La Policía Metropolitana de Londres, conocida comoNew Scotland Yard, ha seguido investigando el escandalo de las fiestas en Downing Street durante el confinamiento, mientras el Gobierno de Boris Johnson, la oposición y los medios de todo el país concentraban su atención en la invasión de Ucrania y daban prácticamente por amortizado un asunto que, apenas hace dos meses, había colocado la losa final en la carrera política del primer ministro. Pero este martes, los responsables de la investigación han anunciado que ya tienen listas para su entrega las 20 primeras multas a personal del número 10 de Downing Street y del 70 de Whitehall (donde reside la Oficina del Gabinete del primer ministro) que habrían quebrado las normas de distanciamiento social. La policía asumió la competencia indagadora sobre doce de todos los eventos celebrados en sede gubernamental durante la pandemia. Más de cien cuestionarios, con la obligación formal de ser cumplimentados e incluso la posibilidad de hacerlo con ayuda de abogado, fueron enviados a las personas que aparecían en los centenares de fotos, correos y documentos que manejaban los investigadores. Entre los destinatarios de esos cuestionarios/interrogatorios se encontraban el mismo Johnson, su ministro de Economía, Rishi Sunak, o el secretario del Gabinete (y número uno del cuerpo de altos funcionarios), Simon Case. De hecho, Case fue el responsable de llevar a cabo una investigación interna sobre el escándalo, que tuvo que abandonar en manos de su segunda, Sue Gray, cuando se supo que él mismo había participado en una de las fiestas.
Downing Street ya se ha apresurado a señalar que Johnson no se encuentra entre los primeros multados, pero nada indica que no pueda finalmente recibir su propias sanción, porque el consenso general anticipa que Scotland Yard apenas ha comenzado a entregar las primeras penalizaciones administrativas. No son sanciones penales, y por tanto no se incorporan a los antecedentes policiales del sancionado. Scotland Yard ni siquiera ha dado los nombres de los multados, y la ley no les obliga a comunicar la sanción a sus superiores. En el caso de Johnson, sin embargo, existe un compromiso explícito por parte del propio primer ministro y de su equipo de Downing Street de hacer pública la sanción, si finalmente recibe una. Sin embargo, el Gobierno británico sigue sin admitir que se haya incumplido la ley en sede pública, ni mucho menos que el primer ministro haya podido engañar deliberadamente al Parlamento y esté obligado a dimitir. “El primer ministro ya ha pedido disculpas por todas aquellas cosas que no se hicieron bien, por el modo en que se gestionó todo este asunto y por todos los errores que se cometieron”, ha dicho un portavoz del Ejecutivo.
“Es una vergüenza que, mientras el resto del país cumplía con las normas, el Gobierno de Johnson actuaba como si las reglas de la pandemia no hubieran sido escritas también para ellos”, ha dicho este martes la número dos del Partido Laborista, Angela Rayner, quien de nuevo ha vuelto a exigir la dimisión del primer ministro. A su petición se ha sumado la de Ed Davey, líder de los liberales demócratas: “Si Johnson cree que puede escabullirse de las consecuencias del partygate, se equivoca. Todos sabemos quién fue el responsable”, ha dicho.
A pesar de la cascada de diputados conservadores que se sumaron a las peticiones de dimisión en el momento más delicado de todo el escándalo, y del número de ellos que llegaron a enviar “cartas de retirada de confianza” a la dirección del grupo parlamentario, para forzar una moción de censura interna contra Johnson, la situación en el partido ha cambiado drásticamente. La guerra de Ucrania, la necesidad de mostrar unidad y respaldo al Gobierno, y el hecho cierto de que el primer ministro ha sabido estar a la altura de las circunstancias, ha calmado los ánimos levantiscos de muchos diputados. Eso no quiere decir que Johnson se haya escapado de la soga, porque sería difícil de justificar una multa por las fiestas prohibidas. Sería la confirmación de que el primer ministro incumplió la ley y mintió al Parlamento y hay muchos críticos latentes en el seno de su partido que estarían dispuestos a volver a la carga.
Se preveía una guerra relámpago, y no una de desgaste de duración indefinida. Pero un mes después de la invasión rusa de Ucrania, la situación parece alargarse en el tiempo. Con Moscú atascada en distintos frentes, en buena parte gracias a la resistencia de las fuerzas ucranias, la Unión Europea teme que el conflicto se podría prolongar meses o incluso años, forzando la crisis humanitaria más allá de lo esperado. Los Veintisiete, que ya cuentan con 17.000 millones de euros a su disposición facilitados por la Comisión y con el respaldo de la directiva de protección internacional —aprobada por primera vez en la historia de la UE para hacer frente a la emergencia— buscan ahora soluciones financieras y mecanismos de reparto solidario de refugiados para dar una respuesta en el largo plazo.
La guerra en Ucrania ya ha provocado el mayor éxodo en Europa desde la II Guerra Mundial, con 3,8 millones de personas atravesando las fronteras de su país en busca de refugio en la UE. Las cifras podrían elevarse hasta los ocho o incluso los 10 millones en los próximos meses, según estiman fuentes comunitarias, citando números de la ONU. “Hay que prepararse para algo estructural”, advierten.
“No sabemos cuál va a ser el próximo paso que va a dar [el presidente ruso, Vladímir] Putin. Tenemos que estar preparados”, ha asegurado este lunes en Bruselas la comisaria europea de Interior, Ylva Johansson, en una comparecencia tras una reunión extraordinaria de ministros del Interior de la UE, convocada para dar respuesta a la emergencia humanitaria. Johansson ha urgido a preparar “planes de contingencia por si la situación se deteriora”.
En la cita, los ministros han aprobado un decálogo de acciones para aliviar el drama humanitario. Entre los puntos, se reclama la creación de una plataforma europea única y centralizada para registrar a los recién llegados, con el fin de evitar duplicidades y errores de cálculo; pide coordinar entre los distintos socios comunitarios el transporte y la información, a través de puntos neurálgicos a los que puedan acudir los refugiados que quieran viajar por territorio Schengen.
Los Estados miembros también han acordado crear una especie de índice de países en función de su capacidad de recepción y acogida, para alentar el movimiento de ucranios hacia ellos, quitando presión a los Estados más saturados. Se prevé además la puesta en marcha de un plan de lucha contra la trata de seres humanos. Ya antes de la guerra, Ucrania estaba entre los cinco países con mayor tráfico de personas hacia la UE, según la Comisión. Y las ONG que actúan sobre el terreno han alertado de posibles situaciones de acoso de proxenetas.
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Los Veintisiete buscan además una solución común y coordinada para la acogida de la infancia: los niños suman más de la mitad de las llegadas a territorio comunitario. Son tantos que, como indicaba la semana pasada el vicepresidente de la Comisión, Margaritis Schinas, es como si en un solo mes se hubiera multiplicado casi por tres el número de nacimientos anual de Polonia.
A pesar de que el flujo de llegadas ha bajado —ha pasado de las 200.000 entradas diarias a cerca de 40.000, según cifras aportadas este lunes por la comisaria de Interior—, las capitales europeas ubicadas en primera línea temen que la presión desborde sus capacidades de alojamiento, asistencia social y sanitaria y acceso a la educación en el medio y largo plazo. A Polonia, primer país receptor, han llegado más de 2,2 millones de personas en las últimas cuatro semanas, según ACNUR. Le siguen Rumania (casi 600.000), Hungría (594.000) y Eslovaquia (275.000).
