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El 15 de marzo, los primeros ministros de Polonia, República Checa y Eslovenia, Mateusz Morawiecki, Petr Fiala y Janez Jansa, junto con líder del partido ultraconservador polaco Ley y Justicia (PiS), Jaroslaw Kaczynski, viajaron a Kiev en tren en plena escalada bélica para demostrar su solidaridad con Ucrania ante la agresión rusa. Mientras, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, reivindicaba en Budapest, en el acto central de su campaña electoral, que su país debía mantenerse al margen de la guerra para proteger sus intereses y no mencionaba una sola vez al que ha sido su aliado, el presidente ruso, Vladímir Putin.

La imagen refleja la grieta que la invasión rusa de Ucrania ha abierto en el eje polaco-húngaro tras años haciendo piña ante Bruselas en un pulso a cuenta del Estado de derecho y la independencia judicial. Unidos por su deriva autoritaria e iliberal y por un discurso nacionalista de defensa de los valores tradicionales, los dos países tienen expedientes abiertos sobre la base del artículo 7 del Tratado de la UE, que permite suspender el derecho de voto al país que viole los valores fundamentales de la Unión.

“¿Polonia? El mejor país de Europa”, decía el pasado octubre Orbán en la cumbre de la UE sobre la posibilidad de que su socio fuese sancionado por la controvertida decisión de su Tribunal Constitucional, que colocaba al país al borde de la ruptura legal con la UE. Medio año más tarde, mientras Varsovia abandera la línea dura contra Moscú y realza su estatus internacional por su papel en la acogida de refugiados ucranios, Budapest se ha quedado sola en la UE por su tibia posición ante la guerra en Ucrania.

Refugiados ucranios hacen cola en el puesto fronterizo de Medyka, entre Polonia y Ucrania, el pasado día 25.
Refugiados ucranios hacen cola en el puesto fronterizo de Medyka, entre Polonia y Ucrania, el pasado día 25.Albert Garcia (EL PAÍS)

El signo más visible del divorcio (o separación temporal) ha sido la decisión de Polonia y de la República Checa de cancelar su participación en una reunión de ministros de Defensa en Budapest del Grupo de Visegrado, —un foro también llamado V4 en el que estos tres países y Eslovaquia cooperan en el marco de la Unión Europea—. El titular de Defensa polaco, Mariusz Błaszczak, renunció a acudir por “la actitud pro Putin de Orbán”, según una fuente del Gobierno polaco citada por el diario Rzeczpospolita. La primera en anunciar su ausencia, la ministra checa del ramo, Jana Cernochova, fue más dura en Twitter: “Siempre he apoyado el V4 y lamento mucho que el petróleo ruso barato sea más importante para los políticos húngaros que la sangre ucrania”. En la reunión, que hasta su cancelación estaba prevista para este miércoles y jueves, se iba a abordar la postura de Budapest ante la invasión rusa.

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Hungría ha preferido además a la organización ultraconservadora polaca Ordo Iuris para liderar una misión de observadores de las elecciones que celebra este domingo, las más reñidas desde que Orbán llegó por segunda vez al poder en 2010. Zoltan Kovács, secretario de Estado de Comunicación y Relaciones Internacionales, tuiteó el pasado domingo que el motivo es la “creciente preocupación sobre la imparcialidad” de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), que también observará el domingo la limpieza de los comicios. Polonia y su ministro de Exteriores, Zbigniew Rau ocupa la presidencia de este organismo en estos momentos.

El distanciamiento de Polonia, la sexta economía europea, puede debilitar la posición de Budapest en Bruselas, pero Kovács no teme ningún tipo de aislamiento: “La posición nacional húngara nunca podrá quedar aislada, porque no actuamos según las expectativas de otros, sino de acuerdo a las de los ciudadanos húngaros”. La apuesta parece funcionar: a Orbán no le han afectado sus vínculos con Moscú, y llega a los comicios del domingo con una ligera ventaja sobre la lista unida de la oposición, una diferencia similar a la que venían reflejando las encuestas desde hace año y medio.

Línea roja

Orbán ha condenado la agresión rusa y se ha unido a las primeras rondas de sanciones europeas, pero ha puesto como línea roja las importaciones de gas y petróleo ruso por su alta dependencia energética (el 65% del petróleo y el 85% del gas en Hungría proceden de Rusia). El Gobierno ultraconservador de Budapest también aprobó que se reforzase la presencia militar de la OTAN en el oeste del país, pero rechazó enviar armas a Ucrania o que los envíos de otros países cruzasen su territorio. Todo, dice el líder de Fidesz, para preservar la paz y la seguridad, y mantener a raya los precios de la energía.

