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El mundo contempla la brutalidad de la invasión de Ucrania con la perplejidad que se desata ante lo incomprensible, ante lo ignoto, ante lo que no se puede abarcar con los conocimientos adquiridos hasta la fecha. Y entonces surge la gran pregunta: ¿Está loco Vladímir Putin? ¿De dónde viene la crueldad, esta actuación fría, calculada, desalmada e incluso fratricida, desde el punto en que los ucranios son para los rusos hermanos eslavos en raza y religión? ¿Y hasta dónde le llevará esta deriva? Aquí hay algunas respuestas.

El expresidente François Hollande, que le trató ampliamente durante la invasión de Crimea y la guerra desatada en el Donbás en 2014, dijo hace pocos días a EL PAÍS que no es locura, ni paranoia, sino que Putin responde a una lógica —su propia lógica— marcada por la determinación de sus ideas. “Putin solo entiende la relación de fuerza y cuando nada se le resiste, avanza”, explicó el exlíder francés.

Y no es ciertamente locura lo que padece Putin, según todas las fuentes consultadas para trazar este perfil psicológico. En su infancia está la semilla de un espíritu de pelea que hoy ya no libra en el callejón en el que creció, sino en el tablero mundial. Que ya no tiene como testigos ni víctimas a los críos de su barrio, sino a millones de personas en Europa. Locura no es, decimos, aunque sí una deriva autoritaria de una personalidad labrada en el rigor y las dificultades, rígida en sus motivaciones y alimentada por décadas de un poder que ha ido convirtiendo en absoluto e incuestionable. Su concepción arbitraria de ese poder le ha llevado hasta el extremo de equiparar hoy su persona con el Estado, en palabras de Eva Borreguero.

“Putin no es una persona conocible”, cuenta Javier Solana, que le trató y negoció personalmente con él en varias ocasiones. “El que diga algo sobre él está contando lo que él quiere que se cuente. Él te enseña lo que te quiere enseñar. No es un amigo ni entabla relaciones cercanas en las que puedes charlar de todo, como las que en un momento dado pude tener con Clinton o con Obama. Putin no te deja ver más de lo que quiere que veas”. Eso sí, relata quien fue alto representante de Exteriores de la UE y jefe de la OTAN, es “correcto en el trato y puñetero y pijotero también”.

Vladímir Vladímirovich Putin nació en 1952 en Leningrado (hoy San Petersburgo), hijo tardío de obreros humildes. Su padre trabajaba en una fábrica, su abuelo había sido cocinero y su bisabuelo, siervo en el campo, un historial común en esa Unión Soviética comunista que había nacido tras enterrar un zarismo aún feudal.

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Se crio en una komunalka, uno de esos pisos en que se apretaban familias en los tiempos comunistas sin relación ni comodidad alguna, sin libertad de elección y con recursos escasos. De niño fue tan gamberro, tan “hooligan”, como él mismo se ha definido, que ni siquiera le admitieron en los pioneros hasta los 12 años, cuando lo normal era a los nueve, escribe el experto peterburgués Dmitri Travin en Open Democracy. “Crecer en el patio era como vivir en la jungla”, ha dicho el propio Putin. Pelear hasta el final, golpear el primero, sin marcha atrás, entre el culto a la fuerza y el poder de las bandas callejeras y la obligación de no mostrar jamás dudas morales ni el propio sufrimiento. Son frases que le han descrito en boca de especialistas rusos y que, más allá de la leyenda que haya podido construirse en torno a ese chico bajito y peleón de un Leningrado muy lejano a la fama intelectual y elitista de esta ciudad, reflejan el entorno en que creció.

Allí se mezcló con bandas de delincuentes hasta que, según los testimonios recogidos en la miniserie documental de la BBC Putin, de espía a presidente, algo le salvó de la marginalidad: aprendió y se enganchó al judo, un deporte en el que el KGB ojeaba y reclutaba a chicos como hacen hoy los cazatalentos en LinkedIn o quienes buscan futbolistas entre los equipos de benjamines. “Era un abusón y un pandillero y el deporte le salvó, dice Alex Golfdarb, científico y activista ruso autor de Muerte de un disidente (Taurus) en el citado documental. “El judo le sacó de la calle”.

Ficha de Putin como agente del KGB.
Ficha de Putin como agente del KGB.Picasa

Putin logró acabar los estudios y graduarse en Derecho, pero en el judo y en los cursos que realizó para ser agente del KGB en San Petersburgo y en el Instituto Andrópov de Moscú debió aprender y labrar buena parte de las características que ha demostrado en su andadura: el hermetismo, la inexpresividad, el cálculo de oportunidades, el dominio absoluto y opacidad de lo íntimo, una frialdad que llega a amedrentar a sus interlocutores y esa máxima de las artes marciales que te enseña a utilizar y revertir la fuerza del rival contra sí mismo. He aquí un dato que ilustra bien el control que guía sus pasos: cuando empezó a salir con Liudmila, quien fue su esposa hasta 2013, pidió a sus amigos que la tentaran también. Ella les rechazó. Y después de comprobar su fidelidad se casó.

Ese divorcio de la mujer que le dio dos hijas (María, nacida en 1985, y Katerina, un año después) tras una larga vida juntos desde bien abajo refleja también la profunda transformación que ha seguido hasta llegar a la cima y que hoy le hace más irreconocible para quienes le trataron. Pero antes, recordemos su evolución: tras ser reclutado por el KGB y pasar seis años en Dresde, la caída del Muro de Berlín le devolvió a su Leningrado natal. Anatoli Sobchak, entonces profesor en la Universidad Estatal (en la que había estudiado Putin) le acogió y le fichó luego como asesor cuando se convirtió en el primer alcalde democráticamente elegido de la ciudad. Allí tuvo varios cargos, incluido vicealcalde, pero el punto común a todos ellos era su invisibilidad. Era el hombre útil, eficaz, seco, nunca protagonista, siempre en la sombra, capaz de prevenir y atajar los problemas para un alcalde poderosísimo que se forjó en esos años de la perestroika en los que mafia, corrupción y apertura flotaban y se cruzaban en la misma miasma en una convivencia provechosa para unos, letal para otros. Putin sabía siempre lo que hacer. Y tal fue su éxito a espaldas del mundo, de lo visible, pero a ojos del establishment postsoviético que, en cuanto Sobchak perdió las elecciones en 1996, la Administración del presidente Yeltsin se lo llevó a Moscú.

