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El 15 de marzo, los primeros ministros de Polonia, República Checa y Eslovenia, Mateusz Morawiecki, Petr Fiala y Janez Jansa, junto con líder del partido ultraconservador polaco Ley y Justicia (PiS), Jaroslaw Kaczynski, viajaron a Kiev en tren en plena escalada bélica para demostrar su solidaridad con Ucrania ante la agresión rusa. Mientras, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, reivindicaba en Budapest, en el acto central de su campaña electoral, que su país debía mantenerse al margen de la guerra para proteger sus intereses y no mencionaba una sola vez al que ha sido su aliado, el presidente ruso, Vladímir Putin.

La imagen refleja la grieta que la invasión rusa de Ucrania ha abierto en el eje polaco-húngaro tras años haciendo piña ante Bruselas en un pulso a cuenta del Estado de derecho y la independencia judicial. Unidos por su deriva autoritaria e iliberal y por un discurso nacionalista de defensa de los valores tradicionales, los dos países tienen expedientes abiertos sobre la base del artículo 7 del Tratado de la UE, que permite suspender el derecho de voto al país que viole los valores fundamentales de la Unión.

“¿Polonia? El mejor país de Europa”, decía el pasado octubre Orbán en la cumbre de la UE sobre la posibilidad de que su socio fuese sancionado por la controvertida decisión de su Tribunal Constitucional, que colocaba al país al borde de la ruptura legal con la UE. Medio año más tarde, mientras Varsovia abandera la línea dura contra Moscú y realza su estatus internacional por su papel en la acogida de refugiados ucranios, Budapest se ha quedado sola en la UE por su tibia posición ante la guerra en Ucrania.

Refugiados ucranios hacen cola en el puesto fronterizo de Medyka, entre Polonia y Ucrania, el pasado día 25.
Refugiados ucranios hacen cola en el puesto fronterizo de Medyka, entre Polonia y Ucrania, el pasado día 25.Albert Garcia (EL PAÍS)

El signo más visible del divorcio (o separación temporal) ha sido la decisión de Polonia y de la República Checa de cancelar su participación en una reunión de ministros de Defensa en Budapest del Grupo de Visegrado, —un foro también llamado V4 en el que estos tres países y Eslovaquia cooperan en el marco de la Unión Europea—. El titular de Defensa polaco, Mariusz Błaszczak, renunció a acudir por “la actitud pro Putin de Orbán”, según una fuente del Gobierno polaco citada por el diario Rzeczpospolita. La primera en anunciar su ausencia, la ministra checa del ramo, Jana Cernochova, fue más dura en Twitter: “Siempre he apoyado el V4 y lamento mucho que el petróleo ruso barato sea más importante para los políticos húngaros que la sangre ucrania”. En la reunión, que hasta su cancelación estaba prevista para este miércoles y jueves, se iba a abordar la postura de Budapest ante la invasión rusa.

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Hungría ha preferido además a la organización ultraconservadora polaca Ordo Iuris para liderar una misión de observadores de las elecciones que celebra este domingo, las más reñidas desde que Orbán llegó por segunda vez al poder en 2010. Zoltan Kovács, secretario de Estado de Comunicación y Relaciones Internacionales, tuiteó el pasado domingo que el motivo es la “creciente preocupación sobre la imparcialidad” de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), que también observará el domingo la limpieza de los comicios. Polonia y su ministro de Exteriores, Zbigniew Rau ocupa la presidencia de este organismo en estos momentos.

El distanciamiento de Polonia, la sexta economía europea, puede debilitar la posición de Budapest en Bruselas, pero Kovács no teme ningún tipo de aislamiento: “La posición nacional húngara nunca podrá quedar aislada, porque no actuamos según las expectativas de otros, sino de acuerdo a las de los ciudadanos húngaros”. La apuesta parece funcionar: a Orbán no le han afectado sus vínculos con Moscú, y llega a los comicios del domingo con una ligera ventaja sobre la lista unida de la oposición, una diferencia similar a la que venían reflejando las encuestas desde hace año y medio.

Línea roja

Orbán ha condenado la agresión rusa y se ha unido a las primeras rondas de sanciones europeas, pero ha puesto como línea roja las importaciones de gas y petróleo ruso por su alta dependencia energética (el 65% del petróleo y el 85% del gas en Hungría proceden de Rusia). El Gobierno ultraconservador de Budapest también aprobó que se reforzase la presencia militar de la OTAN en el oeste del país, pero rechazó enviar armas a Ucrania o que los envíos de otros países cruzasen su territorio. Todo, dice el líder de Fidesz, para preservar la paz y la seguridad, y mantener a raya los precios de la energía.

Frente a la posición de Orbán, Polonia no solo envía armas a Ucrania, sino que sirve de plataforma para el transporte de los equipos que mandan otros Estados. Depende también de la energía rusa, pero está dispuesta a buscar alternativas para cortar esas amarras. Quiere dejar de importar carbón de Rusia ya el próximo mayo y petróleo antes de que acabe el año, según anunció este miércoles el primer ministro, Morawiecki. Y donde el Gobierno húngaro se adelanta y dice, aunque nadie se lo ha pedido, que no enviará soldados, el polaco propone enviar una misión de paz de la OTAN a Ucrania, país del que tanto Hungría como Polonia son vecinos.

“Si me pregunta si estoy contento, le diré que no, pero voy a esperar a las elecciones. Veremos después”, dijo el líder polaco del PiS, Kaczynski, al ser preguntado en la radio pública polaca sobre la posición de Orbán ante la guerra en Ucrania. El presidente del país, Andrzej Duda, afirmó el pasado sábado en televisión que le resultaba “difícil de entender” la postura de Budapest frente a “la muerte de miles de personas”, aunque matizó que el primer ministro húngaro se halla en una “situación difícil” por ser “casi totalmente dependiente de Rusia”. El viceministro de Exteriores, Marcin Przydacz, calificó directamente la postura de Hungría de “errónea” guiada por el “cortoplacismo” electoral.

“Con todo el respeto, aceptamos la opinión de otros, pero en asuntos como la energía, las armas y los soldados, no podemos transigir, porque iría contra el interés nacional de Hungría”, respondió a este periódico el pasado lunes Kovács sobre las declaraciones de Kaczynski y Duda. “Entendemos la posición polaca y ellos deberían entender la húngara”, añadió el además portavoz internacional del Gobierno de Orbán, que incidió en que la postura de los Estados frente a la guerra en Ucrania “no es una cuestión de emociones, sino de intereses nacionales y perspectiva nacional”. “Hay muchas emociones ahí fuera y palabras muy fuertes, pero las decisiones se deben tomar con la cabeza fría”, afirmó, y mostró su confianza en la fortaleza de una relación entre los dos países que tiene siglos de historia común. “Está claro que, incluso antes, no estamos de acuerdo en todo siempre, y no es un problema”, concluyó.

La cuestión es que los desacuerdos y las distintas experiencias históricas que existían en Varsovia y Budapest sobre Rusia han cobrado una dimensión completamente distinta con la guerra en Ucrania. “Siempre ha habido un enfoque distinto, pero no importaba tanto”, apunta por teléfono Aleks Szczerbiak, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Sussex y especialista en política polaca contemporánea. “Ahora, la guerra ha eclipsado todo lo demás. A corto plazo, todo se ve a través de ese prisma. A largo plazo, cuando acaben los combates, veo muy probable que esa alianza resurja, porque las fuentes de desacuerdo con el mainstream liberal en la UE no han desaparecido. Simplemente, han dejado de ser la prioridad”, agrega.

Hace unos meses habría sido impensable que el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, eligiese el Castillo Real de Varsovia para lanzar un discurso tan importante como el del pasado sábado. Biden había criticado en el pasado al Gobierno ultranacionalista polaco, que apostaba en 2020 por la reelección de Donald Trump y tardó semanas en reconocer la victoria del candidato demócrata.

