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Las ciudades son los centros neurálgicos del poder desde hace milenios. Su relevancia ha ido creciendo a lo largo de la historia de la mano de los procesos de urbanización, y con ella ha aumentado su importancia estratégica en las guerras. El conflicto en Ucrania no es una excepción. Desde el principio de su ofensiva, las fuerzas rusas han apuntado hacia las principales urbes como elemento esencial para cumplir con los objetivos políticos maximalistas perseguidos por el Kremlin. Hasta la fecha, el resultado ha sido un enorme sufrimiento para los civiles ucranios y un cúmulo de reveses para Rusia que han desbaratado la estrategia de subyugación que a todas luces Moscú perseguía. La resistencia ucrania en las ciudades es un factor clave que empuja el conflicto hacia una nueva dinámica.

El Kremlin buscó someter a Ucrania yendo directamente a por Kiev, Járkov —segunda ciudad del país— y otros importantes centros. Un mes después, pese al enorme esfuerzo y al gran número de bajas acumuladas en sus filas, no hay apenas urbes significativas en su haber, un elemento esencial para lograr el objetivo de cambio de Gobierno en Ucrania que sin duda deseaba. Mariupol resiste, en Kiev las fuerzas rusas retroceden y consolidan posiciones en vez de buscar atacar, Odesa parece fuera de sus capacidades. Ante las dificultades, Rusia recurre a bombardeos salvajes. El viernes anunció una nueva fase de su ofensiva, en la que sostiene que concentrará su acción en la región oriental de Donbás.

“Las fuerzas rusas están deliberadamente disparando de forma indiscriminada, muy destructiva”, comenta Anthony King, profesor de estudios de guerra en la Universidad de Warwick, en el Reino Unido. “Si quisieran solo degradar las capacidades de los combatientes enemigos, los ataques serían más acotados. Ofensivas tan destructivas como la de Mariupol muestran una voluntad de provocar un efecto psicológico: aterrorizar a la población”, dice King.

Queda por ver en qué consistirá realmente la nueva fase de la que habla el Kremlin. De momento, los bombardeos siguen, e incluso han golpeado con especial intensidad en zona occidentales menos atacadas hasta ahora, como en Lviv el sábado. Las autoridades de Kiev sospechan que, ante su fracaso en la opción maximalista, Moscú intentará lograr el control de una amplia parte del sur y el este del país, para partir en dos a Ucrania en una suerte de coreanización. “Hay razones para creer que está considerando un escenario coreano para Ucrania. Este es un intento de crear Corea del Norte y Corea del Sur en Ucrania”, aseguró el general de brigada Kirill Budanov, según recoge la agencia Unian.

En cualquier caso, la capacidad de las fuerzas ucranias de defender la mayor parte de las ciudades atacadas es el elemento estratégico clave hasta la fecha. A continuación, una mirada a distintas razones, objetivas y subjetivas, que ayudan a entender la capacidad de resistencia en esta primera fase de la contienda y las perspectivas para la siguiente.

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La ventaja del defensor

Los expertos militares coinciden en que las guerras urbanas conceden una posición de especial ventaja al defensor. Los inmuebles y las estructuras de las ciudades ofrecen extraordinarias oportunidades para esconderse y refugiarse —máxime cuando disponen de redes de metro— y para golpear de forma sorpresiva a enemigos que, para penetrar, se ven obligados a desfilar por espacios previsibles y limitados como las calles o avenidas. Se trata de un combate tan desigual que los manuales llegan a aconsejar ratios de 10 soldados de ataque por cada defensor.

La batalla de Stalingrado —actual Volgogrado, unos 600 kilómetros al este de Mariupol— es probablemente el epítome del espanto (casi dos millones de personas fallecieron, según estimaciones de expertos) y de la relevancia estratégica (marcó una decisiva inversión de tendencia en la Segunda Guerra Mundial) de los combates urbanos modernos. Su historia ofrece una anécdota que describe a la perfección las consecuencias de la asimetría entre atacantes y defensores en ese contexto.

A finales de septiembre del 1942, un pelotón del 42º regimiento de la Guardia Soviética se hizo con el control de un edificio de cuatro plantas en la ciudad soviética, después conocido como la Casa de Pávlov, por el apellido del sargento al mando de la unidad. El pelotón logró resistir casi dos meses en la casa frente a los ataques de las fuerzas nazis, aprovechando con inteligencia y valentía el inmueble: sus sótanos para refugiarse, techos y múltiples ángulos de disparo para defenderse, horadando la estructura para facilitar comunicaciones y movimientos internos. Un puñado de soldados soviéticos logró infligir una cantidad de bajas tan descomunal a los nazis que, según señala Antony Beevor en su Stalingrado, el gran comandante Vasili Chuíkov diría posteriormente que fallecieron más soldados alemanes para conquistar la Casa de Pávlov que para tomar París.

El dilema del atacante

El episodio de Stalingrado señala dificultades militares que permanecen vigentes 80 años después, aunque las tecnologías hayan avanzado mucho. Ante estas circunstancias, los comandantes de una fuerza asaltante deben decidir hasta qué punto bombardear —lo que ablanda la resistencia con un inmenso coste civil— y a partir de eso si lanzar incursiones —con la amenaza que supone para las tropas—. El punto de equilibrio elegido, de alguna manera, define el nivel de civilización de la sociedad de la que emana la fuerza militar en cuestión.

En esta tesitura, la doctrina militar rusa parece optar por reducir la exposición a esos encarnizados combates cuerpo a cuerpo y apostar por la laminación de la resistencia vía bombardeos masivos. Así lo hicieron en Grozni, en los años noventa, y en Alepo, en la década pasada. Y en Mariupol el patrón es parecido. La ciudad está sufriendo un altísimo grado de destrucción. Algunas unidades rusas han entrado en la urbe, pero, según el Pentágono, no se trata del grueso de las fuerzas del Kremlin en la zona.

El potencial destructor y atemorizante de los bombardeos contra las ciudades es enorme, especialmente si provienen de una fuerza con arsenales como los rusos. Infundir terror y hundir en la desesperación a la población es una manera de intentar socavar el apoyo a la resistencia encabezada por los líderes políticos y militares. Pero este resultado no está asegurado: la ciudadanía puede reaccionar mayoritariamente con deseo de lucha y venganza. Y además, según señala King, en estas ofensivas la degradación militar del adversario no es equivalente al grado de destrucción logrado.

Dos soldados ucranios, el domingo en la sede del Gobierno regional de Járkov.
Dos soldados ucranios, el domingo en la sede del Gobierno regional de Járkov.ARIS MESSINIS (AFP)

Falta de precisión

Para debilitar militarmente al adversario es necesaria precisión en la información sobre su ubicación y en el golpeo. “Las fuerzas rusas se han mostrado muy poco competentes en este apartado, como demuestra que no hayan logrado todavía aniquilar las defensas antiaéreas de Ucrania”, dice King. O no tenían buena información sobre su ubicación o no tenían precisión en los ataques. Probablemente, sea una mezcla de los dos factores. El Pentágono calcula que Rusia mantiene todavía una amplia disponibilidad de misiles en sus arsenales, pero sufre escasez en las variantes de precisión guiadas.

Insuficiencia de efectivos

Otro factor importante que condiciona las perspectivas de asalto urbano de las tropas del Kremlin es el insuficiente número de efectivos. Muchos expertos militares consideran que, de entrada, la fuerza acumulada para la invasión —se estima entre 150.000 y 190.000 soldados— no es adecuada para una operación de amplio espectro en un país con la extensión y la población de Ucrania. La estrategia de atacar en múltiples ejes simultáneamente ha provocado una dispersión de las fuerzas rusas y graves problemas logísticos y de suministro. “En ningún momento han logrado una auténtica supremacía de fuerzas terrestres”, observa King.

