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La joven de 21 años perdió la vida pese al esfuerzo de los galenos.

Noticias La Guajira.

Luciana Andrea Arrierta Corrales, murió luego de varios días de estar internada en un centro hospitalario de alta complejidad en el municipio de San Juan del Cesar.

Luciana Arrieta, fallecida.

La joven de 21 años de edad no pudo reponerse de un trauma craneoencefálico severo que sufrió tras el choque del vehículo en el que viajaba el pasado 15 de enero, contra las rejas de la IPS Makushama en San Juan del Cesar.

El siniestro se registró en la calle 7 con carrera 6, donde el automóvil de color negro y de placas GVV 735, marca mazda 3, chocó intempestivamente contra el enrejado del inmueble.

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Carro en el que se movilizaba Luciana.

El carro era conducido por José Antonio Miranda Brisson, de 23 años, quien también sufrió varias lesiones en su cuerpo y sigue en recuperación.

Este accidente que ha causado consternación en el municipio guajiro ocurrió a eso de las 12:30 de la madrugada de aquel domingo, en el sector de la glorieta de La Virgencita.

Tras el fuerte impacto, el vehículo quedó destrozado.

Familiares, amigos y conocidos de Luciana, lamentan este insuceso.

Foto de portada: @guajiranews

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El 11 de enero de 2002, vestidos con monos color naranja y procedentes de un vuelo militar, llegaron a Guantánamo los primeros 20 detenidos de un nuevo centro de detención para sospechosos de terrorismo ideado por el Gobierno de Estados Unidos en plena conmoción por los atentados del 11-S. La ubicación, en una enorme base naval al sureste de Cuba, ofrecía un margen de maniobra extremo a sus custodios: las leyes y garantías estadounidenses no eran aplicables, abogados y familiares no tenían acceso y, según advirtió el presidente George W. Bush al abrirlo, la Convención de Ginebra no cubría a sus reos. Estos eran, en palabras del Pentágono, “lo peor de lo peor” y el país estaba en guerra, así que todo valía.

Guantánamo se acabó convirtiendo en símbolo de abusos y torturas por parte del país que se precia de ser el faro de la democracia. Llegó a albergar a casi 680 presos. El propio Bush quiso cerrarlo; su sucesor, el demócrata Barack Obama, lo intentó durante años; Donald Trump frenó el proceso pero Joe Biden llegó a la Casa Blanca con la promesa de hacerlo. Este martes, al cumplirse 20 años de la apertura, la prisión más infame sigue abierta con 39 presos, para disgusto de las organizaciones de derechos humanos y del propio Gobierno. Las dificultades para trasladar a los prisioneros, debido en buena medida a las restricciones impuestas por el Congreso, la han convertido en una mancha indeleble en la lucha de Estados Unidos contra el terror.

Policías militares trasladan a un detenido en la prisión de Guantánamo 
 (Cuba), el 6 de febrero de 2002.
Policías militares trasladan a un detenido en la prisión de Guantánamo
(Cuba), el 6 de febrero de 2002.
LYNNE SLADKY (AP)

Diez de los 39 internos están imputados por cargos, entre ellos, cinco acusados de ayudar a planear los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, que se cobraron la vida de 3.000 personas. Pero aún no han sido juzgados y eso incluye a Jaled Sheij Mohammed, que se declaró cerebro de los atentados. Otros dos presos sí han sido sentenciados y están cumpliendo condena: Ali Hamza Sulayman al Bahlul, un ayudante de Bin Laden que afronta cadena perpetua, y Majid Khan, un pakistaní residente en Maryland que participó en varios planes de Al Qaeda y termina su tiempo entre rejas el próximo mes.

El resto no ha sido acusado a lo largo de estos 20 años pero siguen en Guantánamo con el argumento de que son detenidos de guerra dentro del conflicto con Al Qaeda y pueden permanecer allí por tiempo indefinido. Un panel que revisa su situación ha recomendado el traslado de alrededor de una docena de ellos, pero eso no es sencillo. En todo su primer año de Administración, Joe Biden solo ha sido capaz de transferir a un reo, Abdul Latif Nasir, que fue recibido -y detenido nada más llegar- por Marruecos.

El procedimiento para poder llevar a cabo un traslado es complejo y sujeto a restricciones clave. Primero, es necesaria la recomendación del Consejo de Revisión Periódico, un panel que reúne a seis agencias de seguridad diferentes del Gobierno. Luego, el Departamento de Estado tiene que llegar a un acuerdo con un tercer país y este no puede ser ninguno que no asegure el respeto a sus derechos humanos o no pueda garantizar el control de ese detenido. Una vez logrado el acto, el jefe del Pentágono debe informar al Congreso. Todo este proceso se puede llegar a eternizar. O peor. En el caso de Abdul Latif Nasir, el único al que ha podido trasladar Biden hasta ahora, la aprobación para el plan llegó en 2016, pero el Gobierno de Trump decidió dejar el caso en un cajón.

