Las grandes potencias occidentales están tratando de que Rusia deje de participar en el G-20. La UE y EE UU quieren que Moscú se retire temporal y voluntariamente de ese foro surgido a raíz de la última crisis financiera y en el que están, además de los siete países más ricos del mundo, otros como China, Argentina, Brasil, México, Indonesia (que ostenta la presidencia este año), Sudáfrica, Arabia Saudí o India, y en el que España suele participar como uno de los Estados invitados. La ofensiva para aislar al presidente ruso, Vladímir Putin, busca convertir a Rusia en un paria internacional, al margen de los organismos que velan por el orden internacional. Pero en el caso del G-20, los occidentales se han topado con la oposición de China, que defiende la presencia de su aliado ruso, según confirman fuentes europeas.
Desde que Vladímir Putin ordenó la invasión de Ucrania, los países occidentales han tratado de castigar a Rusia en todos los ámbitos posibles sin llegar a la guerra abierta con una potencia nuclear. La primera línea de ataque han sido unas sanciones económicas sin precedentes contra una de las grandes potencias militares del mundo: cortar el acceso a sus bancos al sistema de pagos internacionales, congelación de los activos del banco central fuera de su país, prohibición y congelación de propiedades de los oligarcas que sostienen el régimen ruso y de sus propios líderes, como Putin. La otra consiste en apoyar el esfuerzo bélico de Ucrania enviando armas y dinero. La tercera se despliega en el campo diplomático y foros internacionales.
El primer paso fue una resolución en la Asamblea General de Naciones Unidas condenando la invasión que logró un apoyo muy amplio. La condena se aprobó con el voto a favor de 141 de los 193 miembros de la Asamblea y con solo cinco votos en contra (Bielorrusia, Corea del Norte, Eritrea, Rusia y Siria). Pero nada menos que 35 países se abstuvieron, incluidos tres miembros del G-20: China, India y Sudáfrica.
Pekín mantiene desde el momento de la invasión una actitud ambigua que inquieta cada vez más a los occidentales. La abstención en la ONU (tanto en el Consejo de Seguridad como en la Asamblea) se interpretó como un gesto de distanciamiento hacia Moscú. Pero el Gobierno chino se ha negado después a calificar como guerra o invasión la agresión del Ejército ruso contra Ucrania, ha responsabilizado del conflicto en parte a los occidentales y ha dado pábulo a los bulos propagados por Putin sobre un supuesto armamento químico en manos del Gobierno del presidente ucranio, Volodímir Zelenski.
Ante esa posición del gigante asiático, uno de los países europeos partidarios de expulsar a Moscú casi se resignaba y explicaba esta semana que la postura de Pekín convierte esta pretensión en algo muy difícil. Además, tampoco Rusia está por abandonar el foro. De hecho, la agencia Reuters apuntaba estos días que Putin mantiene su intención de acudir a Indonesia a finales de este año, donde se celebrará la reunión.
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Hasta ahora, explican desde uno de los países miembros por derecho del G-20, el funcionamiento y el liderazgo de este grupo suele corresponder a los países del G-7 (Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Canadá y Japón). Ellos se convertirían en el motor de un colectivo más grande —y representativo de todo el mundo— en que hay otros 13 países, Rusia entre ellos, y, además, otros invitados. En esta ocasión, el engranaje habitual se habría puesto en marcha, es decir, la proposición por parte de los países más ricos del mundo, pero habría chocado con la posición de China.
Tampoco parece que vaya a resultar fácil el castigo a Moscú en el FMI y en el Banco Mundial, como anunciaron los países occidentales hace dos semanas, al acabar la cumbre europea en Versalles. “Nos aseguraremos de que Rusia no puede obtener créditos u otros beneficios de estas organizaciones”, advirtió entonces la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Pero el régimen de Vladímir Putin se encuentra al corriente de pago con estos organismos y eso dificultaría mucho dar el paso anunciado.
Más de 900 civiles muertos, según Naciones Unidas, una cifra que la propia organización asume subestimada. Tres millones y medio de refugiados, seis millones y medio de desplazados internos. Un éxodo constante de personas que huyen de los ataques. Hospitales bombardeados. Escuelas destruidas. Ciudades barridas casi hasta los cimientos. La guerra de Vladímir Putin contra Ucrania cumple un mes con todo su potencial destructivo, en medio de una feroz contraofensiva de las fuerzas ucranias, que resisten —como una ciudadanía que ha aprendido a vivir bajo las bombas—, pero con un coste altísimo.
El Kremlin no obtuvo el fácil paseo para invadir Ucrania que esperaba. Con las negociaciones para poner fin a la guerra prácticamente estancadas y una lluvia intensa de sanciones occidentales que han atacado a la línea de flotación de la economía rusa, Putin mantiene la ofensiva. Sin apenas avances desde hace días y sin haber obtenido grandes victorias en la invasión, el líder ruso ha pasado a aplicar una política de tierra quemada para subyugar a Kiev en su “operación militar especial” para “desnazificar”, “desmilitarizar” y proteger a las personas rusoparlantes de un país que parece querer fulminar.
Como Mariupol, la ciudad portuaria del mar de Azov, símbolo de la guerra de Putin contra Ucrania y donde aún quedan 100.000 personas atrapadas bajo los brutales ataques contra una urbe arrasada, donde no hay agua, electricidad, calefacción y casi alimentos desde hace semanas y los combates calle a calle entre las tropas ucranias y los soldados rusos son continuos. O Chernígov, en el noreste del país, una ciudad cerca de la frontera con Bielorrusia —país que Putin utilizó como trampolín para la invasión— sometida a constantes bombardeos y prácticamente sitiada por las fuerzas rusas desde hace 12 días. La defensora de Derechos Humanos de Ucrania, Ludmila Denisova, ha denunciado este miércoles que las tropas del Kremlin han dinamitado el puente sobre el río Desna, la única vía que quedaba para la evacuación de la población civil y llevar ayuda humanitaria y que mantienen así a los habitantes de Chernígov como rehenes de su agresión militar.
Vista aérea de la destrucción de un edificio en un bombardeo en Borodianka, en la región de Kiev, el pasado 3 de marzo. MAKSIM LEVIN (REUTERS)
Cortar los suministros básicos, las comunicaciones y cualquier cordón umbilical de las ciudades con el resto del país es el primer paso del asedio ruso. También trata de forzar su estrategia de ahogar a la población en Járkov, la segunda ciudad del país, de mayoría de población rusoparlante y a solo unos 40 kilómetros de la frontera Rusia. Las fuerzas rusas están tratando de rodearla y está bajo el fuego constante.