Además de la escasez inicial, aunque las cifras no estén claras a estas alturas, es evidente que Rusia ha sufrido un considerable número de bajas. Moscú reconoce 1.300 soldados fallecidos y 3.800 heridos. El Pentágono considera que ha perdido más de un 10% de su fuerza inicial de combate. Fuentes de la OTAN apuntan a que incluso más.

Cadena de mando

Otro importante factor es que el combate urbano requiere especial sofisticación en la cadena de mando y control. En las ofensivas militares contemporáneas es necesario orquestar un amplio abanico de líneas de acción y tecnología. “Los países occidentales, especialmente EE UU, han evolucionado hacia estructuras de mando muy sofisticadas”, explica King. “En Rusia, si miras la doctrina Gerasimov (apellido del jefe del Estado Mayor), cabría imaginar que las Fuerzas Armadas se habrían modernizado alejándose del tradicional modelo autoritario, rígido, arriba-abajo. Yo creía que se habían movido hacia otro modelo. Pero las últimas semanas han demostrado una total ineficacia en gestionar una guerra del siglo XXI”.

Habilidad ucrania

Por otra parte, los rusos se enfrentan a unas fuerzas ucranias que han planteado hasta ahora una resistencia firme, ágil y eficaz. Su fuerza de voluntad no se ha quebrado. El suministro de armas occidentales —aunque limitado— consolida su lucha, así como el flujo de información de inteligencia y los asesoramientos. Han obstaculizado los avances volando puentes, enfrentándose a las cabezas de lanza aerotransportadas, golpeando la logística de apoyo o resistiendo dentro de las ciudades asediadas con valentía.

El conjunto de estas circunstancias determina las graves dificultades rusas para conquistar ciudades, su recurso a la versión más bárbara de la táctica de cerco y bombardeos y el anuncio de la apertura de una nueva fase que parece asumir la falta de capacidad para conquistar todas las ciudades contra las que han lanzado operaciones simultáneamente.

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Si el axioma militar dice que descabezar al enemigo es uno de los objetivos básicos de la guerra, entonces la ofensiva rusa sobre Ucrania atraviesa importantes dificultades tras haberse confirmado la muerte de varios de sus altos mandos en el frente. El Gobierno ucranio asegura haber acabado con hasta cinco generales y un puñado de comandantes del enemigo. Sobre algunos se guarda un sepulcral silencio y otro resucitó en un desafiante vídeo. Algunas estimaciones elevan la magnitud del impacto al hablar de miles de muertes entre los militares rusos. Esas bajas representan un duro golpe en una campaña que el Kremlin calificó de “quirúrgica”, pese a que se cumplirá un mes desde el primer ataque en los próximos días.

“Todo marcha acorde al plan”, dijo el presidente Vladímir Putin sobre la “operación militar especial para la defensa de las repúblicas de Donetsk y Lugansk”, eufemismo con el que Moscú se refiere a esta campaña bélica. El último alto mando fallecido ha sido el jefe adjunto de la Flota del Mar Negro, el capitán de primer rango Andréi Palii. Su muerte la confirmó el pasado domingo por Telegram el gobernador de Sebastopol, Mijaíl Razvozháyev. “Era amigo de Andréi Nikolayévich. Era una persona muy abierta y buena, un verdadero oficial descendiente de una dinastía de militares. Gozaba de una gran autoridad en la flota, era comprensivo y atento, sabía cómo ser cercano con cualquier persona”, afirmó el político en una de las raras confirmaciones de altos mandos fallecidos en esta guerra.

Palii nació en Kiev en 1971, pero tras la ruptura de la URSS decidió servir en la marina rusa y se negó a prestar juramento a Ucrania. Además, durante su dilatada carrera llegó a ser jefe adjunto de las Fuerzas Armadas de Rusia en Siria. Según el medio Forpost, el capitán había recibido la misión de asegurar el corredor humanitario de la ciudad portuaria de Mariupol, el frente principal en esta fase de la guerra, una urbe devastada por los bombardeos y donde se lucha ahora casa por casa, un escenario muy lejano de lo que había sido dibujado como una rápida operación quirúrgica. Según el Gobierno ucranio, un francotirador acabó con su vida.

Fuentes oficiales del Gobierno ucranio también han anunciado el cese de ocho altos mandos oficiales rusos, una purga que varios medios han tratado de confirmar. La última destitución que se ha sumado a esta supuesta lista y que sí que ha sido confirmada es la del subcomandante de la Guardia Nacional Román Gavrílov. El general, antes responsable de su departamento de seguridad interna y con mando sobre fuerzas especiales, deja la dirección de la Guardia Nacional en plena ofensiva, pese a que sus fuerzas tienen una participación activa en la guerra. Las autoridades rusas atribuyeron el cese a su antigüedad, aunque Gavrílov, ascendido el pasado verano, podría haber seguido al frente de la Guardia Nacional 20 años más, según informa Kommersant. Además de la pérdida de generales, este súbito cambio en la jerarquía militar es otro indicio de que la guerra no marcha como esperaba el Kremlin.

El primer alto mando ruso de cuya muerte hubo constancia oficial fue el general-mayor Andréi Sujovetski, comandante adjunto del 41.º Ejército. Nacido en 1974, había sido distinguido con dos órdenes al coraje y otra al mérito militar, y su fallecimiento, anunciado por los ucranios el 1 de marzo, fue confirmado por una organización de oficiales de Krasnodarsk. Incluso Putin le mencionó en un discurso.

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Las muertes de otros militares de alto rango rusos no están claras, pero tampoco Moscú las ha desmentido. El Gobierno ucranio anunció que el 41.º Ejército ruso había vuelto a ser golpeado el 7 de marzo, al caer abatido el general-mayor Vitali Guerásimov, entonces jefe de personal y primer comandante adjunto de esta fuerza. El Ministerio de Defensa declinó comentar esta información a la agencia Reuters, y el portal de investigación Bellingcat —declarado agente extranjero por Rusia— publicó una supuesta grabación en la que dos miembros del Servicio Federal de Seguridad ruso (FSB), lamentaban que el militar había sido interceptado porque sus vías de telecomunicación ya no eran seguras en Ucrania.

Otro caso similar es el del general Andréi Kolésnikov, comandante del 29.º Ejército. El exministro y actual asesor del Ministerio del Interior ucranio, Antón Gueráschenko, anunció el 11 de marzo que sus fuerzas habían acabado con su vida, aunque esto no ha sido confirmado oficialmente.

Cuatro días después, el 15 de marzo, Gueráschenko también divulgó en Telegram que el batallón Azov había acabado con otro general-mayor ruso. Pese a que ilustraba la publicación con la imagen de un muerto, no mencionaba ni su nombre ni su ejército, y tapaba su rostro con varios documentos y la supuesta insignia del militar.

Despliegue ruso

El despliegue ruso incluye más de medio centenar ejércitos de armas combinadas, divisiones y brigadas. A ellos se suman otras fuerzas, como las milicias de Donetsk y Lugansk, los grupos de mercenarios de Wagner y Siria, la guardia pretoriana del presidente checheno e incluso policías antidisturbios. En todo este tiempo, el Ministerio de Defensa ruso solo ha divulgado una vez la cifra oficial de víctimas entre sus filas, 498 muertos, y lo hizo el 2 de marzo.

Sin embargo, los diarios locales rusos han seguido informando posteriormente de un goteo constante de entierros a lo largo y ancho del país. Durante la sesión parlamentaria en la que se aprobó la ley que condena con la cárcel la difusión de información falsa sobre la guerra, la senadora de Tuva Liudmila Narusova solicitó al Ministerio de Defensa que confirmase si era cierto que habían muerto 96 de los 100 miembros de una compañía formada por reclutas.

