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El conflicto de Malí se ha recrudecido en el último mes en un contexto de retirada de las tropas francesas de la Operación Barkhane y reorganización de los grupos yihadistas que operan en esta zona, especialmente la rama local de Estado Islámico (EI). Los constantes ataques contra el Ejército y los enfrentamientos entre los propios grupos armados, que han causado decenas de muertos según Naciones Unidas en uno de los meses más sangrientos de un conflicto que dura ya una década, pero la tendencia más preocupante es el incremento de la violencia contra la población civil por todos los bandos. La organización Human Rights Watch asegura que el Ejército de Malí, que ya opera con el apoyo de instructores rusos, es responsable de al menos 71 víctimas civiles en el presente año, extremo que el Gobierno militar maliense niega. El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, ha llamado a Malí y sus socios internacionales a respetar sus “obligaciones internacionales” durante las operaciones antiterroristas.

La retirada de la Operación Barkhane de Malí, acelerada por el desacuerdo entre las autoridades de Bamako y el presidente francés, Emmanuel Macron, está en marcha. Las bases galas de Kidal, Tessalit y Tombuctú ya han sido traspasadas a las Fuerzas Armadas malienses y lo mismo ocurrirá en las próximas semanas con las bases de Gossi, Gao y Ménaka. Además, Barkhane ha visto limitada su capacidad de intervención aérea ante las trabas puestas por el Ejecutivo maliense.

Frente a esta reducción de la operatividad de Barkhane, la rama local de Estado Islámico ha pasado por un proceso de reorganización interna e intensificación de su actividad. Tras la muerte de su histórico líder Abu Walid al Saharaui a consecuencia de un ataque aéreo francés en agosto de 2021 y el fallecimiento de su número dos por causas naturales, el poder ha sido asumido por dirigentes jóvenes y muy violentos procedentes de las comunidades peul y árabe. Desde el pasado 21 de marzo esta rama local, antes llamada Estado Islámico del Gran Sahara (EIGS), pasó a llamarse Provincia del Estado Islámico en el Sahel, lo que le da una mayor autonomía y apunta a una mayor relevancia en el seno de la organización terrorista.

Estado Islámico es el responsable de los brutales ataques contra los pueblos de Tamalat e Insinane del 8 y 9 de marzo, en el que según diferentes fuentes fueron masacrados decenas de civiles de la etnia tuareg a los que acusaba de complicidad con el Movimiento de Salvación de Azawad (MSA), un grupo armado tuareg con el que mantiene frecuentes choques. Ambos grupos se enfrentan desde hace tres semanas en la región de Ménaka, provocando también miles de desplazados. EI reclamó la autoría de la muerte de 250 combatientes y civiles, mientras que fuentes del MSA elevaron la cifra de fallecidos a 400. Una semana más tarde, los yihadistas asumieron el ataque contra el puesto militar maliense de Tessit del pasado 14 de marzo, en el que fueron asesinados 33 soldados y 14 resultaron heridos, según informó el Estado Mayor del Ejército.

Además de Malí, Burkina Faso y Níger han sido escenario también de recientes ataques yihadistas. En este último país, un doble atentado cometido el 14 de marzo contra un autobús y un camión provocó la muerte de 21 civiles mientras que el pasado día 24 fueron asesinados seis militares en el pueblo de Kolmane de la conflictiva región de Tillabéri. En Burkina, la ciudad de Djibo, en el norte del país, está bajo el constante asedio de la rama local de Al Qaeda.

El Estado Islámico no es el único grupo terrorista que opera en la zona. El pasado 4 de marzo, el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM), vinculado a Al Qaeda, atacó el cuartel maliense de Mondoro y asesinó a 27 soldados, según un recuento gubernamental. En el comunicado en el que se atribuye esta acción, JNIM aseguró que se trataba de una venganza por la masacre de civiles cometida supuestamente por el Ejército maliense cerca de Diabaly, donde unos 35 sospechosos de colaboración con grupos yihadistas que estaban presos en un cuartel militar fueron ejecutados de manera sumaria y sus cuerpos quemados.

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Instructores rusos

Un reciente informe de Human Rights Watch (HRW) destaca que estas ejecuciones, torturas y detenciones arbitrarias de civiles se habían intensificado en Malí en los últimos meses, cometidas por todos los bandos. Varios testigos aseguraron a esta organización que algunos de los crímenes descritos se habían cometido en presencia de instructores militares rusos que los países occidentales señalan como paramilitares del Grupo Wagner, en una evolución similar a la que vivió la República Centroafricana, donde Naciones Unidas denunció graves delitos contra civiles atribuidos a mercenarios de Rusia en 2018. El Gobierno maliense niega tanto las ejecuciones extrajudiciales, que califica de fake news para desacreditar a sus Fuerzas Armadas, como la presencia de paramilitares.

El informe de HRW señala que desde diciembre de 2021 tiene constancia del asesinato de 107 civiles, la mayoría ejecutados tras su detención, entre los que hay jefes de pueblo, comerciantes, líderes religiosos e incluso niños. De ellos, 71 implican a las fuerzas de seguridad malienses y 36 a grupos armados no estatales, sobre todo yihadistas. “Constatamos un crecimiento dramático del número de civiles, entre ellos sospechosos, asesinados por el Ejército maliense y por grupos islamistas armados”, aseguró Corinne Dufka, directora de HRW para el Sahel. “Este desprecio total por la vida humana, que se expresa en evidentes crímenes de guerra, tendría que ser objeto de investigación y las personas implicadas tendrían que ser castigadas por ello”, añadió.

Los incidentes se produjeron entre diciembre de 2021 y comienzos de marzo de 2022 en las regiones de Segou y Mopti, en el centro del país, y Koulikoro, en torno a la capital, Bamako. Uno de los más graves tuvo lugar a principios de marzo. En los días previos, el Ejército detuvo a decenas de civiles, casi todos de la etnia peul, supuestamente por complicidad con grupos yihadistas en diferentes pueblos próximos a Niono y los trasladó al cuartel militar de Diabaly. La noche del 1 de marzo, 35 de ellos fueron sacados de allí a la fuerza y sus cuerpos aparecieron quemados el día 3 cerca del pueblo de Danguere Wotoro, a 11 kilómetros de Diabaly. Muchos de ellos tenían las manos atadas a la espalda y los ojos vendados.

El alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, expresó a través de su cuenta de Twitter el pasado 13 de marzo su “firme condena” ante “los recientes abusos cometidos en el centro de Malí” después de que aparecieran las primeras informaciones sobre la muerte de estos 35 civiles. Asimismo, mostró el respaldo de la Unión Europea a la investigación abierta por Naciones Unidas para esclarecer los hechos.

“Hay un empeoramiento de la situación en los últimos meses”, asegura Ornella Moderan, experta en el Sahel del Instituto de Estudios de Seguridad (ISS), “y es difícil investigar porque la información circula poco y mal, hay una atmósfera de silencio”. Asegura que ha tenido acceso a informes sobre abusos y violaciones de derechos humanos y que la investigación de HRW no le ha sorprendido. “Es difícil asegurar la participación de elementos extranjeros en todo ello, pero está claro que la intensidad de ejecuciones extrajudiciales no se había visto hasta ahora en este conflicto. Todo ello en los últimos tres o cuatro meses”. Es decir, coincide tanto en el tiempo como con la zona geográfica de despliegue de los uniformados rusos, mercenarios, según Francia y Estados Unidos, e instructores del Ejército, según el Gobierno maliense. “El riesgo de tener actores fantasma sobre el terreno que no tienen personalidad jurídica es que será difícil pedirles que rindan cuentas”, añade.

Bamako ha abierto pese a todo investigaciones y recoge información para averiguar quiénes eran los responsables de los crímenes denunciados por HRW. Prácticamente ninguna investigación anunciada sobre abusos y violaciones de derechos humanos cometidos por fuerzas de seguridad en Malí ha llegado a ninguna conclusión.

