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El Partido Unionista Democrático (DUP, en sus siglas en inglés) lleva meses mirando de reojo y con pavor las encuestas. Anuncian que perderá su posición de primer partido en Irlanda del Norte en las próximas elecciones autonómicas de mayo, en favor de los republicanos del Sinn Féin (antiguo brazo político del IRA, y partidarios de la reunificación de la isla). Y hace tiempo también que el DUP ha señalado al chivo expiatorio que culpa de todos sus males: el Protocolo de Irlanda, que firmaron Londres y Bruselas para cerrar definitivamente un acuerdo sobre el Brexit. En una acción concertada para dar un golpe al avispero, el ministro principal del Gobierno autónomo (cargo equivalente a primer ministro), Paul Givan, ha anunciado este jueves su dimisión. Y el consejero de Agricultura, Edwin Poots, ha decidido unilateralmente suspender los controles sanitarios de productos ganaderos y agrícolas procedentes de Gran Bretaña, algo de obligatorio cumplimiento según lo acordado entre el Reino Unido y la Unión Europea.

Ambos políticos son unionistas del DUP. Ambos pertenecen a la línea dura del partido, que quiere deshacerse del Protocolo de Irlanda antes de que lleguen las elecciones de mayo. Frente a ellos se sitúa el presidente de la formación, Jeffrey Donaldson, quien quisiera dar una última oportunidad a las negociaciones en curso entre Londres y Bruselas. Después de la dimisión a mediados de diciembre de David Frost como negociador británico con la UE se abrió un cierto margen de esperanza. Tomó las riendas de ese negociado Liz Truss, la ministra británica de Exteriores. Y aunque mantuvo en sus declaraciones el tono de dureza de su predecesor, su voluntad de regresar con otra actitud a la mesa de negociación relajó una relación que a punto había estado de derivar en una guerra comercial entre las dos orillas del canal de la Mancha.

Un portavoz del Gobierno de Johnson ha asegurado este jueves que Downing Street desconocía la intención del Ejecutivo norirlandés de suspender los controles sanitarios, y que el primer ministro desearía una solución lo más pronto posible frente a este nuevo inconveniente.

Truss y su contraparte negociadora, el vicepresidente de la Comisión Europea, Maros Sefcovic, han retomado este jueves sus conversaciones bajo la sombra de la sorprendente decisión del Gobierno autónomo irlandés. “La Comisión Europea ha estado trabajando de un modo incansable con el Gobierno del Reino Unido para solucionar los problemas prácticos derivados de la puesta en práctica del protocolo. La decisión del consejero de Agricultura de Irlanda del Norte resulta de poca ayuda”, ha dicho un portavoz comunitario. “Vigilaremos de cerca los siguientes movimientos en Irlanda del Norte después de este anuncio”, han advertido.

Poots se ha cobijado en un supuesto asesoramiento legal que le permitiría suspender los controles sanitarios ante los problemas que provocan, pero el resto de partidos norirlandeses le han acusado de estar violando las obligaciones de un tratado internacional con fuerza legal. Y a última hora del jueves ni siquiera estaba claro que su orden se hubiera cumplido en los distintos puertos norirlandeses, porque los altos funcionarios encargados de trasladar la directiva habían expresado dudas sobre su legalidad.

La UE no entra en las maniobras políticas internas del Gobierno norirlandés, pero sí responde ante una decisión que choca legalmente con un tratado internacional como es el Protocolo de Irlanda. Firmado como anexo del Acuerdo de Retirada de la UE, el protocolo fue una solución compleja y largamente negociada para solucionar el atasco del Brexit. El abandono del Reino Unido suponía que Irlanda fuera la única frontera terrestre de la UE con ese país. Bruselas quería proteger a toda costa su preciado Mercado Interior, pero no al precio de volver a partir en dos la isla de Irlanda y poner en peligro la paz alcanzada en el Acuerdo de Viernes Santo de 1998. Aquel pacto estableció la conveniente ficción de que Irlanda era una única isla, y su frontera interna se volvió invisible. Cualquier nueva señal de control entre las partes, aunque fuera aduanero, podía resucitar la violencia sectaria. La solución, firmada por Boris Johnson, fue mantener a Irlanda del Norte dentro del espacio aduanero de la UE y trasladar la barrera aduanera al mar de Irlanda.