La cuestión ahora es si Varsovia volverá a las andadas cuando callen las armas u optará por aprovechar el capital político que ha ganado en esta crisis para soltar lastre con Hungría y mejorar sus relaciones con el resto de la UE. En palabras de Szczerbiak, está por ver si el conflicto bélico va a “reformatear [las alianzas] o solo las está reordenando temporalmente”.

Joe Biden, durante su discurso en el Castillo Real de Varsovia, el pasado sábado.
Joe Biden, durante su discurso en el Castillo Real de Varsovia, el pasado sábado. Slawomir Kaminski (REUTERS)

István Kiss, director del Instituto Danubio, un centro de estudios financiado por el Gobierno húngaro, descarta que la relación histórica entre Polonia y Hungría pueda estar en un punto de ruptura y considera que los comentarios de los dirigentes en Varsovia “están dirigidos sobre todo a la población polaca”.

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La letra zeta, convertida en símbolo por los defensores de la guerra de agresión que ha lanzado Vladímir Putin contra Ucrania, está en el punto de mira de las autoridades alemanas. Exhibirla como expresión de apoyo a la invasión puede llegar ahora tener consecuencias penales. “Todo el mundo puede expresar su opinión en Alemania”, aseguró el ministro del Interior bávaro, Georg Eisenreich, que lanzó esta advertencia: “Pero la libertad de expresión termina donde empieza el Código Penal”.

Dos Estados alemanes han alertado ya de la exhibición, en manifestaciones y otros actos públicos, de la zeta blanca que empezó a aparecer pintada en los vehículos militares rusos al inicio de la invasión de Ucrania. Hay distintas teorías sobre su significado —para algunos expertos podría ser una abreviatura de la frase “por la victoria”; otros opinan que podría equivaler a “Oeste’”—, pero de lo que no hay duda es de que se ha convertido en una muestra de apoyo a la invasión de Ucrania.

Tanto Baviera como Baja Sajonia han anunciado que sus fiscalías van a estar muy pendientes de este tipo de manifestaciones y que van a perseguirlas penalmente. La ministra del Interior de Berlín anunció también que actuarán ante la exhibición pública de este símbolo y varios grupos parlamentarios en otras regiones quieren que se prohíba explícitamente. “La Z como símbolo del fascismo de Putin debería prohibirse en toda Alemania”, escribió en su cuenta de Twitter el liberal Joachim Stamp, ministro de Familia, Refugiados e Integración en Renania del Norte-Westfalia.

La policía de ambos Estados tiene orden de verificar si el uso de la Z está relacionado con la guerra de Ucrania y, de ser así, denunciar a los autores. Quienes “expresen públicamente su aprobación a la guerra de agresión del presidente ruso Putin contra Ucrania utilizando este símbolo se enfrentarán a consecuencias penales”, advirtió el ministro del Interior de Baja Sajonia, el socialdemócrata Boris Pistorius. La persecución de estos delitos se ampara en la aplicación de un artículo del Código Penal alemán, el 140, que prohíbe apoyar actos ilegales que perturben el orden público. Se castiga con multas y hasta tres años de cárcel.

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¿Cómo prohibir una letra?

La aplicación de esta prohibición plantea muchas dudas porque, a diferencia de otros símbolos claramente reconocibles, la Z de apoyo a la guerra es simplemente una letra del alfabeto latino. El Gobierno federal admite que no será sencillo demostrar cuándo se usa como exaltación del sangriento ataque contra Ucrania, por lo que deja esa interpretación en manos de los tribunales a los que lleguen estas denuncias. “La letra zeta como tal, por supuesto, no está prohibida”, aseguró el lunes un portavoz gubernamental. “Sin embargo, en casos individuales, su uso puede representar la aprobación de la guerra de aprobación rusa y, por tanto, estar prohibido de acuerdo con el Código Penal”.

Las autoridades tienen conocimiento de que este símbolo ya se está utilizando en Alemania, añadió el portavoz. Por ahora, su uso se ha limitado a pintadas callejeras, aunque también se ha visto en carteles en actos públicos. Hay constancia asimismo de actos vandálicos, como lonas de camiones rajadas siguiendo la silueta de la letra zeta, que la policía va a considerar como daños a la propiedad. “La guerra de agresión rusa contra Ucrania es delictiva”, subrayó el portavoz del ministerio del Interior alemán. “Por eso, quien la apoye públicamente podrá ser procesado. Acogemos con satisfacción los anuncios realizados por varios Estados federales de que examinarán estos casos”, añadió.

A medida que avanza la invasión, el símbolo Z se ha ido extendiendo a las redes sociales, a carteles publicitarios, a fachadas de edificios e incluso a pegatinas por toda Rusia. También se comercializan camisetas y sudaderas con la letra, que no existe en el alfabeto cirílico. Hace unos días, el gimnasta ruso Ivan Kuliak se subió al podio en la Copa del mundo de gimnasia de Catar con la Z bordada en la camiseta. La Federación Internacional de Gimnasia aseguró en un comunicado que le abrirá un procedimiento disciplinario.

La popularidad de este símbolo ha crecido tanto que la aseguradora suiza Zurich ha decidido retirar la Z de su logo (la letra en color blanco sobre un fondo azul) en redes sociales porque no quiere que se entienda erróneamente como un apoyo a Rusia en el conflicto. En los avatares de la compañía en Twitter y Facebook aparece ahora el nombre completo sobre fondo azul. “Dejamos de usar temporalmente la zeta en nuestras redes sociales, donde aparece por separado y podría ser malinterpretada”, declaró la compañía a Reuters.

En Alemania, representantes de todas las formaciones políticas se han manifestado a favor prohibir la Z en los espacios públicos por considerarla comparable a otros símbolos anticonstitucionales. El Código Penal alemán prohíbe varios de ellos explícitamente en otro de sus artículos, el 86: la esvástica, el saludo hitleriano y el himno del partido nazi. La esvástica no se puede usar en banderas, insignias, uniformes, ni el himno en saludos o canciones bajo amenaza de multas y penas privativas de libertad de hasta tres años.

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Las ciudades son los centros neurálgicos del poder desde hace milenios. Su relevancia ha ido creciendo a lo largo de la historia de la mano de los procesos de urbanización, y con ella ha aumentado su importancia estratégica en las guerras. El conflicto en Ucrania no es una excepción. Desde el principio de su ofensiva, las fuerzas rusas han apuntado hacia las principales urbes como elemento esencial para cumplir con los objetivos políticos maximalistas perseguidos por el Kremlin. Hasta la fecha, el resultado ha sido un enorme sufrimiento para los civiles ucranios y un cúmulo de reveses para Rusia que han desbaratado la estrategia de subyugación que a todas luces Moscú perseguía. La resistencia ucrania en las ciudades es un factor clave que empuja el conflicto hacia una nueva dinámica.

El Kremlin buscó someter a Ucrania yendo directamente a por Kiev, Járkov —segunda ciudad del país— y otros importantes centros. Un mes después, pese al enorme esfuerzo y al gran número de bajas acumuladas en sus filas, no hay apenas urbes significativas en su haber, un elemento esencial para lograr el objetivo de cambio de Gobierno en Ucrania que sin duda deseaba. Mariupol resiste, en Kiev las fuerzas rusas retroceden y consolidan posiciones en vez de buscar atacar, Odesa parece fuera de sus capacidades. Ante las dificultades, Rusia recurre a bombardeos salvajes. El viernes anunció una nueva fase de su ofensiva, en la que sostiene que concentrará su acción en la región oriental de Donbás.

“Las fuerzas rusas están deliberadamente disparando de forma indiscriminada, muy destructiva”, comenta Anthony King, profesor de estudios de guerra en la Universidad de Warwick, en el Reino Unido. “Si quisieran solo degradar las capacidades de los combatientes enemigos, los ataques serían más acotados. Ofensivas tan destructivas como la de Mariupol muestran una voluntad de provocar un efecto psicológico: aterrorizar a la población”, dice King.