Frente a la posición de Orbán, Polonia no solo envía armas a Ucrania, sino que sirve de plataforma para el transporte de los equipos que mandan otros Estados. Depende también de la energía rusa, pero está dispuesta a buscar alternativas para cortar esas amarras. Quiere dejar de importar carbón de Rusia ya el próximo mayo y petróleo antes de que acabe el año, según anunció este miércoles el primer ministro, Morawiecki. Y donde el Gobierno húngaro se adelanta y dice, aunque nadie se lo ha pedido, que no enviará soldados, el polaco propone enviar una misión de paz de la OTAN a Ucrania, país del que tanto Hungría como Polonia son vecinos.

“Si me pregunta si estoy contento, le diré que no, pero voy a esperar a las elecciones. Veremos después”, dijo el líder polaco del PiS, Kaczynski, al ser preguntado en la radio pública polaca sobre la posición de Orbán ante la guerra en Ucrania. El presidente del país, Andrzej Duda, afirmó el pasado sábado en televisión que le resultaba “difícil de entender” la postura de Budapest frente a “la muerte de miles de personas”, aunque matizó que el primer ministro húngaro se halla en una “situación difícil” por ser “casi totalmente dependiente de Rusia”. El viceministro de Exteriores, Marcin Przydacz, calificó directamente la postura de Hungría de “errónea” guiada por el “cortoplacismo” electoral.

“Con todo el respeto, aceptamos la opinión de otros, pero en asuntos como la energía, las armas y los soldados, no podemos transigir, porque iría contra el interés nacional de Hungría”, respondió a este periódico el pasado lunes Kovács sobre las declaraciones de Kaczynski y Duda. “Entendemos la posición polaca y ellos deberían entender la húngara”, añadió el además portavoz internacional del Gobierno de Orbán, que incidió en que la postura de los Estados frente a la guerra en Ucrania “no es una cuestión de emociones, sino de intereses nacionales y perspectiva nacional”. “Hay muchas emociones ahí fuera y palabras muy fuertes, pero las decisiones se deben tomar con la cabeza fría”, afirmó, y mostró su confianza en la fortaleza de una relación entre los dos países que tiene siglos de historia común. “Está claro que, incluso antes, no estamos de acuerdo en todo siempre, y no es un problema”, concluyó.

La cuestión es que los desacuerdos y las distintas experiencias históricas que existían en Varsovia y Budapest sobre Rusia han cobrado una dimensión completamente distinta con la guerra en Ucrania. “Siempre ha habido un enfoque distinto, pero no importaba tanto”, apunta por teléfono Aleks Szczerbiak, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Sussex y especialista en política polaca contemporánea. “Ahora, la guerra ha eclipsado todo lo demás. A corto plazo, todo se ve a través de ese prisma. A largo plazo, cuando acaben los combates, veo muy probable que esa alianza resurja, porque las fuentes de desacuerdo con el mainstream liberal en la UE no han desaparecido. Simplemente, han dejado de ser la prioridad”, agrega.

Hace unos meses habría sido impensable que el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, eligiese el Castillo Real de Varsovia para lanzar un discurso tan importante como el del pasado sábado. Biden había criticado en el pasado al Gobierno ultranacionalista polaco, que apostaba en 2020 por la reelección de Donald Trump y tardó semanas en reconocer la victoria del candidato demócrata.

La cuestión ahora es si Varsovia volverá a las andadas cuando callen las armas u optará por aprovechar el capital político que ha ganado en esta crisis para soltar lastre con Hungría y mejorar sus relaciones con el resto de la UE. En palabras de Szczerbiak, está por ver si el conflicto bélico va a “reformatear [las alianzas] o solo las está reordenando temporalmente”.

Joe Biden, durante su discurso en el Castillo Real de Varsovia, el pasado sábado.
Joe Biden, durante su discurso en el Castillo Real de Varsovia, el pasado sábado. Slawomir Kaminski (REUTERS)

István Kiss, director del Instituto Danubio, un centro de estudios financiado por el Gobierno húngaro, descarta que la relación histórica entre Polonia y Hungría pueda estar en un punto de ruptura y considera que los comentarios de los dirigentes en Varsovia “están dirigidos sobre todo a la población polaca”.

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Petro y Márquez, este miércoles en Bogotá.
Petro y Márquez, este miércoles en Bogotá.Fernando Vergara (AP)

No han pasado ni 12 horas desde que Gustavo Petro anunciara a su número dos y ya enfrenta las primeras consecuencias de esa decisión. El movimiento de izquierdas que lidera vive una crisis mayúscula con el Partido Liberal, un potencial aliado de cara a la primera vuelta de las elecciones en Colombia. Francia Márquez, la elegida por Petro, una líder social afro de reconocido prestigio que pagó sus estudios de derecho trabajando como empleada del hogar, arremetió contra el líder de ese partido, el expresidente César Gaviria, de quien dijo que representa el neoliberalismo y “más de lo mismo” en un país que requiere un cambio.