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Desde entonces, todo han sido problemas. La burocracia y aumento de costes y controles aduaneros y sanitarios para el envío de productos desde Gran Bretaña a Irlanda del Norte desató las protestas de empresas y ciudadanos. Fue la llamada “guerra de las salchichas”, cuando desapareció este producto de las estanterías de supermercados británicos con establecimientos en la región. A pesar de la voluntad de Bruselas de buscar soluciones prácticas —redujo hasta un 80% el número de obligaciones aduaneras—, Londres y Belfast se alinearon en una posición extrema. El Gobierno de Johnson ha mantenido en todo momento sobre la mesa la amenaza de invocar el artículo 16 del protocolo, que permite la suspensión unilateral de sus disposiciones “ante graves dificultades económicas, sociales o medioambientales”. El aumento de la violencia vandálica en las calles de Belfast y Londonderry de los últimos meses, sobre todo por parte de bandas juveniles unionistas, ha sido la justificación esgrimida por el Gobierno de Johnson para replantear un tratado que, sobre todo, irritaba al ala euroescéptica del Partido Conservador y dejaba a los pies de los caballos a los unionistas del DUP, porque su electorado veía el protocolo como una traición que los alejaba aún más del resto del Reino Unido.

La dimisión de Givan

Unionistas y republicanos están obligados a compartir el poder en las instituciones autonómicas de Irlanda del Norte, pero el puesto de ministro principal queda reservado para el partido más votado. Hasta ahora ha sido el DUP. El anuncio de dimisión de Paul Givan implica automáticamente el cese de la viceministra principal, Michelle O’Neill, del Sinn Féin. En el plazo de una semana, los dos partidos deberán ponerse de acuerdo para un nuevo reparto de puestos, o el ministro británico para Irlanda del Norte, Brandon Lewis, estará autorizado a adelantar los comicios autonómicos, previstos para mayo. El movimiento sorpresa del DUP, en teoría, no tendría por qué acelerar el plazo para convocar las urnas, pero su dirección llevaba meses advirtiendo que reventaría la estabilidad de las instituciones políticas autonómicas —al abandonarlas— si no desaparecía el Protocolo de Irlanda. La voluntad negociadora expresada por Londres y Bruselas amenazaba con mantener vivo el problema para cuando mayo llegara, y obligar al DUP a competir con ese lastre. “Nuestras instituciones vuelven a estar sometidas a prueba (…) y su delicado equilibrio ha resultado afectado por el acuerdo entre el Reino Unido y la UE que puso en marcha el Protocolo de Irlanda”, ha dicho Givan en una comparecencia en un hotel de Belfast, al borde de las lágrimas.

La presidenta del Sinn Féin, Mary Lou McDonald, ha exigido la convocatoria inmediata de elecciones, “ante la ausencia de un Ejecutivo en funcionamiento. Debe quedar claro que las maniobras del DUP tienen sus consecuencias”, ha dicho.

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La Comisión Europea y el Gobierno británico han retomado la negociación sobre la aplicación de los acuerdos del Brexit en Irlanda del Norte tras el descanso navideño y, aparentemente, parece que lo han hecho con buen pie. Este viernes, de hecho, el vicepresidente Maros Sefcovic y la ministra de Asuntos Exteriores, Liz Truss, han emitido un comunicado conjunto, algo inusual en los últimos meses, sobre el primer encuentro entre ambos después de que la británica se haya hecho cargo de estas conversaciones, que hasta el mes pasado llevaba David Frost, dimitido ministro para el Brexit del Ejecutivo de Boris Johnson. “La reunión se celebró en una atmósfera cordial. Ambos acordaron que los técnicos se reunirán la próxima semana en conversaciones intensas”, apunta el texto.

Con la salida de Frost del Ejecutivo se esperaba con cierta expectación este primer encuentro. Frost es uno de los miembros del partido conservador británico con posiciones más duras e ideologizadas sobre el Brexit, y su personalidad había marcado fuertemente las negociaciones por sus constantes amenazas a recurrir al artículo 16 del Protocolo norirlandés, que supone la suspensión unilateral del acuerdo que ambas partes suscribieron para que saliera adelante la totalidad del Acuerdo de Retirada británica de la UE, que regula las relaciones entre Londres y Bruselas. En Bruselas se esperaba que la nueva jefa del equipo negociador mantuviera una posición más pragmática, pero un artículo que publicó hace días en la prensa británica había reducido esta esperanza. Finalmente, parece que, al menos en este primer encuentro, este nuevo comienzo permite ver con cierto optimismo la posibilidad de que se encuentre una salida a este asunto.