Su ascenso ahí fue meteórico, desde la dirección de la Gestión de Bienes a responsable de Regiones, luego director del FSB (antiguo KGB, donde en su día había llegado a teniente coronel) en 1998, primer ministro en agosto de 1999 y, el 31 de diciembre de ese año, tras la dimisión de un Yeltsin alcoholizado y decrépito, presidente interino.

Había llegado a lo más alto y esa carrera súbita no fue casual pues, como dice Solana, saltó a Moscú a ayudar a Yeltsin, a arreglarle su salida sin represalias contra él y su familia y a organizarle, en pocas palabras, la mejor jubilación posible en su estado. Gleb Pavlovsky, asesor en la campaña presidencial de Putin, cuenta en el citado documental que se hizo una encuesta entre los rusos sobre qué características debía tener un presidente y la mayoría había señalado a un personaje de cine: Stirlitz, el James Bond ruso.

Putin, el viernes durante el concierto-mitin organizado para conmemorar el 8º aniversario de la anexión de Crimea.
Putin, el viernes durante el concierto-mitin organizado para conmemorar el 8º aniversario de la anexión de Crimea.SPUTNIK (via REUTERS)

José Manuel Durão Barroso, quien fue presidente de la Comisión Europea de 2004 a 2014, le conoció ampliamente porque compartió con él 25 intensas cumbres en múltiples lugares y todo tipo de situaciones, incluso alguna llamada intempestiva. “Es el líder que más he tratado fuera de la UE”, rememora ahora. Y recuerda sobre todo lo que llama “relámpagos, los estallidos de indignación” que entonces eran momentáneos en reuniones y cumbres por lo demás correctas. “Recuerdo una noche que nos llevó en su yate presidencial por el Volga tras una cena informal en Samara, era todo cordial, una noche magnífica y perfecta, incluso había luna llena. Y [Angela] Merkel [excanciller alemana] le preguntó por el sabotaje a un gasoducto y estalló indignado, armó una buena”, cuenta Durão.

El portugués ha observado su evolución y cree que esos estallidos que entonces duraban instantes son los que ahora pueden prolongarse sin fin, como en el discurso del 22 de febrero previo a la invasión de Ucrania. “Cuando le vi pensé que era exactamente la misma expresión, pero lo que antes era un estallido de un minuto ahora es una hora”.

El dirigente portugués cuenta que Putin tiene “un resentimiento, un revanchismo y una agresividad” con los que intenta “compensar su inseguridad de origen y de educación”. Porque ni es un intelectual ni demasiado culto y además, no es carismático. “Me acuerdo cuando llegamos a una cumbre del G-20, era la primera de Obama y todos querían hacerse un selfi con él, como si fuera una estrella de cine. El presidente Hu Jintao estaba sentado como un buda esperando que fueran a verle los demás. Merkel y yo deambulábamos saludando a todo el mundo tan normales y Putin estaba solo, abandonado como un chico o una chica en una discoteca al que nadie saca a bailar”, rememora sonriente Durão. “Rusia había sido una superpotencia y ya nadie le hacía caso, de ahí el resentimiento”. Además, Putin no tiene carisma: “Hay dictadores con carisma, seductores, pero no es el caso”. A partir de entonces, Putin empezó a llegar tarde a las cumbres, el cambio fue muy perceptible.

Dentro de Rusia, esa evolución la ha contemplado el periodista ruso Mikhail Zygar, que estos días contaba en The New York Times cómo el hombre que siempre fue “reservado y conspiranoico” ha entrado en una deriva de inaccesibilidad que le ha llevado a rodearse solo de “ideólogos y sicofantes”. Zygar, autor del libro All the Kremlin’s men (Todos los hombres del Kremlin), asegura que el presidente ha estado los dos últimos años recluido. Pasa muchas temporadas en su residencia en Valdai, a medio camino entre Moscú y San Petersburgo, y la única persona que le suele acompañar es Yuri Kovalchuk, accionista del banco Rossiya, entre otros negocios, cuyo pensamiento combina “misticismo cristiano ortodoxo con teorías conspiranoicas antiamericanas y hedonismo”. En ese contexto, Putin “ha perdido interés en el presente y está obsesionado con el pasado”. Para verle se ha rodeado de tales protocolos de cuarentena y aislamiento que recuerdan los comportamientos de emperadores o tiranos.

“El Putin que yo conocí y traté hace 20 años ha cambiado”, cuenta Álvaro Gil-Robles, quien tuvo numerosas reuniones sobre la situación en Chechenia como comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa. “Entonces era una persona distante, lo que es lógico en muchos políticos, previsible en sus posiciones, pero se podía negociar con él y lo que se acordaba, no se movía. El de hoy lo desconozco completamente: esta brutalidad, esta crueldad no es el que yo conocí. Esto no quiere decir que fuera un angelito, ya tenía gestos autoritarios, pero no es el mismo”.

Gil-Robles y también Solana se refieren por ejemplo a esa escena de distanciamiento con Macron, al que sentó en la otra punta de una larga mesa en el Kremlin. O a la humillación al jefe del servicio de inteligencia exterior, que se trastabillaba al expresar su apoyo al reconocimiento de la independencia de Lugansk y Donetsk días antes de la invasión. “Cuando hablaba con él estábamos en sendos sillones en torno a una mesita normal”, dice Ril-Robles. “No había esa agresividad, ese ego personal de quien se sienta solo en la mesa como un zar mientras los demás permanecen apartados. Así no le conocí yo”.

“Entonces era alguien que calculaba, jugaba con qué cedía y qué conseguía a cambio, había un espacio para el diálogo y el entendimiento y así logramos crear, por ejemplo, la figura del defensor del pueblo en Chechenia o la reapertura de un juicio contra un militar violador. Eso hoy sería imposible”, dice Gil-Robles.

Y es que el hombre que hoy contemplamos amasa un perfil psicológico con rasgos muy determinados. Jorge Sobral, catedrático de Psicología Criminal de la Universidad de Santiago de Compostela, aclara como es debido que no puede diagnosticar a Putin sin un análisis profesional, pero que el presidente ruso tiene -como coinciden estos días otros profesionales- “un fuerte componente narcisista”. “Y el narcisismo”, dice, “es una degeneración de la autoestima cuando el yo se convierte en el eje de tu percepción de la realidad”. Por ello, Putin “ha puesto al servicio del narcisismo la mentira, la manipulación y la justificación de todos los medios para llegar al fin y lo que en psicología llamamos maquiavelismo”.

