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La Policía Metropolitana de Londres, conocida como New Scotland Yard, ha seguido investigando el escandalo de las fiestas en Downing Street durante el confinamiento, mientras el Gobierno de Boris Johnson, la oposición y los medios de todo el país concentraban su atención en la invasión de Ucrania y daban prácticamente por amortizado un asunto que, apenas hace dos meses, había colocado la losa final en la carrera política del primer ministro. Pero este martes, los responsables de la investigación han anunciado que ya tienen listas para su entrega las 20 primeras multas a personal del número 10 de Downing Street y del 70 de Whitehall (donde reside la Oficina del Gabinete del primer ministro) que habrían quebrado las normas de distanciamiento social. La policía asumió la competencia indagadora sobre doce de todos los eventos celebrados en sede gubernamental durante la pandemia. Más de cien cuestionarios, con la obligación formal de ser cumplimentados e incluso la posibilidad de hacerlo con ayuda de abogado, fueron enviados a las personas que aparecían en los centenares de fotos, correos y documentos que manejaban los investigadores. Entre los destinatarios de esos cuestionarios/interrogatorios se encontraban el mismo Johnson, su ministro de Economía, Rishi Sunak, o el secretario del Gabinete (y número uno del cuerpo de altos funcionarios), Simon Case. De hecho, Case fue el responsable de llevar a cabo una investigación interna sobre el escándalo, que tuvo que abandonar en manos de su segunda, Sue Gray, cuando se supo que él mismo había participado en una de las fiestas.

Downing Street ya se ha apresurado a señalar que Johnson no se encuentra entre los primeros multados, pero nada indica que no pueda finalmente recibir su propias sanción, porque el consenso general anticipa que Scotland Yard apenas ha comenzado a entregar las primeras penalizaciones administrativas. No son sanciones penales, y por tanto no se incorporan a los antecedentes policiales del sancionado. Scotland Yard ni siquiera ha dado los nombres de los multados, y la ley no les obliga a comunicar la sanción a sus superiores. En el caso de Johnson, sin embargo, existe un compromiso explícito por parte del propio primer ministro y de su equipo de Downing Street de hacer pública la sanción, si finalmente recibe una. Sin embargo, el Gobierno británico sigue sin admitir que se haya incumplido la ley en sede pública, ni mucho menos que el primer ministro haya podido engañar deliberadamente al Parlamento y esté obligado a dimitir. “El primer ministro ya ha pedido disculpas por todas aquellas cosas que no se hicieron bien, por el modo en que se gestionó todo este asunto y por todos los errores que se cometieron”, ha dicho un portavoz del Ejecutivo.

“Es una vergüenza que, mientras el resto del país cumplía con las normas, el Gobierno de Johnson actuaba como si las reglas de la pandemia no hubieran sido escritas también para ellos”, ha dicho este martes la número dos del Partido Laborista, Angela Rayner, quien de nuevo ha vuelto a exigir la dimisión del primer ministro. A su petición se ha sumado la de Ed Davey, líder de los liberales demócratas: “Si Johnson cree que puede escabullirse de las consecuencias del partygate, se equivoca. Todos sabemos quién fue el responsable”, ha dicho.

A pesar de la cascada de diputados conservadores que se sumaron a las peticiones de dimisión en el momento más delicado de todo el escándalo, y del número de ellos que llegaron a enviar “cartas de retirada de confianza” a la dirección del grupo parlamentario, para forzar una moción de censura interna contra Johnson, la situación en el partido ha cambiado drásticamente. La guerra de Ucrania, la necesidad de mostrar unidad y respaldo al Gobierno, y el hecho cierto de que el primer ministro ha sabido estar a la altura de las circunstancias, ha calmado los ánimos levantiscos de muchos diputados. Eso no quiere decir que Johnson se haya escapado de la soga, porque sería difícil de justificar una multa por las fiestas prohibidas. Sería la confirmación de que el primer ministro incumplió la ley y mintió al Parlamento y hay muchos críticos latentes en el seno de su partido que estarían dispuestos a volver a la carga.

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Scotland Yard tiene ya el listado de personas implicadas en las fiestas de Downing Street a las que desea interrogar. Y Boris Johnson, que asistió presuntamente a 6 de los 12 eventos investigados, está entre ellas. La Policía Metropolitana anunció a última hora del miércoles su intención de enviar cuestionarios por escrito a todos los implicados. Tendrán la categoría legal de un interrogatorio formal y los destinatarios estarán obligados a decir la verdad. Dispondrán de siete días para devolver el documento cumplimentado. En el caso de que sus respuestas no convenzan a los agentes, o de que no sean capaces de justificar su presencia en esas reuniones, se enfrentan a una multa de 200 libras (unos 237 euros, al cambio actual). La multa es una infracción menor y no se incorpora a los antecedentes penales del sancionado. Pero sí queda registrado en el historial personal del Archivo Nacional de la Policía.

Johnson no ha querido nunca dar una respuesta directa a la pregunta, pero a través de aliados anónimos ha dejado claro en varios medios que no tiene intención de dimitir si finalmente Scotland Yard le impone una o varias multas. A la vez, sin embargo, el primer ministro se ha comprometido públicamente a dar a conocer a la ciudadanía tanto el resultado final del informe de las fiestas que elabora la funcionaria Sue Gray (conocido solo en una pequeña parte, por la obligación de no interferir con la investigación policial) como cualquier sanción que reciba.

Resultará complicado, llegado el momento, defender en el Parlamento un borrón y cuenta nueva. Sobre todo porque, a pesar de los intentos de Johnson de pasar página en todo este escándalo, cada día surge alguna foto nueva o algún dato comprometedor. Este miércoles, el tabloide Daily Mirror publicaba una imagen de Johnson del 15 de diciembre de 2020. Un empleado está sentado frente a la mesa de trabajo, sobre la que hay un altavoz de los que permiten realizar llamadas de multiconferencia. También hay una botella de prosecco (vino espumoso italiano) abierta. Y una bolsa de patatas fritas. El empleado es Stuart Glassborow, vicesecretario privado de Johnson, y lleva un collar de espumillón. Detrás de él, el propio Johnson parece colocarse algo en la solapa de su chaqueta. Y un poco más atrás, se ve a otra persona con un gorro de Papá Noel.

Scotlanda Yard había descartado en un principio incluir ese evento, una especie de concurso virtual de preguntas y respuestas para el personal que trabaja en Downing Street, en su investigación, por no detectar su relevancia penal. Pero anunció a última hora del martes que iba a echar un nuevo vistazo a la foto y a revisar su decisión.

La decoración del apartamento

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La intervención de la policía en el asunto de las fiestas durante el confinamiento supuso un salto considerable en la gravedad del escándalo político y puso a Johnson contra las cuerdas. Lo mismo puede suceder ahora con otro asunto que persigue desde hace meses al primer ministro conservador: la costosa redecoración del apartamento privado del que disfrutan él y su esposa, Carrie Symonds, en el edificio de Downing Street. El equipo jurídico del Partido Laborista ha enviado ya una carta a Scotland Yard en la que señala que existen “sospechas razonables” de que el primer ministro se saltó las leyes contra la corrupción a la hora de buscar el dinero para ese lavado de cara de la residencia oficial y que las autoridades “están obligadas a actuar de oficio”. La Policía Metropolitana ha confirmado que ha recibido ya la carta y la ha sometido a consideración.

