Defense lawyers for a British national facing trial later this month for helping the Islamic State group torture and behead American hostages are seeking to block testimony from a Kurdish girl held as a slave by the group.
The girl, identified only as Jane Doe in court documents, was abducted at age 15 from Kurdistan in August 2014 and held by the Islamic State. She spent several weeks in captivity with American Kayla Mueller, whose death at the hands of the Islamic State will be a key issue at trial.
The defendant, El Shafee Elsheikh, is charged with playing a key role in Mueller’s abduction, ransom and eventual death, along with three other Americans: journalists James Foley and Steven Sotloff and aid worker Peter Kassig.
In court papers filed late Tuesday, Elsheikh’s lawyers say Jane Doe was told after her abduction to forget about her family because she would be “selected for marriage” by an ISIS fighter.
Doe escaped, but she was caught the next morning and beaten with sticks, belts and hoses. It was then that she was taken to a prison, where Mueller was also held, according to the defense memo.
After a month, Doe, Mueller and two other girls were taken into captivity by a senior ISIS leader named Abu Sayyaf, where they were locked in a bedroom other than when they were cleaning or gardening.
Doe escaped the home in October 2014 and made her way back into Kurdish custody. Information she provided helped U.S. fighters launch a raid in May 2015 that killed Abu Sayyaf and other ISIS fighters, according to the memo.
Mueller, who was killed in February 2015, was raped by the Islamic State’s leader, Abu Bakr al-Baghdadi, during her time in captivity, according to the indictment.
Inside the house, U.S. fighters recovered ISIS documents justifying slavery and guidelines for how it should be implemented.
Elsheikh’s lawyers are seeking to keep the slavery documents from being introduced at trial, and want to severely limit Doe’s testimony, restricting it only to her time in captivity with Mueller.
The evidence “is unduly inflammatory and would only cause undue prejudice against Mr. Elsheikh, confuse the issues, and mislead the jury by imputing the actions of others to Mr. Elsheikh,” defense lawyers Nina Ginsberg, Edward MacMahon and Jessica Carmichael wrote.
While Doe’s testimony may not be central to the case against Elsheikh, it provides a glimpse into some of the emotionally powerful evidence jurors will confront if the case indeed goes to trial at the end of the month.
Elsheikh is one of four British nationals who joined the Islamic State, dubbed “the Beatles” by their captives because of their accents. Elsheikh and a co-defendant, Alexenda Kotey, were captured in Syria in 2018 and brought to Virginia in 2020 to stand trial in federal court.
Kotey pleaded guilty last year and is awaiting sentencing. A third Beatle, Mohammed Emwazi, also known as “Jihadi John,” was killed in a 2015 drone strike. The fourth member was sentenced to prison in Turkey.
Federal prosecutors will respond to the defense memo about Jane Doe at a later date. So far, though, prosecutors have been successful in turning aside defense efforts to restrict evidence at trial. The presiding judge, T.S. Ellis III, ruled earlier this year that prosecutors can use incriminating statements Elsheikh made in interrogations and in media interviews. Defense lawyers argued unsuccessfully that the statements were coerced.
As for the slavery documents, defense lawyers argue that it would be unfair to ascribe them to Elsheikh because he did not write them. But in a 2018 interview with journalist Jenan Moussa after he was captured, Elsheikh said slavery was justified under Islamic law.
“Islamic texts have spoken about slavery and rights of a slave. There is a whole jurisprudence about slavery and the rights of slaves and the rights of slave owners,” he said in an interview.
El yihadismo del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) que dominó con brutalidad medieval un amplio territorio a caballo entre Irak y Siria es apenas una sombra. El monstruo amplificado por la difusión de vídeos de decapitaciones masivas y que alentaba el terrorismo global ha vuelto a quedar descabezado. Lo que queda de las milicias del califato proclamado por Abubaker al Bagdadi en junio 2014 vaga por la desértica frontera sirio-iraquí, donde perpetra atentados y tiende esporádicas emboscadas, tras su derrota aplastante en marzo de 2019. El fundador del ISIS se hizo estallar en pedazos en su refugio de Idlib (noreste de Siria) siete meses después para no ser capturado por tropas de Estados Unidos. Su sucesor, Abu Ibrahim al Hachemí al Quraishi, corrió la misma suerte este jueves en otro escondite cercano y la explosión mató a parte de su familia.
A pesar de haber sido descabezado dos veces en poco más de dos años, el ISIS sigue siendo una amenaza viva, como acaba de demostrar la semana pasada en el sangriento asalto a la prisión de Hasaka (noreste sirio). Y aún extiende sus tentáculos por Oriente Próximo, el Magreb o el Sahel. “El Estado Islámico es más una idea que una realidad física. Es una ideología que no depende de un líder carismático”, advierte el profesor estadounidense Joshua Landis, especialista en el conflicto sirio. “La muerte de Al Quraishi le ha hecho retroceder, al igual que ocurrió con Al Bagdadi, pero no le resultará difícil nombrar otro líder con bastante rapidez”, asegura en un intercambio de mensajes Landis, director del Centro de Estudios de Oriente Medio de la Universidad de Oklahoma. “Y del mismo modo que ya no tiene califato, tampoco necesita un califa”, añade.
