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Mijaíl Fridman, en 2019.
Mijaíl Fridman, en 2019.LETTERONE (Europa Press)

El oligarca Mijaíl Fridman (ciudadano de Rusia e Israel nacido hace 57 años en la ciudad ucrania de Lviv) se muestra escéptico sobre la utilidad de las sanciones que Occidente ha impuesto al empresariado ruso, entre ellos él mismo, como respuesta a la invasión de Ucrania. “El populismo es muy atractivo, pero desde el punto de vista práctico las sanciones son contraproducentes porque empujan a estos empresarios a volver a Rusia, puesto que no pueden ir a otra parte”, señala en una conversación con este periódico desde Londres, donde reside desde 2015.

Fridman se siente confinado. El magnate ha dejado sus cargos en empresas, incluido el consejo de administración de LetterOne, grupo de inversión en el que él y su socio Petr Aven controlan algo menos del 50%. LetterOne posee el 77% de la cadena de supermercados Dia. Sus tarjetas de crédito han sido bloqueadas y no puede desplazarse a países de la Unión Europea. “Las autoridades de Gran Bretaña deben asignarme una determinada suma para que pueda ir en taxi y comprar comida, pero será una cantidad muy limitada en relación al coste de la vida en Londres. No sé aún si me bastará para vivir normalmente, sin excesos. Ni siquiera puedo invitar en un restaurante. Tengo que comer en casa y prácticamente me encuentro bajo arresto domiciliario”, dice.

Cuenta el empresario que no sabe aún si podrá seguir manteniendo la casa que compró y restauró cuando se trasladó a la capital británica junto con su familia en una época en la que ya había comenzado el clima de inestabilidad para las inversiones en Rusia. Uno de los fines de su mudanza a Londres era diversificar los activos que había obtenido en la venta (a la empresa estatal Rosneft) de su participación en el gran consorcio petrolero privado TNK-BP. “No está claro que pueda seguir viviendo en Londres o si me veré obligado a irme, algo que ahora no puedo y no quiero hacer por muchas causas”, señala.

“A Occidente no le irá mejor si obliga a muchos brillantes e interesantes empresarios a marcharse a Rusia, en lugar de integrarlos más e intentar que adopten alguna posición, aunque es evidente que el empresariado privado tiene una influencia nula sobre [Vladímir] Putin”, afirma.

Fridman califica de “idiotez” la opinión según la cual los oligarcas pueden obligar al presidente ruso a interrumpir la guerra, una palabra que elude, ya que prefiere referirse a esta realidad sangrienta con eufemismos y expresiones tales como “catástrofe” o “lo que sucede (en Ucrania)”.

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“No estoy dispuesto a que corran riesgos las numerosas personas que dependen de mí”, dice, refiriéndose al contingente de 400.000 a 500.000 empleados que, según él, trabajan o están relacionados con sus compañías en Rusia.

Opina Fridman que, si bien los empresarios privados no pueden influir sobre Putin, sí podrían, en cambio, “intentar trasmitir su punto de vista si tuvieran más libertad de elección”. En las actuales condiciones “los sancionados tendrán que volver a Rusia, donde no les quedará más salida que ser absolutamente leales, y donde seguirán trabajando, porque son gentes enérgicas, brillantes y con talento, y fundarán negocios y crearán puestos de trabajo”, señala.

La conversación se asemeja a un paseo por la cuerda floja, en el que cualquier pérdida del equilibrio —en este caso verbal— puede tener graves consecuencias, sea cual sea la dirección de la caída. En Occidente, las sanciones; en Rusia, la reacción de sus irascibles dirigentes. Fuentes moscovitas afirman que el personal de diversos empresarios rusos residentes en Occidente ha comenzado a ser interpelado por los servicios de seguridad, interesados en saber si sus patrones tienen intención de regresar a la patria.

Insiste el oligarca en la necesidad de que Occidente comprenda que “existen distintos rusos y que no se puede castigar a todos”. “Occidente debe ser más inteligente, porque castigar a los rusos solo por el hecho de ser rusos incrementa la confrontación y también el número de partidarios de la política antioccidental en Rusia”.

“Llevo ocho años en Londres, he invertido miles de millones de dólares en Gran Bretaña y otros países europeos y la respuesta a esto es que me lo confiscan todo y me echan”, se queja. Los oligarcas no están unidos por un sentido gremial. “No existe un club de oligarcas. Todos somos gente diferente. Para tener una iniciativa hay que hablar con alguien y lo más horrible es que nadie aquí habla con nosotros”, exclama Fridman,

“Nos dedicábamos exclusivamente a los negocios y nunca quisimos acercarnos al poder, siempre intentábamos mantenernos a distancia y no participábamos en ninguna discusión que no se refiriera directamente a las condiciones de gestión del negocio. Nos propusimos mantener una relación constructiva con las autoridades y no entrar en ningún conflicto con ellas. Putin no admitía ninguna discusión sobre política interior”, explica sobre sus actividades empresariales en Rusia.

En 2003, cuando Putin marcó los límites al oligarca Mijaíl Jodorkovski (que acabó encarcelado), quedó claro que “cualquier participación en la vida política era inaceptable”. “A partir de entonces no apoyamos a ningún político, porque considerábamos que hubiera sido una transgresión del marco que el Kremlin exigía del empresariado”, continúa.

Aunque asegura no haber financiado a partidos políticos, Fridman afirma haber hecho una excepción con Boris Nemtsov, de la Unión de las Fuerzas de Derechas (SPS, en su abreviatura rusa) cuando esta formación estaba aún representada en la Duma Estatal (Cámara baja del Parlamento). Lo hizo, dice, “porque esta fuerza estaba orientada a la empresa privada”. Y por un segundo motivo: “Nemtsov era muy buen amigo mío, un verdadero político, absolutamente honrado, incorruptible y abierto”. El político fue asesinado al lado del Kremlin en febrero de 2015.