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La marcha de las tropas internacionales que llevan nueve años combatiendo el avance yihadista en Malí ya es un hecho. Francia y sus aliados occidentales y africanos han anunciado este jueves la “retirada coordinada” del territorio maliense de sus efectivos de las operaciones Barkhane y Takuba y su traslado a otros países vecinos en los próximos meses, en vista de las dificultades cada vez mayores que las autoridades golpistas de Bamako ponen a su presencia. España no participa en estas operaciones pero sí lidera la misión europea de formación de las tropas malienses, EUTM-Malí, que continuará en el país, al menos de momento.

“Ante las múltiples obstrucciones de parte de las autoridades de transición malienses, Canadá y los Estados europeos que operan en la operación Barkhane y en el seno de la task force Takuba consideran que ya no se dan las condiciones políticas, operacionales y jurídicas para continuar de manera eficaz su compromiso militar actual en la lucha contra el terrorismo en Malí”, señalan los países afectados en un comunicado distribuido por Francia, que lidera las operaciones militares en el Sahel.

“No podemos continuar trabajando militarmente con unas autoridades de facto con las que no compartimos ni la estrategia ni sus objetivos. Es la situación en la que nos enfrentamos hoy en Malí”, ha abundado el presidente francés, Emmanuel Macron, en una rueda de prensa en el Elíseo.

La lucha contra el terrorismo no puede justificarlo todo, no debe, bajo pretexto de ser una prioridad absoluta, transformarse en un ejercicio de conservación indefinida del poder y tampoco puede justificar ni la escalada de la violencia ni el recurrir a mercenarios (…) cuyo ejercicio de la fuerza no está controlado por ninguna convención ni regla”, ha agregado en referencia a la creciente presencia de mercenarios de la empresa rusa Wagner en Malí, una situación denunciada con creciente preocupación por Europa.

No obstante, los países participantes en las misiones antiterroristas en el Sahel aseguran que están en “estrecha coordinación” con los países vecinos y reafirman en su comunicado conjunto su “voluntad de continuar implicados en la región, respetando sus procedimientos constitucionales respectivos”.

“Las amenazas en la región, las organizaciones terroristas Al Qaeda y el Estado Islámico, han querido hacer de África, especialmente del Sahel, una prioridad en su expansión (…) con una agenda internacional. Eso justifica nuestra presencia”, ha afirmado al respecto Macron.

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En este sentido, y “a petición de los socios africanos”, las fuerzas internacionales iniciarán “consultas políticas y militares” de inmediato con Níger y los países del Golfo de Guinea que ya han manifestado su interés en “continuar su acción conjunta contra el terrorismo en la región del Sahel” y que podrían alojar a las tropas salientes, en una operación que debería estar aclarada para junio de este año.

En total, en el Sahel hay, según el Elíseo, unas 25.000 fuerzas internacionales, de las que 4.300 son franceses, de ellos 2.400 en Malí en el marco de la operación antiyihadista Barkhane y Takuba, la task force de fuerzas especiales de varios países de la UE acordada en enero de 2020 y que apoya, bajo mando francés, a las fuerzas armadas malienses en operaciones antiterroristas en el país. Francia, que ha perdido en sus nueve años de operaciones en el Sahel a más de medio centenar de militares, ya recompuso su dispositivo en Malí en 2021, reduciendo su presencia militar en el norte del país y priorizando las operaciones de Takuba.

La salida de las fuerzas francesas obligará a revisar la presencia de la misión militar europea en Malí, incluida la participación de España y Alemania que, aunque no forman parte de Takuba, son los principales contribuyentes de la veterana misión EUTM-Malí, liderada por España y que instruye al Ejército maliense para enfrentarse a los terroristas. Ambos países se han mostrado dispuestos a revisar su presencia en Malí, aunque España no es muy partidaria de la retirada. Según ha indicado Macron, en los próximos meses, mientras se consolida la retirada de las fuerzas de Barkhane y Takuba, habrá que realizar un “trabajo de reflexión y evolución de los ejercicios EUTM y de Minusma” (la misión de estabilización de Mali de la ONU) que el mandatario galo no ha querido “prejuzgar” por el momento.

La marcha del grueso de las fuerzas internacionales de Malí era dada por segura desde que, en las pasadas semanas, Francia dio a entender que actuaría en este sentido, en vista del rápido deterioro de sus relaciones con las autoridades de Bamako, que a finales de enero expulsaron al embajador galo.

La decisión ha sido anunciada horas antes del comienzo en Bruselas de una Cumbre UE-Unión Africana y está firmada por además de Francia, Alemania, Bélgica, Benín, Canadá, Chad, Costa de Marfil, Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Italia, Ghana, Mauritania, Níger, Portugal, República Checa, Rumania, Senegal, Suecia y Togo, así como el Consejo Europeo, la Comisión Europea, la Coalición por el Sahel y la Comisión de la Unión Africana. Sus máximos representantes habían participado la pasada noche en una cena informal organizada en el Elíseo por Macron para, precisamente, “coordinar” la decisión de salir de Malí, una maniobra que Francia no quiere que sea vista como una decisión unilateral.

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Que Francia quiere retirar sus tropas de Malí hace tiempo que dejó de ser un secreto. Lo que falta son los detalles: el cuándo y cómo y el después. Eso es lo que el presidente francés, Emmanuel Macron, ha discutido este miércoles en una cena informal con los dirigentes del Sahel y algunos de los países europeos implicados en las diversas misiones en la zona, a cuya continuidad afectará la decisión francesa, en vísperas de la Cumbre UE-Unión Africana que empieza el jueves en Bruselas.

En un intento de evitar que la marcha gala suene a estampida unilateral al estilo de lo ocurrido en Afganistán, París busca consensuar al máximo una decisión que justifica, por un lado, con la actitud antifrancesa de las autoridades golpistas de Malí, que no están invitadas a la cita, pero también alegando un cambio de estrategia por la evolución de la amenaza terrorista en toda la región. La cuestión es si los demás países, especialmente los socios europeos que también tienen tropas desplazadas en la zona, acaban compartiendo esa visión —aunque por el momento algunos, como España, abogan por que las decisiones se tomen a nivel europeo— o si París al final tendrá que asumir solo su decisión.

La salida de las fuerzas francesas obligará a revisar la presencia de la misión militar europea en Malí, incluida la participación de España y Alemania que, aunque no forman parte de Takuba, son los principales contribuyentes de la veterana misión EUTM-Malí, liderada por España y que instruye al Ejército maliense para enfrentarse a los terroristas. Ambos países se han mostrado dispuestos a revisar su presencia en Malí, aunque España no es muy partidaria de la retirada.

La respuesta se conocerá previsiblemente en la mañana del jueves, en una rueda de prensa que Macron ha convocado en París antes de partir a Bruselas tras la cena del miércoles, en la que están invitados Mauritania, Chad y Níger, los países del Golfo de Guinea, la Unión Africana (UA) y el alto representante de la Coalición para el Sahel, Djimet Adoum. También asistirán los presidentes del Consejo Europeo y de la Comisión Europea, así como al alto representante de la UE para Asuntos Exteriores, Josep Borrell. Los grandes ausentes serán Malí y Burkina Faso, excluidos por estar suspendidos de la UA. Tampoco habrá representación de España aunque sí ha sido invitada.

Una concurrida cita, en cualquier caso, que resulta clave para la imagen de “convergencia” que busca mostrar el Gobierno francés que, a menos de dos meses de las elecciones presidenciales, no quiere que los aspirantes al Elíseo de la oposición usen la retirada de Malí, donde empezó la intervención militar gala hace nueve años, como arma arrojadiza contra Macron, que debe oficializar pronto su candidatura a un segundo mandato.