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El ensañamiento y la devastación están motivados por la falta de impulso de las fuerzas rusas. Con grandes problemas logísticos, de moral y de movimiento, las tropas enviadas por Putin están estancadas en el escenario ucranio. El campo de batalla del norte del país se ha mantenido prácticamente estático desde hace días. Aunque esa parálisis significa probablemente que Rusia se está reorganizando antes de lanzar operaciones ofensivas a gran escala, ha advertido el servicio de espionaje británico.
El Kremlin, que niega los ataques a civiles, ha hecho sus mayores avances en el flanco sur, donde ya controla el mar de Azov y casi toda las ciudades de la costa —Mariupol resiste, pero los analistas militares dudan de por cuánto tiempo—; también ha capturado Jersón, una ciudad portuaria de unos 290.000 habitantes, su logro más importante. Ahora, las fuerzas de Putin están tratando de avanzar hacia el este, hacia Odesa, el principal puerto de Ucrania y una ciudad largamente ansiada por el jefe del Kremlin y el nacionalismo ruso.
La batalla de Kiev
Kiev, uno de los principales objetivos militares y gran objetivo político de Putin, sigue casi intacta pese a los bombardeos que la sacuden a diario. Con todo el simbolismo que tiene la ciudad para el líder del Kremlin, que asegura que rusos y ucranios son “un mismo pueblo” y “descendientes” del primer Estado eslavo, el Rus de Kiev, un imperio medieval fundado por vikingos en el siglo IX y cuyo corazón era Kiev, una ciudad que ucranios y rusos reclaman como cuna de sus culturas, religión e idioma.
“Cada ciudad cumple un papel, pero la primera misión de Rusia es controlar Kiev. El resto de operaciones van encaminadas a apoyar esa”, comenta John Spencer, militar estadounidense retirado y reconocido experto en combate urbano. Hasta el momento, los choques no se han acercado al centro de la ciudad y se mantienen en poblaciones al norte de la capital, a unas decenas de kilómetros del centro. El Ejército ruso llegó en apenas un par de días a localidades como Bucha, Irpin o el aeródromo de Hostomel, pero en todo marzo no ha logrado ganar más terreno hacia el sur.
“Los rusos minusvaloraron los recursos y el número de tropas que les haría falta para tomar Kiev y cuando intentaron atacarla no consiguieron penetrar más allá de la periferia de la ciudad”, coincide el analista militar Jesús Román desde Kent (el Reino Unido). El vídeo grabado por un vecino en una calle de Bucha el domingo 27 de febrero, donde aparece una columna de carros de combate rusos calcinada, supuso una de las primeras sorpresas de la guerra. La grabación de varios minutos se hizo viral y sirvió para elevar la moral de los ucranios. “Rusia no ha movilizado suficientes fuerzas para controlar todas esas localidades más pequeñas”, entiende Spencer.
Un hombre arrodillado ante el cuerpo de una víctima de un bombardeo contra una zona residencial de Járkov, el 24 de febrero. Anadolu Agency (Anadolu Agency via Getty Images)
La amenaza de que Rusia despliegue su potencial de fuerza aérea, sin embargo, está sobre la mesa. Sería todavía más brutal. De ahí las intensas peticiones del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, para que la OTAN imponga una zona de exclusión aérea; algo que la OTAN ya ha rechazado. Por ahora, Putin no ha podido imponerse por el aire porque la fuerza aérea ucrania, sus armas antiaéreas y los manpads (man-portable air-defense system, sistemas antiaéreos portátiles) proporcionados por sus aliados han ganado la partida desde tierra. Pero con sus ataques constantes a las infraestructuras militares y civiles básicas, como aeropuertos, puentes, almacenes, estaciones de tren, el Kremlin quiere también arrebatar a Kiev una ventaja logística que le ha permitido resistir durante un mes.
“Putin ha minusvalorado el potencial de las tropas ucranias y el deseo de combatir de la población”, opina el analista Spencer. “Ha sido un gran error de los rusos el continuar moviendo tanques sin apoyo de infantería y un gran éxito para los ucranios haber destruido tantos tanques” sin los que es casi imposible tomar ciudades, añade el experto estadounidense. Sin embargo, la lucha por las ciudades, con algunas excepciones, suelen ser campañas de desgaste y un nivel muy alto de destrucción. “Si Moscú trata de tomar Kiev, veremos muchísima destrucción”, pronostica Jesús Román.
Para Román, “ralentizar todo lo posible el avance de las tropas rusas, crear inseguridad en sus líneas logísticas y ocupar tropas en otros lugares del teatro de operaciones significa forzar a Rusia a emplear más recursos de los que les gustaría, diseminar sus esfuerzos y desgastar su voluntad de combatir. Cada día que Ucrania no pierde, Rusia no gana y una solución política está más y más cerca”.
Un hombre se despide de su esposa e hijo, a punto de partir en un tren a Lviv desde la estación de Kiev, el pasado 3 de marzo. Emilio Morenatti (AP)
De momento, las pérdidas de Rusia son grandes. Esta semana, el diario pro-Kremlin Komsomolskaya Pravda publicó una información en la que cifraba en “9.861 los soldados muertos en acción, según el Ministerio de Defensa de Rusia”. Horas más tarde, la noticia había desaparecido por completo de la web del diario y sus responsables aseguraron que habían sido víctimas de un ataque informático. En Rusia está prohibido llamar guerra a la “operación militar especial” de Putin y también dar otros datos que no sean los oficiales del Gobierno.
Armas químicas
Estados Unidos ha elevado la advertencia, además, de que Rusia puede estar preparando ataques con armas químicas. Ucrania asegura que ya se ha usado fósforo blanco, capaz de causar quemaduras muy graves, y que tiene información de que Moscú se está moviendo para ampliar el uso de otras armas químicas o biológicas. Kiev ha dado, además, la voz de alarma de que Putin está tratando de arrastrar a la guerra a Bielorrusia, el vecino del norte de Ucrania y que el Kremlin ya usó como trampolín para la invasión, con el líder autoritario bielorruso Aleksandr Lukashenko totalmente dependiente de Moscú.
