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Petro y Márquez, este miércoles en Bogotá.
Petro y Márquez, este miércoles en Bogotá.Fernando Vergara (AP)

No han pasado ni 12 horas desde que Gustavo Petro anunciara a su número dos y ya enfrenta las primeras consecuencias de esa decisión. El movimiento de izquierdas que lidera vive una crisis mayúscula con el Partido Liberal, un potencial aliado de cara a la primera vuelta de las elecciones en Colombia. Francia Márquez, la elegida por Petro, una líder social afro de reconocido prestigio que pagó sus estudios de derecho trabajando como empleada del hogar, arremetió contra el líder de ese partido, el expresidente César Gaviria, de quien dijo que representa el neoliberalismo y “más de lo mismo” en un país que requiere un cambio.

Petro ha tenido diez días de intenso debate entre los suyos sobre a quién escoger como fórmula presidencial. Por un lado estaba Márquez, la segunda más votada en las primarias de la izquierda. Una voz nueva, representante de la Colombia olvidada. Por otro, alguien de los liberales afín a Gaviria, que tiene fama de arrastrar un par de millones de votos que pueden resultar decisivos en la primera votación. Petro aspira a vencer a la primera, sin pasar a una segunda vuelta, para lo que necesita una mayoría simple. Solo alguien lo ha conseguido antes, Álvaro Uribe en dos ocasiones. Una y otra elección conllevaba riesgos. Dejarla fuera a ella suponía decepcionar a parte de su electorado fiel, con el peligro de que encontraran abrigo en el centro, con Sergio Fajardo. No contar con Gaviria y los suyos supone arrinconarse y quedarse sin posibilidad de nuevos aliados. Si ellos acaban yéndose con Federico Gutierrez, Fico, el binomio Petro-Márquez navegará en solitario.

Lo que no se esperaba, al menos tan pronto, es el choque entre las dos facciones que parecían destinadas a entenderse. Gaviria se tomó las palabras de Márquez como una afrenta y emitió un comunicado durísimo: Las declaraciones groseras, falsas y malintencionadas que hizo la señora Francia Márquez, candidata a la Vicepresidencia del Pacto, en presencia del candidato Gustavo Petro, constituyen una ofensa inaceptable. Y hacen inviable cualquier diálogo con ese sector político”. En el texto asegura que es la segunda vez que ella se expresa en esos términos contra él y que días atrás le había pedido a Petro que no se repitiera una escena semejante. Como no ha sido así, continúa, rompe conversaciones con ellos.

[“Siento mucho que el Pacto Histórico (la coalición de izquierdas) piense que su lenguaje incendiario es algo que podemos celebrar”, agrega. En cambio, sí se reunirá con otros candidatos. Queda la duda de si Gaviria se ha ofendido realmente o su decisión de apoyar eventualmente al centro –algo poco probable, dado su historial de enfrentamientos con Sergio Fajardo– o a la derecha estaba tomada y esta no ha sido más que una excusa. Su protagonismo en un día tan señalado también deja al descubierto la importancia que tienen los expresidentes en la política. Gaviria acabó su mandato en 1994, hace casi tres décadas. La opinión de Uribe, que dejó el poder en 2008, continúa siendo relevante, cuando no decisiva. Ahora parece haber perdido peso por la baja popularidad del Gobierno de Iván Duque, a quien él eligió como candidato hace cuatro años.

Márquez matizó que no tiene ningún problema con el Partido Liberal, que lo considera necesario para el cambio. Se refirió en exclusiva a Gaviria. Petro intentó suavizar lo dicho. En Twitter dijo no querer descalificar a nadie y que reconocía a Gaviria como el representante de los liberales. Los invitó a sumarse al proyecto y a asumir las críticas. “Si el liberalismo quiere abrazar el fascismo, no podemos impedirlo. La historia lo juzgará severamente”. Otros aliados como el veterano senador Roy Barreras escribieron que ofenderlo era un error, pues Gaviria había defendido el acuerdo de paz y había gestionado la Constitución de 1991, el andamio de la política moderna colombiana. “Espero que comprenda que no todo el mundo tiene experiencia en construir unidad”, sentenció.

La relación queda, como poco, muy deteriorada. Las opciones de Petro se estrechan. Ahora queda la duda de si el impulso del cambio le bastará para vencer o si romper toda relación con la política tradicional resultará un movimiento fatal. Las elecciones pueden acabar siendo una pelea que enfrente en solitario.

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En 2004, solo un 11% de la ciudadanía colombiana se autodenominaba de izquierda (excluyendo el centro-izquierda). Una década y media después, esa cifra se ha multiplicado hasta el 28%. El excelente resultado del Pacto Histórico en las elecciones legislativas del domingo y de su líder Gustavo Petro en la consulta para definir al candidato presidencial solo es la culminación de este proceso, quizás el más importante en la sociología política de Colombia en lo que va de siglo. Más incluso que el auge y caída del uribismo: el Centro Democrático ha perdido el liderazgo legislativo ante la doble ausencia de Álvaro Uribe como cabeza de cartel y de un candidato propio en la consulta interpartidista de derechas. Su partido fue superado incluso en votos por el Partido Conservador, que lleva décadas en una decadencia que no se acaba de consolidar. En la carrera presidencial, el exalcalde de Medellín ‘Fico’ Gutiérrez se hizo con la candidatura presidencial en la coalición de la derecha con un discurso firmemente anclado en los valores conservadores clásicos (familia y seguridad).

Los resultados electorales han puesto freno, al menos momentáneo, a la tercera gran tendencia de la política colombiana durante este siglo: la consolidación de un centro político poderoso a partir de posiciones defendidas desde la élite intelectual urbana. Un fenómeno que empezó con el fallido intento del matemático Antanas Mockus de llegar a la presidencia en 2010, y que tiene en el también matemático Sergio Fajardo su (por ahora, debilitado) heredero.

La polarización resultante de este debilitamiento del centro mientras se empodera la izquierda y se realinea la derecha se parece bastante a la del resto de países de la región. Colombia está pasando así de ser una excepción latinoamericana (la democracia más longeva de América Latina, pero también una de las más restrictivas) a uno más en la norma regional.

En ambos extremos ideológicos, la pulsión populista se pelea con el prototipo ideológico: en el corazón del petrismo está la vertiente autoritaria igual que está la progresista e inclusiva, en constante tensión tanto en los discursos de su líder como en la configuración de la plataforma que le ha llevado al (hasta ahora) éxito electoral. Y la derecha aún tiene que resolver si ‘Fico’ le supone una alternativa razonable tras la decepción de la presidencia de Iván Duque, un moderado en su presentación inicial ahora atacado por la derecha nacional-populista autoritaria (encabezada por la senadora del CD María Fernanda Cabal) que, presumiblemente, mantendrá al exalcalde de Medellín bajo análisis hasta que logre un compromiso con su programa de mínimos ‘bolsonaristas’.

El centro, mientras, tiene su propia tensión: el fracaso de las propuestas más urbanas y con un rasgo elitista (no sólo en esta elección, sino desde 2010) contrasta con la solidez que demuestran los centros más pragmáticos e inclusivos. Los que entienden que en un entorno polarizado quejarse de la polarización no es especialmente fructífero: es como quejarse de la lluvia en mitad de una tormenta. La polarización en Colombia, como en cualquier otro sitio, tiene sin duda una dimensión nociva, enfocada en el odio o el miedo al rival (“afectiva”, se le llama en ciencia política). Pero también tiene otro componente sustantivo, ideológico: sencillamente, las posiciones de partida, los intereses, las preferencias de la ciudadanía están divididas en el país. Esto no sólo no es malo, sino que puede argumentarse que es buena cosa que al fin el sistema político institucionalizado esté recogiendo las brechas que atraviesan a la sociedad del país. Cerrando la analogía, el trabajo del político virtuoso no es quejarse de la lluvia, sino canalizarla para que no destruya todo a su paso, sino para que fluya, riegue y alimente a la tierra que bajo ella se encuentra. Si el centro, o los muchos centros que pueblan este espacio cada vez más estrecho en Colombia, quieren ser fructíferos y útiles para el país deben empezar por abrir los nuevos canales hacia la ciudadanía frustrada.