A la pérdida de generales rusos se suma la de casi una decena de coroneles. Por ejemplo, el comandante del 331.º regimiento de Fuerzas Aerotransportadas, Serguéi Sújarev, veterano de las dos guerras de Chechenia (1994 y 1999) y de Osetia del Sur (2008). El mando murió junto a otros cuatro oficiales, según publicó el 17 de marzo la televisión regional de Kostromá.

Los intentos de avanzar en un frente cada vez más estancado podrían haber incrementado el riesgo que asumen los oficiales. Dos días antes, el diario Bashinform publicó que el comandante de la brigada de ingenieros Alkino-2, Serguéi Porojnía, falleció bajo fuego de mortero mientras participaba personalmente en la construcción de un cruce, según anunció un portavoz de la Unión Rusa de Veteranos de Afganistán.

“¡La muerte de Konstantín es un golpe terrible! Duele pensar que ya no está, es imposible hacerse a la idea”, era otra de las muertes que lamentaba el alcalde de la ciudad de Nevinnomyssk, en su cuenta de Instagram a principios de marzo. El comandante del 247.º regimiento de Fuerzas Aerotransportadas, el coronel Konstantín Vizevski, también falleció en esta ofensiva sobre Ucrania. Su padre había sido un veterano de Afganistán, y su familia decidió enterrarle en el mismo lugar.

Las pérdidas reales de la guerra no se conocerán hasta dentro de mucho tiempo. Según las estimaciones estadounidenses publicadas el 16 de febrero por The New York Times, las tropas rusas habrían perdido hasta ahora entre 3.000 y 7.000 militares, mientras que un estudio realizado por la BBC, que contabiliza las bajas publicadas de forma dispersa, confirma el fallecimiento de 557 combatientes rusos.

La cifra podría ser incluso mayor. Este lunes el diario ruso Komsomólskaya Pravda publicó en su versión digital durante unos minutos que habrían muerto 9.861 militares rusos y que otros 16.153 habían resultado heridos, según unas capturas de pantalla divulgadas por varios corresponsales de The Wall Street Journal. La información desapareció poco después.

En el caso de las fuerzas ucranias pasa algo parecido. El presidente Volodímir Zelenski confirmó la pérdida de 1.300 militares hasta el 12 de marzo, aunque dos días antes las estimaciones estadounidenses multiplicaban por dos y tres veces esas cifras.

La prensa rusa apenas ha mencionado en todo este tiempo altos mandos enemigos abatidos por sus fuerzas. En uno de esos raros ejemplos, el vicejefe de las milicias de Donetsk, Eduard Basurin, anunció el 1 de marzo que sus combatientes habían matado al general de brigada ucranio Dmitry Krasílnikov, máximo responsable de la formación Séver. “Como resultado, las unidades nacionalistas de las regiones de Donetsk y Lugansk quedaron sin dirección”, afirmó hace ya tres semanas.

La desinformación abunda y a veces ocurre la resurrección de enemigos dados por muertos. La prensa rusa publicó el 10 de marzo que el exministro del Interior ucranio Arsén Avakov había muerto en el asedio de Járkov. El político —que asumió el puesto tras la huida del presidente Víktor Yanukóvich a raíz de la matanza de Maidán de 2014— publicó un vídeo poco después en el que desmentía su propia muerte. “Me encuentro en Kiev junto con mucha más gente. Propagandistas, ¡nunca tendrán éxito”, afirmó.

Otra supuesta muerte fue la de Magomed Tushayev, comandante del 14.º Regimiento Especial Motorizado de la Guardia Nacional rusa, quien aparentemente resucitó semanas más tarde. Las Fuerzas a las que pertenece esta unidad son un caso especial, pues no están adscritas al Ministerio de Defensa, sino que solo responden ante el presidente ruso, y en este caso en particular son aún más independientes: las unidades chechenas son parte de la guardia pretoriana del presidente de la república caucásica, Ramzán Kadírov.

Tushayev fue declarado muerto por los ucranios el 27 de febrero. Sin embargo, el 16 de marzo reapareció en un vídeo supuestamente grabado aquel día donde desafiaba a quienes aseguraban que había fallecido en acción. “Yo soy Magomed Tushayev. Soy el que los conejos cobardes de Internet han declarado muerto. Si sois hombres, decidme dónde estáis”, decía entre risas, subido a un vehículo militar con un fusil de asalto en las manos.

Sin embargo, como toda información sobre esta guerra, ese vídeo debe ser tomado con cautela: el propio Kadírov publicó otra grabación, tres días antes, donde aseguraba que se encontraba en Ucrania, aunque en las imágenes solo aparecía brevemente en un sótano y el portavoz de Putin, Dmitri Peskov, no eludió confirmar su presencia en zona de combate.

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Tanques de fuerzas prorrusas, este domingo cerca de Mariupol.
Tanques de fuerzas prorrusas, este domingo cerca de Mariupol.ALEXANDER ERMOCHENKO (REUTERS)

La directiva de Vladímir Putin a sus Fuerzas Armadas sobre las operaciones a llevar a cabo en Ucrania, y su propósito, parte esencial de la misma, son desconocidos, pero susceptibles de ser estimados merced a los diferentes esfuerzos tácticos de sus tropas de invasión, los efectos de sus acciones y las consecuencias generadas, de tal forma que se podría realizar un balance muy aproximado sobre la satisfacción de las premisas del presidente ruso con el curso de su guerra, y también se apreciaría la eficiencia militar rusa en la ejecución, al parecer con luces y sombras.

Para ese balance operacional será necesaria la traza de sus movimientos, la influencia del terreno, la velocidad de consecución de los objetivos militares rusos, los medios utilizados, el funcionamiento de su logística, etcétera, y algo de gran importancia, la actitud y eficacia de las Fuerzas Armadas ucranias, que bajo un fuerte liderazgo político han implementado, en un plazo muy breve, una estrategia compuesta, a base de las acciones convencionales de sus ejércitos y las” irregulares” de sus ciudadanos con una somera preparación militar y la utilización de procedimientos expeditos y armamento ligero.

Por lo que se está comprobando a través de las informaciones disponibles, en el ideario de Putin se trataría de anexionar, definitivamente, los territorios ucranios de mayoría rusófona a la Federación de Rusia, desde el Donbás hasta Moldavia (Transdniéster), de derribar el Gobierno prooccidental de Ucrania, y de disuadir a la OTAN, y a la UE, de sus políticas sobre “el extranjero próximo ruso” (así habría que interpretar el bombardeo ruso del día 17 sobre el aeropuerto de la ciudad de Lviv, cercana a Polonia); a estas finalidades habría que añadir, en esta nueva fase, la implementación de un castigo colectivo al pueblo ucranio, por otra parte no novedoso en la historia reciente.

Esta pretensión supone la intención de deponer al Gobierno actual de Ucrania, de ahí su esfuerzo principal sobre Kiev, la asfixia económica, energética y social del Estado ucranio, la destrucción de sus centros vitales de producción, la eliminación de su salida al mar Negro y el de Azov, vieja aspiración imperial y soviética, provocando un terror general, a modo de castigo, en las grandes ciudades, que genere una marea de refugiados, siempre problemática para las sociedades occidentales que las reciben; finalmente, el recuerdo a Occidente de la clave de su doctrina nuclear, su disposición al primer uso de la misma (First Use) como disuasión a toda intervención.

Es muy posible que la situación actual de las operaciones no concuerde con el estado final deseado por Putin, debido a los obstáculos encontrados por las tropas rusas, y que en este momento de evaluación se proceda a una reorganización de sus unidades, incluso detrayendo efectivos destacados en otros países de clara influencia rusa, como Armenia, Georgia (Osetia del Sur) e incluso Tayikistán, ante la imposibilidad táctica de compensar internamente, en el teatro ucranio, unidades del sur hacia el norte y viceversa, pues ambas zonas de operaciones son exigentes por las pérdidas sufridas; no hay que olvidar que las operaciones de cerco a las ciudades consumen muchos efectivos.

