Mostrando entradas con la etiqueta migración. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta migración. Mostrar todas las entradas


El jefe saliente de la Delegación Regional del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) para México y América Central, Jordi Raich, el 22 de marzo de 2022, en Ciudad de México.
El jefe saliente de la Delegación Regional del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) para México y América Central, Jordi Raich, el 22 de marzo de 2022, en Ciudad de México.José Méndez (EFE)

Jordi Raich deja la delegación del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) para México y Centroamérica en momentos críticos, cuando desde la organización han advertido de un aumento de las caravanas migrantes que llegan a México desde Centroamérica debido a la violencia que desangra la región, las consecuencias socioeconómicas causadas por la pandemia de covid-19 y los altos niveles de pobreza y desigualdad, que hacen que los países centroamericanos expulsen cada año a decenas de miles de sus ciudadanos. Estos desterrados que buscan un cambio en sus vidas necesitarán respaldo a lo largo del viaje, durante el que pueden sufrir la violencia de grupos del crimen organizado, por lo que es vital el apoyo de la Cruz Roja y sus aliados. Como si no fuera poco con esa pesadilla, desde la CICR también deben lidiar con los desmanes y el autoritarismo de regímenes como el de Daniel Ortega, que sin explicación alguna expulsó de Nicaragua al jefe de misión de la CICR. La organización asegura que no ha recibido aún una explicación sobre esta decisión y Raich mantiene un tono cauto a la hora de discutir la relación que mantienen con el régimen de Managua. Tras el desconcierto de esa decisión arbitraria, el organismo intenta cuidar los canales de diálogo, para evitar que las decisiones del Gobierno de Ortega entorpezcan el trabajo de la Cruz Roja en ese país centroamericano, que sufre una de sus peores crisis políticas. “Seguimos presentes en Nicaragua. La expulsión no afecta a la institución”, afirma Raich en entrevista con EL PAÍS en la sede de la CICR de Ciudad de México, unas amplias instalaciones en un moderno edificio de la colonia Anzures, donde también están las oficinas de otras organizaciones humanitarias internacionales.

Pregunta: ¿Con qué hechos se han topado en su trabajo a lo largo de la ruta que hacen estas caravanas de migrantes que llegan a México?

Respuesta: Nos encontramos con gente que sufre extorsiones, pérdidas de un miembro por el camino, deshidratación, enfermedades, todo lo que te puedes imaginar. Digamos, entre comillas, que, si te va bien, puedes sufrir problemas menores, pero si te va mal puedes terminar en manos de grupos que comercian y trafican con personas, con lo cual puedes tener problemas mucho más graves. Entonces ahí es donde nosotros intentamos minimizar, en la medida de lo posible, esos peligros en la ruta, a través de mensajes de autocuidado, tanto digitales como en papel, recomendándole a los migrantes cómo comportarse, con quién hablar, dónde alojarse, ofreciéndoles la oportunidad de hablar con sus familias.

P. ¿En estos años que usted ha estado al frente del CICR ha empeorado la situación de los migrantes en términos de protección institucional o de apoyo de los gobiernos para garantizar que estas personas tengan una ruta segura?

R. Lo veo igual que al principio. Creo que todos estamos un poco rebasados por la dimensión del problema. Aún nos enfrentamos a un dilema, a un monstruo de dos cabezas: de un lado está la emergencia que generan esas personas que están en la caravana, o en un albergue o las que sufren un asalto. E intentamos paliar esa situación del día a día. Pero, por otro lado, discutimos cuál es la solución a largo plazo para crear las condiciones que no fuercen a la gente a salir, porque a fin de cuentas la mayoría de la gente no quiere emigrar, los migrantes no son turistas, no se van de paseo. Nos encontramos atrapados entre ese dilema que muchas veces nos impide tanto a instituciones del Estado, como gobiernos, como a organizaciones humanitarias intentar encontrar mejores soluciones, porque eso requiere mucho tiempo, mucho dinero y políticas de largo plazo. Esto no se va a resolver ni en dos días ni en dos años. Va a requerir una gran inversión y un compromiso para crear condiciones de seguridad, pero sobre todo para que las familias vean un futuro en el país donde se encuentran.

P. Lo que vemos, sin embargo, es la militarización de las fronteras tanto en México como en Estados Unidos. El despliegue de la Guardia Nacional por parte del presidente López Obrador. Esa militarización ha dado escenas terribles en ambos lados de la frontera. ¿Le preocupa al CICR esta violencia institucional hacia los migrantes?

