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Camila se abraza a su padre. Le premia con besos, caricias, sonrisas… Anton se pasa a la niña de los hombros a los brazos. La levanta por los aires buscando entretenerla mientras le devuelve tanto cariño. Ambos juguetean mientras Elisabeth, la madre, hace cola ante la ventanilla número uno de venta de billetes de la estación de trenes de Kiev. Anton, de 30 años y con el rifle colgando de su espalda, está a punto de despedirse de su mujer y su hija. Ellas se van a Polonia. Él se queda en el frente de Irpin, una de las zonas clave desde donde se ha evitado la toma de Kiev.

La capital de Ucrania trata de adaptarse a una nueva realidad superadas las primeras semanas de guerra en las que los carros de combate rusos no han logrado tomar el centro de la ciudad y derribar el Gobierno del presidente Volodímir Zelenski. La urbe y sus habitantes —la mitad aproximadamente de los tres millones se han ido ya— no logran vivir ajenos a la guerra. Pero tampoco paralizados como muchos se quedaron los primeros días de la invasión del país por tropas rusas el 24 de febrero. Por eso, de una u otra manera, la existencia de todos ellos pasa por vivir bajo la amenaza permanente de un ataque.

No hay según los kievitas a pie buenas intenciones de Moscú en las negociaciones que se llevan a cabo en Turquía entre ambos gobiernos. El anuncio del Kremlin de que va a reducir el hostigamiento a Kiev y Chernihiv, una ciudad muy castigada, no es recibido con optimismo.

La vida ha de seguir mientras tanto su curso. Una de las últimas decisiones la tomó el lunes el alcalde, Vitali Klistchko, que anunció que los alumnos retomaban las clases de manera telemática. Muchos lo han hecho lejos de sus colegios, de su ciudad y hasta de su país. Ya antes algunas universidades, aprovechando la experiencia de la pandemia, habían decidido la vuelta en remoto.

A través de la pantalla, Julia Pidipryhora, licenciada en Filología Española, explica estos días a sus 80 alumnos el Desastre del 98. Al menos tres atienden conectadas desde España. Otros lo hacen desde Polonia o Italia. La mayoría desde fuera de Kiev. “No creo en nada de lo que dicen los rusos. No podemos fiarnos”, añade en perfecto español haciendo gala de las asignaturas que imparte desde hace un cuarto de siglo pese a que el salario público de Ucrania, lamenta, le impide viajar a España desde hace un par de décadas. Y ahora no está en su agenda, pese a que más de tres millones y medio de compatriotas han dejado el país en estas semanas de conflicto. “No pienso salir por el capricho de un loco que quiere adueñarse de mi país”, resuelve esta profesora refiriéndose al presidente Vladímir Putin.

Con mucha menos afluencia porque muchos habitantes se han ido, este mercadillo semanal del barrio de Galagany (Kiev) sigue atrayendo algunos clientes
Con mucha menos afluencia porque muchos habitantes se han ido, este mercadillo semanal del barrio de Galagany (Kiev) sigue atrayendo algunos clientesLuis de Vega

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En Kiev, los principales supermercados siguen funcionando y no hay escasez importante de alimentos; la espera en las gasolineras no es de horas como cuando se pensaba que había que tener el coche lleno por si había que irse a toda velocidad ante una inminente llegada de los rusos. El suministro de agua, luz y calefacción se mantiene. Hoy, sin embargo, sigue habiendo colas en las farmacias, en entidades bancarias o en oficinas de envío y recepción de paquetes, lo que contrasta con las calles medio desiertas. En el barrio de Galagany, el mercadillo semanal agrupaba este martes a una decena de puestos y a unos puñados de clientes. Víctor reconoce mientras despieza a cuchillo carne de cerdo y cordero para despacharla que trata de mantener los precios, pero que hay muchos días en los que no pueden desplazarse y trabajar.

La estación de trenes está lejos de las jornadas en las que decenas de miles de personas se agolpaban a la búsqueda de una plaza que los alejara de la capital. Anton cuenta con Camila en brazos que trabajaba de camionero para una empresa polaca. El comienzo de la guerra le pilló por sorpresa en carreteras francesas. Llevaba seis meses sin ver a su familia. Dio media vuelta y hace ya un mes que regresó para empuñar las armas y defender a su país. La guerra ha supuesto para ellos una vuelta de tortilla. Anton está ahora en Ucrania y su mujer y su hija, en el extranjero. Como él, muchos otros han cambiado su ocupación para adaptarla a los nuevos tiempos.

Decenas de voluntarios cubren con sacos de arena el monumento a la princesa Olga en el centro de Kiev para protegerlo de posibles ataques rusos
Decenas de voluntarios cubren con sacos de arena el monumento a la princesa Olga en el centro de Kiev para protegerlo de posibles ataques rusosLuis de Vega

Boris es un abogado reconvertido en voluntario al servicio del Ayuntamiento que está en contra de que Kiev negocie nada con Moscú. No, al menos, antes de que su Ejército ponga fin a la ocupación de Ucrania. En la mañana del lunes, con sus manos cubiertas con guantes, Boris ayuda a cubrir de sacos terreros el monumento de la princesa Olga, en el centro de la ciudad. Junto a él, varias decenas de hombres y mujeres se afanan en llenar los sacos, con el logotipo de una empresa brasileña y originalmente destinados a uso alimentario.

Entre ese ir y venir se encuentra Paul, un guardabosques austriaco de 42 años al que la primera ola de la pandemia dejó en paro. Ahora Kiev, señala, le ha sacado de la depresión. Paul vive acogido desde hace un par de semanas en casa de un particular y se ha puesto a disposición de quien requiera su ayuda. No va a unirse a los extranjeros que se van al frente, lo tiene claro. Se ofrece tanto para llenar sacos como para lavar cacharros en una cocina. “Trato de demostrar que podemos cambiar la sociedad. Mi país ya pasó hace 80 años por una gran jodienda, con perdón”, recalca dejando claro su discurso pacifista. “No quiero tocar un arma”.

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Un soldado detiene este lunes a un hombre en un punto de control en Santa Tecla (El Salvador).
Un soldado detiene este lunes a un hombre en un punto de control en Santa Tecla (El Salvador).Rodrigo Sura (EFE)

El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, exigió este lunes a los pandilleros, mediante un mensaje en Twitter, que “paren de matar ya” y advirtió que si la escalada de asesinatos en el país no cesa, sus compañeros presos “la van a pagar también”. “Tenemos 16.000 homeboys (pandilleros) en nuestro poder. Aparte de los 1.000 arrestados en estos días. Les decomisamos todo, hasta las colchonetas para dormir, les racionamos la comida y ahora ya no verán el sol. Paren de matar ya o ellos la van a pagar también”, publicó Bukele.

Las pandillas poseen unos 70.000 miembros en El Salvador, de los que 16.000 se encuentran encarcelados. El mandatario salvadoreño acompañó su “Mensaje a las pandillas” con un video en el que se observan movimientos de reos en un centro penal, sin detallar si es de días recientes.

El Salvador se encuentra bajo régimen de excepción, decretado la madrugada del domingo por el Congreso a petición de Bukele, lo cual suspende algunas garantías constitucionales. Los derechos suspendidos son la libertad de asociación y reunión, el derecho a la defensa, la prohibición de la intervención de las telecomunicaciones, además se amplió el plazo de la detención administrativa a 15 días, cuando normalmente es de 3 días.

Pese a esta medida extraordinaria y a las detenciones masivas, las pandillas mantuvieron el domingo su desafío al Gobierno de Bukele. El país registró el viernes 14 homicidios, 11 el domingo y el sábado 62, por lo que este último día se convirtió en el más mortífero de la historia reciente de El Salvador. Las autoridades atribuyen a las pandillas, principalmente a la Mara Salvatrucha (MS13), la ola de violencia, pero aún no han explicado la razón del alza.

Esta no es la primera vez que un Gobierno salvadoreño busca combatir a las pandillas con detenciones masivas. En el pasado lo hicieron los expresidentes Francisco Flores (1999-2004) y Elías Antonio Saca (2004-2009), con sus planes Mano Dura y Súper Mano Dura. Sin embargo, los índices de homicidios se mantuvieron en alza hasta 2015, cuando El Salvador se convirtió en el país más violento del mundo con 103 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Después de ese año, las cifras comenzaron a disminuir paulatinamente y la caída se acentuó desde 2019, cuando Bukele llegó a la Presidencia.

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Unos trabajadores destruían armamento químico, en 2017 en Kizner (Rusia).
Unos trabajadores destruían armamento químico, en 2017 en Kizner (Rusia).Ministerio de Industria y Comercio de Rusia

Las advertencias de distintos líderes occidentales sobre un posible uso de armas químicas en la guerra en Ucrania se han sucedido en los últimos días. La retórica del Kremlin, sumada a las enormes dificultades que el Ejército ruso está teniendo para tomar el control de los centros urbanos, inquieta a la OTAN. No hay evidencias de que las Fuerzas Armadas de Rusia hayan utilizado alguna vez sustancias químicas para atacar a una población civil, aunque el régimen sirio, al que protege con una decisiva intervención militar desde 2015, sí ha hecho uso de ellas en múltiples ocasiones en la última década. Oficialmente, Moscú acabó de destruir hace casi cinco años todo el arsenal químico y biológico heredado de la Unión Soviética.

