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En el número 72 de la calle de Pushkin de Yitómir vivían 94 familias. Eso era antes del pasado 4 de marzo, cuando un misil ruso cayó a 50 metros del edificio, sobre la Escuela número 25 de esta ciudad del norte de Ucrania. El colegio quedó arrasado y los bloques de viviendas de la calle de Pushkin, dañados. Hoy continúan residiendo en el edificio unos 20 inquilinos, asegura la familia Horovetz. La mayoría abandonó el lugar.

Los Horovetz son los únicos que la mañana del pasado martes buscaron cobijo en los sótanos del bloque cuando sonaron las alarmas de un posible ataque aéreo. “Hace tan solo una semana, el refugio estaba lleno con los pocos que continuamos aquí, pero la mayoría ha vuelto al trabajo, es lo que pidió el alcalde”, comentaba Mikhailov, el padre.

Aula de la Escuela número 25 de Yitómir, completamente destruida por un misil ruso el pasado 4 de marzo.
Aula de la Escuela número 25 de Yitómir, completamente destruida por un misil ruso el pasado 4 de marzo. Albert Garcia (EL PAÍS)

Yitómir (unos 266.000 habitantes) se ubica a 130 kilómetros al oeste del frente de Kiev, la capital de Ucrania. Un 40% de su población huyó de la ciudad hacia las regiones más seguras del oeste del país o hacia el extranjero. Al norte de la provincia de Yitómir se han producido algunos de los enfrentamientos armados más intensos de la guerra contra el invasor ruso.

La urbe ha sufrido ataques devastadores en su casco urbano, como el que el pasado 2 de marzo dejó sin hogar a Alexandr Korniichuck. Si alguien no cree en los milagros, afirma Korniichuk, debería visitar el lugar en el que se situaba la casa de dos plantas que heredó de sus padres. Él y su esposa se encontraban en el edificio, ahora en ruinas. Su hijo de 12 años se había trasladado poco antes a vivir con sus abuelos en el campo. Los rescataron bajo los escombros, una pared maestra les salvó. En lo que era el patio de la comunidad de vecinos está su coche volcado y destrozado. Su mujer tiene problemas auditivos por el estallido y él estuvo tres semanas sin trabajar. Volvió a su empleo como técnico de la empresa de telefonía móvil Lifecell hace unos pocos días: “Yo volví a nacer el 2 de marzo, ahora lo que necesito es ingresar dinero, y mi país necesita conexiones telefónicas”.

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Serhii Sukhomlin, el alcalde de Yitómir, es un militar retirado que se prodiga en mensajes patrióticos en sus redes sociales. Sobre la mesa tiene un fusil y en el respaldo de su silla, el chaleco antibalas. Su misión hoy es que sus conciudadanos vuelvan al tajo. En lo mismo ha insistido el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski: la actividad económica debe funcionar donde sea posible.

En Yitómir volvió a ponerse en funcionamiento la semana pasada la red de transporte público de autobús y trolebús. Cada pocas horas se interrumpe el servicio por las alarmas de ataques aéreos, pero la ciudadanía lo acepta estoicamente. Sukhomlin y su equipo se instalan en un pasillo de la primera planta del ayuntamiento cuando suenan las sirenas. “La gente se está adaptando, fíjese que ahora muchos ni bajan a los refugios”, explica Víktor Kliminskii, secretario del pleno municipal.

Serhii Sukhomlin, alcalde de Yitómir, el miércoles, en su despacho bajo una fotografía del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, y con su fusil Kaláshnikov encima de su escritorio.
Serhii Sukhomlin, alcalde de Yitómir, el miércoles, en su despacho bajo una fotografía del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, y con su fusil Kaláshnikov encima de su escritorio.
Albert Garcia (EL PAÍS)

Kliminskii se mueve por la ciudad con un uniforme de camuflaje y un kaláshnikov colgado del hombro. Pone como ejemplo el mercado municipal, que progresivamente va recuperando sus puestos. “Aquí también se ganan batallas”, dice, y confirma que poco a poco hay más vecinos que regresan a la ciudad. Sukhomlin avanza que quieren iniciar cuanto antes la construcción de viviendas para quienes han perdido sus hogares y sobre todo para los miles de familias de desplazados del este del país que se establecerán en la zona. “Muchos de ellos no volverán a sus provincias, que son las que sufrirán más tiempo las consecuencias de la guerra”, dice el alcalde.

La música de una banda de rock truena en el templo evangélico El Mandamiento de Jesucristo. Las letras que cantan son letanías patrióticas en las que piden a Dios que les ayude a vencer al mal. La Iglesia evangélica tiene una presencia significativa en las provincias alrededor de Kiev y en Yitómir cuenta con un millar de feligreses. Solo quedan 400, resume Kostia Dekhtiazenko, ayudante del pastor, pero sus oficios han pasado de ser semanales a diarios por la necesidad de la población de reencontrarse. Dekhtiazenko cree que la gente tiene menos miedo: “Ahora, cuando cae un misil, enseguida volvemos a la actividad; hace un mes, nos quedábamos bloqueados”.

Los feligreses de la iglesia evangélica de Yitómir disfrutaban el miércoles de un concierto de rock para acompañar el oficio religioso que ha pasado de ser semanal a celebrarse todos los días con el fin de ofrecer a la comunidad un lugar de encuentro.
Los feligreses de la iglesia evangélica de Yitómir disfrutaban el miércoles de un concierto de rock para acompañar el oficio religioso que ha pasado de ser semanal a celebrarse todos los días con el fin de ofrecer a la comunidad un lugar de encuentro.
Albert Garcia (EL PAÍS)

DJ Maughfling es un empresario británico que podría estar en su casa en Eslovaquia, donde reside su mujer, o en el Reino Unido, su país, pero prefiere continuar en Yitómir. En las afueras de la ciudad tiene la planta de producción de su empresa, Supersprox, una compañía de piñones y platos para motocicletas. El día que empezaron las hostilidades provocadas por Rusia, el 24 de febrero, Maughfling se encontraba en Eslovaquia. A la mañana siguiente, partió de regreso a Yitómir. “Esta es una pequeña compañía familiar, nos conocemos todos, sabemos de nuestras vidas”.

Supersprox es una de las pocas fábricas de la región que no detuvo la producción. Su directora financiera, Viktoria Polishcuk, enumera cinco empresas de capital extranjero que han reiniciado la actividad siguiendo su ejemplo. “No podíamos parar porque este no es un país rico, no es como en la Unión Europea, que con la pandemia del coronavirus repartió millones de ayuda”, recuerda Maughfling. “Aquí, si no cobran la nómina, no tienen nada, y si el Estado no ingresa impuestos, tampoco podrá afrontar el conflicto”. Este empresario británico admite que la situación le produce respeto, y no es para menos: la vecina fábrica de Izovat, un gigante del sector de aislantes térmicos, fue parcialmente destruida por un misil ruso. “Tenemos que controlar el miedo. Los que trabajan aquí saben que la situación es peligrosa, pero creen que es mejor estar ocupados que en casa todo el día mirando noticias, volviéndote loco”.

De los 74 empleados que tenía Supersprox, ahora hay 40 activos; los que faltan están alistados, ejercen de voluntarios o abandonaron la ciudad. La producción solo ha caído un 30%, afirma la dirección, porque se han sumado a la línea de producción el resto de departamentos, desde los diseñadores a los técnicos de láser. Les quedan pocos meses de existencias de aluminio y acero. Su principal proveedor de acero se encuentra en Mariupol, la ciudad más castigada por la agresión rusa. Tienen, además, tres contenedores de aluminio bloqueados en el puerto de Odesa, en Turquía y en China. No saben cómo pueden hacerlos llegar a Yitómir, concede Polishchuk, pero saben que lo conseguirán. “La pandemia nos inculcó la mentalidad de tirar hacia adelante”, asegura ella. “También nos decían que no encontraríamos camiones para transportar nuestros productos hacia Polonia, y ya hemos realizado dos envíos”, añade Maughfling.

