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El respeto a la figura de Isabel II, mucho más en el año en que conmemora el 70º aniversario de su reinado, ha llevado a partidos políticos y medios de comunicación a taparse la nariz al saber que la reina pagará con parte de su patrimonio el acuerdo extrajudicial de su hijo, el príncipe Andrés, en el proceso al que se enfrentaba por abusos sexuales a una menor. El primero en señalar la cifra total del acuerdo alcanzado entre el equipo jurídico del duque de York y los abogados de la demandante, Virginia Giuffre, era el diario The Daily Telegraph, que sugería un montante de más de 14 millones de euros. Otros medios han rebajado a 12 millones la cantidad, pero hay un consenso general sobre la cifra aproximada. Y con la calculadora en la mano, resulta inconcebible que Andrés haya podido lograr de su propio bolsillo el dinero necesario para zanjar el asunto. Oficialmente, cobra 24.000 euros anuales de pensión como veterano de la Armada Real. Y el pasado enero vendió el chalet que tenía en los Alpes suizos, valorado en unos 20 millones de euros pero con una carga hipotecaria de 15 millones.

La presión del Palacio de Buckingham para que Andrés cerrara cuanto antes el asunto era muy grande. 2022 es el año del Jubileo de Platino de Isabel II. Una ocasión que se prolongará durante meses con actos y celebraciones públicas y que la casa real británica contemplaba como la estrategia perfecta para mejorar la imagen de la monarquía. La reina vive su mejor momento de popularidad, a pesar de una pandemia que la mantuvo encerrada en Windsor casi dos años. Y la ciudadanía británica ha aceptado ya la sucesión de Carlos de Inglaterra en el trono, junto a la continuidad que representa su hijo, el príncipe Guillermo. Un asunto turbio como el que suponía un juicio por abusos sexuales a una menor amenazaba con contaminar cualquier esfuerzo de relaciones públicas y estropear un año clave para consolidar la estabilidad de la institución.

Isabel II ha decidido tirar de chequera, y ha contado con la notable ayuda de la prensa conservadora, dispuesta a señalar como único culpable de esta humillación al propio Andrés. Apenas se ha escuchado alguna voz crítica ante la idea de que la Casa de Windsor pague con dinero el silencio de una víctima de abusos sexuales. “Los contribuyentes tienen el derecho a saber de dónde sale el dinero para ese acuerdo [extrajudicial], que debemos asumir que será de varios millones, si no decenas de millones de libras”, ha denunciado Graham Smith, de la minoritaria pero activa organización antimonárquica Republica. A través de internet han logrado recabar más de 3.000 firmas de ciudadanos que exigen una explicación de las cuentas. El líder de la oposición laborista, Keir Starmer, ha decidido sin embargo no hacer leña de la noticia del acuerdo, que “pone fin a un lamentable capítulo”, aunque ha pedido que no se olviden las víctimas de abusos sexuales: “Hay muchas de ellas por todo el mundo, y nunca debemos olvidar esa perspectiva”, ha dicho.

La mayoría de los lujosos gastos del hijo favorito de Isabel II proceden de los ingresos del Ducado de Lancaster. Es una entidad que concentra todos los activos de tierras, patrimonio inmobiliario urbano e inversiones financieras de la reina. Aunque a lo largo de los años ha aumentado el control público de este patrimonio, sigue proporcionando a Isabel II pingües beneficios anuales. La última cifra registrada, en marzo de 2021, era de más de 26 millones de euros. Aunque el Palacio de Buckingham no ha querido hacer ningún comentario al respecto, cualquier ayuda a Andrés, tanto para pagar las costas de su defensa jurídica como para hacer frente al pago del acuerdo extrajudicial, ha tenido que salir necesariamente de ese fondo privado de la reina.

