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El presidente ruso, Vladímir Putin, intensifica su ofensiva contra Ucrania. A medida que las tropas de Moscú enfrentan resistencia del Ejército y de las milicias civiles, el Kremlin ha pasado a lanzar ataques más agresivos y contra infraestructuras civiles. En un intento por aislar la región del Donbás y hacerse con el control de todo el este de Ucrania, Putin ha iniciado esta mañana otro intenso ataque contra la ciudad de Járkov, la segunda más grande en población del país (1,4 millones de habitantes) y de mayoría de habla rusa. La enorme explosión ha golpeado el centro de la localidad —sitiada desde hace tres días y con las fuerzas ucranias reprimiendo la ofensiva—, alcanzando el edificio de la Administración Regional, según ha informado el Ministerio de Situaciones de Emergencia de Ucrania.

La zona afectada por la explosión en Járkov (Ucrania) contra el Edificio de la Administración Regional, el 1 de marzo de 2022.Foto: REUTERS/ Vyacheslav Madiyevskyy | Vídeo: EPV

El vídeo de una cámara de seguridad frente al inmueble muestra las consecuencias del ataque, que ha tenido lugar alrededor de las ocho de la mañana, poco después de que se levantase el toque de queda en la ciudad. Tras el impacto del misil, una gran bola de fuego ha engullido los coches aparcados frente al edificio, junto a la simbólica plaza de la Libertad. El asesor del Ministerio del Interior Anton Geraschenko asegura que la intención del bombardeo era acabar con la vida del gobernador y de la cúpula política de la ciudad.

Aún no hay información sobre muertos o heridos de este nuevo bombardeo sobre Járkov, pero este lunes, en otro ataque contra infraestructuras civiles, diez personas murieron durante un bombardeo a un barrio residencial de la ciudad, según el alcalde, Igor Terejov. La explosión acabó con la vida de una familia entera —los dos padres y sus tres hijos— que viajaba en un coche por la zona atacada. Además, el castigo aéreo provocó decenas de heridos, con lo que las víctimas mortales podrían aumentar en las próximas horas.

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“Un exterminio consciente”

El ataque del lunes contra Járkov, el más destructivo hasta el momento en la guerra de Putin contra Ucrania, visibiliza el cambio de estrategia de Rusia en este conflicto, el mayor en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. “Hoy se ha demostrado que esto no es solo una guerra, es un asesinato de nuestro pueblo, el pueblo ucranio”, dijo el lunes Terejov en un vídeo mensaje publicado en las redes sociales.

Casi 90 edificios de apartamentos de Járkov, capital de Ucrania en las décadas de 1920 y 1930 y un importante centro educativo, han sufrido daños por los sucesivos bombardeos. Muchas partes de la ciudad están sin electricidad, agua o calefacción en pleno invierno y un buen número de personas pasan las noches acurrucadas en los refugios antiaéreos.

”Esto no es un ataque equivocado al azar, sino un exterminio consciente de personas. Los rusos sabían a lo que estaban disparando”, denunció el presidente ucranio, Volodímir Zelenski el lunes por la noche. “Esto es, sin duda alguna, un crimen militar. Una ciudad pacífica. Barrios residenciales tranquilos. Ni un solo objeto militar a la vista”, remarcó el líder ucranio, que ha llevado a Rusia ante la Corte Penal Internacional de La Haya por crímenes de guerra. En concreto, Kiev denuncia que 16 niños han muerto en el país como consecuencia de distintos ataques y que hospitales y otras estructuras civiles han sido bombardeadas o han sufrido daños por ataques en zonas residenciales en los cinco días de ofensiva rusa.

Zelenski ha exigido la paralización “de inmediato” de los ataques, la expulsión de Rusia de la ONU y que ningún país adquiera recursos al régimen de Vladímir Putin. Por su parte, Moscú ha justificado la invasión del Estado vecino por un supuesto peligro de que obtenga armamento nuclear. Mientras se intensifica la ofensiva, el ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, ha afirmado en una intervención por videoconferencia ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra: “Ucrania tiene aún tecnología nuclear soviética. No podemos no actuar ante ese peligro”.

