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CNC Noticias Buga, habló con el abogado Harold Hernán Moreno, sobre la petición del
registrador nacional, sobre el reconteo de la votación del Congreso, realizada
el pasado 13 de marzo. Además del tema electoral, hizo referencia al desembolso
que hará los Estados Unidos a Colombia y que de paso deberá beneficiar al Valle
y a la ciudad señora.



El día que comenzó la invasión de Ucrania, Putin recibió en Moscú al primer ministro de Pakistán, Imran Khan. El hecho, en apariencia una coincidencia aciaga, no pasó desapercibido en la India. Pakistán, némesis desde la partición de 1947, representa, junto a China, el principal desafío para la seguridad territorial del país. La semana pasada, las autoridades chinas sorprendieron a la India al proponer una inesperada visita del ministro de Exteriores, Wang Yi, para fin de mes.

Se ha especulado bastante sobre las causas que han llevado a Nueva Delhi a abstenerse en las resoluciones de Naciones Unidas contra Rusia. ¿De qué lado se encuentra la India? “Estamos de nuestro lado”, respondió al ser preguntado Pankaj Saran, antiguo embajador de la India en Rusia, según informa The New York Times.

La estrecha relación que mantienen la India y Rusia viene de lejos. Durante la Guerra Fría, Nehru, líder sesgado del movimiento de no alineamiento, y posteriormente su hija Indira, buscaron en Rusia un contrapeso a China, Estados Unidos y Pakistán. Además de ser el principal proveedor de armas, Moscú ha vetado en varias ocasiones las resoluciones sobre Cachemira en el Consejo de Seguridad de la ONU. Y, si bien es cierto que tras el fin de la Guerra Fría, la India comenzó un acercamiento a Estados Unidos que culminó con la incorporación al Quad, lo logró sin debilitar su relación con Rusia. Este multialineamiento flexible, que en el fondo es un no alineamiento de tiempos de bonanza, se explica por la destreza de la diplomacia india, capaz de compartimentar relaciones con países antagonistas sin generar conflictos de lealtad, como es el caso de Israel e Irán, además del mencionado. Sin aspiraciones territoriales expansionistas ni pretensiones de cambiar el orden mundial, la India no es percibida como una amenaza política internacional.

Mientras seguimos con horror la guerra en Ucrania, Asia es protagonista de tenues pero significativos movimientos geopolíticos, como las visitas de Khan y Wang Yi. La declaración conjunta de Xi Jinping y Putin de febrero incluye las líneas maestras de una brújula estratégica sino-rusa: fusionar sus respectivas áreas de influencia, afianzar la presencia en Eurasia y el Indo-Pacífico y prevenir la presencia de EE UU en la región. Una coalición formidable que engloba la dimensión continental y la oceánica, las tesis de Mackinder y Spykman. En este contexto, la India despunta como un actor clave. Lo demuestra el llamamiento a reforzar la cooperación Rusia-India-China de la declaración conjunta. Dada la buena sintonía entre Rusia y la India, China y Pakistán, se trataría de aprovechar las sinergias cruzadas para limar diferencias. La guerra de Ucrania propicia un realineamiento mundial que en Asia resulta patente. Por su talante no alineado, en un contexto de posguerra fría, la India ha podido compartimentar sus ecuaciones de poder. En el nuevo escenario, tendrá que decidir hacia qué lado quiere inclinarse. @evabor3

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La Alianza del Atlántico Norte se creó con dos propósitos básicos: evitar una gran guerra en Europa y, en caso de que esto fracasara, gestionar la escalada. Lamentablemente, con la guerra de Ucrania, ha fracasado en ambos aspectos. Si no fuera por la fortaleza del pueblo ucranio y el apoyo de algunos aliados, las tropas rusas estarían ya concentradas en la frontera de la OTAN con misiles apuntando a sus ciudades. Los líderes de la OTAN, que se reúnen esta semana, tienen la oportunidad de redimir a la Alianza y ayudar a los ucranios a terminar la guerra en términos favorables. Pueden hacerlo sin implicarse directamente en la lucha, pero tendrán que liberarse de dos dogmas autodestructivos: que la defensa colectiva de la Alianza empieza y termina en su territorio y que cualquier acción sería una escalada que llevaría a la Tercera Guerra Mundial.

Lo más importante es que los líderes de la OTAN corrijan un error estratégico: dejar que el ruido de sables nuclear de Vladímir Putin quede fuera de control. Un solitario Putin sentado a 10 metros de su ministro de Defensa y de su jefe del Estado Mayor dándoles instrucciones para poner a las fuerzas nucleares rusas en disposición de combate será una de las imágenes definitorias, aunque macabras, de esta guerra. Si el mensaje de Putin fue alto y claro, la respuesta de la OTAN resultó preocupantemente silenciosa, salvo una contestación cortante del ministro de Asuntos Exteriores francés, Jean-Yves Le Drian, que recordó a Putin que “la OTAN también es una potencia nuclear”. La idea, especialmente en Washington, parece ser que la mejor respuesta es ignorar el ruido de sables nuclear de Putin. Sin embargo, la temeraria incursión de las fuerzas rusas contra la mayor central atómica de Ucrania (y de Europa) demuestra que el aviso nuclear de Putin debe tomarse en serio.

No dar marcha atrás y restablecer un cierto equilibrio estratégico en la retórica nuclear es dejar que Putin siente un precedente muy peligroso. ¿Qué le impedirá utilizar potencialmente armas nucleares la próxima vez que se proponga atacar otro territorio europeo? Esto no solo resulta preocupante para Europa. Algunos aliados del Indo-Pacífico deben preguntarse cuál sería la respuesta de Estados Unidos si China utilizara el manual de tácticas nucleares de Putin para apoderarse de algunos islotes. Los líderes de la OTAN deben utilizar su voz colectiva para decir tres cosas: la OTAN es una alianza nuclear. No tiene intención de utilizar armas atómicas en este conflicto. Sin embargo, el uso de armas nucleares cambiará fundamentalmente la naturaleza del conflicto, con consecuencias devastadoras para todos. Este lenguaje simple pero inequívoco debería ayudar a la OTAN a redibujar una línea roja. Lo mismo puede decirse de las armas químicas o de cualquier otra arma de destrucción masiva.

En segundo lugar, los aliados de la OTAN deben ampliar la cantidad y calidad del armamento enviado a las fuerzas ucranias. La guerra está llegando a su cenit. Zelenski tiene que resistir y aumentar el coste de la campaña de Putin. Esto debe comenzar con los grandes aliados, especialmente los de Europa occidental, para aumentar significativamente sus envíos de armas. Si los aliados de Europa del Norte y central están en su tercera o incluso cuarta oleada de envío de armas, los de Europa occidental se encuentran rezagados. Este desequilibrio supone un doble riesgo de sembrar divisiones entre los aliados —los del Este sienten cada vez más que están asumiendo una carga desproporcionada—, pero también de debilitar el suministro de armas críticas en un momento en el que Zelenski necesita reforzar su posición tanto militar como diplomáticamente.

En relación con esto, la calidad de esos envíos también debe evolucionar a medida que las tácticas en la guerra cambian: los rusos utilizan cada vez más su fuerza aérea y sus misiles para causar destrucción y muerte de forma indiscriminada. Tras haber fracasado en decapitar al Gobierno, la campaña militar de Putin busca ahora poner de rodillas a la población ucrania. Para ello, las fuerzas ucranias necesitan más medios para derribar los cazas y misiles rusos y proteger los centros de población y las infraestructuras clave, especialmente en el oeste de Ucrania. Necesitan sistemas de defensa aérea de medio alcance, como los S-300 de fabricación rusa que emplean Grecia, Bulgaria y Eslovaquia. Estados Unidos, con su sistema Patriot, y otros países, como Francia, Italia y Reino Unido, que disponen de sistemas equivalentes de medio alcance, podrían reforzar a esos aliados de primera línea. Proporcionar esa capacidad defensiva a las fuerzas ucranias les dará una oportunidad razonable contra la maquinaria de guerra de Putin y les ayudará a crear un santuario en el espacio aéreo de Ucrania occidental. Será menos controvertido y logísticamente complicado de operar que proporcionar aviones de combate, pero podría hacer verdadera mella en las fuerzas aéreas y de cohetes rusas.