Un obrero trabaja en los talleres de la fábrica Supersprox dedicada a la fabricación de componentes para motos en la ciudad ucrania de Yitómir.
Un obrero trabaja en los talleres de la fábrica Supersprox dedicada a la fabricación de componentes para motos en la ciudad ucrania de Yitómir.Albert Garcia (EL PAÍS)

El ayuntamiento confirma que las compañías que siguen operando, algunas con hasta 3.000 empleados, deben seguir estrictas medidas de seguridad: los empleados no pueden tener activado el geolocalizador del móvil porque si el enemigo detecta una concentración elevada de personas en un punto concreto, puede identificarlo como un objetivo. También se han reforzado los elementos de blindaje de instalaciones que no pueden dejar de estar vigiladas por el personal, como una fábrica de papel que hay en la demarcación.

Los controles militares de carretera o de búsqueda de saboteadores son un obstáculo también para el transporte de mercancías. Los que se salvan son los agricultores: los tractores van de un lado a otro en dirección a los campos, sorteando los controles con un saludo, como si fueran viejos conocidos, sin detener su ruta para sembrar un paisaje llano y cosido con interminables plantaciones de cereales.

Una brigada de limpieza barría el miércoles las calles de esta localidad del norte de Ucrania, a pesar de la guerra.
Una brigada de limpieza barría el miércoles las calles de esta localidad del norte de Ucrania, a pesar de la guerra. Albert Garcia (EL PAÍS)

Las brigadas de limpieza que ponen la ciudad a punto cada mañana también detienen la actividad durante los reiterados avisos de posible ataque aéreo y luego la reemprenden. Hay equipos de voluntarios que desbrozan y limpian las orillas del río Teteriv, el pulmón verde de la ciudad. “La gente necesita sentirse útil, y cuando coinciden con más personas como ellos, se convierte en una suerte de terapia”, asegura Sukhomlin. El alcalde subraya que la ciudadanía ha asumido que acaban de empezar “una etapa que durará mucho tiempo”, la de convivir con la guerra.

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Camila se abraza a su padre. Le premia con besos, caricias, sonrisas… Anton se pasa a la niña de los hombros a los brazos. La levanta por los aires buscando entretenerla mientras le devuelve tanto cariño. Ambos juguetean mientras Elisabeth, la madre, hace cola ante la ventanilla número uno de venta de billetes de la estación de trenes de Kiev. Anton, de 30 años y con el rifle colgando de su espalda, está a punto de despedirse de su mujer y su hija. Ellas se van a Polonia. Él se queda en el frente de Irpin, una de las zonas clave desde donde se ha evitado la toma de Kiev.

La capital de Ucrania trata de adaptarse a una nueva realidad superadas las primeras semanas de guerra en las que los carros de combate rusos no han logrado tomar el centro de la ciudad y derribar el Gobierno del presidente Volodímir Zelenski. La urbe y sus habitantes —la mitad aproximadamente de los tres millones se han ido ya— no logran vivir ajenos a la guerra. Pero tampoco paralizados como muchos se quedaron los primeros días de la invasión del país por tropas rusas el 24 de febrero. Por eso, de una u otra manera, la existencia de todos ellos pasa por vivir bajo la amenaza permanente de un ataque.

No hay según los kievitas a pie buenas intenciones de Moscú en las negociaciones que se llevan a cabo en Turquía entre ambos gobiernos. El anuncio del Kremlin de que va a reducir el hostigamiento a Kiev y Chernihiv, una ciudad muy castigada, no es recibido con optimismo.

La vida ha de seguir mientras tanto su curso. Una de las últimas decisiones la tomó el lunes el alcalde, Vitali Klistchko, que anunció que los alumnos retomaban las clases de manera telemática. Muchos lo han hecho lejos de sus colegios, de su ciudad y hasta de su país. Ya antes algunas universidades, aprovechando la experiencia de la pandemia, habían decidido la vuelta en remoto.

A través de la pantalla, Julia Pidipryhora, licenciada en Filología Española, explica estos días a sus 80 alumnos el Desastre del 98. Al menos tres atienden conectadas desde España. Otros lo hacen desde Polonia o Italia. La mayoría desde fuera de Kiev. “No creo en nada de lo que dicen los rusos. No podemos fiarnos”, añade en perfecto español haciendo gala de las asignaturas que imparte desde hace un cuarto de siglo pese a que el salario público de Ucrania, lamenta, le impide viajar a España desde hace un par de décadas. Y ahora no está en su agenda, pese a que más de tres millones y medio de compatriotas han dejado el país en estas semanas de conflicto. “No pienso salir por el capricho de un loco que quiere adueñarse de mi país”, resuelve esta profesora refiriéndose al presidente Vladímir Putin.

Con mucha menos afluencia porque muchos habitantes se han ido, este mercadillo semanal del barrio de Galagany (Kiev) sigue atrayendo algunos clientes
Con mucha menos afluencia porque muchos habitantes se han ido, este mercadillo semanal del barrio de Galagany (Kiev) sigue atrayendo algunos clientesLuis de Vega

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En Kiev, los principales supermercados siguen funcionando y no hay escasez importante de alimentos; la espera en las gasolineras no es de horas como cuando se pensaba que había que tener el coche lleno por si había que irse a toda velocidad ante una inminente llegada de los rusos. El suministro de agua, luz y calefacción se mantiene. Hoy, sin embargo, sigue habiendo colas en las farmacias, en entidades bancarias o en oficinas de envío y recepción de paquetes, lo que contrasta con las calles medio desiertas. En el barrio de Galagany, el mercadillo semanal agrupaba este martes a una decena de puestos y a unos puñados de clientes. Víctor reconoce mientras despieza a cuchillo carne de cerdo y cordero para despacharla que trata de mantener los precios, pero que hay muchos días en los que no pueden desplazarse y trabajar.

La estación de trenes está lejos de las jornadas en las que decenas de miles de personas se agolpaban a la búsqueda de una plaza que los alejara de la capital. Anton cuenta con Camila en brazos que trabajaba de camionero para una empresa polaca. El comienzo de la guerra le pilló por sorpresa en carreteras francesas. Llevaba seis meses sin ver a su familia. Dio media vuelta y hace ya un mes que regresó para empuñar las armas y defender a su país. La guerra ha supuesto para ellos una vuelta de tortilla. Anton está ahora en Ucrania y su mujer y su hija, en el extranjero. Como él, muchos otros han cambiado su ocupación para adaptarla a los nuevos tiempos.

Decenas de voluntarios cubren con sacos de arena el monumento a la princesa Olga en el centro de Kiev para protegerlo de posibles ataques rusos
Decenas de voluntarios cubren con sacos de arena el monumento a la princesa Olga en el centro de Kiev para protegerlo de posibles ataques rusosLuis de Vega

Boris es un abogado reconvertido en voluntario al servicio del Ayuntamiento que está en contra de que Kiev negocie nada con Moscú. No, al menos, antes de que su Ejército ponga fin a la ocupación de Ucrania. En la mañana del lunes, con sus manos cubiertas con guantes, Boris ayuda a cubrir de sacos terreros el monumento de la princesa Olga, en el centro de la ciudad. Junto a él, varias decenas de hombres y mujeres se afanan en llenar los sacos, con el logotipo de una empresa brasileña y originalmente destinados a uso alimentario.