La Comisión Electoral reveló en su día un intercambio de wasap entre Johnson y David Brownlow, el multimillonario donante del Partido Conservador que puso gran parte de los casi 150.000 euros que el matrimonio Johnson destinó a rediseñar su vivienda. El primer ministro pedía en sus mensajes a Brownlow más dinero para concluir las obras. Contrataron a la diseñadora de moda entre los famosos, Lulu Lytle, quien llegó a encargar papel pintado de pared a casi 1.000 euros el rollo. Lytle fue una de las 30 personas que asistió a la fiesta cumpleaños sorpresa de Johnson, el 19 de junio de 2020. Los abogados de la oposición laborista relacionan los favores de Brownlow y su reunión, dos meses después, con el ministro de Cultura, Oliver Dowden, para que el Gobierno contribuyeran en una exposición que preparaba el empresario en el Royal Albert Hall. El equipo de comunicación de Downing Street ha negado ya oficialmente cualquier relación entre los mensajes y la reunión posterior.

Major carga contra Johnson

Ya se ha convertido en un viejo rival de Johnson, que no oculta su desprecio a las formas políticas del actual inquilino de Downing Street. Pero el ex primer ministro conservador, John Major, conserva un prestigio que dota de un peso relevante a sus críticas. “Mentir de un modo deliberado al Parlamento siempre ha sido letal para cualquier carrera política y así debería ser siempre”, ha dicho Major en una intervención en el centro de pensamiento Institute for Government (Instituto para la Gobernanza). El veterano político no ha puesto paños calientes a su acusación pública: “En Downing Street, el primer ministro y su equipo se saltaron las leyes. Se inventaron excusas descaradas y pidieron, un día tras otro, a la ciudadanía que creyera lo increíble. Se envió a los medios de comunicación a los ministros para defender lo indefendible y quedar como ingenuos o como culpables”, ha dicho Major.

No es la primera vez que el ex primer ministro expresa su desagrado hacia Johnson. Ha sido un duro crítico del Brexit y del modo en que se gestionó, y saltó al debate público para alertar de la gravedad de la decisión que adoptó su rival al cerrar unilateralmente la actividad del Parlamento para poner fin al interminable debate sobre la salida de la UE. El Tribunal Supremo acabó revirtiendo esa decisión, en una dura sentencia contra Johnson.

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Se ha convertido casi en una cuestión de pura estadística. Si la Policía Metropolitana de Londres (New Scotland Yard, como se la conoce por la dirección de su sede central) dispone de más de 300 fotos de las supuestas fiestas en Downing Street durante el confinamiento, y este es el edificio donde vive y trabaja Johnson (y de donde apenas salió durante esos meses), las probabilidades de que el primer ministro británico salga en alguna de ellas son considerables. Y la voluntad del político conservador de intentar dejar atrás esta pesadilla que ha puesto en serio riesgo su carrera se va a chocar constantemente contra un muro. El tabloide Daily Mirror ha publicado este miércoles una imagen, aparentemente capturada por un teléfono móvil, de otra fiesta en la oficina del Gabinete de Johnson.

La fotografía es del 15 de diciembre de 2020. Un empleado está sentado frente a la mesa de trabajo, sobre la que hay un altavoz de los que permiten realizar llamadas de multiconferencia. También hay una botella de prosecco (vino espumoso italiano) abierta. Y una bolsa de patatas fritas. El empleado es Stuart Glassborow, vicesecretario privado de Johnson, y lleva un collar de espumillón. Detrás de él, el propio Johnson parece colocarse algo en la solapa de su chaqueta. Y un poco más atrás, se ve a otra persona con un gorro de Papá Noel.

Aquel día, algunos trabajadores de Downing Street habían organizado un quiz show (un concurso de preguntas y respuestas) virtual. Varios equipos de hasta seis personas se habían repartido frente a los ordenadores de las distintas oficinas del edificio para participar. En aquel momento, Londres estaba en Nivel dos de restricciones sociales por la pandemia: prohibidas las reuniones en interior de miembros de hogares distintos; límite de seis personas en exteriores; trabajo desde casa siempre que sea posible.

La fiesta-concurso, que incluyó alcohol y comida y se prolongó hasta casi las diez de la noche (se sugirió por correo a los participantes que salieran por la puerta trasera de Downing Street) estaba incluida entre los 16 eventos investigados por Sue Gray, la vicescretaria permanente de la Oficina del Gabinete encargada de elaborar el informe sobre las fiestas prohibidas. Pero en el documento preliminar que presentó hace una semana indicó que Scotland Yard no había hallado indicios, ni en la reunión del 15 de marzo ni en otras tres de las analizadas, como para abrir su propia investigación policial. Sí lo hizo, en cambio, con las otras 12 fiestas.

Johnson se ha aferrado a ese dato durante su comparecencia en la sesión de control de la Cámara de los Comunes para intentar restar hierro a la pregunta que le lanzaba el diputado laborista Fabian Hamilton: “En los últimos minutos, ha surgido otra foto del primer ministro en Downing Street, rodeado de alcohol, comida y gente que viste espumillón. Parece una fiesta. ¿Tiene el primer ministro intención de referir este incidente a la policía?, porque no está entre los que investiga actualmente”, lanzaba Hamilton su cuestión retórica.

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“Su señoría está completamente equivocado”, respondía Johnson. Horas después, sin embargo, Scotland Yard anunciaba que iba a “revisar” su decisión inicial de no incorporar esa fiesta a su investigación. “Los agentes determinaron, basándose en las pruebas disponibles en ese momento, que el evento no sobrepasaba el umbral para abrir una investigación criminal. Esa valoración inicial se ha sometido ahora a revisión”, decía la Policía Metropolitana en un comunicado público.

El exasesor estrella de Johnson e ideólogo del Brexit, Dominic Cummings, que está obsesionado con derribar al primer ministro después de perder su batalla personal contra la esposa de Johnson, Carrie Symonds, y salir de modo humillante de Downing Street, echaba leña al fuego. En su cuenta de Twitter restaba valor a la foto de la discordia: “Hay muuuuuchas mejores fotos circulando por ahí fuera, incluidas algunas del apartamento privado [la residencia oficial del matrimonio Johnson]”, apuntaba Cummings.

El primer ministro británico ha hecho en los últimos días una remodelación a conciencia de su equipo de Downing Street. Ha nombrado nuevo jefe de Gabinete, nuevo director de Comunicaciones y nuevo jefe de Personal. Ha incorporado además al Gobierno a euroescépticos del ala dura del partido, como Jacob Rees-Mogg o Chris Heaton-Harris para recuperar el apoyo de esa poderosa corriente dentro de los conservadores. Y ha anunciado el fin definitivo de las restricciones sociales por la pandemia que tanto irritaban al ala más libertaria de los tories. Pero no se quita de encima la sombra de las fiestas prohibidas. Ni podrá hacerlo hasta que no se publiquen íntegramente tanto el informe final de Gray (retenido mientras investiga Scotland Yard) como las pesquisas policiales. Johnson ha vuelto a comprometerse este miércoles en el Parlamento a dar a conocer el documento de Gray en cuanto esté listo. Mientras tanto, deberá hacerse a la idea de que sigan apareciendo fotos comprometedoras.