Esperar y hacer grandes declaraciones sin aumentar la presión militar sobre Putin también reduciría las posibilidades de éxito en el frente diplomático. Ahora que Zelenski ha mostrado su voluntad de no solicitar el ingreso en la OTAN, ello también ha hecho que la implicación de la Alianza sea menos evidente. Los dirigentes de la OTAN deberían pedir a los mandos de la Alianza que actualicen los planes para asegurar el acceso continuo a los mares Negro y Báltico, así como los planes cibernéticos para proteger activamente las infraestructuras de la OTAN. En clave, estas medidas enviarán un claro mensaje a Moscú: estamos dispuestos a aumentar la presión en los dominios críticos para Rusia.

Estas decisiones no están exentas de riesgo, pero todas se mantienen por debajo del umbral de la implicación militar directa. La OTAN tiene la obligación moral y estratégica de actuar. Hacer demasiado poco, como es ahora el caso, presenta el riesgo inaceptable de una Ucrania subyugada y un Vladímir Putin listo para su próximo movimiento revanchista. El fracaso también tendrá consecuencias duraderas para la credibilidad y el propio propósito de la Alianza. De hecho, ¿qué valor tiene una defensa colectiva sólida como una roca si una parte cada vez más grande del continente europeo está bajo ocupación y en abierto conflicto con Rusia?

Putin nunca ha estado tan cerca del fracaso. Lo que empezó como un intento de cambio de régimen fulminante en Ucrania podría acabar desencadenando un cambio de régimen de larga duración en la propia Rusia. Aunque la OTAN no participe directamente en la lucha, es una guerra que puede ganarse o perderse en función de nuestras decisiones.

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Lucas Arnau política
Lucas Arnau, en proceso de recuperación tras cirugías, ha dejado clara que su filiación política y ha pedido respeto a sus opiniones.

Lucas Arnau quien está en proceso de recuperación tras cirugías, ha dejado clara que su filiación política está alejada de la propuesta del Pacto Histórico, y ha pedido respeto a sus opiniones.

Noticias Colombia.

Lucas Arnau ha sido fuerte crítico de Pieda Córdoba y su regreso al Senado, ha pedido que a alias ‘Otoniel’ lo extraditen ya, felicitó a Óscar Iván Zulúaga por la decisión de apoyar a ‘Fico’ Gutiérrez; a quien el artista también respalda, también criticó lo ocurrio en la iglesia Primada de Bogotá con un grupo de encapuchados que ingresó, opiniones que han generado polémica.

Unos lo apoyan, otros lo insultan, otros se burlan.

«Como les duele que un artista tenga una opinión política, pero resulta que antes de ser artista fui Colombiano y estoy en todo mi derecho de opinar, como cualquier Colombiano», escribió en Twitter este domingo.

Agregó que: «No me ofenden sus comentarios llenos de odio y división, acá siempre se dirá lo que se piensa y punto».

El cantante se suma a una larga lista de artistas en medio de la polarización del país: los de izquierda, los de derecha, los ‘tibios’.

Así los ha ubicado el discurso político, y la polarización entre ciudadanos.

Noticia relacionada:

Opinar o no ¿obligatorio?, los reclamos a artistas, famosos e influenciadores durante el paro en Colombia

Uno de los mensajes que lo puso en el centro de críticas y ‘aplausos’, fue: «La mejor frase que he escuchado en los debates presidenciales es una que dijo @FicoGutierrez «la gente no es boba»»

Lucas Arnau atraviesa por una recuperación tras su tercera cirugía de rodilla.  que le fue donada por la familia de un menor de 12 años de edad que falleció.

La recuperación se complió por una bacteria.





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No es posible entender la incalificable agresión contra Ucrania por parte de Rusia solo a partir de la personalidad de Vladímir Putin; su actitud cabe integrarla en el contexto de una reorientación estratégica de amplia magnitud elaborada estos últimos años por el mandatario ruso, en plena sintonía con la visión china de la geopolítica mundial, particularmente en lo concerniente a las conflictivas relaciones con Estados Unidos. En 2008, recién estrenado el cargo, el presidente Barack Obama relegaba manifiestamente a Rusia, como potencia secundaria, centrando, en adelante, el eje estratégico de la política estadounidense sobre Asia frente a China. Han sido muchos los testigos que oyeron a Putin decir que no perdonaría a EE UU esta humillación. El fracaso de la OTAN en Afganistán, el inicio progresivo de una política de defensa europea con motivo de la intervención en África (el despliegue de la fuerza Berkane), el rechazo de varios socios europeos de incrementar su participación financiera en esta organización, habían generado, desde la presidencia de Donald Trump y después, con Joe Biden, una nueva reflexión sobre los objetivos de la organización atlantista. El bloqueo de los acuerdos de Minsk de 2015, unido a las reiteradas peticiones (respaldadas por los países del Este) de Volodímir Zelenski de ingreso en la UE y en la OTAN, fueron interpretados por Putin como un avance de un nuevo orden global de extensión estadounidense, que seguiría dominando a Europa pese al descalabro afgano, y, al tiempo, le permitiría cercar a Rusia.

Esta visión paranoica de hostigamiento encuentra su eco en la percepción de los dirigentes chinos, que tachan la focalización de EE UU sobre Asia de estrategia de guerra, no solo por la competitividad económica, sino también por la tensión provocada sobre Taiwán. Es así cómo traducen la hegemonía que EE UU acaba recientemente de conseguir en el Indo-Pacífico con la venta de submarinos nucleares americanos-británicos a Australia.

En consecuencia, para Putin y el presidente Xi Jinping, Ucrania es solo una parte de este enfrentamiento global. China piensa que el pulso con EE UU irá a peor, un pesimismo que Putin comparte, creando un vínculo de solidaridad inquebrantable entre ambos países: “Lo que la OTAN, liderada por Estados Unidos, ha hecho es lo que gradualmente ha llevado al conflicto entre Rusia y Ucrania al límite”, ha sostenido Zhao Lijian, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China. Esta concordancia de intereses geopolíticos entre China y Rusia fortalece la posición de Putin. Es muy probable que la ocupación rusa en Ucrania dure hasta que se logre un acuerdo entre EE UU, Rusia y Europa sobre la arquitectura de seguridad en el continente europeo. China podrá contar con el apoyo firme de Rusia en Asia, particularmente en su reivindicación sobre Taiwán. En esta gran contienda geopolítica, es imprescindible que Europa, más allá de la solidaridad total con Ucrania, siga favoreciendo el diálogo con todos los actores y forme parte de un compromiso futuro. Es la mejor manera de detener la amenazante dinámica de guerra mundial.

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A comienzos de su presidencia, en el año 2000, Vladímir Putin ofreció una larga entrevista televisada. Habló de su visión sobre el futuro de Rusia, compartió recuerdos de su juventud y reflexionó sobre lo que había vivido y aprendido. Cuenta, por ejemplo, la lección que le dio una rata. Siendo muy joven, Putin y sus padres vivían en un pequeño apartamento en un precario edificio en Leningrado (hoy San Petersburgo) que, entre otros problemas, sufría de una infestación de ratas. El joven Putin las perseguía con un palo. “Allí, recibí una lección rápida y duradera sobre el significado de la palabra ‘arrinconado”, cuenta Putin. Y añade: “Una vez vi una rata enorme y la perseguí por el pasillo hasta que la llevé a una esquina. No tenía adónde correr. De repente se arrojó sobre mi cara y la esquivé, pero ahora era la rata la que me perseguía. Afortunadamente, fui un poco más rápido y logré cerrar la puerta de golpe”. En la entrevista, Putin concluye que esta anécdota contiene una lección que no se debe olvidar: “Es mejor no acorralar a nadie.”

Pero, ¿qué pasa si, en vez de ser atacada, queda atrapada en una ratonera?

La ratonera es una trampa para atrapar ratones. Consiste en una caja en la cual hay una puerta por donde puede entrar el ratón. Adentro, hay un mecanismo donde hay un pedazo de queso. Al tomar el queso, el ratón dispara un resorte que cierra la puerta y lo deja en la ratonera sin poder salir. Está atrapado. Esto mismo les pasa los dictadores contemporáneos. Entraron al palacio presidencial atraídos por el queso, que en este caso es el poder, y quedaron atrapados. Si dejan el poder, ponen en peligro su libertad o hasta su vida, así como las de sus familiares y cómplices. Su alto cargo también les permite preservar mejor las enormes fortunas que se han robado. Obviamente, lo normal es que los dictadores no tengan deseo alguno de abandonar el poder.

