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En el número 72 de la calle de Pushkin de Yitómir vivían 94 familias. Eso era antes del pasado 4 de marzo, cuando un misil ruso cayó a 50 metros del edificio, sobre la Escuela número 25 de esta ciudad del norte de Ucrania. El colegio quedó arrasado y los bloques de viviendas de la calle de Pushkin, dañados. Hoy continúan residiendo en el edificio unos 20 inquilinos, asegura la familia Horovetz. La mayoría abandonó el lugar.

Los Horovetz son los únicos que la mañana del pasado martes buscaron cobijo en los sótanos del bloque cuando sonaron las alarmas de un posible ataque aéreo. “Hace tan solo una semana, el refugio estaba lleno con los pocos que continuamos aquí, pero la mayoría ha vuelto al trabajo, es lo que pidió el alcalde”, comentaba Mikhailov, el padre.

Aula de la Escuela número 25 de Yitómir, completamente destruida por un misil ruso el pasado 4 de marzo.
Aula de la Escuela número 25 de Yitómir, completamente destruida por un misil ruso el pasado 4 de marzo. Albert Garcia (EL PAÍS)

Yitómir (unos 266.000 habitantes) se ubica a 130 kilómetros al oeste del frente de Kiev, la capital de Ucrania. Un 40% de su población huyó de la ciudad hacia las regiones más seguras del oeste del país o hacia el extranjero. Al norte de la provincia de Yitómir se han producido algunos de los enfrentamientos armados más intensos de la guerra contra el invasor ruso.

La urbe ha sufrido ataques devastadores en su casco urbano, como el que el pasado 2 de marzo dejó sin hogar a Alexandr Korniichuck. Si alguien no cree en los milagros, afirma Korniichuk, debería visitar el lugar en el que se situaba la casa de dos plantas que heredó de sus padres. Él y su esposa se encontraban en el edificio, ahora en ruinas. Su hijo de 12 años se había trasladado poco antes a vivir con sus abuelos en el campo. Los rescataron bajo los escombros, una pared maestra les salvó. En lo que era el patio de la comunidad de vecinos está su coche volcado y destrozado. Su mujer tiene problemas auditivos por el estallido y él estuvo tres semanas sin trabajar. Volvió a su empleo como técnico de la empresa de telefonía móvil Lifecell hace unos pocos días: “Yo volví a nacer el 2 de marzo, ahora lo que necesito es ingresar dinero, y mi país necesita conexiones telefónicas”.

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Serhii Sukhomlin, el alcalde de Yitómir, es un militar retirado que se prodiga en mensajes patrióticos en sus redes sociales. Sobre la mesa tiene un fusil y en el respaldo de su silla, el chaleco antibalas. Su misión hoy es que sus conciudadanos vuelvan al tajo. En lo mismo ha insistido el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski: la actividad económica debe funcionar donde sea posible.

En Yitómir volvió a ponerse en funcionamiento la semana pasada la red de transporte público de autobús y trolebús. Cada pocas horas se interrumpe el servicio por las alarmas de ataques aéreos, pero la ciudadanía lo acepta estoicamente. Sukhomlin y su equipo se instalan en un pasillo de la primera planta del ayuntamiento cuando suenan las sirenas. “La gente se está adaptando, fíjese que ahora muchos ni bajan a los refugios”, explica Víktor Kliminskii, secretario del pleno municipal.

Serhii Sukhomlin, alcalde de Yitómir, el miércoles, en su despacho bajo una fotografía del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, y con su fusil Kaláshnikov encima de su escritorio.
Serhii Sukhomlin, alcalde de Yitómir, el miércoles, en su despacho bajo una fotografía del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, y con su fusil Kaláshnikov encima de su escritorio.
Albert Garcia (EL PAÍS)

Kliminskii se mueve por la ciudad con un uniforme de camuflaje y un kaláshnikov colgado del hombro. Pone como ejemplo el mercado municipal, que progresivamente va recuperando sus puestos. “Aquí también se ganan batallas”, dice, y confirma que poco a poco hay más vecinos que regresan a la ciudad. Sukhomlin avanza que quieren iniciar cuanto antes la construcción de viviendas para quienes han perdido sus hogares y sobre todo para los miles de familias de desplazados del este del país que se establecerán en la zona. “Muchos de ellos no volverán a sus provincias, que son las que sufrirán más tiempo las consecuencias de la guerra”, dice el alcalde.

La música de una banda de rock truena en el templo evangélico El Mandamiento de Jesucristo. Las letras que cantan son letanías patrióticas en las que piden a Dios que les ayude a vencer al mal. La Iglesia evangélica tiene una presencia significativa en las provincias alrededor de Kiev y en Yitómir cuenta con un millar de feligreses. Solo quedan 400, resume Kostia Dekhtiazenko, ayudante del pastor, pero sus oficios han pasado de ser semanales a diarios por la necesidad de la población de reencontrarse. Dekhtiazenko cree que la gente tiene menos miedo: “Ahora, cuando cae un misil, enseguida volvemos a la actividad; hace un mes, nos quedábamos bloqueados”.

Los feligreses de la iglesia evangélica de Yitómir disfrutaban el miércoles de un concierto de rock para acompañar el oficio religioso que ha pasado de ser semanal a celebrarse todos los días con el fin de ofrecer a la comunidad un lugar de encuentro.
Los feligreses de la iglesia evangélica de Yitómir disfrutaban el miércoles de un concierto de rock para acompañar el oficio religioso que ha pasado de ser semanal a celebrarse todos los días con el fin de ofrecer a la comunidad un lugar de encuentro.
Albert Garcia (EL PAÍS)

DJ Maughfling es un empresario británico que podría estar en su casa en Eslovaquia, donde reside su mujer, o en el Reino Unido, su país, pero prefiere continuar en Yitómir. En las afueras de la ciudad tiene la planta de producción de su empresa, Supersprox, una compañía de piñones y platos para motocicletas. El día que empezaron las hostilidades provocadas por Rusia, el 24 de febrero, Maughfling se encontraba en Eslovaquia. A la mañana siguiente, partió de regreso a Yitómir. “Esta es una pequeña compañía familiar, nos conocemos todos, sabemos de nuestras vidas”.

Supersprox es una de las pocas fábricas de la región que no detuvo la producción. Su directora financiera, Viktoria Polishcuk, enumera cinco empresas de capital extranjero que han reiniciado la actividad siguiendo su ejemplo. “No podíamos parar porque este no es un país rico, no es como en la Unión Europea, que con la pandemia del coronavirus repartió millones de ayuda”, recuerda Maughfling. “Aquí, si no cobran la nómina, no tienen nada, y si el Estado no ingresa impuestos, tampoco podrá afrontar el conflicto”. Este empresario británico admite que la situación le produce respeto, y no es para menos: la vecina fábrica de Izovat, un gigante del sector de aislantes térmicos, fue parcialmente destruida por un misil ruso. “Tenemos que controlar el miedo. Los que trabajan aquí saben que la situación es peligrosa, pero creen que es mejor estar ocupados que en casa todo el día mirando noticias, volviéndote loco”.