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Rara vez llega al poder el primero en levantar la daga, pero el hecho de que lo haga el ministro de Economía, el puesto con más poder en el Gobierno británico después del de primer ministro, sugiere que Boris Johnson se está acercando a sus idus de marzo. Rishi Sunak, con una aparente candidez, cuestionó públicamente el pasado jueves el comportamiento de su jefe, al ser preguntado por la presunta calumnia que Johnson lanzó a principios de la semana contra el jefe de la oposición. A Sunak se le ha unido este viernes el ministro de Sanidad, Sajid Javid, que ha elogiado a Keir Starmer.

El primer ministro había acusado a Starmer de haber evitado investigar al pedófilo Jimmy Savile durante el tiempo en que ocupó el puesto de Fiscal General del Estado. Para entender la gravedad del golpe bajo, es necesario recordar la conmoción nacional y el dolor que provocó la noticia de que el popular presentador de programas musicales de la BBC había abusado sexualmente de al menos 500 menores y mujeres. Varios diputados conservadores han tomado la decisión de reclamar abiertamente la dimisión de Johnson después de que el primer ministro se negara a rectificar sus palabras. Cuando finalmente lo hizo, el jueves pasado, su explicación fue más una excusa para justificarse a sí mismo que un perdón en toda regla a su rival político. “Entiendo que no tuvo nada que ver personalmente con la decisión (…) Me refería a su responsabilidad al frente de la organización”, intentó aclarar Johnson.

Su reticencia a dar marcha atrás debidamente provocó que Munira Mirza, la directora de Estrategia Política de Downing Street y fiel asesora de Johnson durante 14 años, abandonara el barco después de enviar una demoledora carta de dimisión a Johnson. “Eres mucho mejor hombre de lo que jamás entenderán muchos de tus detractores, y por eso resulta tan desesperadamente triste que te hayas rebajado a ti mismo al hacer una acusación tan injuriosa contra el líder de la oposición”, explicaba Mirza, frustrada porque su jefe y amigo no hubiera atendido su petición de que se disculpara como era apropiado.

Pero los dos golpes políticos más preocupantes para Johnson se los proporcionaron dos de los ministros que aspiran a sucederle y a ocupar su puesto. “Para ser honesto, yo nunca habría dicho eso, y me alegra que el primer ministro haya aclarado sus palabras”, había dicho Sunak. Poco después, el ministro de Sanidad, Sajid Javid, elogiaba públicamente el historial del laborista Starmer: “Cuando dirigió la Fiscalía hizo un buen trabajo, y merece todo nuestro respeto. Es un trabajo muy duro, merece un respeto absoluto. Y por eso el primer ministro ha salido a aclarar sus palabras”, ha dicho Javid en SkyNews. A partir de los códigos conspirativos que se han vuelto a activar en las últimas semanas en Westminster y Whitehall (como se conocen al Parlamento y a la zona donde se concentran los departamentos del Gobierno británico), mucho más importante que el elogio a las aclaraciones de Johnson es el hecho de que dos de sus ministros con mayor peso político se desmarquen públicamente de su desafortunado ataque al líder de la oposición.

La foto de la cerveza

La imposibilidad de cerrar definitivamente a principios de la semana la investigación sobre las fiestas ha provocado un continuo goteo de filtraciones que mina la credibilidad de Johnson. El informe de la funcionaria Sue Gray, a pesar de su demoledora condena a los “fallos en el liderazgo”, el “incumplimiento de los estándares éticos” y el “consumo excesivo de alcohol” en Downing Street, no pudo dar detalles sobre los 16 eventos denunciados. Doce de ellos se hallan aún bajo las pesquisas de Scotland Yard, y la policía exigió a Gray que no revelara detalles que pudieran comprometer la investigación. El Daily Mirror asegura en su edición de este sábado que en al menos una de las casi 300 fotos que han llegado a manos de los agentes encargados del caso aparece Johnson con una cerveza en la mano. Se trataría de la fiesta sorpresa del 19 de junio de 2020, en pleno confinamiento, celebrada en el Cabinet Room de Downing Street, la sala con la mesa ovalada donde se reúne el Gobierno en pleno. Fue un evento organizado por Carrie Symonds, la esposa de Johnson, que concentró a cerca de 30 personas. La foto, según el tabloide, muestra al primer ministro con una lata de Estrella Damm, la cerveza catalana, en la mano. Junto a él está el propio Sunak, aunque en su caso se limita a tomar un refresco sin alcohol.

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Más de una docena de diputados conservadores han anunciado ya públicamente su decisión de enviar una “carta de retirada de confianza” al histórico Comité 1922, que organiza oficialmente los procesos de elección de líder del Partido Conservador. El número de cartas recibidas se mantiene en secreto, pero si alcanza la cifra mágica de 54 (el 15% del grupo parlamentario), se activaría automáticamente la moción de censura interna para cuestionar el liderazgo de Johnson.

Son pocas las voces, en las últimas horas, que defienden sin matices a Johnson. Y algunas de las que lo hacen resultan casi contraproducentes para su causa. Nadine Dorries, la ministra de Cultura que entró en la última remodelación de Gobierno, se ha lanzado a defender a su jefe en los medios con un ardor que ha provocado sonrojo entre sus colegas conservadores. Su argumento: todo el escándalo de las fiestas es una conspiración con la que los partidarios de permanecer en la UE y contrarios al Brexit intentan revertir esa decisión.

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El desesperado intento de Boris Johnson por desviar la atención del escándalo de las fiestas en Downing Street le ha jugado una mala pasada y ha causado este jueves cuatro dimisiones en su equipo por el desafortunado ataque lanzado contra el líder de la oposición. Se trata del director de Comunicación de Johnson, de una importante asesora del primer ministro, del jefe de Personal y de su principal secretario privado.

El episodio que ha motivado al menos una de estas salidas ocurrió el pasado lunes, cuando el primer ministro británico acusó en la Cámara de los Comunes a su rival, el laborista Keir Starmer, de haber renunciado a procesar al pedófilo Jimmy Savile cuando era Fiscal General del Estado. En esa época, entre 2008 y 2012, salieron a la luz hasta 500 casos de abusos sexuales a menores y mujeres por parte del conocido presentador de la BBC, que falleció en 2011 sin ser juzgado por sus crímenes. Está más que demostrado que Starmer, quien dio órdenes de que se investigara a conciencia lo sucedido, no tuvo nada que ver con la indolencia inicial con que policía y fiscales desecharon las primeras acusaciones contra Savile. Sin embargo, en las redes sociales ha corrido la consigna contra Starmer, a la que Johnson ha querido aferrarse. “El Partido Conservador es el partido de Winston Churchill. Ahora su líder repite como un loro las consignas de unos violentos fascistas”, dijo el miércoles Starmer en la Cámara de los Comunes mirando a la bancada del Gobierno. Al menos tres diputados tories anunciaron poco después su petición de dimisión al primer ministro, entre ellos el presidente de la Comisión de Defensa del Parlamento, Tobias Ellwood.

