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Para llegar hasta el albergue juvenil de Calais reconvertido en centro de acogida para refugiados ucranios, hay que atravesar carreteras, calles y parques rodeados de vallas y hasta muros de hormigón con concertinas. Así se ha parapetado esta ciudad francesa, el punto más cercano a Reino Unido de toda Europa, para dificultar al máximo el acceso a los miles de migrantes que vienen con el sueño de alcanzar como sea territorio británico para empezar una nueva vida. Si no la pierden antes en la peligrosa travesía por el canal de la Mancha. Mientras tanto, la mayoría de esos soñadores sin papeles malvive en tiendas de campaña instaladas en insalubres solares de la periferia de esta localidad que desde hace años es un símbolo de todas las disfunciones migratorias de Europa.

Nada de eso se ve desde las ventanas del sólido edificio situado “al borde del mar y a dos pasos del centro de la ciudad”, como se publicita el albergue de 84 habitaciones, restaurante y hasta jardín que la Alcaldía de Calais reservó en cuanto empezaron a llegar los primeros ucranios de paso hacia el Reino Unido.

Además de productos básicos, los ucranios reciben ayuda para gestionar lo antes posible sus papeles. Ya lo pueden hacer por internet, aunque por si acaso, una lanzadera les lleva hasta puesto consular británico recién abierto para ellos en Arrás, la capital administrativa de la región. Pavlo es un ucranio residente en el Reino Unido que fue a Polonia a buscar a su madre, su hermana, una cuñada y dos amigas recién huidas de su ciudad natal, Zaporiyia. Cuando llegó el miércoles al albergue, este estaba casi vacío: la mayoría de los refugiados ya había logrado tramitar sus papeles. También Pavlo esperaba poder abordar pronto un ferri con su familia.

Todo eso es una quimera para Saddam, un sudanés de 25 años que lleva algo más de un año “estancado” en Calais. Como los ucranios, también huyó de un país en guerra casi constante, pasó por el “infierno” de Libia y casi se ahoga en el Mediterráneo, relata. Creyó que al llegar a Europa, el continente “de los derechos humanos”, como lo llamaba, su odisea había acabado. “Pero mira”, dice frustrado mientras se mesa la cabellera que, desde que está en Calais, se le ha poblado de canas.

Migrantes en Calais.
Migrantes en Calais.Álvaro García

Como los alrededor de 1.500 migrantes irregulares que esperan en Calais una manera de llegar a Reino Unido (casi todos lanzándose de nuevo al mar, aunque todavía hay quienes intentan saltar a un camión para atravesar el supervigilado Eurotúnel), Saddam malvive en una vieja tienda de campaña. Se pasa el día esquivando a la policía que se lo ha llevado ya tres veces a la frontera de Francia —una vez lo dejaron en Biarritz, cuenta— y que cada 48 horas o menos realiza batidas para desmantelar la docena de campamentos irregulares en los que, nada más marcharse los agentes, vuelven a instalarse los migrantes con lo poco que les queda. Un ejemplo de la futilidad de una política que no consigue desalentar a nadie, pero que hace más difícil aún la vida de quienes no tienen nada.

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Estos hombres jóvenes, aunque también hay mujeres y niños, proceden en su mayoría de países en conflicto como Sudán, Eritrea, Siria o Afganistán y dependen para casi todo, desde comer algo caliente o lavarse a cargar su teléfono móvil, de asociaciones solidarias que intentan cubrir sus necesidades básicas. Lo hacen en las afueras de la ciudad, ya que tienen prohibido instalarse en el centro de Calais, donde no ha habido problema alguno para alojar a los ucranios. Llevan ya más de 20.000 euros en multas por contravenir las normas, denunció esta semana la ONG Utopia 56.

Mientras reparte café, té y chocolate caliente, Suzy Corey, una voluntaria británica de la asociación Café Calais, asegura sentirse “muy contenta porque los refugiados ucranios hayan encontrado aquí tanta caridad”. Al mismo tiempo, reconoce estar “frustrada”, porque “obviamente los ucranios vienen de una situación terrible, pero estos hombres también huyen de situaciones similares, de guerras, de crisis humanitarias”. Como Ahmed, otro sudanés de 22 años. Acaba de llegar a Calais y ya ha oído hablar del albergue de los ucranios. Él ha pasado su primera noche a la intemperie, “sin una manta, con los zapatos mojados”, cuenta. “Nuestra situación es la misma. Pero ya veo que a nosotros no nos tratan tan bien”. Quizás, aventura, porque “los ucranios tienen piel y ojos claros. Los nuestros son oscuros”.

La alcaldesa de la ciudad, Natacha Bouchart, defensora de la mano dura contra los migrantes irregulares de Calais, justifica la disparidad de trato con el argumento que también esgrime el Gobierno de Emmanuel Macron: “La gran diferencia”, declaró la regidora, “es que los ucranios están en situación regular”, gracias al estatus de protección temporal otorgado por la Unión Europea.

Nadie, ni los migrantes como Saddam o Ahmed, ni las asociaciones que trabajan sobre el terreno, discute el derecho de los refugiados ucranios a ser tratados con dignidad. Lo que cuestionan es lo que Alexandra Limousin, del Auberge des Migrants, llama una “acogida a dos velocidades” en Calais y en buena parte de Europa: la vía rápida y segura para los ucranios y la precariedad y acoso de las autoridades al resto.

Albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.
Albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.Álvaro García

“Deploramos la diferencia de trato. ¿Por qué unos reciben más que otros?”, denuncia. Su asociación está estudiando la posibilidad de presentar una demanda por discriminación.

No se trata de pedir que se meta a los refugiados ucranios en tiendas de campaña bajo los puentes, sino de que se abra el albergue a los demás migrantes”, subraya Sophie Djigo, fundadora de Migraction 59, una plataforma ciudadana que ofrece desde hace años una acogida temporal, normalmente los fines de semana, a los migrantes irregulares en casas de voluntarios como Jeremy Ollivier y Sandra Moreau. Por el hogar en Calais de esta pareja de profesores de filosofía de secundaria, han pasado en tres años una treintena de migrantes.

Para ellos, lo más chocante es la “invisibilidad” del problema que ha puesto de relieve la llegada de los ucranios. “No es ni siquiera que los comparemos, que digamos que hay refugiados buenos y malos”, señala Moreau. “El problema es que unos ni siquiera existen (…) es terrible ver el nivel de invisibilización al que hemos llegado, hacemos como si los primeros refugiados que llegan son los ucranios”.

Horrorizado por las imágenes de refugiados huyendo con lo puesto, Asher Shane, un padre de familia de Southampton, decidió venir a Calais una semana para ayudar a los ucranios en lo que fuera, “a hacer papeles, a llevarlos al supermercado”, cuenta. Pero al llegar al albergue juvenil, le dijeron que no hacía falta. “Aquí tienen de todo”. Así que se apuntó a Café Calais, para ayudar a los otros migrantes, de cuya existencia y situación, admite, no tenía ni idea.

Una mujer habla por telefono en el albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.
Una mujer habla por telefono en el albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.Álvaro García

Mientras Saddam tomaba algo caliente y charlaba con voluntarios como Shane, la policía desmanteló otra vez su campamento. “Por supuesto que no les deseamos nada malo a los ucranios, son seres humanos, como nosotros. Yo lo único que quiero es que la policía me deje tranquilo. No me importa pasar otros tres años en una tienda, pero que me dejen tranquilo”, se exaspera. Las asociaciones de Calais y de otros puntos de Francia llevan años pidiendo, infructuosamente, unos recursos que, hasta la llegada de los refugiados ucranios, parecían imposibles. Para Moreau, “esto demuestra que hay sitio para todos y que, cuando queremos, acoger refugiados no es un problema”. Lo que falta, coinciden todos, es voluntad política. Y quizás algo más de empatía para los que huyen de guerras más lejanas, pero no menos terribles y no se parecen tanto a nosotros.

