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Antonov, el sueño de la ingeniería de la Unión Soviética que se convirtió en icono mundial
En 1988 hizo su primer vuelo, luego estuvo una decada en tierra semidesarado, en la decada del 2000, llegaron propuestas comerciales para darle uso, y su tamaño por supuesto era el apropiado para extracargas. En 2002 de nuevo, estuvo en el cielo.

Es el único avión de ultracarga que se había convertido en toda una ‘celebridad’, aunque fue diseñado y armado en la Unión Soviética, el Antonov  es comercial y también ha servido para labores humanitarias.

Noticias Internacionales.

Desde el fin de semana se especula que el avión Antonov An 225 pudo quedar destruido tras el bombardeo, que sería ruso, al hangar donde se encontraba en Ucrania.

De ser así, sería una gran perdida para la ingeniería aeronaútica y el transporte de carga en el mundo.

Antonov, el sueño de la ingeniería de la Unión Soviética que se convirtió en icono mundial.

«Transporta las cargas más pesadas de la tierra» con largos trayectos que parecían imposibles, indica el documental ‘Maravillas de la Ingeniería’.

Las imágenes de satélite no permiten ver con claridad cómo quedó la aeronave de ultracarga, un icono mundial de la aviación. Y por tierra, dado que las tropas rusas se tomaron la zona, no se ha podido hacer verificación tampoco.

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«No tenemos reportes de las condiciones técnicas de la aeronave», había informado Antonov Company, la empresa que opera este avión.

Ese mismo mensaje lo retuiteó este lunes.

El gobierno ucraniano dijo que si hubo destrucción en el lugar, Gostomel, donde tenían en mantenimiento el Antonov. Pero hasta ahora se desconoce cómo quedó.

Además, en este momento, estaría en manos rusas.

«Un logro de la ingeniería humana, una proeza de la ciencia, el diseño y las matemáticas»: ‘El coloso del aire’.

La insignia International Cargo Transporte convitió al 225 en una ‘celebridad’ del cielo en el mundo. A donde llegaba era recibido por cientos de personas en los aeropuertos.

Dolorosa perdida

El AN-225, Mriya (Мрія) que significa ‘sueño’, fue diseñado para transportar el transbordador soviético Burán y otros grandes componentes del programa espacial soviético.

Quienes han seguido su historia, recuerdan que el Antonov «nunca fue diseñado para la guerra, fue hecho para la ciencia y la paz».

En 1988 estuvo completamente listo y operativo.

Se pensó en construir otros, pero su gran tamaño, costos y demás, impidieron ese proyecto, y la misma aeronave estuvo un tiempo sin ningún uso.

Surcó cielo en Norteamérica, Europa, África, Asia y hasta América Latina.

Estuvo varios años semidesarmado, sin ningún uso tras el colapso de la Unión Soviética. Ucrani lo heredó.

En la decada del 2000, llegaron propuestas comerciales para darle uso, y su tamaño por supuesto era el apropiado para extracargas.

Dos años pasaron en los arreglos, adecuación y para ajustarlo a la flota que tenía Antonov Airlines, una aerolínea de carga especializada en cargas enormes.

Para ingenieros aeronaútico, esta aeronave es «de toda una maravilla de la tecnología humana». Creen que fue un privilegio verlo volar.

«Un logro de la ingeniería humana, una proeza de la ciencia, el diseño y las matemáticas… Pero trascendió eso», indican.





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El 11 de enero de 2002, vestidos con monos color naranja y procedentes de un vuelo militar, llegaron a Guantánamo los primeros 20 detenidos de un nuevo centro de detención para sospechosos de terrorismo ideado por el Gobierno de Estados Unidos en plena conmoción por los atentados del 11-S. La ubicación, en una enorme base naval al sureste de Cuba, ofrecía un margen de maniobra extremo a sus custodios: las leyes y garantías estadounidenses no eran aplicables, abogados y familiares no tenían acceso y, según advirtió el presidente George W. Bush al abrirlo, la Convención de Ginebra no cubría a sus reos. Estos eran, en palabras del Pentágono, “lo peor de lo peor” y el país estaba en guerra, así que todo valía.

Guantánamo se acabó convirtiendo en símbolo de abusos y torturas por parte del país que se precia de ser el faro de la democracia. Llegó a albergar a casi 680 presos. El propio Bush quiso cerrarlo; su sucesor, el demócrata Barack Obama, lo intentó durante años; Donald Trump frenó el proceso pero Joe Biden llegó a la Casa Blanca con la promesa de hacerlo. Este martes, al cumplirse 20 años de la apertura, la prisión más infame sigue abierta con 39 presos, para disgusto de las organizaciones de derechos humanos y del propio Gobierno. Las dificultades para trasladar a los prisioneros, debido en buena medida a las restricciones impuestas por el Congreso, la han convertido en una mancha indeleble en la lucha de Estados Unidos contra el terror.