Otro de los elementos es la audacia, esa especie de valentía al servicio de sus finalidades, a veces perversas, la desinhibición absoluta como la que ha mostrado con los opositores encarcelados, los periodistas asesinados y ahora los ucranios. Eso se vio desde la segunda guerra de Chechenia (primera suya, cuando aún era primer ministro y que desató su popularidad), a la exhibición de su fuerza en los asesinatos de disidentes como Litvinenko o Sripal cuando podían haber sido discretos. “Esta insensibilidad ante el dolor ajeno es típica de los tiranos”, prosigue Sobral.

Ahí engarza con esa lógica propia que mencionaba Hollande y con el diagnóstico más simple, pero certero, con que Biden sorprendió al mundo al inicio de su mandato cuando dijo: “Es un asesino”. Su “desconexión moral”, dice Sobral, le lleva a tergiversar el análisis de la realidad, a culpabilizar a la víctima en el mismo truco de autoengaño que practican los agresores sexuales, los genocidas y los abusadores. “Es perfectamente posible que se lo crean y eso les hace todavía más peligrosos. Si te desconectas de la moral consensuada para crear tu propio universo moral tienes el círculo perfecto para legitimar la barbarie”.

El General de las Fuerzas Armadas Alexander Kharchevsky termina de colocar el traje a Vladímir Putin antes de comenzar su vuelo hacia la zona de guerra de chechenia desde Krasnodar, en 2000.
El General de las Fuerzas Armadas Alexander Kharchevsky termina de colocar el traje a Vladímir Putin antes de comenzar su vuelo hacia la zona de guerra de chechenia desde Krasnodar, en 2000.AP

En sus primeros años como presidente, Putin solo rompía su frialdad cuando expresaba sus convicciones, cuenta Gil-Robles. “Cuando tomaba la palabra podía pasar bastante tiempo explicando su posición de forma muy apasionada”. Esas convicciones son el único resquicio de pasión que le conceden quienes le conocen. “Cuando hablabas de víctimas no era expresivo, aunque sí era consciente. Sabía el coste humano de lo que hacía pero no mostraba sentimientos por ello. La única pasión que mostraba era al explicar las razones de la guerra y por qué Occidente no entendía. Después ha desarrollado una concepción de lo que debe ser Rusia, de que Occidente ha intentado socavar su poder y quiere recuperar la Rusia que fue”, asegura. Solana pone el punto de inflexión en su discurso en la conferencia de Múnich en 2007, cuando desplegó “toda su incomodidad con Occidente y acusó de haberle engañado”. “Pero no se engañó a Rusia”, dice Solana, que sabe bien cómo y con quién negoció. “Yeltsin firmó el acuerdo que yo negocié”. Eso fue en 1997 y a partir de ahí entraron Polonia, Hungría y Chequia en la OTAN.

El resto de la historia es conocida: la deriva autoritaria, la forja de su propio universo moral y la insensibilidad ante el dolor ajeno o propio que describen los psicólogos le ha llevado hasta una invasión a Ucrania que nadie sabe dónde tendrá sus límites. Ese Putin que no era conocible, en palabras de Solana, ya lo es. Es el que se deja ver en sus hechos.

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Al ministro español de Exteriores le conmovió ver a “a su amigo” Dimitri Kuleba, con quien se reunió el pasado 8 de febrero en Kiev, refugiado en un búnker, vestido con la ropa que encontró más a mano cuando tuvo que dejar su casa de Kiev para escapar de los bombardeos rusos. El jefe de la diplomacia ucrania envió un mensaje grabado a sus homólogos de la OTAN y contó a los de la UE, por videoconferencia, que había tenido que esconder a sus hijos para conectarse con ellos en Bruselas y pedirles auxilio. “Me puse en su lugar como ministro de Exteriores y como padre y fue un sentimiento de gran emoción y también de revuelta interna contra una situación profundamente injusta. Ese deseo de querer ayudar sabiendo que tenemos limitaciones evidentes”, confiesa José Manuel Albares en la sede de su departamento, tan vacía este sábado por la mañana como lo está el resto de la semana el despacho oficial de este ministro viajero.

Pregunta. ¿Podemos encontrarnos en los próximos días con un baño de sangre en Ucrania?

Respuesta. Desgraciadamente, sí. La irracionalidad de Putin y esa escalada que nos dirige día a día a una guerra total en Ucrania nos hace ponernos en un escenario muy grave, lo peor para las víctimas civiles inocentes.

P. La anunciada apertura de pasillos para evacuar a los civiles de algunas ciudades parece más el preludio del asalto final que el inicio de la desescalada.

R. Sin duda. Hablar de desescalada no tiene base objetiva. Lo único que ha hecho Putin desde el jueves a las cinco de la mañana es escalar, escalar y escalar. Ha pasado de unos primeros bombardeos que tenían como objetivo dejar sin defensa antiaérea al Ejército ucraniano a unos bombardeos cada vez más extensos, donde ya no se diferencia entre objetivo militar, estratégico y civil. Yo creo que no le cabe a nadie ninguna duda de que lo que busca Putin es deponer al Gobierno legítimo y democrático y dominar Ucrania, destrozar su soberanía e integridad territorial, cueste lo que cueste.

P. ¿Por qué no se decreta una zona de exclusión aérea en Ucrania, donde se impida volar y bombardear a los aviones rusos como pide el Gobierno de Kiev?

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R. Una zona de exclusión aérea, en estos momentos, pondría a la OTAN en contacto directo con Rusia y tiene que quedar muy claro para los españoles y para el mundo entero que esta es la guerra de una persona, la guerra de Vladímir Putin. Ni Ucrania era una amenaza para la seguridad de Rusia, ni ha buscado en ningún momento esta guerra. Exactamente igual para la OTAN, que es una organización defensiva y que en ningún momento ha hecho nada amenazante para la seguridad de Rusia. Hay que tener mucha sangre fría, mucha serenidad en estos momentos y, con la misma firmeza con que condenamos la guerra, también hay que demostrar total serenidad. No hay que entrar en provocaciones ni hacer nada que pueda ser una excusa para Putin para escalar aún más. El riesgo de un conflicto directo [entre la OTAN y Rusia] sería muy grande.