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Los avances que este miércoles han sacado a relucir los equipos negociadores de Kiev y Moscú en torno a las conversaciones de paz contrastan con la cruda realidad de la guerra sobre el terreno. Dos incidentes han teñido de tragedia una jornada en la que se han cumplido las tres semanas desde que el presidente ruso, Vladímir Putin, ordenara a sus tropas invadir y atacar Ucrania. Por un lado, un grupo de civiles que esperaba su turno para comprar el pan ha sufrido un ataque en la localidad de Chernígov, al noreste de Kiev, según han denunciado fuentes diplomáticas de Estados Unidos. Por otro, un teatro de la ciudad de Mariupol donde desde hace días se refugiaban cientos de vecinos ha sido bombardeado, según denuncian las autoridades locales. Kiev ha culpado de las agresiones a Moscú, que niega su responsabilidad en ambos casos.

El Gobierno de Kiev ha calificado de “crimen de guerra” el bombardeo sobre el teatro de Mariupol “en el que se escondían cientos de civiles inocentes”, según ha denunciado el ministro de Exteriores, Dmitro Kuleba, a través de su cuenta de la red social Twitter. El tuit va acompañado de una fotografía del edificio antes de ser atacado y de una segunda en la que, supuestamente, aparecen las mismas instalaciones completamente destruidas. Hasta el momento no se ha hecho ningún balance oficial de víctimas. “Los rusos no podían no saber que se trataba de un refugio de civiles”, ha añadido el jefe de la diplomacia ucrania.

Las autoridades rusas, que niegan sistemáticamente que estén llevando a cabo ataques contra civiles en la antigua república soviética, han desmentido que su país haya llevado a cabo un bombardeo desde el aire este miércoles sobre ese teatro, según fuentes del Ministerio de Defensa citadas por la agencia RIA.

Fuentes del Parlamento de Ucrania dicen desconocer si hay supervivientes y añaden que en los alrededores del edificio se desató una fuerte batalla y que nadie puede acceder a la zona, informa la agencia Efe. Serhii Orlov, vicealcalde de Mariupol, aseguró que en el teatro se escondían entre 1.000 y 1.200 personas. La ciudad, a orillas del mar de Azov, lleva días siendo uno de los principales objetivos de los ataques del Ejército ruso, que en varias ocasiones ha impedido que se cumpla la promesa de facilitar corredores humanitarios para permitir la salida de la población. Mariupol ya fue escenario la semana pasada de un ataque de las tropas del Kremlin sobre un hospital.

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En el otro gran ataque que ha marcado la jornada del miércoles, 10 personas han muerto mientras esperaban su turno para abastecerse de pan en la ciudad de Chernígov, próxima a la frontera con Bielorrusia y a unos 140 kilómetros al noreste de Kiev. “Hoy, las fuerzas rusas dispararon y mataron a 10 personas que hacían cola para el pan en Chernígov. Esos horribles ataques deben acabarse. Estamos considerando todas las opciones disponibles para garantizar la rendición de cuentas por cualquier crimen atroz que se cometa en Ucrania”, señaló la Embajada de Estados Unidos en Kiev en un informe publicado en sus perfiles de Twitter y Facebook.

“A las diez de la mañana, soldados rusos dispararon contra la gente que hacía cola para comprar pan cerca de una tienda de comestibles en una zona residencial de Chernígov. Según el primer balance, 10 civiles fueron asesinados”, denunció la Fiscalía en un comunicado, informa la agencia France Presse. Se ha abierto una investigación por “asesinatos premeditados” cometidos con la ayuda de “armas de fuego”, agregó la misma fuente.

Como en el ataque sobre el teatro de Mariupol, ha sido el Ministerio de Defensa ruso el que ha afirmado que no han llevado a cabo esa acción, que califican de “engaño” de las autoridades de Kiev, según el portavoz Igor Konashenkov. “Ningún soldado ruso está o ha estado en Chernígov. Todas las unidades se hallan fuera de los límites de la ciudad” y no están participando en ninguna “acción ofensiva”, agregó, al tiempo que calificaba de “falsedad” el comunicado de Washington.

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El debate sobre la violencia con el cine de Quentin Tarantino y su película Death Proof como pretexto terminó en un pequeño teatro de barrio de Kiev un rato antes de que Rusia invadiera Ucrania. Era la madrugada del 24 de febrero. Hoy, algunos de los participantes en aquella velada se hallan bajo tierra en una especie de mazmorra cultural. Siguen, pese al encierro, todo lo activos que las circunstancias les permiten. El teatro, ubicado en un sótano, ha acabado convertido en refugio. Desde allí, varios artistas y vecinos hacen llegar su grito al exterior a través de un canal de Youtube. “Esta es la guerra del pasado contra el futuro. Es la guerra de las mentiras contra la verdad. Es la guerra de la esclavitud total contra la libertad. (…) Esta es la guerra de Rusia contra la civilización occidental”. Con una sencilla, pero cuidada puesta en escena, la actriz Alina Zevakova, de 26 años, aparece sola leyendo un comunicado. En silencio van sumándose varias personas de diversas edades, incluidos niños, que habitan el lugar.

Las actividades de proEnglish Theatre, la única sala de Kiev que programa sus espectáculos en inglés, se mantuvieron hasta la noche de la invasión en que, por sorpresa, los ucranios acabaron protagonizando una película bélica real y aterradora. Aquel mismo día, la primera jornada de la guerra, Alex Borovenskiy, de 42 años y director del espacio, decidió que el centro abriría sus puertas a los colegas actores y, ya después, se han ido sumando vecinos. Hay varios gatos, que no faltan en casi ninguno de los refugios de la capital de Ucrania. Una de estas noches han llegado a acoger a 40 personas.

Para Anabel Sotelo la cultura tiene la capacidad de ayudar a “resistir también mentalmente, no solo físicamente”. Sotelo, de 27 años, es actriz, editora de libros y pareja de Borovenskiy. En el día a día están los libros, la poesía o la música, aunque la banda sonora que más se escucha al realizar este reportaje es la de las sirenas antiaéreas acompañada de la percusión de algún que otro zambombazo lejano que llega de los combates. Es por la mañana y algunos aún permanecen arropados por las mantas en el suelo de la sala de actuaciones. Raisa, de 82 años, lee un libro mientras mordisquea una manzana sobre un sofá. En la estancia que se emplea como sala de ensayos, algunos preparan el desayuno y conversan en torno a la mesa. Los cristales están cruzados con cinta adhesiva para que no salten en caso de rotura. Sobre las dos ventanas han colocado también los sobres de dos mesas para tratar de aislar más esta habitación, que es la más expuesta al exterior de la sede de un proyecto teatral inaugurado hace ocho años en el barrio de Shuliavska.

Anabel Sotelo, actriz y editora de libros, en la puerta de la sala
Anabel Sotelo, actriz y editora de libros, en la puerta de la salaLuis de Vega

Zevakova, la actriz, reconoce que, aunque hayan grabado el vídeo de denuncia, estos días invierten la mayor parte del tiempo en “supervivencia”. Eso significa conseguir comida, agua, medicinas y lo esencial para poder estar a salvo en el refugio. “Carpe diem”, resume. “Yo era de las que pensaba que esto no iba a pasar. No cogí nada de mi apartamento, porque pensé que sería cosa de dos o tres días”, añade Sotelo. “Si cae Kiev valdrá la pena irse porque nadie quiere estar bajo el poder ruso, pero espero que eso nunca pase. Yo pienso quedarme”, resuelve pese a todo.