Petro ha tenido diez días de intenso debate entre los suyos sobre a quién escoger como fórmula presidencial. Por un lado estaba Márquez, la segunda más votada en las primarias de la izquierda. Una voz nueva, representante de la Colombia olvidada. Por otro, alguien de los liberales afín a Gaviria, que tiene fama de arrastrar un par de millones de votos que pueden resultar decisivos en la primera votación. Petro aspira a vencer a la primera, sin pasar a una segunda vuelta, para lo que necesita una mayoría simple. Solo alguien lo ha conseguido antes, Álvaro Uribe en dos ocasiones. Una y otra elección conllevaba riesgos. Dejarla fuera a ella suponía decepcionar a parte de su electorado fiel, con el peligro de que encontraran abrigo en el centro, con Sergio Fajardo. No contar con Gaviria y los suyos supone arrinconarse y quedarse sin posibilidad de nuevos aliados. Si ellos acaban yéndose con Federico Gutierrez, Fico, el binomio Petro-Márquez navegará en solitario.

Lo que no se esperaba, al menos tan pronto, es el choque entre las dos facciones que parecían destinadas a entenderse. Gaviria se tomó las palabras de Márquez como una afrenta y emitió un comunicado durísimo: Las declaraciones groseras, falsas y malintencionadas que hizo la señora Francia Márquez, candidata a la Vicepresidencia del Pacto, en presencia del candidato Gustavo Petro, constituyen una ofensa inaceptable. Y hacen inviable cualquier diálogo con ese sector político”. En el texto asegura que es la segunda vez que ella se expresa en esos términos contra él y que días atrás le había pedido a Petro que no se repitiera una escena semejante. Como no ha sido así, continúa, rompe conversaciones con ellos.

[“Siento mucho que el Pacto Histórico (la coalición de izquierdas) piense que su lenguaje incendiario es algo que podemos celebrar”, agrega. En cambio, sí se reunirá con otros candidatos. Queda la duda de si Gaviria se ha ofendido realmente o su decisión de apoyar eventualmente al centro –algo poco probable, dado su historial de enfrentamientos con Sergio Fajardo– o a la derecha estaba tomada y esta no ha sido más que una excusa. Su protagonismo en un día tan señalado también deja al descubierto la importancia que tienen los expresidentes en la política. Gaviria acabó su mandato en 1994, hace casi tres décadas. La opinión de Uribe, que dejó el poder en 2008, continúa siendo relevante, cuando no decisiva. Ahora parece haber perdido peso por la baja popularidad del Gobierno de Iván Duque, a quien él eligió como candidato hace cuatro años.

Márquez matizó que no tiene ningún problema con el Partido Liberal, que lo considera necesario para el cambio. Se refirió en exclusiva a Gaviria. Petro intentó suavizar lo dicho. En Twitter dijo no querer descalificar a nadie y que reconocía a Gaviria como el representante de los liberales. Los invitó a sumarse al proyecto y a asumir las críticas. “Si el liberalismo quiere abrazar el fascismo, no podemos impedirlo. La historia lo juzgará severamente”. Otros aliados como el veterano senador Roy Barreras escribieron que ofenderlo era un error, pues Gaviria había defendido el acuerdo de paz y había gestionado la Constitución de 1991, el andamio de la política moderna colombiana. “Espero que comprenda que no todo el mundo tiene experiencia en construir unidad”, sentenció.

La relación queda, como poco, muy deteriorada. Las opciones de Petro se estrechan. Ahora queda la duda de si el impulso del cambio le bastará para vencer o si romper toda relación con la política tradicional resultará un movimiento fatal. Las elecciones pueden acabar siendo una pelea que enfrente en solitario.

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Joe Biden, durante una videollamada con Emmanuel Macron, Boris Johnson y Olaf Scholz el pasado 7 de marzo.
Joe Biden, durante una videollamada con Emmanuel Macron, Boris Johnson y Olaf Scholz el pasado 7 de marzo.Adam Schultz (AP)

La Casa Blanca ha redoblado este lunes el frente diplomático occidental ante la guerra de Ucrania mediante una conferencia telefónica del presidente Joe Biden con su homólogo francés, Emmanuel Macron; el canciller alemán, Olaf Scholz, y los primeros ministros del Reino Unido, Boris Johnson, e Italia, Mario Draghi. El objetivo de la llamada, que se produce dos días antes de que Biden viaje a Europa para abordar in situ la situación con los aliados, era “discutir respuestas coordinadas al ataque injustificado y no provocado por parte de Rusia contra Ucrania”.

Según el comunicado difundido por la Casa Blanca, “los líderes intercambiaron su profunda preocupación sobre las tácticas brutales de Rusia en Ucrania, incluidos sus ataques contra civiles. [Los cinco] Subrayaron su continuo apoyo a Ucrania, brindando asistencia de seguridad a los valerosos ucranios que defienden su país de la agresión rusa y ayuda humanitaria a los millones de personas que han huido de la violencia. Los líderes también revisaron los esfuerzos diplomáticos recientes en apoyo del esfuerzo de Ucrania por alcanzar un alto el fuego”, explica lacónicamente el texto.