P. ¿Qué cambió entre el martes y el miércoles para que el Gobierno español aceptase entregar armas ofensivas a Kiev?

R. No cambió nada. La posición del Gobierno desde el comienzo de la agresión ilegal e injustificada de Putin fue la misma: tomar las medidas más adecuadas y proporcionadas en cada momento, con enorme serenidad y responsabilidad, para parar esta guerra. Son decisiones históricas, impensables hace solo unos días. Es el mismo caso de Alemania, que en poco tiempo pasó de decir que no enviaría material militar a enviar cascos y luego armamento ofensivo. Hay que pensar que nos enfrentamos a una situación totalmente nueva. Entramos en una era, cuyas consecuencias es imposible prever, en la que estamos tomando decisiones históricas, que nunca hubiéramos querido tomar, en cuestión de horas.

P. A usted le tocó hablar con las ministras de Podemos.

R. Yo hablé con la ministra Ione Belarra. Le expliqué la posición que iba a adoptar el presidente del Gobierno, al día siguiente, buscando la unidad. Esa es una parte importante de por qué se toma la decisión: había alguna fuerza política, y no una cualquiera, que estaba pidiendo esa medida y cuestionando que sin ella no había un verdadero compromiso de España. La conversación [con Belarra] fue en un tono constructivo, no voy a revelar su contenido, pero esa conversación fue el martes y ya el domingo yo había sumado el voto de España, en la reunión extraordinaria del Consejo de Asuntos Generales, para que el Fondo Europeo para la Paz pueda financiar el envío de material militar ofensivo a Ucrania.

P. Las diferentes voces en el seno del Gobierno ¿no debilitan su imagen internacional?

R. No hay diferentes voces. Todo el Gobierno, es más, todas las fuerzas políticas a las que escuché en el Congreso, todos los gobiernos de la UE y todos los da la OTAN, todos estamos unidos contra la guerra de Putin y queriendo que termine lo antes posible. Que haya matices sobre tal o cual medida es normal, incluso si no estuviéramos ante un desafío histórico tan grande.

P. ¿Habrá más envíos de armas españolas? ¿Cómo se coordinan las entregas unilaterales con el fondo de la UE?

R. Me permitirá no extenderme mucho al respecto. Si de verdad queremos que el Ejército ucraniano pueda defender su propia soberanía y a los civiles indefensos, cuanto menos hablemos de armamento mejor. Solo decirle que ese fondo está pensado para financiar el envío de equipamiento y que la UE conoce las necesidades de Ucrania.

P. Pero usted sabe que los envíos no van a equilibrar la enorme desproporción de fuerzas.

R. Sin ninguna duda. Por supuesto se trata de una desproporción de fuerzas enorme. Dicho esto, estamos hablando de un país de 46 millones de personas, el segundo más extenso de Europa, cuya población, cuyo ejército y cuyo gobierno, encabezado por el presidente Zelenski y del que forma parte mi amigo Kuleba, está demostrando una firmeza, una determinación, una valentía y una dignidad encomiable. Eso también nos da esperanza de que la Ucrania libre y democrática, en paz con sus vecinos, pueda sobrevivir.

P. Es difícil de entender que los países de la UE mantengan a sus embajadores en Moscú.

R. Es algo que hemos comentado los ministros de Exteriores europeos. El mensaje que queremos enviar es que para nosotros la vía del diálogo, la diplomática, la única por la que hemos apostado, la que hubiéramos querido que nunca se agotara por parte de Putin, sigue abierta.

P. ¿Qué efecto tendría incluir a Rusia en la lista negra de paraísos fiscales?

R. Seguir desconectándola de la economía global y no permitir que fondos fraudulentos puedan financiar esta guerra, impedir que las sanciones que impone la UE puedan ser burladas a través de terceros: los paraísos fiscales.

P. ¿Se va a adoptar?

R. No quiero adelantar acontecimientos, todo lo que sirva para acortar la guerra estará sobre la mesa. Pero, en estos momentos, en que hemos vivido unos días de vértigo en que hemos tomado una batería de medidas impensables una semana antes, lo importante no es tomar nuevas decisiones, sino implementar eficazmente las que ya hemos tomado. Ese es el reto.

P. España ha pedido cerrar los puertos europeos a los buques rusos. ¿Se va a hacer?

R. Sigue en discusión porque, para algunos estados, plantea dificultades de suministro energético, por ejemplo. Pero insisto: estamos tomando medidas en tiempo vertiginoso, medidas que no estaban pensadas, y queremos hacerlo con serenidad, con sangre fría, estando seguros de que acertamos en el único objetivo que es impedir la financiación de su guerra a Putin, no otros daños colaterales.

P. El Gobierno ha propuesto desconectar el precio del gas del de la electricidad y que la UE realice compras conjuntas de gas, como hizo con las vacunas.

R. Las medidas que ha planteado España no son nuevas. El presidente ya las puso sobre la mesa cuando empezó a subir el precio de la energía por ir precisamente vinculado al aumento del precio del gas. Estamos ante una decisión que nuevamente hay que tomar con mucha serenidad, porque tiene dos momentos. A corto plazo: impedir que Putin pueda chantajearnos y que ese gas le permita financiar su guerra. A medio y largo plazo, se trata de que no volvamos a encontrarnos nunca más en esta situación de dependencia energética de Moscú. No tengo la menor duda de que se van a tomar decisiones. ¿Cuáles serán? No soy el ministro competente para esos temas, pero claramente hay voluntad política para ello. Eso es lo importante.

P. ¿Qué posibilidades hay de sacar al centenar de españoles que siguen en Ucrania?

R. Desgraciadamente muy pocas. Estamos hablando de una guerra total. Esos ciudadanos viven en núcleos urbanos que están siendo asediados. Tuvimos que cerrar la Embajada en Kiev, cuando ya no se daban las condiciones mínimas para mantenerla. Incluso en el último viaje aprovechamos para traer a unos 150 españoles. Los que quedan son personas que tenían un arraigo personal y tomaron esa decisión. En estos momentos es prácticamente imposible una operación de exfiltración, porque se pondría en riesgo su propia vida y la de quienes fueran a sacarles. Pero no les vamos a abandonar. Hemos activado un Gabinete de Crisis aquí en el Ministerio con unas líneas de teléfono 24 horas exclusivamente dedicada para ellos. Se les llama diariamente. Y quiero pedirles que extremen las precauciones, limiten los movimientos y sigan en contacto con nostros. En cuanto sea posible iremos a sacarlos de esa guerra.

P. ¿Cuántos refugiados ucranios va a acoger España?

R. En estos momentos es imposible saber cuántos van a salir. He leído estimaciones de que pueden alcanzar cinco o seis millones. Putin está poniendo a Ucrania ante una catástrofe militar, pero también humanitaria. El viernes tomamos una decisión histórica: activar por primera vez la directiva de protección temporal. Todas las personas que salgan de Ucrania van a quedar bajo protección de la UE. No va a haber refugiados abandonados. Y quiero mandar un mensaje de solidaridad a los 120.000 ucranianos que viven entre nosotros. Nadie va a ser devuelto a un país donde [su regreso] le puede costar la vida.

