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La Unión Europea contempla golpear a los familiares de los oligarcas ya sancionados para evitar que se aprovechen de posibles agujeros o fugas en las sanciones aplicadas hasta ahora, pero se resiste a ir más allá de momento en sus represalias contra Moscú. Cumplidas cinco semanas desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania y tras una cumbre europea copada por asuntos energéticos y sin resultados tangibles en materia de sanciones, la Comisión Europea multiplica estos días sus contactos con los aliados para afinar un quinto paquete de sanciones. O casi mejor –por usar la terminología manejada en el Ejecutivo comunitario– un “paquete intermedio” centrado en reforzar los cuatro golpes ya asestados contra Rusia, para evitar que empresas, oligarcas y sus familiares evadan las medidas y que el Banco Central de Rusia pueda realizar transacciones usando sus reservas de oro. Mientras, entre bambalinas, sigue trabajando en un paquete de mayor envergadura para el caso hipotético de que haya que dar respuesta a un ataque químico o similar ordenado por el presidente ruso, Vladímir Putin.

Hasta la fecha, las sanciones y la guerra han provocado que el comercio de la UE con Rusia se reduzca hasta alcanzar un cuarto de su tamaño prebélico, según cifras internas que se manejan en la Comisión. En 2021, los intercambios comerciales entre Rusia y el bloque comunitario sumaron 257.000 millones de euros. El efecto sobre el vecino euroasiático comienza a hacer mella al otro lado del telón de Putin. “La economía rusa se está contrayendo a un ritmo más rápido que desde 1998, cuando dejó de pagar su deuda”, expuso este martes Adewale Adeyemo, vicesecretario estadounidense del Tesoro, en una comparecencia pública desde Bruselas. A este lado, también se notan los efectos en forma de una inflación galopante impulsada por los precios de la energía, que en España se ha disparado hasta el 9,8%, el máximo desde 1985.

Adeyemo ha estado de visita en la capital comunitaria, donde se ha reunido con la comisaria europea de Finanzas, Mairead McGuinness (el martes) y con el de Economía, Paolo Gentiloni (el miércoles) con el objetivo de afinar y coordinar los siguientes pasos. “La clave es garantizar la aplicación efectiva y completa de las sanciones en todas las jurisdicciones. Esto es una prioridad y es un trabajo en curso”, aseveró McGuinness junto al estadounidense. “Estamos muy centrados en la elusión”, añadió Adeyemo.

Firmas tecnológicas

Tras la cita, Estados Unidos ha dado este jueves un nuevo golpe a Moscú en línea con el objetivo de tapar vías de escape. Esta vez son las empresas tecnológicas las que están en el punto de mira: el Departamento del Tesoro ha señalado 34 organizaciones (21 compañías y 13 individuos) asociadas a las redes alternativas que está empleando Moscú para sortear los efectos de las represalias impuestas en las primeras semanas del conflicto. Las nuevas medidas –desde empresas que adquieren de forma ilícita material para el Ejército ruso al mayor fabricante de chips del país– hablan de los desafíos que supone atacar las operaciones de los bancos y los movimientos de los oligarcas en un mundo interconectado y en el que las vías financieras y de abastecimiento tradicionales han sido sustituidas en parte por otras, más opacas y difíciles de rastrear, informa Iker Seisdedos.

“Hay varios agujeros en los que estamos trabajando”, reconocen fuentes de la Comisión. Entre los planes se encuentra actuar sobre familiares de determinados oligarcas y sobre empresas, para evitar maniobras o transferencias de dinero dirigidas a ocultar su riqueza y evadir las represalias. Hasta la fecha, 877 personas, incluidos el presidente ruso, su ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, y más de 30 miembros de las élites económicas próximas al Kremlin, además de 62 empresas, están sujetas a una congelación de bienes bajo el régimen sancionador de la UE. A las personas también se les ha prohibido desplazarse a la UE, salvo a Putin y Lavrov, por si se abre una eventual vía diplomática.

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Otra de las fórmulas que baraja la UE es tratar de detectar componentes imprescindibles para Rusia y establecer prohibiciones teledirigidas a la exportación de esos productos críticos. No descarta tampoco actuar en las criptomonedas, que algunos rusos podrían estar usando para vadear las prohibiciones de la UE, tal y como denunció la semana pasada la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde.

Entre los Veintisiete, algún país ha expresado preocupación por el hecho de que dos vecinos muy próximos y que aspiran a formar parte de la UE algún día, Turquía y Serbia, actúen como posibles grietas en las represalias. Turquía es el único miembro de la OTAN que no participa en las sanciones contra Rusia.

En Bruselas son conscientes de que las medidas barajadas no tienen el atractivo de otras rondas; pero creen en el potencial de sumar una miríada de pequeños ajustes, entre los que también se incluye el mandato del G-7, tras su reunión en Bruselas el pasado jueves, de coordinar las “respuestas relacionadas con la evasión de las medidas, incluidas las relativas a las transacciones de oro del Banco Central de Rusia”, cuyas reservas en la UE han sido congeladas.

Empresas ‘offshore’

Las redes financieras globales opacas son uno de los diversos agujeros por los que se diluyen las sanciones con un manto de legalidad. Una reciente investigación de EL PAÍS constató el vínculo de 40 rusos sancionados por Bruselas con 27 empresas offshore activas que aparecen en registros públicos.

“Debemos asegurarnos de que quienes prestan servicios –financieros, jurídicos y de otro tipo– a los oligarcas para facilitar la evasión de las sanciones son plenamente conscientes de los riesgos que corren. Investigaremos todos y cada uno de los esfuerzos por infringir nuestra legislación en materia de sanciones y las infracciones tendrán consecuencias”, afirmó hace un par de semanas la comisaria McGuiness, al filo de la segunda reunión de trabajo de una división especial de la UE creada para coordinar la aplicación de las sanciones contra oligarcas rusos y bielorrusos.

Bautizado como Freeze and Seize (congela e incauta), este grupo operativo reúne a miembros de la Comisión, los Estados miembros, Eurojust (Agencia de la UE para la Cooperación Judicial Penal) y Europol (cooperación policial) para facilitar el intercambio de información y coordinar a las 27 capitales, para incautar y, en su caso, confiscar los activos de los oligarcas. “Corresponde a los Estados miembros aplicar las sanciones”, aclara un portavoz del Ejecutivo comunitario.

La UE ha multiplicado además sus contactos con los aliados para cerrar posibles grietas y coordina sus trabajos con el G-7 (Alemania, Francia, Italia, Canadá, Estados Unidos, Reino Unido y Japón) y Australia a través de otra división recién creada, llamada REPO (acrónimo en inglés de Élites, apoderados y oligarcas rusos).

El bloque comunitario nunca había hecho hasta la fecha un seguimiento tan quirúrgico de las sanciones ni había desplegado una cooperación tan estrecha con terceros países (incluido el santuario financiero de Suiza) para garantizar su efectividad.

La “hijastra” de Lavrov

Entre los golpes más sonados contra esta élite económica y sus círculos más íntimos se encuentra el nombre de Polina Kovaleva, de 26 años, sancionada por el Reino Unido como “hijastra” de Serguéi Lavrov, a pesar de que no existe un lazo directo entre ellos: es hija de la pareja sentimental del ministro de Exteriores, que sigue casado con otra persona, según medios de la disidencia rusa. Kovaleva vive desde hace años en el Reino Unido; en 2016, a los 21, cuando era un estudiante sin ingresos conocidos en la universidad inglesa de Loughborough, compró a tocateja un piso en el lujoso barrio londinense de Kensington por valor de 4,4 millones de libras (5,2 millones de euros). “Esto envía una fuerte señal de que aquellos que se benefician de la asociación con los responsables de la agresión rusa están en el ámbito de nuestras sanciones”, advirtió el Gobierno británico en un comunicado. Poco antes de ser sancionada, la semana pasada, Maria Pevchikh, una investigadora de la fundación anticorrupción del opositor ruso Alexéi Navalni, denunció a través de redes sociales la “glamurosa” vida de esta joven cuyo “historial de Instagram parecen unas vacaciones interminables”.

