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Extorsionistas han asesinado a 4 trabajadoras sexuales en Perú: una de ellas sería colombiana, según autoridades

La joven tenía 19 años de edad y era de Suárez, Cauca. Autoridades peruanas aseguran los homicidas exigían más de 100 mil pesos colombianos diarios «por el cupo.»

Noticias Internacionales.

Consternación total hay en El Angustino, uno de los distrito de Lima, Perú en donde recientemente se han registrado al menos cuatro asesinatos a jóvenes mujeres que serían trabajadoras sexuales. La más reciente víctima, una colombiana.

La joven oriunda del municipio de Suárez, en el departamento del Cauca tenía 19 años de edad y de acuerdo a autoridades locales, ha sido la última de uno de los ataques más sanguinarios de sujetos que estarían extorsionando a las personas que se dedican a dicha laboral.

Todos los homicidios se han registrado en tan solo dos semanas.

Extorsiones por ‘el cupo’

Según los informes locales, los cuatro homicidios que se han desencadenado en medio de una ola de extorsiones en donde sujetos pertenecientes a estructuras delincuenciales estarían realizando cobros diarios de alrededor 100 soles, unos 101.727 pesos colombianos a estas mujeres.

Confirmaron que la víctima fue identificada como Yicel V. B. Ella fue atacada de un disparo en la cabeza.

colombiana en perú
Yicel tenía 19 años de edad y era de Suárez, Cauca.

El asesinato de Yicel y el resto de mujeres en la zona se habrían dado en medio del cobro del denominado cupo.

Los atacantes según un amigo de la víctima habrían huido en una moto y otros estarían en un carro.

Así mismo, confirmaron que la pareja de la joven caucana había llegado al lugar de los hechos a reconocer su cuerpo.

Mientras que la Policía indicó que estas mafias de extorsionistas estaría conformada por peruanos y extranjeros.

Por su parte en Colombia familiares estarían denunciando que hay personas que están aprovechando la situación para recoger fondos y recursos sin autorización. Buscan repatriar su cuerpo.

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Cuando Virginia Giuffre tenía 17 años le pidió al hombre que abusaba de ella, el magnate Jeffrey Epstein, que le tomara una foto con el príncipe Andrés de Inglaterra. Regresaban de una noche de fiesta en Londres y quería inmortalizar el encuentro para su madre. La joven, de pelo rubio y ojos azules, aparece sonriente. El duque de York, también alegre, la agarra por la cintura. Giuffre —entonces Roberts, su apellido de soltera—, consiguió que la imagen de 2001 llegara a su progenitora. Y también a medio planeta. La estadounidense lleva una década denunciando que Andrés abusó sexualmente de ella cuando era menor de edad. En un comienzo, solo los periódicos amarillistas se hicieron eco de las acusaciones. Ahora, el tercer hijo de Isabel II, despojado de sus títulos militares y deberes públicos, se enfrenta a una demanda civil en los tribunales de Nueva York. Él lo niega todo. Incluso cuestiona la fotografía.

Para entender cómo Giuffre acaba cayendo en una sórdida trampa en las mansiones en las que habita el poder hay que remontarse a una infancia cortada de cuajo. Un amigo de la familia se la arrebató cuando abusó sexualmente de ella a los siete años, según ha contado ella. El hogar feliz que habían formado sus padres en un rancho de Sacramento (California) también se acabó. La agresión precipitó la separación de sus progenitores y despertó en la pequeña Virginia una rebeldía que nadie de su núcleo familiar supo tratar. Salía y entraba de hogares de acogida, hasta que a los 13 años dejó el último y no volvió más. Vivió en la calle, donde no encontró nada “excepto hambre, dolor y abuso”, dijo a la BBC. Durante ese periodo, se acostó al menos con dos hombres mayores a cambio de comida. “Yo era el sueño de un pedófilo”, aseguró en su primera entrevista a un medio, el Daily Mail, en 2011.

Los padres de Giuffre se volvieron a dar una oportunidad. Ella, también. A los 15 años se reunió con su familia en Palm Beach, Florida. Su padre trabajaba como gerente de mantenimiento en el club de golf de Donald Trump, Mar-a-Lago, y la adolescente consiguió un empleo de media jornada en ese establecimiento. Tenía que vestir una minifalda y un polo ceñido al cuerpo, todo blanco. Un día se le acercó una elegante mujer británica, hija de un fallecido magnate de la comunicación. Amable, le dio conversación. Giuffre le comentó que quería ser masajista. La mujer le dijo que trabajaba para un hombre muy rico que precisamente buscaba una y le ofreció formarla y un buen sueldo. La chica aceptó encantada. Aquella señora de la alta sociedad era Ghislaine Maxwell y el multimillonario, Jeffrey Epstein.

