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Gustavo Petro llama a las puertas de la presidencia de Colombia. El líder de la izquierda se ha impuesto con contundencia en las primarias de las coaliciones y ha colocado al Pacto Histórico como primera fuerza del Senado. La consulta de la izquierda, con más de cinco millones de votos, logró casi el mismo apoyo que el centro y la derecha juntos. Federico Fico Gutiérrez tratará de frenar a Petro desde la derecha. Una batalla ya conocida en un país profundamente polarizado y en el que nunca ha gobernado la izquierda. Gutiérrez se impuso con holgura y sale fortalecido de la cita electoral de este domingo frente a un centro desdibujado, con unos apoyos muy mermados, que le dieron a Sergio Fajardo la victoria. La cita electoral de este domingo se considera un termómetro para la primera vuelta de las presidenciales, que se celebran el próximo 29 de mayo.

Los colombianos acudieron a votar en las elecciones legislativas con las primarias en la cabeza. En un país tan presidencialista, los nombres de los candidatos le robaron todo el protagonismo al Congreso, aunque su función como aliado o contrapeso del Ejecutivo es clave para la gobernabilidad del país.

La izquierda toma impulso en todos los frentes para la carrera presidencial, que arranca oficialmente este lunes después de haber definido a los aspirantes. Hace cuatro años, cuando Petro perdió en la segunda vuelta frente a Iván Duque, candidato del uribismo, su partido apenas logró tres escaños en el Senado, frente a los 17 de ahora, según las proyecciones. Aquellas elecciones de 2018 se convirtieron en un todos contra Petro, un escenario que el líder de la izquierda quiere evitar a toda costa con una victoria en la primera vuelta, para la que necesitaría superar el 50% de los votos.

Los tres candidatos vencedores de las primarias se unen a aquellos que concurren en solitario. Se trata de Rodolfo Hernández, la sorpresa de esta precampaña y que se aupó al tercer puesto de las encuestas; Ingrid Betancourt, la política que pasó seis años en la selva secuestrada por las FARC, y Óscar Iván Zuluaga, el candidato de un uribismo en horas bajas. Los sondeos han ofrecido hasta ahora una imagen aún muy distorsionada por la cantidad de precandidaturas —hasta 15— que reunían las coaliciones.

La derecha también sale reforzada de la noche electoral con una coalición marcada por la ausencia del Centro Democrático, el partido del expresidente Álvaro Uribe, que lleva manejando los hilos del poder en Colombia desde hace dos décadas. La baja popularidad de Iván Duque acabó por hundir el uribismo hasta el punto de que parte de sus figuras han dado su apoyo públicamente a Gutiérrez frente a su propio candidato. A Zuluaga no se le espera mayor recorrido. Y Fico, al que muchos han señalado como el valedor de Uribe en la sombra, cuenta con la simpatía del expresidente. Con estos apoyos, el ya candidato del Equipo por Colombia tratará de pasar a la segunda vuelta para movilizar a su alrededor todo el antipetrismo que genera el líder de la izquierda.

El dibujo del nuevo Senado consolida, además de al Pacto Histórico, a los dos partidos tradicionales: Conservador y Liberal. La hegemonía del Centro Democrático de Uribe, primera fuerza en la pasada legislatura con 19 escaños, llega a su fin En las últimas semanas, el mismo Petro había arengado a los suyos a votar masivamente por el Pacto en el Congreso para poder hacer las reformas “que necesita el país”. El tipo de mensajes que pone en alerta a sus competidores.

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El centro fue el gran damnificado de la noche electoral. La coalición no cumplió nunca con las expectativas de su nombre -Coalición Centro Esperanza- y su paso por la campaña se convirtió en un camino accidentado en el que terminaron estrellándose este domingo. La coalición fue la que menos votos sumó de las tres. Fajardo se impuso a otras opciones de la coalición como al líder del Nuevo Liberalismo, Juan Manuel Galán, y al académico Alejandro Gaviria, que pese al entusiasmo de la élite bogotana nunca logró despegar y es un desconocido para la gran Colombia.