El oligarca admite que “algunas sanciones económicas pueden ser eficaces, porque presionan sobre la economía rusa y en consecuencia influyen en la opinión de los líderes del país. “Pero las sanciones contra empresarios privados no tienen sentido, porque la mayoría de ellos han hecho su negocio gracias a su talento, esfuerzo y cualidades personales”, continúa.

Después de que Bruselas incluyera a Fridman en su lista negra de empresarios sancionados por su supuesta vinculación con Putin, el oligarca ha abandonado todos los cargos que detentaba, tanto en sus empresas como en entidades culturales en las que participaba. Esto incluye el consejo de administración del conglomerado LetterOne, (inversor en la cadena de supermercados Día en España y de Alfa Bank, el primer banco privado de Rusia). El empresario, varios de cuyos antepasados perecieron en el Holocausto, se retiró también del consejo de supervisión del Centro Conmemorativo del Holocausto Babi Yar, un proyecto inaugurado en octubre de 2021, en presencia del presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski. El memorial se encuentra en el lugar cercano a Kiev donde los ocupantes nazis exterminaron a cerca de 100.000 judíos de 1941 a 1943.

En enero, Fridman asistió en Madrid a una proyección de la película Babi Yar. Contexto, del ucranio Serguéi Loznitsa, organizada por la Fundación Hispano Judía. Entre los proyectos que el oligarca estaba dispuesto a cofinanciar poco antes de ser afectado por las sanciones, está una exposición de material gráfico inédito de la Guerra Civil Española, planeada por la Asociación de Aviadores de la República española (ADAR).

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Arturo Mcfields Yescas, en un acto en Wasghington en noviembre de 2019.
Arturo Mcfields Yescas, en un acto en Wasghington en noviembre de 2019.Juan Manuel Herrera (OAS)

La obediencia de Arturo McFields hacia el régimen de Daniel Ortega se convirtió este martes en una bomba que explotó con fuerza sobre la diplomacia nicaragüense. El hasta hoy embajador de Managua ante la Organización de Estados Americanos (OEA) dio un mazazo que puso en alerta y descolocó al Gobierno, que inició, según fuentes de Cancillería, una paranoica cacería de brujas para determinar cómo fue posible lo que ya consideran una “traición” de McFields. El embajador denunció los desmanes de lo que ha catalogado como una dictadura que viola los derechos humanos y abogó por la liberación de los más de 170 presos políticos. Un desahogo cuyas consecuencias están por verse, pero que vuelve a poner la crisis de Nicaragua en la discusión internacional. “No tengo valor, tengo miedo, pero creo que es importante vencer el miedo. Siento que me quité un yugo del alma”, dice un aliviado McFields en entrevista telefónica con EL PAÍS.

El embajador —su cargo sigue activo hasta que su destitución sea publicada de forma oficial en el diario del Estado en Nicaragua— narra a este periódico cómo tomó la decisión que ha puesto de cabeza al Gobierno de Ortega. “Es una decisión que no surge de la noche a la mañana. Es una decisión que ha estado torturándome por mucho tiempo. Pero lo que me llena de esperanza es saber que no soy el único en esta lucha interna por hacer algo, por manifestarte, por ayudar a los presos políticos. Esto es de miles de funcionarios a niveles altos, a niveles intermedios y a niveles bajos”, afirma.

McFields afirma que había expresado su descontento por la situación en la que están encarcelados los presos políticos del régimen y que incluso llegó a proponer que se liberara a de mayor edad y a los enfermos, pero que nadie escuchó su propuesta. Al contrario, recibió amenazas por expresarla. “Tener presos políticos a los que están tratando tan mal, ignorando cualquier principio internacional sobre el trato digno trasciende cualquier ideología política. Sin embargo, como he dicho, en el Gobierno nadie escucha. Pero lo que es más triste, nadie habla. Veníamos de una paliza moral en la OEA, entonces convocan a una reunión de emergencia. Yo creí que esa reunión era para analizar dónde estábamos, para evaluar nuestros aciertos, errores y hacer cambios dignos para descomprimir la situación sociopolítica. Cambios con cierto nivel de legitimidad; de hacer una pequeña concesión en favor del bienestar de los presos. Pero era una reunión para salirnos de la OEA. Yo abogué por liberar a presos de la tercera edad, pero no me escucharon… Es que tener presos en condiciones infrahumanas debilita moralmente a las bases (sandinistas)”, afirma.

Su decisión de irrumpir en la reunión del Consejo Permanente de la OEA para denunciar lo que considera una “dictadura” ha sido catalogada como valiente tanto en el seno de ese organismo como desde la oposición nicaragüense en el exilio. En los últimos años, la experiencia ha demostrado que alzar la voz contra el Gobierno o criticarlo puede ser pagado con la vida, la cárcel o el exilio en la Nicaragua de Daniel Ortega. Un temor que sigue recorriendo el espinazo del diplomático. “No soy un superhéroe, pero uno no puede dejar que sus miedos sean más grandes que sus convicciones. Sin embargo, no te voy a mentir, sentí mucho miedo cuando hablé en la sesión. Como una persona de carne y hueso, que tiene miedo por su familia. Miedo por mi integridad física y la de mi familia”.

Poco después de que las declaraciones de McFields se hicieran públicas, el Gobierno de Nicaragua emitió un comunicado en el que dijo que no le reconocía como su representante diplomático. Esta situación deja al periodista en un “limbo jurídico” en Estados Unidos, como él mismo reconoce. “No puedo trabajar, no puedo hacer nada, soy un desempleado. Técnicamente, por estos días, sigo siendo embajador, pero un embajador en el limbo”, dice desde Washington.

Algunas de las mayores críticas de McFields van dirigidas contra la vicepresidenta Rosario Murillo de quien asegura que dirige la política exterior del país sin tener una mínima idea de diplomacia, con una estrategia basada en la obediencia absoluta de parte de diplomáticos y funcionarios. “De acuerdo a la estructura del Gobierno, la cartera diplomática la maneja una persona: la primera dama. Una diplomacia sin alma ni cerebro”, acota.