Johnson ha intentado finalmente este jueves matizar sus palabras, con una explicación que sonaba más una justificación de sus errores que una disculpa: “Entiendo que no tuvo nada que ver personalmente con esas decisiones”, ha dicho, “Me refería a su responsabilidad al frente de la organización”.

El error de Johnson no ha dejado de pasarle factura. Su ministro de Economía y potencial rival por el liderazgo del partido, Rishi Sunak, llegaba a reprochar al primer ministro sus palabras en público. “Para ser honestos, yo no lo habría dicho. Y me alegra que el primer ministro lo haya aclarado”, ha dicho Sunak.

Las primeras bajas tras las fiestas

El director de Comunicación de Downing Street, Jack Doyle, ha anunciado su dimisión este jueves por la tarde. Era una de las cabezas que, previsiblemente, iba a rodar como parte de la remodelación en profundidad de su equipo que Johnson pensaba hacer para zanjar el escándalo de las fiestas.

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Sin embargo, su cese tiene algo de más deshonroso, porque parece tapar el fiasco de la falsa acusación contra Starmer. Y porque se produce justo después de que una asesora de extrema confianza del primer ministro, que le acompaña desde su época como alcalde de Londres, haya renunciado a su puesto en protesta por la calumnia lanzada contra el líder de la oposición. “No había ninguna base razonable para afirmar algo así, y no era simplemente el toma y daca habitual en política” ha escrito en su carta de despedida Munira Mirza, hasta ahora directora de Estrategia Política en Downing Street. “Fue algo improcedente y partidista, y usó un caso horrible de abusos sexuales a menores”.

La ya exasesora exigió a Johnson que pidiera disculpas públicas. Después de escuchar sus explicaciones este jueves, no se ha dado por satisfecha y ha abandonado el barco.

Horas más tarde se conoció a que a esas bajas se sumaban otras dos: la del jefe de Personal, Dan Rosenfield, y la de su principal secretario privado, Martin Reynolds.

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El informe sobre las fiestas de Downing Street que publicó el pasado lunes la funcionaria Sue Gray ha resultado ser un campo de minas que revientan a cada paso que Boris Johnson intenta dar para escapar de este embrollo político. Aunque era un documento muy reducido en sus acusaciones, para respetar la petición expresa de la Policía Metropolitana de no hacer más que “mínimas referencias” a las fiestas que estaba investigando aún, las fechas y reuniones que señala han dado a los medios múltiples pistas comprometedoras para el primer ministro. De los 16 eventos de los que Gray recabó información, señalados con fecha y localización en su texto, doce están siendo analizados por Scotland Yard. Es decir, presentan indicios de infracción penal. Y de todos ellos, al menos en dos se ha detectado, a través de testigos, la presencia de Johnson. El diario The Guardian sitúa al primer ministro en una fiesta de despedida a un asesor político que trabaja en la actualidad en el Ministerio de Cultura y entonces lo hacía para el Gabinete del primer ministro. Fue el 14 de enero de 2021, cuando el Reino Unido apenas salía de otras Navidades canceladas y sometidas a duras medidas de restricción social, que seguían en vigor en esa fecha. Corría el prosecco (vino espumoso italiano muy popular en Inglaterra) entre el personal que asistió a la despedida, y Johnson se dejó ver allí al menos cinco minutos para soltar un discurso de despedida.

Pero la fiesta que reviste más gravedad y potencial amenaza para el político conservador es la del 13 de noviembre de 2020. Aquel día se vio salir de Downing Street a su entonces asesor estrella e ideólogo del Brexit, Dominic Cummings. Era la imagen de la derrota, al cargar una caja de cartón con sus enseres personales. Pillado él mismo en su momento cuando se saltaba el confinamiento, para llevar a su mujer e hijo a una residencia campestre fuera de Londres, la verdadera razón de su caída en desgracia fue que perdió el enfrentamiento con la esposa de Johnson, Carrie Symonds. Esa noche se oyó bullicio en el número 11 de Downing Street. Había ganas de fiesta y sonaba la música de ABBA: The winner takes it all (El ganador se lo lleva todo).

El equipo de Johnson ha sido incapaz de negar las informaciones del The Daily Telegraph, que señalan que se vio a Johnson subir al apartamento cuando sonaba aún la música. “He hablado con gente que estaba allí esa noche y escuchó la fiesta mientras yo me iba. La oficina de prensa está justo debajo del apartamento privado [de los Johnson]”, ha señalado Cummings en un chat abierto este martes en su blog personal para responder a las preguntas de los lectores. “Esto podría ser un golpe mortal para él si miente a la policía, pero acabará diciendo que no se acuerda de nada, que es su respuesta habitual cuando huele el peligro”, ha acusado Cummings a su exjefe.

Más peticiones de dimisión

“Después de mucha reflexión, he llegado a la conclusión de que el primer ministro debería dimitir”, ha escrito este martes en su cuenta de Twitter el diputado conservador Peter Aldous. El mérito o la importancia de esta nueva petición -es el noveno parlamentario tory que lo hace- reside en el hecho de que Aldous era hasta ahora un perfecto desconocido que no tenía ninguna necesidad de hacerse notar con un ataque frontal al jefe. “Soy consciente de que otros colegas no estarán de acuerdo conmigo, pero creo que es lo mejor para los intereses del país, del Gobierno y del Partido Conservador”, afirmaba Aldous.

La respuesta vacilante, ambigua, agresiva, desafiante y esquiva que ofreció Johnson el lunes en la Cámara de los Comunes provocó a aumentar la irritación de muchos diputados conservadores. Empezando por su predecesora en el cargo, Theresa May, quien arremetió contra el político conservador por saltarse las estrictas normas que su Gobierno había impuesto al resto de ciudadanos. Más de cuarenta veces, durante su comparecencia, se escudó el primer ministro en una investigación policial que aún no ha concluido y debe ser respetada para no responder a las preguntas de los diputados. Se negó a confirmar si publicaría o no el informe completo sobre las fiestas, cuando estuviera listo, o incluso a informar a los ciudadanos en el caso de que la policía le acabara imponiendo una multa por asistir a las fiestas.

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Horas después, ante la indignación de políticos y medios, el equipo de comunicación de Johnson se veía obligado a rectificar y prometer mayor transparencia. Un 63% de los británicos sigue pensando que Johnson debería dimitir, una vez publicado el informe de Gray. Y entre los ciudadanos y los medios comienza a tener relevancia un factor frente al que, hasta ahora, Johnson era inmune: el ridículo internacional. El Daily Mail resaltaba este martes, a última hora de la noche, cómo la portavoz del presidente estadounidense Biden, Jen Psaki, había hecho mofa de la tarta sorpresa del cumpleaños del primer ministro; cómo la televisión rusa le acusaba de estar “bajo los tacones de su esposa Carrie”, y cómo los periodistas que le habían acompañado a su visita relámpago a Kiev de este martes habían acabado poniendo en duda la seriedad de su esfuerzo diplomático cuando incluso hubo de cancelar horas antes una llamada telefónica con Vladímir Putin programada con antelación, porque seguía aún en la Cámara de los Comunes dando explicaciones sobre las fiestas prohibidas.