Los resultados dejan al centro medio descabalgado del escenario de la batalla presidencial, en el que una izquierda fortalecida tratará de vencer a una derecha que, a tenor de los resultados, no estaba tan muerta como parecía. Una encuesta de septiembre del año pasado aseguraba que el 71% de los votantes colombianos se considera de centro, pero la Coalición Centro Esperanza hasta ahora no ha logrado atraer a esos electores, cansados del uribismo y temerosos de un líder populista como Petro. Las constantes divisiones y peleas internas de la coalición impidieron que llegaran con propuestas claras a la sociedad, siempre enzarzados en una cuita que miró más a su ombligo que al exterior. Ahora que la pelea por el liderazgo ha terminado, Fajardo tiene que cerrar filas a su alrededor para tratar de despegar y mejorar sus números. Gaviria, hasta ahora su mayor enemigo interno, aseguró el domingo que contaba con todo su apoyo.

El lunes empieza a abrirse otro escenario. El de los apoyos y las alianzas que logren los candidatos ya definidos. El Partido Liberal, del expresidente César Gaviria, no tiene aspirante propio y su apoyo se rifa por la enorme cantidad de votos que mueve, incluso por el mismo Petro, que ya ha hecho algún acercamiento. Fajardo, sin embargo, siempre se ha negado a un pacto con cualquiera de las grandes formaciones tradicionales.

La verdadera campaña empieza ahora con la mirada en el 29 de mayo y la duda de qué tiene más fuerza: el petrismo o el antipetrismo. Las elecciones tienen un claro protagonista.

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Federico Gutiérrez es el principal candidato de la derecha en Colombia, después de haber ganado este domingo la consulta de la coalición Equipo por Colombia, la alianza que congregó al sector más conservador. Con poco más del 94% de mesas escrutadas, el exalcalde de Medellín se impone con el 54,18% por el 17,61% de Alejandro Char y el 15,75% de David Barguil, sus dos rivales más próximos.

Fico (Medellín, 47 años) llegó a la contienda a través de firmas, pero su nombre hoy se consolida como la alternativa de la derecha, donde tendrá que seducir al electorado del Centro Democrático (CD), el partido del expresidente Álvaro Uribe. Y tiene todo para conseguirlo. El mal momento que atraviesa el CD, el movimiento uribista, con Óscar Iván Zuluga como candidato y sin nuevos liderazgos, lo ubica como el as bajo la manga de Uribe, que desde que dejó la presidencia en 2010 ha sido el principal elector. Hace cuatro años Iván Duque ganó, en buena parte, por haber sido el elegido del expresidente.

“Recibimos este triunfo con humildad”, ha dicho Federico Gutiérrez, tras conocer los resultados que lo ubican como el principal rival del izquierdista Gustavo Petro en las presidenciales del próximo mayo. “Orden”, “seguridad”, “oportunidades” han sido las palabras que más ha repetido en su discurso de esta noche en Bogotá, y también fueron esas las que más sonaron durante su campaña. “Derrotemos a los proyectos autoritarios. Necesitamos unidad de voluntades para cuidar la democracia. Juntos vamos a sacar adelante a Colombia”, ha asegurado el exalcalde de Medellín.

La victoria de Fico no sorprende, sobre todo porque su discurso de “orden” y “seguridad” ya ha demostrado su efectividad en el sector más conservador del país y de su región, Antioquia, la cuna del uribismo. Así ganó la alcaldía de Medellín, cuya gestión terminó con altísimos índices de aprobación. Su imagen, de un hombre de “calle”, descomplicado y cercano a la gente también le ha sumado puntos para ser el hombre con el que el resto de la derecha deberá negociar. Federico Gutiérrez no ha necesitado de una foto con el expresidente Álvaro Uribe para conquistar a la derecha acostumbrada a votar “por el que diga Uribe”, pero ha sabido leer a sus votantes. “Petro es un riesgo y es un peligro para la democracia. Su discurso es de odio y lucha de clases. Yo represento todo lo contrario a lo que él representa”, decía en una entrevista con EL PAÍS.

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Uno de sus principales rivales en la consulta por la derecha, Char, reconoció su derrota y anunció que le apoyará. También lo hizo el exalcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, que también buscaba la candidatura de derechas. “La gran duda que se abre hoy es qué va a pasar con la derecha. Viene una negociación, en la que Gutiérrez tiene todas las de ganar”, opina Daniel García-Peña, historiador y profesor de la Universidad Nacional de Colombia. Álvaro Uribe ha convocado para el próximo martes a una reunión con su partido, el Centro Democrático. La campaña por la presidencia de Colombia apenas empieza.