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A pesar de su futuro incierto, el embajador afirma que no se arrepiente de lo que hizo este miércoles, cuando escribió líneas en la historia de la diplomacia de la OEA, siempre tan anodina. Espera que su decisión cale hondo en los funcionarios del Estado, que aceptan la humillación de seguir trabajando para un régimen que los manipula. “Tengo esperanzas en los funcionarios públicos, civiles y militares, porque los he oído hablar. Hablan en voz baja. Incluso hablan funcionarios del más alto nivel político, civil y militar, pero cuando se tratan de declaraciones oficiales callan. Callan porque tienen miedo. En los últimos meses varios funcionarios públicos se están yendo, pero se van calladitos por el mismo miedo. Ahora mi futuro es incierto, pero me siento libre. Siento que me quité un yunque de mi alma”.

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“Soy un hombre y ya he tomado la decisión. Te prometo que volveré”. Así se despidió Roman Lifatov de su madre, Natalia Bialetska, el pasado sábado en Getafe. Ella lloraba, mientras él le daba unos calmantes. Después del adiós repentino de su madre y sus dos hermanas menores, Roman se marchó a Strii, su ciudad natal, en el oeste de Ucrania, con un grupo de desconocidos en una furgoneta: se marchaba a la guerra, a pesar de que a sus 23 años jamás había empuñado un arma. Las súplicas de Natalia fueron inútiles. Apenas pudo obligarle a aceptar el dinero para un abrigo que resista las temperaturas bajo cero, y la estampa de una virgen con una oración que ella llevaba siempre en sus viajes.

Desde el lunes, Román está a las órdenes del Ejército ucranio para luchar contra la invasión rusa. En su última conversación, le ha contado a su madre que ha tenido que patrullar las calles de Strii (unos 60.000 habitantes) sin protección. “Me ha dicho que ya no quedan armas, ni municiones”, relata Natalia con un temblor en la voz, mientras espera su próxima llamada. “Cuando ahora suena mi teléfono, ¿sabes el miedo que tengo de cogerlo?”, murmura la mujer, de 41 años, mientras aprieta los puños en el salón de su casa de Getafe.

Natalia Bialetska emigró a España hace cinco años —sus hijos llegaron después— y trabaja como empleada doméstica, aunque desde el inicio de la invasión rusa de su país duerme muy poco y solo con ayuda de fármacos. Sin Roman, ella y su hija Inna, de 21 años, con la que comparte oficio, llevan solas la carga del hogar —la mujer prefiere no hablar de su exmarido—. Mientras, su hija Ana, de 14 años, intenta seguir estudiando tras la partida de su hermano, que no tiene fecha de regreso.

Para Natalia, la guerra se ha adueñado de sus vidas de sopetón. “Me enteré por una de mis hermanas. El miércoles pasado [por el 23 de febrero] me fui a dormir y a las cinco de la mañana me escribió: ‘Estamos en guerra. Me voy del país”, señala. Sus dos hermanas, Irina y Lesya, han huido a Cracovia (Polonia). Irina escapó con su hija Yana de siete años, mientras que su marido, que es militar, ya está en el frente. Desde ese día, las noticias, las redes sociales y las conversaciones con su familia y conocidos se han convertido en un calvario para Natalia. Teme por su padre, que se ha quedado en Strii ayudando a las personas que huyen hacia el oeste desde otras regiones de Ucrania. Y también por Irina, que ha pensado en volver sola a la guerra.

Mientras ella y sus dos hijas se sumían en el horror de los ataques rusos al iniciarse la ofensiva la semana pasada, Roman se refugiaba en el silencio con la mirada perdida. “Mi hijo estaba muy raro y presentí lo que iba a hacer. Traté de evitarlo, pero no logré convencerlo”, destaca marcada por el dolor, mientras recuerda los últimos días que compartieron juntos.

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A Roman lo describe como un joven responsable, que cuidaba de ella y de sus hermanas menores, de quienes se había encargado durante su camino a España, un año después de la llegada de Bialetska al país en 2017. Aunque la mujer es economista, las condiciones laborales en Ucrania la obligaron a marcharse. “Ganaba entre 30 y 50 euros como contable. Necesitaba mucho más para hacerme cargo de mis hijos”, cuenta.

Después de mucho trabajo, pudo traer a sus hijos a España. Al ser el hermano mayor, Roman se convirtió en su mayor apoyo. “Él siempre busca ayudar. Es un chico muy alegre, que atrae a las personas. Y no lo digo porque sea su madre”, señala entre risas, mientras apunta a la foto de su hijo. “Esto fue en la celebración de su cumpleaños”. En el retrato, Roman luce contento en un parque de Getafe. El joven trabajaba en la construcción, y en cuatro años se había hecho con un amplio círculo de amigos, una novia, y planes de futuro en Madrid. Sin embargo, sintió que debía defender su patria, al igual que miles de connacionales que, como él, han optado por volver y enfrentarse a la guerra.

A pesar del dolor y la incertidumbre por la seguridad de Roman, su madre se siente orgullosa de quienes defienden su tierra. “Mi país nunca ha estado tan unido como ahora. Ya hemos ganado, porque hemos demostrado de qué estamos hechos”, destaca con firmeza.

La mujer evita hablar sobre el bando enemigo, ante el asomo de la ira que marca su tono y el ademán de sus manos. “No puedo pronunciar su nombre, pero ya sé cómo se llama el diablo”, afirma de forma tajante, en referencia indirecta al presidente ruso, Vladímir Putin. Está convencida de que en Rusia los ciudadanos de a pie tampoco quieren la guerra. En su opinión, los ataques obedecen al capricho “de un terrorista”. “No sabía que iba a tener tanta rabia. Ni que iba a rezar tanto”, confiesa. A pesar del sentimiento de solidaridad con su patria, quiere ver a su hijo fuera de la guerra. “Hoy le he vuelto a pedir que vuelva. Me ha dicho que basta y que no llore, que recuerde su promesa. Ya me ha apagado el móvil”.