Aunque toda actividad pública está congelada, en el proEnglish Theatre no dejan de dar vueltas a nuevas representaciones en estos días de encierro. Eso forma parte también de su terapia para afrontar, de la manera más optimista posible, el mazazo de la guerra. Borovenskiy piensa ya en adaptar Tierra de hombres, de Saint-Exupéry. Cree que es la mejor manera de reivindicar que los ucranios ahora mismo, aunque el Gobierno del presidente Volodímir Zelenski siga al frente, no son dueños de su país. Mientras, Sotelo se sigue acordando del estreno que se les ha quedado en el tintero por la guerra, Hedda Gabler, del noruego Henrik Ibsen. La joven sigue también la evolución de su editorial, Compás, encargada de publicar en Ucrania la exitosa novela El olvido que seremos, del colombiano Héctor Abad Faciolince. “Fue uno de los primeros que me escribió y nos apoya a todos”, explica Sotelo, hija de padre nicaragüense y madre ucrania.

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Tatiana y Denis, ambos de 28 años, han acabado en el teatro junto a su hijo Nikita, de cuatro, tras pasar por otros refugios en los que el polvo impedía estar al niño. Los tres ocupan una habitación que la que hay una litera. Cuentan que aquí pueden jugar con él y entretenerlo. “Es muy importante que estemos todos juntos porque el niño siempre pregunta por mamá o papá y es importante desde el punto de vista psicológico para él y para nosotros estar en un lugar seguro para sobrevivir”. Tatiana explica que el pequeño pregunta por su amigo, si se puede bañar o por las bombas que a cada rato se escuchan. Pero durante la entrevista se le ve tranquilo y, como afirma su madre, entretenido. Mientras sus padres hablan, Nikita está sentado en la alfombra hojeando el libro Cuentos divertidos.

Nikita, de cuatro años, en la estancia de la sala de teatro en la que se refugia junto a sus padres
Nikita, de cuatro años, en la estancia de la sala de teatro en la que se refugia junto a sus padresLuis de Vega

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Vive en Kiev y en sus redes ha manifestado que pase lo que pase no dejará solos a sus más de 450 animales. Pese a la presión militar rusa, allí continúa: «prefiero morir con ellos».

Noticias Internacional.

La situación generada por el conflicto entre Rusia y Ucrania ha tenido consecuencias terribles, un centenar de víctimas mortales, personas heridas, destrucción material, un posible crisis económica y miedo generalizado por una guerra.

En general el mundo entero tiene ‘los pelos de punta’ por el conflicto.

Sin embargo, en todo este problema hay unos seres que han quedado a merced de la nada, animales que han sido alcanzados por los misiles, escombros o que han quedado solos en las calles sin nadie que les pueda ayudar.

Así ladraban llenos de miedo la noche de este viernes 25 de febrero:

Refugio de Andrea Cisternino

En medio de toda esta situación en Kiev, capital de Ucrania ha llamado la atención de medios mundiales la historia de un extranjero en tierras ajenas.

Su nombre es Andrea Cisternino, un italiano que ha jurado proteger a los animales que tiene en un refugio en la ciudad.

Son alrededor 450 entre perros, gatos, caballos, vacas, cabras, patos, gallinas y otras especies que ha jurado proteger con su propia vida.

“He decidido quedarme y morir aquí por mis animales”, dijo:

No abandona su misión ni en tiempos de guerra

Él es fotógrafo de profesión, pero decidió abandonar todo y con su esposa Vlada Shalutko, decidieron irse para Ucrania con la intención de denunciar y poner frente a los llamados  “cazadores de perros”, personas que capturan y matan a los perros callejeros.

Su refugio esta compuesto de cerca de 20 mil metros cuadrados.

En el lugar hay infinidad de especies de animales, almacenes, establos cocinas y su propia clínica veterinaria, como publica con frecuencia en sus redes sociales.

 





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Apoyado en su enorme popularidad y el control que ejerce sobre los poderes del Estado, el controvertido presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ha enviado a la Asamblea Legislativa de su país un paquete de 52 reformas legales que allanarán el camino para atraer inversiones y cumplir de esta manera su plan de convertir a la nación centroamericana en un centro mundial de criptomonedas. El anuncio lo ha hecho Bukele el domingo a través de Twitter, la plataforma en la que gobierna a golpe de decretos, y ha generado entusiasmo entre especuladores e inversores. “Las acciones de Nayib Bukele allanan el camino para que El Salvador se convierta en un futuro centro para el talento mundial y los usuarios de bitcoin. Es hora de visitar El Salvador”, ha respondido Richard Byworth, uno de esos inversores, quien se presenta como fundador de EQONEX Group, una organización que promueve inversiones en criptomonedas.

El mandatario ha explicado que las reformas enviadas el domingo eliminarán trámites a la hora de invertir en El Salvador, reducen la burocracia, crean nuevas leyes para incentivar las inversiones y contratos de estabilidad para quienes decidan poner su dinero allí. Además, ofrecen incentivos fiscales y, lo más controvertido, la ciudadanía salvadoreña a cambio de invertir en esa pequeña nación de Centroamérica. “El plan es simple”, ha dicho Bukele. “Mientras el mundo cae en la tiranía, crearemos un refugio para la libertad”. El anuncio se da mientras el Gobierno se prepara para sacar al mercado bonos por 1.000 millones de dólares en bitcóin, una decisión que es vista con recelo por organismos financieros multilaterales.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) instó a finales de enero al popular mandatario a que elimine el bitcoin como moneda de uso legal, lo que ha aumentado la tensión en las relaciones entre el Fondo y el Ejecutivo de Bukele. El FMI manifestó su “preocupación” por la emisión de bonos respaldados con la criptomoneda y ya había alertado de los riesgos que implica para El Salvador asumir esta moneda virtual. “La adopción del bitcoin como moneda genera una serie de cuestiones macroeconómicas, financieras y legales que requieren un análisis muy cuidadoso”, dijo Gerry Rice, portavoz del Fondo. Rice también advirtió que “los activos cripto pueden traer riesgos significativos”, por lo que sugirió que debería haber “medidas efectivas de regulación”. Ante la exigencia del Fondo de revertir la controvertida decisión —el proyecto insignia del popular Bukele—, el ministro de Hacienda, Alejandro Zelaya, ha sido contundente: “Ningún organismo multilateral te va a obligar a hacer nada, absolutamente nada. Los Estados son soberanos y toman decisiones soberanas sobre sus políticas públicas”, ha afirmado Zelaya.

Tres senadores de Estados Unidos presentaron la semana pasada una iniciativa legislativa para que el Gobierno de Joe Biden diseñe un plan que “mitigue los riesgos” que tiene para el sistema financiero estadounidense la adopción del bitcoin en el país centroamericano, informa Efe. Fitch Ratings también rebajó la calificación crediticia a largo plazo de El Salvador y entre las razones citó la “incertidumbre” de alcanzar un acuerdo con el FMI tras la adopción del bitcoin, según información de la misma agencia de noticias.

A pesar de las críticas, el presidente salvadoreño se jacta del buen funcionamiento de la economía. El sábado citó en Twitter un informe del Banco Central que registra un aumento del 13% de las exportaciones salvadoreñas en enero 2022, por valor de 564 millones de dólares, “una cifra récord que supera los valores registrados en todos los meses de enero de las últimas tres décadas”, ha afirmado la institución. Bukele se ha felicitado y ha dicho que “el PIB de El Salvador creció 10,3% en 2021. Y ahora sus exportaciones (principal motor del crecimiento económico) crecieron 13% este enero, en comparación con enero de 2021″. “¿Estamos ante otro crecimiento del PIB de dos dígitos este año? Por cierto, El Salvador nunca tuvo un crecimiento del PIB de dos dígitos antes de 2021″, ha afirmado. La propaganda gubernamental, bien explotada en las redes sociales, tiene como fin vender a su empobrecido país como un oasis de crecimiento o un “refugio para la libertad” para quienes quieran hacer negocios de forma fácil de la mano del popular presidente.