El documento presentado ante el juez estadounidense por las partes, un principio de acuerdo que debe ser ratificado en el plazo de un mes, logra satisfacer las pretensiones del príncipe Andrés y de la demandante, Virginia Giuffre. Sin embargo, el duque de York es claramente el mayor perjudicado en el tribunal que, a todos los efectos, preocupa más al Palacio de Buckingham: el de la opinión pública. El hijo de la reina admite que Giuffre (hoy Roberts de apellido, con 38 años, casada y residente en Australia) “ha sufrido tanto como una demostrada víctima de abusos como por el resultado de los ataques públicos recibidos”, “lamenta su asociación con Epstein [el millonario pedófilo estadounidense] y celebra la valentía que ha tenido Giuffre y otras supervivientes al defenderse a sí mismas y a los demás”. Es decir, aunque evita reconocer expresamente cualquier atisbo de culpabilidad en los presuntos abusos sexuales sufridos por Giuffre, admite su condición de víctima —algo que llevaba años resistiéndose a hacer— y ofrece resarcimiento moral a la manera estadounidense: con una ingente cantidad de dinero. El importe se dividirá en tercios: una parte para la demandante, otra para cubrir la minuta de su abogado David Boies y el equipo que ha trabajado con él y otra tercera para la fundación Victims Refuse Silence (Las Víctimas Rechazan el Silencio) presidida por Giuffre, que ayuda a los supervivientes de abusos sexuales a contar su historia.

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El príncipe Andrés de Inglaterra y Virginia Giuffre, presunta víctima del pedófilo millonario Jeffrey Epstein, han alcanzado un acuerdo extrajudicial para zanjar la demanda que Giuffre presentó contra el duque de York por abuso sexual, según un documento presentado al tribunal de Manhattan, Nueva York. La mujer, de 38 años, lleva una década acusando públicamente al tercer hijo de Isabel II, de 61, de haberla violado cuando era una menor de edad en unos encuentros orquestados por el magnate neoyorquino.

El montante que le pagará el príncipe Andrés a Giuffre es confidencial, según dijeron las partes en una declaración conjunta. El hijo de la reina “tiene la intención de hacer una donación sustancial” a la organización fundada por la demandante, Victims Refuse Silence (Las víctimas rechazan el silencio), que ayuda a supervivientes de abuso sexual a contar su historia.

Cuando Giuffre comenzó a señalar al aristócrata por los presuntos abusos, solo la prensa amarilla se hizo eco, pero cuando se destapó el escándalo de Epstein, se precipitaron las cosas también para él. Las acusaciones contra el duque de York, apartado de sus labores públicas en 2019 y despojado de sus títulos militares y patronatos reales el mes pasado, ha desencadenado la peor crisis de imagen de la corona británica desde la muerte de la princesa Diana.

El acuerdo llega unas semanas antes de la cita judicial prevista para que el duque de York respondiera a las preguntas de los abogados de Giuffre desde el banquillo. El abogado de Giuffre, David Boies, sostuvo en un documento presentado en un tribunal federal de Manhattan que los abogados de ambas partes le informaron al juez que habían llegado a un acuerdo y que solicitarán la desestimación de la demanda dentro de un mes. En la demanda presentada el pasado agosto, la mujer acusó a Andrés de haber abusado sexualmente de ella cuando tenía menos de 18 años en la mansión de Epstein en Manhattan y en su isla privada, Little St. James, en las Islas Vírgenes.

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Andrés de Inglaterra, el 11 de abril de 2021, en el Castillo de Windsor.
Andrés de Inglaterra, el 11 de abril de 2021, en el Castillo de Windsor.Steve Parsons (AP)

El príncipe Andrés de Inglaterra (Londres, 61 años) ha rechazado toda sugerencia de zanjar discretamente su batalla legal en Estados Unidos y resignarse a un ostracismo social que salvaguarde la imagen de la familia real británica. Su equipo jurídico ha presentado ya ante el juzgado de Nueva York que instruye la acusación de abuso sexual a una menor contra el duque de York un escrito de 11 páginas en el que niega rotundamente los hechos. Andrés solicita además que el asunto sea expuesto ante un jurado popular, y que sea esta institución la que decida sobre su culpabilidad o inocencia. Un juicio de esas características garantiza una publicidad máxima de todas las versiones, detalles y contradicciones de las partes, y supone varios meses de bombardeo constante en los medios de comunicación. Isabel II celebra este año su Jubileo de Platino ―70 años de reinado― y su equipo ha intentado alejar de la conmemoración cualquier elemento de escándalo. La reina decidió a mediados de enero retirar a Andrés todos sus títulos militares y sus participaciones en patronatos reales, en una nueva muestra de la voluntad de la familia real británica de alejar de la escena pública al duque de York.

Andrés admite en el escrito presentado ante el juez la relación que mantuvo con el millonario pedófilo estadounidense Jeffrey Epstein, pero niega haber participado en cualquier acto de abuso sexual. Desmiente además, a pesar del caudal de fotos y publicaciones que han surgido a lo largo de los años, que fuera amigo de Ghislaine Maxwell, la novia de Epstein y conseguidora de muchas de las menores de las que abusó el financiero. La hija del magnate británico de los medios, Robert Maxwell, fue declarada culpable de cinco delitos contra la libertad sexual por un jurado popular estadounidense, y permanece en prisión a la espera de que se dicte sentencia.