En la Comisión Europea reconocen, además, que los refugiados no se han redistribuido de forma voluntaria por los Estados miembros en el volumen que se esperaba. Esta era la apuesta inicial de Bruselas: las personas ucranias, al no tener restricciones de movimientos en zona Schengen, se irían trasladando a diferentes países. Pero la mayoría se han quedado en los lugares de primera acogida, cerca de su país de origen, previsiblemente para aguardar a un posible regreso.
Bruselas ha movilizado hasta 17.000 millones para hacer frente a la emergencia, según indican fuentes comunitarias. La cantidad es un encaje de bolillos presupuestario que bebe, entre otros, de los fondos estructurales del periodo 2014-2020 aún no gastados y de la iniciativa React-EU, creada para ayudar a los territorios a fortalecer el Estado del bienestar, blindar los servicios públicos y reactivar la economía tras el impacto de la pandemia. Los mecanismos, sin descender al detalle de las sumas, fueron anunciados la semana pasada por la Comisión.
El Ejecutivo comunitario no descarta ampliar las cantidades ante el drama que se avecina. En el Consejo Europeo celebrado este jueves y viernes en Bruselas, los jefes de Estado y de Gobierno emplazaron al Ejecutivo comunitario a buscar más recursos, según las conclusiones pactadas durante la cumbre. Los Veintisiete piden que “se completen con urgencia los trabajos sobre las recientes propuestas de la Comisión tendentes a respaldar a los Estados miembros, de manera que pueda movilizarse con rapidez la financiación de la UE para los refugiados y para quienes los acogen, e invita a la Comisión a que trabaje sobre otras propuestas para reforzar el apoyo de la UE”.
“Está claro que nuestros recursos y capacidades de acogida no serán suficientes para hacer frente al creciente flujo de personas”, asegura una carta enviada al Ejecutivo comunitario de forma conjunta por los ministros de Interior de Alemania, Nancy Faeser, y de Polonia, Mariusz Kaminski, a cuyo contenido ha tenido acceso EL PAÍS. “Esto es especialmente cierto a largo plazo”, añade la misiva, fechada el pasado viernes, y cuya intención era en parte marcar el debate de los ministros de Interior, reunidos este lunes para abordar la emergencia.
En Polonia se han quedado en torno a un millón y medio de personas, según cifras de la Comisión. Hasta Alemania han llegado ya cerca de 300.000 en movimientos secundarios desde los países fronterizos. A otros países, como Francia, se han desplazado al menos 30.000, según cifras aportadas este lunes por el ministro del Interior de este país (el 80% de ellas mujeres). En la carta, Berlín y Varsovia reclaman a la Comisión esquemas financieros que alivien a las capitales más afectadas de forma urgente, como por ejemplo aportar 1.000 euros por cada refugiado acogido en los primeros seis meses desde el inicio de la guerra.
El texto asegura que Polonia estima haber gastado hasta ahora 2.200 millones de euros en la asistencia humanitaria a los refugiados. “Eventos extraordinarios requieren medidas extraordinarias”, asevera la misiva, que reclama además potenciar la “plataforma de solidaridad” para “facilitar la posibilidad de viajar en condiciones seguras a otros Estados miembros”.
La carta se mueve en línea con el decálogo aprobado por los ministros de Interior. Aunque, de momento, la UE no tiene previsto activar ningún mecanismo obligatorio de cuotas de refugiados, la idea es alentar su desplazamiento voluntario con mayor información sobre los países con capacidades de acogida disponibles y el fomento de centros de transporte con acceso a trenes, autobuses e incluso vuelos.
La respuesta a la crisis de refugiados ha marcado un hito en la UE. Solo una semana después de que comenzara ala guerra, activó por primera vez una regulación jamás utilizada antes, la directiva de protección internacional, que permite la entrada en territorio comunitario de un número ilimitado de personas que huyen de una catástrofe. Los ucranios tienen derecho con su pasaporte a tres meses de estancia en la UE. Esta directiva, sin embargo, amplía la protección hasta el año, renovable automáticamente dos veces por periodos de seis meses, y permite el acceso a vivienda, escuelas, atención sanitaria y empleo. Hasta ahora, 800.000 personas han solicitado el amparo de esta directiva, según ha detallado la comisaria Johansson en su comparecencia.
Las imágenes de mujeres embarazadas heridas causan estupor a medio mundo. Las noticias de la escasez de alimentos y calefacción en ciudades ucranianas se multiplican. El último parte de guerra da cuenta de un avance inquietante en la invasión rusa de Ucrania: las bombas de Vladímir Putin acaban de llegar a Lutsk, una ciudad a 87 kilómetros de Polonia. Dos semanas después de su inicio, la guerra se aproxima a las puertas de la Unión Europea. Y, sin embargo, los análisis de los países aliados coinciden en que la campaña de Rusia ha avanzado más lento de lo que el Kremlin había calculado.
Estados Unidos había advertido de que Kiev, la capital, podría caer en apenas dos o tres días, pero las tropas rusas no han conseguido aún rodearla del todo. No hay margen para el alivio porque el consenso también es unánime: Putin va a recrudecer la violencia.
“Creo que vienen unas semanas feas”, advirtió el director de la CIA, William Burns, este martes en el Congreso de Estados Unidos. “Putin está frustrado y enfadado y es probable que redoble la presión e intente triturar al Ejército ruso sin miramientos con las víctimas civiles”, continuó. La inteligencia estadounidense cree que el dirigente ruso subestimó la capacidad y osadía de la resistencia ucrania y ese error de cálculo ha ralentizado su ofensiva, pero Washington está convencido de que persistirá en el ataque hasta encontrar un relato que pueda ofrecer como victoria ante su pueblo. “Él sentía mucha confianza en la modernización que había llevado a cabo de su Ejército y pensó que sería capaz de una victoria rápida y decisiva a un coste mínimo, pero se equivocó por completo”, afirmó Burns.
Pese a todo —las muertes, las sanciones y el progresivo aislamiento del país—, Moscú no aflojará el pulso, sino que probablemente se prepare para intensificar la ofensiva, según la inteligencia estadounidense. Las tropas ya han logrado cortar el suministro de alimentos, agua, calefacción y medicinas en varias ciudades. Sin la llegada de provisiones, Kiev puede entrar en una situación “desesperada” en cuestión de 10 días o dos semanas. Y, tal y como ha anunciado el Kremlin este viernes, acaba de reclutar a 16.000 soldados de Siria y el resto de Oriente Próximo.
Anexionada por
Rusia en 2014
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Ucrania asegura que ha infligido duras pérdidas a las tropas rusas, que ha capturado numeroso material bélico de los soldados del Kremlin, y que ha llegado a un punto de inflexión que Moscú no se esperaba. Sin embargo, fuentes del Gobierno ucranio apuntan también que Rusia, aunque se ha enfrentado a problemas logísticos y de comunicaciones graves, está reposicionándose y reagrupándose. Temen que despliegue todo su arsenal de ataques aéreos, que causarían daños devastadores. De ahí la insistencia del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, en que la OTAN active una zona de exclusión aérea en Ucrania. La capacidad aérea rusa y las defensas antiaéreas ucranias no pueden compararse, aunque Kiev ha evitado ataques rusos, y ha contraatacado con drones de fabricación turca y municiones antitanques occidentales.
Ante la resistencia del Ejército ucranio y de la sociedad civil, Moscú ha adoptado la estrategia de atacar zonas urbanas y residenciales y Kiev cree que agudizarán la ofensiva y el asedio contra ciudades clave en los próximos días para atemorizar a la población, someterla, después pautar su huida y entrar con una dura ofensiva para capturar esas urbes. Fuentes de Defensa ucranias apuntan que Moscú ha reclutado a combatientes sirios forjados en la lucha urbana para la expansión de la invasión en las ciudades. Fuentes ucranias creen también en el escenario de que Bielorrusia empiece a participar de forma activa en la invasión rusa.