Entre ese ir y venir se encuentra Paul, un guardabosques austriaco de 42 años al que la primera ola de la pandemia dejó en paro. Ahora Kiev, señala, le ha sacado de la depresión. Paul vive acogido desde hace un par de semanas en casa de un particular y se ha puesto a disposición de quien requiera su ayuda. No va a unirse a los extranjeros que se van al frente, lo tiene claro. Se ofrece tanto para llenar sacos como para lavar cacharros en una cocina. “Trato de demostrar que podemos cambiar la sociedad. Mi país ya pasó hace 80 años por una gran jodienda, con perdón”, recalca dejando claro su discurso pacifista. “No quiero tocar un arma”.

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A inicios de la semana pasada, la justicia de Nicaragua, controlada por el presidente Daniel Ortega, condenó a ocho años de prisión a la opositora Cristiana Chamorro, tras desarrollar un juicio plagado de irregularidades. A la que fuera candidata presidencial se le achacó el cargo de “lavado de dinero”. Dos días más tarde, el embajador de Nicaragua ante la Organización de Estados Americanos (OEA), Arturo McFields Yescas, denunció las arbitrariedades de lo que considera la “dictadura” de Ortega y ha abogado por la liberación de los más de 170 presos políticos del régimen. El periodista de EL PAÍS experto en Nicaragua, Carlos Salinas Maldonado, disecciona los puntos clave de la crisis nicaragüense.

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Mijaíl Fridman, en 2019.
Mijaíl Fridman, en 2019.LETTERONE (Europa Press)

El oligarca Mijaíl Fridman (ciudadano de Rusia e Israel nacido hace 57 años en la ciudad ucrania de Lviv) se muestra escéptico sobre la utilidad de las sanciones que Occidente ha impuesto al empresariado ruso, entre ellos él mismo, como respuesta a la invasión de Ucrania. “El populismo es muy atractivo, pero desde el punto de vista práctico las sanciones son contraproducentes porque empujan a estos empresarios a volver a Rusia, puesto que no pueden ir a otra parte”, señala en una conversación con este periódico desde Londres, donde reside desde 2015.

Fridman se siente confinado. El magnate ha dejado sus cargos en empresas, incluido el consejo de administración de LetterOne, grupo de inversión en el que él y su socio Petr Aven controlan algo menos del 50%. LetterOne posee el 77% de la cadena de supermercados Dia. Sus tarjetas de crédito han sido bloqueadas y no puede desplazarse a países de la Unión Europea. “Las autoridades de Gran Bretaña deben asignarme una determinada suma para que pueda ir en taxi y comprar comida, pero será una cantidad muy limitada en relación al coste de la vida en Londres. No sé aún si me bastará para vivir normalmente, sin excesos. Ni siquiera puedo invitar en un restaurante. Tengo que comer en casa y prácticamente me encuentro bajo arresto domiciliario”, dice.

Cuenta el empresario que no sabe aún si podrá seguir manteniendo la casa que compró y restauró cuando se trasladó a la capital británica junto con su familia en una época en la que ya había comenzado el clima de inestabilidad para las inversiones en Rusia. Uno de los fines de su mudanza a Londres era diversificar los activos que había obtenido en la venta (a la empresa estatal Rosneft) de su participación en el gran consorcio petrolero privado TNK-BP. “No está claro que pueda seguir viviendo en Londres o si me veré obligado a irme, algo que ahora no puedo y no quiero hacer por muchas causas”, señala.

“A Occidente no le irá mejor si obliga a muchos brillantes e interesantes empresarios a marcharse a Rusia, en lugar de integrarlos más e intentar que adopten alguna posición, aunque es evidente que el empresariado privado tiene una influencia nula sobre [Vladímir] Putin”, afirma.

Fridman califica de “idiotez” la opinión según la cual los oligarcas pueden obligar al presidente ruso a interrumpir la guerra, una palabra que elude, ya que prefiere referirse a esta realidad sangrienta con eufemismos y expresiones tales como “catástrofe” o “lo que sucede (en Ucrania)”.

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“No estoy dispuesto a que corran riesgos las numerosas personas que dependen de mí”, dice, refiriéndose al contingente de 400.000 a 500.000 empleados que, según él, trabajan o están relacionados con sus compañías en Rusia.

Opina Fridman que, si bien los empresarios privados no pueden influir sobre Putin, sí podrían, en cambio, “intentar trasmitir su punto de vista si tuvieran más libertad de elección”. En las actuales condiciones “los sancionados tendrán que volver a Rusia, donde no les quedará más salida que ser absolutamente leales, y donde seguirán trabajando, porque son gentes enérgicas, brillantes y con talento, y fundarán negocios y crearán puestos de trabajo”, señala.

La conversación se asemeja a un paseo por la cuerda floja, en el que cualquier pérdida del equilibrio —en este caso verbal— puede tener graves consecuencias, sea cual sea la dirección de la caída. En Occidente, las sanciones; en Rusia, la reacción de sus irascibles dirigentes. Fuentes moscovitas afirman que el personal de diversos empresarios rusos residentes en Occidente ha comenzado a ser interpelado por los servicios de seguridad, interesados en saber si sus patrones tienen intención de regresar a la patria.

Insiste el oligarca en la necesidad de que Occidente comprenda que “existen distintos rusos y que no se puede castigar a todos”. “Occidente debe ser más inteligente, porque castigar a los rusos solo por el hecho de ser rusos incrementa la confrontación y también el número de partidarios de la política antioccidental en Rusia”.

“Llevo ocho años en Londres, he invertido miles de millones de dólares en Gran Bretaña y otros países europeos y la respuesta a esto es que me lo confiscan todo y me echan”, se queja. Los oligarcas no están unidos por un sentido gremial. “No existe un club de oligarcas. Todos somos gente diferente. Para tener una iniciativa hay que hablar con alguien y lo más horrible es que nadie aquí habla con nosotros”, exclama Fridman,

“Nos dedicábamos exclusivamente a los negocios y nunca quisimos acercarnos al poder, siempre intentábamos mantenernos a distancia y no participábamos en ninguna discusión que no se refiriera directamente a las condiciones de gestión del negocio. Nos propusimos mantener una relación constructiva con las autoridades y no entrar en ningún conflicto con ellas. Putin no admitía ninguna discusión sobre política interior”, explica sobre sus actividades empresariales en Rusia.

En 2003, cuando Putin marcó los límites al oligarca Mijaíl Jodorkovski (que acabó encarcelado), quedó claro que “cualquier participación en la vida política era inaceptable”. “A partir de entonces no apoyamos a ningún político, porque considerábamos que hubiera sido una transgresión del marco que el Kremlin exigía del empresariado”, continúa.

Aunque asegura no haber financiado a partidos políticos, Fridman afirma haber hecho una excepción con Boris Nemtsov, de la Unión de las Fuerzas de Derechas (SPS, en su abreviatura rusa) cuando esta formación estaba aún representada en la Duma Estatal (Cámara baja del Parlamento). Lo hizo, dice, “porque esta fuerza estaba orientada a la empresa privada”. Y por un segundo motivo: “Nemtsov era muy buen amigo mío, un verdadero político, absolutamente honrado, incorruptible y abierto”. El político fue asesinado al lado del Kremlin en febrero de 2015.

El oligarca admite que “algunas sanciones económicas pueden ser eficaces, porque presionan sobre la economía rusa y en consecuencia influyen en la opinión de los líderes del país. “Pero las sanciones contra empresarios privados no tienen sentido, porque la mayoría de ellos han hecho su negocio gracias a su talento, esfuerzo y cualidades personales”, continúa.

Después de que Bruselas incluyera a Fridman en su lista negra de empresarios sancionados por su supuesta vinculación con Putin, el oligarca ha abandonado todos los cargos que detentaba, tanto en sus empresas como en entidades culturales en las que participaba. Esto incluye el consejo de administración del conglomerado LetterOne, (inversor en la cadena de supermercados Día en España y de Alfa Bank, el primer banco privado de Rusia). El empresario, varios de cuyos antepasados perecieron en el Holocausto, se retiró también del consejo de supervisión del Centro Conmemorativo del Holocausto Babi Yar, un proyecto inaugurado en octubre de 2021, en presencia del presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski. El memorial se encuentra en el lugar cercano a Kiev donde los ocupantes nazis exterminaron a cerca de 100.000 judíos de 1941 a 1943.