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El equipo de Gobierno de Boris Johnson ha confirmado a media mañana de este lunes que la vicesecretaria permanente de la Oficina del Gabinete, Sue Gray, ya había entregado al primer ministro su informe sobre las fiestas prohibidas en Downing Street durante el confinamiento. Gray ha preferido quitarse cuanto antes un asunto que le quemaba en las manos, a pesar de que su decisión no dejará satisfecha a la oposición laborista. Gray ha atendido la exigencia de New Scotland Yard (como se conoce a la Policía Metropolitana, por su sede central) y el texto contiene “referencias mínimas” a las ocho fiestas que investiga la policía, por presuntas infracciones penales. De ese modo, el informe queda expuesto de modo incompleto a la opinión pública, y tiene casi más relevancia por lo que oculta que por lo que revela. Si la famosa fiesta del 20 de marzo de 2020 a la que Johnson asistió, o el cumpleaños sorpresa que le preparó su esposa, Carrie Symonds, en el Cabinet Room (la sala con la mesa ovalada donde se reúne el Gobierno en pleno) no aparecen reflejadas en detalle, la implicación evidente será que hay serios indicios de que se quebró la normativa legal.

La intervención, a mediados de la semana pasada, de la Policía Metropolitana de Londres introdujo más confusión al escándalo que ha paralizado en las últimas semanas la actividad política británica. Si en un principio puso contra las cuerdas a Johnson, al anunciar que abría su propia investigación y dar la gravedad de una presunta infracción penal a todo el asunto de las fiestas en Downing Street, contribuyó paradójicamente a liberar la tensión a la que se enfrentaba el político conservador. Por dos motivos. En primer lugar, porque las autoridades policiales exigieron que el informe de Gray omitiera referencias a las fiestas que Scotland Yard aún está investigando, para evitar posibles injerencias. De ese modo, el primer ministro puede acudir este lunes a la Cámara de los Comunes con un informe descafeinado que le permite salir airoso del lance. El retraso producido por este enfrentamiento burocrático ha proporcionado además oxígeno extra a Johnson, con un fin de semana por medio que ha desinflado pasiones y calmado ánimos, especialmente entre los diputados conservadores.

Es prácticamente seguro que el primer ministro anunciará una seria remodelación de su actual equipo de Gobierno. Rodarán cabezas para transmitir sensación de arrepentimiento y de castigo, después de un escándalo que ha irritado a la mayor parte de la ciudadanía y que ha desplomado la credibilidad y popularidad de Johnson, según las últimas encuestas. Y habrá anuncios del gusto del ala dura de los conservadores, como nuevas leyes para explotar las consecuencias del Brexit, de cuya entrada en vigor se cumplen dos años este lunes. Sanciones y mano dura contra Rusia, por la crisis de Ucrania. Y una baza extra: la decisión de eliminar la obligatoriedad de la vacuna contra la covid-19 del personal sanitario, una medida que provocó una de las mayores rebeliones hasta la fecha entre los diputados conservadores.

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Boris Johnson ha encontrado dos aliados inesperados en su lucha por sobrevivir un día más en el puesto: la burocracia administrativa y policial, y el hartazgo de algunos diputados conservadores que, como en el conocido chiste de los familiares del moribundo, comienzan a quejarse de que “ni se muere ni cenamos”. En la semana en que debía conocerse finalmente el informe de Sue Gray sobre las fiestas prohibidas en Downing Street durante el confinamiento, la decisión de la Policía Metropolitana de Londres de abrir su propia investigación sobre al menos ocho de esos eventos —después de detectar “serios indicios de infracciones penales”— ha alterado la agenda política de un país en combustión y desinflado en parte la tensión acumulada. New Scotland Yard ha pedido a la alta funcionaria que se limite a publicar “referencias mínimas” sobre aquellas partes del informe que podrían afectar a las investigaciones en curso.

La Policía se descarga a sí misma de toda responsabilidad, al asegurar a la vez que ni ha pedido que se retrase la publicación, como habían sugerido algunas informaciones, ni tiene inconveniente en que se den a conocer los detalles de otros encuentros y reuniones en Downing Street que no supusieron un presunto quebranto de la ley. Gray está desesperada por quitarse de las manos un informe que tenía finalizado el pasado miércoles, pero su prestigio profesional depende en gran medida de que no cunda la sospecha de un resultado final aguado y edulcorado, que no cuente toda la verdad a la ciudadanía.

En la actual situación de impasse, con abogados de una y otra parte peinando los detalles del texto, el consenso general es que su publicación se retrasará al menos hasta el próximo lunes, o incluso más tarde. “El informe debe ser publicado en su totalidad. Cualquier intento de esconder o suprimir detalles clave será un error”, advertía este jueves en Twitter el diputado conservador Mark Harper, uno de los más críticos con Johnson. Lo respaldaba, con un un retuiteo, Steve Baker, el parlamentario euroscéptico que orquestó la moción de censura interna contra la ex primera ministra, Theresa May; aupó a Johnson hasta Downing Street, y en los últimos días ha dado por amortizada la carrera del primer ministro.

Gray depende directamente de Johnson, como vicesecretaria permanente de la Oficina del Gabinete. Es imparcial, pero no independiente. Debe entregar su informe directamente al primer ministro, y por eso ha filtrado sus temores a que el Gobierno decidiera editar el texto y suprimir las partes más embarazosas. Sería la versión más aséptica posible antes de que el propio Johnson acudiera a la Cámara de los Comunes, volviera a pedir perdón a los ciudadanos, aunciara una drástica remodelación de su equipo en Downing Street, e intentara pasar página. El líder de la oposición laborista, Keir Starmer, ya ha anticipado que su partido está dispuesto a usar todo los procedmientos parlamentarios a su alcance para asegurarse de que el texto sea publicado y dado a conocer a los diputados de manera íntegra. Starmer ha pedido ya en reiteradas ocasiones a Johnson que dimita “por decencia”, y lleva tres semanas explotando el escándalo de las fiestas en las sesiones de control de la Cámara de los Comunes. En cada una de ellas, Johnson se ha mostrado más desafiante y combativo. Este miércoles ya dejó claro que no pensaba dimitir, fuera cual fuera el resultado del informe sobre las fiestas, y reprochó a la oposición estar perdiendo el tiempo mientras había cosas más urgentes que atender, como la crisis entre Ucrania y Rusia.

Pero la presión ha sido tan intensa, por parte de los medios, la oposición y sus compañeros de filas más críticos, que el primer ministro se ha comprometido ya al menos tres veces ante las cámaras a publicar el texto en su integridad. Conclusión: Gray quiere evitar tanto una interferencia en la investigación policial como airear detalles privados de muchos funcionarios de bajo rango, que pudieron participar en las fiestas, pero apenas se verían obligados a pagar una multa; la policía no quiere que se contaminen sus pesquisas y se vea arrastrada al debate político, porque el público y los medios sacarían rápidamente sus propias conclusiones; la oposición y los conservadores más irritados con Johnson no quieren que el debate se cierre en falso con un informe precipitado y descafeinado; y el equipo de Johnson aprovecha la incertidumbre para seguir ganando adeptos a su causa, y convencer a los parlamentarios de sus filas más dudosos para que concedan una nueva oportunidad a su primer ministro. Muchos han reclamado ya que se ponga fin a un asunto que mantiene paralizadas decisiones económicas y políticas importantes. Si Downing Street consigue desinflar el suflé, quizá Johnson, de nuevo, vuelva a demostrar por qué muchos le llaman el Houdini de la política inglesa.

