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Refugiados ucranios llegan al BOK Hall de Budapest este 22 de marzo.
Refugiados ucranios llegan al BOK Hall de Budapest este 22 de marzo.ATTILA KISBENEDEK (AFP)

Jaled (Damasco, 55 años) le trae un té caliente a su hijo Basel (Odesa, 18 años) en las mesas dispuestas en hileras del BOK Hall, unas instalaciones olímpicas en las inmediaciones de la estación del Este de Budapest reconvertidas en zona de tránsito para refugiados ucranios. “No sabemos a dónde ir”, dice Jaled con la mirada hundida en una profunda tristeza. Lo que sí sabe es que no se van a quedar en Hungría. Al país han llegado a través de la frontera ucrania o desde Rumania al menos 530.000 personas desde el inicio de la invasión rusa el 24 de febrero, según datos oficiales de este lunes. Cerca de 8.000 habían pedido protección temporal internacional hasta el 28 de marzo. La mayoría, como Jaled y Basel, pasa por Hungría de camino a otros destinos, según reconoce el Gobierno, pero es imposible saber cuántos son porque nadie los cuenta.

Jaled y Basel parecían perdidos este lunes en un viaje forzado que comenzó el 27 de febrero en Odesa, les llevó a Moldavia y después a Bucarest, en Rumania. “No sé a dónde ir”, repetía el padre. “En Alemania hay muchos ucranios ya, aunque su madre está ahí”, decía refiriéndose a su expareja. Jaled le daba vueltas a distintas opciones —Bélgica, quizás Canadá—, y rompía a llorar cuando se le preguntaba cómo se encontraba. No estaba bien. Le estaba costando asumir que temporalmente le define más su condición de refugiado que su carrera de investigador en ingeniería nuclear. Que ahora depende de la ayuda de otros para comer y dormir. Se resistía a la idea de que probablemente tendrán que alojarse, quién sabe por cuánto tiempo, en centros de emergencia masificados donde su hijo Basel, “que es muy escrupuloso”, no podrá ir al baño con regularidad. Lo que él quería era volver a casa y reunirse con su otro hijo que, por su edad, no pudo salir de Ucrania.

El Gobierno húngaro reivindica —a las puertas de las elecciones de este domingo, las más reñidas desde que Viktor Orbán, considerado el aliado de Vladímir Putin en la UE, llegó al poder hace 12 años— los esfuerzos que está haciendo para proporcionar ayuda al gran flujo de personas que ya ha recibido y que espera que sigan llegando. Por el BOK Hall pasan unos 1.500 refugiados al día desde las estaciones de tren de la capital. Allí pueden permanecer durante un máximo de 12 horas para descansar, comer, adquirir billetes de tren, cambiar dinero y, si lo necesitan, solicitar información para quedarse en Hungría. Junto a representantes del Gobierno hay organizaciones humanitarias como Cáritas, Cruz Roja o Migration Aid.

Marta Pardavi, copresidenta del Comité de Helsinki húngaro, celebra la “muy positiva y rápida” reacción del Gobierno de Orbán, que desde el inicio de la guerra, el 24 de febrero, abrió espacios para acoger a los refugiados y ofrecer ayuda de emergencia. “Esta bienvenida es una excepción en un sistema muy cerrado”, advierte, sin embargo, en una colorida oficina en el barrio judío de Budapest, donde una decena de jóvenes expertos se afanan en resolver casos legales de demandantes de asilo. El Gobierno lo ha dejado claro en varias ocasiones: sus puertas están abiertas para los refugiados que huyen de la guerra de Ucrania; el resto siguen siendo considerados migrantes y son rechazados en la frontera.

Hungría ha hecho bandera del cierre de fronteras, de la construcción de vallas y del rechazo a los migrantes, especialmente si son musulmanes. Cuando miles de refugiados que huían de la guerra de Siria en 2015 intentaban atravesar el país para llegar sobre todo a Alemania, el Ejecutivo ultraconservador de Fidesz les cerró la puerta. De forma gradual, Budapest fue desmontando el sistema de asilo, lo que le costó enfrentamientos con Bruselas y la justicia europea: legalizó las expulsiones en caliente, rechazó el sistema de cuotas europeo, estableció que los solicitantes de asilo solo podían demandarlo desde las embajadas de Kiev (Ucrania) y Belgrado (Serbia), y criminalizó a las organizaciones de ayuda al refugiado.

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En medio de esta crisis, el Gobierno ha respondido. Pero organizaciones como Human Rights Watch le afea que no está informando de manera adecuada sobre el derecho a protección internacional temporal durante un año con el que cuentan los refugiados ucranios y que da acceso al sistema de bienestar, incluyendo la atención sanitaria y la educación. “Hemos publicado folletos informativos porque hemos detectado que no se está dando adecuadamente esta información”, denuncia también Parvadi. La responsable de la mayor organización de defensa de derechos humanos del país se pregunta si la razón “es pura incompetencia o si es consistente con el enfoque de Hungría de esperar que continúen su camino”. También tuvieron que mediar para que se resolviese la situación de los residentes de Transcarpatia con doble nacionalidad húngara-ucrania y se les reconociese también como refugiados. Ahora trabajan para que a los disidentes rusos o bielorrusos, o estudiantes extranjeros en Ucrania, por ejemplo, “que huyen de la misma guerra”, se les dé la misma protección.

El renacer de la sociedad civil

Aunque solo 8.000 se hayan registrado hasta el momento y muchos refugiados pasen de largo hacia otros destinos, Hungría da refugio a decenas de miles de personas, aunque a la copresidenta del Comité de Helsinki le preocupa que la bienvenida se sostenga a largo plazo. La emergencia llega cuando “la experiencia del sistema se ha borrado” y “no existe una cooperación óptima entre el Estado y la sociedad civil”, señala Parvadi, que está disfrutando del “renacer de la sociedad civil y el voluntariado”. En el último mes está ocurriendo que organizaciones muy estigmatizadas por ofrecer ayuda en la crisis de 2015, como Migration Aid, sean bienvenidas en lugares como el BOK Hall, donde el Gobierno reconoce que toda ayuda es necesaria.

Además de un espacio en ese centro donde ofrecen información a los que acaban de llegar, Migration Aid ha abierto en tiempo récord un albergue también para refugiados en tránsito, en una zona industrial del norte de Budapest. En un día, con la ayuda de una treintena de voluntarios y material procedente de donaciones privadas —colchones, ropa de cama, comida, etc.—, acondicionaron las 64 habitaciones y 260 camas del edificio vacío que iba a ser una pensión para trabajadores del polígono.

Márton Elodi, un desarrollador de software de 26 años, acudió como voluntario por un llamamiento en Facebook y desde el 11 de marzo coordina el albergue de la calle Madrid. En la sala habilitada como comedor, donde todos los días ofrecen una comida y distribuyen 400 bocadillos, todo gracias a donaciones privadas y de empresas, detalla que los “huéspedes” se pueden quedar hasta tres días mientras organizan las siguientes etapas de sus viajes. “Este sitio es más humano que otros y vemos que los refugiados, sobre todo mujeres y niños, se animan después de unos días”, cuenta Elodi.

No es el caso todavía de Daria Naimitenko, pelirroja de piel pálida y ojos rasgados, que permanece de pie en la recepción con la mirada clavada en el infinito. Esta estudiante de periodismo de 22 años explica que salió de Ucrania el 25 de marzo con su suegra por el paso fronterizo de Palanca, en Moldavia. De ahí fueron a Bucarest y ahora, desde Budapest, tienen previsto ir en tren a Bratislava para pedir una visa y viajar a EE UU, donde vive su cuñada. Su marido se ha quedado en Mikolaiv y su familia vive en Lugansk, en la región de Donbás. Solo con escuchar los nombres de estos dos lugares uno se da cuenta de la angustia que acarrea en este periplo, en el que Budapest es una etapa más del camino.

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Se preveía una guerra relámpago, y no una de desgaste de duración indefinida. Pero un mes después de la invasión rusa de Ucrania, la situación parece alargarse en el tiempo. Con Moscú atascada en distintos frentes, en buena parte gracias a la resistencia de las fuerzas ucranias, la Unión Europea teme que el conflicto se podría prolongar meses o incluso años, forzando la crisis humanitaria más allá de lo esperado. Los Veintisiete, que ya cuentan con 17.000 millones de euros a su disposición facilitados por la Comisión y con el respaldo de la directiva de protección internacional —aprobada por primera vez en la historia de la UE para hacer frente a la emergencia— buscan ahora soluciones financieras y mecanismos de reparto solidario de refugiados para dar una respuesta en el largo plazo.