La metafórica ratonera que atrapa a los dictadores en el poder ilustra uno de los grandes retos del mundo de hoy. ¿Qué suerte se le debe dar a los dictadores? En el pasado, aquellos que no eran asesinados o encarcelados y lograban huir con su mal habida fortuna, solían radicarse en los paradisiacos lugares frecuentados por la realeza europea. Ahora, los tiranos que pierden el poder terminan en Europa, pero no en Mónaco o Biarritz, sino en el Tribunal Penal Internacional que funciona en La Haya.

La impunidad de la que disfrutaron un buen número de dictadores desapareció cuando el expresidente de Chile, Augusto Pinochet, fue arrestado mientras visitaba Londres en 1998. Esa medida fue una expresión de la nueva doctrina de derechos humanos: la “jurisdicción universal”. Esto marcó el comienzo de una nueva era de responsabilidad por violaciones graves de los derechos humanos. Para un dictador como Nicolás Maduro, por ejemplo, dimitir significa ir a la cárcel. Vladímir Putin confronta el mismo riesgo.

Naturalmente, esta realidad hace a los dictadores más obstinados a la hora de aferrarse al poder. No tienen garantía alguna de que la impunidad que les puedan prometer otros gobiernos sea duradera. Las circunstancias, las alianzas y los gobiernos cambian, y los nuevos gobernantes pueden decidir que no están obligados a honrar los compromisos de sus predecesores. Para estos dictadores, el único gobierno confiable es el que ellos presiden y las únicas Fuerzas Armadas que los defenderán son las que ellos comandan.

Este es uno de los problemas más espinosos de nuestro tiempo. ¿Se debe buscar un acuerdo con dictadores responsables de la muerte de miles de inocentes? O, más bien, la ética, la justicia y la geopolítica obligan a tratar de derrocar a estos dictadores.

No hay respuestas fáciles. ¿Cuántas muertes se evitarían si se llegase a un cese al fuego en Ucrania? ¿Es aceptable hacer un trato con Vladímir Putin para que retire sus tropas a cambio de acceder a algunas de sus condiciones? Para muchos esto sería inmoral y la única salida aceptable es salir de Putin. Otros mantienen que la prioridad es detener las muertes de inocentes.

Las respuestas que demos a estas preguntas marcarán la política mundial. Pero al menos hoy sabemos que las respuestas pueden ser moldeadas por países donde reina la democracia. De todas las horribles noticias que ha producido la invasión de Putin, hay una buena nueva que nos debe dar esperanza: las democracias han demostrado que pueden trabajar en concierto y aumentar su capacidad para enfrentar colectivamente los males que afectan al planeta. Esta es una oportunidad para que la agenda la marquen los defensores de la libertad y no los tiranos.

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Disputa por formula vicepresidencial de los candidatos a la presidencia de Colombia, se ha vuelto ‘chisme’ de redes sociales.

Este tiempo de elecciones con un clima altamente polarizado, se suma el debate sobre el cargo de la formula vicepresidencial nombres, alianzas y compromisos, ¿desorden, estrategia, fake news?

Noticias Colombia.

A menos de 3 meses de las elecciones presidenciales en Colombia, los candidatos buscan su formula vicepresidencial, lo que ha llevado al debate de si este cargo funciona, si es para «pagar favores» o si debe o si se debe replantearse incluso.

Además, por la forma en que varios candidatos actualmente están manejando el tema de quién los acompañará en ese cargo.

Sergio Farjado: «No se quién de mi campaña»

Lanzan nombres en twitter, indirectas, información «incorrecta» y demás. ¿Será parte de estrategia o simplemente mala comunicación?

En el caso del candidato Sergio Fajardo, antes de que nombrara al exministro de Ambiente, Luis Gilberto Murillo, Francia Márquez le dijo «no, gracias» a la propuesta que aseguró, vino desde su campaña.

Según Márquez, la llamaron para ser la formula viceprecidendial del centro.

Sin embargo, una vez el centro dio a conocer el nombre de Murillo para ese cargo, el mismo Fajardo salió a responder públicamente que a la lideresa caucana él no la había tenido en cuenta para ese cargo.

Alguien de su campaña luego salió a declarar que sí habían pensando en Márquez.

Otros creen que pudo ser también una estrategia del otro lado para presionar la campaña del Pacto Histórico, porque como dijo la candidata sorpresa en las elecciones del 13 de marzo, «la palabra se honra».

Con Petro

Este viernes, el nombre de Francia Márquez pasó a ligarse casi de manera oficial como formula vicepresidencial de Gustavo Petro, así lo anunciaron Gustavo Bolívar y Alexander López Maya, reelegidos en el Congreso.

Para ella, es importante «continuar por el cambio» con el movimiento del Pacto Histórico al que pertenece el candidato de la Colombia Humana.

Seguidores de la caucana creen que ella no debería ser vicepresidenta, «es un cargo muy poco para ella». Muchos incluso piden, que sea la Ministra de Defensa en un hipotético caso de que Petro gane.

Y es que se cuestiona para que le sirve al país la Vicepresidencia de la República.

Otros, señalan que siendo vicepresidenta, Márquez puede desempeñar otros cargos también.

¿Chismes de campaña?

Dado que varios aspirantes a la Presidencia de la República no han dado a conocer quien será su fórmula vicepresidencial, las redes sociales se han llenado de nombres y ¿chismes? como estrategia de campaña, también puede ser.

A Sergio Fajardo también lo vincularon con la reconocida activista por el medio ambiente Brigitte Baptiste, quien si ha mostrado su afinidad con el antioqueño y sus propuestas ambientales.

A la rectora de la Universidad EAN, la señalaron de ser la opción del Centro Esperanza, y su líder, una vez más, salió «para aclarar».

Baptiste también expresó no haber recibido ninguna propuesta.

Por otro lado, Fico Gutiérrez continua la búsqueda de su formula vicepresidencial, al parecer sin ninguna prisa.

Y no se ha salvado de esos ‘chismes de redes’ y entre periodistas.

Vanessa De la Torre dijo que le contaron, que le ofrecieron la vicepresidencia a su colega de la FM, Luis Carlos Vélez.

Ante ello, Velez respondió que ese rumor era falso. «Es mentira» y a la discusión se sumó otro periodista, que asegura si hay propuesta para Velez.

Rodolfo Hernández tenía como formula a Paola Ochoa, panelista de Blu Radio, pero ella renunció a esa posibilidad algunos días después alegando problemas personales.

Por ahora, parece que el tema de las formulas vicepresidenciales está en un debate que poco sirve a lo que debería ser el tema real de propuesta de país, respuestas claras de los candidatos.

La Vicepresidencia

«La selección de un vicepresidente dice mucho sobre las calidades del candidato presidencial que lo escoge. Muestra que hay claridad sobre las características intelectuales, de experiencia, de buen juicio, que debe tener esa persona porque en cualquier momento puede ocupar la Presidencia de la República», dice el experto en ciencias políticas, Fernando Cepeda Ulloa.

Por eso, muchos han criticado esa especie de ‘recocha’ de las campañas electorales frente a este tema.

Y es que aunque para muchos ciudadanos esto se trate solo de un formalismo, la realidad es que es un tema de peso político que sí puede incluso impactar la imagen y gobernabilidad de quien presidee el país.

Para la próxima semana, ya deben quedar definidas esas formulas.

Además, es un cargo que se paga con recursos públicos de ahí, lo que debe ser la ideneidad de una candidato o candidata que cumpla determinadas características.

Un cargo creado desde la Constitución de 1830.

La Función Pública establece que para aspirar a ese cargo, debe ser:

¿Cuáles son los requisitos para ser vicepresidente en Colombia?

  • Ser colombiano de nacimiento
  • Haber cumplido cuarenta años
  • Residir en el país seis años antes de la elección, pero si por ejemplo, estuvo por fuera por servicio de la República, se cuenta.

