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Los ataques a autoridades, empresas y figuras españolas por parte del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, culminaron este miércoles con la petición de hacer una “pausa” en sus relaciones con España, sin terminar de concretar de qué se trataba esa pausa. Desde que llegó al poder a finales 2018, López Obrador ha hecho de las empresas españolas el blanco de críticas y acusaciones durante sus conferencias de prensa diarias, señalándolas de haber firmado contratos abusivos con administraciones pasadas y bajo conflictos de interés. No obstante, el Gobierno de México no ha llevado ningún caso o denuncia ante la justicia.

Las declaraciones de este miércoles cubrieron de incertidumbre unos 70.000 millones de dólares en inversión y miles de empleos: España es el segundo inversor más grande en México después de Estados Unidos. El BBVA es el primer banco del país, seguido por el Santander. Iberdrola y Gas Natural Fenosa generaban, hasta 2018, más del 20% de la electricidad del país. Telefónica es el segundo operador de telefonía móvil en México, con más del 20% del mercado. La Caixa tiene un 9% de participación en Inbursa, el banco del magnate Carlos Slim. Sus inversiones, junto con el de unas 170 empresas españolas más, necesitan del respaldo de las instituciones diplomáticas, coinciden los analistas.

El presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, asiste a una recreación de «La Marcha de la Lealtad» en la Ciudad de México,Foto: ALFREDO ESTRELLA (AFP) | Vídeo: EPV

“Parece poco prudente arriesgar nuestra estabilidad diplomática con España y poner en duda sus inversiones en el país, particularmente en un momento en el que estamos intentando impulsar una recuperación económica” dice Ana Bertha Gutiérrez, encargada del análisis de Comercio Exterior y de Mercado Laboral en el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO). “Este motor de la inversión es fundamental para el crecimiento económico, para la creación de empleos y, por ende, para mejorar las condiciones de vida de la población”, agrega.

El 4 de febrero, la Cámara Española de Comercio (Camescom) publicó una serie de datos que sugieren que los inversores españoles han resistido, hasta ahora, la hostil retórica de López Obrador. En los primeros nueve meses de 2021, empresas españolas habían invertido 76.000 millones de dólares, lo que representa el 12% de los flujos al país latinoamericano. “En 2020, la inversión extranjera directa (IED) global recibida por México cayó un 19%”, dice el comunicado publicado por Camescom, “sin embargo, en este periodo, la inversión procedente de España solamente disminuyó un 1%”. La disminución sí se ha visto reflejada en el número de empresas españolas que trajeron su capital al país: de las 416 registradas por la Secretaría de Economía en 2018, solo 178 quedaron el año pasado, es decir, una caída de 57%.

“México tiene, no solo un tratado de libre comercio con España, vía el tratado con la Unión Europea, sino también acuerdos de protección de inversiones con el país”, asegura Juan Carlos Baker, negociador de múltiples tratados de libre comercio para México y exfuncionario de la Secretaría de Economía. “Este tipo de cosas no abonan a la relación bilateral y de negocios entre México y España. Está muy documentado que las empresas españolas resienten el trato que se les ha dado, los señalamientos también”, dice Baker. “Me parece que [el presidente] está dejando claro que las inversiones y las operaciones de este país no son vistas con los mejores ojos, lo que es preocupante, porque lo que necesita el país es inversión, crecimiento, atraer proyectos que están buscando donde alojarse por el nearshoring y otra series de fenómenos”.

Para empresas de energía renovable, los primeros tres años del sexenio de López Obrador han sido particularmente duros. El presidente ha hecho de Iberdrola un blanco constante de ataques, criticando que el expresidente Felipe Calderón se haya unido al Consejo de Administración después de terminar su mandato. El regulador del sector, la Comisión Reguladora de Energía (CRE), ha frenado además la renovación de licencias y permisos en un intento por limitar la participación privada. El Gobierno también canceló las subastas de energía eólica y solar programadas como parte de la reforma energética.

De la mano de la empresa del Estado, la Comisión Federal de Electricidad (CFE), López Obrador ha enviado varias iniciativas de ley que revertirían la reforma de su antecesor, Enrique Peña Nieto, que abrió el mercado a empresas privadas. La última iniciativa, una propuesta reforma al sector eléctrico, propone otorgarle a CFE un monopolio con el 54% del mercado, y cancelar contratos en energías renovables. La propuesta ha sido controvertida y ha encendido el aparato diplomático de EE UU, país que considera que la reforma “promueve el uso de tecnologías más sucias, anticuadas y caras sobre alternativas renovables eficientes”.

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Frente al discurso de que la OTAN arrincona a Rusia y la amenaza con su destrucción, un grupo de intelectuales rusos ha lanzado un manifiesto para dar voz “a la parte de la sociedad que odia la guerra y considera un crimen el uso de las amenazas militares y el estilo de los criminales en la retórica exterior”. Alrededor de 5.000 personas han firmado ya esta carta abierta, publicada el 30 de enero por el congreso de la intelligentsia, el nombre por el que se conoce en ruso al mundo de la cultura. Filósofos, periodistas, activistas, historiadores y artistas han impulsado esta iniciativa, que reclama una desescalada militar en la frontera con Ucrania para volver a la normalidad con Occidente.

“Sabemos que la mayoría de la población rusa no quiere la guerra, había que hablar claro y mostrar lo peligroso que es el aventurerismo del liderazgo ruso”, explica al otro lado del teléfono el primer nombre de la lista, el histórico defensor de los derechos humanos y exparlamentario Lev Ponomariov.

