Las fuertes subidas de los precios de los carburantes para la ciudadanía le han costado la cabeza al máximo directivo de Petrobras, el general Joaquim Silva e Luna. El presidente Jair Bolsonaro lo destituyó este lunes por la noche después de que desoyera las presiones públicas del propio mandatario y otros políticos para no repercutir a los consumidores las alzas del petróleo en los mercados internacionales. Las acciones cayeron un 2,7% al cierre del lunes. Es el segundo presidente de Petrobras, la mayor empresa estatal brasileña, que Bolsonaro destituye en 13 meses.
El relevo fue anunciado poco antes de que el mandatario brasileño ingresara en un hospital con molestias estomacales. Tras ser sometido a diversas pruebas, recibió el alta. El presidente padece diversas secuelas de una puñalada que sufrió en la anterior campaña electoral.
Bolsonaro ha intentado quitar hierro este martes al relevo diciendo que “es un asunto de rutina, sin ningún problema”. El Gobierno es el principal accionista de la compañía con el 50,26%, que cotiza en las Bolsas de São Paulo, Nueva York y Madrid. El jefe del Ejecutivo, que el año pasado eligió al general Silva e Luna para el cargo porque pensó que sería más modelable que su antecesor, un tecnócrata, va a colocar ahora al frente de la petrolera a un economista partidario de contener los precios, Adriano Pires.
El pasado 10 de marzo la gasolina subió en Brasil un 18% y el diésel casi un 25% tras dispararse el barril de petróleo por la invasión rusa de Ucrania. El precio de los carburantes es un asunto vital para cualquiera que conduce un vehículo en este país descomunal que tiene una fuerte dependencia del transporte de mercancías por carretera. Y es, junto a la inflación, uno de los grandes quebraderos de cabeza de Bolsonaro, que pretende presentarse a la reelección. Y considera fuera de lugar que los precios castiguen a la clientela mientras la empresa reparte jugosos dividendos para su medio millón de accionistas.
El aumento del precio de los combustibles, relacionado en parte con los efectos que está teniendo la guerra en Ucrania y los de la inflación, incomodó a Bolsonaro que llegó a decir que era un “crimen contra la población”. A mediados de febrero declaró en una entrevista: “No tengo poderes sobre Petrobras. Pero, por mí, es una empresa que podría ser privatizada hoy”, pues “me libraría de ese problema”, dijo a la televisión Ponte Negra sobre esa remota posibilidad.
El problema de Bolsonaro es que la mayoría de la ciudadanía le considera responsable de los altos precios de los combustibles, según las encuestas. En Río de Janeiro y otro par de Estados, la gasolina está casi a ocho reales el litro (1,7 dólares o 1,5 euros), un dineral en un país donde el salario mínimo es poco más de mil reales. El descontento y la angustia entre los millones de conductores de aplicativos, motoristas repartidores y camioneros es enorme.
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El expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, principal adversario de Bolsonaro de cara a las elecciones de octubre, también está descontento con la política de precios de Petrobras. Es un crítico declarado de que el precio de que el consumidor pague una cantidad vinculada a los mercados internacionales y al dólar. “Si (en Brasil) todo está en reales, ¿por qué pagamos el precio de la gasolina en dólar?”, proclamó hace unos días. Este mismo martes ha participado en Río de Janeiro en un debate sobre el tema con el sindicato de los trabajadores petroleros.
Con más de 46.000 empleados, Petrobras extrae 2,7 millones de barriles de petróleo diarios. Fundada en los cincuenta por Getulio Vargas, se abrió al capital privado en los noventa.
La destitución del jefe máximo de Petrobras se produjo unas horas después de la salida del ministro de Educación, que dimitió este lunes por sospechas de corrupción. Bolsonaro aceptó finalmente desprenderse de Milton Ribeiro, que es pastor evangélico, después de días de desgaste ante revelaciones periodísticas que apuntan a que el ministro dio preferencia en el reparto de fondos públicos para la educación a alcaldes a cambio de sobornos en los que otros dos pastores ejercían de intermediaros.
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Bolsonaro, este viernes en un helicóptero antes de despegar para sobrevolar la ciudad de Petrópolis.– (AFP)
Sigue diluviando sobre la ciudad brasileña de Petrópolis (Río de Janeiro) este viernes mientras aumenta la cifra de desaparecidos por la histórica tromba de agua caída el martes. Los equipos de rescate buscan a 213 personas, una cifra que casi se ha duplicado desde la víspera, según las cuentas de la Policía Civil. Los equipos de rescate han localizado 218 cadáveres cuando cumplen tres días desplegados. Nada más regresar a Brasil después de una mini gira por Europa, el presidente Jair Bolsonaro se ha desplazado hasta la zona afectada. El mandatario visitó al ruso Vladímir Putin y al húngaro Viktor Orbán.
Los bomberos siguen buscando víctimas en el barro bajo intensas lluvias que han causado nuevas inundaciones y han hecho saltar las alarmas de emergencia varias veces en este tercer día de tareas de rescate. La mayoría de los fallecidos (79) son mujeres. También perdieron la vida una veintena de niños.
Tras sobrevolar Petrópolis, una ciudad de montaña a 70 kilómetros de Río, el presidente ha descrito la escena como “una imagen casi de guerra”. En tono de resignación, también ha dicho: “No tenemos cómo prevenir todo lo que pasa en 8,5 millones de kilómetros cuadrados (en referencia al territorio nacional). La población tiene razón al criticar, pero desgraciadamente en esta región ya hubo otras tragedias. Pedimos a Dios que no se repita”. Más de 900 personas murieron en esta zona por otro temporal en 2011.
El mandatario dice que el Gobierno hará todo lo que esté en su mano para minimizar el impacto. Ya ha transferido 2.000 millones de reales (casi 400 millones de dólares, 340 millones de euros) a Petrópolis y otras decenas de ciudades afectadas por las fuertes precipitaciones en las últimas semanas, informa el diario O Globo.
Petrópolis es una ciudad turística, conocida como capital imperial porque la corte brasileña se instaba allí en verano, donde viven 300.000 vecinos. Unos 900 de ellos han perdido sus hogares en las peores lluvias caídas en la ciudad desde 1932 y han tenido que ser realojados en escuelas e iglesias. El riesgo de nuevos deslizamientos de tierra es alto. La tragedia ha puesto el foco en la tasa que descendientes de la familia real brasileña cobran por cada transacción inmobiliaria en los terrenos que fueron de su propiedad y el emperador Pedro II donó.
Las familias de las víctimas esperan a las puertas del Instituto Médico Forense a que los funcionarios digan los nombres de sus allegados para poder llevárselos para la despedida definitiva. Y, mientras las funerarias locales trabajan sin descanso, los servicios básicos y la mayoría del comercio están paralizados. La prioridad del alcalde es rescatar víctimas, dar cobijo a los damnificados y restablecer los servicios básicos como la electricidad, el transporte público o la recogida de basuras. En el cementerio, los operarios han abierto nuevas tumbas, cuenta Folha de S. Paulo.
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El epicentro de la tragedia es un cerro donde los desprendimientos causados por la fuerte tormenta se llevó por delante unas 80 viviendas. Las construcciones precarias levantadas ilegalmente en peligrosas colinas son un paisaje habitual en este país. Solo en Petrópolis, casi el 20% del municipio está considerado de riesgo alto o muy alto, terreno en el que se alzan más de 12.000 viviendas.
João Henrique de Orleans y Bragança, heredero de la familia real que fundó Petrópolis, ha acusado de la catástrofe a las autoridades locales por permitir las ocupaciones ilegales. “Son varios los alcaldes y los concejales que han incentivado la ocupación de los cerros de la zona”. Según Orleans y Bragança, el propósito era atraer votantes. “Los políticos traían a gente de Nova Iguaçu y Caxias (dos ciudades de la zona metropolitana de Río), les daban tierras en zonas de riesgo, sin escrituras, a cambio de que la gente trasladara su domicilio electoral a la ciudad”.