Al Gobierno ucranio le preocupa además, muy seriamente, la posibilidad de un ataque con armas químicas o biológicas. El Kremlin lleva días acusando a Estados Unidos de desarrollar armas biológicas en laboratorios de Ucrania y Kiev cree que la acusación es un pretexto para lanzar en un momento dado un ataque químico o biológico y acusar a Ucrania. Washington cree que Moscú está preparando el terreno para fabricar un falso ataque y atribuírselo a los aliados. El asunto llegó este viernes al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, cuya presidencia de turno recae ni más ni menos que en la propia Rusia. En una reunión sobre armas biológicas reclamada por Moscú, la embajadora estadounidense, Linda Thomas-Greenfield, señaló que “utiliza al Consejo para legitimar y justificar la actuación de Putin”.
Para el Gobierno estadounidense, sin embargo, la decisión de elevar el nivel de alerta nuclear es de momento una gesticulación por parte del Kremlin, ya que los agentes de inteligencia no han detectado cambios en el posicionamiento de la fuerza nuclear rusa diferente de los registrados en otras crisis internacionales previas.
Estrategia ‘maximalista’ o victoria parcial
La duda estriba, con todo, en si adopta una estrategia “maximalista”, que tenga como objetivo el control absoluto de todo el territorio, o se conforma con algunos enclaves de calado político y simbólico. La CIA no ve, hoy por hoy, el modo en que Putin pueda cumplir la meta de hacerse con Kiev y reemplazar al presidente Zelenski por un Gobierno prorruso. Como ha dicho la máxima responsable de la Dirección Nacional de Inteligencia (la entidad que agrupa todos los servicios de inteligencia estadounidenses), Avril Haines, “lo que él puede estar dispuesto a aceptar como una victoria puede cambiar con tiempo dados los importantes costes que está sufriendo”.
Estados Unidos calcula que el Ejército ruso ha podido sufrir entre 2.000 y 4.000 muertes, una estimación muy elástica en la que, admiten, no tienen gran confianza. El empleo de reclutas sin experiencia en lugar de soldados profesionales en la guerra ha sido una de las cuestiones más espinosas para los rusos. El portavoz del Ministerio de Defensa, Ígor Konashenkov, lo reconoció el pasado 9 de marzo, dos semanas después de comenzar la ofensiva. “Por desgracia se tuvo conocimiento por varios hechos de la presencia de reclutas en las unidades de las fuerzas armadas rusas involucradas en esta operación militar especial”, afirmó el representante del Ejército.
Putin había negado su participación un día antes, el 8 de marzo, en su mensaje “a las madres, esposas, novias y hermanas” de los militares rusos por el Día de la Mujer: “Permítanme enfatizar que los soldados que están haciendo el servicio militar no participan ni participarán en las hostilidades, ni habrá una convocatoria adicional de reservistas. Las tareas son resueltas por militares profesionales”.
Konashenkov también había rechazado estos hechos el 28 de febrero. “Me gustaría enfatizar que solo oficiales y militares con contrato sirven en los puestos de soldados rasos y sargentos”, afirmó. Antes, el diario Nóvaya Gazeta publicó un reportaje en el que el presidente del Comité de Madres de Soldados, Andréi Kurochkin, denunciaba que algunos jóvenes habían sido obligados a firmar contratos temporales. “No hay suficientes contratistas y los mandos de las unidades presionan a los reclutas”, decía al periódico ruso.
La legislación del país dicta que para intervenir en combate, los jóvenes que hacen el servicio obligatorio deben firmar un contrato con las Fuerzas Armadas. El Ministerio de Defensa asegura que “casi todos esos militares ya han sido replegados a territorio ruso”. Sin embargo, Konashenkov no ofreció una cifra exacta de los ciudadanos que han participado ilegalmente en la guerra.
Reclutas sin experiencia
“Casi todos esos militares ya han sido retirados al territorio de Rusia”, prometió Konashenkov. El portavoz explicó que una unidad de apoyo logístico fue atacada por un grupo de saboteadores ucranio. ”Varios militares, incluidos reclutas, fueron capturados. Estamos tomando medidas integrales para evitar el envío de reclutas a las zonas de combate, y para que sean liberados los militares capturados”, aseguró.
Las fuerzas armadas rusas ofrecieron su primera y última cifra oficial de bajas el 2 de marzo, una semana después de comenzar la ofensiva. Anteriormente, el 27 de febrero, confirmaron las informaciones de que había fallecidos entre sus filas, pero no se dieron más detalles. A diferencia de los datos sobre objetivos ucranios destruidos, de los que hay parte al detalle cada día, el contador de rusos muertos en el conflicto sigue estancado en 498 víctimas mortales y 1.597 heridos desde hace nueve días.
El Ministerio de Defensa ruso asegura que ha destruido 2.396 objetos enemigos desde el inicio de lo que llama “operación especial para la defensa de las repúblicas de Donetsk y Lugansk”. Entre otros, cita 82 puestos de mando, 76 estaciones de radar, 827 carros de combate y 119 sistemas antiaéreos y numerosos aviones, lo que habría decantado la superioridad aérea a su favor. Asimismo, anunció en el segundo día del ataque que había logrado alcanzar uno de sus grandes objetivos estratégicos: desbloquear el paso de agua del río Dnipró a Crimea, que había sido cortado por Kiev tras la anexión rusa de la península en 2014.
Una semana después de ordenar la ofensiva, Vladímir Putin volvió a intervenir ante su Consejo de Seguridad y afirmó que todo marchaba según lo previsto. “La operación especial en Ucrania avanza estrictamente acorde a su cronograma, según el plan, todas las tareas asignadas están siendo resueltas”, dijo el mandatario. Su ministro de Defensa, Serguéi Shoigú, repitió esas mismas palabras este viernes.
Pocos en Lviv quieren expresarlo en voz alta, pero la idea está presente entre la población: si el asedio ruso hiciera imposible dirigir el país desde Kiev, o si la capital cayese en manos del enemigo, su ciudad tendría que asumir la capitalidad de la Ucrania libre. “Si la guerra continúa, creo que Lviv puede ser la retaguardia del Gobierno y de la Comandancia del Ejército”, resume el novelista Andrei Kurkov, presidente de la delegación ucrania de la asociación de escritores PEN Internacional. Kurkov es uno más de los cientos de miles de compatriotas que han huido del frente de guerra para refugiarse en la provincia de Lviv. Muchos cruzan hacia la Unión Europea; otros, como Kurkov, permanecen en Ucrania a la espera de los acontecimientos.
Muchas potencias han codiciado Lviv a lo largo de la historia: la ciudad cambió ocho veces de dominio solo entre 1914 y 1946, en un juego de poder en el que participaban el desaparecido Imperio Austrohúngaro, Polonia y Ucrania, Alemania y la Unión Soviética. “Las calles de Lviv son un microcosmos del tumultuoso siglo XX de Europa, escenario de conflictos sangrientos que hicieron pedazos sus culturas”. Así lo escribió Philippe Sands, jurista y ensayista, investigador sobre el Holocausto y crímenes de lesa humanidad, en su célebre novela Calle Este-Oeste.