De los 74 empleados que tenía Supersprox, ahora hay 40 activos; los que faltan están alistados, ejercen de voluntarios o abandonaron la ciudad. La producción solo ha caído un 30%, afirma la dirección, porque se han sumado a la línea de producción el resto de departamentos, desde los diseñadores a los técnicos de láser. Les quedan pocos meses de existencias de aluminio y acero. Su principal proveedor de acero se encuentra en Mariupol, la ciudad más castigada por la agresión rusa. Tienen, además, tres contenedores de aluminio bloqueados en el puerto de Odesa, en Turquía y en China. No saben cómo pueden hacerlos llegar a Yitómir, concede Polishchuk, pero saben que lo conseguirán. “La pandemia nos inculcó la mentalidad de tirar hacia adelante”, asegura ella. “También nos decían que no encontraríamos camiones para transportar nuestros productos hacia Polonia, y ya hemos realizado dos envíos”, añade Maughfling.

Un obrero trabaja en los talleres de la fábrica Supersprox dedicada a la fabricación de componentes para motos en la ciudad ucrania de Yitómir.
Un obrero trabaja en los talleres de la fábrica Supersprox dedicada a la fabricación de componentes para motos en la ciudad ucrania de Yitómir.Albert Garcia (EL PAÍS)

El ayuntamiento confirma que las compañías que siguen operando, algunas con hasta 3.000 empleados, deben seguir estrictas medidas de seguridad: los empleados no pueden tener activado el geolocalizador del móvil porque si el enemigo detecta una concentración elevada de personas en un punto concreto, puede identificarlo como un objetivo. También se han reforzado los elementos de blindaje de instalaciones que no pueden dejar de estar vigiladas por el personal, como una fábrica de papel que hay en la demarcación.

Los controles militares de carretera o de búsqueda de saboteadores son un obstáculo también para el transporte de mercancías. Los que se salvan son los agricultores: los tractores van de un lado a otro en dirección a los campos, sorteando los controles con un saludo, como si fueran viejos conocidos, sin detener su ruta para sembrar un paisaje llano y cosido con interminables plantaciones de cereales.

Una brigada de limpieza barría el miércoles las calles de esta localidad del norte de Ucrania, a pesar de la guerra.
Una brigada de limpieza barría el miércoles las calles de esta localidad del norte de Ucrania, a pesar de la guerra. Albert Garcia (EL PAÍS)

Las brigadas de limpieza que ponen la ciudad a punto cada mañana también detienen la actividad durante los reiterados avisos de posible ataque aéreo y luego la reemprenden. Hay equipos de voluntarios que desbrozan y limpian las orillas del río Teteriv, el pulmón verde de la ciudad. “La gente necesita sentirse útil, y cuando coinciden con más personas como ellos, se convierte en una suerte de terapia”, asegura Sukhomlin. El alcalde subraya que la ciudadanía ha asumido que acaban de empezar “una etapa que durará mucho tiempo”, la de convivir con la guerra.

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Un grupo de 120 internos de un centro psiquiátrico de la región del Donbás llegó la tarde del domingo a Lviv, la capital de la retaguardia en el oeste de Ucrania. Ellos, y los voluntarios que esperaban con camillas y sillas de ruedas para ayudarles a desembarcar, sumaban unas 200 personas en el andén. Pese a la aglomeración, la escena se desarrollaba en un silencio que pesaba en el alma de los presentes. El grito repentino de alguno de los enfermos sacudía esta procesión de dolor a cámara lenta en la estación. Una miembro del equipo de bomberos alemanes se apartaba para llorar; un policía se secaba las lágrimas con disimulo. Los pacientes habían sido desalojados dos días antes de Severodonetsk, después de que un ataque ruso destruyera parte de las instalaciones hospitalarias en las que residían.

El sol del atardecer se iba apagando en el cielo de Lviv mientras los voluntarios transportaban a hombres y a mujeres que a duras penas podían dar un paso sin asistencia. El trayecto en tren, desde Kramatorsk, a mil kilómetros de distancia, duró un día entero. Había ancianos y minusválidos, hombres sin piernas o sin brazos. Sobre todo se contaban personas drogodependientes y veteranos de guerra, los dos grupos de riesgo que son especialidad de la institución evacuada, el Centro de Salud Mental de Severodonetsk. Tatiana Shapovalova, empleada de la organización y responsable del traslado, iba dando órdenes de un lado para otro. Sus lugartenientes eran dos mujeres que buscaban desesperadamente a médicos que les proveyeran de alguna medicación concreta que alguno de sus pacientes había perdido en el tren.

Paciente procedente del Centro Neurológico de Severodonetks, en el Donbás, a su llegada a la Estación Central de Lviv, en Ucrania.
Paciente procedente del Centro Neurológico de Severodonetks, en el Donbás, a su llegada a la Estación Central de Lviv, en Ucrania. Jaime Villanueva (EL PAÍS)

Quienes podían andar cruzaban el pasillo humano guiados por un voluntario. Las suyas eran miradas perdidas, de personas que no eran conscientes de dónde se encontraban, personas con una frágil salud a quien han expulsado de su espacio de seguridad. Pese a la desorientación, muchos agarraban con fuerza el poco equipaje que cargaban consigo, sin dejar que lo sujetara el personal de la estación. Descendían las escaleras que conectan las vías con los accesos a la estación y allí, en unos autobuses escolares, esperaban a que toda la comitiva hubiera salido del tren. Los autocares los trasladarían de noche a un centro psiquiátrico de Chernivtsi, a seis horas por carretera, no muy lejos de la frontera con Rumanía.

Los impactos de artillería rusa en las instalaciones sanitarias de Severodonetsk no han sido una excepción. El precedente más conocido fue el bombardeo de una maternidad en Mariupol. También se han producido ataques en otros centros psiquiátricos, uno de la localidad de Izyum, en la región de Járkov, y otro en Borodyanka, en Kiev.

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Traslado a Chernivtsi

Los internos esperaban sentados en los autocares, excepto aquellos que no podían valerse por sí mismos. Estos últimos yacían en las camillas, colocadas en fila en el suelo, y esperaban turno para que el personal médico les subiera a vehículos adaptados. Trabajadores de ONG repartieron dentro de los autobuses bandejas con la cena, y la comida fue devorada en cuestión de minutos. Luego, decenas de hombres dejaron sus asientos en los autocares para abalanzarse sobre un voluntario que repartía cigarrillos, mientras otro los iba encendiendo. “Fumar, en el caso de personas drogodependientes, calma muchísimo. En un momento como este, es una bendición”, explica Carlota Boyer, una psicóloga alicantina que ejerce estos días de voluntaria en la estación de tren de Lviv con la asociación cultural Causas Comuns.