En Járkov, Maria Avdeeva, una analista ucrania que vive en esa ciudad, cuenta que los bombardeos están siendo muy intensos. Avdeeva estaba en la calle este lunes, con un grupo de medios, cuando uno de los bombardeos alcanzó un área residencial de la ciudad. “Fue terrible”, explica por teléfono. “Estábamos en espacio abierto sin ningún sitio para esconderse. Los ataques han seguido durante 15 minutos. Esa área residencial, con apartamentos y tiendas, sin objetos millares que pudieran ser objetivo de esos ataques”, comenta Avdeeva, por teléfono. La experta cree que el ataque contra Járkov, a 30 kilómetros de la frontera rusa, es la demostración de Putin de que puede atacar a civiles y no le temblará el pulso en hacerlo, como en las guerras de Chechenia, donde aplicó una política de tierra quemada.

El bombardeo de este lunes en Járkov se produjo, además, al tiempo que una delegación ucrania y una rusa se sentaban por primera vez a negociar en Bielorrusia, junto a la frontera de Ucrania, para tratar de alcanzar un alto el fuego. La mesa de diálogo no tuvo logros concretos, aunque los equipos de ambos países se han emplazado a volver a conversar “en los próximos días”. La reunión podría ser esta vez en la frontera entre Ucrania y Polonia, según fuentes del Gobierno de Zelenski.

Un militar ucranio se acerca a un vehículo en Járkov.
Un militar ucranio se acerca a un vehículo en Járkov.VYACHESLAV MADIYEVSKYY (REUTERS)

Mientras, muy cerca de Kiev, una inmensa caravana de vehículos militares rusos que se extiende a lo largo de 60 kilómetros al noroeste de la ciudad, según informa AFP, amenaza con incrementar las hostilidades en la capital de Ucrania, según las imágenes satelitales captadas por la empresa estadounidense Maxar. El ministro de Defensa de Reino Unido ha advertido de que Rusia tiene preparadas “largas columnas de blindados y vehículos con logística” a pocos kilómetros de la frontera y listas para sumarse a la ofensiva y apoyar a sus tropas sobre el terreno. Putin tiene la mayor parte de sus fuerzas terrestres a más de 30 kilómetros al norte de Kiev, que sigue estando en la mira del presidente ruso, que quiere extremar la ofensiva contra la capital, de 2,8 millones de habitantes, para forzar a Zelenski a capitular.

Con los intensos ataques a la sitiada Járkov y el avance de las tropas rusas por el sur, donde han logrado hacerse con el control de Berdiansk, en el mar de Azov, y la dura ofensiva contra la ciudad portuaria de Mariupol, donde la resistencia está plantando cara a las fuerzas de Putin, el Kremlin trata de hacer una pinza para envolver el Donbás. En Mariupol, la mayoría de los vecindarios están sin electricidad ni calefacción, después de que varios ataques alcanzaran puntos de suministro y subestaciones eléctricas, denunciaron las autoridades locales.

Con esos mimbres, también avanza la perspectiva de construir un corredor desde la península ucrania de Crimea, que Moscú se anexionó en 2014 con un referéndum ilegal, hasta las regiones de Donetsk y Lugansk. Ese corredor permitiría una conexión con la estratégica península, que ha estado teniendo problemas de suministro de agua desde la anexión. Además, Putin intensifica su ataque contra la ciudad de Jersón, en el flanco izquierdo de Crimea, un punto clave que permitiría lanzar una dura ofensiva contra Odesa y hacerse con el control de todo el acceso al mar Negro, donde tienen salida tres países de la OTAN: Turquía, Rumania y Bulgaria. Las fuerzas rusas rodearon durante la pasada noche Jersón y desplegaron puestos de control a su alrededor, según las autoridades locales.

La ofensiva de Vladímir Putin para “desnazificar” Ucrania y “proteger” a la ciudadanía ha causado ya cientos de muertos y medio millón de refugiados. El Ejército ucranio está logrando contener por ahora el ataque en las ciudades más importantes del país. Pero los bombardeos han continuado este martes y las fuerzas rusas avanzan.