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Putin y Bolsonaro, durante su reunión este miércoles en la misma mesa en la que el ruso recibió, aunque con mayor distancia, a sus homólogos de Francia y Alemania.Mikhail Klimentyev (AP)
El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, ha realizado una minigira por Europa esta semana, una de las más tensas que el continente ha vivido en las últimas décadas por la crisis ucrania, para reunirse con dos líderes muy cuestionados por Occidente ahora mismo, el ruso Vladímir Putin y el húngaro Viktor Orbán. El latinoamericano vuelve a casa con la foto que buscaba y sin grandes logros en materia bilateral, objetivo declarado de un viaje ajeno en principio a la crisis en torno a Ucrania. Sí ha cosechado una dura crítica de Estados Unidos por desoír sus presiones para que cancelara el viaje y, por si fuera poco, declarar públicamente en Moscú su “solidaridad” con Putin. Al trío les unen sus valores y la pertenencia al club informal de dirigentes nacionalpopulistas.
Para Bolsonaro, esta gira obedece más a su interés en impulsar en casa su imagen internacional como parte de una alianza ultraconservadora que a revertir el aislamiento diplomático en el que ha sumido a Brasil. En sus comparecencias con Putin y Orbán destacó sus afinidades y los valores que comparte con ellos: Dios, patria y familia (familia tradicional, quiere decir). En Hungría, el brasileño añadió libertad.
Y pronunció ante Putin una frase que ha causado gran enfado en Washington mientras suenan ecos de una nueva guerra en Europa. “Somos solidarios con los países que quieren y se empeñan en la paz”, dijo Bolsonaro el miércoles durante una comparecencia que, por lo demás, obvió totalmente la crisis ucrania para destacar la cooperación en agricultura o energía nuclear. Para el Departamento de Estado estadounidense, la actitud de Bolsonaro “socava la diplomacia internacional centrada en evitar un desastre estratégico y humanitario, así como los llamamientos del propio Brasil para pedir una solución pacífica a la crisis”, informó la agencia Reuters. La portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, ha añadido este viernes que “Brasil quizá está en el lado contrario al de la mayoría de la comunidad global”. Un tono poco habitual en la diplomacia entre los dos mayores países americanos.
El mandatario brasileño viajó a Moscú tras hacer oídos sordos a las peticiones de EE UU de que cancelara la visita a Putin. Y aterrizó justo horas después de que el anuncio ruso de un inicio de repliegue militar aliviara la tensión (temporalmente y entre dudas sobre las manifestaciones de Moscú), circunstancia que el brasileño aprovechó para sugerir en mensajes dirigidos a sus fieles que la distensión era cosa suya. Nada menos. “Mantuvimos nuestra agenda. Por coincidencia o no, parte de las tropas dejaron la frontera [con Ucrania]”, declaró tras ver a Putin. El brasileño está en campaña para la reelección.
Bolsonaro abraza a Orbán este jueves durante su visita oficial a Budapest. Anna Szilagyi (AP)
El presidente ruso recibió al brasileño durante casi dos horas el miércoles, precisamente el que según el espionaje de EE UU era el día D de la posible invasión rusa. Ambos charlaron en la misma larga mesa en la que fueron recibidos los líderes de Francia y Alemania —Emmanuel Macron y Olaf Scholz, respectivamente—, pero sentados a una distancia menor, la reservada a los amigos y a quienes, como Bolsonaro, aceptan hacerse una PCR en Moscú. Y aunque no hay constancia de que el brasileño esté vacunado, ambos se dieron un apretón de manos.
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La derrota electoral del estadounidense Donald Trump en 2020 y la salida del poder del israelí Benjamín Netanyahu han dejado a Bolsonaro sin los aliados preferenciales del inicio de su mandato. Su gestión de la Amazonia y el desmantelamiento sistemático de la política medioambiental han amargado la relación con la Unión Europea, especialmente con la Francia de Macron. La deforestación, la peor en 15 años en el mayor bosque tropical del mundo, mantiene empantanado el proceso de ratificación del acuerdo comercial entre la UE y Mercosur.
Los encuentros con los mandatarios de Rusia y Hungría incluyeron muchas menciones al comercio bilateral, cooperación en defensa, energía nuclear o medio ambiente, pero pocos acuerdos. Para el editorialista del diario Estadão, de centroderecha, la visita “a dos populistas autoritarios es inoportuna y contraproducente para los intereses nacionales”. Añade que “solo se explica por su lógica electoral”.
Con Bolsonaro y el fin de la bonanza económica de comienzos del XXI, quedan atrás los tiempos en los que Brasil se codeaba con las grandes potencias y encandilaba al mundo. Brasilia tiene una relación económica limitada con Moscú, pero “tener relaciones políticas estrechas con otras grandes potencias como Rusia ayuda a Brasil a gestionar su relación altamente asimétrica con Washington”, tuiteó estos días Oliver Stuenkel, analista de la Fundación Getulio Vargas. Este recordó que cuando Putin se anexionó Crimea en 2014, la entonces presidenta, Dilma Rousseff, no lo criticó porque los BRIC, el club de los países emergentes que ambos forman con China, India y Sudáfrica, eran la prioridad diplomática del momento.
Con Trump fuera de la Casa Blanca, Bolsonaro se ha visto obligado a intensificar la relación con mandatarios afines como Putin, que, además, mantiene un pulso con Estados Unidos. A su lado, repitió dos veces que Brasil es una potencia y se esforzó por aparentar que están en pie de igualdad en la esfera internacional, un mensaje para consumo interno. Muestra de que esa era la prioridad es el hecho de que la comitiva presidencial incluyera a uno de sus hijos, Carlos, que dirige su campaña en redes sociales y es concejal en Río de Janeiro, pero no al ministro de Economía, Paulo Guedes.
La invitación rusa fue cursada a finales del año pasado y el principal tema en la agenda de los brasileños era el suministro de fertilizantes rusos, cruciales para el gigantesco sector agrícola de la primera economía de América Latina. Al día siguiente, en Budapest, Bolsonaro tuvo un encuentro más breve con Orbán, al que presentó como un “hermano”. El húngaro está, con Polonia, en el punto de mira de las instituciones europeas por su deriva autoritaria y en vísperas de unas elecciones que se le presentan complicadas; fue uno de los pocos jefes de Gobierno que asistieron a su toma de posesión en Brasilia.
De regreso a Brasil este viernes, Bolsonaro ha ido directo a Petrópolis (Río de Janeiro) a visitar a los damnificados por las fuertes lluvias. Los muertos en esta ciudad montañosa que fue la capital imperial de verano suman ya 120 y los bomberos buscan a un centenar largo de desaparecidos.
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Los presidentes Putin y Bolsonaro, durante su reunión este miércoles en la misma mesa en la que el primero recibió, aunque en una disposición diferente, a Macron y a Scholz.Mikhail Klimentyev (AP)
El presidente ruso, Vladímir Putin, ha recibido en Moscú a su homólogo brasileño, Jair Bolsonaro, veinticuatro horas después de su anuncio de que empieza a retirar tropas de la frontera con Ucrania, pero en su comparecencia conjunta este miércoles han obviado la crisis que ha colocado al mundo al borde de una guerra en Europa. “Somos solidarios con los países que quieren y se empeñan en la paz”, ha dicho Bolsonaro en la única referencia al asunto durante intervención que han terminado con un apretón de manos. Ambos han coincidido en ensalzar sus relaciones comerciales -con los fertilizantes como protagonistas— y se han comprometido a estrechar su colaboración en ámbitos como agricultura, energía nuclear, defensa o medio ambiente.