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Lino Rojas y Yudith Pérez ante la estatua de Alejandro Magno, en octubre en Salónica, en una fotografía cedida por ellos.
Lino Rojas y Yudith Pérez ante la estatua de Alejandro Magno, en octubre en Salónica, en una fotografía cedida por ellos.Cedida

José y Reinaldo jamás tuvieron entre sus planes llegar a Estambul. Y, sin embargo, aquí están: sin pasaportes, sin dinero, sin su ropa, y con las esperanzas de reconstruir su vida fuera de Cuba truncadas a medio camino. “Durante el camino tuvimos miedo al atravesar Serbia y Macedonia [del Norte]. Al llegar a Grecia pensamos, ya está, la Unión Europea, defensores de los derechos humanos y la democracia. Y no es así. Cuando te crees ya a salvo en Grecia, es cuando peor la pasas, cuando tu vida ya no vale nada”. Aún, tres meses después de lo sucedido, les es difícil encontrar un sentido a lo que les ha pasado, a cómo han sido forzados a vivir indocumentados en Turquía tras ser expulsados ilegalmente por Grecia. Aún les cuesta digerir el trauma, las palizas sufridas y la indefensión a la que se les ha sometido.

Debido al desplome de la economía cubana durante la pandemia y, especialmente, después de la represión de las protestas sociales del pasado verano, miles de cubanos han abandonado la isla. Con numerosas rutas aéreas canceladas por la covid-19 y ante la imposibilidad para los cubanos de lograr visados para la mayoría de países, muchos han decidido tratar de alcanzar Europa vía Moscú. Fue lo que hicieron José y Reinaldo después de vender sus respectivos apartamentos en La Habana. No solo buscaban una vida mejor, sino que también temían la persecución por haber participado en las protestas que comenzaron el 11 de julio: Reinaldo asegura que perdió su último trabajo por no inscribirse en una lista de voluntarios para reprimir a los manifestantes (los nombres de ambos han sido modificados porque temen que sus familias en Cuba sufran represalias).

Tras un mes en Rusia buscando diferentes vías, el 28 de octubre volaron a Serbia, de allí atravesaron caminando la frontera con Macedonia del Norte y, en un taxi, llegaron hasta la frontera griega, que también cruzaron irregularmente a través de las montañas. En Polikastro (Grecia) tomaron un autobús a Salónica y, de allí, otro a Atenas. Sin embargo, siete minutos después de partir, la policía ordenó detener el vehículo y arrestó a Reinaldo, José y un tercer conciudadano que viajaba con ellos, además de a otra familia cubana de cuatro miembros que también iba en el autobús y a un paquistaní. “Nos pidieron los teléfonos y los pasaportes. Les dijimos que estábamos en Grecia para solicitar asilo político y un policía nos aseguró que era un mero trámite y que al día siguiente quedaríamos libres. Nunca más volvimos a ver nuestros teléfonos ni nuestros documentos”, explica José.

Entonces estaban demasiado cansados —llevaban 48 horas de viaje ininterrumpido sin dormir, casi 700 kilómetros, más de 50 kilómetros a pie— para darse cuenta de que habían entrado en un complejo mecanismo de deportaciones masivas puesto en marcha por las autoridades griegas, que incumple todos los parámetros de la legislación nacional, europea e internacional. Un sistema que, según los testimonios recabados por este diario, por organizaciones de derechos humanos y por investigaciones independientes, se compone de numerosos sitios de detención oficiales e irregulares gestionados por agentes de policía y militares a lo largo de más de 400 kilómetros en el norte de Grecia, donde los migrantes sufren palizas y robos por parte de las propias fuerzas del orden y se les despoja de documentos y teléfonos móviles para evitar que quede rastro de estas prácticas.

Los detenidos fueron transportados durante algo más de media hora hasta un calabozo donde pasaron la noche. En las siguientes horas llegó una veintena más de detenidos, la mayoría sirios y afganos, aunque también otra familia cubana con un niño de tres años. “Pedimos telefonear a un abogado, pero nos lo negaron. Tampoco nos hicieron firmar un documento conforme a que estábamos detenidos. Lo tienen todo bien pensado para que, a partir de ahí, dejes de existir”, apunta Reinaldo.

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Al día siguiente, sin dejarles recoger sus mochilas —tampoco los medicamentos que Reinaldo necesita para tratarse una enfermedad crónica—, cargaron a todos los detenidos en una furgoneta blanca sin ventanas ni distintivo (similares a las que este periodista ha visto en la zona fronteriza entre Grecia y Turquía y que son utilizadas para llevar a cabo las devoluciones ilegales de migrantes). “Íbamos muy apretados y conducían muy rápido, nos dábamos golpes contra los lados y no se podía apenas respirar”, asegura José. Al cabo de dos horas de recorrido, se detuvieron, cambiaron de furgonetas y separaron a los cubanos del resto. Siguieron otros 45 minutos de trayecto y llegaron a lo que identifican como un campamento militar cercano a Alejandrópolis, según pudo ver José en los carteles de la autopista a través de una rendija en la furgoneta: “Era un lugar con un gran portón, con un muro alto de hormigón que impedía ver hacia afuera. Los militares llevaban pulóver verde olivo y pantalones de camuflaje. Se pusieron pasamontañas y no les pudimos ver la cara”, añade.

Según el relato de ambos cubanos —que coincide con otros testimonios del grupo recabados por la ONG Josoor—, los agentes griegos apartaron en una sala a las mujeres y el niño de tres años con su padre, e hicieron desnudarse al resto, dejando las ropas en un montón. Cuando se desnudaron comenzaron a golpearles entre varios agentes con bastones de plástico y varas de madera. “Me quitaron el reloj, los aretes, las cadenas, las manillas (pulseras) y un anillo. Tengo un piercing en la tetilla, pero no podía desenroscarlo y entonces me acercaron una especie de taser eléctrico (arma de electrochoque). Uno me preguntó: ¿Eres cristiano o musulmán? Cuando les dije cristiano no lo prendieron”, narra Reinaldo, y José añade: “A los que respondían ‘musulmán’, era como si mentasen al diablo. Era increíble cómo les pegaban, una escena muy desagradable, algo que yo únicamente había visto en películas”.

Otro grupo de cuatro cubanos que fue expulsado de Grecia en una fecha anterior denunció un trato similar y publicó en las redes un vídeo en el que se percibe la espalda y la cabeza de uno de ellos con numerosos hematomas, incluidos varios de ellos con heridas abiertas y una mano completamente hinchada, todo ello supuestamente resultado de los golpes de los agentes griegos.

Tras la paliza, los agentes obligaron a José, Reinaldo y al resto a vestirse rápidamente con lo primero que encontrasen en el montón de ropa, pero ni siquiera les permitieron enfundarse los abrigos o calzarse, tampoco recuperar su dinero: 7.680 euros que, según su testimonio, llevaban para continuar su ruta hasta España. Los volvieron a meter en furgonetas y siguieron rumbo al Este. Un joven sirio que se introdujo en la furgoneta de los cubanos, trató de calmarles diciendo que iban a ser devueltos a Turquía, que él ya sabía el procedimiento, porque era la cuarta vez que lo sufría. “Yo no le creía. ¿Qué tiene que ver Grecia con Turquía? No entendía nada. Siempre pensamos que nos iban a llevar a un aeropuerto para deportarnos a Cuba o a Macedonia del Norte, que era por donde habíamos entrado”, dice José.

