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Arturo Mcfields Yescas, en un acto en Wasghington en noviembre de 2019.
Arturo Mcfields Yescas, en un acto en Wasghington en noviembre de 2019.Juan Manuel Herrera (OAS)

La obediencia de Arturo McFields hacia el régimen de Daniel Ortega se convirtió este martes en una bomba que explotó con fuerza sobre la diplomacia nicaragüense. El hasta hoy embajador de Managua ante la Organización de Estados Americanos (OEA) dio un mazazo que puso en alerta y descolocó al Gobierno, que inició, según fuentes de Cancillería, una paranoica cacería de brujas para determinar cómo fue posible lo que ya consideran una “traición” de McFields. El embajador denunció los desmanes de lo que ha catalogado como una dictadura que viola los derechos humanos y abogó por la liberación de los más de 170 presos políticos. Un desahogo cuyas consecuencias están por verse, pero que vuelve a poner la crisis de Nicaragua en la discusión internacional. “No tengo valor, tengo miedo, pero creo que es importante vencer el miedo. Siento que me quité un yugo del alma”, dice un aliviado McFields en entrevista telefónica con EL PAÍS.

El embajador —su cargo sigue activo hasta que su destitución sea publicada de forma oficial en el diario del Estado en Nicaragua— narra a este periódico cómo tomó la decisión que ha puesto de cabeza al Gobierno de Ortega. “Es una decisión que no surge de la noche a la mañana. Es una decisión que ha estado torturándome por mucho tiempo. Pero lo que me llena de esperanza es saber que no soy el único en esta lucha interna por hacer algo, por manifestarte, por ayudar a los presos políticos. Esto es de miles de funcionarios a niveles altos, a niveles intermedios y a niveles bajos”, afirma.

McFields afirma que había expresado su descontento por la situación en la que están encarcelados los presos políticos del régimen y que incluso llegó a proponer que se liberara a de mayor edad y a los enfermos, pero que nadie escuchó su propuesta. Al contrario, recibió amenazas por expresarla. “Tener presos políticos a los que están tratando tan mal, ignorando cualquier principio internacional sobre el trato digno trasciende cualquier ideología política. Sin embargo, como he dicho, en el Gobierno nadie escucha. Pero lo que es más triste, nadie habla. Veníamos de una paliza moral en la OEA, entonces convocan a una reunión de emergencia. Yo creí que esa reunión era para analizar dónde estábamos, para evaluar nuestros aciertos, errores y hacer cambios dignos para descomprimir la situación sociopolítica. Cambios con cierto nivel de legitimidad; de hacer una pequeña concesión en favor del bienestar de los presos. Pero era una reunión para salirnos de la OEA. Yo abogué por liberar a presos de la tercera edad, pero no me escucharon… Es que tener presos en condiciones infrahumanas debilita moralmente a las bases (sandinistas)”, afirma.

Su decisión de irrumpir en la reunión del Consejo Permanente de la OEA para denunciar lo que considera una “dictadura” ha sido catalogada como valiente tanto en el seno de ese organismo como desde la oposición nicaragüense en el exilio. En los últimos años, la experiencia ha demostrado que alzar la voz contra el Gobierno o criticarlo puede ser pagado con la vida, la cárcel o el exilio en la Nicaragua de Daniel Ortega. Un temor que sigue recorriendo el espinazo del diplomático. “No soy un superhéroe, pero uno no puede dejar que sus miedos sean más grandes que sus convicciones. Sin embargo, no te voy a mentir, sentí mucho miedo cuando hablé en la sesión. Como una persona de carne y hueso, que tiene miedo por su familia. Miedo por mi integridad física y la de mi familia”.

Poco después de que las declaraciones de McFields se hicieran públicas, el Gobierno de Nicaragua emitió un comunicado en el que dijo que no le reconocía como su representante diplomático. Esta situación deja al periodista en un “limbo jurídico” en Estados Unidos, como él mismo reconoce. “No puedo trabajar, no puedo hacer nada, soy un desempleado. Técnicamente, por estos días, sigo siendo embajador, pero un embajador en el limbo”, dice desde Washington.