Bolsonaro ha desoído las presiones de la Administración estadounidense para que cancelara el viaje oficial, que responde a una invitación cursada por Putin a finales de 2021. Con este viaje, el brasileño logra la foto que buscaba con un líder mundial para impulsar en casa su desastrosa imagen internacional. Y Putin, ampliar la lista de mandatarios extranjeros que le visitan en las últimas semanas. Unos, en busca de una salida negociada en Ucrania, otros para darle apoyo político o los terceros, para tratar asuntos bilaterales, como Bolsonaro o el argentino Alberto Fernández.
Los líderes de Rusia y Brasil, a los que les une una agenda conservadora y nacionalista además de su pertenencia al club de los BRICS, se han reunido durante casi dos horas. Primero en torno a una mesita y después en la larguísima mesa en la que Putin recibió a los presidentes Emmanuel Macron y Olaf Scholz, pero este miércoles ha sentado a su invitado en un lugar distinto, lo que ha reducido notablemente la distancia entre ellos. El mensaje era evidente. El latinoamericano aceptó hacerse una prueba PCR en Moscú, a diferencia de los mandatarios de Francia y Alemania. Todo apunta a que Bolsonaro no está vacunado.
El presidente ruso ha destacado que Brasil es su primer socio comercial en América Latina. El Servicio de Aduanas ruso cifra el comercio bilateral en torno a 4.500 millones de dólares antes de la pandemia, nivel prácticamente recuperado en 2021. Supone menos de un 2% de las exportaciones e importaciones rusas. Con las sanciones y la inflación que sufren los alimentos, el granero brasileño supone un apoyo en los supermercados rusos.
Los fertilizantes son parte esencial de la relación económica. Para Brasil y su colosal sector agrícola es crucial garantizar un suministro a precios razonables ahora que la pandemia ha trastocado las cadenas de suministro mundiales.
Brasil es, a ojos rusos, una pieza en su defensa de un mundo multipolar. “Estamos interesados en el papel independiente de América Latina y el Caribe en la arena internacional y vemos un papel central de Brasil en el desarrollo de esa importante región del mundo”, ha declarado el canciller ruso, Serguéi Lavrov, tras la reunión que él y el titular de Defensa han mantenido con sus homólogos brasileños.
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Putin ha anunciado la disposición de la agencia nuclear rusa para construir nuevas centrales en el gigante latinoamericano. Con el gancho de un coste menor, la estatal Rosatom querría exportar a los países en desarrollo la primera estación nuclear del mundo, Akadémik Lomonósov, que estrenó en 2019. También pretende construir en Brasil dos nuevas estaciones rusas de seguimiento de basura espacial.
Antes de reunirse con Putin, el mandatario brasileño, que llegó a la Presidencia con la promesa de combatir el comunismo, empezó su jornada con un homenaje al soldado desconocido de la época soviética. Después, en su parlamento ante su homólogo ruso recordó los valores compartidos: “La defensa de la familia (tradicional) y creer en Dios”. Después ha mencionado dos veces que Brasil es una potencia y la ha colocado en pie de igualdad con Rusia, ha agradecido a su homólogo que defienda la soberanía brasileña de la Amazonia y ha instado a los rusos a invertir en la mayor economía de América Latina.
El agravamiento de la crisis ucrania ha convertido la visita en asunto sensible para Brasil. Pero el cuestionado anuncio de Putin del martes de que iniciaba un repliegue ha aliviado la tensión que rodeaba el encuentro, que coincide con los días en que, según EEUU, Rusia iba a invadir la vecina Ucrania.
Bolsonaro está diplomáticamente muy aislado en Occidente desde que su mejor aliado, Donald Trump, perdió las elecciones. Eso le ha obligado a mirar con mejores ojos a Rusia y a la alianza forjada en el seno de los BRICS, que completan China, India y Sudáfrica.
Este martes circularon por las redes sociales de Brasil vídeos que atribuían, falsamente, al dirigente ultraderechista brasileño el mérito del repliegue anunciado por Rusia. Para el brasileño, impopular dentro y fuera de su patria, es la ocasión de mostrar que Brasil tiene protagonismo internacional y amigos poderosos. Ese es un flanco en el que le aventaja con mucha holgura Luiz Inácio Lula da Silva, con el que se disputará seguramente la presidencia dentro de ocho meses.
La diplomacia brasileña tiene una larga tradición de neutralidad, trastocada por la alianza que Bolsonaro forjó con Trump. El brasileño tardó mucho en reconocer la victoria de Joe Biden y su administración le ve con desconfianza. Y la relación con la Unión Europea es tirante porque su gestión de la Amazonia acelera la destrucción del mayor bosque tropical del mundo.
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A la izquierda, Manoel Silva Rodrigues, en una imagen de sus redes sociales y la maleta donde fue encontrada la droga.EL PAÍS
El sargento brasileño detenido en España con 39 kilos de cocaína cuando formaba parte de la comitiva del presidente Jair Bolsonaro ha sido condenado este martes a 14 años de cárcel por un tribunal militar de Brasilia. La droga que el soldado Manoel Silva Rodrigues llevaba escondida en tres maletas fue descubierta por la Guardia Civil durante una breve escala en Sevilla del mandatario brasileño en 2019, cuando estaba en ruta hacia Japón para participar en el G20. El cargamento ilícito y el militar viajaban en un avión de las Fuerzas Aéreas que acompañaba al del presidente. Rodrigues está encarcelado en España, cumpliendo los seis años impuestos por la Audiencia de Sevilla por los mismos hechos.
El juez militar brasileño ha aplicado varios agravantes, que elevan la pena de ocho a 14 años, seis meses y una multa, informa el diario Folha de S. Paulo. El magistrado considera que el uniformado actuó de mala fe porque se aprovechó de conocimientos adquiridos como miembro de la Fuerza Aérea para burlar las inspecciones de su equipaje. También ha anunciado que solicitará que los años de cárcel cumplidos en España sean descontados de la condena brasileña.
Durante ambos juicios, el soldado apeló en su defensa a las estrecheces económicas que le impulsaron a tomar una mala decisión. Su abogado ha alegado que el uniformado no era el vendedor de la droga, sino una mera mula que la transportaba.
Rodrigues explicó así su comportamiento durante el juicio de 2020: “La persona que me lo entregó [la droga] en Brasil me dijo que su destino era Suiza y que yo debía meterla en Europa. (…) Pasaba por dificultades económicas. Llevo 20 años en el Ejército y nunca he tenido ningún expediente, pero un militar en Brasil no tiene un salario bueno. Siempre compro cosas en mis viajes, como móviles, y las vendo para ganar algo extra”. Aseguró entonces que era la primera vez que traficaba con drogas.
El tribunal español también le impuso una multa de dos millones de euros. Y acordó que, para evitar un efecto llamada, el militar cumpliera en España la pena hasta que obtenga al menos el tercer grado. Su solicitud de hacerlo en su país fue rechazada.
La cocaína, oculta en fardos de poco más de un kilo, fue descubierta en el aeropuerto de Sevilla, donde la comitiva de Bolsonaro hizo una escala. Tras pasar las maletas por los rayos X, agentes de la Guardia Civil pidieron explicaciones a Rodrigues, que había dicho que era queso, un alimento de origen animal que está vetado introducir en la EU desde países ajenos al bloque comunitario.