La UE también ha probado ya su munición contra la familia de algunos poderosos rusos: el 9 de marzo, le llegó el turno al piloto de fórmula 1 Nikita Mazepin, de 23 años, hijo de Dmitry Mazepin (también sancionado), propietario del grupo Uralchem, un fabricante ruso de productos químicos, como abonos minerales y amoníaco. “Dado que Uralchem patrocina al equipo Haas de Fórmula 1, Dmitry Mazepin es el principal patrocinador de las actividades de su hijo en dicho equipo”, detalla el documento de las sanciones. Unos días antes, Haas rescindió su contrato con la compañía patrocinadora y con el piloto (e hijo del dueño de la empresa).

En la lista negra comunitaria también figuran Galina Pumpyanskaya (56 años) y Alexander Pumpyansky (34 años), esposa e hijo de Dmitry Pumpyansky, director de Pipe Metallurgical Company, uno de los líderes mundiales en la fabricación de gasoductos y oleoductos, al considerarlos “asociados” al empresario sancionado.

Y el círculo de Lavrov también ha sido alcanzado desde Bruselas: la UE ha incluido en su nomenclatura al yerno del ministro de Exteriores, Alexander Vinokurov, de 39 años, empresario con intereses en el comercio minorista de alimentos, productos farmacéuticos, agricultura e infraestructuras; casado con Ekaterina Vinokurova, vástago de Lavrov; e hijo de Semen Vinokurov, que fue director de la empresa pública “Capital Pharmacies” y al que la UE considera “uno de los principales empresarios de la industria farmacéutica rusa”.

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La Unión Europea sopesa incluir el sector energético en las sanciones contra Rusia por la invasión de Ucrania, pero quiere garantizar que ese paso no quiebre la férrea unidad mantenida desde el inicio de la guerra. La reunión de este viernes de los 27 socios de la Unión, representados por sus embajadores ante la UE, ha constatado que el embargo del petróleo y del gas ruso no cuenta por ahora con el respaldo de todas las capitales. Varios países, con Polonia al frente, reclaman ya la activación de esa medida, considerada como el arma de último recurso. Pero Bruselas teme que resquebraje la posición común de la UE si se intenta adoptar de forma prematura o sin un desencadenante en el campo de batalla que haga inevitable una decisión de tantísimo calado político y económico.

“Estamos abiertos a todas opciones, pero hay que mantener la unidad. Es importante”, señalaba este viernes una fuente diplomática europea cuyo país suele ser escuchado con mucha atención en todos los debates de la UE. “En las últimas tres semanas hemos demostrado que podemos reaccionar con unidad, rapidez y contundencia y en el futuro seguirá siendo así”, subrayaba otra fuente comunitaria. La misma voz reconoce el enorme trabajo y esfuerzo que requiere lograr el apoyo unánime de los 27 gobiernos de la Unión a cada ronda de sanciones. Pero subraya: “Todas las decisiones han sido por unanimidad o por consenso”.

Además de las sanciones para castigar al invasor, Bruselas también da pasos para ayudar al agredido. El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, ha hablado por teléfono este viernes con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, con el que ha acordado estudiar vías para crear un fondo que permita a este país financiar su esfuerzo bélico y las necesidades básicas de la población y de la Administración. También serviría para preparar la reconstrucción tras la guerra “anclando” a Kiev a Occidente, según ha explicado un portavoz de Michel. Este instrumento se financiaría con una conferencia de donantes.

La atención en Bruselas, pese a todo, se focaliza en el castigo a Moscú, un asunto más espinoso que la ayuda a Ucrania. La UE adoptó un primer castigo el 23 de febrero, solo 48 horas después de que el presidente ruso, Vladímir Putin, decidiese reconocer la independencia de las autoproclamadas repúblicas prorrusas en el territorio ucranio del Donbás. Al día siguiente estalló la guerra y el Consejo Europeo anunció nuevas sanciones, pero solo concretó la inclusión de Putin y su ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, en la lista negra de altos cargos sujetos a la congelación de sus bienes en territorio comunitario.

El umbral del castigo se elevó drásticamente a partir del tercer día de combates, cuando las imágenes de destrucción y muerte en Ucrania provocaron estupor en gran parte de la opinión pública europea. En cuestión de días se congelaron las reservas del banco central ruso situadas en Europa; se excluyó de la plataforma de pagos financieros SWIFT al 25% del sector bancario; se prohibieron las emisiones de canales rusos de televisión; y se amplió la lista negra que impide la entrada en la UE y congela los bienes en territorio comunitario para incluir a 877 personas y 62 empresas o entidades rusas. El cuarto paquete —o, como subrayaba un diplomático europeo esta semana, “un complemento al tercero”— se impulsó en la cumbre de Versalles.

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Alemania reclama calma

Pero la aprobación formal de esta última tanda ya ha evidenciado ciertas discrepancias, al menos en el ritmo de aprobación. Alemania, apuntan varias fuentes, pidió calma y tiempo para estudiar los castigos que, en principio, iban a ver la luz el pasado domingo y al final salieron adelante el lunes. Ahora empieza a prepararse ya otro paquete. “Llegará, pero no el próximo lunes [en la reunión de ministros de Asuntos Exteriores]”, apuntaban este viernes en una embajada. Lo más probable es que se abra paso tras la cumbre de jefes de Estados y Gobierno de la semana que viene, a la que también acudirá el presidente de Estados Unidos, Joe Biden.

Su contenido está ultimándose. Es muy probable que se amplíe la lista de oligarcas. Y mucho menos probable que se den pasos para dejar de comprar hidrocarburos a Rusia, un camino que podría empezar a recorrerse por el petróleo, ya que es más fácil de sustituir con otros suministradores. Los partidarios de cerrar ya los grifos de las tuberías de gas y crudo que llegan del Este saben, admitían este viernes en una de sus delegaciones, que todavía no cuentan con el respaldo necesario en el Consejo, si bien lo siguen reclamando.

En el resto de capitales, sin embargo, parecen optar por una respuesta gradual, ganando tiempo para dejar atrás la época de más frío —cuando más necesario es el gas— y dejándose balas en la recámara por si Putin aumenta la crueldad de su campaña bélica. Aunque este grupo no es un bloque homogéneo, los hay “abiertos a todas las opciones”, esperando la evolución de la guerra y cuidando la unidad de acción (Holanda, Francia, España…), y a los que son más reacios a dar el paso, entre ellos Alemania e Italia, por las duras consecuencias sobre su economía.

Fuentes comunitarias reconocen que el daño causado por las medidas adoptadas hasta ahora tardarán meses o años en debilitar a Rusia, mientras que las bombas de Putin caen día a día en Ucrania. Pero añaden que el impacto “ya se está dejando notar tanto en la economía como en la sociedad rusa”. Y enfatizan: “Se pueden adoptar nuevas medidas cuando lo consideremos oportuno”.

“Mi impresión es que vamos a continuar nuestra respuesta a la vista de lo que está ocurriendo sobre el terreno”, pronostica una diplomática europea. Otra diplomática prefiere no especular sobre el alcance del quinto paquete sancionador, pero resalta: “Estamos listos para cuando haga falta adoptarlo y con eso basta”.

Escasa munición restante

Las primeras cuatro rondas han sido de tal magnitud que han dejado a la UE con escasa munición para redoblar el castigo sin incluir al sector energético. Ya se ha decretado un embargo a las exportaciones de numerosos sectores rusos y se ha prohibido la inversión en casi todos ellos, así como la transferencia de tecnología. El veto también afecta a numerosas exportaciones europeas imprescindibles para Rusia. En el sector financiero se han librado de la exclusión de SWIFT los bancos Sberbank y Gazprombank, pues su desconexión afectaría a las importaciones de gas y petróleo porque Europa paga su factura energética a través de esas entidades.