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.

Suscríbete

R. Lo que nos preocupa son las consecuencias de esas políticas. Nosotros, como organización independiente y neutral, no entramos a discutir estas decisiones, porque cada país es libre de decidir cómo quiere manejar su migración y sus fronteras. Ahora bien, si esas políticas o esas actuaciones generan consecuencias humanitarias, como puede ser un uso indebido de la fuerza contra migrantes, entonces lo que hacemos con nuestros equipos en el terreno es tomar nota y registrar todas esas consecuencias y compartirlas con las autoridades, para intentar prevenirlas. Nosotros tenemos buen diálogo, abierto y franco, con las autoridades. O sea, hablamos claramente de las cosas con todos los gobiernos de la región. Cuánto de lo que le decimos llegan a aplicar queda en su decisión, pero nuestro trabajo es estar ahí insistiendo.

P. Otra crisis que se ha generado en Centroamérica está relacionada a la salida de decenas de miles de nicaragüenses como consecuencia de las políticas autoritarias del régimen de Daniel Ortega. ¿Han trabajado con estas personas, consideradas exiliadas?

R. Los analizamos como migrantes, no cuestionamos la razón por la que salieron. O sea, evidentemente, escuchamos sus razones, aunque nosotros no hacemos estadística de la razón. Nos dedicamos a las consecuencias humanitarias. Lo digo porque a menudo nos preguntan qué porcentaje de personas salen por motivos políticos o qué porcentaje salen por motivos de violencia. Y no tenemos esa estadística y no la hacemos, ni tenemos los recursos para pretender hacerla. Tampoco es nuestro trabajo. Lo que quiero decir es que no tenemos un tratamiento diferenciado con los migrantes, ya se trate de una situación política determinada o si huyen de la pobreza o de una amenaza.

P. La Cruz Roja llegó a un acuerdo para revisar las condiciones de los detenidos por el régimen en Nicaragua, considerados presos políticos. ¿Han podido entrar a las prisiones? ¿En qué condición están estas personas?

R. Lo que hacemos es un acuerdo entre el Gobierno, el CICR y las autoridades penitenciarias para visitar a personas privadas de libertad y a partir de ahí hacemos nuestros informes. Nuestro trabajo consiste no en cuestionar las razones por las que las personas están detenidas, sino en en evaluar las condiciones físicas y psicológicas y si se cumplen sus garantías. Generamos informes que son confidenciales, que compartimos solo con las autoridades penitenciarias. En esos informes hacemos recomendaciones para mejorar esas condiciones de los privados de libertad, si es que hay que mejorarlas.

P. Se lo pregunto porque hay muchas críticas sobre las condiciones en las que están estas personas privadas de libertad en muchos casos por protestar, por expresar opiniones críticas. Los familiares han acudido a la Cruz Roja con la esperanza de saber cómo están. ¿Han podido constatar sus condiciones?

R. Si en realidad estas condiciones son precarias, no son humanas, porque son muchas de las denuncias que ha habido, esa es la parte que nosotros no hacemos pública, porque la base de nuestro trabajo es precisamente ese diálogo confidencial con las autoridades. Nicaragua no es distinta en el modo de trabajar, trabajamos igual en Nicaragua que en Kenia o en cualquier otro país donde visitamos prisiones. Nuestra modalidad de trabajo estándar, que es la misma en todas partes, es no comentar públicamente las condiciones que nos encontramos. Se discuten solo con las autoridades.

P. Usted recibió una condecoración del Gobierno de Nicaragua que levantó muchas críticas por parte de los familiares de presos políticos. ¿Qué opina de esas críticas?

R. Eso fue parte de un protocolo rutinario, que se hace con muchas personas que salen de muchos países. Nicaragua no es el único país que ha otorgado este tipo de distinción diplomática rutinaria. Nosotros tenemos relaciones con absolutamente todas las partes en cualquier conflicto, sea de la naturaleza que sea. Es precisamente parte de nuestro trabajo esa posición de no tomar partido, el tener contactos con todo el mundo. Y supongo que me vas a preguntar sobre la expulsión de Nicaragua de nuestro jefe de misión.

P. Así es. ¿Ha habido alguna explicación del Gobierno de Ortega sobre esa decisión?

R. Ningún tipo de explicación de parte de las autoridades de Nicaragua. No sabemos los motivos concretos, seguimos discutiendo. Pero nosotros seguimos presentes en Nicaragua, porque la expulsión no afecta a la institución, solo a la persona. Tenemos un equipo que está trabajando según la agenda que teníamos planeada sin ningún impedimento y de momento sin ningún problema.