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Un puesto de votación del centro de convenciones Corferias, en Bogotá, el 13 de marzo de 2022.
Un puesto de votación del centro de convenciones Corferias, en Bogotá, el 13 de marzo de 2022.Gladys Serrano

Con el impulso de las votaciones de Gustavo Petro y Francia Márquez, el Pacto Histórico se ubica como una de las primeras fuerzas del próximo Congreso de la República, con una representación inédita para la izquierda en Colombia. La lista de la variopinta coalición se posicionaba la noche de este domingo como la mayor bancada del Senado, junto a los dos partidos más tradicionales, el Liberal y el Conservador, cuando ya el conteo rozaba el 98% de los votos de las elecciones legislativas. Con ese resultado, la Registraduría en sus proyecciones preliminares le asignaba 16 de los 108 escaños, los mismos de los conservadores y uno más que los liberales (15). Les sigue otra fuerza alternativa, la lista de la Coalición Centro Esperanza, que incluye a la Alianza Verde, con 14 curules, las mismas del menguado Centro Democrático, el partido de Gobierno fundado por el expresidente Álvaro Uribe.

También en la Cámara de Representantes de 188 lugares, que se organiza por circunscripciones regionales, el Pacto Histórico irrumpía como la fuerza más votada, aunque por detrás de los liberales en número de escaños (32 frente a 25). “En buena parte del país somos el primer lugar en Cámara”, reivindicó Petro en su discurso de proclamación como candidato de la coalición de izquierda, que obtuvo con más de cuatro millones de votos, al destacar el alcance territorial de su proyecto político. “Somos la primera fuerza en el Senado de la República …el Pacto Histórico ha logrado el mejor resultado del progresismo en la historia de la República de Colombia”, añadió. “Estamos ad portas de ganar en la primera vuelta presidencial”, concluyó victorioso.

Ha sido un enorme salto para el exalcalde de Bogotá, que lleva cuatro años en campaña. En 2018, cuando perdió en la segunda vuelta frente al presidente Iván Duque, apenas consiguió ubicar tres senadores. El avance de las fuerzas alternativas, jalonado también en el caso de la Coalición Centro Esperanza por la candidatura del exnegociador de paz Humberto de la Calle, contrasta con el retroceso del Centro Democrático, que pasa de ser la principal bancada en el actual Senado, con 19 curules, a ser la quinta con esos 14 lugares. Su caída ilustra el ocaso de la hegemonía del uribismo, el credo político creado en torno a Uribe, el gran elector de 2018, quien renunció a su escaño para lidiar con las acusaciones de manipulación de testigos que enfrenta ante la justicia.

Con la robusta bancada del Pacto Histórico regresarán al Congreso figuras reconocidas de la izquierda como María José Pizarro, Iván Cepeda o Piedad Córdoba. “Tenemos la expectativa de no ser oposición. Queremos ser una bancada de Gobierno, y va a implicar un enorme reto“, le decía Pizarro el mes pasado a EL PAÍS, en alusión a cómo el Pacto Histórico debe pensar de otra manera el ejercicio parlamentario. “Viene una apuesta en términos de género, de defender un espacio para las juventudes, de materializar muchas de las propuestas que traemos como proyecto colectivo. Todas las reformas que se requieren, a la salud, pensional, etcétera”, explicaba el segundo renglón de la lista, solo por detrás del congresista Gustavo Bolívar.

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Dos de las listas que más expectativas habían despertado entre los comentaristas políticos, la del Nuevo Liberalismo y la de Estamos Listas, no superaron el umbral necesario para obtener representación en el Senado. El Nuevo Liberalismo, el partido del asesinado líder político Luis Carlos Galán, renació el año pasado por un fallo de la Corte Constitucional, y sí consiguió un único escaño en la Cámara con la exdirectora de Parques Nacionales Julia Mirada, que enarbola las banderas ambientales. Estamos Listas, por su parte, era la apuesta del movimiento feminista para llevar al legislativo a sus propias representantes.

El Congreso de la República, que hasta ahora se mostraba escorado a la derecha, ha venido perdiendo credibilidad hasta marcar un 85% de imagen negativa en las mediciones de la firma Invamer. Con esa impopularidad como telón de fondo, las legislativas tuvieron un aire de campaña presidencial muy marcado, opacadas por las consultas de los tres grandes bloques de izquierda, centro y derecha para definir a sus candidatos: Pacto Histórico (Petro), Coalición Centro Esperanza (Sergio Fajardo) y Equipo por Colombia (Federico Gutiérrez). Sin embargo, la nueva composición del Senado y la Cámara de Representantes será clave para la gobernabilidad del próximo presidente, que se vota en una primera vuelta el próximo 29 de mayo. El legislativo jugará un papel crucial bien sea como aliado o contrapeso.

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Gabriel Boric será desde este viernes el nuevo presidente de Chile. Y con él llegará una nueva izquierda a La Moneda. Con solo 36 años, este líder surgido de la fragua de las protestas estudiantiles se pondrá al frente de un proceso que promete cambios profundos. Se trata de enterrar definitivamente lo que queda del legado de la dictadura, que en los años ochenta aplicó a rajatabla las políticas neoliberales del consenso de Washington. De aquel país forjado al calor de las ideas de los Chicago Boys deberá surgir uno nuevo. Al menos eso ha prometido Boric, y así se lo exigirá su electorado, que pide más Estado en cuestiones básicas como la educación y la salud, y más igualdad. La ceremonia de asunción será en Valparaíso, la ciudad costera que es sede del Congreso. Boric se trasladará luego a Santiago, al pie de la cordillera de los Andes, y por la noche saldrá al balcón de La Moneda para dar su primer discurso como presidente. La capital chilena se prepara para una gran fiesta.

Boric jurará como líder de una alianza de partidos de izquierda de nuevo cuño y otras fuerzas tradicionales, como el Partido Comunista, con el apoyo de los socialistas. Su gabinete promedia los 49 años y está integrado por una mayoría de mujeres. Serán ellas las que delinearán el perfil del Gobierno: feminista, promotor de un desarrollo sustentable y, sobre todo, más cercano a la gente. “En Chile, el neoliberalismo fue extremo y hoy se intenta desmantelar en el mismo sitio donde nació. Este país no solo fue el más neoliberal, fue también el primero, incluso antes que en EE UU y Reino Unido. El único país donde la asociación entre dictadura y neoliberalismo funcionó fue en Chile”, dice Carlos Ruiz, académico de la Universidad de Chile y de relación estrecha con el nuevo presidente.

El desafío, por supuesto, es enorme. No solo porque las expectativas de la calle están muy altas. El arranque del nuevo Gobierno coincide además con el trabajo de una Convención que redacta una Constitución desde cero, una experiencia que tiene pocos antecedentes en el mundo. En Chile, dice Ruiz, “hay un cambio de actitud hacia el modelo y una deliberación en curso”. “La figura de Boric encarna esa nueva subjetividad, y puede que sea finalmente el líder de una nueva izquierda, pero que eso se materialice dependerá de la salida del proceso Constituyente. El cambio vendrá si se logra remover uno de los pilares del modelo, que es el Estado subsidiario, esto es, uno que no interviene en las cosas que se considera que pueden hacer los privados o el mercado”.

