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Resulta incomprensible observar a “El perfecto idiota Latinoamericano” alardear en redes sociales un comportamiento que el escritor estadounidense Mark Twain sintetizó en la frase, “Ninguna cantidad de evidencia logrará convencer a un idiota”.

Por Robert Posada Rosero

La inversión de los valores producto de la falta de una formación integral y rigurosa que se aparte de los odios dogmáticos e ideológicos generó una nueva generación de ciudadanos que no solo actúan como sordos, sino que son extremadamente brutos, pues una cosa es la ignorancia en temas puntuales y otra muy distinta es negarse a entender hechos fáticos, imponiendo el criterio propio a través del uso de la fuerza (matoneo y descalificación del otro).

Es inocuo y estéril hablar o escribir sobre el pasado subversivo y criminal de un candidato indultado o de los apoyos que este y su fórmula reciben de estructuras criminales como las Farc o ELN, ya que la inversión de valores que sufre el pueblo colombiano, producto de años de una narrativa afín a estos grupos hace que los vean como angelitos justicieros, sin importar los horripilantes crímenes de lesa humanidad que cargan a cuestas.

Sus seguidores continuarán haciendo oídos sordos a estos cuestionamientos, como también lo harán frente a las muy evidentes y controversiales actuaciones de políticos aliados como Roy Barreras, Armando Benedetti, Iván Cepeda o Piedad Córdoba, entre otros, cuya historia pública está llena de baches grises y oscuros que bordean el delgado hilo de la legalidad.

Seguir en un diálogo de sordos en el que los cuestionamientos de un lado se justifican con los de su contraparte es entrar en un debate bizantino, tan improductivo como la controversia de odio de clases o racial que han exacerbado como hábil estrategia para dividir al pueblo colombiano con el único propósito de alentar la violencia, verbal y física, como medio para llegar al poder.

Presidente de Perú restringió las libertades por protestas de ciudadanos que exigen su renuncia.

Lo que corresponde entonces es centrar la discusión en lo verdaderamente importante para el futuro de la nación: modelo económico, democracia, libertad, incluida la libertad de expresión, pensiones, propiedad privada, respeto por la constitución, la institucionalidad y la Fuerza Pública, entre otros temas esenciales del Estado.

Debate que, por supuesto, no se va a dar, porque lo que menos interesa es entablar un diálogo abierto y transparente sobre estos temas, película que ya vimos en el “enfrentamiento” mediático y falaz que vivió el país durante la campaña del plebiscito por la paz, que al final ganó el NO, pero que el expresidente Juan Manuel Santos y sus escuderos de entonces Roy Barreras, Armando Benedetti e Iván Cepeda, entre otros, aprobaron por vía rápida (fast track).

No me detendré a opinar sobre quienes mintieron o tenían la razón en dicha controversia, ya que los hechos suelen ser más contundentes que cualquier tipo de opinión: lo que hoy conocen los colombianos es que hay diez cabecillas de las Farc con total impunidad como congresistas sin pagar por sus crímenes, cuentan con la Justicia Especial para la Paz, JEP, tribunal que desde el 2016 no ha producido un solo fallo, aproximadamente el 70% de los escoltas de la Unidad Nacional de Protección, UNP, está conformada por exguerrilleros que ganan más que muchos profesionales jóvenes y muchos otros beneficios que aunque valdría la pena mencionar, no haré porque nos ocuparía todo el espacio.

Unos y otros se señalan de haber incumplido los acuerdos, por ello es menester devolvernos a los hechos: las llamadas disidencias de las Farc tienen hoy más de 7.500 hombres en armas, el ELN que no pasaba de 1.500 hombres al momento de la firma del acuerdo de paz hoy tiene la misma cantidad de hombres en armas que las Farc, no entregaron todas las armas, ni rutas del narcotráfico, no han reparado a las víctimas, no han aportado a la verdad y el país está inundado de coca; sufriendo además ahora el embate del terrorismo urbano que se hizo sentir con fuerza durante el pasado paro nacional, una promesa que sí cumplió Santos.

Más de seis millones de venezolanos tuvieron que migrar acosados por el hambre y la crisis social.

Como es evidente, entonces también hubo una Colombia que no escuchó esa realidad que la otra Colombia les señaló una y otra vez, hoy, incluso aunque los hechos están ahí y no admiten discusión, continúan insistiendo en que los impulsores del NO mintieron, tozudez que repiten al negar las durísimas condiciones económicas, de restricción a los derechos y libertades que viven ciudadanos de países como Cuba, Nicaragua, Venezuela, Argentina, Perú y ahora Chile.

Esa Colombia se niega a escuchar, no quieren hacerlo, años de frustraciones alimentaron un resentimiento que han sabido explotar los que buscan el favor electoral de los “desvalidos”, rebautizados hábilmente como “los nadies”, a quienes con un discurso populista sustentado sobre los justos reclamos de mayor equidad e igualdad sedujeron, trasformando esa rabia y odio en sentimientos que hacen ver como “normal” arrebatarle al vecino por la fuerza lo que aquel ha conseguido con años de sacrificio y trabajo.

En este contexto se nos propone un cambio de modelo, el cual de concretarse muy seguramente nos llevaría a recorrer los caminos que otras naciones ya han tomado con las consecuencias también conocidas, repetirlo sin embargo es inocuo y estéril, pero necesario pues, aunque el propósito no es hacer cambiar de opinión al que no quiere ver ni oír, por lo menos queda como constancia de que no se actuó por ignorancia sino por simple tozudez.

Las contradicciones no termina ahí, esta Colombia que odia y se enfrenta con los puños y los dientes apretados, exige de manera selectiva “corrección política” en sus adversarios, aunque un día tratan de neo nazis, fachos, paramilitares o uribistas a todo aquel que no piense como ellos, y hasta de cerdo al presidente, no soportan que se acuñen refranes cotidianos como “Que ignorancia la de Francia” o ‘Más bruto que burro chiquito”, pues sin importar el contexto ni las evidencias, “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.

Los piques ilegales de motocicletas no son un deporte, es una conducta que violenta normas y leyes del orden nacional, alterando la convivencia ciudadana y colocando en riesgo la vida de terceros.

Editorial

En toda sociedad civilizada las normas se expiden con el propósito de buscar un equilibrio entre las libertades individuales y la convivencia en comunidad, de manera que se garanticen los derechos de todos a través del ejercicio de la autoridad y la correcta y eficiente aplicación de la justicia.

Los gustos e intereses personales jamás pueden prevalecer sobre el interés general y nada puede justificar el incumplimiento de las normas y las leyes; intentar justificar lo injustificable con argumentos falaces y carentes de sustento solo denota ignorancia, falta de educación y desprecio por la ley y el prójimo.

Bloquear la salida de buses del Terminal de Transporte, movilizarse en hordas por las calles de la ciudad, violando todas las normas de tránsito, fastidiar con el ruido a habitantes de barrios residenciales (adultos mayores y niños) y limitar la movilidad de los estudiantes de la Uceva y ciudadanía en general, es una conducta inaceptable, pues violenta los derechos del otro a su tranquilidad e integridad, colocando incluso en riesgo su vida.

Pretender restarle importancia a esta grave problemática, que en el pasado incluso ocasionó la muerte de inocentes, con el argumento que la ciudad además sufre de sicariato, extorsiones, microtráfico y la presencia de bandas criminales, entre otros graves problemas, es francamente pueril e irracional.

Afirmar además que los desadaptados sociales que salen a la calles a violar las normas por deporte y la falta de autoridad en el municipio, lo hacen por carecer de un espacio para esta práctica es tan absurdo como justificar al ladrón de celulares porque no tiene un dispositivo celular, al sicario por la falta de oportunidades laborales o al violador de niños porque quería copular y no tenía pareja.

No señores, aquí y en cualquier parte del mundo las leyes se hicieron para cumplirlas, aceptar que una minoría puede hacer lo que le de la gana pasando por encima de la inmensa mayoría de tulueños que son gente buena, educada y respetuosa de la ley, solo deja en evidencia la decadencia de una parte de la sociedad que se comporta como verdaderos orates.

En cuanto a la responsabilidad del alcalde John Jairo Gómez Aguirre y su secretario de Gobierno, coronel (R) Jorge Gallego Chávez, frente a esta preocupante situación, es llover sobre mojado, ya es bien sabido que el manejo de la ciudad les quedó grande y que los tulueños resignados solo cuentan los días para que cese la horrible noche.

