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El presidente, Gustavo Petro, emitió la orden a su gabinete ministerial de no dar continuidad a la nómina paralela en las diferentes entidades del Gobierno Nacional.

“He dado la orden en Consejo de ministros de desmantelar todas las nóminas paralelas que existan en las entidades públicas y de eliminar todo gasto suntuario o superfluo.”, escribió el primer mandatario en su cuenta de Twitter.

Petro hace referencia al número de personas contratistas en los ministerios y entidades descentralizadas que pertenecen al Ejecutivo, que, según expertos en administración pública, “muchas veces duplican funciones”.

Así mismo, el Gobierno Nacional se encuentra estudiando la posibilidad de eliminar las consejerías presidenciales, que según lo ha dicho el actual director del Departamento Administrativo de la Presidencia, Mauricio Lizcano, sus funciones son las mismas que tiene un ministro.

Los primeros días de gobierno de Gustavo Petro también han incluido nuevas designaciones, como el reciente nombramiento de César Ferrari como nuevo director del Departamento Nacional de Planeación (DNP).

De acuerdo con información suministrada por la Academia Colombiana de Ciencias Económicas, Ferrari es ingeniero civil de la Pontificia Universidad Católica del Perú, graduado en 1968. “Cursó su maestría en Planificación Urbana de la Universidad de Nueva York entre 1969 y 1971. En la Universidad de Boston obtuvo su maestría en Desarrollo Económico en 1979 y en esta institución finalizó su doctorado en Economía en 1982″, dice el perfil.

Con respecto al proyecto de reforma tributaria que ya fue tramitado en el Congreso, un día después de la posesión, el presidente Petro aseveró que cumple con lo que prometió durante su campaña: “Grava a los que más tienen y gasta en la educación para todos y en acabar el hambre en la niñez pobre. Logra disminuir de manera importante la desigualdad social”, precisó en su cuenta de Twitter.

De igual manera, manifestó que “la reforma tributaria es un paso importante para lograr un gran Pacto Social, avanzar hacia la paz y avanzar hacia la justicia”. En ese sentido, el mandatario destacó el trabajo del ministro de Hacienda, José Antonio Ocampo, y del director de la Dian, Luis Carlos Reyes.

“Para quienes gusten de estadísticas, la reforma tributaria que presentamos disminuirá el índice Gini, el indicador de la desigualdad, de 0,54 a 0,49″, puntualizó el presidente Petro.


Shealah Craighead, en una foto de archivo.
Shealah Craighead, en una foto de archivo.Olivier Douliery / POOL

Desde Ronald Reagan era casi una norma no escrita que el fotógrafo oficial de la Casa Blanca publicase un libro con las mejores y más significativas instantáneas del periodo del presidente para el cual trabajaron. Hasta que le tocó el turno a Donald Trump. Como con tantas otras cosas, el 45º presidente de la nación ha dejado una marca indeleble, y no precisamente para bien. Según una información del diario The New York Times publicada este jueves, el único mandatario en sufrir dos impeachments (juicio político para su destitución) pidió a Shealah Craighead que retrasara la publicación de su proyecto para que el republicano pudiera, con fotografías tomadas por ella y de otros fotógrafos de la Casa Blanca, sacar a la venta su propio libro por un nada módico precio de 230 dólares.

Hay más. Tanto George W. Bush como Barack Obama escribieron un prólogo del libro del fotógrafo de turno de su presidencia. En el caso del señor Trump, este pidió parte del adelanto del precio fijado por la editorial para el proyecto de Craighead por escribir el prefacio.

Publicado el pasado diciembre, Nuestro viaje juntos convierte a Trump en el primer expresidente en intentar beneficiarse personalmente del libro planeado por un fotógrafo de la Casa Blanca. Según el rotativo de Nueva York, Craighead ya había asegurado un acuerdo de publicación, incluido un anticipo de seis cifras, cuando notificó a la Casa Blanca que el volumen ya estaba en marcha.

El libro del presidente vendió sus primeras 300.000 copias por un valor bruto estimado de 20 millones de dólares. Se encuentra a la venta en la página web de Winning Team Publishing, la compañía cofundada por Donald Trump Jr. y el agente de campaña republicano Sergio Gor.

“Shea es una fotógrafa con mucho talento que había puesto mucho trabajo”, asegura Stephanie Grisham, quien fue secretaria de prensa de Trump en la Casa Blanca y escribió su propio libro, siempre según el relato del Times. Para Grisham, que se refiere a la fotógrafa por su apodo, es una desvergüenza descomunal lo que ha hecho su antiguo jefe. “Pero entonces me digo a mí misma que este es el tipo que se dedica a vender gorras o lo que sea para recaudar dinero para sí mismo”. Citado por The New York Times, Eric Draper, fotógrafo principal de la Casa Blanca durante el mandato de Bush hijo, asegura que lo sucedido es una falta de respeto hacia Craighead.

La fotógrafa, en una entrevista, dijo no querer comentar de forma pública un asunto que, al fin y al cabo, tiene que ver con un antiguo cliente. Lo que sí confirmó Craighead es que, al menos por ahora, su proyecto para el libro con las fotografías de cuatro años de viajes, discursos, vivencias etc… ha muerto antes de nacer. “Me mantengo apolítica todo lo que puedo, al igual que soy neutral como documentalista histórica”, dijo al Times. “Esa neutralidad me permite ser una aguda observadora”, finaliza el artículo del rotativo de Nueva York.

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A Luis Gilberto Murillo se le iluminan los ojos y le brota una amplia sonrisa cuando le preguntan por Andagoya, en el departamento del Chocó, en el Pacífico colombiano, el lugar donde nació hace 55 años. “Es un pueblito donde se da el matrimonio entre el río San Juan y el río Condoto. Fue un campamento minero, ahora es un pueblo como cualquier otro en el Chocó, en medio de la selva. Somos cultura del río, del agua”, relata en esta entrevista en un hotel de Bogotá. Con una inusual biografía que lo ha llevado a vivir también largos años en Moscú y Washington, donde estuvo radicado hasta enero, el exministro de Ambiente es la flamante fórmula de Sergio Fajardo, el candidato del centro político en la campaña presidencial.

Cuando se graduó del colegio, Murillo logró el mejor puntaje en las pruebas estatales de su departamento, el más pobre de Colombia, y eso le permitió obtener una beca para estudiar ingeniería de minas en la antigua Unión Soviética, donde vivió en tiempos de la perestroika que puso en marcha Mijaíl Gorbachov. Tras la caída del muro de Berlín regresó a Colombia para participar en el movimiento estudiantil que llevó a la Constitución de 1991, y después se refugió la primera década de este siglo en Estados Unidos, luego de haber sido víctima de un secuestro. Ya establecido como experto en asuntos medioambientales, Andagoya fue una fiesta el día en que se posesionó como ministro de Ambiente para los últimos dos años del Gobierno de Juan Manuel Santos (2010-2018).

Fajardo y Murillo estrecharon relaciones desde que coincidieron hace una década como gobernadores de Antioquia y Chocó, respectivamente. “Significa para el país diversidad, inclusión, defensa de nuestra biodiversidad, el poder y potencial de las regiones, y la decencia”, le exaltó Fajardo este miércoles, cuando inscribieron su candidatura conjunta ante la registraduría, acompañados por los demás precandidatos de la Coalición Centro Esperanza que han quedado por el camino.