El Protocolo fue un añadido a los acuerdos generales entre la UE y Londres que permitían dar con una solución al problema más espinoso del Brexit, el encaje del Ulster tras la salida del Reino Unido. Se evitaba así la posibilidad de que se levantara una frontera física entre los condados de Irlanda del Norte y del resto de la Isla, poniendo en riesgo la delicada convivencia en esa zona entre católicos y protestantes y los acuerdos de Viernes Santo de 1998, que pusieron fin a la violencia terrorista entre ambas comunidades. Pero la aplicación de este protocolo, especialmente en el tráfico de mercancías, creó algunos problemas cotidianos que el Gobierno de Londres utilizó para renegar de un pacto que había suscrito en noviembre de 2019 y exigir que se renegociara todo de nuevo.

Esta posición siempre ha sido rechazada por Bruselas, que rechaza empezar de nuevo. La Comisión Europea no niega que la aplicación del protocolo haya traído trastornos en el intercambio de mercancías y por eso ha ofrecido la reducción de muchos de los trámites burocráticos necesarios en la llegada de productos de Gran Bretaña a Irlanda del Norte, ya que esta zona está ahora dentro del mercado común. Pero a lo que se ha negado en redondo es a prescindir del papel del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, una exigencia de Londres que Truss reiteró en su artículo de prensa. El argumento de Bruselas es que supondría el fin de la unidad de mercado.

Hasta ahora, después de tres meses de negociaciones y consumido el primer plazo que fijaba antes de Navidad la resolución del conflicto, solo se ha avanzado bastante en el capítulo de llegada de medicamentos a Irlanda del Norte desde Gran Bretaña.

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El unionismo más radical de Irlanda del Norte (la facción política partidaria de la unión con Gran Bretaña) considera que el protocolo sobre su territorio que selló el Brexit fue una amenaza existencial a su identidad, y en cualquier caso, una traición de Boris Johnson. El líder del Partido Unionista Democrático (DUP), actualmente la mayor de las cuatro formaciones probritánicas, Jeffrey Donaldson, ha estrenado 2022 con la apuesta redoblada de reventar las instituciones de autogobierno de la región si Londres no pone fecha y límite a sus negociaciones con Bruselas. El DUP quiere que todo acabe a finales de febrero. “Si no logramos un progreso rápido y decisivo en las negociaciones, y ambas partes siguen dando patadas al balón hacia adelante, habrá consecuencias graves para la estabilidad de las instituciones políticas de Irlanda del Norte”, ha dicho Donaldson al Daily Telegraph, el diario más defensor del Brexit y más cercano a Johnson.

El Gobierno británico evitó a última hora del año pasado una guerra comercial con Bruselas, al retirar —temporalmente— su exigencia de que el Tribunal de Justicia de la UE (TJUE) no fuera el supervisor último del cumplimiento de las reglas del mercado interno en Irlanda del Norte. Para evitar la imposición de una frontera dentro de la isla (la República de Irlanda es miembro de la Unión y, por tanto, la frontera comunitaria con territorio británico), el Reino Unido y la Unión Europea aprobaron, junto al Acuerdo de Retirada, un documento anejo con el mismo vigor jurídico: el Protocolo de Irlanda. El territorio británico de la isla permanecería dentro del mercado interior de la UE, y los controles aduaneros se realizarían en el mar de Irlanda. Se mantenía así la frontera invisible entre las dos Irlandas que impuso el Acuerdo de Viernes Santo de 1998, que logró preservar la paz con la idea, entre otras, de que ya solo había una Irlanda, aunque en algunos sitios se pagara en libras y se midiera en millas, y en otros en euros y kilómetros.