El pasado día 11, Vasili Nebenzia, el embajador ruso ante Naciones Unidas, acusó a Estados Unidos y a Ucrania de haber estado intentando desarrollar armas biológicas en laboratorios ucranios. “El objetivo era estudiar la posibilidad de propagar los patógenos de peste, ántrax y cólera a través de pájaros, murciélagos y personas”, dijo el diplomático. En los días siguientes, el primer ministro británico, Boris Johnson, el canciller alemán, Olaf Scholz, y el presidente polaco, Andrzej Duda, alertaron de que las acusaciones infundadas de Moscú —“majaderías”, según la embajadora estadounidense ante la ONU, Linda Thomas-Greenfield— podrían servir de base para un ataque químico que intentarían camuflar como una operación de falsa bandera al atribuir la responsabilidad al Ejército enemigo. “Es una señal clara de que [el mandatario ruso, Vladímir Putin] está sopesando el uso de ambas (armas químicas y biológicas)”, sostuvo Joe Biden, el presidente de EE UU.

Hanna Notte, investigadora del Centro de Viena para el Desarme y la No Proliferación, apunta que en caso de se produjera un ataque químico, probablemente sería demostrable la responsabilidad de Rusia, pero “no es algo que parezca preocupar al Kremlin, que presentaría una narrativa radicalmente distinta a su población”.

Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, destacó el jueves que un ataque químico ruso en Ucrania “cambiaría enormemente la naturaleza del conflicto”. Biden hizo el mismo día en Bruselas unas declaraciones ambiguas: “Responderemos si él [Putin] las usa, y la naturaleza de esa respuesta dependerá de la naturaleza del uso”. Notte considera que afirmaciones como la de Biden reflejan que los países occidentales “no tienen buenas opciones para disuadir a Rusia de emplear armas químicas. Descartada la intervención militar, solo les queda imponer sanciones aún más duras a Moscú e intensificar su aislamiento internacional”.

En 2012, Barack Obama, entonces presidente de EE UU, trazó la línea roja de una intervención militar en Siria en el uso de armas químicas por parte del régimen de Bachar el Asad. Un año después, centenares de civiles murieron asfixiados tras un ataque del Ejército sirio con gas sarín en Guta, un suburbio de Damasco. La reacción anunciada por Obama nunca llegó. Durante el mandato de su sucesor, Donald Trump, sí hubo dos respuestas militares a dos ataques químicos, en 2017 por el de Jan Sheijún y en 2018 —en coordinación con París y Londres— por el de Duma, que se limitaron al lanzamiento de misiles contra supuestos centros de desarrollo o almacenamiento de armas. Esos proyectiles tampoco alteraron el curso de la guerra en Siria. “Como mínimo, Rusia hizo la vista gorda al uso de armas químicas por parte de El Asad y no le instó a dejar de hacerlo”, señala Notte.

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Un hombre sostenía el cuerpo de un niño muerto entre los cadáveres envueltos en sudarios, en 2013 en Guta, en la periferia de Damasco.
Un hombre sostenía el cuerpo de un niño muerto entre los cadáveres envueltos en sudarios, en 2013 en Guta, en la periferia de Damasco.REUTERS

Las armas químicas están prohibidas por un tratado ratificado por todos los miembros de la ONU salvo Egipto, Israel, Corea del Norte y Sudán del Sur. Las sustancias vetadas son de distintos tipos: algunas afectan al sistema respiratorio o a la circulación sanguínea, otras como el gas mostaza queman la piel y dejan ciegas a las personas, mientras que las más letales suelen ser las que dañan el sistema nervioso. Dan Kaszeta, investigador asociado del Royal United Services Institute (RUSI), ve poco probable que Rusia use armas químicas en Ucrania. El experto cree que “históricamente no han sido demasiado efectivas para lograr objetivos militares”; sin embargo, no descarta que se puedan usar armas convencionales contra plantas industriales que almacenen sustancias tóxicas.

En la reunión de la OTAN del pasado jueves se acordó el envío a Ucrania de material para contrarrestar un hipotético ataque químico, biológico o nuclear. Paul Walker, vicepresidente de la Asociación para el Control de Armas y director de la organización ambientalista Cruz Verde Internacional, explica que los instrumentos que pueden mandar los aliados para mitigar los efectos de un ataque químico son “máscaras antigás, guantes, agujas hipodérmicas para inyectar atropina (un antídoto) y, en el mejor de los casos, trajes de protección individual”. Stoltenberg anunció que también se había dado la orden de activar “las defensas [contra armamento químico, biológico y nuclear] de las fuerzas desplegadas en los países del este de la Alianza”. Daniel Gerstein, investigador de la Corporación RAND, detalla que los instrumentos a los que se refería el noruego incluyen sensores y vehículos con capacidad de identificar y tomar muestras ambientales. Gerstein añade que las herramientas para detectar ataques biológicos —en los que lo que se propaga es un patógeno, como un virus, una bacteria o un hongo— son más limitadas que las diseñadas para casos de ataques químicos.

La Unión Soviética creó en los años setenta una gigantesca agencia de armamento biológico—llamada Biopreparat— que llegó a tener más de 30.000 trabajadores. En enero de 1993, apenas 12 meses después de la disolución de la URSS, Rusia firmó la Convención sobre las Armas Químicas, que entró en vigor en 1997. Moscú declaró entonces que almacenaba unas 40.000 toneladas de armas con sustancias ilegalizadas tras la ratificación del tratado y se comprometió a su completa eliminación.

La Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) verificó en octubre de 2017 que Rusia había destruido todo su arsenal químico. Y el Kremlin puso en marcha su maquinaria de propaganda. En una ceremonia televisada, Putin, junto a un representante de la OPAQ, se presentó como un defensor de la paz y de la legalidad y el orden internacional, y criticó a Estados Unidos por no haber destruido aún por completo todo su armamento declarado.

Un mes después, Moscú vetó en el Consejo de Seguridad la extensión del mandato del órgano de expertos encargados de determinar la responsabilidad por los ataques con armas químicas en Siria, un mecanismo conjunto de la ONU y la OPAQ que se había puesto en marcha en 2015 con el respaldo de todas las potencias.

En marzo de 2018, cuando aún no se había cumplido medio año desde la última inspección de la OPAQ en territorio ruso, Serguéi Skripal, un antiguo agente doble al servicio del espionaje británico, y su hija Yulia fueron envenenados en la ciudad inglesa de Salisbury con algún compuesto de la familia novichok, un grupo de agentes nerviosos de fabricación soviética y cuya posesión Rusia jamás ha admitido. Moscú negó tajantemente cualquier relación con el suceso, pero Londres acusó al Kremlin e identificó a dos ciudadanos rusos como los responsables. Skripal y su hija sobrevivieron tras pasar varias semanas inconscientes, pero casi cuatro meses después una mujer y un hombre se contagiaron con la misma sustancia a través de un frasco de perfume que se habían encontrado en un parque a 13 kilómetros de Salisbury; ella murió 10 días después.

Unos policías recogían muestras tras el envenenamiento de los Skripal, en Salisbury en marzo de 2018.
Unos policías recogían muestras tras el envenenamiento de los Skripal, en Salisbury en marzo de 2018.Ben Stansall (AFP)

Alexéi Navalni, el principal opositor de Putin, también fue envenenado con novichok, en agosto de 2020. Tras ser ingresado en un hospital de la ciudad siberiana de Omsk, fue trasladado a Berlín en estado de coma inducido. Navalni regresó a Moscú en enero del año pasado y fue detenido nada más aterrizar por haber incumplido los términos de su libertad condicional, impuesta tras la suspensión de una pena de prisión. El pasado martes fue condenado por un tribunal de Moscú a nueve años de cárcel por “fraude a gran escala”.

Los casos de Skripal y Navalni, sin embargo, fueron meros intentos de asesinato, no acciones de guerra indiscriminadas. Sí hubo una ocasión en la que el Gobierno de Putin autorizó un ataque químico a mayor escala, pero fue en una situación crítica que guarda poca relación con el escenario en Ucrania. En octubre de 2002, durante la segunda guerra de Chechenia, un comando de terroristas caucásicos se encerró en un teatro moscovita con 850 rehenes. Tres días después, minutos antes de que las fuerzas especiales asaltaran el recinto, se bombeó una sustancia química (nunca se esclareció cuál) por el sistema de ventilación con la finalidad de anestesiar a los secuestradores. Al menos 130 civiles murieron por la inhalación del gas.