Queda por ver en qué consistirá realmente la nueva fase de la que habla el Kremlin. De momento, los bombardeos siguen, e incluso han golpeado con especial intensidad en zona occidentales menos atacadas hasta ahora, como en Lviv el sábado. Las autoridades de Kiev sospechan que, ante su fracaso en la opción maximalista, Moscú intentará lograr el control de una amplia parte del sur y el este del país, para partir en dos a Ucrania en una suerte de coreanización. “Hay razones para creer que está considerando un escenario coreano para Ucrania. Este es un intento de crear Corea del Norte y Corea del Sur en Ucrania”, aseguró el general de brigada Kirill Budanov, según recoge la agencia Unian.

En cualquier caso, la capacidad de las fuerzas ucranias de defender la mayor parte de las ciudades atacadas es el elemento estratégico clave hasta la fecha. A continuación, una mirada a distintas razones, objetivas y subjetivas, que ayudan a entender la capacidad de resistencia en esta primera fase de la contienda y las perspectivas para la siguiente.

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La ventaja del defensor

Los expertos militares coinciden en que las guerras urbanas conceden una posición de especial ventaja al defensor. Los inmuebles y las estructuras de las ciudades ofrecen extraordinarias oportunidades para esconderse y refugiarse —máxime cuando disponen de redes de metro— y para golpear de forma sorpresiva a enemigos que, para penetrar, se ven obligados a desfilar por espacios previsibles y limitados como las calles o avenidas. Se trata de un combate tan desigual que los manuales llegan a aconsejar ratios de 10 soldados de ataque por cada defensor.

La batalla de Stalingrado —actual Volgogrado, unos 600 kilómetros al este de Mariupol— es probablemente el epítome del espanto (casi dos millones de personas fallecieron, según estimaciones de expertos) y de la relevancia estratégica (marcó una decisiva inversión de tendencia en la Segunda Guerra Mundial) de los combates urbanos modernos. Su historia ofrece una anécdota que describe a la perfección las consecuencias de la asimetría entre atacantes y defensores en ese contexto.

A finales de septiembre del 1942, un pelotón del 42º regimiento de la Guardia Soviética se hizo con el control de un edificio de cuatro plantas en la ciudad soviética, después conocido como la Casa de Pávlov, por el apellido del sargento al mando de la unidad. El pelotón logró resistir casi dos meses en la casa frente a los ataques de las fuerzas nazis, aprovechando con inteligencia y valentía el inmueble: sus sótanos para refugiarse, techos y múltiples ángulos de disparo para defenderse, horadando la estructura para facilitar comunicaciones y movimientos internos. Un puñado de soldados soviéticos logró infligir una cantidad de bajas tan descomunal a los nazis que, según señala Antony Beevor en su Stalingrado, el gran comandante Vasili Chuíkov diría posteriormente que fallecieron más soldados alemanes para conquistar la Casa de Pávlov que para tomar París.

El dilema del atacante

El episodio de Stalingrado señala dificultades militares que permanecen vigentes 80 años después, aunque las tecnologías hayan avanzado mucho. Ante estas circunstancias, los comandantes de una fuerza asaltante deben decidir hasta qué punto bombardear —lo que ablanda la resistencia con un inmenso coste civil— y a partir de eso si lanzar incursiones —con la amenaza que supone para las tropas—. El punto de equilibrio elegido, de alguna manera, define el nivel de civilización de la sociedad de la que emana la fuerza militar en cuestión.

En esta tesitura, la doctrina militar rusa parece optar por reducir la exposición a esos encarnizados combates cuerpo a cuerpo y apostar por la laminación de la resistencia vía bombardeos masivos. Así lo hicieron en Grozni, en los años noventa, y en Alepo, en la década pasada. Y en Mariupol el patrón es parecido. La ciudad está sufriendo un altísimo grado de destrucción. Algunas unidades rusas han entrado en la urbe, pero, según el Pentágono, no se trata del grueso de las fuerzas del Kremlin en la zona.

El potencial destructor y atemorizante de los bombardeos contra las ciudades es enorme, especialmente si provienen de una fuerza con arsenales como los rusos. Infundir terror y hundir en la desesperación a la población es una manera de intentar socavar el apoyo a la resistencia encabezada por los líderes políticos y militares. Pero este resultado no está asegurado: la ciudadanía puede reaccionar mayoritariamente con deseo de lucha y venganza. Y además, según señala King, en estas ofensivas la degradación militar del adversario no es equivalente al grado de destrucción logrado.

Dos soldados ucranios, el domingo en la sede del Gobierno regional de Járkov.
Dos soldados ucranios, el domingo en la sede del Gobierno regional de Járkov.ARIS MESSINIS (AFP)

Falta de precisión

Para debilitar militarmente al adversario es necesaria precisión en la información sobre su ubicación y en el golpeo. “Las fuerzas rusas se han mostrado muy poco competentes en este apartado, como demuestra que no hayan logrado todavía aniquilar las defensas antiaéreas de Ucrania”, dice King. O no tenían buena información sobre su ubicación o no tenían precisión en los ataques. Probablemente, sea una mezcla de los dos factores. El Pentágono calcula que Rusia mantiene todavía una amplia disponibilidad de misiles en sus arsenales, pero sufre escasez en las variantes de precisión guiadas.

Insuficiencia de efectivos

Otro factor importante que condiciona las perspectivas de asalto urbano de las tropas del Kremlin es el insuficiente número de efectivos. Muchos expertos militares consideran que, de entrada, la fuerza acumulada para la invasión —se estima entre 150.000 y 190.000 soldados— no es adecuada para una operación de amplio espectro en un país con la extensión y la población de Ucrania. La estrategia de atacar en múltiples ejes simultáneamente ha provocado una dispersión de las fuerzas rusas y graves problemas logísticos y de suministro. “En ningún momento han logrado una auténtica supremacía de fuerzas terrestres”, observa King.

Además de la escasez inicial, aunque las cifras no estén claras a estas alturas, es evidente que Rusia ha sufrido un considerable número de bajas. Moscú reconoce 1.300 soldados fallecidos y 3.800 heridos. El Pentágono considera que ha perdido más de un 10% de su fuerza inicial de combate. Fuentes de la OTAN apuntan a que incluso más.

Cadena de mando

Otro importante factor es que el combate urbano requiere especial sofisticación en la cadena de mando y control. En las ofensivas militares contemporáneas es necesario orquestar un amplio abanico de líneas de acción y tecnología. “Los países occidentales, especialmente EE UU, han evolucionado hacia estructuras de mando muy sofisticadas”, explica King. “En Rusia, si miras la doctrina Gerasimov (apellido del jefe del Estado Mayor), cabría imaginar que las Fuerzas Armadas se habrían modernizado alejándose del tradicional modelo autoritario, rígido, arriba-abajo. Yo creía que se habían movido hacia otro modelo. Pero las últimas semanas han demostrado una total ineficacia en gestionar una guerra del siglo XXI”.

Habilidad ucrania

Por otra parte, los rusos se enfrentan a unas fuerzas ucranias que han planteado hasta ahora una resistencia firme, ágil y eficaz. Su fuerza de voluntad no se ha quebrado. El suministro de armas occidentales —aunque limitado— consolida su lucha, así como el flujo de información de inteligencia y los asesoramientos. Han obstaculizado los avances volando puentes, enfrentándose a las cabezas de lanza aerotransportadas, golpeando la logística de apoyo o resistiendo dentro de las ciudades asediadas con valentía.

El conjunto de estas circunstancias determina las graves dificultades rusas para conquistar ciudades, su recurso a la versión más bárbara de la táctica de cerco y bombardeos y el anuncio de la apertura de una nueva fase que parece asumir la falta de capacidad para conquistar todas las ciudades contra las que han lanzado operaciones simultáneamente.

