Francia Márquez a quien se le ha comparado con king kong en un tema calificado de racismo pero que divide opiniones, respondió a la cantante Marbelle, y la artista también le dijo: «Le devuelvo su abrazo».
Noticias Colombia.
En un mensaje de Twitter y luego en un debate vicepresidencial, Francia Márquez respondió a los polémicos trinos de Marbelle, en los que la ha calificado como King Kong; aunque la artista no ha hablado del color de piel, ni ha dejado explicito el tema de racismo, para muchos, si son mensajes racistas y ya incluso le interpusieron dos denuncias penales.
La artista había escrito: «Los mamertos jamás entenderán que no es un tema de color…me aterra esa señora (…)».
Márquez, formula vicepresidencial de Gustavo Petro por el Pacto Histórico no había hablado directamente de la cantante, lo hizo hace unas horas.
«El racismo no solo hiere, sino tambien mata. El racismo no solo nos daña a nosotros, sino daña a quien lo expresa porque no se permite construir desde el amor y la diferencia. A @Marbelle30 le mando un abrazo ancestral para que se sane y construyamos desde la diferencia», escribió.
Eso mismo respondió durante un debate cuando Vicky Dávila le preguntó por esa polémica.
Si bien a la lideresa caucana también le preguntaron por el mensaje de Gustavo Bolívar que «trataba» de defenderla y eso una foto de king kong con un mensaje, no lo ha mencionado.
Y la artista vallecaucana (nacida en Buenaventura), respondió que «no me trago sus mentiras».
«Y le devuelvo su abrazo ancestral para que se lo guarde», respondió y le dijo que no la presenta, «no me venga con el discurso barato con el que quieren engañar a la gente».
Y le devuelvo su abrazo ancestral para que se lo guarde ! USTED NO ME DA CONFIANZA NI ME REPRESENTA EN NINGÚN SENTIDO… a mi no me venga con el discurso barato con el que quieren engañar a la gente ! @FranciaMarquezMhttps://t.co/ImoemM9ULi
Insultos, burlas y hasta amenazas van y vienen en Twitter teniendo como protagonista a la cantante Marbelle, ferrea defensora del expresidente Álvaro Uribe y detractora de Gustavo Petro, su frase: «Cacas y King kong» en referencia a Francia Márquez, en un trino que duró más de 20 horas publicado, desató toda una ‘guerra’ de insultos, ofensas y demás.
Ese ha sido uno de los temas más álgidos de las redes sociales esta semana.
Delito de discriminación: «Por discriminación y racismo se entiende cualquier acción realizada que arbitrariamente impida, obstruya o restrinja el pleno ejercicio de los derechos de las personas por razón de su raza (color de piel), nacionalidad, sexo u orientación sexual)».
Constituye: prisión de 12 a 36 meses, multa de diez a 15 salarios mínimos legales vigentes (más de $13 millones). Ley 1482 de 2011.
El candidato del Pacto Histórico, contestó en la red social: «¿Es libertad de expresión o xenofobia?».
Frente a este tema, se pronunció el Observatorio de Discriminación Racial, que anunció que «iniciará acciones jurídicas por los comentarios discriminatorios publicados en redes sociales».
Piden que las autoridades tomen medidas.
Y ya se entablaron dos penales contra Marbelle, acusándola de racista y de promover mensajes de odio y discriminación, ella respondió que está para lo que «la justicia necesite».
Mensaje contradictorio
El trino de Gustavo Bolívar, que para unos intentaba defender a Francia pero terminó complicando la polémica, también fue borrado por el reelegido senador.
El trino que Bolívar tuvo que borrar este martes.
Una discusión de redes sociales que ha pasado a la interacción personal, y que complica aún más la polarización del país.
Es un problema el racismo, clasismo, bullying por la figura; el cuerpo y la apareciencia de una persona, pero en el marco de la discusión política a puertas de unas elecciones, señalan analistas, han logrado desviar la atención a la discusión sobre el futuro del país.
No hay debates tan acalarados que lleven a la gente a discutir sanamente, con datos, con investigaciones sobre las propuestas de los candidatos, por ejemplo.
La discusión no se centra en lo que vendrá en materia de gobernabilidad.
Eso ha llevado a un debate en el dime y direte, en el que parece que no hay discusión ni racionamiento para decir: «Me equivoqué» ni ofrecer disculpas, que por lo menos ayuden a calmar ánimos.
Al contrario, se suman opiniones, se recuerdan declaraciones.