EL DÍA DE MI INFIERNO Y EL WORLD TRADE CENTER, UN DÍA COMO HOY, UNO DE LOS DÍAS MAS TENEBROSOS DE MI VIDA. Pedir JUSTICIA, no es VENGANZA.

Por: Gustavo Muñoz, exsecuestrado de las Farc.

Tenemos que entender que existen seres humanos, que solamente vienen a este mundo o plano terrenal, con la única misión de hacer el mal. Parte de la historia de mi vida que nos sirve para que los Colombianos meditemos, acerca de la calidad humana de los señores de las “FARC”, que ya están reinsertados en nuestra sociedad como pro hombres, padres de la patria, llenos de valores, principios y ética.

EL 11 de Septiembre de 2001 ha sido uno de los días más tristes de la humanidad; en tres atentados terroristas en los Estados Unidos, murieron asesinados un total de 2.977 personas en las ciudades de Nueva York, Washington y en las afueras de Shanksville, Pensilvania.Paralelo a esos ataques yo estaba viviendo mi propio calvario, estaba secuestrado por orden y en manos del hoy Senador de la Republica “PABLO CATATUMBO”.

Ese día fue uno de los más aterradores de mi existencia y con más temor para mi vida y en mi vida: Hoy, hace 20 años, llegando las 9 am de ese día fatídico, se inició una plomera terrible en el campamento madre del bloque móvil Arturo Ruiz de las Farc en donde me encontraba; en un principio llegue a pensar que el Ejército había llegado a rescatarme e inicie a rezar un Ave María y a encomendarme a Dios, ya que sabía que en cuestión de segundos entraría a mi celda «ALIAS ARTURO» quien tenía la orden de darme un tiro en la cabeza si llegare a existir un rescate.

Alias Arturo, era quien, en los simulacros de rescate, entraba a mi celda, me agarraba del pelo o de la cabeza, me tiraba al piso, me ponía el fusil en la cabeza y me disparaba simulando con onomatopeyas el ruido del disparo, acto seguido salía corriendo y gritaba: “EL RETENIDO YA ESTA ASEGURADO”.

Pero bueno sigo el recuento; acto seguido a los cientos de disparos, llegaron las risas, carcajadas y muchos gritos de victoria; decían: ABAJO EL IMPERIO, MUERTE A LOS YANQUIS.LAS FARC ESTABAN FELICES POR LA CAÍDA SEGÚN ELLOS, DEL IMPERIO YANQUI, ACABABAN DE MORIR MILES DE PERSONAS ASESINADAS POR LOS SOCIOS DE LAS FARC, ACABABAN DE TUMBAR LAS TORRES GEMELAS.

Para terminar este recuento, orgía de terrorismo, de muerte y de cinismo, «EL SEÑOR PABLO CATATUMBO » para celebrar, mando a matar marranos; era día de fiesta y alegría, como me lo manifestaron mis captores. Como anécdota… “Ese fue el único día que comí carne en mi cautiverio, me dieron un pedazo de marrano.

La acción criminal habría sido perpetrada por disidencias de las Farc pertenecientes a la columna Adán Izquierdo, grupo insurgente que siembra el terror en el centro y norte del Valle del Cauca.

Un nuevo ataque criminal ocurrido la tarde de hoy en zona rural del municipio de Tuluá dejó como resultado el asesinato de un policía y otros patrulleros heridos que debieron ser trasladados de urgencia hasta la clínica María Ángel de esta localidad centro vallecaucana.

El hecho se presentó cuando hombres, al parecer de las disidencias de las Farc pertenecientes a la autodenominada columna Adán Izquierdo atacaron a una Comisión de la Unidad Nacional de Restitución de Tierras, a la altura del puente de Tibolí, en jurisdicción del corregimiento de San Rafael.

Comisión de restitución de tierras fue atacada con rfahas de fusil

El uniformado asesinado por los terroristas fue identificado como el patrullero Ricardo Andrés Álvarez Cardona, de 27 años, sin que se hayan suministrado los nombres de los otros tres miembros de la Policía Nacional que fueron heridos con ráfagas de fusil durante el ataque subversivo.

De inmediato la Unidad de Restitución condenó el acto criminal ocurrido en Tuluá, Valle del Cauca, contra patrulla de carabineros donde falleció uno de sus hombres y expresó su solidaridad con los familiares y la institución policial, subrayando que su trabajo ha sido fundamental en la reparación de las víctimas.

ETIQUETAS: alcaldía de TuluáAtaqueFarcPolicía NacionalRestitución de tierrasSeguridadValle del Cauca

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Por: Jonh Better

Lo primero en ser debilmente iluminado , es una serie de objetos preciosos:

Una armonica china de hojalata.
Un reloj averiado
Algunas monedas de centavos y de a peso.
Un ojo de buey
La polvera de una mujer

Lo que no tolera la luz, huye despavorido y encuentra su grieta, su escondite.

Cada cosa es expuesta.
Es desnudada
Hasta lo más pàlido vibra al ser mirado.
La luz sigue su ruta
Se abre paso a través del fino encaje de una cortina.
Parece detenerse ( solo un segundo) en aquella rara habitación en donde unos hermosos pies blancos se balancean el aire.

Perseo, John Better.
ETIQUETAS: BarranquillaCuentosCulturaJohn BetterLiteratura

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La torpe actuación debe Marco Arbelaez Vargas debe ser recordada por cada comerciante afectado, tulueño que se quedó sin empleo y ciudadano que perdió un familiar o amigo a causa del covid y su oportunismo político.
Por: Robert Posada Rosero

El país pensante, al que le duele la muerte de las empresas y el entierro de los empleos de miles de ciudadanos, así como las vidas que ha cobrado el Covid-19 como consecuencia de las aglomeraciones sin control, tiene muy claro quiénes son los promotores de esta barbarie revestida de protesta social, una sinrazón a la que debemos ponerle responsables para depurar los liderazgos putrefactos de los constructivos.

A nivel nacional, aunque han intentado desmarcarse del accionar de los terroristas urbanos, quedó muy claro quienes llevaron y sacaron a las calles a los jóvenes para que entre ellos se pudieran camuflar los milicianos y demás actores criminales que están actuando pagados para desestabilizar al país con el único objetivo de llegar al poder, utilizando “todas las formas de lucha”.

Entramado que contó y cuenta con actores regionales y locales determinantes para exacerbar la turba cuando el monstruo del descontento asomó la cabeza, políticos y líderes populistas que más por oportunismo que por convicción salieron a querer capitalizar electoralmente la movilización social, sin hacer una lectura sosegada de los riesgos que implicaba para la economía del país y la vida, avivar la llama que hoy arrasa a la nación.

Tres días antes de iniciar las marchas se mostró preocupado por el avance desenfrenado de la pandemia.

En su afán de protagonismo también son responsables de los más de 60.000 desempleados y los billones en pérdidas que ha dejado el paro en las empresas del Valle, en dónde los pequeños y medianos empresarios acumulan un daño superior a los 3,5 billones de pesos en estos dos meses, sin que hayan sido capaces de retomar el rumbo, según manifestó Yitcy Becerra, directora de Acopi Valle.

Este frenazo lo sintieron por igual las grandes empresas, quienes en muchos casos tuvieron que suspender y despedir personal al no tener flujo de caja, generando una crisis sin precedentes que se ve reflejada en unos 40.000 empleos perdidos y el cierre de 15.000 empresas, como indicó Edwin Maldonado, presidente del Comité Intergremial del Valle.

Solo en Tuluá, una ciudad intermedia de 220 mil habitantes, sin sumar la afectación al comercio informal, se registraron pérdidas por más de dos mil millones en daños físicos y saqueos al comercio, 238 empleos arruinados o en riesgo, el Palacio de Justicia destruido, siete edificios públicos más vandalizados y la muerte de un estudiante universitario de 18 años, un desastre que se refleja en sus calles y se siente el desánimo de sus gentes.

A este doloroso panorama se suma el desolador espectáculo mortuorio que se vive en la ciudad como resultado del avance desenfrenado del Covid-19, pandemia que está dejando una estela de muerte ante la mirada impotente y aterrada de una sociedad que se acuesta pensando en cuál será el amigo o familiar que sigue en la lista de la parca.

Un día antes de las marchas que dispararon los contagios y muertes, de manera oportunista y por cálculos políticos, cuestionó a quienes consideraban imprudente hacer un paro en plena pandemia.

