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Hungría estaba sumergida en la campaña electoral de unas elecciones en las que por primera vez en años la oposición atisbaba la posibilidad de derrocar a Viktor Orbán cuando Rusia invadió Ucrania. El primer impulso de algunos analistas fue pensar que la agresión contra el país vecino pasaría factura al líder ultraconservador húngaro, considerado el aliado del Kremlin en la UE. La guerra que se desarrolla al otro lado de la frontera este del país se ha apoderado de la campaña electoral, pero por ahora parece improbable que la onda expansiva altere los resultados de los comicios del próximo domingo, a los que el primer ministro de Fidesz llega con una ligera ventaja.

“Orbán es una marioneta de [el presidente ruso, Vladímir] Putin y un traidor para la Unión Europea y la OTAN”, afirmó en una videoconferencia con medios extranjeros el pasado jueves Péter Marki-Zai, el candidato que representa a los seis partidos de la oposición, unidos por primera vez frente al dirigente de Fidesz. “Pero es muy pragmático. Siempre mide la opinión pública y puede cambiar de opinión de un día para otro”, añadió.

El primer ministro húngaro se ha reunido con Putin 11 veces en los últimos 12 años en el poder, según el think tank Political Capital. La última fue el 2 de febrero en la kilométrica mesa del Kremlin, 22 días antes de la invasión. Según Orbán, fue a Moscú en misión de paz para ampliar su contrato de suministro de gas. De Rusia procede el 65% del petróleo y el 85% del gas que se consume en Hungría, que tiene pendiente además un proyecto de ampliación de la central nuclear de Paks con la empresa rusa Rosatom financiado principalmente con préstamos rusos.

Zoltán Kovács, secretario de Estado de Comunicación y Relaciones Internacionales, considera que “las relaciones amigables con otros países con vínculos económicos son normales”. “Se nos señala como aliados, pero ni el alcance ni el tamaño de nuestra cooperación es comparable con los de otros como Alemania y Francia”, dice.

Las relaciones recientes de Budapest con el país invadido han sido más problemáticas. Hungría ha bloqueado activamente a Ucrania en la OTAN desde 2017 por las políticas lingüísticas de Kiev. Las decisiones sobre el uso del ucranio en el sistema educativo, dirigidas sobre todo al uso del ruso, afectaban también a los 150.000 integrantes de la minoría húngara de la región de Transcarpatia, que hasta el tratado de Trianón de 1920 era territorio de Hungría.

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La maestría del equilibrista

Con estos antecedentes, la primera semana tras la invasión hubo caos comunicativo en la campaña. Pero Orbán tomó enseguida las riendas con la maestría de un equilibrista. Condenó el ataque ruso y votó a favor de los sucesivos paquetes de sanciones europeas, con una línea roja —al igual que otros países de la UE— en las importaciones de energía. Aceptó reforzar las tropas de la OTAN en la parte occidental de Hungría, pero se negó a enviar armas a Ucrania o a dejar pasar las de otros Estados por su territorio. E insistió en que tampoco enviará tropas. También se comprometió a ofrecer toda la ayuda necesaria a los ya más de 530.000 refugiados ucranios que han cruzado las fronteras húngaras, según datos oficiales de este lunes.

En casa, Orbán apostó por venderse como el único garante posible de la paz y la estabilidad, además de la energía a buen precio. Y señaló a la oposición como un puñado de irresponsables que quieren arrastrar a Hungría a la guerra. “Nos meterían en una guerra que no es nuestra, en la que no tenemos nada que ganar y todo que perder”, dijo este lunes en una entrevista.

“El Gobierno se encontró con una situación complicada. No podía seguir apoyando a Rusia, porque no sentaría bien ni a la población ni a la UE”, explica Andrea Virág, directora de estrategia del Instituto Republikon. Según la experta en demoscopia, el Ejecutivo condenó la agresión y no se declaró a favor de Rusia, pero tampoco en contra de Moscú ni a favor de Kiev, “porque eso habría significado negar su política exterior de apertura hacia el Este”. “Su solución ha sido bastante eficaz: declararse defensor de la paz”.

“Está funcionando”, afirma la analista. La guerra, señala en su despacho en un caserón reconvertido en oficina, “no ha tenido ningún efecto en el apoyo al partido o el comportamiento de los votantes”. Virág se encuentra entre los analistas que creían que la agresión del aliado del Gobierno en el país vecino podía tener un efecto en las elecciones. “Vemos movimiento, pero dentro de los márgenes de error”.

Los sondeos de Republikon señalan desde hace más de un año y medio un empate técnico entre Fidesz y la oposición, con una ligera ventaja del partido de Orbán (41% frente al 39%) y un 16% de indecisos. Según una encuesta de SzázadvéG, un think tank con vínculos con el Gobierno, el 66% de los votantes considera a Orbán como el líder más fuerte para mantener la seguridad de Hungría, frente al 25% que dice lo mismo sobre Márki-Zay.