Uno de lso pacientes del Centro Neurológico de Severodonetks, en el Donbás, a su llegada a la Estación Central de Lviv, en Ucrania.
Uno de lso pacientes del Centro Neurológico de Severodonetks, en el Donbás, a su llegada a la Estación Central de Lviv, en Ucrania. Jaime Villanueva (EL PAÍS)

Boyer tiene experiencia en asistencia en centros penitenciarios, pero también en crisis humanitarias. Para personas con trastornos psiquiátricos, dice, “la situación puede ser cuatro veces más estresante que para los demás”. “Ellos necesitan su rutina, saber dónde está el baño, cuándo hay que comer. Las caras desconocidas, también la mía por mucho que les sonría, les hacen sentir incómodos”. Boyer recuerda de la llegada de los pacientes de Severodonetsk y como muchos insistían con la misma pregunta: a dónde iban.

Kiril Dovzhik es un veinteañero que lleva cuatro días en la estación de tren de Lviv sirviendo como voluntario del Servicio de Defensa Territorial, en el departamento de reservistas y voluntarios de Ucrania. Él es de Zaporiyia, donde trabajaba como profesor de bailes latinos. En esa ciudad y su región se están produciendo choques entre el Ejército ucranio y el invasor. Por eso decidió trasladarse con su madre al Oeste, a una zona más seguras. A Zaporiyia se están trasladando en los últimos días miles de civiles procedentes de Mariúpol, la urbe más castigada por la guerra. Dovzhik explica que los testimonios de los desplazados de Mariupol que llegan a Lviv son descorazonadores; cita el caso de una familia que le relató cómo intentaron salvar su casa incendiada en un bombardeo con cubos de agua. Pero Dovhzik confirma que hasta el momento no había presenciado nada como esta comitiva del centro psiquiátrico de Severodonetsk: “Piense que soy bailarín profesional, antes de la guerra me dedicaba a dar clases de chachachá o de tango; es difícil estar preparado para algo así”.

Con los internos viajan también los familiares de las enfermeras. Dos hermanas adolescentes aguardaban a la partida de los autobuses con una jaula en la que tenían a sus mascotas, dos ratas. Algún paciente pedía acariciar a los animales y ellas los sacaban de la jaula. A Shapovalova la esperaba en Lviv su nieta y los padres de esta. Se habían mudado del Donbás cuando estalló la guerra de 2014 entre los separatistas prorrusos y el Gobierno ucranio. La niña tenía por entonces 10 años, ahora tiene 18. Acompaña a su abuela haciendo llamadas o traduciendo del ucranio al inglés. Su nombre, dice, es Dasha, pero su madre la corrige: ella se llama Daryna, “lo de Dasha se ha acabado”. Dasha es el diminutivo en ruso de su nombre. Ellos son de una región en el Donbás en la que ruso es el principal idioma de la población local. “Ahora ya no quieren saber nada del ruso o de Rusia”, dice Daryna, antes Dasha.

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El Ejército ruso ha lanzado varios misiles sobre el aeropuerto de la ciudad de Lviv sin causar víctimas mortales, han denunciado este viernes por la mañana las autoridades locales. Es el primer bombardeo que tiene lugar en la principal urbe del oeste de Ucrania desde que comenzó la guerra hace 23 días y el primer objetivo no militar. La región de Lviv sí había sido objeto de los misiles rusos en los últimos días. El pasado domingo al menos 35 personas murieron en el ataque a una base militar en Yavoriv, a unos 40 kilómetros de Lviv, y el viernes de la semana pasada otras seis personas perdieron la vida en el bombardeo de una base aérea de Lutsk, a 87 kilómetros de Polonia.

Por el momento, no se han registrado víctimas mortales, pero sí una persona herida, ha informado el responsable de la administración regional militar de Lviv, Maksym Kozytsky. Según él, los rusos han lanzado varios misiles desde el mar Negro y el Ejército ucranio ha conseguido interceptar varios, pero no los cuatro que han logrado dar en su objetivo, las instalaciones en las que se reparan los aviones. Parte de esa planta, cuya actividad se había interrumpido previamente, ha quedado “destruida”, ha comentado el alcalde de la ciudad, Andriy Sadovy.

Esta localidad es el principal lugar de paso por el que unos tres millones de personas han escapado de la guerra como refugiados hacia otros países. “Este ataque confirma que [los rusos] no están en guerra con el Ejército ucranio, están en guerra con el pueblo, las mujeres, los niños, los refugiados. No hay nada sagrado para ellos”, ha añadido Maksym Kozytsky, que lo ha considerado “un golpe” a un “refugio humanitario”.

Apenas había amanecido cuando varias explosiones retumbaron en Lviv, con 700.000 habitantes y situada a unos 70 kilómetros de la frontera con Polonia. Mientras, sonaban las alarmas que advierten a la población del peligro ante la posibilidad de un ataque aéreo y les pide que se pongan a cubierto o se trasladen a los refugios. Pronto una columna de humo negro se alzó sobre la zona del aeropuerto, una zona especialmente sensible para las comunicaciones y sobre la que las autoridades habían mostrado ya su preocupación. Varios vecinos que residen en la zona atacada confirmaron que escucharon tres detonaciones en torno a las seis de la mañana.

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“Ha habido explosiones en la zona del aeropuerto, cerca de la fábrica de reparación de aviones y nos hemos asustado mucho”, comenta Irina en la puerta de su casa, cerca del lugar del ataque, en presencia de su hijo. “No estaba dormida. Me asusté mucho porque fue una explosión muy fuerte. A los vecinos les han salido volando las ventanas y nosotros estábamos todos tumbados en el suelo”.

Algunos curiosos se agolpaban en el apeadero y la terminal de carga de trenes que hay próxima al aeropuerto, en una zona tomada por militares que impedían acercarse más y por la que circulaban ambulancias y camiones de bomberos. Los cristales de las ventanas de la estación se han roto por la onda expansiva. Desde un puente, se observaba la pista del aeródromo, que aparentemente no sufrió daños. Varios vehículos de emergencias se hallaban dentro de las instalaciones, mientras vehículos policiales y militares custodiaban el exterior.

Nuevos ataques en Járkov

Los servicios de emergencia de Járkov, la segunda localidad ucrania por población con 1,5 millones de habitantes, han confirmado este viernes la muerte de una persona y que otras 11 han resultado heridas en el bombardeo de un edificio de la ciudad, de mayoría de habla rusa. Las tropas de Vladímir Putin acechan desde hace semanas Járkov, objetivo prioritario en la diana de Moscú, que busca capturar la urbe para hacerse con el control del este de Ucrania y facilitar una tenaza a la región del Donbás, donde están las repúblicas prorrusas de Donetsk y Lugansk.

En la capital de Ucrania, Kiev, un misil ruso ha impactado contra un bloque de viviendas en el norte de la ciudad y ha provocado una víctima mortal y cuatro personas heridas. El Servicio de Emergencia de Ucrania ha informado de que 12 personas han sido rescatadas y otras 98 han sido evacuadas de este edificio de cinco plantas.

En los nuevos bombardeos nocturnos llevados a cabo por el Ejército ruso en las localidades de Severodonetsk y Rubizhne, en la región de Lugansk, en la parte oriental de Ucrania, al menos dos personas han muerto y seis han resultado heridas. Los ataques han afectado a más de una veintena de edificaciones en esas poblaciones y han destruido importantes infraestructuras, según la jefatura de la administración regional de Lugansk, ha informado la agencia Interfax-Ukraine.