Pero la presión para endurecer el castigo aumenta. Rusia ha ingresado casi 15.000 millones de euros desde el inicio de la invasión de Ucrania gracias a las exportaciones de gas, petróleo y carbón a la Unión Europea, según el centro de estudios CREA (Centre for Research on Energy and Clean Air). La elevada factura da fuerza a los países de la UE partidarios de renunciar a las importaciones energéticas para doblegar al régimen de Putin. Moscú financia más de un tercio de los presupuestos nacionales gracias a los ingresos por la venta de hidrocarburos y Europa es su principal cliente, con una cuota del 50%.

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El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, viajará la próxima semana a Bruselas para participar en una cumbre extraordinaria de la OTAN y en una reunión del Consejo Europeo para tratar la crisis de Ucrania, según ha confirmado este martes la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki. Las reuniones virtuales, llamadas y contactos entre el presidente de Estados Unidos y los aliados europeos se han multiplicado a lo largo de todo el conflicto y, especialmente, desde que comenzó la invasión rusa de Ucrania el 24 de febrero. Pero este será el primer desplazamiento del líder norteamericano para un encuentro presencial. La cita de la Alianza Atlántica está prevista para el 24 de marzo, jueves.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, confirmó la convocatoria en un mensaje publicado en Twitter poco antes del anuncio formal de Washington. “Abordaremos la invasión de Ucrania por parte de Rusia, nuestro firme apoyo a Ucrania y un mayor refuerzo de la defensa y fuerza de disuasión de la OTAN”, señaló. “En este momento crítico, Norteamérica y Europa deben continuar juntos”, añadió.

Los aliados de la OTAN no han desplegado tropas en Ucrania para su defensa ante Moscú, ya que el país no forma parte de la Alianza Atlántica, pero sí están respaldando a esta antigua república soviética frente a los zarpazos de Vladímir Putin a base de entrega de armamento y ayuda humanitaria. Lo que sigue fuera de la mesa, tal y como insistió la portavoz de la Casa Blanca, es el envío de aviones caza, algo que las potencias occidentales rechazan porque consideran que no es lo que más necesita la defensa ucrania y haría escalar el conflicto peligrosamente.

Planes frente a las crisis de seguridad y energética

El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, también ha confirmado que Biden asistirá a la primera jornada de la cumbre europea prevista para el 24 y 25 de marzo. La cita estaba llamada a centrarse en los planes de contingencia para hacer frente a las crisis de seguridad y energética provocadas por la invasión rusa de Ucrania. En particular, a las medidas necesarias para contener el precio de la electricidad. Pero la presencia del presidente de EE UU revela la gravedad de la situación que perciben Bruselas y Washington. “En estos tiempos que nos ponen a prueba, la acción transatlántica es más importante que nunca”, ha señalado Michel.

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Biden ya participó por videoconferencia en el Consejo Europeo celebrado hace un año, en el que se analizó la evolución de la pandemia de covid-19 y sus repercusiones a ambos lados del Atlántico. Pero ya entonces la sombra de un posible conflicto planeaba sobre la reunión. Entonces, el presidente ruso, Vladímir Putin, ya había comenzado a acumular tropas junto a las fronteras de Ucrania.

“Cuando cayó el imperio soviético, creímos en el llamado ‘final de la historia’ y en el triunfo definitivo de la democracia”, le dijo entonces Michel a Biden. “Pero al cabo de 30 años, sabemos que nos equivocamos sobre el triunfo de la democracia liberal”, reconoció el europeo. Y abogó por una unidad transatlántica comparable a la de la II Guerra Mundial. “Lo que hagamos juntos hoy determinará el mundo en que vivan mañana nuestros hijos y nietos”, argumentó Michel.

La visita de Biden a Bruselas será el primer viaje del presidente de EE UU a Europa desde que Putin inició la guerra contra Ucrania el pasado 24 de febrero. Preguntada sobre la posibilidad de que el Biden aproveche el viaje para visitar Polonia, país limítrofe con la atacada Ucrania y que ha visto llegar las bombas muy cerca de sus fronteras, Psaki respondió que la agenda no está cerrada todavía. Tres jefes de Gobierno de países de la Unión Europea ―Polonia, República Checa y Eslovenia― viajaron este martes en tren a Kiev, la capital ucrania, en una muestra poderosa de apoyo.

La portavoz de la Casa Blanca bromeó con las sanciones contra el presidente Biden y otros altos cargos anunciadas este martes en Rusia, advirtiendo de que la que afecta al mandatario va dirigida a “Joseph Robinette Biden”, omitiendo la terminación “júnior”, que se utiliza cuando padre e hijo comparten el mismo nombre y apellido (en Estados Unidos no suelen usarse dos apellidos): “El presidente Biden es júnior, puede que hayan sancionado a su padre, que en paz descanse”.

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A tiempos históricos, decisiones históricas. La Comisión Europea ha anunciado este domingo que va a proponer de manera inmediata la activación de una directiva, jamás utilizada, que permite la entrada en territorio comunitario de un número ilimitado de personas que huyen de una catástrofe. La decisión persigue no solo facilitar la llegada de cientos de miles de ucranios asediados por los bombardeos del presidente ruso, Vladímir Putin, sino también que puedan permanecer en la UE durante al menos un año, plazo renovable si fuera necesario.

“Ha llegado el momento de activar la directiva de protección internacional”, ha asegurado la comisaria europea de Interior, Ylva Johansson, al término de un Consejo extraordinario de ministros del Interior de la UE celebrado este domingo en Bruselas. El ministro francés, Gérald Darmanin, que ocupa la presidencia semestral del Consejo, ha añadido que la propuesta se debatirá en la próxima reunión formal de los ministros, prevista para el próximo jueves. Tanto Darmanin como Johansson se han mostrado convencidos de que saldrá adelante “porque en la reunión de este domingo ha habido una amplia mayoría a favor”.

La directiva que concede protección internacional a los refugiados en todo el territorio comunitario se aprobó en 2001, tras el éxodo provocado por las guerras de los Balcanes tras la desintegración de Yugoslavia. La norma garantiza la acogida cuando se produce “una afluencia masiva de personas desplazadas procedentes de terceros países que no pueden volver a su país de origen”.

Una vez aprobada su aplicación, decisión que se espera este mismo jueves, los ucranios que buscan refugio tendrán derecho a permanecer en la UE durante al menos un año, plazo prorrogable hasta tres años en caso necesario. Durante ese tiempo, el Estado de acogida tiene la obligación de ofrecer a los recién llegados la asistencia social necesaria (como alimentación y atención médica), permitirles trabajar si fuera posible y acceso a la educación a los menores de 18 años.

La norma, vigente desde hace más de 20 años, nunca se había aplicado a pesar de las graves crisis migratorias vividas en los últimos años, la más reciente la de Siria en 2015. El Parlamento Europeo había reclamado varias veces su utilización, pero nunca se había considerado oportuno hasta ahora activar ese mecanismo.

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La invasión de Ucrania por parte de Rusia y la consiguiente guerra iniciada el 24 de febrero ha despejado las dudas de la mayoría de los países de la UE sobre la activación de la directiva. Diferentes agencias de Naciones Unidas calculan que el conflicto iniciado por Putin puede provocar la salida de Ucrania de hasta cuatro millones de personas y afectar a las necesidades humanitarias de 18 millones de ucranios.

El comisario europeo de gestión de crisis, Janez Lenarcic, ha señalado tras la reunión de los ministros que “son estimaciones pero, en cualquier caso, serán cifras grandes y debemos estar preparados para un fenómeno de proporciones históricas”.

Johansson ha recordado que la mayoría de los ucranios disponen de un pasaporte biométrico, lo que les da derecho a entrar en la UE sin necesidad de visado y permanecer hasta 90 días. “Pero tenemos que estar preparados para el día 91 o por si el número de llegadas aumenta considerablemente”.