“Para el enemigo, Kiev es el objetivo clave. Quieren destruir nuestro Estado, y por eso la capital está bajo constante amenaza”, ha advertido el presidente Zelenski, que ha asegurado que Putin está intentando volar la principal central eléctrica de la ciudad para dejar a la capital, donde ya hay problemas de suministro, sin electricidad. Las fuerzas de seguridad ucranias han elevado además sus advertencias sobre infiltrados paramilitares a sueldo de Rusia. El Ejército asegura que tratan de penetrar en Kiev y que visten uniformes de policía o de las fuerzas armadas ucranias.

Al Kremlin no ha parecido importarle la marea de sanciones internacionales a sus empresas, personas y bancos rusos. Este lunes, Moscú ha respondido a las represalias que han cerrado el espacio aéreo europeo a las aerolíneas rusas y a los aviones privados que suelen utilizar los empresarios de la órbita del Kremlin, con el cierre de su propio espacio aéreo a 36 aerolíneas, incluidas las de los 27 países miembros de la UE. Rusia además, ha amenazado a la UE con más represalias. “Habrá una dura respuesta a las acciones de la UE. Rusia continuará asegurando el logro de los intereses nacionales vitales, independientemente de las sanciones o su amenaza”, ha dicho el ministerio de Exteriores ruso en un comunicado en el que ha amenazado también con duras represalias a los ciudadanos de la UE y a las entidades involucradas en la entrega de armas, combustible y suministros de defensa a Ucrania.

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“Me acaban de sellar el pasaporte”, afirma Saúl Perera, por teléfono. “¡Los bebés primero!”, grita al resto de evacuados. Este canario de 27 años es uno de los primeros españoles que el Gobierno ha trasladado desde Ucrania a Polonia en dos convoyes fletados por la Embajada. La primera de las expediciones —la menos numerosa, con 40 personas, según fuentes policiales—, en la que viaja Perera, ha cruzado la frontera con Polonia alrededor de las seis de la tarde de este sábado (hora local). Durante el último tramo, de unos 22 kilómetros, han tenido que ser escoltados por policías ucranios para evitar la enorme fila de vehículos que se agolpaban intentando dejar el país ante el ataque ruso. “Si no es por ellos, nos quedábamos ahí parados una semana”, añade Perera.

Las dos convoyes españoles, controlados por personal de la Embajada, 12 policías nacionales y una decena de agentes especial de los GEO, llevan varias horas de viaje. Ambos partieron desde la Embajada de Kiev —uno, este jueves en torno a las cuatro de la tarde (hora local) y otro, este viernes pasadas las nueve y media de la mañana— con dirección este hacia la frontera con Polonia. Un periplo en el que se han enfrentado a carreteras colapsadas, militares agazapados en las cunetas y la incertidumbre sobre su propia suerte. Aunque la ruta era secreta, lo que sí se sabe es que la última gran ciudad por la que ha pasado el destacamento ha sido Leópolis, a 551 kilómetros de Kiev. El principal problema, tras alcanzar la frontera, está siendo el registro de los evacuados, por la gran afluencia de gente antes de pisar suelo polaco.

“Siempre estás con la duda de qué va a pasar, de si te va a caer al lado una bomba. Lo peor era por la noche”, subraya Saúl Perera en el frontera con Polonia. “Hemos salido ya de Ucrania, nos falta un último registro antes de cruzar del todo”, prosigue. Ingeniero de Telecomunicaciones, se sumó al primero de los convoyes y ha tenido incluso que conducir uno de los coches del destacamento, integrado por un vehículo para lo GEO, otro para personal de la Embajada, un minibús y varias furgonetas. “Solo teníamos un conductor local y nos dijeron que teníamos que arrimar el hombro. Estoy reventado y con unas ganas locas de llegar a España”, continúa.

Saúl Perera, delante de uno de los vehículos del primer convoy.
Saúl Perera, delante de uno de los vehículos del primer convoy.