El ISIS está lejos de estar muerto. Su capacidad como grupo insurgente había ido creciendo estos meses con ataques a las tropas en Irak, donde los yihadistas mataron en enero a una decena de militares y degollaron a un policía ante una cámara. En Siria se han enfrentado a las milicias de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), controladas por los kurdos, y al Ejército leal al presidente Bachar el Asad. También han matado a líderes tribales suníes aliados de las FDS y EE UU.
“La señal de alarma fue el asalto a la cárcel de Hasaka”, coincide a través de Twitter el investigador Charles Lister, director de los programas sobre Siria y Extremismo del Instituto de Oriente Medio, con sede en Washington. “La muerte del líder del ISIS ha sido un logro significativo, pero en última instancia, el grupo mantiene las mismas capacidades insurgentes que han sido motivo de preocupación (en Hasaka)”, precisa.
La ofensiva a gran escala lanzada durante más de una semana por unos 300 miembros del Estado Islámico a la prisión, con el objetivo de excarcelar a 3.500 excombatientes yihadistas, fue definitivamente aplastada el pasado fin de semana tras una prolongada batalla campal a sangre y fuego. Las milicias kurdas de las FDS, que controlan el penal, contaron con el apoyo de la aviación y fuerzas especiales de Estados Unidos para sofocar la mayor acción armada del ISIS desde su derrota, hace casi tres años.
Más de 300 yihadistas, entre atacantes y reclusos amotinados, perdieron la vida, y unos 120 milicianos kurdos cayeron en los enfrentamientos, en los que dos centenares de reclusos se dieron a la fuga. Hasta 45.000 civiles tuvieron que abandonar sus casas, según datos recabados por Naciones Unidas. Unicef, la agencia de la ONU para la infancia y la juventud, había contabilizado al menos 700 presos con edades comprendidas entre los 10 y los 17 años, los denominados “cachorros del califato”, nacidos en el seno de familias de yihadistas.
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“La operación llamó la atención por su amplitud y coordinación”, reconoce Landis. “Estaba diseñada para apartar a las tribus árabes suníes de los líderes kurdos, a quienes el ISIS acusa de mantener a los prisioneros en condiciones inhumanas, sin ningún proceso judicial ni esperanza de puesta en libertad”. Considera que la grave crisis económica en Siria está alimentando el resurgir del ISIS en medio del descontento árabe por el desempleo y el desabastecimiento
Cuando el califato cayó en 2019 en la población de Baguz, a orillas del Éufrates, la ONU calculó que el Estado Islámico contaba con más de 10.000 combatientes. La coalición internacional contra el ISIS liderada por Estados Unidos situó entre 14.000 y 18.000 la cifra de yihadistas que aún seguían alzados en armas en ese grupo, de los que 3.000 eran extranjeros, ni sirios ni iraquíes. La mayoría de estos supervivientes parecía haberse reintegrado a la vida cotidiana, en células durmientes listas para activarse.
La retirada de casi todas las tropas estadounidenses de Siria ordenada bajo el mandato presidencial de Donald Trump (en la actualidad siguen sobre el terreno unos 900 militares de las fuerzas especiales de EE UU) y el recorte de la ayuda militar y económica a las milicias kurdas y a su Administración autónoma están detrás del reciente resurgir del ISIS, destacan los analistas. Siria está hoy fracturada en tres partes. Casi dos tercios bajo control del régimen de El Asad, otro tercio en manos de las fuerzas kurdas y franjas en la frontera del norte en manos de Turquía.
“La división territorial y la debilidad del Gobierno central facilitan la actividad del Estado Islámico”, sostiene Landis. Después de casi 11 años de guerra civil han surgido varias guerras paralelas en medio del vacío de poder y territorial. Turquía contra los kurdos, que cuentan con el respaldo de Washington; el Gobierno de Bagdad, apoyado por Rusia e Irán contra los yihadistas asediados en Idlib, y el ISIS contra todos. La lucha contra el Estado Islámico se ha convertido en único denominador común entre bandos enfrentados.
Alto precio pagado en el asalto a la cárcel
La muerte del último jefe de la organización no pone fin a la amenaza armada del ISIS. A la espera de su designación, el líder que le suceda seguirá presumiblemente sus pasos en las sombras, sin poder lanzar mensajes de vídeo o audio desde el púlpito de las redes sociales, en el que Al Bagdadi predicaba para sus seguidores. Romper el silencio de las comunicaciones para ordenar el asalto a la cárcel de Hasaka parece haber sido la principal causa de la caída de Al Quriashi en su escondite de Idlib. El precio pagado por el espectacular golpe de propaganda de guerra, destinado a elevar la moral de reconstrucción de sus filas, ha sido el más alto.
“Fuerzas de EE UU y de los kurdos capturaron a algunos de los principales comandantes de ISIS en Hasaka, lo que ha podido llevar a confirmar su paradero”, apunta el profesor Landis, quien se muestra sorprendido por la localización del escondite del líder del ISIS, siguiendo los pasos de su predecesor. Al Quraishi vivía a unos 200 metros de un puesto de control del grupo Hayat Tahir al Sham, heredero del Frente al Nusra, la anterior filial de Al Qaeda en Siria que controla la mayor parte del feudo rebelde de Idlib, y tan solo un kilómetro de una posición militar de Turquía.
