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Los ataques lanzados por Rusia desde el viernes en la parte occidental de Ucrania, el último a solo 25 kilómetros del territorio de la OTAN, han elevado el riesgo de un “incidente” que desencadene una peligroso agravamiento del conflicto. Fuentes aliadas señalan que el principal temor es que la proximidad del frente derive en la caída en territorio de la OTAN de algún misil ruso. El percance, intencionado o no, colocaría a EE UU y sus aliados ante el dilema de responder militarmente, a riesgo de provocar una escalada bélica de proporciones catastróficas.

Fuentes aliadas reconocen que respiraban con cierta tranquilidad ante el hecho de que la ofensiva rusa se concentrase en la parte oriental de Ucrania en los primeros compases de la guerra. Esas posiciones, alejadas de las fronteras de la UE y de la OTAN, evitaban un choque fortuito entre fuerzas aliadas y rusas o un ataque inesperado a alguno de los aliados occidentales. Pero el desplazamiento de la violencia al oeste del río Dniéper aumenta el riesgo de escalada, según reconocen fuentes aliadas.

“Cuanto más cerca de la frontera occidental, mayor riesgo de que un simple error de cálculo provoque un incidente”, apuntan esas fuentes. También indican que, a medida que se prolonga la guerra, Rusia se ve forzada a utilizar armamento menos preciso porque el de máxima tecnología es mucho más caro. “El riesgo de un error de cálculo es así mayor”, añaden.

Estados Unidos ha enfatizado este domingo que la Alianza Atlántica responderá “con toda su fuerza” si la ofensiva alcanza territorio aliado. La advertencia la ha lanzado el asesor de seguridad nacional estadounidense, Jake Sullivan, que ha explicado que cualquier ataque activaría el artículo 5 de la OTAN, según el cual una agresión a un aliado se considera una agresión a todos. “Si hay un ataque militar en el territorio de la OTAN, provocaría la invocación de este artículo, y utilizaríamos toda la fuerza de la alianza para responder”, ha señalado en una entrevista a la cadena CBS.

El viernes ya se produjo “un incidente”, como lo ha definido la OTAN, todavía no aclarado, con la caída de un dron de fabricación rusa en plena capital de Croacia. El aparato, de seis toneladas y habitual en las fuerzas armadas ucranias, impactó en un parque público de Zagreb. El dron atravesó el espacio aéreo de tres países de la OTAN (Rumania, Hungría y Croacia) sin que fuera detectado ni interceptado.

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La aparente negligencia ha disparado las alarmas entre los países vecinos y el Gobierno croata, indignado, ha exigido explicaciones a la OTAN por la falta de información. Stoltenberg habló el sábado por teléfono con el primer ministro croata, Andrej Plencovik, y se acordó investigar el incidente para aclarar lo sucedido.

El presidente de EE UU, Joe Biden, advirtió el mismo viernes que un ataque ruso contra algún aliado de la OTAN supondría el inicio de la III Guerra Mundial. Y el secretario general de la organización militar, Jens Stoltenberg, subrayaba ese día que la Alianza ya ha doblado su presencia en los aliados del este, con miles de tropas y cientos de aviones y buques de guerra desplegados en el flanco oriental.

Las advertencias aliadas pretenden disuadir al presidente ruso, Vladímir Putin, de cualquier tentación de comprobar la reacción occidental con alguna incursión en Polonia, Letonia o Rumania. Pero el riesgo de un contacto entre las fuerzas aliadas y el Ejército de Moscú ha aumentado tras los ataques rusos del viernes contra la base aérea ucrania de Lutsk, a 80 kilómetros de la frontera polaca, y el de este domingo contra una base militar en la región de Lviv, a solo 25 kilómetros de la misma frontera.

El riesgo de un peligroso roce se eleva, además, por la amenaza rusa de atacar cualquier convoy europeo que suministre armamento a las fuerzas ucranias. Los bombardeos junto a la frontera polaca, así como el de un aeropuerto (Ivano-Frankivsk) a 150 kilómetros aliados, parecen destinados, precisamente, a frenar la llegada de ayuda militar y humanitaria procedente de los aliados europeos.

Polonia y Rumania son los dos miembros de la OTAN con más territorio fronterizo con Ucrania, más de 500 kilómetros. Rusia es consciente de que las armas y los suministros occidentales entrarán con toda probabilidad en Ucrania por esos dos países. De los otros dos aliados limítrofes con Ucrania, Hungría ha prohibido el paso de armamento y la frontera con Eslovaquia no llega a 100 kilómetros y puede ser vigilada con más facilidad por Moscú.

La OTAN ha negado una y otra vez cualquier intención intervenir en el conflicto y ha descartado la presencia sobre el terreno de tropas o fuerzas occidentales. La Alianza también ha rechazado la petición de establecer una zona de exclusión aérea como reclama el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, para librarse de los ataques con misiles rusos.