Quien sea vicepresidente (a) pasará a ganar más de 25 millones de pesos mensuales, ese es su sueldo. Además de otros beneficios estatales como asignación de vehículos, viáticos y demás.

Puede ser asignado en misiones o encargos especiales por parte del Presidente, y designarlo en cualquier cargo de la Rama Ejecutiva.

Qué tanto desempeñe quien ocupe esa silla, en gran parte depende de la afinidad ideológica, de visión de país y propuestas que tengan los candidatos presidencial con su formula vicepresidencial.





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“En la base de la mirada neurótica del Kremlin sobre los asuntos internacionales se halla el tradicional e instintivo sentido de inseguridad ruso […] Esta fuerza política tiene un completo poder de disposición sobre las energías de uno de los más grandes pueblos del mundo y sobre los recursos del territorio nacional más rico del mundo, y se propaga a través de profundas y potentes corrientes de nacionalismo ruso […] es impermeable a la lógica de la razón, y altamente sensible a la lógica de la fuerza […] su éxito dependerá realmente del nivel de cohesión, firmeza y vigor que el mundo occidental logre reunir”.

Estas frases entrecomilladas no proceden de un reciente análisis sobre la Rusia de Putin tras el ataque a Ucrania, sino del célebre ‘Telegrama largo’ con el que el diplomático estadounidense George F. Kennan ofreció a Washington su análisis sobre la URSS en el febrero de 1946. Casi todo en ese texto suena extraordinariamente vigente hoy día. Otro pasaje, en concreto, merece atención. “Mucho depende de la salud y el vigor de nuestra propia sociedad […] si no podemos abandonar la resignación e indiferencia ante las deficiencias de nuestra propia sociedad, Moscú se aprovechará”. Moscú, o Pekín. En esas estamos.

En su nefando discurso de esta semana, lleno de insidias y de incitación al odio, Vladímir Putin apuntó a problemas reales que minan “la salud y el vigor” de las sociedades occidentales de los que escribía Kennan. “Datos registrados por organizaciones internacionales […] claramente muestran que problemas sociales, incluso en los países occidentales más avanzados, se han exacerbado en los últimos años, que la desigualdad y la brecha entre ricos y pobres se ensancha, y que conflictos raciales y étnicos se hacen notar”, dijo Putin. La afirmación debe matizarse, señalando que hay países occidentales que capean mucho mejor que otros esas dos cuestiones, y que la desigualdad bajo el régimen de Putin tiene rasgos obscenos de enriquecimientos sin talento y pura corrupción. Pero sería estúpido desconocer la seriedad de esos problemas, no observar el deterioro de la confianza de tantos ciudadanos en la eficacia y equidad de las democracias liberales.

Ahí están, pues, las dos patas sobre las que tendrá que andar el nuevo gran contrato social europeo. Cuidar a fondo de “la salud y el vigor” de nuestras sociedades, con un decidido esfuerzo para asegurar la cohesión social. Prepararse a conciencia para disuadir a ciertos adversarios con la lógica de la fuerza cuando la lógica de la razón no basta.

Todo esto no puede, no tiene por qué, hacerse a costa de otros objetivos fundamentales. La desconexión de la dependencia de la energía rusa debe lograrse redoblando el impulso a las renovables. La inversión en defensa puede y debe ser motor de avance en excelencia tecnológica e industrial. El gasto militar no tiene por qué sustraerse del social. En el caso de España, cabe recordar, la recaudación fiscal es consistentemente inferior a la media de los países europeos comparable: hay claro margen para subirla.

Todo esto ya se hizo. Frente a la amenaza de la URSS que describía Kennan, Europa occidental respondió con la construcción de sistemas de protección social de considerable envergadura y con la adhesión a la Alianza Atlántica liderada por EE UU e ingente gasto en Defensa: salud de la sociedad y lógica de la fuerza por si falla la de la razón. Sin embargo, en las últimas décadas no ha habido el impulso suficiente para renovar esas apuestas, adaptarlas al tiempo actual.

Ahora, la pandemia ha despejado la mirada de muchos sobre la importancia de los servicios públicos; Putin ha sacado a otros tantos de dudas acerca de la importancia de poderse defender ante matones. La UE y los Gobiernos nacionales han acertado en la respuesta conceptual a estos retos. Queda una enormidad de trabajo por delante, pero abandonando la resignación que frena a tantos y abrazando la claridad moral que se le escapa a algunos se pueden conseguir grandes logros, como en la posguerra mundial. La propia UE es hija de esa claridad moral y del destierro de la resignación.

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Al escritor chino Yu Hua le pidieron hace unos años que definiera su país en diez palabras. Una de las que eligió fue hūyōu, que se traduce más o menos como embaucar. Los chinos, comenta Yu, usan constantemente este término: engatusan para salirse con la suya en un juego, en los negocios o a la hora de hacer planes. No tiene por qué ser con mala fe, y ellos mismos hacen chistes con lo liantes que son. En ese sentido, algunos critican a sus gobernantes, que usan mucha retórica (además de la censura) para hacer pensar a los ciudadanos lo que les interesa. Así que ahora que llevamos semanas dándole vueltas a la posición de Pekín sobre la guerra de Ucrania, cabe preguntarse: ¿Nos están mareando?

Cuando Putin ordenó la invasión de Ucrania, Pekín pidió contención y una solución negociada. Al mismo tiempo, se negó a usar los términos invasión y guerra, hasta que ha terminado haciéndolo. Los medios oficiales, que siguen directrices del Partido Comunista, culpan a Estados Unidos de echar leña al fuego. A los cuatro días de que empezara la ofensiva rusa, el portavoz de Exteriores chino, Wang Wenbin, hizo unas declaraciones ambiguas: “China siempre ha considerado que la seguridad de un país no puede construirse sobre la base de comprometer la de otro, y mucho menos venir de socavar la soberanía y seguridad de otros países, en pos de su propia superioridad militar y seguridad”. Algunos analistas interpretaron esto como una llamada de atención al Kremlin; otros, como una advertencia a Estados Unidos y a la OTAN.

Cuando no hay información, tendemos a rellenar los huecos. A China la hemos nombrado intermediaria en esta guerra sin que haya aceptado el papel. El 2 de marzo, el Financial Times tituló a cinco columnas que Pekín se había ofrecido para mediar, cuando en realidad este era el deseo del Gobierno ucranio. El comunicado chino era más sutil; ellos nunca se pillan los dedos: Kiev nos pide que mediemos, subrayaba. Por interés estratégico y comercial es lo que llevan haciendo desde 2014, cuando Putin se anexionó ilegalmente la península ucrania de Crimea. A Rusia le han insistido siempre en que no puede violar la soberanía territorial de un país. A Kiev, en que asuma las preocupaciones de seguridad de Rusia y se olvide de entrar en la OTAN.

Que Moscú le haya pedido ayuda militar a Pekín, como han filtrado fuentes estadounidenses, no se puede descartar, pero podrían ser drones y otro equipamiento que ya estaba pactado antes de la guerra, y no un auxilio urgente que ha pedido el Kremlin. China asegura que Estados Unidos quiere hacerle una envolvente para que se aleje de Moscú. A Pekín recalcar en casa que esta es una guerra en Europa le permite trazar una línea entre sus problemas domésticos y los del resto del mundo. Aunque económicamente a China le esté haciendo daño como a todos. @anafuentesf

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No estuvo la actual China comunista en la fundación del orden internacional que hemos conocido hasta ahora. El imperio ruso, aunque fuera bajo el avatar comunista de la Unión Soviética, sí estaba como uno de los dos grandes en la organización de la posguerra mundial y todavía vive de sus rentas. El lenguaje de la historia y de sus conmemoraciones, además de trágico, suele ser irónico. Ahora se han invertido las posiciones: Rusia se ha convertido en una potencia en retroceso, paria y desprestigiada, mientras que China se halla en pleno ascenso e incluso en posición de actuar como árbitro y fundador del orden internacional que surgirá del actual caos.

Tres días antes de que los tanques rusos hollaran la frontera ucrania, el 21 de febrero, se cumplió medio siglo del encuentro entre Mao Zedong y Richard Nixon, que abrió la puerta a la incorporación de la China continental a la comunidad internacional, asestó un golpe diplomático al enemigo cerval de Pekín que era entonces el comunismo soviético y fue la piedra fundacional de la globalización feliz de los últimos 30 años. Ahora, cuando todo ha terminado, se han trastocado las posiciones entre los dos vecinos de nuevo reconciliados: Rusia es el socio menor y China la que manda.