En Bruselas, Biden participará este jueves en una cumbre extraordinaria de la OTAN, en la que coincidirán todos ellos, así como en el Consejo Europeo. El único que no estará presente será Johnson. El mandatario demócrata, que acude en calidad de invitado, también asistirá a una reunión del G-7. El viernes y el sábado viajará a Polonia, donde mantendrá un breve encuentro con su homólogo, Andrzej Duda.

Desde el inicio de la guerra, hace casi un mes, Biden ha venido manteniendo contactos con dirigentes europeos de forma periódica varias veces por semana. Además de con los mandatarios citados, en algunas ocasiones se han sumado a las videollamadas la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel.

A medida que se prolonga la contienda —este jueves hará un mes de la invasión—, entre las preocupaciones de EE UU y sus aliados figura la imprevisible respuesta de Moscú, que ha hallado mucha más resistencia en Ucrania de la prevista. Por eso, entre las amenazas potenciales que contemplan destaca la posibilidad de una nueva andanada de ciberataques para yugular infraestructuras básicas en Occidente. Antes de conversar con los dirigentes europeos, Biden ha alertado este lunes de que Moscú podría redoblar sus ciberataques contra objetivos estratégicos estadounidenses a causa del “coste económico sin precedentes que hemos impuesto a Rusia”, ha dicho, en alusión a la batería de sanciones adoptadas contra el Kremlin.

La advertencia de Biden se producía al tiempo que la Casa Blanca recomendaba a las empresas que brindan servicios esenciales reforzar su defensa cibernética “por amenazas digitales en curso de Rusia”, explicó Ane Neuberger, responsable de ciberseguridad de la Casa Blanca. El Gobierno de EE UU ha visto una “actividad preparatoria de piratería [de Rusia] contra numerosas empresas estadounidenses”, aunque “no tiene certeza” de que los ataques vayan a concretarse. La potencial amenaza se basa en “datos de inteligencia actualizados”, indicó la funcionaria. La Administración ha impartido recientemente sesiones informativas a cientos de empresas que pueden ser objetivo de los piratas informáticos rusos. Los ataques contra uno de los mayores oleoductos del país, en mayo pasado, y una importante planta procesadora de carnes, un mes después, mostraron la vulnerabilidad de infraestructuras críticas para el aprovisionamiento de energía y alimentos en el país. Ambos fueron atribuidos a ciberpiratas rusos.

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El embajador de Rusia ante la ONU, Vasily Nebenzya, habla durante la sesión de emergencia de la Asamblea General, el 28 de febrero de 2022.
El embajador de Rusia ante la ONU, Vasily Nebenzya, habla durante la sesión de emergencia de la Asamblea General, el 28 de febrero de 2022.John Minchillo (AP)

La Asamblea General extraordinaria de la ONU votó este miércoles una resolución de condena de la invasión rusa a Ucrania. Sumó 141 votos a favor, cinco en contra (Bielorrusia, Eritrea, Corea del Norte, Siria y la propia Rusia) y 35 abstenciones. En este último grupo destacan China, y también cuatro países de América Latina: Bolivia, Cuba, El Salvador y Nicaragua. Un quinto, Venezuela, aliado incondicional de Moscú, tiene su voto inhabilitado por deudas con el organismo. Fueron relevantes los votos positivos de Argentina y Brasil, dos países que habían jugado la carta de la neutralidad y que finalmente se decantaron por el repudio.

La resolución de la Asamblea General exige a Moscú el cese “inmediato” de la ofensiva miliar sobre Ucrania. Fue la respuesta de la ONU al veto ruso en el Consejo de Seguridad de la ONU a una condena de la invasión. Rusia es, junto con Estados Unidos, Reino Unido, Francia y China, uno de los cinco países con derecho a veto en ese órgano. Los países occidentes sortearon el bloqueo del Kremlin con una convocatoria de urgencia a la Asamblea General, donde cada país tiene un voto y no hay poderes especiales. El escenario de la discusión abierta puso en evidencia los argumentos del bloque latinoamericano prorruso.

El más entusiasta fue Venezuela. Nicolás Maduro reveló el martes que llamó a Vladímir Putin para “ratificarle la condena de Venezuela a las acciones desestabilizadoras de la OTAN”. “Maduro expresó su fuerte apoyo a las acciones decisivas de Rusia”, destacó más tarde el Kremlin en un comunicado. Venezuela no pudo votar este miércoles en la ONU porque acumula una deuda millonaria con la organización, pero dejó su opinión. “La ONU no puede ser utilizada para profundizar los conflictos”, dijo el embajador Samuel Moncada. Sí estuvieron presentes con voz y también con voto los representantes de otros aliados rusos, como Cuba.