En enero, Fridman asistió en Madrid a una proyección de la película Babi Yar. Contexto, del ucranio Serguéi Loznitsa, organizada por la Fundación Hispano Judía. Entre los proyectos que el oligarca estaba dispuesto a cofinanciar poco antes de ser afectado por las sanciones, está una exposición de material gráfico inédito de la Guerra Civil Española, planeada por la Asociación de Aviadores de la República española (ADAR).

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Un grupo de 120 internos de un centro psiquiátrico de la región del Donbás llegó la tarde del domingo a Lviv, la capital de la retaguardia en el oeste de Ucrania. Ellos, y los voluntarios que esperaban con camillas y sillas de ruedas para ayudarles a desembarcar, sumaban unas 200 personas en el andén. Pese a la aglomeración, la escena se desarrollaba en un silencio que pesaba en el alma de los presentes. El grito repentino de alguno de los enfermos sacudía esta procesión de dolor a cámara lenta en la estación. Una miembro del equipo de bomberos alemanes se apartaba para llorar; un policía se secaba las lágrimas con disimulo. Los pacientes habían sido desalojados dos días antes de Severodonetsk, después de que un ataque ruso destruyera parte de las instalaciones hospitalarias en las que residían.

El sol del atardecer se iba apagando en el cielo de Lviv mientras los voluntarios transportaban a hombres y a mujeres que a duras penas podían dar un paso sin asistencia. El trayecto en tren, desde Kramatorsk, a mil kilómetros de distancia, duró un día entero. Había ancianos y minusválidos, hombres sin piernas o sin brazos. Sobre todo se contaban personas drogodependientes y veteranos de guerra, los dos grupos de riesgo que son especialidad de la institución evacuada, el Centro de Salud Mental de Severodonetsk. Tatiana Shapovalova, empleada de la organización y responsable del traslado, iba dando órdenes de un lado para otro. Sus lugartenientes eran dos mujeres que buscaban desesperadamente a médicos que les proveyeran de alguna medicación concreta que alguno de sus pacientes había perdido en el tren.

Paciente procedente del Centro Neurológico de Severodonetks, en el Donbás, a su llegada a la Estación Central de Lviv, en Ucrania.
Paciente procedente del Centro Neurológico de Severodonetks, en el Donbás, a su llegada a la Estación Central de Lviv, en Ucrania. Jaime Villanueva (EL PAÍS)

Quienes podían andar cruzaban el pasillo humano guiados por un voluntario. Las suyas eran miradas perdidas, de personas que no eran conscientes de dónde se encontraban, personas con una frágil salud a quien han expulsado de su espacio de seguridad. Pese a la desorientación, muchos agarraban con fuerza el poco equipaje que cargaban consigo, sin dejar que lo sujetara el personal de la estación. Descendían las escaleras que conectan las vías con los accesos a la estación y allí, en unos autobuses escolares, esperaban a que toda la comitiva hubiera salido del tren. Los autocares los trasladarían de noche a un centro psiquiátrico de Chernivtsi, a seis horas por carretera, no muy lejos de la frontera con Rumanía.

Los impactos de artillería rusa en las instalaciones sanitarias de Severodonetsk no han sido una excepción. El precedente más conocido fue el bombardeo de una maternidad en Mariupol. También se han producido ataques en otros centros psiquiátricos, uno de la localidad de Izyum, en la región de Járkov, y otro en Borodyanka, en Kiev.

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Traslado a Chernivtsi

Los internos esperaban sentados en los autocares, excepto aquellos que no podían valerse por sí mismos. Estos últimos yacían en las camillas, colocadas en fila en el suelo, y esperaban turno para que el personal médico les subiera a vehículos adaptados. Trabajadores de ONG repartieron dentro de los autobuses bandejas con la cena, y la comida fue devorada en cuestión de minutos. Luego, decenas de hombres dejaron sus asientos en los autocares para abalanzarse sobre un voluntario que repartía cigarrillos, mientras otro los iba encendiendo. “Fumar, en el caso de personas drogodependientes, calma muchísimo. En un momento como este, es una bendición”, explica Carlota Boyer, una psicóloga alicantina que ejerce estos días de voluntaria en la estación de tren de Lviv con la asociación cultural Causas Comuns.

Uno de lso pacientes del Centro Neurológico de Severodonetks, en el Donbás, a su llegada a la Estación Central de Lviv, en Ucrania.
Uno de lso pacientes del Centro Neurológico de Severodonetks, en el Donbás, a su llegada a la Estación Central de Lviv, en Ucrania. Jaime Villanueva (EL PAÍS)

Boyer tiene experiencia en asistencia en centros penitenciarios, pero también en crisis humanitarias. Para personas con trastornos psiquiátricos, dice, “la situación puede ser cuatro veces más estresante que para los demás”. “Ellos necesitan su rutina, saber dónde está el baño, cuándo hay que comer. Las caras desconocidas, también la mía por mucho que les sonría, les hacen sentir incómodos”. Boyer recuerda de la llegada de los pacientes de Severodonetsk y como muchos insistían con la misma pregunta: a dónde iban.

Kiril Dovzhik es un veinteañero que lleva cuatro días en la estación de tren de Lviv sirviendo como voluntario del Servicio de Defensa Territorial, en el departamento de reservistas y voluntarios de Ucrania. Él es de Zaporiyia, donde trabajaba como profesor de bailes latinos. En esa ciudad y su región se están produciendo choques entre el Ejército ucranio y el invasor. Por eso decidió trasladarse con su madre al Oeste, a una zona más seguras. A Zaporiyia se están trasladando en los últimos días miles de civiles procedentes de Mariúpol, la urbe más castigada por la guerra. Dovzhik explica que los testimonios de los desplazados de Mariupol que llegan a Lviv son descorazonadores; cita el caso de una familia que le relató cómo intentaron salvar su casa incendiada en un bombardeo con cubos de agua. Pero Dovhzik confirma que hasta el momento no había presenciado nada como esta comitiva del centro psiquiátrico de Severodonetsk: “Piense que soy bailarín profesional, antes de la guerra me dedicaba a dar clases de chachachá o de tango; es difícil estar preparado para algo así”.

Con los internos viajan también los familiares de las enfermeras. Dos hermanas adolescentes aguardaban a la partida de los autobuses con una jaula en la que tenían a sus mascotas, dos ratas. Algún paciente pedía acariciar a los animales y ellas los sacaban de la jaula. A Shapovalova la esperaba en Lviv su nieta y los padres de esta. Se habían mudado del Donbás cuando estalló la guerra de 2014 entre los separatistas prorrusos y el Gobierno ucranio. La niña tenía por entonces 10 años, ahora tiene 18. Acompaña a su abuela haciendo llamadas o traduciendo del ucranio al inglés. Su nombre, dice, es Dasha, pero su madre la corrige: ella se llama Daryna, “lo de Dasha se ha acabado”. Dasha es el diminutivo en ruso de su nombre. Ellos son de una región en el Donbás en la que ruso es el principal idioma de la población local. “Ahora ya no quieren saber nada del ruso o de Rusia”, dice Daryna, antes Dasha.

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Uno de los organizadores del Jamming Festival en Ibagué bajo custodia de la Policía

Se trata de Luis Casallas, padre de Alejandro quien habría recibido la orden de permanecer en Playa Hawai  hasta tanto las autoridades ahonden la investigación frente a lo ocurrido con el Jamming Festival.

