El director general del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), Rafael Grossi, ha explicado este viernes que los niveles de radiación en el entorno de la antigua central nuclear de Chernóbil, en Ucrania, son “bastante normales”. No obstante, ha advertido, durante una rueda de prensa en la sede del organismo en Viena, de que “había un nivel relativamente más alto de radiación” en algunos puntos localizados por el polvo que levantaron los vehículos militares rusos, que el pasado febrero tomaron la central.
Las tropas rusas transfirieron este jueves “por escrito” el control de la central a personal ucranio. “Y desplazaron dos convoyes de tropas hacia Bielorrusia”, según informó ayer la OIEA, que esta semana se ha reunido con delegaciones rusas y ucranias para investigar la seguridad en la planta.
“Tengo un acuerdo marco sobre seguridad nuclear y seguridad en Ucrania”, ha explicado Rossi. Pero ha sido alcanzado “por separado” con Kiev y Moscú, ha avisado. El jefe de la OIEA llegó a Ucrania a principios de esta semana y posteriormente viajó a Rusia, donde se ha visto este viernes con el director general de la agencia nuclear (Rosatom) y otros altos cargos. La reunión ha tenido lugar en Kaliningrado, un territorio a orillas del mar Báltico.
Grossi ha reconocido que estaba al tanto de la información que aseguraba que algunos soldados rusos se habían envenado por radiación mientras controlaban la planta de Chernóbil, que el 26 de abril de 1986 sufrió el peor accidente nuclear de la historia. Sin embargo, ha señalado que el Kremlin no ha explicado por qué ha devuelto a Ucrania la central, aunque es un paso, en su opinión, “indudablemente en la buena dirección”. En las últimas semanas, Grossi había alertado del riesgo de que se produjese un accidente en zonas como Chernóbil o Zaporiyia, también en Ucrania, que alberga la mayor central nuclear de Europa.
El jefe de la OIEA ha anunciado que visitará la antigua central nuclear de Chernóbil, aunque no ha aclarado cuándo viajará más allá de decir que lo hará “muy, muy pronto”. Será, según ha dicho, “la primera de varias” visitas para garantizar la seguridad de las centrales nucleares de Ucrania. Además, ha señalado que el organismo ha estructurado un plan de asistencia para el país, que comenzará la próxima semana, y que permitirá enviar expertos “casi inmediatamente” en caso de emergencia.
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Grossi ha querido transmitir un mensaje de tranquilidad al recordar que Ucrania, un país que depende de la energía nuclear para satisfacer alrededor de la mitad de sus necesidades energéticas, tiene experiencia en gestionarla, al igual que Rusia. Pese a ello, ha garantizado asistencia y supervisión internacional, especialmente en el contexto bélico que vive el país tras el ataque ordenado el pasado 24 de febrero por el presidente ruso, Vladímir Putin.
La mayoría de los militares rusos que ocuparon la planta nuclear de Chernóbil, en el norte de Ucrania, tras la invasión del país han abandonado ya esas instalaciones, según un comunicado de la agencia nuclear ucrania, Energoatom, publicado este jueves. Esta entidad ha publicado también la fotografía de un documento que recoge, según afirma, la transferencia de la planta de nuevo a las autoridades locales.
Los soldados emprendieron en dos columnas el camino hacia el norte, donde se encuentra la frontera con Bielorrusia, apenas a una decena de kilómetros de la central. Según el testimonio de los empleados de la planta, que han permanecido en el interior durante semanas, este jueves apenas quedan ya tropas ocupantes. Las instalaciones fueron ocupadas por Rusia pocos días después del inicio de la guerra, el 24 de febrero.
Chernóbil, escenario en 1986 de la mayor catástrofe nuclear de la historia, sigue representando una pesadilla para los ucranios. Es todavía hoy una de las zonas más contaminadas del mundo y, en medio de la actual guerra, supone un lugar estratégico y sensible para ambas partes. De hecho, fue uno de los primeros objetivos sobre los que se lanzaron las tropas del Kremlin nada más invadir la antigua república soviética. La posterior toma de control por parte de Rusia de la mayor planta nuclear de Europa, situada en Zaporiyia, al sur de Ucrania, elevó las alarmas ante una posible catástrofe.