El discurso de Rodolfo Hernández (76 años, Piedecuesta), candidato a las elecciones presidenciales del 29 de mayo en Colombia, suena al de un mesías con una misión: “rescatar a su país” de la corrupción de la clase política, lo que llama “ladronera de los politiqueros”. Este ingeniero civil, exalcalde de la ciudad de Bucaramanga (2016-2019), reconoce en la entrevista que concedió el 17 de marzo a EL PAÍS en Madrid, que la ola que le ha alzado al tercer puesto en las encuestas de intención de voto es la del hastío. El mensaje de este candidato sin partido y sin ideología clara ha llegado a muchos colombianos con una potente estrategia en redes sociales. Solo en la aplicación de vídeos Tik Tok, Hernández tiene más de 275.000 seguidores. En esas imágenes aparece desmintiendo que su cabello sea un peluquín, montado en un cohete o haciendo pesas. Sus detractores le tildan de populista, payaso y demagogo, pero a este aspirante a presidir Colombia ni siquiera parece haberle restado popularidad el haberle propinado una bofetada al concejal de la oposición de Bucaramanga John Claro, en 2018, ni estar imputado él mismo en un caso aún abierto por corrupción.
Pregunta. ¿Cómo explica su ascenso en las encuestas?
Respuesta. En todo el mundo hay dos maneras de ganar en política. Una es comprar el cargo y hacerlo a través de fuentes de financiamiento corruptas en contra de los intereses de la ciudadanía. La otra es generar una emoción, una esperanza, un sueño. Lo que se llama, según Immanuel Kant, activar el imperativo categórico. ¿Y qué es eso? Es generar una emoción al elector, que crea que ese candidato es capaz de transformar con sus propuestas en beneficio de toda la ciudadanía.
P. ¿Usted cree ser ese candidato?
R. No es que yo lo crea, sino que la gente lo está creyendo. Esta manera de hacer política la gente la está asimilando. En 2016, aplicamos esa filosofía y le ganamos a la maquinaria más tremenda y corrompida de Colombia [en Bucaramanga, donde el Partido Liberal llevaba 30 años gobernando]. Con un ingrediente: yo nunca salía a la calle, los políticos utilizan la calle como un instrumento de poder. Lo hicimos todo desde un apartamento a través de las redes sociales, sin mítines, sin vallas [publicitarias], sin televisión, sin radio. Los políticos en Colombia compran votos a través de entregar prebendas y plata. Yo lo hice sin plata, sin teja, sin ladrillos, sin cemento, sin tamales, sin lechones, sin paella, sin cerveza, sin nada. En Colombia y en Latinoamérica las elecciones son pura plata. Plata robada al pueblo. La plata que financia las campañas de los políticos es del pueblo, con raras excepciones.
P. Habla de “rescatar a Colombia”, ¿cómo?
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R. Lo primero es detener el robo descarado de la mayor parte de los políticos del presupuesto público. Es lo que llamo recoger la chequera. Una vez se recoja la chequera y empiece a haber generación de caja, lo primero que hay que hacer es producir los alimentos que consumimos. Pero para ello hay que sustituir importaciones y apoyar a esos sectores de la producción, por ejemplo, con subsidios no reembolsables a los agricultores.
P. Otra de sus propuestas es despedir a la mayor parte de los funcionarios.
R. Si usted gasta el presupuesto en burocracia, no es capaz de subsidiar la producción. Esa burocracia son fichas de los politiqueros. Eso es lo que los políticos en Colombia llaman acuerdo de gobernabilidad o acuerdo programático, lo que suena muy lindo. Le llaman acuerdo programático a reunirse y decir “esto me lo robo yo y esto se lo roba usted” y “¿cuántos puestos cojo yo y cuántos coge usted? Eso es lo que hacen con el patrimonio público. Al Estado ya no le cabe un funcionario mediocre más. Y el 70% son parientes de primer, segundo, tercer y cuarto grado de consanguinidad o afinidad con los politiqueros. El otro 30% son politiqueros quemados que no salieron elegidos. El acuerdo programático es ayúdeme a mí, que si usted no sale, yo lo pongo y le doy la chequera para que robe.
P. Se le define a menudo como un populista.
R. Yo lo que soy es popular. Si defender a los pobres es populista, sí soy populista; si decir la verdad en la cara a los políticos es populista, sí lo soy. Si no tenerle miedo a las amenazas que me hacen, es populista, sí soy populista. A mí me mandan coronas de muerto a casa.
El ascenso en las encuestas de Rodolfo Hernández, fotografiado este jueves en Madrid, está siendo la gran sorpresa de la campaña electoral para la presidencia de Colombia. JUAN BARBOSA
P. ¿Cuál es su ideología? Dice no ser “ni de izquierdas ni de derechas”.
R. ¿El hambre es de derechas o de izquierdas? ¿La falta de educación es de izquierdas o de derechas? Todo eso son mentiras, hablamos de necesidades que hay que resolver, pero nunca se resuelven porque los políticos roban el presupuesto, que solo alcanza para pagar nóminas [del Estado] y robos.