El hijo de Isabel II mantiene su versión de que nunca conoció a Virginia Giuffre, la mujer ―de 38 años y residente en Australia― que acusa a Andrés de haber abusado de ella al menos en tres ocasiones, cuando era una menor, de 17 años, de apellido Roberts. Hasta 40 veces niega el escrito de la defensa los hechos presentados por el equipo jurídico de Giuffre, encabezado por el prestigioso abogado, David Boies. Pero también más de 40 veces utiliza el confuso argumento de “falta de información” para evitar responder a los datos más controvertidos. Por ejemplo, respecto a la famosa foto de Andrés agarrando por la cintura a Giuffre en el apartamento londinense de Maxwell, los abogados del duque persisten en la estrategia de sembrar dudas sobre la veracidad de la foto, a la vez que admiten no disponer de pruebas para demostrar que sea falsa.

Pero la estrategia más arriesgada de Andrés ―y la que puede acabar rebotando negativamente sobre toda la familia real británica― es la de cuestionar los motivos y la personalidad de la propia Giuffre. A lo largo de más de una decena de peticiones expresas de que el caso sea sobreseído, los abogados del duque exigen que las acusaciones de la mujer sean desestimadas, por “su conducta incorrecta” y por “no tener las manos limpias”. Este último argumento es un concepto procesal estadounidense por el cual “aquel que reclama justicia debe acudir con las manos limpias”. El equipo de Andrés intentará demostrar que Giuffre, quien convivió durante unos años con Epstein y Maxwell, también fue partícipe a la hora de atraer menores al entorno del financiero.

“La respuesta del príncipe Andrés sigue incidiendo en la idea de negar todas las acusaciones en su contra, y de intentar transmitir la idea de que la víctima es, de algún modo, culpable de todo lo que le sucedió”, ha contestado el abogado Boies al escrito del duque.

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El príncipe Andrés de Inglaterra, en una imagen del 11 de agosto, en Londres.
El príncipe Andrés de Inglaterra, en una imagen del 11 de agosto, en Londres.DPA vía Europa Press (Europa Press)

Desde su fundación en 1960, la escuela secundaria Prince Andrew, ubicada en Dartmouth (provincia canadiense de Nueva Escocia), porta este nombre a manera de conmemorar el nacimiento ese mismo año del hijo de la reina Isabel II. Sin embargo, las autoridades del plantel público -donde estudian 736 jóvenes- anunciaron que ha llegado al momento de elegir otro apelativo, marcado así distancias con el duque de York, acusado en Estados Unidos de abusos sexuales a Virginia Giuffre cuando la demandante era menor. El centro de enseñanza cambiará de nombre antes de que comience el próximo ciclo escolar.

Craig Campbell, director de la secundaria, envió este miércoles un correo electrónico a las familias de los alumnos informando de la decisión. “El nombre de una escuela debe reflejar nuestra comunidad escolar y mantener nuestros valores como un espacio de aprendizaje seguro e inclusivo para todos”, manifestó. “Nuestro deseo es seguir construyendo nuestra identidad como una comunidad positiva, solidaria y respetuosa, con un nombre que esté a la altura”, agregó.

El director señaló que un comité –integrado por estudiantes, profesores y otros empleados- se encargará del proceso. Todo miembro de la comunidad está invitado a proponer un nuevo nombre. Tras votaciones, los tres primeros de la lista serán evaluados por la Comisión Regional de Educación de Halifax, organismo que tomará una decisión final. Algunos alumnos y personal docente de la secundaria presentaron peticiones para cambiar el nombre desde finales de 2019, cuando el duque de York anunció su retiro de la vida pública por el escándalo provocado por su relación con el empresario Jeffrey Epstein, acusado de abuso sexual de menores y fallecido por suicidio en su celda, y su novia y cómplice, Ghislaine Maxwell, declarada culpable a finales de diciembre por un jurado estadounidense. Sin embargo, las propuestas no prosperaron.

El pasado 13 de enero, Isabel II retiró al príncipe Andrés todos los títulos militares y patronatos reales; una medida para evitar que el juicio en Estados Unidos enlode aún más a la monarquía. Tres de los títulos militares perdidos los tenía en Canadá, ya que era coronel en jefe honorario de dos regimientos de infantería y de una unidad blindada. Respecto a los patronatos reales, el duque de York contaba con seis en el país norteamericano; entre ellos, con un grupo de veteranos de guerra, una fundación educativa y un club de golf. No obstante, estas instituciones ya habían roto puentes con él desde 2019.