Sands, en unas reflexiones escritas para EL PAÍS, ve en la situación actual una recuperación trágica de Lviv como crisol de culturas: “Lviv es la intersección entre el Este y el Oeste, esto se ve en los cafés y en las sopas, en la literatura y en la música, en los edificios y en la gente”. Este académico no se refiere únicamente a la trayectoria histórica o a la localización geográfica de la urbe, también piensa en las masas de toda Ucrania que desde hace una semana, empujadas por la violencia en Kiev y en el este del país, se han ido asentando en la región o que han seguido su periplo rumbo a la UE.
La mayoría del millón de desplazados a otros países que ha provocado la guerra han pasado por Lviv. En su estación de tren, edificio de 1904 de bello art nouveau, también se concentran estos días miles de estudiantes extranjeros, sobre todo de África y Asia, que huyen del conflicto.
Nuevo golpe a la urbe ucrania más europea
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La guerra golpea de nuevo a la urbe ucrania más europea (725.000 habitantes), aunque sin la virulencia de los acontecimientos en Kiev, Járkov o Mauripol. A 400 kilómetros de la capital, los enfrentamientos quedan todavía lejos de Lviv. Pero a medida que avanza el frente, su protagonismo irá a más. Las primeras señales de este papel llegaron hace dos semanas, cuando potencias como Estados Unidos y el Reino Unido desplazaron allí sus embajadas. Desde que Rusia inició la invasión de Ucrania han seguido el mismo camino otras delegaciones diplomáticas: los últimos en llegar son Estados europeos como Francia, Italia, Holanda o Noruega, u otros países como la India o Marruecos. España no ha dado el paso de trasladar su Embajada a esta ciudad.
Decenas de mujeres y niños salen el miércoles en un tren desde la Estacion Central de Lviv (Ucrania) hacia Polonia.
Los edificios administrativos e institucionales de Lviv, también sus monumentos del casco viejo, van blindándose paulatinamente: un día se protegen las vidrieras de la basílica renacentista de la Asunción, al siguiente se colocan planchas de metal en los ventanales del museo Etnográfico o se instalan nuevas vallas en los accesos al Ayuntamiento.
En Lviv, como en el resto del país, los ciudadanos consumen información de manera compulsiva, sobre todo canales de mensajería en Telegram o WhatsApp. Estos alimentan una rumorología constante, en muchos casos sin fundamento, que afirman que este diputado o ese ministro ya se ha instalado en la ciudad. Algunos departamentos gubernamentales, viceministerios como el de Cultura, sí se han mudado a la región.
Kurkov recuerda que “Lviv fue y continúa siendo la capital cultural de Ucrania”. Pero la autocracia rusa también alimenta bulos, como cuando el presidente de la Duma (el parlamento ruso), Vyacheslav Volodin, aseguró la semana pasada que el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, había huido de Kiev a Lviv. Más de un transeúnte interrogado por este diario decía creer en algunos de estos rumores, creencias que reflejan el sentir local de que su ciudad podría tener que tomar el relevo de Kiev en una siguiente fase del conflicto, en el caso de que Rusia controlara la capital y la mitad oriental del país.
Lviv es el principal nudo ferroviario que lleva a Polonia, a tan solo 70 kilómetros de distancia, y también conexión de acceso a Eslovaquia, a 200 kilómetros. Es la puerta ucrania a Europa, por donde llega material humanitario, médico y militar, además de la vía de acceso de los miles de ucranios en el exterior que regresan a la patria para alistarse voluntariamente en el Ejército.
Sands intuye que la ciudad volverá a ser protagonista: “Lviv refleja las más grandes esperanzas de Europa, pero también sus peores miedos”. En un punto de la ciudad con una zona de paseo para perros, la municipalidad reabría este jueves un búnker sellado de la II Guerra Mundial. Un grupo de voluntarios limpiaban los accesos del refugio y preparaban el interior para volver a ser utilizado. Extraían de su interior objetos abandonados: zapatos, botellas, ollas e incluso un triciclo. Los fantasmas del pasado reaparecían con cada golpe de pala que daba Alexandr Lesziuk, voluntario para tareas de defensa.
Lesziuk era antes de la invasión el proyeccionista del cine Comos de Lviv: “Espero que los rusos no lleguen hasta aquí, pero tenemos que estar preparados ante cualquier amenaza”. El objetivo, aseguraba este hombre de 29 años, es que la ciudad siga siendo el cordón umbilical de la resistencia ucrania con Europa.
Europa se prepara para la acogida de refugiados ante el previsible flujo migratorio que acarreará el ataque de Rusia a Ucrania. Los países centroeuropeos se disponen a instalar puntos de recepción en sus fronteras e incluso planean enviar tropas para gestionar la probable gran afluencia de refugiados que empiezan a huir de la invasión rusa. Cerca de 2.000 personas han cruzado este jueves por la mañana la frontera con Moldavia, informó la ministra del Interior de esta antigua república soviética que a su vez tiene frontera con Rumania, país miembro de la Unión Europea.
Alemania, que en 2015 fue el primer receptor de refugiados del conflicto sirio durante la crisis migratoria, ha ofrecido “apoyo masivo” a Polonia y a otros Estados vecinos en la acogida de las personas que previsiblemente abandonarán Ucrania en los próximos días. Este jueves se han producido atascos en las carreteras de la capital, Kiev, para salir de la ciudad camino del oeste del país. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) ha pedido a los gobiernos de los países vecinos de Ucrania que “mantengan sus fronteras abiertas”. “Ya estamos recibiendo informes sobre personas que empiezan a huir de sus hogares buscando seguridad”, ha dicho Filippo Grandi.
A primera hora del jueves Rusia confirmó los peores temores de Occidente y lanzó una invasión desde distintos puntos contra Ucrania, la mayor agresión militar de un país contra otro en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Lo ha hecho después de haber reconocido la independencia de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk. Ucrania tiene 44 millones de habitantes. Países europeos fronterizos o cercanos, como los nórdicos, han condenado enérgicamente el ataque y han anunciado que ya están haciendo preparativos para acoger a los refugiados que empiezan a huir de los combates. Así lo ha especificado la primera ministra finlandesa, Sanna Marin, en una rueda de prensa esta mañana.
La agencia de la ONU ha mostrado su “preocupación” ante el “rápido deterioro de la situación” y ha alertado de que las consecuencias humanitarias para la población civil, que serán “devastadoras”, ha afirmado Grandi. Rumania, a donde ya se están desplazando varios centenares de ucranios en busca de refugio, apuntó hace un par de días a que, en caso de ataque, podría acoger a más de 500.000 refugiados potenciales. Así lo dijo su ministro de Defensa, Vasile Dincu. “Tenemos un plan en todas las principales ciudades del área a lo largo de la frontera”, aseguró.
El país de la Europa del Este ha preparado campamentos en cuatro puntos cercanos a pasos fronterizos, en los que tiene capacidad para levantar decenas de tiendas de campaña en unas 12 horas en caso de un gran flujo de desplazados. Los primeros ucranios llegados a Rumania son mujeres y niños, así como personas con residencia en otros países. Están preguntando por la estación de ferrocarril y por cómo llegar a Polonia y la República Checa, informa Raúl Sánchez Costa. Rumanía tiene más de 600 kilómetros de frontera con Ucrania.
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En 2014, después de la anexión ilegal de Crimea por parte de Rusia, los desplazados se dirigieron en su mayor parte a Polonia. Este país, miembro de la UE, comparte con Ucrania una frontera de más de 500 kilómetros. Más de millón y medio de ucranios viven en Polonia, país con un idioma similar y más oportunidades laborales. A principios de febrero el Gobierno polaco afirmó que, de ser necesario, podría acoger hasta a un millón de refugiados. Varsovia ya tiene preparados ocho centros de recepción cercanos a la linde, en las provincias de Lubelskie y Podkarpackie, y prevé abrir un noveno en la estación de Przemysl “en las próximas horas”, anunció el jueves por la mañana un portavoz del Ministerio del Interior polaco. Allí los desplazados podrán recibir alojamiento, asistencia médica y toda la información que necesiten, añadió.