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Lula da Silva, el pasado enero durante un discurso en el sindicato de los metalúrgicos, en São Bernardo do Campo.CARLA CARNIEL (REUTERS)
El Partido de los Trabajadores (PT), que al comienzo de siglo fue la máquina electoral mejor aceitada de América Latina, cumple 42 años este jueves con la mirada puesta en desalojar del poder al ultraderechista Jair Bolsonaro. El único líder que ha tenido el PT, el expresidente Lula da Silva, ha aprovechado el aniversario para animar a los militantes de base a echar el resto y movilizarse durante los ocho meses que restan hasta las elecciones presidenciales. Con la resurrección política de Lula y la ventaja con la que lidera desde hace meses las encuestas electorales, el PT pretende recobrar el vigor tras la crisis más profunda de su historia en la que vio a su líder encarcelado y su poder regional cayó a mínimos.
“Es como si yo y el PT estuviéramos resucitando”, ha dicho antes de recalcar que “nada es capaz de destruirnos”. En un discurso que, cosa rara, ha leído, ha recordado los estragos causados por Bolsonaro, las conquistas sociales de los cuatro gobiernos petistas y sus 580 días en prisión. La misión de Lula es, en palabras del PT, reconstruir Brasil para que sea de nuevo un país más justo y más democrático. Con el lema “Brasil tiene solución”, el expresidente ha instado a los militantes mantener la esperanza. El partido espera crear en los próximos meses 5.000 comités populares que reactiven la fuerza callejera desplegada por el PT durante los mandatos de Lula y Dilma Rousseff, de 2004 a 2016.
Lula todavía no ha oficializado su candidatura pero lo que lastra ahora mismo su campaña no es eso, sino la pandemia. Ante la aparición de la ómicron y para cumplir los protocolos de la pandemia, el PT aparcó los planes originales de celebrar el 42 aniversario con una gran fiesta. Tuvo que contentarse con un acto virtual con saludos grabados por dirigentes y militantes pero sin el calor del público. Mientras sus principales adversarios, Bolsonaro y el antiguo juez Sérgio Moro, recorren el país protagonizando actos públicos, Lula participa en incontables entrevistas con emisoras de radio y medios digitales y reuniones con otros políticos, pero no en actos multitudinarios por el momento. El PT considera que la pandemia en Brasil “se ha visto agravada por la gestión criminal de un presidente y un Gobierno negacionistas”, como ha dicho la presidenta de la formación, Gleisi Hoffmann.
El acto virtual del PT, difundido vía YouTube, ha coincidido con el directo semanal que el presidente Bolsonaro hace cada jueves en esa misma red. El mandatario ha presumido de haber finalizado una emblemática obra que inició Lula en el Nordeste, el gran granero de votos de la izquierda. Bolsonaro ha exhibido de nuevo su poderío en el mundo digital al reunir a 17.000 personas en su canal, mientras 1.200 esperaban el discurso de Lula en el del PT. Para el ultraderechista, esta disparidad de audiencia “prueba que los sondeos son una farsa”. “Todo el mundo lo sabe”, ha insistido.
Lula sigue completamente inmerso en las negociaciones para que un antiguo adversario, el centroderechista Geraldo Alckmin, sea su compañero de candidatura como vicepresidente para suavizar las reticencias que suscita en sectores alejados de la izquierda y allane una victoria.
El exmandatario ha reivindicado la figura de Rousseff, convertida en objetivo preferencial de los críticos. El PT no ha podido librarse de la polémica sobre el papel que ocupará la expresidenta en la campaña de Lula en vista de que es acusada de haber agravado la crisis económica en los meses finales de su mandato, antes de ser destituida por el Congreso.
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El PT es casi una anomalía en el panorama político brasileño, donde pertenecer a una u otra sigla es a menudo irrelevante porque las formaciones nacen y mueren a una velocidad asombrosa, suelen tener poca sustancia ideológica y los políticos se mudan con facilidad de unas a otras.
El PT fue creado el 10 de febrero de 1980 en plena dictadura para defender los derechos del pueblo trabajador. Fue presentado en el colegio Sión, una escuela judía de São Paulo, gracias al impulso de una combinación de sindicalistas, movimientos católicos e intelectuales de clase media alta incluidos los padres de Chico Buarque, Sérgio y Amelia Buarque de Hollanda.
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Una imagen del ministro de Economía, Paulo Guedes, este martes en las protestas de los funcionarios para reclamar un amento salarial.UESLEI MARCELINO (REUTERS)
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, abrió hace unas semanas la caja de los truenos al anunciar una subida salarial para los policías federales. Con esa medida, el mandatario se pega un tiro en el pie porque otros colectivos de funcionarios pusieron el grito en el cielo, exigieron un aumento equivalente y este martes han hecho paros laborales para presionar al mandatario, que tiene hasta el viernes para ratificar los presupuestos generales. La iniciativa partió de la élite del funcionariado, del sindicato que reúne a categorías como los auditores o los diplomáticos.
El descontento entre los trabajadores del sector público abre un nuevo frente al presidente brasileño, que ya está bajo presión por la inflación, el desempleo, las reticencias de los inversores internacionales —uno de los mayores fondos del mundo, Black Rock, ha anunciado que solo volverá a invertir aquí si cambia el Gobierno—, y la holgada ventaja de Lula da Silva en las encuestas para los comicios de octubre próximo, entre otras cosas.
También han parado empleados públicos del Congreso, del Poder Judicial y del Banco Central. Reclaman subidas superiores al 20% tras años sin actualización salarial. El guiño a los policías, combinado con una inflación que cerró 2021 con un 10%, ha colmado la paciencia del colectivo. Ha habido algunas pequeñas manifestaciones de protesta frente a los ministerios, en Brasilia, pero la principal movilización ha consistido en paros de dos horas o en extremar el celo en los procesos burocráticos alargando los trámites para llamar la atención sobre sus demandas salariales. Queda por ver si su efecto se siente en las fronteras o los aeropuertos.
Antes de Navidad, Bolsonaro prometió a los policías federales, los agentes que vigilan las carreteras y los guardas penitenciarios un aumento que supone 1.700 millones de reales (300 millones de dólares, 270 millones de euros) a las arcas públicas. El presidente quiere tenerles contentos porque son parte de su base electoral más fiel. Pero junto a la presión del resto de los funcionarios para que eviten un agravio comparativo, el mandatario recibe también presiones para que descarte cualquier incremento de sueldo para no agravar la situación de las cuentas públicas. El Gobierno ha logrado saltarse temporalmente el techo de gasto pero existe el temor entre los más liberales de que Bolsonaro se embarque en un dispendio con la vista puesta en los comicios.
“Bolsonaro ignora el cálculo político básico en la telenovela del reajuste (salarial)”, escribe el columnista Bruno Boghossian en Folha de S.Paulo al explicar que el empeño del presidente por asegurarse la fidelidad de su núcleo duro, a falta de grandes logros gubernamentales y con un presupuesto limitado, le ha llevado a que el resto de los empleados públicos se sienta agraviado.
Los sindicatos han anunciado nuevos paros para la semana que viene y no descartan una huelga general si Bolsonaro no responde a sus exigencias. Mientras, los policías también han advertido al presidente de extrema derecha de que si no cumple lo prometido se considerarán traicionados.
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El Gobierno federal brasileño tiene 1,2 millones de empleados públicos. Algunos de ellos cobran salarios envidiables para la media de los brasileños. Los analistas del Banco Central empiezan su carrera en la institución con un sueldo que es 20 veces el salario mínimo, el de los empleados de Hacienda es 27 veces mayor, según datos publicados por el diario O’Globo.
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La popularidad de Jair Bolsonaro en las encuestas electorales de Brasil merma mes a mes. Pero eso no le impidió protagonizar una elocuente demostración de fuerza en internet hace unas semanas. El presidente fue elegido persona del año por la revista Time. Era cierto, pero con un matiz. Fue elegido por los lectores en una encuesta digital; el semanario coronó, sin embargo, al multimillonario dueño de Tesla, Elon Musk, como la persona más influyente de 2021. El ultraderechista brasileño ganó entre los cibernautas con un cuarto de los nueve millones de votos, muy por delante de su admirado Donald Trump. Gracias a la movilización de sus seguidores, el mandatario recordó que mantiene su poderío digital.