Algunas de las mayores críticas de McFields van dirigidas contra la vicepresidenta Rosario Murillo de quien asegura que dirige la política exterior del país sin tener una mínima idea de diplomacia, con una estrategia basada en la obediencia absoluta de parte de diplomáticos y funcionarios. “De acuerdo a la estructura del Gobierno, la cartera diplomática la maneja una persona: la primera dama. Una diplomacia sin alma ni cerebro”, acota.

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A pesar de su futuro incierto, el embajador afirma que no se arrepiente de lo que hizo este miércoles, cuando escribió líneas en la historia de la diplomacia de la OEA, siempre tan anodina. Espera que su decisión cale hondo en los funcionarios del Estado, que aceptan la humillación de seguir trabajando para un régimen que los manipula. “Tengo esperanzas en los funcionarios públicos, civiles y militares, porque los he oído hablar. Hablan en voz baja. Incluso hablan funcionarios del más alto nivel político, civil y militar, pero cuando se tratan de declaraciones oficiales callan. Callan porque tienen miedo. En los últimos meses varios funcionarios públicos se están yendo, pero se van calladitos por el mismo miedo. Ahora mi futuro es incierto, pero me siento libre. Siento que me quité un yunque de mi alma”.

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Un niño jugaba el jueves con un avión de juguete en la estación de trenes de Lviv, en el oeste de Ucrania
Un niño jugaba el jueves con un avión de juguete en la estación de trenes de Lviv, en el oeste de UcraniaLuis de Vega

Hay algo más de 1.200 kilómetros de Selydove (región de Donetsk), en el este, a Lviv, en el oeste. Hasta aquí, muy cerca de Polonia, acaba de llegar Alexander. Es una rara avis en un país en el que, mayoritariamente, las mujeres y los niños son los que rompen con su entorno buscando refugio mientras los hombres son los que se quedan. Así es el esquema diseñado por las autoridades de Ucrania para defender al Estado frente a la invasión iniciada por las tropas rusas el pasado 24 de febrero. Pero Alexander, de 40 años, tiene una sola pierna y va en una silla de ruedas que empuja su hija Olena, de 16. Van escasos de equipaje y les acompaña el gato de nombre Biezhik, que significa beis. Él lleva sobre el regazo una caja de zapatos con documentación que considera imprescindible.

Pero no se queja del largo viaje y de las duras condiciones en las que ha de desplazarse. Alexander asegura que los más pesados lastres que arrastra con esta emigración forzosa huyendo de la guerra son los psicológicos. Cuenta ante la estación de trenes de Lviv que dejar atrás a su madre y a un hijo ha sido lo más duro. Padre e hija, como muchos otros de los miles de ucranios que deambulan a diario por este lugar, no tienen un destino fijo. Se han marcado, sin estar muy convencidos, Alemania o el Reino Unido como objetivo. No es porque tengan allí contactos. Simplemente, esperan que les acojan bien. Pura intuición.

Las heridas del alma que sufren las personas que huyen de la guerra o que son víctimas de un proceso migratorio traumático son menos visibles que las físicas, pero no menos importantes. Estas familias están viviendo “un duelo migratorio muy intenso, muy inesperado”, señala desde Barcelona el psiquiatra Joseba Achotegui, ya que “pocos se esperaban esta barbaridad de invadir con tanques Europa”. Este profesor de la Universidad de Barcelona describió hace ya dos décadas el conocido como síndrome de Ulises que, sin ser un trastorno mental, sirve para explicar ese duelo migratorio con estrés crónico y múltiple.

Julia, una psicóloga ucrania voluntaria de 54 años, lleva más de dos semanas escudriñando a los que se bajan de los vagones y pisan desorientados los andenes en la estación de Lviv. Presta especial atención a los convoyes que llegan desde ciudades como Járkov, muy golpeada por las tropas rusas. Es fácil verla, como a otros voluntarios, con su chaleco fluorescente y su acreditación al cuello. Pero ella en vez de comida reparte empatía y calor humano entre los viajeros que se hallan en vía muerta. En este sentido, Achotegui incide en que hay que ir más allá de “las soluciones espirituales y lograr satisfacer también las necesidades físicas” como techo, cama y alimentos.