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Hace un mes, Lev Tiskin jugaba a videojuegos online y salía casi todos los fines de semana con sus amigos a tomar algo. Acababa de empezar el primer curso en la universidad, en la escuela de negocios, y soñaba con las vacaciones de primavera en algún sitio caliente y con playa. Hoy, el joven menudo de ojos azul grisáceo lleva un petate al hombro con unas cuantas mudas de ropa y espera entre decenas de personas en un edificio de la Administración de Dnipró para recibir instrucciones, quizá un arma y salir hacia el destino que le asignen para defender la ciudad. “Tengo que ayudar a proteger mi país de los terroristas rusos”, dice.

A medida que Rusia agudiza su ofensiva contra Ucrania y eleva su amenaza al poner en alerta sus armas nucleares, miles de voluntarios en todo el país se han arremangado y se han unido a brigadas de defensa territorial, batallones de voluntarios o grupos de protección. Se preparan para la guerra total. Las tropas envidadas por Vladímir Putin, que han invadido por tres flancos —norte, este y sur— y que atacan por tierra mar y aire, han encontrado ya resistencia no solo en el Ejército ucranio, que trata de contener su avance, sino también por parte de grupos de civiles que, con o sin armas, intentan blindar sus ciudades y pueblos y repeler el ataque de tropas que doblan en número y potencia a las ucranias. En cuatro días de guerra, Moscú aún no ha tomado ninguna ciudad importante; aunque sí asedia Kiev y Járkov.

En Dnipró, de casi un millón de habitantes, donde casi todas las entradas de la ciudad están vigiladas por soldados armados, los voluntarios despliegan trampas para tanques y sacos de arena. Las tropas rusas no han llegado a la ciudad del centroeste de Ucrania, de mayoría rusoparlante y con una importante comunidad judía. Aunque este domingo han sonado con fuerza las alarmas de ataques antiaéreos. También junto al parque de la Amistad de los Pueblos, donde Tiskin y sus amigos esperan.

La alarma atrona por encima de las voces con una indicación clara: “Corred, a cubierto”. Y una riada de gente se precipita y se agacha contra las paredes de un edificio cercano o se acurruca al suelo. Los puntos de reclutamiento son objetivos clave. Si antes Tiskin, de 18 años, decía que tenía “un poco de miedo” ahora reconoce que está asustado. “A mis padres no les ha gustado nada. Trataron de pararme, pero he venido igual. Tengo que hacer algo. Si no, dentro de unos días puede que ya no quede Ucrania”, dice.

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Olga, vestida con un pantalón de chándal gris y un plumas azul, acaba de recibir un fusil. “Siempre he sido pacifista, pero esto se trata de proteger a los míos”, dice. Tiene 33 años y un hijo de nueve. Es economista y trabaja en una gestoría. Cuando Rusia concentró a decenas de miles de tropas a lo largo de las fronteras ucranias y empezaron a formarse los grupos de defensa territorial, gestionados por el Ministerio de Defensa, se alistó. Más por protección, por seguridad, para aprender a hacer torniquetes y primeros auxilios. “Pensé que al final no sería necesario, pero esto no es ningún simulacro”, cuenta. Asegura que si tiene que usarlo lo hará sin titubear: “Es una pesadilla. Putin va a por nosotros. Y luego irá a por Europa”.

De izquierda a derecha: Danil, Danil, Lev y Sascha, de 18 años, que se han alistado en las fuerzas de Defensa Territorial y este domingo aguaraban en Dnipró para desplegarse.
De izquierda a derecha: Danil, Danil, Lev y Sascha, de 18 años, que se han alistado en las fuerzas de Defensa Territorial y este domingo aguaraban en Dnipró para desplegarse.M. S. R.

Ahora, Olga espera a un coche que la lleve a defender un objetivo que no puede revelar. Las Brigadas de Defensa Territorial, que el Ministerio definió como una “fuerza de resistencia” y elemento disuasorio, protegen infraestructuras básicas, como puentes, carreteras, túneles. A la economista le gusta ese concepto de resistencia. Asegura que todos en su entorno están listos para contribuir a la defensa. “Putin es un idiota. Esto nos ha unido más, si cabe. Ucrania superará esta prueba y saldrá más fuerte y con honor”, dice.

Tutoriales en internet para preparar un ‘cóctel molotov’

Cuando el presidente ruso anunció la “operación militar en el Donbás” para “desnazificar” Ucrania —un ataque que en realidad se ha convertido en una guerra abierta en todo el país— el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, llamó a la población a la calma y a resistir. Tras un día de ataques a infraestructuras estratégicas y de asedio a ciudades clave como Kiev, la capital, o Járkov, Zelenski llamó a la población civil a ayudar en la defensa con todo lo que esté en su mano. Como los cócteles molotov que están preparando decenas de personas en una plaza de Dnipró, donde una marea de gente se organiza para cortar tiras de poliestireno, preparar botellines de cerveza, llenarlos con líquido inflamable para crear una bomba casera, empacar cajas, organizar los suministros y preparar los coches de los voluntarios que reparen los explosivos domésticos.

Natalia Valerióvna prepara cocteles moloto, este domingo en Dnipró.
Natalia Valerióvna prepara cocteles moloto, este domingo en Dnipró.M. R. S.