En la guerra en Ucrania, en la que la población de las ciudades sitiadas por las tropas invasoras como Mariupol o Chernígov resiste los continuos bombardeos sin gas ni electricidad y sin apenas agua ni alimentos, Walker opina que las armas químicas podrían ser efectivas como “un arma de terror contra los civiles”. El experto incide en que los ciudadanos que resistan en refugios subterráneos, agotados física y psicológicamente, podrán sentirse relativamente protegidos de las explosiones y la artillería enemiga, pero no de los gases que provocan muertes agónicas.

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Un juez de control de garantías de Cartago (Valle del Cauca) envió a prisión a Juan Guillermo Ramírez Morales, de 21 años de edad, como presunto responsable de maltratar y amenazar de muerte a su excompañera sentimental y la familia de esta.

Los hechos investigados vendrían ocurrieron desde 2018 en el municipio de Cartago. Las pruebas recaudadas le permitieron al fiscal del caso solicitar la orden de captura contra el procesado, la cual fue materializada por servidores del Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) y de la Policía Nacional en el barrio San Nicolás de Cartago.

La Fiscalía imputó al procesado el delito de violencia intrafamiliar, por lo que el juez decidió que el deberá cumplir la medida de aseguramiento en centro carcelario.



“Nuestra vecindad está en llamas desde Gibraltar a Ucrania”. Esta es la alerta que ha lanzado este lunes el alto representante para la Política Exterior de la UE, Josep Borrell, al presentar la nueva política de seguridad de los Veintisiete. Borrell no ha mencionado directamente en esta frase el origen de la amenaza, pero el documento aprobado en Bruselas es bastante claro al identificar a Rusia. La Brújula Estratégica, nombre oficial de esta política de defensa comunitaria, señala a Moscú como un actor implicado directamente en los últimos años en conflictos bélicos (Georgia, Ucrania, Malí, Libia, Siria y República Centroafricana) a las puertas de Europa. Y eso lleva a hablar de Rusia como “una amenaza directa y a largo plazo para la seguridad europea”.

“La guerra de Ucrania ha sido un despertar en las conciencias”, ha añadido Borrell en una conferencia de prensa. El político español, no obstante, ha aclarado que la Brújula Estratégica no es una respuesta ad hoc a la invasión rusa que comenzó el pasado 24 de febrero. Los planes de seguridad y de defensa común de la Unión Europea comenzaron a elaborarse hace dos años y su primer borrador, adelantado por este diario, se conoció en noviembre. Pero en estos cuatro meses largos la realidad ha cambiado mucho y la amenaza rusa ha ganado mucho peso en el documento final: “Le haremos frente con resolución”. “Las acciones agresivas y revisionistas del Gobierno ruso, junto con su cómplice bielorruso, son una amenaza directa para la seguridad y los ciudadanos europeos”, añade. Ninguna de estas frases se leía en aquel papel elaborado hace unos meses.

“Cuando presenté estos planes hace meses dije: ‘Europa está en peligro’. Alguien podía pensar entonces que estaba vendiendo un producto”, ha descrito Borrell para señalar cómo ha cambiado la situación en este tiempo. “Ahora es evidente”, ha concluido.

También China, que mantiene una neutralidad escorada hacia Rusia acerca de la agresión a Ucrania y defiende su amistad con Moscú, aparece como “un rival sistémico” que está “aumentando su arsenal nuclear”. Pero en el mismo documento también puede leerse que Pekín es un socio con el que cooperar y también un “competidor económico”. Este lunes, durante la presentación de la Brújula, no ha merecido ni una sola mención por el alto representante.

Objetivo: incrementar el gasto en defensa

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Los planes concretos aprobados no difieren gran cosa de lo que ya se había avanzado. La UE sigue planteándose sus primeras maniobras militares conjuntas para 2023 y la creación de una fuerza de intervención operativa, que dentro de tres años contará con hasta 5.000 militares. Este paso supera el concepto de batallón europeo que se creó en 2017, una herramienta que tiene una teórica disponibilidad de hasta 1.500 uniformados plurinacionales pero que nunca se ha activado por falta de voluntad política, de recursos financieros para su movilización y por la ausencia de un entrenamiento conjunto previo.

“Esto es solo el comienzo, unos planes que tienen que traducirse en resultados concretos con hitos temporales claros”, ha subrayado Borrell. Una de esas cuestiones concretas que recoge el documento es pedirle a la Comisión Europea una propuesta fiscal “que permitiría una exención del IVA para apoyar la adquisición y propiedad conjunta de capacidades de defensa desarrolladas de manera colaborativa dentro de la UE”. El objetivo es incrementar los presupuestos de defensa de los Estados miembros.

En línea con lo que se anunciaba en la declaración de Versalles, aprobada hace dos semanas en el Consejo Europeo, el alto representante también ha señalado que la Brújula Estratégica plantea un aumento del gasto en defensa porque el actual -unos 200.000 millones al año o el equivalente a un 1,5% del PIB- es “insuficiente”. “Necesitamos aumentar nuestras capacidades. Tenemos que gastar más y mejor”, ha continuado, enfatizando que no se trata de crear un solo Ejército europeo, sino de mejorar la coordinación porque en realidad la factura conjunta en defensa de Los Veintisiete es mayor que la rusa e igual a la china.

Junto a las amenazas tangibles y tradicionales de las grandes potencias, los planes de seguridad europeos también destacan el reto que suponen el terrorismo, la desinformación, los ataques en el ciberespacio o las guerras híbridas. Pero estas amenazas ahora se perciben como menos cercanas frente a la inmediata: la invasión de Ucrania, un tema en el que los ministros de Asuntos Exteriores de la UE han hablado, entre otros asuntos, sobre qué nuevas sanciones se pueden imponer a Rusia. Entre las opciones que se barajan está el castigo a las exportaciones energéticas de Rusia. “Algunos Estados lo han planteado”, ha reconocido Borrell, “pero no se trata de que un país esté a favor o en contra, sino de que podamos tomar una acción unidos sin un coste inasumible”.

A la UE no le quedan mucho margen para seguir aumentando las sanciones a Rusia sin entrar en sus exportaciones energéticas, pero esto supone adentrarse en un terreno que puede quebrar la unidad mostrada hasta ahora. Por un lado están los países que son partidarios de dejar de comprar ya hidrocarburos a Moscú, principalmente Polonia y los países bálticos; por otro, los que son más reacios, con Alemania al frente; y en el medio, un amplio grupo, con España, Holanda o Francia, preocupados porque no se quiebre la comunión mostrada hasta ahora.

La Casa Blanca corrobora el frente diplomático occidental

La Casa Blanca ha corroborado este lunes el frente diplomático occidental ante la guerra de Ucrania mediante una conferencia telefónica del presidente Joe Biden con su homólogo francés, Emmanuel Macron; el canciller alemán, Olaf Scholz, y los primeros ministros del Reino Unido, Boris Johnson, e Italia, Mario Draghi. El objetivo de la llamada, que se produce dos días antes de que Biden viaje a Europa para abordar in situ la situación con los aliados, era “discutir respuestas coordinadas al ataque injustificado y no provocado por parte de Rusia contra Ucrania”. Según el comunicado difundido por la Casa Blanca, “los líderes discutieron acerca de sus serias preocupaciones sobre las tácticas brutales de Rusia en Ucrania, incluidos sus ataques contra civiles. [Los cinco] Subrayaron su continuo apoyo a Ucrania, incluso brindando asistencia de seguridad a los valerosos ucranios que defienden su país de la agresión rusa y asistencia humanitaria a los millones de ucranios que han huido de la violencia. Los líderes también revisaron los esfuerzos diplomáticos recientes en apoyo del esfuerzo de Ucrania para alcanzar un alto el fuego».

El presidente Joe Biden ha alertado de que Moscú podría redoblar sus ciberataques contra objetivos estratégicos estadounidenses a causa del “coste económico sin precedentes que hemos impuesto a Rusia”, ha dicho, en alusión a la batería de sanciones adoptadas por EE UU y sus aliados occidentales contra el Kremlin. La advertencia de Biden se producía al tiempo que la Casa Blanca recomendaba a las empresas que brindan servicios esenciales reforzar su defensa cibernética “por amenazas digitales en curso de Rusia”, explicó Ane Neuberger, responsable de ciberseguridad de la Casa Blanca. 

En Bruselas, Biden participará este jueves en una cumbre extraordinaria de la OTAN, en la que coincidirán todos ellos, así como en el Consejo Europeo, en el que el único que no estará presente será Johnson. También asistirá a una reunión del G-7. El viernes y el sábado viajará a Polonia, donde mantendrá un breve encuentro con su homólogo Andrzej Duda. Desde el inicio de la guerra, hace casi un mes, Biden ha venido manteniendo contactos con dirigentes europeos de forma periódica en las últimas semanas. Además de con los mandatarios citados, en algunas ocasiones se han sumado la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel.