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En total, en el Sahel hay, según el Elíseo, unos 25.000 efectivos internacionales, de los que 4.300 son franceses. De ellos, 2.400 están en Malí en el marco de la operación antiyihadista Barkhane y la Takuba, la misión de fuerzas especiales de varios países de la UE acordada en enero de 2020 y que apoya, bajo mando francés, a las fuerzas armadas malienses en operaciones antiterroristas en el país. Francia, que ha perdido en sus nueve años de operaciones en el Sahel a más de medio centenar de militares, ya recompuso su dispositivo en Malí en 2021, reduciendo su presencia militar en el norte del país y priorizando las operaciones de Takuba, recuerda la Agencia France Presse.

Ahora se trata de dar el paso definitivo y confirmar la retirada de su presencia militar, en pleno deterioro de las relaciones con Bamako tras dos golpes de Estado y la presencia cada vez mayor de mercenarios de la empresa rusa Wagner. “Seguir en un lugar no es un fin en sí. Hay que seguir, pero solo donde podamos tener las palancas para actuar. Y donde no se reúnen las condiciones para una acción eficaz sobre los grupos terroristas, no hay que buscar seguir a toda costa”, decía una fuente diplomática francesa hace una semana, cuando se incrementaron los rumores de una inminente salida gala de Malí.

Se espera que el contingente galo sea trasladado al vecino Níger, aunque París advierte de que no busca una mera transferencia de tropas de un país a otro, sino un replanteamiento más amplio de su presencia en la región, que no será ya “la de una operación exterior clásica, con bases militares y un estado mayor regional”, subrayan las fuentes, sino que buscará “adaptarse a las necesidades de cada país” en vista de la evolución de la amenaza terrorista en la zona en estos últimos años.

“Necesitamos reinventar nuestra alianza militar” en el Sahel, insiste el Elíseo. “No se trata de desplazar lo que se hace en Malí a otra parte, sino de reforzar lo que hacemos en Níger y apoyar más el flanco sur”, agrega.

Las cada vez más deterioradas relaciones de París con las fuerzas golpistas de Bamako sufrieron una fractura clave con la expulsión a finales de enero del embajador francés en Malí, Joël Meyer. París no obstante insiste en que la “trayectoria de ruptura con las autoridades de transición” malienses afecta al “conjunto” de los socios de la región y a los europeos que apoyan las diversas operaciones en el Sahel. De ahí la necesidad, insisten fuentes del Elíseo, de “reunir a los países implicados en el Sahel para ver qué consecuencias hay que sacar” de la situación y de la actitud de Bamako.

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Unos militares malienses, en Bamako tras el golpe de Estado de agosto de 2020.
Unos militares malienses, en Bamako tras el golpe de Estado de agosto de 2020.STRINGER (Reuters)

España y Alemania abogan por revisar la misión militar europea en Malí, de la que ambos países son los principales contribuyentes, ante la “degradación” de las condiciones políticas y de seguridad en este país del Sahel. Así lo señalaron este martes el ministro español de Exteriores, José Manuel Albares, y su homóloga alemana, Annalena Baerbock, que hizo su primer viaje oficial a Madrid.

En los próximos días se espera que el presidente francés, Emmanuel Macron, anuncie la salida de las tropas francesas de Malí, después de que la junta militar que gobierna el país haya expulsado a su embajador en Bamako. La retirada de los militares franceses supondrá la evacuación de las dos operaciones de combate contra el yihadismo lideradas por Francia —Barkhane y Takuba, con unos 5.000 efectivos en total— que París quiere reacomodar en países vecinos, especialmente en Níger.

El problema se plantea con la misión EUTM-Malí, que instruye al Ejército maliense para enfrentarse a los terroristas. Albares subrayó que, más allá de lo que decida Francia, se trata de una misión de la UE por lo que “cualquier cambio, reducción o desaparición” debe acordarse “a nivel europeo”, en un debate en el que España “hará oír su voz”. El jefe de la diplomacia española cree que los motivos que llevaron a poner en marcha la misión —yihadismo, tráfico de estupefacientes y de seres humanos— “se mantienen en buena medida” por lo que “lo deseable” es que la operación pueda continuar. Pero admite que las condiciones sobre el terreno “se degradan” —el país ha sufrido dos golpes de Estado sucesivos, en agosto de 2020 y en mayo de 2021— y además han aparecido “actores que no estaban presentes, como Rusia, que cambian la situación”. “No es extravagante ni extraordinario que los europeos hagamos una reflexión sabiendo que lo deseable es que podamos mantener esta misión”, concluyó el ministro Albares.

En referencia a la junta militar de Bamako (que se comprometió a celebrar elecciones este mes y las ha aplazado cinco años), subrayó que “es necesario establecer un calendario democrático claro y concreto”.

Por su parte, Baerbock mostró sus dudas sobre la posibilidad de que la misión EUTM-Malí pueda mantenerse y subrayó que la UE debe tomar una decisión a la vista de los “profundos cambios” que se han producido. Los ministros de Defensa de la UE, en una reunión telemática celebrada el pasado viernes, acordaron enviar una misión técnica a Malí para evaluar la situación sobre el terreno.

EUTM-Malí cuenta con 1.100 efectivos, de los que 530 son españoles y 325 alemanes.

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El Alto Representante de la UE para Política Exterior y de Seguridad, Josep Borrell, enviará un equipo a Bamako para analizar, junto con las autoridades malienses, la situación sobre el terreno y si se dan las condiciones para que la misión europea EUTM-Malí pueda continuar en el país africano. Esta ha sido la principal conclusión de la videoconferencia que han celebrado este viernes 15 ministros de Defensa de la UE convocados por la ministra francesa de las Fuerzas Armadas, Florence Parly, que ejerce la Presidencia de turno de la Unión.

Francia ha decidido sacar a sus tropas de Malí, después de que las autoridades locales expulsaran el pasado 31 de enero al embajador francés en Bamako, Joël Meyer, en respuesta a unas declaraciones del jefe de la diplomacia gala, Jean-Yves Le Drian, quien calificó de ilegítima a la junta militar que gobierna el país y tachó de “irresponsables” sus decisiones. Pero París no quiere marcharse sola, por temor a que la imagen de la retirada de las tropas francesas perjudique al presidente Emmanuel Macron a solo dos meses de la primera vuelta de las elecciones al Elíseo y busca el acompañamiento de sus socios europeos.

En Malí coexisten cuatro misiones internacionales: las dos operaciones francesas de combate, Barkhane y Takuba, cuya evacuación de Malí se considera inminente, aunque puedan seguir actuando desde países vecinos; la misión de la ONU (Minusma), con más de 18.000 efectivos, tan voluminosa como poco operativa; y la misión europea EUTM-Malí, dedicada a adiestrar al Ejército maliense. Esta última cuenta con 1.100 militares de 25 países, aunque más de la mitad son españoles.

En la videoconferencia de este viernes, la ministra española, Margarita Robles, ha destacado la importancia y los logros de la misión EUTM y ha abogado por “perseverar en nuestros importantes objetivos de avanzar en la gobernanza democrática de Malí, fortaleciendo sus estructuras y capacidades como elemento indispensable para mejorar la seguridad en el país y la lucha contra el terrorismo en toda la región”, según ha informado su departamento.

El mandato de la misión europea no concluye hasta 2024, pero la retirada francesa ha puesto en entredicho su continuidad, ante el temor a que se produzca un rápido deterioro de la seguridad en todo el país. A ello se suma el rechazo europeo a la llegada de más de 1.000 soldados rusos a Malí en apoyo al Gobierno golpista de Bamako, muchos de ellos mercenarios de la empresa Wagner, próxima al Kremlin.

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En el origen del conflicto con Francia está el propósito de la actual junta militar de perpetuarse en el poder, posponiendo cinco años las elecciones presidenciales e incumpliendo su compromiso de celebrarlas en febrero. En mayo pasado, los militares, encabezados por el coronel Assimi Goïta, dieron el segundo golpe de Estado en nueve meses, interrumpiendo la transición iniciada después de que, en agosto de 2020, fuera derrocado el presidente Ibrahim Boubacar Keita.