La operación se cocinó en la Casa Blanca durante semanas. La inteligencia estadounidense tenía localizado desde diciembre al líder del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés), Abu Ibrahim al Hachemí al Quraishi, en Atmeh, en la provincia de Idlib, en el noroeste de Siria, último bastión de las tropas rebeldes. Pero no fue hasta el martes que el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, dio la orden en el Despacho Oval de lanzar la primera gran operación contraterrorista de su mandato.
La decisión llegó, según la reconstrucción publicada por The Washington Post, tras un prolongado toma y daca con sus asesores militares. Al día siguiente, Al Quraishi estaba muerto, junto con al menos 13 personas, entre ellas seis niños. Al saberse acorralado por los estadounidenses, accionó un cinturón de explosivos en el tercer piso de la polvorienta casa de hormigón en la que se escondía, lo que provocó la mayor parte de las víctimas.
Biden siguió la operación el miércoles por la noche, tras una llamada de teléfono con su homólogo francés, Emmanuel Macron, por una señal remota de vídeo desde la Situation Room (sala de control de crisis) de la Casa Blanca. En la imagen que se distribuyó una vez se dio a conocer el resultado, se le ve junto a la vicepresidenta, Kamala Harris, y a varios asesores de seguridad. La coreografía de la estampa recordaba, acaso no por casualidad, a la imagen que hace 10 años dio la vuelta al mundo cuando Estados Unidos mató a Osama bin Laden. Entonces, durante el primer mandato de Barack Obama, Biden también estaba en la foto, en calidad de vicepresidente. Los medios de Washington han descrito el ambiente en esta última ocasión como “muy tenso y callado”.
Imagen facilitada por la Casa Blanca en la que se ve a Joe Biden, en el centro, siguiendo la operación militar que acabó con el líder del ISIS. A su derecha está la vicepresidenta Kamala Harris.– (AFP)
Según la información que manejaban las autoridades estadounidenses, Al Quraishi apenas salía de la casa, cuya última planta quedó completamente destruida tras la detonación. Subía a la azotea a rezar y a darse un baño, pero la relación con el mundo exterior la mantenía a través de los correos del ISIS que transmitían sus órdenes a la organización terrorista, que controlaba desde 2019. El líder del grupo vivía junto con su familia desde hacía 11 meses en la casa de las afueras de Atmeh haciéndose pasar por un comerciante de Alepo que había huido de la guerra, como la mitad de la población de Siria.
Los informes detallaban también que Al Quraishi estaba con frecuencia rodeado de niños y que en la primera planta vivía una familia, que aparentemente ignoraba la identidad del vecino de dos pisos más arriba. Tampoco sabía nada el dueño del edificio, Musab al Sheij, quien declaro a Al Jazeera: “Nadie piensa mucho en el ISIS en esta zona”. La segunda y tercera plantas las tenía alquiladas (por 130 dólares, unos 113,50 euros) desde hacía 11 meses un conductor de camiones sirio. Vivía con su mujer, sus tres hijos, una hermana y una sobrina.
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La alta probabilidad de causar bajas civiles motivó, según el relato que ofreció Biden a la prensa cuando dio a conocer la “exitosa operación”, que se optara por una redada de las fuerzas especiales, en lugar de atacar el objetivo por el aire. “Lo hicimos así”, dijo el jueves Biden, “pese a que implicaba un riesgo mucho mayor para los nuestros”.
TheWashington Post recuerda que cuando se llevó a cabo la misión que acabó con Bin Laden, el actual presidente se situó en el bando de los escépticos. “Le preocupaban, sobre todo, las consecuencias políticas que hubieran podido derivarse de un fracaso en la misión”, escribió el secretario de Defensa de Obama, Robert Gates, en Duty: Memoirs of a Secretary at War (Knopf, 2014), recuento de sus años de servicio entre 2006 y 2011. Esta vez también había mucho en juego: tras la caótica salida de Afganistán en agosto, Biden sabe que debe andar con pies de plomo en política exterior, especialmente en esa región.
Las fuerzas especiales llegaron en la oscuridad de la noche a Atmeh. Varios helicópteros estadounidenses, uno de los cuales acabó convertido en un amasijo de metal tras sufrir una avería, aterrizaron a primera hora de la madrugada del jueves a las afueras de la localidad siria cercana a la frontera con Turquía y que acoge a decenas de miles desplazados por una guerra que en marzo cumplirá 11 años. Los enfrentamientos en la zona se prolongaron durante más de dos horas. Los soldados estadounidenses hicieron sonar las alarmas para alertar a los vecinos de su presencia, mientras una voz, amplificada por un megáfono, decía en árabe, según un testigo citado por The New York Times: “Los que se rindan se salvarán. Quienes se queden morirán”.
La familia del primer piso abandonó su apartamento. Los soldados evacuaron a 10 personas, ocho de ellas, niños, según fuentes oficiales estadounidenses. Entonces sonó la explosión. Al Quraishi había hecho estallar una gran carga explosiva. Los cuerpos de sus dos esposas, su hermana y su hija fueron hallados, al menos en parte, junto a su cadáver incompleto. Entre los seis niños que perdieron la vida en la operación había dos bebés.