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Más de 900 civiles muertos, según Naciones Unidas, una cifra que la propia organización asume subestimada. Tres millones y medio de refugiados, seis millones y medio de desplazados internos. Un éxodo constante de personas que huyen de los ataques. Hospitales bombardeados. Escuelas destruidas. Ciudades barridas casi hasta los cimientos. La guerra de Vladímir Putin contra Ucrania cumple un mes con todo su potencial destructivo, en medio de una feroz contraofensiva de las fuerzas ucranias, que resisten —como una ciudadanía que ha aprendido a vivir bajo las bombas—, pero con un coste altísimo.

El Kremlin no obtuvo el fácil paseo para invadir Ucrania que esperaba. Con las negociaciones para poner fin a la guerra prácticamente estancadas y una lluvia intensa de sanciones occidentales que han atacado a la línea de flotación de la economía rusa, Putin mantiene la ofensiva. Sin apenas avances desde hace días y sin haber obtenido grandes victorias en la invasión, el líder ruso ha pasado a aplicar una política de tierra quemada para subyugar a Kiev en su “operación militar especial” para “desnazificar”, “desmilitarizar” y proteger a las personas rusoparlantes de un país que parece querer fulminar.

Como Mariupol, la ciudad portuaria del mar de Azov, símbolo de la guerra de Putin contra Ucrania y donde aún quedan 100.000 personas atrapadas bajo los brutales ataques contra una urbe arrasada, donde no hay agua, electricidad, calefacción y casi alimentos desde hace semanas y los combates calle a calle entre las tropas ucranias y los soldados rusos son continuos. O Chernígov, en el noreste del país, una ciudad cerca de la frontera con Bielorrusia —país que Putin utilizó como trampolín para la invasión— sometida a constantes bombardeos y prácticamente sitiada por las fuerzas rusas desde hace 12 días. La defensora de Derechos Humanos de Ucrania, Ludmila Denisova, ha denunciado este miércoles que las tropas del Kremlin han dinamitado el puente sobre el río Desna, la única vía que quedaba para la evacuación de la población civil y llevar ayuda humanitaria y que mantienen así a los habitantes de Chernígov como rehenes de su agresión militar.

Vista aérea de la destrucción de un edificio en un bombardeo en Borodianka, en la región de Kiev, el pasado 3 de marzo.
Vista aérea de la destrucción de un edificio en un bombardeo en Borodianka, en la región de Kiev, el pasado 3 de marzo. MAKSIM LEVIN (REUTERS)

Cortar los suministros básicos, las comunicaciones y cualquier cordón umbilical de las ciudades con el resto del país es el primer paso del asedio ruso. También trata de forzar su estrategia de ahogar a la población en Járkov, la segunda ciudad del país, de mayoría de población rusoparlante y a solo unos 40 kilómetros de la frontera Rusia. Las fuerzas rusas están tratando de rodearla y está bajo el fuego constante.

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El ensañamiento y la devastación están motivados por la falta de impulso de las fuerzas rusas. Con grandes problemas logísticos, de moral y de movimiento, las tropas enviadas por Putin están estancadas en el escenario ucranio. El campo de batalla del norte del país se ha mantenido prácticamente estático desde hace días. Aunque esa parálisis significa probablemente que Rusia se está reorganizando antes de lanzar operaciones ofensivas a gran escala, ha advertido el servicio de espionaje británico.

El Kremlin, que niega los ataques a civiles, ha hecho sus mayores avances en el flanco sur, donde ya controla el mar de Azov y casi toda las ciudades de la costa —Mariupol resiste, pero los analistas militares dudan de por cuánto tiempo—; también ha capturado Jersón, una ciudad portuaria de unos 290.000 habitantes, su logro más importante. Ahora, las fuerzas de Putin están tratando de avanzar hacia el este, hacia Odesa, el principal puerto de Ucrania y una ciudad largamente ansiada por el jefe del Kremlin y el nacionalismo ruso.

La batalla de Kiev

Kiev, uno de los principales objetivos militares y gran objetivo político de Putin, sigue casi intacta pese a los bombardeos que la sacuden a diario. Con todo el simbolismo que tiene la ciudad para el líder del Kremlin, que asegura que rusos y ucranios son “un mismo pueblo” y “descendientes” del primer Estado eslavo, el Rus de Kiev, un imperio medieval fundado por vikingos en el siglo IX y cuyo corazón era Kiev, una ciudad que ucranios y rusos reclaman como cuna de sus culturas, religión e idioma.

“Cada ciudad cumple un papel, pero la primera misión de Rusia es controlar Kiev. El resto de operaciones van encaminadas a apoyar esa”, comenta John Spencer, militar estadounidense retirado y reconocido experto en combate urbano. Hasta el momento, los choques no se han acercado al centro de la ciudad y se mantienen en poblaciones al norte de la capital, a unas decenas de kilómetros del centro. El Ejército ruso llegó en apenas un par de días a localidades como Bucha, Irpin o el aeródromo de Hostomel, pero en todo marzo no ha logrado ganar más terreno hacia el sur.

“Los rusos minusvaloraron los recursos y el número de tropas que les haría falta para tomar Kiev y cuando intentaron atacarla no consiguieron penetrar más allá de la periferia de la ciudad”, coincide el analista militar Jesús Román desde Kent (el Reino Unido). El vídeo grabado por un vecino en una calle de Bucha el domingo 27 de febrero, donde aparece una columna de carros de combate rusos calcinada, supuso una de las primeras sorpresas de la guerra. La grabación de varios minutos se hizo viral y sirvió para elevar la moral de los ucranios. “Rusia no ha movilizado suficientes fuerzas para controlar todas esas localidades más pequeñas”, entiende Spencer.

Un hombre arrodillado ante el cuerpo de una víctima de un bombardeo contra una zona residencial de Járkov, el 24 de febrero.
Un hombre arrodillado ante el cuerpo de una víctima de un bombardeo contra una zona residencial de Járkov, el 24 de febrero. Anadolu Agency (Anadolu Agency via Getty Images)

La amenaza de que Rusia despliegue su potencial de fuerza aérea, sin embargo, está sobre la mesa. Sería todavía más brutal. De ahí las intensas peticiones del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, para que la OTAN imponga una zona de exclusión aérea; algo que la OTAN ya ha rechazado. Por ahora, Putin no ha podido imponerse por el aire porque la fuerza aérea ucrania, sus armas antiaéreas y los manpads (man-portable air-defense system, sistemas antiaéreos portátiles) proporcionados por sus aliados han ganado la partida desde tierra. Pero con sus ataques constantes a las infraestructuras militares y civiles básicas, como aeropuertos, puentes, almacenes, estaciones de tren, el Kremlin quiere también arrebatar a Kiev una ventaja logística que le ha permitido resistir durante un mes.

“Putin ha minusvalorado el potencial de las tropas ucranias y el deseo de combatir de la población”, opina el analista Spencer. “Ha sido un gran error de los rusos el continuar moviendo tanques sin apoyo de infantería y un gran éxito para los ucranios haber destruido tantos tanques” sin los que es casi imposible tomar ciudades, añade el experto estadounidense. Sin embargo, la lucha por las ciudades, con algunas excepciones, suelen ser campañas de desgaste y un nivel muy alto de destrucción. “Si Moscú trata de tomar Kiev, veremos muchísima destrucción”, pronostica Jesús Román.

Para Román, “ralentizar todo lo posible el avance de las tropas rusas, crear inseguridad en sus líneas logísticas y ocupar tropas en otros lugares del teatro de operaciones significa forzar a Rusia a emplear más recursos de los que les gustaría, diseminar sus esfuerzos y desgastar su voluntad de combatir. Cada día que Ucrania no pierde, Rusia no gana y una solución política está más y más cerca”.