Las tropas del Kremlin no han conseguido romper las líneas de defensa ucranias, el Ejército invasor ha sufrido importantes bajas humanas y materiales y el Gobierno que lidera Zelenski ha visto reforzado su apoyo popular tras decidir quedarse en el país y mantener una frenética actividad tanto en la escena internacional como hacia sus propios ciudadanos. El líder ucranio, convertido en un símbolo para muchos, ha sido crucial para la resistencia. Ahora, cuando las conversaciones con Rusia para lograr un alto el fuego apenas se mueven, Zelenski mantiene una apretadísima agenda para recabar apoyo internacional y ha hecho llamamientos —personalizando su mensaje en cada país— en los Parlamentos de Estados Unidos, el Reino Unido, Israel, Japón, Italia y Francia. Este martes habló con el papa Francisco.
En las últimas cuatro semanas, el paisaje de Ucrania ha cambiado por completo. Las ciudades están blindadas con cientos de barreras de hormigón, metal, sacos terreros. Se han cavado trincheras e incluso en los puntos más estratégicos hay tanques apostados y francotiradores en posición. Miles de civiles armados, las milicias ciudadanas, conforman un tupido cinturón que espera a las tropas rusas y protege las infraestructuras civiles. La mayoría de los que se han quedado se han impuesto el objetivo de resistir y luchar: desde los voluntarios que reparten comida y bienes de primera necesidad o cavan trincheras hasta las personas que gestionan los refugios o las partisanas del ciberespacio. La resistencia civil se ha demostrado clave para frenar la invasión.
“Todos los soldados temen la guerra urbana. Los ucranios han hecho un gran trabajo al preparar sus ciudades para hacer que los rusos paguen un alto precio si entran”, entiende John Spencer, responsable de Guerra Urbana en el Madison Policy Forum de Nueva York.
Las 48 horas más bélicas en la historia reciente de la OTAN y de la UE comienzan este jueves en Bruselas. Por primera vez, las dos organizaciones celebran un Consejo Atlántico y un Consejo Europeo, respectivamente, con una guerra abierta entre dos países en el Viejo Continente. La mayor amenaza de seguridad en Europa desde el final de la II Guerra Mundial llevará a la cumbre de la OTAN a doblar su despliegue militar en los países del Este como respuesta a la amenazadora presencia del Ejército ruso en Ucrania.
El Consejo Europeo, por su parte, contará con la participación del presidente de EE UU, Joe Biden, para estudiar un endurecimiento de las sanciones contra Rusia con el objeto de doblegar al presidente ruso, Vladímir Putin. Los socios de la UE, sin embargo, se resisten al deseo de Washington de acorralar al Kremlin con un embargo a las exportaciones de gas y petróleo que le dejen sin financiación exterior para su guerra.
Más de millón y medio de niños ucranios refugiados en Europa, muchos de ellos no acompañados por adultos; una red de 10.000 camas hospitalarias preparadas para atender a los refugiados (3,7 millones hasta ahora) que lleguen enfermos o con enfermedades crónicas; riesgo de hambruna para la población que sigue en el país atacado por Rusia y para la de los países terceros que dependían de sus exportaciones agrícolas; destrucción de ciudades enteras mediante bombardeos y una previsible posguerra que, según algunos cálculos, requerirá un auténtico Plan Marshall europeo de al menos 100.000 millones de euros para rescatar al país invadido del abismo. “Lo que vemos en Ucrania es horroroso, doloroso, un sufrimiento humano y una escala de violencia como no habíamos visto en Europa desde la II Guerra Mundial”, ha señalado el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, la víspera de la cumbre.
Ante ese dramático escenario, fuentes de la OTAN y de la UE no dudan en calificar de “históricas” las cumbres de esta semana y de punto de inflexión para ambas organizaciones. Aunque la urgencia de la crisis de precios de energéticos marca la agenda de los líderes nacionales —y en particular la del español Pedro Sánchez—, en las cumbres del jueves y el viernes no solo se deben pactar medidas para paliar la subida de los precios de la luz y el gas, sino que servirán para replantear también la política de seguridad y defensa del continente.
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“Las decisiones que adoptaremos mañana [por este jueves] tendrán implicaciones de largo alcance”, ha afirmado Stoltenberg. El dirigente de la Alianza prevé un aumento de la inversión en Defensa, que lleva siete años al alza, por “un nuevo sentido de urgencia” y porque “la paz no se puede dar por garantizada”. El propio Stoltenberg afronta un llamamiento para que prolongue su mandato, que expira en septiembre, y evitar así un cambio de mando en plena crisis de seguridad. “Eso le corresponde decidirlo a los 30 aliados, mi tarea ahora es preparar la cumbre”, ha señalado el secretario general.
La cumbre atlántica, por lo pronto, aprobará el despliegue de cuatro batallones en el flanco oriental: en Bulgaria, Rumania, Hungría, Eslovaquia, cuatro de los aliados más próximos geográficamente al campo de batalla. Las nuevas posiciones se suman a las ya desplegadas en Polonia, Estonia, Letonia y Lituania, por lo que aumentará sensiblemente el número de tropas aliadas dispuestas a hacer frente a los rusos en caso de ataque. Stoltenberg ha recordado que EE UU ya tiene 100.000 soldados en el continente y que otros 40.000 operan bajo mando directo de la OTAN, con cinco formaciones de portaviones aliados navegando por el Báltico y el Mediterráneo.
A este esfuerzo de disuasión de la OTAN se suma el castigo económico sin precedentes que los occidentales han impuesto a Rusia desde que inició la invasión de Ucrania el pasado 24 de febrero. Biden pedirá a los líderes europeos que refuercen el castigo, sobre todo, evitando que Rusia esquive las sanciones con la ayuda de terceros países.
Embargo de las exportaciones energéticas
Algunos socios de la UE, como Polonia o los países bálticos, defienden además que ha llegado el momento de intentar dar la puntilla económica al régimen de Putin, con un embargo total o parcial de sus exportaciones energéticas. Pero los socios potencialmente más afectados por esa ruptura, como Alemania, Holanda o Hungría, se resisten por las repercusiones en sus economías. Y un tercer grupo, en el que España parece encontrarse cómoda, considera necesario reservarse munición para castigar a Putin en caso de una escalada bélica. Temen, además, provocar el colapso de un país de la talla de Rusia, cuyo descenso al caos político y económico podría desestabilizar aún más el Viejo Continente.