Mientras, una nueva columna de militares del Kremlin se está formando este jueves en los alrededores de la localidad de Slavutich, donde residen los trabajadores de Chernóbil, con la intención de emprender también camino hacia Bielorrusia, siempre según el texto de la agencia nuclear ucrania, hecho público a través de la red social Telegram. Como prueba de la recuperación del control de las instalaciones, Energoatom ha publicado la foto de un documento titulado Acta de Transferencia de Protección de la Planta Nuclear de Chernóbil, con fecha de 31 de marzo y la firma de un general ruso.
Al tiempo que Ucrania anunciaba la retirada de soldados de Chernóbil, en otros puntos del país han continuado los bombardeos. Las tropas rusas prosiguen los ataques en la disputada zona de Donbás, en el este, con armamento pesado, y persiste la ofensiva en los alrededores de Kiev y en otras importantes ciudades como Chernihiv (norte) y Járkov (este). Las distintas administraciones regionales aseguran que prácticamente todo el país sufre ataques, pese al anuncio de Moscú de que disminuiría su ofensiva sobre la capital y otras urbes, informó la agencia Urkrinform.
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En el caso de Lugansk, donde separatistas prorrusos controlan parte de la zona fronteriza con Rusia, las autoridades aseguran que todo el territorio ha sufrido bombardeos durante la noche del miércoles con armamento pesado —siete personas han perdido la vida—. En esta zona, la ciudad de Lisichansk ha sido el centro de la ofensiva rusa durante los últimos dos días, lo que ha causado también decenas de heridos. En esta ciudad, una refinería de petróleo se encontraba este jueves en llamas, indicó la agencia ucrania.
En la región de Donetsk, donde los secesionistas también controlan una autoproclamada república, los rusos bombardearon Mariinka con proyectiles de fósforo, según denunció Ucrania, y varios lanzacohetes fueron disparados contra otras poblaciones como Avdiivka, Heorhiivka, Novokalinove y Ocheretine.
Varios misiles rusos alcanzaron también un depósito de petróleo en la región de Dnipropetrovsk, en el centro del país, y una planta de fabricación de asfalto en la cercana Novomoskovsk. En este caso, no hubo víctimas mortales.
El bombardeo de las zonas residenciales de Járkov, en el este, también se mantiene, y en la noche del miércoles los ataques dañaron un gasoducto y provocaron un incendio que fue extinguido. En esta ciudad, los rusos bombardearon el distrito de Derhachi, donde murió al menos una persona. Las autoridades regionales indicaron que resulta imposible evacuar a la población debido a los constantes bombardeos, mientras que decenas de voluntarios tratan de entregar ayuda humanitaria.
Ante estos movimientos de Moscú, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha expresado de nuevo la desconfianza ante los anuncios del Kremlin: “Hemos oído las declaraciones recientes de que Rusia rebajará sus operaciones militares en Kiev y el norte de Ucrania. Pero Rusia ha mentido continuamente sobre sus intenciones. Así que solo podemos juzgar a Rusia en función de sus acciones, no de sus palabras. Según nuestra inteligencia, las unidades de Rusia no se están retirando, sino recolocándose”, ha señalado en una rueda de prensa en Bruselas. “Rusia está tratando de reagrupar, reabastecer y fortalecer su ofensiva en la región de Donbás. A la vez, Rusia mantiene la presión en Kiev y otras ciudades. Podemos esperar acciones ofensivas adicionales que traerán incluso más sufrimiento. Rusia debe terminar esta guerra sin sentido, retirar todas sus tropas y unirse a las conversaciones con buena fe”, ha añadido Stoltenberg.
La ciudad más castigada por los bombardeos de Moscú, la sitiada Mariupol, está a la espera de que un convoy integrado por medio centenar de autobuses pueda acceder en las próximas horas para sacar a ciudadanos atrapados, después de que el Kremlin anunciara un alto el fuego en la localidad. Este jueves por la tarde, Moscú ha informado de que el viernes se abrirá un corredor humanitario entre Mariupol y Zaporiyia, según la agencia Tass. La vice primera ministra de Ucrania, Irina Vereshchuk, anunció que 45 autobuses se dirigían ya a la ciudad portuaria, después de que el Comité Internacional de la Cruz Roja confirmara que Rusia había accedido a abrir un corredor humanitario. Un total de 5.000 personas han muerto y unas 170.000 permanecen atrapadas, según datos de la alcaldía de esta ciudad, situada a orillas del mar de Azov y asediada desde hace semanas por las tropas rusas.