En el primer encuentro entre Giuffre y Epstein, la joven le contó su historial de abusos y sus años sin techo. Él, desnudo, boca abajo en una camilla, la escuchó. Finalizada la presentación, el poderoso financiero le pidió que lo masajeara. Una mujer en la sala le daba instrucciones sobre cómo practicarle sexo oral. Giuffre, sonrojada e incómoda, no quería decepcionar a esa gente que le estaba dando lo que ella consideraba la oportunidad de su vida. Le pagaron 200 dólares en efectivo y le pidieron que regresara al día siguiente. Fue el inicio de cuatro años de abusos, cada vez más frecuentes, cada vez mejor remunerados.

Perversa dinámica familiar

La adolescente encontró una suerte de hogar en la perversa dinámica familiar que tenían Maxwell y Epstein. Veían series juntos y salían de compras a tiendas de lujo. La invitaban a viajes y cenas con reputados políticos y gente del espectáculo. Le regalaban joyas y muebles finos. En sus palabras, sentía que se preocupaban por ella.

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Dos años después, la relación entre los tres entró en una nueva fase. La sórdida pareja le pidió que incluyera en sus servicios “entretener” a sus amigos. Los encuentros tenían lugar en la isla privada que tenía el magnate en el Caribe o en su rancho en Nuevo México. La joven comenzó a consumir Xanax, un fármaco contra la ansiedad. “Era una droga de escape”, dijo al Daily Mail. Llegó a tomar ocho pastillas diarias.

La llevaron a Francia, España, Marruecos. También a Londres. En ese viaje conoció al duque de York. Lo vería, afirma, en otras dos ocasiones. Una en la mansión de Epstein en Manhattan y otra en la de la isla Little Saint James. O Little Saint Jeff’s, como la llamaba el magnate. En los tres encuentros, la estadounidense afirma que le obligaron a tener relaciones sexuales con el príncipe Andrés. Él dice que no se acuerda siquiera de haberla conocido.

Cuando Giuffre cumplió 19 años, Epstein le regaló un curso de masajista en Tailandia. Ese regalo se convertiría en la escapatoria del infierno en el que vivía. La joven viajó hasta el país asiático y conoció a un australiano experto en artes marciales. A los 10 días, se casaron. Telefoneó a Epstein para contarle sobre su enamoramiento repentino y este le respondió: “Que tengas una buena vida”. Y cortó la llamada.

Giuffre empezó una nueva vida en Queensland, Australia. Cuando ya tenía a dos de sus tres hijos, en 2007, su pasado llamó por teléfono. Primero fue Maxwell, luego, Epstein. Querían saber si las autoridades estadounidenses se habían comunicado con ella. Finalmente, el FBI la contactó para hacerle preguntas sobre el multimillonario, investigado por abuso sexual a menores. Giuffre no colaboró mucho. Dos años después, presentó una demanda bajo el seudónimo Jane Doe 102 contra Epstein y Maxwell, acusándolos de tráfico sexual cuando era menor de edad. Llegaron a un acuerdo, que incluía una cláusula de confidencialidad, cuyo contenido se conoció hace dos semanas, por el que Epstein le pagó 500.000 dólares (unos 438.000 euros) para que no lo demandara, ni a nadie vinculado con él.

El silencio duró poco. Una fotografía del príncipe Andrés paseando con Epstein por Central Park en 2011, años después de la primera condena por abusos sexuales contra el magnate, removió demasiados fantasmas de la vida anterior de Giuffre. Todos ellos la empujaron a ponerse delante de un micrófono y confesar al mundo que ella era Jane Doe 102. No le hicieron mucho caso. Tuvo que esperar a 2018, cuando se plantó frente a una cámara del Miami Herald, para que su testimonio se empezara a escuchar en América. Hablaba desde la culpa de no haberse atrevido a alzar la voz antes. “La mayor vergüenza que arrastro, y de la que nunca lograré deshacerme es haber traído a chicas de mi edad, incluso más jóvenes, a un mundo en el que nunca deberían haberse introducido”, relató al periódico estadounidense.

La batalla de Giuffre por encontrar justicia siempre estuvo enfocada en Epstein y Maxwell. El primero, que se suicidó en la cárcel, fue acusado de tráfico sexual de menores y conspiración. La segunda, hallada culpable recientemente también de tráfico sexual de menores, se arriesga a 60 años de cárcel. Ahora Giuffre vuelca todos sus esfuerzos en llevar al banquillo al príncipe Andrés, de 61 años. Las acusaciones contra el duque de York han desencadenado la peor crisis de imagen de la corona británica desde la muerte de la princesa Diana.