En enero pasado, la Comisión Económica de Estados de África del Oeste (Cedeao), que agrupa a los países vecinos de Malí, adoptó duras sanciones contra el régimen militar de Bamako, que incluyen la retirada de embajadores, el cierre de fronteras y la suspensión de los intercambios comerciales, salvo productos básicos. La UE ha respaldado las sanciones de la organización africana, pero mantiene su misión de adiestramiento del Ejército que ocupa ilegalmente el poder. Fuentes militares admiten que, en el mejor de los casos, habrá que proceder a una “profunda revisión” de la misión europea, que estaba en fase de expansión, con el envío de patrullas móviles a distintos puntos del país, la construcción de nuevas bases y su ampliación a los otros países del G-5 del Sahel (Níger, Burkina Faso, Chad y Mauritania).

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Francia ha decidido sacar sus tropas de Malí, el país del África subsahariana al que llegaron en enero de 2013 para frenar el avance yihadista y evitar la caída de la capital, Bamako. Pero París no quiere irse solo. La imagen de la retirada francesa evoca la reciente debacle de la OTAN en Afganistán y puede ser demoledora para el presidente Emmanuel Macron a solo dos meses de la primera vuelta de las elecciones al Elíseo. Por eso, según fuentes diplomáticas, París busca el acompañamiento de los socios europeos en su salida. Esa retirada conjunta supondría el abandono de uno de los principales proyectos europeos contra el radicalismo en la región africana del Sahel.

Francia, que ostenta este semestre la presidencia de la UE, ha convocado para este viernes una videoconferencia de ministros de Defensa para analizar la situación en el Sahel. España, principal contribuyente de la misión europea de adiestramiento EUTM—Malí, con 530 militares (la mitad del total), apuesta por continuar en el país.

Macron ya anunció en julio pasado su intención de reducir en un 40% los 5.100 efectivos de la Operación Barkhane de lucha contra el yihadismo y sustituirlos, en parte, por las fuerzas especiales, más reducidas, de la nueva Operación Takuba. Sin embargo, la situación se ha precipitado a raíz de la expulsión, el pasado 31 de enero, del embajador francés en Malí, Joël Meyer, después de que el jefe de la diplomacia gala, Jean-Yves Le Drian, calificara de ilegítima la junta militar que gobierna Bamako y tachara de “irresponsables” sus decisiones.

París ya ha comunicado a los socios europeos su decisión de trasladar al vecino Níger la mayor parte de las tropas que ahora tiene en el país. Bamako, por su parte, ha expulsado al contingente danés de la fuerza Takuba, alegando que no contaba con autorización para desplegarse, y Noruega ha anunciado que retirará sus efectivos. Fuentes militares dan por hecho que este movimiento acabará arrastrando a la quincena de países europeos (entre los que no está España) que participan en dicha misión.

El problema se plantea con la misión EUTM-Malí, de instrucción del Ejército maliense, que no depende de Francia sino de la UE. Las fuentes consultadas aseguran que París no ha pedido expresamente la salida de la misión europea, pero sí ha señalado que no es viable mantenerla en Malí sin la presencia de las tropas francesas, que hasta ahora son las que han asumido el combate contra el yihadismo. La EUTM-Malí cuenta con 1.100 efectivos de 25 países.

Tanto el alto representante de la UE para Política Exterior, Josep Borrell, como el Gobierno español, según las fuentes consultadas, son partidarios de mantener la misión de adiestramiento, tanto por la posición estratégica de Malí en el Sahel como por temor a que el vacío que dejen los europeos sea ocupado por Rusia. Esa sustitución ya ocurre. Fuentes de la inteligencia militar aliada cifran en 1.100 los militares rusos desplegados en Malí; algunos son militares regulares y otros mercenarios de la empresa Wagner, a la que recurre el Kremlin para tareas cuya responsabilidad no quiere asumir.

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La ministra española de Defensa, Margarita Robles, habló el viernes pasado por teléfono con su homóloga francesa, Florence Parly; y el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, se reunió el miércoles con Le Drian en Lyon (Francia).

La continuidad de la presencia militar europea en Malí dependerá en buena medida de cuál sea la decisión de Alemania, que es el segundo contribuyente de la EUTM-Malí, con 325 militares, y constituye el pilar de la Minusma (la misión de Naciones Unidas para Malí) con 1.300 efectivos. La ministra de Exteriores germana, Annalena Baerbock, se preguntó la semana pasada si, “a la vista de las medidas tomadas por Malí, los requisitos previos para nuestro compromiso conjunto siguen vigentes”. “El compromiso”, advirtió, “no es un fin en sí mismo”. El Parlamento alemán debe votar en mayo la continuidad de su presencia militar en Malí.

Más allá de la voluntad política de los europeos, los expertos subrayan que la retirada de las tropas francesas puede provocar un rápido deterioro de la seguridad que haga inviable la continuidad de la EUTM-Malí, a pesar de que su mandato no expira hasta 2024. Fuentes militares admiten que, en el mejor de los casos, habrá que proceder a una “profunda revisión” de la misión, que estaba en fase de expansión, con el envío de patrullas móviles a distintos puntos del país, la construcción de nuevas bases y su ampliación a los otros países del G5 del Sahel (Níger, Burkina Faso, Chad y Mauritania).

Una manifestación contra la presencia de militares franceses en Malí, el pasado día 4 en Bamako.
Una manifestación contra la presencia de militares franceses en Malí, el pasado día 4 en Bamako.PAUL LORGERIE (REUTERS)

Además de las dificultades militares, hay graves obstáculos políticos. En el origen del conflicto con Francia está el propósito de la actual junta militar de perpetuarse en el poder, posponiendo cinco años las elecciones e incumpliendo su compromiso de celebrarlas en febrero. En mayo pasado, los militares, encabezados por el coronel Assimi Goïta, dieron el segundo golpe de Estado, interrumpiendo la transición iniciada después de que, en agosto de 2020, fuera derrocado el presidente Ibrahim Boubacar Keita.

En enero pasado, la Comisión Económica de Estados de África del Oeste (Cedeao), que agrupa a los países vecinos de Malí, adoptó duras sanciones contra el régimen militar de Bamako, que incluyen la retirada de embajadores, el cierre de fronteras y la suspensión de los intercambios comerciales, salvo productos básicos. La UE ha respaldado las sanciones de la organización africana, pero mantiene su misión de adiestramiento del Ejército que ocupa ilegalmente el poder.

El Ejército francés rechaza actuar con mercenarios rusos

Marc Bassets

Tras la expulsión del embajador francés de Malí, fuentes diplomáticas francesas respaldaron esa idea de que la acción en el Sahel solo tiene sentido si es concertada. “La consulta y coordinación internacional es esencial porque este no es un problema franco-maliense”, argumentaron. “Solo tiene sentido participar cuando se puede actuar de manera efectiva sobre la amenaza”, señalaron para justificar la decisión de retirar las tropas de su país de Malí. “Quedarse en un lugar no es un fin en sí mismo. Debemos seguir comprometidos, pero donde podamos tener las palancas para actuar. Y donde no se dan las condiciones para tener una acción efectiva sobre estos grupos terroristas, no debemos intentar a toda costa seguir”, añadieron. 

La presencia de mercenarios franceses en Malí es uno de los motivos esgrimidos por las mismas fuentes para justificar la salida de los militares franceses. “Es inconcebible que el Ejército francés esté vinculado directa o indirectamente a Wagner. No es un compañero como los demás. Es un grupo que trabaja con reglas de enfrentamiento que no tienen nada que ver con las nuestras”.

Francia niega que su salida de Malí implique que tira la toalla en la lucha contra el yihadismo en el Sahel. “Hay una amenaza que está ahí y tiene dos nombres que conocemos: Al Qaeda y Estado Islámico. Estas organizaciones dicen en sus escritos que África Occidental es su principal objetivo. Su agenda es internacional, con proyección exterior, incluso hacia Europa y tenemos interés en poder seguir actuando y limitar su expansión. Luchar contra ellas no es solo estar en Malí. Debemos ser capaces de actuar con toda la región”, explicaron.