Este miércoles, cuando el Kremlin ordenó la invasión sobre Ucrania, 436 españoles estaban inscritos en el consulado, pero más un centenar había salido del país en los días previos a la invasión, según datos oficiales del Ministerio de Asuntos Exteriores. La Embajada ha atendido a través de un teléfono de emergencia a quienes precisaban información, sobre todo, en lo que a la evacuación se ha referido. Los compatriotas que quisieron tomar uno de los convoyes monitorizados por el Gobierno tuvieron que desplazarse por sus propios medios hasta la Embajada en Kiev. Perera, que había llegado el mismo miércoles a la capital ucrania para participar en un programa de televisión local, se desplazó hasta allí el jueves por mañana, en metro, ante la escasez de taxis, y con el “miedo por lo que pudiera pasar”.

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Carla San Andrés, de 22 años, ha conseguido unirse este sábado al convoy en el que iba Perera. Tras dos días intentando, sin éxito, salir de Leópolis —donde residía desde 2019—, un grupo de coches, escoltados por una patrulla de los GEO, ha llegado a las cinco de la mañana para recogerla y sumarse al resto de la expedición. San Andrés llegó al país hace tres años para hacer un voluntariado y se quedó para estudiar Gestión Cultural en la universidad. Tenía previsto tomar un autobús este viernes hacia Polonia. Nunca llegó a recogerla.

“Estuve seis horas esperando en la parada, llamé al conductor para confirmar que pasaba por la estación en la que estaba y me llamó horas después para decirme que ya había pasado por allí”, afirma la joven, a la que su madre, Raquel San Andrés, le pidió el jueves, entre sollozos, que saliera del país “cuanto antes”. Ahora respira al enterarse de que su hija ha llegado a la frontera.

Por su parte, la preocupación de Roger Carles, de 30 años, y su esposa, de nacionalidad ucrania, se dividía este sábado en dos partes. Al deseo de alcanzar la frontera polaca cuanto antes se sumaba el miedo ante el ataque ruso sobre la capital ucrania. “Hoy ha impactado un proyectil al lado del bloque donde vivo en Kiev, con las paredes temblando, en el que está mi suegra bunquerizada”, cuenta Carles desde dentro del autobús de la segunda expedición.

Foto tomada por Saúl Perera a una fila de coches en el límite con Polonia.
Foto tomada por Saúl Perera a una fila de coches en el límite con Polonia.

Roger y su esposa, por su parte, rehusaron tomar el primero de los convoyes en el que marchó Perera. El anhelo de que los tropas rusas no llegarían hasta Kiev, según sostiene el barcelonés, sumado a las dudas sobre si abandonar a su suegra, que convive con ellos en su domicilio, y al temor ante un viaje tan largo por carretera, puesto que ella está embarazada de siete meses, les hicieron dudar en un primer momento. El avance de los militares rusos y el deseo de la suegra de Carles de permanecer en el país —donde trabaja como enfermera— les hicieron cambiar de idea y embarcarse en el segundo de los convoyes, de unas 100 personas. La pareja sigue en el autobús, pasando por “momentos muy tristes” hasta llegar a Polonia.

En la misma expedición viaja la embajadora Silvia Cortés y el resto del personal de la Embajada, que ha sido cerrada. El convoy avanza rápido porque también está siendo auxiliado por las autoridades ucranias para sortear las colas y se espera que entre la noche de este sábado y este domingo alcance también la frontera.

Por otra parte, el Gobierno español está multiplicando sus movimientos en todos los ámbitos con una agenda absolutamente monopolizada por la guerra de Ucrania. Y no solo con las gestiones para sacar del país a estos españoles rescatados de Ucrania. También con gestiones diplomáticas de alto nivel y con una inédita ronda de llamadas del presidente, Pedro Sánchez, a todos los expresidentes vivos para compartir información sobre la guerra. Sánchez llamó este sábado a Mariano Rajoy, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Felipe González para explicarles lo que sabe en este momento de la evolución y las perspectivas de la prImera gran guerra entre dos estados en Europa desde los años 40. Los cuatro expresidentes, según fuentes de La Moncloa, agradecieron mucho la llamada y le trasladaron sus opiniones.