Elena, de 42 años, explica ante Julia, psicóloga voluntaria, las circunstancias de su salida de los alrededores del frente de Mikolaiv hasta llegar a la estación de Lviv.
Elena, de 42 años, explica ante Julia, psicóloga voluntaria, las circunstancias de su salida de los alrededores del frente de Mikolaiv hasta llegar a la estación de Lviv.Luis de Vega

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La cafetería de la estación es estos días lo más parecido a un centro de acogida de refugiados que se topan al llegar a Lviv (700.000 habitantes, antes del inicio de la guerra) con un limbo. En la barra del bar los voluntarios distribuyen bocadillos, refrescos, cafés o alimentos para bebés. En uno de los rincones se ha improvisado algo parecido a una guardería donde los más pequeños amortiguan entre juguetes el tiempo muerto ajenos a la incertidumbre que devora a sus madres. Hasta este lugar ha llegado Elena, de 42 años, procedente de Voznesensk, a 90 kilómetros de Mikolaiv, una ciudad en el frente de batalla abierto en el sur de Ucrania. Viaja con dos de sus hijos, de nueve y 12 años. El mayor, de 22, se ha quedado como integrante del cuerpo de defensa civil. “Tengo el corazón roto”, dice abrazada a uno de los niños en presencia de Julia, la psicóloga, al recordar que ha dejado atrás también a su madre. Hace apenas una hora que Elena ha llegado a Lviv y ya piensa en seguir su camino hasta Polonia, a unos 70 kilómetros, pero su destino tras cruzar la frontera es incierto.

“Lo peor es ver a las madres con los hijos. Los niños están muy asustados. Hablamos tranquilamente, no gritamos. Y, entonces, cuando se calman las madres, los niños se tranquilizan también”, explica la psicóloga voluntaria sin dejar de repetir el gesto del abrazo. Julia es originaria de Crimea, la región ucrania ocupada por Rusia desde 2014, y regenta un gabinete en Lviv especialmente centrado en atender a mujeres. Recuerda de manera especial a un grupo de mujeres que han escapado estos días de Odesa y que ya tuvieron que huir hace ocho años de la guerra en la región del Donbás, en el este del país. Afirma que todas las personas a las que atiende coinciden en algo: su deseo de recuperar cuanto antes la vida perdida, la normalidad, su casa, su entorno… Por eso, comenta la psicóloga, muchos se resisten a alejarse de su entorno porque creen que de esa forma podrán dar marcha atrás en cuanto sea posible. Creen que fuera de Ucrania el hachazo va a ser más fuerte.

En medio de la actual catarsis que vive este país, para Achotegui “hay dos tipos de población, la vulnerable y la que tiene más resiliencia”. “Esa vulnerable es la más problemática desde la salud mental: niños que necesitan protección y viven bajo una situación muy dura, así como las personas con problemas psicológicos previos”, pues hay riesgo de que aparezcan de nuevo. Vinculados al síndrome de Ulises, el profesor ha descrito los que él considera que son los siete duelos de la migración: la familia y los seres queridos, la lengua, la cultura, la tierra, el estatus social, el grupo de pertenencia y los riesgos físicos.

También es posible encontrar estos días en Ucrania a los que cierran filas en medio de las dificultades y logran hacerse fuertes para tratar de llevar mejor el desarraigo impuesto por las bombas. Anelia, de 30 años, se ha sorprendido a ella misma quedándose en su país junto a su marido. Pensó que se iría a los cinco minutos del primer disparo, pero aquí sigue. “Nunca he sido patriota hasta ahora”, cuenta esta empleada de una importante empresa tecnológica de Estados Unidos que, asegura, ya ha recaudado 300.000 dólares (270.000 euros) para ayudar a Ucrania.