Suscríbase aquí a la newsletter de EL PAÍS América y reciba todas las claves informativas de la actualidad de la región



Source link


Cuando llegaron a la frontera de México con Estados Unidos, la maestra venezolana Mayerlin Mayor y su hija Victoria no esperaban encontrarse con un río caudaloso. Los coyotes les habían dicho que cuando lo cruzaran el agua apenas les llegaría a los tobillos. Pero una vez allí, no había tiempo para pensarlo mucho. El 18 de enero de este 2022 cruzaron y en un punto ya no tocaron fondo, contaron sus familiares en Venezuela a medios locales. Según el relato, cayeron en un hueco y la niña murió ahogada en la travesía que miles de venezolanos están haciendo para tocar suelo estadounidense, entregarse a algún agente de la patrulla fronteriza y pedir asilo.

Tres días después de que Mayerlin y su hija intentaran cruzar, entró en vigencia la exigencia de visa para los venezolanos en México. La presión migratoria de los venezolanos en la región sigue creciendo. La dura crisis económica y social en el país petrolero empeora las condiciones de vida de los más pobres y las reformas del Gobierno de Nicolás Maduro para abrir la economía después de décadas de controles han ensanchado la brecha de la desigualdad. Con ello, han ido en aumento las restricciones para intentar frenar un movimiento que ha desbordado a los países de la región. La venezolana es la segunda mayor migración del mundo después de la de los sirios que huyen de la guerra, según ACNUR.

El año pasado, los venezolanos, después de los mexicanos, fueron el grupo más numeroso que llegó a la frontera norte con el objetivo de cruzar a Estados Unidos. Más de 100.000 lograron atravesar ese peligroso paso en 2021, 20 veces más que el año anterior, según Brian Fincheltub, comisionado para asuntos consulares del Gobierno interino del líder opositor Juan Guaidó, que cuenta con reconocimiento de Washington.

Un migrante venezolano carga una mujer para cruzar el Río Bravo en Coahuila, México.
Un migrante venezolano carga una mujer para cruzar el Río Bravo en Coahuila, México. GO NAKAMURA (Reuters)

La exigencia de visa en México, que hace todo lo posible para contener el flujo de migrantes a Estados Unidos, ha sido la barrera más reciente y ha significado un duro golpe para los venezolanos. No solo para los migrantes que esta semana protestaron en Tapachula, en el Estado de Chiapas, el primer torniquete de la frontera sur, sino también para los más de 80.000 que ya viven en México y que aspiraban reagrupar a sus familias.

Los requisitos para conseguir este documento son casi imposibles de cumplir para quienes se están moviendo por la región en busca de mejores oportunidades: demostrar arraigo al país a través de un contrato laboral, por ejemplo, y una solvencia económica de más de 2.500 dólares, explica July Rodríguez, defensora de derechos humanos y fundadora, junto a la abogada Lizbeth Guerrero, de Apoyo a Migrantes, una organización que desde hace cinco años orienta gratuitamente a los venezolanos que han salido del país. “Esta medida viola el derecho al asilo y a pedir refugio en México a una población que ya es vulnerable”, denuncia Guerrero, de 56 años, que emigró a Ciudad de México hace cuatro años, tiene a la mitad de su familia en Venezuela y comparte el trabajo social con migrantes con una venta de comida desde su casa.

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.

Suscríbete

En Apoyo a Migrantes responden cerca de cien mensajes al día a través de un número de WhatsApp y una página en Facebook de venezolanos en tránsito —recientemente también de centroamericanos desde distintos puntos de la región— con dudas sobre los requisitos para entrar de forma legal, por necesidad de asistencia jurídica porque fueron detenidos o para pedir ayuda humanitaria porque están en la calle. En pandemia, cuando pensaron que el trabajo bajaría, se triplicó por las crisis en los países de acogida. “Están cercando a la comunidad venezolana, que somos personas que no estamos saliendo de nuestro país por vacaciones”, dice Rodríguez a través de una videollamada.

Las activistas, junto a otras organizaciones, están preparando un amparo para impugnar la medida. México ha sido el último país en sumarse a la lista de quienes ponen restricciones a los venezolanos, el 21 de enero, y la semana pasada su vecino Belice también anunció que pediría visas. En 2022 hay 98 países que piden visa a los venezolanos, 22 de ellos en la región, y la mayor parte de este grupo lo ha impuesto en los últimos cinco años.

