Mostrando entradas con la etiqueta inmigrantes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta inmigrantes. Mostrar todas las entradas



El Gobierno de Boris Johnson se ha encontrado de bruces, en el mismo periodo en que prometió que el Brexit ayudaría a recuperar el control de sus fronteras, con la tragedia inesperada de la inmigración masiva en aguas del canal de la Mancha. Las cifras empequeñecen frente al aluvión de personas que llegan cada año a las costas del continente europeo, pero con más de 29.000 migrantes que intentaron alcanzar el Reino Unido en 2021, según cálculos de diversos medios como la BBC, el Ministerio del Interior británico se enfrenta, sin experiencia ni mano izquierda, ante un inusitado problema para el que solo ofrece leyes más duras. “Los ciudadanos llevan dos décadas exigiendo una reforma, y eso pretende nuestro nuevo plan para la inmigración”, ha dicho el secretario de Estado de Justicia y Control de la Inmigración Ilegal, Tom Pursglove. La definición de su cargo ya da una idea clara de la estrategia de Downing Street frente a la inmigración irregular. “La Ley de Nacionalidad y Fronteras definirá como delito el intento deliberado de entrar ilegalmente en el Reino Unido, e impondrá penas de prisión permanente a aquellos que faciliten este acceso”, ha asegurado Pursglove.

El texto legal se encuentra actualmente en el estadio final de su tramitación, en la Cámara de los Lores, donde muy probablemente se verá sometido a enmiendas que la mayoría conservadora de los Comunes deberá rechazar, cuando regrese para su consideración definitiva. La propuesta, desarrollada por el ministerio de Priti Patel, juega con un doble discurso que apenas logra ocultar su intención de construir una respuesta de “ley y orden” ―más centrada en la seguridad que en el lado humanitario del asunto―; un lenguaje duro para contentar a las bases electorales que respaldaron el Brexit.

Aunque el discurso de Patel, responsable de Interior, carga las tintas contra las bandas criminales que promueven y organizan las travesías del canal, la idea de fondo es que, gran parte de las personas que intentan llegar al Reino Unido son “inmigrantes económicos” ―no huyen por causas políticas―, que no necesitan realmente ningún tipo de protección internacional y que, con sus acciones, lo único que hacen es “saltarse la fila” de los que aspiran legítimamente a lograr un estatuto de refugiado. “[Un 70% de las personas que han llegado en los últimos 12 meses] son hombres solteros (…). No son verdaderos solicitantes de asilo. Son capaces de pagar a las mafias y contactar con ellos, ya sea en el norte de Francia o en Alemania. Son ellos los que expulsan a codazos a mujeres y niños que sí están en riesgo y huyen de la persecución”, afirmaba Patel el pasado 27 de octubre en su comparecencia ante la Comisión de Justicia e Interior de la Cámara de los Lores.

La ministra con mayor fama de dureza del Gobierno de Johnson pasa por horas muy bajas de popularidad en el Partido Conservador. Sus promesas redobladas de atajar las entradas irregulares se han visto desmentidas una y otra vez con las cifras que llegaban del canal de la Mancha, que en 2020, en pleno parón de la movilidad internacional, rondaron las 8.500 personas, según la organización británica Refugee Council (Consejo para los Refugiados). Su falta de tacto con las autoridades francesas, de donde provienen en la última travesía la mayoría de los inmigrantes, ha provocado un deterioro casi irreparable de las relaciones diplomáticas y de colaboración con el Gobierno de Emmanuel Macron. La muerte de una treintena de inmigrantes a finales de noviembre, al hundirse la embarcación que los transportaba, se convirtió en un amargo cruce de críticas entre Londres y París. El Gobierno de Johnson reprochó al francés que no hacía lo suficiente para impedir la salida de personas de sus costas, y amenazó incluso con retirar la ayuda financiera comprometida para reforzar la vigilancia policial.