P. ¿No hay políticos honrados en Colombia?
R. Sí, un 15% o un 20%.
P. ¿Y los otros candidatos presidenciales como Gustavo Petro (izquierda) o Federico Fico Gutiérrez (derecha)?
R. Todos iguales. Todos parte de la politiquería que tiene a Colombia en la ruina. Dígame, ¿qué mejoría ha tenido Colombia en los últimos 30 años en empleo, en igualdad, en ingresos, en sanidad, en educación? Todos los indicadores vienen bajando y ya llegamos casi al piso. Nos queda este próximo cuatrienio para estabilizarnos y empezar a poner los cimientos. Así es la democracia verdadera. Porque en Colombia no hay democracia. Puras mentiras. ¿Cómo puede haber democracia en un país donde de 100 imputados solamente hay tres condenados con sentencia firme? En Colombia, no hay políticos en la cárcel. Si los condenan, los llevan a clubes, los mandan para la casa o si tienen delitos muy graves, los ponen en celdas especiales que no es cárcel. Solo los pobres van a la cárcel. Yo quiero cambiar el Código Penal y el Código de Procedimento Penal, 15 renglones no más, para que quien haya tomado desde una aguja hasta 500 millones de dólares [unos 454 millones de euros] del presupuesto público tenga 40 años de cárcel efectiva. Y en el patio, donde la pasan los pobres que se robaron una gallina o un celular.
R. Esas elecciones han sido una de las expresiones democráticas de la ciudadanía que sufre los rigores del régimen. El presidente de la república [Iván Duque] ha sido el jefe de campaña de Petro. En Colombia, cada día que pasa los pobres son más pobres: hay 22 millones de colombianos aguantando hambre, 17 millones viven con dos dólares al día y cinco millones con uno. Esos son los electores de Petro, que no tuvieron ningún apoyo en el Gobierno del doctor Iván Duque. Lo que no sucedió en 200 años de república [que gobernara la izquierda], lo va a conseguir cuatro años de régimen.
P. Si no pasa a segunda vuelta, ¿para qué candidato pedirá el voto?
P. Sigue acusado de corrupción en el caso Vitalogic, una licitación de gestión de la basura en Bucaramanga, cuando era alcalde, de la que sostienen se benefició también su hijo.
R. A mí me han metido 200 acusaciones de corrupción. Es paja. Me acusan de haberme robado el equivalente en pesos de 60 millones de euros y resulta que el presupuesto de esa entidad difícilmente alcanza al año 7 millones de euros. Eso me lo inventaron los politiqueros y algunos periodistas se prestaron. La Fiscalía ha aplazado las audiencias por falta de pruebas. Yo le he puesto la cara a la justicia. No cambio de abogado ni me enfermo el día de la audiencia ni se enferma mi abogado.
P. También dijo admirar a Hitler a pesar de reconocer que era “un asesino”, ¿cómo lo justifica?
En cualquier conflicto, la información se convierte en un arma. La escalada de tensión entre Rusia y Ucrania —y sus reverberaciones en la OTAN, EE UU y la UE— ha ido acompañada de una guerra de noticias en las que se mezclan mentiras, medias verdades e interpretaciones interesadas. En un ecosistema en el que abunda la desinformación y la propaganda, EL PAIS trata de aclarar algunas de estas cuestiones.
La OTAN se comprometió con Moscú a no expandirse al este. Falso. En contra de lo repetido por el Gobierno ruso, la OTAN nunca llegó a ningún compromiso conocido con Moscú sobre los límites territoriales de la Alianza y desde el final de la Guerra Fría se reservó el derecho de aceptar a cualquier país que cumpliese las condiciones. Sin embargo, los aliados occidentales siempre reconocieron el caso especial de Ucrania.
En ninguno de los textos que configuraron la seguridad europea de la postguerra fría se recoge la idea de limitar el crecimiento de la OTAN o la de restringir la posibilidad de ingreso de ciertos países. Todo lo contrario. El Acta final de Helsinki (1975), firmado todavía por la URSS, reconoce a todos los países “el derecho de pertenecer o no pertenecer a organizaciones internacionales, de ser o no ser parte en tratados bilaterales o multilaterales, incluyendo el derecho de ser o no ser parte en tratados de alianza”.
Una vez caído el muro, la Carta de París (1990), también suscrita por Moscú, consagra “la libertad de los Estados de elegir sus propios arreglos en materia de seguridad”. Y en 1997, el acta fundacional de la relación entre la OTAN y la Rusia postcomunista señala expresamente que ambas partes “buscarán la más amplia cooperación entre los Estados miembros de la OSCE con el objetivo de crear en Europa un espacio común de seguridad y estabilidad, sin líneas divisorias o esferas de influencia que limiten la soberanía de algún Estado”.