Junto a estos muros de requisitos, también comienzan las deportaciones. Durante el Gobierno de Donald Trump, se deportaron venezolanos desde Estados Unidos a través de terceros países como Trinidad y Tobago, México o República Dominicana, pues las relaciones entre Washington y Caracas están rotas y no hay vuelos directos entre los dos países como parte de las sanciones aplicadas en 2019. Esta medida fue criticada duramente por un Joe Biden en campaña presidencial, pero han continuado bajo la administración demócrata, pese a que el año pasado dictó un estatuto temporal de protección para los venezolanos.

El 27 de enero, el Departamento de Seguridad Nacional informó de que dos venezolanos fueron enviados en un vuelo comercial a Colombia bajo el Título 42, una cuestionada ley de los años cuarenta del siglo pasado, que permite expulsar extranjeros en un escenario de “grave peligro”, en el que puedan “introducir una enfermedad transmisible a los Estados Unidos”. Esta ley sanitaria anula la posibilidad de solicitar asilo y protección humanitaria y se ha aplicado durante la pandemia, bajo el Gobierno de Trump, y ahora se amplía con los venezolanos. En México, las activistas Rodríguez y Guerrero están viendo más casos de inadmisiones de asilo y expulsiones casi inmediatas desde la frontera con Estados Unidos.

 Un grupo de migrantes venezolanos cruzando la frontera entre Chile y Bolivia en  la comuna de Colchane al norte de Chile.
Un grupo de migrantes venezolanos cruzando la frontera entre Chile y Bolivia en la comuna de Colchane al norte de Chile.Adriana Thomasa (EFE)

La medida produjo un cruce de declaraciones entre Estados Unidos y Colombia. Washington argumentó que los ciudadanos fueron enviados a Colombia porque con anterioridad habían obtenido algún tipo de estatus migratorio en el país. Un portavoz de la Casa Blanca dijo que esperaban que los vuelos a Colombia con venezolanos deportados se realizaran de “forma regular”, insinuando un acuerdo con el Gobierno de Iván Duque, que su canciller ha negado.

Las deportaciones también levantaron rechazo entre defensores de derechos humanos. Más de 100 organizaciones emitieron esta semana un comunicado en el que exigen detenerlas. “Estas expulsiones bajo el Título 42 violan la ley y arriesgan a que se envíen personas de vuelta a condiciones peligrosas, algunas veces las mismas que causaron que fueran en busca de un lugar seguro”, señalan el texto que suscriben Amnistía Internacional, Oxfam y WOLA, entre otros.

Otros países, como Chile, batieron récords en deportaciones en 2021, siendo los venezolanos y haitianos los más numerosos. En diciembre, dos días antes de la Navidad, el presidente de Perú, Pedro Castillo, asistió a la base militar aérea de Lima a presenciar la expulsión de 41 venezolanos, que al final no pudo concretarse porque no hubo comunicación con la Cancillería venezolana.

Para la especialista en temas migratorios Claudia Vargas Ribas la respuesta de los Estados ha sido la usual cuando ocurren estas oleadas. “Lo que está cambiando son la cantidad y las condiciones en que están saliendo los venezolanos y la diversificación de las rutas ante estos muros jurídicos que imponen los países, además del empeoramiento de la crisis en los países latinoamericanos por la pandemia”, señala la socióloga, investigadora de la Universidad Simón Bolívar en Caracas. “En 2018 no imaginábamos que íbamos a ver personas irse del país caminando, ya lo vimos. Tampoco venezolanos aguantando altas temperaturas como las de Atacama en Chile, cruzando la peligrosa selva del Darién o el río Grande para llegar a Estados Unidos. Ojalá no los veamos en masa subidos a La Bestia (el tren de carga que recorre México de norte a sur)”, advierte.

Migrantes venezolanos esperan a las afueras de la oficina del Instituto Nacional de Migración en Tapachula, Chiapas. Para obtener un código QR y registrar su situación migratoria en México.
Migrantes venezolanos esperan a las afueras de la oficina del Instituto Nacional de Migración en Tapachula, Chiapas. Para obtener un código QR y registrar su situación migratoria en México. JOSE TORRES (REUTERS)

El 20% de la población venezolana —más de seis millones de personas, según ACNUR— ha salido en los últimos seis años y encabezan las peticiones de asilo en todo el mundo, aunque el porcentaje de aprobación es bajo. En este momento, señala Vargas, los venezolanos comienzan a encarnar mucho mejor el concepto de diáspora, pues no se están produciendo migraciones a un destino, sino que “los migrantes ya han estado en dos o tres países antes”.