Los soldados ucranios siguen librando combates defensivos en Chernihiv, donde el miércoles los rusos bombardearon los suburbios de la ciudad. Y en la región de Kiev, las detonaciones y explosiones se han sentido mucho menos en las últimas horas en torno al frente noroeste de la capital, pero localidades como Irpin o Bucha siguen en disputa, pese a que el Gobierno anunció el lunes que había logrado desalojar de la primera a los militares rusos.
El Gobierno de Ucrania ha lanzado este miércoles varios mensajes alertando del corte del suministro eléctrico en la instalación nuclear de Chernóbil, que está en manos de las tropas rusas, y de la imposibilidad de reparar ese problema debido a los combates en la zona. El Ejecutivo, incluso, ha alertado de una posible fuga radiactiva si no se restaura el suministro eléctrico. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), aunque se ha mostrado de nuevo preocupado por las consecuencias que puede tener este conflicto bélico en las instalaciones nucleares del país, ha considerado sin embargo que no existe “un impacto crítico en la seguridad” en este momento en el caso de Chernóbil, cuyos reactores no están en activo.
En abril se cumplirán 36 años del desastre de Chernóbil, el peor accidente en una central nuclear registrado nunca. La explosión en 1986 del reactor número cuatro de la central generó este accidente radiactivo. Pero los otros tres reactores siguieron funcionando. El último dejó de operar en 2000.
Tras la parada de un reactor en cualquier central, el combustible usado, que es altamente radiactivo, se suele almacenar en piscinas con agua para su refrigeración. Tras el corte del suministro en Chernóbil, registrado a las 11.22 (hora local) de este miércoles, el Gobierno ucranio ha señalado a la agencia Reuters que podrían producirse fugas radiactivas porque no se podrá enfriar el combustible nuclear gastado.
Sin embargo, la central cuenta con generadores de emergencia que funcionan con diésel. Según el comunicado difundido por el regulador ucranio de energía nuclear, las instalaciones tienen suficiente combustible para que los generadores funcionen durante 48 horas. La OIEA ha insistido este miércoles en la existencia de esos generadores y ha recordado, como ya hizo a principios de mes, que debido al tiempo transcurrido desde el accidente de Chernóbil “la carga térmica de la piscina de almacenamiento del combustible gastado y el volumen de agua de refrigeración que contiene la piscina son suficientes para mantener una extracción eficaz del calor sin necesidad de suministro eléctrico”. Lo mismo ocurre con los últimos elementos de combustible nuclear provenientes del reactor que dejó de operar en 2000, introducidos en las piscinas de la central, que tampoco necesitarían de ese respaldo eléctrico para evitar un desastre, opinan los expertos.
Alfonso Bargas, ingeniero nuclear de Enusa —la empresa pública de combustible nuclear de España— señala que tras la parada de un reactor nuclear los elementos de combustible siguen guardando una enorme cantidad de calor. Pero lo van perdiendo de forma exponencial. “Nada más apagarse el reactor solo conservan el 10% del calor”, apunta, y sigue reduciéndose a gran velocidad en las siguientes semanas. “35 años después [del accidente de Chernóbil] el calor que se podría esperar de cada elemento de combustible sería de unos 500 vatios”, el equivalente a menos de 10 bombillas. En España, por ejemplo, cada elemento de combustible pesa entre 500 y 1.000 kilogramos y está formado por entre 250 y 300 barras de combustible, añade Bargas.
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El principal problema que se podría generar si las barras de combustible guardara un gran poder calorífico estaría en que se evaporara el agua de las piscinas en las que se almacena, generando una nube radiactiva tras fundirse. Pero ese peligro, opinan Bargas y la OIEA, no está sobre la mesa ahora en el caso de Chernóbil debido al tiempo transcurrido y a pesar de que del corte del suministro eléctrico, que se emplea para que el agua siga circulando y enfriándose en las piscinas. Bargas recuerda que, tras el accidente de Fukushima en 2011, se realizaron pruebas de estrés para comprobar la seguridad de este tipo de piscinas. La conclusión fue que en condiciones normales el agua no llegaría a hervir y, por lo tanto, a evaporarse completamente de las piscinas.