No se conocen los reproches de Xi Jinping a Vladímir Putin. Pero existen. El presidente ruso miente sin pestañear, a Macron o a quien sea. Esperó a que terminaran los Juegos de Invierno en Pekín para atacar a Ucrania, y probablemente sin informar en detalle a su aliado chino. Y si lo hizo, Xi no podrá perdonarle el fracaso de la invasión relámpago ni sus efectos sobre la economía y la estabilidad mundiales. Rusia es ahora una fuerza disruptiva y unilateralista, que saca rendimientos del caos, mientras que China prefiere la estabilidad y considera sagradas la integridad territorial y la soberanía de los países y, según una expresión oficial, “levanta la bandera de la multilateralidad”.

No hay nada personal en todo esto, como sucede con los negocios mafiosos. Se trata del poder, y del poder mundial, cuestión que a China le interesa en extremo. Y en estas cuestiones, como enseñó el maestro Mao, hay que saber quién es el enemigo principal. Es Estados Unidos y, subsidiariamente, la Unión Europea, comunes a China y a Rusia. Lo dejó claro este martes el portavoz del ministerio de Exteriores, Zhao Lijian, sumándose una vez más a las malas excusas bélicas del Kremlin. Inició su conferencia de prensa con la denuncia del hallazgo en Ucrania de 26 laboratorios de armas biológicas pertenecientes al Ejército de Estados Unidos, parte de un plan de guerra virológica global organizado en 336 instalaciones localizadas en 30 países. Dos semanas después de la invasión, Putin ya tiene las armas de destrucción masiva que justifican su guerra preventiva, y China, de paso, también obtiene una imputación simétrica, frente a la matanza y los crímenes de guerra de Putin, que le permite hacerse hueco como árbitro de una futura negociación de paz.

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De no ser por la extrema gravedad de los sucesos que vivimos, las últimas apariciones de Putin resultarían cómicas: recibiendo a Macron en una mesa digna de La última cena de Leonardo, o anunciando al mundo la llegada del apocalipsis. El despropósito evoca la escena memorable de El Gran Dictador en la que un fantasioso Hitler, encarnado por Chaplin, juega con un globo terráqueo que gira sobre la palma de su mano. En esta ocasión, es la mano de Putin la que acaricia el botón rojo nuclear. Un delirio de terror y codicia. No bastándole gobernar el país más grande del planeta, (con una extensión cuatro veces la de la UE) siente la necesidad imperiosa de invadir a su vecino.

El poder de Putin, absoluto, arbitrario y cruel, es el del tirano. Una dictadura personalista ―una Putincracia― llevada al extremo de equiparar su persona con el Estado, de modo que cualquier amenaza a su posición, incluido un levantamiento popular, es percibida como una amenaza a Rusia, es decir, casus belli. De ahí el afirmar que las sanciones económicas suponen una declaración de guerra. Ante el chantaje paralizante de provocar un Armagedón nuclear, resulta útil recuperar las antiguas enseñanzas de Sun Tzu, los principios del saber vencer sin librar batalla. A saber: atacar los planes y alianzas del enemigo. Finalmente, cuando no quede otra alternativa, las tropas y fortificaciones. Por ese orden.

Joe Biden intentó desmantelar los planes con la “diplomacia del megáfono”. Las sanciones irían dirigidas a socavar las alianzas nacionales, cercar a Putin desde diferentes anillos, del más próximo de los oligarcas y colaboradores, al más distante del pueblo ruso. Si este tuviese conciencia de ser conducido a una inexplicable guerra mundial, podría romper el contrato social, cuya primera cláusula es la garantía de seguridad. Entre los aliados internacionales destaca China facilitadora de Putin y, por lo tanto, con responsabilidad moral.

La situación exige la involucración de Pekín, incluso por interés propio, pues los riesgos de un fracaso en Ucrania son varios. Con su inquebrantable apoyo a Moscú, Pekín se expone, aunque solo sea por asociación de imagen, a convertirse en compañero de viaje en el descenso a los infiernos de Putin. Cuanto más baje, peor. Un resultado adverso podría cuestionar la autocracia apuntalada por Xi Jinping, lograda, al igual que en el caso de Putin, a costa de desmantelar el modelo de liderazgo colectivo que Deng Xiaoping legó, precisamente, para evitar derivas personalistas. Según informa Katsuji Nakazawa, en los mentideros de la plaza de Tiananmén circula este rumor. En el peor de los escenarios, no vaya a ser que cunda el ejemplo, una revuelta ciudadana podría acabar con Putin y abrir una vía a la democracia. Más allá de estas conjeturas, a día de hoy lo esencial es reconocer que de Putin representa una amenaza para la humanidad, de la que China forma parte. @evabor3

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Tres motivos llevaron a los compañeros de partido de Nikita Jruschov a destituirlo como líder de la Unión Soviética en 1964: había provocado una grave crisis de seguridad internacional ―la de los misiles de Cuba―, había generado un gran caos interno y había acumulado demasiado poder. Así lo recordaba hace unos días un veterano experto en Rusia, trazando una analogía directa con Vladímir Putin y apuntando a una de las posibles consecuencias de su catastrófica locura. Es inevitable ―aunque no muy realista― jugar con el deseo de que sean los propios rusos los que paren a su presidente y su decisión de arrasar Ucrania.

Desde que empezó esta guerra absurda y cruel se hace cada vez más difícil imaginar en qué acabará. Las especulaciones pasan por la más grave ―la conflagración total―, por una ocupación larga y una resistencia acorde, por la implantación en Moscú de un Gobierno ya abiertamente fascista, por la implosión en forma de guerra civil… Mientras, en el haber del Kremlin, se suman varios logros imprevistos, como el nacimiento de la UE geopolítica, el refuerzo de la relación trasatlántica o la consolidación del sentimiento nacional ucranio.

Imaginemos, por un minuto, que Putin y los suyos pierden el poder; que quien le sustituye representa a esa parte de Rusia que hoy, pese a todo lo que implica, está saliendo a la calle para pedir el fin de la guerra; que se siente parte integral de Europa. Habría que contemplar también ese escenario, el de la reconstrucción de unas relaciones cuyo deterioro, que ya venía de antes, se aceleró desde 2014.

Cuando se desmoronó la Unión Soviética y llegó la euforia de la ampliación comunitaria, Rusia se quedó al margen. Siempre recordaré la cara de póquer que puso una funcionaria rusa cuando le preguntaron si su país quería entrar en la UE. Sería el año 2007. La cuestión nunca estuvo encima de la mesa; en su lugar, una asociación estratégica que en su mayor parte no pasó de testimonial.

Por muchos errores que hayan cometido la OTAN y los países occidentales, el único culpable de un drama totalmente injustificado es Putin. Sin embargo, haríamos mal si volviéramos a ignorar la historia de la que venimos. La gran lección de la I Guerra Mundial fue que la humillación alemana solo llevó a rearmar al país y entregarlo a Hitler (cuyos ecos resuenan también mucho estos días). Una lección que asimilaron bien Jean Monnet, Robert Schumann y el resto de padres fundadores de lo que hoy es la Unión Europea: que la paz en Europa solo sería posible incluyendo a Alemania, no volviendo a arrinconarla.

Pensemos, aunque sea por un momento, cómo recuperar para Europa una Rusia pos-Putin. Ofrezcamos, aunque sea fútil, un escenario a quienes dentro de Rusia piensan que otro mundo es posible. Por improbable que sea.