Ucrania es un caso especial en el bloque soviético. Cierto. Los aliados occidentales siempre reconocieron el caso especial de Ucrania, tanto por su tamaño, por sus estrechos lazos económicos e históricos con Rusia como por ser un polvorín nuclear de inquietante magnitud. Tras la desintegración de la URSS, Ucrania se convirtió en el tercer país con mayor arsenal nuclear del mundo gracias al armamento heredado de Moscú. Kiev aceptó en 1994 renunciar a todas las armas nucleares a cambio del compromiso de Rusia, EE UU y Reino Unido de “respetar la independencia y la soberanía y las fronteras existentes de Ucrania”, según un memorándum firmado por los cuatro países.
Además, tras la desintegración de la URSS, Occidente abrió con Kiev una relación diferenciada respecto a otros países del bloque soviético llamados a integrarse rápidamente en la Alianza Atlántica. Ya en 1995, en el primer estudio público de la OTAN sobre su ampliación hacia el este, solo se cita a Ucrania y a Rusia como los dos países con los que habrá que estrechar relaciones, pero de un modo especial.
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Fuentes europeas recuerdan que en la cumbre de la OTAN en Madrid en 1997 se cursaron las primeras invitaciones al ingreso a Polonia, Hungría y República Checa y se dejó en espera a un grupo de países (Eslovaquia, Eslovenia, Rumania o Bulgaria) entre los que no figuraba Ucrania. Con Kiev se firmó la llamada Carta de Asociación que establecía una relación similar a la de Rusia. Solo unos meses antes se había establecido el Consejo OTAN-Rusia, que también fijaba un marco de relación especial con Moscú.
Occidente ha provocado a Moscú en los últimos años. Cierto, con matices. El frágil equilibrio de la postguerra fría se rompió a primeros de este siglo cuando Ucrania y otros países de la órbita rusa empezaron a distanciarse de Moscú para acercarse a Bruselas en búsqueda no tanto de la seguridad ofrecida por la OTAN como de la prosperidad que propicia la UE. Las fuentes consultadas reconocen que los occidentales hicieron dos movimientos que alentaron esa tendencia y provocaron la reacción del presidente ruso, Vladímir Putin: la cumbre de la OTAN de abril de 2008 en Bucarest, donde el presidente de EE UU, George W. Bush, se empeñó, contra el criterio europeo, en dar una perspectiva de ingreso a Ucrania y a Georgia, que ya deseaban la adhesión antes de ese aliento. Y el lanzamiento del llamado partenariado oriental de la UE en 2009, para estrechar lazos comerciales con Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Georgia, Moldavia y Ucrania.
La respuesta de Putin tardó poco en llegar. El 8 de agosto de 2008, el mismo día que los líderes del planeta asistían en Pekín a la inauguración de los Juegos Olímpicos, Rusia invadía parte de Georgia y 13 años después las tropas rusas siguen en un país que se enfrenta a un conflicto larvado en las regiones de Abjasia y Osetia del sur que puede estallar en cualquier momento.
El Kremlin ha repetido una táctica similar en casi todos los países que se sumaron al partenariado oriental de la UE. “En 2021, cinco de los seis países del partenariado seguían afrontando conflictos prolongados en sus territorios, en todos los cuales está implicada Rusia en diferentes grados”, señalan los profesores Tracey German y Andriy Tyushka en un estudio sobre la seguridad en el flanco oriental de la UE encargado por el Parlamento Europeo.
La presión de Putin ha provocado una militarización de toda la zona, hasta el punto de que cuatro de los seis países con tentación europeísta se han convertido entre los que tienen un mayor gasto en defensa del mundo en términos proporcionales, según el citado estudio. En Armenia y Azerbaiyán el gasto militar en 2019 supera el 4% del PIB anual y en Ucrania rozaba el 3,5% y ha seguido creciendo. Los conflictos eternos han lastrado además el desarrollo económico de una zona que es pasto del crimen organizado y el lavado de dinero, según Europol. Además, tras la anexión ilegal de Crimea por parte de Rusia y el inicio de la guerra del Donbás, el porcentaje de ucranios que quiere a su país dentro de la OTAN ha ido aumentando.
Ucrania es un régimen nazi. Falso. Esta retórica tiene el origen en el papel que grupos de extrema derecha y personas de ideología abiertamente nazi tuvieron en los batallones y brigadas civiles que lucharon en los primeros tiempos de la guerra del Donbás (donde combatieron, por ejemplo, junto a batallones de musulmanes chechenos) y en los disturbios de las movilizaciones del Maidán, en 2013. Como el Batallón Azov (declarado “grupo de odio nacionalista” por el departamento de Estado, pero hoy reformado e integrado como una unidad parte del Ejército regular), que entre sus fundadores tuvo a figuras nazis como Andriy Biletskiy, que después se desenganchó y fundó el llamado Cuerpo Nacional. Biletskiy llegó a tener un escaño de diputado. Sin embargo, a diferencia de otros países europeos, la extrema derecha carece hoy de representación parlamentaria y de influencia en la agenda política en Ucrania.
