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Las fuertes subidas de los precios de los carburantes para la ciudadanía le han costado la cabeza al máximo directivo de Petrobras, el general Joaquim Silva e Luna. El presidente Jair Bolsonaro lo destituyó este lunes por la noche después de que desoyera las presiones públicas del propio mandatario y otros políticos para no repercutir a los consumidores las alzas del petróleo en los mercados internacionales. Las acciones cayeron un 2,7% al cierre del lunes. Es el segundo presidente de Petrobras, la mayor empresa estatal brasileña, que Bolsonaro destituye en 13 meses.

El relevo fue anunciado poco antes de que el mandatario brasileño ingresara en un hospital con molestias estomacales. Tras ser sometido a diversas pruebas, recibió el alta. El presidente padece diversas secuelas de una puñalada que sufrió en la anterior campaña electoral.

Bolsonaro ha intentado quitar hierro este martes al relevo diciendo que “es un asunto de rutina, sin ningún problema”. El Gobierno es el principal accionista de la compañía con el 50,26%, que cotiza en las Bolsas de São Paulo, Nueva York y Madrid. El jefe del Ejecutivo, que el año pasado eligió al general Silva e Luna para el cargo porque pensó que sería más modelable que su antecesor, un tecnócrata, va a colocar ahora al frente de la petrolera a un economista partidario de contener los precios, Adriano Pires.

El pasado 10 de marzo la gasolina subió en Brasil un 18% y el diésel casi un 25% tras dispararse el barril de petróleo por la invasión rusa de Ucrania. El precio de los carburantes es un asunto vital para cualquiera que conduce un vehículo en este país descomunal que tiene una fuerte dependencia del transporte de mercancías por carretera. Y es, junto a la inflación, uno de los grandes quebraderos de cabeza de Bolsonaro, que pretende presentarse a la reelección. Y considera fuera de lugar que los precios castiguen a la clientela mientras la empresa reparte jugosos dividendos para su medio millón de accionistas.

El aumento del precio de los combustibles, relacionado en parte con los efectos que está teniendo la guerra en Ucrania y los de la inflación, incomodó a Bolsonaro que llegó a decir que era un “crimen contra la población”. A mediados de febrero declaró en una entrevista: “No tengo poderes sobre Petrobras. Pero, por mí, es una empresa que podría ser privatizada hoy”, pues “me libraría de ese problema”, dijo a la televisión Ponte Negra sobre esa remota posibilidad.

El problema de Bolsonaro es que la mayoría de la ciudadanía le considera responsable de los altos precios de los combustibles, según las encuestas. En Río de Janeiro y otro par de Estados, la gasolina está casi a ocho reales el litro (1,7 dólares o 1,5 euros), un dineral en un país donde el salario mínimo es poco más de mil reales. El descontento y la angustia entre los millones de conductores de aplicativos, motoristas repartidores y camioneros es enorme.

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El expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, principal adversario de Bolsonaro de cara a las elecciones de octubre, también está descontento con la política de precios de Petrobras. Es un crítico declarado de que el precio de que el consumidor pague una cantidad vinculada a los mercados internacionales y al dólar. “Si (en Brasil) todo está en reales, ¿por qué pagamos el precio de la gasolina en dólar?”, proclamó hace unos días. Este mismo martes ha participado en Río de Janeiro en un debate sobre el tema con el sindicato de los trabajadores petroleros.

Con más de 46.000 empleados, Petrobras extrae 2,7 millones de barriles de petróleo diarios. Fundada en los cincuenta por Getulio Vargas, se abrió al capital privado en los noventa.

La destitución del jefe máximo de Petrobras se produjo unas horas después de la salida del ministro de Educación, que dimitió este lunes por sospechas de corrupción. Bolsonaro aceptó finalmente desprenderse de Milton Ribeiro, que es pastor evangélico, después de días de desgaste ante revelaciones periodísticas que apuntan a que el ministro dio preferencia en el reparto de fondos públicos para la educación a alcaldes a cambio de sobornos en los que otros dos pastores ejercían de intermediaros.

