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Las paredes del modesto apartamento retumbaron con fuerza. El estruendo fue brutal. Y entonces, un trozo de techo se derrumbó y empezó el fuego. Nina Verloka había preparado ese día la cena y su hijo y su hermana estaban sentados en la mesa de la cocina. Listos para empezar. Frente a los atónitos y desesperados ojos de Nina, el furioso bombardeo, uno de los muchos ese día en Járkov, mató a ambos e hirió a la mujer, de 41 años. También a otras cuatro personas de su edificio. En un instante, en un pestañeo, Nina lo perdió todo. Acostada en una cama del hospital número 4 de la segunda ciudad de Ucrania, retuerce las manos y muestra en el móvil una fotografía de la jovencísima familia: un adolescente espigado y sonriente y una chica de 19 años de rostro dulce y cabellos claros y lisos que sonríe a la cámara.

Nina está furiosa. Furiosa con Vladímir Putin, con las tropas rusas, con la capacidad de un solo hombre de llevar la catástrofe y la destrucción a su vida y la de toda Ucrania. “Teníamos un país maravilloso, con gente buena. ¿Y ahora dice que quiere liberarnos, protegernos? ¿De qué, de quién? ¿Por qué nos hacen esto? No lo entiendo”, exclama. Como truenos, un rosario de explosiones, contundentes y seguidas, no demasiado lejos, guía sus palabras. Es la banda sonora que la acompaña. El fuego suena cerca del hospital.

Járkov, en el este de Ucrania, con un millón y medio de almas antes de la invasión y situada a unos 40 kilómetros de la frontera con Rusia, fue uno de los primeros objetivos de la invasión de las tropas enviadas por Putin. Entraron en la ciudad con unos cuantos vehículos de artillería Tigr, pero fueron eliminados o capturados rápidamente. Desde entonces, tratan de asediarla y la urbe está bajo el fuego constante e implacable. Noche y día. La estrategia pasó a ser la de bombardeos y disparos indiscriminados de artillería contra zonas residenciales. Como el edificio de Nina. Una práctica de desgaste, de tierra quemada, que el Kremlin ha pasado a aplicar en otras ciudades ucranias. Hoy, Járkov es la segunda ciudad más castigada por los ataques rusos tras Mariupol, dicen las autoridades locales. Recibe unos 80 impactos de proyectiles al día; desde cohetes a artillería.

Al hospital número 4 de Járkov llegan cada día unas 10 personas heridas por las explosiones; por la metralla, como una mujer mayor que acaba de ingresar, inmóvil y con el rostro cubierto de sangre; o por cohetes de lanzamiento múltiple, conocidos como Grad, que en ruso significa granizo. Una tormenta que arrecia con fuerza contra la ciudad. Desde que Putin lanzó su “operación militar especial” para “desnazificar” y “desmilitarizar” Ucrania. Ha habido muchos muertos adultos, dice Olena Poleshuk, directora médica del centro sanitario, pero también han muerto en el hospital número 4 tres niños desde que empezó la guerra. “El número de personas que traen es abrumador. Es emocionalmente devastador”, dice Polashuk. No paran de llegar al centro alimentos donados, fármacos, ropa.

Dmitri Kravchenko, vigilante herido en un ataque, en un hospital de Járkov.
Dmitri Kravchenko, vigilante herido en un ataque, en un hospital de Járkov. María Sahuquillo

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Mientras, en el instituto forense central no les quedan bolsas para cadáveres. Allí, en el patio, han colocado los cuerpos en tres filas: los enfundados en grandes bolsas negras, aquellos cubiertos con plásticos y una larga columna de cadáveres apilados, envueltos en toallas, sábanas, o al aire. Hay cerca de un millar de cuerpos. Como el último en llegar, un hombre sin rostro y con la camisa desabrochada. Todos los que están a la vista llevan ropas civiles. Al menos 300 personas han muerto en la región de Járkov por ataques desde que el Kremlin lanzó la invasión, según las autoridades locales. Pero la cifra es mucho mayor, reconocen. Y el conflicto armado no ha cambiado los patrones de la vida: la gente se sigue muriendo por cosas de todo tipo, enfermedades, accidentes, comentan dos trabajadores de la morgue, encogiéndose de hombros. No solo la guerra mata y no dan abasto. Y esta es solo una de las tres morgues de la ciudad.