En 2019 la Oficina del Alto Comisionado para los Refugiados pidió protección para los venezolanos y exhortó a la comunidad internacional a tratarlos como tal, aunque desde 2021 los cataloga como “venezolanos desplazados en el exterior”, una categoría especial que ha sido cuestionada por defensores de derechos humanos. “Sigue habiendo una migración mixta entre profesionales de clase media y personas de pocos recursos, pero ahora están saliendo los que viven con las más grandes carencias en Venezuela, con mucha urgencia de dinero, muchas mujeres, jefas de familia, que antes no eran el grupo predominante, lo que ha incrementado la vulnerabilidad de los migrantes venezolanos”. La perspectiva, añade, es que sigan saliendo pues la crisis venezolana no tiene todavía un horizonte de mejora.

La socióloga señala que América Latina tiene una deuda histórica con una política regional para la migración, pues nunca antes había vivido un movimiento de personas tan grande en tan poco tiempo. “Cada país tiene sus leyes, que terminan siendo incompatibles con los derechos migratorios”, señala Vargas. Agrega que mientras no se den pasos hacia la regularización e integración, como ha hecho Colombia, donde hay 1,7 millones de venezolanos, se van a seguir incrementando las rutas informales, las redes de trata de personas y la xenofobia, “que en muchos casos se alimenta desde el discurso oficial”.

Suscríbase aquí a la newsletter de EL PAÍS América y reciba todas las claves informativas de la actualidad de la región



Source link


De camino a Estados Unidos, México o Chile; en los últimos años son varios los casos de colombianos que perecieron viajando a países a los que se dirigían buscando un mejor futuro.

Noticias Colombia.

«Sueño americano», «una mejor vida» o «vamos por el futuro familiar»; son algunas de las frases con las que colombianos se marchan a otros países en busca de una mejor vida, sin embargo, en muchas ocasiones estas historias no terminan con finales felices sino en tragedia. Tal como sucedió con Claudia Marcela Pineda, María Camila y Juan Esteban Montoya, nacionales que perdieron la vida cuando buscaban llegar a los Estados Unidos.

Son dos historias diferentes de la migración ilegal colombian.

Partieron desde sus viviendas en Colombia con destinos de paso o intermedio, el plan final era llegar a norteamerica.

Tocaron sus tierras, sintieron sus aguas; pero sus trágicas historias marcaron a sus familias.

Claudia y su hija murieron en el Desierto de Arizona

En agosto del año pasado Claudia Marcela Pineda, de 37 años, decidió irse a vivir con sus hijos María José y Cristián, de 10 y 3 años, a Estados Unidos, la colombiana se encontraría con su pareja, pero no hubo reencuentro.

El objetivo de la familia era conseguir un mejor futuro, el Desierto de Arizona no les dio chance de salir con vida luego de ser abandonados por el coyote que los estaba cruzando.

Para poder ingresar a Estados Unidos, viajó hasta México.

Desde allí el plan era cruzar el Desierto de Arizona, con un calor infernal y cientos de kilómetros sin nada alrededor.

Un territorio que ha cobrado varias vidas de migrantes, muchos niños han perecido solos, juntos a sus padres y otros familiares. Pero el hecho de que el pequeño Cristián haya quedado vivo fue un verdadero milagro.

Pese a que el padre de su hijo, Victor Hugo Morales, años atrás había logrado llegar a Estados Unidos por la misma ruta, Claudia y María José no resistieron ese viaje y fallecieron.

Sus cuerpos fueron encontrados en el condado de Yuma, en el área de Levee Road y County en Arizona.

Cristián sobrevivió, fue rescatado por las autoridades estadounidenses, hospitalizado y luego se reencontró con su padre.

Noticia relacionada:

Se reencontró con su padre el niño colombiano que sobrevivió al desierto de Arizona, donde murió su hermana y su mamá

Claudia alcanzó a pedir ayuda

En su momento Telemundo sacó a la luz un angustiante audio que corresponde a la llamada de Claudia al 911.

Dicha comunicación refleja la desesperada petición de ayuda que hizo la mujer a las autoridades para que la rescatara a ella y sus hijos tras ser abandonados por la persona que los estaba ayudando a cruzar la frontera. El ‘coyote’.

– Marcela Pineda: “Por favor ayúdeme”.

– Agente del 911: “¿Cuántas personas vienen con usted?”

– Marcela Pineda: “dos niños, por favor ayúdeme, me voy a desmayar”.