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Durante meses Vladímir PutinVladímir Putin dijo que no tenía intención alguna de invadir a Ucrania, pero el 24 de febrero hizo exactamente eso. Desde entonces, las sorpresas han sido la norma. El propio Putin ha sido sorprendido, ya que es obvio que las cosas no han salido como el anticipaba. El dictador sobreestimó la eficacia de sus fuerzas armadas y subestimó a las de Ucrania. Un devastador ataque cibernético de los rusos, por ejemplo, aún no se ha producido y la armada de Putin muestra inesperados signos de desorden e improvisación. También nos ha sorprendido Volodímir Zelenski, el presidente que se ha convertido en un ejemplo mundial de valentía. A su vez, el pueblo ucranio demostró con hechos lo que significa defender a la patria de los zarpazos de un sanguinario dictador. Lamentablemente, todo lo anterior no permite suponer que los ucranios repelerán el ataque ruso. La desproporción entre la fortaleza militar de Rusia y la de Ucrania es enorme. Cabe esperar, sin embargo, una prologada insurrección de la nación ucrania contra sus invasores, la cual contará con la simpatía del mundo y el apoyo militar de muchos países.

Putin no solo se equivocó con los ucranios, sino que también subestimó a las democracias del mundo. Esta ha sido la mayor sorpresa que hasta ahora nos ha dado este conflicto. La Unión Europea respondió de manera unida y eficaz, lo que nos es común. Vimos a gobernantes, políticos y burócratas europeos reaccionando rápidamente y tomando decisiones que hasta hace poco eran inimaginables. Estados Unidos se ha aliado con Europa, Japón y otros países para imponerle a Rusia costos prohibitivos por las agresiones de Putin. Las democracias del mundo reaccionaron con inusitada velocidad y algunas desecharon principios que durante décadas fueron pilares fundamentales de su política exterior. Alemania, por ejemplo, decidió aumentar su gasto militar y enviar material bélico a las fuerzas armadas ucranias. Suiza abandonó lo que había sido un factor definitorio de su política exterior y hasta de su identidad nacional: la neutralidad frente a los conflictos internacionales. Las severas sanciones adoptadas por la alianza internacional desconectaron a Rusia de la economía mundial. Así, Putin ha condenado a su población a la pobreza y el aislamiento. Tristemente, también veremos más terror y represión dirigidos a los rusos que se atrevan a demandar un futuro mejor. A medida que la situación económica empeore, el Kremlin se sentirá más amenazado por los rusos que protestan en calles y plazas que por los demócratas de otros países.

Al mismo tiempo que se profundiza el aislamiento de Rusia, las democracias han mostrado una inédita capacidad para integrarse y defender juntas los valores que comparten. Diseñar e imponer las sanciones más severas que se han visto y coordinar su adopción entre muchos y muy diversos países fue muy difícil, pero se logró. Este es uno de los más bienvenidos efectos colaterales de la invasión: descubrir que las democracias pueden enfrentar con éxito grandes problemas. Esta experiencia puede servir de guía para enfrentar las otras amenazas globales que nos acechan. Por coincidencia, cuatro días después de la invasión de Ucrania, un panel formado por prominentes científicos publicó un informe que alerta sobre los inéditos daños humanos y materiales que está causando el cambio climático, así como la alarmante velocidad a la cual la frecuencia de estas catástrofes esta aumentando. El informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) se basa en las investigaciones de miles de científicos de todo el mundo. Según el informe, estamos a riesgo de que las condiciones adversas se hagan tan extremas que vastas superficies del planeta serán inhabitables, al igual que algunas de las más pobladas zonas urbanas.

La crisis climática que sufre el planeta es tanto o más amenazante que Vladímir Putin. La invasión de este tirano es un crimen inaceptable que no puede ser ignorado y hay que apoyar a quienes lo enfrentan. Pero el mundo debe desarrollar la capacidad para responder a más de una crisis a la vez. Ucrania no debe ser abandonada, pero la lucha contra el calentamiento global tampoco. Esto último es muy difícil pero ahora sabemos que, actuando en conjunto, el mundo es capaz de lograr cosas difíciles.

Los líderes de las democracias del mundo mostraron que, frente a una amenaza existencial, las políticas pueden cambiar decisiva y rápidamente. Es hora de que usen con valentía el superpoder que la crisis de Ucrania les ayudó a descubrir para atacar la otra gran crisis que enfrenta la humanidad. @moisesnaim

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Los huérfanos de Putin en la Unión Europea. Se trata de un sintagma con múltiples interpretaciones que resulta interesante explorar. La más inmediata es la atención a los niños ucranios que han perdido, o perderán, a uno o a ambos progenitores en la guerra desatada sin derecho, sin justificación y sin escrúpulos por el presidente de Rusia. Ellos son la prioridad. Hace bien la UE en adoptar una política de puertas abiertas sin matices, para ellos, y para todos los ciudadanos ucranios.

El sintagma también puede referirse a los niños sirios que quedaron huérfanos por las bombas de las fuerzas rusas desplegadas en apoyo al dictador Bachar el Asad. Conviene no olvidar que para ellos y sus familiares supervivientes las puertas de la UE no se abrieron como ahora. Múltiples circunstancias confluyen en generar el diferente trato. Racismo e islamofobia destacan entre ellas.

En otro orden, menos dramático, pero también relevante, el sintagma puede apuntar a esos dirigentes europeos que han quedado huérfanos por la conversión en espíritu del Averno del líder ruso, con quien habían cultivado relaciones estrechas, compartiendo algunos pedestres intereses pecuniarios, y otros una línea ideológica nacionalista-conservadora que culebrea en tantos rincones de la UE.

Los nombres son notorios. Destaca Francia, con un amplio abanico de dirigentes con un historial que ahora resulta insostenible, desde Marine Le Pen, que ha tenido que tirar a la basura más de un millón de copias de un folleto electoral para la campaña de las presidenciales donde aparecía una foto de ella con Putin, hasta Éric Zemmour, hasta hace nada declarado admirador del líder ruso. En Italia está en primera fila Matteo Salvini, dirigente de la Liga, históricamente empático con el Kremlin y que ahora rechaza el envío de armas a Ucrania. “No en mi nombre”, ha dicho, en una postura curiosamente coincidente con la de la secretaria general de Podemos, Ione Belarra. Berlusconi también ha cultivado durante décadas una estrecha relación con el mandatario ruso y Renzi ha tenido que dimitir del consejo de administración de una empresa rusa. En Alemania también hay figuras que salen realmente mal en la foto, como el excanciller Gerhard Schröder, y otras bastante desdibujadas. En el flanco oriental, destaca Viktor Orbán, durante mucho tiempo atento a la relación con el Kremlin hasta el punto de ser considerado por algunos, en cierto sentido, un potencial caballo de Troya ruso en la UE.

La invasión ha cambiado todo esto. El efecto inmediato es el corte de relaciones con Rusia, que significa muchas cosas. Por supuesto, de entrada, el impacto económico vinculado a la espiral de sanciones. Pero también una repercusión en el ámbito político. Las terminales nerviosas de Putin en Europa, con su potencial alborotador y divisorio, han quedado cortocircuitadas. Una corriente eléctrica dinamizadora recorre el proyecto europeo, impulsando enormes y positivos saltos de integración. El destello de las explosiones deja claro cómo termina a menudo el viaje al fin de la noche. El viaje del nacionalismo exacerbado, del apego a valores retrógrados y excluyentes, del deseo de orden por encima del de derechos. La prioridad en Europa ahora es unidad absoluta frente a la agresión rusa y en apoyo a Ucrania. Será bueno, después, mantenerla para que, en clave interna, esos instintos contra los que se fundó la UE y que circulan en nuestras sociedades se vayan por el desagüe que conduce al Averno donde deambula el alma de Vladímir Putin.

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El fondo reaccionario y ultraderechista, digno de Vox y de Éric Zemmour, que sorprende tanto a ciertas izquierdas europeas, emergió del torrente verbal como sucede con los escombros después del temporal. Lenin y los bolcheviques, cosmopolitas e internacionalistas aferrados al poder, son los remotos culpables. Vendieron a la Santa Rusia en 1918 en el primer pacto germano-soviético, el Tratado de Brest-Litovsk, cuando la patria del proletariado lo entregó todo a Alemania —Ucrania, Finlandia, Lituania…— para preservar la chispa revolucionaria.

Para Vladímir Putin fue una tarde de gloria. Primero con su interrogatorio implacable a los miembros del Consejo de Defensa, notablemente a Nikolai Platinovich, el jefe de sus agentes secretos en el exterior, humillado ante sus pares y obligado a corregir sus propósitos como solo se hace ante el mariscal de los espías. Luego con el cuñadismo imperial de su largo soliloquio sobre los más falsos avatares de la historia, que le sirvieron para avanzar un paso más en la lenta pero implacable operación de invadir y despiezar a Ucrania.