P. Un periodista español, Pablo González, está detenido en Polonia acusado de espionaje.

R. Ayer [por el viernes] hablé con mi homólogo polaco. Le pedí agilizar la asistencia consular y me consta que el cónsul ha hablado telefónicamente con él. Efectivamente está formalmente acusado y a muchos kilómetros de Varsovia, lo que ha dificultado visitarle en persona. Pero lo vamos a hacer inmediatamente, como hacemos con cualquier español detenido, sea cual sea la acusación que se le haga.

P. El ganador de esta guerra ¿va a ser China?

R. Yo espero que China juegue el papel de una gran potencia miembro del Consejo de Seguridad en favor de la paz.

Los asaltos a la valla de Melilla, «muy preocupantes»

El jefe de la diplomacia española no oculta su preocupación por los asaltos masivos a la valla de Melilla, que esta semana han protagonizado dos grupos de 2.500 y 1.200 inmigrantes, respectivamente, de los que casi 900 han logrado colarse en la ciudad autónoma. “Se trata de hechos muy preocupantes”, reconoce. “Inmediatamente que me entero a través del ministro del Interior, entramos en contacto con las autoridades marroquíes y me consta que en estos momentos la situación se ha reconducido. Durante muchos meses”, agrega, “no habíamos tenido este tipo de asaltos y se habían podido siempre gestionar conjuntamente con las autoridades marroquíes. Esto pone de relieve la necesidad de trabajar Marruecos y España para gestionar este tipo de situaciones, que evidentemente son muy preocupantes”.

Aunque el presidente Pedro Sánchez y el ministro de Exteriores de Marruecos, Nasser Burita, hablaron en febrero en Bruselas, la embajadora marroquí en Madrid, llamada a consultas en mayo del año pasado, no ha regresado aún a Madrid. “Estamos construyendo una relación del siglo XXI basada en la confianza, el respeto mutuo, en la imposibilidad de acciones unilaterales por ninguna parte. Eso toma tiempo, sobre todo si se quiere hacer de manera sólida. En eso estamos”, alega. Cuando se le recuerda que Marruecos y Alemania han cerrado su crisis, con la vuelta a Berlín de la embajadora marroquí y el nombramiento de un embajador germano en Rabat, tras un año de suspensión de relaciones diplomáticas, Albares se limita a responder: “Cada país tiene su propia relación bilateral y nos felicitamos de que Alemania tenga una relación más fluida”.



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Hace 22 años, una cruel guerra llevó a Vladímir Putin al poder. Desde entonces, la guerra ha seguido siendo uno de sus principales instrumentos, que ha utilizado sin vacilar durante todo su mandato. Vladímir Putin existe gracias a la guerra y gracias a ella ha prosperado. Esperemos que la guerra sea ahora lo que acabe por fin con él.

En agosto de 1999, un desconocido Vladímir Putin fue nombrado primer ministro cuando su predecesor se negó a aprobar que se volviera a invadir Chechenia. Putin sí estaba dispuesto a hacerlo, dio al ejército carta blanca a cambio de su apoyo incondicional y les permitió vengar la humillante derrota de 1996 a sangre y fuego. La noche del 31 de diciembre de 1999, un envejecido y hundido Boris Yeltsin dimitió y entregó la presidencia como una ofrenda al recién llegado. En marzo del 2000, después de su famosa promesa de “perseguir a los terroristas hasta el retrete”, Putin fue elegido presidente. Ha permanecido en el puesto desde entonces, con la excepción de los cuatro años en los que volvió a ser primer ministro (2008-2012).

Cuando comenzó la segunda guerra de Chechenia volví al país como voluntario de una ONG. En febrero del 2000 cené con Serguéi Kovalev, el gran defensor ruso de los derechos humanos, y le hice la pregunta que estaba en la mente de todos: ¿Quién era aquel presidente desconocido? ¿Quién era Putin? Todavía recuerdo la respuesta de Kovalev palabra por palabra: “¿Quiere saber quién es Vladímir Putin, joven? Vladímir Putin es un teniente coronel del KGB. ¿Y sabe lo que es un teniente coronel del KGB? Absolutamente nada”. Lo que quería decir Kovalev era que un hombre que nunca había ascendido más, que ni siquiera había llegado a coronel, era un agente de poca monta, incapaz de tener pensamiento estratégico, de ver más allá de lo inmediato. Y aunque Putin, después de 22 años en el poder, ha ganado enormemente en talla y experiencia, sigo convencido de que el difunto Kovalev tenía razón.

Un tanque ruso capturado por combatientes chechenos, en la ciudad chechena de Grozni el 16 de agosto de 1996.
Un tanque ruso capturado por combatientes chechenos, en la ciudad chechena de Grozni el 16 de agosto de 1996.Volodya Svartsevich (REUTERS)

Sin embargo, desde el punto de vista táctico, Putin mostró desde pronto un gran talento, sobre todo para explotar las debilidades y divisiones de Occidente. Le costó años derrotar a los chechenos e instaurar un régimen títere en el gobierno, pero lo consiguió. En 2008, cuatro meses después de que la OTAN prometiera abrir una vía de adhesión a Ucrania y Georgia, Putin reunió sus ejércitos para llevar a cabo “maniobras” en la frontera georgiana, invadió el país en cinco días y reconoció la independencia de dos “repúblicas” separatistas. Las democracias occidentales farfullaron vagas protestas y no hicieron prácticamente nada. En 2014, cuando el pueblo ucraniano, tras una revolución larga y sangrienta, derrocó a un presidente prorruso que había dado la espalda a Europa para alinearse con Moscú, Putin se apresuró a invadir y anexionarse Crimea, la primera ocupación descarada de un territorio europeo desde la Segunda Guerra Mundial. Cuando nuestros dirigentes, conmocionados y perplejos, reaccionaron imponiendo sanciones, Putin lanzó un órdago, alentó revueltas en el Donbás, una región rusoparlante de Ucrania, y utilizó sus tropas de forma encubierta para aplastar a un débil ejército ucraniano y construir dos nuevas “repúblicas” escindidas en las que se libra una guerra de baja intensidad desde entonces. Así comenzó lo que los franceses llamarían su fuite en avant, su huida hacia delante. A cada paso, Occidente lo condenaba e intentaba castigarlo mediante medidas suaves e ineficaces, con la vana esperanza de disuadirle. Y a cada paso, él se enrocaba y avanzaba un poco más. Y un poco más.