El centro histórico de Járkov, conocida como la capital intelectual de Ucrania, con larga tradición educativa y que alberga joyas del constructivismo, está hoy prácticamente pulverizado. Convertido en escombros y cascotes. El museo de arte, con su colección de pintores rusos como Ilia Repin e Ivan Shishkin, no tuvo tiempo de poner sus tesoros a salvo. También la biblioteca Korolenko, hogar de valiosos manuscritos, ha sido víctima de los bombardeos.

Apenas hay gente en las calles de la almendra central, donde el paisaje de edificios bombardeados y coches calcinados se repite. El sonido de las alarmas que nunca se apagan es constante. El patrón de ataque a infraestructuras civiles se repite en muchas ciudades y es cada vez más feroz, contundente e indiscriminado. En Dnipró, en el centro del país, este martes una explosión ha alcanzado la estación central de tren y ha matado a una persona.

En Járkov, los ataques han alcanzado al menos a 400 edificios altos de apartamentos, según las autoridades. Y muchos de los que todavía están enteros ya no tienen suministros básicos: agua, gas, electricidad. Más de 700.000 personas han salido de la ciudad como han podido. En trenes, dejando a sus mascotas atrás por la imposibilidad de llevarlas con ellos los primeros días. En largas filas de coches.

Destrozos en una calle de Járkov.
Destrozos en una calle de Járkov.María Sahuquillo

Todo está cerrado. Solo algunas farmacias y supermercados dan servicio al público, que apura las pocas cosas que ofrecen y hacen colas constantes. Es casi imposible encontrar carne. Algunos viven en el metro, convertido en refugio. O en otros sótanos de la ciudad. Pero cada mañana, muchas de las calles están barridas y limpias, muchas papeleras tienen bolsas nuevas. La vida continúa. Aunque cierre los puños y se muerda la lengua, uno termina por acostumbrarse a todo. También a los bombardeos constantes.

Como el que ha destruido una carísima boutique de relojes del centro. Y una botica antigua. Y una tienda de moda donde los maniquíes decapitados descansan en el suelo, entre los cascotes. Los primeros días, afloraron los saqueadores y los vecinos y grupos de milicianos los ataron a los postes y los apalearon. Ahora, la policía sigue a la busca de los merodeadores y saqueadores. El lunes detuvieron a uno que supuestamente había robado medicinas y que se escondía en el metro. Eso, los saqueos, que la gente se tome una especie de justicia por su mano, también ha pasado en esta guerra.

Población rusoparlante

Dmitri Kravchenko estaba sentado en su puesto de vigilante en una fábrica cuando le alcanzó la metralla de un ataque. Fue hace tres días y aún no sabe si perderá el ojo. Lo lleva cubierto por un parche. Tiene cicatrices en el rostro y en el cuello. “[Putin] dice que somos nazis, ¿sabe? También los niños asesinados por las bombas…”, ironiza enfundado en un jersey ocre en el que se lee Fun creation. En Járkov, como en muchos otros puntos de Ucrania, sobre todo en el este, la gran mayoría de la población es rusoparlante, como aquella que el jefe del Kremlin dice proteger. En 2014, tras las protestas que derrocaron al presidente prorruso Viktor Yanukovich y la invasión rusa de la península de Crimea —que el Kremlin se terminó anexionando con un referéndum no reconocido por la comunidad internacional—, en Járkov también estallaron disturbios, como en las regiones de Donetsk y Lugansk. Manifestantes apoyados por Moscú e incluso personas llegadas desde Rusia proclamaron allí la “República popular de Járkov” y tomaron la sede del Gobierno regional. Las fuerzas del Ejecutivo lo recuperaron pronto.