Londres boicoteó el Protocolo desde el primer minuto. Por varios motivos, prácticos e ideológicos. Las nuevas normas aduaneras impusieron muchas trabas a la exportación de productos desde Gran Bretaña a Irlanda del Norte. Por ejemplo, a los suministros de las grandes cadenas de supermercados con superficies en ambos lados. O para el envío de medicamentos genéricos del Servicio Nacional de Salud británico (NHS, en sus siglas en inglés). Pero los problemas de “fricción comercial”, los que realmente preocupaban a las empresas, fueron en gran parte la excusa para la cerrazón política e ideológica de Londres y de los partidos unionistas de Belfast. El entonces ministro de Johnson para el Brexit, David Frost, redobló la presión sobre Bruselas al exigir la retirada del Tribunal de Justicia de la UE del protocolo, algo nunca antes había planteado, y que irritó a la UE, porque alteraba profundamente el espíritu del tratado. Y las cuatro formaciones unionistas se conjuraron en septiembre para exigir conjuntamente que se retirara por completo el Protocolo.

El DUP fue aún más lejos, y anunció que abandonaría las instituciones de autogobierno norirlandesas, que comparten por imposición del acuerdo de paz republicanos y unionistas. Todo un golpe a una autonomía siempre endeble y en peligro, que ha llegado a estar hasta tres años suspendida por Londres, ante las desavenencias de sus miembros.

La decisión de Johnson de poner las riendas del Brexit en manos de su nueva ministra de Exteriores, Liz Truss, después de que Frost anunciara por sorpresa su dimisión a finales de diciembre, fue acogida con alivio. Es cierto que la propia Truss se encargó de ratificar en un comunicado la línea oficial del Gobierno, esto es, que mantenía abierta la posibilidad de invocar el artículo 16 del Protocolo, y suspender unilateralmente gran parte de sus disposiciones. Pero el anuncio previo de que se abandonaba la exigencia de anular el papel del TJUE en Irlanda del Norte fue interpretado por Bruselas —y por Dublín, al que afecta más directamente el conflicto— como una señal de flexibilidad en las negociaciones.

La presión sobre Truss, sin embargo, llega ahora por partida doble. No solo el ala dura y euroescéptica del Partido Conservador, cada vez más alejada de Johnson, vigilará que no se aleje de la pureza del Brexit conquistado. Los unionistas, especialmente el DUP, no van a dejar de apretar las tuercas. El próximo mes de mayo se celebran elecciones autonómicas en Irlanda del Norte. Y la amenaza para las fuerzas probritánicas se desborda por varios frentes. Demográfica y electoralmente, cada vez es más poderosa la mayoría que suman partidos republicanos como el Sinn Féin o progresistas a secas como el Alliance o el Partido Socialdemócrata y Laborista (SDLP). Y el Partido Unionista del Úlster (UUP), protagonista de los años que llevaron la paz a la región, pero que permanece desde hace una década en dique seco, tiene ahora serias posibilidades de arrebatar el trono a un DUP en horas bajas. Por eso los matices son importantes, y su dirección ha sugerido ya fórmulas pragmáticas para rescatar (o modificar sin alterar sus fundamentos) el Protocolo, en vez de seguir clamando por su derogación. Si el nuevo líder del DUP, Donaldson, comienza a sentirse acorralado, se sentirá tentado a dinamitar las instituciones de autogobierno en febrero, y acelerar el comienzo de una campaña electoral con resultado incierto para Belfast, Londres y Dublín.

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Consecuentemente, gran parte de la isla pasó a ser un señorío gobernado por la monarquía británica y después un Reino que era básicamente un Estado cliente de Londres.

Finalmente en 1800 se fundó el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, tras la aprobación del Acta de Unión por parte del Parlamento irlandés, en Dublín.

Pero desde sus inicios y a lo largo del siglo XIX, hubo una fuerte oposición en Irlanda que poco a poco se transformó en una violenta insurrección.

Hubo incluso estériles intentos de restablecer el Reino de Irlanda.

La lucha por más autonomía

En ese contexto, a finales de siglo, nace el movimiento «Home Rule» (autogobierno), que abogaba por más autonomía y la creación de un parlamento irlandés dentro de Reino Unido, para asuntos internos, mientras que los asuntos imperiales seguirían tratándose en Westminster, Londres.

Mapa de Irlanda y Reino Unido
Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda fue fundado en 1800.

Niamh Gallagher, profesora de historia moderna británica e irlandesa de la Universidad de Cambridge, destaca que los líderes del movimiento «Home Rule» no pedían independencia.