Pregunta. Las candidaturas de Gustavo Petro y Federico Gutiérrez, en los extremos ideológicos, sumaron más votos en las primarias de sus coaliciones que el centro. ¿Cuál es la estrategia para remontar esa desventaja?

Respuesta. Tenemos las propuestas más viables para el país, y las más apropiadas para este momento específico. En ese sentido, el punto de partida es muy importante, porque son más de dos millones de votos, además de una representación importante en el Congreso. La estrategia está más orientada a convencer a un sector del electorado que aún no se ha definido por una alternativa presidencial, porque está esperando propuestas por fuera de la polarización que generan las candidaturas que menciona. Estamos seguros de que, en esta nueva etapa de la campaña, con un relanzamiento que comenzó con el anuncio de mi candidatura a la vicepresidencia, se inicia un proceso de generación de entusiasmo en ese electorado, que nos permita crecer, porque hoy Sergio tiene el mayor espacio para crecer, y que ese crecimiento llegue a punto en las elecciones del 29 de mayo para pasar a segunda vuelta. Yo creo que el paso a segunda vuelta prácticamente garantiza la llegada a la Presidencia de la república.

P. En una campaña en que están en juego tantas emociones, ¿cómo despertar entusiasmo desde el centro?

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R. Ese ha sido un desafío, no solo para el centro ideológico en Colombia sino en general. Hay ejercicios electorales recientes en el contexto internacional que muestran que sí se puede hacer, si se hace una campaña pragmática con soluciones concretas. La gente lo que quiere es vivir en paz y tranquilidad. Eso requiere la capacidad del Gobierno para implementar soluciones efectivas, y las soluciones efectivas requieren mínimos acuerdos y consensos. Las propuestas que polarizan a la sociedad colombiana generan mucha preocupación en un gran sector del electorado, porque saben que ninguna de las dos va a tener la capacidad de generar esos consensos necesarios.

P. ¿Qué ejemplo internacional tiene en la cabeza?

R. Yo participé en la campaña de Joe Biden en Estados Unidos, y después con Kamala Harris. Había el planteamiento muy polarizante de Donald Trump, pero también un planteamiento muy llevado hacia las tendencias más de izquierda del Partido Demócrata. Biden logró amalgamar el centro, y así pudo lograr la nominación y después el triunfo. El país quería avanzar por una ruta más tranquila. Colombia puede estar en un contexto similar.

P. ¿Cuál es el nuevo paradigma de desarrollo que están planteando?

R. He venido diciendo que Colombia tiene que ser una potencia ambiental y climática, y que su desarrollo debe basarse en su patrimonio natural. Sergio ha venido planteando que Colombia debe ser una potencia en bioeconomía. Ahí hay una coincidencia grande, y esa es la base del desarrollo. Sin desconocer el papel central que en un marco de sostenibilidad debe jugar el sector minero energético.

Luis Gilberto Murillo, fórmula vicepresidencial de Sergio Fajardo, durante una entrevista en el hotel Casa Dann Carlton, Bogotá, Colombia, el pasado 22 de marzo.
Luis Gilberto Murillo, fórmula vicepresidencial de Sergio Fajardo, durante una entrevista en el hotel Casa Dann Carlton, Bogotá, Colombia, el pasado 22 de marzo.Juan Carlos Zapata (EL PAÍS)

P. ¿Cuál es ese papel?

R. El sector minero energético es accesorio a este nuevo modelo de desarrollo, el principal criterio es la conservación de los activos naturales. Sin embargo, hay un espacio para este sector porque la misma transición energética implica la demanda de nuevos minerales, en los cuales Colombia puede tener una buena oferta en un marco de sostenibilidad.

P. ¿Qué opina de la idea de Petro de frenar la exploración petrolera?

R. Su propuesta de transición energética tiene dos elementos que no son convenientes para el país en este momento. El primero, que Gustavo hace un gran énfasis en la explotación y producción de combustibles fósiles, pero Colombia emite solamente el 0.4 % de las emisiones globales. Y la mayor parte de esa emisión, casi un 60%, proviene del sector agrícola y forestal. Entonces el énfasis en el sector petrolero, de hidrocarburos, puede llevar a sofismas de distracción. Hay que concentrarse en la deforestación, porque realmente las emisiones colombianas tienen que ver con deforestación y cambios de uso del suelo. El próximo gobierno debe calibrar muy bien cómo se transita hacia energías renovables de fuentes no convencionales. El contexto hoy, en medio de la guerra entre Rusia y Ucrania, lleva a que los países tengan que tener mucho cuidado con sus posibilidades de explotación de hidrocarburos.

P. Su candidatura representa las regiones y la periferia de Colombia. La de Francia Márquez en el Pacto Histórico, también. ¿Qué diferencia sus aspiraciones?

R. Hay diferencias sustanciales. Yo coincido con Francia y otros candidatos en que falta mucho para ser un país incluyente. Hay unas secuelas enormes de la discriminación racial y el racismo estructural, no solamente en el caso de poblaciones negras, afrodescendientes, raizales y palenqueras, también en las comunidades indígenas, campesinas, parameras o ribereñas. Coincidimos en que hay que avanzar en la autonomía e inclusión de estas comunidades, la diferencia puede ser en el camino que hemos escogido. Francia, que es una lideresa muy respetable que ha tenido un gran impacto en la política colombiana, escogió el camino de la izquierda; nosotros escogimos recorrer el camino del centro ideológico, esa especie de tercera vía. Creemos que ese camino es más seguro y más expedito para la inclusión de poblaciones que han estado en desventaja y excluidas, pero también para que se sienta con mayor fuerza la voz de las regiones.

P. ¿Colombia sigue siendo un país racista?

R. Sí, claro. Es un país de contrastes. Tiene secuelas, el racismo estructural y la discriminación racial son históricas. La condición en que vive la población del Pacífico, del Magdalena, del sur de Bolívar, o en el Urabá antioqueño o el Darién, son una muestra viva de que Colombia es un país donde el impacto del racismo es alto. También se ve en la cotidianidad. Sin embargo, en medio de ese contraste, el país también ha avanzado.

Sergio Fajardo y Luis Gilberto Murillo, la fórmula presidencial de la Coalición Centro Esperanza.
Sergio Fajardo y Luis Gilberto Murillo, la fórmula presidencial de la Coalición Centro Esperanza.
Mauricio Dueñas Castañeda (EFE)

P. Usted es de Chocó y lideró el programa presidencial para la región Pacífico. ¿Qué hace falta para que deje de ser una de las regiones más olvidadas del país?

R. Desde el centro se han impuesto visiones del desarrollo que no se acomodan a la realidad de las poblaciones en el Chocó. La gente está buscando un desarrollo más articulado a la conservación de sus activos naturales porque es algo muy ligado a lo cultural. Y acá están viendo más la economía muy clásica. Entonces llega una empresa minera, como a mi pueblo, extrae el mineral y se va, y la riqueza no se asienta. Por otro lado, no se comparte valor, no se dejan allí inversiones y el Estado no ha tenido una política de desarrollo económico realmente incluyente del Pacífico, ha tenido más política asistencialista y casos aislados de desarrollo industrial. Eso debe cambiar. Hay que generar nuevos liderazgos, muy bien formados, que puedan servir de faros del desarrollo de la región.