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Físicamente, Putin es un hombre menudo, y crecer en Leningrado durante la posguerra debió de resultarle difícil. Desde luego, le enseñó una cosa: que el chico más pequeño debe golpear primero, golpear fuerte y no dejar de golpear. Así, los grandullones aprenderán a tenerle miedo y retrocederán. Esta es una lección que sabe de memoria. En 2020, el presupuesto militar de Estados Unidos era de unos 750.000 millones de dólares (unos 685.076 millones de euros), el presupuesto total de Europa, de 378.000 millones de euros y el de Rusia, de 61.700 millones de dólares. Y, sin embargo, nos inspira mucho más miedo del que le inspiramos nosotros a él. Esa es la ventaja de luchar como una rata acorralada y no como un chico gordito, que se ha ablandado por la dieta de Coca-Cola, Instagram y 80 años de paz en Europa.

Putin debió sentir un gran regocijo cuando Estados Unidos y Europa, deseosos de acabar con la guerra en el Donbás, dejaron discretamente que Crimea desapareciera de la mesa de negociaciones y, en la práctica, permitieron su anexión ilegal por parte de Rusia. Vio que los perjuicios causados por las sanciones occidentales, aunque reales, no eran muy profundos, y que iba a poder seguir desarrollando el ejército y aumentando su poder. Vio que Alemania, la mayor potencia económica de Europa, no estaba dispuesta a desprenderse de su gas ni del mercado para sus coches. Vio que podía comprar a los políticos europeos, incluidos un excanciller alemán y un ex primer ministro francés, e instalarlos en los consejos de administración de las empresas rusas controladas por el Estado. Vio que incluso los países que en teoría se oponían a sus avances seguían repitiendo los mantras de la “diplomacia”, la “puesta a cero”, la “necesidad de normalizar las relaciones”. Vio que, cada vez que presionaba, Occidente se dejaba avasallar y acudía servil, con la esperanza de lograr un “acuerdo” que nunca acababa de llegar: Barack Obama, Emmanuel Macron, Donald Trump, la lista es larga.

Putin empezó a asesinar a sus oponentes, en su país y en el extranjero. Cuando sucedía aquí, chillábamos, pero nunca hicimos nada más. Cuando Obama, en 2013, ignoró sin piedad una de sus propias “líneas rojas” en Siria y se negó a intervenir después de que Al Assad utilizara gas venenoso en un barrio residencial de Damasco, Putin tomó nota. En 2015 envió sus propias fuerzas a Siria, amplió la base naval que ya tenía en Tartús y obtuvo una nueva base aérea en Hmeimin. Durante los siete años siguientes, utilizó Siria como campo de pruebas para el ejército, una experiencia de campo valiosísima para los oficiales y que le permitió perfeccionar las tácticas, la coordinación y el equipamiento mientras bombardeaba y masacraba a miles de sirios y ayudaba a Al Assad a recuperar el control de grandes franjas del país.

Dos ciudadanos caminan por la ciudad destruida de Alepo, en Siria, el 10 de marzo de 2017.
Dos ciudadanos caminan por la ciudad destruida de Alepo, en Siria, el 10 de marzo de 2017.JOSEPH EID (AFP)

En enero de 2018 empezó a enfrentarse directamente a las potencias occidentales en la República Centroafricana, donde envió a los mercenarios del Grupo Wagner. Es lo mismo que está haciendo en la actualidad en Malí, donde la junta militar, con apoyo ruso, acaba de obligar a la misión francesa contra el ISIS a abandonar el país. Rusia también interviene activamente en Libia, desbaratando los intentos occidentales de llevar la paz al país y desplegando fuerzas a lo largo de la orilla sur del Mediterráneo, una posición en la que puede ser una amenaza directa contra los intereses europeos. En cada una de estas ocasiones, hemos protestado, hemos gesticulado y no hemos hecho absolutamente nada. Y en cada ocasión, él ha tomado buena nota.

Ucrania representa el momento en que, por fin, ha decidido poner las cartas sobre la mesa. Está claro que se cree lo bastante fuerte como para desafiar abiertamente a Occidente con la primera invasión, sin provocación alguna, de un Estado soberano en Europa desde 1945. Y lo cree porque todo lo que hemos hecho, o más bien dejado de hacer en los últimos 22 años, le ha enseñado que somos débiles.

Putin puede ser un genio táctico, pero es incapaz de desarrollar un pensamiento estratégico. Nuestros dirigentes se han negado a entenderle, pero él tampoco ha tenido interés por entendernos a nosotros. Completamente aislado durante los dos últimos años por culpa del covid, parece haberse vuelto cada vez más paranoico e imbuido de su propia ideología paneslava, neoimperialista y ortodoxa, que empezó siendo una creación totalmente artificial para dar un mínimo barniz de legitimidad a su régimen corrupto. Da la impresión de que se ha creído su propia propaganda sobre los ucranianos. ¿Pensaba que iban a dar la bienvenida a sus “libertadores” rusos? ¿Que iban a rendirse sin más? Si es así, estaba muy equivocado. Los ucranianos están luchando y, a pesar de su enorme desventaja en número de soldados y en armamento, están luchando con ferocidad. Maestros, oficinistas, amas de casa, artistas, estudiantes, DJ y drag queens están empuñando las armas y saliendo a disparar a los soldados rusos, muchos de los cuales no son más que niños que no tienen ni idea de lo que están haciendo allí. Ucrania no cede ni un centímetro de terreno, y da la impresión de que Putin no va a poder apoderarse de sus ciudades sin arrasarlas, como en su día arrasó Groznyi y Alepo. Y no crean que, solo porque Kiev es una ciudad europea, Putin no se va a atrever a arrasarla. Los bombardeos ya han comenzado.

Tras la sorpresa inicial, las democracias occidentales —¡por fin!— parecen haber comprendido la amenaza existencial que constituye Putin para el orden mundial de la posguerra, Europa y nuestro modo de vida que tanto desprecia. Se están aprobando sanciones demoledoras, pese al coste económico que van a tener para nosotros. Ya han empezado a llegar armas a Ucrania. Alemania parece haberse dado cuenta de la noche a la mañana de que su seguridad no puede seguir dependiendo de la bondad de otros y de que necesita un ejército propio, real y funcional. Rusia se está quedando abrumadoramente aislada en la comunidad internacional, y tanto su economía como sus capacidades van a sufrir una merma considerable.