El precedente de Al Bagdadi
No fue algo inesperado: contaban con el antecedente de su predecesor, Abubaker al Bagdadi, quien también detonó los explosivos que llevaba adosados al cuerpo para no dejarse detener en octubre de 2019 en la aldea de Barisha, a apenas 15 kilómetros de Atmeh. Los comandos estadounidenses irrumpieron tras la explosión en el edificio y se enfrentaron a tiros con un lugarteniente de Al Quraishi y a su esposa en el segundo piso. Mataron a ambos. Cuatro niños fueron evacuados.
El Pentágono no ha querido entrar en cifras contradictorias con el balance de víctimas hecho público por los cascos blancos sirios, socorristas que actúan sobre el terreno en territorio rebelde, que elevaron a 13 la cifra de muertos en la operación, entre ellos seis menores y cuatro mujeres. “No tenemos información exacta sobre cada persona que resultó muerta”, justificó su portavoz.
EE UU no dio cuenta, sin embargo, de que después de que las fuerzas especiales aterrizaran se enfrentaron a una intensa resistencia armada durante dos horas. El fuego de ametralladoras pesadas montadas en camionetas descubiertas les recibió en medio del caos de explosiones y tiroteos, según testigos citados por la BBC.
El portavoz del Pentágono, John Kirby, admitió que el ataque de un grupo armado “considerado hostil” que se aproximó al área de la operación fue repelido por los comandos estadounidenses, que mataron a dos de sus miembros antes de que “cesara la actividad hostil”.
Washington tampoco ha precisado de dónde partieron los helicópteros que transportaron a las fuerzas especiales. En 2019, las tropas fueron aerotransportadas desde Irak, a través de un espacio aéreo en gran parte controlado por Rusia y Siria, hasta la misma frontera de Turquía. La operación encubierta se internó en el avispero de Idlib, el último reducto rebelde en Siria, donde están atrincherados más de 30.000 insurgentes islamistas radicales.
El grupo Hayat Tahir al Sham, heredero del Frente al Nusra, anterior filial de Al Qaeda en Siria, controla la mayor parte del territorio. Está abiertamente enfrentado al ISIS, pero mantiene buenas relaciones con Turquía, que se ha desplegado militarmente en al norte de Idlib tras ocupar el cantón kurdo de Afrín.
El Estado Islámico llegó a controlar durante su apogeo un territorio del tamaño del Reino Unido a ambos lados de la frontera entre Siria e Irak. Estados Unidos y sus aliados lo desposeyeron de su último territorio en el este de Siria a principios de 2019.
El Gobierno holandés puso en marcha este jueves una operación para repatriar a cinco mujeres y a sus 11 hijos, que vivieron bajo el Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) y se encontraban en el campo bajo control kurdo de Al Roj, al noreste de Siria. Sospechosas de formar parte de una organización terrorista o bien de preparar atentados, las mujeres han sido sacadas del campamento para ser juzgadas en Países Bajos antes de que extingan los plazos de los casos en su contra. La operación ha sido llevado a cabo, pero se desconoce el paradero de los repatriados. Está previsto que ellas ingresen en la cárcel a la espera del proceso judicial. La Junta de Protección del Menor comprobará si los pequeños pueden volver con sus familiares o son instalados en hogares de acogida. Los servicios secretos (AIVD) estiman que puede haber unas 40 mujeres holandesas en Al Roj. La decisión del Gobierno holandés contrasta con la postura de otros países europeos que, como España, no han repatriado a ningún nacional desde el noreste sirio. 17 niños y tres mujeres españolas (más una de origen marroquí, pero con hijos de padre español) están alojados en los campamentos de Al Roj y Al Hol.
En una carta remitida al Congreso este jueves, los ministros de Justicia y Asuntos Exteriores han confirmado la existencia de “una operación especial de traslado, preparada con cuidado”. No han dado más detalles. Una vez en suelo holandés, las mujeres pueden ser llevadas a un centro penitenciario que cuenta con una sección para sospechosas de terrorismo. Está situado en el municipio de Zwolle, al noreste del país. Si sus familias holandesas pueden hacerse cargo de los niños, contarán con apoyo psicológico y de los servicios sociales.
El campo de Al Roj está controlado por la Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), una organización apoyada por Estados Unidos. Dirigida por la milicia kurda de las Unidades de Protección Popular (YPG, en sus siglas en kurdo) intentan que los países occidentales repatrien a los ciudadanos que se sumaron al Estado Islámico. El pasado 27 de enero, el portavoz de la autoridad kurda en el norte sirio, Abdulkarim Omar, informó de la repatriación de dos mujeres y cuatro menores de nacionalidad sueca. Alrededor de 60.000 personas, la mayoría niños y mujeres, de 60 países, viven en los campos para familiares del ISIS de Al Roj y Al Hol.