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Francia, la antigua potencia colonial en África, afronta uno de los momentos más difíciles de las últimas décadas en este continente. La ruptura entre París y la junta militar que gobierna Malí han llevado al presidente Emmanuel Macron a intensificar los preparativos para una retirada total de las tropas francesas e internacionales.

Nada está decidido, pero los equipos de Macron consultan con sus socios europeos e internacionales ante una posible salida del país donde hace nueve años empezó la misión antiterrorista en la región del Sahel. La retirada de Malí, en medio de un creciente sentimiento antifrancés en la región y un contexto de pulso en África con la pujante China y con Rusia, reaviva el espectro de la retirada el pasado verano de Estados Unidos de Afganistán tras una guerra de 20 años.

Las diferencias entre el Sahel y Afganistán son significativas: desde la densidad de la presencia y el número de bajas occidentales hasta el hecho de que la intervención en el Sahel empezó a petición de Malí para frenar el avance yihadista. Pero Francia, en plena campaña electoral y al frente del Consejo de la UE durante este semestre, afronta el riesgo de una humillación en un continente en el que, incluso décadas después de la descolonización, preservó poderosas redes de influencia económica, política y militar.

“No tiene sentido mantener la presencia [en Malí] cuando no podemos actuar de manera eficaz sobre la amenaza”, dice una fuente diplomática francesa que requiere anonimato. “Seguir en un lugar no es un fin en sí. Hay que seguir, pero solo donde podamos tener las palancas para actuar. Y donde no se reúnen las condiciones para una acción eficaz sobre los grupos terroristas no hay que buscar seguir a toda costa”.

La retirada de Malí, si acaba concretándose, no implica la retirada de toda la zona. “Luchar contra estas dos organizaciones [Al Qaeda y Estado Islámico] no se resume a estar en Malí”, dice la citada fuente. Y añade: “Hay que pensar en un dispositivo más ágil que puede afrontar la amenaza terrorista a escala de los países de la región”.

El detonante de la crisis actual fue la expulsión, el martes, de Joël Meyer, embajador francés en Bamako. La expulsión llegó después de que el ministro francés de Exteriores, Jean-Yves Le Drian, calificase de “junta ilegítima” a los gobernantes malienses. La junta ocupa el poder como resultado de un doble golpe de Estado y es objeto de sanciones por parte de la UE y la Comunidad de Estados del África Occidental.

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El régimen de Bamako también ha ordenado la retirada del contingente danés que debía unirse a Takuba, la operación de fuerzas especiales que actúa en el Sahel que debe sustituir, con menos tropas y más eficientes, a la más robusta Operación Barkhane. A esta operación marcadamente antiterrorista se suma la misión de formación de la UE y la de estabilización de la ONU.

Francia denuncia la presencia en Malí de mercenarios de la empresa rusa Wagner, supuestamente amparados por el Kremlin. “Es inconcebible que el ejército francés esté ligado directa o indirectamente a Wagner”, dice la citada fuente diplomática francesa. “Es un grupo con un comportamiento de milicia y que trabaja con reglas de actuación que no tienen nada que ver con las nuestras”.

El profundo deterioro de las relaciones entre Bamako y París se nutre de un creciente sentimiento antifrancés que cala en toda la región. Las protestas previas a los golpes de Estado en Malí y Burkina Faso y las manifestaciones de celebración posteriores estaban llenas de eslóganes contra la presencia militar gala en el Sahel. El bloqueo del convoy de Barkhane en Burkina Faso y Níger el pasado mes de noviembre refleja este rechazo.

“La situación en materia de seguridad no solo no ha mejorado, sino que se ha deteriorado gravemente. Por eso, mucha gente se cuestiona la sinceridad de la intervención militar francesa, de sus intenciones”, asegura Gilles Yabi, analista político responsable del think tank Wathi. “No es solo el fracaso de Barkhane”, prosigue este experto, “también hay viejos resentimientos, formas inadecuadas a la hora de expresarse por parte de algunos ministros que confirman el prejuicio de una tradicional arrogancia o poderosos vínculos con las élites africanas que trasladan la sensación de que es París quien dirige la política”.

En Senegal, un país por ahora alejado de la violencia yihadista, el líder opositor Ousmane Sonko, cuyos buenos resultados en las recientes elecciones locales le convierten en un serio aspirante a la presidencia en 2024, ha integrado el rechazo a Francia como uno de los ejes de su discurso. En el estallido de cólera popular de hace un año en Dakar y otras ciudades del país los saqueos no fueron generalizados: afectaron solo a gasolineras y supermercados de empresas francesas.

En este contexto, de confirmarse la salida de las tropas francesas de Malí y con la debilitada Burkina Faso en plena recomposición tras el golpe de Estado del 24 de enero las miradas se dirigen a Níger como nuevo bastión francés en el Sahel central, pues allí ya se concentra buena parte de los medios aéreos de Barkhane y de Estados Unidos.

Los desafíos son enormes. El rechazo a la presencia militar extranjera está extendido también en este país y su Gobierno teme que este sentimiento se acreciente si se intensifica el ir y venir de fuerzas occidentales. “Níger tiene una larga tradición de fuerte influencia del Ejército en la política y sus autoridades saben que no están exentas de un riesgo de golpe, como en Malí o Burkina Faso”, explica Yabi.

Una parte del rechazo a Francia y por extensión a la presencia occidental en el Sahel está espoleada por activistas prorrusia. Este país se ha propuesto recuperar el terreno perdido desde la época de la Unión Soviética con intervenciones militares trufadas con la presencia de mercenarios de compañías privadas.

El ocaso de la ‘Françafrique’

Emmanuel Macron llegó al poder en 2017 con la voluntad de renovar la política africana de Francia. La vieja estrategia venía marcada por el colonialismo y, a partir de los años sesenta, por la descolonización y los lazos estrechos que el general Charles De Gaulle y sus sucesores establecieron con los regímenes africanos. Fue en aquellos años cuando se consolidó la imagen de la llamada Françafrique, la tupida red de intereses económicos, militares y políticos —intereses no siempre confesables— entre París y las capitales del África francófona.

África fue un pilar de la influencia global francesa, según Antoine Glaser, coautor junto a Pascal Airault del libro Le piège africain de Macron (La trampa africana de Macron, 2021). “Cuando uno es presidente de la República francesa”, dice Glaser, “¿a qué debe su diplomacia de influencia? Al sillón permanente en el Consejo de seguridad de la ONU, a la potencia nuclear y al hecho de ser una potencia africana”.

Pero en una África globalizada y con una potencia como China ganando terreno, la Françafrique es cosa del pasado.

«La Françafrique no me obsesiona. Es algo que pasará. Es generacional”, declaró Macron en una entrevista publicada en el libro de Glaser y Airault. “En mi opinión”, dice ahora Glaser por teléfono, “se está pasando una página histórica”. Y añade: “Es como si Francia fuese un gran barco: siguió siendo influyente en determinados países como si aún estuviésemos en la época pos-colonial, pero ahora estamos en algo del todo distinto”. 

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Manifestación en Bamako contra las sanciones impuestas por la Cedeao, en defensa de la junta militar y contra la presencia militar francesa, celebrada el pasado 14 de enero.
Manifestación en Bamako contra las sanciones impuestas por la Cedeao, en defensa de la junta militar y contra la presencia militar francesa, celebrada el pasado 14 de enero.PAUL LORGERIE (REUTERS)

El Gobierno de Malí, bajo control de los militares tras el golpe de Estado de 2020, ha ordenado este lunes la expulsión del embajador de Francia, Joël Meyer, a quien las autoridades dan un plazo de 72 horas para abandonar el país, según un comunicado oficial leído en la televisión nacional. Esta drástica medida se produce como reacción a las recientes declaraciones en medios franceses del ministro galo de Exteriores, Jean Yves Le Drian, en las que acusaba a la junta militar de “ilegítima” y de “adoptar medidas irresponsables”. El embajador francés fue convocado este lunes al Ministerio de Exteriores, donde se le comunicó su expulsión del país.