El alto comisionado de Naciones Unidas para los refugiados, Filippo Grandi, ha cifrado este domingo en 368.000 las llegadas de ucranios a Polonia, Rumanía, Hungría y Moldavia (país que no pertenece a la UE). Los datos recopilados por la Comisión Europea indican que entre el 24 y el 26 de febrero entraron en Polonia 156.000 personas procedentes de Ucrania, con el ritmo acelerándose día a día a pesar de las dificultades de pasar la frontera. La información de la Comisión indica que el tiempo medio para el cruce oscila entre 20 y 70 horas para cada refugiado.

El paso es mucho más rápido, de solo una hora, entre Ucrania y Hungría, según la misma fuente. Hasta ese país habían llegado hasta el sábado 21.666 ucranios. La cifra se eleva a casi 38.000 en el caso de Rumania, el país de la UE con más kilómetros de frontera con Ucrania, seguido por Polonia.

Johansson ha indicado que muchos de los refugiados ucranios ya se están desplazando hacia otros países diferentes del de entrada gracias a que pueden viajar por la zona Schengen sin visado. En el caso de Rumanía, por ejemplo, la mitad de los llegados ya han abandonado el país con otro destino, en muchos casos, hacia lugares de la UE donde residan familiares o amigos. Johansson ha señalado que el destino más probable para esos segundos movimientos es Polonia, donde residen casi un millón y medio de ucranios. Y la comunidad ucrania también es muy importante “en Italia, Portugal, España, Alemania y República checa”, ha apuntado la comisaria de Interior.

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La manifestación del convoy de la libertad, como tal, no ha tenido lugar este lunes en Bruselas. Distintos grupos han pululado desde primera hora de la mañana por la ciudad de un lado a otro, a pie, en busca del reencuentro con sus colegas. El núcleo más numeroso, a media tarde, quizá reuniera a un centenar de personas frente al Parlamento Europeo. Pero ha quedado lejos del teórico bloqueo de la capital de la UE al que aspiraban, emulando el movimiento nacido en Canadá para luchar contra las medidas impuestas por la pandemia. No ha habido ni siquiera vehículos: los manifestantes los han dejado en las afueras para evitar los controles, después del aviso de prohibición de las autoridades belgas.

Uno de los puntos de encuentro, en teoría, es la rotonda de Schuman, epicentro de las instituciones europeas, donde flamean las banderas azules con estrellas. Allí, hacia las 10.30, esperan cuatro amigos junto a una tanqueta de policía, de las que dispersan protestas con chorros de agua. Se conocieron en 2018, en las manifestaciones de los chalecos amarillos que sacudieron Francia contra la subida de una tasa en el diésel, según cuentan. Llevan tantas protestas a sus espaldas que han perdido la cuenta. Han venido desde Marsella hasta Bruselas, los cuatro en una caravana, con dos perros y en su opinión el convoy se parece mucho al movimiento de los chalecos: “Es un basta ya”, sostienen. “Al principio era un movimiento económico. Con la pandemia ha pasado a otro nivel: político y sanitario. Francia se ha convertido en una dictadura”.

Ellos cuatro son una pequeña muestra de un heterogéneo movimiento que aglutina a gente de todo tipo: antivacunas en general, gente del sector agrario, herederos del movimiento de los chalecos amarillos, amantes de las teorías de la conspiración… Los cuatro tienen su forma de ver el mundo, que van desgranando mientras deambulan por las grandes avenidas del barrio europeo, en busca de compañeros de fatigas. Por ejemplo: “Es el doctor Anthony Fauci quien ha fabricado la covid”, explica Daniel Guirado, 70 años, extrabajador de una fábrica de aluminio, hoy cerrada, que viste de chándal y sombrero. Asegura haber visto pruebas en intercambios de correos publicados por Wikileaks. Según su versión, no contrastada, Fauci, responsable del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos y experto en el VIH, habría creado el coronavirus y después lo habría llevado hasta Wuhan (China) con la treta de los Juegos Mundiales Militares de 2019 celebrados en esa ciudad. A partir de ahí arranca la historia que todos conocemos, y las consiguientes restricciones cuyo objetivo, o uno de ellos, según estos cuatro manifestantes, es controlar a la población.

Los cuatro prosiguen su peregrinaje, confundidos entre el edificio de la Comisión Europea, el del Consejo Europeo y el del Parlamento Europeo. La zona está blindada de policías: la última manifestación contra las restricciones de la pandemia reunió a 50.000 personas y acabó en enfrentamientos con los agentes y edificios públicos atacados. A Guirado lo acompañan su esposa Agnès Guirado, 63 años, enfermera jubilada; Alain Gouin, 62 años, responsable de mantenimiento en un hospital; y otro Alain, que prefiere no dar el apellido, 55 años, reponedor de supermercado. Solo Gouin está vacunado. Le costó, pero accedió tras semanas suspendido de empleo y sueldo: es obligatorio para seguir trabajando en el centro médico.

“Todo está conectado”

Durante el paseo recorren infinidad de asuntos: supuestos apocalipsis leídos en la dark web, aquella vez que les gasearon en una manifestación en Montpellier, lo que esconde el ataque a las Torres Gemelas, la manipulación de las pruebas PCR… hablan como si hubiera un plan previsto. “Hay un plan”, replica el Alain sin apellido. “Empezó en 1956 con la primera reunión del club Bilderberg”. En esta versión no contrastada del mundo, el objetivo de este club es “eliminar a los seres humanos de la Tierra”. Añade: “¿Has leído la Biblia? Hay un pasaje en el que dice que el bien se convertirá en el mal y el mal en el bien. Estamos en ese momento”. Y también hace notar: “Todo está conectado”.

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De vez en cuando se cruzan con otros manifestantes —una chica de Lille, otra de Dunquerque; dos de Niza que han pasado por París y muestran vídeos de sus hazañas—. Siguen sin saber dónde tendrá lugar el gran encuentro, así que deciden ir a comer. Un empleado de la Comisión les recomienda la mejor friterie de la zona, famosa por haber vendido un cucurucho de patatas a la excanciller alemana, Angela Merkel. Allí se encuentran con otros miembros del convoy, se dan ánimos. Se sientan en un banco con los cucuruchos, sacan unas Leffe de la mochila y sirven la cerveza en unas tacitas desechables. Luego hacen sus necesidades en unas cabinas portátiles. Y prosiguen sin rumbo fijo.

Alain dice que protesta porque se corre el riesgo de que desaparezca una forma de vida en libertad. Quiere evitar que sus hijos “sean sumisos”. Él es divorciado, tiene una hija de 17 años. “¿Por qué prohíben hacer cosas si no te vacunas?”, protesta. “No pueden obligar a hacer algo que no quieres”.

Acaban de recibir una pista: los manifestantes se van a reunir en una plaza en el centro, a media hora. Allí se dirigen a pie. Pero uno de ellos, agotado, se acabará volviendo a la caravana; otro se irá con él para echarle una mano. Y Alain Gouin, entre tanto, continúa con la explicación del plan global (no contrastado): “El objetivo es disminuir la población mundial para que quede en un 10% de la que hay hoy; dejarla en 750 millones de personas”. Esto, asegura, ocurriría para 2030. Habría, además, un Gobierno dirigido por la ONU, y el resto serían Estados esclavos. Cuando se le pregunta dónde encuentran pruebas de todo lo que afirma, responde: “Llevamos tres años en esto. Tenemos verdaderas fuentes internas”. Su objetivo, dice, es que las mentiras queden expuestas, para que la verdad aflore “y la gente se despierte”.

Para dar fuerza a sus argumentos, subraya por ejemplo que el recientemente fallecido Nobel de medicina Luc Montagnier, célebre por sus investigaciones del VIH, afirmó que el coronavirus fue creado artificialmente. Esto sí es contrastable: “No es natural, es el trabajo de un profesional, un biólogo molecular, un relojero de secuencias. ¿Con qué fin? No lo sé”, aseguró Montagnier en televisión, según recogió en 2020 Le Monde. Tras estas declaraciones, la comunidad científica repudió al investigador francés, muy crítico con las vacunas.