Esa retórica del Kremlin ignora que algunos altos cargos y figuras muy influyentes en el país son judíos, incluido el presidente, Volodímir Zelenski, que además es rusoparlante, y arrasó en las elecciones de 2019. El argumento se apoya también en cómo algunos ucranios han encumbrado como héroes a figuras colaboracionistas de la Alemania nazi, como Stepan Bandera. Algunos ucranios lo alaban por su ideología, pero otros obvian ese factor y ensalzan su combate al estalinismo.
Pintar Ucrania como un país escorado a la ultraderecha es una de las narrativas de desinformación y propaganda favoritas del Kremlin, indica María Avdeeva, de la Asociación Europea de Expertos, que cree que el objetivo es sembrar un “pretexto” para usarlo como argumento en defensa de los ciudadanos rusos de Ucrania —las autoridades rusas han entregado decenas de miles de pasaportes rusos en las regiones separatistas— o los rusopalantes.
Varios informes, además, detallan los vínculos de grupos de extrema derecha ucranios con grupos rusos y con el aparato de seguridad de Rusia, indica el analista militar Aleksandr Kovalenko. Y análisis como el que hacen Taras Tarasiuk y Andreas Umland traza los lazos entre algunas de estas organizaciones y otras dentro de países de la UE, que cuentan con sus propios vínculos con entidades rusas o magnates rusos ultraconservadores y de extrema derecha.
En el Donbás no hay un conflicto con Rusia, sino una guerra interna ucrania. Falso. Moscú defiende el argumento de que la de Donetsk y Lugansk es una “guerra civil”, para ocultar su papel y para que Kiev negocie directamente con los líderes separatistas, algo que el Gobierno ucranio rechaza, porque les considera marionetas del Kremlin.
Los protagonistas de la insurrección separatista en el este de Ucrania de 2014 alimentada por el Kremlin han insinuado, además, el papel entre bastidores de Moscú en libros y entrevistas concedidas estos años. Tras la huida del expresidente ucranio Víktor Yanukóvich y la anexión ilegal de Crimea en marzo de 2014, hubo una serie de manifestaciones en la región que pronto se apagaron con la detención del primer gobernador popular, Pável Gubárev. Este ha reconocido abiertamente que solo dieron un paso adelante y ocuparon edificios gubernamentales tras haber hablado con Serguéi Glázyev, entonces asesor de Putin. Distintos informes analizan y documentan también los envíos de armas rusas a las regiones ucranias separatistas de Donetsk y Lugansk.
Los rusohablantes están discriminados en Ucrania. Discutible. En la propia capital de Ucrania mucha gente habla en ruso en cualquier ámbito. En los mercadillos, los carteles están escritos en esa misma lengua y la música son clásicos de los noventa del otro lado de la frontera. La Constitución señala que la lengua del Estado es el ucranio, que durante la época de la Unión Soviética fue un idioma discriminado (como otros en las repúblicas que formaron la URSS) por la política de difusión del ruso.
Con el paso de los años y con la agresión militar rusa para muchos ciudadanos el idioma ha ganado peso en la construcción de la identidad ucrania. También para el Estado, que gradualmente ha ido legislando para tratar de impulsar el ucranio. Las leyes de Ucrania indican ahora que el idioma oficial para todo es el ucranio, todas las publicaciones deben hacerse en ucranio (y luego, si se desea en otros idiomas, incluido el ruso). Aunque sigue habiendo escuelas bilingües, la enseñanza de ruso ha dejado de ser obligatoria y ahora ha pasado a conformar una optativa.
El Kremlin alimenta con estas medidas la idea de que los rusófonos están discriminados en Ucrania. Y a la Comisión de Venecia le preocupa que las medidas de impulso de la lengua ucrania pongan en peligro la libertad de las minorías (húngaras, por ejemplo).
Las mentiras comenzaron pronto. Dos semanas después del 11-S, un periodista preguntó a Donald Rumsfeld en el Pentágono si contemplaba difundir falsedades en los medios sobre las operaciones militares de la recién iniciada campaña de Afganistán con el propósito de confundir al enemigo. El viejo halcón, secretario de Defensa con Gerald Ford y con Bush hijo, citó a Churchill (“En la guerra, la verdad es tan preciosa, que siempre hay que protegerla con un cortejo de mentiras”), desenfundó una de sus irónicas sonrisas y disparó: “La respuesta es no. No puedo imaginar que eso suceda”.