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Los recuerdos de la crisis de los noventa han vuelto este lunes a la memoria de algunos rusos. Ecos del hundimiento del rublo de 1998 que cimentó el posterior poder de Vladímir Putin, considerado estos años por muchos como el garante de la estabilidad nacional. Ahora, las sanciones impuestas por Occidente por la invasión de Ucrania han hecho tambalearse de nuevo los cimientos de la economía del país, donde los cajeros se han quedado sin dinero y algunos vendedores han subido sus precios más de un 30% en previsión de un futuro económico desolador.

“Nos encontramos con que todas nuestras actividades de distribución son deficitarias. Sí, los precios han subido un 30% y no podemos decir que no habrá más incrementos”, publicó en Facebook el director de la popular cadena minorista de tecnología DNS, Dmitri Alekséyev. “Nos encontramos en un mundo nuevo donde, además del aumento del tipo de cambio, se han introducido sanciones tecnológicas y aún no está claro cómo se entregarán muchos productos”, explicaba el empresario, que entendía que “estos precios resulten molestos”, pero “es la realidad” que ha tocado vivir.

Mientras, en la calle muchos cajeros se han quedado sin dinero ante el temor a que no funcionen las tarjetas tras la desconexión de varios bancos de la plataforma de pagos SWIFT. De momento, las transferencias con el extranjero no funcionan, para desgracia de muchos expatriados que viven en Rusia desde hace años, y para muchos rusos que ahora viven fuera y que por estudios u otra situación dependían aún de sus ahorros en rublos.

“Lo veo bastante negro. De momento el bloqueo de la plataforma SWIFT no se aplica a compraventas energéticas, pero puede afectar muy seriamente a las transacciones comerciales convencionales, que son la mayoría de las que efectúa España en sus exportaciones a Rusia”, afirma Rubén de Pedro, director de la empresa Rusbáltika y director técnico de la oficina de Extenda en Rusia.

El impacto de la inflación en el poder adquisitivo se revelará poco a poco este mes. El salario medio ruso era de 54.649 rublos al mes en octubre de 2021, según la agencia de estadísticas Rosstat. Con el tipo de cambio de enero (85 rublos por euro), esto sería algo más de 640 euros mensuales. Con el cambio a 110 rublos, como fluctuaba este lunes, el salario mengua a 496 euros. En cuanto a las pensiones, Vladímir Putin firmó una ley en enero para indexar las nóminas de los jubilados a la inflación. Tras su última revisión, la pensión media era de 18.984 rublos, 233 euros al mes antes de la guerra, y poco más de 170 en el primer día de las sanciones.

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Un sector del que dependen muchos mayores es el farmacéutico. El presidente del holding Monastyriov anunció también que subirán los precios de todos los medicamentos no regulados por el Estado “debido a que estos se importan en dólares y euros”. “No podemos decir en qué porcentaje subirán, ha pasado poco tiempo aún para tener datos”, explicó Alexánder Monastyriov en su web.

El banco central ha subido los tipos de interés de una tacada del 9,5% al 20% este lunes, su mayor tasa en la historia de la Federación de Rusia. Antes del caos, el objetivo de inflación del regulador era el 4%, nivel en el que casi estaban los tipos a finales de 2020, pero Rusia no fue ajena a la inflación global que comenzó el pasado año por la demanda durante la pandemia y, tras innumerables subidas graduales de los tipos, estos llegaron al 9,5%, mientras que la inflación oficial se situaba en diciembre en el 8,73%.

La tecnología ha sido uno de los primeros sectores en subir los precios este lunes. Un ejemplo es Apple, muy popular en Rusia, con un 27,5% del mercado de los móviles, según los datos de Statista. Justo antes de empezar la guerra, el iPhone 13 de 128 gigas costaba 79.990 rublos en la tienda oficial. Tras conocerse las sanciones, su precio ha subido a 99.000 rublos en los distribuidores de Apple (23% más), mientras que en la web de DNS se ha encarecido hasta los 103.999 rublos (30% más).