La campaña para que Time eligiera a Bolsonaro se fraguó en Telegram, el nuevo espacio digital preferido del brasileño y otros líderes mundiales de la derecha que erosiona la democracia. Es el lugar donde buscan refugio ante las medidas contra la desinformación y las noticias falsas que van adoptando Facebook, Twitter, Google o YouTube.
Las medias verdades y mentiras que circulan por redes sociales tuvieron gran protagonismo en las últimas elecciones de Brasil. Internet fue crucial en la victoria de Bolsonaro. Con la vista puesta en los comicios del próximo octubre, las autoridades electorales están especialmente preocupadas por Telegram, que gana velozmente usuarios y con el que no logran siquiera establecer una interlocución.
Días después de que Bolsonaro se erigiera en una de las personalidades del año de Time, el presidente del Tribunal Superior Electoral, Luís Roberto Barroso, escribió al consejero delegado de Telegram, Pavel Durov, un programador de 37 años nacido en Rusia. El juez le solicitaba que su empresa colaborara en los esfuerzos para combatir la desinformación. Apoyaba la petición en dos hechos: la aplicación está descargada en la mitad de los móviles brasileños y “ahora mismo se están diseminando por Telegram teorías de la conspiración e informaciones falsas sobre el sistema de voto electrónico”, dice el correo electrónico. El Zuckerberg ruso no ha respondido. La empresa, con sede en Dubái, no tiene representantes en Brasil.
El desembarco del bolsonarismo (y del trumpismo) en Telegram empezó justo hace ahora un año, tras el asalto al Capitolio, cuando Twitter suspendió la cuenta de Trump por incitar aquella protesta violenta. El hasta entonces político más poderoso del mundo se quedaba sin su principal altavoz y Bolsonaro tomó nota. “Registraos en mi canal oficial de Telegram”, pidió a sus fieles el brasileño. Comenzaba la campaña para buscar refugio en un lugar con menos cortapisas a la estrategia digital que lo catapultó al poder. Y funcionó. El militar retirado acumula un millón largo de seguidores, más que ningún otro líder mundial. Le siguen Trump (con un perfil no oficial) y los presidentes de Turquía, Uzbekistán, Etiopía y México, según un informe del Núcleo Jornalismo que investiga el impacto de las redes sociales en la vida de los brasileños.
La última elección fue la más polarizada de la historia de Brasil. Esta será también a cara de perro y es probable que abunde el juego sucio. Brasil es terreno fértil para la desinformación, explicaba la verificadora de datos Cristina Tardáguila en un reciente podcast de Americas Quarterly. Enumeraba tres motivos: el panorama informativo es un páramo fuera de São Paulo, Río y Brasilia porque no existe prensa independiente, el 80% de los brasileños se informa principalmente en WhatsApp y faltan verificadores.
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Un seguidor de Bolsonaro se toma una selfi con un muñeco de la imagen del presidente en el estadio Maracana.Fabio Teixeira (Getty Images)
A ello se suma una población enganchada a Internet como la de pocos países, gran desconfianza en las instituciones y un presidente anticiencia que siembra dudas sobre la votación. Un cóctel con gran potencial de que la desinformación contamine la campaña y las elecciones con el temor añadido de que el presidente no reconozca el resultado si pierde.
“Telegram se ha convertido en una importante herramienta para que los políticos hablen con sus bases porque tiene menos controles de moderación (de los contenidos que otras aplicaciones) y ofrece más recursos de transmisión”, explica el informe de Núcleo Jornalismo.
El canal de Bolsonaro es propaganda 2.0, un torrente de información sobre logros gubernamentales con el aliciente de que cualquiera puede comentar desde el anonimato. Frases como “lo que usted no sabrá por la prensa” son el típico gancho.
Esta aplicación de mensajería fue creada por Durov en 2013. Prueba del momento de éxito que vive, los 70 millones de nuevos usuarios que sumó en un solo día de octubre. A primera vista es una especie de Whatsapp. Incluso el aspecto es similar, pero las normas de moderación del discurso son mucho más laxas. Veta la incitación a la violencia, al terrorismo y la pornografía, pero ofrece barra libre a quien distorsiona de manera grotesca los hechos o miente sin rubor. Gran ventaja para un político como Bolsonaro al que Twitter, Facebook e Instagram ya le han eliminado mensajes por desinformar. El precedente de Trump pesa.
Telegram permite, además, grupos de 200.000 personas frente a las 256 de WhatsApp, un límite creado para frenar la viralización de noticias falsas como las que circularon con fuerza en la anterior campaña. Basta apuntarse a un canal, sin invitación.
Si el servicio de mensajería de Zuckerberg protagonizó los comicios de 2018, esta vez podría ser el momento de esta aplicación. A Bolsonaro le han seguido hasta este nuevo territorio digital sus hijos, diputados afines y relevantes personajes bolsonaristas como el bloguero Allan dos Santos, investigado por diseminar noticias falsas, prófugo de la justicia brasileña y vetado de otras redes. Para los fieles al presidente, Do Santos es un mártir de la libertad de expresión y los jueces del Supremo, meros censores de voces críticas.
Seguidores de Bolsonaro siguen de cerca una de sus transmisiones por redes sociales.Getty Image
En su estrategia contra la desinformación, el Tribunal Superior Electoral ha logrado que Google establezca nuevos requisitos para contratar propaganda política y el compromiso de informar públicamente de quién paga los anuncios. La máxima autoridad electoral también mantiene conversaciones con otras grandes tecnológicas para que los comicios sean limpios.
Bolsonaro desdeña a la prensa tradicional. Desde que es presidente ha pasado al ataque frontal contra los grandes medios. Prefiere la galaxia formada por las redes sociales, donde suma 45 millones de seguidores. Para él, Telegram es un canal más “para interactuar con el pueblo”. Por supuesto, sin la molestia de tener que rendir cuentas o responder a demasiadas críticas. Es su zona de confort porque fuera de ahí ahora hace frío. Cada vez es más frecuente que el presidente oiga pitadas en sus controladas apariciones públicas y son constantes las críticas por su gestión de la pandemia, la inflación y el desempleo.
Desde que fue rehabilitado, Lula da Silva ha reforzado su presencia en redes sociales. Pero está a años luz de las cifras de seguidores del bolsonarismo. En Telegram le acompañan 46.000 seguidores y en Twitter, tres millones, pero el hábitat donde el antiguo sindicalista realmente se siente cómodo es el mundo analógico, el de los mítines y los abrazos. Aunque la pandemia le ha impedido retomar el cuerpo a cuerpo, desde hace meses lidera con holgura los sondeos frente a Bolsonaro.
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Jair Bolsonaro camina con una sonda en un hospital de São Paulo.Instagram @michellebolsonaro
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, ingresado desde el lunes en un hospital de São Paulo, no tendrá que entrar de nuevo en quirófano. La obstrucción intestinal que le obligó a interrumpir sus vacaciones de playa y ser ingresado ha sido eliminada con el tratamiento “por lo que no hay indicación quirúrgica”, ha informado este martes el centro sanitario en una nota. El mandatario, de 66 años, ha sido examinado a primera hora por el médico que le trata de las secuelas que le dejó una puñalada en el abdomen que propinada por un enfermo mental en la campaña electoral de 2018
El equipo médico que le atiende también ha comunicado que el dirigente brasileño evoluciona favorablemente, que comenzará a tomar dieta líquida y que, por el momento, no hay previsión de que sea dado de alta.