Fuentes comunitarias señalan que la prioridad en estos momentos debe ser aplicar “las sanciones aprobadas hasta ahora”. Un castigo que, según esas mismas fuentes, “ya ha puesto de rodillas a la economía rusa”. La Bolsa de Moscú se vio forzada a cerrar el 28 de febrero, con las primeras sanciones, y solo ha abierto parcialmente este miércoles, con 33 valores cotizando. El Banco de Rusia tuvo que doblar los tipos de interés, hasta el 20%. Y la cotización del rublo se desplomó, aunque se ha recuperado ligeramente en las últimas jornadas gracias, en parte, a que Moscú ha seguido facturando unos 700 millones de euros al día con las ventas de gas y petróleo a la UE.
Pero la creciente agresividad de Rusia, con ataques de misiles hipersónicos contra objetivos civiles en Ucrania y continuas amenazas de recurrir al armamento nuclear, hace cada vez más insostenible políticamente mantener una relación comercial normal con Moscú.
La Comisión Europea ha aprobado este miércoles un proyecto de reglamento con el que se podrá obligar al gigante ruso Gazprom a vender sus centros de almacenamiento de gas en la UE —controla la mitad de las reservas europeas— si los mantiene casi vacíos, como empezó a hacer antes de la guerra.
La presión aumenta también para que la UE ponga fin a las compras de petróleo ruso, con las que cubre un tercio de sus importaciones. Y la renuncia al gas, mucho más difícil por la elevada dependencia de varios países europeos, no se contempla a medio plazo, aunque tampoco se descarta.
La UE también se va a pertrechar en el flanco alimentario, toda vez que la guerra de Putin no solo hace peligrar la gran gasolinera que es Rusia, sino también la gigantesca panadería que es Ucrania. Kiev suministra el 10% del mercado mundial del trigo. Varios países del norte de África y Oriente Próximo importan el 50% de sus cereales de Ucrania y Rusia. Y Ucrania es el cuarto suministrador agroalimentario de la UE y cubre el 52% de sus importaciones de maíz, el 19% de trigo blando y el 23% de aceites vegetales.
El vicepresidente económico de la UE, Valdis Dombrovskis, ha acusado a Rusia de estar “atacando deliberadamente las reservas de alimentos de Ucrania y sus puntos de almacenamiento”. Y el comisario europeo de Agricultura, Janusz Wojciechowski ha comparado la agresión de Putin “con los métodos utilizados por los soviéticos en los años treinta del siglo XX contra Ucrania”, cuando el régimen de Stalin provocó hambrunas que acabaron con las vidas de más de un millón de personas.
Dombrovskis asegura que, a pesar de la grave situación, “la UE no afronta un problema de disponibilidad de alimentos, porque es ampliamente autosuficiente en productos agrícolas”. Pero ha reconocido que el incremento de precios energéticos y agrícolas puede dificultar el acceso de los europeos más vulnerables. En todo caso, la UE deberá socorrer a los países vecinos más afectados.
La Comisión ha aprobado un programa de 500 millones de euros (64,4 millones para España) para ayudar a los agricultores más golpeados por la crisis. También ha derogado temporalmente las normas que obligan a mantener en barbecho por motivos ecológicos ciertas partes de las tierras de cultivo para poder aumentar las cosechas de este año.
La propia UE afronta el reto de alimentar a los más de 3,7 millones de personas huidas de Ucrania en poco más de un mes, con un ritmo que, según la Comisión, ha bajado de 200.000 entradas diarias a 50.000, pero que podría aumentar en cualquier momento si el ataque ruso se recrudece.
Casi dos millones han abandonado el primer país de entrada (Polonia, Rumania o Hungría, sobre todo) y han seguido camino hacia otras partes del territorio comunitario, por lo que casi todos los socios de la UE están absorbiendo parte del éxodo.
La Comisión ha aprobado este miércoles varias orientaciones para que los Estados cumplan las obligaciones de proporcionar servicios sanitarios, educación, alojamiento y derecho al trabajo a los refugiados ucranios, tal y como prevé la directiva sobre protección internacional activada por primera vez en la historia para responder a la mayor oleada de refugiados desde el final de la II Guerra Mundial.
Andrei llega a pie y se abre paso entre el trasiego de furgonetas blancas, que cargan y descargan bolsas negras llenas, abultadas. El Instituto Forense de Mikolaiv está saturado. Su morgue está abarrotada. Los cuerpos de decenas de personas —la inmensa mayoría soldados ucranios, con uniformes ensangrentados y cuerpos muy jóvenes— yacen unos encima de otros en dos habitaciones del patio trasero, donde un olor dulzón lo impregna todo. Allí hay más bolsas negras. Algunas no tan abultadas contienen los restos carbonizados de alguien que hace poco respiraba, caminaba, bebía, reía, hablaba y fue alcanzado por una explosión. Andrei pregunta a los soldados que, fusil al hombro, revisan el proceso de carga y descarga. Al oficial al mando de la morgue. Al empleado que ayuda a cerrar las bolsas y cargar los cuerpos, siempre con un pitillo encendido en los labios. Busca a su amigo Dmitri, Dima. No está entre los identificados. Ni en el único ataúd del patio. Andrei abre una de las bolsas negras. Tampoco. Volverá por la tarde. O mañana. Con el trasiego de las furgonetas blancas y de algún coche fúnebre.
Mikolaiv, una importante ciudad portuaria del mar Negro conocida por sus astilleros, resiste una durísima ofensiva de las tropas de Vladímir Putin desde hace dos semanas. Encajonada en un estuario, la localidad es, tras la captura y ocupación de Jersón, la siguiente pieza que el Kremlin quiere dominar antes de lanzarse a por Odesa, el puerto más grande de Ucrania y una ciudad muy simbólica para el nacionalismo ruso. Las tropas ucranias han conseguido por ahora no solo evitar que las fuerzas de Moscú entren en la ciudad. También han recuperado el control del aeropuerto, que había caído en manos rusas. Han convertido la urbe en una suerte de escudo para repeler el avance del Kremlin.
Pero ante la falta de progreso, los soldados del Kremlin han emprendido una campaña de terror contra Mikolaiv, con bombardeos y fuego de artillería sobre zonas residenciales, como el que este domingo mató a 11 personas. Mientras, tropas ucranias y rusas libran duros combates en los alrededores de la ciudad, que ya solo tiene una vía de salida libre: hacia Odesa, la perla del mar Negro, la cotizada ciudad de un millón de habitantes situada a unos 120 kilómetros, que contiene la respiración y observa con atención a Mikolaiv.