P. Hay un deterioro de la seguridad en Colombia ¿Se ha cerrado la ventana para alcanzar la paz en Colombia que abrió el acuerdo negociado en La Habana?

R. Estamos planteando que vamos a implementar el acuerdo de paz de manera responsable, prioritaria y con sentido de urgencia, porque sino esa ventana se puede cerrar. El descuido y la falta de implementación en este Gobierno ha sido catastrófica. Estuve revisando los datos del Instituto Kroc de la Universidad de Notre Dame, y en la reforma rural integral o en el capítulo étnico –que tiene que ver con comunidades indígenas y negras, afrodescendientes, raizales y palenqueras– se ha hecho muy poco, casi nada. El acuerdo es el único en el mundo con un capítulo étnico, se está desaprovechando una gran oportunidad para que Colombia le muestre el camino a la comunidad internacional.

P. El presidente Iván Duque acaba de lograr su esperada audiencia con Joe Biden en la Casa Blanca, después de que la relación se tensó por la injerencia del actual partido de Gobierno a favor de la fallida reelección de Donald Trump. ¿Colombia ha logrado normalizar las relaciones?

R. Son heridas muy difíciles ya de cerrar, sobre todo en este Gobierno. El presidente Duque ideologizó las relaciones internacionales de Colombia, y las alineó con la derecha internacional, sobre todo esa derecha liderada por Trump. Eso llevó a que con la llegada de Biden se requería un cambio urgente de las prioridades y los énfasis de la relación entre Colombia y Estados Unidos, y el presidente Duque no tomó esas decisiones a tiempo. Esta visita tiene mucho que ver con lo protocolario, con el contexto internacional. Pero ya es tarde, Estados Unidos se está preparando para un nuevo Gobierno.

P. ¿Colombia debería restablecer algún tipo de relación con Venezuela?

R. Sí, bajo ciertas condiciones lo debe hacer. Colombia debe ser muy pragmática en su política exterior, que obedezca a intereses del país, y es difícil pensar que Colombia va a tener condiciones tranquilas, va a poder superar ciertos desafíos de seguridad, si no tiene al menos unas relaciones pragmáticas con Venezuela.

P. ¿La política antidrogas ha fracasado? El Gobierno Duque ha insistido en retomar las fumigaciones aéreas con glifosato.

R. La mal llamada guerra contra las drogas fracasó, y lo reconocen en Estados Unidos. En cuanto a la aspersión aérea con glifosato, no debe tener lugar en Colombia. Hay que buscar otras maneras de luchar contra el avance de cultivos ilícitos de coca. Aunque costosa, la erradicación manual es más efectiva que el uso del glifosato. Es contradictorio que, en un ecosistema tan importante, en uno de los países con mayor biodiversidad en el mundo, se esté fumigando con glifosato de manera indiscriminada.

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Luego de una jornada electoral donde el panorama político cambio en el país, los partidos empezaron a realizar sus análisis y movimientos de cara a las elecciones presidenciales. Óscar Iván Zuluaga es el primer precandidato que desiste de la aspiración a la presidencia del país y anuncia el respaldo a Federico Gutiérrez, quien ganó la consulta de la coalición Equipo por Colombia.

Zuluaga, quien hasta hoy era el candidato del partido Centro democrático, afirmó que la decisión fue personal y que deja en manos del partido liderado por Álvaro Uribe, la decisión institucional que pueda tomar el partido tras la renuncia.

Diferentes analistas políticos ven como oportuna la decisión, pues uno de los grandes perdedores de esta jornada electoral fue el partido Centro democrático, donde su peso político tuvo una importante reducción en el país.

Sé esperar que en los próximos días continúen las alianzas entre partidos, de cara a las elecciones presidenciales que se llevaran a cabo el 29 de mayo y que ya perfila a Gustavo Petro y Federico Gutiérrez, como los más opcionados a la presidencia de Colombia.


En medio de acusaciones y choques entre dos de sus precandidatos, llega la Coalición Centro Esperanza a La hora de las coaliciones Hora2022, el debate organizado por Caracol Radio en alianza con EL PAÍS con miras a las elecciones en Colombia.

La alianza de centro, integrada por Sergio Fajardo, Alejandro Gaviria, Jorge Robledo, Juan Manuel Galán y Carlos Amaya, ha pasado por una enorme agitación en los últimos días. Tras las acusaciones de Ingrid Betancourt contra Gaviria y su decisión de aspirar a la presidencia por fuera de la coalición de centro, se han hecho públicos nuevos enfrentamientos esta vez entre Galán y Amaya. Sobre esa discusión, la ausencia de mujeres en la coalición, sus posiciones acerca de la seguridad del país, entre otros temas debatirán con la moderación de la periodista Diana Calderón.

El debate se podrá ver en directo a través de la web de EL PAÍS y también en las plataformas de Caracol Radio. La serie de debates terminará este jueves cuando corresponde el turno al Pacto Histórico, la coalición de la izquierda, con Gustavo Petro a la cabeza.

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El candidato presidencial colombiano Gustavo Petro se reúne con el economista francés Thomas Piketty, el pasado 26 de enero en Bogotá.
El candidato presidencial colombiano Gustavo Petro se reúne con el economista francés Thomas Piketty, el pasado 26 de enero en Bogotá.RS

Gustavo Petro parece estar en todas partes. El candidato a batir en las presidenciales de Colombia se ha repartido en lo que va de este 2022 entre los debates electorales con otros aspirantes, salidas a la plaza pública en distintos lugares del país y una activa agenda internacional. Aunque no se ha conocido ninguna foto oficial, el favorito de todas las encuestas se reunió este miércoles en la Santa Sede con el papa Francisco durante 45 minutos en los que hablaron sobre la paz en Colombia y el cambio climático, de acuerdo con el equipo del aspirante del Pacto Histórico.

El político de izquierdas también se reúne esta semana con empresarios españoles en Madrid, donde ya sostuvo el mes pasado un encuentro con Pedro Sánchez en la sede del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Esa entrevista con el presidente del Gobierno de España, aunque fuera en su calidad de secretario general socialista, molestó al Ejecutivo del conservador Iván Duque. Petro, quien se encuentra en campaña desde que perdió la segunda vuelta de las presidenciales frente a Duque en 2018, también se reunió entonces con la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, y con la ministra de Derechos Sociales, Ione Belarra, ambas de Unidas Podemos, además del expresidente Felipe González. La vicepresidenta y canciller colombiana, Marta Lucía Ramírez, se mostró extrañada ante esa “agenda tan prolífica (…) con un precandidato”, y pidió que el Gobierno español brinde la misma acogida a los demás candidatos.