Todos ellos tienen mucha experiencia Internacional y casi todos, con la excepción de González, han tratado directamente con Vladimir Putin, que lleva 20 años en el poder. Sánchez también amplió su ronda de contactos a dirigentes como Javier Solana, ex secretario general de la OTAN, o Joaquín Almunia, ex secretario general del PSOE y ex comisario europeo. El presidente ha dado prioridad absoluta a la agenda internacional con la guerra de Ucrania, que según la opinión instalada en La Moncloa puede cambiar por completo los equilibrios de poder en Europa y tendrá además consecuencias económicas muy directas para España, en especial por el aumento del precio de la energía.

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La manifestación del convoy de la libertad, como tal, no ha tenido lugar este lunes en Bruselas. Distintos grupos han pululado desde primera hora de la mañana por la ciudad de un lado a otro, a pie, en busca del reencuentro con sus colegas. El núcleo más numeroso, a media tarde, quizá reuniera a un centenar de personas frente al Parlamento Europeo. Pero ha quedado lejos del teórico bloqueo de la capital de la UE al que aspiraban, emulando el movimiento nacido en Canadá para luchar contra las medidas impuestas por la pandemia. No ha habido ni siquiera vehículos: los manifestantes los han dejado en las afueras para evitar los controles, después del aviso de prohibición de las autoridades belgas.

Uno de los puntos de encuentro, en teoría, es la rotonda de Schuman, epicentro de las instituciones europeas, donde flamean las banderas azules con estrellas. Allí, hacia las 10.30, esperan cuatro amigos junto a una tanqueta de policía, de las que dispersan protestas con chorros de agua. Se conocieron en 2018, en las manifestaciones de los chalecos amarillos que sacudieron Francia contra la subida de una tasa en el diésel, según cuentan. Llevan tantas protestas a sus espaldas que han perdido la cuenta. Han venido desde Marsella hasta Bruselas, los cuatro en una caravana, con dos perros y en su opinión el convoy se parece mucho al movimiento de los chalecos: “Es un basta ya”, sostienen. “Al principio era un movimiento económico. Con la pandemia ha pasado a otro nivel: político y sanitario. Francia se ha convertido en una dictadura”.

Ellos cuatro son una pequeña muestra de un heterogéneo movimiento que aglutina a gente de todo tipo: antivacunas en general, gente del sector agrario, herederos del movimiento de los chalecos amarillos, amantes de las teorías de la conspiración… Los cuatro tienen su forma de ver el mundo, que van desgranando mientras deambulan por las grandes avenidas del barrio europeo, en busca de compañeros de fatigas. Por ejemplo: “Es el doctor Anthony Fauci quien ha fabricado la covid”, explica Daniel Guirado, 70 años, extrabajador de una fábrica de aluminio, hoy cerrada, que viste de chándal y sombrero. Asegura haber visto pruebas en intercambios de correos publicados por Wikileaks. Según su versión, no contrastada, Fauci, responsable del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos y experto en el VIH, habría creado el coronavirus y después lo habría llevado hasta Wuhan (China) con la treta de los Juegos Mundiales Militares de 2019 celebrados en esa ciudad. A partir de ahí arranca la historia que todos conocemos, y las consiguientes restricciones cuyo objetivo, o uno de ellos, según estos cuatro manifestantes, es controlar a la población.

Los cuatro prosiguen su peregrinaje, confundidos entre el edificio de la Comisión Europea, el del Consejo Europeo y el del Parlamento Europeo. La zona está blindada de policías: la última manifestación contra las restricciones de la pandemia reunió a 50.000 personas y acabó en enfrentamientos con los agentes y edificios públicos atacados. A Guirado lo acompañan su esposa Agnès Guirado, 63 años, enfermera jubilada; Alain Gouin, 62 años, responsable de mantenimiento en un hospital; y otro Alain, que prefiere no dar el apellido, 55 años, reponedor de supermercado. Solo Gouin está vacunado. Le costó, pero accedió tras semanas suspendido de empleo y sueldo: es obligatorio para seguir trabajando en el centro médico.