Es evidente que el esfuerzo principal de la invasión es el Norte-Sur que conduce a Kiev, pues su consolidación hubiera privado de liderazgo y dirección general de la guerra al bando ucranio, ahora reorganizado con la creación de un Mando Conjunto cívico-militar para la defensa de Kiev; sin embargo, este esfuerzo no ha conseguido sus objetivos, por cuestiones de todo tipo, en especial logísticas, de movilidad y de eficacia de la resistencia ucrania a la progresión.

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Se destaca la importancia de Crimea, como base de partida de fuerzas, de ahí su incorporación a Rusia desde 2014, posiblemente en los planes futuros de Putin, donde se genera un segundo esfuerzo de apoyo que se abate en tres direcciones : La Este-Oeste con la finalidad de consolidar el cerco de ciudades como Mykolaiv, todavía resistentes, y proseguir en dirección a Odesa; la Sur-Norte, interesando las centrales nucleares que abastecen de energía al sur de Ucrania, para proseguir, en su caso, sobre el curso del río Dniéper; una tercera en dirección Oeste-Este, para tomar el control de la ciudad de Mariupol, con el objetivo de cerrar sobre las provincias prorrusas del Donbás (inicialmente sobre Donetsk) y posiblemente con la intención de embolsar los dispositivos ucranios en la zona, en combinación con fuerzas rusas procedentes, quizás de Járkov (sobre Lugansk inicialmente) y, finalmente, un cuarto esfuerzo naval (14 barcos anfibios y de apoyo) que se estaría posicionando y realizando operaciones de toma de contacto (bombardeos) frente a Odesa, dispuesto para una operación anfibia que enlace con las anteriores, en su momento.

Soldados ucranios cubren los cuerpos de unos fallecidos tras el ataque ruso a una escuela militar en Mykolaiv, este sábado.
Soldados ucranios cubren los cuerpos de unos fallecidos tras el ataque ruso a una escuela militar en Mykolaiv, este sábado.BULENT KILIC (AFP)

El valor de Crimea se incrementa, sin duda, por la ubicación, al parecer, de varias unidades de misiles Iskander-M, con capacidad nuclear y convencional, con un alcance de 500 kilómetros, en el límite de la antigua prohibición de desplegar misiles de alcance intermedio en Europa (Tratado INF, hoy obsoleto).

La situación, después de 25 días de operaciones, con muchas sombras, sin duda, no se parecería, del todo, al estado final deseado por Putin en esta primera fase, ya que ha conseguido una penetración general en todas la fronteras con Ucrania, alcanzando o cercando los objetivos energéticos, impulsando una emigración acelerada hacia Occidente y cerrando, prácticamente, la salida al mar de su vecino defensor, arruinando por lustros su economía, aunque por el momento la toma de las grandes ciudades les sea negada a los rusos por la necesidad de grandes efectivos; quizás la mayor desviación sobre lo esperado sea el factor tiempo, que ha servido para la aparición de una gran reacción mundial hostil, la implementación de sanciones económicas cada vez más eficaces, y la reafirmación de que la OTAN y una UE más fortalecida son más necesarias que antes, a la par del incremento del presupuesto de Defensa de varios países miembro.

Es muy posible que se haya producido un cambio de fase, por el severo desgaste a que les han sometido la defensa ucrania y las reducidas comunicaciones, no previstas suficientemente, con la sustitución rusa de unidades, ligeras, aerotransportadas, aeromóviles y paracaidistas, más sutiles, por una segunda línea fuerte en carros de combate, artillería de campaña y lanzacohetes, típica de la más antigua doctrina militar rusa, por el empleo preponderante de su misilística y el progresivo aumento de las acciones aéreas; aspectos que promoverán, aún más, la destrucción de las infraestructuras y ciudades sitiadas, evitando el combate en población intenso con personal no muy cualificado.

Es de destacar, en el ritmo de progresión ruso, su factor humano, de alguna forma motivado para “unas maniobras” que han desembocado en una invasión, después de un adiestramiento en las fronteras norte y este, largo y duro, con privaciones; también el retraso de la invasión, que hubiera tenido más velocidad en una época más temprana, con un terreno endurecido por la helada, en lugar de la impracticabilidad del barro ucranio, muy conocida por los rusos por otra parte, que les liga a las vías de comunicación, con columnas interminables, mala gestión de la circulación y gran consumo de combustible, hostigadas espléndidamente por las tropas de los invadidos.

Es de destacar la todavía reducida presencia detectada, quizás neutralizada, de los spetsnaz rusos (tropas especiales pertenecientes al Servicio de Inteligencia Militar ruso, el GRU), que preparan las acciones penetrando previamente en profundidad, actuando al amparo de las tácticas híbridas.

Pero por encima de todo brilla el factor humano, el soldado ucranio, el ciudadano militarizado, que comprueban como el otrora hermano ruso destruye su nación para el futuro, sumiendo su libertad en un entorno autoritario.

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La ministra alemana de Exteriores, Annalena Baerbock, durante la presentación de la nueva estrategia de seguridad, este viernes en Berlín.
La ministra alemana de Exteriores, Annalena Baerbock, durante la presentación de la nueva estrategia de seguridad, este viernes en Berlín.Christian Marquardt / POOL (EFE)

La invasión rusa de Ucrania ha abierto los ojos a Alemania, donde hasta hace un mes era impensable que el Gobierno se planteara enviar armas ofensivas a un país en guerra o el rearme de su hasta ahora infrafinanciado ejército. Pero la escalada de violencia desatada por Putin ha marcado un punto inflexión. La época del apaciguamiento y de asumir un segundo plano en las cuestiones de política exterior y seguridad ha terminado para Berlín. “Ningún país, ni siquiera Alemania, puede ser neutral en cuestiones de guerra y paz”, afirmó este viernes la ministra de Exteriores, Annalena Baerbock. El Gobierno se dispone a crear una estrategia de seguridad nacional —el primer proyecto de este tipo en la historia de la República Federal— y, entre otras cosas, este nuevo plan implicará asumir mayor responsabilidad dentro de la OTAN.

“Para nosotros, para mí, existe una responsabilidad especial por la culpa de Alemania en la guerra y el genocidio”, aseguró Baerbock durante la presentación de los trabajos para elaborar la estrategia que coordinará su ministerio, pero involucrará a varios departamentos del Gobierno. “Esto quiere decir que tenemos la obligación de apoyar a aquellos cuyas vidas, libertades y derechos están amenazados”, añadió. La ministra presentó su nueva estrategia al día siguiente de que el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, criticara en el Bundestag la excesiva cercanía de Berlín al Kremlin, priorizando las cuestiones económicas sobre todas las demás.

La guerra que Vladímir Putin ha iniciado en Ucrania enfrenta a Alemania “a una nueva realidad en materia de seguridad”, aseguró la ministra, que adelantó que Berlín tendrá una postura clara, mayor capacidad de acción y unos instrumentos de política exterior y de seguridad más precisos. “A la luz de la ruptura radical de Rusia con nuestro orden de paz, debemos llevar los principios que nos guían a la práctica”, subrayó.

El giro radical de la política exterior y de defensa alemanas se produjo hace tres semanas, cuando el canciller, Olaf Scholz, pronunció en el Bundestag un discurso histórico en el que prometió 100.000 millones de euros para el Ejército. Las decisiones se van concretando desde entonces: Berlín ha anunciado esta semana la compra de 35 cazas de fabricación estadounidense F-35, considerado el avión de combate más moderno del mundo y capaz de transportar bombas nucleares.