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Diputados, ministros, periodistas… todos lo que se mueven en la “burbuja política” de Westminster Whitehall, en Londres, permanecen paralizados desde primera hora de este miércoles, a la espera que la vicesecretaria permanente de la Oficina del Gabinete, Sue Gray, entregue su informe final de la investigación en torno a las fiestas prohibidas en Downing Street. Hay un consenso general que señala que las próximas horas serán cruciales para el futuro político de Boris Johnson. El primer ministro ha comparecido este miércoles en la sesión de control de la Cámara de los Comunes para hacer frente a una nueva batería de duras críticas de la oposición laborista, sobre todo después de que en las últimas horas se conociera la decisión de la Policía Metropolitana de Londres de iniciar por su cuenta una investigación de las polémicas fiestas, en medio del confinamiento. Johnson comparece sin que el informe se haya conocido aún, porque resulta inconcebible que anuncie él mismo sus conclusiones sin haber dado tiempo a los diputados a examinarlo con detalle. Lo que ha hecho, sin embargo, es escudarse en la actual crisis de Ucrania para restar importancia al escándalo que le acosa.

La decisión del momento en que el texto se entrega corresponde a Gray, pero Downing Street se reserva la prerrogativa de revisarlo y anular aquellas partes que puedan comprometer la seguridad personal de los funcionarios implicados. Si en algún momento el equipo de Johnson se planteó publicar solo un sumario del informe, la presión de los últimos días ha hecho que se replantearan esa estrategia y anunciaran su voluntad de publicarlo íntegramente.

El líder de la oposición laborista, Keir Starmer, ha señalado la escalada de gravedad de todo el escándalo que supone el hecho de que la policía haya decidido abrir su propia investigación. Johnson, con el mismo tono desafiante que ha decidido adoptar en las últimas horas, se ha escudado en que el informe aún no es público, y que por tanto no puede comentar nada al respecto. A cambio, ha reprochado a Starmer que insista en el asunto de las fiestas mientras hay otros asuntos más importantes sobre la mesa, como la crisis de Ucrania. “El Gobierno del Reino Unido y su primer ministro está logrando unir a todo Occidente en la preparación del paquete de sanciones más duro que sea posible contra Rusia”, ha presumido Johnson. No se ha dejado ni un argumento de ataque en el cajón. Acusaba a Starmer de estar en contra del Brexit o de haber obstaculizado el fin del confinamiento o el despliegue de la campaña de vacunación. Y contaba con el respaldo del puñado de diputados conservadores fieles que mantiene, que no han cesado de gritar y abuchear a la bancada contraria.

Gran parte de los otros diputados conservadores, los que habían expresado su hartazgo con Johnson, optaron finalmente por esperar a la aparición del informe de Gray, antes de decidir si enviaban a la dirección del grupo parlamentario una “carta de retirada de la confianza”. Según los estatutos del Partido Conservador, cuando la dirección del histórico Comité 1922 (el órgano que organiza a los parlamentarios sin cargo en el Gobierno) recibe un número de cartas equivalente al 15% de los diputados, que actualmente supone 54, se activa automáticamente el mecanismo de moción de censura interna. Sería el modo de derribar, en el caso de que prosperara, a Johnson.

El político conservador y su equipo han dado señales en los últimos días de que no están dispuestos a tirar la toalla. Johnson comparecerá en la Cámara de los Comunes de inmediato, una vez publicado el informe de la investigación, para volver a pedir disculpas a la nación e intentar controlar “el relato final de todo lo sucedido”, según han explicado fuentes de Downing Street. Sue Gray no tenía ni competencia ni autoridad para declarar a Johnson inocente o culpable, y se ha limitado a plasmar en su texto una relación completa de los hechos y su contradicción con las normas vigentes para combatir la pandemia. Pero también ha transmitido parte de su información a la Policía Metropolitana de Londres.

Su directora, Cressida Dick, anunciaba este martes la apertura de una investigación sobre varias de las fiestas prohibidas durante el confinamiento. Johnson se verá obligado a declarar ante los agentes que conducen las pesquisas, bien en calidad de testigo, bien en calidad de investigado (con presencia de abogado y previa advertencia de que “no está obligado a declarar en su contra”). La última vez que ocurrió algo así fue en 2006, cuando Tony Blair fue interrogado como testigo en el escándalo del intercambio de títulos honoríficos por dinero. El primer ministro conservador querrá convencer a los suyos de la necesidad de pasar página cuanto antes y concentrarse en asuntos más urgentes, como la crisis de Ucrania y Rusia, o el complicado invierno que atraviesa el país con la inflación disparada y un notable incremento del coste de la vida para muchos hogares británicos.

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El temor, expresado por varios diputados conservadores, reside en que la investigación policial se alargue, y el Gobierno esté todo ese tiempo en un estado de semiparálisis que deteriore aún más la credibilidad de Johnson y del Partido Conservador. “Esto va a arrastrarse durante varios meses, y la mayoría de nosotros quisiéramos dejarlo atrás y volver a la normalidad política. No será posible mientras Johnson permanezca en su puesto”, ha dicho el diputado conservador Robert Syms, otro de los que ya ha expresado públicamente que se está planteando enviar a la dirección del grupo parlamentario una nueva “carta de retirada de la confianza”.

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Hasta el último momento la Policía Metropolitana de Londres (la Met, o New Scotland Yard, como se conoce su sede) se había resistido a entrar en el escándalo de las fiestas prohibidas en Downing Street durante el confinamiento. En parte por la excusa de mantener la regla de no investigar infracciones en la pandemia de modo retrospectivo. En parte por esperar a las conclusiones de Sue Gray, la alta funcionaria que ha tomado las riendas de la investigación interna. Pero sobre todo, por el tremendo impacto político que tendría revestir de sospecha criminal una crisis política de tal magnitud. Hasta este martes. La directora de la policía, Cressida Dick, ha confirmado ante la asamblea municipal de Londres que su departamento investiga ya varias de las fiestas que tuvieron lugar en la sede del Gobierno. “Puedo confirmar que la Met investiga en estos momentos varios eventos que ocurrieron en Downing Street y Whitehall [como se conoce al complejo donde se concentran los principales ministerios, antiguo Palacio de Whitehall] en los últimos dos años, en relación con la posible violación de las reglas de distanciamiento social para combatir la covid-19″, ha dicho la comisaria.

La decisión, que incrementa notablemente la presión sobre Johnson, ha sido una combinación de la información compartida entre Sue Gray, la vicesecretaria permanente de la Oficina del Gabinete que conduce las pesquisas internas, y la propia Cressida Dick. Esta última, presionada en los últimos días por la oposición laborista por su pasividad ante el escándalo, ha valorado además “las opiniones de sus propios agentes” para dar un paso tan delicado, según ha explicado.