Las cifras no mienten y son incontrovertibles, mientras el 29 de mayo se registraban en promedio 86 contagios y 2 muertes diarias, para un acumulado de 9.500 contagios y 390 muertes con covid, un mes después, el 29 de junio, la cifra se elevó a 92 casos positivos y cuatro muertes diarias, acumulando 12.136 contagios y 509 muertos con covid, 119 muertos en solo un mes, lo que representa un aumento del 30,5%.

Es innegable que la debacle del Valle del Cauca pasa por el pobre liderazgo de la gobernadora Clara Luz Roldan, el protagonismo calculado en favor de la destrucción de Cali, de Jorge Iván Ospina y la incompetencia y falta de autoridad de John Jairo Gómez Aguirre, frente a lo que sucede en Tuluá, pero hay otros actores que no pueden pasar de agache como el excandidato a la alcaldía y también peón de la exgobernadora Dilian Francisca Toro, Marco Alejandro Arbeláez Vargas.

El 27 de abril, Arbeláez Vargas invitaba emotivo a marchar, advirtiendo, como en efecto está pasando, “que nuestros justos reclamos no nos cuesten ni una sola vida”, cuestionando a quienes consideraban que era imprudente hacer un paro en plena pandemia. Su torpe actuación debe ser recordada por cada comerciante afectado, tulueño que se quedó sin empleo y ciudadano que perdió un familiar o amigo a causa del covid y el oportunismo político, de quien, apelando a la falta de memoria de la gente, saldrá nuevamente a posar de salvador.

Al final de este desastroso periodo de gobierno Tuluá necesitará la persona más calificada para salir de la ruina física, económica y social en que va a quedar, amén de recuperar la seguridad, y es evidente, a juzgar por su actuar que Arbeláez Vargas no es el hombre, pues no basta con inclinarse a pedir perdón ante el féretro de quienes ofende y agrede por afanes politiqueros; los verdaderos líderes actúan siempre con decencia, seriedad, sensatez, coherencia y juicio.

Diecisiete capítulos para tronar, 140 paginas de superficie textual útil para aumentar los grados de libertad conceptual, de desligue de murallas encementadas de la mente.
Por: Daniel Potes Vargas.

Con diecisiete capítulos, Robert Posada Rosero, incursiona por cuarta vez en ese género imperialista que se apoderó de los recursos expresivos de los restantes matices literarios.

No lleva numeración sino nombres, desde El miedo, hasta Frenesí. Entre ambos extremos, corren quince descansillos capitulares que hablan de la pasión entre chicos, de la fiebre erótica entre adolescentes.

Dedicado a Gustavo y Luz Elena, esta obra, editada por Fallidos de Medellín, continúa la línea de El infierno según Lucas, Danza de muerte y La familia real. Sobre los drogadictos, sobre los sicarios la segunda y la tercera sobre una familia casi real, aquí se destapa Robert sin ningún tapujo, sin ninguna consideración seudo moralista.

Es la cofradía de Oscar Wilde en todo sus Ángeles en la cama. Recuerda la enjundia de Jean Genet, en Journal du voleur, el ajetreo amazónico de El sueño del celta, El fuego secreto de Vargas Llosa, Técnicas de masturbación entre Batman y Robin, locas de felicidad de John Better.

No hay temor de cruzar una línea expresiva o temática. En la contraportada se alude al sexo oral o la elección y se dice sin alusiones perifrásticas todo el relato.

Con ilustraciones del pintor y fotógrafo de chicos desnudos, el británico Henry Scott Tuke, esta obra de ángeles en plena acción de travesura, será tema de comentarios y núcleo radiactivo de ideas sobre este asunto que comienza a salir del closet tanto sus autores como sus personajes.

Como historiador de la literatura tulueña, doy la bienvenida al reino de las letras a estos ángeles cachondos. Diecisiete capítulos para tronar, 140 paginas de superficie textual útil para aumentar los grados de libertad conceptual, de desligue de murallas encementadas de la mente.

En una bella edición de Fallidos Editores se presenta la nueva obra literaria ‘Las aventuras sexuales de los ángeles’, del periodista y narrador tulueño Robert Posada Rosero.  

Después del éxito de ‘La familia real’, que tras su presentación se convirtió en el libro más vendido en Tuluá durante el 2019, el periodista y escritor tulueño Robert Posada Rosero, regresa a la ficción con una nueva obra que a juicio de los entendidos es directa, provocadora y escandalosa.  

La novela breve de 140 páginas titulada ‘Las aventuras sexuales de los ángeles’ está bellamente ilustrada con obras de Henry Scott Tuke, pintor y fotógrafo inglés, quien en 1922 sorprendió con sus obras eróticas de jóvenes desnudos o con muy poca ropa, llegando a ser considerado uno de los pioneros de la cultura gay.    

Esta obra del polémico periodista del corazón del Valle no es ajena a las temáticas de sus anteriores novelas ‘El infierno según Lucas’ y ‘Danza de la muerte’, donde explora el despertar a la sexualidad, las drogas y la rumba extrema, en contextos tan turbulentos como el sicariato de su ciudad natal.  

Ilustración de Henry Scott Tuke.

A sus ya característicos personajes, que divagan entre la turbación y el frenesí, se suma la incertidumbre causada por una pandemia que llega al mundo para trastocarlo todo, sacando a flote las mejores y perores cualidades de la condición humana.   

Posada Rosero es Comunicador social periodista, egresado de la universidad Central de Bogotá, con 20 años de experiencia como periodista y columnista en diversos medios de comunicación. Además, se ha desempeñado como asesor de comunicaciones en entidades públicas y privadas, actividades que intercala con la docencia universitaria. También es autor del ensayo Concejo Municipal: expresión de democracia local o pymes electorales. Obras que ha publicado de manera independiente.     

Los hechos violentos de los últimos días dejaron ver una ciudad sumida en la anarquía, tomada por el vandalismo, el caos y la violencia, con una mayoría de ciudadanos impotentes refugiados en sus casas
Por: Robert Posada Rosero

El problema de Cali no es que tenga un alcalde ‘mañé’, término acuñado por la cultura popular para referirse a algo o alguien ordinario, estrafalario o falto de clase, La verdadera catástrofe de la otrora ‘Sucursal del Cielo’, es la impronta que este político populista y corrupto le ha imprimido a la ciudad.

Jorge Iván Ospina no solo es hijo de un guerrillero del M-19 y se formó en la Cuba comunista de los Castro, sino que cree a pie juntillas que ese modelo fallido puede ser importado a Colombia e instaurado por esa camarilla de socialistas del siglo XXI que encontraron un nuevo aire con la ascendencia al poder de Hugo Chávez Frías en Venezuela

Su segundo mandato al frente de la capital del Valle es irremediablemente repugnante, miles de millones de pesos dilapidados en un alumbrado itinerante de lo más ‘mañé’ y en una feria virtual que se convirtió en símbolo del despilfarro y la corrupción nacional. En un país decente, dónde la justicia opere de verdad ya estaría destituido y preso, pero estamos en Colombia.

Lo peor es que los caleños se han resignado a su figura, tanto que lo reeligieron, y al parecer también se están acostumbrando a verlo enfrentado a grito herido con el populacho en las calles de la antiguamente conocida como la ‘Capital cívica de Colombia’; su voz chillona, su ordinariez y sus actos non sanctos se han convertido en la imagen de Cali, y sí, es muy “boleta”, pero es una realidad que no se puede ocultar.

Los hechos violentos de los últimos días dejaron ver una ciudad sumida en la anarquía, tomada por el vandalismo, el caos y la violencia, con una mayoría de ciudadanos impotentes refugiados en sus casas rogando para que las hordas de desadaptados no lo quemarán todo, ante la actitud permisiva de un Ospina que entre líneas justificaba el accionar de indígenas y revoltosos culpando de todo al gobierno nacional.

Violentos controlan la capital del Valle del Cauca con bloqueos y peajes entre barrios, ante la permisividad de Jorge Iván Ospina.

Y he ahí el verdadero problema, la caleñidad puede sobrevivir y resistir su ordinariez y mal gusto, pero difícilmente se repondrá de la desinstitucionalización causada por Ospina en sintonía con Claudia López y Daniel Quintero Calle, quienes soterradamente le hacen el juego a Gustavo Petro y toda esa fauna política que comulga con ese modelo político-económico que ha venido ganando terreno entre una sociedad iletrada, frustrada y llena de resentimiento.

En este escenario ha sido muy fácil vender el relato comunista, aquel que cuenta que la historia de la sociedad hasta nuestros días no ha sido sino la historia de la lucha de clases. En dos palabras: opresores y oprimidos, burguesía y proletariado. Y que esta lucha solo terminará con la victoria del proletariado y el establecimiento del paraíso comunista, dónde nadie poseerá nada y todos serán completamente libres y felices.