La crisis pilló a su médico en el extranjero. Por eso Bolsonaro ha tenido que esperar a que el doctor Antonio Luiz Macedo, que estaba de vacaciones en las islas Bahamas, regresara a Brasil para examinarle en persona. El cirujano ha aterrizado en el aeropuerto internacional de São Paulo poco después del amanecer y se ha dirigido directamente al centro hospitalario. El especialista regresó a Brasil desde las islas caribeñas en un avión fletado por el centro sanitario, según la prensa local.
Bolsonaro ha pasado sus vacaciones navideñas en Brasil. En concreto, en la costa del Estado sureño de Santa Catarina cuando el domingo después de comer empezó a sentir malestar y dolores abdominales. Dado su historia médico, fue trasladado por vía aérea al Hospital Vila Nova Star de São Paulo, el mismo donde fue tratado de una crisis similar en julio pasado. Tampoco entonces requirió ser intervenido quirúrgicamente. Pero desde la puñalada, el mandatario ha pasado varias veces por el quirófano a causa de las secuelas.
A consecuencia del ataque, el entonces candidato no participó en ninguno de los debates electorales. Y su popularidad se disparó en las encuestas que había liderado Lula da Silva hasta que los jueces lo inhabilitaron para concurrir. Recuperados sus derechos políticos, el veterano expresidente Lula, de 76 años, lidera de nuevo los sondeos en el inicio de este año electoral.
La mayoría de los brasileños, incluidos parte de los seguidores del presidente, ha criticado la persistente insensibilidad que ha mostrado desde el inicio de la pandemia por los afectados y sus familias.
Pero la hospitalización ha resucitado, en cambio, el ataque que sufrió tras un mitin en Juiz de Fora (Minas Gerais) un mes antes de la primera vuelta de las elecciones. El agresor, declarado inimputable por los jueces en vista de sus graves problemas mentales, dijo que obedecía órdenes de Dios. Este lunes el clan Bolsonaro y sus más fieles seguidores aprovecharon la crisis sufrida por el presidente para recordar que el ataque fue real (y no una invención como sostienen algunas teorías de la conspiración).
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El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, posa en el hospital, tras ser ingresado por dolores abdominales, para una foto que ha tuiteado este lunes.RR. SS.
Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, ha tenido que interrumpir sus vacaciones navideñas por dolores intestinales que le han llevado al hospital. El mandatario voló la madrugada del lunes a São Paulo, donde ha quedado ingresado. “Me harán más análisis para una posible cirugía de obstrucción interna en la región abdominal”, ha contado él mismo en redes sociales. Bolsonaro sufre diversas secuelas de la puñalada que un enfermo mental que decía actuar en nombre de Dios le dio en el abdomen durante la campaña electoral de 2018 y ha sido operado en cuatro ocasiones.
El presidente ha contado que empezó a sentirse mal el domingo después de comer. Estaba en la costa del Estado sureño de Santa Catarina con su esposa y su hija. Desde allí se desplazó primero en helicóptero y después en avión a São Paulo, al hospital Nova Star, donde ya fue tratado en el pasado por crisis por similares.
Al llegar, a las tres de la madrugada, le colocaron una sonda nasogástrica. Está a la espera de que el médico que le intervino quirúrgicamente tras la puñalada, y que desde entonces le hace seguimiento, regrese de sus vacaciones. El doctor estaba en las islas Bahamas, según el diario Folha de São Paulo.
El centro sanitario ha informado de que el paciente “se encuentra estable, en tratamiento y será reevaluado esta mañana por el equipo del Dr. Antônio Luiz de Vasconcellos Macedo. Por el momento, no hay un pronóstico de alta”, según un comunicado.
Las molestias abdominales han obligado al presidente a acortar unas vacaciones que iban a concluir este lunes y que han estado envueltas en polémica porque no las ha interrumpido para viajar a Bahía, que ha sufrido unas graves inundaciones con una treintena de fallecidos, han dejado sin hogar a miles de personas y afectado a cientos de miles.
El ultraderechista lleva todas las vacaciones dejándose ver en la playa, paseando en moto de agua, una imagen que contrasta con las penurias de los damnificados por las fuertes lluvias en Bahía.
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Varias personas observan sus casas destruidas por inundaciones causadas por lluvias, en Itambé ( Bahía). Felipe Iruatã (EFE)
Ante las críticas, ha argumentado que desde el principio envió allí a varios ministros y que el Gobierno federal facilitó fondos económicos de emergencia. La controversia se agravó cuando el Gobierno federal decidió rechazar la oferta de ayuda del Ejecutivo de Argentina, que pretendía enviar 10 cascos blancos, especializados en logística y atención psicológica.
Con Brasil iniciando un año electoral, todo es leído en clave política. Tanto la negativa a visitar Bahía, uno de los Estados gobernados por el Partido de los Trabajadores de Lula da Silva, como a recibir la ayuda ofrecida por el Gobierno del izquierdista Alberto Fernández.
Bolsonaro ha recalcado que este es su segundo ingreso hospitalario con síntomas similares causados por la puñalada que le propinó Adelio Bispo un mes antes de la primera vuelta de las elecciones siguiendo, según declaro, órdenes divinas. El atentado le apartó de los debates y disparó su popularidad.
La justicia consideró que los graves problemas psiquiátricos de Bispo le convierten en inimputable y por eso fue absuelto de atentar contra la vida de Bolsonaro. De todos modos, está encarcelado en una prisión porque se le considera un riesgo para sí mismo y terceros. Las autoridades evaluarán de nuevo su salud mental a mediados del año que viene, según la revista Veja.
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El entusiasmo generado por Jair Messias Bolsonaro se ha enfriado mucho entre los que votaron en 2018 a este polémico militar retirado con la esperanza de que sacara a Brasil de la grave crisis política, económica y de confianza que le impedía avanzar. Prometió regenerar la vida pública, reactivar la economía, combatir a la izquierda y la ideología de género, defender el derecho a las armas, mano dura y eficacia… Convenció y ganó las elecciones de manera contundente. Tres años y una pandemia después, la desilusión cala entre sus votantes como indican las encuestas y confirman los protagonistas de esta serie que nació para tomar el pulso al Brasil de Bolsonaro. A través de familias o personas elegidas al azar en cinco capitales brasileñas, EL PAÍS narró en 2019 las expectativas de sus seguidores (aquí lo puede leer) y en 2020 les pidió que hicieran balance del primer año de mandato (leer aquí). Los protagonistas de estas historias encarnan los grandes asuntos en la agenda bolsonarista.
Jair Bolsonaro durante la confederación nacional industrial el 07 de diciembre 2021. Getty Images (Getty Images)
A 10 meses de las elecciones generales, visitamos por tercera vez a los Prado Neves en Porto Alegre para conversar sobre economía, a Da Silva en Brasilia para hablar sobre combate a la corrupción y al pastor Galdino en São Paulo para preguntarle sobre valores. La familia de Salvador de Bahía que encarnaba el desafío de la seguridad pública ha declinado la invitación. Y como contrapunto, los Kardec-Chaves de Manaos, que no votaron por el actual presidente.
Los Prado Neves en Porto Alegre: Economía
“No lo voy a votar por el mal ejemplo que da”
Anriel do Prado Neves, de 26 años, que hace tres años colocó una pegatina de Bolsonaro en el coche que conducía para una aplicación de transporte, admite ahora que no votará por el capitán retirado en las elecciones de octubre de 2022. “Diré que ha sido incluso un buen presidente, hizo las privatizaciones necesarias. Pero no lo voy a votar por el mal ejemplo que da. No usa mascarilla, dice lo que no debe, generó una gran rivalidad “, explica el joven, que se ha emancipado y mudado a una ciudad vecina.