La guerra encajaba con la narrativa de la oposición, que había lanzado su campaña con el lema de que Hungría debe decidir el 3 de abril si se queda en el Este o en el Oeste. “Al principio, la oposición fue muy exitosa movilizando a sus votantes. Pero después no se ha visto que estén usando este asunto [la guerra] para conseguir más apoyos”, analiza Virág.

La participación sí podría verse impulsada por el conflicto, porque se están consumiendo más noticias. Está por ver, sin embargo, qué consecuencias tendría este efecto que señala la analista. Los medios más cercanos al Gobierno difunden “propaganda del Kremlin, culpando a Ucrania de la guerra”, asegura. También, según Márki-Zay, lanzan mentiras como que la oposición “quiere enviar a los jóvenes húngaros a morir a la guerra en Ucrania”.

Los ánimos están calientes en Hungría. En los cuatro días que quedan hasta las elecciones del domingo, cualquier asunto de envergadura puede decantar la balanza hacia un lado u otro en los comicios más reñidos desde que Orbán llegó al poder en 2010. Estos días se ha hablado mucho de la intervención del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, en el Consejo Europeo de la semana pasada, cuando se dirigió específicamente a Orbán. “Escucha, Viktor, ¿sabes lo qué está pasando en Mariupol?”, le preguntó. “¿Y tú dudas sobre si imponer sanciones o no? ¿Dudas sobre si dejar pasar armas o no? ¿Dudas sobre si seguir haciendo negocios con Rusia o no? No hay tiempo para dudar. Ya es el momento de decidir”, continuó.

El primer ministro húngaro, que también está recibiendo reproches y distanciamiento de Polonia, su gran aliado en sus batallas contra la Unión Europea, respondió a la petición de Zelenski reivindicando los intereses nacionales de Hungría. Apoyar las sanciones a la importación de energía rusa, aseguró, llevaría al país a la ruina.

“Orbán se está adaptando a la presión y se enfrenta a una situación económica muy difícil, con una inflación prevista del 9,8% para este año”, dijo Márki-Zay a la prensa extranjera, y subrayó que a la situación de inseguridad militar se añade la económica. Orbán ha extendido el límite a las facturas de energía de los hogares y ha añadido otros topes a los precios de alimentos básicos y a la gasolina. En la segunda semana de marzo, las estaciones de servicio vivieron momentos de pánico, con la demanda disparada por el miedo al desabastecimiento. El Gobierno impulsó entonces medidas como la prohibición de circular durante cuatro días a los camiones.

Tanto Fidesz como la alianza de la oposición insisten en que la guerra ha situado a Hungría en un momento decisivo. “La guerra ha cambiado la campaña, la ha envuelto por completo. ¿Cambiará también el resultado?”, se pregunta Virág. Por ahora no está convencida, pero aún quedan unos días en los que, dice, todo es posible.

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Putin y Bolsonaro, durante su reunión este miércoles en la misma mesa en la que el ruso recibió, aunque con mayor distancia, a sus homólogos de Francia y Alemania.
Putin y Bolsonaro, durante su reunión este miércoles en la misma mesa en la que el ruso recibió, aunque con mayor distancia, a sus homólogos de Francia y Alemania.Mikhail Klimentyev (AP)

El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, ha realizado una minigira por Europa esta semana, una de las más tensas que el continente ha vivido en las últimas décadas por la crisis ucrania, para reunirse con dos líderes muy cuestionados por Occidente ahora mismo, el ruso Vladímir Putin y el húngaro Viktor Orbán. El latinoamericano vuelve a casa con la foto que buscaba y sin grandes logros en materia bilateral, objetivo declarado de un viaje ajeno en principio a la crisis en torno a Ucrania. Sí ha cosechado una dura crítica de Estados Unidos por desoír sus presiones para que cancelara el viaje y, por si fuera poco, declarar públicamente en Moscú su “solidaridad” con Putin. Al trío les unen sus valores y la pertenencia al club informal de dirigentes nacionalpopulistas.

Para Bolsonaro, esta gira obedece más a su interés en impulsar en casa su imagen internacional como parte de una alianza ultraconservadora que a revertir el aislamiento diplomático en el que ha sumido a Brasil. En sus comparecencias con Putin y Orbán destacó sus afinidades y los valores que comparte con ellos: Dios, patria y familia (familia tradicional, quiere decir). En Hungría, el brasileño añadió libertad.

Y pronunció ante Putin una frase que ha causado gran enfado en Washington mientras suenan ecos de una nueva guerra en Europa. “Somos solidarios con los países que quieren y se empeñan en la paz”, dijo Bolsonaro el miércoles durante una comparecencia que, por lo demás, obvió totalmente la crisis ucrania para destacar la cooperación en agricultura o energía nuclear. Para el Departamento de Estado estadounidense, la actitud de Bolsonaro “socava la diplomacia internacional centrada en evitar un desastre estratégico y humanitario, así como los llamamientos del propio Brasil para pedir una solución pacífica a la crisis”, informó la agencia Reuters. La portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, ha añadido este viernes que “Brasil quizá está en el lado contrario al de la mayoría de la comunidad global”. Un tono poco habitual en la diplomacia entre los dos mayores países americanos.