Desde 2012, cerca de unos 300 ciudadanos holandeses ―100 mujeres y 200 hombres― han viajado a zonas controladas por el ISIS. De estos, alrededor de un centenar de ellos han muerto. Unos 120 adultos siguen en Siria, Irak o Turquía, según cálculos de AIVD. En su informe de 2020, el mismo organismo indicaba que en la zona hay alrededor de 210 niños con un progenitor que tiene lazos con Países Bajos. En junio de 2020, el Tribunal Supremo falló que el Gobierno no está obligado a repatriar a mujeres y niños de yihadistas del ISIS. Los consideró “una amenaza para la seguridad”, y recordó que ellas “viajaron por voluntad propia”. Dejó, sin embargo, su futuro, en manos de los políticos. La mayoría del Parlamento prefiere que este tipo de juicios se celebren en Siria e Irak. También podría ocuparse una corte especial, aunque no hay un acuerdo internacional al respecto. A la vista de la situación, el coordinador nacional para la lucha contra el terrorismo cree que la opción más segura es “traer de vuelta a estas personas de forma controlada”.
En julio de 2021, un juzgado de primera instancia de Róterdam advirtió al Gobierno de que si no hacía lo posible por traer a las mujeres que vivieron bajo el ISIS, los procesos en su contra podían quedar sin efecto este abril. Un grupo de 13 han pedido que se anulen los cargos si no se les permite comparecer ante la corte. Hasta ese momento, el Gobierno sostenía que las repatriaciones eran demasiado peligrosas. Aunque hubo excepciones. En junio del mismo año, se recogió en Siria a Ilham B., de 29 años, una madre con sus dos hijos. Un tercer menor que no era de su familia viajó con ellos.
Este viaje generó la repulsa del líder de ultraderecha Geert Wilders. En su cuenta de Twitter dijo que le parecía “inaceptable meter al enemigo, el ISIS, en casa”. Para él, “estas mujeres terroristas han perdido su derecho a poner de nuevo los pies en suelo holandés”. Tanto el Defensor del Menor como la organización Human Rights Watch abogan por el retorno de los menores. Y por no separarlos, en lo posible, de sus madres. En 2019, dos huérfanos holandeses, de 2 y 4 años, fueron repatriados por el Gobierno francés junto con otros 12 menores galos.
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The leader of the Islamic State terror group died Thursday during a raid by U.S. special operations forces in northwestern Syria. VOA Pentagon Correspondent Carla Babb has more on the operation that eliminated Abu Ibrahim al-Hashimi al-Qurashi, who blew up himself and his family to avoid capture.
La cabeza del Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés) ha sido arrancada de cuajo poco después de que volviera a emerger tras su derrota en 2019. Una gran operación de comandos de fuerzas especiales de Estados Unidos transportados en helicópteros ha acabado este jueves con la vida de su líder, Abu Ibrahim Al Hachemí al Quraishi, según ha anunciado el presidente Joe Biden. “Gracias a la capacidad y el valor de nuestras Fuerzas Armadas, hemos retirado del campo de batalla a Al Quraishi. Todos los soldados han regresado sin daño de la operación”, dijo el mandatario en un comunicado inicial antes de comparecer frente a los medios. El ataque fue lanzado de madrugada en Idlib (noroeste de Siria), último bastión de las milicias rebeldes. Un alto cargo de seguridad de la Casa Blanca aseguró que la muerte de Al Quraishi se produjo, informa Reuters, al hacer estallar una bomba que portaba consigo rodeado de miembros de su familia.
El Pentágono confirmó a las pocas horas de la operación que la “misión contraterrorista”, en la que no se habían registrado “bajas de EE UU”, había sido “un éxito”, sin ofrecer más detalles. El Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, una ONG que cuenta con informadores sobre el terreno, contabilizó al menos nueve cuerpos sin vida, entre ellos dos civiles, en la población de Atmeh, en un área próxima a la frontera turca que acoge campamentos con decenas de miles de desplazados internos. Los denominados cascos blancos, equipos de rescate que operan en el bando insurgente, elevaron a 13 la cifra de fallecidos, en la que incluyeron a seis menores y cuatro mujeres.
Esta operación ordenada por el Pentágono es la más amplia desde el ataque en el que fue abatido en 2019 el fundador del Estado Islámico, Abubaker al Bagdadi, en una zona cercana de Idlib. Varios helicópteros, uno de los cuales resultó dañado, aterrizaron a las afueras de Atmeh a primera hora de la madrugada del jueves. Los enfrentamientos en la zona se prolongaron durante más de dos horas, según testigos citados por Reuters que dieron cuenta de intensos intercambios de disparos y explosiones.
La designación de Al Quraishi como máximo líder del ISIS se produjo pocos días después de la muerte de Al Bagadi, en octubre de 2019. El ISIS sostiene que ambos pertenecen al linaje de Mahoma, ya que la estirpe de los Al Quraishi se remonta al clan tribal del profeta. Al Bagdadi se autoproclamó en 2014 califa del Estado Islámico, que extendió sus fronteras a caballo de Irak y Siria sobre una superficie equivalente a la del Reino Unido y una población más de 11 millones de personas.
El ISIS levó a Al Quraishi al nivel de “emir de los creyentes y califa de los yihadistas”. Puede tratarse, sin embargo, del nombre de guerra con el que fue rebautizado con apellidos califales un jefe de las milicias que ya estaba en el punto de mira de los servicios de espionaje occidentales. Su verdadera identidad apunta al yihadista Mohamed Said Aderamán al Mawla, nacido hace 45 años en Tal Afar (norte de Irak, cerca de Mosul), informa Óscar Gutiérrez. Era considerado uno de los ideólogos del Estado Islámico que justificó el intento de genocidio de la minoría religiosa yazidí en el norte iraquí y uno de los cerebros de las operaciones de terrorismo global del ISIS.