La ciudad-escudo resiste, pero a un coste altísimo. No hay cifras oficiales aún de fallecidos verificadas, pero se cuentan por varias decenas. De sus 500.000 habitantes, el 40% se ha marchado por la guerra. Las clases, como en todo el país, se han suspendido. Los tranvías y los trolebuses están activos, pero los autobuses se han retirado. Ahora, con carteles pegados a los cristales con la palabra “niño” —como decenas de coches particulares— se emplean para las evacuaciones. Todo está cerrado, salvo algunos supermercados y las farmacias, donde ya empiezan a escasear algunos medicamentos.
En la calle del Instituto Forense hay otro comercio abierto: una tienda de coronas funerarias. Natalia lleva tres años trabajando allí. Toda la pandemia y la guerra. Está abrumada. Mientras atiende un pedido, su compañera, más veterana, comenta que jamás había visto una cosa igual. Ni en el peor momento de la crisis de coronavirus. Hace dos días, flores para dos hermanas adolescentes muertas por un bombardeo en su casa, explica. Al menos 90 menores han fallecido en todo el país, según la Defensora del Pueblo, desde que Putin, que sostiene que rusos y ucranios son “un mismo pueblo”, lanzó lo que llama “operación militar especial” para “desnazificar” Ucrania y proteger a la ciudadanía rusoparlante.
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En el hospital de Urgencias de Mikolaiv, una barricada recibe con la gráfica pintada de “Putin, que te den”. A la entrada, dos enfermeras comentan, en ruso, que no quieren que el Kremlin las salve. Están en una pausa y aprovechan para hacer la cola del cajero, que, como mucho, entrega el equivalente a 30 euros al día, por tarjeta de crédito. El centro, que da la primera respuesta a los heridos de toda la región, está lleno. De civiles y de militares. Heridas de metralla, contusiones graves, explosiones. El sábado ingresó un padre con su bebé. Un ataque aéreo alcanzó su casa y mató a la madre del chiquillo.
Víctimas mortales de la guerra en la morgue de Mikolaiv. María Sahuquillo
Naciones Unidas cifra en casi 600 los civiles muertos por la guerra en Ucrania, aunque advierte de que la cifra es inferior a la real. El Gobierno ucranio señala que unos 1.300 militares han perdido la vida desde el inicio de la invasión. Pero al observar la morgue de Mikolaiv es fácil pronosticar que el número será mayor. Es el día 19 de la guerra de Putin contra Ucrania.
“Nos bombardean no solo para dañar, también para tenernos ocupados”, dice el gobernador de la región de Mikolaiv, Vitali Kim, en la explanada del edificio de Gobernación. El lugar, que luce orgulloso un vehículo militar Tiger capturado a los rusos y que ahora se utiliza para patrullar la zona, está acordonado, rodeado de barricadas y protegido por varios controles de la Guardia Nacional. A lo lejos se escucha una explosión. “Ese no es nuestro”, comenta uno de los uniformados aguzando el oído, “cuidado porque este edifico es objetivo claro”.
Kim —un político y empresario de origen coreano que se ha alzado como un referente por sus fórmulas de comunicación en las redes sociales (al estilo del presidente Volodímir Zelenski) y por sus mensajes animando a la resistencia— señala que las tropas de Putin han cambiado de estrategia. Ya han ocupado pueblos que están a unos 20 kilómetros de distancia de Mikolaiv, pero han ralentizado su avance y ahora se lanzan contra las infraestructuras civiles, los suministros de calefacción, electricidad, gas.
“Están tratando de moverse hacia el oeste, también buscan cortar y rodear la ciudad porque han visto que no les dejaremos tomarla. Y mientras, bombardean carreteras para garantizarse la huida”, asegura el gobernador. Quieren garantizarse un asedio con ataques desde el aire, por tierra y quizá hasta por mar. Las fuerzas navales rusas han bloqueado la costa del mar Negro y han aislado Ucrania del comercio y el transporte marítimo.
Violetta Stadnichenko ha salido a dar una vuelta, comprar algo de comida y pasear a sus dos perros. Es profesora de idiomas y sigue dando clase a través de Zoom. Ahora tiene alumnos no solo repartidos por el país, desplazados por la guerra, sino refugiados: más de 2,5 millones de personas han tenido que huir de Ucrania, forzados por la guerra. La inmensa mayoría son mujeres y niños, ya que la ley marcial prohíbe a los varones de entre 18 y 60 años abandonar el país por si hay que reforzar las tropas.
Stadnichenko cuenta que mantener la rutina de las clases ayuda mucho a sus alumnos. Y a ella también. Sobre todo a no pensar. Solo interrumpe las clases un poco, y no siempre, cuando las sirenas que avisan de los ataques aéreos atruenan en la ciudad. Está profundamente decepcionada con la OTAN. Sobre todo por no imponer la zona de exclusión aérea que el presidente Zelenski ha reclamado y que la Alianza Atlántica y Estados Unidos ya han rechazado: “Ahora no solo nosotros, Ucrania, nos hemos dado cuenta de que no harán nada. Ni siquiera cerrar los cielos”.
A finales de enero, cuando una invasión rusa de Ucrania parecía solo un mal sueño para muchos en Europa, el viceministro de Interior de Polonia, Maciej Wasik, declaró que su país —que linda con Ucrania justo por el lado opuesto a Rusia— “debía prepararse para el peor escenario posible”: la llegada de “incluso un millón de refugiados”. En apenas dos semanas de guerra, Polonia ha recibido ya casi 1,3 millones. Es el 60% de los 2,15 millones de ucranios que han cruzado a los países vecinos huyendo de la ofensiva rusa, en el éxodo más rápido en Europa desde el fin de la II Guerra Mundial, según los últimos datos de la agencia de la ONU para los refugiados, Acnur, de este martes.
Pese a las dimensiones de la oleada humana, el país no se ha convertido en sinónimo de personas a la intemperie justo cuando nieva y las temperaturas mínimas llegan hasta los nueve grados bajo cero. Prácticamente todos los refugiados ucranios tienen un techo, gracias sobre todo a familiares, amigos, ONG, voluntarios, empresas y autoridades locales, que se han apresurado a habilitar centros de alojamiento, organizar la acogida temporal por familias, difundir información en ucranio e inglés, y dar consejo legal y apoyo psicológico, entre otras necesidades.
