Dos nuevas jornadas para el agendamiento presencial de citas para renovación o expedición del pasaporte realizará la Gobernación del Valle en Cali en lo que resta del mes.
“Este agendamiento presencial y estas jornadas de descongestión que se van a hacer el 19 y el 26 de marzo obedecen a la alta demanda que se da a mediodía cuando generamos 1.200 citas en el sistema, pero a las que se están conectando más de 12.000 personas, lo que ha impedido que muchos vallecaucanos hayan podido realizar su trámite”, señaló el secretario de Convivencia y Seguridad Ciudadana del Valle del Cauca, Camilo Murcia.
Para agendar la cita de expedición del pasaporte de manera presencial se debe contar con el recibo del primer pago del valor del pasaporte, un trámite que se realiza en los puntos Gane o mediante la plataforma PSE en el micrositio: https://pasaportes.valledelcauca.gov.co/.
También se debe “llevar su documento de identidad original, si es menor de edad el registro civil autenticado. Y el trámite lo hacemos de manera directa en el centro comercial La Estación de Cali, en la Oficina de Pasaportes. No necesitamos la intermediación de terceros y mucho menos entregar nuestra información personal a ninguna otra persona diferente a la de la Gobernación del Valle”, dijo Murcia.
Las jornadas de agendamiento previstas para el 19 y el 26 de marzo en Cali se desarrollarán en horario continuo de 8:00 a.m. a 5:00 p.m., tendrán prioridad las personas que hayan realizado el primer pago del valor del pasaporte antes del 28 de febrero de 2022. No obstante, la atención estará abierta para toda la comunidad.
A las cinco de la mañana del 24 de febrero, en la hoy asediada ciudad ucrania de Járkov, Alex fue despertado a toda prisa por su mujer, Maria, al oír los primeros bombardeos rusos. Lo primero que hizo fue entrar en Internet, donde leyó que el presidente de su país, Vladímir Putin, acababa de anunciar una “operación militar especial” que los civiles ucranios no debían temer porque solo buscaba proteger de un “genocidio” a los habitantes de las regiones separatistas prorrusas. “No es tanto que me lo creyera como que me lo quise creer, porque con un bebé de un mes no queríamos salir corriendo. Y pensamos que la guerra duraría dos o tres días”, explica hoy en el centro de recepción de refugiados en la localidad polaca de Hrubieszow, al que acaba de llegar con su esposa y sus tres hijos: uno de 18 años, otro de 14 y su bebé.
Alex y Maria nacieron en la URSS en 1981, son ciudadanos rusos y han vivido la mayor parte de sus vidas en el Lejano Oriente Ruso. Hace más de 10 años decidieron mudarse a Járkov, donde vivían su padre, ruso, y su madre, ucrania, en una mezcla típica de los años en que ambas repúblicas pertenecían a la Unión Soviética. “Nos gustó el clima cálido y la ciudad, hermosa. Además, es de habla rusa y nunca ha habido problemas por motivos étnicos. Recibimos permisos de residencia permanente y es donde nació nuestro [último] hijo, al que registramos como ciudadano de Járkov. Y allí vivimos felices hasta el 24 de febrero, el día que cambió nuestras vidas”, cuenta en una conversación presencial y un posterior intercambio de correos electrónicos, ya desde la ciudad polaca de Cracovia, una etapa más hacia su destino final: una ciudad de España en la que les acogerá su tía y que prefiere no dar a conocer por miedo a represalias.
Tampoco quiere dar su apellido ni ser filmado porque teme por su seguridad. Solo permite ser retratado de espaldas con su mujer y el carrito del bebé. “Rusia empieza a parecerse a Corea del Norte”, subraya tras recordar que el Parlamento del país aprobó el pasado día 4 una ley que castiga con hasta 15 años de cárcel la “desinformación” sobre las acciones de Rusia en Ucrania y el apoyo a las sanciones internacionales a Moscú por la ofensiva.