Ese barniz internacional a su campaña ha recabado otros apoyos llamativos. Hace una semana, en la víspera de un debate presidencial organizado por Prisa Media que lo enfrentó a Sergio Fajardo y Federico Gutiérrez, el exalcalde de Bogotá publicó en sus redes sociales una foto con el economista francés Thomas Piketty, que se encontraba de visita en Colombia. Acompañó su mensaje con el anuncio de que vendrá a asesorar a su eventual Gobierno “en la búsqueda de la producción y la equidad”. Petro, que ha defendido cobrar más impuestos a las personas de mayores ingresos, sostiene desde hace tiempo que las ideas de Piketty sobre la necesidad de combatir la desigualdad lo han influenciado. El célebre autor de El capital en el siglo XXI, por su parte, ya lo había respaldado hace cuatro años, cuando abogó “por un nuevo ciclo progresista en América Latina”.

El aspirante del Pacto Histórico, una coalición de izquierdas hecha a su medida, también fue invitado el 11 de marzo a la toma de posesión de Gabriel Boric en Chile. El presidente electo, de 35 años, ha intercambiado guiños con Petro. “Con Chile habría una alianza estratégica para revitalizar y volver muy poderoso lo que fue una idea buena, que dejaron morir, que es un mercado común en todo el territorio Andino”, ha dicho el candidato –que también ha despertado controversia al defender con insistencia la necesidad de aumentar los aranceles a las importaciones–.

Aunque el verdadero peso electoral de esas postales es incierto, para Petro, quien perteneció en su juventud a la extinta guerrilla del M-19, representan una bienvenida validación internacional ante las resistencias y temores que todavía despierta su proyecto político. Todas tienen el efecto de suavizar su imagen. Bien sea por mostrarlo casi como un estadista, en el caso de la visita a España. Como un católico, en su visita al Vaticano. Por aportarle credibilidad intelectual en el terreno económico, donde tanto lo han criticado, con la asesoría de Piketty. O por asociarlo a Boric, que goza de simpatías entre los sectores progresistas en América Latina.

Cuando una docena de precandidatos todavía compiten en otras dos coaliciones de centro y de derecha, la cabeza del Pacto Histórico se muestra un paso adelante. “Petro es muy consciente de que es el candidato preferido en las encuestas, pero también el más resistido, debido particularmente a la percepción de que tiene un posicionamiento muy radical”, señala el analista Yann Basset, profesor de Ciencia Política de la Universidad del Rosario. “Él quiere atacar esa percepción normalizando su imagen, apareciendo como un hombre que tiene la talla de un gobernante y es un político como los demás, que no está aislado ni radicalizado, que es una persona responsable y reconocida que habla con otros jefes de Estado, con los sectores empresariales, con todo el mundo. Es una parte esencial de su estrategia”, apunta.

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Luego de la oleada de protestas que sacudió a Colombia el año pasado, los observadores coinciden en que Petro es el aspirante mejor posicionado para capitalizar el descontento social. Incluso en esa coyuntura crítica, el exalcalde de Bogotá dio señales de un viraje al pragmatismo, al apostar por proyectar una imagen presidenciable con “alocuciones” en sus redes sociales sobre la situación del país, acompañadas de críticas al impopular Gobierno de Duque, pero también de algún llamado a la mesura. Lo internacional viene a sumarse a ese giro.

Cuando un candidato empieza a hacer estos viajes, y se le reconoce un mérito por fuera de sus fronteras, es porque ya se pone en los zapatos de un presidente, señala Eugénie Richard, docente experta en comunicación y marketing político de la Universidad Externado de Colombia. “Al encabezar los sondeos, tiene que tener muchísimo cuidado de proyectar un discurso que reúna y no un discurso de barricada, de oposición, que divida a la gente. Está cultivando varias facetas de su personaje que le permitan ampliar su base electoral”, apunta. “Está cosechando los frutos de un trabajo de largo aliento que ha venido construyendo desde su derrota en el 2018. Petro sabe que su momento es ahora”.

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Sin aclarar si concurrirá a las elecciones de 2024, el expresidente de EE UU Donald Trump prosigue su campaña informal por el país. En su último mitin, este sábado en Conroe (Texas), el republicano volvió a agitar el fantasma del supuesto fraude electoral que le robó la presidencia en noviembre de 2020 y anunció que si regresa a la Casa Blanca, amnistiará a todos los procesados por el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. El exmandatario también instó a sus simpatizantes a organizar protestas masivas si los fiscales de Atlanta y Nueva York emprenden medidas contra él, en el primer caso por el intento de anular los resultados electorales en Georgia y en el segundo, por fraude fiscal en sus negocios.

“Otra cosa que haremos, y sobre la que mucha gente me ha estado preguntando, en el caso de que me postule y gane [en 2024], es tratar a esas personas del 6 de enero de manera justa”, dijo Trump entre los aplausos de decenas de miles de partidarios. “Los trataremos de manera justa ―recalcó―. Y si eso implica perdones: los perdonaremos, porque están siendo tratados injustamente”. La promesa de indultos es un paso cualitativo en el discurso del magnate, que hasta ahora había opuesto resistencia a la investigación, pero no desafiado directamente la acción de la justicia.

Más de 700 personas han sido encausadas hasta ahora por participar en el intento de asalto al Capitolio, para impedir la confirmación de la victoria electoral del demócrata Joe Biden en las elecciones de noviembre de 2020. Once de los imputados están acusados de sedición mientras que 165 se han declarado culpables. Muchos han alegado que, al entrar por la fuerza en el edificio del Congreso, no hacían más que seguir órdenes de Trump. El aún presidente en funciones se había dirigido públicamente a sus partidarios poco antes animándoles a impedir que Biden fuese confirmado como presidente.

Durante su mandato, el republicano indultó a numerosos patrocinadores y excolaboradores, como Michael T. Flynn, su primer consejero de Seguridad Nacional, que se declaró dos veces culpable de mentir al FBI, o el gurú populista Steve Bannon, estratega jefe de su campaña, acusado de fraude. En vísperas de su relevo, apenas horas antes de la toma de posesión de Biden, el 20 de enero de 2021, Trump anunció su última lista de perdonados, compuesta por 70 indultos (el más notorio, el de Bannon) y 73 conmutaciones de pena. La gracia benefició a donantes de su campaña, delincuentes financieros y conocidos raperos.

Durante su primer gran mitin en Texas desde 2019, en medio de un ambiente enfervorizado en el que Trump se arrancó a bailar sobre el escenario, el republicano volvió a arremeter contra el papel de los medios, una de sus habituales bestias negras junto con los fiscales independientes y los demócratas. “La prensa es la enemiga del pueblo. Los medios corruptos destruirán nuestro país”, clamó entre aplausos. Sobre las actuaciones judiciales en su contra en los Estados de Georgia y Nueva York, el mensaje del republicano sonó como una amenaza: “Si estos fiscales radicales, despiadados y racistas hacen algo malo o corrupto, vamos a tener en este país las mayores protestas que se hayan visto”, advirtió.

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La votación para elegir al presidente de la República de Italia ha mostrado en su sexta votación lo mejor y lo peor de la política italiana. El viernes 28 de enero hubo traiciones en el seno de los partidos y una enorme irresponsabilidad institucional, que lastimó la imagen de grandes cargos como la presidenta del Senado, Elisabetta Casellati, arrojada egoístamente por Salvini a la hoguera de una votación para la que no tenía apoyos. Pero también, como sucede casi siempre, se logró mantener abierta la puerta de una negociación in extremis, que permita salvar los muebles en un momento profundamente delicado para Italia. Aunque sea volviendo a la casilla de salida de este proceso y destapando una carta: pedir a Sergio Mattarella que repita en el cargo, optar por el primer ministro, Mario Draghi, o elegir a la jefa de los servicios secretos, Elisabetta Belloni.