Un niño con su perro, el jueves en la estación de trenes de Lviv.
Un niño con su perro, el jueves en la estación de trenes de Lviv.Luis de Vega

“El 24 de febrero ha convertido mi vida en un antes y después. Siempre he seguido guerras en las noticias, pero nada es como seguirla desde dentro. Es un dolor permanente, un estrés permanente porque estás preocupada por tu país, tu familia, tu gente… La primera semana creo que fue la más dura. No podía trabajar, comer o dormir”, comenta al tiempo que agradece las facilidades ofrecidas por su jefe desde San Francisco (EE UU) para adaptar el teletrabajo a las circunstancias actuales. Anelia y su marido, Dimitri, han dejado su piso de alquiler en Kiev y han buscado otro en el oeste de Ucrania.

Exterioriza su angustia mostrando más inquietud por los demás que por ella misma y su pareja. “Aunque estás preocupada por tu seguridad, intento encontrar fuerzas y energía para ayudar a toda mi familia y a toda la gente que pueda. Pienso quedarme aquí, puedo teletrabajar e impulsar la economía de mi país desde dentro, aunque sea con mi sueldo. Comprar productos aquí y ayudar a la gente local. Ayudar a la parte de mi familia que está más cerca de la guerra”, añade en referencia a sus padres, que no han querido salir de su pueblo de las afueras de Kiev. “Para mí, ha sido difícil de aceptar, pero también entiendo que para los mayores es importante estar en su casa y no sentirse refugiados y gente que no tiene hogar”, concluye en un español envidiable, recuerdo de sus veranos en Ciudad Real como integrante de un programa de ayuda a niños de Ucrania. Desde España, su familia de acogida le pide que se marche, pero ella lo tiene claro: se queda “hasta la victoria”.

Mientras tanto, compagina trabajo y ayuda. El pasado miércoles acudió a la estación de autobuses de Lviv a acompañar y despedir a algunos familiares que se iban a Berlín. Minutos antes de subirse al autocar, Irina, de 36 años, se derrumbó en el momento en el que iba a relatar los avatares de su salida del país. Fue su hijo Nazar, de 12 años, el que tomó las riendas y, mostrando una madurez sorprendente, contó cómo fue su salida de Kiev, donde su padre forma parte de la resistencia civil. El chaval explicó cómo mantiene cierto contacto con sus compañeros de clase, aunque en la capital solo quedan tres o cuatro de los 28. “Lo que más echo de menos es mi familia, mi casa y mi gato Tom”, comentó.

Hay estudios realizados durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial en Londres y, posteriormente, en la guerra de Bosnia que concluyen que, a nivel psicológico, los niños están mejor siempre con sus progenitores, aunque sea bajo un ambiente de violencia, explica Achotegui. “Mejor juntos bajo un bombardeo que con el menor aislado en un internado de Suiza”, concluye el psiquiatra.

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Daniel Samper Ospina retratado en su estudio. Bogotá, 8 de febrero de 2022.
Daniel Samper Ospina retratado en su estudio. Bogotá, 8 de febrero de 2022.Camilo Rozo

Serafín abre la puerta de malas maneras y pronto queda claro que no le gustan nada los extraños. Ladra y muestra los dientes desde el umbral. Desde el fondo de la casa, Daniel Samper Ospina (Bogotá, 1974) advierte antes de que el asunto pase a mayores: “Cuidado, muerde”. Serafín, un perro que sufre alopecia, se hizo conocido tras batir el récord de participaciones en ferias de adopción sin que nadie quisiera llevárselo a casa. Claudia García, la esposa, se lo regaló a Samper Ospina por su cumpleaños. La verdad es que acertó, le pega mucho como compañía a un periodista, escritor y youtuber de carácter burlón preocupado por las desigualdades sociales. Cada sábado protagoniza en Bogotá la obra de teatro con P de Polombia, una crítica feroz a la clase política colombiana.