En el lugar señalado, la plaza de Sainte Catherine, tampoco son muchos: unas decenas de personas. Comienzan a ser conscientes de que hay distintos grupos repartidos en diferentes puntos de la ciudad. Algo ha debido de fallar. “Divide y vencerás”, rumia Agnès Guirado. “Han conseguido que no nos juntemos”.

En la plaza, una mujer toma un megáfono y lee un manifiesto contra los medios de comunicación “mainstream”, colaboradores de “un plan diabólico”, que han contribuido, según acusa sin pruebas, a “instaurar el terror” y que “mentira tras mentira ha permitido hacer perder la cabeza al pueblo sumiso”. Hay aplausos —breves— y enseguida se corre la voz de que la protesta continúa frente el Parlamento Europeo. Los dos marselleses que quedan tuercen el gesto: de allí vienen; hay otra media hora de caminata de vuelta, y cuesta arriba. Llegarán pocos y cansados. La jornada concluirá sin que una manifestación del convoy de la libertad, propiamente dicha, tenga lugar en Bruselas.

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París no quiere ser Ottawa. Y el Gobierno francés no quiere vivir, a dos meses de las elecciones presidenciales, una versión pandémica de las protestas de los chalecos amarillos que pusieron en jaque al Elíseo al inicio del mandato que Emmanuel Macron busca renovar en abril. Aunque el Ejecutivo trata de minimizar el alcance de esta nueva revuelta ciudadana, de manera preventiva, la Prefectura de Policía de la capital francesa ha anunciado este jueves la prohibición de los “convoyes de la libertad”, el movimiento motorizado que, inspirado en la protesta camionera contra la vacuna obligatoria que tiene desde hace días semiparalizada la capital canadiense, avanza ya desde todo el país rumbo a París.

El objetivo de este movimiento ciudadano organizado en redes sociales y servicios de mensajería como Telegram, donde sus cuentas tienen varios miles de seguidores, es protestar este fin de semana en París por las restricciones sanitarias y, muy especialmente, contra el pasaporte de vacunación. Luego continuarán rumbo a Bruselas para celebrar una “convergencia europea” de manifestantes procedentes de otros países el lunes 14. Desde la capital belga, sede de las instituciones europeas, también han reaccionado de forma preventiva frente al convoy. Las autoridades locales, regionales y federales han asegurado este jueves que ninguna manifestación ha sido autorizada, puesto que aún no han recibido ninguna solicitud formal. Pero que, en cualquier caso, se ha tomado la decisión de prohibir la caravana y se han tomado medidas para evitar el bloqueo de la capital comunitaria.

La Prefectura de París les ha puesto, sin embargo, el primer obstáculo. Desde este viernes, día previsto para la llegada de los primeros convoyes motorizados que empezaron a partir el miércoles desde varios puntos de Francia, se instalará un dispositivo específico para “impedir los bloqueos de las carreteras, sancionando y arrestando a los que contravengan esta prohibición de manifestación”, señala el decreto oficial.

La justificación de la medida, que prevalecerá desde el viernes 11 al lunes 14 de febrero, son los “riesgos de perturbación del orden público que podría causar esa manifestación”. Según la nota de la prefectura, su “objetivo declarado es bloquear la capital entorpeciendo la circulación carretera en las calles de París para promover sus reivindicaciones, antes de continuar su periplo en dirección a Bruselas el lunes 14 de febrero”.

Aunque más allá del rechazo a las restricciones sanitarias por el coronavirus —que no necesariamente a la vacuna en sí— es difícil hallar muchas coincidencias políticas en los participantes en los “convoyes de la libertad”, en Francia resuena fuertemente estos días el eco de las protestas de los chalecos amarillos (también de filiaciones políticas diversas, al menos en sus inicios), que protagonizaron fuertes manifestaciones desde finales de 2018 y a lo largo de buena parte de 2019, lastrando y marcando la agenda del Gobierno de Macron. Al igual que estas, las nuevas protestas tienen también como trasfondo el alza de los precios de la energía, un motivo de preocupación generalizada pese a las medidas gubernamentales tomadas, un cheque inflación y la fuerte limitación del incremento de la factura eléctrica, entre otros.

Según la emisora Franceinfo, que dice haber podido consultar una nota de los servicios secretos internos emitida el lunes, las antenas territoriales de este organismo siguen “con atención” un movimiento de fuerte “éxito virtual” que, a pesar de encontrarse aún “lejos de estar estructuralmente consolidado”, es capaz de dar un “nuevo impulso” a los “chalecos amarillos”, pero también a los seguidores de teorías de la conspiración y al movimiento de protesta contra el certificado covid, hoy transformado en pasaporte de vacunación.

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“Hastío” ante las restricciones

El portavoz del Gobierno, Gabriel Attal, aseguró el miércoles que el Ejecutivo es consciente de que hay “un hastío y fatiga de los franceses ante el virus y las medidas que hemos tenido que tomar desde el principio de la pandemia para proteger” a los ciudadanos. Pero advirtió en contra de aquellos “movimientos políticos a menudo radicales que han buscado capitalizar ese hastío y fatiga para intentar crear un movimiento” protestatario que va más allá de las fronteras galas y que, según Le Parisien, el propio Macron ha pedido “seguir de cerca”. De hecho, el objetivo declarado de la mayor parte de los participantes en los “convoyes de la libertad” es Bruselas.

La cabalgata, que podría amargar el San Valentín de la capital comunitaria, adonde tiene previsto llegar el 14 de febrero, se anuncia como una “acción pacífica”, pero en Bruselas ya cuentan con antecedentes de concentraciones promovidas por grupos contrarios a las medidas anticovid que acabaron yéndose de las manos. Hace algo más de tres semanas, unas 50.000 personas recorrieron las calles y las instituciones europeas para reclamar, entre otras cosas, el fin del pasaporte covid y reflejar su temor ante la vacunación obligatoria.

Los convocantes eran otros, pero de nombre muy parecido: la organización Europeans United for Freedom, también paneuroepa, logró atraer manifestantes de varios países y elevó la asistencia a cotas sin apenas precedentes. En aquella marea humana se mezclaba de todo, desde hippies a conspiranoicos, pasando por gente corriente fatigada tras dos años de pandemia; acabó con disturbios, choques con la policía y varios edificios públicos atacados, como la sede del Servicio Europeo de Acción Exterior, que lidera el español Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea. El presidente del grupo Europeans United for Freedom, Tom Meert, ha dado también su visto bueno a la convocatoria del convoy. “Es realmente popular dentro de nuestro movimiento”, ha dicho, según ha recogido Politico.

Los convocantes del convoy con destino Bruselas aún no se han puesto en contacto con las autoridades belgas para solicitar oficialmente la manifestación, según ha informado Philippe Close, alcalde de Bruselas, pero estas ya han reaccionado anunciando su prohibición. La policía tiene previsto desplegar un anillo de seguridad en torno a la capital comunitaria para desviar “los vehículos de motor que lleguen a la capital a pesar de la prohibición”, según ha anunciado Close en redes sociales. El alcalde ha añadido en una entrevista en RTBF que es “inadmisible” que se paralice la ciudad, con camiones y otros vehículos, pero se ha mostrado abierto a una manifestación al uso, de las que se autorizan más de 1.000 al año.

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La paciencia se le ha agotado a Bruselas. La Comisión Europea ha comunicado este martes a Polonia que comenzará a deducir de sus fondos europeos la multa impuesta por negarse a cumplir con una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que ordenó a Varsovia a clausurar una mina de carbón en Turów, cerca de la frontera con Alemania y la República Checa. La suma de este primer mordisco sancionador asciende a unos 15 millones de euros.