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Mariupol va camino de convertirse en una de las ciudades borradas casi hasta los cimientos: Gernika, Coventry, Alepo, Grozni. Este domingo, después de semanas de un estrechísimo y virulento cerco a la ciudad portuaria, de intensos bombardeos y de un asedio feroz, Rusia ha dado un ultimátum a las fuerzas ucranias: que entreguen lo que queda de Mariupol, se rindan y abandonen la localidad antes de las cinco de la mañana (hora de Moscú, cuatro de la mañana hora de Ucrania y tres de la mañana hora peninsular española). El Ministerio de Defensa ruso remarca que en en la ciudad se está produciendo una “catástrofe humana” y culpa de ello a las “fuerzas nacionalistas”. Moscú ha acusado a Kiev de utilizar “nazis”, “mercenarios extranjeros” y “bandidos” para mantener como rehenes a centenares de civiles en la ciudad. “Bajen las armas. Todos los que lo hagan tienen garantizado un paso seguro fuera de Mariupol”, ha exigido el director del Centro Nacional Ruso para la Gestión de la Defensa, Mijail Mizintsev en una sesión informativa este domingo. “Las autoridades de Mariupol ahora tienen la oportunidad de tomar una decisión y pasarse al lado del pueblo, de lo contrario, el tribunal militar que les espera es solo un poco de lo que merecen por sus terribles crímenes, que la parte rusa está documentando cuidadosamente”, ha añadido.

El ultimátum llega tras días de un asalto cada vez más brutal a la ciudad y que se ha agudizado en las últimas horas. Y cuando el Kremlin, en otra exhibición de músculo militar utilizó por primera vez sus nuevos misiles hipersónicos. Lo ha hecho contra áreas civiles en el oeste de Ucrania, no demasiado lejos de territorio de la OTAN. Mientras, los combates en Mariupol son durísimos. A horas de expirar el plazo límite dado por el Kremlin, las tropas de Vladímir Putin, que invadieron Ucrania el 24 de febrero, ya controlan tres barrios y están luchando en el centro de la localidad, una zona en llamas y con edificios arrasados hasta los cimientos. Además, se han hecho con el control del puerto. Mientras, la ciudadanía de la que fue una vez una próspera urbe industrial, trata de salir como puede de la ratonera de Mariupol a través de los corredores humanitarios, bajo el fuego de artillería y dejando toda su vida atrás; en muchas ocasiones también dejando atrás a familiares y seres queridos de los que tras 25 días de guerra ya nada saben. Mariupol se ha convertido también en la ciudad de los desparecidos.

Muchos de los que pudieron escapar antes de lo que puede ser la ofensiva final vagan por el circo estatal de Zaporiyia, en el centro-sur del país, convertido en un lugar de primera acogida para desplazados por la invasión. Un circo que ya no es un circo. Ya no están los “payasos divertidos”, que anuncia el colorido cartel de la función que debía representarse estos días: “Expresión”. Tampoco “bola de coraje, una atracción única e inimitable donde motociclistas realizan trucos locos y encantadores dentro de una bola de metal”. Ahora, el circo de Zaporiyia es un núcleo de vidas rotas por la guerra de Putin contra Ucrania. De personas evacuadas que tratan de escapar de las bombas que fulminan ciudades como Mariupol y que temen qué más puede padecer la ciudad cuando expire el ultimátum del Kremlin. De personas que buscan, que revisan las decenas de carteles caseros pegados a la entrada rastreando pistas a sus seres queridos: una madre que quedó atrás en la huida, un hermano con quien se perdió el contacto hace semanas en medio de los ataques, un esposo que se cree capturado por las fuerzas de ocupación rusas, un padre que puede ser uno de esos cadáveres que yacen sin recoger y sin enterrar en las calles de lo que queda de la ciudad del mar de Azov, asediada por las tropas del Kremlin.

Un cartel con la fotografía de un chico: “Atención, residentes de Mariupol: un equipo de artistas de Ucrania, familiares y amigos buscan al artista gráfico Daniil Sergeevich Nemirovski (1993), que estuvo en el refugio de la Academia Nacional de Bellas Artes hasta el 1 de marzo y salió para buscar a sus abuelos insulinodependientes. Desde entonces no se sabe nada de él”. Vladímir lleva un buen rato de pie, muy quieto, leyendo todos los mensajes. Busca a su esposa, Alexandra, de 32 años. “Estábamos separados desde hace unos meses, pero quiero saber cómo está, dónde, no sé nada de ella”, cuenta. Él escapó de Mariupol el jueves en coche con varios compañeros de trabajo. Se unieron a un convoy humanitario y ahora busca y busca en el circo de Zaporiyia.

Cada nombre, cada letra en esas decenas de mensajes es una historia. Y quizá una decena de personas que la extrañan y buscan. O más. Cuánta gente se daría cuenta si un día faltáramos. El viernes, una mujer con dos chiquillos pequeños pegó un cartel con su nombre, su teléfono y un mensaje en el que pedía pistas de su esposo. Los soldados rusos se lo llevaron seis días antes. No le volvió a ver. Cómo se escapa de un infierno cuando se deja atrás, en el horror, a un ser querido.

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Con el avance de las tropas del Kremlin algo estancadas en la ofensiva, las fuerzas de Putin se aplican con ferocidad contra objetivos civiles y refuerzan el asedio a Mariupol, pieza clave para Rusia. Desde que Rusia la cercó, unas 24.000 personas habían logrado hasta el sábado salir de la ratonera en la que se ha convertido la localidad portuaria (con unos 400.000 censados antes de esta guerra), que lleva semanas estrangulada, bombardeada, sin agua, luz, gas o calefacción, donde escasean los alimentos y los fármacos.

Un cadáver cubierto por una manta en una calle de Mariupol, este domingo.
Un cadáver cubierto por una manta en una calle de Mariupol, este domingo. ALEXANDER ERMOCHENKO (REUTERS)

Pero se cree que todavía pueden quedar allí, en medio de los fuertes combates, unas 300.000 personas en una situación que las organizaciones sanitarias, como Médicos sin Fronteras o la Cruz Roja, con personal sobre el terreno, describen como “catastrófica”. Uno de los regimientos ucranios que lucha en la ciudad, el batallón Azov (que empezó en 2014 como una milicia voluntaria de corte ultranacionalista hasta que las Fuerzas Armadas la absorbieron como parte de la guardia nacional), afirma que cuatro buques de guerra han bombardeado la ciudad desde el mar, que ya controlan por completo. También, la planta metalúrgica AzovStal, la mayor de Europa.

Mientras se abren camino en la conquista de Mariupol, las tropas de Putin, que como parte de ese ultimátum ofrecen también un alto el fuego hasta las 10 de la mañana de Moscú (las 8.00 hora peninsular española) para organizar evacuaciones de la ciudad, han implantado la estrategia de capturar a población civil y deportarla en contra de su voluntad a Rusia, aseguran las autoridades ucranias. Y de derivar algunos de los corredores humanitarios para escapar del infierno de una ciudad en llamas al país agresor. “Lo que los ocupantes están haciendo hoy es familiar para la generación anterior, que vio los horribles eventos de la Segunda Guerra Mundial, cuando los nazis capturaron a la fuerza a las personas”, ha denunciado el alcalde de Mariupol, Vadym Boychenko, en una publicación en su canal de Telegram. “Es difícil imaginar que en el siglo XXI las personas sean deportadas a la fuerza a otro país”. La política de las detenciones también se repite en las ciudades ocupadas con alcaldes, concejales, periodistas y personas que han organizado marchas contra la invasión y las tropas rusas. Las fuerzas de Putin han conquistado Berdiansk, Jersón, Melitopol y otras. Pero tienen que conservarlas. No solamente frente al Ejército ucranio: allí la ciudadanía no les ha recibido con flores.

Ataque a una escuela de arte

Los ataques son constantes en Mariupol. Este domingo, mientras los servicios de emergencia buscaban supervivientes del ataque el jueves al Teatro Dramático de la ciudad, donde según las autoridades se refugiaban cientos de personas y solo se ha rescatado por ahora a 130, un nuevo bombardeo estalló en una escuela de arte, en el este de la urbe, donde se escondían unas 400 personas, según el Ayuntamiento. Kiev ha acusado a Rusia de ese nuevo ataque indiscriminado contra la población civil en su estrategia de tierra quemada. Moscú asegura que no ataca objetivos civiles y a su vez acusa a las autoridades ucranias y al Ejército de Kiev de montar farsas para culpar al Kremlin y de bombardear a sus propios ciudadanos.

Unos 4.000 civiles han muerto en Mariupol, según las autoridades locales, desde que comenzaron los combates. La ciudad es geoestratégicamente muy importante para Putin porque permitiría crear un corredor terrestre desde Crimea (que Rusia se anexionó ilegalmente en 2014) a los territorios del Donbás, que Moscú controla a través de los separatistas prorrusos. Pero también es muy simbólica porque es sede del batallón Azov.

Esos 4.000 muertos, sin embargo, son solo una estimación. Al principio los funcionarios de Mariupol llevaban un recuento —incluso un pequeño mapa— con la intención de organizar la recogida de los cuerpos. Después se hizo imposible. Hay fosas comunes con personas sin identificar. Quizá uno de esos nombres de los carteles del circo de Zaporiyia. O de los grupos de Telegram en los que los vecinos se intercambian desesperadamente cualquier información útil. Y vídeos de la ciudad. Y fotos en las que se puede ver la destrucción de sus casas.