Este relato por supuesto necesita un villano, para cuyos fines no puede ser otro que Álvaro Uribe Vélez, “responsable de todos los males del proletariado y hacia quien debe dirigirse el odio”. Y por supuesto, mártires, “si creemos que la gente crea de verdad en una ficción persuadámosla para que haga un sacrificio en su nombre. El sacrificio personal es muy persuasivo, sobre todo para los espectadores. Pocos dioses, naciones o revoluciones pueden sostenerse sin mártires”.

De ahí que se requiera sacar jóvenes a las protestas a ofrecer su vida por la causa; ayer fue Dilan Cruz, hoy Marcelo Agredo, el joven de 17 años que resultó muerto durante los desmanes en el barrio Mariano Ramos de Cali, y mañana será cualquiera; solo son fichas dentro de este juego de poder e intereses. Además, en esta construcción del relato nadie podrá poner en tela de juicio la acción virtuosa del mártir, quien se atreva no es más que un canalla.

Porque para el fascista solo existe una vara para medir la realidad. Si las ideas sirven a sus intereses son buenas, sino son malas. Y enseña a sus seguidores aquello que sirve a su discurso; la verdad no importa. Los fascistas creen favorecer los intereses del colectivo por encima de los de cualquier individuo, y exigen que ni una sola persona se atreva jamás a romper la unidad del grupo. Todo aquel que no piense como ese líder mesiánico debe ser descalificado, despreciado, linchado.

Esa es la nueva narrativa que se apoderó de Cali: los de abajo saquean, roban, vandalizan y destruyen en nombre de esa lucha de clases, y los de arriba, cada vez en mayor número se suman al coro que justifica esos hechos con argumentos tan baladís como la corrupción pública o la necesidad de acabar con el villano que les han vendido, al final unos y otros solo intentan catalizar sus propias frustraciones y resentimientos. En este escenario no hay espacio para la racionalidad.

Funcionarios y contratistas que han dado positivo para el virus han estado en contacto con compañeros sin ningún tipo de medida de contingencia, situación que prendió las alarmas en la dependencia.     

Ha pasado casi una semana desde que se notificó el primer caso positivo de covid-19 en las Empresas Municipales de Tuluá, Emtuluá, y no se ha tomado ninguna medida efectiva para contener el avance de la pandemia al interior de las instalaciones, situación que habría colocado en riesgo a otros funcionarios y contratistas.  

Aunque desde el martes de la semana pasada los funcionarios y empleados tuvieron conocimiento del resultado positivo de uno de sus compañeros, por parte de la gerencia no hubo ningún pronunciamiento, y la única recomendación es que se fueran para las casas y llamaran a la EPS, otros compañeros que tuvieron contacto con él continuaron trabajando.  

Esta semana se conoció los resultados positivos de nuevos funcionarios y contratistas sin que desde la dirección de la dependencia de la Administración Municipal se tome una medida que permita contener la aparición de nuevos casos y la contención de la pandemia en la localidad.  

Varios funcionarios no han ocultado su preocupación y se encuentran preocupados por la demora y nula gestión para que se les realice las pruebas que permitan confirmar o descartar que también son portadores del mortal virus que lleva una semana causando más de 550 muertes al día en el país.    

El corazón del Valle tiene un presente gris, es evidente la orfandad de autoridad y de un liderazgo propositivo e incluyente que invite a la recuperación de la ciudad.

Por: Robert Posada Rosero

Caminar por las calles de Tuluá se convirtió en una triste experiencia, la ciudad luce destruida, abandona, fría, como si la desesperanza se hubiera apoderado de todos sus habitantes, solo 18 meses le tomó a la actual administración matar el optimismo que empezaba a irradiar el corazón del Valle. 

Pasar por en frente del destruido Palacio de Justicia es aún más aplastante, una de las pocas joyas arquitectónicas e históricas de la ciudad quedó literalmente en ruinas, arruga el alma ver la ciudad caerse a pedazos, sin semáforos funcionando, basuras en todas la esquinas y lotes baldíos enmontados en plena zona céntrica de la ciudad.  

Quienes toleraron e invitaron a la protesta que degeneró en hechos violentos que tienen para decir ahora.

Y aunque el escenario físico se torna más lamentable cada día, ese no es el peor de los males que afrontamos, sin lugar a equívocos el más grave deterioro que sufre la Villa de Céspedes es de liderazgo, tanto gremial como administrativo; quienes hoy ocupan esos cargos se volvieron invisibles, no convocan a nadie, y al parecer, tampoco representan a nadie.  

El tulueñísmo, esa expresión de civismo y sentido de pertenencia que irradiaban los Ramiro Escobar Cruz, Gonzalo López Arango, Jorge Vásquez y tantos otros que representan esa vieja Tuluá no se ve por ningún lado, otros insignes de la ciudad se acomodan más que un desvelado, siguiendo sus propios intereses o sus odios viscerales, motivados por su arrogancia, egocentrismo y necesidad de estar vigentes, incapaces de superar el complejo de Adán.  

Esta nueva Tuluá es el reflejo de sus actuales “líderes” y gobernantes, una ciudad divida por un discurso populista y chabacán que hizo del odio de clases y el desprecio por la “gente de bien” su caballito de batalla, alineados con todo tipo de actores que dejan mucho que pensar. Un día se les ve en fotos con personajes cercanos a los carteles del cilantro y otros disfrutando de un sancocho con desmovilizados y auxiliadores de las mal llamadas exFarc.       

Sistema semafórico destruido por la acción de los vándalos y la decidia de una Administración Municipal que no hace mantenimiento preventivo ni reparativo.

Su discurso está construido sobre frases de cajón y politiqueras: que son de la gente para la gente, como si esa condición por sí sola fuera un gran mérito, o que hacen obras donde realmente se necesitan, excluyendo a una franja de la sociedad por la que no ocultan su desprecio dejando aflorar su propio resentimiento. El resultado no podía ser otro, no han hecho nada, el desgobierno es total y las obras brillan por su ausencia. 

La peor noche de Tuluá no se vivió el pasado 25 de mayo, o los ciudadanos de esta pequeña urbe del centro del Valle se sacuden o lo más oscuro de nuestra historia está por vivirse, hoy no hay una visión de ciudad ni un timonel capaz de sacar a flote un municipio que se hunde ante la actitud permisiva de todos.  Duele Tuluá, porque carece de un liderazgo que irradié amor propio, que trasmita esperanza y positivismo, duele porque siguen empeñados en la mentira como estrategia para intentar disimular que estamos ante el peor gobierno que recuerden sus gentes. Duele porque estamos a merced de odiadores irredentos, pusilánimes e incompetentes.

¿Cómo así, musitaba, que está ardiendo hasta convertirse en cenizas el Palacio de Justicia, antes Gimnasio del Pacífico, donde cursé la primaria antes de viajar a Bogotá a culminar el bachillerato?

Junio 02, 2021 Por: Jorge Restrepo Potes, exalcalde de Tuluá.

El Tuluá que yo amo no es la pujante ciudad que es hoy, sino el viejo pueblito, idéntico al que cantó al suyo José A. Morales, que al escucharlo vuelvo a los felices días cuando “por sus calles tranquilas corrió mi juventud”.

Siempre he sostenido que los años dichosos de mi vida fueron los primeros doce. Tuluá era un poblado pequeño de no más de 30.000 habitantes que a mí ahora se me ocurre que todos eran conocidos míos o de mi familia. Mis mejores amigos eran chicos de posición económica diferente a la mía, pero todos teníamos los mismos cinco centavos para entrar al Teatro Boyacá a ver las películas de Tarzán con Johnny Weismüller. Aicardo Jiménez Cruz, el popular “Caraña”, hijo de Julio y Rosa, que producían jabón de tierra, era vecino de mi casa y primer invitado a mi primera comunión y cumpleaños.

No había hondas diferencias políticas. Mi papá disputaba con Roberto Quintero la jefatura liberal, todo dentro de un mutuo respeto. Ambos fueron elegidos varias veces al Concejo, y emulaban en su amor al terruño.

Gertrudis Potes dirigía “El Círculo Potes” en donde se fraguaban todas las ideas de progreso: el Club Colonial, el aeropuerto “Farfán”, el Pabellón de Carnes, en fin, todo lo que Tuluá requería para convertirse en una ciudad moderna.