Járkov, que una vez se vio como una ciudad con simpatías prorrusas, cambió con aquello. La recepción de más de 100.000 desplazados internos de las zonas de Donetsk y Lugansk bajo control del Kremlin por medio de los separatistas prorrusos, modificó asimismo el paisaje; y la ciudad también consagró su giro hacia Occidente, como el resto de Ucrania. Al invadir la segunda ciudad del país, Putin quizá pensó que sería un paseo, que la ciudadanía abriría las puertas a las tropas rusas, con sus inquietantes zetas blancas pintadas en los tanques.

Se equivocó. Tampoco en Járkov la lengua está unida a la identidad. Y la ciudadanía que se ha quedado resiste bajo el granizo, dice Kravchenko. “No pasarán”, exclama en español y con el puño en alto. El grito antifascista de la Guerra Civil española, que se convirtió en el lema de los 35.000 voluntarios de las Brigadas Internacionales que viajaron a España desde más de 80 países para defender a su Gobierno legal, se repite constantemente en Ucrania contra Putin y sus tropas.

En el hospital número 4, en la habitación de Nina Verloka, otras cinco mujeres heridas por bombardeos la escuchan atentamente, a veces con frases entrecortadas, incoherentes, hablar de su hijo, de su hermana, de su casa. Poleshuk, la directora médica del centro, la observa: “La guerra no es un país, es la historia de cada persona. Es cada uno de nosotros”.

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La icónica plaza de la Independencia de Járkov es un amasijo de escombros y cascotes. Los cables de electricidad se han derrumbado y el edificio de la Administración regional, una mole amarillenta de la época comunista, se ha convertido en un esqueleto humeante. Enfrente, un coche quemado y los restos de la carpa de lona amarilla y azul —como la bandera ucrania— que hasta hace poco ocupaban voluntarios que recogían ayuda para los civiles afectados por la guerra del Donbás. Un pitido incesante y molesto lo inunda todo. Como el olor agrio y denso a quemado que sigue a los bombardeos. En una de las esquinas de la enorme plaza, casi desierta, Mijail Ignatienko se apoya en dos muletas mientras observa los restos de su tienda de ultramarinos, arrasada por el ataque con un misil de las fuerzas enviadas por el presidente ruso, Vladímir Putin. “Ahora lo sufrimos, pero ganaremos”, dice el hombre, de 59 años, con los ojos acuosos.

Las tropas rusas acechan Járkov, la segunda ciudad en población del país (1,5 millones), mayoritariamente de habla rusa —como la ciudadanía a la que el jefe del Kremlin dice proteger en esta ofensiva total— y objetivo prioritario en la diana de Putin, que busca capturar la urbe para hacerse con el control del este de Ucrania y facilitar una tenaza a la region del Donbás. El ejército ucranio y las milicias ciudadanas de todo tipo, que patrullan por las calles del centro, fusil en mano, pidiendo la documentación a los escasos transeúntes, resisten. En un intento por doblegar la ciudad, el Kremlin ha intensificado sus ataques en los últimos días. Y lo ha hecho contra zonas residenciales e infraestructuras civiles. Los bombardeos han segado ya la vida de 21 personas y han dejado decenas de heridos. El Kremlin asegura que no ataca objetivos civiles.

“Esto no es una cuestión política o económica. Esto es una guerra solo porque Putin odia a los ucranios”, asevera Olga Volkova, una profesora de 42 años, que camina apresuradamente por el centro de la ciudad, donde hace un mes había una pista de patinaje sobre hielo, en la que parejas y familias echaban la tarde dando unas cuantas vueltas y bebiendo vino caliente. Volkova, menuda y bajita, con un gorro calado casi hasta las cejas para protegerse de la llovizna fría que cae sobre Járkov este miércoles, cuenta que trató de unirse a la milicia de las Fuerzas de Defensa Territorial, que depende del Gobierno, pero no la aceptaron. “Solo admiten a gente con experiencia, así que no me dieron un arma, pero estoy haciendo voluntariado”, explica la profesora, encogiéndose de hombros.