A la estación central de la ciudad de Lublin, en el este de Polonia y con cerca de 350.000 habitantes, llegan autobuses desde Ucrania cada pocos minutos con carteles de ciudades —escritas tanto en alfabeto cirílico como latino— como Lviv, Ivano-Frankivsk, Chernivtsi, Rovno o Vinitsia. Los pasajeros bajan con maletas, bolsas de plástico repletas y cara de desconcierto, pero enseguida se topan con carteles indicativos en su lengua y mesas donde obtener gratuitamente agua, comida caliente, pañales, kleenex o fórmula para bebés. Hay además cajas con peluches, ropa y hasta carritos de bebé donados. Muchos se dirigen directamente a la estación de tren, gratuito estos días para los ucranios. Son casi todos mujeres y niños, porque los hombres de 18 a 60 años tienen prohibido salir de Ucrania, salvo algunas excepciones.
La estación está llena además de voluntarios, varios de los cuales hablan al menos ucranio o ruso, como Oksana Skrinnik, de 29 años y originaria de Járkov, en el este de Ucrania. Residía en Estocolmo cuando estalló la guerra y hace tres días se desplazó a Lublin para ayudar a sus compatriotas. “Llegan entre 1.000 y 2.000 al día. Algunos no tienen familiares aquí, así que solo necesitan un techo uno o dos días, descansar un poco y coger algo de comida”, señala. “Normalmente no tienen ni idea de cómo actuar”, agrega.
Es por ello que Nikita Nalivko se mueve de uno a otro lado de la estación respondiendo preguntas. Tiene 20 años y lleva un brazalete rojo que significa que, además de ayudar, puede traducir. El inicio de la ofensiva rusa, hace dos semanas, le pilló en Lublin, donde lleva tres años y estudia Relaciones Internacionales en la Universidad Católica Juan Pablo II. Mientras, en Ucrania, su tío participa como voluntario en la defensa de Kiev y su padre, en la de Stavishche, en la región de la capital. También su madre se niega a abandonar el país.
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Un voluntario ayuda a una mujer en el hall de la estación de autobuses de Lublin, este miércoles.MASSIMILIANO MINOCRI (EL PAÍS)
Lublin no es la ruta que más refugiados recorren, pero sí una salida natural desde la asediada Kiev. La carretera E373 comienza en la capital ucrania y termina poco antes de Lublin, a apenas dos horas por carretera de Varsovia. El aeropuerto de la capital polaca está lleno de carteles, añadidos recientemente, con conexiones a numerosos destinos.
Dos encuestas recientes muestran que un 90% de los polacos apoya recibir refugiados ucranios y un 64% está dispuesto a ayudarlos personalmente, una postura en la que parece pesar tanto que son europeos como la difícil relación histórica con Rusia. En Polonia se han recogido cientos de toneladas de ayuda y en la ciudad de Lodz las autoridades han pedido espaciar las donaciones de sangre de tantas que ha habido en los últimos días. Una de las principales cadenas de supermercados está pagando además un bonus a sus empleados ucranios.
Un coche frente a la estación de autobuses, en el centro de Lublin. MASSIMILIANO MINOCRI
El Gobierno aprobó este martes la creación de un fondo de 8.000 millones de eslotis (unos 1.670 millones de euros) para ayudar a los refugiados ucranios. Los gobiernos locales serán compensados por el coste que les suponga proveer educación y sanidad a los recién llegados, y los refugiados ucranios tendrán el mismo acceso al sistema sanitario que los ciudadanos polacos. Además, los polacos que alojen familias ucranias recibirán 40 eslotis diarios (unos ocho euros) durante un máximo de dos meses. Ya antes se había habilitado para peatones puestos fronterizos solo para vehículos. Queda el problema del empleo. El Gobierno quiere facilitar los permisos de trabajo y el cobro de subsidios por hijo para los refugiados ucranios, que ahora mismo suponen un problema burocrático.
Pero si Polonia no se ha visto sobrepasada por la avalancha de refugiados es en buena medida por ser un país de paso hacia destinos más populares, como Alemania, Italia, España o el Reino Unido. Bastantes ucranios tienen además compatriotas —familiares, amigos o conocidos— que los alojan y ayudan estos días. En Polonia hay más de un millón de ucranios, principalmente migrantes económicos atraídos desde hace años por mejores salarios, facilidades con el visado y una lengua similar. Los refugiados han recurrido más a estas redes informales de ayuda que a los centros de recepción desplegados por las autoridades, explicó este miércoles el máximo responsable de Acnur, Filippo Grandi, citado por la agencia Reuters. “Es la mejor forma para ellos de sentirse bienvenidos y en un ambiente familiar. También de que el peso recaiga menos en los servicios sociales, francamente, lo que es muy importante para estos países”, agregó.
Refugiados ucranianos llegan a la estación de autobuses de Lublin, este miércoles. MASSIMILIANO MINOCRI (EL PAÍS)
“El 90% de ucranios no quiere utilizar esos puntos de recepción, porque temen tener que quedarse en Polonia y porque legalizar el estatus es muy difícil en el país. Nadie quiere meterse en ese proceso, así que simplemente evitan el contacto con funcionarios polacos”, apunta Karolina Wierzbinska, coordinadora y cofundadora de la ONG polaca Homo Faber.
Wierzbinska habla en un macrocentro cultural con cine, biblioteca y teatro reconvertido en centro de ayuda a los refugiados. Solo duermen allí un puñado, en unas colchonetas y sacos de dormir extendidas para quienes carecen de alternativa. Homo Faber gestiona allí un call center al que pueden llamar los refugiados ucranios 24 horas al día, toda la semana. Desde que el Gobierno polaco publicó el número, están desbordados. Más de 5.000 personas se han postulado como voluntarias a la ONG, presente también en cuatro pasos fronterizos y 12 puntos de recepción.
La responsable del servicio de atención de llamadas, Beata Siemaszko, ve un cambio de patrón en las llamadas. “Estamos afrontando últimamente problemas más complicados, no solo de comida y alojamiento, sino cuestiones legales o preguntas del estilo ‘qué tipo de trabajo debo tener para que mis hijos puedan ir a la guardería’. Somos el primer frente, tratando de entender unas normas sobre las que no decidimos”, protesta Siemaszko, que acusa de falta de colaboración al Gobierno regional, del mismo partido ultraconservador, Ley y Justicia (PiS), que lidera el Ejecutivo nacional.