El mandatario brasileño viajó a Moscú tras hacer oídos sordos a las peticiones de EE UU de que cancelara la visita a Putin. Y aterrizó justo horas después de que el anuncio ruso de un inicio de repliegue militar aliviara la tensión (temporalmente y entre dudas sobre las manifestaciones de Moscú), circunstancia que el brasileño aprovechó para sugerir en mensajes dirigidos a sus fieles que la distensión era cosa suya. Nada menos. “Mantuvimos nuestra agenda. Por coincidencia o no, parte de las tropas dejaron la frontera [con Ucrania]”, declaró tras ver a Putin. El brasileño está en campaña para la reelección.

Bolsonaro abraza a Orbán este jueves durante su visita oficial a Budapest.
Bolsonaro abraza a Orbán este jueves durante su visita oficial a Budapest. Anna Szilagyi (AP)

El presidente ruso recibió al brasileño durante casi dos horas el miércoles, precisamente el que según el espionaje de EE UU era el día D de la posible invasión rusa. Ambos charlaron en la misma larga mesa en la que fueron recibidos los líderes de Francia y Alemania —Emmanuel Macron y Olaf Scholz, respectivamente—, pero sentados a una distancia menor, la reservada a los amigos y a quienes, como Bolsonaro, aceptan hacerse una PCR en Moscú. Y aunque no hay constancia de que el brasileño esté vacunado, ambos se dieron un apretón de manos.

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La derrota electoral del estadounidense Donald Trump en 2020 y la salida del poder del israelí Benjamín Netanyahu han dejado a Bolsonaro sin los aliados preferenciales del inicio de su mandato. Su gestión de la Amazonia y el desmantelamiento sistemático de la política medioambiental han amargado la relación con la Unión Europea, especialmente con la Francia de Macron. La deforestación, la peor en 15 años en el mayor bosque tropical del mundo, mantiene empantanado el proceso de ratificación del acuerdo comercial entre la UE y Mercosur.

Los encuentros con los mandatarios de Rusia y Hungría incluyeron muchas menciones al comercio bilateral, cooperación en defensa, energía nuclear o medio ambiente, pero pocos acuerdos. Para el editorialista del diario Estadão, de centroderecha, la visita “a dos populistas autoritarios es inoportuna y contraproducente para los intereses nacionales”. Añade que “solo se explica por su lógica electoral”.

Con Bolsonaro y el fin de la bonanza económica de comienzos del XXI, quedan atrás los tiempos en los que Brasil se codeaba con las grandes potencias y encandilaba al mundo. Brasilia tiene una relación económica limitada con Moscú, pero “tener relaciones políticas estrechas con otras grandes potencias como Rusia ayuda a Brasil a gestionar su relación altamente asimétrica con Washington”, tuiteó estos días Oliver Stuenkel, analista de la Fundación Getulio Vargas. Este recordó que cuando Putin se anexionó Crimea en 2014, la entonces presidenta, Dilma Rousseff, no lo criticó porque los BRIC, el club de los países emergentes que ambos forman con China, India y Sudáfrica, eran la prioridad diplomática del momento.

Con Trump fuera de la Casa Blanca, Bolsonaro se ha visto obligado a intensificar la relación con mandatarios afines como Putin, que, además, mantiene un pulso con Estados Unidos. A su lado, repitió dos veces que Brasil es una potencia y se esforzó por aparentar que están en pie de igualdad en la esfera internacional, un mensaje para consumo interno. Muestra de que esa era la prioridad es el hecho de que la comitiva presidencial incluyera a uno de sus hijos, Carlos, que dirige su campaña en redes sociales y es concejal en Río de Janeiro, pero no al ministro de Economía, Paulo Guedes.

La invitación rusa fue cursada a finales del año pasado y el principal tema en la agenda de los brasileños era el suministro de fertilizantes rusos, cruciales para el gigantesco sector agrícola de la primera economía de América Latina. Al día siguiente, en Budapest, Bolsonaro tuvo un encuentro más breve con Orbán, al que presentó como un “hermano”. El húngaro está, con Polonia, en el punto de mira de las instituciones europeas por su deriva autoritaria y en vísperas de unas elecciones que se le presentan complicadas; fue uno de los pocos jefes de Gobierno que asistieron a su toma de posesión en Brasilia.

De regreso a Brasil este viernes, Bolsonaro ha ido directo a Petrópolis (Río de Janeiro) a visitar a los damnificados por las fuertes lluvias. Los muertos en esta ciudad montañosa que fue la capital imperial de verano suman ya 120 y los bomberos buscan a un centenar largo de desaparecidos.

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