El Ejército ruso ha lanzado ataques en toda Ucrania, incluso en las inmediaciones de la ciudad de Lviv, la capital del oeste del país, a solo 85 kilómetros de la frontera polaca. “Tenemos que estar listos, las próximas 24 horas serán clave”, aseguró el viceministro de Asuntos Internos polaco, Paweł Szefernaker. El ministro de Salud, Adam Niedzielski, añadió que va a poner en marcha un tren medicalizado capaz de transportar heridos a 120 hospitales polacos. “Creemos que en este momento podríamos aceptar varios miles de heridos en las acciones militares”, añadió. La prensa polaca ha informado de que esta mañana ha llegado un tren procedente de Kiev a la estación principal de Varsovia lleno de gente “aterrorizada”.
Alemania apoyará a Polonia en todo lo que necesite, aseguró la ministra del Interior, Nancy Faeser. “Seguimos con gran atención los movimientos de refugiados hacia nuestros países vecinos”, señaló en un comunicado. “Apoyaremos a los países afectados masivamente, especialmente a Polonia, si se producen oleadas de refugiados”, añadió la ministra alemana. En una comparecencia a primera hora de la tarde aseguró que es probable que el movimiento de personas llegue hasta Alemania. Berlín está en contacto directo con las autoridades polacas y la Comisión Europea para actuar “rápidamente” y responder a las necesidades de ayuda humanitaria de los vecinos de Ucrania, añadió.
El Gobierno húngaro también había anunciado estos días estar preparándose para acoger a cientos de miles o incluso millones de refugiados. Su primer ministro, Viktor Orbán, se ha sumado este jueves a la condena de los líderes europeos en un mensaje emitido por Facebook. “Seremos capaces de enfrentarnos a este reto de manera rápida y efectiva”, ha asegurado respecto a la ola de refugiados.
Las repúblicas bálticas anunciaron hace días, cuando las tensiones escalaban, pero aún no se sabía hasta dónde podía llegar el órdago de Vladímir Putin, su disposición a acoger refugiados en caso de necesidad. Estonia tiene frontera con Rusia y Letonia y Lituania, con Bielorrusia. Este último país además linda con el enclave ruso de Kaliningrado, en el mar Báltico.
La disposición a ofrecer ayuda humanitaria ha llegado también de países más alejados, como Croacia. “Lamentablemente, tenemos gran experiencia en esto, por las guerras de Croacia y Bosnia-Herzegovina”, anunció el primer ministro croata, Andrej Plenkovic. Ucrania, ha recordado Plenkovic, fue el primer país europeo que reconoció la independencia de Croacia. “Ahora que Ucrania es víctima de una agresión, le toca a Croacia estar de lado de la paz, la libertad, la democracia, la solidaridad y el derecho internacional”, subrayó, en declaraciones recogidas por Efe.
A medida que el presidente ruso, Vladímir Putin, eleva sus amenazas sobre la soberanía de Ucrania, Kiev se prepara para afrontar los peores escenarios. El Gobierno ucranio ha comenzado a reforzar las tropas destacadas en la zona del Donbás, después de que Rusia, inmediatamente tras reconocer como Estados a las regiones separatistas de Donetsk y Lugansk, dictase el envío allí de fuerzas militares. El nuevo despliegue ucranio busca cubrir más terreno de una línea del frente de 400 kilómetros de largo en la que luchan desde hace ocho años contra los secesionistas prorrusos apoyados por el Kremlin. Mientras, los bombardeos siguen en el este de Ucrania. Zelenski ha convocado a algunos grupos de reservistas por un periodo especial, pero descartado una movilización general.
Este martes, Putin subió su apuesta en el desafío a la legislación internacional al recalcar que Rusia reconoce las “repúblicas populares” de Donetsk y Lugansk dentro de sus “fronteras constitucionales”. Los secesionistas prorrusos reclaman con esa delimitación el total de las dos regiones —incluidas las principales ciudades controladas por el Gobierno, como la portuaria Mariúpol—; ahora manejan un tercio de ese territorio. Así, el jefe del Kremlin, que instó a Kiev a negociar directamente las “fronteras” con los jefes separatistas, fuerza otra palanca de presión contra Ucrania y contra Occidente.
Tras una jornada de frenesí diplomático para tratar de arañar sanciones más duras contra Moscú, el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, ha alertado de que la decisión de Putin y el despliegue ruso en la zona sientan las bases para una mayor agresión armada rusa —entre otras cosas para capturar el territorio reclamado por los separatistas prorrusos— y ha advertido que no cederá ni un palmo de territorio.
En un emotivo mensaje, el ministro de Defensa ucranio, Oleksi Reznikov, instó al ejército a estar preparado. “El Kremlin ha dado un paso más hacia la resurrección de la Unión Soviética, con un nuevo Pacto de Varsovia y el Muro de Berlín. Lo único que se interpone es Ucrania y su ejército”, dijo. “A continuación habrá un juicio difícil. Habrá pérdidas. Habrá que atravesar el dolor y superar el miedo y el desánimo”, añadió Reznikov.
Los intensos disparos de artillería y morteros que desde hace cinco días sacuden el Donbás han continuado este martes a lo largo de toda la línea del frente. En la ciudad de Schastia, que significa “felicidad” en ucranio y en ruso, los bombardeos continuos forzaban una y otra vez las alarmas de los coches aparcados, que se sumaban a un ruido atronador. Los ataques, que el ejército ucranio atribuyó a los separatistas prorrusos, que tienen sus posiciones a solo unos kilómetros de la ciudad, alcanzaron una planta de energía y causaron un incendio que empeoró el precario suministro que sufre toda la zona en los últimos días. Un humo negro pegajoso y denso se extendió por la ciudad de 10.000 habitantes, que ha estado bajo fuego desde el jueves.
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“Llevo días histérica”, se lamentaba Veronika Melnik, de 53 años, cuando trataba de salir del portal de su casa, lleno de desconchones. En su calle, los disparos de artillería han alcanzado varios edificios. Uno de los apartamentos recibió el disparo de un francotirador, que atravesó el cristal limpiamente e hirió a una mujer. “Mi gato se escapó el sábado y no ha vuelto por casa. Esto es insoportable”, comentaba una vecina. Las autoridades locales se preparan para evacuar la ciudad, de unos 10.000 habitantes, si los ataques siguen a este ritmo, señala el jefe de la administración regional, Serguéi Gaidai.
Imagen de la ciudad de Schastia, donde han caído fuertes bombardeos, este martes. / MARÍA R. SAHUQUILLO
En la línea del frente más cercana a Schastia, una zona de senderos culebreantes y carreteras convertidas en un enorme socavón, los soldados apenas se han podido mover de sus posiciones. “Ahora estamos bajo el fuego día y noche”, comenta Bogdan. Las nuevas reglas de protección del ejército dictan que los soldados, como el joven de 23 años, no den su apellido. En un puesto avanzado de las Fuerzas Armadas ucranias, en medio del barro, Bogdan ahonda en su teoría de que Rusia y sus “marionetas” —los separatistas— no lanzarán una invasión a gran escala, pero sí “pequeñas operaciones” para ganar terreno en las regiones de Donetsk y Lugansk. Unos 2,5 millones de personas viven en las zonas controladas por el Gobierno.