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El principal grupo yihadista que opera en Idlib es Hayat Tahir al Sham, que controla la mayor parte del territorio asediado por las tropas leales al presidente sirio, Bachar el Asad, con apoyo de sus aliados de Rusia. Se trata de herederos del Frente al Nusra, anterior filial de Al Qaeda en Siria, de la que también deriva Hurras al Din, grupo desplegado en la zona donde se ha registrado la operación este jueves y que cuenta con yihadistas extranjeros en sus filas.
EE UU suele atacar con drones a los grupos yihadistas en Siria, salvo en los casos en los que actúa contra destacados líderes, cuya identidad busca confirmar mediante pruebas de ADN obtenidas de sus restos. La arriesgada operación sobre el terreno lanzada ahora en Idlib pone de relieve que se trataba de un objetivo de alto nivel.
Un espectacular asalto de células durmientes del ISIS a la prisión de Hasaka, en el noreste de Siria, para liberar a excombatientes yihadistas fue aplastado la semana pasada por las milicias kurdas de las Fuerzas Democráticas Sirias, que controlan la cárcel en la que están detenidos 3.500 yihadistas, con el apoyo de la aviación y fuerzas especiales de Estados Unidos, su aliado en la lucha contra el extinto califato. Esta ha sido la mayor acción armada del ISIS registrada en Siria desde su derrota en el campo de batalla hace casi tres años. Murieron cerca de 300 yihadistas, entre reclusos y combatientes, más de 70 milicianos kurdos y una decena de civiles.
El asalto de células durmientes del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) a la prisión de Al Sina en Hasaka, en el noreste de Siria, para liberar a excombatientes yihadistas ha sido aplastado este miércoles tras seis días de combates a sangre y fuego. Las milicias kurdas de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), que controlan la cárcel, han anunciado el fin del ataque, que ha sido sofocado con apoyo de la aviación y fuerzas especiales de Estados Unidos, su aliado en la lucha contra el extinto califato. Se trata de la mayor acción armada del ISIS registrada desde su derrota en el campo de batalla hace casi tres años.
Después de que dos conductores suicidas lanzaran en la noche del día 20 sus camiones cargados de combustible y explosivos contra las puertas del penal, en el distrito de Gewayran, en las afueras de Hasaka, dos centenares de combatientes del ISIS se apoderaron de edificios y cruces de caminos. En una acción coordinada, cientos de los 3.500 presos yihadistas arrebataron las armas a sus guardianes. Mientras la mayoría de los amotinados se dio a la fuga de inmediato, otros internos se atrincheraron con decenas de rehenes en parte de la prisión al verse acosados por las fuerzas kurdas. Más de 45.000 civiles han huido de sus casas en los primeros días en medio de un frío glacial durante los primeros cinco días de enfrentamientos, según datos recabados por agencias de Naciones Unidas.
Los portavoces kurdos se limitaron a asegurar a través de Twitter que el asalto había terminado, sin que el centro de prensa de las FDS informara de bajas en los combates. Más de 500 reclusos yihadistas se rindieron poco antes de que los últimos combatientes del ISIS depusieran las armas. El Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, ONG asentada en Reino Unido que cuenta con informadores sobre el terreno, había contabilizado en la tarde del martes más de 180 muertos entre los asaltantes y presos yihadistas, 37 en el seno de las fuerzas kurdas y al menos 10 civiles abatidos por presos fugados.
El mando de la coalición internacional contra el ISIS ha intentado quitar hierro al asalto yihadista y ha anunciado que la respuesta militar que han afrontado los combatientes extremistas ha sido contundente. “En su desesperado intento por recuperar la relevancia, el Daesh [acrónimo árabe para Estado Islámico] ha dictado una sentencia de muerte para sus seguidores que han participado en el ataque”, advirtió el general estadounidense, John W. Brennan, comandante de las fuerzas de la coalición. El mando militar no explicó, sin embargo, cómo ha sido posible que más de 10.000 milicianos kurdos no hayan podido contener en casi una semana el resurgimiento armado del ISIS. La batalla por el control del penal se recrudeció desde el pasado domingo con la intervención de helicópteros y aviones de combate estadounidenses, según ha confirmado el Pentágono, en apoyo de las FDS. Unidades de las fuerzas especiales de EE UU se desplegaron también sobre el terreno con vehículos blindados.
Fuerzas kurdas desplegadas, el domingo en la cárcel de Hasaka (Siria).Hogir Al Abdo (AP)
Menores atrapados como escudos humanos
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Unicef, el órgano de la ONU para la infancia, había alertado de que los intensos enfrentamientos que se libraban en Hasaka ponían en grave peligro a los entre 700 y 850 menores, algunos de los cuales rondan los 12 años, internados en el recinto penitenciario junto con sus familias. Las fuerzas kurdas acusaron a los yihadistas de utilizar a niños y adolescentes como “escudos humanos”. Letta Tayler, subdirectora de crisis y conflictos de Human Rights Watch (HRW), ha asegurado en Twitter que recibió mensajes de voz de un adolescente extranjero desde la cárcel de Hasaka en el que describía la presencia de numerosos cadáveres en la prisión. “Si algo les pasa a estos menores, los países de origen de los chicos van a tener las manos manchadas de sangre infantil”, denunció Tayler ante el rechazo de la mayoría de los Estados a repatriar a los llamados niños del ISIS, de los que unos 150 se encuentran atrapados en el penal de Al Sina.
