martí. Ese escrache —en Cuba se le llama “acto de repudio”— de partidarios del régimen precipitó su decisión de partir al destierro con un visado de turista de 90 días concedido por España. Ya en Madrid, cuando los focos de los medios se apagaron, él y su esposa, Dayana Prieto, se quedaron solos en la comunidad religiosa que los acogió inicialmente, con una maleta y 220 euros en el bolsillo.

A Yunior García no le pesa el silencio que ha rodeado su vida desde entonces. En la plaza de Nelson Mandela del barrio madrileño de Lavapiés, en el que ahora vive, cita a Martí: “En lo político, lo real es lo que no se ve” para describir el trabajo “discreto” que sostiene ha seguido desempeñando por la democracia en Cuba, el mismo anhelo que llevó a la plataforma que fundó, Archipiélago, a pedir a los cubanos que salieran a la calle el 15 de noviembre. La Marcha por el Cambio, prohibida por las autoridades, tenía también como fin reclamar la liberación de los presos políticos, muchos de ellos detenidos tras las manifestaciones que empezaron el 11 de julio en Cuba, las mayores que ha vivido la isla desde los años 90.

En estos dos meses, el dramaturgo ha comprendido la dimensión real de su exilio. Esa solicitud de asilo político que al llegar a España descartaba se plantea ahora para él y su mujer casi como la única vía, y ya ha asumido que su retorno “no será inmediato”. Tiene presente “la amenaza que formularon en verano dos fiscales de La Habana”: 27 años de prisión en una cárcel ya decidida, el Condominio del Este. “Tras mi llegada a Madrid, me han cerrado mi grupo de teatro en Cuba y han despedido a los actores. Mis obras están prohibidas. El caso contra mí sigue abierto. Tienen excusas para, en cuanto ponga un pie en el aeropuerto de La Habana, llevarme a la cárcel por 27 o 30 años, como han hecho con otros manifestantes. Regresar ahora no es una posibilidad real. Sería un suicidio”, asegura.

Yunior García, en el barrio madrileño de Lavapiés, en el que vive, el pasado 17 de enero.
Yunior García, en el barrio madrileño de Lavapiés, en el que vive, el pasado 17 de enero. JUAN BARBOSA

García se ha instalado con su mujer en un piso pequeño de Lavapiés, un lugar que le recuerda a Centro Habana, un barrio de esa ciudad. “Los domingos, los negros sacan los tambores y los tocan. Eso me recuerda a mi tierra”, dice en alusión a los numerosos africanos que viven en el céntrico vecindario madrileño, como los que el pasado lunes, cuando García habló con EL PAÍS, se sentaban en los bancos de la plaza de Nelson Mandela. Su “vida austera” en España, por la que se siente “agradecido”, ha sido “más llevadera por el calor de la comunidad cubana”, que les ha ayudado, “no solo con su apoyo emocional, sino también con dinero para pagar el alquiler y con ropa para pasar el invierno”. Este apoyo de exiliados cubanos en Europa y Estados Unidos le ha proporcionado un capital “suficiente para dos o tres meses” con el que pagar su apartamento, comer y vestirse. Ahora toca “buscar un trabajo de lo que sea para ganarnos el pan honradamente”, subraya. Hasta el plumas que lleva puesto dice que se lo han comprado, pero lo que describe como “lo más doloroso” del exilio es haber dejado en Cuba a un hijo de una relación anterior, Diego, de diez años.

“Hay detalles de mi vida privada que no puedo desvelar, como mi dirección”, recalca el fundador de Archipiélago. García teme por su seguridad: “Corremos cierto peligro. Somos una preocupación para la dictadura, que tiene tentáculos en todas partes. Incluso hay programas en televisión que han emitido imágenes de nuestra vida en España”. Luego explica que, en perfiles de redes sociales y televisiones afines al Gobierno cubano, se han difundido imágenes de él y su mujer comprando en unos almacenes de ropa económica de Madrid, con el objetivo de pintarlos “como unos consumistas que están felices comiendo jamón”.

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Los vínculos de España con Cuba, la “multiculturalidad” de Lavapiés, el “calor” que le han dado “los españoles y los exiliados cubanos”, permiten a este opositor “no sentirse un extraño” en Madrid, pero la situación en Cuba no le deja lugar para “el alivio”. “Cuba está peor que cuando salimos, con esta crisis de los presos políticos, de los niños menores que están presos”, lamenta. La Fiscalía cubana ha pedido hasta 30 años de prisión para los detenidos por las protestas del 11 de julio; los 14 menores arrestados en las manifestaciones afrontaban inicialmente penas de hasta 15 años de cárcel, rebajadas después a un máximo de siete.