Pregunta. ¿Cuántas veces le confunden al día con su padre (el también periodista y escritor Samper Ospina Pizano)?

Respuesta. 8.000 (así se llamó al proceso judicial contra su tío, el expresidente Ernesto Samper, por el dinero del narcotráfico que recibió su campaña). Ya en serio, cada vez cumplo más la tragedia de que uno se parezca a su papá. He tenido unas coincidencias con él por las cuales decidí no amargarme. Terminé haciendo lo mismo que él hace, que es dedicarme al periodismo, terminé compartiendo su propio nombre, su propio apellido, su misma condición capilar, el mismo equipo de fútbol…

P. Usted no creció con él.

R. Mi papá se separó de mi mamá cuando yo era bebé. Siempre ha sido buen padre, pero desde que lo recuerdo han sido padres separados y él ha estado viviendo por temporadas cortas en España desde que se fue exiliado a vivir en Madrid.

P. Lo perseguía el narco por sus investigaciones periodísticas.

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R. Pablo Escobar.

P. Yo he oído que fue el Mexicano, socio de Escobar.

R. Prefiero la versión de Escobar, da más estatus.

P. Le he oído decir que la única manera de digerir la política en Colombia es a través del humor.

R. Es una realidad muy trágica, pero siempre tiene un lado involuntariamente cómico. Los políticos en Colombia siempre lo han tenido y si uno no se prende de eso no entiende que ese es el único amortiguador con el que uno cuenta. Sin el humor, la travesía en este país sería muy dura, muy difícil. Este es un país muy áspero, muy hosco, muy injusto.

P. El presidente Iván Duque es el blanco favorito de sus bromas.

R. Quiero reconocer lo que ha hecho por los humoristas. Es uno de los primeros sectores que ha reactivado después de la pandemia.

P. El presidente tenía un programa de televisión, en su obra de teatro se ven vídeos de él cantando, bailando, tocando guitarra. ¿También tiene alma de youtuber?

R. Totalmente. En campaña se le veía mucho que iba por el mundo buscando likes y views. En el poder ha tratado de atemperarse más, pero creo que siempre ha mostrado las costuras. Es un gran hacedor de frases grandilocuentes para referirse a sí mismo. Por ejemplo en aquella ocasión que dijo que el cerco diplomático era el arma más importante que había inventado en la humanidad y que con eso iban a derrocar a Maduro.

P. No funcionó.

R. No solo fue un acto vanidoso, fue ingenuo. Estrenó su Gobierno diciendo eso y fue un augurio de lo que nos esperaba. No entendió que era más práctico tener una relación con Venezuela, que eso no significaba avalar a Maduro.

P. ¿Eso es lo que hizo el anterior presidente, Juan Manuel Santos?

R. Totalmente, con muchísimo cinismo. Santos era un maestro del cinismo para lo bueno y para lo malo. No hay nada más peligroso que ser amigo de Santos.

P. ¿Y usted es amigo de Santos?

R. Sí, pero con distancia. Cuando Santos se alió con Álvaro Uribe, era previsible lo que podía pasar. Cuando declaró que Hugo Chávez era su mejor amigo fue una manera de ponerle la lápida. Vi el final del Gobierno de Santos con simpatía, apoyé su proceso de paz, que es un legado que deberíamos cuidar.

P. A él le hizo una de sus primeras entrevistas para Youtube.

R. Traté de ir a Palacio a que se convirtiera en youtuber para que no terminara ejerciendo como expresidente.

P. No lo consiguió.

R. No, jajaja.

P. Usted se hizo youtuber de cuarentón.

R. Para mí, que vengo del periodismo clásico, fue una cosa extraña y un desafío raro. Ahora vendo más libros.

P. En uno de sus primeros vídeos visita el urólogo.

R. Tenía que hacer contenido de personas mayores de 40.

P. A veces ha reivindicado a Jaime Garzón, un cómico al que asesinaron. ¿Ha temido por su vida alguna vez?

R. En Colombia es muy normal que los humoristas tengan escoltas. Fui víctima de amenazas con la acusación falsa que me hizo Uribe de ser un abusador de niños (después se tuvo que retractar en sede judicial). Eso me granjeó muchos problemas de seguridad, entre ellos con Popeye, jefe de sicarios de Escobar. Se vinieron enardecidos contra mí. Sin ninguna prueba.