“Todo está conectado”

Durante el paseo recorren infinidad de asuntos: supuestos apocalipsis leídos en la dark web, aquella vez que les gasearon en una manifestación en Montpellier, lo que esconde el ataque a las Torres Gemelas, la manipulación de las pruebas PCR… hablan como si hubiera un plan previsto. “Hay un plan”, replica el Alain sin apellido. “Empezó en 1956 con la primera reunión del club Bilderberg”. En esta versión no contrastada del mundo, el objetivo de este club es “eliminar a los seres humanos de la Tierra”. Añade: “¿Has leído la Biblia? Hay un pasaje en el que dice que el bien se convertirá en el mal y el mal en el bien. Estamos en ese momento”. Y también hace notar: “Todo está conectado”.

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De vez en cuando se cruzan con otros manifestantes —una chica de Lille, otra de Dunquerque; dos de Niza que han pasado por París y muestran vídeos de sus hazañas—. Siguen sin saber dónde tendrá lugar el gran encuentro, así que deciden ir a comer. Un empleado de la Comisión les recomienda la mejor friterie de la zona, famosa por haber vendido un cucurucho de patatas a la excanciller alemana, Angela Merkel. Allí se encuentran con otros miembros del convoy, se dan ánimos. Se sientan en un banco con los cucuruchos, sacan unas Leffe de la mochila y sirven la cerveza en unas tacitas desechables. Luego hacen sus necesidades en unas cabinas portátiles. Y prosiguen sin rumbo fijo.

Alain dice que protesta porque se corre el riesgo de que desaparezca una forma de vida en libertad. Quiere evitar que sus hijos “sean sumisos”. Él es divorciado, tiene una hija de 17 años. “¿Por qué prohíben hacer cosas si no te vacunas?”, protesta. “No pueden obligar a hacer algo que no quieres”.

Acaban de recibir una pista: los manifestantes se van a reunir en una plaza en el centro, a media hora. Allí se dirigen a pie. Pero uno de ellos, agotado, se acabará volviendo a la caravana; otro se irá con él para echarle una mano. Y Alain Gouin, entre tanto, continúa con la explicación del plan global (no contrastado): “El objetivo es disminuir la población mundial para que quede en un 10% de la que hay hoy; dejarla en 750 millones de personas”. Esto, asegura, ocurriría para 2030. Habría, además, un Gobierno dirigido por la ONU, y el resto serían Estados esclavos. Cuando se le pregunta dónde encuentran pruebas de todo lo que afirma, responde: “Llevamos tres años en esto. Tenemos verdaderas fuentes internas”. Su objetivo, dice, es que las mentiras queden expuestas, para que la verdad aflore “y la gente se despierte”.

Para dar fuerza a sus argumentos, subraya por ejemplo que el recientemente fallecido Nobel de medicina Luc Montagnier, célebre por sus investigaciones del VIH, afirmó que el coronavirus fue creado artificialmente. Esto sí es contrastable: “No es natural, es el trabajo de un profesional, un biólogo molecular, un relojero de secuencias. ¿Con qué fin? No lo sé”, aseguró Montagnier en televisión, según recogió en 2020 Le Monde. Tras estas declaraciones, la comunidad científica repudió al investigador francés, muy crítico con las vacunas.

En el lugar señalado, la plaza de Sainte Catherine, tampoco son muchos: unas decenas de personas. Comienzan a ser conscientes de que hay distintos grupos repartidos en diferentes puntos de la ciudad. Algo ha debido de fallar. “Divide y vencerás”, rumia Agnès Guirado. “Han conseguido que no nos juntemos”.

En la plaza, una mujer toma un megáfono y lee un manifiesto contra los medios de comunicación “mainstream”, colaboradores de “un plan diabólico”, que han contribuido, según acusa sin pruebas, a “instaurar el terror” y que “mentira tras mentira ha permitido hacer perder la cabeza al pueblo sumiso”. Hay aplausos —breves— y enseguida se corre la voz de que la protesta continúa frente el Parlamento Europeo. Los dos marselleses que quedan tuercen el gesto: de allí vienen; hay otra media hora de caminata de vuelta, y cuesta arriba. Llegarán pocos y cansados. La jornada concluirá sin que una manifestación del convoy de la libertad, propiamente dicha, tenga lugar en Bruselas.

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