Fuentes del ejército creen que el incremento de los ataques de los últimos días es una forma de “disfrazar” el movimiento de tropas al otro lado de la línea de contacto, donde algunos observadores han visto ya numerosos vehículos armados entrando desde Rusia.
En la carretera que une Severodonetsk y Schastia, una larga comitiva de vehículos militares aguarda en un punto de control. Varios soldados apuran un cigarrillo tras otro, fuera de los camiones. El ejército ucranio ya estaba en alerta máxima. “Ucrania está reforzando su defensa y lo seguirá haciendo”, remarca Anton Gerashchenko, exviceministro del Interior y ahora asesor del Gobierno, que habla sobre el refuerzo de las tropas en una zona que ya estaba altamente militarizada. Cuántos son y cuántos llegan es información confidencial, afirma. “No cederemos. Si Putin mueve sus tropas hacia una ofensiva los confrontaremos”, añade.
En una estación de servicio de Severodonetsk, a una hora de la línea del frente de Lugansk, Galina Bondarchuk carga el tanque de su coche apresuradamente para salir hacia Jarkiv. Primera parada. Y de allí a Kiev. “Llevamos así casi una década. Yo ya no puedo más”, lamenta. Hace una semana llevó a sus dos hijas con su madre a Kiev. “Los políticos insisten en que no hay que tener miedo, que el pánico daña el país, pero yo lo tengo. Tengo miedo”.
El próximo Año Nuevo miles de personas se reunirán bajo un sol inclemente en Brasilia para asistir, salvo sorpresa mayúscula, a la toma de posesión del próximo presidente de Brasil. No cabe duda de que será varón. Tampoco es arriesgado pronosticar que quien llegue en Rolls Royce y suba por la rampa a la tribuna del palacio acristalado diseñado por Óscar Niemeyer será un viejo conocido, probablemente un veterano en la jefatura del Estado. La cuarta democracia más poblada del mundo, el país más rico de América Latina, se prepara para un duelo electoral de altísimo voltaje cuyo resultado tendrá efectos mucho más allá de sus fronteras.
A un lado del cuadrilátero, el izquierdista Lula da Silva, carismático y renacido para la política cuando nadie lo esperaba. Con 76 años, busca un tercer mandato tras la prisión y la anulación de sus condenas. Es el gran favorito. Al otro lado, Jair Messias Bolsonaro, de 66 años, de extrema derecha, un hombre de maneras toscas que hace tres años supo subirse a la ola nacionalpopulista que recorre el mundo, capitalizar el descontento, optimizar el poderío de las redes sociales y alcanzar el poder cuando solo unos meses antes formular siquiera esa idea hubiera sido un delirio. Busca un segundo mandato.
Ninguno de los dos ha oficializado por ahora su candidatura. Poco importa. Nadie duda de que ambos tienen la voluntad firme de batirse por fin en las urnas electrónicas. Por delante, una campaña que se prevé extremadamente polarizada. Diez meses de intenso drama garantizado. Los brasileños mayores de 16 años elegirán presidente, gobernadores, diputados y senadores.
El duelo Bolsonaro-Lula tendría aroma de revancha por aquel que no pudieron celebrar en 2018. Del mismo modo que un tribunal anuló entonces la candidatura del izquierdista por estar condenado por corrupción, otro propició esta segunda oportunidad al anular la condena y rehabilitarlo.
Ningún otro aspirante les hace sombra, sobre todo a Lula, que lidera las encuestas con una sólida ventaja mientras la inflación y la pandemia siguen minando el apoyo al presidente Bolsonaro. El líder del Partido de los Trabajadores (PT) ganaría en segunda vuelta con un 59% al mandatario actual (30%), según la última encuesta de Datafolha, de mediados de diciembre.
El ultraderechista mantiene, de todos modos, una base fiel, la nada desdeñable maquinaria del Estado y un Parlamento controlado por una galaxia de partidos oportunistas que por ahora permanecen a su lado. “Es difícil que un gobernante que concurre a unas elecciones no llegue a la segunda vuelta”, recalcaba esta semana en Estadão el representante de la consultora Eurasia para América, Christopher Garman. Este añadía que, a su juicio, los temores en torno a los posibles riesgos de la victoria de uno y del otro son exagerados.
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La clase económica y los que consideran que tanto Bolsonaro como Lula son unos extremistas han impulsado incontables intentos para que cuajara un candidato alternativo pero ninguno ha prosperado. El único que se acerca a la pareja de cabeza es el juez Sérgio Moro, que encarceló a Lula y fue ministro de Bolsonaro. El gran símbolo de la Lava Jato. Datafolha le da un 9% en primera ronda. Tras él, otros aspirantes, como el gobernador João Doria, el exministro Ciro Gomes o la senadora Simone Tebet, la única mujer entre los precandidatos.
El escenario más probable, según analistas y encuestas, en este momento es que Lula y Bolsonaro pasen a segunda vuelta y el primero venza. Pero los pronósticos indican que, si en vez del presidente actual, el adversario de Lula en segunda vuelta es un derechista más moderado, ahí el izquierdista lo tendría bastante más difícil. La campaña de 2018 ya demostró que conviene no descartar sorpresas.
Existe consenso respecto a que la maltrecha economía va a ser el gran tema de campaña. Tras una década que ha combinado un bienio de recesión con un crecimiento anémico, las previsiones son pesimistas. Y luego está el devastador impacto de la pandemia. Casi 20 millones de brasileños pasan hambre, es decir, el 9%.
Las actuales son semanas de tejer las imprescindibles alianzas. Un empeño de complejidad diabólica en un país tan diverso como Brasil, además de la aritmética electoral, hay que tener en cuenta sensibilidades territoriales y que la partida se juega a doble vuelta. Las especulaciones sobre los posibles vicepresidentes son constantes. Durante semanas se habló de que Lula intentaba convencer a la empresaria Luiza Trajano, propietaria de una cadena de tiendas que además de ser muy rica es muy activa contra el machismo y el racismo. Ella insiste en que no tiene intención de presentarse.
Lula se ha embarcado en una apuesta arriesgada para intentar una hazaña que solo Fernando Henrique Cardoso logró en los noventa: ganar en primera vuelta. El antiguo sindicalista gobernó Brasil entre 2003 y 2009, cuando dejó el cargo su popularidad estaba por las nubes pero luego vinieron el escándalo Lava Jato, las condenas, la cárcel… y su regreso a la primera línea política.
La persona a la que elija como vicepresidente será una pista clave. Ahora está cortejando para el puesto a un antiguo adversario: Geraldo Alckmin, al que derrotó en las presidenciales de 2006. Exgobernador de São Paulo, Alckmin es un veterano del PSDB (Partido de la Socialdemocracia Brasileña) que según los observadores serviría para moderar el perfil de Lula. Atraería votos del centro derecha y debilitaría las resistencias que persisten hacia el antaño sindicalista. Alckim acaba de abandonar su partido de toda la vida con la vista puesta en el matrimonio de conveniencia.
Este receso navideño es el último momento para que los candidatos, sus equipos, la clase política (y la judicatura) carguen las pilas ante los intensos meses que se avecinan. La evolución de la pandemia podría influir en el formato de los actos de campaña, pero nadie duda de que las redes sociales y la desinformación van a tener su protagonismo como en 2018.
Si el que toma posesión el próximo 1 de enero es Lula significaría culminar a lo grande el giro de Latinoamérica hacia la izquierda. Si fuera Bolsonaro, sería un espaldarazo notable al proyecto global de la ultraderecha nacionalpopulista, dañado por la derrota electoral de Donald Trump.