Todo ocurre durante una semana crítica para el primer ministro. A la espera del informe de Gray, que todos daban por sentado que sería antes del viernes, aunque no tenga una fecha oficial de publicación, Johnson intenta recuperar una apariencia de normalidad, mientras su equipo transmite la idea de que nada está perdido y de que su jefe pretende plantar cara y resistir en el puesto. Las pruebas, sin embargo, se acumulan en su contra. Como la fiesta sorpresa de cumpleaños que organizó su esposa en pleno confinamiento. Carrie Symonds compró una tarta el 19 de junio de 2020 y convocó a unas 30 personas en el Cabinet Room (la sala del Consejo de Ministros con su mesa ovalada) para sorprender al primer ministro, que ese día cumplía 56 años. Entre los invitados estaba Luly Lytle, la cotizada diseñadora de interiores a la que el matrimonio Johnson había encargado la redecoración de su apartamento privado, en el número 11 de Downing Street.

Hubo comida preparada, procedente de los almacenes Mark&Spencer, y se cantó el Cumpleaños Feliz. Hasta el ministro de Economía, Rishi Sunak, a quien todas las quinielas sitúan como principal candidato a suceder a Johnson, se dejó ver por la fiesta, “aunque no fue invitado”, según uno de sus portavoces. ITV asegura que varios familiares de Johnson pasaron esa noche en Downing Street, y la fiesta se prolongó. Fuentes del Gobierno ya han admitido que los hermanos del primer ministro compartieron esa noche con él y su esposa una barbacoa en el jardín de la residencia, pero que el número de personas nunca superó el límite de seis que estaba entonces vigente.

“Un grupo del personal que trabaja normalmente en el número 10 de Downing Street se reunió brevemente en el Cabinet Room, después de una reunión, para desear al primer ministro un feliz cumpleaños. Él no estuvo presente más de 10 minutos”, aseguran los portavoces de Johnson en su respuesta oficial a las nuevas informaciones. Ya no niegan ni la celebración sorpresa, ni la tarta, ni las 30 personas convocadas en un espacio interior, ni el hecho de que todo eso ocurriera mientras las reglas, para el resto de británicos, prohibían los encuentros en sitios cerrados de individuos procedentes de distintos domicilios.

“Es completamente nauseabundo que el primer ministro dedicara esa tarde a compartir pastel con 30 amigos en un espacio interior. A pesar de que ya nada nos sorprende, todavía nos trae al recuerdo un dolor muy vivo. Mientras decenas de personas le cantaban el cumpleaños feliz, algunas familias no podían siquiera cantar juntas en recuerdo de sus seres queridos en un funeral”, ha dicho Jo Goodman, la mujer que contribuyó a fundar la asociación Justicia para los Familiares de Víctimas de la Covid-19. “Si tuviera alguna decencia, haría lo que nosotros y el resto del país le está reclamando y dimitiría”, ha exigido Goodman. “El primer ministro se ha convertido en una distracción para la nación. Mientras millones de personas luchan por pagar sus facturas, Boris Johnson y su Gobierno dedican todo el tiempo a intentar limpiar su rastro de engaños, corrupción y quebranto de la legalidad”, ha asegurado el líder de la oposición laborista, Keir Starmer.

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Fuentes de Downing Street han confirmado que la polémica fiesta de cumpleaños ya formaba parte de la investigación de Gray, y por tanto no se trata de un episodio nuevo que pudiera retrasar aún más su investigación. Sin embargo, la decisión de New Scotland Yard de entrar a investigar varias de las fiestas puede provocar un efecto inesperado: el equipo de Johnson, según ha adelantado SkyNews, retrasará la publicación del informe hasta que concluyan las pesquisas policiales, que podrían llevar semanas o meses.

La funcionaria, que en última instancia depende directamente del primer ministro, tenía previsto entregar a Johnson una copia de su informe horas antes de hacerlo público. La estrategia del político conservador y de su equipo pasaba por preparar de inmediato una intervención ante la Cámara de los Comunes en la que vuelva a ofrecer sus disculpas e intente “controlar el relato final” de todo lo ocurrido. Por eso muchas voces, comenzando por los editoriales del diario The Times, exigen la publicación íntegra del informe, y no el sumario de conclusiones que Downing Street pretendía presentar.

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El popular historiador Peter Hennessy forjó en su día la teoría del “gobierno de la buena gente”. Venía a decir que en un sistema como el británico, que carece de Constitución escrita y se rige por usos y costumbres centenarios, es importante que los gobernantes respeten el espíritu de la ley y tengan interiorizada la idea de que determinados límites son infranqueables. Por eso, resulta sorprendente que la irrupción en la escena política de un personaje como Boris Johnson haya llevado a Hennessy a replantearse sus convicciones, y a pensar que determinadas cosas, como el hecho de que un primer ministro que miente al Parlamento tenga que dimitir de inmediato, deben quedar claramente establecidas por escrito, para que no haya equívocos. “No tiene la menor idea de lo que supone un comportamiento apropiado, ni un procedimiento apropiado. Desconoce las limitaciones necesarias para que el sistema funcione. Si algo le molesta, simplemente intenta deshacerse de ello”, describe el historiador a Johnson en la revista Prospect.

El primer ministro británico se ha embarcado en una intensa ronda de conversaciones telefónicas personales con la mayoría de los parlamentarios conservadores durante el fin de semana, para intentar convencerles de que le permitan seguir en su puesto. Y ha recuperado al equipo de aliados que le ayudaron a lanzar en 2019 su campaña para el liderazgo del partido para poner en marcha otra operación. Esta vez, de supervivencia.

Son muchos los diputados que estos días han expresado su hastío con el político que, paradójicamente, les proporcionó una espectacular victoria electoral en diciembre de 2019. Y en la mayoría de las críticas estaba el reconocimiento implícito de que Johnson fue útil para superar el eterno laberinto del Brexit, que había dividido durante años a la sociedad británica, pero nadie había pensado en él como un gestor capacitado para llevar las riendas del país. “Nunca hicimos primer ministro a Johnson por su meticulosa comprensión de un montón de leyes tediosas, pero lo ocurrido ha sido escandaloso, y los ciudadanos tienen razón en estar furiosos”, admitía esta semana en la BBC Steve Baker.

Este ingeniero aeronáutico, consultor y exfinanciero, con un profundo desdén hacia la UE y una creencia cuasi religiosa en el neoliberalismo, maniobró en la sombra, a finales de 2018, para recabar los votos necesarios que pusieron en marcha la moción de censura interna contra la entonces primera ministra, Theresa May. El corresponsal del diario EL PAÍS le ha escuchado admitir que Johnson no le entusiasmaba, pero podía resultar útil para sacar adelante el Brexit duro que los euroescépticos perseguían desde su victoria en el referéndum de 2016.