La guerra en Ucrania ya ha provocado el mayor éxodo en Europa desde la II Guerra Mundial, con 3,8 millones de personas atravesando las fronteras de su país en busca de refugio en la UE. Las cifras podrían elevarse hasta los ocho o incluso los 10 millones en los próximos meses, según estiman fuentes comunitarias, citando números de la ONU. “Hay que prepararse para algo estructural”, advierten.

“No sabemos cuál va a ser el próximo paso que va a dar [el presidente ruso, Vladímir] Putin. Tenemos que estar preparados”, ha asegurado este lunes en Bruselas la comisaria europea de Interior, Ylva Johansson, en una comparecencia tras una reunión extraordinaria de ministros del Interior de la UE, convocada para dar respuesta a la emergencia humanitaria. Johansson ha urgido a preparar “planes de contingencia por si la situación se deteriora”.

En la cita, los ministros han aprobado un decálogo de acciones para aliviar el drama humanitario. Entre los puntos, se reclama la creación de una plataforma europea única y centralizada para registrar a los recién llegados, con el fin de evitar duplicidades y errores de cálculo; pide coordinar entre los distintos socios comunitarios el transporte y la información, a través de puntos neurálgicos a los que puedan acudir los refugiados que quieran viajar por territorio Schengen.

Los Estados miembros también han acordado crear una especie de índice de países en función de su capacidad de recepción y acogida, para alentar el movimiento de ucranios hacia ellos, quitando presión a los Estados más saturados. Se prevé además la puesta en marcha de un plan de lucha contra la trata de seres humanos. Ya antes de la guerra, Ucrania estaba entre los cinco países con mayor tráfico de personas hacia la UE, según la Comisión. Y las ONG que actúan sobre el terreno han alertado de posibles situaciones de acoso de proxenetas.

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Plan de acogida para la infancia

Los Veintisiete buscan además una solución común y coordinada para la acogida de la infancia: los niños suman más de la mitad de las llegadas a territorio comunitario. Son tantos que, como indicaba la semana pasada el vicepresidente de la Comisión, Margaritis Schinas, es como si en un solo mes se hubiera multiplicado casi por tres el número de nacimientos anual de Polonia.

A pesar de que el flujo de llegadas ha bajado —ha pasado de las 200.000 entradas diarias a cerca de 40.000, según cifras aportadas este lunes por la comisaria de Interior—, las capitales europeas ubicadas en primera línea temen que la presión desborde sus capacidades de alojamiento, asistencia social y sanitaria y acceso a la educación en el medio y largo plazo. A Polonia, primer país receptor, han llegado más de 2,2 millones de personas en las últimas cuatro semanas, según ACNUR. Le siguen Rumania (casi 600.000), Hungría (594.000) y Eslovaquia (275.000).

En la Comisión Europea reconocen, además, que los refugiados no se han redistribuido de forma voluntaria por los Estados miembros en el volumen que se esperaba. Esta era la apuesta inicial de Bruselas: las personas ucranias, al no tener restricciones de movimientos en zona Schengen, se irían trasladando a diferentes países. Pero la mayoría se han quedado en los lugares de primera acogida, cerca de su país de origen, previsiblemente para aguardar a un posible regreso.

Bruselas ha movilizado hasta 17.000 millones para hacer frente a la emergencia, según indican fuentes comunitarias. La cantidad es un encaje de bolillos presupuestario que bebe, entre otros, de los fondos estructurales del periodo 2014-2020 aún no gastados y de la iniciativa React-EU, creada para ayudar a los territorios a fortalecer el Estado del bienestar, blindar los servicios públicos y reactivar la economía tras el impacto de la pandemia. Los mecanismos, sin descender al detalle de las sumas, fueron anunciados la semana pasada por la Comisión.

El Ejecutivo comunitario no descarta ampliar las cantidades ante el drama que se avecina. En el Consejo Europeo celebrado este jueves y viernes en Bruselas, los jefes de Estado y de Gobierno emplazaron al Ejecutivo comunitario a buscar más recursos, según las conclusiones pactadas durante la cumbre. Los Veintisiete piden que “se completen con urgencia los trabajos sobre las recientes propuestas de la Comisión tendentes a respaldar a los Estados miembros, de manera que pueda movilizarse con rapidez la financiación de la UE para los refugiados y para quienes los acogen, e invita a la Comisión a que trabaje sobre otras propuestas para reforzar el apoyo de la UE”.

“Está claro que nuestros recursos y capacidades de acogida no serán suficientes para hacer frente al creciente flujo de personas”, asegura una carta enviada al Ejecutivo comunitario de forma conjunta por los ministros de Interior de Alemania, Nancy Faeser, y de Polonia, Mariusz Kaminski, a cuyo contenido ha tenido acceso EL PAÍS. “Esto es especialmente cierto a largo plazo”, añade la misiva, fechada el pasado viernes, y cuya intención era en parte marcar el debate de los ministros de Interior, reunidos este lunes para abordar la emergencia.

En Polonia se han quedado en torno a un millón y medio de personas, según cifras de la Comisión. Hasta Alemania han llegado ya cerca de 300.000 en movimientos secundarios desde los países fronterizos. A otros países, como Francia, se han desplazado al menos 30.000, según cifras aportadas este lunes por el ministro del Interior de este país (el 80% de ellas mujeres). En la carta, Berlín y Varsovia reclaman a la Comisión esquemas financieros que alivien a las capitales más afectadas de forma urgente, como por ejemplo aportar 1.000 euros por cada refugiado acogido en los primeros seis meses desde el inicio de la guerra.

El texto asegura que Polonia estima haber gastado hasta ahora 2.200 millones de euros en la asistencia humanitaria a los refugiados. “Eventos extraordinarios requieren medidas extraordinarias”, asevera la misiva, que reclama además potenciar la “plataforma de solidaridad” para “facilitar la posibilidad de viajar en condiciones seguras a otros Estados miembros”.

La carta se mueve en línea con el decálogo aprobado por los ministros de Interior. Aunque, de momento, la UE no tiene previsto activar ningún mecanismo obligatorio de cuotas de refugiados, la idea es alentar su desplazamiento voluntario con mayor información sobre los países con capacidades de acogida disponibles y el fomento de centros de transporte con acceso a trenes, autobuses e incluso vuelos.

La respuesta a la crisis de refugiados ha marcado un hito en la UE. Solo una semana después de que comenzara ala guerra, activó por primera vez una regulación jamás utilizada antes, la directiva de protección internacional, que permite la entrada en territorio comunitario de un número ilimitado de personas que huyen de una catástrofe. Los ucranios tienen derecho con su pasaporte a tres meses de estancia en la UE. Esta directiva, sin embargo, amplía la protección hasta el año, renovable automáticamente dos veces por periodos de seis meses, y permite el acceso a vivienda, escuelas, atención sanitaria y empleo. Hasta ahora, 800.000 personas han solicitado el amparo de esta directiva, según ha detallado la comisaria Johansson en su comparecencia.

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El Ejército de Ucrania también logra avances en el este de Kiev que se suman a los conseguidos en los últimos días en el noroeste. Las tropas rusas están perdiendo posiciones en las dos principales vías que han tratado de abrir desde que comenzó la invasión el pasado 24 de febrero para intentar llegar al corazón de la capital. Una base militar atacada entonces a la entrada de Brovari, en la orilla oriental del río Dnieper y a las puertas de Kiev, es el recuerdo del rápido avance ruso en los primeros días de contienda. Pero nunca lograron pasar de ahí y en el último mes no han hecho más que perder terreno. En medio de ese estancamiento, Moscú ha dado un giro en su intención inicial de asestar un golpe rápido a Kiev y al Gobierno del presidente Volodímir Zelenski y asegura ahora que su objetivo es tomar solo la región de Donbás, al este del país, y que los separatistas prorrusos controlan en parte desde hace ocho años.

En la zona de Brovary y Borispyl, al este de Kiev, “el enemigo se está moviendo” pero no está listo “para una ofensiva”, dijo este viernes Oleksandr Hruzevich, vicejefe de las Fuerzas Terrestres de Ucrania, durante una comparecencia pública. Pese a que se ha superado ya el primer mes de guerra, el centro de Kiev, objetivo principal ruso, sigue lejos de estar en la línea de fuego. En todo caso, las tropas rusas “todavía tienen fuerzas para atacar y lo van a hacer en un futuro próximo”, apuntó Hruzevich. Los contraataques ucranios y los problemas de suministro de las fuerzas rusas “han permitido a Ucrania volver a ocupar ciudades y posiciones defensivas hasta a 35 kilómetros al este de Kiev”, según datos de las autoridades del Reino Unido citados por la agencia Reuters.