El nombre de la secundaria, así como los títulos militares y los patronatos reales del príncipe Andrés en Canadá se explican por los profundos vínculos entre el país y la Corona. La Confederación canadiense fue creada en 1867 con el Acta de América del Norte británica. En 1982, Pierre Elliot Trudeau –padre del actual primer ministro- repatrió la Constitución, dotando a Canadá de mecanismos para modificar directamente su carta magna. Isabel II es la jefa del Estado canadiense; su representación oficial en el país recae en Mary Simon, gobernadora general de Canadá. Los lazos continúan, pero el tercero de los vástagos de la reina está desapareciendo con rapidez de la postal.

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Cuando Virginia Giuffre tenía 17 años le pidió al hombre que abusaba de ella, el magnate Jeffrey Epstein, que le tomara una foto con el príncipe Andrés de Inglaterra. Regresaban de una noche de fiesta en Londres y quería inmortalizar el encuentro para su madre. La joven, de pelo rubio y ojos azules, aparece sonriente. El duque de York, también alegre, la agarra por la cintura. Giuffre —entonces Roberts, su apellido de soltera—, consiguió que la imagen de 2001 llegara a su progenitora. Y también a medio planeta. La estadounidense lleva una década denunciando que Andrés abusó sexualmente de ella cuando era menor de edad. En un comienzo, solo los periódicos amarillistas se hicieron eco de las acusaciones. Ahora, el tercer hijo de Isabel II, despojado de sus títulos militares y deberes públicos, se enfrenta a una demanda civil en los tribunales de Nueva York. Él lo niega todo. Incluso cuestiona la fotografía.

Para entender cómo Giuffre acaba cayendo en una sórdida trampa en las mansiones en las que habita el poder hay que remontarse a una infancia cortada de cuajo. Un amigo de la familia se la arrebató cuando abusó sexualmente de ella a los siete años, según ha contado ella. El hogar feliz que habían formado sus padres en un rancho de Sacramento (California) también se acabó. La agresión precipitó la separación de sus progenitores y despertó en la pequeña Virginia una rebeldía que nadie de su núcleo familiar supo tratar. Salía y entraba de hogares de acogida, hasta que a los 13 años dejó el último y no volvió más. Vivió en la calle, donde no encontró nada “excepto hambre, dolor y abuso”, dijo a la BBC. Durante ese periodo, se acostó al menos con dos hombres mayores a cambio de comida. “Yo era el sueño de un pedófilo”, aseguró en su primera entrevista a un medio, el Daily Mail, en 2011.

Los padres de Giuffre se volvieron a dar una oportunidad. Ella, también. A los 15 años se reunió con su familia en Palm Beach, Florida. Su padre trabajaba como gerente de mantenimiento en el club de golf de Donald Trump, Mar-a-Lago, y la adolescente consiguió un empleo de media jornada en ese establecimiento. Tenía que vestir una minifalda y un polo ceñido al cuerpo, todo blanco. Un día se le acercó una elegante mujer británica, hija de un fallecido magnate de la comunicación. Amable, le dio conversación. Giuffre le comentó que quería ser masajista. La mujer le dijo que trabajaba para un hombre muy rico que precisamente buscaba una y le ofreció formarla y un buen sueldo. La chica aceptó encantada. Aquella señora de la alta sociedad era Ghislaine Maxwell y el multimillonario, Jeffrey Epstein.

En el primer encuentro entre Giuffre y Epstein, la joven le contó su historial de abusos y sus años sin techo. Él, desnudo, boca abajo en una camilla, la escuchó. Finalizada la presentación, el poderoso financiero le pidió que lo masajeara. Una mujer en la sala le daba instrucciones sobre cómo practicarle sexo oral. Giuffre, sonrojada e incómoda, no quería decepcionar a esa gente que le estaba dando lo que ella consideraba la oportunidad de su vida. Le pagaron 200 dólares en efectivo y le pidieron que regresara al día siguiente. Fue el inicio de cuatro años de abusos, cada vez más frecuentes, cada vez mejor remunerados.