Bargas cree que hay que estar atentos al desarrollo de la situación en Chernóbil, que está en manos de las tropas rusas desde el inicio de la invasión, pero en estos momentos “no supone un riesgo para la seguridad”, como opina también la OIEA, una organización que está realizando un seguimiento continuo de la situación desde el inicio de la invasión y que hasta ahora no ha puesto paños calientes al riesgo existente. Pero, como señala Bargas, “Chernóbil no es el motivo de más preocupación en Ucrania”. Más preocupante es lo que pueda ocurrir con los 15 reactores nucleares en activo que hay en el país y que generan cerca del 50% de la electricidad que consume Ucrania. “Se están dando pasos para que pase algo”, opina este experto.
Personal
Además del riesgo de que estas instalaciones en activo puedan resultar dañadas de forma intencionada o accidentalmente en los combates, a la OIEA y a los observadores internacionales les preocupa la situación en la que está el personal que trabaja en las centrales y las instalaciones nucleares del país. Rafael Grossi, secretario general de este organismo internacional, ha advertido ya en varias ocasiones que es básico que los trabajadores de las plantas puedan “descansar y trabajar con turnos regulares”. “La capacidad del personal para tomar decisiones sin presiones indebidas es uno de los siete pilares indispensables de la seguridad nuclear tecnológica y física” que ha fijado la OIEA para evitar un desastre en una situación como la de Ucrania, explica este organismo.
En el caso de Chernóbil, la situación de los trabajadores no es buena, según advierte el regulador ucranio. “Ya hace dos semanas que el personal de la central nuclear de Chernóbil lleva a cabo valiente y heroicamente sus funciones sin rotación para garantizar el funcionamiento seguro de las instalaciones”, ha afirmado este miércoles el supervisor nuclear de Ucrania. “Estoy profundamente preocupado por la difícil y estresante situación a la que se enfrenta el personal de la central nuclear de Chernóbil y los posibles riesgos que esto conlleve para la seguridad”, dijo también el martes Grossi.
Soldados del Ejército ucranio patrullan la frontera entre Bielorrusia y Ucrania.María Sahuquillo
Las pisadas de los soldados en la nieve y el susurro de los copos al caer, gordos y jugosos como gominolas, es casi lo único que se escucha en los tenebrosos caminos del área de exclusión de Chernóbil. Con un medidor de radiación prendido a la solapa del traje de camuflaje y sus fusiles al hombro, una pequeña patrulla de la guardia fronteriza ucrania avanza a pie a través de destartaladas aldeas, carreteras desangeladas y casas abandonadas a toda prisa tras el accidente de la central nuclear en 1986. El área que rodea la instalación —con el siniestro sarcófago que recubre el reactor 4, cuya explosión provocó la mayor catástrofe nuclear de la historia— es aún una de las zonas más contaminadas del mundo. Y además de conformar un punto estratégico para Ucrania, Chernóbil queda en la ruta más corta en caso de una invasión desde Bielorrusia. “Esto es suelo ucranio y por seguridad nacional debemos vigilarlo y protegerlo”, remarca Oleh, un recluta de ojos azules y pecosa cara de niño. Tiene 20 años y está haciendo el servicio militar.
Como Oleh, ninguno de los tres miembros de la patrulla a la que EL PAÍS acompaña por la lúgubre zona de exclusión habían nacido cuando la tragedia de Chernóbil sacudió el mundo. Ahora, con la concentración de tropas rusas en torno al flanco oriental de Ucrania, que ha elevado la alarma de Estados Unidos y la OTAN sobre otra posible invasión rusa, y el desarrollo en territorio bielorruso de intensas maniobras militares de fuerzas de Minsk y Moscú que lanzarán su multitudinaria segunda fase este jueves, el Gobierno de Volodímir Zelenski trata también de reforzar los puntos estratégicos de su frontera con Bielorrusia, hasta hace poco bastante descubierta. Y eso incluye la conocida como zona de exclusión de Chernóbil, un perímetro de unos 30 kilómetros a la redonda en torno a la central, decretado a toda prisa por las autoridades soviéticas tras el accidente para tratar de aislar la letalidad de las partículas radiactivas que aún se hallan en el suelo y que harán inhabitable mucho de ese terreno cientos de años, señala Ludmyla Chehonya, del departamento de Turismo.