“Hemos salido con nuestro coche de Shevchenkove por un pasillo humanitario que organizó el Gobierno. Al salir pasamos por tres controles con los rusos armados que revisaban los documentos”, relata Volodímir, de 68 años. “Un matrimonio joven de mi pueblo que trabajaba en el mercadillo ha sido fusilado a tiros por los soldados rusos, el coche con todo lo que estaba dentro destrozado, les hemos enterrado”, añade.

Volodímir es uno de los que espera su turno junto a varias decenas de personas para registrarse en la plaza central de Brovari ante las dependencias municipales. Algunos están enojados porque quieren recibir mejores ayudas. Son ciudadanos que han escapado o han sido evacuados en los últimos días de localidades en disputa entre los dos ejércitos.

“Bohdanivka estaba toda llena de soldados rusos”, cuenta Irina, de 58 años, otra de las que hace cola para registrarse y que fue evacuada a Brovari en la noche del pasado 23 de marzo. “Hemos dejado las casas abiertas para que no rompan nada al querer entrar, porque están destruyendo las ventanas y las vallas”. Irina, acogida en casa de una hermana, lamenta no haber recibido todavía nada y critica que el ritmo de la atención no es el que ella esperaba. “Prometen ayuda para la gente con enfermedades oncológicas, como yo, medicinas, ayuda humanitaria, productos y ayuda material de 2.000 grivnas por persona (unos 70 euros al cambio) y 3.000 (unos 105 euros) para personas con discapacidad, como es mi caso”.

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Algunos milicianos armados ordenan en la plaza el flujo de las peticiones de ayuda mientras la sirena que alerta de un posible ataque desde el aire dirige a algunos de los refugiados a un refugio próximo. Otros no se dan por aludidos. “Estaban bombardeando los almacenes y la calle central. En la casa de un amigo han destruido la puerta de entrada. Eran las dos de la madrugada y menos mal que los niños estaban en el sótano, porque los rusos entraron a la casa y tiraron una granada al dormitorio. Quemaban las casas”, rememora Volodímir, que llegó a Brovari el 20 de marzo desde Shevchenkove.

Una columna de humo sobre el cielo de Kiev este viernes.
Una columna de humo sobre el cielo de Kiev este viernes.Luis de Vega

Unas 20.000 personas han abandonado Borispol, un suburbio al este de Kiev cerca de donde se encuentra el aeropuerto de la capital, para facilitar las tareas del Ejército ucranio frente al ruso, según explicó el alcalde, Volodímir Borisenko, a la agencia Reuters.

La estrategia del Ejército local es dificultar la llegada de suministros a los rusos y tratar de rodear cerca de Kiev a sus tropas una vez desabastecidas, según un portavoz militar. Calcula que el Kremlin tiene desplegados unos 19.000 hombres en el noroeste de la capital ucrania, que ha sido el principal objetivo militar y político del presidente ruso, Vladímir Putin, desde que ordenó la invasión. Las fuerzas de tierra que comanda el general Oleksandr Sirskii llevan días logrando frenar el avance de las tropas del Kremlin al noroeste de la capital en torno a las disputadas localidades de Irpin, Gostomel, Bucha y Makariv.

Al este de la principal orbe del país, desde la entrada de la base militar de Brovari, se observa que los daños son evidentes en distintos edificios tras el ataque ruso al comienzo de la guerra. Varios vehículos destrozados en la refriega, entre ellos un blindado del Ejército ucranio, sirven ahora de barricada para ralentizar el paso de los vehículos por la carretera. Uno de los que controla el lugar es Serguéi, de 27 años, empleado de una empresa tecnológica de EE UU al que le han permitido unirse a la defensa civil de su país y, al mismo tiempo, seguir percibiendo el mínimo de su sueldo. El joven, armado y pertrechado con toda la parafernalia militar, no escucha de fondo más disparos que los de sus compañeros que realizan prácticas de tiro dentro de las instalaciones militares.

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La última frontera del continente europeo que han cruzado un millar de ucranios desde comienzos de marzo se atraviesa en un automotor diésel de Comboios de Portugal que suele partir de la vía 1 de la estación de Badajoz alrededor de las 16.25. Este domingo aguarda la llegada del retrasado tren de Madrid con 31 refugiados. Cuando se apean en el andén, los voluntarios de Cruz Roja fotocopian a toda prisa sus pasaportes, reparten bolsas de plástico con bocadillos y les proporcionan una pulsera verde que les identifica. El todoincluido de la guerra. Los trenes de Europa al servicio del mayor movimiento demográfico desde la Segunda Guerra Mundial: más de 3,5 millones de desplazados por la contienda en Ucrania se distribuyen por un continente que –esta vez, sí– les ha abierto los brazos de par en par.

Los ucranios sufren la pésima conexión ferroviaria entre España y Portugal, que les obliga a tomar tres trenes y emplear 10 horas y media para recorrer 624 kilómetros. A estas alturas, apenas una menudencia que solo añade cansancio al agotamiento que acumulan refugiados como Violetta Khadasevich y Serguéi Dzemikhov, que habrán recorrido nueve países cuando esta noche lleguen a su destino final tras más de una semana de viaje.

En su vida anterior al 24 de febrero eran sumilleres en Kiev. Tienen 23 y 26 años, están casados y son bielorrusos. Huyen con Elena, la madre de Serguéi, y su mascota Mike, un perro abandonado que adoptaron en un refugio en Bielorrusia hace cuatro años y que no ladrará ni una sola vez durante las cinco horas que dura el trayecto hasta Lisboa. Tampoco los niños hacen ruido, entretenidos en juegos en el móvil, ni se elevan voces de conversaciones entre adultos. Las madres reprenden a los pequeños que corretean por el pasillo, como si no quisieran molestar. Las vidas de quienes huyen caben en pequeñas bolsas que se apiñan en el compartimento superior de los asientos.

Violetta y Serguéi han pasado la noche en un albergue en Badajoz, atendido por Cruz Roja. Los sumilleres están curtidos en huidas. Hace dos años salieron de Bielorrusia, después de que la policía apaleara a Violetta durante toda una noche. Ella muestra la foto de su torso amoratado. Explica que la detuvieron sin motivo camino del metro. Se mudaron a Kiev. “Teníamos una buena vida. Nos ayudó un montón de gente a encontrar trabajo y a tener documentos”, explica Serguéi dentro del tren. Un Kiev que nada se parece al que dejaron atrás, sometido a las reglas de la guerra. Su último techo allí fue una estación de metro para protegerse de bombardeos. Esperan reconstruir su vida por tercera vez en dos años.

A pesar de que los refugiados tienen que recorrer más de 4.000 kilómetros hasta Portugal, el país del continente más alejado de Ucrania, 18.400 han recibido ya el estatuto de protección temporal que concede el Gobierno luso para agilizar su integración: los niños entran en el sistema educativo y los mayores pueden trabajar sin trabas burocráticas. Aunque sorprendentemente no había ningún dispositivo de acogida a su llegada a Lisboa y fueron encaminados a una comisaría de policía cercana para recibir ayuda.

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La solidaridad de la colonia ucrania afincada desde hace años en Portugal (más de 27.000 personas en 2021) incentiva también el largo desplazamiento. La pareja bielorrusa tiene amigos en Nazaré, mientras que Irina, que viaja con su cuñada y su sobrina de seis años, pretende llegar hasta Setúbal, donde residen familiares.

El ucranio Igor Ryzhykov, en el tren que le lleva de Badajoz a Lisboa el pasado domingo 20 de marzo.
El ucranio Igor Ryzhykov, en el tren que le lleva de Badajoz a Lisboa el pasado domingo 20 de marzo.JOAO HENRIQUES (JOAO HENRIQUES / EL PAIS )

No todos eligen Portugal por disponer de una red de apoyo. Igor Ryzhykov escogió el país por su buena imagen: “Agradable y donde la gente habla bien inglés”. Su familia está a salvo de momento en la zona occidental de Ucrania y confía en poder traer a su hija con él en cuanto logre instalarse. La guerra entró en su vida a las cinco de la mañana con dos explosiones que le despertaron en Járkov, la segunda ciudad más grande de Ucrania y una de las más rusófilas por su cercanía geográfica (a 40 kilómetros de la frontera). “Mi madre tiene hermanos que viven en Rusia. Les llamó para decirles que Putin había invadido el país y no se lo creían, decían que eran los americanos. Ellos creen antes la propaganda de Putin que nuestras palabras”, relata Igor Ryzhykov en el andén de Badajoz, poco antes de la salida del tren. Su viaje hasta aquí ha sido menos extenuante que otros, gracias a un vuelo que le llevó de Rumania a Barcelona.