Se trata de una decisión inédita porque la Comisión nunca se había enfrentado a un caso semejante. “Es la primera vez que un Estado miembro no paga una multa impuesta por el TJUE”, asegura un portavoz. Y el movimiento de Bruselas podría además servir de referencia para los otros frentes del embrollado rifirrafe judicial entre el Ejecutivo comunitario y el díscolo vecino del Este, a cuenta del Estado de derecho y el sometimiento de Varsovia a la arquitectura jurídica de la UE.

Los 15 millones del primer sopapo económico de Bruselas a Varsovia corresponden al primer mes de incumplimiento desde que el tribunal de Luxemburgo decretara en septiembre de 2021 que Polonia debería hacer frente a una multa de 500 millones de euros diarios. El motivo era que Varsovia se negaba a cumplir una sentencia de la justicia europea dictada en mayo de ese mismo año que exigía el cierre de una mina a cielo abierto de lignito en Turów.

El tribunal europeo entendió que esta mina debía cesar la actividad debido a que afecta a las aguas subterráneas que discurren hasta la República Checa. Pero Varsovia se ha negado a su cierre alegando que la explotación, que nutre una planta de generación eléctrica, es clave para la estabilidad energética del país.

Bruselas tiene previsto hacer efectiva la decisión en diez días, que empiezan a contar desde este martes. El precedente supone un paso decisivo en la batalla de Bruselas por meter en vereda a Varsovia, con quien lleva años enfrentándose por el incumplimiento del Estado de Derecho, una guerra cuya intensidad ha crecido en los últimos meses.

Castigo por menoscabar la independencia de los jueces

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En octubre, un mes después de imponer la multa por el caso de la mina, el TJUE tomó el mismo camino sancionador y obligó a Polonia a pagar a la Comisión Europea un millón de euros al día por no paralizar las actividades de la sala disciplinaria del Tribunal Supremo del país, tal y como le reclamaba la justicia europea.

Este órgano, que amenaza la independencia de los jueces, según estima Bruselas, se encuentra en el centro de la batalla política y judicial con Varsovia. La decisión de Luxemburgo obtuvo como respuesta una creciente retórica rupturista por parte de Polonia, cuyo Tribunal Constitucional llegó a cuestionar la primacía del derecho comunitario, lo que sitúa al país al borde de la ruptura jurídica con la UE.

A la batalla judicial y a los diversos procedimientos de infracción iniciados por Bruselas para poner coto a la deriva de Polonia, se suma la refriega sobre los fondos de recuperación, con la que el Ejecutivo comunitario pretende estrechar aún más el cerco en torno al Gobierno de Mateusz Morawiecki. El polaco es uno de los pocos planes del fondo creado para atajar la crisis de la pandemia que aún no ha sido aprobado. Suma 36.000 millones de euros, entre subvenciones y préstamos.

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El Partido Unionista Democrático (DUP, en sus siglas en inglés) lleva meses mirando de reojo y con pavor las encuestas. Anuncian que perderá su posición de primer partido en Irlanda del Norte en las próximas elecciones autonómicas de mayo, en favor de los republicanos del Sinn Féin (antiguo brazo político del IRA, y partidarios de la reunificación de la isla). Y hace tiempo también que el DUP ha señalado al chivo expiatorio que culpa de todos sus males: el Protocolo de Irlanda, que firmaron Londres y Bruselas para cerrar definitivamente un acuerdo sobre el Brexit. En una acción concertada para dar un golpe al avispero, el ministro principal del Gobierno autónomo (cargo equivalente a primer ministro), Paul Givan, ha anunciado este jueves su dimisión. Y el consejero de Agricultura, Edwin Poots, ha decidido unilateralmente suspender los controles sanitarios de productos ganaderos y agrícolas procedentes de Gran Bretaña, algo de obligatorio cumplimiento según lo acordado entre el Reino Unido y la Unión Europea.

Ambos políticos son unionistas del DUP. Ambos pertenecen a la línea dura del partido, que quiere deshacerse del Protocolo de Irlanda antes de que lleguen las elecciones de mayo. Frente a ellos se sitúa el presidente de la formación, Jeffrey Donaldson, quien quisiera dar una última oportunidad a las negociaciones en curso entre Londres y Bruselas. Después de la dimisión a mediados de diciembre de David Frost como negociador británico con la UE se abrió un cierto margen de esperanza. Tomó las riendas de ese negociado Liz Truss, la ministra británica de Exteriores. Y aunque mantuvo en sus declaraciones el tono de dureza de su predecesor, su voluntad de regresar con otra actitud a la mesa de negociación relajó una relación que a punto había estado de derivar en una guerra comercial entre las dos orillas del canal de la Mancha.

Un portavoz del Gobierno de Johnson ha asegurado este jueves que Downing Street desconocía la intención del Ejecutivo norirlandés de suspender los controles sanitarios, y que el primer ministro desearía una solución lo más pronto posible frente a este nuevo inconveniente.

Truss y su contraparte negociadora, el vicepresidente de la Comisión Europea, Maros Sefcovic, han retomado este jueves sus conversaciones bajo la sombra de la sorprendente decisión del Gobierno autónomo irlandés. “La Comisión Europea ha estado trabajando de un modo incansable con el Gobierno del Reino Unido para solucionar los problemas prácticos derivados de la puesta en práctica del protocolo. La decisión del consejero de Agricultura de Irlanda del Norte resulta de poca ayuda”, ha dicho un portavoz comunitario. “Vigilaremos de cerca los siguientes movimientos en Irlanda del Norte después de este anuncio”, han advertido.

Poots se ha cobijado en un supuesto asesoramiento legal que le permitiría suspender los controles sanitarios ante los problemas que provocan, pero el resto de partidos norirlandeses le han acusado de estar violando las obligaciones de un tratado internacional con fuerza legal. Y a última hora del jueves ni siquiera estaba claro que su orden se hubiera cumplido en los distintos puertos norirlandeses, porque los altos funcionarios encargados de trasladar la directiva habían expresado dudas sobre su legalidad.

La UE no entra en las maniobras políticas internas del Gobierno norirlandés, pero sí responde ante una decisión que choca legalmente con un tratado internacional como es el Protocolo de Irlanda. Firmado como anexo del Acuerdo de Retirada de la UE, el protocolo fue una solución compleja y largamente negociada para solucionar el atasco del Brexit. El abandono del Reino Unido suponía que Irlanda fuera la única frontera terrestre de la UE con ese país. Bruselas quería proteger a toda costa su preciado Mercado Interior, pero no al precio de volver a partir en dos la isla de Irlanda y poner en peligro la paz alcanzada en el Acuerdo de Viernes Santo de 1998. Aquel pacto estableció la conveniente ficción de que Irlanda era una única isla, y su frontera interna se volvió invisible. Cualquier nueva señal de control entre las partes, aunque fuera aduanero, podía resucitar la violencia sectaria. La solución, firmada por Boris Johnson, fue mantener a Irlanda del Norte dentro del espacio aduanero de la UE y trasladar la barrera aduanera al mar de Irlanda.

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Desde entonces, todo han sido problemas. La burocracia y aumento de costes y controles aduaneros y sanitarios para el envío de productos desde Gran Bretaña a Irlanda del Norte desató las protestas de empresas y ciudadanos. Fue la llamada “guerra de las salchichas”, cuando desapareció este producto de las estanterías de supermercados británicos con establecimientos en la región. A pesar de la voluntad de Bruselas de buscar soluciones prácticas —redujo hasta un 80% el número de obligaciones aduaneras—, Londres y Belfast se alinearon en una posición extrema. El Gobierno de Johnson ha mantenido en todo momento sobre la mesa la amenaza de invocar el artículo 16 del protocolo, que permite la suspensión unilateral de sus disposiciones “ante graves dificultades económicas, sociales o medioambientales”. El aumento de la violencia vandálica en las calles de Belfast y Londonderry de los últimos meses, sobre todo por parte de bandas juveniles unionistas, ha sido la justificación esgrimida por el Gobierno de Johnson para replantear un tratado que, sobre todo, irritaba al ala euroescéptica del Partido Conservador y dejaba a los pies de los caballos a los unionistas del DUP, porque su electorado veía el protocolo como una traición que los alejaba aún más del resto del Reino Unido.