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Portugal ha dejado de ser un territorio libre de populismos. Las últimas elecciones confirmaron el meteórico ascenso del Chega, fundado en 2019 por André Ventura, que había llegado más lejos como comentarista televisivo del Benfica que como militante de la derecha agrupada en torno al Partido Social Demócrata (PSD). Ambos rasgos explican la naturaleza del nuevo partido: Ventura aprovechó su experiencia mediática para obtener un gran eco a fuerza de propuestas incendiarias contra los gitanos y las personas que necesitan subsidios sociales y usó la experiencia política para armar una organización con sus principales banderas: liberalismo económico, conservadurismo moral, nacionalismo y guerra cultural a la izquierda, ya fuese la que entroncaba con la Revolución Francesa o la que nació en la Revolución rusa.

El Chega se convirtió el pasado 30 de enero en la tercera fuerza parlamentaria. Aunque perdió más de 85.000 votos respecto a las presidenciales de 2021, su salto en la Asamblea de la República, al pasar de uno a 12 diputados, le convirtió en uno de los grandes vencedores de la noche junto al Partido Socialista (PS), que logró la mayoría absoluta, y la Iniciativa Liberal, que creció de uno a ocho escaños. Uno de los debates que atraviesa estos días la política y el periodismo en Portugal es la relación que ha de establecer el sistema con una formación fundada para atacarlo: el aislamiento alemán con AfD (Alternativa para Alemania) o la integración italiana con La Liga.

Como otros partidos populistas, el Chega es antisistema en la teoría, pero no en la práctica. André Ventura nunca ocultó en campaña que aspiraba a ser ministro si la derecha moderada del PSD le necesitaba para gobernar; y reclama ahora para su grupo las cuotas institucionales que le corresponden legalmente. La Constitución portuguesa establece que los cuatro partidos más votados tienen derecho a una vicepresidencia en la Mesa de la Asamblea de la República y que las presidencias de las comisiones “se reparten por los grupos parlamentarios en proporción al número de sus diputados”.

Por lo tanto, PS, PSD, Chega e Iniciativa Liberal tienen una vicepresidencia reservada, aunque no garantizada, ya que los aspirantes deben superar una votación sobre su idoneidad ante la Cámara. Es improbable que Diogo Pacheco de Amorim —propuesto por el Chega para ese puesto y que en los años setenta perteneció a un movimiento que promovió atentados y ataques contra organizaciones de izquierdas— se convierta en vicepresidente de la Asamblea. No sería la primera vez que se tumba a un candidato.

Consciente de ello, Ventura ya ha dado pistas sobre su plan alternativo si fracasa Pacheco de Amorim: presentar a Gabriel Mithá Ribeiro, un historiador nacido en Mozambique que se ha convertido en uno de los principales ideólogos de la formación ultra. Mithá no arrastra pesos del pasado y coloca a sus adversarios en la encrucijada de rechazar a un diputado de origen africano.

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“La democracia es el régimen de todos. Incluso de los no demócratas”, escribió en un artículo en Público el sociólogo António Barreto, “esos no pueden ser excluidos, marginalizados o prohibidos a no ser por un crimen o violación de la ley. Pero la demagogia no es crimen. El nacionalismo no es crimen. Por eso, el Chega y afines deben ser derrotados en las elecciones y en el debate, no a través de procedimientos antidemocráticos”.

La línea alemana de Costa

No hay duda de cuál será la estrategia del primer ministro, el socialista António Costa, quien ha escogido la línea dura alemana. Tanto en campaña como en la noche electoral, dejó claro que marginaría al Chega de su diálogo con el resto de formaciones. Es evidente que ha cavado un foso entre él y Ventura. De la ronda preparatoria de la próxima legislatura —que ha llevado al palacio de São Bento a agentes sociales y líderes políticos— ha excluido al fundador del Chega con el argumento de que no existía “convergencia ninguna” con el partido para preparar el nuevo ciclo político y distinguiendo estas audiencias de los encuentros institucionales a los que acude Ventura.

“Es coherente con la promesa que hizo en campaña de que no contaba con el Chega para nada; tiene sentido que Costa tenga la libertad de no invitarles a las reuniones antes de la formación de su Gobierno. Si ahora invitase al Chega, estaría quebrando una promesa electoral”, sostiene por teléfono Marina Costa Lobo, politóloga del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa.

“Tengo una perspectiva italiana, me suena extraño este cordón sanitario”, señala Riccardo Marchi, un investigador del Instituto Universitario de Lisboa especializado en el estudio de la extrema derecha. Marchi publicó en 2020 el primer libro sobre Chega en Portugal y desató una polvareda entre especialistas, que consideraban que blanqueaba el partido de Ventura. “Esta distinción que existe en la literatura científica fue incorporada en Alemania en 1945. Diferencia a los partidos que son subversivos y quieren destruir la democracia de aquellos que son de protesta y quieren reformas radicales, pero aceptan las reglas del juego democrático. Chega las acepta y participa de ellas”, responde por teléfono.