“Cada vez llama gente más desesperada, a la que cuesta más ayudar porque cuesta más entender”, lamenta Rostik Sijovskii, un voluntario de 18 años en el centro de recepción de llamadas. “También recibimos llamadas desde Ucrania, pero les explicamos que poco podemos hacer por ellos hasta que no crucen la frontera”.
La decisión de Washington y Londres de cortar las importaciones de petróleo ruso redobla la presión sobre la Unión Europea para que adopte un castigo similar. Pero la UE se resiste a cortar la importación de petróleo por temor a que Moscú responda con un corte del suministro de gas que desencadenaría consecuencias muy graves para las economías del Viejo Continente y, en particular, para Alemania.
El viceprimer ministro ruso para asuntos energéticos, Alexander Novak, ya ha advertido este martes que Moscú cortará el flujo del gasoducto Nord Stream I si la UE sigue poniendo en duda la credibilidad y estabilidad del suministro ruso de hidrocarburos. “Sabemos que estamos completamente legitimados para tomar esa decisión y declarar un embargo del gas que transita por el Nord Stream I, que está funcionando al 100% de su capacidad”. Ese gasoducto, con capacidad de 55.000 millones de metros cúbicos, llega directamente desde Rusia hasta la costa de Alemania por el lecho del mar Báltico. “No hemos tomado esa decisión”, ha señalado el dirigente ruso, que ha precisado que en esta batalla de la UE por reducir su dependencia “no habrá ganadores”.
La amenaza de Novak ha llegado el mismo día en el que la Comisión Europea presentaba sus planes para reducir la dependencia energética europea de los hidrocarburos rusos y cuando las capitales de la UE comenzaban a ponderar, bajo presión de EE UU, la posibilidad de sanciones energéticas contra Rusia.
El borrador de las conclusiones de la cumbre europea que se celebra este jueves y viernes en Versalles (Francia) prevé “eliminar” la dependencia del gas, el petróleo y el carbón rusos. Pero el texto añade que la desaparición de esas materias primas rusas del mercado europeo se hará “gradualmente”. Y la Comisión Europea calcula que el relevo por otras fuentes u otros proveedores no se completará hasta 2030.
Alemania, cuyo consumo de gas depende en un 55% de las importaciones rusas, lidera al grupo de países contrarios a cortar los lazos energéticos con Moscú. Las importaciones de gas ruso también superan el 50% en Finlandia, Bulgaria, Eslovaquia y Hungría. Y llegan al 100% en Letonia o Chequia. En petróleo, los países más dependientes son Finlandia, Polonia, Letonia y Eslovaquia.
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El canciller alemán, Olaf Scholz, señaló este lunes que “el suministro de energía en Europa para calefacción, movilidad, electricidad e industria no puede garantizarse en la actualidad de otra manera” que con el suministro ruso. El petróleo ruso también supone un tercio de las importaciones alemanas de esa fuente energética.
Sin embargo, el mantenimiento de una relación comercial estable con Moscú resulta cada vez más difícil de defender para Berlín. Y fuentes comunitarias no descartan que, tarde o temprano, Alemania tenga que ceder, como ya ocurrió con la paralización del gasoducto Nord Stream II —decisión adoptada cuando Putin reconoció la independencia de las autoproclamadas repúblicas ucranias del Donbás— y con la desconexión de ciertos bancos rusos de Swift tras el inicio de la guerra.
El recrudecimiento de los bombardeos rusos en Ucrania y la muerte diaria de civiles ucranios pone en cuestión cada vez más unos flujos energéticos que reportan 700 millones de dólares diarios a las arcas de compañías controladas en gran parte por el Kremlin. La impresión de que las importaciones europeas de energía rusa financian la matanza cunde cada vez más entre la opinión pública de la UE.
Alemania y otros países reacios a prescindir del gas ruso confían en que las sanciones económicas dobleguen a Putin y le obliguen a buscar una salida del conflicto antes de llegar a una ruptura del suministro muy peligrosa para las economías europeas.
La UE cubre con importaciones el 60% de su consumo energético. La dependencia del exterior llega al 90% en gas, 97% en petróleo y 70% en carbón, según datos de la Comisión Europea. En todas esas partidas Moscú es una pieza clave. De Rusia llega el 45% de las importaciones europeas de gas, el 46% de las de carbón y el 27% de las de petróleo.
Fuentes europeas reconocen que las más fáciles de reducir o cortar son las de petróleo, tanto por la menor dependencia de Rusia como por la mayor facilidad para diversificar el suministro. Pero Bruselas teme el efecto dominó de un embargo del crudo sobre el resto de importaciones procedentes de Rusia, lo que podría condenar a la UE a una grave crisis energética.
La UE prefiere desengancharse progresivamente de los 200.000 millones de metros cúbicos de gas ruso y de los 150 millones de toneladas de crudo ruso que consume cada año. Bruselas calcula que sus planes de transición energética reducirán en 155.000 millones de metros cúbicos el consumo de gas ruso antes de 2030.
Para este mismo año, Bruselas calcula que podría importar 50.000 millones de metros cúbicos más de gas natural licuado y aumentar en 10.000 millones de metros cúbicos las importaciones procedentes de Argelia, Azerbaiyán o Noruega. Ese incremento, más las medidas de eficiencia y el impulso a las renovables, podría reducir un 66% las importaciones de gas ruso a finales de 2022. “Es difícil, increíblemente difícil”, ha reconocido el vicepresidente de la Comisión Europea para asuntos energéticos, Frans Timmermans. Tan difícil que la Agencia Internacional de la Energía calcula que la UE debería aspirar a reducir este año un tercio sus importaciones.
Latas de tomate y de pepinillos en conserva caseros, verdura en salazón, paquetes de pasta, pañales, productos sanitarios. Los sótanos de la sede municipal de Ingulets, en la ciudad Krivói Rog, parecen un mercadillo. Allí, entre los fardos de ropa donada, dos voluntarias se afanan por ordenar las provisiones. La urbe, de 630.000 habitantes, se prepara para enfrentar y resistir al invasor ruso. Las tropas enviadas por Vladímir Putin intensifican su campaña de bombardeos y avanzan por el flanco sur y por el este. Y Krivói Rog es un bocado apetitoso y disputado. La ciudad (en el centro-sur del país) es un cinturón siderúrgico clave para Ucrania. También es donde nació Volodímir Zelenski, hace 45 años, en un gran edificio de arquitectura brutalista conocido como El Hormiguero, y donde empezó su camino como actor con sus mejores amigos de la adolescencia, que le acompañan hasta hoy, cuando el foco mundial le observa como el líder de un país en guerra.