El centro de acogida de refugiados en Hrubieszow (Polonia) en el que recalaron Alex y Maria, este jueves.Massimiliano Minocri (EL PAÍS)
Temen represalias porque tanto ellos como sus dos hijos mayores tienen pasaporte ruso, además de familia y amigos en ese país. Pocos, en realidad, ya. Antes de la guerra, Alex mantenía contacto con 10, pero dos semanas más tarde solo se habla con dos. “En Rusia ahora mismo son como zombis, por la maquinaria propagandística, que es muy, muy potente”, asegura. “Cuando llamamos a amigos en Rusia nos dicen que en Ucrania son neonazis y que todo lo que nos están contando es mentira. Les respondo: ‘Pero si soy yo quien vive aquí, sé lo que hay. Tú vives en San Petersburgo o en el Lejano Oriente”.
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Cuando habla de Putin, le cambia la mirada. Le insulta y, en un momento dado, saca el teléfono y teclea en ruso para asegurarse de que su mensaje no se pierde en una lengua extranjera: “Estamos avergonzados de tener pasaporte ruso. Odiamos a Putin”. Luego añade tres signos de exclamación y otra frase: “Nos hemos vuelto rehenes de esta situación”.
Esperanza de volver
Járkov, la segunda ciudad ucrania por población (en torno a 1,5 millones) y de mayoría rusófona, lleva días bajo intensos bombardeos. “No perdemos la esperanza de volver, pero tenemos miedo de que no quede adónde. Muchas casas de la zona han sido bombardeadas y la de la abuela tiene los cristales rotos por una explosión”, explica. Su barrio, Saltivka, está en el noreste de la ciudad, justo la parte más cercana a la frontera con Rusia, a apenas 30 kilómetros. “Fue la primera zona en recibir el golpe. Salí al balcón y vi un resplandor en el horizonte […] Decidimos quedarnos en casa para no poner en riesgo la salud del bebé, pues por alguna razón estábamos seguros de que esto terminaría pronto”.
Se quedaron dos días en el apartamento, acostumbrándose al sonido de las bombas con el consuelo de que ninguna caía cerca. Hasta que frente a su edificio ―al lado del búnker comunal al que no bajaban por miedo a que el frío empeorase la neumonía del recién nacido― un cohete apareció clavado en la tierra sin explotar, explica mientras levanta el brazo para mostrar cómo se le eriza el vello al recordarlo. Luego muestra en su móvil una foto del proyectil y un vídeo grabado desde una ventana con el sonido de explosiones de fondo. “Cogimos solo lo necesario: comida para el bebé, pañales, documentos… y fuimos a casa de unos amigos en otra parte de Járkov, que creíamos más segura. Esa misma noche, los aviones comenzaron a bombardear el centro de la ciudad. Las explosiones eran muy fuertes. Con un bebé de un mes en brazos, nos sentíamos impotentes. En medio del estrés, mi esposa perdió la leche materna. Decidimos abandonar la ciudad de inmediato para salvar nuestras vidas y las de nuestros hijos”, relata.
Su bebé básicamente solamente ha conocido dos lugares en su escaso mes de vida: el hospital de Járkov (donde pasó dos semanas en cuidados intensivos con neumonía) y la ciudad ucrania de Lviv, a la que huyeron en tren y de cuyo andén abarrotado muestra imágenes en el teléfono. “Éramos tantos en el vagón que hasta había gente sentada en el baño”, recuerda. Se quedaron unos días en Lviv, en la ―hasta los bombardeos de este viernes― más tranquila parte occidental de Ucrania, pero estaban inquietos. “Pensamos: ‘¿quién sabe cuál es el siguiente paso de Putin? Tampoco este sitio es seguro y tenemos un bebé’. Así que fuimos hacia la frontera”, señala.