El acceso a las nuevas hipotecas será mucho más difícil. Antes de conocerse la decisión del banco central, la entidad sancionada VTB, la segunda mayor entidad del país, elevó sus tasas del 11,3% al 15,3%. Esta ha sido su segunda revisión en una semana. Dos días antes de la invasión ya la había elevado en un punto porcentual debido a las tensiones. Otros bancos también han comenzado a subir sus intereses y, en algunos casos, incluso han optado por denegar la concesión de préstamos hasta que se aclare este sombrío panorama.

Las exigencias a la OTAN y la amenaza de los 150.000 militares que rodeaban a Ucrania, según fuentes de la inteligencia estadounidense, ya habían golpeado al rublo estos meses, y ello tuvo cierta influencia en la concesión de hipotecas en enero, cuando se firmaron un 13% menos de créditos a la vivienda que en el mismo mes de 2021. La nueva realidad golpeará aún más al sector.

De momento, los actuales propietarios no deben temer pues por lo general las hipotecas se conceden a tipo fijo a las familias, aunque en el caso de las empresas el riesgo es mucho mayor porque estas suelen firmar tasas variables. La primera entidad del país, el también sancionado Sberbank, ha pedido calma. “No se introducirá ninguna modificación en los préstamos hipotecarios y al consumo ya existentes”, aseguró a través de su canal de Telegram.

Cola para sacar dinero de un cajero automático en San Petersburgo, este domingo.
Cola para sacar dinero de un cajero automático en San Petersburgo, este domingo. ANTON VAGANOV (REUTERS)

Por otra parte, el portal especializado Autonews ha constatado que 20 compañías de automóviles han subido por tercera vez sus precios en lo que va de mes, y la rusa AvtoVAZ, fabricante del Lada, ha anunciado una revisión de sus precios este 1 de marzo sin concretar su alcance. Según los datos del medio, los coches nacionales se encarecieron el pasado año en un 8%, mientras que los extranjeros lo hicieron en un 20%.

La cesta de la compra suele experimentar los cambios más lentamente y es probable que los cambios se sientan en semanas o meses. La alimentación fue el primer sector en el que el Gobierno ruso impulsó sus grandes planes de sustitución de importaciones por producto nacional. Comenzó con el programa en 2014, cuando las sanciones empezaron a golpear a Rusia tras la anexión de la península ucrania de Crimea. A pesar de la independencia alimentaria, la falta de competencia entre los vendedores ha provocado que la inflación de los alimentos superase el 11,1% en enero. Ahora, con el rublo devaluado, podría ser incluso peor.

Días antes de anunciar la invasión, Putin dijo a su homólogo bielorruso, Aleksandr Lukashenko, que había culminado con éxito el plan para no depender de las importaciones del extranjero: “No hicimos todo lo que planeamos, pero en general se puede decir que más del 90% de las tareas que nos propusimos las hemos completado”. Este domingo, cuando activó sus fuerzas de contención estratégicas, Putin denunció que las sanciones occidentales eran “unas medidas ilegítimas”.

Tampoco se ven filas en las casas de cambio, donde los negocios compran euros y dólares a los precios de antes de la guerra, pero ya no venden divisas extranjeras debido a la fluctuación del rublo.

“Ya es demasiado tarde para que la población compre moneda extranjera”, afirma Antón Prokudin, analista de macroeconomía del fondo de inversión Ingosstraj-Investitsi. “Si las exportaciones no disminuyen significativamente, como ocurriría con un embargo real, entonces el tipo de cambio podría recuperarse. Si caen, el tipo de cambio subirá a unos 150 rublos por dólar (casi 170 por euro) en 2024″, agrega.

“Un rendimiento del 20% en un horizonte de dos años hace que no tenga sentido comprar dólares por encima de los 100 rublos”, agrega el experto, que cree que los rusos deben centrarse en invertir en activos reales, como bienes inmuebles y acciones. “Pero es importante ser selectivo ahora porque algunas empresas se verán muy afectadas por las sanciones”.

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