“Esta es la ciudad natal del presidente de Ucrania”, remarca Serguéi Zherebylo, jefe del distrito de Ingulets, el más meridional de Krivói Rog. “Si los rusos vienen les prometemos que este será su Stalingrado”, asegura con gesto serio en la sala de juntas de la sede municipal ante un gran mapa de la ciudad, de las más extensas (en longitud) de Europa, con 126 kilómetros de largo. La batalla de Stalingrado (hoy Volgogrado), la más sangrienta de la Segunda Guerra Mundial, que terminó con la derrota de las tropas de la Alemania nazi y sus aliados contra el Ejército rojo de la Unión Soviética, supuso un punto clave y de inflexión para las fuerzas invasoras nazis, que nunca se recuperaron.
Y como lo fue Stalingrado, Krivói Rog es un importante centro industrial —con plantas metalúrgicas y de minería de hierro y que acoge compañías como Arcelor Mittal— y de transporte, que proporciona a quien controle el área no solo acceso a esas industrias estratégicas, sino también un buen corredor de paso al río Dniéper. “Putin esperaba una guerra relámpago, un paseo rápido. Pero en todas partes encuentra una residencia feroz del ejército y de la población local”, remata Zherebylo.
La resistencia, sin embargo, no apaga el miedo, opina Galina Kivshek, que trabaja en los juzgados de la ciudad, y que explica que en los últimos días, las sirenas que alertan de posibles ataques aéreos se han multiplicado. La mujer cuenta que apenas duerme desde que hace ocho días el presidente ruso, Vladímir Putin, lanzó la invasión sobre Ucrania, que argumentó como necesaria para “desnazificar” el país y proteger a la población rusoparlante —sobre todo en la región del Donbás—. “No entiendo de qué nos tiene que proteger, no permitiremos que nos ocupe”, afirma.
A principios de semana, a medida que endurecían los ataques y avanzaban por el flanco meridional para controlar el acceso al mar Negro y el mar de Azov, las tropas del Kremlin lanzaron una misión de reconocimiento sobre Krivói Rog. Lo hicieron desde el sur, donde Rusia ha reforzado su asedio contra ciudades como Mikolaiv y Mariupol, y controla gran parte de la estratégica ciudad de Jersón, gracias a la lanzadera que le proporciona la península ucrania de Crimea, que Moscú se anexionó ilegalmente en 2014, y que hace años había convertido ya en una fortaleza militar.
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La columna de reconocimiento rusa fue repelida y eliminada por la guardia nacional ucrania a un centenar de kilómetros de la ciudad del presidente Zelenski, asegura Aleksei Burnos, miembro de las Fuerzas de Defensa Territorial. “Krivói Rog está preparada para ser una espina en el culo”, dice Burnos, de 45 años, que patrulla junto a su compañero Román por una de las plazas de la ciudad, casi desierta un día muy frío y gris. “Si vienen los rusos quedarán atrapados aquí. Esta ciudad, tan larga y con un área industrial complicada, es muy difícil para operaciones ofensivas”, explica.
Voluntarios de una universidad tejen una red para los militares en Krivói Rog, la ciudad del presidente Zelenski. M. R. S.
Los servicios de inteligencia ucranios y estadounidenses creen, sin embargo, que en los asedios, Rusia se ayuda de grupos de saboteadores infiltrados. Y que aún tiene comandos dormidos de paramilitares listos para actuar si se les da la señal, con el objetivo de capturar a la cúpula de los Gobiernos locales. En Krivói Rog, explica el juez Oleksiy Nesterenko, no ha habido ningún arresto por delitos de este tipo, que pueden acarrear hasta cadena perpetua. El juez Nesterenko afirma que Ucrania avanza segura en su paso hacia una democracia más consolidada, con elecciones libres y con una justicia que se está reformando para mejorar, y que eso es algo que el Kremlin no puede tolerar.
Tras la andanada fallida de hace dos días contra Krivói Rog, algunos observadores temen que Putin aplique contra la ciudad de Zelenski la misma táctica que está utilizando contra el corazón de otras ciudades ucranias, desde Kiev a Járkov, donde ha bombardeado infraestructuras civiles y zonas residenciales para atemorizar a la población, forzarla a huir y obtener ese paseo rápido que facilitaría la ocupación. Un millón de personas han salido ya de Ucrania obligadas por la guerra de Putin. Y hay miles de desplazados internos.
Niños, familias, parejas. Y universidades, como la de Asuntos Internos de Donetsk, en la ciudad de Mariupol, bajo un duro asedio de las fuerzas de Putin, evacuada en su mayoría al Instituto de Investigación y Educación de Krivói Rog. Para la Universidad, como para Lubov Kniasekova, de 57 años, profesora de Derecho Constitucional, es la segunda evacuación. El centro educativo se instauró originalmente en la ciudad de Donetsk, en el este de Ucrania, desde 2014 bajo control de los separatistas prorrusos apoyados por el Kremlin. “Es muy duro tener que volver a empacar todas las cosas, a dejar mi casa, las aulas, a pensar en qué pasará mañana, pero resistiremos”, afirma Kniasekova.
La profesora llegó hace una semana acompañada por decenas de alumnos como Artem Serdechnyi, de 20 años, que se forma en la Academia de Policía. Ahora viven en las instalaciones del Instituto de Investigación de Krivói Rog, convertido en un albergue improvisado, lleno de literas, donde alumnos y profesores han paralizado las clases y ahora se dedican a tejer redes de camuflaje para el ejército ucranio, a colaborar en las redes de resistencia civil y a tratar de ayudar como pueden a sus personas queridas en Mariupol, en una situación ya crítica y para las que reclaman un corredor humanitario urgente. “Hablo en ruso, pienso en ruso, es mi lengua materna, y jamás me he sentido discriminado”, dice Serdechnyi, que nació en Donetsk, de donde tuvo que marcharse junto a su familia por la guerra.