Ya era de noche cuando los desembarcaron en una zona boscosa junto al río Evros. “Íbamos en fila, por grupos de a 10, descalzos, con un agente con uniforme azul [el de la policía griega] custodiándonos delante y otro detrás. Había un chico sirio, muy joven, al que no dejaron vestirse, ni siquiera los calzoncillos. Iba con sus manos tapándose. Esa imagen no se me va a olvidar. No solo el frío que pasaba, sino todo lo que le hicieron. Le metían la cara contra una alambrada de púas, le metieron la cabeza al río varios minutos, le daban golpes, sobre todo un policía en particular. Sin necesidad. Por gusto. ¿Por qué tuvieron que hacerle eso?”, rememora José, y se estremece al recordarlo: “Los policías iban con la mano en la pistola, y yo pensé que nos llevaban ahí para matarnos. Después de todo lo ocurrido, pensé que nos mataban. Así que le dije a mi amigo: ‘Si sacan la pistola, echamos a correr por el bosque”. Pero no, lo único que querían los agentes griegos era deshacerse de ellos enviándolos a Turquía: los montaron en botes hinchables, por turnos y en absoluto silencio para burlar la vigilancia de los turcos, y los trasladaron a la orilla oriental del río. Desde allí estuvieron vagando varias horas hasta que los militares turcos los descubrieron y les indicaron cómo llegar a Estambul, donde llevan tres meses viviendo de manera absolutamente irregular.

“Un negocio bien montado”

No son los únicos, en los últimos meses, la ONG Josoor ha documentado la deportación ilegal de 35 cubanos de Grecia a Turquía. Y cada semana siguen siendo expulsados más: hombres y mujeres de todas las edades e incluso familias con niños menores de edad, pese a las frías temperaturas que, esta semana, provocaron que 19 personas murieran de hipotermia durante la travesía del río Evros.

La modelo Tsunami Valiente, residente desde hace 14 años en Turquía y que ha organizado a la comunidad cubana de Estambul para ayudar a sus compatriotas indocumentados, afirma que hay más de 50 de los que ella tiene noticias: “Están aterrorizados, llegan psicológicamente traumatizados porque los agreden, los encierran y aparecen en un lugar que no conocen sin saber lo que les ha pasado. Yo entiendo que han entrado ilegalmente a Grecia, porque escapan de la dictadura cubana, pero para deportar a alguien hay que seguir unas normas, y Grecia está violando las leyes europeas y los derechos humanos”.

Entre los últimos en ser deportados están Yudith Pérez Álvarez y Lino Antonio Rojas Morell, que llegaron a Grecia irregularmente, por la misma vía que José y Reinaldo. Después de tres meses residiendo en Salónica, con ayuda de una amiga de nacionalidad griega decidieron entregarse a las autoridades helenas para iniciar el proceso de solicitud de asilo en Grecia. El jefe de policía de la Unidad de Extranjería de Salónica, Dimitrios Savvidis, dio instrucciones de que se desplazaran hasta el centro de internamiento de migrantes de Fylakio, en la provincia de Evros (fronteriza con Turquía). Explicaron su caso a los oficiales a cargo del centro, pero inmediatamente fueron detenidos y despojados de sus teléfonos, sus zapatos, sus medicinas e incluso de la compresa de higiene íntima que llevaba puesta Yudith, para alojarlos en una celda en la que pasaron la noche. Al día siguiente, fueron trasladados en barcas a través del río Evros.

“Un oficial me tomó la billetera con 375 euros y únicamente me devolvió los documentos, dos estampitas y una foto de mi nieto. El resto se lo metió en el bolsillo”, dice Lino: “A mí esto me parece un negocio bien montado por ellos. Porque a mi amiga de Salónica le dijo la policía que podíamos llevar dinero, que en ese campo se vendían cosas, que había quioscos de alimentos. Y nosotros pedimos a parientes que nos girasen dinero. Es un negocio preparado para robarte, porque las personas cuando llegan ahí desaparecen, no quedan registrados”. Sin embargo, en el caso de Lino y Yudith ambos tienen documentación que prueba su paso por Grecia: fotografías en Salónica, la compra de tarjetas SIM con su número de pasaporte, y una inscripción en la oficina de Médicos Sin Fronteras para recibir la vacuna contra la covid-19 a través de un organismo oficial griego.

Grecia niega de plano la existencia de estas prácticas, pese a que incluso el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y el Consejo de Europa se han quejado de ellas (en este caso, el Ministerio de Migración no respondió a las preguntas planteadas por EL PAÍS). Al quedarse los migrantes sin teléfonos móviles y sin documentos resulta muy difícil probar su paso por Grecia. “Pero, ¿cómo puede ser que yo, sin papeles, termine en Turquía, un país que exige visado a los cubanos?”, pregunta José de forma retórica.

Desde 2020, la Red de Monitorización de la Violencia Fronteriza (BVMN en sus siglas inglesas), en la que participan una docena de ONG y asociaciones europeas, ha documentado más de un centenar de casos en los que unas 8.000 personas fueron devueltas ilegalmente de Grecia a Turquía, la mayoría a través del río Evros. Natalie Gruber, portavoz de Josoor, asegura que en el 98 % de las deportaciones que documentaron en 2021 desde Grecia “hubo violencia”.

Una fuente del Gobierno turco, que contabilizó 16.000 devoluciones de refugiados y migrantes el pasado año, asegura que se ha empezado a detectar también el envío a territorio turco de personas que entraron a Grecia por un tercer país, como es el caso de los cubanos: “Grecia debe cumplir sus responsabilidades internacionales y poner fin a los pushback y expulsiones colectivas, y tratar a los solicitantes de asilo como seres humanos con derechos. Repetimos constantemente nuestras quejas en los foros internacionales. Por desgracia, ni Grecia ni la Unión Europea nos han hecho caso”.

Ruta de los Balcanes para llegar a España

Los grupos de Facebook de cubanos en Rusia, están repletos de mensajes de personas que ofrecen rutas aparentemente fáciles para llegar desde Moscú a Grecia y España: «Manden privado y les explico». Y otros tantos, de personas denunciando haber sido estafados tratando de hacer esas rutas. “Hay algunos a los que les ofrecen pasaje en un supuesto tren de Moscú a Madrid que no existe por 4.000 dólares (3.500 euros)”, explica José. 

Hay quienes intentan llegar a la UE a través de la frontera rusa con los países bálticos o a través de la frontera entre Bielorrusia y Polonia, pero la mayoría se inclina por la llamada “ruta de los Balcanes” (de Turquía y Grecia a Europa Central), si bien en sentido contrario al utilizado desde la crisis de los refugiados de 2015. Aquel año, cerca de un millón de refugiados y migrantes llegaron a la UE a través de esa ruta, pero el control fronterizo se ha reforzado desde entonces y los cruces irregulares se han reducido drásticamente.

Desde Moscú, los cubanos vuelan a Serbia, otro de los países que no les exige visado. Luego, cruzando las fronteras de manera irregular atraviesan Macedonia del Norte —donde en los últimos tres meses han sido detenidos unos 200 cubanos sin papeles— o Kosovo y Albania, para llegar a Grecia en extenuantes caminatas a través de las montañas. Desde ahí intentan llegar a Italia en ferri o en avión, o directamente a España usando documentos falsos y aprovechando la menor vigilancia dentro del espacio Schengen. En octubre, un centenar de cubanos fueron detenidos cuando trataban de tomar un vuelo hacia Milán en la isla griega de Zante (las embajadas de Cuba en Grecia y Turquía no han respondido a las preguntas de EL PAÍS).