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El Congreso también prohíbe el traslado de estos presos a Estados Unidos con el argumento de su peligrosidad y, además de todo eso, prohíbe el uso de fondos públicos tanto para su traslado a países extranjeros o a suelo estadounidense, como para cualquier ampliación o construcción en las actuales instalaciones. Biden ha pedido con poco éxito que el Capitolio revoque estos condicionantes. En una sesión en el Senado en diciembre, los republicanos dejaron claro que no piensan cambiar una coma de la actual ley.

El senador Lindsey Graham, de Carolina del Sur, lo expresó con estas palabras: “No estamos luchando contra un crimen. Estamos luchando en una guerra. No quiero torturar a nadie. Quiero someterlo a un proceso coherente con el estado de guerra y, si es necesario, mantenerlos detenidos tanto tiempo como sea necesario para mantenernos a salvo o llegar a la conclusión de que ya no son una amenaza”. En mayo, ocho senadores republicanos habían enviado una carta a Biden en la que se oponían al intento de cerrar el complejo a base de traslados.

El ahogamiento fingido (waterboarding), la privación de sueño o la exposición a temperaturas extremas fueron algunas de las técnicas de tortura utilizadas por Estados Unidos en Guantánamo. Trascendió de muchos modos, con la publicación de los documentos clasificados por parte de WikiLeaks en 2011 y en boca de abogados de derechos humanos o relatos sórdidos como el de Mohamedou Ould Slahi, el mauritano que escribió sus memorias en 2005 y fue liberado en 2016. Sin embargo, el paquistaní Majid Khan se convirtió en el pasado octubre en el primer recluso de Guantánamo que relató públicamente ante un jurado militar en esa base los métodos de interrogación. “Mientras más cooperaba, más me torturaban”, dijo ante un jurado militar en la base.

Bush trató de cambiar el paso al poco de abrir la prisión. Primero, admitió que los talibanes y afganos detenidos sí quedarían cubiertos por la Convención de Ginebra. En 2006, el Tribunal Supremo de Estados Unidos estableció que ese convenio se aplicaba a todos los detenidos y que el sistema de comisiones militares diseñado por la Casa Blanca violaba las leyes internacionales. El presidente republicano excarceló a unos 500 arrestados y Obama, a cerca de 200. Cuando el demócrata llegó al cargo en 2009, se propuso cerrarlo en el plazo de un año. Mantenerlo supone un coste de unos 13 millones de dólares por prisionero y año para el erario público. También, deja en activo una “mancha moral” para Estados Unidos, según señaló la semana pasada el portavoz del Departamento de Estado, Ned Price.

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Abdelrahman el Gendy tenía solo 17 años cuando se enfrentó a su fiesta de bienvenida. Llegó a prisión en un furgón policial y fue recibido por dos largas filas de soldados dispuestas una frente a la otra, creando un pasillo de porras, látigos, barras de metal, cinturones y puños apretados que se extendía desde la parte trasera del vehículo hasta la entrada de la cárcel, convertida, de golpe, en algo deseado. Una gran entrada, cuenta el joven, sin alfombra roja, pura liturgia carcelaria, un teatro de crueldad.

Su vida había cambiado para siempre el 6 de octubre de 2013. La víspera de su primer día como estudiante de ingeniería en la Universidad Alemana de El Cairo, El Gendy fue detenido por fotografiar una protesta pacífica con su padre, que le había acompañado precisamente por miedo a las medidas de seguridad. Pese a ser un menor, le acusaron y juzgaron como adulto, y lo condenaron a 15 años en una prisión de máxima seguridad. En total, cumplió más de seis años entre rejas, hasta el 13 de enero de 2020, cuando salió con 24 años.

En una serie de artículos temáticos publicada en el medio egipcio Mada Masr, Anatomía de un encarcelamiento, El Gendy ha relatado durante el año pasado su experiencia en prisión. El joven se sumerge en la vida en una celda egipcia, y con él, los lectores. Evoca el espacio de entre 25 y 50 centímetros de ancho en el que los presos duermen, el código entre reclusos de no mirar a un compañero siendo humillado por los guardias, y la distinción entre un genai, encarcelado por cargos criminales, y un siyasi, en prisión por razones políticas. Y describe el proceso de convertir su celda en una suerte de mundo imaginario: una sábana que cuelga de contenedores de plástico que hace las veces de armario, la manta envolviendo medio bloque de hielo que sirve de nevera, o el envase con agujeros conectado con un tubo de contrabando a un grifo a ras de suelo que funciona de ducha. También cuenta los rituales semanales, enternecedores y desgarradores a partes iguales, de las visitas familiares, las lágrimas de su madre y su servicio postal clandestino. El miedo profundo a ser olvidado, a no salir jamás. Y la vida reducida a un día a la vez.