“Por encima de todo es un proyecto de poder personal de André Ventura, que se ve a sí mismo como elegido por Dios para liderar una mítica e inverosímil IV República”, señala Miguel Carvalho, periodista del semanario Visão, que ha investigado en profundidad a los círculos de la extrema derecha en Portugal y que destaca la inestabilidad interna de la formación. “Si se queda solo, hablando para sí mismo, sin eco y sin otra opción que mirarse en el espejo, sus debilidades aparecerán a la vista”, reflexiona en un correo electrónico. El periodista considera que el Chega carece de un proyecto ideológico sólido más allá del activismo mediático. “Dentro del universo de la derecha radical populista europea, es uno de los partidos más débiles en ideas y discusión programática”, indica.

Carvalho huye de las etiquetas simplistas: “Llamarlo partido fascista o de extrema derecha puede tener un fondo de verdad, pero está muy lejos de ser toda la verdad. Su electorado, más allá de sus tribus más o menos racistas, xenófobas o fanáticas, tiene características comunes a otras fuerzas: la desilusión con los aparatos partidarios y con cómo se gestiona el Estado y el bien común”.

Una observación que también destaca en su artículo el sociólogo António Barreto: “El éxito, aunque muy relativo, del Chega tiene que ser entendido en el marco de las crisis que atraviesan las democracias. Estas están en el origen de una deriva populista, no democrática o antidemocrática, de izquierda o derecha. En todo el mundo, la democracia es contestada por las aspiraciones insatisfechas, por la desigualdad creciente, por la sociedad digital, por los valores dominantes de lo efímero y por el producto mercantil… Los sistemas democráticos han hecho explotar las aspiraciones y los deseos, que después no consiguen satisfacer”.

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El presidente de Colombia, Iván Duque, este lunes 14 de febrero.
El presidente de Colombia, Iván Duque, este lunes 14 de febrero.JOHANNA GERON (AFP)

Durante los últimos cuatro años, la derecha colombiana ha vivido en carne propia uno de los adagios más viejos y ciertos de la política: a veces los partidos viven mejor sin poder. El dato que lo enmarca es la notable caída en la aprobación del presidente Iván Duque, que está en solo un 35% de media según el índice agregado que mantiene la consultora Colombia Risk Analysis: apenas uno de cada tres colombianos ven con buenos ojos su gestión.

Duque fue elegido en el seno de la derecha colombiana como una opción electoralmente viable, un candidato joven y políticamente moderado. Pero su fracaso a la hora de mantener una alta popularidad se refleja ahora en la enorme fragmentación de este mismo espacio ideológico. Como resultado, el menú de posibles candidatos dentro de la coalición Equipo por Colombia –la más escorada a la derecha– nunca ha estado del todo claro. Tampoco lo ha estado para los encuestadores, que han variado los nombres incluidos en sus estudios para aquellos ciudadanos que pretenden votar el próximo 13 de marzo en la consulta de derecha.

Como resultado, los datos comparativos ofrecen una foto movida e incierta, que apenas sirve para distinguir a un grupo de precandidatos destacados, cuyas bandas de estimación de voto son tan amplias que resulta imposible señalar una cabeza nítida en la carrera. Son tres exalcaldes: el de Medellín Federico ‘Fico’ Gutiérrez, que alcanza entre un 26% y un 47% de apoyos; el barranquillero Alejandro Char (entre 26% y 34%); y a cierta distancia, el bogotano Enrique Peñalosa (entre 9% y 23%).

A menos de un mes de las consultas, Caracol Radio y EL PAÍS organizan una serie de debates con los precandidatos de las tres grandes coaliciones, que comienza este martes a las 19.00 horas con los aspirantes de Equipo por Colombia, que completan David Barguil y Aydeé Lizarazo.

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En esta coalición no está Óscar Iván Zuluaga, candidato del Centro Democrático, el partido de Gobierno fundado por el expresidente Álvaro Uribe, y por tanto heredero provisional de Duque. Zuluaga presenta una valoración neta notablemente negativa, solo superada por Peñalosa entre los candidatos de Equipo por Colombia.