“Esta decisión se produce tras los comentarios hostiles e indignantes realizados recientemente” por el citado ministro, según asegura el comunicado, “y a la repetición de tales comentarios por parte de las autoridades francesas respecto a las autoridades malienses a pesar de las reiteradas protestas” por parte del Gobierno de Malí, quien considera dichas opiniones “contrarias al desarrollo de las relaciones amistosas entre naciones”. Pese a ello, sostiene la nota oficial, el Ejecutivo maliense mantiene su “disponibilidad a continuar el diálogo y la cooperación con el conjunto de sus socios internacionales, incluida Francia, en el respeto mutuo y sobre la base del principio cardinal de la no injerencia”.

Las relaciones entre ambos países se han ido deteriorando desde que en agosto de 2020 el coronel Assimi Goïta encabezó un golpe de Estado contra el presidente Ibrahim Boubacar Keïta y logró derrocarlo, pero sobre todo después del segundo golpe liderado también por Goïta en mayo de 2021, que frustró la transición a la democracia que se había puesto en marcha. El presidente francés Emmanuel Macron se mostró especialmente molesto por esta segunda asonada militar y, días más tarde, anunció la retirada parcial de la operación Barkhane de lucha contra el terrorismo yihadista, que ha llegado a contar con unos 5.500 soldados en el Sahel, muchos de ellos en Malí, y que ya se ha reducido a unos 4.800 con la previsión de llegar a unos 3.000 en 2023.

El viraje de la junta militar maliense hacia Rusia y, más en concreto, el inicio de negociaciones con la compañía privada Wagner vinculada al Kremlin para el despliegue de mercenarios en Malí, marcó el comienzo de las hostilidades. Para las autoridades francesas, que aseguran que miembros de Wagner ya están en Malí, esto es una línea roja y así lo han manifestado en repetidas ocasiones. Sin embargo, el Gobierno de transición maliense niega dicho despliegue y asegura que se trata de instructores del Ejército ruso dentro de misiones de formación similares a la que lleva a cabo la Unión Europea desde 2013.

Tras el segundo golpe de Estado, los militares malienses se comprometieron a mantener el calendario de la transición ―negociado con la Comisión Económica de Estados de África Occidental (Cedeao), que establecía elecciones en febrero―, pero en diciembre pasado rompieron esta promesa y anunciaron su intención de continuar en el poder entre seis meses y cinco años más. La reacción de la Cedeao fue aprobar durísimas sanciones contra Malí, como el bloqueo de toda ayuda financiera exterior o el cierre de fronteras, medidas que Francia y la UE respaldaron. En paralelo, y tras ocho años de intervención militar sin resultados claros frente a un yihadismo que avanza, un fuerte sentimiento antifrancés se ha ido extendiendo por toda la región y está detrás del respaldo popular a los golpes en Malí y Burkina.

La tensión continuó subiendo

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La pasada semana, las autoridades malienses ordenaron la salida del país de un centenar de soldados daneses desplegados en el marco de la operación europea Takuba de apoyo a Barkhane, alegando que no habían sido consultadas. Asimismo, la junta anunciaba la revisión de los acuerdos militares con Francia. Desde París, y en distintas declaraciones a medios franceses, el ministro Le Drian ha denunciado en los últimos cuatro días el carácter ilegítimo de la junta militar, a la que acusó de pretender perpetuarse en el poder con la excusa del yihadismo. También aseguró que Wagner había llegado a Malí para expoliar el país con el beneplácito de sus autoridades. Por su parte, Florence Parly, ministra de Defensa, aseguró que no podían seguir en Malí “a cualquier precio”.

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El 16 y el 17 de enero de 2012 una coalición de rebeldes tuaregs y grupos yihadistas atacaba las ciudades de Menaka, Tessalit y Aguelhok, en el norte de Malí. Se cumple una década del inicio de un conflicto que hoy se extiende por el Sahel central y que ha provocado una de las peores crisis a las que se enfrenta el continente africano, con 25.000 muertos, según José Luengo-Cabrera, analista de datos especializado en África occidental, y 2,5 millones de desplazados, según Acnur. El constante avance del yihadismo pese a la robusta intervención francesa, mediante una Operación Barkhane en plena reducción de efectivos, y las turbulencias políticas internas de Malí, donde gobierna el coronel Assimi Goïta tras el golpe de Estado de 2020, han abierto la puerta a una mayor presencia militar de Rusia, convirtiendo el Sahel en el último escenario del forcejeo entre un Moscú que quiere ganar músculo en África y una Unión Europea que se resiste a perderlo.

El último capítulo de esta pugna se vivió la semana pasada con el anuncio de la retirada de Malí de un centenar de soldados daneses desplegados en el marco de Takuba, una fuerza europea de apoyo a Barkhane. La junta militar protestó de manera airada por un despliegue que, según dijo el Gobierno en un comunicado, no había contado con su beneplácito y exigió su abandono del territorio maliense. Cuatro días más tarde, Jeppe Kofod, ministro danés de Exteriores, anunció la salida de sus tropas. “Los generales golpistas ―en un sucio juego político― han retirado la invitación que nos hicieron porque no quieren un plan rápido para volver a la democracia”, aseguró.

El viernes, el ministro francés de Exteriores, Jean-Yves Le Drian, verbalizaba el enfado europeo. “Dada la situación y la ruptura del marco político y militar, no podemos seguir como hasta ahora (…) está claro que la situación actual no se puede mantener”, aseguró, dejando entrever una reconfiguración de la cooperación militar europea en el Sahel. Dos días más tarde, la titular de Defensa, Florence Parly, insistía en el carácter ilegítimo de la junta militar. “No podemos continuar en Malí a cualquier precio”, dijo. Tras varios encontronazos, Bamako ha solicitado una renegociación de los acuerdos con Francia. “No excluimos nada”, aseguró el ministro de Exteriores maliense Abdoulaye Diop.

Mientras el despliegue francés y europeo se debilita, Rusia gana peso. “La presencia rusa puede modificar la estrategia en materia de seguridad en el Sahel. La naturaleza de este cambio depende en gran medida de los socios europeos y americanos que todavía dominan los dispositivos de seguridad internacionales en la región. ¿Van a actuar de manera aislada o intentarán colaborar? La respuesta a esta pregunta es complicada”, asegura Tatiana Smirnova, investigadora especialista en el Sahel del Centro FrancoPaix de la Universidad de Quebec, para quien la llegada de los refuerzos militares desde Moscú está vinculada con el creciente sentimiento antifrancés que se extiende por la región, “provocado por los sucesivos fracasos de las operaciones militares internacionales” y la percepción de que Rusia puede ser “una vía alternativa”.

El aspecto más polémico de la colaboración ruso-maliense es el posible desembarco de mercenarios de la compañía privada Wagner, vinculada con el presidente Vladímir Putin y presente en otros países africanos como Libia, Sudán, Mozambique o la República Centroafricana. Los gobiernos occidentales, de manera notoria Estados Unidos y Francia, aseguran que dicho despliegue ya se ha producido, pero la junta militar maliense lo niega con rotundidad, asegurando que las fuerzas rusas sobre el terreno son instructores del Ejército y no miembros de Wagner. Los países occidentales y Francia en particular han reaccionado enérgicamente a este hipotético despliegue, amagando con romper toda colaboración militar con las autoridades de Bamako. Hace apenas un mes, la UE aprobó sanciones contra esta compañía, a la que acusa de violaciones de derechos humanos, torturas, ejecuciones extrajudiciales y saqueo de recursos naturales.