Una vez en Polonia, unos voluntarios les trasladaron por carretera al centro de Hrubieszow, un polideportivo con hileras de camas plegables, colchonetas y esterillas en el que cientos de refugiados pasan, por lo general, las horas justas para echar una cabezada, comer caliente y protegerse de las temperaturas bajo cero, antes de continuar hacia otros puntos de Polonia u otros países. Alex pudo ser evacuado a la UE porque tiene permiso de residencia permanente en Ucrania y, al ser extranjero, estaba exento de la ley marcial, que impide la salida a los hombres ucranios de 18 a 60 años. “Volver a la Rusia de Putin”, aclara, “nunca fue una opción”.
La policía canadiense desalojó por completo durante esta madrugada el puente Ambassador, en la ciudad de Windsor, en la provincia de Ontario, bloqueado durante la última semana por la protesta de camioneros contrarios a la vacunación obligatoria para los trayectos transfronterizos, impuesta por el Gobierno de Justin Trudeau el 15 de enero. El Abassador es el principal paso comercial entre Canadá y la vecina Estados Unidos. “La Compañía del Puente Internacional de Detroit se complace en anunciar que el puente Ambassador está ahora totalmente abierto permitiendo el libre flujo de comercio entre las economías de Canadá y EEUU una vez más”, ha declarado la portavoz de la empresa Detroit International Bridge Company, Esther Jentzen, tal y como recoge el periódico The Detroit News, citado por Europa Press.
Las autoridades canadienses se han visto obligadas a cambiar de estrategia para desbloquear el puente internacional que este domingo seguía cerrado al tráfico. Pese a que la víspera los agentes habían logrado desalojar sin emplear la fuerza a los camiones que desde el lunes bloqueaban ese paso fronterizo —a primera hora de este domingo se fue el último—, un grupo de manifestantes continuaba impidiendo el tránsito de vehículos por el puente.
Si el sábado llegaron a ser cientos los manifestantes que gritaban “libertad” con música festiva de fondo, en la madrugada de este domingo su número apenas superaba la veintena y ante la frontera reinaban el silencio y el frío. “Muévanse o los vamos a arrestar”, advirtieron reiteradamente los agentes por megáfono. En torno a las nueve de la mañana, los agentes de la policía local, apoyados por la Real Policía Montada de Canadá (RCMP, por sus siglas en inglés), se desplegaron a lo ancho de la avenida Hurton Church y avanzaron hacia el sur, con el puente Ambassador a sus espaldas, para que los manifestantes no pudieran acercarse a la otrora zona cero de las protestas. “¡No sé cómo duermen tranquilos por las noches!”, gritaba Andrew, constructor de 50 años, a los agentes, que habían conseguido alejar a los manifestantes a un kilómetro y medio del acceso al puente.
Las fuerzas de seguridad detuvieron a 12 personas y remolcaron siete vehículos cuando llegaron a la zona cero de la protesta en la madrugada, aunque el sargento de la policía de Windsor, Steve Betteridge, encargado del despliegue policial, precisó que los manifestantes “respondieron sin violencia y los agentes no tuvieron que usar la fuerza”. Durante la tarde los detenidos aumentaron a casi una treintena, a medida que la policía continuaba empujando el cordón para alejarlos varias calles del puente. Los que no se respondieron a la orden de moverse, fueron arrestados.
La policía canadiense se comporta de un modo muy diferente al de sus homólogos del otro lado de la frontera. En las provincias existe una unidad policial dedicada, principalmente, a prevenir la violencia en las protestas. En Ontario son los OPP (Policía Provincial de Ontario): agentes vestidos de civiles, aunque llevan chaleco antibalas bajo sus chaquetas con la inscripción “policía”. Estos paseaban el fin de semana entre los manifestantes contando chistes, palmeando espaldas y pidiéndoles que cumplieran la ley. “Por favor” y “gracias” eran sus muletillas .