Un hombre se despide de su esposa e hijo, a punto de partir en un tren a Lviv desde la estación de Kiev, el pasado 3 de marzo.
Un hombre se despide de su esposa e hijo, a punto de partir en un tren a Lviv desde la estación de Kiev, el pasado 3 de marzo. Emilio Morenatti (AP)

De momento, las pérdidas de Rusia son grandes. Esta semana, el diario pro-Kremlin Komsomolskaya Pravda publicó una información en la que cifraba en “9.861 los soldados muertos en acción, según el Ministerio de Defensa de Rusia”. Horas más tarde, la noticia había desaparecido por completo de la web del diario y sus responsables aseguraron que habían sido víctimas de un ataque informático. En Rusia está prohibido llamar guerra a la “operación militar especial” de Putin y también dar otros datos que no sean los oficiales del Gobierno.

Armas químicas

Estados Unidos ha elevado la advertencia, además, de que Rusia puede estar preparando ataques con armas químicas. Ucrania asegura que ya se ha usado fósforo blanco, capaz de causar quemaduras muy graves, y que tiene información de que Moscú se está moviendo para ampliar el uso de otras armas químicas o biológicas. Kiev ha dado, además, la voz de alarma de que Putin está tratando de arrastrar a la guerra a Bielorrusia, el vecino del norte de Ucrania y que el Kremlin ya usó como trampolín para la invasión, con el líder autoritario bielorruso Aleksandr Lukashenko totalmente dependiente de Moscú.

Las tropas del Kremlin no han conseguido romper las líneas de defensa ucranias, el Ejército invasor ha sufrido importantes bajas humanas y materiales y el Gobierno que lidera Zelenski ha visto reforzado su apoyo popular tras decidir quedarse en el país y mantener una frenética actividad tanto en la escena internacional como hacia sus propios ciudadanos. El líder ucranio, convertido en un símbolo para muchos, ha sido crucial para la resistencia. Ahora, cuando las conversaciones con Rusia para lograr un alto el fuego apenas se mueven, Zelenski mantiene una apretadísima agenda para recabar apoyo internacional y ha hecho llamamientos —personalizando su mensaje en cada país— en los Parlamentos de Estados Unidos, el Reino Unido, Israel, Japón, Italia y Francia. Este martes habló con el papa Francisco.

Cuando el presidente estadounidense, Joe Biden —que pese a la incredulidad de muchos alertó sobre la invasión— está viajando hacia Europa para conversar con sus aliados sobre la guerra y se prepara para aplicar nuevas sanciones a Rusia, la OTAN ha anunciado que reforzará su presencia en su flanco oriental, duplicando tropas en Bulgaria, Hungría, Rumania y Eslovaquia.

En las últimas cuatro semanas, el paisaje de Ucrania ha cambiado por completo. Las ciudades están blindadas con cientos de barreras de hormigón, metal, sacos terreros. Se han cavado trincheras e incluso en los puntos más estratégicos hay tanques apostados y francotiradores en posición. Miles de civiles armados, las milicias ciudadanas, conforman un tupido cinturón que espera a las tropas rusas y protege las infraestructuras civiles. La mayoría de los que se han quedado se han impuesto el objetivo de resistir y luchar: desde los voluntarios que reparten comida y bienes de primera necesidad o cavan trincheras hasta las personas que gestionan los refugios o las partisanas del ciberespacio. La resistencia civil se ha demostrado clave para frenar la invasión.

“Todos los soldados temen la guerra urbana. Los ucranios han hecho un gran trabajo al preparar sus ciudades para hacer que los rusos paguen un alto precio si entran”, entiende John Spencer, responsable de Guerra Urbana en el Madison Policy Forum de Nueva York.

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La invasión rusa de Ucrania ha sacudido los cimientos de la concepción del mundo y del lugar que creía ocupar en él Alemania. La guerra a las puertas de la Unión Europea ha despertado de golpe a un país que durante años confió en que la diplomacia y las buenas relaciones económicas bastaban para mantener la paz y extender la democracia. El shock ha sido de tal magnitud que Alemania ha roto ya o pone en duda tabúes que han definido sus políticas de exteriores, de defensa y energética durante décadas.

El país que se negaba categóricamente a enviar armas a regiones en conflicto poniéndose en contra a aliados como Estados Unidos y sus socios europeos ahora suministra misiles al Ejército ucranio. El país con unas fuerzas armadas infrafinanciadas y que rehuía todo lo que oliera a belicismo se dispone a inyectar 100.000 millones de euros en defensa para crear uno de los ejércitos más poderosos del mundo. También se discute si debería volver el servicio militar obligatorio. Incluso está en cuestión la sacrosanta libertad para circular por las autopistas alemanas sin límites de velocidad. La Alemania del no a la nuclear se plantea ahora alargar la vida de los últimos tres reactores en funcionamiento. Y todo ello, en un mes.

El canciller alemán, el socialdemócrata Olaf Scholz, lo llamó Zeitenwende, algo así como punto de inflexión en la historia, en un discurso en febrero de gran calado y dureza que trastocó los pilares de las políticas de sus predecesores en defensa. “Toda la concepción del mundo que tenía Alemania desde los años noventa se ha derrumbado”, resume Jacob Kirkegaard, analista sénior del German Marshall Fund (GMF). El país pensaba que podía comerciar e invertir en otros Estados “independientemente de lo perversos que fueran porque creía que al final triunfaría la democracia”. Pero Rusia ha resultado ser un “imperio agresivo con armas nucleares a las puertas de la UE” y eso “conduce a un mundo fundamentalmente diferente para el que Alemania no estaba preparada”, argumenta.

1. Inversión histórica en defensa

Esa bofetada de realidad ha obligado a romper tabúes que, opina también Rafael Loss, experto del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR), era necesario derribar. Altos mandos militares, tanto en la reserva como en activo, han lamentado públicamente el maltrecho estado del Ejército alemán, que, aseguran, no estaría en condiciones de defender al país en caso de un ataque.

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Scholz anunció, el domingo posterior a la invasión de Ucrania, una partida especial de 100.000 millones de euros para mejorar cuanto antes la Bundeswehr, y el aumento de la inversión anual en defensa hasta superar el 2% del producto interior bruto, una petición reiterada por la OTAN y que los sucesivos gobiernos alemanes habían ignorado hasta hoy. Actualmente, el gasto en defensa ronda el 1,5% del PIB. La compra de 35 aviones F-35 de fabricación estadounidense es el primer paso concreto en esa remodelación de las fuerzas armadas.

2. Armas en zonas en conflicto

La decisión de enviar armas letales a Ucrania supone otro cambio de paradigma. Durante décadas, Berlín había aludido a su turbulenta historia en el siglo XX para incluso prohibir la reexportación desde terceros países de armas de fabricación alemana. El anuncio del envío de 5.000 cascos protectores a Kiev cuando los aliados ya estaban mandando misiles provocó una reacción que mezclaba la crítica y la sorna. El histórico discurso de Scholz del 27 de febrero puso fin a ese pilar de la política exterior: “La invasión rusa marca un punto de inflexión. Amenaza todo nuestro orden de posguerra. Es nuestro deber hacer todo lo posible para ayudar a Ucrania a defenderse del ejército invasor de Vladímir Putin”.

El giro de Berlín “requerirá mucho liderazgo”, opina Loss, porque compensar 30 años de recortes presupuestarios consiste en algo más que poner mucho dinero de golpe sobre la mesa. Lo mismo se aplica a la política energética. Deshacer ahora décadas de refuerzo consciente de la dependencia del gas y el petróleo ruso es una tarea muy complicada. No solo porque hay que asegurar un suministro alternativo; también porque la población tiene que estar concienciada de que va a afectar a su bolsillo.

3. Alargar la vida de las nucleares

Cortar los lazos energéticos con Putin se ha convertido en la gran prioridad del Gobierno alemán, que se asoma a la ruptura del tabú de la energía nuclear. Alemania es extremadamente dependiente del gas ruso para hacer funcionar su industria y calentar los hogares y, además, confiaba en usar esta fuente de energía —hasta hace unos meses, bastante barata— como puente hacia un mayor desarrollo de las renovables. La invasión rusa de Ucrania ha dado al traste con esos planes. Incluso peligra el objetivo de la neutralidad de carbono para 2045.