Boric llega a La Moneda bajo el paraguas de la Constitución de 1980, redactada en dictadura, y lo dejará con otro. El cambio lo obligará a rediseñar la estructura institucional del país a partir de mediados de este año, cuando está previsto que termine el trabajo de la Convención y se celebre un referendo “El éxito de Gabriel Boric esta ligado al éxito del proceso constituyente. Si la nueva Constitución se aprueba por poco o se rechaza sería un tremendo fracaso para el Gobierno y para Chile”, advierte Ignacio Briones, exministro de Hacienda del segundo Gobierno de Sebastián Piñera. Para Leonidas Montes, director del Centro de Estudios Públicos, también será clave la salud de la economía. “Durante el segundo semestre, Chile tendrá un frenazo importante, con más inflación junto con demandas para que el Estado siga repartiendo dinero, como se hizo durante la pandemia. Habrá también un shock por la guerra en Ucrania y la subida de los precios del petróleo”. Para capear la tormenta, Boric ha nombrado en el ministerio de Hacienda a Mario Marcel, expresidente del Banco Central y uno de los economistas más respetados del país, tanto por la derecha como por la izquierda.

En este escenario de incertidumbre, Boric deberá satisfacer viejas demandas. Tiene a su favor el apoyo de aquellos que en 2019 salieron a las calles para pedir por un nuevo Chile. Está además al frente de la primera generación de políticos que nació en democracia y no carga con el lastre del temor a una regresión autoritaria, el fantasma que sobrevoló buena parte de la transición democrática desde 1990. “La gran crítica de estos grupos es que en Chile no hubo transición, que la Concertación fue una farsa y que continuó con la Constitución de Pinochet. Ellos encarnan la transición”, dice Leónidas Montes. El ambiente político es de la proximidad de una revolución pacífica.

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“Chile tuvo tres revoluciones en 16 años (1964-1980): la revolución en libertad de Eduardo Frei Montalva, la revolución socialista de Salvador Allende y la capitalista de Augusto Pinochet y los Chicago Boys. Y el país no lo resistió”, advierte el exsenador democristiano Ignacio Walker. Por eso, dice Walker, “es de esperar que se entienda que los Gobiernos no parten de cero y que tienen que buscar un equilibrio de continuidad y cambio”. “Esa es la lógica del reformismo gradualista, que es lo propio de la democracia”, asegura Walker, canciller durante el Gobierno de Ricardo Lagos.

Jorge Arrate, uno de los rostros históricos de la renovación socialista y hoy cercano a los intelectuales del Gobierno de Boric, define el momento actual como de “innovación e imaginación política”. Y, como Walker, asegura que ha habido fenómenos de este tipo en el último siglo en Chile: “Hubo tres frentes populares en los años treinta del siglo pasado que triunfaron en el mundo y uno de ellos fue el chileno. Luego hubo una alianza única entre socialistas y comunistas, que no ocurría en el resto del mundo”, y menciona los Gobiernos de Frei y de Allende y la posterior “modernización de la dictadura”, a la que llama “un injerto único y monstruoso entre la extrema libertad económica y extrema brutalidad dictatorial”.

¿Puede la ola de Boric replicarse en otros procesos de izquierda en América Latina? Arrate considera que lo que ocurra en Chile podría “proyectar ideas, experiencias y efectos en el resto de la región”, sobre todo porque tiene al menos tres elementos fundamentales que podrían replicarse: el cambio generacional, su énfasis feminista y, la principal, la convergencia de las izquierdas.

El propio Boric ha tomado distancia de la revolución bolivariana de Venezuela y del nicaragüense Daniel Ortega. Prefiere verse en el espejo del brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y se entusiasma con el colombiano Gustavo Petro, precandidato a presidente en su país. Arrate, con todo, dice que la Administración de Boric será menos ideológica con respecto a otros procesos anteriores. Y describe las particularidades del proyecto chileno: “Se caracteriza porque es un esfuerzo de fundir, en una sola perspectiva, la idea de una sociedad más justa y más igualitaria –socialista–, con las perspectivas del feminismo y el ecologismo. El resultado de eso es un programa de profunda transformación”.

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Los precandidatos a las presidenciales colombianas de la coalición de izquierda Pacto Histórico, durante el debate.
Los precandidatos a las presidenciales colombianas de la coalición de izquierda Pacto Histórico, durante el debate.

Gustavo Petro es, desde hace ya bastante tiempo, el rival a batir de cara a las elecciones presidenciales en Colombia, con un respaldo que lo pone a la cabeza de todas las encuestas en un panorama político atomizado. Ese favoritismo le ha permitido al exalcalde de Bogotá forjar el Pacto Histórico a su medida, aunque formalmente compite con la líder ambiental Francia Márquez, el exgobernador de Nariño Camilo Romero, la líder indígena wayú Arelys Uriana y el cristiano Alfredo Saade en la consulta de la coalición de izquierda el próximo 13 de marzo. Ninguno de los aspirantes atacó este jueves en el debate organizado por Caracol Radio y EL PAÍS, en el que Petro vislumbró un eje progresista en América Latina si alcanza la presidencia.

Todos coincidieron en reivindicar al Pacto Histórico como la verdadera opción de cambio y transformación, las palabras más repetidas a los largo del encuentro. Mientras una decena de precandidatos todavía disputan codo a codo la candidatura de las otras dos coaliciones de centro y de derecha, Petro lidera con holgura las preferencias dentro de su bloque –entre un 77% y un 90% de los encuestados–. Por eso, el debate, moderado por la periodista Diana Calderón, comenzó con la pregunta de si tiene sentido una consulta cuando hay un favorito tan nítido.

“Cada uno de nosotros planteamos desde el inicio nuestra aspiración a la presidencia…pero luego llegamos a pactar un programa que reconoce la diversidad étnica y cultural, un programa que reconoce la necesidad de las transformaciones estructurales”, sostuvo Francia Márquez. “Representamos la diversidad del país…vinimos a compartir, a construir y a competir”, la secundó Romero, mientras que Uriana destacó que su entrada fue concertada y debatida entre las organizaciones sociales, y Saade se definió como un representante de los “cristianos progresistas” –a pesar de que su ingreso ha sido cuestionado por sus posiciones en temas como el aborto–.

Hace cuatro años, Petro perdió en la segunda vuelta contra el presidente Iván Duque, aunque obtuvo más de ocho millones de votos (43%), y ha estado en campaña desde entonces. “Una consulta no es solamente para definir un candidato”, dijo cuando le llegó su turno, conectado vía Zoom desde la ciudad de Cali. “La experiencia que tuvimos en 2018 nos demostró que las consultas compiten entre sí, y determinan el resultado final: el presidente”, señaló. “Si nosotros ganamos frente a las otras consultas [Equipo por Colombia y Coalición Centro Esperanza], estaríamos asegurando ganar la presidencia quizás en la primera vuelta presidencial”, el 29 de mayo, vaticinó optimista.

Con la bandera del cambio al alza, el debate abordó las posturas de los aspirantes del Pacto Histórico frente al modelo económico. “La crisis ambiental, la crisis humanitaria que hoy hay en el país, la crisis del conflicto armado, es una evidencia del fracaso del modelo económico neoliberal”, diagnosticó Francia Márquez. “Repensar un modelo económico de desarrollo tiene que ser sobre la base no de la acumulación y del despojo, sino al contrario, de la distribución y del bienestar social y ecológico del país. El primer renglón de la economía no puede seguir siendo el extractivisimo, queremos que sea un sistema de producción agroecológica”, señaló. “Yo creo que el país tiene que asustarse y espantarse si seguimos como venimos, que un crecimiento económico signifique estos niveles de desigualdad y pobreza”, la complementó Romero.