Natalia Valerievna aprendió hace dos días a hacer un cóctel molotov con las instrucciones que encontró en internet. Pero ahora, en Ucrania, varios medios e incluso la radio dan instrucciones a civiles para preparar el explosivo. Natalia (que prefiere dar su patronímico y no su apellido) dice que no ha pensado —y prefiere no pensar— en la posibilidad de tener que usarlo. Significaría el asedio a Dnipró, en la ribera del río Dniéper, la llegada de las tropas rusas y la salida de los saboteadores que, según el Gobierno, se han infiltrado en ciudades de todo el país listos para actuar en cualquier momento. “Yo contribuyo más con tareas de organización”, dice la ingeniera, de 37 años, “pero estoy preparada para luchar por mi vida. Y si eso quiere decir tirarle un explosivo a un tanque o a alguien, lo haría”.

En 2014, cuando Rusia invadió Crimea y se la anexionó con un referéndum ilegal y estalló la guerra del Donbás contra los separatistas prorrusos apoyados por Moscú, Kiev ya recurrió a batallones de voluntarios para tratar de paliar las carencias de su desorganizado y mal equipado Ejército. Entonces, grupos paramilitares —algunos con claras raíces de extrema derecha e ideología neonazi, que tan bien pesca en territorios en conflicto— acudieron a combatir en el este.

Esta vez es diferente. La mayoría de esos grupos han pasado a formar una unidad dentro del Ejército y la movilización que se vive estos días en Dnipró y la mayoría de ciudades ucranias tiene más el color de una resistencia civil en todas las estructuras: desde voluntarios para llevar comida a los soldados, donar sangre para los heridos, prepara material para las barricadas, velar por el toque de queda, organizar batallones de vigilancia cibernética o salir a las calles en las brigadas de defensa.

En el batallón de Alexander Klasko ya no queda hueco. Han ocupado todos los puestos y están rechazando gente, cuenta este conductor, de 57 años. Veterano de la guerra de Afganistán, combatió en Kabul y Kandahar en 1982. Con un fusil al hombro explica que se alistó justo después de que Putin iniciara la invasión porque su experiencia militar puede ser útil. “La guerra es la guerra, qué puedo decir, pero esta es nuestra casa y no podemos dejar entrar a nadie sin permiso”.

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madre Argentina drogas
Su historia, es como la de muchas madres en Argentina, varias de ellas que tuvieron que enterrar a sus hijos con el envenenamiento registrado en Buenos Aires. Fotos: TN/ América Tv

La tragedia de esta madre, es la de muchos hogares es algún familiar que consume droga y se convierte en un problema de salud, de vida; la llamada ‘droga envenenada’ que mató a varias personas y dejó intoxicadas a más de 60 reveló la profunda crisis en varios barrios de Argentina.

Noticias Internacionales.

En Argentina el caso de la llamada ‘droga envenenada’ que mató a 24 personas y dejó intoxicadas a más de 60, varias de ellas aún hospitalizadas por los daños neurológicos que ocasionó el consumo de la cocaína que había sido adulterada, puso en alerta al país por este flagelo, Analía una madre que lidia con las consecuencias de la drogadicción de su hijo, contó su historia.

La semana pasada autoridades de ese país, en el sur del continente, informaron que se logró realizar el análisis para establecer con qué había sido envenenado el ilícito.

Indicando que contenía un sustancia conocida como carfentanilo: «un opiode extremadamente fuerte. Sus efectos son 10.000 veces más fuertes, o más, que la heroína o el fentanilo, por lo tanto su uso es totalmente controlado y exclusivamente veterinario», precisaron.

La adicción y la tragedia en los hogares

Este caso de intoxicación masiva prendió alarmas en Argentina, ocurrió en barrios y reveló el grave problema de adicción que enfrentan miles de hogares.

La mayoría de los muertos eran hombres, entre los 23 y 35 años de edad, y muchos llevaban años consumiendo cocaína.

Hogares donde se gastan todos sus recursos en tratamientos, atención de emergencias con quienes son adictos a las drogas.

Analía por ejemplo, tiene un hijo de 29 años edad y consume desde sus 13, «yo creo que como desde los 15 consume cocaína».

Lo llevó a rehabilitación, pero cuando volvió a la calle todo empeoró.

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Todo lo cierra con candado para evitar que le robe sus cosas.

Mantiene su casa llena de candados cerrando todo, porque su hijo cada vez que sale de las costosas rehabilitaciones que le paga, «sale peor» y la ha robado a ella, y a su abuela.

Desde tenedores hasta ropa se ha robado, «no podés dejar ropa colgada».

«Buscás ayudas y no encontrás quién te de una mano», contó la madre en Todo Noticias.

«No tengo vida, la perdí. No tengo cumpleaños, navidades, años nuevos», lamentó.

En 2009 lo internó en un centro de ayuda por primera vez, de ahí salió y recayó y así ha sido el ciclo. Hoy él tiene 29 años de edad, «y perdió todo, no tuvo escuela porque no retenía nada. No hizo nada en su vida». 

Su historia, es como la de muchas madres en Argentina, varias de ellas que tuvieron que enterrar a sus hijos con el envenenamiento registrado en Buenos Aires.

Un informe reveló que en Argentina, el consumo de drogas, tiene en primer lugar el paco (93%), uno de los más dañinos.

También éxtasis (89%), cocaína (89%), inhalables (87%) y alucinógenos (85%).

El Observatorio Argentino de Drogas, actualiza de manera permanente las cifras y los factores, con los que ha podido establecer como un problema de salud pública que se complicó con la pandemia.



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Cristian López, jugador del América de Cali.

El exdelantero del cuadro escarlata pide ayuda.

Noticias Colombia.

Christian Alberto López Narváez, exjugador del América de Cali, se encuentra atravesando una difícil situación relacionada con un tema que afecta su salud.

El exatacante de ‘La Mechita’, 38 años de edad, realizó un video para darle a conocer a los hinchas del fútbol y a sus colegas, que necesita realizarse con urgencia una operación en su columna.

Cristian López, exjugador del América de Cali

Visiblemente afectado, con un cuello ortopédico y en una cama hospitalaria, el deportista pidió ayuda para poder pagar esta cirugía ya que no cuenta con el dinero.