Ante esta situación, prolongar la vida útil de las últimas tres centrales nucleares en funcionamiento ha vuelto al debate público e incluso un ministro de Los Verdes se ha mostrado abierto a estudiarlo. Los tres últimos reactores en suelo alemán deberían cerrar el 31 de diciembre de este año, de acuerdo con el apagón nuclear que ordenó la excanciller Angela Merkel a raíz de la catástrofe de Fukushima, en 2011.

La ciudadanía apoyó masivamente la decisión de Merkel y hasta hace poco más de un mes nadie se planteaba dar marcha atrás. Ahora, Robert Habeck, el ministro verde de Economía y Clima, no descarta ninguna solución, pese a que su partido ha hecho bandera del no a las nucleares desde su fundación. Otro barón verde, Winfried Kretschmann, presidente de Baden-Württemberg, habla incluso de seguir quemando carbón más allá de 2030, el objetivo que Los Verdes habían impuesto al tripartito en el acuerdo de coalición de gobierno.

Por ahora el Ejecutivo no está por la labor. Al sopesar argumentos a favor y en contra, una primera evaluación ha determinado que la contribución al suministro de energía de las nucleares sería demasiado pequeña para los riesgos económicos, legales y de seguridad que supondría. “No sería sensato ni justificable”, ha dicho la ministra de Medio Ambiente, la verde Steffi Lemke. “Incluso puede hacernos más vulnerables”, ha añadido. Las nucleares proporcionaron casi el 12% de la generación de electricidad el año pasado, pero había seis reactores en funcionamiento y ahora solo quedan tres.

4. ¿Vuelve la ‘mili’?

El giro en la política de defensa tras la invasión de Ucrania ha puesto sobre la mesa la posibilidad de recuperar el servicio militar obligatorio. La discusión se ha colado en tertulias, artículos de opinión y también en el discurso de dirigentes políticos que se han preguntado si no sería el momento de recuperar la mili, que en Alemania dejó de existir hace poco más de una década. No es la primera vez que se plantea, generalmente por parte de algún político conservador, pero muy lejos de la repercusión que está teniendo ahora.

El democristiano Daniel Günther, presidente de Schleswig-Holstein, aseguró estar a favor de un servicio militar obligatorio en una entrevista reciente en Der Spiegel. Pero también desde la izquierda surgen algunas voces en ese sentido. Bodo Ramelow, presidente de Turingia y miembro de Die Linke (La Izquierda), ha escrito en su blog que, a diferencia de su partido, está a favor de una Bundeswehr bien equipada y de recuperar la mili.

Ante la reactivación del debate, el Ministerio de Defensa ha tenido que pronunciarse. “No está en la agenda”, asegura en un comunicado. El departamento recuerda que uno de los motivos para acabar con el servicio militar en 2011 fueron las dudas respecto a la constitucionalidad de obligar a realizarlo únicamente a los hombres. Además, considera que en la situación actual los nuevos reclutas no serían de gran ayuda. Lo que se necesita son tropas bien entrenadas, consideran los altos mandos militares que han dado su opinión.

Roderich Kiesewetter, experto en defensa de la conservadora CDU, apunta a un problema añadido. “Ya ni siquiera tenemos cuarteles”, dijo en una entrevista en la televisión pública. Defensa asegura que tampoco se plantea llamar a los reservistas, miles de hombres y mujeres con entrenamiento militar que estarían disponibles en caso de necesidad.

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Joe Biden, durante una videollamada con Emmanuel Macron, Boris Johnson y Olaf Scholz el pasado 7 de marzo.
Joe Biden, durante una videollamada con Emmanuel Macron, Boris Johnson y Olaf Scholz el pasado 7 de marzo.Adam Schultz (AP)

La Casa Blanca ha redoblado este lunes el frente diplomático occidental ante la guerra de Ucrania mediante una conferencia telefónica del presidente Joe Biden con su homólogo francés, Emmanuel Macron; el canciller alemán, Olaf Scholz, y los primeros ministros del Reino Unido, Boris Johnson, e Italia, Mario Draghi. El objetivo de la llamada, que se produce dos días antes de que Biden viaje a Europa para abordar in situ la situación con los aliados, era “discutir respuestas coordinadas al ataque injustificado y no provocado por parte de Rusia contra Ucrania”.

Según el comunicado difundido por la Casa Blanca, “los líderes intercambiaron su profunda preocupación sobre las tácticas brutales de Rusia en Ucrania, incluidos sus ataques contra civiles. [Los cinco] Subrayaron su continuo apoyo a Ucrania, brindando asistencia de seguridad a los valerosos ucranios que defienden su país de la agresión rusa y ayuda humanitaria a los millones de personas que han huido de la violencia. Los líderes también revisaron los esfuerzos diplomáticos recientes en apoyo del esfuerzo de Ucrania por alcanzar un alto el fuego”, explica lacónicamente el texto.

En Bruselas, Biden participará este jueves en una cumbre extraordinaria de la OTAN, en la que coincidirán todos ellos, así como en el Consejo Europeo. El único que no estará presente será Johnson. El mandatario demócrata, que acude en calidad de invitado, también asistirá a una reunión del G-7. El viernes y el sábado viajará a Polonia, donde mantendrá un breve encuentro con su homólogo, Andrzej Duda.

Desde el inicio de la guerra, hace casi un mes, Biden ha venido manteniendo contactos con dirigentes europeos de forma periódica varias veces por semana. Además de con los mandatarios citados, en algunas ocasiones se han sumado a las videollamadas la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel.

A medida que se prolonga la contienda —este jueves hará un mes de la invasión—, entre las preocupaciones de EE UU y sus aliados figura la imprevisible respuesta de Moscú, que ha hallado mucha más resistencia en Ucrania de la prevista. Por eso, entre las amenazas potenciales que contemplan destaca la posibilidad de una nueva andanada de ciberataques para yugular infraestructuras básicas en Occidente. Antes de conversar con los dirigentes europeos, Biden ha alertado este lunes de que Moscú podría redoblar sus ciberataques contra objetivos estratégicos estadounidenses a causa del “coste económico sin precedentes que hemos impuesto a Rusia”, ha dicho, en alusión a la batería de sanciones adoptadas contra el Kremlin.

La advertencia de Biden se producía al tiempo que la Casa Blanca recomendaba a las empresas que brindan servicios esenciales reforzar su defensa cibernética “por amenazas digitales en curso de Rusia”, explicó Ane Neuberger, responsable de ciberseguridad de la Casa Blanca. El Gobierno de EE UU ha visto una “actividad preparatoria de piratería [de Rusia] contra numerosas empresas estadounidenses”, aunque “no tiene certeza” de que los ataques vayan a concretarse. La potencial amenaza se basa en “datos de inteligencia actualizados”, indicó la funcionaria. La Administración ha impartido recientemente sesiones informativas a cientos de empresas que pueden ser objetivo de los piratas informáticos rusos. Los ataques contra uno de los mayores oleoductos del país, en mayo pasado, y una importante planta procesadora de carnes, un mes después, mostraron la vulnerabilidad de infraestructuras críticas para el aprovisionamiento de energía y alimentos en el país. Ambos fueron atribuidos a ciberpiratas rusos.

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El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, en su discurso de este domingo ante el Parlamento israelí.
El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, en su discurso de este domingo ante el Parlamento israelí.KNESSET (Europa Press)

El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, quien se precia de su ascendencia judía, ha comparado este domingo la invasión rusa de Ucrania con el Holocausto judío en una intervención virtual ante los diputados de la Kneset, el Parlamento de Israel. “Escuchad qué dice el Kremlin, es la misma terminología que los nazis usaron contra vosotros. Es una tragedia. Entonces querían destruir Europa y no os quisieron dejar con vida (a los judíos). Ahora nos toca a nosotros. Entonces lo llamaron la solución final”.