“La riqueza en realidad está en los puestos de trabajo”, argumentó Petro. “Lo que estamos proponiendo es incrementar los puestos de trabajo en Colombia, que implica agricultura, industria, turismo, y dejar de depender del petróleo y del carbón. Primero, porque el mundo lo exige”, sostuvo al defender su propuesta de iniciar una transición hacia una economía descarbonizada, en la que los cinco aspirantes coincidieron. ¿Cómo se reemplazan en el corto plazo las divisas del petróleo y del carbón? Con turismo, agro industrialización del cannabis, fortalecimiento del valor agregado del café y con el uso de bonos de carbón para preservar la selva amazónica, sostuvo.

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El precandidato del Pacto Histórico Gustavo Petro, durante su intervención a través de zoom.
El precandidato del Pacto Histórico Gustavo Petro, durante su intervención a través de zoom.

Petro, quien perteneció en su juventud a la extinta guerrilla del M-19, todavía despierta resistencias en algunos sectores de la sociedad. Ante la pregunta por los miedos de los empresarios, se mostró a la defensiva. “La prensa va reafirmando el tipo de campaña que nuestros contradictores hacen”, se quejó. El puntero de los sondeos cuestionó que les pregunten si Colombia se va a parecer a Venezuela, cuando “Venezuela está hundida en su economía por su dependencia del petróleo, y nosotros lo que estamos proponiendo es lo contrario”.

El exalcalde de Bogotá se las ha arreglado para mantener una actividad frenética en este 2022. En lo que va del año se ha repartido entre los debates, las salidas a la plaza pública en eventos multitudinarios en distintos rincones de Colombia y una agenda internacional que lo ha llevado a visitar en dos ocasiones España, donde sostuvo un encuentro con Pedro Sánchez, y a reunirse con el papa Francisco en el Vaticano. También ha exhibido en redes sociales la invitación el próximo 11 de marzo a la toma de posesión de Gabriel Boric en Chile.

El frente internacional estuvo presente en el encuentro. “Se va a constituir un nuevo eje progresista en América Latina. Básicamente, pues depende de los electorados, entre Lula, Boric, y ojalá el que les habla en Colombia”, apuntó Petro, quien delineó un camino hacia sociedades del conocimiento, que sean capaces de industrializar sus países y de modernizar las agriculturas vía reformas agrarias. En resumen, sobre la base de la producción y del conocimiento, “construir en nuestra América Latina una democracia multicolor. Para Colombia eso específicamente significa una era de paz”. Exhibió también una posición muy crítica con el régimen de Daniel Ortega en Nicaragua. “En ese viejo progresismo, entre comillas, que se ancló a la economía fósil, no hay opción para América Latina. La opción de América Latina es el conocimiento, la producción, la integración latinoamericana en las economías descarbonizadas”, enfatizó.

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A menos de un mes de la votación de las tres consultas para elegir candidato presidencial dentro de las principales coaliciones en Colombia (izquierda, centro y derecha), Gustavo Petro sigue siendo el contendiente más claro y destacado dentro de todas las consultas. Entre un 77% y un 90% de los que pretenden votar en la consulta del Pacto Histórico el próximo 13 de marzo afirman que lo elegirán por encima de sus rivales de plataforma.

La distancia contra su contrincante inmediata, la activista afro y campesina Francia Márquez, es abismal: en su mejor sondeo, el último del Centro Nacional de Consultoría, apenas alcanza el 12%. Eso por no hablar del rebotado del Partido Verde Camilo Romero, que se queda en un 5% en el mejor de los casos, ni del resto de candidatas y candidatos, que están incluso por debajo.

Petro mantiene esta descomunal ventaja gracias a una campaña continua de cuatro años, desde que cayó derrotado en segunda vuelta contra Iván Duque en 2018, que le ha permitido ser el precandidato más conocido de lejos. Según la última edición de la encuesta bimensual de Invamer, la más longeva del país, a finales de 2021 solo un 22% de la ciudadanía no tenía opinión sobre él. Este es un indicador aproximado de personas que no están lo suficientemente familiarizadas con su candidatura, no se acuerdan o nunca han oído hablar de Gustavo Petro: una minoría, sin duda.

Ahora bien, el precio a pagar por este dominio es doble. En primer lugar, hacia afuera, convierte a Petro en el blanco de todos los golpes. El resto de candidatos fuera de la coalición del Pacto Histórico solo tienen incentivos para atacar a quien ya anticipan que será su rival después del 13 de marzo. Eso anticipa el desgaste, que de hecho se aprecia en la alta proporción de colombianos que tienen una opinión desfavorable de Petro: un 44%.

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Ciertamente, hay un 34% que lo ven con buenos ojos, lo que le deja un neto de diez negativos. Pero esto solo muestra que Petro es una figura polarizante. Aquí los datos coinciden con la conversación que casi cualquiera puede tener, y muchos han tenido ya, en su entorno familiar o de amigos sobre el senador.

Esta polarización es una bendición y una maldición al mismo tiempo. Las tres encuestas de intención de voto que comparan entre candidatos de distintas coaliciones publicadas hasta ahora en 2022 le dan alrededor de un 27-28% de intención de voto como máximo, un nivel similar al que le facilitó el acceso a la segunda vuelta en 2018 (25%), que fue suficiente pero se quedó a solo 250.000 votos del tercero, Sergio Fajardo. Petro deberá demostrar que puede romper esta barrera para ser verdaderamente competitivo.

El segundo precio a pagar por el dominio absoluto es hacia adentro, con sus propios compañeros de viaje y, en este instante, rivales por una plaza que a tenor de todos los datos (y las conversaciones a pie de calle) parece prácticamente decidida. El resto de candidatas y candidatos podrían preguntarse cuál es exactamente su papel en una plataforma que ahora mismo tiene más bien forma de pirámide.

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La mayoría absoluta del socialista António Costa en Portugal está en el diván del análisis desde hace una semana. Los especialistas encuentran dos motivaciones principales para este resultado que nadie previó: la concentración del voto de la izquierda en el Partido Socialista (PS) para cerrar la puerta a un Gobierno conservador que pudiese incorporar a la extrema derecha del Chega y la penalización a los socios minoritarios de la antigua geringonça (la alianza parlamentaria de la izquierda) por no apoyar los Presupuestos.

Si alguna lectura puede extraer de esto la política española, el catedrático de Ciencia Política del Instituto Universitario de Lisboa, André Freire, la sitúa en la coalición que gobierna. “En el caso de España, Unidas Podemos tiene que gestionar bien su papel en el Gobierno y evitar crisis porque puede resultar fatal”, sostiene Freire, que considera el resultado portugués como coyuntural. “Nuestro sistema electoral es poco propicio a las mayorías absolutas. Mi hipótesis es que se ha producido como reacción a las encuestas que daban la posibilidad de un Gobierno de derechas con el apoyo de partidos de extrema derecha”, expone por teléfono Freire, que en 2017 publicó Para lá da “geringonça”: o governo de esquerdas em Portugal e na Europa (Más allá de la geringonça: el gobierno de izquierda en Portugal y Europa).