Esta crisis ha puesto en evidencia esta excepcionalidad policial canadiense, cuya comedida actuación también ha sido objeto de críticas por no disolver más rápido la autodenominada caravana de la libertad de los camioneros. Al primer ministro, Justin Trudeau, esta estrategia de diálogo y espera también le ha supuesto un problema. La Casa Blanca, desconcertada por la falta de acción, le presionó para que pusiera fin al bloqueo en el puente Ambassador, por el que transita el 25% del comercio bilateral entre Canadá y EE UU.
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La protesta ha provocado, además, pérdidas millonarias, especialmente en la industria automovilística, que ya enfrenta una crisis en la cadena de producción por la escasez de chips informáticos. Drew Dilkens, alcalde de Windsor (Ontario), ha dado este domingo por finalizada la “crisis económica” provocada por el bloqueo y adelantó que la reapertura del puente ocurrirá “cuando sea seguro hacerlo”. “Es una determinación que tomará la policía y las agencias fronterizas”, agregó en un comunicado. En un día corriente, entre 8.000 y 10.000 camiones transportan bienes por valor de 300 millones de dólares (unos 264 millones de euros) a través del puente Ambassador.
Los progresos para desbloquear esa frontera no han ido a la par con una mejora de la situación en la capital, Ottawa, donde las protestas contra las medidas sanitarias van a cumplir tres semanas. Los vecinos del centro se quejan porque los manifestantes siguen acampados y prácticamente celebran una fiesta al aire libre cada día. La del pasado sábado reunió a cerca de 4.000 personas, según la policía. “La ciudad entera está furiosa porque la gente que supuestamente debe protegerla la ha abandonado. Han abandonado totalmente la aplicación de las leyes. La policía de Ottawa ha perdido credibilidad”, tuiteó el sábado Artur Wilczynski, un funcionario de seguridad nacional.
Mientras protestas similares se multiplican en otras ciudades del país, Trudeau ha rechazado hasta ahora los llamamientos a desplegar al Ejército aunque ha enfatizado que “todas las opciones están sobre la mesa”.
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La entrada a París de los autodenominados convoyes de la libertad, el movimiento motorizado francés contra el pasaporte de vacunación inspirado en los bloqueos camioneros canadienses, se convirtió este sábado en un juego del gato y el ratón con el fuerte dispositivo policial desplegado desde la noche del viernes para impedir su entrada en la capital francesa, donde quieren manifestarse en contra de lo que definen como “tiranía” de las restricciones sanitarias o del alza de los precios de la energía, entre otros.
La Prefectura de Policía de París ―que el jueves anunció la prohibición de las manifestaciones previstas este fin de semana antes de la partida planeada de los convoyes hacia Bruselas, que también ha tomado medidas para impedir su ingreso en la capital europea— ha movilizado a 7.200 agentes, con especial atención a sus principales accesos. También ha cerrado vías clave con furgones policiales y hasta tanquetas y camiones de remolque para controlar los vehículos y evitar que los manifestantes bloqueen la urbe. Parte de este dispositivo fue desplegado a lo largo de la icónica avenida de los Campos Elíseos y su Arco de Triunfo, símbolo de las protestas de los chalecos amarillos que hace tres años pusieron en jaque al Gobierno de Emmanuel Macron y en las que se inspiran también los nuevos convoyes, muchos de los cuales están integrados por miembros de ese movimiento.
“En sus instrucciones, el ministro del Interior [Gerald Darmanin] ha sido muy claro sobre la necesidad de que París no puede quedar bloqueado (…). Vamos a trabajar para que se pueda ejercer la libertad de circulación”, explicó la víspera el prefecto de policía de París, Didier Lallement. También el primer ministro, Jean Castex, prometió “firmeza” ante este movimiento que busca bloquear la capital como hacen desde finales de enero en Ottawa miles de camiones. “Si bloquean la circulación o intentan bloquear la capital, habrá que mostrarse muy firmes”, dijo en la cadena France 2.