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La matriarca, la cuidadora de ancianos Ereni Azevedo do Prado, añade que “nadie está contento con el gobierno”. El impacto de la inflación es brutal, especialmente en los alimentos, que suma un 12,6% en 12 meses. “Cuando hace nueve años entré a trabajar en una de las casas donde trabajo, ganaba 90 reales (16 dólares, 14 euros) por noche. Ahora son 100 pero entonces con 2,5 compraba cinco kilos de arroz y ahora está a 30″, dice en su casa de Morro da Cruz, un barrio en la periferia de Porto Alegre, en el sur de Brasil.
Aunque ahora vive sola, ni siquiera con sus cuatro trabajos puede ahorrar: cuida a una anciana todas las noches, los miércoles limpia, los jueves cocina y los viernes hace doble turno en una casa, un empleo en el que ha solicitado la jubilación. “No me quejo. Si tengo servicios, todo bien. Pero a final de mes no queda nada”, explica.
Ereni Azevedo, fotografiada en su casa de Porto Alegre el 1 de diciembre.Tania Meinerz
En cambio, su hijo prosperó incluso durante la pandemia. Trabajando como conductor, cambió de auto y logró comprar un terreno donde construye su propia casa. “Tenemos que trabajar mucho más hoy para conseguir ganancias”, admite, pero celebra que el gas que alimenta su automóvil no haya subido tanto como la gasolina, que en Porto Alegre supera los siete reales el litro (1,25 dólares).
La otra hija, Gessian, también se mudó a otra ciudad en busca de trabajo y encontró empleo en un salón de belleza.
La pandemia dejó al hijo conductor sin clientela y tuvo que recurrir por un periodo corto a la ayuda de emergencia gubernamental. “Pero abrí una empresa individual y comencé a hacer entregas”, dice. Solo después de la segunda dosis de vacuna se sintió lo suficientemente seguro como para reanudar el trabajo al mismo nivel que antes. “Ahora, incluso voy a fiestas, pero no grandes, solo familiares. Extraño ver algún pequeño espectáculo “, revela.
Su madre tuvo que trabajar varios días bajo los efectos del covid, que solo se confirmó en la tercera prueba, cuando los síntomas habían cesado. La señora Prado Neves enumera los miembros de su familia que se contagiaron: su hija, hermana, sobrina, dos sobrinos. Uno de ellos, de 39 años, no pudo resistir. Su victoria particular es no haber contagiado a las ancianas para las que trabaja y ver a su padre salir ileso incluso con una de sus hijas enferma en casa.
Sobre el previsible duelo entre Bolsonaro y Lula en las elecciones, lo tiene claro. “No voto por ninguno”, dice sin inmutarse. “Decidiré más adelante”, contemporiza, comentando, sin embargo, que el nombre del exjuez Sérgio Moro aparece ocasionalmente en conversaciones con familiares y amigos.
El hijo Anriel también menciona a Moro como alternativa a Bolsonaro. “En 2018, no tuve dudas, para mí fue Bolsonaro, y punto. Pero si vuelve a ser él (el candidato frente a Lula), no votaré. Pero creo que será Moro”, dice este votante decepcionado con el intento de reelección del hombre al que veía como una salida a la corrupción y al apego al poder. “Dijo que iba a acabar con la reelección, así que es un poco irónico que él mismo sea candidato”.
“No estoy arrepentido. Estoy decepcionado”
El dentista Adalcyr Luiz da Silva Júnior, de 56 años, que votó por Bolsonaro en las dos vueltas afirma categórico: “No estoy arrepentido. Estoy decepcionado”. Eligió al excapitán del Ejército por su propuesta anticorrupción y porque entendió que era el único capaz de evitar una victoria del Partido de los Trabajadores, que con Lula y Dilma Rousseff gobernó durante 13 años. Su decepción obedece principalmente a que el presidente no ha impulsado las políticas que dijo defender en la lucha contra la delincuencia de cuello blanco. “La operación Lava Jato ha terminado. No hizo ningún esfuerzo por defender el paquete (legislativo) anticorrupción. No se dedicó a luchar por la cárcel para los condenados en segunda instancia. Y ha hecho lo mismo que los demás, acabó uniéndose a los políticos de siempre para poder gobernar”, dice en Brasilia.
El dentista y profesor Adalcyr Luiz da Silva, fotografiado en Brasilia.Cadu Gomes
En las otras dos entrevistas que concedió para esta serie, se mostró optimista. Pero la segunda vez ya asomaron algunas críticas. Y siempre recalcó que no tenía ídolos en política. Ahora demuestra que la decepción no atañe solo a un área. “Cuando me pregunta qué veo de positivo en el Gobierno, le respondo que, lamentablemente, hay muchas más cosas negativas que positivas”. Las enumera: “En salud no hizo nada bueno. La gestión de la pandemia fue vejatoria. Simplemente dio un mal ejemplo. Tampoco hubo nada bueno en economía, tal vez solo la privatización de (la eléctrica) Eletrobrás”. También menciona la inflación. “¿Cómo no rebelarse la gente con gasolina a casi ocho reales, el gas a 100 y carne a un precio impagable?”.
Tras mucho pensarlo y enumerar casi una decena de errores, el dentista asegura haber encontrado un punto positivo en la Administración Bolsonaro: “No hay ningún gran escándalo de corrupción que implique al Gobierno. En los gobiernos del PT hubo el petrolão, el mensalão, desvíos en Correos, (casos) en todas partes. No estoy diciendo que hoy no haya corrupción, pero hasta ahora no ha salido a la luz nada grave”, subraya.
¿No considera un escándalo el llamado presupuesto secreto en el que el Gobierno compró el apoyo parlamentario a través de enmiendas sin ninguna transparencia o el intento de comprar vacunas sobrefacturadas? “No me gusta opinar sobre algo que está aún caliente. Esperemos un poco más, pero no parece que esto sea corrupción como la que hubo en gobiernos pasados, especialmente en el PT “, suaviza.
Respecto a la pandemia, explica que como profesional de la salud no puede estar de acuerdo con la actitud del presidente. “Insistió en oponerse al confinamiento. Fue prácticamente el único gobernante del mundo que lo hizo. Tal vez las cuarentenas fueron demasiado lejos, pero la apertura general que quería el presidente no está bien. Hubo más de 600.000 muertes y varias podrían haberse evitado si hubiera actuado de otra manera”. Nadie cercano a él murió o enfermó gravemente de la covid.
Con la vista puesta en los comicios, explica que solo hay una posibilidad de que repita su voto por Bolsonaro: si el presidente va a segunda vuelta frente a Lula, que lidera las encuestas. “Creo que la manera de echar a Dilma Rousseff del poder fue incorrecta. Pero no me gusta la forma en que gobierna el PT”, añade. Por eso no descarta el voto útil en primera vuelta. Apoyaría a Ciro Gomes, un candidato de centroizquierda que quedó tercero en 2018, pero avisa: “Si siento que Moro tiene más posibilidades de pasar a segunda vuelta, cambiaría mi voto por él”.
El odontólogo alberga una cierta desconfianza por el exjuez del caso Lava Jato, que condenó a Lula hasta el punto de apartarlo de las elecciones de 2018 y que rompió con Bolsonaro tras acusarlo de injerencia en la policía para proteger a sus hijos. Destaca que, a diferencia del resto de presidenciables, “Moro nunca ha sido probado”. Eso sí, desconfía de las encuestas electorales pero también advierte de que uno no puede fiarse de su entorno: “En 2014, nadie que yo conociera votó por Dilma. Todos eran Aécio (Neves – PSDB). Aun así, ganó ella”.
Sí confía en el sistema de votación, que Bolsonaro ha intentado minar. “Nunca me tragué se discurso de que las urnas están amañadas. En 1998, Brasil perdió ante Francia en la final de la Copa del Mundo y se dijo que era un amaño. No me lo creo. Si en una Copa del Mundo tiene que tener mucha gente involucrada para que una trampa como esa funcione, ¡imagina una elección!.