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Japón aprueba nuevas sanciones a altos cargos de Defensa y empresas de Rusia

El Gobierno japonés ha anunciado este viernes sanciones adicionales sobre Rusia por la invasión a Ucrania, que conllevan el bloqueo de activos de 15 ciudadanos rusos más, principalmente altos cargos de Defensa, y de nueve corporaciones de la industria militar, naval y aeroespacial. «Seguiremos tomando las medidas adecuadas en colaboración con los países del G7 y la comunidad internacional según evolucione la situación», ha afirmado el portavoz gubernamental, Hirokazu Matsuno, en rueda de prensa al término de una reunión del Ejecutivo donde se aprobaron las nuevas sanciones.

Entre los 15 ciudadanos rusos sancionados figuran altos cargos del Ministerio de Defensa de Rusia, como Aleksey Krivoruchko, Timur Ivanov, Yunus-Bek Evkurov, Dmitry Bulgakov, Yuri Sadovenko y Nikolay Pankov, entre otros; así como la directora del Departamento de Prensa e Información del Ministerio de Asuntos Exteriores, Maria Zakharova. También han sido sancionados el director del Servicio Federal ruso para la Cooperación Técnica Militar, Dmitry Shugaev; el director general de la agencia Rosoboronexport, Alexander Mikheev; y Andre Skoch, miembro de la Duma (la cámara baja del Parlamento de Rusia). Además, se aprobaron sanciones a nueve organizaciones y corporaciones rusas vinculadas a la industria militar, aeroespacial o naval, como Russian Helicopters JSC, PJSC United Aircraft Corporation, SC United Shipbuilding Corporation y la agencia estatal Rosoboronexport (encargada de la importación y exportación de material de defensa), entre otras.

Estas sanciones sobre Rusia se suman a las aprobadas recientemente por el Gobierno japonés, que hasta la fecha eleva a 76 el número de ciudadanos rusos cuyos activos se han bloqueado, entre altos cargos gubernamentales y empresarios, junto a un total de 12 organizaciones y corporaciones rusas. Desde el inicio del conflicto por la invasión rusa a Ucrania, Japón ha impuesto sanciones a ciudadanos rusos, entre ellos el presidente Vladímir Putin, así como a 12 bielorrusos, entre los que está su homólogo Alexandr Lukashenko.

Las autoridades financieras de Japón también han ordenado a las casas de cambio de criptomonedas afincadas en su territorio el bloqueo de las transacciones con estos activos que impliquen a individuos o entidades sujetos a las sanciones contra Rusia y Bielorrusia.

Japón, al igual que otros países del G7 y la Unión Europea, ha aplicado sucesivas rondas de sanciones a Rusia desde que comenzó el conflicto, entre las que también se incluye la exclusión de bancos rusos del sistema SWIFT o el veto a la exportación de semiconductores, de maquinaria para la industria petrolera y otra tecnología con potencial bélico. (Efe)



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Yelena agarra con fuerza la bolsa en la que su gato blanco y canela maúlla desesperadamente. Acaba de meter en una pequeña maleta negra prácticamente toda su vida y ahora, con el ruido incesante de los bombardeos de fondo en Mikolaiv, no atina a marcar el número de su familia en el móvil. “¿Por qué nos hacen esto? No lo entiendo”, se lamenta llorosa esta mujer de 67 años.

A su alrededor, bajo una incipiente nevada, decenas de personas tratan de escapar de esta ciudad portuaria del mar Negro, uno de los principales objetivos de las fuerzas de Vladímir Putin y bajo implacables ataques rusos desde hace cuatro días. En coches atiborrados de enseres o a pie, buscan cruzar uno de los puentes que unen Mikolaiv, encajonada en un estuario, con la carretera que lleva a Odesa —y más allá, a las fronteras de Moldavia y Rumania—, la única vía de salida de la ciudad hacia territorio controlado por Kiev. El Ejército ucranio lo tiene todo listo para estallar estos puentes si las tropas del Kremlin se hacen con el control de la ciudad, enclave estratégico para la conquista de la costa y lanzadera hacia Odesa, la gran ciudad del mar Negro.

Este lunes, al amanecer, tras un fin de semana de intensos combates en los que las tropas ucranias hicieron retroceder al Ejército ruso, las fuerzas de Putin han lanzado otro feroz ataque contra Mikolaiv y sobre un barrio residencial del este de la ciudad, de 475.000 habitantes. Durante horas, los bombardeos y el olor a pólvora y a ceniza se han mezclado con la humedad y los copos de nieve. Junto al estuario, soldados y miembros de la guardia nacional y voluntarios de las brigadas de defensa territorial, con uniformes de camuflaje y gorros calados hasta las orejas, reforzaban las barricadas con sacos de arena e instalaban nuevas trampas antitanque. “Los rusos atacan infraestructuras estratégicas y se lanzan contra los civiles, pero de momento los estamos manteniendo a raya”, asegura el oficial Serguéi, que desde que empezó la invasión tiene órdenes de no revelar su apellido. De fondo, el estallido de un nuevo ataque de artillería. “Este es nuestro. Contraataque”, comenta señalando al aire.

Desembarco anfibio contra Odesa

Mikolaiv, fundada en el siglo XVIII como astillero bajo el Imperio Ruso y sede durante décadas de la flota rusa del mar Negro, se ha convertido en un campo de batalla clave para las fuerzas de Putin en su camino para controlar la costa ucrania y aislar el país de la salida al mar. Los lagos cristalinos, los parques de juegos y los monumentos con motivos navales son hoy objetivo de las bombas. La urbe, estratégicamente ubicada en una entrada del mar Negro y que fue uno de los principales centros de construcción naval de la Unión Soviética, es la pieza del rompecabezas que le falta al Kremlin para reforzar su asalto al sur de Ucrania, tras la conquista de Jersón —también en el mar Negro—, la primera ciudad en caer en manos del invasor. El control de Mikolaiv permitiría a Rusia tener otro punto de anclaje para un desembarco anfibio con el que apoyar la ofensiva contra Odesa, de casi un millón de habitantes, a 120 kilómetros por una carretera hoy plagada de controles.

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Al caer la tarde, el gobernador de Mikolaiv, Vitali Kim, asegura que las fuerzas ucranias habían retomado el control del aeropuerto de la ciudad y frenado el avance de los rusos, tras otra dura batalla. “Hoy difícilmente se puede llamar un día bueno. Atacaron nuestra ciudad de manera despreciable, mientras la gente dormía”, dice Kim en un mensaje de Telegram. El gobernador asegura que al menos ocho personas han muerto por los ataques de este lunes. “También hay daños graves en las infraestructuras. Eso lo podemos restaurar, pero las bajas humanas son terribles”, se lamenta. Mikolaiv, que acoge uno de los tres puertos más grandes de Ucrania, sufre bajo bombardeos, ataques con cohetes y con helicópteros.