Preguntar por el fin de la guerra es absurdo, pero Igor responde: “Espero que alguien mate a Putin, pero creo que los rusos son zombis. Tal vez protesten dentro de unos meses, cuando las sanciones hundan su economía. Ellos pueden ganar la guerra con ataques aéreos, pero creo que sobre el terreno nuestro ejército es más fuerte”.

También el nigeriano William Obiana, un programador informático de 29 años que se formó y montó su vida en Kiev, ha escogido Portugal a pesar de no disponer de redes de apoyo. Lo suyo fue más analítico. “Hice una investigación entre diferentes países para ver las ayudas a los refugiados y Portugal me pareció el mejor, junto a Noruega, Francia y España. El peor es Suecia”, afirma. El mito nórdico se resquebraja. Lo percibió también en la práctica tras pasar por nueve países, Suecia incluida, en 14 días.

Deja atrás trabajo, amigos, dinero y apartamento. Sobre todo deja una vida a la que ahora mira con una añoranza dolorosa: “Los ucranios son uno de los pueblos más agradables que he conocido nunca. Fui a Kiev a estudiar porque tienen un buen sistema educativo, ahora trabajaba y tenía la residencia. Ucrania es mi casa y quiero volver cuando la guerra acabe”.

Refugiados de la guerra de Ucrania, en el tren que les llevaba de Badajoz a Lisboa el pasado domingo 20 de marzo.
Refugiados de la guerra de Ucrania, en el tren que les llevaba de Badajoz a Lisboa el pasado domingo 20 de marzo. JOAO HENRIQUES (JOAO HENRIQUES / EL PAIS )

Los primeros refugiados que llegaron a Badajoz eran estudiantes asiáticos que huían del conflicto. El flujo constante (reciben grupos diarios de entre 30 y 90 personas) obligó a Comboios de Portugal a reforzar el solitario automotor con un segundo coche. “Comenzaron el pasado 5 de marzo y desde entonces llegan a diario, aunque el perfil ha cambiado y cada vez son más ucranios”, explica Sandra Murillo. Ella y Víctor Domínguez coordinan el dispositivo de emergencia de Cruz Roja en Badajoz, que se encarga de recibir y atender a los refugiados. “Cada historia da mucha pena. Hay gente que trae maletas, otros que han comprado cosas por el camino y otros que no tienen nada”, describe Murillo. Entre el millar de personas que han atendido, había 144 menores y 18 mayores de 65 años. Cuando llegan de Madrid en trenes que no enlazan con la única conexión que parte hacia Lisboa, pernoctan en un albergue. El dispositivo de Cruz Roja incluye actividades para entretener a los niños y asistencia psicológica y jurídica para los adultos.

El tren tarda tres horas en cubrir los 180 kilómetros entre Badajoz y Entroncamento, donde personal de bomberos voluntarios portugueses recibe a los refugiados y les dirige hacia nuevas líneas según su destino. Este domingo pasado había grupos para Fátima, Oporto y Lisboa. Mientras el automotor avanzaba por el Alto Alentejo, Irina respondía a través del traductor de voz de su móvil que usa desde que dejó atrás Mikolaiv, en el sur del país, con su cuñada y su sobrina de seis años. Su marido permanece allí para cuidar de su madre discapacitada y de su padre. Huyó con algo de ropa, documentos y un poco de dinero. Habla con constantes citas a Dios y con determinación, decidida a salir adelante. Tiene la misma solidez para dar las gracias a los voluntarios que para condenar a los rusos: “Para nosotros ese pueblo ya no existe, ni parientes ni amigos ni nadie. Esta no es nuestra guerra, no hicimos daño a nadie ni necesitábamos ser liberados, pero un día terminará y reconstruiremos Ucrania y seremos mucho mejores”. Y, sin que medien más preguntas, coge el teléfono para dejar una frase final: “Quiero decir que ahora maldigo a todos los rusos”.

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La guerra en Ucrania ha provocado que, al menos, tres millones y medio de personas hayan salido del país desde que Rusia inició su invasión el pasado 24 de febrero, según cifras del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Más de la mitad de los que huyen se dirigen a Polonia, uno de los múltiples países fronterizos a los que están intentando llegar. Según la ONU, cientos de miles han cruzado a Moldavia, Rumanía, Hungría y Eslovaquia. En concreto, Polonia ha acogido a más de dos millones de asilados y ha establecido ocho centros de recogida habilitados a lo largo de la frontera con Ucrania. En segundo lugar está Rumanía, que también ha habilitado varios centros de acogida en centros públicos desde el inicio de la guerra y ha acogido a más de medio millón de refugiados. Hungría ha hecho lo propio con poco más de 317.000. Moldavia y Eslovaquia han acogido a 368.000 y 253.000 personas, respectivamente. Además, casi un cuarto de millón de las mujeres y niños que han conseguido alejarse de la guerra lo han hecho emigrando a Rusia.

Sin embargo, los desplazados internos —que han escapado de sus hogares, pero continúan dentro del país— superan los seis millones y medio. El máximo responsable del Alto Comisionado de la ONU para los refugiados, Filippo Grandi, ha manifestado su preocupación por la rapidez con la que la población civil están huyendo de su país. “Entre las responsabilidades de los que conducen la guerra, en cualquier parte del mundo, está el sufrimiento que se causa a los civiles a los que se obliga a escapar”, afirmó Grandi este domingo al comunicar que la cifra de refugiados había alcanzado los diez millones. El Alto Comisionado también aseguró que no se había producido una ola tan rápida de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial, cuando entre 11 y 20 millones de personas tuvieron que marcharse de sus hogares por el conflicto.



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La ucrania Inna sale de la única oficina de cambio de divisas de la estación central de autobuses de la ciudad polaca de Lublin con las mismas grivnas (la moneda de su país) con las que entró. Ha escapado de la guerra a Polonia ―como cerca de dos millones de personas desde que comenzó el pasado 24 de febrero― y trata de obtener eslotis, la moneda de uno de los ocho países de la UE que no ha adoptado el euro. “El tipo de cambio era tan malo que he preferido cambiar unos dólares que tenía. Trajimos de Ucrania todo el dinero que nos quedaba”, cuenta junto a su amiga Natalia, que asegura que, visto lo visto, solo cambiarán grivnas a eslotis si necesitan dinero y es lo único que les queda. “Lo que vamos a hacer es intentar conseguir un empleo en Polonia”, tercia Inna.

El problema afecta a tanta gente en algo tan básico que ha llevado a intervenir al banco central y al ombudsman (el defensor del pueblo) de Polonia, Marcin Wiacek. Por un lado, porque se trata del país que ha recibido el 60% de los 3,2 millones de personas (sobre todo mujeres y niños) que han abandonado Ucrania por los países vecinos en apenas tres semanas, en el éxodo más rápido en Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Por otro, porque ya contaba con más de un millón de ucranios (principalmente migrantes económicos) entre sus 38 millones de habitantes, así que no son pocos los refugiados que estos días escogen quedarse aquí, alojados por familiares, amigos o conocidos, en vez de continuar hacia países más ricos de la UE.

Inna muestra eslotis que acaba de obtener y grivnas que no ha llegado a cambiar, este miércoles en la estación de autobuses de la ciudad polaca de Lublin.
Inna muestra eslotis que acaba de obtener y grivnas que no ha llegado a cambiar, este miércoles en la estación de autobuses de la ciudad polaca de Lublin.Massimiliano Minocri

El asunto inquieta más allá de las fronteras de Polonia, porque cientos de miles de ucranios han llegado ya a países de la zona euro. El vicepresidente de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis, señaló el pasado martes que está trabajando con el Banco Central Europeo en “una especie de ayuda a la convertibilidad, de forma que las personas puedan convertir en euros al menos alguna cantidad de sus ahorros en grivnas”.