La nueva política de seguridad irá más allá del renovado esfuerzo militar y de la diplomacia, apuntó Baerbock. La estrategia debe vincularse a las políticas de la Unión Europea y de la OTAN. Y aunque ha sido la invasión rusa lo que ha desencadenado el nuevo enfoque alemán, la creación de un plan de seguridad ya se contemplaba en el acuerdo de coalición que firmaron socialdemócratas, verdes y liberales en diciembre pasado.

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Un papel más activo

Alemania tomará un papel más activo y asumirá más responsabilidad en la Alianza Atlántica, dijo la ministra de Exteriores. La guerra muestra “una vez más que la seguridad depende de la capacidad de la OTAN para formar alianzas”. El fortalecimiento del flanco oriental y “ejercicios militares adaptados a las nuevas realidades” serán claves en esta etapa, porque “toda el área oriental de la Alianza está sujeta a una nueva amenaza”, subrayó. Por eso, es necesario establecer la presencia de la Alianza en los países del sureste de Europa, añadió, y asegurar que “la disuasión nuclear de la OTAN siga siendo creíble”. El anuncio de Baerbock se ha producido un día después de la visita a Berlín del secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, que ratificó una vez más su rechazo a la intervención de tropas en Ucrania porque, de hacerlo, la Alianza se convertiría “en parte del conflicto”.

La nueva estrategia de seguridad alemana abordará también las delicadas relaciones con China. Berlín debe independizarse de las importaciones de energías fósiles, aseguró Baerbock, pero teniendo cuidado de no caer en nuevas dependencias económicas. “Ahora hemos comprobado que una orientación económica unilateral nos vuelve vulnerables”, constató, en uno de los pocos ejemplos de autocrítica que se han escuchado estos días a los políticos alemanes. Alemania estas semanas ha empezado a revisar sus relaciones pasadas con Rusia, pero el debate se centra todavía más en el ámbito académico que en el de los responsables políticos. “Lo que es crucial es que no nos permitamos ser desterrados al silencio, que no nos traguemos las cosas porque somos dependientes económica o energéticamente, sino que tomemos una posición, incluso cuando sea difícil”, subrayó.

Scholz pide un alto el fuego a Putin

Los esfuerzos diplomáticos de los líderes occidentales para parar la guerra continúan. El canciller alemán ha sido el último en hablar con el presidente ruso. Olaf Scholz instó de nuevo a Vladímir Putin a declarar “un alto el fuego lo más rápidamente posible” durante una conversación telefónica que ambos mantuvieron a primera hora de la mañana del viernes. Según un comunicado del portavoz de la Cancillería, los mandatarios hablaron durante más de una hora sobre la guerra “y los esfuerzos para terminarla”. El canciller alemán insistió en que se debe mejorar la situación humanitaria y avanzar para encontrar una solución diplomática al conflicto, añadió el portavoz.

El relato de las agencias de noticias rusas aporta otro contenido. Putin le habría dicho al canciller alemán que Ucrania está tratando de retrasar las conversaciones con Rusia presentando propuestas poco realistas. Pese a ello, asegura estar dispuesto a continuar las negociaciones. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, afirmó que la llamada de Putin con Scholz había sido dura, pero profesional, según recoge Reuters.

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Washington no está poniendo fáciles las metáforas del póker —tan agradecidas y recurrentes— a la hora de explicar su estrategia contra Moscú. Desde que comenzó la crisis de Ucrania, la Administración de Joe Biden ha expuesto todo tipo de información de inteligencia relativa a los supuestos planes del Kremlin, ha dado detalles de las sanciones económicas que aplicaría y ha redoblado tanto los tambores sobre la inminencia de una invasión rusa que ha acabado por sacar de quicio al propio Gobierno ucranio.

El Pentágono advirtió la semana pasada de que Rusia acumulaba tropas suficientes en la frontera para invadir entera la antigua república soviética, que no concentraba tantos soldados desde la Guerra Fría y que semejante acción tendría un resultado “horrible”. Unos días antes, Biden había asegurado por teléfono al presidente ucranio, Volodímir Zelenski, que creía posible una intervención del Kremlin tan pronto como en febrero. Dos semanas antes, ya había alertado de que Moscú planeaba una operación de sabotaje falsa contra sus fuerzas en el este de Ucrania con el fin de construir un pretexto para atacar el país vecino. El jueves, el Gobierno estadounidense aseguró que estaban preparando un vídeo con un ataque ficticio, con actores haciéndose pasar por víctimas y equipamiento militar falso.

“Es una estrategia poco habitual”, señala Angela Stent, agente de inteligencia para Rusia y Eurasia en el Consejo Nacional de Inteligencia de EE UU entre 2004 y 2006. “En 2014, durante la invasión de Crimea, dio la sensación de que EE UU no estaba preparado porque hubo muy pocas advertencias públicas previas”, continúa. Stent, ahora profesora en Georgetown y analista de la Brookings Institution apunta a la lógica ganadora de la campaña de alertas que está haciendo Washington: “Si hay una incursión, EE UU puede decir que ya lo advirtió. Y si no lo hay, puede decir que lo han evitado destapando los planes”.

Ganadora, al menos, en el corto plazo. Porque el riesgo, advierte, surge si la crisis ni estalla ni se apaga, simplemente languidece: “Si esto se convierte en un conflicto de largo plazo, en el que los rusos no invaden Ucrania pero mantienen la presión, con las tropas en la frontera, complican la gobernanza del país, dañan su economía, será más difícil hablar de una estrategia ganadora. Aunque, por el momento, creo que están haciendo lo correcto”, explica.

El jueves, la Administración de Biden fue un paso más allá y acusó al Kremlin de planear la grabación de un vídeo falso que recogiera las consecuencias de un ataque del ejército ucranio sobre suelo ruso para justificar la invasión de Ucrania.

La OTAN y los aliados europeos callan y otorgan. Si se da por buena toda la información divulgada por EE UU, en efecto, Washington ha sabido cortarle el paso a Putin, ha eliminado su capacidad de sorpresa y le ha adelantado por la izquierda en la campaña informativa, uno de esos frentes en los que Moscú se siente tan cómodo. Si Putin actúa, como dice la profesora Stent, EE UU lo habrá advertido antes. Si no lo hace, es legítimo argumentar que la exposición pública de sus planes lo ha disuadido. Es difícil acusar de faroles.

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“Es una táctica inteligente”, opina Richard Gowan, un veterano analista que dirige la división de Naciones Unidas en el International Crisis Group, una organización independiente. “La guerra híbrida de Rusia se basa en sembrar confusión y desinformación. Al adoptar una transparencia radical, EE UU le complica a Rusia la tarea de difundir desinformación sobre sus acciones. Los rusos han intentado ignorar o desdeñar las acusaciones, pero han tenido que ponerse a la defensiva en público. Y esta transparencia extrema también le facilita las cosas a Washington a la hora de mantener más o menos unidos a los aliados de la OTAN. Además, ha mostrado a Moscú la envergadura de su inteligencia”, explica.

Aun así, Gowan también observa los riesgos de esta estrategia. “Obviamente, los propios ucranios están nerviosos por cuánta información está compartiendo EE UU. Además, esta diplomacia del megáfono puede complicar al propio Putin no hacer nada. Ahora será más difícil para él no dar marcha atrás sin dejar cierta sensación de humillación”.

Zelenski se llevó las manos a la cabeza la semana pasada por todo lo que ha salido por boca de sus poderosos aliados occidentales. El presidente ucranio negó que la posibilidad de un ataque fuera “inminente” y se quejó del “pánico” que generan discursos como el de Biden. “¿Tenemos tanques en las calles? No, cuando lees la prensa, te quedas con la imagen de que tenemos tropas por la ciudad, gente huyendo… No es el caso”, recalcó. “Están diciendo que la guerra es mañana. Eso significa pánico”, advirtió. Y señalando a Washington dijo: “Insisten en ello y lo hacen de la forma más grave e incendiaria posible”.