Volkova también ayudó en la carpa destruida de la plaza de la Independencia, que se había convertido en un memorial a los soldados ucranios muertos en la guerra del Donbás contra los separatistas prorrusos apoyados por el Kremlin —que se ha llevado por delante en ocho años 14.000 vidas, entre los dos bandos—, para el que ahora los voluntarios buscan otra ubicación.

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Una mujer camina junto a edificios dañados en Járkov, este miércoles.
Una mujer camina junto a edificios dañados en Járkov, este miércoles.María R. Sahuquillo

Las cicatrices de los bombardeos son ostensibles en Járkov, una ciudad de la que salen mareas de coches, desesperados por abandonar el terror de los ataques aéreos constantes, con controles fuertemente armados cada pocos kilómetros y carreteras llenas de tramas antitanque. Los que se quedan, hacen colas interminables en las farmacias, en las carnicerías y en los pocos supermercados que quedan abiertos. Las gestiones hay que hacerlas rápido, antes de que empiece el toque de queda a las tres de la tarde, explica Rostislas Suranov, comercial de 35 años, que cuenta que algunos barrios están empezando a tener problemas de suministro de calefacción, electricidad y agua. “Es la táctica para que nos vayamos o nos rindamos. Pero esta es nuestra tierra y nuestra ciudad y ellos, además de invasores, son unos cobardes”, afirma.

El vicegobernador de Járkov, Román Semenuja, cree que la intención de Putin es atemorizar a la población. “No pueden entrar en la ciudad porque cada vez que lo intentan les golpeamos, así que buscan sembrar el pánico con ataques con misiles, golpeando infraestructura crítica y áreas residenciales”, comentó a la televisión local. “Quieren desmoralizarnos”, dijo. Este miércoles, en otra andanada, el Kremlin lanzó un equipo de paracaidistas que trató de ocupar un hospital militar. Las tropas ucranias rechazaron el ataque tras una dura lucha urbana. Ya en la noche de este miércoles, otro ataque contra la ciudad alcanza a la catedral de Uspenski.

En la zona de la universidad, el olor a quemado, el polvo y la ceniza son la antesala de la destrucción. Este miércoles por la mañana, poco después de que se levantase el toque de queda, un ataque de las fuerzas de Putin impactó allí contra el Departamento Regional de Policía y la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional Karmazin y causó un gran incendio. Cinco personas que caminaban por los alrededores resultaron heridas por la inmensa explosión, que ha sembrado trozos de cemento, esquirlas, papeles y cristales por toda la zona.

Járkov, que fue un foro educativo importantísimo durante la época soviética, era antes de esta ofensiva un cada vez más pujante centro de nuevas tecnologías y un buen punto de intercambio de estudiantes internacionales. La ciudad, que una vez se vio con un pequeño bastión más cercano a las posturas prorrusas y que estuvo ocupada un par de días en 2014 por los separatistas apoyados por el Kremlin y colaboradores llegados del otro lado de la frontera que declararon la “república popular de Járkov”, ha girado en los últimos años más hacia Occidente. Como casi todo el país.

Hace un mes, cuando Rusia seguía amasando tropas a lo largo de las fronteras con Ucrania y la retórica del Kremlin contra Occidente y contra Kiev se endurecía, gran parte de la ciudadanía de Járkov no creía en la escalada. La zona no está lejos del Donbás, así que se habían acostumbrado a vivir bajo la amenaza rusa, comenta Natalia Skivina, que se ha organizado con unos amigos para ayudar a limpiar el “desastre” causado por los ataques. “Estoy muy enfadada. Están atacando edificios civiles con gente dentro”, exclama.

A finales de enero, cuando el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, comentó que Járkov sería uno de los primeros platos del menú de Putin en Ucrania y que Moscú podría aspirar a ocupar la ciudad y descabezar a su Gobierno, muchos pensaron que exageraba.