Portugal y España comparten península, pero no realidad. Todos los entrevistados, en distinto grado, se encargan de advertirlo. “El caso portugués no es un modelo para España. Soy muy escéptico respecto a los paralelismos. España tiene una Guerra Civil y una derecha con una agresividad distinta a la portuguesa. El mapa político español es muy diferente por las nacionalidades”, aclara Francisco Louça, catedrático de Economía de la Universidad de Lisboa, miembro del Consejo de Estado y fundador en 1999 del Bloco de Esquerda, muy penalizado en estas elecciones. Louça, que ha diseccionado la sociedad y la economía portuguesa en una veintena de libros, opina que la reciente crisis política se ha provocado de forma artificial: “Era el objetivo del PS para no tener que depender de acuerdos a la izquierda. España estuvo muchos meses sin acuerdo presupuestario y no pasó nada”.

Primacía de los partidos tradicionales

Las elecciones confirmaron la primacía de los partidos tradicionales. “A pesar de los resultados de Chega e Iniciativa Liberal, en Portugal sigue siendo hegemónico el Partido Social Demócrata (PSD) mientras que el PP español tiene una competencia importante de Vox”, compara Robert Fishman, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III y autor del libro Práctica democrática e inclusión: la divergencia entre España y Portugal (La Catarata), publicado en 2021. “Los socialistas pierden el poder en los dos países en 2011, pero en Portugal se han recuperado plenamente mientras que los españoles no han podido hacerlo”, agrega.

En la misma península conviven uno de los países más centralistas de Europa y otro de los más descentralizados. “No existe una estructura política entre el Gobierno de la República y los municipios portugueses, que sin embargo tienen mucha más autonomía y poder que los españoles. Por otro lado, eso hace difícil hacer inversiones territorializadas y al no tener una política regional se generan problemas de vertebración y de escala”, plantea en una conversación telefónica Gabriel Moreno, profesor de Derecho en la Universidad de Extremadura y con la doble nacionalidad hispano-lusa. Acaba de publicar Cómo se gobiernan los portugueses. Historia constitucional y sistema político de Portugal (Comares), donde analiza el sistema político desde la primera Constitución en 1822, muy condicionada por la de las Cortes de Cádiz de 1812. “Entre los dos países hay influencias recíprocas, pero más en el siglo XIX que en el XX”, sostiene.

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Si la historia corrió de la mano durante las longevas dictaduras de Salazar y Franco, la democracia llegó por caminos distintos. En Portugal se dio un golpe militar en 1974 al que siguió un proceso revolucionario que duró 19 meses y que cortó amarras con el pasado. En España se pactó entre los opositores y los franquistas una salida que incluyó en la nueva democracia a todos por igual, ya fuese el preso político que más cárcel padeció (23 años) como el poeta comunista Marcos Ana o un policía del régimen especializado en hacer hablar con torturas como Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño. Ese pasado condiciona el presente, según Robert Fishman. “Históricamente se han parecido muchísimo en algunos momentos y hay elementos comunes en la sociedad y las costumbres, pero las diferencias han crecido a partir de los setenta de forma inesperada. En algunos aspectos Portugal se ha convertido en el país más exitoso del sur de Europa”, afirma por teléfono.

Hay dos distinciones que Fishman percibe con nitidez. Una tiene que ver con los políticos y su gestión: “Los gobernantes portugueses piensan que es normal escuchar al ciudadano de la calle, mientras los españoles creen a veces que para gobernar bien tienen que desoír a la población, como fue el caso de [José Luis] Rodríguez Zapatero durante la crisis económica”. La segunda es la relación de la ciudadanía con la desigualdad: “Portugal tiene una mayoría social a favor de la distribución de la riqueza a través de las políticas públicas, la opción social hegemónica está a la izquierda”. “Es cierto”, añade, “que en España hay un intento de promover un cambio cultural que trata de incluir a sectores excluidos, pero mientras en Portugal la estrategia de la inclusión de la geringonça se aceptó, la estrategia de la inclusión del Gobierno de España da lugar a conflictos importantes”.

La crispación parlamentaria que se observa en el Congreso de los Diputados no se da en la Asamblea de la República, aunque la próxima legislatura podría asistir a otra atmósfera tras el fortalecimiento ultra. “Aquí hay una especie de flema británica, aunque la ira exista, la expresión de la crispación es distinta en ambos países”, argumenta Pilar del Río, presidenta de la Fundación Saramago, que tiene la doble nacionalidad luso-española y la residencia en Lisboa desde que murió su marido y único Nobel de literatura en portugués, José Saramago, en 2010.

“Es curioso”, comenta por teléfono, “que en España, que siguió el modelo de la geringonça cuando hizo la moción de censura, haya funcionado y en Portugal, no. España está haciendo una buena negociación de las diferencias dentro del Gobierno y en Portugal no lo han conseguido”.

Las divergencias entre la derecha ibérica están condicionadas, según el politólogo Andre Freire, por la propia historia. “No es que en Portugal hubiese purgas muy prolongadas, pero se llevó a cabo una renovación del personal de la administración, la judicatura y los partidos que en España no ocurrió. Los herederos de la dictadura fueron reintegrados en la democracia española y las fundaciones franquistas continuaron siendo financiadas por el Estado, mientras que la rehabilitación de los vencidos solo llegó de forma tardía”, observa. Esto explica, en su opinión, una mayor ideologización de la derecha española respecto a la portuguesa, aunque también destaca que el auge de Vox “está muy ligado a la crisis constitucional” del procés catalán.

El modelo territorial difícilmente abrirá una crisis entre los portugueses, que incluso rechazaron regionalizar el país en un referendo en 1998. Tampoco el 25 de Abril provoca las divisiones que causa la Transición en España. En 2013, en plena crisis económica y social, se registró una reacción del contestado primer ministro, el conservador Pedro Passos Coelho, ante una protesta contra sus recortes en la Asamblea que acaso ilustre más sobre las diferencias entre el PSD y el Partido Popular que un estudio político. Decenas de personas cortaron su discurso desde el palco del público mientras cantaban Grándola vila morena, la canción de Jose Afonso que sirvió de contraseña para activar la Revolución la madrugada del 25 de abril de 1974. Cuando finalizaron, Passos Coelho dijo: “De todas las formas en que una sesión pueda ser interrumpida esta me parece significativamente la de mejor buen gusto”.

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El Partido Socialista (PS) portugués obtuvo ayer una inesperada mayoría absoluta de diputados (117/230, con el 41,8% de los votos; 108 en 2019). En otras palabras, la inmensa mayoría de los sondeos publicados en las dos últimas semanas, en particular los últimos del 28 de enero de 2022, daban una situación de empate técnico entre el PS, en ligero descenso, y el PSD (centro-derecha, liberal), en constante crecimiento, así como un empate técnico entre la izquierda y la derecha. La imagen que ofrecían las encuestas era, por tanto, que todo estaba abierto, pero la mayoría absoluta era un espejismo improbable; podía haber una mayoría de izquierdas en el Parlamento, que requería acuerdos para formar gobierno, o una mayoría de derechas, ídem.

Sin embargo, aunque los votos de las dos circunscripciones de la emigración (con dos escaños cada una, generalmente repartidos entre el PS y el PSD) aún no se han contabilizado, ya sabemos hoy que el PS obtuvo una inesperada mayoría absoluta y gobernará en solitario. Los izquierdistas radicales perdieron muchos votos y escaños: el Bloque de Izquierda (BE) pasó de 19 a 5 diputados; los comunistas y su satélite los verdes (PCP-PEV), de 12 a 6, con el PEV fuera del parlamento y los comunistas, con una larga presencia, también; el Partido de las Personas, los Animales y la Naturaleza (PAN), de cuatro a uno; la excepción fue LIVRE, que mantuvo un escaño). En la derecha, la situación es más compleja. El PSD aumentó ligeramente sus votos: pasó de 79 a 76 escaños. El histórico partido de derecha conservadora, cercano a la democracia cristiana (el CDS-PP) se quedó fuera del Parlamento por primera vez desde 1975. Pero hay dos estrellas en ascenso: la derecha populista radical, Chega, que pasó de uno diputado a doce y ahora es el tercer grupo parlamentario. Y la Iniciativa Liberal, un nuevo partido, fuertemente liberal en las tres grandes dimensiones del liberalismo, que ha pasado de uno a ocho escaños.