Fueron fragmentos de la comunicación que mantuvo la colombiana con la persona que atendía la línea telefónica de emergencias.

Al fondo se escucha un desgarrador grito de la niña María José que le decía a su madre entre llanto que tenía hambre.

“¡Mami, tengo hambre!”, gritó la niña, a lo que Marcela le dice: “Ya mi amor”.

De inmediato, el agente del 911 le preguntó si tenía WhatsApp. Posteriormente, le pidió revisar la aplicación porque le había enviado un mensaje, “para que acepte compartir las coordenadas”.

Lamentablemente, el equipo de ayuda no pudo llegar a tiempo, ya que al apagarse el celular, se perdió el rastro de la mujer y sus hijos. Tenía muy poca carga en su celular.

Juan único sobreviviente y María entre las víctimas del naufragio

La trágica noticia del naufragio de una embarcación en los Estados Unidos había pasado desapercibida hasta que se conoció que dos de sus pasajeros eran colombianos.

Ambos fueron identificados como Juan Esteban y María Camila, dos jóvenes vallecaucanos que se subieron el pasado sábado 22 de enero en horas de la noche a la embarcación que se hundió.

Según la Guardia Costera, aproximadamente a 45 millas -72 kilómetros- al oriente de Fort Pierce Inlet, en La Florida.

En ella iban en total 38 personas, de las cuales fallecieron 38 y solo Juan sobrevivió. Salieron desde Bahamas.

Él se aferró a parte de la embarcación y fue rescatado por otro bote comercial.

«Mamá, mi hermana se murió»

Tanto María Camila como Juan Esteban son hijos de Marcia y Edwin M., ella vive en los Estados Unidos y él, labora en la empresa Aguas de Buga S.A. E.S.P.

Su madre confirmó que luego del rescate fue trasladado a un centro médico de La Florida, en donde se encuentra fuera de peligro, pero en poder de las autoridades norteamericanas.

Ella detalló que el momento en el que Juan le confirmó el fallecimiento de su otra hija fue bastante doloroso, algo que ha partido su corazón en dos: «Mamá, mi hermana se murió», le alcanzó a manifestar desde el hospital.

Anoche en Guacarí todo giró en torno a ellos dos, hubo oraciones, velatón y una concurrida celebración religiosa.

La comunidad se unió para pedir por la pronta aparición del cuerpo de la joven, el retorno de Juan, el reencuentro de la familia y poder darle cristiana sepultura a su ser querido.

 



Source link



Tras un insólito letargo, la afluencia de migrantes en situación irregular hacia la Unión Europea vuelve a despertar y se acerca a los niveles registrados en los estertores de la crisis de 2015, que puso a medio continente patas arriba. Según la estadística de Frontex, divulgada la semana pasada, en 2021 accedieron a territorio europeo 196.000 migrantes sin papeles, cerca de los 204.000 de 2017. Es pronto para saber si este aumento augura una nueva oleada de llegadas; y, más aún, si esta alcanzaría las cotas de 2015, cuando 1,8 millones de personas entraron en suelo comunitario.

En lo que sí coinciden los expertos es en que la presión migratoria va a aumentar en los años venideros, una tendencia derivada del aumento de la desigualdad tras la pandemia; del estallido de nuevos conflictos y, en algunos casos, del recrudecimiento de otros; y del calentamiento global. Se trata de un reto de grandes dimensiones ante el que la UE renquea por la ausencia de una visión común, según denuncian los analistas consultados.

Las entradas a Europa crecieron un 57% en 2021, según las cifras publicadas el pasado miércoles por la agencia europea de fronteras. Su análisis indica que el levantamiento paulatino de las restricciones a la movilidad establecidas en los inicios de la pandemia —que se alargaron durante buena parte de 2020 y que provocaron el menor número de cruces desde que hay registros, en abril de ese año: 900— no explica por sí solo el incremento. Existen “otros factores” que provocan la afluencia migratoria, subraya Frontex en su informe.

En 2020, “la pandemia todavía creaba incertidumbre”, considera Patrycja Sasnal, profesora de la Academia de Migración del Colegio de Europa de Natolin, con sede en Varsovia. “La gente estaba en una especie de espera, pero el número de personas que quería o necesitaba emigrar siguió creciendo. El aumento es el resultado de la liberación de esa presión acumulada”, prosigue Sasnal. La escalada de la desigualdad provocada por el coronavirus —mientras los multimillonarios se enriquecían, 800 millones de personas más se han visto abocadas a la extrema pobreza— es otro factor clave detrás de este fenómeno. “El empeoramiento de sus condiciones de vida les ha empujado a emigrar”, constata Mira Milosevich-Juaristi, investigadora principal del think tank español Real Instituto Elcano.