«En Atenas deben haber llegado unos 1.000», explica un cubano que pasó por Grecia y ahora se halla en España; una cifra que confirma otro migrante cubano que logró montarse en un avión hacia España tras 20 intentos infructuosos: “Yo tuve suerte, pero cada vez está más difícil salir de Grecia”. Según confirman varias fuentes, la vigilancia ha aumentado y las policías griega y española han iniciado investigaciones sobre las redes de tráfico de personas que, en su opinión, manejan este nuevo flujo migratorio. Los cubanos entrevistados, sin embargo, aseguran haber empleado la ayuda de los traficantes solo en algunos tramos de la ruta y que la mayor parte del camino la hacen siguiendo los consejos de otros compatriotas y guiándose por Google Maps.

Pese a las dificultades de la ruta y a que muchos pierden sus ahorros a manos de traficantes sin escrúpulos o policías con aún menos criterios éticos, las imágenes de aquellos que lo consiguen, posando orgullosos en España en sus publicaciones de Facebook, seguirán animando a otros a intentarlo. 

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En una bolsita impermeable, Mariya Yutsenko ha preparado sus documentos más importantes y los de su hija, de siete años. Pasaportes, algo de dinero en efectivo en euros y grivnas (moneda ucrania), un listado de teléfonos y direcciones clave. “No es pánico, es previsión. Sobre todo por mi niña”, recalca. Empezó a pensar en un “plan de acción” en diciembre, cuando aumentó el eco de alertas sobre otra posible invasión rusa a Ucrania. Ingeniera informática de 33 años, Yutsenko se encoge de hombros y se define como “una mujer práctica”. “Ya tengo un refugio mirado por si llega la guerra”, explica. Se trata de un sótano habilitado como albergue de protección en su barrio, un vecindario de bloques de apartamentos cerca de la autopista, al oeste de Kiev. La batalla con los separatistas prorrusos apoyados por el Kremlin en la región del Donbás pilla lejos de la vibrante capital ucrania, pero asegura que se ha acostumbrado a vivir en un país en conflicto. “Dudo que vayamos a volver a una guerra caliente, pero debemos ser responsables y estar preparados”, matiza.

La constante exhibición de músculo militar de Rusia, su dialéctica contra Kiev y la OTAN y el rosario de amenazas de acción si la Alianza Atlántica no firma una garantía de no expansión hacia el Este han creado una mayúscula crisis de seguridad en Europa. La inteligencia ucrania y estadounidense advierten de que el presidente ruso, Vladímir Putin, que ha concentrado más de 100.000 militares en las fronteras con Ucrania y ha desplegado tropas en maniobras diversas —desde Bielorrusia al mar Negro—, podría lanzar otro ataque contra su vecino del oeste. La agresión, ha dicho esta semana EE UU, podría ser en cualquier momento.

La eléctrica situación, pero también el hecho de que Moscú y Washington —a quien el Kremlin ha elegido como interlocutor dejando de lado a la Unión Europea— hayan reducido un poco la retórica de confrontación estos días y acordado mantener el camino diplomático para tratar de enfriar la crisis, deja abiertos distintos escenarios en el posible teatro de operaciones de Putin en Ucrania. Los expertos militares y analistas políticos barajan desde una incursión en el Donbás para formalizar la anexión de las dos regiones ucranias controladas por los separatistas prorrusos a los que apoya desde el inicio de la guerra, hace ocho años, a ataques cibernéticos a gran escala y otros mecanismos para sembrar el caos y desestabilizar el Gobierno de la antigua república soviética, clave geoestratégicamente para la UE. O incluso la invasión desde Bielorrusia, o una intervención desde Crimea y el Donbás para crear un corredor desde este territorio a la península ucrania, que Moscú se anexionó en 2014 con un referéndum considerado ilegal por la comunidad internacional y donde también tiene tropas.

Algunos creen que Putin está a la espera y aún no ha apostado por un plan. Pero aunque lo haya hecho, dice María Avdeeva, directora de investigación de la Asociación Europea de Expertos, la incógnita y el clima de tensión actual también le favorecen. “Es su práctica estándar, prefiere dejar abiertas diferentes posibilidades y mantener a otros adivinando cuál será su decisión”, opina Avdeeva. Lo cierto, coinciden los especialistas y observadores del Kremlin, es que el presidente ruso tiene varias manos de cartas. Y también que podría combinarlas.

El veterano experto ruso en temas militares Mijaíl Jodorénok cree que una invasión armada a Ucrania es “muy poco probable”. “Es posible que el Kremlin esté utilizando la situación actual y las movilizaciones como mecanismo de negociación, pero lo cierto es que la fuerte reacción de Occidente y su posición extremadamente consolidada por primera vez en varias décadas superó todas sus expectativas”, opina. Si se revisa la situación con “realismo político-militar”, dice, se ve que Rusia no obtendría excesivas ganancias de una guerra abierta y sí grandes pérdidas, añade. “Por ahora, da la impresión de que el liderazgo ruso solo tiene una opción, retirarse —excepto de las áreas cercanas al Donbás—, salvar la cara y difundir que ‘las maniobras militares se completaron con éxito”, baraja.

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Rusia presentó en diciembre a la OTAN y a Washington una propuesta de acuerdo vinculante en la que exige que la Alianza Atlántica frene su expansión hacia el Este, retire su invitación de membresía a Ucrania y a Georgia (antiguas repúblicas soviéticas y que Moscú considera parte de su esfera de influencia) y paralice toda actividad militar en los países bálticos o Polonia —donde no tiene bases, pero sí batallones plurinacionales—, que hace décadas estuvieron en la misma página que Rusia como parte de la URSS o el pacto de Varsovia. Demandas que la OTAN (alianza de la que es miembro España) y EE UU ya han definido como “líneas rojas” que chocan con el “derecho soberano” de posibles futuros socios.

Un militar ucranio patrulla una calle próxima al frente en Verjnotoretske, el sábado.
Un militar ucranio patrulla una calle próxima al frente en Verjnotoretske, el sábado.Andriy Andriyenko (AP)

Pero mientras recorre la frágil senda diplomática, Rusia sigue concentrando tropas, recuerda el veterano analista Volodímir Fesenko en Kiev. El servicio de espionaje ucranio estima que Moscú tiene a casi 130.000 soldados desplegados a distancia de ataque, entre los colocados en sus fronteras occidentales y la preparación de maniobras en Bielorrusia. “Con su dialéctica y la escalada militar, Moscú presenta un ultimátum muy agresivo”, afirma. Uno de los escenarios más plausibles es el de “operaciones locales contra Ucrania, por ejemplo, la intervención abierta en el Donbás “, cree el experto. Fuentes de la inteligencia de Kiev y Washington han alertado estos días de que Rusia prepara una “operación de falsa bandera” que implicaría “provocaciones” para calentar el conflicto. La última guerra de Europa, que bulle pero a combustión lenta en el este de Ucrania, se ha cobrado unas 14.000 vidas, según la ONU, y está lejos de solucionarse.

Esas “provocaciones” podrían darle al Kremlin la “excusa”, apunta María Avdeeva, para intervenir con el fin de “proteger” a los ciudadanos de la región, mayoritariamente de habla rusa y entre los que ha repartido alrededor de un millón de pasaportes en los últimos años. Una pauta parecida a la que empleó en 2008 en Georgia, en la guerra de cuatro días con Tbilisi, que terminó con tropas rusas en las regiones separatistas de Osetia del Sur y Abjasia. Esta semana, además, diputados comunistas presentaron una propuesta en el Parlamento ruso (la Duma) para reconocer como Estados las autoproclamadas “repúblicas populares” de Donetsk y Lugansk. “Putin necesita mostrar algo a su propia población”, señala la investigadora Avdeeva. “La cantidad de desinformación y mensajes manipuladores que ahora circulan por los medios controlados por el Kremlin nos indica que la situación es extremadamente grave y que la amenaza es real. La campaña de desinformación rusa crea las bases para una posible invasión militar incluso a gran escala”, dice Avdeeva, que habla de un escenario de ciberataques, pero más graves que los sufridos por Ucrania la semana pasada.