La Casa Blanca reculó el miércoles con la palabra “inminente”. La portavoz, Jen Psaki, reconoció que usarla “envió un mensaje” que no era el que pretendían: que Putin había tomado una decisión sobre la invasión. “Hemos dicho que podría invadir en cualquier momento, aunque aún no sabemos si ha tomado una decisión”.

Zelenski lo había resumido antes de un modo mucho más inquietante: “La situación es peligrosa, pero ambigua”. Ni Kiev ni Europa contemplan una invasión total de Ucrania por parte de Rusia, pero sí queda claro a los aliados el objetivo último del Kremlin: devolver a la antigua república soviética, donde ha crecido el sentimiento proeuropeo, bajo su órbita de influencia y, por supuesto, no ver su entrada en la OTAN.

Este pulso sirve a Putin para saber dónde colocan los límites las potencias occidentales. Toda la publicidad compartida sobre las sanciones ha dejado claro al líder ruso hasta dónde llegarán las potencias si interviene Ucrania, le ha mostrado que no piensan desplegar tropas dentro del país, sino solo entregar armas, y le ha permitido valorar riesgos. La posible entrada de Kiev en la OTAN, por otra parte, cuenta con el apoyo de los aliados, pero sin fecha fija ni prisa alguna. Con la presión militar en la frontera de Ucrania, esos 100.000 soldados rusos, Rusia se asegura de que las líneas siguen ahí.

EE UU ha mostrado además todas las cartas de las represalias posibles y ha permitido a Putin valorar los riesgos. Y, a medida que Biden da más detalles de las operaciones urdidas por Rusia, la prensa le pide más pruebas que el Gobierno no está en disposición de dar. El jueves, en la rueda de prensa diaria del Departamento de Estado, un periodista preguntó qué evidencias podía aportar el Gobierno sobre esos complots atribuidos a Moscú. “Es información de inteligencia que hemos desclasificado. Ustedes saben que cuando lo hacemos, protegemos las fuentes y los métodos”, respondió el portavoz. Y cuando se impacientó por las repreguntas del reportero, acabó replicando: “Si duda de la credibilidad de los Gobiernos estadounidense, británico y de otros países y encuentra consuelo en la información que le dan los rusos, es cosa suya”.

Para la profesora Stent, este tipo de intercambio refleja el riesgo que corre EE UU. “Obviamente no es bueno para su credibilidad”, apunta. También advierte de que Rusia está usando esta lluvia de señalamientos para tachar a Washington de “histérico” y acusar a los aliados de crear “un clima de guerra”.

Biden y Putin son dos viejos conocidos. Cuando se vieron en 2011 por primera vez, el entonces vicepresidente de Barack Obama acusó al ruso, en su propio despacho, de no tener “alma”. Si no interviene en Ucrania, Putin puede decir que él ya lo había negado. Si lo hace, puede alegar que es una profecía autorrealizada por Occidente. El póker de Putin también es de sobra conocido.

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La planta de regasificación de Enagás en Huelva, en una imagen de archivo.
La planta de regasificación de Enagás en Huelva, en una imagen de archivo.Carlos Crespo

España es uno de los países europeos con menor capacidad de producción de gas natural: lo que extrae del subsuelo apenas alcanza para cubrir el 0,4% de su consumo. Sin embargo, Bruselas —que detallará la semana que viene su plan de contingencia— ve en la Península un punto clave para el suministro del resto de países de la Unión en caso de que la escalada bélica en torno a Ucrania pase a mayores y cortocircuite el cauce más usado para el suministro del Viejo Continente: los gasoductos que traen este combustible desde Rusia, el segundo productor mundial.

La respuesta a por qué España es tan fundamental a ojos de la Comisión está en su notable capacidad de recepción y regasificación del combustible que, en el escenario más extremo, suministrarían por barco de Estados Unidos —primer productor mundial y pieza clave en el engranaje de emergencia que está organizando el Ejecutivo comunitario— y Qatar para evitar una crisis energética de grandes proporciones en la UE. También en su experiencia previa como importador, en los últimos años, de gas natural licuado (GNL) de países tan diversos como Trinidad y Tobago, Guinea Ecuatorial o Argentina, lo que ha permitido alumbrar que es clave en un periodo de máxima tensión como la actual.

La operación sería más o menos como sigue: una gran flota de metaneros llegaría a los puertos peninsulares procedente de estos dos países y de otros grandes exportadores como Argelia —que también manda gas por tubo— o Nigeria. Los buques descargarían el gas para ser posteriormente reexportado a otros países del entorno como Francia o Alemania. Según la media docena de fuentes consultadas, el concurso de España en la operación podría ayudar a paliar parcialmente —muy parcialmente— el golpe. Pero sería a todas luces insuficiente para cubrir íntegramente el agujero que dejaría el gigante euroasiático, que hoy suministra el 40% del gas que consume Europa y casi la totalidad del que requieren los países del centro y el este de la Unión.

“Estamos hablando de otro orden de magnitud”, apunta el economista Miguel Ángel Lasheras, al que respalda una sólida trayectoria en el sector gasista. “Imagino que es una forma de mandar una señal de amenaza a Rusia. Pero es poco creíble, al menos a corto plazo. Más aún cuando la propia Comisión Europea nunca le ha dado mucha importancia a las conexiones de gas entre España y el resto del continente, que no ha considerado ni estratégicas ni prioritarias”, critica.

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La península ibérica cuenta con siete puertos con capacidad de regasificación —seis en España y uno más en Portugal— que están estratégicamente distribuidos: tres en la costa mediterránea y otros tres en la atlántica. Es mucho para un país de su tamaño: más del doble, por ejemplo, que los dos que le van a la zaga en Europa, Francia e Italia. Los seis puertos españoles cuentan con sus respectivas plantas de almacenamiento y regasificación con capacidad ociosa suficiente como para procesar y reenviar a otros países del entorno una cantidad significativa de gas. Toda una rareza en un mercado, el europeo, que en los últimos meses vive una situación de tensión permanente.

Sin embargo, las débiles interconexiones con Francia —dos tubos de escasa capacidad para los estándares de los gasoductos modernos, ubicados en Irún (País Vasco) y Larrau (Navarra)— suponen un importante “cuello de botella” —en palabras de Georg Zachmann, del centro de estudios bruselense Bruegel— que limita la cantidad de gas que se podría reexportar al resto del continente. Lo que podría transportar España por tubo es, por tanto, apenas una gota en un océano de consumo europeo.

“La capacidad de España es grande y podría ser de ayuda en una situación de emergencia como la que se plantea, pero la interconexión es la que es”, explica Gonzalo Escribano, director del Programa Energía y Clima del Real Instituto Elcano. Con todo, este experto —como prácticamente todas las fuentes consultadas— descarta el escenario más extremo y cree que Rusia, incluso si llegase a producirse una confrontación bélica, cumplirá sus contratos de suministro. En gran medida, porque supone una fuente de financiación y de divisas de la que no puede prescindir en condiciones normales y menos aún en un escenario de guerra abierta.

Un “portaaviones” del gas para el resto de Europa

La segunda opción sería que España hiciese las veces de “portaaviones” del gas para el resto de socios europeos, en palabras de una voz destacada del sector gasístico. Dada su posición geográfica ventajosa —más cercana a América y a los principales exportadores africanos— y su capacidad de almacenamiento en puerto, podría recibir gas por barco y guardarlo en sus instalaciones antes de distribuirlo, de nuevo por mar, al resto de países vecinos.