Portugal sigue siendo una excepción en el sur de Europa tras la Gran Recesión: a pesar de la fluidez del sistema de partidos, su formato se mantiene cercano al bipartidismo imperfecto (PS y PSD suman el 83,9% de los escaños y el 69% de los votos), lejos de la fragmentación y el gobierno compartido típicos del sur de Europa. Pero, ¿qué explica esta inesperada mayoría absoluta para el PS? ¿Y qué hay de la incapacidad del PSD para liderar una mayoría alternativa de derecha? Aquí solo puedo lanzar algunas hipótesis explicativas que deben explorarse más a fondo con encuestas postelectorales y otros métodos.

La primera hipótesis es que las encuestas se equivocaron y nos engañaron. No lo creo: las encuestas portuguesas suelen tener un buen comportamiento en el tiempo, especialmente las más cercanas a las elecciones. Parece más plausible pensar que la situación de cercanía que dibujan las encuestas, con la posibilidad de que gane el PS o el PSD, con mayoría de izquierdas o de derechas, puede haber llevado a muchos votantes de la izquierda radical a concentrar su voto en el PS en el último momento, para evitar una victoria de la derecha (con privatizaciones, supuesta privatización de la sanidad, bajada de impuestos a las empresas, y después a los trabajadores, etc.).

La segunda hipótesis sería que la campaña electoral del PS habría sido un éxito y la del PSD desastrosa. Este no es el caso en absoluto. La campaña del PS fue un caso de estudio de lo que no se debe hacer: empezó diciendo que podía renegociar con la izquierda, luego que solo una mayoría absoluta daría estabilidad, y finalmente que aceptaría cualquier veredicto popular y negociaría con todos para gobernar, si fuera necesario. El PSD, por el contrario, siempre mantuvo las puertas abiertas para un gobierno de derechas, con acuerdos por escrito, y por tanto con una mayor estabilidad esperada.

La tercera hipótesis es que los partidos de la izquierda radical habrían sido penalizados por haber rechazado el presupuesto, mientras que el PS se habría beneficiado. Esta hipótesis tiene dos problemas fundamentales: por un lado, durante la legislatura 2019-2022, el PS rechazó un acuerdo de legislatura por escrito con el BE, que hubiera dado estabilidad a la legislatura, y se dedicó a hablar de entendimientos de izquierdas, pero votando mayoritariamente con el PSD en el Parlamento (alrededor del 60% de las votaciones; la simetría de lo que había ocurrido en la legislatura 2015-2019 en la que las izquierdas gobernaron unidas); por otro lado, el PAN ayudó a aprobar todos los presupuestos del PS entre 2019 y 2022, pero también tuvo graves pérdidas (3/4 del grupo parlamentario se esfumó). Por todo ello, la primera hipótesis me parece la más plausible, aunque tampoco se puede descartar que una parte de los votantes de la izquierda se haya adherido a la narrativa (propuesta por el PS y los grandes medios de comunicación) asociada a la tercera hipótesis.

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¿Y ahora, qué? La pregunta se la planteaban tanto analistas políticos como, probablemente, buena parte de los candidatos de izquierda en Francia tras la victoria este domingo de la exministra de Justicia Christiane Taubira en las denominadas primarias populares. La duda es especialmente acuciante para la socialista Anne Hidalgo. Muy lastrada ya por unas encuestas que le dan una intención de voto en mínimos históricos, esta iniciativa ciudadana para buscar una candidatura unificada de la dividida izquierda, celebrada a solo 70 días de las elecciones al Elíseo, podría darle la puntilla definitiva a su campaña, en vista del mal resultado obtenido en este proceso: la aspirante presidencial socialista ha quedado quinta, por detrás de Taubira y sus principales rivales de izquierda, el líder de Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, y el ecologista Yannick Jadot; pero también de un casi desconocido, el eurodiputado Pierre Larrouturou.

Tanto Mélenchon como Jadot habían asegurado reiteradamente que no darían validez a unas primarias en las que su nombre fue incluido a pesar de su oposición. A ese rechazo se unió finalmente Hidalgo, después de que su propia propuesta de celebrar unas primarias de izquierda, lanzada en diciembre, fuera igualmente desestimada por sus rivales. En los últimos días, ha reiterado en entrevistas que está dispuesta a ir “hasta el final” en la campaña electoral, pero según la prensa francesa, las dudas sobre su candidatura se multiplican en el seno de su partido. Los socialistas Benoît Payan, alcalde de Marsella, y la presidenta de la región Borgoña-Franche-Comté, Marie-Guite Dufay, ya habían anunciado que apoyarán al vencedor —vencedora en este caso— de las primarias populares, recordaba Le Monde este fin de semana.

Aun así, todos han seguido de cerca un proceso que ha acabado teniendo un éxito insospechado y poco desdeñable: casi medio millón de ciudadanos se había inscrito para participar en la votación y 392.738 emitieron finalmente su voto (84,1%), en un proceso por internet que comenzó el jueves y culminó este domingo. Una cifra muy superior a los participantes en las primarias ecologistas y en la selección de la candidata conservadora Valérie Pécresse, lo que, según sus organizadores, da validez y fundamento al proceso.

La votación siguió un proceso complicado en el que se pedía a los participantes calificar a los siete candidatos designados con notas que iban desde “muy bien” a “insuficiente”. Al cierre del escrutinio, en la tarde del domingo, se contabilizaron las calificaciones de cada candidato, para elaborar finalmente la lista en la que quedó Taubira a la cabeza, con una nota final de “bien +”. Le siguen Jadot con un “bastante bien +” y Mélenchon con un “bastante bien -”, seguidos de Larrouturou con un “aceptable +” e Hidalgo, con nota similar. La socialista solo ha quedado por delante de otras dos candidaturas surgidas de la sociedad civil, Charlotte Marchandise (“aceptable -”) y Anna Agueb-Porterie (“insuficiente”).

La única que había dicho aceptar desde el principio las primarias populares —motivo por el que declaró su candidatura a mediados de enero— fue Taubira, pese a la paradoja de que con este paso contribuía potencialmente a una división aún mayor de un campo de la izquierda con más de media docena de candidatos. Sus críticos han achacado desde el principio a las primarias populares de ser una plataforma encubierta para lanzar a Taubira, muy popular entre un sector de la izquierda, pero que tampoco logra superar el 5% de intención de voto.

A la espera de ver cómo reaccionan sus rivales de izquierda, Taubira tomó el domingo rápidamente la palabra para aceptar la designación y prometer que tratará de “unir a las izquierdas y sus sensibilidades”.

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Para ello, adelantó, se dispone ahora a ponerse en contacto con todos sus rivales de izquierdas. “Llamaré a Anne [Hidalgo], llamaré a Jean-Luc [Mélenchon], llamaré a Fabien [Roussel, el candidato comunista descartado de las primarias populares], llamaré a Yannick [Jadot]”, prometió. “Soy consciente de sus reticencias, pero también conozco su inteligencia y su sentido de interés general. Esta unión, la construiremos juntos”, aseveró.