Los conservadores eran amigos de los liberales y jamás hubo disputas entre ellos. Pero llegó la violencia y aquel lugar edénico se convirtió en sede del más terrible conflicto político que duró 11 años hasta la consolidación del Frente Nacional. En ese sistema frentenacionalista mi papá y yo fuimos alcalde del pueblo. Y cuando me dio por participar en política, los liberales tulueños me apoyaron y con sus votos llegué por primera vez al Concejo local y a la Cámara de Representantes.

El martes 26 de mayo trajo para mí un golpe demoledor. Viendo las imágenes en televisión, pensé que se trataba de Ruanda, o de Camboya, o de Siria, o de Iraq. ¿Cómo así, musitaba, que está ardiendo hasta convertirse en cenizas el Palacio de Justicia, antes Gimnasio del Pacífico, donde cursé la primaria antes de viajar a Bogotá a culminar el bachillerato?

Veía los noticieros y no daba crédito a mis ojos. Volvía la mente atrás y se me antojaba que estaba en mi pupitre en clase de aritmética con el temible profesor Guillermo –“Cocacola”- Roldán, mirando por la ventana a dos estudiantes, únicas mujeres en el plantel, Leika y Dora Nisimblat Álvarez, ambas lindísimas, que iban en cursos superiores.

En aquella época, el Gimnasio del Pacífico tuvo dos rectores magníficos, Rafael Serrano y José Joaquín Jaramillo, que lo convirtieron en uno de los mejores colegios del departamento, y por sus aulas pasaron muchachos que luego escalarían destacadas posiciones en la vida nacional, como Humberto González y Cornelio Reyes.

No hay explicación posible, diferente al deseo de destruir expedientes, para que Tuluá pierda su edificio icónico, cuya bella arquitectura era orgullo de todos. Construido en 1920, guardaba ese halo de las cosas que los pueblos conservan como sus bienes más preciados. ¿Que se puede reconstruir?, claro que sí, pero para mí no será ya el antiguo colegio.

Me duele Tuluá, y me duele Colombia. ¿Será que un milagro puede sacarnos a flote de este naufragio que está hundiendo los cimientos mismos de nuestra civilización para convertirnos en una horda bárbara que dirime sus diferencias acabando con los referentes de la cultura y de la justicia?

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Tal vez en eso consista oír a la calle. En ser capaces de encontrar una fórmula dentro del Estado social de derecho que tenemos para que cada voto cuente y cada voz sea efectivamente escuchada.

Por: José Manuel Acevedo

Tomado de El Tiempo. 31 de mayo 2021.

Si lo que claman las personas que han salido a marchar durante un mes continuo son cambios estructurales, ¿qué tal si resolvemos alguna parte de estos problemas por la vía de la democracia directa? ¿Qué tal si es la misma gente la que se encarga de transformar con sus votos lo que le parece que anda mal? ¿Qué tal si, en vez de que unos señores regordetes siguen hablando de su “pliego de emergencia”, somos nosotros, los colombianos, los que libre y serenamente votamos por un conjunto de preguntas puntuales un domingo durante el segundo semestre de este año? ¿Qué tal si, en lugar de seguir bloqueando y perdiendo tanta plata y sobre todo tantas vidas, nos dedicamos de aquí a allá a concertar el cuestionario sobre el que queremos opinar sin que nadie más se arrogue nuestra vocería?

Tal vez en eso consista oír a la calle. En ser capaces de encontrar una fórmula dentro del Estado social de derecho que tenemos para que cada voto cuente y cada voz sea efectivamente escuchada. Ese camino puede llamarse ‘referendo’. No es tan transgresivo como una constituyente, que se sabe cómo comienza pero no cómo termina, y en todo caso tampoco es tan inocuo como una consulta o un plebiscito. Puede lograr cambios reales, aprobar o derogar normas de rango legal o constitucional sin que lleguemos, insisto, al extremo de echar por la borda nuestras conquistas democráticas. Por supuesto que exige que un número alto de colombianos salgan a votar para que sus resultados se tomen en cuenta, ¿pero luego esta “fuerza imparable” que estamos viendo en las ciudades no sería capaz de llenar las urnas y reemplazar las arengas por transformaciones efectivas?

Un referendo, además, es altamente participativo. Si el Presidente asume el liderazgo de este y se sienta a debatir sobre las preguntas exactas que debería contener, regionaliza la conversación por algunas semanas y de ese ejercicio saca cinco o diez cuestiones para que los ciudadanos se pronuncien, el texto iría a control del Congreso de la República, con lo cual todas las fuerzas políticas pueden contribuir a la elaboración de ese cuestionario y, como si fuera poco, la Rama Judicial también intervendría, pues antes de llegar a los ciudadanos, la Corte Constitucional debe conceptuar sobre este.

Mediante un referendo podríamos, por ejemplo, debatir cosas como las que están trancando la discusión entre el Gobierno y el comité del paro, y que los colombianos en su leal saber y entender podrían dirimir de una forma más expedita. ¿Está de acuerdo con la reasignación de una parte del presupuesto para garantizar durante los próximos cuatro años la sostenibilidad de la matricula cero? ¿Cree que los partidos políticos deberían estar obligados a que un 15 por ciento de sus listas a corporaciones públicas esté conformado por jóvenes de entre 18 y 26 años para alentar su participación real en los órganos de decisión? ¿Está de acuerdo con que en los próximos dos años el Estado garantice una renta básica (por el valor que con realismo decida incluirse en el cuestionario)? Inclusive: ¿cree que el Gobierno debe reanudar los diálogos con el Eln y por mandato legal sentarse a negociar antes de los próximos dos meses?

Lo que está claro es que este país no aguanta más que nos estanquemos en una situación en la que todos estamos perdiendo. Una opción plural y amplia como la que representa un referendo deja aislados a los violentos, pues solo los que están interesados en destruir continuarían en las calles, tirando piedra e incendiando, y para ellos únicamente quedaría el lenguaje de la contención con el uso legítimo y proporcional de la fuerza.

Por eso pregunto: ¿y si hacemos un referendo?

El maestro no es ya el otrora respetable educador de la niñez, la adolescencia y la juventud, sino un adoctrinador que les inculca ideas disolventes e incita a rebelarse contra la autoridad legítimamente establecida.
Por: Jesús Vallejo Mejìa, exmagistrado de la Corte Suprema.

No otro calificativo merece lo que está sucediendo entre nosotros en estos días aciagos.

La movilización ordenada por el Comité de Paro y los políticos que parecen controlarlo no solo es ilegal por donde se la mire, sino profundamente inmoral.

En efecto, sólo a mentes demasiado perversas puede ocurrírseles que, en medio de una pandemia de las dimensiones que la que desde hace más de un año venimos padeciendo y de la crisis económica que la misma ha suscitado, se promueva un sinfín de desórdenes que han desarticulado el aparato productivo del país, con lo que eso conlleva en términos de pérdidas económicas, cierre de empresas, desempleo, desabastecimiento de las comunidades, destrucción de infraestructura y, en últimas, hambre en centenares de miles de familias.

Parece que a tales desalmados sólo les interesa agudizar los conflictos para que la situación del país empeore, dentro de la lógica según la cual «en río revuelto, ganancia de pescadores».

Pero, ¿qué resultados obtendrían de su empeño declarado de doblegar al presidente Duque, enervar su gobierno e, incluso, obligarlo a abandonar el poder? 

Ellos estimulan una indisciplina social proclive a la anarquía que se volvería en su contra si por desventura lograsen realizar sus proditorios cometidos.

Es escandaloso que en esta campaña infame participe Fecode, organización que agrupa a los educadores del sector público. ¿Qué ejemplo les dan de ese modo a sus educandos?

He ahí uno de los más deplorables ingredientes de la crisis de nuestra sociedad. El maestro no es ya el otrora respetable educador de la niñez, la adolescencia y la juventud, sino un adoctrinador que les inculca ideas disolventes e incita a rebelarse contra la autoridad legítimamente establecida. Llama la atención que hoy se considere que en virtud de la separación de la Iglesia y el Estado que consagró desde 1991 la Constitución Política la enseñanza y los símbolos religiosos deben proscribirse en el sistema educativo oficial, pero en cambio tengamos que tolerar que se imponga el pensamiento único de una ideología totalitaria y liberticida que ya ha envenenado la mente de varias generaciones de nuestros compatriotas. Defender en la escuela los valores patrios es objeto de severa proscripción; no lo es, en cambio, aplicarse a corromper a las nuevas generaciones valiéndose de la autoridad que de suyo rodea a los maestros.