El pastor Galdino en São Paulo: Valores
“Votaré a quién esté más próximo de los valores conservadores”
El pastor Marcos Galdino, de 37 años, se declara en periodo de reflexión. Su entusiasmo por Jair Bolsonaro se ha evaporado. Dejó de considerarlo el candidato idóneo. Incluso ha dejado de hacer campaña a su favor en Internet. “No puedo decir que votaré por él. Votaré por quién esté más próximo a los valores conservadores”, explica en el templo de la Asamblea de Dios que dirige en un barrio de clase media de São Paulo. Y ese ahora mismo es Bolsonaro, pero podría haber sorpresas. No seria la primera vez.
Pastor Marcos Galdino, fotografiado en la Iglesia de la Asamblea de Dios que dirige en São Paulo el 3 de diciembre.Lela Beltrão
Los motivos de su desencanto con un presidente al que ha visto varias veces en persona durante estos tres años como parte de delegaciones de pastores son variados: la falta de humanidad que demostró en la pandemia con exabruptos como “no soy sepulturero”, el nulo avance de la agenda en valores, la calamitosa situación económica, su incapacidad de asumir que ya no es un diputado del montón sino el jefe del Estado…
La agenda en valores no se ha traducido en las medidas concretas que Galdino esperaba cuando votó por él. La llamada agenda de costumbres “no ha avanzado hacia la derecha ni hacia la izquierda, estamos donde estábamos”, afirma. En las cuestiones más candentes como el derecho al aborto, la legalización de las drogas o lo que la ultraderecha califica de ideología de género, no ha habido novedades sustanciales. “Han sido meras discusiones, que no se han traducido en nada”, dice. A su modo de ver, ninguno de los bandos ha ganado terreno.
Se felicita, sin embargo, de que el presidente haya cumplido su palabra de colocar un jurista evangélico en el Tribunal Supremo. Prefiere el calificativo conservador porque, insiste, le daría igual que fuera católico. El abogado André Mendonça es el juez “terriblemente evangélico” prometido por Bolsonaro, el primero abiertamente religioso de la corte. Lo crucial para Galdino, además de los saberes técnicos que considera prioritarios, es que sea conservador, que frene cualquier cambio progresista que la izquierda pretenda impulsar a través de la más alta instancia judicial de Brasil.
Los evangélicos son un electorado codiciado por todos. En 2018 destacaron como el colectivo que apoyó de manera más unánime a Bolsonaro porque es extremadamente conservador y por sus promesas de regeneración de la vida pública (que acabaron abandonadas en un cajón). Galdino afirma que quiere un Supremo que respete la mayoría conservadora de Brasil. Le incomoda que se centre en ampliar derechos para las minorías. “Si Bolsonaro es reelegido, va a equilibrar el Supremo porque nombraría dos jueces más. Ese es uno de los asuntos que me haría votar por él”, explica. Si tuviera que proponer un nombre para ir de vicepresidente con Bolsonaro, no duda: la ministra de Mujer, Familia y Derechos Humanos, la pastora Damares Alves, que “ha hecho un excelente trabajo además de ser una sierva de Dios”.
Su decepción no significa de ninguna manera que esté tentado de votar por Lula da Silva, al que apoyó hace ya muchos años. “Lula es un bandido y el pueblo evangélico no puede votar a un bandido”, exclama obviando que las condenas por corrupción contra el expresidente fueron anuladas. Añade que “abusó de la buena fe del pueblo para enriquecerse en la mayor trama de corrupción” de Brasil. Tampoco le convence el antiguo juez Sérgio Moro, del que dice que “prestó un buen servicio como juez, pero cuesta verlo en política, es inexperto”.
De nuevo las críticas más contundentes del pastor Galdino son para algunos jueces del Supremo a los que acusa de extralimitarse para acallar al Bolsonarismo.
Padre de tres hijos, de 15, 7 y 4 años, cuenta que los duros efectos de la pandemia se dejaron sentir en la iglesia. Le arrebató un tío, varios fieles y amigos. Durante seis meses los cultos presenciales quedaron suspendidos, la recaudación cayó porque los feligreses perdieron ingresos y se multiplicó la demanda de ayuda. Pero Galdino destaca que también trajo nuevos feligreses —”más gente empezó a pensar en la vida postmortem”— y una enorme ola de solidaridad. “Fue una lección ver a la sociedad volcada en apoyar al prójimo”.
Los Kardec-Chaves en Manaos: Los que no votaron por Bolsonaro
“Los efectos de la economía están en las calles, la gente pasa hambre”
El empresario Allan Kardec Filho, de 39 años, y su esposa, la socióloga Ana Cláudia Chaves, de 41, no se sorprendieron en absoluto por el comportamiento del presidente Jair Bolsonaro en el cargo. “No votamos por él porque evaluamos sus propuestas y vimos que todo iba a salir mal. Obviamente salió mal y sigue saliendo mal “, dice él en el piso que comparten con sus hijas en una urbanización cerrada de clase media alta en Manaos, la principal ciudad de Amazonia. Sostiene que este Gobierno “no tiene nada bueno que decir”, así que “inventa, miente, distorsiona”
Allan Kardec y Ana Claudia Chaves en su casa de Manaus. Alberto César Araújo
Para ella, la creciente tasa de desempleo es lo más grave. La empresaria era dueña de una cadena de lavanderías y de un puesto de comidas que tuvo que cerrar por el confinamiento. “El paro nunca estuvo tan alto como ahora, es una locura. Los efectos de la economía están en las calles, la gente pasa hambre, mendiga”.
Cerrados los negocios, Chaves tuvo que ponerse a trabajar como empleada de terceros. “En la escala de nuestra clase social, eso es descender en el panorama económico. Así que ha sido como esperábamos, como comentamos en las otras dos entrevistas. Lo que no esperábamos era que una pandemia agravara aún más todo un escenario perverso, un escenario de inhumanidad por el que ha pasado Manaos”.
La socióloga detalla con los ojos llenos de lágrimas el brutal impacto en su familia de la pandemia, el colapso de los hospitales y la falta de oxígeno. Perdió a su padre en enero pasado por complicaciones post-covid. “Nuestra familia se vio directamente afectada. Lo que es más absurdo es este discurso que puso los valores cristianos por encima de todo y de todos. Mi padre debía haber sido vacunado en noviembre de 2019. Pero Bolsonaro decidió discutir su parte en los (supuestos) sobornos (en la compra de vacunas) en lugar de participar en la comisión de la OMS (Organización Mundial de la Salud) para discutir la vacuna, es el Gobierno más corrupto e inhumano que existe “, dice.
La catastrófica escasez de oxígeno por la falta de reacción gubernamental, que causó muertes en hospitales, también les afectó. “Para el tratamiento de mi padre, pudimos alquilar todo el equipo, incluida la asistencia médica. Mi madre vive frente al Hospital 28 de Agosto, desde la habitación de mi padre en casa, ella veía las carreras de la gente para conseguir un cilindro de oxígeno, era surrealista, aterrador, la gente lloraba, rezaba “, explica con lágrimas en los ojos. Dice que incompetencia. también mata.
A esta empresaria también le preocupa la deforestación de Amazonia, que alcanza récords, porque, además de la tala ilegal de árboles, supone “abrir un camino para todo lo que es ilegal, la minería ilegal, el acaparamiento de tierras, el asesinato de trabajadores rurales, el tráfico de armas y la invasión de tierras indígenas, ha abierto las puertas de par en par”.
Si pueden, el año que viene harán campaña contra una reelección de Bolsonaro. Ambos pretenden votar por Lula da Silva como presidente de la República. “Es como el asunto de la vacuna, te pones la que hay, pero si es Lula, mejor”, sostiene Chaves.
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