Más allá de las repercusiones de la pandemia, las cifras de Frontex muestran también un alza con respecto a los años previos a la covid, con cerca de 50.000 llegadas más que en 2018 y 2019. Para la agencia de fronteras, uno de los factores “definitorios” ha sido la crisis en Bielorrusia. Los países europeos limítrofes con la antigua república soviética —Polonia, Lituania y Letonia— registraron el año pasado un crecimiento enorme: de 677 entradas irregulares en 2020 han pasado a cerca de 8.000. Sin embargo, la afluencia de personas orquestada por el régimen de Aleksandr Lukashenko representa solo un 4% del total de llegadas a territorio comunitario en 2021. “Este porcentaje no explica el aumento”, afirma Milosevich-Juaristi, de Elcano, por teléfono.

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.

Suscríbete

La agencia de fronteras recalca, además, que el movimiento de Minsk fue una “operación híbrida” —una definición casi idéntica al “ataque híbrido” al que se refirió el Ejecutivo comunitario— en la que “se utilizó” a los migrantes. Ese es, precisamente, el argumento de Bruselas para justificar su propuesta de endurecimiento de las normas de protección internacional, que permitirá mantener en la frontera a los aspirantes al asilo, prolongar hasta cuatro meses la tramitación de las solicitudes y devolver de manera expeditiva a quienes vean rechazada su petición.

La Comisión Europea busca de esta manera desincentivar la “instrumentalización de migrantes” por parte de terceros países con la “intención de desestabilizar” a Los Veintisiete. Una medida, según denuncian defensores de los derechos humanos, vulnera los convenios internacionales sobre el derecho al asilo. “Los flujos migratorios serán una constante en el futuro de la UE, lo que es un motivo más para ponerse de acuerdo y tener una ley común de migración y asilo. Hasta que la UE no tenga una visión común, podemos hablar de los números y porcentajes de Frontex, pero no mucho más”, critica la investigadora.

El recrudecimiento de los conflictos en todo el mundo en la primera mitad de 2021, según la Agencia de la ONU para los Refugiados, también ha contribuido al incremento. En África, por ejemplo, Etiopía sumó 1,2 millones de desplazados: la guerra abierta entre el Ejército etíope y el grupo rebelde Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (norte) es una bomba de relojería para algunos analistas, que auguran una emigración en masa. De acuerdo con los datos de Frontex, los sirios encabezaron en 2021 los cruces a territorio europeo, seguidos de tunecinos, marroquíes, argelinos y afganos ―estos últimos huyendo del regreso de los talibanes―.

”La inmigración se está convirtiendo en un problema identitario en algunos países, que la ven como una amenaza”, advierte la investigadora de Elcano, que señala a los países del llamado grupo de Visegrado: República Checa, Polonia, Eslovaquia y Hungría. Precisamente, este último —cuyo Gobierno mantiene una de las posiciones antinmigración más duras— registró el año pasado un incremento de las llegadas irregulares del 125%, hasta las 60.540, solo por detrás de las recopiladas en la ruta del Mediterráneo central. El aumento de casi 35.000 entradas en Hungría, que explicaría buena parte del alza, no ha podido ser aclarado, después de que este diario intentara sin éxito recabar la versión de Frontex.

La otra cara de la moneda es la creciente consciencia de varios países europeos —Visegrado al margen— de que el envejecimiento continuo de la población, derivado de las débiles tasas de natalidad y del aumento de la esperanza de vida, hace más necesaria que nunca la inmigración. El caso de Alemania, el país más poblado de la Unión, es relevante: allí, el Gobierno de coalición de socialdemócratas, verdes y liberales ha adelantado un cambio radical en sus políticas de migración. Sus cálculos son claros: necesitará la llegada de 400.000 extranjeros cada año para cubrir su carencia de personal.

Discrepancia en las cifras

Los números que maneja la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) contrastan con los de la agencia europea de fronteras: “No estamos observando un aumento significativo de la migración irregular en la UE en comparación con años anteriores. Tras la disminución de 2020, en 2021 las llegadas a Europa siguieron una evolución bastante similar a la de 2019 y 2018, y son mucho menores que entre 2014 y 2017”, afirman fuentes del organismo dependiente de Naciones Unidas.