Noticias Colombia

En las últimas horas, autoridades confirmaron que uno de los organizadores del Jamming Festival en Ibagué, Tolima, está bajo custodia de la Policía.

Se trata de Luis Casallas, padre del empresario Alejandro Casallas, promotor del fallido festival que esperaba más de 100 artistas y unos 100.000 visitantes nacionales e internacionales.

De acuerdo con El Tiempo,  Casallas, se encuentra en una de las habitaciones del complejo vacacional Playa Hawai, sitio que había sido dispuesto para la realización de ese evento.

Frente a esta situación, el secretario de Gobierno de Ibagué, Óscar Berbeo, fue quien confirmó la noticia.


“Uno de los organizadores está bajo custodia policial en Playa Hawai”, señaló.

Lo que se ha establecido, es que Luis Casallas sería la mano derecha de su hijo, quien habría recibido la orden de permanecer en Playa Hawai y no abandonar la ciudad hasta tanto las autoridades ahonden en esta investigación.

Sin embargo, aclararon que Luis no es el responsable directo del Jamming.

Por otro lado, se conoció que la cancelación del evento, alcanzaría los 75.000.000 millones de pesos en pérdidas.





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La ofensiva militar que lanzó contra Ucrania el líder ruso, Vladimir Putin, el pasado 24 de febrero, ha adquirido dimensiones globales prácticamente desde el inicio. Hay muchos actores involucrados en el desarrollo del conflicto, ya sea directa o indirectamente. Entre los que participan de forma activa destacan los soldados, voluntarios o mercenarios extranjeros que el Kremlin ha estado reclutando para combatir en sus filas y lograr una ocupación total del territorio vecino lo más rápido posible.

En el videoanálisis que acompaña esta noticia, el corresponsal de EL PAÍS en África José Naranjo analiza el papel del grupo de mercenarios conocido como Wagner, presente en diversos territorios del continente africano y responsables en gran medida de la inestabilidad de muchos de esos países, como Burkina Faso o Mali, de donde Francia decidió salir el pasado febrero.

“Son una especie de brazo armado en la sombra de la política exterior rusa”, explica Naranjo en el vídeo. ¿Quiénes son?¿Quién está al mando del grupo?¿Dónde reclutan a sus miembros?¿Han logrado desestabilizar gobiernos?¿Están actuando en Ucrania? El vídeoanálisis responde a todas estas preguntas desde el continente en el que estos mercenarios han sido más activos en los últimos años. El grupo Wagner conecta la guerra de Ucrania con el conflicto en Mali o las revueltas en Burkina Faso. Desde el mayor secretismo, la opacidad y las acciones encubiertas, en el vídeo se explica cómo los mercenarios van cumpliendo ordenes que benefician a la estrategia del Kremlin en el mundo.

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soldado Quiñones
Al Ejército, la madre de la víctima siempre les reclamó: por haberlo dejado salir solo en esa zona que es de alto riesgo, especialmente, para los militares y la fuerza pública.

Desde agosto cuando nunca llegó a su casa en Cali, su madre y su familia empezaron una intensa lucha para encontrar al soldado Quiñones de 18 años de edad, la búsqueda ha terminado pero la verdad de qué pasó no se sabe.

Noticias Cali.

Al soldado Sebastián Quiñones Echavarría, «lo sacaron el lunes 23 de agosto» del Batallón del Bajo Anchicayá», pero el Ejército denuncia la familia, no les ha dado respuesta después de más de un mes de la desaparición.

«Mi papacito lindo cuánto más te esperamos. Llega por favor», eran los constantes mensajes que su madre publicaba en redes.

La desaparición

El joven de 18 años de edad prestaba su servicio militar en esa base militar del Batallón de Alta Montaña # 3, Rodrigo Lloreda Caicedo, qué funciona en la zona del Bajo Anchicaya, parte de los Farallones, de donde habría sido expulsado por superiores.

El Ejército Nacional no le dio claridad a la familia sobre lo ocurrido ese 23 de agosto.

Supuestamente, al joven militar lo sacaron porque un cabo no lo reconoció como parte del batallón, pero la familia afirma, Quiñones llevaba ocho meses en el Ejército. Además, la misma institución militar reconoció que sí hacía parte de sus filas.

Luego se conoció, por versiones de otros militares ‘testigos’, que el joven caleño había tenido problemas con superiores.

O que incluso, ese día estaba peleando con un compañero y dado que estaban armados, a Quiñones dieron la orden de quitarle el fusil.

La madre le reclamó al Ejército por haberlo dejado salir solo (si eso fue lo que ocurrió) en esa zona que es de alto riesgo, especialmente, para los militares y la fuerza pública.

Incluso, uno de los superiores se comunicó vía WhatsApp con la hermana del soldado regular y le dijo que ya lo habían puesto de civil, que le habían quitado el armamento y que un cabo ya iba a sacarlo del batallón.

«Su hermano desde hoy, si no lo devuelve, queda dado de baja del Ejército», fue la información.

Medida cautelar 

Ante toda la confusión sin la debida información, a pesar de que la madre fue hasta Anchicayá a buscar respuestas, en octubre del 2021 el caso llegó hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

La CIDH, otorgó «medidas cautelares a favor de Sebastián Quiñonez Echavarría».

Para la organización, la situación era «grave y urgente» y que había un «riesgo de daño irreparable a sus derechos, debido a que su desaparición se dio en una zona cuyo contexto históricamente se encontraría ligado a la confrontación de actores armados que ha devenido en afectaciones a la población civil«.

Se pidió su protección, su búsqueda y ubicación.

Ni la medida cautelar, ni las súplicas de su madre sirvieron para hallarlo con vida y saber de su testimonio, qué ocurrió ese día.

Lo habrían matado y enterrado

El soldado Quiñonez fue hallado muerto el pasado jueves 10 de marzo cerca a Bajo Anchicayá, zona rural de Buenaventura.

la Tercera Brigada del Ejército con sede en Cali, confirmó que el CTI de la Fiscalía General de la Nación y el Instituto de Medicina Legal, identificaron el cuerpo del joven militar.

Señalaron que presumen que la columna móvil Jaime Martinez, de las disidencias de las Farc que actúan en la zona, lo habrían matado y enterrado en una fosa.

Al Ejército, la madre de la víctima siempre les reclamó: por haberlo dejado salir solo en esa zona que es de alto riesgo, especialmente, para los militares y la fuerza pública.





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Yelena agarra con fuerza la bolsa en la que su gato blanco y canela maúlla desesperadamente. Acaba de meter en una pequeña maleta negra prácticamente toda su vida y ahora, con el ruido incesante de los bombardeos de fondo en Mikolaiv, no atina a marcar el número de su familia en el móvil. “¿Por qué nos hacen esto? No lo entiendo”, se lamenta llorosa esta mujer de 67 años.

A su alrededor, bajo una incipiente nevada, decenas de personas tratan de escapar de esta ciudad portuaria del mar Negro, uno de los principales objetivos de las fuerzas de Vladímir Putin y bajo implacables ataques rusos desde hace cuatro días. En coches atiborrados de enseres o a pie, buscan cruzar uno de los puentes que unen Mikolaiv, encajonada en un estuario, con la carretera que lleva a Odesa —y más allá, a las fronteras de Moldavia y Rumania—, la única vía de salida de la ciudad hacia territorio controlado por Kiev. El Ejército ucranio lo tiene todo listo para estallar estos puentes si las tropas del Kremlin se hacen con el control de la ciudad, enclave estratégico para la conquista de la costa y lanzadera hacia Odesa, la gran ciudad del mar Negro.