A Inna y Natalia el tipo de cambio (10 eslotis por 100 grivnas) les pareció abusivo, pero podría haber sido mucho peor. Es similar al que aparece en la página web del Banco Nacional Polaco con un asterisco que precisa que sigue así desde el 24 de febrero. Ese día, el del inicio de la invasión rusa, el Banco Nacional Ucranio congeló la tasa de cambio y suspendió los pagos transfronterizos y todos los intercambios y retiradas de divisas. “Hace solo tres días dábamos cuatro eslotis. Y hace una semana, dos. Este es el mejor [cambio] que tenemos desde que empezaron a llegar [refugiados ucranios]”, explica Slawek Sobiesiak, propietario de la citada casa de cambio en esta, para muchos, ciudad escala hacia Varsovia por tren o autobús. A 100 kilómetros de Lublin, otras dos casas de cambio en las inmediaciones del puesto fronterizo entre ambos países de Dorohusk ofrecían un importe similar: 9 y 9,5 eslotis. Sobiesiak calcula que un 90% de los cambios de grivnas que gestiona son a eslotis, un 5% a euros y otro 5% a dólares.

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La situación ha llevado al ombudsman polaco a involucrarse. El pasado día 4 emitió un comunicado en el que mostraba su preocupación por las “importantes dificultades” que encontraban los refugiados ucranios para vender grivnas y el “impacto directo” que tienen “en su situación económica y dignidad”. Además, aseguraba que el tipo de cambio que ofrecen algunos comercios “puede verse como una especie de usura” y que había pedido soluciones al primer ministro, Mateusz Morawiecki, y al presidente del Banco Nacional de Polonia, Adam Glapinski.

Dos dinámicas contradictorias

Piotr Arak, director del think-tank Polski Instytut Ekonomiczny (Instituto Económico Polaco), con sede en Varsovia, explica por teléfono que la notable presencia de trabajadores ucranios hacía que en los últimos años los eslotis se cambiasen con frecuencia a grivnas en Polonia, principalmente como remesas. Con el aluvión de refugiados, el flujo cambió por completo y tocó conciliar dos dinámicas contradictorias. Una, la necesidad humanitaria y el gesto político de ayudar a los refugiados ucranios. Otra, que a pie de calle ni bancos ni cambistas privados se pirrasen por acumular una divisa con un presente complicado y un futuro incierto. “Ya antes de la guerra, Ucrania no era una economía fuerte, especialmente después de 2014 [cuando Rusia se anexionó Crimea y estalló el conflicto bélico en el Donbás], ni la grivna funcionaba muy bien […] Es difícil que alguien la quiera mantener, porque nadie sabe cuánto va a durar la guerra ni qué va a pasar con ella”, explica. Los medios polacos han informado de que en Varsovia y Cracovia, las dos principales ciudades del país, varios cambistas tienen tantas grivnas que directamente no compran más. En las redes sociales circulan además fotografías de colas de hasta decenas de metros a la entrada de oficinas de cambio.

El Banco Nacional Polaco ha intervenido para resolver parcialmente el problema, al erigirse como garante y fijar un tipo de cambio ―más beneficioso que el de mercado― por el que los ucranios pueden pasar las grivnas desde bancos de su país a cuentas que abren en bancos privados polacos y donde entran ya como eslotis. Arak admite que la garantía supone “un riesgo sistémico” para el país, porque “tener una divisa que no es intercambiable es como tener un activo tóxico”, pero matiza que la economía ucrania es pequeña, sus habitantes no tienen grandes cantidades de dinero y Polonia cuenta con “uno de los sistemas bancarios más sanos”. También está ayudando a los refugiados la depreciación de su moneda y que algunos cambistas polacos estén renunciando al beneficio con tal de vender grivnas, lo que equilibra la oferta y la demanda.

El diario económico Puls Biznesu apunta este jueves a que antes de que acabe el mes los ucranios podrán cambiar grivnas por eslotis a un tipo digno que se está pactando con la parte ucrania y hasta una cantidad determinada. Una semana antes, Iwona Duda, presidenta del mayor banco del país, PKO Bank Polski, había señalado al periódico Dziennik Gazeta Prawna que un equipo especial estaba articulando una solución al problema. Será para quienes tienen pasaporte ucranio y acorde con la legislación contra el blanqueo de dinero, que obliga a conocer datos personales y el origen del dinero, lo que casa mal con una salida apresurada, en ocasiones sin pasaporte ni documentos importantes.

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Debajo de un puente peatonal, un policía municipal de Tijuana juega con su teléfono. Desde el interior de un coche vigila una plaza acordonada, desierta. La garita El Chaparral, uno de los pasos peatonales de México a Estados Unidos, albergaba un campamento de casi 400 migrantes centroamericanos que pedían ingresar a California. Fueron desalojados del lugar el 6 de marzo. Hoy viven en diversos albergues. La zona se prepara ahora para la crisis que viene. El uniformado apuntaba el miércoles al oeste, a la aduana de San Ysidro, a poco más de dos kilómetros de distancia. “Allá están llegando los rusos”, decía con impaciencia por volver al móvil. Una de las fronteras con más movimiento de América aguarda las olas que ha provocado del otro lado del globo la guerra en Europa, un conflicto que ha dejado hasta el momento a tres millones de ucranios desplazados.

Ucranios y rusos comenzaron a llegar a la línea fronteriza la semana pasada. Se toparon con el muro que la Administración de Joe Biden ha dejado en pie de los tiempos de su predecesor, Donald Trump, un pantano burocrático que retrasa las solicitudes de refugio y asilo, un mecanismo que fue dañado por el republicano y que el presente Gobierno ha prometido reparar. Pero el recrudecimiento de la ofensiva de Vladímir Putin en Ucrania ha movido el engranaje en Washington. Cualquiera que muestre hoy un pasaporte ucranio puede entrar a Estados Unidos. El domingo pasaron once, el lunes nueve. Y así ha sido, a cuentagotas, en una aduana donde cada día cruzan en promedio unas 14.400 personas. Los ciudadanos del país bajo asedio son estos días una estrella fugaz en la frontera. Su paso parte en dos las nutridas filas de personas que aguardan el cruce.

TIJUANA BAJA CALIFORNIA, 11MARZO2022.- Familias víctimas del conflicto entre Ucrania y Rusia sigue arribando  a Tijuana y permanecen en la entrada de la garita Internacional de San Ysidro con el objetivo de pedir asilo humanitario a Estados Unidos. Los migrantes están a la espera en la garita peatonal para ser atendidos por personal del CBP (Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos) de los cuales hay menores de edad.Estas familias salieron de sus países el pasado 24 de febrero y llegaron a la ciudad ayer, una de las grandes complicaciones a las que dicen que se han enfrentado es el idioma, pues no hablan español ni inglés, por lo que han tenido que utilizar aplicaciones de traducción para poder comunicarse. FOTO: OMAR MARTÍNEZ /CUARTOSCURO.COM

“Sabemos que los ucranios son los privilegiados ahora”, cuenta Marc, un moscovita de 32 años, quien prefiere no revelar su apellido. Es uno entre la treintena de rusos que han llegado a Tijuana en los días recientes. Gerente de un restaurante, se opone a la guerra y acudió a algunas manifestaciones en contra del conflicto. Dice que tenía un buen sueldo y un buen salario. Reconoce que tuvo algunos problemas con la policía, pero no quiere entrar en detalle porque sus padres y suegros siguen en el país. “La guerra me dejó claro que nada volverá a ser igual en Rusia. Las cosas iban mal y ahora solo pueden ir a peor”, afirma en inglés.

Gastó 2.000 dólares en billetes de avión para él y su esposa Oxana, de 29 años. Salieron hace seis días a Turquía, después para Alemania, desde donde volaron al puerto turístico de Cancún. Sentado frente a las olas del Caribe, pensaron qué hacer con sus vidas. Cuatro días después, allí están. Duermen sobre el asfalto, a escasos metros de la puerta que sueñan cruzar como asilados políticos. “No son vacaciones, estamos huyendo”, afirma. Es rubio, rapado y de ojos de un verde profundo. Viste una camiseta del álbum de And Justice for All, de Metallica. No le queda más que esperar, aunque sea un año. “No habrá vuelta para nosotros a Rusia”.

Ciudadanos rusos en la garita de San Ysidro.
Ciudadanos rusos en la garita de San Ysidro. Omar Martínez (CUARTOSCURO)

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Las autoridades locales temen que este campamento se salga de control en las próximas semanas. Los asentamientos despiertan el optimismo de muchos otros. En menos de una semana, allí llegaron migrantes de Guerrero que huían de la violencia, una pareja de colombianos y hasta un sirio cuyo lenguaje de solidaridad con los rusos se basaba en el intercambio de cigarrillos. Migrar es más fácil si es un sueño colectivo. Pero la tarde del miércoles un funcionario del ayuntamiento de Tijuana se acercó al grupo para entregarles una carta que les prohíbe dormir o vivir en la calle. El texto les ofrecía llevarlos a uno de los albergues de la ciudad. El documento tardó días en llegar porque no encontraban a un traductor que redactara en ruso. El mensaje dejó preocupados a los nuevos migrantes.