Perversa dinámica familiar

La adolescente encontró una suerte de hogar en la perversa dinámica familiar que tenían Maxwell y Epstein. Veían series juntos y salían de compras a tiendas de lujo. La invitaban a viajes y cenas con reputados políticos y gente del espectáculo. Le regalaban joyas y muebles finos. En sus palabras, sentía que se preocupaban por ella.

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Dos años después, la relación entre los tres entró en una nueva fase. La sórdida pareja le pidió que incluyera en sus servicios “entretener” a sus amigos. Los encuentros tenían lugar en la isla privada que tenía el magnate en el Caribe o en su rancho en Nuevo México. La joven comenzó a consumir Xanax, un fármaco contra la ansiedad. “Era una droga de escape”, dijo al Daily Mail. Llegó a tomar ocho pastillas diarias.

La llevaron a Francia, España, Marruecos. También a Londres. En ese viaje conoció al duque de York. Lo vería, afirma, en otras dos ocasiones. Una en la mansión de Epstein en Manhattan y otra en la de la isla Little Saint James. O Little Saint Jeff’s, como la llamaba el magnate. En los tres encuentros, la estadounidense afirma que le obligaron a tener relaciones sexuales con el príncipe Andrés. Él dice que no se acuerda siquiera de haberla conocido.

Cuando Giuffre cumplió 19 años, Epstein le regaló un curso de masajista en Tailandia. Ese regalo se convertiría en la escapatoria del infierno en el que vivía. La joven viajó hasta el país asiático y conoció a un australiano experto en artes marciales. A los 10 días, se casaron. Telefoneó a Epstein para contarle sobre su enamoramiento repentino y este le respondió: “Que tengas una buena vida”. Y cortó la llamada.

Giuffre empezó una nueva vida en Queensland, Australia. Cuando ya tenía a dos de sus tres hijos, en 2007, su pasado llamó por teléfono. Primero fue Maxwell, luego, Epstein. Querían saber si las autoridades estadounidenses se habían comunicado con ella. Finalmente, el FBI la contactó para hacerle preguntas sobre el multimillonario, investigado por abuso sexual a menores. Giuffre no colaboró mucho. Dos años después, presentó una demanda bajo el seudónimo Jane Doe 102 contra Epstein y Maxwell, acusándolos de tráfico sexual cuando era menor de edad. Llegaron a un acuerdo, que incluía una cláusula de confidencialidad, cuyo contenido se conoció hace dos semanas, por el que Epstein le pagó 500.000 dólares (unos 438.000 euros) para que no lo demandara, ni a nadie vinculado con él.

El silencio duró poco. Una fotografía del príncipe Andrés paseando con Epstein por Central Park en 2011, años después de la primera condena por abusos sexuales contra el magnate, removió demasiados fantasmas de la vida anterior de Giuffre. Todos ellos la empujaron a ponerse delante de un micrófono y confesar al mundo que ella era Jane Doe 102. No le hicieron mucho caso. Tuvo que esperar a 2018, cuando se plantó frente a una cámara del Miami Herald, para que su testimonio se empezara a escuchar en América. Hablaba desde la culpa de no haberse atrevido a alzar la voz antes. “La mayor vergüenza que arrastro, y de la que nunca lograré deshacerme es haber traído a chicas de mi edad, incluso más jóvenes, a un mundo en el que nunca deberían haberse introducido”, relató al periódico estadounidense.

La batalla de Giuffre por encontrar justicia siempre estuvo enfocada en Epstein y Maxwell. El primero, que se suicidó en la cárcel, fue acusado de tráfico sexual de menores y conspiración. La segunda, hallada culpable recientemente también de tráfico sexual de menores, se arriesga a 60 años de cárcel. Ahora Giuffre vuelca todos sus esfuerzos en llevar al banquillo al príncipe Andrés, de 61 años. Las acusaciones contra el duque de York han desencadenado la peor crisis de imagen de la corona británica desde la muerte de la princesa Diana.

El hijo de la reina intentó que un juez neoyorquino desestimase la millonaria demanda civil, por la que no se arriesga a acabar en la cárcel, pero el magistrado rechazó la moción el pasado miércoles. Al día siguiente, el Palacio de Buckingham aclaró que quien una vez fue considerado el héroe de las Maldivas “defenderá su caso como un ciudadano privado”. Mientras, Virginia Giuffre pide que la crean. Que se pongan de su lado. Ella hace lo mismo con otras víctimas en la fundación que fundó en 2015, Victims Refuse Silence (Las víctimas rechazan el silencio), que ayuda a supervivientes de abuso sexual a contar su historia.