La resurrección militar del ISIS en Siria se ha producido mientras la atención internacional se concentra en la tensión bélica en Ucrania. Muchos observadores se han visto sorprendidos por el espectacular golpe de mano yihadista contra la cárcel, después de que las fuerzas terroristas fueran aplastadas en marzo de 2019 por las milicias kurdas a orillas del Éufrates en el poblado de Baguz, fronterizo con Irak. Desde entonces, el ISIS se había limitado a vagar por el desierto en la frontera sirio-iraquí sin un califato territorial, oculto en células durmientes que cometían de tiempo en tiempo atentados aislados en zonas desérticas.
“El ataque contra la prisión demuestra que el ISIS tiene un poder de permanencia considerable. Esta es la primera vez que lanzan una operación urbana importante”, destaca el profesor estadounidense Joshua Landis, veterano especialista en el conflicto sirio. “Los yihadistas están tratando de reagruparse, ya que las condiciones son ahora favorables para el reclutamiento de combatientes”, resalta Landis, director del Centro de Estudios de Oriente Medio de la Universidad de Oklahoma.
“Una terrible sequía ha arruinado la agricultura en gran parte del noreste de Siria. Igual de relevante es la continua fricción étnica entre kurdos y árabes”, argumenta este experto en un intercambio de mensajes. La población árabe suní, mayoritaria en la región, se queja de que las fuerzas kurdas les discriminan y les tratan como terroristas potenciales. “Las disputas étnicas y sectarias se ven agravadas, además, por las malas condiciones económicas, la falta de empleo y la incertidumbre política en la región”, puntualiza Landis.
El yihadista ceutí Zuhair Ahmed Ahmed, en la cárcel de Hasaka (Siria), en 2021.Natalia Sancha
Preso yihadista español en la prisión atacada
El complejo de Gewayran, un antiguo centro educativo, es la mayor prisión gestionada por las FDS, que tienen bajo su poder a unos 12.000 prisioneros del Estado Islámico, de los que una tercera parte son extranjeros procedentes de medio centenar de países, según HRW. Entre estos brigadistas internacionales del ISIS se encuentra previsiblemente el español Zuhair Ahmed Ahmed, nacido en Ceuta hace 31 años, quien fue entrevistado por EL PAÍS el año pasado en la cárcel de Hasaka. Se entregó tras la derrota del Estado Islámico a las FDS después de haber combatido en las filas del ISIS desde 2013 y de perder las piernas en el ataque de un dron en 2015.
Omar al Harshi, otro yihadista preso de nacionalidad española, también puede hallarse en la cárcel de Gewayran, donde las fuerzas kurdas han concentrado a excombatientes del Estado Islámico, aunque su paradero no ha sido confirmado. Al Harshi está casado con la madrileña Yolanda Martínez, ingresada en el campamento para familiares de yihadistas de Al Roj (50 kilómetros al norte de Hasaka) junto con sus cuatro hijos pequeños. En el centro de internamiento para menores Al Houri (próximo a Al Roj) se encuentra presuntamente también el niño español Abdurahman Aabou Fernández, de 13 años.
El ataque lanzado ahora por el ISIS sigue la estela de la campaña de fugas carcelarias masivas organizada por grupos armados suníes iraquíes en 2012. Estas audaces operaciones le sirvieron al yihadismo para poder reagrupar a sus combatientes antes de lanzarse a la conquista de un amplio territorio, a caballo entre Siria e Irak, sobre el que se fundó el autodenominado califato islámico dos años después.
Ante todo, el profesor Landis considera que el asalto a la cárcel de Hasaka ha devuelto al ISIS una atención internacional de la que había carecido en los últimos tiempos. Además, ha obligado a Estados Unidos (que mantiene desplegados unos 900 miembros de sus fuerzas especiales en Siria) y a la coalición que encabeza a regresar a la primera línea del frente en contra de su voluntad.
BREAKING NEWS. Syrian Democratic Forces spokesperson, Farhad Shami announces that SDF forces have now taken full control of the al Sina’a prison in #Hasakah from the ISIS fighters who attempted a prisoner break out 6 days ago. pic.twitter.com/NK8YYpKPtD
“La situación en las cárceles [para yihadistas] es mortificante. Las tribus árabes han tratado, sin éxito, de excarcelar a sus familiares presos, que no han comparecido ante un juez ni han tenido un proceso con garantías”, advierte el investigador estadounidense. “El ataque subraya también la hipocresía de los gobiernos occidentales, que afirman estar trabajando por los derechos humanos y el Estado de derecho, pero que se han lavado las manos sobre la situación de miles de detenidos, entre ellos cientos de niños, que permanecen olvidados en Siria”.