Fico Gutiérrez está notablemente mejor en sus datos netos, pero tiene un claro problema de reconocimiento: dos tercios de la muestra de Invamer en diciembre de 2021 no tenían una opinión formada sobre él, indicando que la mayoría de la ciudadanía colombiana no sabe lo suficiente para valorarlo en ninguna dirección, no lo recuerda o no lo conoce. Y esto se da para el que se supone el contendiente más destacado dentro de la plataforma.

El debate dentro del Equipo por Colombia se ha venido centrando en dos puntos de atención avalados también por los datos demoscópicos. Uno es el asunto de la seguridad, punta de lanza argumental especialmente para el propio Fico Gutiérrez, como ya lo fue durante su alcaldía en Medellín. Y, efectivamente, la percepción de inseguridad parece haber subido en el país, según la encuesta de Invamer. También lo han hecho algunos de los indicadores de criminalidad, como la tasa de homicidios, que en 2021 alcanzó niveles que no se conocían desde 2015. Ahora bien: siguen muy lejos de los volúmenes de principios de este siglo, algo que pone en perspectiva la potencia de este gancho electoral.

La segunda palanca tiene nombre y apellidos: Gustavo Petro. El más que probable candidato de la izquierda se ha convertido en el tentador blanco visible de todos los demás contendientes, que agitan de manera directa o indirecta el fantasma que les facilitan otros gobiernos de la misma tendencia ideológica en la región. Efectivamente, el miedo por “convertirse en Venezuela” acucia a un 33% de colombianos según la Invamer, pero la asociación entre la catástrofe del país vecino y la candidatura petrista no es necesariamente obvia para los electorados más alejados del extremo derecho, y se ha reducido en los últimos tiempos desde el 60%-70% que alcanzó en el anterior ciclo electoral presidencial (un valor al que es probable que se acerque de nuevo conforme lo hagan los próximos comicios). A estos moderados, la baja valoración de Duque (en teoría, un presidente escogido por y para ellos) les puede acabar alejando de una candidatura de derecha, especialmente si está muy escorada. Y cada vez son más, mientras que los auto-declarados como muy de derecha llevan una década y media reduciéndose en Colombia: eran más de un 21% en 2004, y en 2018 apenas llegaban al 14,7%.

Ante esto, el fracturado espacio conservador se debería plantear cómo reconciliar el fracaso de un presidente que se presentó a la vez como propio y moderado, con la realidad de que su espacio ideológico se achica en Colombia.

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El Partido Socialista (PS) portugués obtuvo ayer una inesperada mayoría absoluta de diputados (117/230, con el 41,8% de los votos; 108 en 2019). En otras palabras, la inmensa mayoría de los sondeos publicados en las dos últimas semanas, en particular los últimos del 28 de enero de 2022, daban una situación de empate técnico entre el PS, en ligero descenso, y el PSD (centro-derecha, liberal), en constante crecimiento, así como un empate técnico entre la izquierda y la derecha. La imagen que ofrecían las encuestas era, por tanto, que todo estaba abierto, pero la mayoría absoluta era un espejismo improbable; podía haber una mayoría de izquierdas en el Parlamento, que requería acuerdos para formar gobierno, o una mayoría de derechas, ídem.

Sin embargo, aunque los votos de las dos circunscripciones de la emigración (con dos escaños cada una, generalmente repartidos entre el PS y el PSD) aún no se han contabilizado, ya sabemos hoy que el PS obtuvo una inesperada mayoría absoluta y gobernará en solitario. Los izquierdistas radicales perdieron muchos votos y escaños: el Bloque de Izquierda (BE) pasó de 19 a 5 diputados; los comunistas y su satélite los verdes (PCP-PEV), de 12 a 6, con el PEV fuera del parlamento y los comunistas, con una larga presencia, también; el Partido de las Personas, los Animales y la Naturaleza (PAN), de cuatro a uno; la excepción fue LIVRE, que mantuvo un escaño). En la derecha, la situación es más compleja. El PSD aumentó ligeramente sus votos: pasó de 79 a 76 escaños. El histórico partido de derecha conservadora, cercano a la democracia cristiana (el CDS-PP) se quedó fuera del Parlamento por primera vez desde 1975. Pero hay dos estrellas en ascenso: la derecha populista radical, Chega, que pasó de uno diputado a doce y ahora es el tercer grupo parlamentario. Y la Iniciativa Liberal, un nuevo partido, fuertemente liberal en las tres grandes dimensiones del liberalismo, que ha pasado de uno a ocho escaños.