«Pedían un grado de devolución (de poderes) dentro de Reino Unido. Un poco como lo que hoy tienen Escocia o Gales», le dice a BBC Mundo

Pero también había nacionalistas irlandeses, principalmente católicos, que querían separarse por completo de Reino Unido.

Al otro lado del espectro político se encontraban los unionistas, protestantes en su mayoría, que vivían principalmente en el noreste de Irlanda.

Eran leales a la corona británica y temían convertirse en minoría en una Irlanda independiente.

En la década de 1870, cada vez más políticos británicos consideraban que Irlanda debía tener una mayor voz en sus asuntos internos.

Y líderes, como el exprimer ministro británico William Gladstone, apoyaban la creación de un «gobierno autónomo» en Irlanda e intentaron, sin éxito, aprobar leyes para darle más autonomía.

Formación de milicias

No obstante, la elección general de 1910 cambió el panorama político: los nacionalistas irlandeses ganaron la mayoría de los escaños de Irlanda.

El 1 de septiembre de 1912, los unionistas de Úlster salieron a las calles a protestar en contra del tercer proyecto del ley de autonomía de 1912 presentado por el primer ministro británico Herbert Asquith.
El 1 de septiembre de 1912, los unionistas de Úlster salieron a las calles a protestar en contra del tercer proyecto del ley de autonomía de 1912 presentado por el primer ministro británico Herbert Asquith.

Fue un voto que sirvió para ejercer más presión sobre Londres y exigirles que les devolviera algunos poderes.

Así fue como el entonces primer ministro Herbert Asquith presentó el tercer proyecto del ley de autonomía de 1912, cuya firma se retrasó hasta 1914 y luego fue suspendida tras el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Horrorizados ante el proyecto de ley que los alejaría de Londres, los unionistas firmaron inmediatamente una petición en protesta y fundaron la Ulster Volunteers, una milicia cuyo objetivo era bloquear un autogobierno nacional en Irlanda.

Para enero de 1913, la Ulster Volunteers ya contaba con cerca de 100.000 miembros y habían logrado contrabandear decenas de miles de rifles desde Alemania hasta Úlster, una provincia histórica en el norte de Irlanda.

Al observar lo que estaba sucediendo en Úlster, un grupo de nacionalistas se preparó para defender el autogobierno y fundó ese mismo año la organización paramilitar Voluntarios Irlandeses, que también se armó.

Mapa de Irlanda.

Las tensiones aumentaron entre nacionalistas y unionistas hasta tal punto que Irlanda estaba al borde de la guerra civil.

Dos eventos determinantes

Para intentar aliviar las tensiones, en la Cámara de los Lores, en Londres, se sugirió un plan de partición temporal, en el que seis condados de la provincia de Úlster seguirían siendo gobernados por Reino Unido.

El estallido de la Primera Guerra Mundial había hecho que las tensiones disminuyeran; tanto los nacionalistas como los unionistas habían tomado las armas contra los alemanes.

Pero a dos años del comienzo de la guerra, el 24 de abril de 1916 ocurrió una rebelión en Dublín que trascendió como el Alzamiento de Pascua, cuyo objetivo era poner fin al dominio británico en Irlanda y establecer una república independiente.

El ejército británico logró en cinco días controlar la insurrección que dejó 116 muertos, 368 heridos y nueve desaparecidos.

La historiadora Niamh Gallagher asegura que 1916 y 1918 fueron años determinantes en el futuro de Irlanda.

Y es que, a pesar de su fracaso militar, el Alzamiento de Pascua puede considerarse como un punto importante en la eventual creación de la República de Irlanda.

Los disturbios del Alzamiento de Pascua ocasionaron grandes daños en Dublín.
Los disturbios del Alzamiento de Pascua ocasionaron grandes daños en Dublín.

Mientras que en las elecciones generales de Irlanda de diciembre de 1918 el partido nacionalista Sinn Féin ganó 73 escaños de 105.

Tras esa victoria, sus diputados se negaron a sentarse en Londres y, en cambio, fundaron a principios de 1919 el Dáil Éireann: su propio parlamento en Dublín.

La guerra de independencia

En su primera sesión parlamentaria, el 21 de enero de 1919, el Sinn Féin declaró la independencia de Irlanda, ratificando la Proclamación de la República Irlandesa de 1916.