La OTAN considera que esa zona de exclusión requeriría la destrucción de las fuerzas antiaéreas de Putin, tanto en Ucrania como en Rusia, y el derribo de los aviones rusos que no respetasen la exclusión. Ese choque supondría, según la OTAN, una guerra total en Europa con la participación de cuatro potencias nucleares como son Rusia, EE UU, Reino Unido y Francia. La OTAN también hizo caso omiso de la decisión de Putin de poner en alerta sus sistemas de armamento nuclear, una bravuconada ignorada en Bruselas para no alentar la escalada.

“Tenemos la responsabilidad de asegurar que este conflicto no tiene una escalada más allá de Ucrania”, señalaba Stoltenberg el viernes en un mensaje dirigido a Polonia para celebrar el 23º aniversario del ingreso de ese país en la Alianza. El secretario general avisaba de que esa escalada sería “aun más peligrosa, destructiva y mortal” que la actual guerra de Putin contra Ucrania.

La OTAN reconoce, no obstante, que la violencia de Putin apunta más allá de Ucrania, como demuestran sus amenazas a Suecia y Finlandia si optan por ingresar en la Alianza. “Se trata de negar a cualquier nación en Europa el derecho a elegir su propio camino y convertirse en miembro de la OTAN”, ha señalado el secretario general de la organización.

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Con la crisis de Ucrania tiñendo toda la geopolítica, Washington busca aliados allá donde los tiene para hacer frente a un posible escenario de crisis energética en Europa. Este lunes, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha dicho al emirato de Qatar como uno de sus mayores aliados fuera de la esfera de la OTAN. Las muchas conversaciones que Washington y Doha han ido manteniendo sobre la posibilidad de suministrar gas natural líquido a Europa en caso de que Rusia decida invadir Ucrania se han concretado este lunes con la visita del emir de Qatar, Tamim Bin Hamad al Thani, a la Casa Blanca. Había varios temas urgentes en la agenda del jeque y el mandatario estadounidense, pero el de mayor importancia estaba enfocado en garantizar el respaldo energético para los aliados europeos si Rusia determina cortar sus exportaciones de gas.

Washington quiere garantizar que todas las posibles fuentes alternativas al gas ruso estén preparadas para abastecer al bloque comunitario en cuestión de “días” o en “una semana o dos” si Moscú interrumpe el flujo de energía, según fuentes de la Administración norteamericana. Junto a EE UU y Australia, Qatar es uno de los mayores exportadores de gas natural líquido del mundo, concretamente el cuarto mayor proveedor, con un 5,2% de todas las compras de este recurso. La Unión Europea importa el 40% de su gas natural de Rusia. Por lo que tanto la Casa Blanca como la UE confían en que Doha sea capaz de redirigir de forma temporal sus exportaciones destinadas a los países asiáticos hacia los mercados europeos. Aunque existe un pero a este deseo y es que Qatar tiene ya firmados contratos a largo plazo con Corea del Sur, Japón y China.

Cuna de Al Jazeera, Qatar, uno de los países más prósperos del mundo gracias a sus reservas de gas, consolida con este viaje oficial su estatus de importante actor internacional, ya que las bases que EE UU tiene en el emirato sirvieron de escala para los vuelos norteamericanos con civiles y colaboradores afganos que abandonaron Afganistán el pasado agosto tras la retirada de las tropas estadounidenses de aquel país tras 20 años de guerra. En la breve comparecencia que ambos líderes hicieron ante la prensa, Biden calificó al pequeño pero rico país como “un buen amigo” con el que acaba de cumplir 50 años de relaciones diplomáticas.

Era día de anuncios y de sellar alianzas con el amigo Qatar. La secretaria de Comercio norteamericana, Gina Raimondo, declaraba a través de un comunicado que se sentía “honrada y emocionada” al anunciar “un acuerdo de importancia histórica entre Boeing y la filial de carga de Qatar Airways”. La aerolínea deseaba construir su flota de carga por lo que ha presentado un pedido de compra de 34 unidades del nuevo carguero 777X del gigante aeroespacial estadounidense. Con ello, se ha convertido en la primera en comprar este modelo con un contrato de más de 20.000 millones de dólares. La compañía, que ha oficializado el acuerdo aprovechando la visita del emir de Qatar a la Casa Blanca, también ha firmado una carta de intención por 25 aeronaves 737-10 e indicó estar lista para un pedido de hasta 50 aviones 737 MAX.

La pequeña península de Qatar ha atraído una inusual atención internacional desde principios de siglo, cuando fue designada sede del Mundial de fútbol de 2022, pero ha recibido crecientes críticas por su trato a los trabajadores extranjeros que construyen las instalaciones e infraestructuras que requiere el evento. Sin embargo, Washington busca a través del emirato promover la seguridad y la prosperidad en el Golfo y la región de Oriente Medio. Doha actúa como enlace diplomático de EE UU con los talibanes, por lo que es una pieza clave para cualquier contacto con Afganistán. Biden también expresó en su comparecencia el papel que jugó Qatar en la restauración de la ayuda humanitaria a Gaza después de la escalada bélica entre Israel y las milicias de la franja en mayo de 2021.

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