La repetición del actual jefe de Estado al frente del cargo, apoyada ayer por una votación masiva (336 votos) en la que la derecha se abstuvo, sería una tabla de salvación para todos. Es la única carta que permite poner el contador a cero. Nadie saldría demasiado trasquilado y se aplazaría así la decisión hasta dentro de, al menos, dos años. Sería ya cuando haya un nuevo Ejecutivo, tras unas elecciones legislativas, fijadas para 2023. Y el propio Draghi, con algunos rasguños, podría volver a tener posibilidades de ocupar esa plaza. El entorno de Mattarella ha hecho saber estos días que no tiene ninguna intención de repetir y que no ha tenido ningún contacto con los partidos. Pero también ha admitido en otras ocasiones que si la situación en Italia fuera crítica, no tendría más remedio que aceptar. Al menos, tal y como hizo su predecesor, Giorgio Napolitano, hasta que se celebrasen las próximas elecciones legislativas y el Parlamento estuviera en condiciones de crear una mayoría más nítida.

La otra opción, con una producción mucho más complicada, es la de Draghi. El actual primer ministro no ha ocultado su interés estos días por convertirse en el nuevo jefe del estado. Ayer se reunió con Matteo Salvini, líder de la Liga, y conversó con los otros líderes. Su elección, sin embargo, implica tener un plan listo para sustituirle y conformar un nuevo Ejecutivo que preservase la unidad del último año para avanzar en las reformas que necesita Italia y afrontar los proyectos para los que el país recibirá más de 200.000 millones de euros de la UE. El problema es que el propio Draghi estaría implicado en ese proceso de remodelación ministerial, retorciendo algunas páginas de la Constitución y convirtiendo por unas horas a Italia en una república presidencialista.

Las otras posibilidades que se barajaban ayer, aunque de un perfil y peso mucho menor, eran la del expresidente de la Cámara de Diputados Pier Ferdinando Casini; y, sobre todo, la de la actual jefa de los servicios secretos, Elisabetta Belloni. Esta última, diplomática de gran experiencia y capaz de generar un amplio consenso, era la preferida a última hora de ayer por la derecha. De hecho, el propio Salvini dijo que estaba trabajando para que la persona elegida fuera “una mujer”, sin referirse directamente a ella.

La votación del 28 de enero (la quinta) fue un drama para Salvini, que había propuesto a Casellati, la presidenta del Senado. La política de Forza Italia es por jerarquía institucional también la segunda figura del Estado, algo que aconsejaría no quemarla en una votación perdida de antemano. Pero Salvini se empeñó en una idea divisiva (la izquierda ni siquiera votó) y el resultado que obtuvo, más allá de liquidar esa candidatura, mostró las grietas que hay en la coalición de centroderecha, que ni siquiera logró apoyar unida a Casellati (obtuvo 382 votos de los alrededor de 450 que conforman los parlamentarios de Forza Italia, Hermanos de Italia y la Liga). Es decir, unos 70 parlamentarios de los suyos —incluso de Forza Italia, su propio partido— ni siquiera la votaron.

No es la primera vez que Salvini sobreestima sus habilidades. En agosto de 2019, con un mojito en la mano en un chiringuito de playa, provocó una crisis de gobierno que liquidó todas sus posibilidades de ser primer ministro y de continuar dentro del Ejecutivo del que era vicepresidente. Mucho menos poderoso que entonces, ha intentado en esta elección del presidente de la República convertirse en un líder fiable, aglutinar a toda la coalición y erigirse en el kingmaker de la votación. El problema es que ha logrado solo convertir la Cámara de Diputados en una versión invernal de aquel chiringuito, llamado Papeete, dividiendo a la coalición y entregando al bloque progresista la delantera en la fase definitiva de la votación.

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Salvini sale vivo de esta partida solo porque su partido no funciona como la mayoría y nadie pedirá ahora su cabeza. Pero una parte importante de su formación, la de los empresarios del norte, quería desde el comienzo a Draghi en el palacio del Quirinal, y el líder de la Liga desoyó ese insistente coro. Le pasarán la factura. También una gran parte de las filas de la resquebrajada coalición de centroderecha, que cada vez más reconocen en Giorgia Meloni, líder de Hermanos de Italia, a la única capaz de tomar decisiones políticas inteligentes.

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Las quinielas para la presidencia aún están muy abiertas, a la espera de que las consultas de las diferentes coaliciones, que se celebrarán en marzo, designen a los candidatos. Este jueves se ha celebrado el primer gran debate electoral entre los tres precandidatos mejor posicionados en este momento en las encuestas: Gustavo Petro, Sergio Fajardo y Federico Gutiérrez. Reviva aquí el encuentro moderado por el periodista Roberto Pombo y en el que Petro, Fajardo y Gutiérrez han mostrado la polarización política de Colombia.

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Los candidatos a la presidencia de Colombia, Gustavo Petro (izquierda) y Sergio Fajardo.
Los candidatos a la presidencia de Colombia, Gustavo Petro (izquierda) y Sergio Fajardo.EL PAÍS / CORDON PRESS

En cualquier elección, que sepan que existes ayuda a que te voten. Esto, que parece una banalidad, es más cierto en algunos países que en otros. Allá donde los partidos políticos son fuertes, estables, de larga tradición se puede sustituir la necesidad de fama del candidato por la marca de la formación a la que pertenece. Pero si los partidos son débiles, volátiles y sujetos a la incertidumbre, el grado de conocimiento del candidato es crucial.

Esto es lo que sucede de cara a las elecciones presidenciales colombianas: ahora mismo, las encuestas de intención de voto son apenas un indicador de popularidad en su versión más mínima. El que las encabeza todas, el izquierdista Gustavo Petro, es también el candidato con menos “no sé/no creo” en los sondeos que preguntan por la opinión sobre cada uno de los candidatos.

Petro fue el candidato derrotado en la segunda vuelta de 2018, y lleva cuatro años haciendo campaña día a día. Montar una nueva versión de la coalición de formaciones que lo aúpa ha sido parte de dicha campaña: la configuración de partidos se vuelve así más una manera de distribuir poder desde arriba y mantener parte del foco mediático que en un ejercicio de construcción de corrientes ideológicas. La falta de confianza en los partidos de los colombianos (dos terceras partes de la ciudadanía confía poco o nada en ellos) es causa, pero también consecuencia, de esta dinámica.

Porque las corrientes ideológicas existen y son más o menos nítidas: lo fueron en la primera vuelta de 2018, cuando la mayoría de los votantes optaron por izquierda, centro o derecha. Y lo son hoy, en el reflejo casi exacto de esta división que mantiene el proceso de selección de candidatos dentro de tres coaliciones distintas.