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Los cañones de nieve disparan polvo blanco sobre las pistas de esquí de fondo de Genting, a 240 kilómetros de Pekín. Embutidos en gruesos chaquetones, los trabajadores martillean para instalar un escenario en las pistas de esquí de Chongli. Pekín y la ciudad vecina de Zhangjiakou se aprestan a albergar, a partir del 4 de febrero, los Juegos Olímpicos de Invierno que China aspira a que se conviertan en un escaparate de su auge. Nada debe empañar su desarrollo. Es el estreno de un año decisivo para el país, que culminará en otoño con la confirmación del tercer mandato del presidente Xi Jinping.
Los Juegos serán la primera de una serie de citas en un año complicado para Pekín. Tras la clausura, llegará en marzo la sesión anual de la Asamblea Nacional Popular, el legislativo chino, donde se lanzarán los preparativos para el gran acontecimiento político del año: la celebración del XX Congreso del Partido Comunista de China en octubre o noviembre, que aprobará un tercer mandato para Xi, algo sin precedentes en las últimas tres décadas en el sistema político chino. Con ello, el dirigente chino se asegurará el control del partido, del ejército y del Estado, para convertirse en el líder con más poder en su país desde los tiempos de Mao Zedong.
Que sean unos Juegos memorables es una cuestión de orgullo nacional, especialmente cuando esta competición deportiva se ha convertido en uno más de los escenarios de la rivalidad entre China y Estados Unidos: Washington y sus aliados el Reino Unido, Canadá y Australia han anunciado que no enviarán altos funcionarios. Sobre la competición pende la polémica en torno a la tenista Peng Shuai y sus denuncias de abuso sexual contra un antiguo alto cargo, que han suscitado llamamientos en el resto del mundo para que se aclare la situación de la deportista.
Prometiendo que estos Juegos de Invierno —que se celebran en una zona donde es necesario recurrir a la nieve artificial por falta de precipitaciones suficientes— serán respetuosos con el medio ambiente, seguros contra la covid y bien organizados, Pekín quiere hacer alarde de su tecnología 5G, de su inteligencia artificial y de su infraestructura. Para evitar que la covid pueda ser un problema en ese evento deportivo, China ha extremado las medidas de precaución, que incluyen el confinamiento de Xian, una ciudad de 13 millones de habitantes, y el blindaje casi absoluto de sus fronteras.
“Estoy convencido de que van a ser un éxito. La antorcha olímpica iluminará esa noche como un símbolo de que lo malo ha terminado y los días de gloria están a punto de empezar”, asegura el director general de las obras para los Juegos, Jia Maoting, mientras supervisa las pistas para la competición de salto de esquí, un futurista diseño de 130 metros de altura apodado Ruyi, en alusión a una joya tradicional china.
Ya a lo largo de 2021, en los festejos del centenario del Partido en julio, y en el pleno del Comité Central de la formación en octubre, el liderazgo ha ido señalando que el país se dispone a entrar en una “nueva era” de desarrollo y auge internacional, tras dar por cerrada la era de Deng Xiaoping y la búsqueda del desarrollo económico a toda costa.
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El presidente chino no solo renovará su mandato. La salida por llegar a la edad de jubilación de otros altos cargos del Partido designados por sus predecesores —el primer ministro Li Keqiang, entre otros— le permitirá acometer durante el Congreso una importante renovación en las altas esferas de mando, para situar a aliados suyos en puestos clave.
“Si las cosas se desarrollan como se espera, Xi liderará el aparato del PCCh más potente de la historia, en cuanto a poder económico y político, con un equipo que ha ido preparando a lo largo de la década pasada”, apunta el analista de Merics Nils Grünberg en la página de este centro de estudios alemán especializado en China.
Hasta que llegue ese momento, nada puede salirse del guion. La Conferencia Económica Central de China, que reúne cada diciembre a las principales autoridades de las finanzas chinas para determinar el rumbo económico del país a lo largo del año siguiente, lo dejaba claro en su sesión de este año: la palabra “estabilidad” aparece 25 veces en su comunicado final. “Los trabajos económicos deben tenerla como su palabra clave para el año que viene”, precisa el documento.
Gran potencia
La estabilidad no solo será el objetivo en el ámbito económico. También en el social. Durante todo 2022, los líderes se centrarán en asegurarse de que la economía se encuentra en orden, pero también que no estallan turbulencias que pongan en duda la autoridad del Partido, que la covid continúa bajo control cueste lo que cueste, y que se aplican los ambiciosos programas medioambientales, de innovación y de igualdad social (la campaña conocida como “prosperidad común” lanzada este año) con los que China aspira a convertirse en una gran potencia económica en las próximas décadas.
Este año, por tanto, el liderazgo chino estará muy pendiente de lo que ocurre dentro de sus fronteras. No son pocos los frentes que tiene allí abiertos, desde los problemas en el sector inmobiliario puestos de relieve con la crisis de liquidez de la promotora Evergrande, la más endeudada del mundo, al mayor control sobre el sector tecnológico y la soberanía sobre los datos.
Y cuando la preocupación sobre la pandemia y sus efectos pesa aún en el ánimo de los consumidores, que continúan controlando el gasto, el Gobierno chino debe encontrar un difícil equilibrio entre un mayor control de la economía para eliminar riesgos y la necesidad de mantener un crecimiento económico que ha ido en declive en los últimos años. En 2020 —el año de la pandemia— el crecimiento fue del 2,2% y Pekín se había fijado una meta “en torno al 6%” para este año. La Academia China de Ciencias Sociales predice un 5,3% para 2022.
Dado lo que está en juego en el Congreso del Partido en otoño, es improbable que el año entrante los líderes chinos, y en particular Xi Jinping, vayan a participar de manera presencial en las cumbres internacionales. Como en los últimos dos años y como medida de precaución contra la covid, de comparecer lo harán en una pantalla de vídeo, algo que ha limitado los intercambios personales con otros dirigentes y que algunos analistas advierten que puede complicar el resolver posibles malentendidos entre el gigante asiático y otros países.
Pero China también tendrá un ojo puesto en el exterior. Las tensiones con Estados Unidos continúan, sin que la llegada de la Administración de Joe Biden haya representado un cambio significativo. Ambos países mantienen las espadas en alto en torno a la situación de los derechos humanos y las libertades en Xinjiang y Hong Kong, y sobre las presiones de Pekín sobre Taiwán, la isla autogobernada que considera parte de su territorio. Y los dos mantienen una guerra retórica de narrativas sobre asuntos que oscilan del origen de la covid al significado de la democracia.
Aunque la reunión telemática que mantuvieron Xi y Biden en noviembre redujo relativamente los roces, el boicoteo diplomático a los Juegos y la invitación a Taiwán a la cumbre sobre la democracia organizada por la Casa Blanca volvió a desatarlos este diciembre.
“Pekín será cada vez más intransigente sobre los asuntos globales que afecten a sus intereses. Cualquier otra (reacción) se vería como una demostración de debilidad por parte de Xi Jinping y el Partido, que pondría en peligro el deseo del PCCh de proyectar fortaleza y estabilidad en un año políticamente sensible”, apunta Merics en su página web.
Para esa proyección de fortaleza, los Juegos serán una ocasión óptima. China hará alarde de su tecnología, de sus infraestructuras y de su organización. La ceremonia de inauguración el 4 de febrero estará presidida por Xi en El Nido, el estadio nacional en Pekín diseñado por Ai Weiwei para los Juegos de 2008. No habrá un gran número de líderes occidentales. Pero junto a Xi sí estará el presidente ruso, Vladímir Putin.