Portugal sigue siendo una excepción en el sur de Europa tras la Gran Recesión: a pesar de la fluidez del sistema de partidos, su formato se mantiene cercano al bipartidismo imperfecto (PS y PSD suman el 83,9% de los escaños y el 69% de los votos), lejos de la fragmentación y el gobierno compartido típicos del sur de Europa. Pero, ¿qué explica esta inesperada mayoría absoluta para el PS? ¿Y qué hay de la incapacidad del PSD para liderar una mayoría alternativa de derecha? Aquí solo puedo lanzar algunas hipótesis explicativas que deben explorarse más a fondo con encuestas postelectorales y otros métodos.

La primera hipótesis es que las encuestas se equivocaron y nos engañaron. No lo creo: las encuestas portuguesas suelen tener un buen comportamiento en el tiempo, especialmente las más cercanas a las elecciones. Parece más plausible pensar que la situación de cercanía que dibujan las encuestas, con la posibilidad de que gane el PS o el PSD, con mayoría de izquierdas o de derechas, puede haber llevado a muchos votantes de la izquierda radical a concentrar su voto en el PS en el último momento, para evitar una victoria de la derecha (con privatizaciones, supuesta privatización de la sanidad, bajada de impuestos a las empresas, y después a los trabajadores, etc.).

La segunda hipótesis sería que la campaña electoral del PS habría sido un éxito y la del PSD desastrosa. Este no es el caso en absoluto. La campaña del PS fue un caso de estudio de lo que no se debe hacer: empezó diciendo que podía renegociar con la izquierda, luego que solo una mayoría absoluta daría estabilidad, y finalmente que aceptaría cualquier veredicto popular y negociaría con todos para gobernar, si fuera necesario. El PSD, por el contrario, siempre mantuvo las puertas abiertas para un gobierno de derechas, con acuerdos por escrito, y por tanto con una mayor estabilidad esperada.

La tercera hipótesis es que los partidos de la izquierda radical habrían sido penalizados por haber rechazado el presupuesto, mientras que el PS se habría beneficiado. Esta hipótesis tiene dos problemas fundamentales: por un lado, durante la legislatura 2019-2022, el PS rechazó un acuerdo de legislatura por escrito con el BE, que hubiera dado estabilidad a la legislatura, y se dedicó a hablar de entendimientos de izquierdas, pero votando mayoritariamente con el PSD en el Parlamento (alrededor del 60% de las votaciones; la simetría de lo que había ocurrido en la legislatura 2015-2019 en la que las izquierdas gobernaron unidas); por otro lado, el PAN ayudó a aprobar todos los presupuestos del PS entre 2019 y 2022, pero también tuvo graves pérdidas (3/4 del grupo parlamentario se esfumó). Por todo ello, la primera hipótesis me parece la más plausible, aunque tampoco se puede descartar que una parte de los votantes de la izquierda se haya adherido a la narrativa (propuesta por el PS y los grandes medios de comunicación) asociada a la tercera hipótesis.

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El copresidente de Alternativa para Alemania, Jörg Meuthen, durante un congreso del partido celebrado en Dresde, al este de Alemania.
El copresidente de Alternativa para Alemania, Jörg Meuthen, durante un congreso del partido celebrado en Dresde, al este de Alemania.JENS SCHLUETER (AFP)

La batalla ideológica en la que llevaba años inmersa la formación de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) empieza a resolverse para caer del lado más radical. Jörg Meuthen, uno de los presidentes del partido, anunció este viernes por sorpresa su decisión de abandonarlo por desavenencias con los sectores más extremistas. Meuthen, de 60 años, se había distanciado del resto de líderes de AfD, quienes a su vez le criticaban, cada vez más abiertamente, por manifestarse contra la deriva antidemocrática de la formación.

En una entrevista con la televisión pública ARD, el político reconoció haber fracasado en su intento de liderar un camino diferente para el partido, donde asegura que hay facciones que “no respetan el orden básico democrático”. “En ellas veo claramente ecos totalitarios”, señaló. Especialmente en las consignas contra la política de lucha contra el coronavirus, un asunto en el que cree que “se ha desarrollado algo parecido a un culto”.

Meuthen, que quiere conservar su escaño en el Parlamento Europeo pese a abandonar la formación, tampoco ve futuro a AfD. Asegura que, en el mejor de los casos, acabará quedando relegada a Alemania Oriental, donde en dos länder (Sajonia y Turingia) fue la fuerza más votada en los últimos comicios de septiembre pasado. En el conjunto del país obtuvo el 10,2% de los votos, más de dos puntos por debajo de su resultado anterior.