Pero sucedió. Y no solo esa vez. Aquella fue la primera piedra de un edificio de embustes construido durante casi 20 años. Un edificio que alcanzó una de sus cotas más altas a finales de 2014, cuando Barack Obama, sabiendo que no era verdad, declaró: “Nuestra misión de combate en Afganistán está terminando, y la guerra más larga de la historia estadounidense se acerca a un final responsable”. Ese final se hizo esperar en realidad seis años y ocho meses. Y muy pocos calificarían de “responsable” la caótica retirada en agosto pasado ordenada por Joe Biden, una decisión de devastadoras consecuencias para el país centroasiático. Controlado por los talibanes, que han cercenado los derechos de las mujeres, Afganistán se asoma este invierno al vértigo de la hambruna.
El 31 de agosto de 2021, fecha límite para la retirada, Craig Whitlock publicó Los papeles de Afganistán. Historia secreta de la guerra (que ahora edita Crítica en español), un libro que desenmascara esas dos décadas de falacias. El grueso de sus revelaciones había aparecido en 2019 en The Washington Post,el diario para el que este reportero de 53 años trabaja como periodista de investigación. Whitlock accedió a más de dos mil páginas de entrevistas llevadas a cabo bajo el radar con 428 personas que desempeñaron un papel directo en la guerra y que hablaban abiertamente a su regreso del frente. Las transcripciones, documentos públicos no accesibles al público, demostraban lo que muchos, él también, ya sospechaban: que presidentes y altos funcionarios de la Casa Blanca y el Pentágono de tres administraciones se dedicaron a tergiversar, dar falsas esperanzas y disimular los reveses militares. Que coroneles y embajadores se conjuraron para encubrir las malas noticias. Y que pronto la mentira se hizo tan grande que nadie se atrevió a desandar su camino. También, que para entonces, la opinión pública estadounidense, que había apoyado casi unánimemente la decisión de ir a la guerra entre los restos aún humeantes de las Torres Gemelas, ya no estaba prestando atención, harta de conflictos en lugares que ni siquiera sabía situar en el mapa.
El reportero Craig Whitlock retratado en Washington.Marvin Joseph (The Washington Post)
“El pecado original fue entrar en Afganistán sin un plan claro sobre cómo salir”, explicó Whitlock el viernes en un café de Silver Spring, en el Estado de Maryland, en la práctica, un suburbio residencial de la ciudad de Washington. “Siempre se mostraron vagos sobre lo que pretendían. Si se trataba de acabar con Al Qaeda, bastaron seis meses para que Estados Unidos asesinara o echara a sus líderes del país, incluido Bin Laden, que huyó a Pakistán. En aquel momento el enemigo ya había cambiado: eran los talibanes y otros insurgentes, esa gente a la que no sabíamos muy bien cómo nombrar pero que disparaba a nuestros soldados. ¿Se trataba entonces de acabar con los talibanes? ¿O de fortalecer el Gobierno afgano y de fomentar la democracia? Decían que nos quedaríamos hasta estar seguros de que nunca habría otro ataque como el del 11-S. Así que Bush, Obama y Trump (que llegó convencido de sacar a las tropas) vivían en el temor a equivocarse: ¿Y si ordenaban la retirada y después se producía un ataque?”. Así se cocinó la receta para una guerra sin fin.
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Las entrevistas de los Papeles de Afganistán pertenecían al Proyecto Lessons Learned (Lecciones aprendidas), iniciativa de una opaca agencia federal para tratar de entender en qué momento se torció todo. Whitlock, que llevaba en el Post la cartera de defensa, recibió en 2016 de una fuente la pista de que un organismo llamado Oficina del Inspector General para la Reconstrucción de Afganistán había interrogado in extenso a Michael Flynn, que comandó la inteligencia militar de Estados Unidos y la OTAN en el país centroasiático. Dado que Flynn sonaba como uno de los hombres fuertes del nuevo gabinete de Donald Trump (fue su primer y efímero consejero de Seguridad Nacional), el periodista pensó que sería interesante conocer sus opiniones sin filtros sobre un conflicto que, 15 años después, había batido ya las marcas de un país belicoso. Pidió acceso a esa entrevista. Y se lo prometieron, porque, después de todo, no era material clasificado. Luego se echaron atrás. Ese cambio de idea hizo que Whitlock sospechara que bajo la punta de Flynn se escondía un iceberg de información sensible. Ahí comenzó una cruzada legal, que incluyó dos demandas amparadas en la Ley de Libertad de Información, para acceder a esos papeles.
Una de los documentos de los Papeles de Afganistán, correspondiente a una entrevista con el embajador Richard Boucher.