P. Fue director durante 13 años de la revista Soho.

R. Fue una plataforma de periodismo narrativo detrás de una fachada muy cuidada de fotografías de celebridades desnudas, que se convirtió en un arma para provocar a esa doble moral tan colombiana que se escandaliza con desnudos, pero no con masacres. Ahí escribieron grandes plumas. Fue una época muy feliz.

P. Publicó algunas portadas muy polémicas.

R. A Soho nos acusaban de machistas. Mi tesis es que no era machista, sino que simplemente era una revista para hombres, y que eran más machistas las revistas para mujeres que hacían contenidos para mujeres como si no tuvieran ningún tipo de pulsación erótica. Para responder a estas críticas hicimos una edición al año pasa mujeres.

P. Con el futbolista Faustino Asprilla en portada.

R. Desvelamos su mito de hombre portentoso. Los desnudos siempre eran interactivos, venía con una hoja de parra que el lector podía quitar con una especie de pegatina. La revista te lo daba vestido, tú decidías.

P. Ahí llegó a estar de columnista el colérico Fernando Vallejo.

R. Era de un voltaje periodístico que no cualquier medio lo aguantaba.

P. Saltó a tiempo del barco, antes de que se hundiera la venta de revistas.

R. Era estar en el Titanic, tú veías el iceberg. En 2015 renuncié y monté una productora de contenidos digitales para la revista Semana sin saber muy bien qué quería decir. Ahí probé hasta que abandoné Semana.

P. Se fue de manera abrupta.

R. Viví el comienzo de las dificultades económicas y posteriormente fui solidario con Daniel Coronell cuando lo despidieron (por criticar al medio tras no publicar una investigación). Después me subí a esa balsa que son Los Danieles (un portal web).

P. Ese nombre es un acto de narcisismo extremo.

R. Aquí hubo una serie muy buena en los ochenta que se llamaba Cuando quiero llorar, no lloro, y a veces lloro sin querer. Era la historia de tres muchachos que se llamaban Victorino, cada uno de una clase social distinta. Todo el mundo le decían los Victorinos. Coronell dijo que no importaba como le pusiéramos, al final le iban a llamar los Danieles. Pongámoslo, entonces.

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Respondió la empresa del bus intermunicipal que iba

Otros conductores que se movilizaban por la misma vía grabaron al bus mientras sobrepasaba en doble línea y adelantaba por la derecha. «Ése loco va a causar una tragedia», denunciaban.

Noticias Antioquia.

Son muchas las denuncias que conductores, pasajeros y demás personas que se movilizan por cualquier vía del país realizan ante exceso de velocidad, temeridad u otras infracciones frecuentes.

A inicio de año ya se vivió una tragedia luego de el doloroso accidente que hubo en uno de los túneles del Alto de la Línea.

Esta vez los reportes y denuncias llegaron por cuenta de la imprudencia del conductor de un bus de servicio público que cubría la ruta Medellín – Cali.

Denuncian que estuvo a punto de causar una tragedia.

El vehículo era de la empresa Arauca, se movilizaba por el suroeste antioqueño y su temeraria forma de conducir fue captada a través de vídeos ciudadanos.

Los cuales fueron realizados por otros conductores que se movilizaban por el mismo sector, a la altura del municipio de La Pintada.

En las imágenes se aprecia como el hombre adelanta de diferentes maneras y en zona prohibida a un camión que iba delante suyo.

Casi choca contra otros vehículos.

Tan peligrosa era su forma de conducir que estuvo a punto de colisionar en varias oportunidades con otros automotores que venían del otro sentido.

Quienes grabaron las imágenes se vieron sorprendidos, decían «la misma que nos hizo ahora a nosotros se la hizo al del camión».