La policía anunció, a media mañana de este sábado, que había multado a más de 200 personas por “participación en manifestación prohibida” e interceptado numerosos convoyes a las entradas de París. Uno de los más grandes, de unos 450 vehículos, fue detenido y controlado a la altura de Porte de Saint Cloud, al suroeste de la capital. Otros convoyes, de entre 20 y 30 vehículos, también fueron interceptados en distintos puntos de entrada a la capital. En total, la prensa calcula que unos 3.000 vehículos —turismos, caravanas y furgonetas— y motos avanzan, desde mediados de la semana pasada y desde toda Francia, rumbo a París para participar en la protesta, organizada por redes sociales y servicios de mensajería como Telegram.
Sylvie, que participó en las protestas de los chalecos amarillos de 2018 y 2019, acudió la noche del viernes a Porte d’Orléans, en el sureste de París, para saludar y darle la bienvenida a los miembros de los convoyes que se acercaban hasta la ciudad a pesar de las restricciones. “Estamos hartos de todo lo que pasa en Francia, sobre todo del pasaporte de vacunación y del aumento de los precios, sobre todo de la energía. Esto no puede seguir así, tiene que parar, es demasiado”, explicaba el motivo de su apoyo a los convoyes. Esta mujer, residente en las afueras de París, considera que estas concentraciones dan un “nuevo aliento” a las protestas sociales de los chalecos amarillos.
Cerca de ella, Danielle —“Chaleco amarillo desde el primer momento”, como se reivindica— agitaba un cartel con la palabra “libertad” desde el puente que cruza el péripherique, la vía que circunvala la capital francesa. Para esta mujer, de unos 50 años, los convoyes de la libertad muestran la “cohesión nacional contra la tiranía” que dice rige en Francia y buena parte del mundo desde el comienzo de la pandemia. “Tenemos que luchar contra la tiranía, recuperar nuestra democracia. El hecho de que el pueblo, de manera pacífica, se levanta en todas partes para reivindicar sus derechos y libertades es histórico”, celebraba.
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En una carta abierta dirigida al presidente, Emmanuel Macron, y al primer ministro, Jean Castex, los miembros del Convoy France, una de las cuentas de Telegram más seguidas por los manifestantes, reclaman que se les devuelva “la libertad de la que durante dos años” se les “ha privado por circunstancias excepcionales que ya no se dan hoy” y que se ponga fin a “toda obligación de vacunarse o de certificado covid o de vacunación”, entre otros.
En una entrevista con el diario regional Ouest-France, Macron llamó el viernes a la “calma”. “Todos estamos fatigados de forma colectiva por lo que vivimos desde hace dos años. Esa fatiga se manifiesta de diversas maneras: en algunos es la angustia, otros la depresión. Vemos un sufrimiento mental muy fuerte en nuestros jóvenes y en los menos jóvenes. Y a veces, ese cansancio se traduce también en cólera. Lo entiendo y lo respeto, pero llamo a la calma”, declaró.
El Gobierno francés anunció el viernes que, a partir del 28 de febrero, se acabará la obligación de portar mascarilla en aquell, una de las cuentas Telegram más seguidas por los manifestantes, reclaman que se les devuelva “la libertad de la que durante dos años” se les “ha privado por circunstancias excepcionales que ya no se dan hoy” y que se ponga fin a “toda obligación de vacunarse o de certificado covid o de vacunación”, entre otros. de la primavera y, también, de las elecciones presidenciales.
La Comisión Europea ha cerrado filas con el presidente de Francia, Emmanuel Macron, en su estrategia de fastidiar, putear o joder ―traducción española de “emmerder”, expresión usada por el mandatario― a los no vacunados y que así cambien de opinión. Sin recurrir al lenguaje popular del político francés, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, lo ha respaldado empleando la herramienta puesta en marcha por la UE, el pasaporte covid: “La libertad siempre se combina con la responsabilidad, y no solo para mí misma, sino para el prójimo: mis vecinos, mi familia, los otros. Ambas cosas van juntas. Un gobierno debe proteger desde la igualdad y el pasaporte es una forma de protección”.