AfD irrumpió en el Parlamento alemán tras los comicios de septiembre de 2017 con un 12,6%. Nacido en 2013 como partido protesta contra los rescates de Bruselas y haciendo bandera del euroescepticismo, viró sus consignas hacia el rechazo a la inmigración durante la crisis de los refugiados de 2015. Con la pandemia, ha reenfocado su populismo contra las restricciones, que tilda de antidemocráticas, y se ha aliado con negacionistas y amantes de las teorías conspirativas para hacer oposición al Gobierno, primero al de Angela Merkel y ahora al tripartito de Olaf Scholz.

Meuthen estaba considerado el más moderado de los líderes y portavoces de AfD, aunque expertos como Johannes Kiess, investigador de la Universidad de Siegen, ponen esa supuesta moderación en tela de juicio. Depende de con quién se le compare. Si es con los que se quedan ―el copresidente federal Tino Chrupalla, la portavoz parlamentaria Alice Weidel, o sobre todo con el controvertido copresidente en Turingia, Bernd Höcke― sí lo es, pero a lo largo de los años han ido abandonando el partido figuras mucho más moderadas asustadas ante la deriva radical de la formación, apunta Kiess.

“Mayor radicalización del partido”

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La Oficina para la Protección de la Constitución (BfV), el servicio secreto interno alemán, vigila de cerca a la formación al menos desde 2019 tras detectar tendencias extremistas en algunos sectores, entre ellos las juventudes y el ala más derechista, la liderada por Höcke, porque considera que defienden políticas contrarias al orden democrático constitucional. Meuthen ha llegado a calificar de “neonazi” a Höcke. “Era cuestión de tiempo que Meuthen decidiera salir. Su marcha supone una victoria del ala más radical”, asegura Kiess. “Me temo que vamos a presenciar una mayor radicalización del partido”, añade.

Meuthen militaba en el partido desde sus inicios. En verano de 2015, se convirtió en portavoz federal tras la marcha de Bernd Lucke, uno de los fundadores. Primero lideró la AfD junto a Frauke Petry, luego con Alexander Gauland y actualmente lo hacía con Tino Chrupalla. El político formaba parte del ala neoliberal en política económica, que empezó protestando contra Bruselas, frente al sector más nacionalista o directamente xenófobo, y pretendía convertir a AfD en un partido conservador de masas. No lo logró. “El corazón del partido late hoy muy a la derecha”, dijo en la entrevista con ARD en la que anunció su marcha.

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El fundador de Oath Keepers, Stewart Rhodes, habla durante el mitin sobre libre expresión en 2017 en Berkeley, California.
El fundador de Oath Keepers, Stewart Rhodes, habla durante el mitin sobre libre expresión en 2017 en Berkeley, California.Jim Urquhart (REUTERS)

Stewart Rhodes, fundador y líder del grupo de milicias de extrema derecha Oath Keepers, ha sido arrestado y acusado este jueves de conspiración sediciosa en relación al ataque al Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero de 2021. El miembro de más alto rango de un grupo extremista imputado por el suceso también ha sido acusado de planear un complot para interrumpir la sesión de certificación de Joe Biden como vencedor de las elecciones presidenciales en el Congreso. Una decena de otros asociados a Oath Keepers también han sido imputados por conspiración sediciosa, el cargo más grave presentado hasta ahora por el Departamento de Jusiticia en el marco de las investigaciones sobre el asalto ejecutado por una turba de simpatizantes de Donald Trump.

Además de Rhodes, de 56 años, el FBI también detuvo esta tarde a Edward Vallejo, de 63 años. Los otros nueve miembros de la milicia acusados ya habían sido imputados por otros cargos. El cargo de conspiración sediciosa requiere que los fiscales demuestren que al menos dos personas acordaron usar la fuerza para derrocar la autoridad del gobierno o retrasar la ejecución de una ley estadounidense. Conlleva una pena máxima de 20 años de prisión.

Tras la noche electoral, Rhodes predijo que EE UU se encaminaba hacia una guerra civil y que nunca reconocerían como legítima la victoria del presidente electo Joe Biden. El exmiembro del Ejército y licenciado en derecho en la Universidad de Yale no ingresó al edificio federal. Sin embargo, mantuvo comunicaciones con sus compañeros de grupo que sí accedieron al Capitolio, según le informó al FBI la pasada primavera durante un interrogatorio en Texas.