Policías militares trasladan a un detenido en la prisión de Guantánamo 
 (Cuba), el 6 de febrero de 2002.
Policías militares trasladan a un detenido en la prisión de Guantánamo
(Cuba), el 6 de febrero de 2002.
LYNNE SLADKY (AP)

Diez de los 39 internos están imputados por cargos, entre ellos, cinco acusados de ayudar a planear los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, que se cobraron la vida de 3.000 personas. Pero aún no han sido juzgados y eso incluye a Jaled Sheij Mohammed, que se declaró cerebro de los atentados. Otros dos presos sí han sido sentenciados y están cumpliendo condena: Ali Hamza Sulayman al Bahlul, un ayudante de Bin Laden que afronta cadena perpetua, y Majid Khan, un pakistaní residente en Maryland que participó en varios planes de Al Qaeda y termina su tiempo entre rejas el próximo mes.

El resto no ha sido acusado a lo largo de estos 20 años pero siguen en Guantánamo con el argumento de que son detenidos de guerra dentro del conflicto con Al Qaeda y pueden permanecer allí por tiempo indefinido. Un panel que revisa su situación ha recomendado el traslado de alrededor de una docena de ellos, pero eso no es sencillo. En todo su primer año de Administración, Joe Biden solo ha sido capaz de transferir a un reo, Abdul Latif Nasir, que fue recibido -y detenido nada más llegar- por Marruecos.

El procedimiento para poder llevar a cabo un traslado es complejo y sujeto a restricciones clave. Primero, es necesaria la recomendación del Consejo de Revisión Periódico, un panel que reúne a seis agencias de seguridad diferentes del Gobierno. Luego, el Departamento de Estado tiene que llegar a un acuerdo con un tercer país y este no puede ser ninguno que no asegure el respeto a sus derechos humanos o no pueda garantizar el control de ese detenido. Una vez logrado el acto, el jefe del Pentágono debe informar al Congreso. Todo este proceso se puede llegar a eternizar. O peor. En el caso de Abdul Latif Nasir, el único al que ha podido trasladar Biden hasta ahora, la aprobación para el plan llegó en 2016, pero el Gobierno de Trump decidió dejar el caso en un cajón.

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El Congreso también prohíbe el traslado de estos presos a Estados Unidos con el argumento de su peligrosidad y, además de todo eso, prohíbe el uso de fondos públicos tanto para su traslado a países extranjeros o a suelo estadounidense, como para cualquier ampliación o construcción en las actuales instalaciones. Biden ha pedido con poco éxito que el Capitolio revoque estos condicionantes. En una sesión en el Senado en diciembre, los republicanos dejaron claro que no piensan cambiar una coma de la actual ley.

El senador Lindsey Graham, de Carolina del Sur, lo expresó con estas palabras: “No estamos luchando contra un crimen. Estamos luchando en una guerra. No quiero torturar a nadie. Quiero someterlo a un proceso coherente con el estado de guerra y, si es necesario, mantenerlos detenidos tanto tiempo como sea necesario para mantenernos a salvo o llegar a la conclusión de que ya no son una amenaza”. En mayo, ocho senadores republicanos habían enviado una carta a Biden en la que se oponían al intento de cerrar el complejo a base de traslados.

El ahogamiento fingido (waterboarding), la privación de sueño o la exposición a temperaturas extremas fueron algunas de las técnicas de tortura utilizadas por Estados Unidos en Guantánamo. Trascendió de muchos modos, con la publicación de los documentos clasificados por parte de WikiLeaks en 2011 y en boca de abogados de derechos humanos o relatos sórdidos como el de Mohamedou Ould Slahi, el mauritano que escribió sus memorias en 2005 y fue liberado en 2016. Sin embargo, el paquistaní Majid Khan se convirtió en el pasado octubre en el primer recluso de Guantánamo que relató públicamente ante un jurado militar en esa base los métodos de interrogación. “Mientras más cooperaba, más me torturaban”, dijo ante un jurado militar en la base.