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El presidente electo de Chile, Gabriel Boric, que llegará a La Moneda el próximo 11 de marzo, con 36 años recién cumplidos, tendrá a la derecha como adversaria política en sus cuatro años de Gobierno (2022-2026), pero en paralelo deberá hacer frente a grupos que, desde su izquierda, no comulgan con la moderación que ha mostrado el futuro mandatario. “Fue electo el 19 de diciembre tras dar un fuerte giro en su discurso en la segunda vuelta, después haber obtenido solo un 25% en la primera. Fue un giro hacia la moderación, desde un programa claramente de izquierda hacia uno socialdemócrata. Le sirvió para ganar con 55% y él ha ratificado que será fiel a ese giro. Pero en sectores de su coalición –sobre todo en el Partido Comunista (PC)– ese cambio fue tolerado solo como un recurso táctico para ganar las elecciones y van a empujar por aplicar al máximo posible el programa original”, asegura Cristián Bofill, director de Exante, un medio especializado en información política. Para el analista, en Chile “ya estamos viendo algo de eso, pero todo indica que se va a acentuar después de la designación del Gabinete”, que Boric anunciará antes de que acabe enero “y, sobre todo, de la toma de posesión del nuevo Gobierno”.

Manejar este conflicto, dice Bofill, será una prueba de fuego para el nuevo presidente que liderará el Ejecutivo con el respaldo de la coalición Apruebo Dignidad, conformada fundamentalmente por el Frente Amplio de Boric y el Partido Comunista. Todavía no se resuelve del todo, pero parece altamente posible que incorpore a su Gabinete al Partido Socialista–parte de la extinta Concertación de centroizquierda–, aunque no se conocen las condiciones de dicho acuerdo.

“Sabemos que Boric tiene una oposición a su izquierda hace ya tiempo y una buena muestra la dieron las reacciones (incluso en su propio partido) a su firma del acuerdo del 15 de noviembre de 2019, que impulsó el actual proceso constituyente”, dice por su parte la historiadora Josefina Araos. En esa jornada histórica, en medio de las semanas más álgidas del estallido social, Boric tomó la decisión política de buscarle una salida institucional a la violencia en las calles, incluso con la resistencia de parte de su formación.“No se trata entonces de la amenaza exclusiva de un Partido Comunista más radical, sino del mismo sector del que proviene el presidente electo, así como de ciertos movimientos sociales con los que Apruebo Dignidad siempre intenta mantener sintonía”, explica Araos, investigadora del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES). “Y llegando al poder eso se vuelve más difícil de manejar”, añade la historiadora.

Recuerda que esta oposición a la izquierda de Boric se ha dejado ver en otras ocasiones. “Están las declaraciones amenazantes del excandidato presidencial del PC, Daniel Jadue, sobre la posibilidad de cambiar algo del programa de Gobierno o las reacciones frente a los rayados [las pintadas] que hace pocos días hicieron a las oficinas que por ahora ocupa Boric. Ahí el problema no estuvo solo en el vandalismo, sino también en que su vocera, la comunista Camila Vallejo, fuera incapaz de condenarlo. Eso generará dificultades en el futuro que veremos cómo las enfrentan”.

Araos se refieren a los rayados con que fue vandalizada la oficina de transición del presidente electo, llamada La Moneda chica. El pasado 6 de enero amaneció con varias pintadas, entre ellas “Boric Amarillo” –en referencia a su moderación, lo que determinados grupos consideran una especie de tibieza y poca radicalidad– o “Libertad a los presos de la revuelta”, una de las demandas que han empujado diferentes grupos desde la izquierda y que se refiere al proyecto de ley que busca beneficiar con un indulto a quienes están en prisión preventiva por saqueos, lanzamientos de bombas mólotov y desórdenes en la vía pública en el contexto del estallido (unas 144 personas). La diputada Vallejo, que tuvo un papel crucial en la campaña de Boric y seguramente en su Gabinete –se especula con que podría asumir la vocería o el Ministerio de la Mujer–, aseguró que los rayados eran una “legítima forma de expresión”, pero que la sede en que trabaja el presidente Boric era prestada por una institución pública, la Universidad de Chile.

La oposición a la izquierda de Boric, por lo tanto, está en distintos lados, asegura la historiadora Araos. “En el Partido Comunista, en el propio Frente Amplio y en la calle que muchas veces los partidarios de Boric romantizan”. También, dice, en la convención constitucional, el órgano de 154 miembros dominado por la izquierda, que tiene hasta comienzos de julio para redactar una nueva carta fundamental para Chile, que será plebiscitada en el segundo semestre. La semana pasada, por ejemplo, la constituyente eligió a su presidenta y vicepresidente y el Frente Amplio de Boric sufrió una fuerte derrota, porque no consiguió instalar a alguien de sus filas en alguno de estos cargos con miras a la crucial segunda etapa de trabajo, cuando se comenzarán a votar las normas. Finalmente, la presidencia quedó en manos de la candidatura apoyada por el PC, que ha mostrado su preocupación porque el “centrismo” termine dominando la convención.

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Araos caracteriza a los grupos instalados a la izquierda de Boric con los que el presidente deberá lidiar: “Los define cierta vocación por tratar los intentos de negociación de Boric (ni siquiera su moderación) como cesiones y señal de debilidad”. El académico Max Colodro, director del Magister en Comunicación Política en la Universidad Adolfo Ibáñez, coincide en que “sin duda Boric tiene y tendrá durante su Gobierno una oposición a su izquierda”. “Es más, esa oposición de izquierda estará fuera y también dentro de su propio Gobierno. Fuera estará un universo de actores que miran con desconfianza y rechazo los cambios institucionales que pretende llevar adelante la nueva Administración”, asegura el columnista. Describe que “son sectores que fueron parte de las expresiones más radicales y violentas del estallido social; grupos anarquistas, de ultra izquierda, antisistémicos, que han rechazado desde el primer día el curso institucional del proceso constituyente y que no confían en el Gobierno ni en el sistema democrático. Son, por ejemplo, los grupos mapuche que defienden públicamente la lucha armada y los sectores que exigen la liberación de los presos de la revuelta, entre otras cosas”, asegura Colodro. Identifica en este espacio, además, a los dirigentes estudiantiles que mantienen hace seis meses tomada la sede del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH).

Pero el analista apunta su mirada, sobre todo, a la oposición de izquierda que, según él, está al interior del propio Ejecutivo que debutará en marzo. “Entre los sectores que harán oposición de izquierda se encuentran, desde dentro del futuro Gobierno: el PC y los grupos más radicales del Frente Amplio”. Explica que “el PC y otras fuerzas rechazan toda posibilidad de moderación del programa de Gobierno, no aceptan hacer concesiones en función de las complejidades del contexto económico o por no contar con mayorías sólidas en el Congreso”. “Esos sectores presionarán desde dentro para que se mantengan los compromisos programáticos originales y serán un factor de tensión permanente al interior del Gobierno, del mismo modo como ya lo son al interior de la convención constitucional”, analiza.

Desde fuera y desde dentro del Ejecutivo, por tanto, esta oposición de izquierda “buscará forzar una agenda de cambios más radical que la que impulsará el Gobierno, que se verá obligado, como ya está ocurriendo, a moderar, matizar y negociar cambios más moderados y graduales”, asegura Colodro sobre el Ejecutivo de Boric, que esta semana reafirmó su moderación en su primer cara a cara con el gran empresariado chileno.

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La ya de por sí dividida izquierda francesa tiene desde este sábado una candidatura más. La exministra de Justicia Christiane Taubira se ha lanzado a la carrera presidencial con la voluntad, ha afirmado, de reunir al campo progresista en unas primarias que, sin embargo, sus principales concurrentes rechazan.