Su embajador ante la ONU, Pedro Pedroso Cuesta, dijo que para “examinar con rigor y honestidad” la situación en Ucrania hay que valorar lo que consideró “el empeño” de Estados Unidos para avanzar bajo el paraguas de la OTAN sobre las fronteras rusas. Mencionó también la “entrega de armas modernas” a Kiev. La lectura cubana coincide con la rusa: la invasión es una respuesta a una agresión previa de Occidente, que no escuchó los clamores de seguridad del Kremlin. A su turno, el nicaragüense Jaime Hermida Castillo habló de “cerco militar”. Bolivia justificó su abstención con un alegato al reparto de responsabilidades. Según el embajador Diego Pary hubo parte de culpa “en las potencias occidentales que a través de la OTAN ponen en riesgo la seguridad y la paz de otros Estados”. “Usando Estados intermediarios que favorecen las ambiciones expansionistas de estas potencias de occidente y amenazan la seguridad de sus vecinos”, afirmó Pary, donde Ucrania es el Estado “intermediario” y Rusia el vecino amenazado.

La votación no solo puso negro sobre blanco entre aquellos que están del lado ruso. Reveló también el giro de Brasil y Argentina, que hasta ahora habían jugado la carta de la neutralidad. El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, visitó a Putin el 24 de febrero y en el arranque de la semana había advertido que su país no había decidido aún su voto. Finalmente, el Palacio de Itamaraty se decantó por el apoyo a la resolución, lo mismo que Argentina. Alberto Fernández también había visitado Moscú en los días previos a la invasión y desde allí había ofrecido al Kremlin ser “la puerta de entrada a América Latina”. Este miércoles, sin embargo, la embajadora argentina ante la ONU, María del Carmen Squeff, advirtió en su discurso que “ninguna adquisición territorial puede ser reconocida como legal a partir del uso o la amenaza del uso de la fuerza”.

México, en tanto, cargó contra el derecho a veto de Rusia como integrante del Consejo de Seguridad. “México demanda una vez más que los miembros permanentes del Consejo de Seguridad se abstengan de hacer uso del veto ante situaciones en las que estén directamente involucrados o frente a situaciones de atrocidades masivas”, como ha hecho Rusia, dijo el embajador mexicano ante la ONU, Juan Ramón de la Fuente.

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Putin y Bolsonaro, durante su reunión este miércoles en la misma mesa en la que el ruso recibió, aunque con mayor distancia, a sus homólogos de Francia y Alemania.
Putin y Bolsonaro, durante su reunión este miércoles en la misma mesa en la que el ruso recibió, aunque con mayor distancia, a sus homólogos de Francia y Alemania.Mikhail Klimentyev (AP)

El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, ha realizado una minigira por Europa esta semana, una de las más tensas que el continente ha vivido en las últimas décadas por la crisis ucrania, para reunirse con dos líderes muy cuestionados por Occidente ahora mismo, el ruso Vladímir Putin y el húngaro Viktor Orbán. El latinoamericano vuelve a casa con la foto que buscaba y sin grandes logros en materia bilateral, objetivo declarado de un viaje ajeno en principio a la crisis en torno a Ucrania. Sí ha cosechado una dura crítica de Estados Unidos por desoír sus presiones para que cancelara el viaje y, por si fuera poco, declarar públicamente en Moscú su “solidaridad” con Putin. Al trío les unen sus valores y la pertenencia al club informal de dirigentes nacionalpopulistas.

Para Bolsonaro, esta gira obedece más a su interés en impulsar en casa su imagen internacional como parte de una alianza ultraconservadora que a revertir el aislamiento diplomático en el que ha sumido a Brasil. En sus comparecencias con Putin y Orbán destacó sus afinidades y los valores que comparte con ellos: Dios, patria y familia (familia tradicional, quiere decir). En Hungría, el brasileño añadió libertad.

Y pronunció ante Putin una frase que ha causado gran enfado en Washington mientras suenan ecos de una nueva guerra en Europa. “Somos solidarios con los países que quieren y se empeñan en la paz”, dijo Bolsonaro el miércoles durante una comparecencia que, por lo demás, obvió totalmente la crisis ucrania para destacar la cooperación en agricultura o energía nuclear. Para el Departamento de Estado estadounidense, la actitud de Bolsonaro “socava la diplomacia internacional centrada en evitar un desastre estratégico y humanitario, así como los llamamientos del propio Brasil para pedir una solución pacífica a la crisis”, informó la agencia Reuters. La portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, ha añadido este viernes que “Brasil quizá está en el lado contrario al de la mayoría de la comunidad global”. Un tono poco habitual en la diplomacia entre los dos mayores países americanos.

El mandatario brasileño viajó a Moscú tras hacer oídos sordos a las peticiones de EE UU de que cancelara la visita a Putin. Y aterrizó justo horas después de que el anuncio ruso de un inicio de repliegue militar aliviara la tensión (temporalmente y entre dudas sobre las manifestaciones de Moscú), circunstancia que el brasileño aprovechó para sugerir en mensajes dirigidos a sus fieles que la distensión era cosa suya. Nada menos. “Mantuvimos nuestra agenda. Por coincidencia o no, parte de las tropas dejaron la frontera [con Ucrania]”, declaró tras ver a Putin. El brasileño está en campaña para la reelección.