Unos dirigentes sindicales que disfrutan de prebendas a las que sólo tienen acceso las capas más adineradas de la sociedad se aplican a servir los apetitos de políticos oportunistas, olvidando el gravísimo perjuicio que les están ocasionando a las masas trabajadoras que tienen que esforzarse cada día para el sustento de sus hogares. Los que ahora encuentren sin surtido los anaqueles de tiendas y mercados, o tengan que sufrir la carestía derivada de la escasez, deben reflexionar acerca de quiénes son los causantes de sus dificultades. No son las autoridades, que quieren que haya orden, sino esos agitadores que atentan contra el mismo.

En momentos en que las dificultades deberían convocar a la unidad de todos los estamentos sociales para superar la pandemia y la crisis producida por ella, unos sinvergüenzas que se autoadjudican la vocería del pueblo agudizan las contradicciones para así empeorar una situación que de por sí ya es procelosa a más no poder.

Bueno es mirar las peticiones del Comité de Paro, a fin de darse cuenta de que ellas no están pensadas en beneficio de los trabajadores y estudiantes a quienes dicen representar sus miembros, sino de intereses oscuros de políticos extremistas, narcotraficantes y revolucionarios enardecidos por sus delirios ideológicos. 

Como le respondí a un periodista que pidió mi opinión sobre lo que está ocurriendo, me niego a aceptar que un movimiento que dice dar satisfacción a las demandas de los jóvenes centre sus objetivos en la defensa de los cultivos de coca y, por ende, en los intereses del narcotráfico. ¿Así de corrompidos estamos?

Es más que insensata la sevicia con la que atacan locales comerciales, sedes de bancos, supermercados o bloquean carreteras.

Por: Maritza Aristizábal Quintero.

Qué equivocados están muchos cuando hablan de empresarios y lo asocian a personajes ególatras, encerrados en sus oficinas, aprovechándose de sus lacayos, enriqueciéndose mientras oprimen a sus trabajadores, insensibles, codiciosos, capitalistas despiadados e inescrupulosos. En un país como Colombia, nada más alejado de la realidad. Acá ser empresario es un ejercicio de resiliencia y de valentía. Se trata de superarlo todo: desde la infinita burocracia, hasta la altísima carga impositiva, las extorsiones de actores armados, la inseguridad y la amenaza de orden público; ahora también deben sobreponerse a la pandemia y por si fuera poco a eternas semanas de protestas, bloqueos y saqueos.

Ser empresario y no morir en el intento es para valientes. Según un estudio de Global McKinsey son más las probabilidades de fracasar que las de sobrevivir: cerca de la mitad de las pequeñas y medianas empresas del país se quiebra después del primer año y solo 20% resiste al tercero. Un empresario es simplemente alguien como usted, como yo o como cualquiera de los que hoy se toman las calles, pero que un día creyó en que él era el responsable de hacer realidad su propio sueño – él y no el Estado benefactor-, una persona que lo invirtió y lo arriesgó todo para hacer realidad su proyecto. Y no es ni siquiera el propósito egoísta de beneficiarse solo: una empresa es todo un ecosistema de bienestar. De un solo empresario pueden depender directamente cinco familias como en el caso de una cafetería o panadería, o pueden depender 50.000 como con uno de los grandes bancos del tan impopular sistema financiero.

Son los empresarios los grandes generadores de empleo, los que pagan impuestos, los que empujan los indicadores económicos, los que hacen que una familia pueda salir adelante, los que crean la marca país. Las empresas no son, como equivocadamente algunos señalan, un apellido: los Ardila, los Sarmiento los Santodomingo. Las empresas son los miles de trabajadores que mueven la compañía y las miles de familias que dependen de ellas. mejor dicho, sin empresas no hay empleo formal; y sin empresas y con desempleados, no hay impuestos ni ingresos para un Estado. La ecuación, que empezó con la quiebra de compañías, termina con un país pobre, una economía arruinada y, sin lugar a vacilaciones, un sistema represivo.

Es paradójico porque hoy una de las principales preocupaciones de quienes salen a manifestarse es el desempleo. Pero están extinguiendo sus propias posibilidades: si quieren un trabajo formal deben ser contratados o por una empresa privada o por una entidad estatal y si su condición es “independiente” quizá ellos mismos sean empresarios. Por eso es más que insensata la sevicia con la que atacan locales comerciales, sedes de bancos, supermercados o bloquean carreteras. No se entiende porque celebran como un triunfo que se pierdan cargas completas, se mueran pollos, reses y se desperdicien miles de toneladas de alimentos. Las protestas perdieron la conciencia, saben qué quieren, pero no entienden como están peleando por ello; son ciegos frente a la cadena de destrucción desatada. Reclamando por derechos como empleo, salud y educación están acabando con el principal factor de riqueza en el país: la empresa privada. Así solo se escribirá un final: el de un país de pobres.

“Mientras unos lloran otros hacen los pañuelos”, dice uno de los románticos de la ‘revolución’, lo que se podría traducir en mientras unos hacen los bloqueos los otros los sufren o mientras unos alientan desde las redes los otros ponen los muertos.    

Tuluá, una ciudad situada en el sur occidente de Colombia, a una hora de Cali, la capital del Valle del Cauca se convirtió en un municipio sitiado desde hace 23 días, donde escasean los alimentos y medicinas, y las filas para conseguir un galón de combustible se extienden por cinco y seis horas, cuando se consigue, situación que tiene a sus 220 mil habitantes sumidos en la impotencia, un sentimiento que se empieza a transformar en frustración y rabia.  

En las redes abundan los mensajes de jóvenes y adultos que reclaman por sus derechos, quienes alientan el paro nacional, y se hacen llamar así mismos ’La Resistencia’, esa que ha generado la escasez que se empieza a sentir en todos los sectores, pero que golpea más duro, como siempre, a los más vulnerables, y que tiene a una gran franja de la población desesperada. 

Salir o entrar al municipio se convirtió en una aventura peligrosa, como si vivieras una película futurista del fin del mundo, obligando a quienes deben movilizarse a intentar sortear los bloqueos montados por unos grupúsculos de muchachos que se autoproclamaron la nueva “autoridad”, ellos deciden quién y qué entra y sale; los otros, ciudadanos agobiados por sus compromisos laborales, médicos o profesionales tienen que ingeniárselas para buscar caminos alternos por vías destapadas entre cañaduzales que circundan los centros poblados, exponiendo su seguridad y vida. 

Como parte del segundo grupo, ese que debe trabajar todos los días para subsistir, tuve que intentar conseguir un transporte al aeropuerto de Cali, un viaje por el que normalmente se paga en 180 mil pesos, encontrándome con que ahora lo hacían por 350 mil pesos, sin la seguridad de llegar al destino; decidí entonces buscar una opción menos costosa. Esta vez llamé a un número que publicaron en Facebook y en el cual ofrecían viajes en motocicleta; el precio 140 mil, pero el acento de extranjero de mi interlocutor me hizo desistir de esa idea. Opté entonces, sacrificando mi golpeada economía por una vía más segura, los vuelos chárteres que están realizando desde el aeropuerto local.   

Muchos intentan salir como sea de una Tuluá sitiada por los bloqueos ilegales.

Al llegar al pequeño terminal aéreo, me encontré una larga fila, personas angustiadas y desesperadas, quienes bajo el inclemente rayo de sol esperaban ansiosos superar la malla que da ingreso a la pista y el pasaporte a la libertad. Me impresionó la cantidad de personas que esperaban por los dos vuelos a Cali y uno a la ciudad de Bogotá. Todos angustiados, con la cara larga, como si fueran para un velorio. Y mientras esperábamos llegó la primera noticia de los bloqueos: desconocidos irrumpieron en un cañal cercano a las barricadas montadas en la entrada o salida norte de Tuluá y dispararon contra unos jóvenes que permanecían obstaculizando la libre circulación por esa vía nacional. El resultado dos muertos y tres heridos. Los viajeros escasamente comentaron el tema, al parecer ellos ya vivían su propia tragedia. 

Sin mucho por hacer, además de esperar y rogar para que los vuelos que tenían más de una hora de retraso no fueran cancelados, terminé escuchando la conversación telefónica de una señora que debía viajar al día siguiente hacia Alemania, pero ante el temor de perder su viaje y después de 20 días de “secuestro”, que la obligaron a aplazarlo en dos ocasiones, decidió irse con un día de antelación al terminal aéreo de Cali. Muchos no sentirán empatía por ella, seguramente se trata de una vieja elitista y burguesa que decidió irse de viaje en lugar de quedarse apoyando la “revolución”.  