Berlusconi se dirigía a los medios de comunicación, el pasado día 23 de diciembre en Roma.LaPresse / Roberto Monaldo (AP)
Que Silvio Berlusconi, el hombre omnipresente en la política italiana de las últimas décadas, sueña con acabar su carrera como presidente de la República no es ningún secreto en el país transalpino. Tampoco es nuevo, ya ha fantaseado en otras ocasiones con la jefatura del Estado. Pero esta vez, con el mandato de Sergio Mattarella a punto de concluirse, se ve con opciones y ya ha destapado sutilmente sus cartas y ha puesto en marcha la maquinaria para recabar apoyos, aunque oficialmente se ha limitado a decir que decidirá a primeros de año si presenta su candidatura.
Por el momento no hay aspirantes oficiales, pero el actual primer ministro, Mario Draghi, propuesto por varios exponentes políticos, ha deslizado que estaría disponible para el cargo.
Berlusconi, de 85 años y tres veces primer ministro de Italia, se ha apresurado a descartar un posible y extraño duelo con un rival de la talla y el prestigio del expresidente del Banco Central Europeo. “Draghi está mejor donde está, este Gobierno es un gran éxito y debe continuar así hasta el final de la legislatura”, ha dejado caer. El magnate octogenario está convencido de que tiene posibilidades reales, algo que pocos sostienen, para llegar al palacio del Quirinal, sede de la presidencia de la República. Y sus aliados del centroderecha le permiten seguir soñando susurrándole lealtad. Hace unos días, recibió a figuras destacadas de la coalición derechista de la que él también forma parte en su villa romana para abordar el tema de la elección del jefe del Estado y ofrecer una imagen de unidad.
El ritual suele funcionar a la inversa, son los partidos los que presentan a sus candidatos, por los que después vota el Parlamento. No son frecuentes las candidaturas espontáneas. Además, la historia dice que los primeros nombres que suenan terminan descartados. Pero Berlusconi, el hombre que siempre vuelve, para asombro de los que le han dado por muerto políticamente en decenas de ocasiones, ha demostrado que es un constante desafío al statu quo.
Su camino hacia el Quirinal está lleno de obstáculos. El dueño de Mediaset lleva años manchado por el estigma de la corrupción y las tormentas judiciales. De hecho, las votaciones para la presidencia de la República coincidirán con la celebración de una audiencia del proceso que trata de dilucidar si compró a testigos en un juicio anterior en el que estaba acusado de incitación a la prostitución de menores y en el que fue absuelto en apelación. Es una de las varias causas judiciales que salieron de las famosas noches del “bunga bunga”, aquello que el político y magnate definió como “cenas elegantes”.
Tampoco encajan con el clásico perfil del jefe del Estado, más neutro y diplomático, las constantes y conocidas salidas de tono del viejo Cavaliere y el estilo grotesco que siempre ha mantenido. Como su costumbre de definir al expresidente estadounidense Barack Obama como “guapo y bronceado” o sus pullas del estilo: “Es mejor ser apasionado de las mujeres hermosas que ser gay”.
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“Con respecto a su imagen, su elección para Italia sería un desastre. Hace falta otro perfil, es necesario alguien que la Unión Europea reconozca como confiable, experto, competente”, señala a este diario el politólogo Piero Ignazi. “Siempre ha sido presa de la megalomanía, no me sorprende ahora este movimiento”, añade.
El experto no ve ninguna posibilidad en esta candidatura. “No existe, es una maniobra de presión del centroderecha para tratar de tener más voz en las elecciones y poder de negociación”, señala. Y apunta: “La derecha no tiene personalidades relevantes para presentar para un cargo como el de la presidencia de la República, ni dentro de los partidos políticos que forman la coalición ni fuera de ellos”.
Ignazi se decanta por Draghi: “Durante siete años nos aseguraríamos la presencia de una personalidad relevante, de gran competencia y gran reconocimiento internacional, de segura fe democrática, que son requisitos imprescindibles para un presidente de la República. Pocos reúnen estas condiciones como él”.
El experto señala también el papel clave que el jefe del Estado italiano ha asumido en los últimos años, como árbitro de la política y a la hora de guiar las formaciones de gobierno. “Ya no es algo simbólico como hace tiempo, ha adquirido un papel fundamental en las últimas décadas, por eso elegir al presidente es mucho más importante que en el pasado”.
En general, los analistas mantienen que la elección de Berlusconi para liderar la máxima institución del Estado italiano resulta muy improbable dada su controvertida trayectoria política, empresarial y judicial, que no hacen de él una figura de consenso con opciones de recibir los votos requeridos, dos tercios del Parlamento o una mayoría absoluta a partir de la tercera votación.
Gianfranco Rotondi, un clásico de la Democracia Cristiana y ministro en el tercer y último Gobierno de Berlusconi (entre 2008 y 2011) es, en cambio, optimista con la candidatura del ex primer ministro. En una entrevista en Il Corriere della Sera, el político ha apuntado a las simpatías que despierta el magnate entre las filas del centroizquierda. “La de Berlusconi y la izquierda italiana es una historia de relaciones no conocidas, pero profundas”, ha deslizado. Y ha puntualizado: “Hay diputados del Partido Democrático que me dicen: ‘Uno como [el ex primer ministro Paolo] Gentiloni no me responde tan siquiera al teléfono. Como parlamentario en la oposición, cuando llamaba a Berlusconi, no solo me respondía, sino que resolvió en tres días un problema en mi circunscripción”.
También cree que la dinámica de los juegos políticos para elegir al jefe del Estado puede favorecer a Berlusconi. “Las elecciones del Quirinal son como las votaciones del presidente del banco del pueblo. Algunos votan al farmacéutico porque siempre está disponible, mientras que otros eligen al médico local porque lo consideran un amigo. Son elecciones que se ganan a través de las relaciones, un campo en el que il Cavaliere es imbatible”.
Por lo pronto, Berlusconi ya ha arrancado su campaña para captar apoyos, a su manera y también más allá de las filas amigas. El magnate ha enviado a varios parlamentarios, ministros, dirigentes de partidos y también a algunos empresarios decenas de cuadros de su imponente colección de arte, que conserva en la pinacoteca de su villa San Martino. Son algo más que inocentes regalos navideños que coinciden, además de con la elección del jefe de Estado, con el 50 aniversario de la galería de arte del exmandatario, que incluye cientos de piezas, algunas de gran valor, como un Tiziano valorado en cinco millones de euros.
Su intención es reforzar las relaciones políticas existentes y consolidar las que aún están en fase naciente, por eso, entre los destinatarios no solo se encuentran los líderes del centroderecha, como Matteo Salvini, Giorgia Meloni o Antonio Tajani, sino exponentes de otros partidos, como el ministro de Exteriores y exjefe político del Movimiento 5 Estrellas (M5S), Luigi Di Maio.
En sus últimas intervenciones, Berlusconi se ha vuelto ecuménico y ha abrazado causas que en otros tiempos había desdeñado, como la renta de ciudadanía, histórico caballo de batalla del M5S. Está buscando mostrar un perfil de estadista, de padre de la patria, convencido de que su ascenso al Quirinal daría tranquilidad a los parlamentarios que temen que la salida de Draghi del Gobierno de gran coalición pueda desatar el caos político y abocar al país a elecciones anticipadas.
Además, como parte de una calculada estrategia de imagen, Berlusconi ha multiplicado su presencia en las redes sociales. Sus últimas apariciones han sido para felicitar la Navidad a sus seguidores al estilo de las casas reales, con un vídeo junto al árbol gigantesco con su perrita Gilda en brazos y con una foto con su pareja, la diputada Marta Fascina.