Fue la perorata de un viejo chequista, acodado a la barra de bar de su despacho del Kremlin. Y hubo para todos. Incluso para su admirado Stalin, el zar soviético que venció a Hitler y como tal fue venerado como divinidad del antifascismo. Como el mejor de los zares, ensanchó el imperio hasta los confines de Alemania, y en 1945 obtuvo en Yalta esa añorada hegemonía sobre media Europa que perdieron sus últimos sucesores y ahora Putin pretende recuperar. Lástima que fuera un régimen totalitario y enriqueciera también a Ucrania con territorios que habían pertenecido a Polonia, Rumanía y Hungría. Tampoco faltó el obligado reproche a Nikita Jruschov, que regaló Crimea, culminando así la construcción, perversa a ojos de Putin, de la Ucrania moderna y soberana que declaró su independencia en 1991.

Despojado de sus hábitos comunistas, el exteniente coronel del KGB soviético cree en la sagrada y eterna nación rusa como solo se cree en Dios todopoderoso. Ucrania, en cambio, es una perversa creación artificial del bolchevismo, nacida al calor del principio aberrante de autodeterminación de los pueblos, al servicio de los intereses espurios, y la bomba de relojería fundacional que terminó con la Unión Soviética y amenaza ahora a la Rusia imperial.

El viejo chequista y hábil interrogador advierte a quienes derriban estatuas de Lenin porque quieren descomunistizar el país que no se dejen la tarea en la mitad. Él sabe muy bien como terminar de verdad con el comunismo en Ucrania, un país al que niega su existencia como nación, lo declara estado fallido al servicio del extranjero y le tiene por una amenaza para la seguridad de Moscú. Hasta el punto de exhibir la guerra preventiva, como Bush en Irak, para evitar un ataque nuclear.

El viejo chequista despotricador ya no invoca a Lenin pero solo le falta la explícita oración al Señor de los Ejércitos para igualarse a los más conspicuos y autoritarios caudillos por la gracia de Dios.

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Pocas cosas unen tanto como un enemigo común. Los aliados occidentales están a partir un piñón. Cualquiera lo diría, después del fiasco de Afganistán; después del desplante del Aukus. Pero la amenaza que viene de Rusia es motivo más que suficiente para dejar de lado las diferencias. El juego del divide y vencerás que tan bien maneja Putin no fue capaz de romper la barrera de las sanciones de la UE por la anexión de Crimea y ahora tampoco de minar la unidad trasatlántica. Unidad ratificada este pasado fin de semana tanto por la presidenta de la Comisión Europea como por la vicepresidenta de Estados Unidos en la Conferencia de Seguridad de Múnich, que se celebraba, después de muchas décadas, bajo la sombra de una posible guerra.

Pocas cosas unen más que un enemigo común, y si no que se lo digan a China y a Rusia. Aliados tradicionalmente improbables que han encontrado en el desafío al orden global y los valores occidentales un motivo para unir fuerzas. Y en la crisis de Ucrania la excusa perfecta para escenificar su unión. La declaración conjunta que Xi Jinping y Vladímir Putin firmaron tras su reunión a principios de febrero esboza su visión del mundo, con sus peculiares concepciones de democracia, derechos humanos y multilateralismo.

Un cambio sustancial en el panorama del reparto de poder global.

Hasta hace muy poco, China parecía erigirse como el principal nuevo “enemigo” de Occidente. Así lo recoge la Estrategia Nacional de Defensa estadounidense, cuya aprobación se ha retrasado por el conflicto en la frontera de Ucrania.

No solo en Estados Unidos. La ya explícita amenaza china en todos los campos está logrando impulsar una renovada determinación occidental para defender los valores y principios de la democracia y la economía de mercado, según un reciente artículo en Foreign Affairs.

El G-7, la UE y el propio Washington están desarrollando una serie de iniciativas económicas, tecnológicas y militares para contrarrestar los avances de China hacia el dominio global. Algunos ejemplos: las que pretenden competir en infraestructuras con la Nueva Ruta de la Seda; las acciones contra Huawei o para frenar el despliegue de tecnologías que atentan contra las libertades individuales; los diversos esfuerzos para contestar a la creciente asertividad china en el Pacífico, como el Quad y el Aukus.

¿Será suficiente este rearme para devolver la confianza a un mundo occidental que atraviesa por un cuestionamiento profundo, tanto interno como global? Y, sobre todo, ¿será capaz Occidente de manejar dos grandes rivales simultáneamente?

Pocas cosas unen tanto como un enemigo común… y más si son dos. Ya se vislumbra cómo sería un futuro marcado por autocracias. De la coherencia, inteligencia y creatividad con que respondan a la crisis de Ucrania las democracias dependerá su papel y fortaleza en nuevo orden global abocado a una división en bloques.

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Bruselas no es un cajero, y si un país quiere recibir fondos debe cumplir ciertas reglas. Este argumento suele usarse para explicar la Unión Europea, con dos elefantes en la habitación: Hungría y Polonia. Los dos países llevan años a la deriva minando el Estado de derecho, y sin embargo siguen accediendo al presupuesto común. La buena noticia es que ese problema empieza a encarrilarse: el Tribunal de Justicia de la UE ha avalado que sin respeto a la democracia no habrá ayudas.

La condicionalidad se había pactado a finales de 2020, pero Budapest y Varsovia, que reivindican el estatus de democracias iliberales e incluso antiliberales, la habían recurrido para ganar tiempo. Sabían que la UE tenía instrumentos limitados para frenar las leyes homófobas y antiabortistas, la injerencia en el Poder Judicial, el tráfico de influencias, la compra de los medios de comunicación. Ahora los gobiernos de Viktor Orbán y el de Mateusz Morawiecki van a tener que rendir cuentas y, según la gravedad de lo que incumplan, se les irán congelando los fondos. A la oposición de esos países esto les permitirá hacer palanca, pero ¿qué hay de los ciudadanos húngaros y polacos?

Ese es un punto clave: la Comisión debería hilar fino para garantizar que la condicionalidad se aplica sin perjudicar, por ejemplo, a los agricultores y ganaderos polacos que reciben ayudas de la Política Agraria Común, o a los estudiantes húngaros que quieren marcharse de Erasmus. El reglamento dice que Bruselas va a velar por que los programas sí se ejecuten. Pero si, pongamos, Polonia tiene que seguir manteniendo las ayudas a sus agricultores y no se le dan fondos para ello, entramos en un bucle infinito. ¿Qué precauciones se van a tomar para presionar a los gobiernos sin restarle derechos a los ciudadanos?

Tanto Budapest como Varsovia están usando un argumentario muy duro ―Hungría, por cierto, celebra elecciones parlamentarias el 3 de abril― y amenazan con bloquear las instituciones. El propio Tribunal Constitucional polaco dictaminó hace cuatro meses que la ley polaca tenía prioridad sobre la de la UE. Ya se les paralizaron los fondos de recuperación de la pandemia y ahora ven que se les va a cerrar aún más el grifo. Y tienen cada vez más espacio para colocar sus mensajes: en Hungría los medios independientes los han ido comprando empresarios cercanos a Orbán. En Polonia, los medios públicos que se llaman “nacionales” directamente se han vuelto canales de propaganda.

Se abren dos frentes delicados para la Unión: por un lado, ganarse los corazones de polacos y húngaros. Por otro, presionar a los gobiernos no solo cuando amenacen los intereses de los contribuyentes europeos, sino también cuando arrasen con derechos que no se cuantifican en un excel. @anafuentesf

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Sin poder protagonizar las negociaciones en torno a Ucrania, Jair Bolsonaro se ha ofrecido para el respiro cómico. Conocido por no perder ninguna oportunidad de pasar vergüenza, el presidente brasileño pensó que sería una gran idea hacer una visita a su colega Vladímir Putin y el martes aterrizó en Moscú con su troupe. Podría tratarse solo de otra broma a la que se somete Brasil en la diplomacia mundial, pero la escena muestra hasta qué punto el mundo actual está menos dividido por ideologías y más determinado por los intereses de la vieja economía basada en los combustibles fósiles.