La dimisión de Givan

Unionistas y republicanos están obligados a compartir el poder en las instituciones autonómicas de Irlanda del Norte, pero el puesto de ministro principal queda reservado para el partido más votado. Hasta ahora ha sido el DUP. El anuncio de dimisión de Paul Givan implica automáticamente el cese de la viceministra principal, Michelle O’Neill, del Sinn Féin. En el plazo de una semana, los dos partidos deberán ponerse de acuerdo para un nuevo reparto de puestos, o el ministro británico para Irlanda del Norte, Brandon Lewis, estará autorizado a adelantar los comicios autonómicos, previstos para mayo. El movimiento sorpresa del DUP, en teoría, no tendría por qué acelerar el plazo para convocar las urnas, pero su dirección llevaba meses advirtiendo que reventaría la estabilidad de las instituciones políticas autonómicas —al abandonarlas— si no desaparecía el Protocolo de Irlanda. La voluntad negociadora expresada por Londres y Bruselas amenazaba con mantener vivo el problema para cuando mayo llegara, y obligar al DUP a competir con ese lastre. “Nuestras instituciones vuelven a estar sometidas a prueba (…) y su delicado equilibrio ha resultado afectado por el acuerdo entre el Reino Unido y la UE que puso en marcha el Protocolo de Irlanda”, ha dicho Givan en una comparecencia en un hotel de Belfast, al borde de las lágrimas.

La presidenta del Sinn Féin, Mary Lou McDonald, ha exigido la convocatoria inmediata de elecciones, “ante la ausencia de un Ejecutivo en funcionamiento. Debe quedar claro que las maniobras del DUP tienen sus consecuencias”, ha dicho.

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Las banderas de Taiwan y Lituania en la oficina de representación del país asiático en Vilnius.
Las banderas de Taiwan y Lituania en la oficina de representación del país asiático en Vilnius.JANIS LAIZANS (REUTERS)

La Unión Europea ha presentado una denuncia contra China en la Organización Mundial del Comercio (OMC) por las sanciones que Pekín ha impuesto a las exportaciones de Lituania o conectadas con él. Esta respuesta llega tras varios meses durante los que el gigante asiático ha aumentado su presión sobre el Gobierno de Vilnius para que cambiara su posición respecto a Taiwán, país al que le permitió la apertura en su capital de una oficina de representación, lo que es de facto una embajada.

Este permiso provocó el enfado del régimen que dirige Xi Jinping, que en los últimos meses no cesa de hacer movimientos que sugieren que está dispuesto a todo para tomar el control de la isla y unificar así el país, un objetivo declarado abiertamente por Pekín. Para el ministerio de Asuntos Exteriores chino, la decisión lituana “socava la soberanía e integridad territorial” de China y establece “un mal precedente internacional”.

La respuesta de Pekín fue imponer sanciones a las ventas de empresas lituanas a China restringiendo la entrada de productos de este país en su grandísimo mercado. Pero este castigo no se quedó ahí, también es extensivo a compañías que utilizan componentes fabricados en Lituania en su proceso de producción, de aquí que la Comisión explique que las decisiones de Pekín “también están golpeando a otras exportaciones del mercado único de la Unión Europea”.

“Este no es un paso que tomemos a la ligera. Sin embargo, después de repetidos intentos fallidos de resolver el problema bilateralmente, no vemos otro camino a seguir que solicitar consultas de solución de diferencias de la OMC con China”, ha explicado el vicepresidente de la Comisión Europea y responsable de la cartera de Comercio, Valdis Dombrovskis, en un comunicado en el que se anunciaba la denuncia. “La UE está decidida a actuar unida y actuar con rapidez contra las medidas que infrinjan las normas de la OMC, que amenazan la integridad de nuestro mercado único. Al mismo tiempo, proseguimos nuestros esfuerzos diplomáticos para aliviar la situación”.

Antes de llegar al tribunal comercial de Ginebra, la UE ha buscado resolver la disputa bilateralmente con las autoridades chinas, señalan la Comisión, pero no ha sido posible. Mientras tanto, Bruselas ha estado preparando la denuncia, recabando evidencias para poder construir el caso, algo que no es fácil, apuntan fuentes comunitarias, porque las empresas prefieren no arriesgarse a más represalias del gigante asiático.

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El domingo pasado, en una entrevista en la NBC, el periodista Chuck Todd preguntó al secretario de Estado estadounidense al hilo de la crisis de Ucrania: “¿Por qué parece que Estados Unidos está más preocupado por la seguridad de Europa que Europa?”. Anthony Blinken respondió raudo y veloz que no es así, que la preocupación es grave para todos los aliados, y que, de hecho, debería inquietar al mundo entero. Sin embargo, sí parecen mucho más preocupados los estadounidenses, pese a que son los europeos los que tienen el incendio en el umbral de su puerta.

La Unión Europea y EE UU comparten el objetivo de evitar a toda costa una agresión de Rusia contra Ucrania, pero los caminos para llegar a esa meta son a veces divergentes, cuando no contradictorios. Bruselas aboga por mantener la presión sobre el presidente ruso, Vladímir Putin, pero sin romper los canales de comunicación ni transgredir ninguno de los principios fundacionales de la seguridad europea después de la guerra fría.

Washington, por su parte, combina una retórica belicista que retroalimenta la de Putin con señales de que está dispuesto a negociar con Moscú los despliegues en Europa del Este, lo que, de facto, pone en cuestión la arquitectura de seguridad europea de los últimos 30 años. EE UU no deja de enviar mensajes que cimentan la idea de una intervención rusa inminente, mientras al otro lado del Atlántico los portavoces tratan de rebajar el peligro.

La cacofonía se ha hecho evidente en las últimas 72 horas. La OTAN informó el lunes de que los países aliados habían puesto a sus tropas “en alerta” para una posible movilización, pero EE UU fue más allá: cifró en 8.500 los soldados preparados y detalló las zonas dónde las desplegaría en caso de necesidad. El Gobierno de Joe Biden avanzó el domingo que reduciría el personal de su Embajada en Kiev ante el riesgo creciente de conflicto —medida secundada por Londres— y Bruselas prefirió mantener la calma. De hecho, tiene previsto redoblar su presencia política e institucional. “Mientras continúen las negociaciones, no creo que debamos salir de Ucrania. Pero quizá el secretario Blinken tenga información que compartir con nosotros”, replicó Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea.

EE UU lleva al menos dos semanas dando detalles del paquete de sanciones con que golpearía a Moscú si interviene la antigua república soviética —”Sería un desastre para Rusia”, advirtió Biden— como forma de disuasión, pero Europa prefiere no mostrar aún esas cartas y no dice ni pío de las posibles penalizaciones.

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La dependencia energética de Europa respecto a Rusia ayuda a comprender parte de esta diferencia ante el Kremlin. Prueba de que ese elemento flota en el ambiente es que EE UU ha abierto conversaciones con países grandes productores de energía sobre un posible desvío de suministros a Europa en caso de que se produzca la invasión rusa, según informaron este martes fuentes de la Administración norteamericana.

Las diferencias entre Bruselas y Washington no llegan, de momento, a poner en peligro el frente occidental, del que también forman parte el Reino Unido y Canadá, contra una posible agresión militar rusa. Pero la apreciación de los riesgos y, sobre todo, la forma de neutralizarlos, revela una brecha transatlántica que podría agrandarse si el conflicto se encona o se prolonga en una negociación sin límites claros.

La discrepancia más evidente es el pronóstico sobre una posible invasión militar de territorio ucranio. Para EE UU, esa amenaza es “inminente”, según repite Blinken. Para Borrell, esa amenaza parece mucho más lejana. “No, no creo que haya nada nuevo que indique un aumento del temor a un ataque”, dijo el lunes. Borrell tampoco dispara las alarmas por el hecho de que Putin haya desplegado tropas rusas en Bielorrusia.