“La experiencia del pasado nos indica que, efectivamente, el sistema ibérico tiene capacidad para reexportar gas natural”, apunta Jorge Fernández, coordinador del Laboratorio de Energía del Instituto Vasco de la Competitividad, adscrito a la Universidad de Deusto, que recuerda que en 2014 se llegó a almacenar y poner de nuevo en el mercado un volumen respetable. En aquella ocasión, con Asia como destino mayoritario. “Históricamente, los tanques de gas licuado de los puertos españoles han tenido una tasa de utilización relativamente baja y sigue habiendo mucha capacidad de almacenamiento”, añade.

Esta operación convertiría a la Península en un hub en el que se iría guardando una cantidad razonable de combustible —aunque, de nuevo, pequeña respecto a las necesidades totales del continente— ya en suelo comunitario. Pero tiene una gran pega: el coste. “Sería carísimo y, además, el resto de Europa no está precisamente sobrada de plantas de regasificación”, apostilla Escribano. “Los agentes privados no tendrían ningún incentivo económico a hacerlo, así que habría que cubrir ese coste de alguna manera”, agrega Fernández. “Sería posible, sí, pero también muy ineficiente. Además, ¿qué sentido tendría dejarlo aquí y no llevarlo directamente a destino? Puede que se haga puntualmente, pero no le veo mucho sentido”, apunta un directivo del sector bajo condición de anonimato.

La tercera alternativa, aún más compleja, pasaría por utilizar las centrales de ciclo combinado —que también están lejos de operar a pleno rendimiento— para quemar el gas importado de EE UU o Qatar y obtener electricidad. Pero, de nuevo, la gran barrera es la interconexión con el resto del continente: el cable actual que une España y Francia dista mucho de tener la capacidad necesaria para transportar toda la energía que se requeriría. “Además, la mayor parte del gas que se está consumiendo en el resto de Europa es para calefacción e industria”, recuerda Lasheras. “Ninguna de las alternativas serviría para reemplazar todo el gas que se importa de Rusia. Otra cosa sería que la UE se tomase en serio el tema de las interconexiones para romper esa dependencia energética. Pero sería cuestión de muchos años, no de unos meses”.

Relativa relajación de precios

Además del compromiso estadounidense, con sus vastos recursos de gas de lutita, Europa cuenta con otra baza a su favor para garantizar el suministro en los próximos meses incluso si Rusia cierra el grifo completo: la relativa distensión de los mercados gasísticos globales en las últimas semanas. Tras un periodo de altísimo voltaje —en el que los precios se han llegado a triplicar— y a poco más de mes y medio vista del final del invierno, el aumento abrupto de la demanda en varios países asiáticos ha desaparecido tras el acopio acometido durante el otoño y la primera parte del invierno. Y la competencia por los metaneros es mucho menor que unas semanas atrás. Aunque los precios actuales siguen siendo muy altos, sin parangón en perspectiva histórica y disparatados respecto a solo un año atrás, empiezan a dar las primeras señales de relajación. «Las reservas están en niveles más bajos que otros años, pero creo que dará para que Europa pase lo que resta de invierno», resumen un directivo del sector. «En España lo doy por garantizado».

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El domingo pasado, en una entrevista en la NBC, el periodista Chuck Todd preguntó al secretario de Estado estadounidense al hilo de la crisis de Ucrania: “¿Por qué parece que Estados Unidos está más preocupado por la seguridad de Europa que Europa?”. Anthony Blinken respondió raudo y veloz que no es así, que la preocupación es grave para todos los aliados, y que, de hecho, debería inquietar al mundo entero. Sin embargo, sí parecen mucho más preocupados los estadounidenses, pese a que son los europeos los que tienen el incendio en el umbral de su puerta.

La Unión Europea y EE UU comparten el objetivo de evitar a toda costa una agresión de Rusia contra Ucrania, pero los caminos para llegar a esa meta son a veces divergentes, cuando no contradictorios. Bruselas aboga por mantener la presión sobre el presidente ruso, Vladímir Putin, pero sin romper los canales de comunicación ni transgredir ninguno de los principios fundacionales de la seguridad europea después de la guerra fría.

Washington, por su parte, combina una retórica belicista que retroalimenta la de Putin con señales de que está dispuesto a negociar con Moscú los despliegues en Europa del Este, lo que, de facto, pone en cuestión la arquitectura de seguridad europea de los últimos 30 años. EE UU no deja de enviar mensajes que cimentan la idea de una intervención rusa inminente, mientras al otro lado del Atlántico los portavoces tratan de rebajar el peligro.

La cacofonía se ha hecho evidente en las últimas 72 horas. La OTAN informó el lunes de que los países aliados habían puesto a sus tropas “en alerta” para una posible movilización, pero EE UU fue más allá: cifró en 8.500 los soldados preparados y detalló las zonas dónde las desplegaría en caso de necesidad. El Gobierno de Joe Biden avanzó el domingo que reduciría el personal de su Embajada en Kiev ante el riesgo creciente de conflicto —medida secundada por Londres— y Bruselas prefirió mantener la calma. De hecho, tiene previsto redoblar su presencia política e institucional. “Mientras continúen las negociaciones, no creo que debamos salir de Ucrania. Pero quizá el secretario Blinken tenga información que compartir con nosotros”, replicó Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea.

EE UU lleva al menos dos semanas dando detalles del paquete de sanciones con que golpearía a Moscú si interviene la antigua república soviética —”Sería un desastre para Rusia”, advirtió Biden— como forma de disuasión, pero Europa prefiere no mostrar aún esas cartas y no dice ni pío de las posibles penalizaciones.

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La dependencia energética de Europa respecto a Rusia ayuda a comprender parte de esta diferencia ante el Kremlin. Prueba de que ese elemento flota en el ambiente es que EE UU ha abierto conversaciones con países grandes productores de energía sobre un posible desvío de suministros a Europa en caso de que se produzca la invasión rusa, según informaron este martes fuentes de la Administración norteamericana.

Las diferencias entre Bruselas y Washington no llegan, de momento, a poner en peligro el frente occidental, del que también forman parte el Reino Unido y Canadá, contra una posible agresión militar rusa. Pero la apreciación de los riesgos y, sobre todo, la forma de neutralizarlos, revela una brecha transatlántica que podría agrandarse si el conflicto se encona o se prolonga en una negociación sin límites claros.

La discrepancia más evidente es el pronóstico sobre una posible invasión militar de territorio ucranio. Para EE UU, esa amenaza es “inminente”, según repite Blinken. Para Borrell, esa amenaza parece mucho más lejana. “No, no creo que haya nada nuevo que indique un aumento del temor a un ataque”, dijo el lunes. Borrell tampoco dispara las alarmas por el hecho de que Putin haya desplegado tropas rusas en Bielorrusia.

Viajes de apoyo

El comisario europeo de Ampliación, Olivér Verhály, viajará miércoles y jueves a Kiev para mostrar el apoyo europeo al Gobierno de Volodimir Zelenski. También irán a Ucrania en los próximos días los ministros de Exteriores de Francia y Alemania. Una delegación de parlamentarios europeos llegará a la capital ucrania a finales de mes. Y algunos socios europeos incluso han propuesto celebrar en Kiev una reunión extraordinaria de los 27 ministros de Exteriores de la UE. Esta nutrida agenda parece destinada tanto a mostrar la solidaridad con Ucrania como a poner en duda la tesis del ataque inminente defendida por Washington.

Bruselas tampoco se muestra satisfecha con los vaivenes de Joe Biden. A finales del año pasado, el presidente de EE UU se apresuró a descartar una intervención militar para defender Ucrania. El anuncio, según fuentes comunitarias, sonó, deliberadamente o no, a un desentendimiento de Washington sobre el conflicto en Europa. Biden ha retomado después un tono mucho más beligerante, pero con tropiezos tan graves como el de haber admitido en público las diferencias en el seno de la OTAN sobre la respuesta a Moscú o la posibilidad de que Rusia proceda a una “incursión menor” en territorio ucraniano que podría resultar aceptable. Biden rectificó este desliz acto seguido y recalcó que cualquier traspaso de fronteras causará serias represalias.