Las palabras de Von der Leyen seguían a las declaraciones del presidente francés, quien ha justificado sus palabras de este martes cuando dijo: “A los no vacunados sí que tengo muchas ganas de emmerder. Y vamos a seguir haciéndolo hasta el final. Esa es la estrategia. No voy a meterlos en prisión, y no los voy a vacunar por la fuerza. Pero hay que decirles: a partir del 15 de enero, ya no podréis ir a un restaurante, no podréis tomar una copa ni ir al teatro, no podréis ir al cine…”. Y este viernes ha incidido al decir que era su responsabilidad “hacer sonar un poco la alarma”. “Es lo que he hecho esta semana, para que las cosas puedan avanzar más rápidamente”, ha continuado.
“Ser ciudadano es tener derechos y deberes. Y primero son deberes. El concepto de libertad, que algunos de nuestros compatriotas enarbolan para decir: ‘Tengo la libertad de no vacunarme’, acaba donde se ponen trabas a la libertad del otro, donde la vida del otro puede verse en peligro”, ha esgrimido Macron, quien todavía no ha oficializado su candidatura para las elecciones presidenciales francesas del próximo abril, pero ha marcado el debate electoral con dos de sus movimientos: poner la bandera europea en el Arco del Triunfo y el uso de la polémica palabra emmerder.
La vacunación es la gran apuesta de la Unión Europea ―y prácticamente de todo el mundo― para luchar contra la pandemia, que acaba de cumplir dos años. Las proclamas de políticos, funcionarios y expertos de los Veintisiete son constantes en todas sus apariciones públicas, especialmente dirigiéndose a quienes han decidido no vacunarse y aquellos países que van más rezagados, algo que en el seno de la Unión no se debe a la falta de dosis, sino a la decisión de muchos ciudadanos de no recibir la inyección.
Macron y Von der Leyen han hablado en París, en el Palacio del Eliseo, en una rueda de prensa inaugural de la Presidencia francesa del semestre europeo. Él ha reiterado sus prioridades para estos seis meses, concretando en iniciativas como una tasa a los productos que quieran entrar en la UE y no cumplan los estándares europeos de emisiones de CO2 durante su fabricación, la “mejora de la producción eléctrica” [en clara referencia a la taxonomía y su apuesta nuclear], la transformación digital y la transición ecológica. La ambiciosa agenda que se ha autoimpuesto Macron, pese al poco tiempo que tendrá para desarrollarla (la primera vuelta de las elecciones francesas se celebra el 10 de abril), también pasa por la apuesta geopolítica y la autonomía estratégica de Europa, cuyo plan se va a desvelar en marzo, después de varias reuniones de alto nivel para concluirla.
Precisamente este asunto pasa estas semanas por Rusia y la situación en Ucrania, a la que en los últimos días se ha añadido Kazajstán. Siguiendo la estela que ha marcado el alto representante para la Política Exterior de la UE, Josep Borrell, en los días previos, la presidenta Von der Leyen ha hecho suya la frase “Ninguna solución sin Europa”, unas palabras que interpelan a Washington y, sobre todo, a Moscú para que en sus conversaciones no dejen de lado a la UE, ni a la propia Ucrania, ni actúen como en las décadas de la Guerra Fría, repartiéndose “esferas de influencia”, otra expresión muy utilizada en los ámbitos diplomáticos en las últimas semanas.
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Menos contundente ha sido en este punto Macron al responder sobre este tema. Al menos en cuatro ocasiones en la misma respuesta, el presidente francés ha empleado la palabra “diálogo”. Aunque no por eso ha olvidado la idea que han desplegado Borrell y Von der Leyen al reclamar también “la inclusión de Europa”.