“Wagner está en Malí”, aseguró hace diez días el general Stephen Townsend, comandante de la fuerza estadounidense en África (Africom) en una entrevista concedida a la radio Voz de América, “ahí están, pensamos que son muchos cientos ahora, se están desplegando con el apoyo del Ejército ruso”, añadió. Por su parte, el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, aseguró que “no hemos tenido hasta ahora un encuentro con Wagner (…) es una decisión soberana del Gobierno de Malí tener una cooperación con una organización como esa, lo único que queremos es que no genere ninguna dificultad”. La ONU tiene desplegada una misión en Malí con más de 18.000 efectivos, entre ellos 15.000 soldados y policías.

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Este domingo, Le Drian acusó a Wagner de estar expoliando los recursos de Malí en una entrevista concedida al diario Le Journal du Dimanche. “Ya se están aprovechando en este momento de los recursos del país a cambio de proteger la junta. Están expoliando Malí”, comentó el ministro galo, para quien “Wagner utiliza la debilidad de algunos Estados para implantarse (…) para reforzar la influencia rusa en África”.

España mantiene una posición mucho más moderada. La ministra de Defensa, Margarita Robles, expresó hace diez días en un encuentro con periodistas en Madrid la apuesta del Gobierno por la continuidad de la misión europea de formación al Ejército maliense (EUTM) en la que España aporta unos 550 militares, algo más de la mitad del total. La ministra, quien aseguró que “no hay constancia” de la presencia de mercenarios de Wagner en Malí, pero sí de militares rusos, hizo alusión a una especie de “síndrome de Afganistán” e insistió en que “la UE es consciente de que cualquier retirada del Sahel es dejar el espacio libre a Rusia y China”. España se ha negado hasta ahora a aportar tropas a la fuerza europea Takuba, pero colabora con Barkhane en apoyo logístico mediante la Operación Marfil.

La cooperación y amistad entre Rusia y Malí no es nueva y data de la época de la Unión Soviética, que en el ámbito militar ha continuado tanto en formación como en venta de armas y equipamiento. Sin embargo, dicha colaboración se ha intensificado después del golpe de Estado de agosto de 2020. Al menos tres de los oficiales putschistas más relevantes, los coroneles Assimi Goïta, Malick Diaw y Sadio Cámara, presidente del país, del Consejo Nacional de Transición y ministro de Defensa, respectivamente, recibieron entrenamiento en Rusia y el pasado 30 de septiembre cuatro helicópteros de combate, armas y municiones aterrizaban en Bamako procedentes de Moscú. La corriente entre ambos países fluye como en los viejos tiempos.

Repliegue francés

Esta reactivación de las relaciones ruso-malienses coincide con la reducción de la fuerza militar que ha liderado la estrategia antiterrorista en el Sahel hasta ahora, la Operación Barkhane liderada por Francia. La entrega de tres bases al Ejército de Malí en el norte del país y la reducción de 5.500 a 4.800 efectivos por ahora, con la intención de que no superen los 3.000 en 2023, son la prueba de dicho repliegue anunciado por el presidente francés, Emmanuel Macron, a mediados de 2021. Este reajuste de Barkhane, además, se produce tras nueve años de intervención militar sin victorias claras que han provocado un recrudecimiento del rechazo a la presencia francesa en la región, como se pudo comprobar con el convoy militar bloqueado por manifestantes en Burkina Faso y Níger, y se siente en las protestas que estallan periódicamente en Bamako, Niamey o Uagadugú.

Durante las celebraciones posteriores al golpe de Estado del pasado lunes en Burkina Faso, decenas de manifestantes reclamaron a las nuevas autoridades militares que exigieran la salida de las tropas francesas de su territorio y que llamaran a los rusos en apoyo. De momento, el líder de la junta militar burkinesa, el teniente coronel Sandaogo Damiba, ha manifestado su intención de contar con “la comunidad internacional” en lo que definió como “reconquista de nuestro territorio” frente al yihadismo. Pero al día siguiente del golpe, el empresario ruso Evgueni Prigojine, vinculado al presidente Vladímir Putin y supuesto hombre fuerte de Wagner, saludó el alzamiento militar como una “nueva era de descolonización”. Asimismo, Alexandre Ivanov, quien coordina a instructores rusos en República Centroafricana, se apresuró a ofrecer un modelo similar al Ejército burkinés mediante un comunicado.

“Barkhane ha comenzado a replegarse y hay una reducción en el número de soldados, eso está claro”, asegura Marc André Boisvert, experto en seguridad en el Sahel. Frente a esta disminución de capacidad militar, la fuerza europea Takuba había ido aumentando su capacidad con la reciente incorporación de fuerzas danesas e italianas. “Hay dos datos relevantes. Uno de los grandes problemas en Malí es la capacidad aérea, que efectivos italianos que se han integrado en Takuba vengan con medios aéreos es una buena señal porque se trata de una contribución importante a las operaciones militares. Y, por otra parte, Takuba se ha instalado sobre todo en Menaka, que hasta ahora era defendido principalmente por Barkhane”, añade Boisvert. Sin embargo, todos los esfuerzos de despliegue de Takuba se ven ahora amenazados por la crisis entre Bamako, Francia y la Unión Europea.

Este viernes, la Comisión Económica de Estados de África Occidental (Cedeao) que reúne a los 15 países de la región y aprobó hace tres semanas una batería de durísimas sanciones contra Malí que incluyen cierre de fronteras y congelación de toda la ayuda económica, volvió a acusar a la junta militar de intentar mantenerse en el poder a toda costa, saltándose la fecha pactada de febrero para celebrar elecciones y devolver el poder a los civiles, una decisión que la Cedeao considera inaceptable. Los dirigentes regionales aseguran que están a la espera de un calendario “razonable y realista” para modificar las sanciones dictadas contra Malí.

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Ibrahim Boubacar Keïta habla en la Asamblea General de Naciones Unidas el 26 de septiembre de 2019.
Ibrahim Boubacar Keïta habla en la Asamblea General de Naciones Unidas el 26 de septiembre de 2019.JOHANNES EISELE (AFP)

Ibrahim Boubacar Keïta, presidente de Malí entre 2013 y 2020, falleció este domingo sobre las nueve de la mañana en su domicilio particular de Bamako a los 76 años de edad. Keïta, conocido popularmente como IBK, fue derrocado por un golpe de Estado militar el 18 de agosto de 2020 tras intensas protestas ciudadanas contra su Gobierno. Su muerte se produce en uno de los momentos más complicados para su país, aislado del resto de África occidental por el cierre de fronteras y las sanciones económicas y comerciales impuestas esta semana por sus naciones vecinas y golpeado casi a diario por la violencia yihadista, con el norte y centro del país prácticamente fuera del control estatal.

Licenciado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales y con un máster en Historia, IBK cursó sus estudios universitarios entre Dakar y París para luego regresar a su país e integrar esa generación de malienses que dio el salto a la política tras la caída del dictador Moussa Traoré en 1991 para construir una joven democracia. Sus primeros pasos en la Administración fueron como asesor y portavoz del recién elegido presidente Alpha Oumar Konaré y después como embajador en Costa de Marfil, Gabón, Burkina Faso y Níger. Con este bagaje fue nombrado ministro de Exteriores en 1993 y poco después primer ministro, cargo que ocupó hasta el año 2000.

En 2001 y ya al frente de su partido de ideología de centroizquierda Agrupación por Malí (RPM, según sus siglas en francés), Keïta se lanzó a una larga carrera presidencial en la que sufrió dos derrotas consecutivas, en 2002 y 2007, en sendos comicios que dieron la victoria a Amadou Toumani Touré (ATT). Sin embargo, la rebelión tuareg y el comienzo de la violencia yihadista dieron un vuelco a la situación política maliense en marzo de 2012 con el derrocamiento de ATT mediante un golpe de Estado militar y la celebración de nuevas elecciones en el verano de 2013 que, esta vez sí, condujeron a Keïta al Palacio Presidencial de Koulouba tras vencer a Soumaïla Cissé en segunda vuelta.