Civiles huyendo de la ciudad de Mikolaiv, cerca de Odesa, en el Sur de Ucrania, este lunes.
Civiles huyendo de la ciudad de Mikolaiv, cerca de Odesa, en el Sur de Ucrania, este lunes.

El alcalde de la ciudad, Oleksandr Senkevich, asegura además que las tropas del Kremlin están utilizando fundamentalmente municiones de dispersión contra la ciudad. “El 90% de las bombas que nos lanzan son de racimo, destinadas a hacer mucho, mucho daño y fundamentalmente a las personas”, dice el regidor, que afirma que su equipo ha documentado decenas de ataques con ese tipo de munición, prohibidas por un tratado que ni Rusia ni Ucrania han firmado.

En el puente levadizo de Varvarovski, el principal de la ciudad, siguen atronando los disparos de artillería pesada. Con paso apresurado, un hombre carga como puede a su hijo de dos años y una mochila mientras su esposa lleva otra bolsa y un paquete de pañales. La orografía llana de la ciudad no la hace fácil defender y el paso Varvarovski, de unos dos kilómetros, inaugurado en 1964, puede tener los días contados. Es casi la única ruta de salida de Mikolaiv y objetivo de los ataques rusos, que podrían buscar dejar aislada la ciudad para asediarla, como están haciendo con otras urbes. También, de los ucranios, que están dispuestos a volarlo para evitar que los soldados de Putin obtengan un paseo rápido hacia Odesa, que ya se prepara para un gran ataque.

No les temblará el pulso. Hace unos días, ante el avance y la presión de las tropas del Kremlin, las fuerzas ucranias hundieron en el astillero de Mikolaiv, el buque insignia de la flota naval del país, que estaba en trabajo de reparación. Hundido para evitar su captura.

Misiles lanzados desde barcos rusos en el mar Negro, que llevan apostados frente a las costas ucranias varios días, elevando las alarmas de un posible desembarco anfibio, golpearon este lunes infraestructuras estratégicas en Tuzla, al sur de Odesa, desde donde se ha programado otro tren de evacuación adicional. “Las tropas rusas se están preparando activamente para atacar la ciudad”, ha advertido este lunes Mijailo Podoliak, asesor del presidente ucranio, Volodímir Zelenski. “Ya han intentado llevar a cabo ese plan con una fuerte ofensiva, pero nuestra defensa ha logrado contenerlos”, aseguró.

Sin apenas alterarse por el estruendo de las bombas, Artur Gorpinich entra a comprar cigarrillos en una tienda de ultramarinos junto al puente levadizo de Varvarovski. “Disparan, sí, pero por ahora no tengo miedo”, asegura. El hombre, de 34 años, de rostro afilado y barba arreglada, explica que su esposa y él han enviado a su hijo pequeño con su hermana, a la República Checa, pero que ellos han decidido quedarse en Mikolaiv: “No pienso correr. Antes me enrolaría en el Ejército. Soy conductor. Esta es nuestra tierra, nuestra ciudad. No les dejaremos tomarla”.

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Irpin, una localidad a tan solo 24 kilómetros de la capital, Kiev, es una de las zonas que más está sufriendo los bombardeos por parte del ejército ruso. Las tropas ucranias se vieron obligadas a dinamitar la semana pasada el puente que la une con Kiev para evitar el avance de Rusia, pero esto también ha dificultado la evacuación de los civiles. En el vídeo que acompaña a esta noticia puede ver la crónica en primera persona del periodista Jorge Said desde el interior de uno de los autobuses que diariamente alejan a los vecinos de Irpin de las bombas que Rusia lanza constantemente sobre sus casas. En la secuencia, Said capta varias de estas explosiones, a pocos metros de cientos de civiles, sobre todo mujeres y niños, que tratan de huir.

El domingo, varios proyectiles de mortero cayeron en la misma carretera por la que se evacúa a pie a los residentes de Irpin, provocando la muerte de varios civiles a lo largo del día. Atraviesan en su camino por esa vía el único puente que permite alejarse de su ciudad por carretera y que se halla en el vecino municipio de Stoyanka. Allí, en la ladera asomada al cauce del río Irpin, afluente del Dnieper, un retén militar con dos carros de combate, un puesto de mando y las trincheras cavadas, sirve para controlar en la distancia lo que ocurre sobre el puente. Uno de los uniformados explica a EL PAÍS que ya han adosado a los pilares del puente las cargas explosivas necesarias para hacer saltar por los aires la infraestructura en el momento en que vean acercarse al Ejército ruso. Mientras tanto, apuran el tiempo para que pasen cuantos más coches, mejor.

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Sin calefacción, casi sin agua y sin electricidad. Un millón de personas resisten desde hace tres días en condiciones críticas en Mariupol, sitiada por las fuerzas de Vladímir Putin. Este sábado, la evacuación de la ciudad portuaria y de la pequeña localidad sureña de Volnovaja, también en condiciones críticas, se ha suspendido por el fracaso del alto el fuego puntual y de solo varias horas acordado por Kiev y Moscú. El Gobierno ucranio ha acusado al Kremlin de bombardear la zona establecida como corredor humanitario para la salida de los civiles y la entrada de productos sanitarios y medicamentos, y de utilizar “artillería pesada y cohetes” contra Mariupol, que Rusia aspira conquistar. El presidente ruso, Vladímir Putin, ha acusado a las autoridades ucranias de “sabotear” el acuerdo y el corredor para civiles y ha elevado aún más sus amenazas sobre Kiev. Mientras, miles de personas siguen atrapadas bajo los bombardeos en una situación desesperada.

Los expertos ya habían dudado del cumplimiento ruso de la medida. Advertían, además, de que el alto el fuego podría beneficiar a Rusia, que podría aprovechar para reagruparse, reabastecerse y, tras la salida de la mayoría de la población civil, lanzar una dura ofensiva para ocupar Mariupol, de una gran importancia industrial y estratégica en el mar de Azov para avanzar en sus planes de crear un corredor desde la península ucrania de Crimea, que se anexionó ilegalmente en 2014, y el Donbás.

Cientos de personas se habían reunido en los puntos de recogida de Mariupol para montar en vehículos y autobuses habilitados para salir a través de los corredores humanitarios este sábado cuando han estallado nuevos ataques rusos, ha asegurado el alcalde de la ciudad, Vadim Boichenko, de donde necesitan salir unas 200.000 personas. “Valoramos la vida de cada habitante de Mariupol y no podemos arriesgarnos, por eso detuvimos la evacuación”, afirmó a la televisión local.

Más de 15.000 aspiraban a utilizar los corredores humanitarios supervisados por la Cruz Roja desde Volnovaja, situada entre el Mar de Azov y la ciudad de Donetsk, controlada por Moscú y reclamada por los separatistas prorrusos apoyados por el Kremlin desde 2014. La localidad, de 21.000 habitantes, está prácticamente arrasada por los bombardeos, los cadáveres yacen en las calles sin poderse recuperar y la ciudadanía que queda en Volnovaja permanece acurrucada en los refugios por los constantes ataques. No hay suministros y se están quedando sin comida, advirtió el diputado local Dmitro Lubinets.