Viktoria Káshpor ha puesto un cartel en el circo de Zaporiyia para buscar a sus abuelos, a su hermana y a su sobrino. Llegó el viernes a la ciudad con su esposo, sus dos hijos y su yerno. “No sé dónde está el resto de mi familia. Ni lo que necesitan. Sé que mis abuelos se quedaron en su garaje, pero no pudimos llegar allí. Bombardearon mi casa y desde el 4 de marzo nos escondimos en el sótano con otras personas. No salimos durante dos semanas y media. Mi hija vino a buscarme, me agarró de la mano y simplemente corrimos”, relata. Pasaron 19 controles. Varios de ellos de las tropas rusas, que ya se han hecho con el control de una buena franja del sureste del país.

Un hombre miraba el tablón de anuncios donde las personas que han huido de Mariupol buscan noticias sobre sus familiares y amigos desaparecidos.
Un hombre miraba el tablón de anuncios donde las personas que han huido de Mariupol buscan noticias sobre sus familiares y amigos desaparecidos.María Sahuquillo

Viktoria se pudo duchar el viernes por primera vez en tres semanas. Y dormir en un apartamento (prestado), en una cama, con cristales en las ventanas. Pero también dice que aunque ahora no esté bajo los bombardeos constantes, tenga calefacción, agua, gas y comida, no puede descansar porque no sabe qué ha sido de sus seres queridos. “Traté de hacerles llegar mensajes de que estamos aquí, se lo digo a todo el mundo, a cada persona que me encuentro, por si alguien les conoce o se los encuentra, o sabe qué ha sido de ellos. Puede que incluso ellos lleguen y ya no tengan teléfono móvil, pero lean estos mensajes”, dice la mujer, de 45 años, que ahora es una de los 10 millones de personas que han tenido que dejar sus casas por la guerra de Putin.

Como un matrimonio mayor, de Enerhodar, donde las tropas rusas ocuparon la central nuclear, que come un plato de sopa en el centro de diversiones de Zaporiyia, donde las taquillas son ahora un punto de registro y el puesto de palomitas —dulces y saladas—, una improvisada farmacia. El circo ha atendido ya a unas 4.500 personas que han huido de distintas ciudades del sudeste del país, explica Vladislav Moroco, concejal de cultura de la ciudad y ahora uno de los responsables del centro. En los percheros del guardarropa cuelgan abrigos y jerséis donados. En el suelo, un rosario de botes de conservas. Un poco más allá, decenas de pares de zapatos que esperan la llegada de los desplazados que aún no han logrado salir tras numerosos corredores humanitarios fallidos.

Un cartel en picuda letra cursiva entre los anuncios del circo, dice: “Atención, pistas de Nosurov Vladímir y Ludmila Nosurova (91 años); Goltvenko Natalia (92 años); Gotvenko Alexander (91 años)”. ¿Los padres de alguien? ¿Tíos? ¿Abuelos? Otro anuncio con una dirección de Mariupol muestra la fotografía de una mujer sonriente, de cabello corto y vestido de verano: “Borisova Natalia Evgenievna (1964). No se sabe nada de ella desde el 2 de marzo”. Otro más, en boli azul y letra apresurada: “Busco a mi madre, Svetlana Baranovich (64). Desaparecida en Mariupol desde el 1 de marzo”.

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Kiev se ha instalado en algo parecido a una tierra de nadie dentro de la guerra que comenzó hace 25 días en Ucrania. Las tropas rusas no han accedido al corazón de la capital ni han llevado a cabo incursiones o bombardeos intensos, aunque sí se producen intensos combates en las localidades de sus alrededores. Pero los cientos de miles de habitantes que todavía siguen viviendo en Kiev no tienen ni un solo día de calma. Este domingo ha vuelto a haber un ataque en un barrio residencial sin que se hayan producido víctimas mortales y al caer la noche, el fuego antiaéreo ha retumbado en toda la ciudad. Se calcula que aproximadamente la mitad de los tres millones de personas que vivían en la principal urbe del país la han abandonado desde que comenzó la invasión de las tropas del Kremlin el pasado 24 de febrero.

Los controles militares, las barricadas y los bloques de hormigón con los que se trata de frenar la posible incursión rusa en la capital forman ya parte de la nueva fisonomía. El tráfico es escaso y las aceras están desiertas casi a cualquier hora del día, pero a veces se forman atascos en los puntos en los que militares o policías requieren a los conductores que se identifiquen o que abran el maletero del coche para comprobar qué es lo que transportan. Hay miles de personas entre civiles y uniformados pendientes de la seguridad de la ciudad, pero los carros de combate rusos no se han acercado al centro.

Sin embargo, a las dos de la tarde del domingo una explosión se escuchó a varios kilómetros de distancia tras sacudir una zona residencial a medio camino entre el centro de Kiev y la localidad de Irpin, escenario desde hace días de intensos combates. Varios coches han ardido junto a un cráter horadado junto a un edificio de viviendas de 10 plantas. Los alrededores han quedado alfombrados de cristales que sonaban al crujir bajo el calzado, conforme los vecinos se iban acercando a contemplar lo ocurrido. No era la primera vez en los últimos días que caía un proyectil en esta zona.

Cientos de ventanas y las fachadas de varios bloques habían quedado dañadas. Las autoridades no han informado de víctimas mortales, pero sí se han registrado cinco heridos. Como ha ocurrido en los ataques que han tenido lugar en los últimos días, hasta la escena se ha desplazado con rapidez el alcalde de la capital, el antiguo campeón de boxeo Vitali Klichko. Junto a las ambulancias, que han trasladado a dos de los heridos al hospital, han llegado también camiones de bomberos para apagar el incendio. Es una ceremonia que se repite desde que, el segundo día de la guerra, Rusia atacó por vez primera en la capital un edificio donde viven civiles en una acción que se ha repetido en varias ocasiones desde entonces.

Eugeni, de 33 años, contempla lo ocurrido este domingo en su edificio a cierta distancia en compañía de una vecina de avanzada edad de la que se está haciendo cargo. Esperan a que la zona deje de estar acordonada por las fuerzas de seguridad para volver a casa pese a los destrozos. De fondo se escucha el trabajo para acabar de retirar los cristales del que fue su colegio, a unas decenas de metros del edificio donde habita. Contempla la escena con nostalgia. “Esta es mi ciudad y pienso regresar a mi casa”, cuenta decidido Eugeni señalando hacia la fachada dañada de su bloque. Con los ojos llorosos, pese a su determinación, explica que su mujer embarazada de seis meses se ha tenido que marchar lejos de Kiev. Ambos esperan un niño que será su primer hijo.

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Decenas de periodistas de todo el mundo han acudido hasta el lugar de la explosión para tomar imágenes o realizar conexiones en directo. Uno de los militares que custodia la zona se queja de lo que él entiende que son mirones. “La gente aquí vive bajo presión porque llevamos recibiendo cohetes de los rusos desde hace un mes. Vivimos bajo un peligro muy grande”, cuenta Anton, de 32 años, otro vecino, que se expresa en español. “La gente que vive aquí son completamente civiles. Aquí no hay ningún objetivo militar, como dice la Federación rusa que está bombardeando, y sí mucha gente que vive aquí, mujeres con niños, personas que no quieren dejar su ciudad natal. Cada noche, muchos han de refugiarse en los sótanos”, añade mientras de fondo se escuchan las detonaciones y suenan las alarmas que alertan ante un posible ataque aéreo.

Fuera del cordón de seguridad se ha instalado una carpa de la Cruz Roja donde son atendidos algunos vecinos. Diana, una voluntaria de 21 años cuenta que muchas son personas mayores a las que han de escuchar y a las que ofrecen un té y un café. “A muchas les cuesta abandonar su casa” incluso en días con ataques como este porque es “donde han vivido toda su vida”, comenta la joven voluntaria.

Mientras, lejos del lugar del ataque del domingo, la plaza que se abre delante de la catedral de Santa Sofía, en el centro, una alfombra de un millón y medio de tulipanes recuerda a los caídos en la guerra. La explanada se ha convertido en lugar de peregrinación para algunos kievitas que acuden a contemplar la escena o a fotografiarla con su móvil.

Un millón y medio de tulipanes forman una alfombra en honor de los caídos en la guerra delante de la catedral de Santa Sofía de Kiev.
Un millón y medio de tulipanes forman una alfombra en honor de los caídos en la guerra delante de la catedral de Santa Sofía de Kiev.Luis de Vega

A unos 700 kilómetros de esa plaza, en el sur del país, se ha registrado el segundo ataque con misiles hipersónicos, de acuerdo a la información rusa. Ha sido en Konstantinovka, una ciudad de 70.000 habitantes, donde el proyectil lanzado desde Crimea y capaz de burlar las defensas antiaéreas, habría destruido “un gran almacén de combustible”, según el Kremlin. “Desde esa base se efectuaban los principales suministros de combustible para vehículos blindados ucranios en áreas de combate en el sur de Ucrania”, ha asegurado el Ministerio de Defensa ruso.