Este lunes, al amanecer, tras un fin de semana de intensos combates en los que las tropas ucranias hicieron retroceder al Ejército ruso, las fuerzas de Putin han lanzado otro feroz ataque contra Mikolaiv y sobre un barrio residencial del este de la ciudad, de 475.000 habitantes. Durante horas, los bombardeos y el olor a pólvora y a ceniza se han mezclado con la humedad y los copos de nieve. Junto al estuario, soldados y miembros de la guardia nacional y voluntarios de las brigadas de defensa territorial, con uniformes de camuflaje y gorros calados hasta las orejas, reforzaban las barricadas con sacos de arena e instalaban nuevas trampas antitanque. “Los rusos atacan infraestructuras estratégicas y se lanzan contra los civiles, pero de momento los estamos manteniendo a raya”, asegura el oficial Serguéi, que desde que empezó la invasión tiene órdenes de no revelar su apellido. De fondo, el estallido de un nuevo ataque de artillería. “Este es nuestro. Contraataque”, comenta señalando al aire.

Desembarco anfibio contra Odesa

Mikolaiv, fundada en el siglo XVIII como astillero bajo el Imperio Ruso y sede durante décadas de la flota rusa del mar Negro, se ha convertido en un campo de batalla clave para las fuerzas de Putin en su camino para controlar la costa ucrania y aislar el país de la salida al mar. Los lagos cristalinos, los parques de juegos y los monumentos con motivos navales son hoy objetivo de las bombas. La urbe, estratégicamente ubicada en una entrada del mar Negro y que fue uno de los principales centros de construcción naval de la Unión Soviética, es la pieza del rompecabezas que le falta al Kremlin para reforzar su asalto al sur de Ucrania, tras la conquista de Jersón —también en el mar Negro—, la primera ciudad en caer en manos del invasor. El control de Mikolaiv permitiría a Rusia tener otro punto de anclaje para un desembarco anfibio con el que apoyar la ofensiva contra Odesa, de casi un millón de habitantes, a 120 kilómetros por una carretera hoy plagada de controles.

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Al caer la tarde, el gobernador de Mikolaiv, Vitali Kim, asegura que las fuerzas ucranias habían retomado el control del aeropuerto de la ciudad y frenado el avance de los rusos, tras otra dura batalla. “Hoy difícilmente se puede llamar un día bueno. Atacaron nuestra ciudad de manera despreciable, mientras la gente dormía”, dice Kim en un mensaje de Telegram. El gobernador asegura que al menos ocho personas han muerto por los ataques de este lunes. “También hay daños graves en las infraestructuras. Eso lo podemos restaurar, pero las bajas humanas son terribles”, se lamenta. Mikolaiv, que acoge uno de los tres puertos más grandes de Ucrania, sufre bajo bombardeos, ataques con cohetes y con helicópteros.

Civiles huyendo de la ciudad de Mikolaiv, cerca de Odesa, en el Sur de Ucrania, este lunes.
Civiles huyendo de la ciudad de Mikolaiv, cerca de Odesa, en el Sur de Ucrania, este lunes.

El alcalde de la ciudad, Oleksandr Senkevich, asegura además que las tropas del Kremlin están utilizando fundamentalmente municiones de dispersión contra la ciudad. “El 90% de las bombas que nos lanzan son de racimo, destinadas a hacer mucho, mucho daño y fundamentalmente a las personas”, dice el regidor, que afirma que su equipo ha documentado decenas de ataques con ese tipo de munición, prohibidas por un tratado que ni Rusia ni Ucrania han firmado.

En el puente levadizo de Varvarovski, el principal de la ciudad, siguen atronando los disparos de artillería pesada. Con paso apresurado, un hombre carga como puede a su hijo de dos años y una mochila mientras su esposa lleva otra bolsa y un paquete de pañales. La orografía llana de la ciudad no la hace fácil defender y el paso Varvarovski, de unos dos kilómetros, inaugurado en 1964, puede tener los días contados. Es casi la única ruta de salida de Mikolaiv y objetivo de los ataques rusos, que podrían buscar dejar aislada la ciudad para asediarla, como están haciendo con otras urbes. También, de los ucranios, que están dispuestos a volarlo para evitar que los soldados de Putin obtengan un paseo rápido hacia Odesa, que ya se prepara para un gran ataque.

No les temblará el pulso. Hace unos días, ante el avance y la presión de las tropas del Kremlin, las fuerzas ucranias hundieron en el astillero de Mikolaiv, el buque insignia de la flota naval del país, que estaba en trabajo de reparación. Hundido para evitar su captura.

Misiles lanzados desde barcos rusos en el mar Negro, que llevan apostados frente a las costas ucranias varios días, elevando las alarmas de un posible desembarco anfibio, golpearon este lunes infraestructuras estratégicas en Tuzla, al sur de Odesa, desde donde se ha programado otro tren de evacuación adicional. “Las tropas rusas se están preparando activamente para atacar la ciudad”, ha advertido este lunes Mijailo Podoliak, asesor del presidente ucranio, Volodímir Zelenski. “Ya han intentado llevar a cabo ese plan con una fuerte ofensiva, pero nuestra defensa ha logrado contenerlos”, aseguró.

Sin apenas alterarse por el estruendo de las bombas, Artur Gorpinich entra a comprar cigarrillos en una tienda de ultramarinos junto al puente levadizo de Varvarovski. “Disparan, sí, pero por ahora no tengo miedo”, asegura. El hombre, de 34 años, de rostro afilado y barba arreglada, explica que su esposa y él han enviado a su hijo pequeño con su hermana, a la República Checa, pero que ellos han decidido quedarse en Mikolaiv: “No pienso correr. Antes me enrolaría en el Ejército. Soy conductor. Esta es nuestra tierra, nuestra ciudad. No les dejaremos tomarla”.

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Periódicos de izquierdas y de derechas han definido a Jonathan Sumption como “la mente más brillante del Reino Unido”, y fue él quien defendió al oligarca Roman Abramóvich frente a su exsocio y luego enemigo acérrimo, Boris Berezovsky. En los mentideros legales se habló de una minuta que rondó los seis millones de euros. Fue en 2012. Un año después, Berezovsky, el oligarca que prosperó con Boris Yeltsin pero tuvo que huir de Rusia por su enfrentamiento visceral con Vladímir Putin, apareció ahorcado en el baño de su mansión de Sunninghill, en la campiña inglesa. Abramóvich disfrutó de una década de triunfos deportivos, al frente de su Chelsea F.C., y un establishment británico dispuesto a mirar para otro lado, ignorar el origen de su fortuna, y ponerle la alfombra roja.

El bombardeo en 2014 del rutilante Dombas Arena de Donetsk, único estadio de fútbol con categoría de seis estrellas de la UEFA, alertó a los viejos dirigentes ingleses que periódicamente se reunían en las oficinas del Chelsea sobre la guerra indescifrable que dividía el sudeste de Ucrania. Cuando el dueño del club les invitó a un café, lo primero que hicieron fue preguntarle por la postura de su amigo Putin. Según uno de los presentes en esa reunión informal, su respuesta fue sombría. “No creo que esta guerra tenga solución”, les dijo Abramóvich. “Entre Putin y Yeltsin hay una diferencia importante. Yeltsin tenía cosas negativas que son muy positivas en este tipo de conflictos, mientras que Putin tiene cosas positivas que se convierten en negativas en situaciones así. Putin debería leer menos libros de historia y ver menos películas del Telón de Acero”.

La opinión pública británica, en mayor o menor grado, jamás dejó de relacionar a Abramóvich con la mafia rusa. Pero el consejo de sabios del Chelsea le tuvo por un benefactor excéntrico. Alguien poco amigo de sonreír, dueño de un sentido del humor cáustico, adusto pero cortés, sin pretensiones de clase y sensible para escuchar, incluso cuando le advertían de que estaba tirando su dinero a la basura porque invertía constantemente en proyectos y bienes sobrevalorados o deficitarios, repartido como andaba entre el ocio, el arte, y sus obsesiones altruistas, como la financiación con decenas de millones de euros del Museo del Holocausto de Yad Vashem.