Todo se agravó aún más al publicar el propio Johnson en Twitter la carta que había enviado a Macron, en la que pedía que el Reino Unido pudiera devolver a Francia sin problemas los inmigrantes que llegaran desde ese país, y sugería incluso que la policía británica patrullara conjuntamente con la francesa la costa al otro lado del canal. El ministro francés del Interior, Gérald Darmanin, retiró de inmediato la invitación que había cursado a Patel para participar esa semana en una reunión de ministros europeos que debía abordar la crisis migratoria en el canal. Y Macron llegó a acusar a Johnson de poco serio. “Me sorprenden los métodos, cuando no son serios”, dijo el presidente de Francia. “Entre líderes no nos comunicamos a través de tuits, ni hacemos públicas las cartas que nos enviamos”.

Las verdaderas cifras de asilo

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.

Suscríbete

Frente al argumento reiterado por el Gobierno británico de que las actuales leyes permiten un abuso en los trámites de solicitud de asilo y refugio, organizaciones como Refugee Council (Consejo para los Refugiados) han realizado una profusa tarea estadística para desmentir los prejuicios. El 70% del número total de personas que llegaron a las costas británicas, o fueron interceptadas en su intento de cruzar el canal, durante el año pasado, procedían de cinco países: Irán, Irak, Sudán, Siria y Vietnam. Uno de cada cuatro era iraní. Entre los diez países de los que proceden la mayoría de los inmigrantes se encuentran también Afganistán o Yemen. El Consejo para los Refugiados señala que prácticamente el 98% de las personas que llegan a las costas británicas a través del canal acaban solicitando asilo. Y entre los refugiados que proceden de los diez principales países, hasta un 61% logra esa protección oficial, frente a una media del 52% del resto de nacionalidades que llegan por otras vías.

Los cálculos desmienten de ese modo que los inmigrantes que se lanzan al canal sean en su mayoría “inmigrantes económicos”. “El Gobierno aspira a dar rango legal a una política brutal y peligrosa, como la que representa su ley antirrefugiados, que solo logrará que más gente muera ahogada en el canal”, ha dicho Tim Naor Hilton, el director ejecutivo del Consejo para los Refugiados. Simplemente, el mayor control policial en otras vías habituales de acceso, como el transporte ilegal de inmigrantes a través de camiones y contenedores por el Eurotúnel, ha reducido drásticamente las cifras, y ha desviado el flujo de personas hacia el paso del canal de la Mancha, que hasta hace pocos años era una vía minoritaria. El Gobierno de Johnson se ha topado con una tragedia que la UE ya conoce desde hace tiempo, y su primera respuesta ha sido la de endurecer el discurso inmigratorio que alimentó el Brexit.

Sigue toda la información internacional en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.





Source link



Lo que no mata, hace más fuerte. Y en el caso del Brexit, nada mejor que una dosis de homeopatía para intentar revitalizar un proyecto político y económico que ha perdido mucho fuelle en 2021. Si la razón última del resultado de un referéndum nacionalista y reclusivo fue el miedo a la inmigración —Downing Street endureció las restricciones legales de entrada al país nada más abandonar la UE—, va a ser la inmigración el principal cebo para convertir de nuevo al Reino Unido en un socio atractivo. “Hemos reemplazado la libertada de movimiento [de los ciudadanos de la UE] por un nuevo sistema de inmigración basado en puntos (…). Desde Singapur a Suiza, estamos negociando tratados de libre comercio ambiciosos para impulsar aquí, en casa, el empleo y la inversión”, anunciaba Johnson en su discurso de Año Nuevo. Doce meses después de la entrada en vigor del acuerdo comercial que firmaron Londres y Bruselas ―que hasta ahora se ha traducido en trabas burocráticas al comercio, encarecimiento de las importaciones y exportaciones o una situación políticamente explosiva en Irlanda del Norte―, el primer ministro conservador promete que 2022 será el año en que se comience a construir sobre los avances y conquistas que ha supuesto el Brexit.