Viajes de apoyo

El comisario europeo de Ampliación, Olivér Verhály, viajará miércoles y jueves a Kiev para mostrar el apoyo europeo al Gobierno de Volodimir Zelenski. También irán a Ucrania en los próximos días los ministros de Exteriores de Francia y Alemania. Una delegación de parlamentarios europeos llegará a la capital ucrania a finales de mes. Y algunos socios europeos incluso han propuesto celebrar en Kiev una reunión extraordinaria de los 27 ministros de Exteriores de la UE. Esta nutrida agenda parece destinada tanto a mostrar la solidaridad con Ucrania como a poner en duda la tesis del ataque inminente defendida por Washington.

Bruselas tampoco se muestra satisfecha con los vaivenes de Joe Biden. A finales del año pasado, el presidente de EE UU se apresuró a descartar una intervención militar para defender Ucrania. El anuncio, según fuentes comunitarias, sonó, deliberadamente o no, a un desentendimiento de Washington sobre el conflicto en Europa. Biden ha retomado después un tono mucho más beligerante, pero con tropiezos tan graves como el de haber admitido en público las diferencias en el seno de la OTAN sobre la respuesta a Moscú o la posibilidad de que Rusia proceda a una “incursión menor” en territorio ucraniano que podría resultar aceptable. Biden rectificó este desliz acto seguido y recalcó que cualquier traspaso de fronteras causará serias represalias.

“Rusia quiere una negociación bilateral con EE UU que deje aparte a los europeos”, señaló este martes el ministro francés de Asuntos Exteriores, Yves Le Drian, que consideró “inadmisible” que Putin busque arrastrar a Biden hacia “una especie de Yalta 2″, en alusión a una de las cumbres que tras la Segunda Guerra mundial fijó el reparto de influencia de las tres potencias vencedoras (EE UU, Reino Unido y la URSS) en el continente europeo. Ese marco quedó superado tras el desmoronamiento del bloque soviético. Y el orden geoestratégico europeo de la posguerra fría quedó fijado por el acta de Helsinki, la carta de París y el acuerdo de entendimiento entre la OTAN y Moscú. Bruselas considera innegociables esos tres textos.

“El concepto de ‘esferas de influencia’ no tiene espacio en el siglo XXI”, señalan las conclusiones aprobadas el lunes, de manera unánime, por los 27 ministros de Exteriores de la UE. El documento, uno de los más duros aprobados por la UE en relación Rusia, condena la incesante agresividad de Moscú contra Ucrania y reitera la amenaza de imponer unas sanciones económicas sin precedentes si el Kremlin consuma un ataque armado. EE UU, mientras, trata de recalcar que no hay división entre los aliados.

Sanciones en una mano y disposición a pactar en la otra

Entre las sanciones a Moscú que planea EE UU figura una medida inédita: la activación de una regla de productos producidos en el extranjero que restringiría el acceso de Rusia a los escasos y valioso microchips, básicos para la economía, así como un reguero de sanciones a los grandes bancos rusos. Otra medida resultaría trascendental para toda Europa: la cancelación del proyecto de gasoducto Nord Stream (NS2), un proyecto controlado por Gazprom que busca transportar gas de Rusia a Alemania directamente por el lecho del mar Báltico sin pasar por Ucrania. Biden señaló este martes que también se plantea sanciones individuales contra el líder ruso.
Para Bruselas, el empeño de Washington de airear las sanciones contrasta con la disposición a entrar con Putin en un regateo sobre la estructura de seguridad en el viejo continente. El dirigente ruso se permitió a finales de año publicar dos proyectos de tratados internacionales, con EE UU y la OTAN, respectivamente, que supondrían un cambio radical al marco europeo de los últimos 30 años.
“Solo los vencedores de una contienda se permiten poner unos textos así sobre la mesa”, apunta una alta fuente diplomática. Para Bruselas ambos textos son innegociables. Pero EE UU aceptó una primera reunión en Ginebra para estudiar los términos planteados por Moscú. Y Blinken se ha comprometido a dar una respuesta por escrito, algo que también hará la OTAN.

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La nueva presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola.
La nueva presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola.DPA vía Europa Press (Europa Press)

Apenas han pasado cinco horas desde que ha sido elegida presidenta del Parlamento Europeo y la popular maltesa Roberta Metsola se enfrenta a un carrusel de entrevistas en grupo con medios de comunicación de toda Europa, entre los que está EL PAÍS. Y encuentra un hueco para presidir las votaciones en las que se va a elegir el resto de cargos de la Mesa que compartirán con ella la responsabilidad de dirigir los debates en la Eurocámara.

Las primeras preguntas a las que se enfrenta en esta entrevista de poco más de seis minutos —con France Television y TVE— son sobre el aborto y sus reiterados posicionamientos en contra, incluso rechazando la despenalización de la interrupción del embarazo. La sombra de la conservadora francesa Simone Veil es larga. La superviviente del holocausto en Auschwitz fue la primera mujer que presidió el Parlamento Europeo y la que impulsó la despenalización del aborto en Francia como ministra de Justicia y de Sanidad, sucesivamente. ¿Comparte su legado? “Absolutamente”, responde, siendo muy consciente del simbolismo de la pregunta. Asegura que considera “un privilegio” asumir la herencia tanto de Veil como la de Nicole Fontaine, la segunda mujer que dirigió la Eurocámara, en 1999.

Sus prioridades para los dos años y medio que quedan de legislatura —la primera mitad correspondió al socialista italiano David Sassoli, fallecido el pasado 11 de enero— pasan por reformar el Parlamento para que sea “más efectivo y más eficiente”. Hacia fuera se plantea “ser más visibles”. “Necesitamos ser más comunicativos y trascender las burbujas de Bruselas y Estrasburgo para llegar a cada ciudad y pueblo de la UE, no para dar a conocer la UE, sino para comunicar nuestro mensaje y responder a las demandas de los ciudadanos”.

Bajando a lo concreto, la maltesa explica que unos de sus objetivos es “poner en marcha un proyecto para que las mujeres participen en política”. “Son muy pocas en nuestros Estados”, señala, subrayando y pidiendo que las mujeres luchen por sus derechos.

Metsola sabe y comprende las críticas que recibe por sus posiciones previas acerca del aborto. Tiene listas las respuestas cuando se le pregunta por ella y se le compara con la “heroína”, como ella misma la define, Simone Veil. “La posición del Parlamento europeo está clara y esa será mi posición como presidenta”, no se mueve un milímetro del guion mostrado durante la mañana, en la sesión en la que ascendió a la presidencia de la cámara de Estrasburgo. “Hay contexto particular sobre mi país”, prosigue refiriéndose al amplio consenso político contra el aborto, y subraya su trabajo “en la comisión de libertad sobre igualdad, libertades civiles y derechos fundamentales”.

Para la popular, haber contado con los votos de grupos ultraconservadores como los polacos del PiS y Vox es algo que forma parte “de la negociación en el nivel de jefes de grupo”. Su tarea será, explica, “trabajar para que las fuerzas políticas de esta casa puedan llegar a acuerdos e impulsar una legislación mayoritaria”. “También estaré contra quien quiera destruir esta casa, cualquiera que quiera hacer esto encontrará este Parlamento contra ellos”, añade.

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La tercera mujer en asumir las riendas del Parlamento Europeo forma parte de otra generación, “la Erasmus”, como ella misma se ha definido. Madre de cuatro hijos, la biografía de la propia Metsola tiene un marcado acento europeo: está casada con un finlandés, estudió Derecho —recibió una beca Erasmus para cursar un año en la ciudad francesa de Rennes—, se doctoró en 2003 y estudió un máster en el Colegio de Europa, en Brujas (Bélgica).

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