Proclamado en junio de 2014 en la gran mezquita de Mosul, la tercera ciudad iraquí, el califato territorial dejó de existir hace cerca de tres años tras haber acumulado un territorio equivalente al de Reino Unido y contar con 10 millones de habitantes, una población similar a la de Portugal. Las fuerzas kurdas dieron la batalla a los yihadistas junto a una coalición internacional liderada por Washington a partir del verano de 2014. En un conflicto donde intervienen en Siria desde hace más de una década grandes potencias globales como EE UU y Rusia, y regionales, como Irán y Turquía, la lucha contra el ISIS ha sido el único denominador común entre los bandos enfrentados. Sobre sus militantes y líderes presos en Siria pesan acusaciones tan graves como el intento de genocidio contra la minoría yazidí en el norte de Irak o las órdenes dadas para ejecutar atentados masivos en países occidentales.
“El ISIS se ha estado reconstruyendo lenta, silenciosa y metódicamente en Siria e Irak desde la derrota de su califato territorial en marzo de 2019 (…), que fue una tarea estratégicamente simple en comparación con el complejo seguimiento de contrainsurgencia, contraterrorismo e inteligencia necesario después”, recapitula Charles Lister, director de los programas sobre Siria y Extremismo del Instituto de Oriente Medio, en una publicación de este centro de estudios con sede en Washington. “Sin embargo, en lugar de adaptarse a ese desafío complejo, la coalición internacional recortó sus propios recursos y dejó que la presión aumentara sobre su aliado táctico: las FDS. No es difícil imaginar que este ataque marque un punto de inflexión en los esfuerzos del ISIS para recuperarse y resurgir”.
Las milicias durmientes del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) se han despertado con el mayor ataque lanzado desde su derrota territorial en marzo de 2019. En un inesperado golpe de mano, un centenar de combatientes del ISIS hicieron estallar el jueves un camión cisterna cargado de combustible a las puertas de la cárcel de Ghwayran, en la ciudad de Hasaka (noreste de Siria), donde están internados más de 3.500 presos, entre ellos centenares de yihadistas y líderes de la milicia integrista islámica, bajo control de fuerzas kurdas aliadas de Estados Unidos.
La batalla por el penal se ha recrudecido desde entonces con la intervención de la aviación estadounidense, según ha confirmado el Pentágono. Hasta este domingo se han contabilizado más de 120 muertos –77 yihadistas, 39 milicianos de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS, alianza de oposición de mayoría kurda) y siete civiles–, de acuerdo con datos recabados por el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, ONG asentada en Reino Unido que cuenta con informadores sobre el terreno.
Decenas de presos huyeron de la cárcel de Ghwayran, la mayor gestionada por las FDS, que tienen bajo su poder en centros declarados a unos 12.000 prisioneros del Estado Islámico, de los que una tercera parte son extranjeros procedentes de medio centenar de países, según la ONG Human Rights Watch. El ataque yihadista sigue la estela de la campaña de fugas carcelarias masivas organizada por grupos armados suníes iraquíes en 2012 para reagrupar a sus combatientes antes de lanzarse a la conquista de un amplio territorio, a caballo entre Siria e Irak, sobre el que fundaron el denominado califato islámico dos años después.
Las fuerzas kurdas mantienen cercada la prisión después de haber capturado a gran parte de los reclusos huidos, de acuerdo con las declaraciones a France Presse de Abdelkarim Omar, portavoz internacional de la autoproclamada Administración autónoma kurda en el noreste de Siria. Muchos de los internos se amotinaron el jueves tras la explosión del vehículo bomba, se apoderaron de armas de los guardianes y se han atrincherado en la zona norte del penal. El ISIS se ha atribuido la operación en un vídeo, según la cadena británica BBC, y asegura que la mayoría de los presos yihadistas han sido liberados.
Jefes tribales árabes en la zona citados por Reuters aseguran que la política de discriminación ejercida por las FDS sobre la población árabe suní ya había desatado el descontento de la población antes de la intervención armada del ISIS contra la prisión. Miles de civiles han escapado del área de Hasaka ante la creciente intensidad de los combates
La resurrección militar del Estado Islámico se produce en Siria después de que sus milicias fueran aplastadas en marzo de 2019 por las milicias kurdo-árabes a orillas del Éufrates en el poblado de Baguz, fronterizo con Irak. Desde entonces, el ISIS vaga por el desierto en la frontera sirio-iraquí, oculto en células durmientes que ahora se han desperezado.
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Proclamado en junio de 2014 por su líder, Abubaker al Bagdadi en la gran mezquita de Mosul, la tercera ciudad iraquí, el califato territorial dejó de existir en 2019 tras haber acumulado un territorio equivalente al de Reino Unido y contar con 10 millones de habitantes, una población similar a la de Portugal. Las fuerzas kurdas dieron la batalla a los yihadistas junto a una coalición internacional liderada por Washington a partir del verano de 2014. En un conflicto donde intervienen en Siria desde hace más de una década grandes potencias globales como EE UU y Rusia, y regionales, como Irán y Turquía, la lucha contra el ISIS ha sido el único denominador común entre los bandos enfrentados.
El intento de genocidio contra la minoría yazidí en el norte de Irak, el efecto multiplicador de la barbarie en las redes sociales y la cadena de atentados en países occidentales —desde la matanza de la sala Bataclan de París, en 2015, al atentado de las Ramblas de Barcelona, en 2017—, son razones de peso para que un resurgimiento armado del ISIS vuelva a suscitar preocupación en el mundo.