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Todas han operado y siguen operando hoy como sistemas para repartir poder y acaparar atención, ciertamente, pero la del Pacto Histórico es la única en la que el candidato está nítidamente definido desde el principio. Ninguno pone seriamente en duda la victoria de Gustavo Petro en la consulta de marzo. De hecho, alguno de sus rivales ha admitido abiertamente que su único objetivo es quedar segundo para ser su fórmula vicepresidencial.

En el centro, el proceso está algo más abierto. Sergio Fajardo lo domina, pero de manera mucho menos nítida que Petro. En la primera vuelta de 2018 la batalla más enconada fue precisamente entre estos dos candidatos por obtener plaza en segunda vuelta. Acabaría ganando el izquierdista, lo cual le supuso a Fajardo una doble fragilidad que ahora sufre. Primero, le convirtió en un candidato aparentemente menos competitivo, lo cual incentivó la lucha de rivales más fuertes dentro de su mismo espacio. Poco importa que algunos de ellos tengan los ojos más puestos en 2026 que en 2022, y que esta competencia sea más una manera de empezar a darse a conocer que un desafío serio a Fajardo. Ese es quizás el caso de Juan Manuel Galán, regenerador del Nuevo Liberalismo que su padre Luis Carlos fundó en los años ochenta antes de que lo asesinaran. Poco importa porque la competición y desgaste interno es real.

A ello se añade la falta de atención mediática de la que pudo disfrutar Fajardo después de 2018. Las cámaras y altavoces se centraron en Petro, como es natural al demostrar su capacidad de alcanzar 42% de los votos en segunda vuelta. Mientras, Fajardo ha perdido aprobación, pero (como se aprecia en el gráfico que también incluye la métrica de desaprobación) más porque ha aumentado la gente que no tiene opinión definida sobre él. Petro, en contraste, sigue siendo una figura más polarizante, pero sin duda con mayor protagonismo.

Tendemos a pensar en el conocimiento de un candidato como una variable dicotómica: la gente sabe o no sabe quién es. Pero la realidad se corresponde más a la memoria: la gente se acuerda más o menos. Fajardo, simplemente, está menos presente en los medios y en las mentes de los votantes.

Y menos aún lo están los candidatos por la derecha. En la tabla que abría el artículo se aprecia la considerable indiferencia que suscitan nombres como los de Federico Gutiérrez (exalcalde de Medellín) u Óscar Iván Zuluaga (candidato definido por el uribista Centro Democrático). Como consecuencia, la competición por el encabezamiento de esta corriente es la más abierta de las tres ahora mismo en Colombia: resulta difícil anticipar quién, y siquiera si va a ser uno solo, por la falta de un liderazgo claro sumado a la debilidad de todos los partidos en este espacio. Como novedad, la debilidad incluye un Centro Democrático más fracturado que nunca al final de un Gobierno propio (el de Iván Duque) que cuenta con una exigua popularidad, menor al 30%. En 2018, el CD fue capaz de convertir a Duque, un senador joven y poco conocido, en una celebridad que dominó la primera y la segunda vuelta. No está claro que esté en disposición de hacerlo nuevamente, lo cual abre la posibilidad para que ni las élites ni el voto se coordinen de aquí a marzo, consolidando las divisiones que quedan tras un mandato que ha sido demasiado poco técnico para los moderados, y demasiado poco osado para los ideólogos.

A corto plazo, el indudable resultado de la debilidad de los partidos y el poder de los candidatos queda reflejado a la perfección en que ninguno de ellos cuenta con más de un tercio de las preferencias del total de los votantes. Tampoco el independiente Rodolfo Hernández, quien está aprovechando mejor que nadie este entorno de competición basado en nombres específicos sin plataformas sólidas para ganar popularidad a base de lograr que los medios y analistas lo mencionen gratis a cada salida de tono que tiene, una táctica que recuerda bastante a la seguida por Donald Trump en 2015 Y 2016. Los “ninguno” dominan en los diferentes escenarios de voto restringidos a los precandidatos de cada una de las tres corrientes, sí. Pero dominan en algunos espacios más que en otros, reflejando precisamente que en un universo de debilidades organizativas, la fortaleza mediática y discursiva es el único asidero para empezar a construir una candidatura.

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Silvio Berlusconi siempre se ha vendido a sí mismo como un ganador. Pero esta vez, a los 85 años y en un intento desesperado por terminar sus días en lo más alto de las instituciones italianas, no ha tenido más remedio que aceptar la derrota. Il Cavaliere ha renunciado oficialmente a su posible candidatura para sustituir a Sergio Mattarella como presidente de la República en la elección que comenzará este lunes. El magnate lo ha intentado todo en los últimos meses, pero los números no cuadran. La presión de sus socios y la falta de apoyo entre los parlamentarios le han obligado a aceptar la realidad. Su paso al lado y, especialmente, su negativa explícita a apoyar a Mario Draghi, el principal candidato ahora mismo, abre un nuevo escenario en la complicadísima batalla para elegir al inquilino del Palacio del Quirinal durante los próximos siete años.

Il Cavaliere quería a toda costa ser el nuevo jefe de Estado. Se veía con fuerzas, creía que todavía podría seducir a un grupo suficiente de senadores y diputados para alcanzar la mayoría suficiente para ser elegido (la mitad más uno de los escaños de Senado y Cámara de Diputados). Su indisimulada candidatura -publicó anuncios en los periódicos y llamó personalmente a parlamentarios para convencerles- no convencía ni siquiera a sus socios de coalición Matteo Salvini (Liga) y Giorgia Meloni (Hermanos de Italia). Ambos consideraban a Berlusconi un personaje amortizado y demasiado divisivo para convertirlo en presidente de la República. Por no hablar de los procesos que tiene pendientes y de su largo historial en los tribunales envuelto en casos de corrupción de menores o fraude fiscal (recibió una condena en firme y una inhabilitación política).

La decisión de Berlusconi no allana el camino al principal candidato ahora mismo: Mario Draghi. Il Cavaliere firma su muerte política en un largo comunicado donde anuncia su retirada. Pero en su epitafio deja escrito también que no apoyará al actual primer ministro. La coalición de derecha (Forza Italia, Liga y Hermanos de Italia) deberá ahora consensuar un nombre que compita con el actual presidente del Consejo de Ministros. Un movimiento que complica mucho la jugada. Si las cosas se torcieran demasiado, muchos parlamentarios empiezan a abogar ya por pedir al actual presidente de la República, Sergio Mattarella, que alargue su mandato algunos años más. Un movimiento inspirado en el que ya se hizo con Giorgio Napolitano, predecesor del actual jefe de Estado.

Medidas para votar en pandemia

La votación comenzará este lunes pasadas las tres de la tarde. El Parlamento, en sesión conjunta -630 diputados, 321 senadores y 58 delegados regionales-, empezará a buscar al sucesor de Mattarella en una votación que puede alargarse indefinidamente hasta que se logre el quórum necesario. El umbral desciende a medida que se avanza infructuosamente hacia la elección del candidato. En las tres primeras se necesitan dos tercios: es decir, 673 sobre 1008 parlamentarios. A partir de la cuarta, sirve solo la mitad más uno. Es ahí donde se espera que en esta elección tan reñida pueda aparecer el nombre con posibilidades reales.