“Rusia quiere una negociación bilateral con EE UU que deje aparte a los europeos”, señaló este martes el ministro francés de Asuntos Exteriores, Yves Le Drian, que consideró “inadmisible” que Putin busque arrastrar a Biden hacia “una especie de Yalta 2″, en alusión a una de las cumbres que tras la Segunda Guerra mundial fijó el reparto de influencia de las tres potencias vencedoras (EE UU, Reino Unido y la URSS) en el continente europeo. Ese marco quedó superado tras el desmoronamiento del bloque soviético. Y el orden geoestratégico europeo de la posguerra fría quedó fijado por el acta de Helsinki, la carta de París y el acuerdo de entendimiento entre la OTAN y Moscú. Bruselas considera innegociables esos tres textos.

“El concepto de ‘esferas de influencia’ no tiene espacio en el siglo XXI”, señalan las conclusiones aprobadas el lunes, de manera unánime, por los 27 ministros de Exteriores de la UE. El documento, uno de los más duros aprobados por la UE en relación Rusia, condena la incesante agresividad de Moscú contra Ucrania y reitera la amenaza de imponer unas sanciones económicas sin precedentes si el Kremlin consuma un ataque armado. EE UU, mientras, trata de recalcar que no hay división entre los aliados.

Sanciones en una mano y disposición a pactar en la otra

Entre las sanciones a Moscú que planea EE UU figura una medida inédita: la activación de una regla de productos producidos en el extranjero que restringiría el acceso de Rusia a los escasos y valioso microchips, básicos para la economía, así como un reguero de sanciones a los grandes bancos rusos. Otra medida resultaría trascendental para toda Europa: la cancelación del proyecto de gasoducto Nord Stream (NS2), un proyecto controlado por Gazprom que busca transportar gas de Rusia a Alemania directamente por el lecho del mar Báltico sin pasar por Ucrania. Biden señaló este martes que también se plantea sanciones individuales contra el líder ruso.
Para Bruselas, el empeño de Washington de airear las sanciones contrasta con la disposición a entrar con Putin en un regateo sobre la estructura de seguridad en el viejo continente. El dirigente ruso se permitió a finales de año publicar dos proyectos de tratados internacionales, con EE UU y la OTAN, respectivamente, que supondrían un cambio radical al marco europeo de los últimos 30 años.
“Solo los vencedores de una contienda se permiten poner unos textos así sobre la mesa”, apunta una alta fuente diplomática. Para Bruselas ambos textos son innegociables. Pero EE UU aceptó una primera reunión en Ginebra para estudiar los términos planteados por Moscú. Y Blinken se ha comprometido a dar una respuesta por escrito, algo que también hará la OTAN.

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Boris Johnson visitaba este jueves un centro médico de diagnósticos en la localidad de Taunton (Inglaterra).
Boris Johnson visitaba este jueves un centro médico de diagnósticos en la localidad de Taunton (Inglaterra).POOL (REUTERS)

Hay una razón evidente por la que los principales responsables de coordinar a los diputados de una u otra bancada en el Parlamento británico se llaman whips (látigos). La disciplina de grupo en Westminster no tiene la rigidez de las cámaras legislativas de otros países, y los representantes políticos del partido en el poder —sobre todo los que no ocupan cargo en la Administración— profesan más lealtad a los votantes de su circunscripción que al Gobierno. Conviene apretar las tuercas para mantener la coherencia política, y para eso están los whips. No es lo mismo, sin embargo, presionar a los diputados para que respalden una ley, que para salvar el cuello de un primer ministro en apuros. El diputado William Wragg ha declarado este jueves, al iniciar una de las sesiones de la Comisión de Administraciones Públicas y Asuntos Constitucionales, presidida por él, que “en los últimos días, varios parlamentarios han sufrido presiones e intimidaciones por parte de miembros del Gobierno por su intención, declarada o presumida, de perseguir que se vote una moción de censura interna al liderazgo del primer ministro”. Wragg ha sido uno de los primeros en exigir públicamente la dimisión del primer ministro, Boris Johnson, por el escándalo de las fiestas prohibidas en Downing Street. “La intimidación de un diputado es un asunto muy serio, y las informaciones recibidas apuntan a un caso de chantaje. Como consejo general a mis colegas, deberían reportar estos incidentes al presidente de la Cámara de los Comunes y a la Policía Metropolitana”, ha sugerido Wragg.

Un portavoz del Gobierno británico ha negado la acusación: “No somos conscientes de ninguna prueba que sostenga una acusación tan seria. Si aparece alguna, la estudiaremos cuidadosamente”, ha dicho.

Es el penúltimo episodio que viene a demostrar la enorme tensión existente entre Johnson y los diputados rebeldes, a pesar de que el primer ministro lograra ganar algo de tiempo después de la sesión de control del miércoles. En parte, gracias a una actitud defensiva y desafiante que contrastaba con su tono bajo y resignado de las horas previas. Pero sobre todo, gracias a la torpe explotación por parte de la oposición laborista de la deserción del diputado conservador Christian Wakeford. Después de ganar en las elecciones generales de 2019, por apenas 400 votos, el escaño de la circunscripción de Bury South, que sostuvo durante años la izquierda británica, Wakeford era uno de los nuevos parlamentarios tories que veían su futuro político en peligro por los desmanes de Johnson. Y decidió saltar a la bancada de enfrente. Pero no existe partido político en el mundo al que no desagrade el transfuguismo en sus filas, y la decisión del diputado de Bury South sirvió para recuperar cierta unidad entre los conservadores. Muchos de los que habían decidido ya presentar su “carta de retirada de confianza”, para activar la moción contra el primer ministro, optaron por esperar. Para la semana que viene se espera que la vicesecretaria permanente de la Oficina del Gabinete, Sue Gray, presente su informe definitivo sobre las fiestas en Downing Street. Johnson ha implorado a sus críticos que le den una tregua hasta que se publique el resultado de esa investigación. Confiaba en un principio en que, a pesar de su previsible dureza, el informe no incriminaría penalmente ni señalaría la responsabilidad directa del primer ministro. De ese modo, calculaba el equipo de Johnson, sería posible que rodaran algunas cabezas para mostrar ejemplaridad y contrición, y poder pasar página.

Pero sobre la mesa de Gray se han ido acumulando los indicios. Según la cadena ITV, ya ha encontrado el correo electrónico que un exasesor mandó al secretario privado de Johnson, Martin Reynolds, el hombre que envió la invitación a una de las fiestas a cerca de cien personas. Era una carta de advertencia, por la aparente ilegalidad del evento. El mismo aviso que Dominic Cummings asegura que le dio en persona a su entonces jefe, el primer ministro. La alta funcionaria ha decidido interrogar también al exasesor estrella de Johnson, y cada vez va a resultarle más complicado presentar una conclusión que exculpe al político conservador.

El ministro de Sanidad, Sajid Javid, se ha convertido en el tercer miembro del Gobierno que no solamente da por sentado, sin el menor asomo de dudas, que hubo fiestas en Downing Street durante el confinamiento, sino que ha exigido que se proceda cuanto antes a la expulsión de los responsables. Y, como el ministro de Economía, Rishi Sunak, tampoco ha querido poner la mano en el fuego por Johnson. Si se demuestra que mintió al Parlamento, al asegurar que no sabía que estaba asistiendo a una fiesta, también tendría que irse. “El Código de Buen Gobierno es muy claro. Si un ministro, incluido el primer ministro, se salta la ley, debe renunciar. Es una regla general que vale para todos, sin excepciones”, ha dicho Javid.

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