Bolsonaro abraza a Orbán este jueves durante su visita oficial a Budapest.
Bolsonaro abraza a Orbán este jueves durante su visita oficial a Budapest. Anna Szilagyi (AP)

El presidente ruso recibió al brasileño durante casi dos horas el miércoles, precisamente el que según el espionaje de EE UU era el día D de la posible invasión rusa. Ambos charlaron en la misma larga mesa en la que fueron recibidos los líderes de Francia y Alemania —Emmanuel Macron y Olaf Scholz, respectivamente—, pero sentados a una distancia menor, la reservada a los amigos y a quienes, como Bolsonaro, aceptan hacerse una PCR en Moscú. Y aunque no hay constancia de que el brasileño esté vacunado, ambos se dieron un apretón de manos.

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La derrota electoral del estadounidense Donald Trump en 2020 y la salida del poder del israelí Benjamín Netanyahu han dejado a Bolsonaro sin los aliados preferenciales del inicio de su mandato. Su gestión de la Amazonia y el desmantelamiento sistemático de la política medioambiental han amargado la relación con la Unión Europea, especialmente con la Francia de Macron. La deforestación, la peor en 15 años en el mayor bosque tropical del mundo, mantiene empantanado el proceso de ratificación del acuerdo comercial entre la UE y Mercosur.

Los encuentros con los mandatarios de Rusia y Hungría incluyeron muchas menciones al comercio bilateral, cooperación en defensa, energía nuclear o medio ambiente, pero pocos acuerdos. Para el editorialista del diario Estadão, de centroderecha, la visita “a dos populistas autoritarios es inoportuna y contraproducente para los intereses nacionales”. Añade que “solo se explica por su lógica electoral”.

Con Bolsonaro y el fin de la bonanza económica de comienzos del XXI, quedan atrás los tiempos en los que Brasil se codeaba con las grandes potencias y encandilaba al mundo. Brasilia tiene una relación económica limitada con Moscú, pero “tener relaciones políticas estrechas con otras grandes potencias como Rusia ayuda a Brasil a gestionar su relación altamente asimétrica con Washington”, tuiteó estos días Oliver Stuenkel, analista de la Fundación Getulio Vargas. Este recordó que cuando Putin se anexionó Crimea en 2014, la entonces presidenta, Dilma Rousseff, no lo criticó porque los BRIC, el club de los países emergentes que ambos forman con China, India y Sudáfrica, eran la prioridad diplomática del momento.

Con Trump fuera de la Casa Blanca, Bolsonaro se ha visto obligado a intensificar la relación con mandatarios afines como Putin, que, además, mantiene un pulso con Estados Unidos. A su lado, repitió dos veces que Brasil es una potencia y se esforzó por aparentar que están en pie de igualdad en la esfera internacional, un mensaje para consumo interno. Muestra de que esa era la prioridad es el hecho de que la comitiva presidencial incluyera a uno de sus hijos, Carlos, que dirige su campaña en redes sociales y es concejal en Río de Janeiro, pero no al ministro de Economía, Paulo Guedes.

La invitación rusa fue cursada a finales del año pasado y el principal tema en la agenda de los brasileños era el suministro de fertilizantes rusos, cruciales para el gigantesco sector agrícola de la primera economía de América Latina. Al día siguiente, en Budapest, Bolsonaro tuvo un encuentro más breve con Orbán, al que presentó como un “hermano”. El húngaro está, con Polonia, en el punto de mira de las instituciones europeas por su deriva autoritaria y en vísperas de unas elecciones que se le presentan complicadas; fue uno de los pocos jefes de Gobierno que asistieron a su toma de posesión en Brasilia.

De regreso a Brasil este viernes, Bolsonaro ha ido directo a Petrópolis (Río de Janeiro) a visitar a los damnificados por las fuertes lluvias. Los muertos en esta ciudad montañosa que fue la capital imperial de verano suman ya 120 y los bomberos buscan a un centenar largo de desaparecidos.

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El secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, en una imagen del 23 de enero.
El secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, en una imagen del 23 de enero.KAY NIETFELD (AFP)

La crisis de seguridad en el este de Europa entra en una nueva fase tras el portazo de la OTAN y Estados Unidos a las exigencias de Vladímir Putin para frenar la actividad militar de los aliados occidentales en el flanco oriental del Viejo continente. El secretario general de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, ha anunciado este miércoles en rueda de prensa que ha transmitido por escrito a Moscú la negativa a suscribir un acuerdo internacional con Moscú que limitaría la expansión y la capacidad de actuación de la OTAN. “Afrontamos un momento clave para la seguridad en Europa”, ha afirmado Stoltenberg con tono solemne. El secretario general de la Alianza ha recordado que “hay más de 130.000 efectivos rusos junto a la frontera de Ucrania y están llegando más tropas”. Y ha añadido que también hay despliegues de fuerzas rusas en Bielorrusia, el país dominado por Alexandr Lukashenko, cuya suerte depende del presidente ruso, Vladimir Putin, desde las revueltas contra su dictadura en 2020.