No lo hacía. Desde que el líder ruso anunció la “operación miliar” para “desnazificar” Ucrania y proteger a la población rusoparlante de discriminación —sobre todo en el Donbás, donde Putin ha asegurado que sufren “genocidio”—, los ataques a Járkov han sido sostenidos. Primero, a instalaciones miliares; después, sobre enclaves estratégicos, como plantas de suministro de energía; ahora, contra zonas residenciales.

Al oeste de la ciudad, muy cerca de la estación de metro Jolodna Gora, conocida por sus relieves de escenas comunistas, Andréi y Svetlana Derkaya caminan sobre brozas y cristales para tratar de recuperar algunos paneles metálicos de las paredes de un pequeño centro comercial, que está a punto de derrumbarse como consecuencia del bombardeo del lunes. La zona, parte de un barrio de clase media trabajadora, ha quedado muy tocada por los ataques de Putin: edificios destechados, cristales rotos, coches quemados. Junto a un instituto de cadetes, un hombre trata de recoger sus pertenencias de lo queda de su vivienda, de una sola planta, mientras otro intenta poner un gran plástico para proteger la única habitación de la casa que queda a cubierto. Lo han perdido todo. “Putin es un criminal”, se lamenta Derkaya, “dice que es un salvador, pero solo le gusta la destrucción”.

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La ciudad ucrania de Járkov, la segunda más poblada del país y muy cercana a la frontera con Rusia, ha sido uno de los objetivos principales del Ejército ruso desde el comienzo de la invasión a Ucrania. Las imágenes de combates urbanos y bombardeos de edificios e infraestructuras en la ciudad han sido constantes desde el 27 de febrero. En el vídeo que acompaña a esta noticia se puede ver el antes y después del bombardeo de dos escenarios urbanos en Járkov: el edificio de la administración regional, en la Plaza de la Libertad, y el Colegio Especializado número 134, muy cerca del centro de la urbe. En esta secuencia se incluyen vídeos y fotografías distribuidas por redes sociales que han sido verificadas por EL PAÍS.

Una cámara de seguridad captó a primera hora de este martes cómo un misil de crucero ruso impactaba justo frente a la fachada de un edificio de la administración regional, ubicado en la plaza más grande de Europa y la novena del mundo, la Plaza de la Libertad de Járkov. A las pocas horas, el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, se refirió a este ataque como un “crimen de guerra en una ciudad pacífica con áreas residenciales pacíficas, no con instalaciones militares”. “Varios testigos prueban que ha sido una destrucción deliberada de población civil, un acto de terrorismo de estado”, remarcó el presidente en un comunicado de vídeo difundido por redes sociales.

Apenas a cuatro kilómetros de la Plaza de la Libertad, en la calle Shevchenka, se encuentra el Colegio Especializado número 134. Desde que las tropas rusas entraron a la ciudad, ha sido un escenario de enfrentamientos con el Ejército ucranio. La imagen más cruda llegaba la madrugada del lunes, con el colegio calcinado tras un incendio provocado por los combates urbanos entre ambos Ejércitos.



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¿Por qué Ucrania no forma parte aún de la Unión Europea?

«Ucrania es uno de los nuestros y queremos que esté en la UE». El presidente ucranio, Volodímir Zelenski, se ha apresurado este lunes a recoger el guante de esta frase pronunciada la víspera por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. En un discurso a la nación en un vídeo divulgado en sus redes sociales, Zelenski ha pedido a Bruselas que acepte a su país como miembro «inmediatamente» mediante un «nuevo procedimiento especial». 

El portavoz jefe de la Comisión Europea, Eric Mamer, se ha apresurado este lunes a rebajar esas expectativas. Respondiendo a la pregunta de un periodista en la rueda de prensa del vídeo en directo que acompaña a esta información, Mamer ha recordado que para entrar en la UE hay «un proceso» que se debe cumplir.