Una noria abandonada en la ciudad de Prípiat, que nunca se llegó a inaugurar y ha quedado como uno de los símbolos de la catástrofe nuclear.María Sahuquillo
Altos cargo del Ejército ruso, entre ellos el jefe del Estado Mayor, Valeri Gerasimov, han llegado este miércoles a Bielorrusia, en otra muestra del músculo militar que exhibe el Kremlin. El país gobernado con puño de acero por el líder autoritario Aleksandr Lukashenko, cada vez más dependiente de Moscú, está solo a una decena de kilómetros del sarcófago del reactor 4. Ahora, nuevas patrullas de la guardia fronteriza y la policía del distrito se han añadido a los efectivos que ya vigilaban esos 2.600 kilómetros cuadrados, conocidos como La Zona. Es una cuestión de seguridad, comentaba el pasado viernes el ministro de Defensa, Oleksii Reznikov, que pese a las constantes alertas de Washington insiste en que no hay información que indique que Rusia vaya a lanzar un ataque pronto. Que la de Chernóbil sea una ruta de incursión posible desde el norte no significa que sea la más probable, insistía el ministro.
Un soldado ucranio inspeccionaba una vivienda abandonada en una aldea de la zona de exclusión de Chernóbil.Maria Sahuquillo
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Toda la zona de la frontera con Bielorrusia, que tiene también su propia zona de exclusión, es rica en terreno forestal y pantanoso, explica Mykola Ustimenko, de la Guardia Fronteriza de la zona de Orane, lo que hace complicado imaginar una incursión desde allí y un escenario en el que Chernóbil se convierta en una gran trinchera. Ustimenko, de 35 años, se sacude la nieve del uniforme impoluto mientras recalca que el número de patrullas que vigilan La Zona es un dato secreto, aunque insiste en que son “suficientes”. En caso de invasión, dice el militar, “los guardias fronterizos defenderán el perímetro y retendrán la ofensiva hasta la llegada del Ejército regular, reservas de combate con armas y equipos adecuados, que están desplegados muy cerca”.
En La Zona todo tiene un aire como intemporal. En una de las aldeas cerca del río Veresnya, la maleza entra en las casas y algún árbol se ha movido hasta atravesar el suelo de madera que en otro tiempo pisaron sus habitantes. En la nieve se ven pequeñas huellas de algún animal y un ruido atraviesa el denso silencio. “Quizá sea un perro. O el viento”, dice el recluta Oleh. Tras el accidente, en apenas unas horas y sin decirles a dónde irían y que probablemente no volverían jamás, las autoridades soviéticas evacuaron a unas 91.000 personas. Algunos salieron con lo puesto y nunca regresaron.
Una catástrofe que pervive
La vida en aquel pueblo y en otros muchos cambió para siempre el 26 del abril de 1986 a la 1.27 de la madrugada. A esa hora explotó el reactor número 4 de la central de Chernóbil en la antigua Unión Soviética —hoy Ucrania—. La central ardió durante 10 días y las partículas invisibles que liberó a la superficie contaminaron 142.000 kilómetros cuadrados en el norte de Ucrania, el sur de Bielorrusia y la región rusa de Briansk. La lluvia radiactiva llegó aun más lejos. Las consecuencias de la catástrofe aún perviven.
La tragedia ha causado miles de muertos desde entonces. En el año 2000, el Comité Científico sobre los Efectos de la Radiación Nuclear de la ONU reportó 30 muertos en su primer estudio sobre el accidente de Chernóbil: operarios, ingenieros, policías o bomberos que formaron el cuerpo de los llamados liquidadores, encargados de extinguir el incendio y atajar sus consecuencias. Otro informe elaborado cinco años después por expertos de la ONU, de la Organización Mundial de la Salud y del Organismo Internacional de la Energía Atómica cifró las víctimas mortales en 4.000; y resaltó que con toda probabilidad fallecerían otras 5.000 un lustro después por enfermedades relacionadas con la radiación.