Los fiscales han recopilado contundente evidencia en contra de los imputados, incluidos chats encriptados en aplicciones móviles y grabaciones de reuniones en línea. Las autoridades acusan a los miembros de la milicia de entrar por la fuerza al edificio y de montar una “fuerte de reacción rápida” con armas en un hotel en Virginia, muy cerca de Washington, con personas dispuestas a desplazarse rápidamente a la capital estadounidense. La acusación contra Rhodes describe que los miembros de Oath Keepers formaron dos filas militares cuando ingresaron al edificio del Congreso. La primera se dividió para acceder a la Cámara de Representantes y al Senado. La segunda se enfrentó con los agentes de la policía del Capitolio.

The Oath Keepers y los Proud Boys son los principales grupos ultra involucrados en el ataque que dejó cinco muertos y 140 heridos. Un año después, hay más de 700 acusados y solo 71 condenas. Ese día, Rhodes envió un mensaje a sus seguidores: “Acumulen municiones” y prepárense para una “guerra total en las calles”, según la comisión investigadora del Congreso sobre el 6 de enero. Dos días antes del asalto, publicó un artículo en el sitio web de Oath Keepers llamando a “todos los patriotas” a “mantenerse firmes en apoyo de la lucha del presidente Trump para derrotar a los enemigos extranjeros y nacionales que están intentando llevar a cabo un golpe de estado”.

Previo a las elecciones de noviembre de 2020, según los fiscales federales, Rhodes instó a sus compañeros a apoyar a Trump, llamándolo el “presidente debidamente elegido” y agregó: “Pueden llamarlo insurrección o pueden llamarlo guerra”. Cuando la victoria de Biden ya era un hecho, el hombre le pidió a Trump que invocara la Ley de Insurrección en un mitin a favor del republicano en Washington, sugiriendo que si no lo hacía, se iba a desencadenar una “guerra mucho más sangrienta”.

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Otra escalada en las pesquisas sobre el ataque vino desde la comisión investigadora del Congreso. Los legisladores emitieron esta tarde citaciones a Meta (ex Facebook), Google, Alphabet y Reddit por no proporcionar información completa sobre cómo sus plataformas difundieron falsedades que fomentaron la insurrección. “No podemos permitir que nuestro trabajo se retrase más”, dijo en un comunicado el presidente del comité, el demócrata Bennie Thompson. “Dos preguntas clave para la comisión son cómo la difusión de información errónea y el extremismo violento contribuyeron al ataque contra nuestra democracia, y qué medidas, si las hubo, tomaron las empresas de redes sociales para evitar que sus plataformas se convirtieran en caldo de cultivo para radicalizar a las personas hacia la violencia”, apuntó.

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Profesor es despedido tras enseñar sus tatuajes de extrema derecha a sus alumnos en Alemania

Un tribunal de Berlín dictaminó como válido el despido de un profesor que tenía tatuajes calificados de extrema derecha. Además, consideró que no podrá continuar haciendo clases por no ser idóneo para el cargo.

Deutsche Welle

11.05.2021

Un profesor alemán de 38 años que había enseñado a sus alumnos unos tatuajes calificados de extrema derecha fue despedido del instituto de Hennigsdorf -Brandeburgo- y no podrá impartir más clases, decidió este martes (11.05.2021) el Tribunal Regional de Trabajo.

El tribunal de Justicia justificó su resolución aludiendo a que los tatuajes indican una falta de idoneidad para el cargo como docente y que estos también implican una «falta de lealtad a la Constitución» del país. 

«De los tatuajes ‘Mi honor se llama lealtad’ en escritura sobre el torso, que estaban presentes allí en el momento del despido, se concluye que es una falta de lealtad a la Constitución», afirmó el tribunal en un comunicado de prensa.

El hombre, quien aseguró no tener convicciones de extrema derecha, había mostrado los tatuajes a sus alumnos durante un festival en el verano de 2018. En estos dibujos corporales se podía leer el lema de las SS «Meine Ehre heißt Treue» (‘Mi honor significa lealtad’, en castellano), además de otros tatuajes con motivos reconocidos de grupos de extrema derecha, como el Wolfsangel o el Sol Negro. 

El hombre, quien había apelado al tribunal tras haber sido suspendido por el instituto educacional, explicó que se había hecho los tatuajes porque se había interesado en primera instancia por los vikingos y después por los teutones.

La decisión dictaminada por el tribunal alemana no hubiera cambiado aún si el hombre hubiera cambiado o borrado los mensajes y simbolismos dibujados en su cuerpo. El tribunal concluyó que independiente de las intenciones, «sólo es punible el uso de las señales, independientemente de la actitud».


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