Ucrania, el segundo Estado más grande en extensión del Viejo Continente – un país «en el corazón de Europa», ha aseverado el portavoz- no solo no está cerca de entrar en la UE, sino que ni siquiera está aún a sus puertas. A diferencia de otros Estados antes bajo la férula de la Unión Soviética, como Albania y Macedonia del Norte, Ucrania no ha sido reconocida como candidato formal a ingresar en el club comunitario pese al anhelo del 68% de los ucranios que así lo desean, de acuerdo con un sondeo del instituto demoscópico Rating Group, divulgado el 17 de febrero. En 2014, en las protestas del Euromaidan-desencadenadas por la negativa del entonces presidente, el prorruso Viktor Yanukóvich, a firmar el acuerdo de asociación con la UE- murieron un centenar de manifestantes. En aquellas protestas ondeaban banderas europeas en las manos de muchos manifestantes. 

El acuerdo de asociación de Ucrania con Bruselas entró en vigor en 2017. En 2019, el país inscribió en su Constitución la adhesión a la UE como una orientación estratégica de su política exterior. Kiev ha adaptado ya la mayor parte de su legislación y de sus políticas económicas a las orientaciones de Bruselas. Sin embargo, la exrepública soviética sigue incumpliendo uno de los criterios imprescindibles para iniciar formalmente el procedimiento de adhesión: el que obliga a tener «unas instituciones estables que garanticen el Estado de Derecho». Ucrania no cumple con esta condición a causa de lo que un informe de 2021 del Tribunal de Cuentas de la Unión Europea definió como «gran corrupción».

Ese documento recuerda que la UE lleva más de 20 años apoyando el programa de reformas de Ucrania, del que forma parte la lucha contra la corrupción, a la que se define como un “gran obstáculo”  que “va en contra de los valores de la UE”. Según el artículo 2 del Tratado de la Unión, para ser miembro, un país tiene que respetar esos valores.

La «gran corrupción» es «endémica» en Ucrania, y «además de obstaculizar la competencia y el crecimiento, perjudica el proceso democrático», indica el documento, que llega a aludir a la «captura del Estado» por parte de «bloques formados por poderosas élites políticas y económicas, de estructura piramidal y arraigados en todas las instituciones públicas y la economía». 

Las aspiraciones de Ucrania se topan también – al igual que las de otros Estados de Europa del Este- con la resistencia de países miembros como Francia y Países Bajos, partidarios de ralentizar la entrada de nuevos socios al club comunitario y dar prioridad a «profundizar y mejorar nuestra Europa», en palabras del presidente francés, Emmanuel Macron, en mayo de 2018.

Las cálidas declaraciones del domingo de Ursula von der Leyen confirman también que en Bruselas hay dos posturas al respecto de la admisión de nuevos miembros: la de la Comisión, que se muestra partidaria de ampliar la Unión hacia el Este, y la del Consejo- en el que se sientan los países miembros-, cuyo entonces presidente, Donald Tusk, reconoció en 2018 que incluir a nuevos Estados complicaría la toma de decisiones cruciales para las que muchas veces se requiere unanimidad.

Tras la invasión rusa, dos países orientales de la UE, Polonia y Lituania, han abogado por que se reconozca ya a Ucrania como candidato al ingreso en el club comunitario. Sin embargo, las declaraciones de hoy del portavoz jefe de la Comisión, no dejan entrever que la oleada de solidaridad con Ucrania se traduzca en que Bruselas ofrezca a Ucrania un sendero privilegiado para ingresar en la UE.  (EL PAÍS)


 





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Ucrania se prepara para otro día de pesadilla. En Járkov, la segunda ciudad en población de Ucrania (1,5 millones de habitantes) a unos 30 kilómetros de la frontera con Rusia y bajo asedio de las tropas de Putin desde hace un par de días, se han registrado importantes explosiones y vehículos rusos ya han entrado en la ciudad, según han confirmado las autoridades. Vídeos del servicio estatal de comunicaciones muestran varios vehículos militares ligeros rusos, también un tanque en llamas. Anton Gerschenko, asesor del Ministerio del Interior, ha asegurado que equipos de las fuerzas especiales rusas están ya en la ciudad y que hay combates urbanos, aunque el alcalde de Járkov sostiene que el Gobierno ucranio sigue teniendo el control. Oleg Synegubov, jefe de la administración estatal regional de Járkov, anunció la incursión en Facebook y advirtió a los residentes de que busquen refugio y no salgan a la calle.