Hablaba poco de política rusa pero cuando lo hacía, sin darse mucha importancia, todos sabían que su autoridad era insuperable. Ese día del verano de 2014 sus interlocutores interpretaron que mientras que a Yeltsin le gustaba más la vida que el poder, a Putin no había manera de comprarle cuando se interponía su sueño bizantino de recuperación de la Unión Soviética. “Esto”, dice esta fuente; “para los oligarcas rusos, que son los más hedonistas, siempre fue un problema”.

El que se convertiría en el más poderoso y célebre de los oligarcas rusos fue un personaje casi anónimo hasta 1999. Tan huidizo que cuando aquel año Putin se hizo cargo de la jefatura del Gobierno de Boris Yeltsin, ningún medio de comunicación había publicado una foto suya, aunque para entonces ya era el propietario de Sibneft, la mayor productora de petróleo de Rusia.

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Alexei Venediktov, entonces director de Radio Ekho de Moscú, advirtió movimientos inusuales en el Kremlin, cuando en la mañana del 9 de agosto de 1999 Putin se bajó del coche oficial que lo dejó en la puerta del Edificio de la Presidencia, en su primer día en el cargo. Agonizaba el segundo mandato de Yeltsin y los funcionarios de alto rango se apelotonaban en los pasillos como actores esperando la llamada del supervisor del casting. Por turnos entraban en el despacho donde Abramóvich, por entonces un joven barbudo de 33 años, les interrogaba pacientemente antes de certificar su idoneidad para ocupar los distintos ministerios.

Cerca del poder

Abramóvich formaba parte de lo que en Moscú llamaban La Familia, un grupo tan allegado a Yeltsin que acabó por reunirse sistemáticamente en su dacha. “Te prometo que no estoy interesado en la política”, le dijo a Venediktov cuando le vio por última vez, según contó el periodista a los autores del libro Abramóvich, el milmillonario de ninguna parte. “Cuando le recordé cómo le vi con mis propios ojos mientras ayudaba a seleccionar al primer gabinete de Putin, él me dijo: ‘Eso nunca sucedió”.

Nació en Saratov en 1966 en el seno de una familia pobre de origen judío. Antes de cumplir tres años se quedó huérfano de madre y de padre y pasó al cuidado de tíos y abuelos. Abandonó el colegio a los 16 años, trabajó como mecánico e incluso probó suerte en el Ejército Rojo. Su aventura empresarial comenzó con la venta de juguetes de plástico en mercadillos callejeros. Pero cuando Mijaíl Gorbachov legalizó la iniciativa empresarial privada fundó Uyut, una compañía de fabricación de juguetes que le permitió ganar 20 veces más que un funcionario medio y le puso en contacto con la Administración en el momento en que colapsaba la Unión Soviética.

Abramóvich detectó su oportunidad haciéndose con una licencia de exportación de hidrocarburos. “Una licencia de exportación a comienzos de los noventa en Rusia equivalía a una licencia para imprimir dinero”, observó Christia Freeland, del Financial Times. Empezó a comerciar con petróleo y gas, dos recursos abundantes en Rusia y mal gestionados durante la época soviética. Su privatización, en connivencia con la autoridad del momento, creo gran parte de esa saga de mega multimillonarios, los llamados oligarcas.

Ahogado por la crisis económica de 1995, Yeltsin necesitaba fondos para reconstruir la confianza en su Gobierno y ganar las siguientes elecciones. Los consiguió mediante un plan de préstamos por acciones que se convirtió en el programa privatizador más colosal de la historia. Fue así como Abramóvich y su socio, Boris Berezovsky, pidieron un crédito y mediante el diseño de múltiples sociedades simularon la puja que les permitió adquirir el 49% de Sibneft por 100 millones de dólares. El Gobierno se financió a cambio de malvender las compañías estatales en un marco repleto de lagunas legales. Si la operación no fue revisada fue porque el propio Yeltsin ignoró al chivato de la Cámara de Auditoría de la Federación Rusa, que en 1998 estimó que “el valor de mercado del 51% de Sibneft era de 2.800 millones de dólares, 25 veces superior al precio inicial subastado”.

Son pocos los oligarcas rusos que salieron indemnes de la transición de Yeltsin a Putin. Si Abramóvich prosperó fue por su olfato para interpretar que debía ponerse del lado de Putin en los sucesivos conflictos que enfrentaron al presidente con los capitalistas. Cuando Putin se propuso nacionalizar la producción de energía, cedió de inmediato. En septiembre de 2005, tras recoger 1.000 millones en dividendos, vendió Sibneft a Gazprom por unos 9.000 millones de euros. La operación le convirtió en el hombre con más liquidez del mundo un año después de comprar el Chelsea por 150 millones. “Para nosotros fue como ganar la lotería”, recuerda un dirigente del club que prefiere el anonimato.

Por sus vínculos con la comunidad judía de Ucrania, el Gobierno de Volodímir Zelenski le propuso como intermediario en las negociaciones de paz que mantiene con Rusia desde hace una semana. La presencia de Abramóvich en la conferencia de Bielorrusia contrasta con su precipitado distanciamiento de Londres y con la puesta en venta del Chelsea.

La invasión de Ucrania ha colocado a los poderosos del Reino Unido ante la evidencia de sus relaciones con los multimillonarios rusos a los que ahora amenaza con sanciones. Abramóvich es el epítome de esta riqueza. El Gobierno de Boris Johnson, sin embargo, ha sido incapaz hasta ahora de ir a por el oligarca más famoso de todos.

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Sin calefacción, casi sin agua y sin electricidad. Un millón de personas resisten desde hace tres días en condiciones críticas en Mariupol, sitiada por las fuerzas de Vladímir Putin. Este sábado, la evacuación de la ciudad portuaria y de la pequeña localidad sureña de Volnovaja, también en condiciones críticas, se ha suspendido por el fracaso del alto el fuego puntual y de solo varias horas acordado por Kiev y Moscú. El Gobierno ucranio ha acusado al Kremlin de bombardear la zona establecida como corredor humanitario para la salida de los civiles y la entrada de productos sanitarios y medicamentos, y de utilizar “artillería pesada y cohetes” contra Mariupol, que Rusia aspira conquistar. El presidente ruso, Vladímir Putin, ha acusado a las autoridades ucranias de “sabotear” el acuerdo y el corredor para civiles y ha elevado aún más sus amenazas sobre Kiev. Mientras, miles de personas siguen atrapadas bajo los bombardeos en una situación desesperada.

Los expertos ya habían dudado del cumplimiento ruso de la medida. Advertían, además, de que el alto el fuego podría beneficiar a Rusia, que podría aprovechar para reagruparse, reabastecerse y, tras la salida de la mayoría de la población civil, lanzar una dura ofensiva para ocupar Mariupol, de una gran importancia industrial y estratégica en el mar de Azov para avanzar en sus planes de crear un corredor desde la península ucrania de Crimea, que se anexionó ilegalmente en 2014, y el Donbás.

Cientos de personas se habían reunido en los puntos de recogida de Mariupol para montar en vehículos y autobuses habilitados para salir a través de los corredores humanitarios este sábado cuando han estallado nuevos ataques rusos, ha asegurado el alcalde de la ciudad, Vadim Boichenko, de donde necesitan salir unas 200.000 personas. “Valoramos la vida de cada habitante de Mariupol y no podemos arriesgarnos, por eso detuvimos la evacuación”, afirmó a la televisión local.