El cofundador de la plataforma disidente Archipiélago pasea por una calle del barrio multicultural madrileño de Lavapiés.
El cofundador de la plataforma disidente Archipiélago pasea por una calle del barrio multicultural madrileño de Lavapiés.JUAN BARBOSA

La vida del autor teatral en Madrid tiene por ello “un pie aquí y otro en La Habana”, la capital del país con el que asegura que muchas noches permanece conectado por videollamada con su hijo, los moderadores de Archipiélago y los familiares de los presos políticos hasta las cinco de la mañana. Sus días en España se consagran también a la escritura. El dramaturgo colabora con el portal de la disidente cubana Yoani Sánchez, 14 y medio, y trabaja en una obra titulada precisamente Archipiélago.

Culpabilidad

García dice que el recuerdo de la precariedad que sufren sus compatriotas tiñe de culpa placeres pequeños redescubiertos en su exilio “como comprarse una chocolatina” o la carne de cerdo que en su país se ha convertido en un bien precioso y prohibitivo. Las “experiencias agradables” que enumera, como sus visitas a una librería de artes escénicas en Lavapiés, han sido “muchas”. Entre las malas, cita solo una, el escrache que sufrió el 13 de diciembre en la Universidad Complutense en un acto con el opositor venezolano Leopoldo López.

El ahora exiliado atribuye ese acto a “jóvenes de Izquierda Unida”. A sus ojos, esos jóvenes forman parte de quienes aún creen en una Cuba guardiana de las esencias de un ideal revolucionario y de justicia social, que define como “un mito” tan irreal como el de la existencia “de un unicornio azul”. A las “personas de buena voluntad” que “no se atreven a llamarle dictadura a Cuba”, les desea que “comprendan que esa visión romántica le está haciendo mucho daño a los cubanos”. A la comunidad internacional le pide que abandone su “hipocresía” y su “tibieza” con “esa dictadura brutal y cruel que arranca el corazón a los cubanos”. García “nunca renunciará a regresar a su país”, reitera: “Ser cubano es una condición crónica que no tiene cura. No puedo olvidar que soy un cubano que quiere volver a Cuba”.

El disidente cubano, en una calle aledaña a la Plaza de Lavapiés, en Madrid, el 17 de enero de 2021.
El disidente cubano, en una calle aledaña a la Plaza de Lavapiés, en Madrid, el 17 de enero de 2021.JUAN BARBOSA

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Las madres de dos manifestantes que fueron arrestados durante las protestas de julio pasado en Cuba, este martes en La Habana.
Las madres de dos manifestantes que fueron arrestados durante las protestas de julio pasado en Cuba, este martes en La Habana.Ramon Espinosa (AP)

Seis meses después de las masivas manifestaciones del 11 de julio del año pasado, cientos de cubanos detenidos por participar en las protestas contra el Gobierno son juzgados en diversos tribunales del país bajo la acusación de desacato, desorden público, incitación a delinquir, atentado y en algunos casos figuras tan graves como sedición, que puede implicar condenas de hasta 30 años de cárcel.

La información es confusa y difícil de contrastar, pues las autoridades no han dado datos oficiales sobre cuántas personas fueron detenidas durante o después de los incidentes, ni sobre cuántos cubanos siguen en prisión, ni de los juicios ya realizados y las penas impuestas. Tampoco se ha dicho nada sobre los procesos que quedan por ventilarse, y ni si quiera a estas alturas se ha notificado cuántas manifestaciones fueron pacíficas y cuántas violentas el 11-J, cuando decenas de miles de personas se lanzaron a las calles de más de 60 ciudades y pueblos de Cuba para protestar por las duras condiciones de vida y en demanda de libertad, en las mayores manifestaciones contra el Gobierno en 62 años de revolución.

Más allá de las denuncias puntuales de los familiares de los presos, las únicas fuentes que ofrecen datos globales sobre lo que está pasando con los detenidos son ONG anticastristas como Cubalex o Prisoners Defenders, que calculan en al menos un millar las personas encarceladas a raíz de los sucesos del 11 de julio, de las que se estima que siguen en prisión pendientes de juicio entre 600 y 700, algunos menores de edad. De un grupo de más de 200 casos que Cubalex asegura tener documentados, para 25 personas la Fiscalía pide sanciones de hasta 5 años, 63 enfrentan cargos de entre 6 y 10 años de reclusión, otros 27 se enfrentan a peticiones de entre 11 y 15 años, mientras que 49 podrían pasar entre 16 y 20 años entre rejas y otras 46 entre 20 y 30 años por sedición, si se ratifican las solicitudes del ministerio público.

El Gobierno ni confirma estos datos ni los desmiente. La prensa nacional no informa en los medios oficiales de los procesos y la prensa extranjera no ha tenido acceso a las vistas orales, de modo que la información solo fluye a cuentagotas a través de los familiares. Un grupo de ellos informó de que el martes comenzó un juicio contra 21 residentes en Holguín que participaron en las manifestaciones en esa ciudad oriental, que en algunos momentos derivó en hechos violentos. Las peticiones fiscales en este caso van desde 15 hasta 30 años de cárcel, para las acusaciones de sedición.