Pero no basta con esto. Mientras Putin permanezca en el poder, continuará por este camino, presionando cada vez más y haciendo todo el daño que pueda. Porque desprecia a Occidente y porque su poder se basa exclusivamente en la violencia: no solo la amenaza, sino su uso sistemático. Es el único comportamiento que conoce. ¿Podemos creer verdaderamente que su amenaza nuclear no es más que un farol? ¿Podemos permitírnoslo? Mientras siga gobernando Rusia, nadie estará a salvo. Nadie.

La única manera de salir de esta crisis es hacer que el fracaso de Putin en Ucrania sea tan desastroso para Rusia y sus legítimos intereses que a su propia clase dirigente no le quede más remedio que destituirlo. Y en ese sentido se podría hacer mucho más. Parecía que la prioridad de nuestros gobiernos era castigar a los oligarcas rusos, pero tienen que entender que Putin los desprecia y le importan un bledo sus opiniones y sus bienes; los considera meras minas de oro que puede explotar cuando le conviene. Las sanciones occidentales deben apuntar a las personas que llevan a la práctica las decisiones de Putin: los responsables del aparato administrativo y de seguridad. No solo las pocas docenas de personas que ya están en el punto de mira, sino los miles de funcionarios de segundo nivel de la Administración Presidencial, los militares y los servicios de seguridad. Estas personas no son milmillonarias, pero sí multimillonarias y tienen mucho que perder. Arruinemos la vida de estos varios miles de personas, y que sean ellos quienes juzguen quién es el culpable. Que se embarguen sus mansiones en Inglaterra y España, que se prohíban las vacaciones en Courchevel y Cerdeña, que se expulse sin contemplaciones a sus hijos de Harvard, Yale y Oxford, para que se tengan que quedar en Rusia, sin salida y sin bienes importados en los que gastar su dinero robado. Que el coste sea real, personal, y que vean si vale la pena el precio de mantener a un zar desquiciado y ávido de poder en su trono. Que decidan si quieren seguirle hacia el abismo.

Desde hace 22 años, Rusia vive presa de un régimen demente, corrupto y totalitario, que nosotros hemos facilitado en muchos sentidos. Pero es un gran país, que amo profundamente y que ha producido hombres y mujeres maravillosos, humanos y justos. Se merece algo mejor que esta camarilla de ladrones que saquean sus riquezas al amparo de ilusorias fantasías imperiales y que arrasan los países vecinos para mantener su poder absoluto. Rusia se merece la libertad, la misma libertad que Ucrania ha obtenido con grandes penalidades en las últimas décadas. El primer paso crucial y urgente es un alto el fuego en Ucrania; el segundo, la retirada total de Rusia. Pero después de eso, Putin debe marcharse.

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No importa si Vladímir Putin consigue desmembrar, destruir o anexionar Ucrania, no es relevante si su guerra clava una estaca en el centro de Europa y deshace las solidaridades en la Unión, da igual si su acción le lleva a recuperar, de forma siempre provisional, fragmentos del imperio que se deshizo en los años noventa. Incluso si triunfa de esa forma, Putin ya ha fracasado.

Esas acciones traerán la desgracia y la muerte sobre una buena parte de los europeos, incluso de aquellos que más a salvo se creen. Pero no le darán a Putin la victoria que él habría deseado. La guerra que ya ha comenzado alejará aún más a Rusia de su camino natural y de su claro destino como parte de Europa, como cocreadora de la civilización moderna. Una civilización de la que con todos sus errores, crímenes y ―también― aciertos históricos, Rusia ha formado parte y ha sido pieza clave desde el siglo XVI. Pero eso no significará que triunfe el designio de Putin.

Resulta hoy difícil recordar que hubo un tiempo en que Vladímir Putin pudo haber pasado a la historia como el gran modernizador de Rusia. Los primeros tiempos en los que el entonces apenas maduro dirigente fue capaz de hacer retroceder el reparto mafioso de los recursos del país con una centralización quizá brutal, pero efectiva. Nadie duda de que se enriqueció por el camino. Pero el desastre que significaron los años noventa ―una década que para muchos de los rusos de a pie se mantiene en la memoria como la era de la escasez, la violencia y la pobreza súbita― fue revertido. Hubo un primer Putin que lanzó algunas líneas de cambio que podrían haber hecho de Rusia el país que sus habitantes se merecen. No las continuó. Y la idea corriente de que fue el “desprecio” o la “ignorancia” de un Occidente que, se dice, se creía haber ganado la Guerra Fría es solo una excusa. Especialmente de la Unión Europea. Se podría haber hecho más, mucho más, para conectar a Rusia con el resto del continente; se podría haber tratado a su presidente de forma más inclusiva, algo de lo que parece quejarse el mandatario, como si fuera un niño insatisfecho. También el fracaso de Putin es un fracaso nuestro. Pero la responsabilidad final es de quien manda matar para defender no sé qué principios nacionales, no sé qué soberanías. Quien ordena atacar a todo un país, por todo su territorio, a 100 kilómetros de la frontera europea, ese es el agresor.

El presidente lo tenía todo a su favor: un poder indiscutido y una legitimidad real, como pocos dirigentes rusos habían tenido en la historia; un entorno internacional que no lo consideraba una amenaza y que, con todos sus problemas, estaba dispuesto a comprar y vender con Rusia, a incluirla en el duro mundo del comercio internacional; un lugar en las mesas de negociaciones de los ricos del mundo, un sitio en los conciliábulos del poder mundial; un país que respiraba por fin después de tanto dolor y tanto aislamiento. Pero Putin no siguió ese camino.

Cuando Putin lanzó a sus “hombres de verde” sobre Crimea en 2014, Estados Unidos llevaba décadas reduciendo su poder militar en Europa, más preocupado por el ascenso de China y las oportunidades del Pacífico que por un viejo continente ya inútil para ellos. Habría sido fácil para el presidente ruso el reclamar su lugar en la discusión por la transformación de Europa, un lugar preeminente. Pero lo llamaban antiguos sueños de imperio.

Podría haber optado por hacer crecer al país, por modernizarlo, insuflarlo de vida, rejuvenecerlo. Según las previsiones, si el descenso demográfico ruso sigue como hasta ahora, pasará en 2075 a tener tan solo 55 millones de habitantes. Ahora tiene 147. Putin no ha hecho apenas nada por cambiar este proceso, más allá de embarcarse en vacías aventuras militares.