Cuando finalmente pudo bucear en ellos, comparó lo que aquellos con responsabilidad habían dicho en público, muchas veces en presencia de reporteros como él, en Washington o sobre el terreno, con cómo lo contaron a la grabadora de Lessons Learned. Descubrió a generales de tres estrellas confesando que “al principio no había ningún plan de campaña” o a las autoridades negando que el vicepresidente Dick Cheney fuera objeto en 2007 de un fallido ataque suicida en la base aérea de Bagram, pese a que contaban con evidencias de lo contrario. Había voces que pusieron pronto en duda la viabilidad de crear un Gobierno democrático en Afganistán y hasta un diplomático, Robert Finn, embajador en Kabul entre 2002 y 2003, que advirtió sobre lo imposible del plan de resolver aquella misión “en uno o dos años”. “Yo les dije que tendríamos suerte si salíamos en veinte”.
Para Whitlock, el valor de esos documentos está “en que los protagonistas hablaban sin cortapisas, porque sus superiores les habían pedido exactamente eso”. “El programa empezó en 2014, cuando querían pensar que el final de la guerra estaba cerca, así que trataban de ser sinceros sobre lo que pasó, para extraer enseñanzas. Cuando sacamos esos papeles a la luz, la opinión pública supo que los generales a cargo de la guerra no tenían ni idea de lo que estaban haciendo. Y que además les habían mentido sin escrúpulos”, cuenta el periodista, que completó su investigación con entrevistas de historia oral encargadas por estamentos militares, diplomáticos y docentes, así como de cientos de memorandos de la época de Rumsfeld (2001-2006), breves y contundentes documentos que en el Departamento de Defensa conocían con el sobrenombre de “copos de nieve”, por su forma, lenta pero inexorable, de caer sobre las mesas de sus subordinados.
Memorando de Donald Rumsfeld enviado el 8 de septiembre de 2003.
El libro se puede leer también como un compendio de la desfachatez política y militar que no entendió de bandos. “En las primeras semanas de la guerra”, recuerda Whitlock, “Bush dijo: ‘Hemos aprendido nuestras lecciones en Vietnam. No nos vamos a quedar atascados como entonces’. También aseguró que habían estudiado lo que británicos y soviéticos hicieron mal en Afganistán, y que la idea nunca sería ocupar el país con 100.000 soldados”. Esa fue exactamente la cantidad de tropas que acabaría desplegando Obama.
A la pregunta de cuál de los presidentes lo hizo peor, el reportero no supo escoger: “Todos cometieron errores fundamentales. Bush se equivocó al excluir a los talibanes de la conferencia de Bonn [por el futuro de Afganistán, celebrada en noviembre de 2001] y al dar en 2003 la contienda por ganada demasiado pronto. Pecó de exceso de confianza y después fue difícil desdecirse. Pero embarcarse al mismo tiempo en la guerra de Irak fue seguramente la peor de sus ideas”, opina. “La Administración de Obama, que heredó el desaguisado de su antecesor, erró en su estrategia de alimentar la contrainsurgencia. No quiso ver que a muchos afganos, contrarios a los talibanes, tampoco les gustaba su propio Gobierno, apoyado por los americanos, que consideraban corrupto. Mandó demasiados soldados y gastó muchísimo dinero”. ¿Y Trump? “El quería retirar las tropas, pero pronto se dio cuenta de que no era fácil y de que no quería ser el presidente que perdiera la guerra, así que dejó un contingente mucho menor. Murieron menos estadounidenses, pero la cosa empeoró para los afganos, porque aumentaron los bombardeos sobre la población”.
Whitlock también ofrece jugosos detalles sobre el asesinato de Bin Laden en 2011, el presidente Hamid Karzai (“lo pusieron porque les gustaba su inglés y su aire sofisticado, pero pronto se convirtió en un problema que no supieron cómo resolver”), las tiranteces, a veces rayanas en el absurdo, en el seno de la coalición aliada, el compadreo con los señores de la guerra y los mecanismos de la corrupción en el país, que alimentó la política estadounidense de gasto sin control. “Nuestro mayor proyecto, desgraciadamente y sin quererlo, por supuesto, puede que haya sido el desarrollo de la corrupción masiva”, se lamenta un diplomático en una confesión a Lessons Learned. “Nos estaban robando a manos llenas”, dice por su parte Flynn en otra entrevista. Los papeles de Afganistán contiene además sendas antologías del eufemismo (“No estamos perdiendo, pero en algunas zonas estamos ganando más lentamente que en otras”, dijo David McKiernan, el primer general en admitir que la guerra no iba bien, poco antes de ser destituido en 2009) y del disparate, mezcla de imprudencia e ignorancia y fruto de la incomprensión de un país en el que Estados Unidos no contaba con Embajada desde 1989.