El lunes empezó otro juicio en la ciudad central de Santa Clara contra 16 jóvenes, mientras que desde la provincia de Artemisa, otro grupo de familiares informó de que 13 manifestantes —que fueron juzgados a mediados de noviembre— recibieron la semana pasada la sentencia: condenas que oscilan entre 4 años de limitación de libertad bajo supervisión, hasta 12 años de cárcel.

Fuentes disidentes informaron de que en el pueblo de Bejucal, a 30 kilómetros de La Habana, se celebrará próximamente el juicio por desacato, desordenes públicos, ultraje a los símbolos de la patria y sabotaje contra siete jóvenes de la localidad, entre ellos, el estudiante de música Abel González Lescay, para quien la Fiscalía pide siete años de cárcel. El afectado estudia en el Instituto Superior de Arte y ha sido respaldado por su universidad después de que su caso saltara a la prensa. El joven contó que el 11-J salió a la calle y se manifestó pacíficamente, pero al día siguiente fue detenido en su casa por aparecer en un vídeo. Aseguró que mientras a conocidos suyos les pusieron una multa y salieron en libertad, él fue objeto de una sanción de reclusión domiciliaria en tanto se celebre el juicio. “La única diferencia entre ellos y yo es que tienen un vídeo mío diciéndole maricón a un policía”, aclaró.

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Otros casos fueron recientemente sobreseídos, como el de los artistas que el 11 de julio se reunieron a las puertas del Instituto Cubano de Radio y Televisión para demandar 15 minutos ante las cámaras de televisión, tras lo cual fueron detenidos y sometidos a medidas de reclusión domiciliaria —en este grupo estaba el dramaturgo Yunior García, principal organizador de la frustrada marcha por el cambio del pasado 15 de noviembre, que después se exilió en España—.

El Gobierno cubano inscribe los sucesos del 11-J en su viejo diferendo con EE UU, asegurando que las manifestaciones fueron instigadas y manipuladas por Washington y que en muchos pueblos y ciudades del país derivaron en hechos vandálicos, saqueos y acciones violentas. Sin embargo, numerosas voces dentro de la isla, incluso de personalidades afines al Gobierno como el el trovador Silvio Rodríguez, han demandado a las autoridades proporcionalidad y la liberación de los manifestantes que no participaron en hechos violentos, criticando especialmente el uso de la figura delictiva de “sedición” para procesar a los detenidos.

“Las penas solicitadas son desmesuradas y evidentemente ejemplarizantes”, señala la historiadora y coordinadora del portal La Joven Cuba, Alina Bárbara López Hernández, que opina que “las solicitudes fiscales son muy altas y no sujetas a derecho: por ejemplo, a Abel Lescay, estudiante de la Universidad de Ciencias del Arte, le piden siete años de prisión por manifestarse en su pueblo, gritar ofensas al presidente de la República y negarse a ser arrestado dentro de su domicilio. En otro caso, por romper públicamente un retrato de Fidel Castro pretenden 10 años de prisión. Hay penas más elevadas: 12, 15, 20 y 25 años”.

Familiares de cubanos detenidos a raíz de los incidentes del 11-J pidieron a más de 30 Embajadas en La Habana que acompañaran “como observadores” los procesos, mientras el Gobierno estadounidense sancionó la semana pasada a ocho altos funcionarios cubanos “involucrados en la detención, las sentencias y el encarcelamiento de manifestantes pacíficos del 11 de julio”. Anteriormente, Washington había sancionado a otros nueve funcionarios, en su mayoría mandos del ejército y la policía, relacionados con la represión de las protestas. Medios oficiales calificaron las sanciones como “un nuevo intento del Gobierno estadounidense de interferir en los asuntos internos de Cuba, tratar de mediatizar la impartición de justicia en el país e intentar proteger a los elementos que, en buena parte financiados por Washington, pretenden subvertir el orden político y social de Cuba”.

La falta de transparencia es un tema clave en estos momentos. “La información que recibimos es la que existe en las redes sociales y medios alternativos, consecuencia de denuncia de familiares, amigos o juristas independientes; por tanto, son datos fluctuantes e inexactos. Falta de información oficial sobre el número de detenidos, las fechas de los procesos, las peticiones fiscales y las condenas resultantes”, indicó López.

En la misma línea, el académico y exdiplomático cubano Carlos Alzugaray, señalaba recientemente que “a estas alturas no hay todavía una cifra de detenidos ni una información de cuántas manifestaciones se produjeron, cuántas fueron pacíficas, cuántas generaron disturbios, ni cuántos ciudadanos participaron. Y, por supuesto, hay voces que reclaman la liberación de todo el que protestó pacíficamente, entre ellas las del cantautor Silvio Rodríguez, muy respetado en círculos gubernamentales”.

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