Una haitiana que paseaba a su perro por la garita fronteriza le daba consejo a Maxi, un checheno de 35 años que arribó también al Estado de Quintana Roo desde San Petersburgo junto a su esposa Amina, embarazada de dos meses, y dos hijas, de 5 y 8 años. “Hagan lo que hagan, no les mientan [a las autoridades de EE UU] ni traten de entrar ilegalmente. Si lo hacen, nunca los van a dejar pasar”, les indicaba la mujer. Maxi, quien se considera un disidente, dice que no está dispuesto a soportar más las mentiras del régimen de Putin, un nombre que tanto él como los otros mencionan en un susurro. “Esto nunca podría pasar en Rusia. Estaríamos cinco minutos y después todos estaríamos en la cárcel. Tú incluido”, dice a través de la traducción de Marc. Amina explica que las niñas extrañan a sus maestras y a sus compañeros de la escuela. De momento, les han contado que todo es una aventura. También les han mentido diciendo que pronto volverán a casa.

La garita de San Ysidro es un punto que recibe las interminables crisis del mundo. La llegada de hondureños habla de la miseria y la violencia pandillera. La de venezolanos, de una emergencia económica y humanitaria sin salida. Los haitianos, de una crisis política y los desastres naturales que se han ensañado con su país. Los mexicanos huyen de las balas del narco. Y Yuri Savkin, de 36 años, porque quería poner la mayor distancia posible entre su país y él. “En mi opinión, hay una posibilidad de que Putin lance un misil nuclear a Europa”, dice con ayuda del traductor de Google.

Savkin viajó desde Chernogolovka, a 80 kilómetros de Moscú, hasta Ciudad de México, adonde aterrizó el 14 de marzo. Junto a él llegaron su esposa Helen, de 44, y Sonia, su hija de 9 años. “Decidí abandonar el país y no esperar el llamado del Ejército porque no quiero luchar contra la población civil ni obedecer órdenes criminales”, afirma. Viste una elegante chaqueta de Tommy Hilfiger y su rostro luce manchas de protector solar. En su país era un empresario con un servicio de inversiones financieras. Todo se ha esfumado con las sanciones impuestas por Occidente. Tiene 3.000 dólares con él. No puede tocar el dinero que tiene en Inglaterra. Sus tarjetas están bloqueadas y sus cuentas congeladas. Hoy su único privilegio es ocupar el primer sitio junto a la cerca de alambre de púas, la violenta arquitectura de la Patrulla Fronteriza. Lleva cinco días publicando su historia en las redes sociales de políticos estadounidenses. Cuenta con 180 días, la estancia legal en México, para que alguien en Estados Unidos lo escuche. “No hay plan B”, finaliza.

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Para la masa de mujeres y niños ucranios que huyen a la vecina Polonia en trenes abarrotados, la próxima estación se llama desconcierto. Las dos palabras que más se escuchan estos días en los puntos donde recalan los refugiados (estaciones de tren y de autobuses, centros de acogida temporal, pasos fronterizos…) es “no sé”. Se la dicen entre ellos cuando inquieren el nombre de la localidad polaca en la que se encuentran, adónde lleva el siguiente tren o si tienen que hacer algún trámite para entrar en Alemania o Italia, pese a encontrarse ya dentro de la zona Schengen de libre tránsito. Dudas que normalmente resuelven los voluntarios allí desplegados, varios de ellos ucranios, o polacos que hablan ruso, ucranio o inglés. También responden a menudo “no sé” a los periodistas que les preguntan adónde se dirigen. Algunos ucranios cruzan con una idea más o menos clara (que generalmente consiste en llegar a la casa de familiares o amigos que ya vivían en otras partes de Europa), pero muchos otros simplemente han metido a toda prisa lo imprescindible en maletas y bolsas de la compra sin más proyecto que escapar de una guerra que nadie sabe cuánto durará.

Ya en la UE, recobrado el aliento y con una tarjeta SIM polaca que reciben como regalo, comienza para muchos el dilema: Y ahora, ¿qué? ¿Quedarse en las zonas más próximas a Ucrania de los países fronterizos, con la esperanza, más visceral que racional, de que la guerra acabe en breve? ¿O pergeñar una nueva vida en un país desconocido?

Ya habían escapado de la guerra unos 2,6 millones de ucranios —de los tres millones que ya han huido— cuando Dasha Liniuk, que se resistía a hacerlo, tomó con su madre y su hermano el primer tren a la ciudad polaca de Chelm, a unos 20 kilómetros de la frontera. La madrugada del 11 de marzo, su ciudad, Lutsk, en Ucrania occidental, había sido bombardeada por primera vez desde el inicio del conflicto, el pasado 24 de febrero. “Honestamente, no tenemos ni la menor idea de lo que hacer. Nuestro único plan ahora mismo es reunirnos con mi padre. Conduce un camión y está trabajando por ahí; un día duerme en España; otro en Francia o Italia, así. La guerra le pilló fuera de Ucrania. Mi plan ahora es darle un abrazo y muchos besos”, asegura mientras hace cola ante una ventanilla en el vestíbulo de la estación, repleto de refugiados.

Refugiados ucranios abordan un tren con destino a Lublin, el pasado 11 de marzo en la estación de Chelm, en el este de Polonia.
Refugiados ucranios abordan un tren con destino a Lublin, el pasado 11 de marzo en la estación de Chelm, en el este de Polonia.MASSIMILIANO MINOCRI

“Quiero quedarme en Polonia porque está más cerca de Ucrania, para poder volver pronto. No nos hemos ido antes porque estábamos a salvo en nuestra ciudad. Pero vamos a volver a Polonia. Al 100%. Es mi patria. Y supongo que cada uno lo piensa de su país, pero para mí es el mejor del mundo”, dice con una risotada que relaja el preocupado rostro de su madre. Liniuk trabaja en Lutsk de camarera, pero ahora no va a buscar trabajo en la hostelería: vive su estancia en Polonia como tan temporal que no ve sentido a recorrer cafetería tras cafetería para obtener un salario que, además, sería en negro, por carecer de permiso de trabajo.

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Una ucrania se despide del voluntario polaco que la trasladó, el 11 de marzo en la estación de tren de Chelm (Polonia).
Una ucrania se despide del voluntario polaco que la trasladó, el 11 de marzo en la estación de tren de Chelm (Polonia).Massimiliano Minocri (EL PAÍS)

En el andén de la misma estación, pero en otro lugar mental, está Irina Klimkina. Tiene 20 años, viene de Kiev y arrastra una pesada maleta hacia el tren a Lublin, donde conectarán a Varsovia y, de allí, a Alemania. El mismo motivo ―su cuerpo menudo― por el que asegura que no se ha alistado en el Ejército, pese a sus ganas de “matar ocupantes rusos”, es el que la deja fuera del vagón cuando comienza la lucha por subir y se llena. Como le toca esperar al siguiente, tiene tiempo para contar su historia. “Calculo que la guerra durará medio año o un año, y que estaré en Alemania uno o dos años”, dice junto a la que llama su “bestie” (mejor amiga), Kasia. “Sentimos un dolor horrible de estar aquí. Quería unirme al Ejército y defender mi país y morir en nuestra tierra. Durante mucho tiempo pensamos que no podíamos tomar la decisión correcta. Y no sé si es esta”, señala. Klimkina tiene un familiar en Alemania y cuenta con que enchufe a ambas en la empresa empaquetadora de botellas en la que trabaja. “Será físicamente muy duro, pero nos servirá para sobrevivir en un país extranjero”, señala.

Klimkina muestra las dos frases motivacionales que tiene tatuadas en ruso (su primera lengua), una en cada muñeca. Son “No decaigas de espíritu” y “No envejezcas de corazón”. “Cuando termine la guerra, me haré un tatuaje con la inscripción ‘Buque ruso, vete a la mierda”, promete divertida. Es la frase ―convertida en símbolo de la lucha ucrania hasta el punto de inspirar un sello postal― con la que un militar que defendía una isla estratégica respondió al marinero ruso que le exigía la rendición. La joven la tiene también en su tarjeta de crédito virtual.