“El aumento puede ser visible en los números, pero las diferencias en las cifras aún son demasiado pequeñas para afirmar con certeza definitiva que existe una tendencia de aumento de la migración”, puntualiza Patrycja Sasnal, del Colegio de Europa. “Podemos estar seguros de que con el cambio climático haciendo insoportable la vida en partes de Asia y África, habrá más presión migratoria en los próximos años. Europa debe prepararse para ello ayudando a estos países particularmente vulnerables y creando más posibilidades para la migración regular”, zanja la también jefa de investigación del Instituto Polaco de Asuntos Internacionales.

Sigue toda la información internacional en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.





Source link


Vista aérea del incendio de Laguna Verde en los cerros de la ciudad de Iquique, Chile, en enero de 2022.
Vista aérea del incendio de Laguna Verde en los cerros de la ciudad de Iquique, Chile, en enero de 2022.FERNANDO MUNOZ (AFP)

Más de 400 personas buscan refugio tras el incendio que consumió al menos 100 viviendas en un campamento irregular en el norte de Chile. El fuego ocurrió por la tarde del lunes en Laguna Verde, un asentamiento poblado por migrantes en la periferia de Iquique, la última ciudad chilena ante la frontera con Bolivia y Perú. Con al menos 15 heridos y sin reportes de fallecidos, las autoridades chilenas evacúan a las familias afectadas en dos colegios habilitados como refugios. “Nadie ha venido, ¡Los bomberos no tenían ni agua!”, gritaba un vecino en un video que circula en redes sociales.

El drama del incendio revela una herida abierta en el norte de Chile desde hace décadas, y que tuvo un papel principal en las elecciones del pasado 21 de noviembre: la migración irregular. El Ministerio de Exteriores de Bolivia calcula que casi el total de los afectados es de nacionalidad boliviana. “Son más de 100 familias de connacionales”, dijo Eva Chuquimia, viceministra de Gestión Institucional y Consular, en una entrevista televisiva este martes. “Por esas tierras las construcciones son precarias de madera y fierros, entonces el fuego ha arrasado la totalidad de las viviendas, prácticamente han quedado sin nada nuestros compatriotas”, ahondó el martes a medios locales el cónsul boliviano en Chile, Eloy Poma.

Al oeste del desierto de Atacama, entre la costa chilena y el árido altiplano andino, Laguna Verde es solo un campamento entre una decena de barriadas sobrepobladas por migrantes bolivianos, peruanos y, más recientemente, venezolanos o haitianos, en las colinas de la periferia de Iquique. La localidad es una de las primeras paradas para miles de migrantes que buscan regularizar su estatus en alguna ciudad del centro de Chile. En la emergencia por apagar el fuego, el Ministerio del Interior declaró la alerta amarilla y aclaró sobre “la presencia de viviendas irregulares y el difícil acceso al lugar”.

Laguna Verde no dispone de servicios básicos como la canalización de agua potable, lo que dificultó la respuesta de los bomberos. “Tuvo una muy rápida propagación, considerando las condiciones que se nos presentaban en el escenario, como la problemática del terreno para acceder de nuestras unidades de emergencia y el despliegue de material”, afirmó el comandante del cuerpo de Bomberos de Iquique, Jorge Medina, según recoge la agencia France Presse. Medina también confirmó que al menos seis bomberos fueron lesionados “por estrés térmico y el esfuerzo físico que han tenido que realizar” para hacer llegar los materiales a lo alto de la colina, donde no podían acceder los camiones.

Un vecino ayuda a combatir el incendio en el barrio Laguna Verde, en Iquique, Chile.Foto: AP | Video: REUTERS

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.

Suscríbete

En Chile viven 81.643 familias en 969 campamentos, según el Catastro Nacional de Campamentos hecho por la ONG Techo y Fundación Vivienda en 2021. La migración irregular en el norte minero de Chile fue un tema de agenda durante las presidenciales que ganó el progresista Gabriel Boric. Salvo en la ciudad de Arica, el ultraderechista José Antonio Kast se impuso en toda la región. En Iquique, donde las manifestaciones antiinmigrantes llevaron a la quema de colchones y otras pertenencias de los venezolanos sin techo el pasado septiembre, Kast se impuso en segunda vuelta por un apretado 50,42%.

Suscríbase aquí a la newsletter de EL PAÍS América y reciba todas las claves informativas de la actualidad de la región



Source link

Joaquín Lavín sobre la migración: «Chile ha sido ya demasiado generoso (…) hay que frenarlo»

top