Médicos sin Frontera, que tiene personal en la zona ha advertido que la situación en las dos ciudades es crítica. “Ayer recogimos agua de nieve y de lluvia para poder beber. Hoy hemos tratado de conseguir agua en las distribuciones, pero la cola es enorme”, ha relatado uno de sus trabajadores en una nota. “Las farmacias no tienen medicamentos”, ha alertado. Christine Jamet, directora de operaciones de la veterana ONG ha exigido que las evacuaciones se reanuden. “Las personas que buscan seguridad tienen que poder ponerse a salvo sin miedo a sufrir los efectos de la violencia”, ha dicho. Apenas 400 personas han podido abandonar las dos ciudades esta mañana.

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La guerra de Putin contra Ucrania ha cumplido ya 10 días y este sábado ha vuelto a endurecer la ofensiva. La resistencia del Ejército ucranio —en desigualdad numérica y con menos capacidad de lucha aérea y carencias de sistemas de defensa antiaérea— y de la sociedad civil ha ralentizado el avance de las tropas rusas, que han cambiado de estrategia y han pasado a poner en la diana infraestructuras civiles y zonas residenciales. El Kremlin está atacando el corazón de las ciudades, de donde más de 1,2 millones de personas se han visto obligadas a huir, según la ONU, que contabiliza 351 civiles muertos por la guerra pero avisa de que la cifra “subestima” la realidad.

El Ejército ruso se ha aplicado con dureza en zonas civiles de Járkov, la segunda ciudad más poblada del país, en el este de Ucrania; Chernihiv, cerca de la frontera con Bielorrusia y donde un duro ataque contra una zona residencial mató el jueves a 47 personas; Sumi, al noreste del país, escenario de duros ataques y donde hay atrapados cientos de estudiantes internacionales; y los alrededores de Kiev, la capital, hacia donde se dirige desde hace días un kilométrico convoy de blindados rusos que, sin embargo, está encontrando muchas dificultades para avanzar. Rusia ha tomado también un hospital psiquiátrico a las afueras de la capital, según ha afirmado este sábado el gobernador regional, Oleksi Kuleba.

Mientras, el portavoz del Ministerio de Defensa ruso, Igor Konashenkov, ha recalcado que el cerco a Mariupol —que, según sus palabras, está aplicando las fuerzas de la autoproclamada “república popular” de Donetsk— se sigue estrechando. Rusia, que asegura que no ataca zonas civiles y que sus ataques son quirúrgicos, ha afirmado que se ha hecho con el control de otras pequeñas localidades del este de Ucrania. El Estado Mayor ucranio ha anunciado por su parte que emprenderá una contraofensiva.

Las fuerzas de Putin, que asegura que quiere “desnazificar” Ucrania, siguen tratando de avanzar por otros flancos del sur, donde han obtenido por ahora los mayores logros. Ya controlan la costera ciudad de Jersón, de 290.000 habitantes, y la primera gran urbe en caer en manos rusas, que puede actuar como otra lanzadera en su camino hacia Odesa, también en el mar Negro, en una maniobra que podrían combinar con una invasión anfibia, han advertido los analistas militares. El objetivo de Moscú es arrebatar a Ucrania el control del mar.

Sin embargo, ya han estallado protestas en ciudades y pueblos bajo la ocupación rusa. En Jersón, que las tropas del Kremlin han tratado de aislar con el corte de las redes de telecomunicaciones ucranias, varios cientos de personas salieron a la calle este sábado con banderas ucranias y al grito de “vergüenza” o “iros a casa”. Imágenes similares se dieron hace dos días en la ciudad de Melitopol, Beriansk (en el mar de Azov) y otras localidades de población mayoritariamente rusoparlante, aquella que el presidente Putin afirma proteger.

Con el fracaso del alto el fuego puntual para las evacuaciones de este sábado también ha descarrilado la reunión entre las delegaciones ucrania y rusa que iba a celebrarse en Bielorrusia, cerca de la frontera con Ucrania. Está previsto que la nueva mesa de diálogo —la tercera— tenga lugar el lunes. Es posible que se acuerde un nuevo alto el fuego temporal y parcial. Aunque la ministra para los territorios ocupados de Ucrania, Iryna Vereshchuk, ha advertido que las tropas rusas pueden aprovecharlo para avanzar sobre posiciones ucranias.

Emma Beals, investigadora no residente en el Middle East institute, que ha estudiado las pautas de las estrategias rusas en Siria, por ejemplo, donde su apoyo fue clave para el régimen de Bachar el Asad, destaca que el alto el fuego y los corredores humanitarios son extremadamente necesarios para evacuar a la población civil y la entrada de asistencia humanitaria, pero que los acuerdos rusos deben tomarse con “grandes dosis de escepticismo”. “En Siria, hemos visto a Rusia aceptar ese alto al fuego que no cumplió y ofrecer corredores humanitarios que eran inseguros o inapropiados y no podían utilizarse”, señala. “Históricamente, Rusia ha aceptado aplicar un cese al fuego solo cuando está en línea con sus ambiciones estratégicas, con lo que puede ser una victoria militar completa”, advierte Beals.

A medida que la ofensiva rusa se endurece, el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, va elevando el tono para reclamar ayuda a sus aliados. Este sábado, el líder ucranio ha lanzado una llamada desesperada a los legisladores estadounidenses en una reunión por videoconferencia para obtener más aviones y apoyo para que la OTAN cree una zona de exclusión aérea sobre Ucrania. Para el país del Este, el más grande de Europa, el mayor desafío son los ataques aéreos.


Avance de tropas rusas (a 4 de marzo)

Anexionada por

Rusia en 2014

Fuentes: Territorios ocupados

(Instituto para el Estudio de la Guerra).

Avance de tropas rusas (a 4 de marzo)

Anexionada por

Rusia en 2014

Fuentes: Territorios ocupados

(Instituto para el Estudio de la Guerra).

Avance de tropas rusas (a 4 de marzo)

Anexionada por

Rusia en 2014

Fuentes: Territorios ocupados (Instituto para el Estudio de la Guerra).

La OTAN ya rechazó el viernes por la noche establecer la zona de exclusión aérea que el presidente Zelenski había pedido, y reclamó que no intervenga por aire ni por tierra por temor a que Rusia extienda su agresión a otras partes de Europa. Crear la zona de exclusión, explicó el secretario de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, requeriría desplegar aviones de combate de la OTAN y posiblemente “derribar aviones rusos”. “Como aliados de la OTAN, tenemos la responsabilidad de evitar que esta guerra se intensifique más allá de Ucrania”, dijo Stoltenberg. “Hemos dejado claro que no vamos a entrar en Ucrania, ni en tierra ni en el espacio aéreo ucranio”, añadió.

Zelenski cargó contra la decisión de la Alianza que ve como una señal de debilidad y división de la OTAN. “Todas las personas que mueran a partir de este día también morirán por vuestra culpa”, dijo el presidente ucranio en un vídeo, en el que agregó que el rechazo de la Alianza a actuar ha supuesto para Moscú una señal de “luz verde” para atacar pueblos y ciudades de Ucrania.