Irina Klimkina, a la derecha, y su amiga Kasia, en el andén de la estación de Chelm, el 11 de marzo.
Irina Klimkina, a la derecha, y su amiga Kasia, en el andén de la estación de Chelm, el 11 de marzo.MASSIMILIANO MINOCRI (EL PAÍS)

A la estación de tren de Chelm, a la de autobús en la cercana ciudad de Lublin o a los centros de acogida temporal de refugiados de la zona llegan estos días quienes han aguantado en la Ucrania más castigada hasta que la situación se ha vuelto insostenible. Proceden de sitios como la asediada Sumi ―en el este, cerca de Rusia― o Krvogi Rig, unos 100 kilómetros al oeste de Zaporiyia, la ciudad con la mayor central nuclear de Europa que las tropas rusas tomaron el pasado día 4.

Tras 20 días de bombardeos, más de la mitad de los 3,5 millones de habitantes de Kiev han escapado de la capital ucrania, según explicó este martes su alcalde, Vitali Klitschko. Lublin, con cerca de 350.000 habitantes, es la mayor ciudad en el este de Polonia a la que llegar desde la capital ucrania, casi directamente por la carretera E373. La capital polaca ―donde vive una importante comunidad ucrania y de cuyo aeropuerto salen ahora vuelos a numerosas partes del mundo― está a apenas dos horas por carretera, pero algunos refugiados prefieren quedarse en Lublin, más cerca ―física y emocionalmente― de su país.

Un autobús lleno de refugiadas ucranias sale del pequeño centro de acogida de Uchodzcow, en Polonia, cerca del paso fronterizo con Ucrania de Dolhobyczow, el 10 de marzo.
Un autobús lleno de refugiadas ucranias sale del pequeño centro de acogida de Uchodzcow, en Polonia, cerca del paso fronterizo con Ucrania de Dolhobyczow, el 10 de marzo. Massimiliano Minocri (EL PAÍS)

“No eligen venir aquí, solo cruzan desde Kiev. Pero luego algunas se quedan porque creen en su fuero interno que la guerra va a acabar pronto. Quieren estar cerca de sus familias y maridos. Algunas creen que los soldados ucranios van a poder cruzar la frontera, reunirse con ellas y luego volver a combatir”, explica Karolina Wierzbinska, coordinadora y cofundadora de la ONG polaca Homo Faber, que administra un centro de ayuda a los refugiados en Lublin al que los ucranios pueden llamar en su idioma cualquier día de la semana a cualquier hora.

Blanca Garcés, experta en migraciones e investigadora del think tank CIDOB, con sede en Barcelona, recuerda que “el 80% de refugiados en el mundo están en los países limítrofes, que son además con los que suelen tener más afinidad cultural, lingüística o histórica, y donde suelen tener redes, que son fundamentales”. “Por lo general, se quedan lo más cerca posible, porque muchos siguen pensando que van a volver pronto, incluso en unos días”, explica por teléfono. Polonia, un país de 38 millones de habitantes donde antes de la guerra ya vivía un millón de migrantes económicos ucranios y se habla una lengua similar, ha recibido el 60% de los refugiados ucranios, aunque muchos sigan luego hacia otras partes de Europa.

Libre movimiento

Este éxodo, el más rápido en el continente desde el fin de la II Guerra Mundial, está siguiendo un patrón parecido a anteriores, con una primera oleada de aquellos con “más posibilidades materiales, pero también capital social, que es muy importante”, y una segunda de quienes escapan de la guerra con menos dinero y redes de apoyo, señala Garcés, quien apunta, no obstante, una diferencia importante. Al no aplicarse a los ucranios el reglamento de Dublín ―que obliga al país de llegada a tramitar la petición de asilo y causó cuellos de botella en la crisis de refugiados y migrantes de 2015― “no está habiendo un debate sobre el reparto de responsabilidad, como pasaba antes, que hasta un barco con 200 personas originaba una crisis diplomática. Como se pueden mover libremente por la UE, acabarán eligiendo ellos dónde”.

Este movimiento más orgánico se refleja en los casos de Galina Kurnetsova, de 42 años, y Denis (prefiere no dar su apellido), de 39. No se conocen, pero tienen dos cosas en común: el punto de inflexión para su huida fue la toma rusa de Zaporiyia, y han acabado con sus familias el mismo día en un centro de acogida de refugiados en Hrubieszow (Polonia), a cinco kilómetros de su país natal. Mientras Denis se mueve acelerado, Kurnetsova mira al infinito con la cabeza apoyada en el poste de una portería de fútbol sala reubicada para hacer espacio a cientos de camas plegables, colchones y mantas. Ha llegado ocho horas antes, de madrugada, con sus dos hijos, dos hermanas, un sobrino y un nieto. Su localidad, Vasilivka, está a 50 kilómetros de Zaporiyia, bordeando hacia el sur el río Dnieper que baña ambas localidades. “En cuanto se supo [la toma de la central], las mujeres empezaron a llevarse a los hijos”, cuenta. “Yo, honestamente, no quería ni pensar lo que podría pasar, porque están siendo como animales”.

Galina Kurnetsova, en el centro de acogida de Hrubieszow, el 11 de marzo.
Galina Kurnetsova, en el centro de acogida de Hrubieszow, el 11 de marzo. Massimiliano Minocri

Kurnetsova y sus hermanas no tienen dinero ni plan. Solo “esperar a que pase el peligro y entonces volver a Zaporiyia”. Y hacerlo en Polonia porque “la lengua es más fácil y está más cerca de Ucrania”. Su preocupación más urgente es encontrar un trabajo. Lo repite tres veces y añade: “De lo que sea. Algo tendrán que comer estos niños”, asegura mientras los señala con una mueca para subrayar que no está precisamente en condiciones de elegir de qué. Quizás, señala, ensamblar televisores en la empresa de un conocido en Polonia, su único contacto en la UE. “Nos iremos de aquí [el centro de acogida] en cuanto encontremos un sitio en el que quepamos los siete y que podamos pagar”, dice. Hasta ahora no ha tenido que gastar dinero en Polonia. En los lugares de paso de los refugiados se puede obtener fácilmente alojamiento, comida, billetes de tren, pañales o medicamentos básicos gratis.

Denis hace justo lo contrario: alejarse “lo más posible” de su país. “Era un niño [tenía entre tres y cuatro años en 1986], pero recuerdo Chernobil”, subraya. Su familia hizo las maletas la misma noche de la conquista de Zaporiyia y salieron con el alba. “Oíamos bombas alrededor y rezábamos para que no cayese ninguna sobre el coche”, recuerda. Explica que se ha ido de la bombardeada Járkov, en el este del país y donde trabajaba de cocinero, “solamente por el peligro nuclear” y por sus hijos. Y que su objetivo es seguir hacia al oeste del continente. Solo ha dormitado un par de horas sobre un colchón del centro, pero ya encaja como puede el tetris de instalar en un coche humilde a su mujer, sus tres hijos (por los que está eximido de la obligación legal de quedarse en Ucrania), un perro y cinco gatos. “Ahora vamos hacia Gdansk [en el norte de Polonia] y supongo que allí alquilaremos algo, pero no sé… no es suficientemente lejos de Zaporiyia. Toda Polonia está demasiado cerca. O quizás los deje en un lugar seguro y vuelva a combatir. Pero volveremos a Járkov en cuanto acabe la guerra. Hace dos meses acabamos de pagar la hipoteca del piso. ¿Te das cuenta? Toda nuestra vida está allá. Toda. Amigos, casa, barrio… vida… todo”.

La familia de Denis, en su coche, a la salida del centro de acogida de refugiados de Hrubieszow (Polonia), el 10 de marzo.
La familia de Denis, en su coche, a la salida del centro de acogida de refugiados de Hrubieszow (Polonia), el 10 de marzo. Massimiliano Minocri

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Cora Mohr empuja el carrito de su bebé de 11 meses mientras pasea por la estación central de Berlín enseñando el cartel que ha improvisado en casa con un rotulador negro: “Una habitación libre para una madre y un niño”. A su alrededor, decenas de voluntarios ayudan a poner en contacto a quienes como ella ofrecen alojamiento con los refugiados ucranios recién llegados que necesitan un lugar en el que quedarse. Mohr, empleada en una empresa de márketin de 27 años, confía en encontrar rápidamente a las dos personas que cree que caben con cierta comodidad en la pequeña habitación del bebé, que ella y su novio han reacondicionado con un colchón recién comprado en Wallapop. En caso de emergencia, podría acoger a alguien más, dice: “No tengo mucho dinero para donar, pero quería ayudar de alguna forma. Es muy triste ver el sufrimiento de las familias ucranias”.