Esta es una de las pocas demostraciones públicas de descontento hasta ahora contra el pulso militar con la OTAN. Por un lado, la mayor parte de los rusos no responsabilizan al Kremlin de la tensión: tras la primera escalada militar de la primavera de 2021, un 48% de los encuestados por el centro de estudios sociológicos Levada señalaba a la Alianza Atlántica y un 20% a Kiev como culpables. Por otro, en la Rusia actual es muchísimo más difícil manifestarse que al principio de la guerra. En marzo de 2014 hubo dos protestas en Moscú con decenas de miles de personas mientras los soldados sin identificación rusos —los hombrecillos verdes, como los llamó Putin— tomaban Crimea. En aquellas marchas participaba el exvicepresidente Borís Nemtsov, asesinado en 2015 poco antes de publicarse su investigación sobre la intervención rusa en la guerra. “Entonces se podía salir a la calle, ahora es imposible. Salir a protestar ahora acaba en detenciones, en sangre, no se pueden llevar a cabo”, lamenta Ponomariov.

El espíritu del manifiesto alude a una frase muy repetida aún hoy por los mayores que vivieron la Segunda Guerra Mundial, conocida en Rusia como la Gran Guerra Patria: “No lo repitáis”. La carta lo recalca así: “Hablamos en nombre de Rusia, y no de vosotros [las autoridades], porque el pueblo, habiendo perdido millones de personas en conflictos pasados, piensa desde hace décadas que cualquier alternativa es mejor a la guerra. ¿Lo habéis olvidado?”.

Una de las firmantes es Natalia Evdokímova, exdiputada y ahora secretaria general del Consejo de Derechos Humanos de San Petersburgo. “La situación es tensa. No creo que vaya a haber un ataque a Ucrania, donde ahora hay fuerzas de la OTAN que instruyen a los militares ucranios, porque esto llevaría a una guerra, aunque nuestro país se encamina a ello. Todos desean que haya algún modo de cambiar de rumbo”, responde por teléfono.

“Por desgracia prevalece el punto de vista de que nos apuntan con armas ofensivas, de que nos amenazan los países de la OTAN. Esto es resultado de nuestros canales de televisión, que difunden continuamente esto”, agrega Evdokímova. En esta línea, el manifiesto destaca que se está imponiendo el mensaje de que una guerra es inevitable: “Nadie pregunta a los ciudadanos de Rusia, no hay discusión pública. Solo se presenta un punto de vista en la televisión estatal, y es el de los partidarios de la guerra. Desde allí se escuchan amenazas militarse directas, rezuman la agresividad y el odio hacia Ucrania, Estados Unidos y los países occidentales, pero lo más peligroso es que la guerra es presentada como el curso aceptable e inevitable de los acontecimientos”.

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En los últimos meses no solo ha aumentado el despliegue de militares en torno a Ucrania, con más de 100.000 tropas junto a sus fronteras, sino que también lo ha hecho la beligerancia en las declaraciones de los altos cargos rusos.

El presidente Vladímir Putin advirtió el 21 de diciembre de que los “misiles hipersónicos están activados en modo de combate”. El mandatario afirmó entonces que “en el caso de que continúe la línea agresiva de los colegas occidentales, adoptaremos las medidas de represalia técnico-militares adecuadas. Reaccionaremos con dureza a sus medidas hostiles”. El ministro de Defensa, Serguéi Shoigú, acusó a EE UU de preparar provocaciones con armas químicas en la región del Donbás y de enviar mercenarios a la zona.

El 23 de enero, el jefe de la delegación ante la OTAN, Konstantín Gravrílov, subrayó que si la OTAN ignoraba las demandas de Rusia, “Moscú sacará conclusiones y defenderá su seguridad en Europa por otros medios… Y tanto los europeos como los estadounidenses lo sentirán en el cuello”.

Ponomariov advierte de que “es importante movilizar a la sociedad contra el partido de la guerra”. A sus 80 años, el activista ha sido declarado agente extranjero y las autoridades han abierto un proceso administrativo en su contra. Para evitar problemas, el manifiesto señala los firmantes que están en esta lista negra de agentes extranjeros. Entre ellos figuran la ensayista y periodista Tatiana Vóltskaya y el escritor y guionista Víktor Shenderóvich. Este último abandonó el país tras ser declarado agente extranjero en vísperas de año nuevo.

El manifiesto también ha sido apoyado por los miembros de Yábloko, partido liberal de inclinación europeísta y sin representación en la Duma, el Parlamento ruso. Su fundador, Grigori Yavlinski, criticó la posición inamovible de Moscú al negociar sus garantías de seguridad. “Es un ultimátum que Putin presentó a EE UU y la OTAN y que se parece más a la demanda de un terrorista que ha tomado un rehén. Si no se cumplen, sufrirán los ciudadanos de un país diferente, Ucrania (Y Rusia, por supuesto)”, advirtió el político en un escrito tras lamentar que las amenazas contra Kiev han animado a Finlandia y otros países a pedir unirse a la alianza.

“Hace tres años Putin nos dijo que las armas hipersónicas y los misiles del fin del mundo de propulsión nuclear nos proporcionarían seguridad y tranquilidad; y hoy resulta que todo ya no depende de nosotros, sino de la OTAN. Los estadounidenses están probando ahora misiles hipersónicos, esto se llama carrera armamentística, y fue iniciada por la Rusia de Putin”, lamenta Yavlinski, que volvió la vista atrás, a la Unión Soviética: “Ya perdimos esa carrera una vez y nuestro país se vino abajo, ¿queremos repetir?”.

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