Ante las reclamaciones del líder ucranio, Putin ha advertido este sábado de que cualquier intento de otra potencia de imponer una zona de exclusión aérea en Ucrania sería considerado por Rusia como un paso hacia el conflicto militar. Tal paso, ha aseverado, tendría consecuencias catastróficas para Europa y el mundo.

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La crueldad ascendente con la que Rusia está invadiendo Ucrania se traduce en la utilización de las armas convencionales más mortíferas. “Hemos visto el uso de bombas de racimo y tenemos informes sobre el uso de otro tipo de armas que violarían las leyes internacionales”, ha denunciado el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, al acabar la reunión que ha mantenido este viernes con los ministros de Exteriores de los aliados. En el encuentro han estado presentes también los representantes de Suecia y Finlandia, países que no forman parte de la Alianza Atlántica pero estaban invitados al encuentro en Bruselas por la gravedad de la situación —Finlandia tiene más de 1.300 kilómetros de frontera con Rusia y Suecia está muy próxima—. Lo más duro, además, estaría por llegar, ha anunciado el mandatario noruego: “Los días que vienen serán peores, con más muertes y más destrucción”, un vaticinio que ya adelantó el presidente francés, Emmanuel Macron, este jueves después de hablar con Vladímir Putin, quien hace ocho días dio la orden de invadir a su vecino.

La denuncia del empleo de armas como las bombas racimo y otras prohibidas por las leyes internacionales, apunta Stoltenberg, sería uno de los elementos que quieren utilizar ante el Tribunal de La Haya. “Por supuesto, uno o dos aliados y socios están recogiendo información y controlando muy estrechamente lo que está sucediendo. También es bienvenida la decisión de la Corte Penal Internacional de abrir una investigación porque estamos seguros de que el presidente Putin y el presidente de Bielorrusia [Alexander Lukashenko] tienen que pagar por eso. Esto es brutal, esto es inhumano y es violar la ley internacional”, ha señalado.

Del encuentro de este viernes en Bruselas de los aliados, al que ha acudido también el secretario de Estado estadounidense, Anthony Blinken, ha salido una conclusión clara: la OTAN está dispuesta a apoyar a Ucrania, pero no a entrar directamente en el conflicto, ni siquiera para crear una zona de exclusión aérea como reclamaba el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski. “Los aliados están de acuerdo en que no debe haber aviones de la OTAN en los cielos ucranios”, ha aclarado Stoltenberg.

Los socios, ha explicado el secretario general de la Alianza Atlántica, saben que dar este paso supondría su implicación directa en el conflicto bélico y, en consecuencia, un gran salto cuantitativo y cualitativo. “La única vía para implementar una zona de exclusión aérea es enviar aviones de combate al cielo ucranio e imponerlo derribando aviones rusos […] Pero creemos que si hacemos eso acabaremos en una guerra total en Europa, implicando a muchos países y causando mucho más sufrimiento”, ha advertido.

En los últimos días, Ucrania había reclamado a los aliados que establecieran esa zona de exclusión aérea. Uno de los factores decisivos de esta guerra es el control del espacio aéreo por parte de Rusia. Eso le permite lanzar ataques para doblegar la resistencia de las principales ciudades ucranias, mucho más fuerte de lo que el Kremlin esperaba. “Putin infravaloró a las fuerzas armadas ucranias”, ha lanzado Stoltenberg.

Potencia nuclear

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Uno de los elementos que, evidentemente, pesan en la decisión de no dar más pasos hacia la implicación de la OTAN en el conflicto es que Rusia es una potencia nuclear. Putin ha amenazado con recurrir al arma atómica y nadie obvia ese riesgo, ni siquiera aunque sea de forma indirecta, como ha podido comprobarse esta pasada noche en la central nuclear de Zaporiyia —la mayor de Europa—, que se ha incendiado en el ataque que ha permitido a los rusos hacerse con su control. “Lo sucedido en la planta nuclear esta noche subraya el peligro de esta guerra. La guerra es peligrosa y tener operaciones militares en la proximidad de una planta nuclear añade peligro”, ha enfatizado Stoltenberg.

La reunión en la sede de la OTAN en Bruselas no es la única cita que mantienen este viernes los ministros de Asuntos Exteriores occidentales en la capital comunitaria. Por la tarde se reúne el Consejo de Asuntos Exteriores de la UE, y a él acude también el secretario de Estado Blinken, además de la responsable de Exteriores de Canadá, Mélanie Joly, y su homóloga británica, Liz Truss. La presencia de la titular del Foreign Office tiene el simbolismo de que es la primera vez desde que el Reino Unido salió de la UE que uno de los jefes de su diplomacia vuelve a una reunión de este órgano comunitario.

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La icónica plaza de la Independencia de Járkov es un amasijo de escombros y cascotes. Los cables de electricidad se han derrumbado y el edificio de la Administración regional, una mole amarillenta de la época comunista, se ha convertido en un esqueleto humeante. Enfrente, un coche quemado y los restos de la carpa de lona amarilla y azul —como la bandera ucrania— que hasta hace poco ocupaban voluntarios que recogían ayuda para los civiles afectados por la guerra del Donbás. Un pitido incesante y molesto lo inunda todo. Como el olor agrio y denso a quemado que sigue a los bombardeos. En una de las esquinas de la enorme plaza, casi desierta, Mijail Ignatienko se apoya en dos muletas mientras observa los restos de su tienda de ultramarinos, arrasada por el ataque con un misil de las fuerzas enviadas por el presidente ruso, Vladímir Putin. “Ahora lo sufrimos, pero ganaremos”, dice el hombre, de 59 años, con los ojos acuosos.

Las tropas rusas acechan Járkov, la segunda ciudad en población del país (1,5 millones), mayoritariamente de habla rusa —como la ciudadanía a la que el jefe del Kremlin dice proteger en esta ofensiva total— y objetivo prioritario en la diana de Putin, que busca capturar la urbe para hacerse con el control del este de Ucrania y facilitar una tenaza a la region del Donbás. El ejército ucranio y las milicias ciudadanas de todo tipo, que patrullan por las calles del centro, fusil en mano, pidiendo la documentación a los escasos transeúntes, resisten. En un intento por doblegar la ciudad, el Kremlin ha intensificado sus ataques en los últimos días. Y lo ha hecho contra zonas residenciales e infraestructuras civiles. Los bombardeos han segado ya la vida de 21 personas y han dejado decenas de heridos. El Kremlin asegura que no ataca objetivos civiles.

“Esto no es una cuestión política o económica. Esto es una guerra solo porque Putin odia a los ucranios”, asevera Olga Volkova, una profesora de 42 años, que camina apresuradamente por el centro de la ciudad, donde hace un mes había una pista de patinaje sobre hielo, en la que parejas y familias echaban la tarde dando unas cuantas vueltas y bebiendo vino caliente. Volkova, menuda y bajita, con un gorro calado casi hasta las cejas para protegerse de la llovizna fría que cae sobre Járkov este miércoles, cuenta que trató de unirse a la milicia de las Fuerzas de Defensa Territorial, que depende del Gobierno, pero no la aceptaron. “Solo admiten a gente con experiencia, así que no me dieron un arma, pero estoy haciendo voluntariado”, explica la profesora, encogiéndose de hombros.