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Cuando el príncipe Andrés recorrió el miércoles, a bordo de un vehículo Range Rover, la escasa distancia que separa su residencia habitual en las dependencias del castillo de Windsor de las estancias donde habita Isabel II, le acompañaba en el asiento trasero el abogado Gary Bloxsome. El duque de York iba a mantener un encuentro de noventa minutos con su madre para abordar la demanda por abuso sexual presentada en su contra en un tribunal estadounidense por Virginia Giuffre, y, sobre todo, las consecuencias que el caso podía tener para la reputación de la familia real británica. El entorno de la reina obligó al abogado a esperar solo, dentro del vehículo. No entró a la reunión en la que la monarca anunció a su hijo que le despojaba de títulos militares y patronatos reales. Y en la que le dejó claro que, en su particular travesía judicial del desierto, iba a estar solo. Se defendería “como un ciudadano privado”, dijo el duro comunicado emitido por el Palacio de Buckingham.

Fuentes del equipo jurídico del príncipe Andrés han asegurado a distintos medios británicos, siempre desde el anonimato, que el duque mantiene su voluntad de pelear en los tribunales. Hasta ahora ha negado rotundamente las acusaciones de Giuffre, quien asegura que sufrió hasta en tres ocasiones los abusos sexuales del príncipe. Tenía entonces 17 años —hoy tiene 38— y era una de las muchas menores que formaban parte de la red de “esclavas sexuales” del multimillonario pedófilo Jeffrey Epstein, y de su novia y cómplice, Ghislaine Maxwell. El primero se acabó suicidando en una celda policial de Nueva York. La segunda fue declarada culpable de cinco delitos de tráficos sexual de menores por un jurado popular estadounidense.

El abogado de Giuffre, David Boies, con fama de hábil y puntilloso en los interrogatorios, ya ha dejado entrever que quiere llamar a declarar ―posiblemente por videoconferencia, desde Londres, como también lo hará el príncipe― a la exesposa de Andrés, Sarah Ferguson, y a sus dos hijas, Beatriz y Eugenia. En su desastrosa entrevista de 2019 a la BBC, el duque de York negó que el 10 de marzo de 2001 fuera a bailar con Giuffre al club londinense Tramp, y acabaran teniendo un encuentro sexual en el apartamento de la vieja amiga del príncipe, Ghislaine Maxwell. Puso como coartada que aquella tarde había llevado a su hija Beatriz a una fiesta de cumpleaños en el restaurante Pizza Express, en el barrio de Woking. El abogado de la demandante quiere ahora que la exesposa e hijas de Andrés confirmen esa cuestión y maticen horarios.

Aunque desde el entorno de la reina se sugiere, siempre a través de declaraciones sin nombre en los tabloides, que Andrés debería llegar a un acuerdo extrajudicial con su demandante, le cueste lo que le cueste, y eliminar así este escándalo del año en que su madre celebra el Jubileo de Platino —70 años de reinado—, el duque de York insiste en proclamar su inocencia y quiere litigar. El juicio comenzará en otoño, y se prevé largo y complicado. Andrés ha vendido su chalet en los Alpes suizos, valorado en unos 20 millones de euros, para hacer frente al enorme costo que supone entablar una batalla judicial así en los tribunales estadounidenses.

Iniciativa

El príncipe Andrés recibió el título de duque de York el día en que se casó con Sarah Ferguson, el 23 de julio de 1986. Su abuelo, el rey Jorge VI, y su tatarabuelo, el rey Jorge V, habían ostentado previamente el título más prestigioso de la aristocracia británica. Ahora, varios políticos de la ciudad del condado de Yorkshire han puesto ya en marcha una iniciativa para desvincular el nombre de su municipio del hijo de la reina caído en desgracia. “Aunque el príncipe Andrés sigue siendo inocente mientras no se demuestre su culpabilidad, el Palacio de Buckingham y el Gobierno deberían tomar en consideración las serias consecuencias de las acusaciones a las que se enfrenta”, ha dicho el concejal liberaldemócrata de York, Darryl Smalley. “Después de haber sido despojado de sus títulos militares y patronatos reales, debería renunciar a su título de duque de York”, ha exigido. A su iniciativa se ha sumado la diputada laborista de la circunscripción de York Central, Rachael Maskell, y los concejales del mismo partido. Todos trabajan en la posible elaboración de una moción, que debería ser votada en el pleno municipal. Los concejales conservadores, de momento, han mostrado su rechazo a la propuesta.

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