Ucrania ha denunciado este domingo otra matanza de civiles que asegura se produjo el 11 de marzo en Kreminna, una ciudad de 23.000 habitantes de Lugansk. Serhii Haidai, comandante del óblast de Lugansk —zona controlada por las tropas ucranias en esta región contestada por los separatistas prorrusos—, ha denunciado este domingo en su Telegram el Ejército ruso mató a 56 personas en una residencia de ancianos. “Lo hicieron de forma deliberada y cínica”, ha afirmado. Haidai ha añadido que no han podido recuperar los cadáveres, y que 15 supervivientes fueron trasladados a un geriátrico en la zona ya ocupada por Rusia de Svatove.

La Defensora del Pueblo ucrania, Ludmila Denisova, ha calificado el ataque de “genocidio”, y ha pedido que se establezca un Tribunal Militar Especial. “Por cada crimen de este tipo, por cada vida inocente quitada, el liderazgo del Estado agresor debe rendir cuentas con toda la severidad del derecho penal internacional”, ha afirmado en un mensaje de Telegram.

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Las vacaciones geopolíticas de la Unión Europea se han terminado después de casi 30 años desentendiéndose de buena parte de su responsabilidad en la seguridad del Viejo Continente. La cuasi ruptura total con el gigantesco vecino ruso, provocada por la decisión de Vladímir Putin de invadir Ucrania, condena a Europa a una era de inestabilidad y conflictos territoriales en los que Bruselas no podrá bajar la guardia. El Kremlin no oculta su intención de recurrir a todas las palancas disponibles para impedir que la UE siga siendo un oasis de paz y prosperidad. Y Europa responde con un rearme en todos los frentes, incluido el militar, para hacer frente a una campaña de hostigamiento que puede durar, como mínimo, tanto como la presencia de Putin al frente de Rusia.

“La agresión rusa en Ucrania es una amenaza existencial para toda Europa”, afirma a EL PAÍS el vicepresidente de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis. “Si no hacemos todo lo necesario para detener la invasión ilegal y bárbara de Ucrania por parte de Rusia, cabe la posibilidad de que Putin eleve sus ambiciones militares en otros países vecinos o que desafíe a la OTAN en los países bálticos”, añade el dirigente comunitario.

El escenario de posibles acciones hostiles por parte de Putin abarca desde el Ártico hasta el Sahel. Y los medios para agredir son casi tantos como se pueda imaginar, porque el presidente ruso ha demostrado que puede instrumentalizar desde la energía a la migración y que no le tiembla la mano a la hora de ordenar ciberataques o ataques con armas químicas. Incluso ha amenazado en las últimas semanas con la bomba atómica si algún país occidental se interpone en su campaña para forjar un nuevo marco de seguridad en Europa.

“Tenemos enfrente a un régimen protototalitario, o cada vez más autoritario, que tiene la convicción profunda de que la extensión de los valores que representamos en sus fronteras es una amenaza para su propia existencia”, señala el alto representante de Política Exterior de la UE, Josep Borrell, en conversación con EL PAÍS.

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Bruselas teme que ese choque frontal entre el modelo europeo y el ruso provoque una explosión de conflictos en torno a la Unión Europea alimentados desde el Kremlin. Y no se descarta que algún Gobierno satélite de Moscú, como el bielorruso, sea instrumentalizado para lanzar ataques incluso a algún miembro de la UE, con los países bálticos como los más expuestos y vulnerables. La amenaza es mucho mayor aún para los países que no están bajo el paraguas de la OTAN ni de la UE, como está sufriendo Ucrania y podrían comprobar Moldavia o Bosnia-Herzegovina.

“La guerra de agresión lanzada por Rusia supone un cambio tectónico en la historia de Europa”, afirma la Declaración de Versalles que los 27 socios de la UE esperan aprobar en la cumbre europea de este jueves y viernes en esa simbólica ciudad francesa. El texto apuesta por “reforzar decididamente la inversión en capacidades de defensa y tecnologías innovadoras”.

Los riesgos de desestabilización procedentes de Rusia son múltiples. Algunos, como los ciberataques, pueden golpear en cualquier sitio. Pero hay algunos puntos del continente especialmente expuestos a riesgos de seguridad frente a Moscú. A continuación, una mirada a algunos de los más significativos.

1. Bálticos

Estonia, Letonia y Lituania representan uno de los puntos más sensibles en el contexto del brutal deterioro de la relación entre Occidente y Rusia debido a su posición geográfica, su pasada pertenencia a la URSS, su reducido tamaño, sus nutridas minorías rusófonas y su altísima dependencia energética. Los tres países son ahora miembros tanto de la UE como de la OTAN. La pertenencia a la Alianza Atlántica constituye un poderoso paraguas e induce a pensar que Moscú difícilmente contemplaría acciones militares. Los aliados han reforzado su presencia en la zona. Sin embargo, el nivel de preocupación es muy elevado, como demuestran las declaraciones del comisario europeo, el letón Valdis Dombrovskis.

El corredor de Suwalki —la estrecha franja que es la única conexión terrestre entre los bálticos y el resto de la UE; y en cambio separa Bielorrusia y el territorio ruso de Kaliningrado— es un punto de especial tensión. Recientes declaraciones ambiguas de Putin —en las que apoyaba el anhelo de Bielorrusia, que no tiene salida al mar, de contar con una proyección en el transporte marítimo en el Báltico— han elevado la preocupación. La creciente unión entre Moscú y Minsk permitirá al Kremlin una capacidad de despliegue militar en la zona mucho más ágil, amplia e inquietante.

“Se habla bastante del corredor. Pero intervenir ahí significaría violar la integridad territorial de países miembros de la OTAN y, personalmente, no creo probable que Putin opte por la confrontación armada con países de la Alianza”, dice Sarah Coolican, responsable del programa Europa central y suroriental del centro de pensamiento Ideas de la London School of Economics y autora de un estudio publicado recientemente sobre los Bálticos. “Lo que sí hay es un riesgo en términos de ‘poder blando’. Sabemos que Rusia es propensa a actividades de infiltración, de propaganda, de desestabilización. Pero creo que la guerra en Ucrania está debilitando su poder blando y la capacidad de proyectarlo”, considera Coolican.

En ese sentido, es relevante la presencia en los países bálticos de nutridas minorías rusofonas. La defensa de los intereses de los rusos en otros países ha sido a menudo un retorcido argumento —y una herramienta— del Kremlin para proyectar influencia. “Pueden intentar hacer cosas, sí, pero creo que no podrían lograr nada significativo”, dice Kadri Liik, investigadora del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores especializada en las relaciones entre Rusia y Occidente y en el este de Europa. “La cuestión de las minorías se ha ido enfriando. A lo mejor no comparten el rumbo del país en el que viven, pero tampoco tienen gran confianza en Moscú. La naturaleza de la comunidad rusofona, además, ha cambiado, con nuevas generaciones más integradas, que hablan la lengua local, pero también por las nuevas llegadas desde Rusia, con mentalidad completamente diferente. Estos no son fáciles de manipular”, apunta Liik.

2. Finlandia y Suecia

Los dos países nórdicos han sido objeto de explícitas amenazas por parte del Kremlin. Ambos son miembros de la Unión Europea pero no de la OTAN. La portavoz del Ministerio de Exteriores ruso afirmó recientemente que, si eligieran integrarse en la Alianza Atlántica, se expondrían a graves “consecuencias políticas y militares”. No desglosó más, pero ya así el mensaje fue bastante claro.

La agresión rusa a Ucrania ha impulsado un renovado debate en los dos países acerca de la oportunidad de sumarse a la coalición militar. Si decidieran dar el paso, el problema residiría en el lapso temporal entre la cristalización de la decisión y su formalización, un proceso que normalmente requiere tiempo y que podría ser peligroso, al no estar todavía activa la cláusula de mutua defensa.

Ante esta situación, Estocolmo y Helsinki han pedido a sus socios de la UE que asuman un compromiso de apoyo en caso de ataque ruso en virtud del artículo 42, apartado 7, del Tratado de la Unión Europea, que convoca a la solidaridad en caso de que un miembro sufra un ataque armado.

3. Moldavia

Moldavia, fronterizo con Ucrania, es uno de los países con mayor nivel de tensión. No es parte de la UE, a la que acabar de pedir la apertura de un proceso de adhesión como Ucrania y Georgia, ni de la OTAN. Destaca entre los asuntos problemáticos la presencia en su seno del territorio independentista prorruso de Transnistria, donde Moscú mantiene desplegados soldados desde hace décadas. Actualmente está recibiendo un fuerte flujo de refugiados que, en vista del reducido tamaño del país, supone un enorme reto.