El hijo de la reina intentó que un juez neoyorquino desestimase la millonaria demanda civil, por la que no se arriesga a acabar en la cárcel, pero el magistrado rechazó la moción el pasado miércoles. Al día siguiente, el Palacio de Buckingham aclaró que quien una vez fue considerado el héroe de las Maldivas “defenderá su caso como un ciudadano privado”. Mientras, Virginia Giuffre pide que la crean. Que se pongan de su lado. Ella hace lo mismo con otras víctimas en la fundación que fundó en 2015, Victims Refuse Silence (Las víctimas rechazan el silencio), que ayuda a supervivientes de abuso sexual a contar su historia.

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Pedir anticonceptivos a los médicos locales puede ser un proceso vergonzoso.

Sin embargo, para muchos jóvenes singapurenses estos servicios representan la única opción viable para obtener consejos e información fiables sobre salud sexual.

Los que apoyan estos servicios señalan que disfrutan de su conveniencia, porque les ahorra el tiempo de ir a la clínica.

Pero es la experiencia discreta y «libre de juicios» lo que realmente los atrae a estos servicios.

«Me sentí humillado»

Un buen ejemplo es Wayne *, de 37 años, que ha utilizado un servicio llamado Noah, que se centra en la salud sexual de los hombres, para tratar su condición de eyaculación precoz (EP).

«Tomar pastillas para la EP es como tomar paracetamol para los dolores de cabeza; si lo necesitas debes hacerte un chequeo. Pero los hombres a menudo tienen miedo de ir al médico, incluso para admitir este problema», indica.

No ayudó que el médico general que vio hace dos años lo hizo sentir aún peor por su situación.

«Tanto la enfermera como el médico me preguntaban en voz alta frente a otras personas para qué estaba allí. Me sentí humillado».

Su teleconsulta con Noah, en comparación, fue privada y lo hizo sentir «respetado» como paciente.

«Fue mucho mejor porque el mundo entero realmente no necesita saber por lo que estoy pasando».

«Un proceso incómodo»

La última edición de la Encuesta Mundial de Valores, publicada en febrero, descubrió que los singapurenses siguen siendo en gran medida conservadores en cuanto a «normas más liberales de la sexualidad», y el 67,3% de los encuestados dice que el sexo casual «nunca o rara vez se justifica».

La abstinencia antes del matrimonio se promueve en las escuelas y la educación sexual está diseñada para ayudar a los estudiantes a desarrollar «valores generales» sobre la sexualidad que «se basan en la familia como la unidad básica de la sociedad», dice el Ministerio de Educación en su sitio web.

Por lo tanto, obtener acceso a productos o pruebas de salud sexual con el médico general del vecindario si no eres casado puede ser un proceso «vergonzoso» o «incómodo», le dijeron algunas personas a la BBC.

Las mujeres, en particular, no tienen acceso a píldoras anticonceptivas sin receta médica, aunque los condones están disponibles gratuitamente en farmacias y tiendas de conveniencia.

Así que empresas como Dear Doc, que ofrecen planes de suscripción para el control de la natalidad, y Noah, son una intervención bienvenida.

Todos ellos implican consultas virtuales con médicos titulados.

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Las start-ups ofrecen consultas virtuales con médicos titulados.

Las empresas emergentes ciertamente ven un vacío en el mercado, que están llenando, y la creciente demanda de sus servicios lo demuestra.

El fundador de Noah, Sean Low, señala que la tasa de crecimiento mensual de su compañía ha sido de más del 50% desde su lanzamiento en junio, mientras que Xi Liu, de Ferne Health, indica que su firma ha experimentado un crecimiento semanal desde su debut en septiembre.

Las personas más jóvenes son más conscientes de su salud sexual y buscan formas de ser responsables a pesar de los obstáculos, según Babes, un servicio local de apoyo al embarazo en adolescentes.

«Quieren preguntar sobre sexo, pero solo si creen que están en un espacio dedicado y seguro».

«Estas empresas emergentes de salud digital, especializadas en temas de salud sexual, podrían ser una buena plataforma».

Nadia está de acuerdo y dice que, a pesar de los tabúes, sabía lo importante que era hacerse una revisión regular, especialmente porque estaba a punto de comenzar una nueva relación.

«Es lo único responsable, ¿no? Pero sé que mucha gente no lo hace porque el proceso no ha sido fácil hasta ahora».

*Los nombres fueron cambiados a pedido de los entrevistados.


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