Uno de los problemas añadidos esta vez era la posible baja de parlamentarios que se encontrasen en cuarentena por la covid-19. Pero el Gobierno aprobó el pasado viernes un decreto que, como excepción, autoriza a los contagiados o a los aislados de forma preventiva a viajar a la capital en su vehículo o en su ambulancia para acudir al Parlamento y votar “el tiempo estrictamente necesario”. No podrán utilizar medios de transporte públicos, ni pasear por la calle, no podrán tener contacto con terceras personas, se les asignará un lugar en el que pernoctar y deberán usar siempre mascarilla FFP2. Y se ha dispuesto que estos electores voten en el aparcamiento del Parlamento, donde llegarán a bordo de un coche y entregarán su papeleta a dos funcionarios, que la custodiarán tras depositarla en la urna.

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La política colombiana Ingrid Betancourt anuncia su candidatura, este martes en Bogotá.
La política colombiana Ingrid Betancourt anuncia su candidatura, este martes en Bogotá.Carlos Ortega (EFE)

Ingrid Betancourt vuelve al momento exacto de antes del suceso que marcó su vida. “Hace 20 años fui secuestrada como candidata presidencial luchando contra la corrupción. Hoy estoy aquí para terminar lo que empecé”. Betancourt regresa a Colombia, vuelve a la política y luchará por ser la próxima presidenta del país. El anuncio de su candidatura, este martes, en un hotel de Bogotá, sella un retorno que comenzó de forma tímida hace unos meses. La víctima de las FARC, que pasó más de seis años cautiva, no había vuelto a vivir en su país desde que fue liberada en 2008, pero su presencia se había convertido en habitual en los últimos tiempos, en la antesala de las elecciones que se celebrarán el próximo 29 de mayo. Con un marcado discurso contra la corrupción, aspira ahora a liderar el centro político en la cita con las urnas y acabar aquello que la guerra le impidió.

Su aterrizaje en la carrera electoral puede dar un nuevo impulso a la Coalición Centro Esperanza, no solo porque se trata de una de las políticas más conocidas del país, sino porque su presencia rompe un escenario completamente masculino. “La coalición necesitaba la presencia de una mujer y de una persona que pudiera hablar de otra manera. Yo llevo a Colombia en mi corazón de una manera diferente”, ha dicho. El desequilibrio de género había sido tan criticado desde fuera como asumido desde dentro. “Reconocemos la baja presencia de mujeres. Eso es algo inaceptable, pero lo estamos corrigiendo y vendrán sorpresas”, avanzó este lunes Humberto de la Calle, que encabeza la lista al Senado por la Coalición y que este martes ha acompañado a la candidata en su anuncio. Unas palabras que hoy suenan premonitorias.

Para lograr que su candidatura se oficialice, Betancourt tendrá que ganar en marzo la consulta de la coalición del centro a otros precandidatos como Sergio Fajardo, Juan Manuel Galán o Alejandro Gaviria. Su figura ya fue clave a finales de noviembre, cuando logró la unión de todos ellos. No fue fácil. La falta de entendimiento tensó hasta el límite los acuerdos. Cuando cada uno parecía tirar para su lado, una decisión reconocida por todos como un suicidio político de cara a las urnas, Betancourt asumió el liderazgo de una reunión en la que se logró el acuerdo de concurrir unidos bajo el candidato que gane la próxima consulta. La política siempre se ha mostrado muy cercana a Sergio Fajardo, también presente en el acto de hoy, y que actualmente lidera las encuestas para imponerse en la coalición.

La carrera electoral colombiana aún está ante un panorama muy difuso, cuando apenas faltan cuatro meses para la primera vuelta. Hasta que en marzo se celebren las consultas de las coaliciones, los nombres no estarán claros. Solo Gustavo Petro, el líder del Pacto Histórico, parece tener su puesto asegurado como candidato de la izquierda, una ventaja que lo sitúa por delante en todas las encuestas. A él también se refirió la política, apuntando al feminismo, que se ha convertido en protagonista de la campaña precisamente por la ausencia de mujeres. “El feminismo no es intelectual ni trasnochado, sino de que la mujer tiene un rol imprescindible. (…) Es la Coalición de la Esperanza donde las mujeres vamos a encontrar el espacio”, ha dicho Betancourt en referencia a unas polémicas declaraciones de Petro en una entrevista con EL PAÍS, en las que aseguró que el feminismo se había desvinculado de la población.

Colombia ha cambiado en estas dos décadas como lo ha hecho la misma Betancourt (Bogotá, 60 años). Entonces, lanzó su candidatura después de haber destacado en el Congreso por su duro enfrentamiento contra la corrupción, por sus discursos directos, que sonaban irreverentes en un panorama dominado por las élites políticas masculinas y poco hecho a la presencia de mujeres jóvenes. En febrero de 2002, en un viaje durante la campaña electoral, fue secuestrada por las FARC y conducida a la selva, donde pasó los siguientes seis años de su vida.

El cautiverio dio la vuelta al mundo. Mientras en su país un amplio sector la acusó de ser responsable de su propio secuestro por viajar a una zona tan peligrosa, su rostro traspasó las fronteras y se convirtió en un símbolo mundial de la guerra en Colombia. Tras su liberación, en 2008, la franco colombiana se marchó a vivir a Francia y abandonó la política, aunque en una entrevista el pasado septiembre reconoció que la política nunca la había abandonado a ella: “Está en mi ADN”. Desde Francia siguió el proceso de paz del Gobierno de Juan Manuel Santos con las FARC, que se firmó en 2016 para poner fin a una guerra que duró más de medio siglo.

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Cuando sus visitas a Colombia se habían vuelto intermitentes, un falló de la Corte Constitucional permitió el pasado mes de diciembre que el partido que ella había liderado hace 20 años, Verde Oxígeno, recuperara sus siglas. Ahí comenzó a fraguarse la decisión de dar el salto. Hasta entonces, en varias conversaciones con este diario, ella misma había diluido su papel como protagonista, aunque fue ganando impulso. En una entrevista en septiembre aseguró que no tenía “una ambición personal”, pero en noviembre, desde Francia en una conversación virtual, sostuvo que no se sentiría “cómoda de quedarse de brazos cruzados si tuviera la oportunidad de ayudar a cambiar el destino del país”.

Ahora la decisión es firme. Betancourt está de vuelta, su partido sigue vivo y sus ansias política permanecen intactas: “Me han acusado de muchas cosas, pero últimamente me han acusado de volver a mi casa a sacar beneficios políticos, pues sí, he vuelto en busca del mayor beneficio político: que todos tengamos una mejor democracia. Vengo a reclamar el derecho de luchar por mi familia extendida, que son todos ustedes, la Colombia que yo amo”.

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En pie, la presidenta en funciones del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, durante el homenaje al fallecido presidente de la Eurocámara, David Sassoli.
En pie, la presidenta en funciones del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, durante el homenaje al fallecido presidente de la Eurocámara, David Sassoli.GONZALO FUENTES (REUTERS)

La popular maltesa Roberta Metsola será elegida, salvo sorpresa mayúscula, nueva presidenta del Parlamento Europeo. Sustituirá al italiano David Sassoli, fallecido el pasado martes y a quien se le ha rendido este lunes un homenaje en la sede del Parlamento en Estrasburgo. La práctica certeza de la identidad de la nueva cabeza de la Eurocámara se tuvo este lunes por la tarde, cuando los tres grupos más numerosos, populares, socialistas y liberales, cerraron un acuerdo que renueva el pacto alcanzado en 2019 para repartirse las instituciones europeas y fijar la agenda legislativa.