IBK llegaba al poder con el país intervenido por dos operaciones militares, de Francia y de Naciones Unidas, que pretendían frenar el avance del yihadismo y la descomposición de Malí. Con una vitola de intransigencia y mano dura que había cultivado durante su etapa de primer ministro, Keïta se presentaba ante los ciudadanos como el político capaz de reconducir la situación. Sin embargo, constantes escándalos de corrupción y nepotismo y el imparable avance de los terroristas en el norte y centro del país, sobre todo tras su reelección en 2018, fueron erosionando su imagen hasta convertirle en el blanco de todas las críticas de un pujante movimiento popular y ciudadano construido en torno a la figura del imán Mahmoud Dicko.

Las críticas contra su gestión se convirtieron en 2020 en intensas manifestaciones que acabaron provocando las primeras víctimas civiles tras el uso de armas de fuego por parte de las fuerzas del orden. La situación era cada vez más insostenible hasta que el 18 de agosto un grupo de militares encabezado por el coronel Assimi Goïta da un golpe de Estado y detiene a IBK y su primer ministro, desalojándolos del poder. Ese mismo día, la casa de su hijo Karim Keïta, que se había convertido en el símbolo del despilfarro de la clase política tras la difusión de vídeos de sus fiestas de lujo en un yate, fue víctima de saqueos y pillaje por parte de jóvenes manifestantes.

Tras una semana retenido por los militares, Keïta es liberado y se instala en su domicilio de Bamako. Unos días más tarde sufre una isquemia cerebral leve y viaja hasta Emiratos Árabes Unidos para recibir atención médica antes de regresar el 21 de octubre a Bamako. Durante los últimos meses, la crisis política abierta tras el golpe de Estado que le derrocó se ha agravado por la intención de los militares liderados por Goïta de seguir en el poder hasta cinco años más allá de febrero de 2022, el plazo fijado por la Comisión Económica de Estados de África Occidental (Cedeao). Fruto de ello, este organismo regional aprobó el pasado lunes unas durísimas sanciones contra Malí que incluyen cierre de fronteras, limitaciones al comercio salvo productos de primera necesidad y congelación de la ayuda económica. Este viernes miles de malienses se manifestaron contra la Cedeao y estas medidas, calificadas de “ilegales” por la junta militar. La Unión Europea y Naciones Unidas anunciaron su respaldo al organismo regional africano.

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Los jefes de Estado de la Cedeao, el pasado domingo en Accra (Ghana).
Los jefes de Estado de la Cedeao, el pasado domingo en Accra (Ghana).IVORY COAST PRESIDENTIAL PRESS S (via REUTERS)

La Comisión Económica de Estados de África del Oeste (Cedeao) y la Unión Económica y Monetaria de África Occidental (Uemoa) aprobaron este domingo durísimas sanciones económicas y financieras contra Malí y sus dirigentes en un intento de aislar a la junta militar que gobierna en este país desde agosto de 2020 y forzar la celebración de elecciones democráticas. Las autoridades malienses, que incumplieron su promesa de organizar los comicios para el próximo febrero y se dan de plazo hasta 2026, han calificado dichas sanciones de “ilegales”.

Las medidas adoptadas por la Cedeao, cuyos dirigentes se reunieron el domingo en Accra (Ghana), son inéditas: a partir de este momento Malí queda aislado del resto de África occidental. El organismo regional cierra sus fronteras y suspende sus intercambios comerciales con este país a excepción de los productos básicos y de primera necesidad, congela todos los bienes y fondos de Malí y de sus autoridades en los órganos financieros regionales y corta toda la ayuda económica. Además, retira a sus embajadores de Bamako, la capital del país, según un comunicado de la Cedeao en el que se considera “inaceptable” el cronograma electoral propuesto por la junta militar y se advierte del “impacto potencialmente desestabilizador de la [duración de la] transición maliense sobre la región”.

“Nos gustaría tener un espacio democrático en África occidental. No podemos tolerar esta historia de un golpe de Estado que se prolonga durante cinco o seis años, no es posible”, aseguró el presidente en ejercicio de la Cedeao, el ghanés Nana Akufo-Addo. A juicio del organismo regional, permitir a la junta castrense presidida por el coronel Assimi Goïta seguir en el poder hasta 2026 “significa simplemente que un Gobierno militar de transición ilegítimo tomaría al pueblo maliense como rehén durante los próximos cinco años”.

La reacción de las autoridades de Bamako no se ha hecho esperar. “El Gobierno de Malí condena enérgicamente estas sanciones ilegales e ilegítimas”, ha asegurado este lunes el coronel Abdoulaye Maïga, portavoz del Ejecutivo, quien ha leído un comunicado en la televisión pública en el que critica que “organismos regionales de África occidental se dejen instrumentalizar por potencias extrarregionales con intenciones ocultas”. La junta militar ha decidido, por su parte, cerrar también todas sus fronteras terrestres con Senegal, Níger, Burkina Faso y Guinea, además de prohibir la entrada por vía aérea a los ciudadanos de los 14 países que forman junto con Malí la Cedeao y retirar a todos sus embajadores en esos Estados.

En agosto de 2020 un grupo de coroneles encabezado por Assimi Goïta protagonizó un golpe de Estado que derrocó al presidente legítimo Ibrahim Boubacar Keita tras meses de intensas manifestaciones populares que habían puesto al Gobierno contra las cuerdas. Los militares tomaron el poder entre el alivio y la alegría de buena parte de la población, cansada de la corrupción y de la incapacidad de la Administración de hacer frente a la violencia yihadista que se extiende por el norte y el centro del país. Tras un proceso de negociación con la Cedeao, las nuevas autoridades malienses nombraron al coronel retirado Bah Ndaw nuevo presidente del país y aceptaron celebrar elecciones en febrero de 2022 para devolver el poder a los civiles.

Sin embargo, los militares no han mostrado ninguna intención de cumplir esta promesa y, en medio de tensiones crecientes con la Cedeao y organizaciones de la sociedad civil, el pasado mayo dieron un nuevo golpe de Estado para deponer a Ndaw y nombrar presidente al propio Goïta. Durante su investidura, el pasado 7 de junio, el líder de la junta castrense y nuevo jefe de Estado prometió cumplir sus compromisos internacionales y celebrar elecciones en los plazos previstos. En los meses siguientes convocó a partidos políticos, sindicatos y colectivos de la sociedad civil a un gran encuentro denominado Fundamentos Nacionales de la Transición con el objetivo de fijar un calendario electoral.

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En la práctica, los militares impusieron su criterio en dichas reuniones y lograron que el documento final propusiera una transición que se prolongaría “entre seis meses y cinco años”, lo que de facto abría la puerta a los militares a permanecer en el poder hasta finales de 2026. “Los participantes se han pronunciado a favor de prorrogar la transición con el objetivo de poder llevar a cabo las reformas institucionales estructurales y permitir la celebración de elecciones creíbles, justas y transparentes”, asegura el comunicado de los Fundamentos Nacionales de la Transición, publicado el 30 de diciembre.

Malí se enfrenta desde hace una década a la violencia de grupos yihadistas que han logrado hacerse con el control de amplias zonas del norte y el centro del país. Para contrarrestar el avance de los terroristas, que han logrado extenderse a Burkina Faso y Níger, Francia ha liderado dos operaciones militares, primero, Serval y en la actualidad, Barkhane, con el despliegue de hasta 5.500 soldados galos en los tres países. Sin embargo, la llegada al poder de los militares en Malí ha deteriorado las relaciones entre París, que ya está inmerso en una retirada parcial de sus efectivos de Malí, y Bamako, que ha virado hacia Rusia en busca de apoyo militar con unas supuestas negociaciones sobre la mesa con la compañía privada rusa Wagner para el despliegue de mercenarios en el país. Francia y sus aliados europeos han condenado con firmeza la intervención de esta empresa de seguridad que el Gobierno de Malí, sin embargo, niega oficialmente.

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