El propio Bolsonaro, que fue elegido con la retórica del “anticomunismo” y hasta hace poco tenía un ministro de Exteriores que decía que la crisis climática era un “complot marxista”, no ve ninguna contradicción en adorar a Donald Trump y también a Vladímir Putin. Porque no la hay. Los tres están unidos en su defensa de la vieja economía. El de Ucrania es un juego de guerra atravesado por la crisis climática. La pregunta es legítima: si en la Unión Europea, en particular en Alemania, la sustitución de los combustibles fósiles por una matriz energética “verde” estuviera más avanzada, ¿sería tan grande el riesgo —o la manipulación del riesgo— de un nuevo conflicto mundial?

La dependencia de la Unión Europea, y en particular de Alemania, del suministro de gas natural (y de petróleo) procedente de Rusia está en el centro de este enfrentamiento. El nombre Nord Stream 2 —un gasoducto de 1.200 kilómetros bajo el mar Báltico que unirá Rusia y Alemania— hace rechinar los dientes en las negociaciones. Ni los Estados Unidos de Joe Biden quieren que Europa dependa más del gas ruso, por razones geopolíticas y comerciales, ni Ucrania quiere un gasoducto que no pase por su territorio y, por tanto, no pague “peajes”. La Rusia de Putin, en cambio, necesita los miles de millones de euros que le garantiza la exportación de gas a Europa, especialmente a Alemania.

Por un lado, Biden amenaza con bloquear el gasoducto, terminado pero no en funcionamiento. Por el otro, Putin amenaza con interrumpir el suministro de gas a Europa a través de los conductos que pasan por territorio ucranio. Putin sabe que la era de los combustibles fósiles está en declive en un planeta que se sobrecalienta. El momento de ganar es ahora: si el gas sigue siendo un arma geopolítica de gran calibre hoy, puede que no lo sea mañana.

Cuando los negociadores van a las cumbres del clima para no hacer ningún progreso o muy poco, también manipulan guerras. Brasil lo tendría todo para liderar la transformación verde y la transición hacia una matriz energética solar. Sin embargo, Bolsonaro ha elegido el camino de la irrelevancia mundial al destruir sistemáticamente la Amazonia. Cambiar la matriz energética no solo es una necesidad urgente para evitar que el planeta se convierta en un horno. También es una sólida inversión en la paz.

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El peligroso pulso entre los protagonistas del conflicto en Ucrania parece ahora haber alcanzado su cénit; los aliados euroatlánticos mueven sus (pequeñas) tropas y el Gobierno de Kiev se prepara para “toda eventualidad”, aunque busca relajar la tensión. EE UU, por su parte, pretende apuntalar su hegemonía en Occidente en esta primera parte del siglo, encontrando en esta contienda una oportunidad ideal para reforzar el papel de la OTAN, muy deteriorado tras la catástrofe de Afganistán. Mientras, Vladímir Putin rechaza la ampliación de la OTAN a los países del Este porque es sinónimo de instalaciones militares y armamento pesado en zonas limítrofes a Rusia, es decir, un manifiesto incumplimiento del Acuerdo de 1997 y del compromiso de no desplegar armas ofensivas en dichos lugares. El mandatario ruso reclama, pues, el respeto del acuerdo y la retirada del arsenal logístico.

Al mismo tiempo que aumenta su capacidad ofensiva frente a Ucrania, Putin acepta dialogar desde hace semanas: ha recibido al presidente de turno de la UE, Emmanuel Macron, y hará lo propio con su colega alemán. Y está poniendo también a prueba la solidaridad europea (¿quién quiere morir por Ucrania?) bajo la misma reivindicación y argumentos: la integración en la OTAN que pretende Kiev sería un casus belli. Son muchas las opciones que tiene entre sus manos, como la ocupación parcial de nuevos territorios, proclamar la independencia del Donbás, concentrar en frontera más tropas y armas ofensivas, incluso nucleares, desarrollar la guerra híbrida (ciberataques, estrategias de desestabilización política), etc. Ante semejante estado de cosas, ¿qué busca en realidad Putin?

Primero, quiere poner fin a lo que supone, según él, una amenaza “existencial” para Rusia. La hostilidad actual de Ucrania, el conflicto inacabado y la perspectiva de la OTAN pueden permitir a este país armarse cada vez más peligrosamente. También pretende demostrar que su interlocutor en la negociación no es la UE, sino EE UU, con la expectativa de redefinir con este país una nueva arquitectura de seguridad en Europa. Si la diplomacia rusa evoca constantemente el armamento nuclear ya posicionado en Europa es que desea negociar principalmente con Washington, que gestiona su utilización al margen de la disuasión francesa. Y tampoco es por casualidad que Rusia haya logrado, recientemente, el respaldo de China, otra fuerza nuclear, en esta confrontación con EE UU. El acuerdo o el desacuerdo tendrá lugar, pues, entre Rusia y EE UU.

Hoy nos encontramos en la fase crucial de la contienda, con la combinación de la amenaza armada y de la diplomacia ofensiva. Putin no puede volver atrás, pues no desembocar en una solución tangible para sus reivindicaciones le costaría un alto precio político nacional e internacionalmente. Tiene sobre la mesa solventes apuestas que le permitirían ganar en un lado sin perder demasiado en el otro. Y ha dejado claro que la soberanía de los países fronterizos no debe amenazar potencialmente a Rusia, sobre todo en nombre de la OTAN.

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En su célebre El hombre, el Estado y la guerra de 1959, Kenneth Waltz estableció tres niveles de análisis para entender las causas de los conflictos internacionales. Los dos primeros, el individuo y el Estado, sirven para comprender por qué se adoptan políticas exteriores agresivas: bien por razón de la naturaleza humana (el hombre es un lobo para el hombre, según Hobbes), bien por los intereses de los estados, que compiten por sobrevivir. El tercer nivel, el sistémico, deriva de la arquitectura anárquica del orden internacional, es decir, no hay un gobierno mundial que fomente las relaciones pacíficas entre estados.

Hoy la geopolítica recobra toda su importancia y el Kremlin amenaza con invadir a Ucrania y poner a prueba la arquitectura de seguridad europea. Aumentan las posibilidades de conflicto entre grandes potencias y el mundo teme niveles de inestabilidad inauditos desde el fin de la Guerra Fría. Solo Putin conoce sus verdaderas intenciones.

El tercer nivel de Waltz, el sistema internacional, se caracteriza al mismo tiempo por un aumento de la conflictividad entre grandes potencias y por la interdependencia entre ellas. Por un lado, Rusia y China adoptan una política exterior crecientemente agresiva hacia su vecindario y configuran el mundo en torno a esferas de influencia. Así, aumentan las posibilidades de conflicto en las líneas de falla entre bloques, en lugares como Ucrania o Taiwán. Por otro, las conexiones comerciales, tecnológicas, energéticas e incluso humanas entre potencias revelan un alto grado de interdependencia, lo que debería dar margen a la diplomacia y a la negociación para evitar conflictos de consecuencias devastadoras. El sistema internacional actual es más propenso al conflicto, pero las guerras resultan altamente costosas para todos.

En el nivel del Estado, la incertidumbre no es menor. Putin es consciente del efecto devastador que tendrían los paquetes de sanciones de los Estados Unidos y la Unión Europea sobre la economía rusa. También de su impacto en la población y del aislamiento internacional que acarrearía la invasión de Ucrania. Sin embargo, Putin parece también dispuesto a explotar la dependencia de Europa del gas ruso y a hacer valer su condición de víctima respecto al “expansionismo occidental”. No es descartable que al Kremlin le convenga consolidar un estado de amenaza permanente con el fin de desestabilizar y ahondar en los conflictos híbridos, los ciberataques y la desinformación.

Finalmente, el nivel del individuo puede acabar siendo el más determinante. A juzgar por sus declaraciones, Putin parece haber entrado en una fase obsesiva que lo conduciría a reaccionar según sus miedos, mentiras o propaganda. Dentro del país solo percibe “agentes extranjeros” y fuera de él, aliados del imperialismo occidental, que amenazan a Rusia y a su área de interés vital. La irracionalidad de líderes autocráticos hace aumentar las posibilidades de conflicto en Ucrania y teorías como las de Kenneth Waltz, gestadas durante la Guerra Fría, vuelven a estar al orden del día.



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