Pero el gobierno británico se opuso y su negativa a aceptar la declaración desencadenó ese mismo día la Guerra de Independencia de Irlanda.

El Sinn Féin transformó la organización Voluntarios Irlandeses en el Ejército Republicano Irlandés (IRA, por sus siglas en inglés), quienes iniciaron una guerra de guerrillas.

Los violentos enfrentamientos hicieron que el primer ministro británico, David Lloyd George, creara un comité para encontrar una solución.

La Guerra de Independencia Irlandesa duró dos años, dejó más de mil muertos e inmensas pérdidas materiales.
La Guerra de Independencia Irlandesa duró dos años, dejó más de mil muertos e inmensas pérdidas materiales.

Sólo en junio de 1920, veinte personas murieron en la ciudad de Londonderry, en el norte de la isla.

Pero el foco del derramamiento de sangre fue Belfast, la capital de Irlanda del Norte.

Más de 450 personas fallecieron en esa ciudad entre junio de 1920 y julio de 1922.

La «rápida» solución

Niamh Gallagher, de la Universidad de Cambridge, explica que, en ese contexto, Londres necesitaba encontrar una solución rápida al conflicto.

Desde 1912, el gobierno británico barajó una amplia variedad de opciones para Irlanda, una de ellas era dividir la isla.

«En 1919-1920, la partición se convirtió en la solución preferida para la llamada ‘cuestión irlandesa’, aunque no se había acordado dónde estaría exactamente la frontera».

Las recomendaciones del comité, encargado por el gobierno británico y presidido por el unionista Walter Long, formaron las bases del Acta del Gobierno de Irlanda de 1920, con la que la isla seguiría unida a Gran Bretaña, pero se le devolverían ciertos poderes.

Con esta ley se logró la ansiada autonomía en Irlanda.

Pero, según el mismo acta, la isla sería dividida en Irlanda del Norte e Irlanda del Sur, que más tarde se transformaría en el Estado Libre de Irlanda.

Una solución controvertida

El Acta del Gobierno de Irlanda de 1920 no dejó satisfechos ni a los nacionalistas ni a todos los unionistas.

Irlandeses manifestando en contra de la partición de Irlanda a las afueras de Downing Street, la residencia del primer ministro británico en Londres.
Irlandeses manifestando en contra de la partición de Irlanda a las afueras de Downing Street, la residencia del primer ministro británico en Londres.

«No se consultó a la gente ni a los diferentes grupos. Se hizo eficazmente a puerta cerrada», destaca Gallagher.

Muchos unionistas de Úlster apoyaban la ley, pero no todos: algunos querían nueve condados en lugar de seis.

Los católicos del norte no la apoyaban en absoluto, se convirtieron en una minoría dentro de la nueva Irlanda del Norte y fueron vistos por el nuevo gobierno unionista más como un problema durante las décadas que siguieron.

Para Gallagher, la partición era una solución diseñada para pueblos homogéneos, pero en la isla no había tal homogeneidad.

«Gran parte de los nacionalistas, que eran mayoría en Irlanda, no apoyaban el acta y tampoco lo hacían la mayoría de los protestantes que vivían en el sur de la isla y en los tres condados sureños de Úlster, que no fueron incluidos en Irlanda del Norte, porque se quedarían fuera de Reino Unido«, señala la historiadora.

«Los republicanos irlandeses, del norte y del sur, nunca han aceptado (la partición). Si hubo un grupo que salió satisfecho fueron los unionistas de Úlster, quienes no estaban completamente convencidos, pero estaban preparados para hacer que funcionara».

Estado Libre Irlandés

El costo de la guerra y la destrucción aumentaban rápidamente, en un periodo en que el gobierno británico necesitaba lidiar con los múltiples problemas sociales y la depresión económica que había dejado la Primera Guerra Mundial.

Después de firmar el Tratado anglo-irlandés que estableció el Estado Libre, el líder del Sinn Fein Michael Collins se dirigió a la multitud en Dublín.
Después de firmar el Tratado anglo-irlandés que estableció el Estado Libre, el líder del Sinn Fein Michael Collins se dirigió a la multitud en Dublín.

Así que tanto el rey como los principales líderes religiosos pidieron el fin de la violencia.