El escándalo de las fiestas prohibidas en Downing Street durante el confinamiento ha convertido a Johnson en un juguete roto, aunque aún dispone de una última doble ventaja frente a los intentos de derrocarle que han surgido en el Partido Conservador. Las reglas internas prohíben que se repita, al menos hasta que pase un año, una moción de censura contra el líder. Si los diputados rebeldes lograran reunir el número de las llamadas cartas de retirada de confianza, 54, que activa automáticamente el proceso de expulsión, Johnson ya ha anunciado su disposición a pelear por su supervivencia con uñas y dientes. Su predecesora, Theresa May, logró aguantar el envite de los euroescépticos, y obtuvo 200 votos de apoyo frente a los 117 en su contra. La dimensión del rechazo interno fue tan elocuente, sin embargo, que la primera ministra anunció su dimisión poco después. El entorno de Johnson ya ha dejado claro que ese no sería su caso, si logra evitar la derrota.

Las diferentes tribus que hoy componen el grupo parlamentario conservador no comparten tampoco el mismo grado de ansiedad ante la crisis actual. Muchos de ellos temen que una nueva carrera por el liderazgo del partido sumiera al país en un periodo de parálisis, justo cuando intenta salir de la pandemia, recuperarse económicamente y afrontar un duro invierno en el que el coste de la vida va a apretar el presupuesto de muchos hogares.

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Algunos diputados han preferido esperar a que concluya la investigación sobre las fiestas de Downing Street antes de tomar una decisión definitiva. Sue Gray, la vicesecretaria permanente de la Oficina del Gabinete, debería tener listas las conclusiones de su informe a mediados de la semana que viene. En los últimos días se han ido acumulando nuevas pruebas contra Johnson y su equipo que Gray ha debido incorporar a la causa. Su retraso en anunciar el resultado de las pesquisas lleva a sospechar que, al contrario de lo que Downing Street pudo haber calculado en un principio, puede ser un golpe duro para Johnson. Gray no tiene capacidad para señalar responsabilidades penales, y se pensará muy mucho la idea de lanzar una acusación directa contra el primer ministro para el que trabaja, pero la presión política sobre ella es de tal intensidad que tampoco se puede permitir la mínima indulgencia.

David Gauke, quien fuera ministro de Justicia en el anterior Gobierno conservador, y uno de los críticos más acérrimos de Johnson, ya ha pedido a sus colegas conservadores que no se dejen engañar, y que pongan el nivel de exigencia lo más alto posible a la hora de escuchar las conclusiones factuales de Gray y las posteriores explicaciones del primer ministro en el Parlamento.

La venganza de Cummings

El ideólogo de la campaña a favor del Brexit en el referéndum de 2016 y exasesor estrella de Johnson, Dominic Cummings, está detrás de muchas de las revelaciones sobre las fiestas que han puesto en la picota al primer ministro. Su salida de Downing Street, humillado y por la puerta de atrás, después de perder su batalla personal contra la esposa de Johnson, Carrie Symonds, alimentó un profundo resentimiento en un hombre introvertido, excéntrico y arrastrado por sus obsesiones. El peor enemigo posible.

Ha sido capaz de explicar en una comparencia ante una comisión parlamentaria cómo entendió desde el principio que Johnson no estaba preparado para el cargo que desempeñaba, y que él mismo intentó, desde su puesto en Downing Street, corregir todas sus torpezas. Utiliza su blog personal, publicado a través de la página web de pago por suscripción Substack, para ir filtrando datos y fechas, e incluso orientar las informaciones e interpretaciones periodísticas que van surgiendo para que no se desvíen del objetivo pretendido: acabar con la carrera política de su enemigo. Por ejemplo, la foto del 15 de marzo de 2020 que publicó el diario The Guardian, en la que Cummings compartía mesa, con vino y queso, junto a Johnson, su esposa Carrie y el secretario del primer ministro, Martin Reynolds, en los jardines de Downing Street, “no era, obviamente, una fiesta, sino una reunión de trabajo”, ha escrito el asesor. La invitación, cinco días después, enviada a más de 100 personas, para que trajeran “su propio alcohol (Bring Your Own Booze)” a otro encuentro en ese mismo jardín, era, sin embargo —también según Cummings—, un evento ilegal del que advirtió a Johnson.

Son bastantes los parlamentarios conservadores que quisieran ganar tiempo, y esperar a las elecciones locales de mayo, para comprobar si finalmente, como sugieren las encuestas, la magia electoral de Johnson se ha desvanecido del todo. El problema de esa estrategia es que ya nadie se fía de que el daño pueda contenerse. Cuando el líder de los conservadores en Escocia, Douglas Ross, decidió abandonar el barco, al comenzar a conocerse el escándalo de las fiestas, tuvo una conversación telefónica con Johnson. Le preguntó, simplemente, si podía asegurarle que no habría más noticias comprometedoras. El primer ministro fue incapaz de hacer esa promesa.

La crisis desatada en Downing Street ha dejado al país y al Gobierno en el limbo. Uno a uno, los ministros que aspiran a suceder a Johnson, han evitado mojarse por él. Rishi Sunak, el titular de Economía; Liz Truss, la de Exteriores; Sajid Javid, el de Sanidad. Son algunos de los nombres que ya circulan ante una nueva carrera por el liderazgo del Partido Conservador. Todos han tenido tibias palabras de apoyo a su jefe, se han limitado a pedir paciencia hasta que concluya la investigación de lo ocurrido, y hasta han querido recordar que la tradición —esa que Johnson suele ignorar— impone que el miembro del Gobierno —primer ministro incluido— que miente al Parlamento está obligado a dejar su cargo.

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Michelle, reian coronada en las ‘Festividades del 20 de Enero’.

La joven del barrio San Vicente fue coronada como la soberana de las fiestas populares de la capital sucreña.

Noticias Sincelejo.

La joven Michelle Oliva, del populoso barrio San Vicente, se alzó con la corona de reina de las Festividades del 20 de Enero 2022.

En total fueron 18 las aspirantes a la corona pero fue Michelle quien se quedó con este rótulo. La joven se mostró muy emocionada por ganar la corona de las festividades de su ciudad.

Ella se llevó las manos al rostro cuando escuchó por el alto parlante su nombre.

 

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A su vez, agradeció por el apoyo a los sincelejanos y al equipo humano que la acompañó durante este proceso, «prometo a los sincelejanos representarlos muy bien donde quiera que vaya».

Desde el 2020 sincelejo no disfrutaba de unas Fiestas del 20 de Enero, pues la Covid-19 afectó tanto la salud de los ciudadanos, que como consecuencia de esto, las Festividades del Dulce Nombre de Jesús fueron canceladas.

Este año las festividades se tomaron nuevamente la capital sucreña, brindando a los sincelejanos unas fiestas llenas de alegría, jolgorio, orden y cultura.

Por su parte, el alcalde Andrés Gómez Martínez exaltó el comportamiento de los ciudadanos, quienes disfrutaron con orden social las fiestas, y se comprometió a continuar ofreciendo unas festividades en orden y llenas de cultura.

La noche estuvo amenizada por Sergio Vargas, Churo Díaz, Beto Zabaleta, Zaider y ‘Liba’ el Príncipe.

En el siguiente video se aprecia la presentación del merenguero dominicano, intérprete de grandes éxitos como: ‘La Ventanita’, ‘La quiero a morir’, ‘Si algún día la vez’, ‘Vete y dile’, ‘Ni tú ni yo’; entre otros grandes éxitos.

Foto de portada: suministrada

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