Enfundado en la camiseta militar verde olivo con la que ya se ha dirigido a otras Cámaras legislativas, Zelenski ha reclamado ayuda militar a Israel con una nada velada crítica a su equidistancia en el conflicto. “Podemos preguntar por qué no hemos recibido armas de Israel, por qué no ha impuesto fuertes sanciones a Rusia”, ha inquirido ante los 122 parlamentarios que han seguido sus palabras vía Zoom, en una Kneset de 120 escaños. “Ha sido vuestra decisión y tendréis que convivir con sus conciencias”, les advirtió. “Todo el mundo sabe que vuestros sistemas de defensa [como el escudo antimisiles Cúpula de Hierro] son los mejores”, ha precisado. “Podríais ayudar a nuestro pueblo, salvar vidas de ucranios judíos”, ha recriminado a su audiencia.

“El Ejército ruso está destruyendo Ucrania mientras el mundo entero mira”, ha enfatizado Zelenski, para quien “la indiferencia y el cálculo de intereses matan. No se puede mediar entre el bien y el mal”, ha apostillado. Su discurso, de algo menos de media hora de duración, ha sido transmitido en directo por televisión y proyectado también en una pantalla gigante en la plaza Habima de Tel Aviv, ágora de grandes concentraciones políticas en Israel, ante centenares de personas que enarbolaban banderas ucranias e israelíes. Con estudiada formalidad, la Embajada de Rusia había protestado pocas horas antes contra su alocución parlamentaria al reclamar a Israel una actitud más equilibrada en el conflicto.

El primer ministro israelí, Naftali Bennett, ha seguido la intervención ante la Cámara legislativa, que acaba de finalizar su primer periodo de sesiones del año. El gobernante ultraconservador israelí ha sido uno de los pocos líderes internacionales en ser recibido en el Kremlin por el presidente ruso, Vladímir Putin, tras el estallido de las hostilidades. El pasado día 5 hizo visible en Moscú su papel mediador entre ambas partes en el conflicto, aunque sus asesores precisan que no ha planteado propuestas concretas de acuerdo y se ha limitado a ejercer como mensajero o intermediario de confianza entre Kiev y Moscú. En contra de sus creencias, el religioso Bennett viajó en pleno sabbat, el día sagrado judío que prohíbe expresamente los desplazamientos en avión, amparado en la dispensa que otorga la ley judaica a quienes participan en una misión para salvar vidas.

La discreción ha caracterizado hasta ahora sus sucesivos contactos telefónicos tanto con Putin como con Zelenski. Bennett se ha ausentado de reuniones del Gabinete y de actos oficiales para atender las llamadas urgentes de ambos líderes. Tras ser recibido en el Kremlin, donde mantuvo una entrevista de tres horas de duración, el primer ministro israelí prosiguió viaje a Berlín para informar en persona al canciller alemán, Olaf Scholz, quien ya le había visitado a comienzos de mes en Jerusalén. Bennett ha establecido también un canal de contacto con el presidente francés, Emmanuel Macron, y ha dado cuenta de sus gestiones a la Administración del presidente de EE UU, Joe Biden, su principal aliado.

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“Aunque la oportunidad no es muy clara, tenemos la obligación moral de hacer el esfuerzo, ya que contamos con acceso a ambas partes”, se ha limitado a justificar su actitud en público el primer ministro israelí. No es una amenaza existencial, sino una disputa territorial, viene a ser su mensaje, traducido a términos bien conocidos en Oriente Próximo. Esta es la tesis que hacen circular en la prensa hebrea los asesores mediáticos de Bennett: Ucrania podrá seguir siendo un Estado independiente con su propio Gobierno solo si acepta “sacrificios territoriales”, según destaca en Twitter el analista diplomático Barak Ravid.

En apenas nueve meses en el cargo, tras haber apeado al conservador Benjamín Netanyahu, quien llevaba 12 años en el poder, el prácticamente desconocido Bennett ha encontrado una vía para ganar presencia en la escena internacional. El dilema de Israel ante el conflicto de Ucrania se ha plasmado en una retórica de equidistancia, en la que Bennett, quien adopta un perfil de neutralidad, y se reparte los papeles con el ministro de Exteriores y socio clave del Gobierno, el centrista Yair Lapid, quien sí ha condenado expresamente la invasión rusa. El Gobierno israelí, sin embargo, no se ha sumado a las sanciones económicas impuestas a Moscú por los países occidentales y sigue manteniendo las conexiones desde Tel Aviv con los aeropuertos rusos, que han sido utilizadas por oligarcas próximos a Putin como Roman Abramóvich.

La presencia militar rusa en Siria, donde la aviación israelí lanza ataques periódicos contra fuerzas proiraníes, ha llevado a Bennett a transitar por la senda de la ambivalencia diplomática y evitar tanto las sanciones a Rusia como el envío de armamento a Ucrania. Moscú, que controla el espacio aéreo sirio desde su intervención militar en favor del presidente Bachar el Asad en 2015, ha seguido permitiendo los ataques de la aviación israelí contra objetivos de las milicias proiraníes en el vecino país árabe, como el que este mismo mes causó la muerte de dos guardianes de la revolución de Irán cerca de Damasco.

Concentración para seguir el discurso del presidente de Ucrania, Volodímir, Zelenski, el domingo en Tel Aviv.
Concentración para seguir el discurso del presidente de Ucrania, Volodímir, Zelenski, el domingo en Tel Aviv.JACK GUEZ (AFP)

Diáspora soviética en el Estado judío

El jefe del Gobierno israelí acudió a Moscú a su cita con Putin acompañado por el ministro de Vivienda, Zeev Elkin, de origen ruso. Más de un millón de israelíes, un 15% de la población, proceden de la diáspora que emigró al Estado judío tras la descomposición de la Unión Soviética. La evolución de la guerra se sigue muy cerca en el Estado hebreo y, pese a la neutralidad oficial, la opinión pública se muestra abiertamente favorable a ayudar a Ucrania. La situación de los cerca de 200.000 judíos que viven en el país de Europa oriental en guerra es una las principales preocupaciones del Gobierno israelí. Por ello, ha enviado una gran cantidad de ayuda humanitaria, en particular un hospital de campaña para atender a un centenar de pacientes al día, asistidos por unos 80 médicos y sanitarios.

Las restricciones que el Ministerio del Interior israelí impuso inicialmente a la entrada de los refugiados ucranios levantó ampollas entre la población judía, que hunde sus raíces en el éxodo masivo derivado del Holocausto. Israel ha permitido el paso hasta el momento a 3.500 ucranios judíos, que gozan del derecho a inmigrar y establecerse en el país, y a 10.000 no judíos. A este grupo se le llegó a obligar a abonar una fianza a fin de garantizar su retorno a Ucrania, se le fijó un cupo inicial, que ahora ha quedado circunscrito a quienes cuenten con familiares y amigos que, en principio, se hagan cargo de su manutención y gastos.

Los refugiados no judíos deben solicitar autorización previa su entrada al país para que se les permita abordar un avión con destino a Tel Aviv. Cerca de un 10% de las peticiones han sido rechazadas. Como advierte en la prensa hebrea Sahi Cohen, director de Alianza de Israel, ONG que atiende a los ucranios, “el Gobierno israelí está siguiendo una política de erigir alambradas para impedir la entrada de los refugiados”. Lo ha recordado el mismo Zelenski en su discurso a la Kneset al reclamar visados para todos los refugiados de Ucrania.

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El ejército ruso es un tigre de papel. Es lo suficientemente fuerte como para defenderse eficazmente y suponer una amenaza y es lo suficientemente fuerte como para una intervención limitada, pero las fuerzas armadas rusas carecen de la fuerza que todo el mundo supone que tienen, las fuerzas armadas rusas tienen serios defectos, todos los cuales han sido expuestos en este conflicto.