“Sin duda es concebible que Rusia agite Moldavia”, argumenta Dimitar Bechev, profesor de la Universidad de Oxford especializado en estudios sobre Rusia y el Europa del Este. “Pero no creo que haya un ataque a corto plazo. Rusia ya tiene mucho sobre la mesa con Ucrania. Si llegaran a la frontera con Moldavia, esto incrementaría la tensión, por supuesto. Pero me parece más lógico que Rusia opte por perseguir objetivos políticos ahí con medidas más efectivas en términos de la relación coste/ganancia. Tienen opciones, pueden activar a sus referentes políticos ahí”.

4. Balcanes Occidentales

“Bosnia es el país más vulnerable de la zona”, dice Bechev. El Estado balcánico atravesaba una profundísima crisis ya antes de la invasión rusa de Ucrania, con el líder de la República Srpska —la entidad serbobosnia de la federación— desatado en busca, como mínimo, de mayor autonomía y con la amenaza de una secesión sobre la mesa. Los legisladores de la entidad votaron en diciembre a favor de tener autoridades judiciales, fiscales y fuerzas militares independientes de la federación. La República Srpska tiene importantes lazos con Moscú. Muchos dirigentes y expertos han alertado del serio riesgo de desestabilización y violencia.

“En la situación actual, la entidad serbobosnia puede beneficiarse de la disrupción que se ha ido creando. Pero no creo que den el paso a la secesión. Sería difícil de sostener, porque dudo que Serbia reconociera su independencia, ya que eso desencadenaría una fuerte respuesta de Estados Unidos”, comenta Bechev.

5. Países de la UE fronterizos con Ucrania

Cuatro miembros de la Unión tienen frontera con Ucrania: Polonia, Eslovaquia, Hungría y Rumania. Los cuatro son miembros de la OTAN. En su caso, el riesgo principal es inmediato más que de perspectiva: que el conflicto en el país vecino se acerque a sus territorios generando incidentes. “Rusia podría tener la tentación de controlar las zonas fronterizas por el lado ucranio para impedir los suministros procedentes de Occidente”, dice Liik.

Actualmente, las entregas de armas se producen por vía terrestre desde Polonia, que además ha barajado ceder sus aviones de combate MiG a Ucrania, un conjunto de factores que le coloca en primera línea de la animadversión del Kremlin. La membresía de la OTAN hace pensar, como en la caso de los bálticos, que Rusia extremaría las precauciones. Pero las guerras son propensas a los incidentes. Como ejemplo, el derribo por parte de Turquía en 2015 de un avión de combate ruso en el linde turco-sirio. Ese episodio generó fuertes tensiones, pero no una escalada militar. En las actuales circunstancias, las consecuencias de incidentes de esas características resultan imprevisibles.

6. Sahel

Rusia ha aumentado su proyección en África en los últimos años. Junto a relaciones antiguas, como la que tiene con Argelia, ha sumado lazos estrechos con países como República Centroafricana y Malí, a cuyos gobiernos proporciona apoyo en el área de seguridad. Estas relaciones se reflejaron en la reciente votación en la Asamblea General de la ONU sobre la invasión de Ucrania, en la que más de 20 países africanos se abstuvieron o renunciaron a votar. Importante para Europa —y en especial para España— es la influencia que Rusia pueda ejercer sobre la región del Sahel, clave tanto en asuntos migratorios como en la lucha antiterrorista.

Tatiana Smirnova, experta en la región del Centro Franco Paix de la Universidad de Quebec, alerta de “la creciente influencia de un sentimiento antifrancés y antioccidental” en la región. “Se trata de un factor importante, que se explica también por la propaganda rusa. Es una herramienta poderosa porque mezcla hechos reales y falsos, y conecta la imagen de la URSS como ‘liberadora del yugo colonial’ con el actual posicionamiento de Rusia como actor contrahegemónico frente a Occidente”.

Es imposible anticipar hasta qué punto Rusia podrá influir y cuáles serán sus intenciones. Mucho depende de cómo termine la guerra y cuánto debilitamiento causen las sanciones. Pero es evidente que la proyección en asuntos de seguridad en la región, junto con la retirada de Europa de Malí, es un instrumento significativo, y las cuestiones migratorias y de terrorismo son, en ámbitos completamente diferentes, asuntos de peso. “A largo plazo, temo que la situación empeorará, con la expansión de células terroristas en zonas rurales del Sahel y también en la costa de África Occidental”, dice Smirnova.

7. Irlanda y el Atlántico norte

Ningún flanco de la UE parece a salvo del inquietante perfil del equipamiento militar ruso. En el extremo occidental, el paso de buques de guerra rusos procedente del mar del Norte es cada vez más frecuente en el canal de La Mancha. En 2021, aumentaron un 30% en relación con el año anterior. Y a principios de este año Irlanda recibía con estupor el anuncio de unas maniobras navales de la armada rusa en sus aguas de zona económica exclusiva. Las protestas de Dublín lograron que Moscú desplazase la operación “para no dañar las actividades pesqueras de la flota irlandesa en una de sus zonas tradicionales de faneo”, según señaló la embajada rusa en Irlanda. El país más occidental de la UE teme además los ataques híbridos, en particular los cibernéticos, que podrían apuntar a su creciente industria tecnológica, según señala un informe de febrero de la Comisión de Defensa, un órgano creado por Dublín para evaluar los posibles riesgos de seguridad.

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El presidente Vladímir Putin ha amenazado este jueves con congelar los activos de las compañías internacionales que han suspendido sus actividades en Rusia tras la invasión de Ucrania. El Ministerio de Economía prepara una serie de medidas para persuadir a las empresas de que retomen sus operaciones o se enfrenten, incluso, a posibles nacionalizaciones.

Goldman Sachs había anunciado que abandona el país, poco antes de que trascendiera la declaración de Putin a través de las agencias de información rusas. Es el primer gran banco de Wall Street que toma esta decisión. Al éxodo empresarial de Rusia se ha unido también la japonesa Uniqlo, aunque recientemente había defendido la continuidad de su actividad en el país, esgrimiendo problemas logísticos.

“Respecto a las empresas que planean cerrar sus plantas de producción, debemos actuar de forma firme”, ha dicho Putin en una reunión por videoconferencia con miembros del Gobierno. “De ninguna forma podemos tolerar que se ocasionen perjuicios a los proveedores rusos”, ha añadido. “Si es necesario, llevaremos gestores externos y transferiremos esas empresas a los que realmente quieren trabajar”. El presidente ruso considera que hay “suficientes instrumentos legales y de mercado para ello”, y que no hace falta recurrir a “acciones arbitrarias”.

El Ministerio de Economía ha difundido un comunicado en el que indica que preparara nuevas medidas para poder tomar el control temporal de las compañías que dejen Rusia en las que el capital extranjero sea superior al 25%, según informa la agencia Bloomberg. Un juzgado puede atender las peticiones de miembros del consejo de dirección de las empresas o de otros interesados para pedir que se envíen gestores externos para llevar el día a día. Después, se pueden congelar las acciones de las compañías participadas por capital extranjero como parte de los esfuerzos del Kremlin de mantener la propiedad y el empleo. Los propietarios dispondrán de cinco días para reanudar la actividad o evaluar otras opciones como, por ejemplo, vender su participación.

No se conocen muchos más detalles sobre la iniciativa rusa, ni cómo afectará a las empresas que tienen 100% capital extranjero. Se trata de la primera respuesta explícita ante el éxodo de firmas occidentales tras la invasión de Ucrania, tanto por motivos de reputación corporativa, como por las dificultades logísticas derivadas del conflicto y las sanciones impuestas por la UE, EE UU y el Reino Unido.

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La lista de empresas occidentales que han suspendido sus operaciones, de una u otra forma, en Rusia es cada vez más larga: Coca-Cola, PepsiCo, McDonald’s, Unilever, Volkswagen, Inditex, Mango, Ikea, entre muchas otras. Las empresas que resisten son sobre todo cadenas hoteleras internacionales —aunque Marriott, Hilton y Hyatt han cerrado sus oficinas y frenado las operaciones de expansión que tenían en marcha— y empresas alimentarias como Danone. “Tenemos una responsabilidad con las personas a las que alimentamos, los agricultores que nos proporcionan leche y las decenas de miles de personas que dependen de nosotros”, ha señalado el consejero delegado de Danone, Antoine de Saint-AffriqueSaint-Affrique, en declaraciones a Financial Times.

Putin ha admitido que las sanciones han tenido un impacto en Rusia, pero ha asegurado que la economía se adaptará con el tiempo. También ha dicho que las sanciones se hubieran impuesto igualmente, independientemente de la guerra en Ucrania. Rusia, ha afirmado, continuará cumpliendo con sus obligaciones contractuales en relación al suministro de energía, en referencia a unas declaraciones realizadas esta semana por el viceprimer ministro Alexander Novak en las que advertía que Moscú tenía la opción de cortar la venta de gas a Europa.