Tras meses de negociaciones, el Tratado anglo-irlandés de 1922 marcó el fin de la guerra, permitiendo la creación del Estado Libre Irlandés, que tendría su propio gobierno, parlamento, ejército, pero que seguiría formando parte del Imperio británico.

Muchos nacionalistas no apoyaban el tratado, pero sentían que era un paso más hacia la independencia y el parlamento terminó aprobándolo por una estrecha mayoría.

Por su parte, los unionistas de Úlster sentían que el tratado violaba el Acta del Gobierno de Irlanda de 1920 y se separaron del Estado Libre Irlandés pocos días después de su creación, en diciembre de 1922.

Una partición «marcada por dos extremos»

Pero en vísperas de la entrada en vigor del polémico pacto estalló una sangrienta guerra civil que enfrentó a las fuerzas del gobierno provisional, que apoyaban el tratado, y al IRA, que lo rechazaba.

Los enfrentamientos se prolongaron hasta 1923 y dejaron miles de muertos y profundas heridas en las sociedades en ambos lados de la frontera norirlandesa.

Finalmente en 1937 se redactó la Constitución de Irlanda que fundó la República que conocemos actualmente.

La periodista de la BBC en Irlanda del Norte, Catherine Morrison, considera que la partición de Irlanda y la creación de Irlanda del Norte hace 100 años estuvo marcada por dos extremos.

Un sacerdote agita un pañuelo manchado de sangre mientras cuatro hombres llevan a un hombre herido y ensangrentado por las calles de Londonderry durante The Troubles.
«The Troubles» (los problemas) fue un sangriento y traumático conflicto entre unionistas y nacionalistas que duró 30 años.

«Por un lado, 1921 fue un año de grandes escenarios políticos, de discursos, de pompa y ceremonia. Lejos de todo eso, la gente corriente en el nuevo estado de Irlanda del Norte vivía sus vidas en un contexto de violencia latente», explica.

Y a partir de 1922, esa violencia se convirtió en «una paz incómoda».

«Pero el malestar sectario sería una característica peligrosa de Irlanda del Norte durante las próximas décadas», añade.

¿Una Irlanda Unida?

De hecho, ese malestar sectario se intensificó a lo largo de los años y las tensiones comunitarias aumentaron en Irlanda del Norte con campañas de desobediencia civil que dieron origen a «The Troubles» (los problemas), un sangriento y traumático conflicto entre unionistas y nacionalistas, que duró 30 años y terminó con la firma del Acuerdo de Viernes Santo en 1998.

La historiadora Niamh Gallagher cree importante destacar que tras la firma del acta de 1920 aún existía la posibilidad de revisar la frontera entre Irlanda del Norte e Irlanda del Sur.

Joven ante un incendio en las protestas en Irlanda del Norte
Irlanda del Norte vivió en abril una de las peores olas de violencia en años. Líderes unionistas vincularon la violencia a tensiones acumuladas por la frontera del mar de Irlanda impuesta como resultado del acuerdo del Brexit.

«En 1924-1925 se le encargó a un comité que revisara la frontera. Al final sus hallazgos fueron suprimidos y la frontera que se había decidido en el acta de 1920 quedó allí».

A cien años de la partición de Irlanda, muchas personas en ambos lados de la frontera creen que en el futuro esta podría desaparecer, dándole paso a una Irlanda Unida.

Según una encuesta encargada por el programa Spotlight de la BBC, una pequeña mayoría en Irlanda del Norte cree que la región se habrá separado de Reino Unido en 25 años.

El 49% de los encuestados dijo que votarían por permanecer en Reino Unido si hubiera una encuesta fronteriza hoy, mientras que el 43% respaldaría una Irlanda unida y el 8% no sabe.

Pero cuando se les preguntó si pensaban que en 25 años Irlanda del Norte continuaría formando parte de Reino Unido, el 51% de las personas en la región dijo que no.

«En realidad, ningún partido político ha elaborado un caso convincente para atraer a votantes del ‘otro lado'», señala Gallagher.

«Décadas sin comunicación entre el norte y el sur, «The Troubles» (…), además de los niveles considerables de desconfianza del ‘otro lado’, han hecho que los partidos nunca hayan trabajado duro para ir más allá de su base de votantes», prosigue.

«Pero los próximos años nos indicarán cuánto éxito tienen los partidos vendiendo una Unión (de la isla) o una nueva Irlanda«.


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