Por su parte, el secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, también ha comunicado este miércoles en Washington que su Gobierno ha trasladado al Kremlin la respuesta que reclamaba por escrito, que va en el mismo sentido que la de los aliados. Aunque no ha querido precisar el contenido del documento, ha pronunciado unas palabras clave: “La puerta de la OTAN sigue abierta”, en referencia a la posible entrada de nuevos miembros.

El rechazo de las demandas de Putin abre la incógnita sobre la reacción del Kremlin, con los analistas divididos sobre la inminencia de un ataque armado fulgurante contra Ucrania, una negociación de incierto recorrido o un conflicto latente que podría desangrar al país agredido durante años.

Moscú reclama garantías de que la OTAN no se expandirá hacia sus fronteras, no incorporará a Ucrania y Georgia y, además, paralizará toda actividad militar en Europa del Este, Asia Central y el Cáucaso. La Alianza Atlántica no tiene bases en Europa del Este, pero sí despliega batallones plurinacionales en rotaciones en Polonia y los países bálticos.

Stoltenberg ha subrayado que “cada país es libre de elegir su camino”. Y ha exigido que Rusia no ejerza ningún tipo de coerción sobre los Estados que aspiren a ingresar en la OTAN y que retire las tropas desplegadas en Ucrania, Georgia y Moldvia sin permiso de los gobiernos de esos países.

Blinken sí ha abierto la puerta, no obstante, a algún tipo de negociación. De forma muy críptica, ha señalado que el documento identifica áreas “de reciprocidad” en las que las partes pueden avanzar en la seguridad común. A principios de año, la Administración de Joe Biden ya envió señales de que estaba dispuesta a negociar con el Kremlin asuntos como el despliegue de misiles y el alcance de las maniobras militares si afloja la presión sobre Ucrania.

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Washington no hará público el documento de respuesta, entregado este miércoles en Moscú por su embajador, John Sullivan. Aun así, el secretario de Estado ha recalcado que la respuesta incluye muchas de las ideas que se han estado repitiendo todas estas semanas. Eso significa, por una parte, que las aspiraciones de Putin de contener la OTAN no se verán satisfechas y, por otra, que Estados Unidos y los aliados aún apuestan por la vía diplomática para frenar la escalada de tensión. El temor que Rusia invada Ucrania no deja de aumentar, con alrededor de 100.000 soldados rusos apostados en la frontera de la antigua república soviética. Blinken insistió este miércoles en que los ciudadanos estadounidenses deberían abandonar ese país cuanto antes.

“Afrontamos un momento clave para la seguridad en Europa”, ha afirmado Stoltenberg con tono solemne. El secretario general de la Alianza ha recordado que “hay más de 130.000 efectivos rusos junto a la frontera de Ucrania y están llegando más tropas”. Y ha añadido que también hay despliegues de fuerzas rusas en Bielorrusia, el país dominado por Alexandr Lukashenko, cuya suerte depende del presidente ruso, Vladimir Putin, desde las revueltas contra su dictadura en 2020.

La respuesta de la OTAN a las exigencias de Moscú también ofrece ciertas áreas para la negociación, sobre todo, en lo relativo al control mutuo de armas, el intercambio fluido de información sobre maniobras militares para evitar incidentes o el establecimiento de una suerte de “teléfono rojo” como línea de emergencia en los casos de máximo riesgo. Pero ninguna de esas ofertas colma las demandas cursadas por Putin bajo amenaza de recurrir a la fuerza para conseguir sus objetivos si la OTAN y EE UU no las aceptaban.

Rusia publicó el pasado 17 de diciembre un proyecto de Tratado internacional “sobre las medidas para garantizar la seguridad de la Federación rusa y de los Estados miembros de la OTAN”. El texto, de nueve artículos, proclama que los firmantes confirman que “no se consideran entre sí como adversarios”.

Y para apuntalar esa convivencia pacífica, los aliados occidentales se comprometerían con la firma del Tratado “a evitar cualquier nueva ampliación de la OTAN, incluida la adhesión de Ucrania u otros Estados”; a no desplegar tropas ni armamento, sin previo consentimiento de Moscú, en los países que ingresaron en la Alianza después de 1997, y a no realizar maniobras militares en territorio de Ucrania y de otros países de Europa del este, del Cáucaso sur y de Asia Central.

Fuentes aliadas mostraron desde el primer momento su estupor ante unas propuestas que calificaron como “inadmisibles”. Y durante semanas, la Alianza se resistía responder oficialmente a unas propuestas que sonaban en Bruselas a provocación o a mera excusa para justificar una futura agresión militar contra Ucrania.

Tanto EE UU como la OTAN han decidido finalmente responder por escrito, como vía para mantener la búsqueda de una salida negociada a la mayor crisis de seguridad en Europa desde el final de la guerra fría. Stoltenberg ha señalado la necesidad de buscar una solución “por la vía diplomática, no recurriendo a la fuerza o a la amenaza de utilizar la fuerza”. Y ha exigido a Rusia que dé pasos “para desescalar la situación”.