Vestida de sudadera y cómodos tenis le decía a su interlocutor que llevaba un termito con café en leche para comer algo en la noche y que al llegar al aeropuerto intentaría buscar un hostal cercano, porque un señor (yo) le había explicado que en el aeropuerto no había hotel, advirtiéndole que estaban cobrando hasta 250 mil la noche, aprovechándose de los bloqueos que hacen parte del paro nacional. También escuché que tuvo que pagar, además de los 390 mil del pasaje del vuelo Tuluá-Cali, otros 260 mil por exceso de equipaje. “Son unos ladrones”, se quejó. Terminó su conversación agregando que al día siguiente se tomaba un cafecito en Juan Valdez, “pero usted sabe como es eso de caro allá, mija”.               

Colgó, me miró y sonrió con un dejo de tristeza. No quise preguntar nada, no me sentía con ánimos de inquirir por su vida, las razones por las que vivía en el exterior ni ningún otro detalle de su existir, solo miraba el reloj preocupado por mi propio vuelo, pero ella no se rendía, me dijo que se iba muy angustiada con la situación, que como se estaba poniendo todo de caro por el paro ahora no alcanzaría la platica que enviaba para sus familiares. “Esto se puede poner muy feo y uno sin la posibilidad de podérselos llevar”.  

Por un vuelo Cali-Bogotá que usualmente cuesta 50 mil pesos se debe pagar en casi 10 veces sus valor.

Sobre las 5:35 de la tarde llegó el primer avioncito, en una carrera contra el reloj porque debían descender los pasajeros, bajar maletas y carga y abordar nuevamente, todo antes de las 6:00 de la tarde, debido a que la pista no tiene luces, solo autorizan vuelos hasta esa hora. Los vuelos salieron con cupo completo, pero nadie se veía feliz, como si cargaran la procesión por dentro. Instalado en Bogotá recibí nueva información de los bloqueos en Tuluá. Otra incursión armada, en otro punto donde los manifestantes obstruyen la libre circulación de todos. El balance otros dos muertos y otro herido.  

También recibí un audio de un conocido que pudo cruzar de San Pedro a Tuluá, lo logró tras demostrar que pertenecía al sector salud y que tenía cita para aplicarse la segunda dosis de la vacuna contra el covid. “Da tristeza ver a lo largo de la vía desde Confandi hasta Tuluá. Todo destruido, desolado, acabado, como en esas películas. Que pesar, como lo volvieron todo”. 

Agobiado por nuestra nueva realidad nacional, y sin animarme a revisar los varios grupos de periodistas en los que estoy en la plataforma de WhatsApp, solo revise unos cuantos contactos. “Hola Robert, sigues en Tuluá, yo voy a tratar de ir el domingo o lunes, está muy caliente aquí en Cali”, me dijo un amigo. Aunque no quería desanimarlo le conté de los dos hechos violentos de nuestra ciudad. En donde al parecer ante la falta de autoridad siempre termina imponiéndose el diálogo de los fusiles. Ese traqueteo que siega vidas ante la incapacidad de escuchar al otro y sus justos reclamos.      

99 empresas del centro y norte del Valle exigieron a los mandatarios locales, regionales y nacionales ejercer el mandato y la autoridad que el pueblo les dio con el fin de garantizar los derechos de los ciudadanos de la región.

Los empresarios advierten que hay más de 3.055 empleos en riesgoe hicieron un enérgico llamado para que tomen las medidas necesarias, orientadas a salir de esta compleja situación, garantizando la seguridad de los ciudadanos, el funcionamiento de las empresas y el abastecimiento de los hogares.

En el comunicado emitido en Tuluá, este lunes 17 de mayo de 2021, además se refieren a los devastadores efectos que ha producido la pandemia, en la cual la gran mayoría de las empresas pasan por momentos críticos de estabilización; ahora nos vemos inmersos en otra problemática que puso freno a la cadena productiva de nuestras empresas, literalmente estamos al borde del precipicio y están en riesgo miles de empleos de los cuales depende el sustento de muchas familias de nuestro territorio.

En ese orden de ideas, nos permitimos expresar lo siguiente:
• Somos conocedores que hay una deuda histórica del Estado con una gran parte de la población de nuestro país, y que esas son razones suficientes para mostrar el inconformismo.

• Reconocemos y apoyamos la protesta pacífica como mecanismo de expresión, en contra de las malas políticas del gobierno para generar equidad
e igualdad.

• Estamos convencidos que, para solucionar la problemática del país, los aportes y sacrificios deben venir de parte de todos.

• Rechazamos los bloqueos porque no son una manera pacífica de protestar, por el contrario, violentan el derecho a la salud, al trabajo, a la alimentación, derecho a la libre movilidad, a la seguridad, como también rechazamos las vías de hecho como mecanismo de protesta.

• No aceptamos los bloqueos de las vías, porque esto afecta directamente es a la población. Ya vemos con preocupación escasez de productos básicos para el sustento familiar, escases de combustibles, medicamentos, alimentos
para los animales, entre otros.

Empresarios del centro y norte del Valle del Cauca cuestionaron la falta de autoridad de Mandatarios locales.

• El bloqueo de las vías tiene hoy en riegos miles de empleos, de los cuales dependen las familias vallecaucanas.

• Poner en jaque a las empresas es jugar con el trabajo de nuestra ciudadanía y con los tributos los cuales el Estado financia la mayoría de los programas sociales del gobierno.

• Somos respetuosos de la constitución, por eso respaldamos la institucionalidad como punto de convergencia para superar las diferencias.

• Las herramientas constitucionales pueden ser ejercidas por los alcaldes, en sus regiones, por lo que solicitamos sean utilizados para garantizarnos nuestro derecho al trabajo, a la libre movilización, a la vida.

Jueves, 6 Mayo, 2021 – 09:44

Desde la mañana de este 6 de mayo distintas cuentas adscritas al Ministerio de Defensa, así como perfiles de altos generales del Ejército tenían como foto de perfil una imagen de fondo negro con el texto “intento de bloqueo”.

Sin embargo, el Gobierno Nacional aclaró que no se trata de la vulneración de sus sistemas, sino que los mensajes se deben a una campaña de redes sociales originada desde el Ministerio de Defensa.

Cuentas en Twitter y otras en Facebook de instituciones como la Policía Nacional, la Fuerza Aérea Colombiana, la Armada Nacional y otras más también se visualizaron con estas imágenes en sus perfiles. 

El hecho causó conmoción en los usuarios de redes sociales quienes atribuyeron el aparente “hackeo” a Anonymous, pues en los últimos días el grupo de hackers de presencia mundial se había atribuido el ataque a plataformas como la del Ejército e incluso la Presidencia de la República. 

Parece que Duque valorara lo que ocurre como un simple asunto de “marchas” indóciles y no realizara los objetivos revolucionarios de éstas.

Por: Eduardo Mackenzie

Colombia vive horas dramáticas. No por un gran desastre natural, ni por un auge feroz de la pandemia del Covid, sino por una ofensiva relámpago que pocos habían previsto de fuerzas irregulares movidas y dirigidas por la narco-subversión.

Nunca como hoy, en los últimos 50 años, se había planteado con tanto realismo el punto decisivo del poder en ese país latinoamericano.

Al momento de redactar esta nota, la cuestión es: ¿por qué han entrado en fase de parálisis total, de la noche a la mañana, las instituciones, las fuerzas de defensa y las autoridades legítimas que el país tenía?

Tras una ola muy bien concertada de ataques violentísimos contra la fuerza pública (más de una veintena de estaciones de policía han sido incendiadas, muchas con su personal adentro), y de asaltos contra el sistema bancario, industrial y comercial, y contra el transporte urbano, por parte de grupos exaltados que dicen luchar contra una impopular reforma fiscal que el gobierno retiró hace casi una semana, las calles y centros neurálgicos de las tres principales ciudades del país, Bogotá, Medellín y Cali, quedaron en manos de compactos piquetes de vándalos.

Esos “manifestantes”, muchos de ellos armados con garrotes, piedras, cuchillos, bombas incendiarias y armas de fuego, han logrado paralizar sectores completos de esas ciudades y, sobre todo, han establecido una situación de doble poder en las vías terrestres de entrada y salida de esas ciudades, sin que los alcaldes verdes (tipo sandía) de esas tres ciudades hayan hecho nada para liberarlas.