El viernes, el espionaje militar ucranio aseguró también que Moscú está enviando mercenarios, armamento pesado y toneladas de combustible a Donetsk y Lugansk. Soldados sin identificar y contratistas de defensa: una jugada clave del libro de estrategias del Kremlin, que ya usó para invadir la península de Crimea (los llamados hombres verdes) y en las fases iniciales del conflicto del Donbás, en Siria y Libia.

“La gente está preparada”

Valeriy Brahinets no tiene ningún plan de contingencia especial. “Viniendo de Rusia nadie puede estar seguro de nada. Psicológicamente, no es fácil para nadie, pero la gente está preparada”, dice este empresario de 57 años. “Mi plan es defender mi país, no pienso marcharme. Me quedaría a proteger la ciudad”, dice en Kiev, donde pequeños copos de nieve van coloreando de blanco el centro de la ciudad y en el puente sobre el río Dnieper, donde varios cientos de personas celebran con banderas amarillas y azules el día de la Unidad de Ucrania. Brahinets es parte de ese 58% de ucranios que está dispuesto a empuñar las armas, según una reciente encuesta. Cuenta que varios de sus conocidos se han apuntado ya a las llamadas Brigadas de Defensa Territorial, grupos de voluntarios civiles que reciben instrucción y entrenan los fines de semana para el combate. El Gobierno ucranio prevé establecer 150 batallones de este tipo. Un total de 130.000 personas, cada una con un arma de fuego asignada, según el Ministerio de Defensa.

Decenas de ciudadanos celebran el día de la Unidad de Ucrania, este sábado en el puente sobre el río Dnieper, en Kiev.
Decenas de ciudadanos celebran el día de la Unidad de Ucrania, este sábado en el puente sobre el río Dnieper, en Kiev.VALENTYN OGIRENKO (REUTERS)

Frente a las fuerzas deslavazadas y mal equipadas de 2014, Ucrania ha desarrollado su ejército en los últimos años, y sus tropas han recibido entrenamiento y asesoría de sus aliados de Occidente. La OTAN ha dejado claro que no mandará fuerzas al país del Este en caso de agresión rusa, pero Washington le ha aportado fondos y ha enviado material de defensa. También, en los últimos días, el Reino Unido y los países bálticos. Berlín, que ha rechazado las peticiones de armas de Kiev, enviará un hospital de campaña, dijo el sábado la ministra de Defensa, Christine Lambrecht. Pese a esto, la superioridad del Ejército ruso sigue siendo enorme.

Una invasión a gran escala o incluso una por varios flancos destinada a dividir el país sería devastadora. Desde hace años, se baraja la opción de que Moscú trate de capturar la ciudad costera de Mariupol y crear un corredor desde la anexionada Crimea hacia el Donbás, de manera que, además, se asegure el suministro de agua dulce a la península, que renquea porque el Gobierno de Kiev controla el canal de la era soviética que la suministraba. O tomar Odessa, una ciudad de un millón de habitantes con un importante puerto, y trabajar para aislar a Ucrania del mar, explican los analistas.

En pleno pico de tensión, el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, ha instado esta semana a mantener la calma. “Respiremos hondo. No corran a por trigo sarraceno y fósforos. Mantengan la cabeza tranquila”, dijo en un mensaje al país en sus redes sociales. Sin embargo, poco después, el líder ucranio habló de la posibilidad de que Rusia invada la ciudad de Jarkiv. “De manera realista, diré que si Rusia decide aumentar su escalada lo hará en territorios donde históricamente hay personas que solían tener vínculos con Rusia. Jarkiv, que está bajo control del Gobierno de Ucrania, podría ser ocupada”, dijo en una entrevista al Washington Post. “Rusia exporta el caos de manera muy efectiva”, remarca el analista Fesenko.

En Jarkiv, a unos 40 kilómetros de Rusia, con 1,5 millones de habitantes y una de las ciudades más importantes de Ucrania, Ihor Vasilievich cuenta que la población se ha acostumbrado a vivir con un nivel de tensión tal que esta escalada no lo ha elevado. Al menos para él. “Creo que no pasará nada”, subraya este camarero de 48 años. “Las cosas se mantendrán en este complicado statu quo. Si Rusia quisiera atacar lo haría por sorpresa y no mostrando sus tropas claramente. Así que esto o es un farol o una maniobra de distracción para algo más”, sostiene por teléfono. “No hago caso a la propaganda de uno u otro lado”, remarca.

La madre de un soldado ucranio recordaba a su hijo, el viernes en un memorial del conflicto en Kiev.
La madre de un soldado ucranio recordaba a su hijo, el viernes en un memorial del conflicto en Kiev.SERGEI SUPINSKY (AFP)

Sobre la mesa de los analistas está cobrando resonancia en las últimas semanas el escenario de una invasión desde Bielorrusia. Hasta hace bien poco, Kiev no sintió amenaza alguna de su vecino del flanco norte, explicaba en una reciente entrevista el ministro de Exteriores ucranio, Dmytro Kuleba, pero con la cercanía cada vez mayor a Putin del líder autoritario bielorruso Aleksandr Lukashenko (y su dependencia de Moscú), y con la crisis migratoria orquestada por Minsk, Ucrania decidió reforzar esa frontera. Ahora, Rusia prepara cerca de esa linde maniobras conjuntas con el Ejército bielorruso en dos fases. La primera tendrá su apogeo el 4 de febrero, cuando está previsto que el presidente ruso visite Pekín; la última terminará, según el Ministerio de Defensa ruso, el 20 de febrero. Fechas que algunos analistas han definido como “reveladoras”. Moscú podría usar Bielorrusia como “plataforma” contra Ucrania, apunta el analista militar Mijaylo Samus.

El veterano ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, aseguró el viernes, tras una reunión con su homólogo estadounidense, Antony Blinken, que Rusia “no tiene planes” de atacar Ucrania. Aunque el Gobierno ruso habla de “graves consecuencias” si la OTAN no atiende a sus demandas sobre la expansión y presencia en zonas que, como Ucrania, considera dentro de su órbita. Putin ha amenazado con desplegar medidas “técnico-militares”. Ese escenario, considera el politólogo Alexéi Arbatov, de la Academia Rusa de Ciencias, se refiere a la creación y despliegue de nuevas armas y no al uso de tropas. “Podría desplegar misiles de corto alcance, o armas nucleares en Bielorrusia [que comparte fronteras también con Polonia y Lituania, miembros de la OTAN], donde se podrían transferir también misiles hipersónicos o bombarderos medianos”, apunta Arbatov.

Lukasheko, que se mantiene en el poder con puño de hierro desde hace décadas y que durante un tiempo jugó la baza de ser el amortiguador entre Rusia y Occidente, ha programado para finales de febrero un referéndum constitucional que entre sus enmiendas elimina la “neutralidad” del país y su “estatuto no nuclear”. El líder autoritario se ofreció, recuerda Arbatov, a albergar las armas nucleares de Rusia si la OTAN coloca las suyas en Europa del Este.

A Khrystyna Bubniuk las informaciones sobre la escalada la estresan. “Tanta contradicción… Trato de vivir mi vida normal, planear vacaciones en primavera, pensar en el verano”, cuenta la periodista de 22 años. Su madre, que vive en el oeste del país, le ha pedido que si la cosa se calienta se vaya con ella inmediatamente desde Kiev: “No tengo un plan especial. Si pasa algo seguiré trabajando y tratando de hacer lo mejor para Ucrania. Es increíble que estemos hablando de esto en el siglo XXI”.