Bush trató de cambiar el paso al poco de abrir la prisión. Primero, admitió que los talibanes y afganos detenidos sí quedarían cubiertos por la Convención de Ginebra. En 2006, el Tribunal Supremo de Estados Unidos estableció que ese convenio se aplicaba a todos los detenidos y que el sistema de comisiones militares diseñado por la Casa Blanca violaba las leyes internacionales. El presidente republicano excarceló a unos 500 arrestados y Obama, a cerca de 200. Cuando el demócrata llegó al cargo en 2009, se propuso cerrarlo en el plazo de un año. Mantenerlo supone un coste de unos 13 millones de dólares por prisionero y año para el erario público. También, deja en activo una “mancha moral” para Estados Unidos, según señaló la semana pasada el portavoz del Departamento de Estado, Ned Price.

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A la izquierda, Fikret Alic, en 2017 durante el juicio a Ratko Mladic en La Haya; a la derecha, la portada de la revista 'Time' de 1992 en la que aparece. / EFE
A la izquierda, Fikret Alic, en 2017 durante el juicio a Ratko Mladic en La Haya; a la derecha, la portada de la revista ‘Time’ de 1992 en la que aparece. / EFE

El 17 de agosto de 1992, la revista estadounidense TIME publicó en portada una de esas fotografías que pronto se convierten en icono del horror. La imagen de una persona cadavérica y rodeada de gente tras una alambrada durante la guerra de Bosnia simbolizaba el regreso a suelo europeo de los campos de concentración medio siglo después del Holocausto. La fotografía ―en la que todo salvo la sonrisa de Fikret Alic remite visualmente al genocidio nazi― fue tomada por un grupo de periodistas británicos en Trnopolje, uno de los tres campos que levantaron las fuerzas serbobosnias cerca de la ciudad bosnia de Prijedor, considerada hoy uno de los principales símbolos de la barbarie en aquel conflicto.

Casi treinta años después, el pasado febrero, el presentador de un programa matutino de la televisión serbia Happy TV, Milomir Maric, y uno de sus invitados, Predrag Antonijevic ―director de la polémica película Dara de Jasenovac, candidata del país en los últimos Oscar―, mantuvieron en el programa una conversación en la que Alic fue descrito sin nombrarlo como “el flaco” que tenía “tuberculosis” y el campamento, como un lugar del que se podía salir libremente y que los serbobosnios habían instalado “para evitar que alguien matara” a los internos. “Luego lo alimentaron [a Alic], se llevaron al flaco y lo mostraron en un circo por Europa. Esa es su propaganda”, dijo Maric.

El diálogo no es un episodio excepcional en un país que, como la República Srpska (la entidad serbia de Bosnia, creada al acabar la guerra en 1995), tiene dificultades para asumir su papel en las guerras de la antigua Yugoslavia, con la permanente sensación de que los serbios son demonizados, que no se contextualizan las matanzas que cometieron en las guerras de los noventa y que se ignoran las atrocidades del enemigo. El principal líder serbobosnio, Milorad Dodik, uno de los tres presidentes rotatorios de Bosnia, considera de hecho que el genocidio de Srebrenica es “el mayor mito del siglo XX”.

Pese a no ser un episodio aislado, a Satko Mujagic, superviviente del campo de Omarska, el diálogo televisivo le pareció un escupitajo sobre su dolor que, esta vez, no quería dejar pasar. “Pensé: ‘qué más hace falta?’. Primero nos hicieron todo ese mal […]. Y, 25 años después, tengo que escuchar en la televisión pública que el lugar en el que estuve detenido no era un campo. No era gente anónima negando lo que pasó en comentarios en Internet, era la televisión estatal, seguida por cientos de miles de personas. Sentí: ‘Basta ya”, asegura desde Países Bajos Mujagic, donde rehizo su vida tras recalar como refugiado.

A la izquierda, Satko Mujagic, en el campo de Omarska en agosto de 1992, en una captura de pantalla de un vídeo grabado por la televisión serbia. A la derecha, el pasado octubre en la ciudad belga de Mechelen.
A la izquierda, Satko Mujagic, en el campo de Omarska en agosto de 1992, en una captura de pantalla de un vídeo grabado por la televisión serbia. A la derecha, el pasado octubre en la ciudad belga de Mechelen.

Mujagic, de 49 años y licenciado en Derecho por la Universidad de Ámsterdam, contactó entonces a un abogado de Belgrado conocido en el ámbito de los derechos humanos y telefoneó a Fikret Alic. Ambos acordaron presentar, junto con la Asociación de Detenidos del Campo de Kozarac (que tiene 3.200 miembros), una protesta al organismo regulador de los medios electrónicos en Serbia, REM. En su respuesta, el pasado mayo, REM reconoció la ofensa personal a Alic, pero desestimó la reclamación.