Stoltenberg ha subrayado que la OTAN “es una alianza defensiva, no buscamos confrontación”. Pero ha advertido que el artículo 5 de la organización prevé la defensa colectiva para garantizar la seguridad de cualquier aliado que sea atacado. Ese artículo no cubre a Ucrania, que no forma parte de la Alianza, pero sí a los aliados que se sienten amenazados por Rusia o Bielorrusia, como es el caso de Lituania o Polonia.

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El canciller mexicano, Marcelo Ebrard, y el presidente electo de Chile, Gabriel Boric, este jueves en Santiago.
El canciller mexicano, Marcelo Ebrard, y el presidente electo de Chile, Gabriel Boric, este jueves en Santiago.— (EFE/Embajada de México en Chile)

Argentina, Bolivia, Perú y ahora Chile. México busca consolidar una alianza progresista con la incorporación del presidente electo Gabriel Boric a su estrategia regional. El joven político chileno, que en diciembre ganó con holgura las elecciones frente al ultraderechista José Antonio Kast, ha recibido esta semana la visita del canciller mexicano, una cita que va más allá de la cortesía diplomática y pretende representar el afianzamiento de un proyecto político con objetivos comunes. “El triunfo en Chile junto con la presencia de varios Gobiernos progresistas va a darle una nueva intensidad a la lucha por tener una voz común en América Latina y el Caribe. Hay una confluencia importante, también eso seguramente va a tener repercusión en todas las instancias multilaterales principales”, ha afirmado este jueves Marcelo Ebrard.

Ese es, según el secretario de Relaciones Exteriores, el primer paso para lograr una mayor presencia de Latinoamérica en los equilibrios geopolíticos globales. “Como ustedes saben, México ha hecho un esfuerzo muy grande para que la voz de América Latina vuelva a ser escuchada”, ha enfatizado en una comparecencia ante los medios de comunicación. “Yo diría que hay una coincidencia muy importante, no sólo con Chile ahora, desde luego, sino con otros países: Bolivia, Argentina, en fin, hay muchos países que coinciden con esta forma de pensar, y seguramente eso va a dar lugar a una nueva etapa en lo que es la representación de América Latina en el mundo”, ha proseguido.

La nueva “alianza estratégica” con Chile se hará efectiva cuando Boric tome posesión el próximo 11 de marzo, pero mientras tanto el presidente electo, representante de una nueva generación de líderes de izquierdas, ha coincidido en la necesidad del trabajo conjunto: “Necesitamos colaborar entre nosotros para que escuchen a nuestros pueblos”. El impulsor de la coalición Apruebo Dignidad ya ha tenido una conversación telefónica con Andrés Manuel López Obrador. México ha mostrado “mucha simpatía por las causas que él representa y por la renovación que implica” y ahora tiene a un nuevo aliado en Santiago. Durante el último año ha profundizado los lazos con el presidente argentino, Alberto Fernández, socio preferente en la lucha contra la covid-19, y con el boliviano, Luis Arce. En julio celebró el relevo en Perú con el nuevo mandatario, Pedro Castillo, a quien el Gobierno y el partido que lo sostiene, Morena, ofrecieron hace semanas asesoramiento y apoyo económico para superar las convulsiones de sus primeros meses.

Ebrard está a punto de volar a Buenos Aires para pasar a Fernández el testigo de la presidencia pro tempore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). “Estamos estableciendo posicionamientos comunes, trabajamos juntos muchas cosas para hacer frente a la pandemia, no solo entre México y Argentina, sino en general en la región tuvimos una actuación común en muchos frentes, sobre todo para conseguir vacunas y acelerar el acceso de nuestros países a tratamientos y medicamentos”, ha recordado el canciller mexicano.

La llamada diplomacia de las vacunas, que el propio Ebrard defendió ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con el propósito de lograr un reparto más equitativo de los biológicos en los países en desarrollo, fue el trampolín con el que México recuperó protagonismo regional en 2021. López Obrador comenzó su mandato en 2018 con la idea de que la mejor política exterior debe ser la política interior, aunque poco a poco ha ido definiendo sus prioridades internacionales. Todas pasan por el continente y, en esencia, son una mayor iniciativa en Latinoamérica y la consolidación de las relaciones con Estados Unidos y Canadá bajo el paraguas del nuevo tratado comercial.

En mayo Colombia celebra elecciones presidenciales y en octubre los brasileños deciden su futuro en unos comicios que pueden representar el regreso de Lula da Silva. Por el momento, Chile se suma al eje de los Gobiernos progresistas de América, cuya prioridad es alimentar la unidad. “Entre más separados estemos, menos organizados estemos, pues tendremos más dificultades para hacer valer los intereses y la voz, la visión de América Latina y el Caribe en el mundo. Hay ahí una importante coincidencia con el presidente Gabriel Boric y su equipo”, ha resumido el jefe de la diplomacia mexicana.

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