Vea: Policía en Cali capturó a un hombre, un exjugador del América: «Estaba armado y se le iba a enfrentar a los uniformados»
Cristian López, exdelantero del América de Cali.

«Lo que les quería comentar es que estaba con una molestia de espalda desde hace un mes. Estaba con tratamientos. Ahora, cuando fui al doctor, me dice que de la cervical tengo tres partes dañadas, y de verdad, de verdad, tengo que operarme», expresó el futbolista que pasó por la liga Peruana y por el Deportivo Pereira.

Según expresó, la operación es de suma urgencia.

«Creé este grupo, con toda la pena y la vergüenza que tengo; me han pedido una cantidad de plata con la que no cuento. Quisiera pedirles de corazón, si puedo contar, los que puedan, sé que la situación está dura», agregó el exdelantero.

En el siguiente video se aprecian sus declaraciones:

Hasta el momento, ni las directivas del América de Cali, ni las del Deportivo Pereira se han pronunciado sobre sste video que publicó uno de sus exjugadores.

Algunos futbolistas y exfutbolistas al parecer están haciendo una colecta para recaudar dinero con el fin de apoyar esta causa.

Foto de portada: Captura de video

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«Tulio se lo tenía bien guardado»: Iago Falque, el fichaje europeo ‘bomba’ del América de Cali





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Álvaro Lemmon, ‘El Hombre Caimán’.

El empresario Christian Daes le envió un recado al humorista.

Noticias Colombia.

‘El Hombre Caimán’ es tendencia en redes sociales por cuenta de un video en donde se le ve en un semáforo de una de las calles de Santa Marta, vendiendo mochilas.

Lemmon, reconocido humorista que pasó por ‘Sábados Felices’, ha expresado en varias oportunidades que luego de su salida del programa de humor del Canal Caracol, ha pasado algunas necesidades económicas.

Hoy, al parecer por la aparente mala situación económica que vive, le ha tocado recurrir a la venat informal.

Un influencer de la ciudad de la capital del Magdalena no podía creer que una persona tan famosa, estuviera vendiendo mochilas en la calle, aunque ningún trabajo es deshonra.

Lemmon, inclusive le comenta al joven que no había desayunado y él lo invitó.

El comediante de 75 años, posteó una foto de este video con el siguiente mensaje: «Paso de la fama a vender mochilas».

Vea: Álvaro Lemmon «El Hombre Caimán», le pide al Gobierno ayuda para su pueblo Plato, Magdalena

Tras la viralización del video, el empresario barranquillero Christian Daes se ofreció a ayudar económicamente al nacido en Plato, Magdalena.

A través de sus redes sociales, el CEO de Tecnoglas, le envió un recado al exhumorista de ‘Sábados Felices’.

Lea: «Busco empleo en otro canal»: ‘El hombre caiman’ salió de Sábados Felices

«El Hombre Caimán que se comunique con Cristina Posada en nuestra Fundación Tecnoglass. Cristina Posada una gloria nunca puede terminar sin el amor que se merece»

Foto de portada: @elhombrecaiman

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En una bolsita impermeable, Mariya Yutsenko ha preparado sus documentos más importantes y los de su hija, de siete años. Pasaportes, algo de dinero en efectivo en euros y grivnas (moneda ucrania), un listado de teléfonos y direcciones clave. “No es pánico, es previsión. Sobre todo por mi niña”, recalca. Empezó a pensar en un “plan de acción” en diciembre, cuando aumentó el eco de alertas sobre otra posible invasión rusa a Ucrania. Ingeniera informática de 33 años, Yutsenko se encoge de hombros y se define como “una mujer práctica”. “Ya tengo un refugio mirado por si llega la guerra”, explica. Se trata de un sótano habilitado como albergue de protección en su barrio, un vecindario de bloques de apartamentos cerca de la autopista, al oeste de Kiev. La batalla con los separatistas prorrusos apoyados por el Kremlin en la región del Donbás pilla lejos de la vibrante capital ucrania, pero asegura que se ha acostumbrado a vivir en un país en conflicto. “Dudo que vayamos a volver a una guerra caliente, pero debemos ser responsables y estar preparados”, matiza.

La constante exhibición de músculo militar de Rusia, su dialéctica contra Kiev y la OTAN y el rosario de amenazas de acción si la Alianza Atlántica no firma una garantía de no expansión hacia el Este han creado una mayúscula crisis de seguridad en Europa. La inteligencia ucrania y estadounidense advierten de que el presidente ruso, Vladímir Putin, que ha concentrado más de 100.000 militares en las fronteras con Ucrania y ha desplegado tropas en maniobras diversas —desde Bielorrusia al mar Negro—, podría lanzar otro ataque contra su vecino del oeste. La agresión, ha dicho esta semana EE UU, podría ser en cualquier momento.

La eléctrica situación, pero también el hecho de que Moscú y Washington —a quien el Kremlin ha elegido como interlocutor dejando de lado a la Unión Europea— hayan reducido un poco la retórica de confrontación estos días y acordado mantener el camino diplomático para tratar de enfriar la crisis, deja abiertos distintos escenarios en el posible teatro de operaciones de Putin en Ucrania. Los expertos militares y analistas políticos barajan desde una incursión en el Donbás para formalizar la anexión de las dos regiones ucranias controladas por los separatistas prorrusos a los que apoya desde el inicio de la guerra, hace ocho años, a ataques cibernéticos a gran escala y otros mecanismos para sembrar el caos y desestabilizar el Gobierno de la antigua república soviética, clave geoestratégicamente para la UE. O incluso la invasión desde Bielorrusia, o una intervención desde Crimea y el Donbás para crear un corredor desde este territorio a la península ucrania, que Moscú se anexionó en 2014 con un referéndum considerado ilegal por la comunidad internacional y donde también tiene tropas.