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Rusia ha vuelto a retroceder. Rusia ha vuelto a alejarse del lugar que le corresponde en Europa y en el mundo. Rusia ha preferido —me lo dijo directamente un alto cargo militar ruso— ser temida antes que amada. Mi generación ya no verá otro rostro de Rusia.

Vladímir Putin ha fracasado. Y nosotros, todos, lo estamos ya pagando.

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El fondo reaccionario y ultraderechista, digno de Vox y de Éric Zemmour, que sorprende tanto a ciertas izquierdas europeas, emergió del torrente verbal como sucede con los escombros después del temporal. Lenin y los bolcheviques, cosmopolitas e internacionalistas aferrados al poder, son los remotos culpables. Vendieron a la Santa Rusia en 1918 en el primer pacto germano-soviético, el Tratado de Brest-Litovsk, cuando la patria del proletariado lo entregó todo a Alemania —Ucrania, Finlandia, Lituania…— para preservar la chispa revolucionaria.

Para Vladímir Putin fue una tarde de gloria. Primero con su interrogatorio implacable a los miembros del Consejo de Defensa, notablemente a Nikolai Platinovich, el jefe de sus agentes secretos en el exterior, humillado ante sus pares y obligado a corregir sus propósitos como solo se hace ante el mariscal de los espías. Luego con el cuñadismo imperial de su largo soliloquio sobre los más falsos avatares de la historia, que le sirvieron para avanzar un paso más en la lenta pero implacable operación de invadir y despiezar a Ucrania.

Fue la perorata de un viejo chequista, acodado a la barra de bar de su despacho del Kremlin. Y hubo para todos. Incluso para su admirado Stalin, el zar soviético que venció a Hitler y como tal fue venerado como divinidad del antifascismo. Como el mejor de los zares, ensanchó el imperio hasta los confines de Alemania, y en 1945 obtuvo en Yalta esa añorada hegemonía sobre media Europa que perdieron sus últimos sucesores y ahora Putin pretende recuperar. Lástima que fuera un régimen totalitario y enriqueciera también a Ucrania con territorios que habían pertenecido a Polonia, Rumanía y Hungría. Tampoco faltó el obligado reproche a Nikita Jruschov, que regaló Crimea, culminando así la construcción, perversa a ojos de Putin, de la Ucrania moderna y soberana que declaró su independencia en 1991.

Despojado de sus hábitos comunistas, el exteniente coronel del KGB soviético cree en la sagrada y eterna nación rusa como solo se cree en Dios todopoderoso. Ucrania, en cambio, es una perversa creación artificial del bolchevismo, nacida al calor del principio aberrante de autodeterminación de los pueblos, al servicio de los intereses espurios, y la bomba de relojería fundacional que terminó con la Unión Soviética y amenaza ahora a la Rusia imperial.

El viejo chequista y hábil interrogador advierte a quienes derriban estatuas de Lenin porque quieren descomunistizar el país que no se dejen la tarea en la mitad. Él sabe muy bien como terminar de verdad con el comunismo en Ucrania, un país al que niega su existencia como nación, lo declara estado fallido al servicio del extranjero y le tiene por una amenaza para la seguridad de Moscú. Hasta el punto de exhibir la guerra preventiva, como Bush en Irak, para evitar un ataque nuclear.

El viejo chequista despotricador ya no invoca a Lenin pero solo le falta la explícita oración al Señor de los Ejércitos para igualarse a los más conspicuos y autoritarios caudillos por la gracia de Dios.

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Tiene muchos amigos. Más de los que muchos piensan. No estamos hablando de Rusia, donde quienes son sus amigos están colocados en la cima del poder económico y político, aunque sea difícil dilucidar si son poderosos porque son sus amigos o si son sus amigos porque son poderosos. No suele haber excepción: quien deja de ser amigo, también deja de ser poderoso, y puede incluso que sea detenido por la policía, juzgado y encerrado en una mazmorra. O peor, envenenado.

Hablamos del mundo, donde también tiene muchos amigos entre los poderosos. De los cinco presidentes de Estados Unidos con los que ha tenido tratos en sus 22 años en el poder, solo de dos, Barack Obama y Joe Biden, no ha obtenido gestos de amistad. Bill Clinton, al que conoció solo al convertirse en presidente interino tras la dimisión de Borís Yeltsin, se congratuló de la elección de “un sucesor con la preparación y la capacidad para dirigir la turbulenta vida política y económica de Rusia mejor que lo podía hacer un Yeltsin enfermo”. George W. Bush le miró a los ojos “y pudo captar algo de su alma”, de forma que le consideró “directo y confiable”.

Nadie llegaría tan lejos como Donald Trump, un auténtico amigo, que tenía mayor consideración para su palabra que para la de sus propios subordinados, hasta el punto de pedir un poco de indulgencia con sus actividades criminales. “Hay muchos asesinos. ¿Piensa usted que nuestro país es inocente?”, le respondió al periodista que inquirió si Putin era uno de ellos. No fue el caso de Obama, que le calificó de mafioso de barrio en el primer volumen de sus memorias, y menos todavía de Joe Biden, que quiso desmentir tanto a Bush como a Trump, cuando le dijo directamente que no tenía alma y confirmó en una declaración pública que le considera un asesino.

Según Gerhard Schröder, el excanciller alemán, en cambio, es un “demócrata impecable”. Además de la amistad declarada, no puede esconder que le mueve el interés. Está en los consejos de Gazprom y de Rosneft y ha sido el gran patrono alemán del gaseoducto Nord Stream 2 desde que dejó la Cancillería. Nadie le supera, ni en su Partido Socialdemócrata, tan propenso a entenderse con Moscú, como en el conjunto de Alemania, donde el lobby es poderoso en el mundo empresarial y en el político, a derecha e izquierda.

Francia no se queda corta. La extrema derecha entera, Marine Le Pen y Éric Zemmour, es putinista, como sucede en Alemania. Pero también un ex primer ministro, el conservador François Fillon, que aspiró a presidente de la República y fue descabalgado por un escándalo, es su amigo personal y además miembro del consejo de Subir, la gran petroquímica rusa. Es ya cosa del pasado la estrecha sintonía entre Putin y Silvio Berlusconi, aunque sigue su estela la clase empresarial italiana, reunida con el presidente ruso en videoconferencia en el punto más álgido de la crisis de Ucrania.

Hay numerosas puertas giratorias europeas, y especialmente alemanas, que dan directamente al Kremlin. Quizás son el arma más poderosa en manos de Putin.

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