Rusia amenazó con elevar su ofensiva y en el cuarto día desde que comenzaron los bombardeos ha vuelto a cargar contra infraestructuras críticas y contra ciudades. Cerca de Járkov, un ataque ha volado un gasoducto de gas natural, según el servicio estatal de comunicaciones especiales de Ucrania, que no aclaró la magnitud de los daños y si la explosión puede interrumpir el suministro de gas, una de las variables que, en pleno invierno, puede contribuir al sitio de Járkov. El ministerio de Defensa ruso amenazó este sábado con avanzar por todos los flancos. “Todas las unidades recibieron órdenes para desarrollar la ofensiva en todos los frentes”, dijo el sábado. Y pidió a los ucranios que insten a su Gobierno a “retirar inmediatamente todo el armamento pesado de las zonas urbanas”.

Un bombardeo ha causado un importante incendio en una terminal petrolera en la ciudad ucraniana de Vasylkiv, a unos 30 kilómetros al suroeste de la capital, Kiev, durante la noche. Los misiles han alcanzado no solo la terminal logística sino también el depósito de petróleo. El ataque puede derivar, además, en un importante desastre ambiental. La alcaldesa de la ciudad, Natalia Balasinovich, ha asegurado en un mensaje publicado en las redes sociales que misiles rusos alcanzaron el área de almacenamiento de petróleo, al suroeste de la pista principal de la base aérea. Las fotografías y los vídeos del lugar muestran grandes llamas elevándose bajo el cielo nocturno.

Mientras, el Kremlin, que cada vez enfrenta más aislamiento internacional, ha elevado su órdago con una oferta de negociación que puede ser una encerrona para el presidente ucranio, Volodímir Zelenski. Delegaciones de los dos países se reunirán en territorio bielorruso, cerca de la frontera, en una fecha aún por determinar.

Zelenski ha asegurado la mañana de este domingo que quiere conversaciones “honestas” con Rusia, pero que la única forma de desarrollarlas era hacerlo en un país neutral. “Queremos la paz, queremos reunirnos, queremos el fin de la guerra”, dijo Zelenski en un discurso en video difundido en sus redes sociales. “Varsovia, Bratislava, Budapest, Estambul, Bakú: propusimos todo eso a la parte rusa. Cualquier otra ciudad también nos serviría, en un país desde cuyo territorio no se disparen cohetes”, ha dicho el líder ucranio, que se ha dirigido también a la ciudadanía bielorrusa. Si se cumple lo acordado por Moscú y Kiev, las dos partes podrían verse a lo largo del río Pripyat, en el sureste de Bielorrusia.

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Los bielorrusos celebran este domingo una votación para enmendar la Constitución, que reforzará aún más el poder y el control del líder autoritario Aleksandr Lukashenko, muy dependiente de Putin y de Moscú, y que permitirá desplegar abiertamente armas nucleares y bases rusas en ese país, fronterizo no solo con Ucrania sino también con Letonia, Polonia y Lituania, miembros de la OTAN.

“¿Cómo mirarás a tus hijos a los ojos?”, ha preguntado Zelenski al pueblo de Bielorrusia. “¿Cómo mirarás a los ojos a tus vecinos? Somos tus vecinos. Nosotros, los ucranios. Espero que Bielorrusia vuelva a convertirse en el país bueno y seguro que era no hace mucho tiempo”, ha recalcado.

Este domingo, en Ucrania toca hacer balance de daños. El sábado, las fuerzas rusas lanzaron un ataque coordinado con misiles y artillería contra varios núcleos urbanos. Las fuerzas enviadas por Vladímir Putin han disparado también misiles de crucero desde el mar Negro en las ciudades de Sumi, Poltava y la portuaria Mariupol, en el mar de Azov, donde todavía este domingo se viven intensos combates.