“Fue un día de mi primer año, cuando estábamos en el camión de transporte, volviendo de nuestra primera visita judicial con las esposas puestas. La escena fue devastadora para mí”, evoca, “y cuando volví a mi celda cogí un bolígrafo y escribí sobre ello”. “Aquello se convirtió en un proceso terapéutico, para curar y afrontar la situación”, apunta.

Los escritos de El Gendy pertenecen a una literatura carcelaria con larga tradición en Egipto. Memorias, recopilaciones de cartas, novelas, relatos etnográficos y poemarios que se adentran en los confines de la prisión política y sus crueles condiciones, y que reflexionan sobre cuestiones como la brutalidad de sus regímenes, sus raíces, o formas de resistencia. Figuras históricas que han nutrido este género incluyen a autoras feministas como Nawal el Saadawi, activistas de izquierdas como Sonallah Ibrahim y a islamistas radicales como Sayed Qutb. Y ahora, bajo el consolidado régimen del mariscal Abdelfatá al Sisi, y con la prisión como elemento nuclear de su aparato represor, esta literatura resurge.

“La literatura carcelaria egipcia ha sido la crónica de diferentes épocas de represión. Pero, en mi opinión, estas obras publicadas por antiguos y actuales detenidos no necesariamente es un retrato de la situación en Egipto, sino más bien un intento de escribir como medio para sobrevivir a un proceso sistemático para quebrarlos”, considera Yasmin Omar, abogada internacional de derechos humanos. “Creo que escribir en la cárcel o sobre la cárcel en Egipto es un acto de resistencia”, asegura.

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La obra que más expectación despertó durante 2021 fue la de Alaa Abd el Fattah, el preso político de más alto perfil en Egipto. Nacido en el seno de una familia de abogados de derechos humanos y de activistas, Abd el Fattah, ingeniero de software, se convirtió en un icono durante la revuelta social de 2011 —que forzó la dimisión de Hosni Mubarak— por su actividad política y como bloguero, algo que en la última década le ha costado pasar casi tres terceras partes del tiempo entre rejas.

En octubre pasado, la editorial británica Fitzcarraldo publicó su libro You have not yet been defeated (Aún no has sido derrotado), una selección, con prólogo de Naomi Klein, de ensayos, publicaciones en redes, entrevistas, entradas de blog y cartas de Abd el Fattah escritas desde 2011, muchas de ellas desde la cárcel. La obra ofrece un testimonio único de la oposición de un intelectual de primer orden en una década de agitación global, y recoge ideas sobre tecnología, historia, política, y reflexiones sobre el significado de la prisión.

Desde junio pasado, el periodista y político egipcio Khaled Dawoud, detenido en septiembre de 2020 y encarcelado durante 19 meses sin juicio, ha publicado otra serie de artículos en el medio egipcio Al Manassa. Esta arranca con su detención cuando iba a visitar a su padre enfermo y ofrece un relato cronológico de su experiencia: su primer encuentro con el fiscal, los duros 11 primeros días entre rejas, la ventana al mundo que ofrecen las visitas, cartas y encuentros con abogados, lo difícil que es matar el tiempo, la llegada del coronavirus, la muerte de su hermana. Y por el camino, reflexiones sobre formas de oposición, la pena carcelaria o sobre pura supervivencia.

También el pasado verano, otro de los presos políticos famosos de Egipto, el poeta Ahmed Duma, que lleva 12 de sus casi 32 años en prisión, publicó el poemario Curly. En su caso lo hizo con una editorial local, pero la obra fue rápidamente retirada y prohibida en el país y su entorno está buscando alguna editorial de fuera que pueda publicarlo.

“El predominio de su actividad política sobre su producto literario, sobre todo desde el estallido de la revolución, no le gusta. Él prefiere definirse como poeta; sin embargo, considera que su actividad revolucionaria es un imperativo en defensa de los oprimidos”, explica Esmail Duma, hermano del escritor. “Su proyecto personal es la escritura y la poesía”, cuenta, “es a lo que él ha querido dedicarse por completo”.

A lo largo de 94 páginas, Duma, que escribe desde la infancia, reúne un conjunto de poemas en egipcio que ha escrito en régimen de aislamiento y que ha sacado de la cárcel en secreto. En ellos, Duma habla de libertad y unidad, de injusticia y compañeros mártires, de prisión y derrota, de esperanza, de Palestina o del sueño de una patria libre.

“En Egipto nos enfrentamos a intentos deliberados de borrar nuestra historia, de lo que ha sucedido desde la revolución [de 2011] hasta ahora: todo esto está siendo reescrito por la narrativa oficial del Estado”, señala El Gendy. “El único método de resistencia que tenemos son estas contranarrativas: proporcionamos una historia alternativa por si se quiere ver lo que realmente está pasando”, añade. “El otro aspecto es que a la gente en la cárcel le aterroriza ser olvidada en el exterior; sientes que ya nadie te recuerda, que eres un fantasma”, anota. “Deberíamos hablar de ellos, no deberíamos olvidarlos nunca”, concluye.

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