Volkova también ayudó en la carpa destruida de la plaza de la Independencia, que se había convertido en un memorial a los soldados ucranios muertos en la guerra del Donbás contra los separatistas prorrusos apoyados por el Kremlin —que se ha llevado por delante en ocho años 14.000 vidas, entre los dos bandos—, para el que ahora los voluntarios buscan otra ubicación.

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Una mujer camina junto a edificios dañados en Járkov, este miércoles.
Una mujer camina junto a edificios dañados en Járkov, este miércoles.María R. Sahuquillo

Las cicatrices de los bombardeos son ostensibles en Járkov, una ciudad de la que salen mareas de coches, desesperados por abandonar el terror de los ataques aéreos constantes, con controles fuertemente armados cada pocos kilómetros y carreteras llenas de tramas antitanque. Los que se quedan, hacen colas interminables en las farmacias, en las carnicerías y en los pocos supermercados que quedan abiertos. Las gestiones hay que hacerlas rápido, antes de que empiece el toque de queda a las tres de la tarde, explica Rostislas Suranov, comercial de 35 años, que cuenta que algunos barrios están empezando a tener problemas de suministro de calefacción, electricidad y agua. “Es la táctica para que nos vayamos o nos rindamos. Pero esta es nuestra tierra y nuestra ciudad y ellos, además de invasores, son unos cobardes”, afirma.

El vicegobernador de Járkov, Román Semenuja, cree que la intención de Putin es atemorizar a la población. “No pueden entrar en la ciudad porque cada vez que lo intentan les golpeamos, así que buscan sembrar el pánico con ataques con misiles, golpeando infraestructura crítica y áreas residenciales”, comentó a la televisión local. “Quieren desmoralizarnos”, dijo. Este miércoles, en otra andanada, el Kremlin lanzó un equipo de paracaidistas que trató de ocupar un hospital militar. Las tropas ucranias rechazaron el ataque tras una dura lucha urbana. Ya en la noche de este miércoles, otro ataque contra la ciudad alcanza a la catedral de Uspenski.

En la zona de la universidad, el olor a quemado, el polvo y la ceniza son la antesala de la destrucción. Este miércoles por la mañana, poco después de que se levantase el toque de queda, un ataque de las fuerzas de Putin impactó allí contra el Departamento Regional de Policía y la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional Karmazin y causó un gran incendio. Cinco personas que caminaban por los alrededores resultaron heridas por la inmensa explosión, que ha sembrado trozos de cemento, esquirlas, papeles y cristales por toda la zona.

Járkov, que fue un foro educativo importantísimo durante la época soviética, era antes de esta ofensiva un cada vez más pujante centro de nuevas tecnologías y un buen punto de intercambio de estudiantes internacionales. La ciudad, que una vez se vio con un pequeño bastión más cercano a las posturas prorrusas y que estuvo ocupada un par de días en 2014 por los separatistas apoyados por el Kremlin y colaboradores llegados del otro lado de la frontera que declararon la “república popular de Járkov”, ha girado en los últimos años más hacia Occidente. Como casi todo el país.

Hace un mes, cuando Rusia seguía amasando tropas a lo largo de las fronteras con Ucrania y la retórica del Kremlin contra Occidente y contra Kiev se endurecía, gran parte de la ciudadanía de Járkov no creía en la escalada. La zona no está lejos del Donbás, así que se habían acostumbrado a vivir bajo la amenaza rusa, comenta Natalia Skivina, que se ha organizado con unos amigos para ayudar a limpiar el “desastre” causado por los ataques. “Estoy muy enfadada. Están atacando edificios civiles con gente dentro”, exclama.

A finales de enero, cuando el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, comentó que Járkov sería uno de los primeros platos del menú de Putin en Ucrania y que Moscú podría aspirar a ocupar la ciudad y descabezar a su Gobierno, muchos pensaron que exageraba.

No lo hacía. Desde que el líder ruso anunció la “operación miliar” para “desnazificar” Ucrania y proteger a la población rusoparlante de discriminación —sobre todo en el Donbás, donde Putin ha asegurado que sufren “genocidio”—, los ataques a Járkov han sido sostenidos. Primero, a instalaciones miliares; después, sobre enclaves estratégicos, como plantas de suministro de energía; ahora, contra zonas residenciales.

Al oeste de la ciudad, muy cerca de la estación de metro Jolodna Gora, conocida por sus relieves de escenas comunistas, Andréi y Svetlana Derkaya caminan sobre brozas y cristales para tratar de recuperar algunos paneles metálicos de las paredes de un pequeño centro comercial, que está a punto de derrumbarse como consecuencia del bombardeo del lunes. La zona, parte de un barrio de clase media trabajadora, ha quedado muy tocada por los ataques de Putin: edificios destechados, cristales rotos, coches quemados. Junto a un instituto de cadetes, un hombre trata de recoger sus pertenencias de lo queda de su vivienda, de una sola planta, mientras otro intenta poner un gran plástico para proteger la única habitación de la casa que queda a cubierto. Lo han perdido todo. “Putin es un criminal”, se lamenta Derkaya, “dice que es un salvador, pero solo le gusta la destrucción”.

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La ciudad ucrania de Járkov, la segunda más poblada del país y muy cercana a la frontera con Rusia, ha sido uno de los objetivos principales del Ejército ruso desde el comienzo de la invasión a Ucrania. Las imágenes de combates urbanos y bombardeos de edificios e infraestructuras en la ciudad han sido constantes desde el 27 de febrero. En el vídeo que acompaña a esta noticia se puede ver el antes y después del bombardeo de dos escenarios urbanos en Járkov: el edificio de la administración regional, en la Plaza de la Libertad, y el Colegio Especializado número 134, muy cerca del centro de la urbe. En esta secuencia se incluyen vídeos y fotografías distribuidas por redes sociales que han sido verificadas por EL PAÍS.

Una cámara de seguridad captó a primera hora de este martes cómo un misil de crucero ruso impactaba justo frente a la fachada de un edificio de la administración regional, ubicado en la plaza más grande de Europa y la novena del mundo, la Plaza de la Libertad de Járkov. A las pocas horas, el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, se refirió a este ataque como un “crimen de guerra en una ciudad pacífica con áreas residenciales pacíficas, no con instalaciones militares”. “Varios testigos prueban que ha sido una destrucción deliberada de población civil, un acto de terrorismo de estado”, remarcó el presidente en un comunicado de vídeo difundido por redes sociales.

Apenas a cuatro kilómetros de la Plaza de la Libertad, en la calle Shevchenka, se encuentra el Colegio Especializado número 134. Desde que las tropas rusas entraron a la ciudad, ha sido un escenario de enfrentamientos con el Ejército ucranio. La imagen más cruda llegaba la madrugada del lunes, con el colegio calcinado tras un incendio provocado por los combates urbanos entre ambos Ejércitos.



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