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La popularidad de Jair Bolsonaro en las encuestas electorales de Brasil merma mes a mes. Pero eso no le impidió protagonizar una elocuente demostración de fuerza en internet hace unas semanas. El presidente fue elegido persona del año por la revista Time. Era cierto, pero con un matiz. Fue elegido por los lectores en una encuesta digital; el semanario coronó, sin embargo, al multimillonario dueño de Tesla, Elon Musk, como la persona más influyente de 2021. El ultraderechista brasileño ganó entre los cibernautas con un cuarto de los nueve millones de votos, muy por delante de su admirado Donald Trump. Gracias a la movilización de sus seguidores, el mandatario recordó que mantiene su poderío digital.

La campaña para que Time eligiera a Bolsonaro se fraguó en Telegram, el nuevo espacio digital preferido del brasileño y otros líderes mundiales de la derecha que erosiona la democracia. Es el lugar donde buscan refugio ante las medidas contra la desinformación y las noticias falsas que van adoptando Facebook, Twitter, Google o YouTube.

Las medias verdades y mentiras que circulan por redes sociales tuvieron gran protagonismo en las últimas elecciones de Brasil. Internet fue crucial en la victoria de Bolsonaro. Con la vista puesta en los comicios del próximo octubre, las autoridades electorales están especialmente preocupadas por Telegram, que gana velozmente usuarios y con el que no logran siquiera establecer una interlocución.

Días después de que Bolsonaro se erigiera en una de las personalidades del año de Time, el presidente del Tribunal Superior Electoral, Luís Roberto Barroso, escribió al consejero delegado de Telegram, Pavel Durov, un programador de 37 años nacido en Rusia. El juez le solicitaba que su empresa colaborara en los esfuerzos para combatir la desinformación. Apoyaba la petición en dos hechos: la aplicación está descargada en la mitad de los móviles brasileños y “ahora mismo se están diseminando por Telegram teorías de la conspiración e informaciones falsas sobre el sistema de voto electrónico”, dice el correo electrónico. El Zuckerberg ruso no ha respondido. La empresa, con sede en Dubái, no tiene representantes en Brasil.

El desembarco del bolsonarismo (y del trumpismo) en Telegram empezó justo hace ahora un año, tras el asalto al Capitolio, cuando Twitter suspendió la cuenta de Trump por incitar aquella protesta violenta. El hasta entonces político más poderoso del mundo se quedaba sin su principal altavoz y Bolsonaro tomó nota. “Registraos en mi canal oficial de Telegram”, pidió a sus fieles el brasileño. Comenzaba la campaña para buscar refugio en un lugar con menos cortapisas a la estrategia digital que lo catapultó al poder. Y funcionó. El militar retirado acumula un millón largo de seguidores, más que ningún otro líder mundial. Le siguen Trump (con un perfil no oficial) y los presidentes de Turquía, Uzbekistán, Etiopía y México, según un informe del Núcleo Jornalismo que investiga el impacto de las redes sociales en la vida de los brasileños.

La última elección fue la más polarizada de la historia de Brasil. Esta será también a cara de perro y es probable que abunde el juego sucio. Brasil es terreno fértil para la desinformación, explicaba la verificadora de datos Cristina Tardáguila en un reciente podcast de Americas Quarterly. Enumeraba tres motivos: el panorama informativo es un páramo fuera de São Paulo, Río y Brasilia porque no existe prensa independiente, el 80% de los brasileños se informa principalmente en WhatsApp y faltan verificadores.

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Un seguidor de Bolsonaro se toma una selfi con un muñeco de la imagen del presidente en el estadio Maracana.
Un seguidor de Bolsonaro se toma una selfi con un muñeco de la imagen del presidente en el estadio Maracana.Fabio Teixeira (Getty Images)

A ello se suma una población enganchada a Internet como la de pocos países, gran desconfianza en las instituciones y un presidente anticiencia que siembra dudas sobre la votación. Un cóctel con gran potencial de que la desinformación contamine la campaña y las elecciones con el temor añadido de que el presidente no reconozca el resultado si pierde.

“Telegram se ha convertido en una importante herramienta para que los políticos hablen con sus bases porque tiene menos controles de moderación (de los contenidos que otras aplicaciones) y ofrece más recursos de transmisión”, explica el informe de Núcleo Jornalismo.

El canal de Bolsonaro es propaganda 2.0, un torrente de información sobre logros gubernamentales con el aliciente de que cualquiera puede comentar desde el anonimato. Frases como “lo que usted no sabrá por la prensa” son el típico gancho.

Esta aplicación de mensajería fue creada por Durov en 2013. Prueba del momento de éxito que vive, los 70 millones de nuevos usuarios que sumó en un solo día de octubre. A primera vista es una especie de Whatsapp. Incluso el aspecto es similar, pero las normas de moderación del discurso son mucho más laxas. Veta la incitación a la violencia, al terrorismo y la pornografía, pero ofrece barra libre a quien distorsiona de manera grotesca los hechos o miente sin rubor. Gran ventaja para un político como Bolsonaro al que Twitter, Facebook e Instagram ya le han eliminado mensajes por desinformar. El precedente de Trump pesa.

Telegram permite, además, grupos de 200.000 personas frente a las 256 de WhatsApp, un límite creado para frenar la viralización de noticias falsas como las que circularon con fuerza en la anterior campaña. Basta apuntarse a un canal, sin invitación.

Si el servicio de mensajería de Zuckerberg protagonizó los comicios de 2018, esta vez podría ser el momento de esta aplicación. A Bolsonaro le han seguido hasta este nuevo territorio digital sus hijos, diputados afines y relevantes personajes bolsonaristas como el bloguero Allan dos Santos, investigado por diseminar noticias falsas, prófugo de la justicia brasileña y vetado de otras redes. Para los fieles al presidente, Do Santos es un mártir de la libertad de expresión y los jueces del Supremo, meros censores de voces críticas.

Seguidores de Bolsonaro siguen de cerca una de sus transmisiones por redes sociales.
Seguidores de Bolsonaro siguen de cerca una de sus transmisiones por redes sociales.Getty Image

En su estrategia contra la desinformación, el Tribunal Superior Electoral ha logrado que Google establezca nuevos requisitos para contratar propaganda política y el compromiso de informar públicamente de quién paga los anuncios. La máxima autoridad electoral también mantiene conversaciones con otras grandes tecnológicas para que los comicios sean limpios.

Bolsonaro desdeña a la prensa tradicional. Desde que es presidente ha pasado al ataque frontal contra los grandes medios. Prefiere la galaxia formada por las redes sociales, donde suma 45 millones de seguidores. Para él, Telegram es un canal más “para interactuar con el pueblo”. Por supuesto, sin la molestia de tener que rendir cuentas o responder a demasiadas críticas. Es su zona de confort porque fuera de ahí ahora hace frío. Cada vez es más frecuente que el presidente oiga pitadas en sus controladas apariciones públicas y son constantes las críticas por su gestión de la pandemia, la inflación y el desempleo.

Desde que fue rehabilitado, Lula da Silva ha reforzado su presencia en redes sociales. Pero está a años luz de las cifras de seguidores del bolsonarismo. En Telegram le acompañan 46.000 seguidores y en Twitter, tres millones, pero el hábitat donde el antiguo sindicalista realmente se siente cómodo es el mundo analógico, el de los mítines y los abrazos. Aunque la pandemia le ha impedido retomar el cuerpo a cuerpo, desde hace meses lidera con holgura los sondeos frente a Bolsonaro.

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