Algunos creen que Putin está a la espera y aún no ha apostado por un plan. Pero aunque lo haya hecho, dice María Avdeeva, directora de investigación de la Asociación Europea de Expertos, la incógnita y el clima de tensión actual también le favorecen. “Es su práctica estándar, prefiere dejar abiertas diferentes posibilidades y mantener a otros adivinando cuál será su decisión”, opina Avdeeva. Lo cierto, coinciden los especialistas y observadores del Kremlin, es que el presidente ruso tiene varias manos de cartas. Y también que podría combinarlas.

El veterano experto ruso en temas militares Mijaíl Jodorénok cree que una invasión armada a Ucrania es “muy poco probable”. “Es posible que el Kremlin esté utilizando la situación actual y las movilizaciones como mecanismo de negociación, pero lo cierto es que la fuerte reacción de Occidente y su posición extremadamente consolidada por primera vez en varias décadas superó todas sus expectativas”, opina. Si se revisa la situación con “realismo político-militar”, dice, se ve que Rusia no obtendría excesivas ganancias de una guerra abierta y sí grandes pérdidas, añade. “Por ahora, da la impresión de que el liderazgo ruso solo tiene una opción, retirarse —excepto de las áreas cercanas al Donbás—, salvar la cara y difundir que ‘las maniobras militares se completaron con éxito”, baraja.

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Rusia presentó en diciembre a la OTAN y a Washington una propuesta de acuerdo vinculante en la que exige que la Alianza Atlántica frene su expansión hacia el Este, retire su invitación de membresía a Ucrania y a Georgia (antiguas repúblicas soviéticas y que Moscú considera parte de su esfera de influencia) y paralice toda actividad militar en los países bálticos o Polonia —donde no tiene bases, pero sí batallones plurinacionales—, que hace décadas estuvieron en la misma página que Rusia como parte de la URSS o el pacto de Varsovia. Demandas que la OTAN (alianza de la que es miembro España) y EE UU ya han definido como “líneas rojas” que chocan con el “derecho soberano” de posibles futuros socios.

Un militar ucranio patrulla una calle próxima al frente en Verjnotoretske, el sábado.
Un militar ucranio patrulla una calle próxima al frente en Verjnotoretske, el sábado.Andriy Andriyenko (AP)

Pero mientras recorre la frágil senda diplomática, Rusia sigue concentrando tropas, recuerda el veterano analista Volodímir Fesenko en Kiev. El servicio de espionaje ucranio estima que Moscú tiene a casi 130.000 soldados desplegados a distancia de ataque, entre los colocados en sus fronteras occidentales y la preparación de maniobras en Bielorrusia. “Con su dialéctica y la escalada militar, Moscú presenta un ultimátum muy agresivo”, afirma. Uno de los escenarios más plausibles es el de “operaciones locales contra Ucrania, por ejemplo, la intervención abierta en el Donbás “, cree el experto. Fuentes de la inteligencia de Kiev y Washington han alertado estos días de que Rusia prepara una “operación de falsa bandera” que implicaría “provocaciones” para calentar el conflicto. La última guerra de Europa, que bulle pero a combustión lenta en el este de Ucrania, se ha cobrado unas 14.000 vidas, según la ONU, y está lejos de solucionarse.

Esas “provocaciones” podrían darle al Kremlin la “excusa”, apunta María Avdeeva, para intervenir con el fin de “proteger” a los ciudadanos de la región, mayoritariamente de habla rusa y entre los que ha repartido alrededor de un millón de pasaportes en los últimos años. Una pauta parecida a la que empleó en 2008 en Georgia, en la guerra de cuatro días con Tbilisi, que terminó con tropas rusas en las regiones separatistas de Osetia del Sur y Abjasia. Esta semana, además, diputados comunistas presentaron una propuesta en el Parlamento ruso (la Duma) para reconocer como Estados las autoproclamadas “repúblicas populares” de Donetsk y Lugansk. “Putin necesita mostrar algo a su propia población”, señala la investigadora Avdeeva. “La cantidad de desinformación y mensajes manipuladores que ahora circulan por los medios controlados por el Kremlin nos indica que la situación es extremadamente grave y que la amenaza es real. La campaña de desinformación rusa crea las bases para una posible invasión militar incluso a gran escala”, dice Avdeeva, que habla de un escenario de ciberataques, pero más graves que los sufridos por Ucrania la semana pasada.

El viernes, el espionaje militar ucranio aseguró también que Moscú está enviando mercenarios, armamento pesado y toneladas de combustible a Donetsk y Lugansk. Soldados sin identificar y contratistas de defensa: una jugada clave del libro de estrategias del Kremlin, que ya usó para invadir la península de Crimea (los llamados hombres verdes) y en las fases iniciales del conflicto del Donbás, en Siria y Libia.

“La gente está preparada”

Valeriy Brahinets no tiene ningún plan de contingencia especial. “Viniendo de Rusia nadie puede estar seguro de nada. Psicológicamente, no es fácil para nadie, pero la gente está preparada”, dice este empresario de 57 años. “Mi plan es defender mi país, no pienso marcharme. Me quedaría a proteger la ciudad”, dice en Kiev, donde pequeños copos de nieve van coloreando de blanco el centro de la ciudad y en el puente sobre el río Dnieper, donde varios cientos de personas celebran con banderas amarillas y azules el día de la Unidad de Ucrania. Brahinets es parte de ese 58% de ucranios que está dispuesto a empuñar las armas, según una reciente encuesta. Cuenta que varios de sus conocidos se han apuntado ya a las llamadas Brigadas de Defensa Territorial, grupos de voluntarios civiles que reciben instrucción y entrenan los fines de semana para el combate. El Gobierno ucranio prevé establecer 150 batallones de este tipo. Un total de 130.000 personas, cada una con un arma de fuego asignada, según el Ministerio de Defensa.