Lo que empezó como un goteo se ha convertido con el paso de los días en un flujo constante de llegadas de trenes a rebosar de mujeres y niños que huyen de la guerra de Ucrania. La necesidad ha transformado esta estación de Berlín en un centro de bienvenida improvisado, donde un ejército de voluntarios ayuda a los recién llegados en todo lo que puedan necesitar. Hay traductores, se sirve comida y bebida calientes, se reparte ropa de abrigo, zapatos, pañales y tarjetas SIM para que puedan comunicarse con sus familias. Ya han llegado a Alemania más de 80.000 personas, pero esta cifra es aproximada y seguramente está infraestimada, porque no hay controles fronterizos en las fronteras internas de la UE.

La estación central de trenes de Berlín se ha convertido en el punto neurálgico de la asistencia a los refugiados que llegan por miles a la capital alemana.
La estación central de trenes de Berlín se ha convertido en el punto neurálgico de la asistencia a los refugiados que llegan por miles a la capital alemana. Patricia Sevilla Ciordia (Foto: Patricia Sevilla Ciordia)

Junto al lugar donde berlineses, y otros alemanes llegados de ciudades distantes como Aquisgrán, ofrecen sus casas, se ha instalado un pequeño jardín de infancia donde los niños se entretienen con juguetes. El centro de acogida ocupa prácticamente una planta entera de la estación. Franzi, una voluntaria de 16 años, estudiante de secundaria, se encarga de recoger las donaciones, que no dejan de llegar. “Muchos vienen, preguntan qué necesitamos y vuelven al rato con bolsas llenas. Es increíble cómo está respondiendo la gente”. Es su cuarto día seguido en la estación. Vio en la televisión lo que ocurría y no pudo quedarse en casa, relata.

Cora Mohr, de 27 años, ofrece una habitación libre en su casa a refugiados ucranios que llegan a la estación central de Berlín, el lunes pasado.
Cora Mohr, de 27 años, ofrece una habitación libre en su casa a refugiados ucranios que llegan a la estación central de Berlín, el lunes pasado.E. S.

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La escena —asegura una voluntaria que lo vivió— recuerda a 2015, cuando más de un millón de personas llegaron a Europa huyendo de la guerra en Siria, sobre todo a Alemania, que acogió a la mayoría de refugiados. Las ONG aseguran estar ahora mejor preparadas, aunque en esta ocasión mucha ayuda se está canalizando por vías informales, en redes sociales, en grupos de mensajería como Telegram, en parroquias y tiendas.

Las infraestructuras públicas de la ciudad empiezan a sobrecargarse, por lo que la estación central de Berlín se ha convertido también en un punto de distribución. A los refugiados que llegan en trenes desde la capital polaca, Varsovia, y que no tienen un destino claro se les ofrecen trenes o autobuses para seguir viaje hacia otros Estados federados. Muchos continúan hacia otros países de la UE o hacia otras ciudades alemanas donde les esperan familiares o amigos. La empresa pública de ferrocarril, Deutsche Bahn, entrega billetes gratuitos.

Estudiantes extranjeros

Pero otros no tienen a dónde ir. Waleed, paquistaní de 22 años, espera en la estación con su mujer y una amiga a que alguien les ofrezca un lugar para dormir. Los tres estudiaban en Kiev y salieron con poco más que lo puesto. Llegan después de tres días de viaje, sin dormir, y contando cómo en la frontera fueron discriminados por no ser ciudadanos ucranios. “Nos dejaban al final de las colas y casi nos quedamos sin subir al autobús”, dice este estudiante de ingeniería aeronáutica.

Voluntarios reparten comida y bebidas a refugiados ucranianos llegados a la estación central de Berlín.
Voluntarios reparten comida y bebidas a refugiados ucranianos llegados a la estación central de Berlín. Patricia Sevilla Ciordia (Foto: Patricia Sevilla Ciordia)

“Vinimos a Europa para construirnos un futuro y nos encontramos como refugiados de guerra y con un futuro muy oscuro”. Ahora que han dejado atrás las sirenas antiaéreas y los bombardeos, su mayor preocupación es poder acabar la carrera. Lo intentarán en Berlín, asegura, aunque teme que su nacionalidad —su mujer, a la que conoció en Kiev, es tunecina; su amiga, iraní— les dificulte la estancia. La ministra del Interior alemana, Nancy Faeser, aseguró el domingo que el país acogerá a todos los refugiados de la invasión de Ucrania, sin importar su nacionalidad.

Acoger a una familia de seis

Svitlana Savkevych, bibliotecaria de 42 años, llegó a Berlín hace unos días con su hermana, Tatiana, y los hijos adolescentes de ambas. En la ciudad de Avdíivka, en el este de Ucrania, han dejado a su madre, que no quiso abandonar su casa, y a sus maridos que no pueden salir. “Fue una decisión muy difícil”, asegura. Cuando empezó la invasión pasaron varias noches en el sótano de su madre, más caliente que el suyo, hasta que se convencieron de que era mejor huir. Al principio dudaban: llevan años viviendo a pocos kilómetros del frente de la guerra del Donbás y casi se habían acostumbrado a convivir a las puertas de un conflicto armado. La primera etapa del viaje consistió en 36 horas sofocantes en un vagón de tren atestado y con las ventanas cerradas que se iba parando continuamente. “Por la noche se oían disparos”, recuerda.

En Lviv, al oeste del país, durmieron en un gimnasio y, una vez cruzaron la frontera con Polonia en autobús, pernoctaron en una parroquia. Allí les recogió un amigo que les llevó en furgoneta hasta Berlín. En total les costó cinco días. “Volveremos en cuanto sea posible”, asegura convencida Svitlana en el salón de Elena Jerzdeva, que ha acogido por tiempo indeterminado a los seis refugiados en su casa del barrio berlinés de Hansaviertel. Jerzdeva, periodista bielorrusa que lleva casi 20 años viviendo en Alemania, trata ahora de conseguir ordenadores para que los cuatro adolescentes puedan seguir sus clases, y ya les ha buscado un profesor de alemán.

Ayuda espontánea

Como está ocurriendo con muchas iniciativas solidarias en Alemania, los grupos de Telegram y Whatsapp o las páginas web creadas específicamente para apoyar a los refugiados se han convertido en el mejor punto de encuentro. Así se pusieron de acuerdo Oleksii Burlachenko y Thomas Wehner para conducir juntos desde Berlín casi 1.000 kilómetros hasta la frontera entre Polonia y Ucrania. Quedaron en una parroquia en Friedenau, al suroeste de Berlín, donde la comunidad ucrania lleva días recogiendo comida, ropa, medicamentos, hasta colchones. Burlachenko, ucranio de 29 años residente en la ciudad alemana, iba al encuentro de su madre, hermana y sobrina, que huían de Kiev. Wehner, empleado de una consultora, se ofreció a acompañarle y conducir una furgoneta prestada cargada de suministros médicos (batas quirúrgicas, inyecciones, desinfectante) con la que después traer de vuelta a Berlín a quien lo necesitase.

Un voluntario carga en la parroquia de Philippus-Nathanael, en Berlín, cajas de material médico que Oleksii y Thomas van a llevar hasta la frontera de Polonia con Ukrania con un coche y una furgoneta.
Un voluntario carga en la parroquia de Philippus-Nathanael, en Berlín, cajas de material médico que Oleksii y Thomas van a llevar hasta la frontera de Polonia con Ukrania con un coche y una furgoneta. Patricia Sevilla Ciordia (.)

“Llamé a mi jefe ayer por la noche y le pedí permiso para viajar a la frontera. No me puso ningún problema”, contaba Wehner antes de salir. El viaje se organizó en menos de un día y la carga de los vehículos, en poco más de una hora. Mientras varios voluntarios acarreaban cajas, las donaciones seguían llegando a la iglesia, cedida durante el mes de marzo por la comunidad evangélica a la iglesia ortodoxa ucrania para centralizar la ayuda a los refugiados. “Hemos traído comida y pañales. ¿Dónde lo dejamos?”, preguntaron dos jubiladas a la entrada del templo, cargadas con bolsas de supermercado. “¿Salís para la frontera?”, inquirió un hombre mayor, llevándose la mano a la cartera. Sacó 30 euros y se los dio sin más a Burlachenko. “Toma, para gasolina. Buena suerte”.

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