Sirvan dos anécdotas para ilustrarlo. En 2006, alguien creyó que era buena idea regalar con fines propagandísticos miles de balones de fútbol con versículos del Corán impresos, lo que desató airadas protestas: andar a patadas con las palabras sagradas no suele ser buena idea en un país musulmán, escribe Whitlock. En otra ocasión, se diseñó una campaña destinada a mejorar la higiene de los afganos. “Fue un insulto para la gente. Aquí se lavan las manos cinco veces al día para rezar”, explicó a Lessons Learned Tooryalai Wesa, que fue gobernador de la provincia de Kandahar entre 2008 y 2015. “En su entrevista”, añadió Whitlock durante la charla con EL PAÍS, “el general Flynn se tiraba de los pelos recordando el caso de aquel alto mando que aprendió pastún para conseguir que lo destinaran a Afganistán, y, cuatro meses después de lograrlo, lo mandaron a Japón. Es un inmejorable ejemplo de la tiranía de la burocracia, que alentaba la rotación por encima de la especialización sobre el terreno. También ilustra el escaso interés que tenían muchos esos militares en entender el país, no digamos ya en hablar alguna de sus lenguas”.
Evacuación de civiles en el aeropuerto internacional Hamid Karzai, en Kabul, el 22 de agosto de 2021.US MARINES (via REUTERS)
Para el reportero, ese desconocimiento aún persiste. Él mismo se pone de ejemplo: no le sorprendió que los talibanes tomaran de nuevo Afganistán cuando Biden, que fue vicepresidente en los años en los que las bajas fueron más onerosas para Estados Unidos, anunció la retirada. Pero nunca pensó que eso sucedería tan rápido, “teniendo en cuenta todo el dinero que Estados Unidos había gastado en formar un ejército afgano [83.000 millones de dólares, más de 70.000 millones de euros, invertidos en la formación de los 300.000 efectivos]”. “La ironía es que Biden coincidía con Trump en su deseo de acabar la guerra”, continúa. “Creo que sabía que no había modo de ganarla. Y acabó creando un terrible caos. Él y sus generales pensaron que los talibanes tardarían unos meses o un año en volver al poder. Que tal vez pactarían con [el presidente Ashraf] Ghani, y que habría tiempo para evacuar a los estadounidenses y sus aliados. Podían haber empezado antes, pero Biden temía que el pánico se adueñara de los afganos. Lo que acabó pasando fue casi peor. ¿Había una manera sencilla de acabar con esa aventura? No, pero seguramente tampoco había una manera más desastrosa”.
El periodista no duda de que “los talibanes, con toda su brutalidad, controlarán el país durante una temporada, y que Washington debe asumirlo y trabajar a partir de ahí”. “Será un tiempo terrible, sobre todo para las mujeres y las minorías religiosas. Espero que al menos haya una cierta estabilidad. Los afganos están cansados de la guerra; llevan 40 años metidos en ella. Hay conversaciones en marcha sobre cómo evitar una horrible hambruna, y la gran cuestión es cómo sortear el colapso económico. El país lleva demasiado tiempo dependiendo de la ayuda exterior”.
Whitlock puso punto final a su libro en marzo de 2021. Para la edición en bolsillo piensa añadir un capítulo con lo sucedido desde entonces. Entre tanto, trata con los abogados de The Washington Post de conseguir más papeles de Afganistán, las entrevistas de Lessons Learned posteriores a 2018, aún a sabiendas de que gracias a su empeño los militares estarán respondiendo ahora con mucha mayor cautela.
El precedente de los ‘Papeles del Pentágono’
Daniel Ellsberg, el filtrador de los papeles del Pentágono en 1971. BETTMAN ARCHIVE
Craig Whitlock abre su libro con una cita del juez del Supremo Hugo L. Black, pronunciada en 1971, durante el juicio por los Papeles del Pentágono, en el que el alto tribunal falló que el Gobierno no podía impedir a The New York Times o The Washington Post publicar los secretos del Departamento de Defensa sobre la guerra de Vietnam, filtrados por Daniel Ellsberg. «Hay fuertes similitudes y obvias diferencias entre los dos casos», opina Whitlock. «Los Papeles del Pentágono también eran la historia secreta de una guerra estadounidense en el extranjero, pero aquellos estaban clasificados. Los documentos que yo obtuve son públicos, aunque no estuvieran accesibles. Antes o después los iban a poner en conocimiento de los ciudadanos. Los Papeles del Pentágono nunca se pensó que dejaran de ser alto secreto».
Aquel material se filtró, insiste el reportero. «Tampoco eran entrevistas, sino cables y memorandos, la historia escrita de un número reducido de miembros del Pentágono sobre cómo Estados Unidos se enredó en Vietnam». En ambos casos, añade, la historia se puede reducir a un mismo enunciado: «un Gobierno que miente a sus ciudadanos para ocultar la realidad de una aventura militar». «Para un presidente admitir que está perdiendo la guerra es sencillamente demasiado, así que se enredan en los embustes. Y cuando al final son descubiertos es diez veces peor, porque al pecado de la derrota, la opinión pública le sumará el de la traición».