El presidente de Rusia, Vladímir Putin. Vídeo: EPV

Pero lo cierto es que el Kremlin necesita ese dinero (700 millones de euros al día) sobre todo ahora que afronta el impacto de las sanciones, y que Estados Unidos y el Reino Unido también han anunciado el bloqueo de la compra de petróleo ruso. Rusia se encuentra ante el riesgo inminente de suspensión de la deuda externa, debido a que las sanciones han cortado el acceso a sus reservas en dólares y otras divisas como el euro para pagar a sus acreedores, una medida que tendría efectos devastadores para su economía. Fitch Ratings degradó este miércoles la calificación del crédito ruso hasta el nivel de bono basura, siguiendo a decisiones similares tomadas recientemente por Moody’s y S&P Global, las otras grandes firmas de rating.



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“Estamos creando un ejército digital”, escribía en Twitter el ministro encargado de asuntos digitales de Ucrania, Mykhailo Fedorov, el 26 de febrero. Hacía dos días de la invasión rusa, y el dirigente prometía una lista de tareas para “talentos digitales” de todo el mundo. Fedorov daba un enlace en Telegram de una cuenta que esta semana tenía ya más de 300.000 miembros. Unirse no implica ningún tipo de acción posterior, pero los encargados de su gestión no dejan de sugerir ataques concretos: bloquear páginas de ferrocarriles rusos, analizar correos electrónicos obtenidos mediante pirateo de miembros del Parlamento ruso o de webs de gobiernos regionales rusos. “Por favor, echadnos una mano. Haremos un chat de grupo para compartir pensamientos creativos y abordar la guerra de la información. Todos podéis uniros”, dice un mensaje en Telegram.

El otro gran grupo organizado es Anonymous. Desde el principio del conflicto, sus integrantes han ido proponiendo y ejecutando ataques con distinto éxito. Una ocurrencia fue llenar las reseñas de restaurantes en Google Maps Rusia y Bielorrusia con frases sobre la invasión. Era un ciberataque para hacer llegar información a los ciudadanos directamente. A pesar de no tener pruebas de que la acción hubiera tenido éxito, Google anunció que limitaba ese servicio: “Debido a un aumento reciente en el contenido aportado en Google Maps relacionado con la guerra en Ucrania, hemos implementado protecciones adicionales para monitorear y prevenir el contenido que viola nuestras políticas para Maps, incluido el bloqueo temporal de nuevas reseñas, fotos y vídeos en Ucrania, Rusia y Bielorrusia”, explican fuentes de la compañía.

También se atribuye a Anonymous haber pirateado centenares de cámaras de videovigilancia en Rusia para lanzar mensajes en contra de la invasión de Ucrania e “instar a los civiles a combatir” al Kremlin, según comprobó un reportero de Bloomberg. O que en algunas estaciones de recarga de coches eléctricos de Moscú se exhibiese en las pantallas del surtidor mensajes como “Putin es un capullo” o “Gloria a Ucrania”. Y una campaña masiva de spam mandada a rusos al azar en la que se “cuenta la verdad sobre la guerra de Ucrania”.

Anonymous no es una organización estructurada ni cerrada. Para unirse a este grupo solo hay que querer hacerlo o decir que se forma parte de él. EL PAÍS ha preguntado a una cuenta de Twitter en español con decenas de miles de seguidores y creada en 2020 si era la cuenta “oficial”. No es la más numerosa, pero sí la que tuitea sobre Ucrania a diario. Su respuesta ha sido: “Todos somos un equipo, no hay Anonymous oficial”. Eso hace que cualquier individuo u organización pueda operar bajo esa denominación.

“No tienen una estrategia bien definida, entre otras cosas porque la idea propia del grupo es que ni ellos mismos saben quiénes son. Cualquier persona puede ser de Anonymous siempre que comulgue con sus valores”, explica Andrea G. Rodríguez, investigadora principal en tecnologías emergentes en el centro de estudios European Policy Centre de Bruselas.

Un grupo llamado Ciberpartisanos de Bielorrusia, por ejemplo, anunció al principio del conflicto que había saboteado servicios de trenes que transportaban tropas rusas en Bielorrusia, sin que se sepa su alcance exacto. También se han filtrado los chats de más de un año de Conti, un grupo de ransomware (un tipo de software malicioso que secuestra un sistema y lo libera cuando se abona un rescate), que anunció su apoyo a la invasión rusa. De nuevo, nadie sabe con certeza quién está detrás: la filtración fue a través de una cuenta de Twitter y en la trastienda hay presuntamente un “patriota ucranio” investigador en ciberseguridad.

Esta enorme amalgama de nombres y acciones es nueva y tiene consecuencias imprevisibles: “Es algo sin muchos precedentes”, dice Lukasz Olejnik, investigador y consultor independiente en ciberseguridad y exasesor de ciberguerra del Comité Internacional de la Cruz Roja en Ginebra. En el caso del ciberejército ucranio, añade, “parece que esté algo dirigido desde arriba, pero no está claro si los efectos reales de esas actividades tienen alguna contribución significativa en el conflicto armado”.

Tampoco se sabe en qué países hay más ciberactivistas de Anonymous ni qué grado de cooperación tienen entre ellos. Sí se conocen subgrupos regionales. En España, por ejemplo, el último informe de hacktivismo del Centro Criptológico Nacional (CCN-CERT), la rama del CNI dedicada a la ciberseguridad, destaca tres. Anonymous España, Anonymous Catalonia, que desde el 1 de octubre de 2017 realizó varias operaciones de difusión de información sensible, como la revelación de datos personales de afiliados a Vox en Sabadell, y la 9ª Compañía de Anonymous, a la que se le dedica un epígrafe aparte. Así les llama el CCN-CERT, aunque ellos se autodenominan La Nueve. “Somos una perspectiva finita dentro de un concepto mucho más amplio como es Anonymous que escapa a toda delimitación. (…) No somos más que un cuestionamiento que busca poner fin a tantas asunciones trasnochadas que perpetúan el imperio de la violencia institucionalizada o capitalismo a través de internet”, se definen en una entrevista publicada en su Tumblr.

Pese a la espectacularidad del vídeo en el que Anonymous anunció el lanzamiento de la Operación Rusia, sus capacidades reales son relativas. “Son más saboteadores que otra cosa. Sobre el papel no tienen medios para realizar un ciberataque fuerte, como entrar en los sistemas del Kremlin, bloquear una red eléctrica o tomar el centro de control ruso de los drones militares que se usan en Ucrania”, subraya Rodríguez.

“Parece que hasta el momento no hay ciberataques de alto impacto”, añade Olejnik. “Excepto quizás dos eventos, uno de los cuales es la supuesta inhabilitación de internet por satélite KA-SAT el día del inicio de la invasión. El otro efecto significativo es la interrupción (supuestamente) de los procesos de flujos de refugiados debido al ciberataque que borró los sistemas informáticos del control fronterizo” el día antes de la invasión, añade.

El informe del CCN-CERT considera que la realidad hacktivista en España “está conformada por identidades individuales de nula o baja capacitación técnica como ciberamenazas, con débil o inexistente colectivización o identidad de grupo, y motivadas fundamentalmente por lograr notoriedad mediante menciones en redes sociales”. Desde el punto de vista de este organismo, la amenaza es igualmente descafeinada en el ámbito internacional.

¿Y si hay un Gobierno detrás?

Los grupos de hacktivistas tienen un halo de justicieros del ciberespacio que causa respeto entre la comunidad de piratas informáticos e incluso entre la población no iniciada en ordenadores. No es casual que Anonymous, el grupo más famoso, tenga como imagen la careta de Guy Fawkes usada en la película V de Vendetta, todo un símbolo para la generación milenial de la resistencia ante la tiranía. Ese prestigio puede resultar goloso para quienes quieran llevar a cabo acciones muy específicas en el ciberespacio sin revelar su identidad. Porque, además de su reputación, el hecho de que se mantengan en el anonimato pone más fácil suplantarlos. Se desconoce si los servicios secretos de algún país se han hecho pasar alguna vez por un grupo de hacktivistas para encubrir un ciberataque. De lo que sí se tiene constancia es de que lo ha hecho al menos una APT, un grupo organizado de ciberpiratas profesionales supuestamente patrocinado por gobiernos.

Sucedió en 2017 en el mismo escenario hacia el que se dirigen actualmente todos los focos: Ucrania. El grupo ruso Voodoo Bear, que ese mismo año lanzó en el país el virus NotPetya, originalmente diseñado para afectar al software de contabilidad más usado en la antigua república soviética y que luego se extendió por medio mundo, llevó a cabo una serie de ataques dirigidos a sabotear las redes de comunicaciones bajo el nombre de F Society, un grupo ficticio de ciberactivistas sacado de la serie Mr. Robot. Esa fue la primera vez que esta APT realizó un ataque de falsa bandera, según contó a EL PAÍS Adam Meyers, responsable de inteligencia de CrowdStrike.

Una década antes, en 2007, Estonia sufrió una serie de ciberataques que bloquearon la arquitectura digital del país cuando las autoridades decidieron trasladar un monumento soviético a una parte menos visible de Tallin, la capital. Si bien los ataques partieron de cientos de ordenadores personales localizados en decenas de países y se coordinaron en foros de internet, la OTAN sospecha que Moscú estuvo detrás de la operación. El Kremlin siempre lo negó.

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