Rusia asegura que se ha hecho con el control de la ciudad de Melitópol, una urbe del sureste de 150.000 habitantes, tras lo que sería un desembarco anfibio de infantería naval que facilitaría la toma también de Mariupol. El alcalde de Melitópol, sin embargo, emitió un comunicado en el que aseguró que la ciudad seguía bajo control ucranio. Si se confirma la toma de Melitópol, sería un avance importantísimo para Putin, que el jueves anunció una “operación militar contra el Donbás” que ha sido en realidad un ataque a gran escala en todo el país.

Escasez de combustible

Desde el centro de Ucrania, donde todavía queda suministro del combustible que ya escasea en otras muchas partes del país, una riada de vehículos blindados y camiones de suministros y con personal militar ha emprendido el camino hacia el sur, hacia Mariupol y la estratégica Odesa.

Las autoridades ucranias han elevado sus peticiones a la ciudadanía para que se prepare para todos los escenarios, incluidos salir a la calle con cócteles molotov. En la radio, algunos programas explicaban el viernes cómo fabricar ese explosivo casero. El sábado, por todo el país, empleados de los servicios de carreteras y brigadas de voluntarios comenzaron a desmantelar las señalizaciones de las carreteras y cambiar los letreros de las calles en un intento de despistar a las fuerzas rusas. “El enemigo tiene malas comunicaciones, no puede navegar por el terreno. Ayudémoslos a ir directamente al infierno”, dijo la compañía Ukravtodor en una publicación de Facebook.

En la parte del Donbás controlada por el Gobierno desde la guerra lanzada en 2014, territorio reclamado por el Kremlin para los separatistas prorrusos de Donetsk y Lugansk, que controlan un tercio de esta región minera, y en la región de Dnipro, más hacia el oeste, decenas de vehículos blindados y camiones militares, algunos con misiles, circulan por las carreteras. Cerca de Pavlograd, al este de Dnipro, uniformados cavaban trincheras el sábado, en los bosques cerca de la carretera principal, donde también preparaban barricadas.

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El tren, con destino a Kiev, debía de partir de la estación de Mariupol a las cinco de la tarde del viernes 25 de febrero. Algo lo retrasó a las siete. Después avisaron a los viajeros, que ya estaban en sus asientos, que no se pondrían en marcha hasta las siete de la mañana. En la estación, dentro de los vagones, se oían explosiones cercanas y ruido de aviones y helicópteros. Eran señales de que las tropas rusas se encontraban ya muy cerca de esta ciudad de medio millón de habitantes situada en la región del Donbás. Mariupol, un enclave portuario con una gran industria metalúrgica, es la ciudad más importante de la región después de que Donetsk, antes la capital, quedase en manos de los separatistas rusos.

A las siete y media de la mañana a los viajeros se les comunica que las vías se encuentran inutilizadas y que el viaje por tren es imposible. A los aproximadamente 300 pasajeros los agrupan en cuatro autobuses, que, a las nueve de la mañana, salen rumbo a una estación intermedia, desde donde podrán montarse en otro tren hacia Kiev. Según comentan algunos de ellos, son, probablemente, los últimos autobuses que parten antes del asalto final ruso. Algunos de los viajeros, como una madre que va con sus tres hijas pequeñas, todas menores de 10 años, esperan poder saltar desde Kiev —cuya situación es también cada vez más inquietante— a Polonia y alcanzar la ciudad de Cracovia, donde tienen parientes. Viajan muy preocupadas, porque dejaron todo en la parte norte de Mariupol y porque van sin dinero y sin PCR. No saben si les dejarán cruzar la frontera. Decidieron huir con lo puesto por miedo a las bombas y a los proyectiles que no dejaban de oír desde su casa.

Informa Jorge Said desde Zaporizhya (Ucrania)

Foto: Unas niñas escapaban el sábado en el tren de Mariupol con destino a Kiev.

Lea aquí el reportaje completo



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