Más de 15.000 aspiraban a utilizar los corredores humanitarios supervisados por la Cruz Roja desde Volnovaja, situada entre el Mar de Azov y la ciudad de Donetsk, controlada por Moscú y reclamada por los separatistas prorrusos apoyados por el Kremlin desde 2014. La localidad, de 21.000 habitantes, está prácticamente arrasada por los bombardeos, los cadáveres yacen en las calles sin poderse recuperar y la ciudadanía que queda en Volnovaja permanece acurrucada en los refugios por los constantes ataques. No hay suministros y se están quedando sin comida, advirtió el diputado local Dmitro Lubinets.

Médicos sin Frontera, que tiene personal en la zona ha advertido que la situación en las dos ciudades es crítica. “Ayer recogimos agua de nieve y de lluvia para poder beber. Hoy hemos tratado de conseguir agua en las distribuciones, pero la cola es enorme”, ha relatado uno de sus trabajadores en una nota. “Las farmacias no tienen medicamentos”, ha alertado. Christine Jamet, directora de operaciones de la veterana ONG ha exigido que las evacuaciones se reanuden. “Las personas que buscan seguridad tienen que poder ponerse a salvo sin miedo a sufrir los efectos de la violencia”, ha dicho. Apenas 400 personas han podido abandonar las dos ciudades esta mañana.

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La guerra de Putin contra Ucrania ha cumplido ya 10 días y este sábado ha vuelto a endurecer la ofensiva. La resistencia del Ejército ucranio —en desigualdad numérica y con menos capacidad de lucha aérea y carencias de sistemas de defensa antiaérea— y de la sociedad civil ha ralentizado el avance de las tropas rusas, que han cambiado de estrategia y han pasado a poner en la diana infraestructuras civiles y zonas residenciales. El Kremlin está atacando el corazón de las ciudades, de donde más de 1,2 millones de personas se han visto obligadas a huir, según la ONU, que contabiliza 351 civiles muertos por la guerra pero avisa de que la cifra “subestima” la realidad.

El Ejército ruso se ha aplicado con dureza en zonas civiles de Járkov, la segunda ciudad más poblada del país, en el este de Ucrania; Chernihiv, cerca de la frontera con Bielorrusia y donde un duro ataque contra una zona residencial mató el jueves a 47 personas; Sumi, al noreste del país, escenario de duros ataques y donde hay atrapados cientos de estudiantes internacionales; y los alrededores de Kiev, la capital, hacia donde se dirige desde hace días un kilométrico convoy de blindados rusos que, sin embargo, está encontrando muchas dificultades para avanzar. Rusia ha tomado también un hospital psiquiátrico a las afueras de la capital, según ha afirmado este sábado el gobernador regional, Oleksi Kuleba.

Mientras, el portavoz del Ministerio de Defensa ruso, Igor Konashenkov, ha recalcado que el cerco a Mariupol —que, según sus palabras, está aplicando las fuerzas de la autoproclamada “república popular” de Donetsk— se sigue estrechando. Rusia, que asegura que no ataca zonas civiles y que sus ataques son quirúrgicos, ha afirmado que se ha hecho con el control de otras pequeñas localidades del este de Ucrania. El Estado Mayor ucranio ha anunciado por su parte que emprenderá una contraofensiva.

Las fuerzas de Putin, que asegura que quiere “desnazificar” Ucrania, siguen tratando de avanzar por otros flancos del sur, donde han obtenido por ahora los mayores logros. Ya controlan la costera ciudad de Jersón, de 290.000 habitantes, y la primera gran urbe en caer en manos rusas, que puede actuar como otra lanzadera en su camino hacia Odesa, también en el mar Negro, en una maniobra que podrían combinar con una invasión anfibia, han advertido los analistas militares. El objetivo de Moscú es arrebatar a Ucrania el control del mar.

Sin embargo, ya han estallado protestas en ciudades y pueblos bajo la ocupación rusa. En Jersón, que las tropas del Kremlin han tratado de aislar con el corte de las redes de telecomunicaciones ucranias, varios cientos de personas salieron a la calle este sábado con banderas ucranias y al grito de “vergüenza” o “iros a casa”. Imágenes similares se dieron hace dos días en la ciudad de Melitopol, Beriansk (en el mar de Azov) y otras localidades de población mayoritariamente rusoparlante, aquella que el presidente Putin afirma proteger.

Con el fracaso del alto el fuego puntual para las evacuaciones de este sábado también ha descarrilado la reunión entre las delegaciones ucrania y rusa que iba a celebrarse en Bielorrusia, cerca de la frontera con Ucrania. Está previsto que la nueva mesa de diálogo —la tercera— tenga lugar el lunes. Es posible que se acuerde un nuevo alto el fuego temporal y parcial. Aunque la ministra para los territorios ocupados de Ucrania, Iryna Vereshchuk, ha advertido que las tropas rusas pueden aprovecharlo para avanzar sobre posiciones ucranias.

Emma Beals, investigadora no residente en el Middle East institute, que ha estudiado las pautas de las estrategias rusas en Siria, por ejemplo, donde su apoyo fue clave para el régimen de Bachar el Asad, destaca que el alto el fuego y los corredores humanitarios son extremadamente necesarios para evacuar a la población civil y la entrada de asistencia humanitaria, pero que los acuerdos rusos deben tomarse con “grandes dosis de escepticismo”. “En Siria, hemos visto a Rusia aceptar ese alto al fuego que no cumplió y ofrecer corredores humanitarios que eran inseguros o inapropiados y no podían utilizarse”, señala. “Históricamente, Rusia ha aceptado aplicar un cese al fuego solo cuando está en línea con sus ambiciones estratégicas, con lo que puede ser una victoria militar completa”, advierte Beals.

A medida que la ofensiva rusa se endurece, el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, va elevando el tono para reclamar ayuda a sus aliados. Este sábado, el líder ucranio ha lanzado una llamada desesperada a los legisladores estadounidenses en una reunión por videoconferencia para obtener más aviones y apoyo para que la OTAN cree una zona de exclusión aérea sobre Ucrania. Para el país del Este, el más grande de Europa, el mayor desafío son los ataques aéreos.


Avance de tropas rusas (a 4 de marzo)

Anexionada por

Rusia en 2014

Fuentes: Territorios ocupados

(Instituto para el Estudio de la Guerra).

Avance de tropas rusas (a 4 de marzo)

Anexionada por

Rusia en 2014

Fuentes: Territorios ocupados

(Instituto para el Estudio de la Guerra).

Avance de tropas rusas (a 4 de marzo)

Anexionada por

Rusia en 2014

Fuentes: Territorios ocupados (Instituto para el Estudio de la Guerra).

La OTAN ya rechazó el viernes por la noche establecer la zona de exclusión aérea que el presidente Zelenski había pedido, y reclamó que no intervenga por aire ni por tierra por temor a que Rusia extienda su agresión a otras partes de Europa. Crear la zona de exclusión, explicó el secretario de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, requeriría desplegar aviones de combate de la OTAN y posiblemente “derribar aviones rusos”. “Como aliados de la OTAN, tenemos la responsabilidad de evitar que esta guerra se intensifique más allá de Ucrania”, dijo Stoltenberg. “Hemos dejado claro que no vamos a entrar en Ucrania, ni en tierra ni en el espacio aéreo ucranio”, añadió.

Zelenski cargó contra la decisión de la Alianza que ve como una señal de debilidad y división de la OTAN. “Todas las personas que mueran a partir de este día también morirán por vuestra culpa”, dijo el presidente ucranio en un vídeo, en el que agregó que el rechazo de la Alianza a actuar ha supuesto para Moscú una señal de “luz verde” para atacar pueblos y ciudades de Ucrania.

Ante las reclamaciones del líder ucranio, Putin ha advertido este sábado de que cualquier intento de otra potencia de imponer una zona de exclusión aérea en Ucrania sería considerado por Rusia como un paso hacia el conflicto militar. Tal paso, ha aseverado, tendría consecuencias catastróficas para Europa y el mundo.

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