Los manifestantes violentos no ocultan sus objetivos: convertir en rehén y aislar la ciudadanía de esas capitales e impedir la llegada de abastecimientos de alimentos y de los medicamentos y aparatos para luchar contra el Covid. Consecuencia: millones de personas temen en estos momentos por sus vidas y por sus bienes y piden al gobierno nacional que restablezca el orden.

Este, sin embargo, simula la sordera más absoluta: parece incapaz de tomar decisiones legales que estén a la altura de la crisis. El presidente de la República se ve abatido e impotente. Es como si él hubiera olvidado los poderes que le otorga la Constitución Nacional para salir de semejante dificultad y poner en su sitio a los alcaldes negligentes en materia de orden público.

Mientras tanto, el poder difuso que ha tomado en parte el control de los centros urbanos consolida sus posiciones.

Es cierto, el jefe de Estado alcanzó a musitar algunas frases tímidas, como aquella de que él podría solicitar “la asistencia” de los militares y que podría “decretar el estado de conmoción interior” en vista del “recrudecimiento de la violencia de las marchas”. Dice que quiere “construir soluciones” y “escuchar a la ciudadanía”. Sin embargo, esas ideas no trascienden, no se traducen en actos de gobierno, enérgicos y precisos, capaces de romper la dinámica subversiva en curso.

Parece que Duque valorara lo que ocurre como un simple asunto de “marchas” indóciles y no realizara los objetivos revolucionarios de éstas.

¿Aconsejado no se sabe por quién, Iván Duque optó por dejar pudrir la situación hasta que ésta se agote por sí misma? Si ello es así, el presidente habría escogido la salida más peligrosa.

¿Qué explica esa ausencia de voluntad para ponerle fin realmente a las asonadas que están causando la desgracia de tantos hogares? Las cifras más disímiles corren en los medios. Unos hablan de una veintena de muertos. El ministro de Defensa, Diego Molano, presentó otras cifras: 579 policías están heridos. De ellos, 464 fueron lesionados, 93 fueron heridos con cuchillos y machetes y 3 a bala. A Molano se le olvidó la muerte del policía Solano, apuñalado en Soacha. Quince policías fueron heridos por explosivos e incendios. Hay 25 policías hospitalizados. De los 515 vándalos capturados, 15 son extranjeros.

Agregó que fueron decomisadas 140 armas de fuego y 5 672 cuchillos. Pero el ministro no ha dado detalles acerca de quién objetivamente está impartiendo la muerte a estas alturas. La ausencia de una descripción valorativa de esos crímenes ha sido aprovechada por la subversión para manipular a los gobiernos extranjeros. Pretenden convencerlos de que la ola delincuencial de estos días no existe y solo hay en las calles jóvenes idealistas que están siendo “masacrados” por el gobierno “derechista” de Iván Duque.

Esa visión falsa es lo que les ha permitido a la ONU y la Unión Europea traicionar una vez más a Colombia. Ayer, mientras los asaltantes disparaban con armas de fuego y trataban de quemar vivos a una decena de policía en el sur de Bogotá, la policía era acusada por esos organismos de hacer un “uso desproporcionado de la fuerza”.

A causa de la orden de no reaccionar ante los ataques de los manifestantes, algunos policías han dejado que sus colegas sean derribados y golpeados sin piedad en su suelo por los alzados, como muestra un dramático video que circula en las redes sociales. Otros uniformados están pidiendo a la gente, por las redes sociales y desde las calles, que los ayuden a salvar sus vidas. Algunos policías que llegan vestidos de civil a sus casas, al final de la jornada, han sido atacados y heridos con cuchillos. Nada como eso se había visto antes en Colombia.

La ausencia de órdenes e instrucciones precisas a la fuerza pública para que puedan defenderse y dispersar a los amotinados y levantar los cercos contra las ciudades, ha sembrado el horror en el país.

Creyéndose vencedores, los sindicatos comunistas, motores de las acciones del 28 de abril (Fecode, la CUT y la CGT), siguen fomentando la anarquía, hasta hoy 5 de mayo. Inconsciente, el gobierno sigue dándoles el título honroso de “líderes de la movilización popular” a gente que está trabajando un problema diferente: ¿para qué negociar con Duque si el poder está derrumbándose y la lucha revolucionaria está entrando en una fase avanzada si no final?.

El senador extremista Gustavo Petro, el cerebro de esta estrategia y arquitecto incitador de las marchas violentas, aspira a limitar aún más el discurso y las decisiones de Iván Duque. Petro llama ahora a concentrar la presión sobre Duque para obligarlo a capitular haciéndole creer que ha negociado.

El ELN y las FARC, por su parte, salieron del bosque y dijeron en panfletos que se “suman al paro” y que por lo tanto reiteran sus habituales amenazas contra los sectores industrial, comercial y financiero del país. Dos grupos paramilitares activos también en el tráfico de drogas, las Águilas Negras y las Aupm, replicaron que ellas atacarán a los “marchantes” a quienes ven como auxiliares de sus rivales.

Así, el pueblo colombiano sufre en directo los horrores de una narco-revolución. Pues ese es el núcleo central e invisible de lo que está ocurriendo. Los jefes narcos podrían tener hasta dos líneas en estos momentos. Unos quieren derribar a Iván Duque cuanto antes para improvisar enseguida un gobierno títere de perfiles inciertos y con personajes siniestros. Otros que se creen más astutos piden seguir modelando al gobierno hasta que retire el anuncio de que podría utilizar la fumigación aérea contra los cultivos de coca. Esa fumigación no ha comenzado pero la sola mención de tal cosa hizo que los jefes subversivos se histerizaran y aceleraran sus planes con los resultados que estamos viendo.

Hoy vi gente con odio en las calles, odio por lo que tú tienes y ellos no, vi gente con deseo de tener lo que ellos quieren que tu no tengas. Hoy vi a jóvenes odiando sin saber por qué y vi jóvenes que odian por lo que les dijeron que tenían que odiar. 

Por: caleño anónimo con dolor de ciudad

He visto pasar a quienes tienen secuestrados a millones de personas moviéndose de barricada en barricada en sus ancestrales y tradicionales camionetas 4×4 último modelo, encintadas con los colores de la guardia indígena y políticos con pancartas del congreso.  

Ellos pasando revista e incitando a mantener los bloqueos que tienen desabastecida la ciudad y anulan el derecho a la movilidad, al trabajo, a la salud.  El derecho a protestar sin límites de unos cuantos por encima de los demás derechos de las mayorías.  

Hoy vi lo que nos espera con el socialismo, filas enormes en una panadería para comprar un solo pan, estaciones de combustible cerradas por no tener gasolina, negocios cerrados y las lágrimas de sus dueños al ver como sus negocios murieron no por efecto del gobierno ni de la pandemia sino porque sus clientes no pudieron llegar por los bloqueos.  

Hoy vi las calles llenas de escombros, señales de tránsito dobladas en el piso, estaciones del transporte público en ruinas, buses en cenizas, fachadas de edificios destruidas, como si una enorme bomba hubiese caído en el centro de la ciudad.  

Violentos, al mejor estilo de colectivos chavistas, deciden quién pasa y quién no en las barricadas en Cali.

Hoy vi gente con odio en las calles, odio por lo que tú tienes y ellos no, vi gente con deseo de tener lo que ellos quieren que tu no tengas.  

Vi gente asustada, preocupada. 

Vi gente con la esperanza que el cambio que queremos no nos arrolle como una locomotora sin control. 

Hoy vi gente feliz por la destrucción y el caos. 

Hoy vi jóvenes que quieren un nuevo país pero que desconocen el país que vivieron sus padres. 

Hoy vi a jóvenes odiando sin saber por qué y vi jóvenes que odian por lo que les dijeron que tenían que odiar. 

En medio del sentido que pueda tener este secuestro social al que nos han sometido unos pocos, es mayor el sin sentido de destruir lo que hay que reconstruir después, con los recursos públicos, que los que destruyen, reclaman se deben invertir mejor. La protesta es justa y necesaria y hay que hacerla, claro existen suficientes motivos para hacerla. 

Hoy he visto al mejor estilo bolivariano a los colectivos decidiendo quién pasa y quien no, he visto a los colectivos controlando sectores diciendo quien sale y quien no, quien come y quien no. 

Hoy he visto el socialismo del siglo XXI en acción en la otrora ‘Sucursal del Cielo’, la cual en virtud de una protesta controlada por fuerzas oscuras la convirtieron en el ‘Caldero del Diablo’. 

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