Metsola es una parlamentaria respetada por casi todos los grupos pero a la que se mira con recelo desde los escaños de la izquierda por su oposición al aborto, una posición sobre la que en Malta hay un amplio consenso, pues también los progresistas suelen votar en el mismo sentido que ella cuando el Parlamento Europeo ha tenido que pronunciarse sobre el asunto. Será la tercera mujer que dirija la Eurocámara después de las conservadoras francesas Simone Veil y Nicole Fontaine.

El guion sobre la procedencia del sucesor de Sassoli en el habitual relevo en la presidencia del Parlamento Europeo a mitad de legislatura estaba escrito desde 2019. Sin embargo, la renuncia de Manfred Weber, quien parecía el candidato natural a la sucesión, puso en riesgo el plan inicial. Esto y la pujanza de los socialistas en las últimas citas electorales llevaron a Sassoli —su salud era frágil, pero el repentino fallecimiento ha sido una sorpresa— a jugar con la idea de continuar en el cargo, apuntan desde varios grupos parlamentarios. Finalmente, se impuso el criterio de la presidenta del grupo socialista europeo, la española Iratxe García, que ha defendido la estabilidad institucional y asegurar así la agenda legislativa pactada en 2019.

Junto a Metsola, también presenta su candidatura la española Sira Rego, de La Izquierda (ella es miembro de Izquierda Unida). La intención de Rego, presentando una candidatura que sabe que no resultará vencedora, es poner sobre la mesa las prioridades políticas de su grupo, según ella misma explica en conversación telefónica con este diario. También optará al puesto la sueca Alice Khunke, de Los Verdes. La familia ecologista no iba a dar la batalla por la presidencia en principio. Sin embargo, el pasado miércoles anunciaron que sí lanzaban su opción. La explicación es que el Partido Popular Europeo (PPE) no se ha sentado a negociar con ellos ninguna de sus reclamaciones: más transparencia en los gastos de los europarlamentarios y el desarrollo de cursos de igualdad de género para los miembros electos de la Eurocámara, explican desde este grupo.

El cuarto candidato, y único hombre, es el polaco Kosma Zlotowski, del partido gubernamental Ley y Justicia (PiS), integrado en el grupo Reformistas y Conservadores Europeos (ECR, por sus siglas en inglés), familia en la que se encuentra Vox.

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La demora en anunciar la renovación del pacto, difundido minutos antes de que comenzara el homenaje a Sassoli celebrado este lunes, la provocó la insistencia socialista en designar ellos al secretario general de la institución, un cargo que no se asigna a un funcionario de carrera. Ahora es el alemán de la CDU, es decir, popular, Klaus Welle. El pasado viernes, incluso, las posiciones estaban tan lejos que los progresistas llegaron a insinuar que podrían presentar una candidatura este lunes, algo que habían descartado a finales de 2021. Finalmente, el PPE conserva el puesto a cambio de ceder una vicepresidencia más al segundo grupo de la cámara, que obtendrá así cinco (hay 14).

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La ya de por sí dividida izquierda francesa tiene desde este sábado una candidatura más. La exministra de Justicia Christiane Taubira se ha lanzado a la carrera presidencial con la voluntad, ha afirmado, de reunir al campo progresista en unas primarias que, sin embargo, sus principales concurrentes rechazan.

Por un Gobierno “que nos respete y que os respete, soy candidata a la presidencia”, anunció Taubira, de 69 años, en un acto celebrado en la ciudad de Lyon ante unos 400 seguidores.

La que fuera ministra de Justicia durante el Gobierno del socialista François Hollande —reconocida, entre otros, por impulsar una ley que declaró la esclavitud como crimen contra la humanidad o la ley a favor del matrimonio homosexual— goza de bastante popularidad en un sector de la izquierda, aunque los sondeos la sitúan en torno al 3% de intención de voto.

Otros, sobre todo en el Partido Socialista, le reprochan hasta hoy su anterior intento presidencialista, en 2002, que consideran fue en parte responsable de que el entonces principal candidato socialista y favorito de esos comicios, Lionel Jospin, quedara por muy poco eliminado en la primera vuelta y que, por primera vez en la historia de la quinta República francesa, pasara a la segunda ronda un candidato de extrema derecha, Jean-Marie Le Pen, finalmente vencido por el conservador Jacques Chirac.

Los fantasmas vuelven ahora, sobre todo en momentos en que ningún candidato de izquierdas logra superar el 10% de intención de voto y muchos de ellos arriesgan incluso con no llegar ni al 5% necesario para que un partido pueda recuperar los gastos de campaña, incluida la candidata oficial socialista, Anne Hidalgo. La candidatura de Taubira se une a las ya declaradas del líder de Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon; del ecologista Yannick Jadot, del comunista Fabien Roussel, del también exministro socialista Arnaud Montebourg (quien podría anunciar pronto su retirada) y de Hidalgo, entre otros.

Taubira ha asegurado que su intención es someter su candidatura al proceso de primarias populares que está organizando un movimiento ciudadano para finales de mes entre diversos candidatos de izquierda. “Reconoceré las reglas de las primarias populares y reconoceré su resultado”, aseveró una vez más este sábado.

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Poco después de que Taubira confirmara su candidatura, el equipo de las primarias populares revelaba la lista final de los candidatos que habían sido seleccionados en los pasados meses por los inscritos en el proceso y que someterá a una única votación entre el 27 y el 30 de enero. Además de Taubira, figuran Hidalgo, Yadot y Mélenchon pese a que estos tres han desestimado el proceso, así como los mucho menos conocidos Anne Agueb-Porterie, Pierre Larrouturou y Charlotte Marchandise. Según han explicado en una rueda de prensa, por el momento se han registrado para votar 120.000 ciudadanos, aunque el proceso seguirá abierto hasta el 23 de enero. Es una cifra similar a la de las primarias ecologistas de las que salió elegido Yadot en septiembre y solo levemente inferior a la de la votación de Los Republicanos en la que Valérie Pécresse se erigió como la candidata conservadora.

El proceso de primarias populares, durante tiempo ignorado por los principales partidos de izquierdas, adquirió fuerza de forma inesperada cuando la socialista Hidalgo dio un giro sorpresivo y, a comienzos de diciembre, propuso a sus rivales progresistas un proceso de primarias para acordar un candidato capaz de remontar los sondeos. Sus principales rivales, Mélenchon y Yadot, han rechazado sin embargo una y otra vez su propuesta, que la propia Hidalgo acabó enterrando esta misma semana, al presentar el jueves su propio programa electoral. Las primarias populares “no van a hacer emerger una candidatura común, sobre todo cuando tres candidatos, yo incluida, dicen que esas primarias ciudadanas no son lo que permitirán despejar una candidatura común”, declaró la también alcaldesa de París, pese a lo cual, los responsables del proceso aseguran que celebrarán la votación pese a todo y a todos.

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