Por un Gobierno “que nos respete y que os respete, soy candidata a la presidencia”, anunció Taubira, de 69 años, en un acto celebrado en la ciudad de Lyon ante unos 400 seguidores.

La que fuera ministra de Justicia durante el Gobierno del socialista François Hollande —reconocida, entre otros, por impulsar una ley que declaró la esclavitud como crimen contra la humanidad o la ley a favor del matrimonio homosexual— goza de bastante popularidad en un sector de la izquierda, aunque los sondeos la sitúan en torno al 3% de intención de voto.

Otros, sobre todo en el Partido Socialista, le reprochan hasta hoy su anterior intento presidencialista, en 2002, que consideran fue en parte responsable de que el entonces principal candidato socialista y favorito de esos comicios, Lionel Jospin, quedara por muy poco eliminado en la primera vuelta y que, por primera vez en la historia de la quinta República francesa, pasara a la segunda ronda un candidato de extrema derecha, Jean-Marie Le Pen, finalmente vencido por el conservador Jacques Chirac.

Los fantasmas vuelven ahora, sobre todo en momentos en que ningún candidato de izquierdas logra superar el 10% de intención de voto y muchos de ellos arriesgan incluso con no llegar ni al 5% necesario para que un partido pueda recuperar los gastos de campaña, incluida la candidata oficial socialista, Anne Hidalgo. La candidatura de Taubira se une a las ya declaradas del líder de Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon; del ecologista Yannick Jadot, del comunista Fabien Roussel, del también exministro socialista Arnaud Montebourg (quien podría anunciar pronto su retirada) y de Hidalgo, entre otros.

Taubira ha asegurado que su intención es someter su candidatura al proceso de primarias populares que está organizando un movimiento ciudadano para finales de mes entre diversos candidatos de izquierda. “Reconoceré las reglas de las primarias populares y reconoceré su resultado”, aseveró una vez más este sábado.

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Poco después de que Taubira confirmara su candidatura, el equipo de las primarias populares revelaba la lista final de los candidatos que habían sido seleccionados en los pasados meses por los inscritos en el proceso y que someterá a una única votación entre el 27 y el 30 de enero. Además de Taubira, figuran Hidalgo, Yadot y Mélenchon pese a que estos tres han desestimado el proceso, así como los mucho menos conocidos Anne Agueb-Porterie, Pierre Larrouturou y Charlotte Marchandise. Según han explicado en una rueda de prensa, por el momento se han registrado para votar 120.000 ciudadanos, aunque el proceso seguirá abierto hasta el 23 de enero. Es una cifra similar a la de las primarias ecologistas de las que salió elegido Yadot en septiembre y solo levemente inferior a la de la votación de Los Republicanos en la que Valérie Pécresse se erigió como la candidata conservadora.

El proceso de primarias populares, durante tiempo ignorado por los principales partidos de izquierdas, adquirió fuerza de forma inesperada cuando la socialista Hidalgo dio un giro sorpresivo y, a comienzos de diciembre, propuso a sus rivales progresistas un proceso de primarias para acordar un candidato capaz de remontar los sondeos. Sus principales rivales, Mélenchon y Yadot, han rechazado sin embargo una y otra vez su propuesta, que la propia Hidalgo acabó enterrando esta misma semana, al presentar el jueves su propio programa electoral. Las primarias populares “no van a hacer emerger una candidatura común, sobre todo cuando tres candidatos, yo incluida, dicen que esas primarias ciudadanas no son lo que permitirán despejar una candidatura común”, declaró la también alcaldesa de París, pese a lo cual, los responsables del proceso aseguran que celebrarán la votación pese a todo y a todos.

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La candidata presidencial socialista, Anne Hidalgo, ha presentado este jueves en la capital francesa su programa electoral en un ambiente tan plomizo como el cielo parisino en invierno. El motivo: el insistente rechazo de los principales postulantes de izquierda, sobre todo el ecologista Yannick Jadot, a su propuesta de celebrar un proceso de primarias para definir un candidato único capaz de remontar el batacazo casi generalizado de toda la oposición a la izquierda del presidente centrista Emmanuel Macron que vaticinan las encuestas. Ante esta situación, la también alcaldesa de París ha dado por definitivamente enterrado el proceso que ella misma lanzó a comienzos de diciembre y se ha comprometido a defender hasta la cita en las urnas en abril un programa progresista propio que ponga a Francia “a la cabeza de la renovación” que la izquierda social está realizando en muchos países de Europa, como España o Alemania.

“Esas primarias no van a tener lugar”, ha confirmado Hidalgo ante la prensa al presentar un programa “de izquierda, ecologista, socialista, socialdemócrata, social y republicano, que sobrepasa ampliamente las consideraciones partidistas”. Son esencialmente 70 medidas de todos los ámbitos, entre otros incrementar un 15% (200 euros mensuales) el salario mínimo, fijar la edad de jubilación en los 62 años, frenar la construcción de nuevas centrales nucleares —pero sin cerrar de inmediato las actuales— y crear un impuesto “solidario” sobre la fortuna destinado a la financiación de la transición energética, garantizar la paridad salarial, reforzar la educación y sanidad públicas o impulsar una política migratoria europea “más humana, solidaria y eficaz”.

Respecto de las primarias populares que un grupo de ciudadanos ha convocado para finales de mes y que se había barajado como una posible forma de elegir a un candidato único, la socialista ha señalado que “está bien” para tomarle el pulso a la situación, pero que, en ningún caso, es la respuesta buscada. “No va a hacer emerger una candidatura común, sobre todo cuando tres candidatos, yo incluida, dicen que esas primarias ciudadanas no son lo que permitirán despejar una candidatura común”.

Ante su incapacidad de remontar en las encuestas, Hidalgo sorprendió el 8 de diciembre anunciando de forma inesperada una propuesta de primarias para la izquierda. En vista de que ya estaba en marcha la iniciativa de las primarias populares, manifestó la posibilidad de que esta fuera la vía, a la que se espera se una este mismo fin de semana una candidatura más, la de la exministra de Justicia socialista Christiane Taubira, creando así, paradójicamente, una lista aún mayor de candidatos de izquierdas.

La propuesta de Hidalgo fue rápidamente rechazada por la mayoría de candidatos de izquierda, especialmente el líder de Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, y el ecologista Yadot, que esta misma semana volvió a dar un no rotundo a la idea. En las filas socialistas duele especialmente ese no de un Yadot que, hace cinco años, dio un paso atrás a favor del entonces candidato socialista Benoît Hamon, quien pese a ello obtuvo los peores resultados de la historia del PS. En los comicios de 2017, ningún candidato de izquierda logró pasar a segunda vuelta, que fue disputada entre Macron y la líder de ultraderecha Marine Le Pen.

Las encuestas de cara a este nuevo ciclo electoral dan resultados aún más devastadores para todo el campo de la izquierda: en la última, publicada este jueves por el diario Les Echos, el candidato que obtiene mejores resultados, Mélenchon, sigue sin romper el techo del 10%, mientras que Hidalgo apenas logra el 4%. Pese a ello, los candidatos no han sido capaces, al menos hasta ahora, de acercar posiciones.

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Hidalgo no ha ocultado este jueves su frustración ante esta situación, a la que se une la amenaza a la existencia misma del PS si queda por debajo del 5% mínimo de votos que permite a un partido recuperar los gastos de campaña. “No vamos a negarlo, sé que la izquierda tiene dificultades y que hasta hoy nadie (…) ha logrado crear un movimiento notable de opinión”, ha reconocido. No obstante, ha agregado, “la verdadera campaña comienza hoy y nadie puede prever cuál será el resultado de la elección”. Las caras serias del equipo que la acompañaba no eran, sin embargo, una señal alentadora.

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