Monumento y plataforma de observación de sarcófago de Chernóbil, que cubre los restos del reactor 4.María Sahuqillo
El líder de la patrulla, Konstantín, afirma que vigilar La Zona no es peligroso porque cada turno y cada soldado están muy controlados. Además, después de cada servicio, se pasa un análisis de radiactividad en una instalación que aún rezuma aroma a la época soviética. “Revisamos con frecuencia el nivel de radiación con los medidores que llevamos y si supera los limites permisibles, el destacamento abandona lo más rápido posible el área y la cubre desde una distancia segura”, afirma el joven, de 21 años. Esa cobertura incluye la vigilancia con drones como el que maneja Andriy, con el que la guardia fronteriza da apoyo a las patrullas en el terreno y observa desde el aire zonas demasiado contaminadas para recorrerlas a pie o en coche.
Tras el accidente, el resto de los reactores siguió en funcionamiento algunos años, hasta que se clausuró la central. Pero el sarcófago y las instalaciones requieren vigilancia y mantenimiento, y los trabajadores que se ocupan de ello viven en la ciudad de Chernóbil, restringida a esos servicios esenciales. Hace un par de años, además, el Gobierno ucranio puso en marcha un programa de visitas turísticas a la zona, que despuntó tras el estreno de la serie Chernobyl, de HBO, y que ofrece tours organizados dentro de un circuito cerrado.
Más allá de esos aficionados al turismo de catástrofes, el acceso está prohibido. Aunque unas cuantas personas, en su mayoría muy mayores, volvieron a sus casas unos años después de la tragedia y allí siguen, no han querido dejarlas, explica Chehonya, del departamento de Turismo. Hasta hace poco, los llamados merodeadores, que entraban a robar chatarra para luego venderla, los recolectores ilegales de setas y algún que otro mentecato que trataba de adentrarse fuera del circuito turístico por curiosidad eran el mayor peligro en el área contaminada.
Una antigua atracción de coches de choque en Prípiat.María Sahuquillo
Aunque a algunos pueda parecerles extraña la necesidad de reforzar la seguridad de la zona de Chernóbil —¿quién querría atravesar un territorio contaminado por la radiación?—, toda el área se considera parte de la infraestructura crítica del Estado y una zona problemática que requiere mayor control, explica al otro lado de teléfono Serguéi Krivonós, general en la reserva y subsecretario del Consejo de Seguridad Nacional de Ucrania hasta 2020. Además, el Gobierno ucranio ha definido otros 700 objetos de importancia crítica —algunos por peligrosos— que necesitan una seguridad fortalecida, apunta el exsubsecretario del Consejo de Seguridad Nacional. “La pregunta es hasta dónde podemos cubrir todos los objetos. Es necesario establecer prioridades: en primer lugar, para proteger aquellos que pueden dañar al Estado si quedan fuera de servicio”, señala Krivonós.
En la otrora espléndida ciudad de Prípiat, que una vez presumió de ser la guinda del desarrollismo soviético y la más nueva y glamurosa de la URSS, los edificios abandonados y grises provocan una inmensa desazón. La enorme y oxidada noria y un recinto metálico con amarillentos cochecitos de choque, corazón de lo que iba a ser un novedoso parque de atracciones, ha quedado como el caparazón de lo que pudo ser y no fue en la ciudad que entonces tenía 43.000 habitantes. El accidente se produjo el 26 de abril, así que la inauguración de esa zona de juegos, el 1 de mayo, día del Trabajo y gran fiesta en la URSS, nunca tuvo lugar. Por las calles desiertas, mientras el sol empieza a ocultarse, se ha desplegado un grupo de militares. Algunos observan en solemne silencio. Un par hace fotos con el móvil antes de apresurar el paso. Preparan para el día siguiente maniobras militares con otras fuerzas de seguridad ucranias a las que están invitados altos cargos, diplomáticos de varios países y la prensa. Coincide casi con el 52º aniversario de la fundación de Prípiat .
La postapocalíptica Prípiat es, quizá junto al sarcófago del reactor 4, el punto más célebre de toda la zona y se ha convertido en el símbolo de la tragedia. Pero todo Chernóbil emana una lección que suena a una realidad todavía posible. La de las mentiras, la ocultación, la propaganda y las noticias falsas. En ese caso, las del aparato de la URSS, que silenció durante días al mundo la catástrofe y que buscó a toda costa tapar el problema. Las consecuencias del suceso, sin embargo, fueron tremendas para las arcas soviéticas, ya muy mermadas. Algunos creen que el desastre aceleró el colapso de la URSS, que se desmoronó en 1991 pero cuyos cimientos parecen seguir a veces cayendo hasta hoy.