Decenas de ciudadanos celebran el día de la Unidad de Ucrania, este sábado en el puente sobre el río Dnieper, en Kiev.
Decenas de ciudadanos celebran el día de la Unidad de Ucrania, este sábado en el puente sobre el río Dnieper, en Kiev.VALENTYN OGIRENKO (REUTERS)

Frente a las fuerzas deslavazadas y mal equipadas de 2014, Ucrania ha desarrollado su ejército en los últimos años, y sus tropas han recibido entrenamiento y asesoría de sus aliados de Occidente. La OTAN ha dejado claro que no mandará fuerzas al país del Este en caso de agresión rusa, pero Washington le ha aportado fondos y ha enviado material de defensa. También, en los últimos días, el Reino Unido y los países bálticos. Berlín, que ha rechazado las peticiones de armas de Kiev, enviará un hospital de campaña, dijo el sábado la ministra de Defensa, Christine Lambrecht. Pese a esto, la superioridad del Ejército ruso sigue siendo enorme.

Una invasión a gran escala o incluso una por varios flancos destinada a dividir el país sería devastadora. Desde hace años, se baraja la opción de que Moscú trate de capturar la ciudad costera de Mariupol y crear un corredor desde la anexionada Crimea hacia el Donbás, de manera que, además, se asegure el suministro de agua dulce a la península, que renquea porque el Gobierno de Kiev controla el canal de la era soviética que la suministraba. O tomar Odessa, una ciudad de un millón de habitantes con un importante puerto, y trabajar para aislar a Ucrania del mar, explican los analistas.

En pleno pico de tensión, el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, ha instado esta semana a mantener la calma. “Respiremos hondo. No corran a por trigo sarraceno y fósforos. Mantengan la cabeza tranquila”, dijo en un mensaje al país en sus redes sociales. Sin embargo, poco después, el líder ucranio habló de la posibilidad de que Rusia invada la ciudad de Jarkiv. “De manera realista, diré que si Rusia decide aumentar su escalada lo hará en territorios donde históricamente hay personas que solían tener vínculos con Rusia. Jarkiv, que está bajo control del Gobierno de Ucrania, podría ser ocupada”, dijo en una entrevista al Washington Post. “Rusia exporta el caos de manera muy efectiva”, remarca el analista Fesenko.

En Jarkiv, a unos 40 kilómetros de Rusia, con 1,5 millones de habitantes y una de las ciudades más importantes de Ucrania, Ihor Vasilievich cuenta que la población se ha acostumbrado a vivir con un nivel de tensión tal que esta escalada no lo ha elevado. Al menos para él. “Creo que no pasará nada”, subraya este camarero de 48 años. “Las cosas se mantendrán en este complicado statu quo. Si Rusia quisiera atacar lo haría por sorpresa y no mostrando sus tropas claramente. Así que esto o es un farol o una maniobra de distracción para algo más”, sostiene por teléfono. “No hago caso a la propaganda de uno u otro lado”, remarca.

La madre de un soldado ucranio recordaba a su hijo, el viernes en un memorial del conflicto en Kiev.
La madre de un soldado ucranio recordaba a su hijo, el viernes en un memorial del conflicto en Kiev.SERGEI SUPINSKY (AFP)

Sobre la mesa de los analistas está cobrando resonancia en las últimas semanas el escenario de una invasión desde Bielorrusia. Hasta hace bien poco, Kiev no sintió amenaza alguna de su vecino del flanco norte, explicaba en una reciente entrevista el ministro de Exteriores ucranio, Dmytro Kuleba, pero con la cercanía cada vez mayor a Putin del líder autoritario bielorruso Aleksandr Lukashenko (y su dependencia de Moscú), y con la crisis migratoria orquestada por Minsk, Ucrania decidió reforzar esa frontera. Ahora, Rusia prepara cerca de esa linde maniobras conjuntas con el Ejército bielorruso en dos fases. La primera tendrá su apogeo el 4 de febrero, cuando está previsto que el presidente ruso visite Pekín; la última terminará, según el Ministerio de Defensa ruso, el 20 de febrero. Fechas que algunos analistas han definido como “reveladoras”. Moscú podría usar Bielorrusia como “plataforma” contra Ucrania, apunta el analista militar Mijaylo Samus.

El veterano ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, aseguró el viernes, tras una reunión con su homólogo estadounidense, Antony Blinken, que Rusia “no tiene planes” de atacar Ucrania. Aunque el Gobierno ruso habla de “graves consecuencias” si la OTAN no atiende a sus demandas sobre la expansión y presencia en zonas que, como Ucrania, considera dentro de su órbita. Putin ha amenazado con desplegar medidas “técnico-militares”. Ese escenario, considera el politólogo Alexéi Arbatov, de la Academia Rusa de Ciencias, se refiere a la creación y despliegue de nuevas armas y no al uso de tropas. “Podría desplegar misiles de corto alcance, o armas nucleares en Bielorrusia [que comparte fronteras también con Polonia y Lituania, miembros de la OTAN], donde se podrían transferir también misiles hipersónicos o bombarderos medianos”, apunta Arbatov.

Lukasheko, que se mantiene en el poder con puño de hierro desde hace décadas y que durante un tiempo jugó la baza de ser el amortiguador entre Rusia y Occidente, ha programado para finales de febrero un referéndum constitucional que entre sus enmiendas elimina la “neutralidad” del país y su “estatuto no nuclear”. El líder autoritario se ofreció, recuerda Arbatov, a albergar las armas nucleares de Rusia si la OTAN coloca las suyas en Europa del Este.

A Khrystyna Bubniuk las informaciones sobre la escalada la estresan. “Tanta contradicción… Trato de vivir mi vida normal, planear vacaciones en primavera, pensar en el verano”, cuenta la periodista de 22 años. Su madre, que vive en el oeste del país, le ha pedido que si la cosa se calienta se vaya con ella inmediatamente desde Kiev: “No tengo un plan especial. Si pasa algo seguiré trabajando y tratando de hacer lo mejor para Ucrania. Es increíble que estemos hablando de esto en el siglo XXI”.

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