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Ante el rechazo, decidieron ir un paso más allá y acudir a los tribunales. El pasado julio, presentaron en la corte administrativa de Belgrado una demanda contra el organismo regulador para que sea obligado a reconsiderarla. Aún no ha sido resuelta, motivo por el que REM rechaza pronunciarse sobre el asunto, al considerar que “todo comentario” que hiciera “podría ser interpretado como presión sobre el tribunal y otros participantes en el procedimiento”, señala en una respuesta remitida por escrito a este periódico.

Alic, quien hoy vive en Bosnia tras una larga temporada en Copenhague, forma parte de la demanda, pero la vive con más distancia emocional. “Es lamentable ver que hoy algunos se burlan de nuestro sufrimiento y lo niegan, aunque personalmente no le presto demasiada atención, porque sé lo que vivimos. Y no es una cuestión de opinión, tal como confirmaron nuestros testimonios y los juicios en los tribunales tanto de Gran Bretaña como de Bosnia-Herzegovina. Por eso, creo que sería bueno castigar a los negadores del genocidio de cara a mirar hacia el futuro. Y para eso hace falta tener una idea clara de lo ocurrido y afrontar la verdad”, señala en una serie de mensajes en respuesta a un cuestionario.

Durante la guerra de Bosnia (1992-1995), las fuerzas serbobosnias establecieron decenas de campos, a las que trasladaron tanto a civiles como a combatientes bosniacos y bosniocroatas y en los que cometieron asesinatos y violaciones, además de dar palizas e infra alimentar a los cautivos, según dictaminó la justicia internacional. De sus meses en el de Trnopolje, Alic recuerda “la dureza de las condiciones”, pero también “el miedo constante”. “Temíamos lo que cada nuevo día podía traer y no sabíamos si sobreviviríamos. Junto al miedo, reinaban el hambre y diversas enfermedades, y vivíamos en condiciones extremadamente inhumanas”, señala.

Morir por las condiciones

Cuando Alic estaba en Trnopolje, Mujagic se encontraba en un campo cercano, Omarska, en el que murieron unas 700 de las alrededor de 6.000 personas que albergó. “Algunos, y yo vi uno con mis propios ojos, simplemente exhaustos”, recuerda Mujagic, que entonces tenía 20 años. “No teníamos suficiente comida, dormíamos en el suelo, a muchos nos pegaban, no había medicamentos ni duchas. Hasta ir al baño era peligroso. En esas condiciones, mucha gente enfermó, había disentería… En un determinado momento, las condiciones ya eran tan insoportables que la gente empezó a morir por ellas, en vez de asesinados”.

El 5 de agosto de 1992, considera Mujagic, salvó sus vidas. Fue el día en el que un grupo de periodistas británicos ―entre ellos Ed Vulliamy, quien años más tarde se convertiría en el primero desde el proceso de Núremberg en testificar en un juicio por crímenes de guerra― visitó los campos, sorprendentemente a invitación del líder político serbobosnio Radovan Karadzic. “En los días previos, los asesinatos se volvieron más sistemáticos. Llamaban cada vez a más gente para salir y se los llevaban. Luego supimos que estaban todos enterrados. No lo sabía en ese momento, pero yo estaba en el siguiente grupo”, afirma. Durante la visita periodística a Omarska, al ser preguntado por las condiciones, uno de los prisioneros respondió: “No quiero decir mentiras, pero no puedo decir la verdad”. Luego, un cámara grabó a Alic al pasar junto a Trnopolje. Días después de la publicación de la imagen, los serbobosnios retiraron el alambre de espino alrededor de los campos y mejoraron las condiciones de los internos.

Mujagic tiene hoy 49 años y trabaja para la Comisión Europea en la evaluación del cumplimiento de las reglas de la zona Schengen. Pese a esta denuncia y a otra que ha presentado contra el presidente Dodik por discriminación y delito de odio, asegura que ha levantado el pie del acelerador del activismo, al que se aferró para lidiar con el dolor. “En Omarska vimos y experimentamos cosas que no se supone que deba ver un ser humano. La vida como la conocíamos acabó allí. No recuerdo haberme reído una sola vez en cuatro años. En 1993 traté de suicidarme. Encontré trabajo rápido, lo que me ayudó mucho a estar ocupado; y formé una familia…, pero Omarska siempre estaba allí. Nunca lo superaré. Es parte de mi vida, pero ya no la domina”.

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