En redes sociales manifestaban: «Ése loco va a causar una tragedia».

La empresa se pronunció

Luego de hacerse pública las imágenes las autoridades confirmaron que establecieron contacto con la empresa a la que pertenecía el conductor.

  • «Elevaremos los informes a la empresa y a la Superintendencia de Transporte para que se abran las investigaciones a las que haya lugar. También hay que decir que la compañía inició sus propios procesos administrativos y disciplinarios contra el conductor», detallaron las autoridades locales.

Así mismo, la empresa de transporte público realizó un comunicado en donde precisaban lo siguiente no toleraban ese tipo de actos.

Comunicado de la empresa Arauca

 





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Es más que insensata la sevicia con la que atacan locales comerciales, sedes de bancos, supermercados o bloquean carreteras.

Por: Maritza Aristizábal Quintero.

Qué equivocados están muchos cuando hablan de empresarios y lo asocian a personajes ególatras, encerrados en sus oficinas, aprovechándose de sus lacayos, enriqueciéndose mientras oprimen a sus trabajadores, insensibles, codiciosos, capitalistas despiadados e inescrupulosos. En un país como Colombia, nada más alejado de la realidad. Acá ser empresario es un ejercicio de resiliencia y de valentía. Se trata de superarlo todo: desde la infinita burocracia, hasta la altísima carga impositiva, las extorsiones de actores armados, la inseguridad y la amenaza de orden público; ahora también deben sobreponerse a la pandemia y por si fuera poco a eternas semanas de protestas, bloqueos y saqueos.

Ser empresario y no morir en el intento es para valientes. Según un estudio de Global McKinsey son más las probabilidades de fracasar que las de sobrevivir: cerca de la mitad de las pequeñas y medianas empresas del país se quiebra después del primer año y solo 20% resiste al tercero. Un empresario es simplemente alguien como usted, como yo o como cualquiera de los que hoy se toman las calles, pero que un día creyó en que él era el responsable de hacer realidad su propio sueño – él y no el Estado benefactor-, una persona que lo invirtió y lo arriesgó todo para hacer realidad su proyecto. Y no es ni siquiera el propósito egoísta de beneficiarse solo: una empresa es todo un ecosistema de bienestar. De un solo empresario pueden depender directamente cinco familias como en el caso de una cafetería o panadería, o pueden depender 50.000 como con uno de los grandes bancos del tan impopular sistema financiero.

Son los empresarios los grandes generadores de empleo, los que pagan impuestos, los que empujan los indicadores económicos, los que hacen que una familia pueda salir adelante, los que crean la marca país. Las empresas no son, como equivocadamente algunos señalan, un apellido: los Ardila, los Sarmiento los Santodomingo. Las empresas son los miles de trabajadores que mueven la compañía y las miles de familias que dependen de ellas. mejor dicho, sin empresas no hay empleo formal; y sin empresas y con desempleados, no hay impuestos ni ingresos para un Estado. La ecuación, que empezó con la quiebra de compañías, termina con un país pobre, una economía arruinada y, sin lugar a vacilaciones, un sistema represivo.

Es paradójico porque hoy una de las principales preocupaciones de quienes salen a manifestarse es el desempleo. Pero están extinguiendo sus propias posibilidades: si quieren un trabajo formal deben ser contratados o por una empresa privada o por una entidad estatal y si su condición es “independiente” quizá ellos mismos sean empresarios. Por eso es más que insensata la sevicia con la que atacan locales comerciales, sedes de bancos, supermercados o bloquean carreteras. No se entiende porque celebran como un triunfo que se pierdan cargas completas, se mueran pollos, reses y se desperdicien miles de toneladas de alimentos. Las protestas perdieron la conciencia, saben qué quieren, pero no entienden como están peleando por ello; son ciegos frente a la cadena de destrucción desatada. Reclamando por derechos como empleo, salud y educación están acabando con el principal factor de riqueza en el país: la empresa privada. Así solo se escribirá un final: el de un país de pobres.

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