Con lo que nadie contaba era con que el argumento que alimentó el divorcio acabaría siendo la moneda de cambio para atraer nuevas relaciones. Las ventajas migratorias se han convertido en el cebo para lograr nuevos acuerdos comerciales con países de todo el mundo, y la estrategia apunta a un posible enfrentamiento entre ministras en el seno del Gobierno de Johnson. La titular de Exteriores, Liz Truss, frente a la de Interior, Priti Patel. Ambas igual de convencidas en la defensa del Brexit, pero la primera, popular en el Partido Conservador, es partidaria de una línea pragmática frente a la rigidez ideológica de Patel, en horas bajas entre los suyos. El enfrentamiento, en cualquier caso, es el fruto de contemplar la inmigración como un arma comercial o como una amenaza a la seguridad.

El primer gran acuerdo comercial de la era Brexit, pionero en construirse de cero, fue el que se alcanzó con Australia. Parte fundamental del pacto fueron los “compromisos para facilitar una entrada temporal, que contribuya a la recuperación económica, amplíe las posibilidades de los viajes negocios y anime a los ciudadanos a viajar y a trabajar en los territorios respectivos, sobre la base de la reciprocidad”, según celebraba en su información oficial el Gobierno australiano. En la práctica, las empresas multinacionales ya no tendrán que demostrar que el puesto vacante no puede cubrirlo un nacional para obtener el visado de trabajo; o se permitirá a los jóvenes (y no tan jóvenes: la oferta va dirigida a todos los menores de 35 años) a poder desplazarse a trabajar o estudiar por un máximo de tres años sin necesidad de visado, y con la posibilidad de que la extensión de la estancia sea relativamente fácil de lograr. Los universitarios de la UE necesitan ahora un visado para poder residir en el Reino Unido más de seis meses.

El camino abierto por el tratado comercial con Australia ofrece ventajas para que el Reino Unido cierre pactos de mayor potencial. Por ejemplo, con la India, que lleva camino de ser en 2050 la tercera economía del mundo y es un mercado muy atractivo para las empresas británicas. Sus normas comerciales, sin embargo, son muy proteccionistas. El Gobierno indio siempre ha puesto sobre la mesa la exigencia de una política migratoria más laxa para la antigua colonia. Las leyes de la pasada década de los sesenta, alimentadas por la ola xenófoba y racista que vivió Gran Bretaña, restringieron las facilidades de entrada a los ciudadanos de la Commonwealth. La ministra británica de Comercio Internacional, Anne-Marie Trevelyan, viajará este mes de enero a Nueva Delhi para comenzar a negociar un tratado de libre comercio. Depende directamente de Truss, quien ya ocupó ese puesto y logró, con la apertura de conversaciones por todo el mundo para firmar o consolidar pactos comerciales, una gran popularidad entre los conservadores euroescépticos.

Las dos ministras, según el diario The Times, están de acuerdo en ofrecer a la India ventajas migratorias atractivas, en la línea de las esbozadas en el acuerdo con Australia, para atraer al gigante asiático. Es incluso una estrategia respaldada por razones geopolíticas: Londres ve en esta alianza un modo de contrarrestar el peso y la influencia adquiridos por China en los últimos años. Johnson ya desplegó toda su simpatía como anfitrión, en la pasada Cumbre del Cambio Climático de Glasgow, cuando le tocó recibir al primer ministro indio, Narendra Modi, a pesar de que el Gobierno de Nueva Delhi fue uno de los más reacios en impulsar avances en la COP26. El pasado mayo, Londres alcanzó ya un primer acuerdo de comercio e inversión directa con el gigante asiático de más de 1.000 millones de euros, que aseguraba, según Downing Street, cerca de 6.500 nuevos empleos.

Sigue toda la información internacional en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.

Suscríbete





Source link

top