1: Fallos logísticos

Rusia tiene un sistema ferroviario impresionante. Dadas las enormes distancias de Rusia, se requiere una compleja y avanzada red ferroviaria para que las cosas funcionen.

Los militares rusos han aprovechado al máximo esta red ferroviaria para abastecer a sus fuerzas armadas. Sinceramente, se les da muy bien mantener las fuerzas abastecidas siempre que dispongan de su red ferroviaria.

Pero no hay ferrocarriles que Rusia pueda utilizar en Ucrania. Lo PRIMERO que hicieron las unidades ucranianas fue destruir todas las redes ferroviarias rusas que entraban en Ucrania. Ahora tiene que abastecer a sus hombres utilizando camiones, lo que es mucho más difícil.

Así que los suministros se llevan a los depósitos de suministros en la frontera, principalmente por tren y también por aire. Luego, estos suministros se cargan en camiones que forman un convoy y se dirigen a las líneas del frente para reabastecer a las unidades de combate.


 

Pero Rusia no tiene suficientes camiones. Esto puede parecer sencillo, pero es cierto. Rusia puede llevar fuerzas y suministros a la frontera ucraniana muy rápidamente, pero luego tiene dificultades para llevar esos suministros al frente. Sólo en esta primera semana de guerra, hemos visto este hecho.

  1. Decenas de avanzados (y costosos) tanques y vehículos blindados rusos fueron abandonados a un lado de la carretera sin gasolina
  2. Unidades rusas solitarias vagando por el campo en busca de suministros
  3. Cuerpos enteros de Rusia paralizados por falta de suministros, incapaces de seguir siendo eficaces en el combate
  4. Tropas rusas saqueando Ucrania en busca de necesidades básicas como alimentos
  5. Soldados rusos hambrientos rindiéndose a los ucranianos
  6. El gran convoy ruso se vio obligado a detenerse en múltiples ocasiones debido a la falta de suministros

Profundicemos aquí. Las unidades rusas están suficientemente equipadas para operar de forma independiente durante unos 3-5 días. Después de ese tiempo, necesitan suministros. Los expertos informan que las unidades rusas no pueden operar eficazmente a más de 90 millas de un depósito de suministros. Por eso Rusia TIENE que tomar Kiev. Kiev, con sus numerosos aeropuertos, serviría de enorme depósito de suministros para las fuerzas rusas en su avance hacia Ucrania.

Ucrania lo sabe y por eso está concentrando toda su mano de obra en proteger Kiev. Además, las fuerzas especiales ucranianas están atacando a los convoyes y Ucrania está diciendo a sus civiles que ataquen a los convoyes. Ucrania es muy consciente de esta debilidad y la aprovecha al máximo.

Ahora las unidades rusas utilizan lo que se denomina un sistema logístico "basado en el empuje", en comparación con Estados Unidos, que utiliza un sistema "basado en el tirón".

  • El sistema "pull" significa que las unidades solicitan el reabastecimiento y esos suministros se envían, es decir, los suministros se envían al lugar donde se utilizan
  • El sistema "push" significa que los suministros son controlados por un mando central y enviados a donde el alto mando considere necesario. Esto significa que algunas unidades tienen prioridad sobre otras.
    • Por eso algunas unidades rusas son extremadamente móviles y activas, mientras que otras (como las de Sumy) están muertas en el agua

En resumen, Rusia tiene los recursos en bruto y puede llevarlos a la frontera utilizando su avanzada red ferroviaria. Sin embargo, Rusia carece de los camiones y de la capacidad táctica para llevar esos suministros desde la frontera hasta el frente.

2: Fallos en la formación

Rusia ha tenido que seguir el ritmo de EE.UU. militarmente durante algún tiempo. Esto es muy difícil si se tiene en cuenta que Rusia gasta el 10% de lo que Estados Unidos gasta en su ejército anualmente.

Así que Rusia recorta gastos. Algunos Cuerpos están mal abastecidos, el equipo más antiguo rara vez se retira, el material se produce de forma barata, las unidades dependen más de armas baratas y menos técnicas, y Rusia utiliza reclutas.

Los reclutas son personas obligadas a entrar en el ejército. Estas personas apenas reciben formación, sólo se les paga 30-40 dólares al mes y siempre están mal abastecidas.


 

Muchos de los hombres que están en el frente ahora mismo son reclutas y, para sorpresa de nadie, estos soldados se están rindiendo rápidamente y son extremadamente ineficaces.

Los Estados Unidos utilizan un ejército de voluntarios, lo que significa que todos los miembros del ejército están allí por elección. Esto significa que las tropas estadounidenses son mucho más efectivas simplemente debido a la moral.

Ahora bien, ¿por qué utilizar reclutas? Bueno, Rusia cree que estos hombres lucharían duro si su patria estuviera amenazada (como en la Segunda Guerra Mundial). Esto puede ser cierto, pero Rusia no está amenazada y, en cambio, está invadiendo una nación soberana prácticamente sin razón. Así que estos soldados poco entrenados y hambrientos están confundidos, enfadados y asustados, lo que tiene todo el sentido del mundo.

3: Falta de capacidad táctica

Rusia acabó ganando la guerra de Chechenia, de la que hablaré con más detalle en otra ocasión. Sin embargo, Rusia perdió un poco la primera guerra de Chechenia cuando las milicias chechenas retomaron la capital de las fuerzas rusas y obligaron a Rusia a un alto el fuego.

Cuando Putin llegó al poder por primera vez, hubo un ataque terrorista masivo en Chechenia. Putin declaró la guerra total e invadió Chechenia.

Sin embargo, esta vez Putin no repetiría los errores del pasado. Lanzó una lenta y brutal campaña en la que las unidades rusas se desplazaron lentamente hacia el sur de Chechenia bombardeando todas las ciudades, pueblos y aldeas hasta dejarlas en el olvido.

Sólo cuando Chechenia estaba en escombros ganó Rusia.

Ahora bien, esto era Chechenia, una región extremadamente pequeña que tenía una población de menos de un millón de habitantes en ese momento.

Ucrania es una gran nación moderna con 45 millones de habitantes.

Rusia esperaba que unos pocos ataques militares quirúrgicos con unidades altamente entrenadas harían que las fuerzas ucranianas se desmoronaran. En realidad, los ucranianos están firmemente comprometidos con la defensa de su nación y los intentos de Rusia por ganar el conflicto fracasaron rápidamente.

Así que ahora Rusia tiene que librar una gran guerra tradicional. Tienen que hacerlo con todos los problemas que he enumerado anteriormente. A diferencia de Chechenia, Rusia no puede arrasar ciudades enteras. Hacerlo supondría, casi con toda seguridad, incitar a la comunidad internacional a la acción militar.

Así que las fuerzas rusas, mal abastecidas y poco entrenadas, tienen que enfrentarse ahora a defensores decididos.

En realidad, Rusia no ha perdido ninguna batalla tradicional ni nada parecido. Las unidades rusas han retrocedido en algunos frentes y se han enfrentado a fuertes pérdidas, pero el ejército ruso sigue avanzando y ha conseguido algunos avances en la semana anterior.

Sin embargo, Rusia ha perdido muchos hombres hasta ahora en los combates. Si creemos los informes rusos (y no deberíamos hacerlo) unos 500 soldados rusos han muerto sólo esta semana. Compárese con la invasión estadounidense de Irak, en la que murieron 197 soldados de la Coalición en las primeras seis semanas de combate.

Si creemos en otros informes, quizás hasta 4.000 rusos han muerto ya luchando.

¿Qué ha ganado Rusia a cambio de todos esos cadáveres? Una ciudad menor en el sur.


 
Rusia tiene un largo camino que recorrer para conquistar Ucrania y, siendo la resistencia ucraniana la que es, puede acabar costándole a Rusia más de lo que puede permitirse.

 

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