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Los avances que este miércoles han sacado a relucir los equipos negociadores de Kiev y Moscú en torno a las conversaciones de paz contrastan con la cruda realidad de la guerra sobre el terreno. Dos incidentes han teñido de tragedia una jornada en la que se han cumplido las tres semanas desde que el presidente ruso, Vladímir Putin, ordenara a sus tropas invadir y atacar Ucrania. Por un lado, un grupo de civiles que esperaba su turno para comprar el pan ha sufrido un ataque en la localidad de Chernígov, al noreste de Kiev, según han denunciado fuentes diplomáticas de Estados Unidos. Por otro, un teatro de la ciudad de Mariupol donde desde hace días se refugiaban cientos de vecinos ha sido bombardeado, según denuncian las autoridades locales. Kiev ha culpado de las agresiones a Moscú, que niega su responsabilidad en ambos casos.

El Gobierno de Kiev ha calificado de “crimen de guerra” el bombardeo sobre el teatro de Mariupol “en el que se escondían cientos de civiles inocentes”, según ha denunciado el ministro de Exteriores, Dmitro Kuleba, a través de su cuenta de la red social Twitter. El tuit va acompañado de una fotografía del edificio antes de ser atacado y de una segunda en la que, supuestamente, aparecen las mismas instalaciones completamente destruidas. Hasta el momento no se ha hecho ningún balance oficial de víctimas. “Los rusos no podían no saber que se trataba de un refugio de civiles”, ha añadido el jefe de la diplomacia ucrania.

Las autoridades rusas, que niegan sistemáticamente que estén llevando a cabo ataques contra civiles en la antigua república soviética, han desmentido que su país haya llevado a cabo un bombardeo desde el aire este miércoles sobre ese teatro, según fuentes del Ministerio de Defensa citadas por la agencia RIA.

Fuentes del Parlamento de Ucrania dicen desconocer si hay supervivientes y añaden que en los alrededores del edificio se desató una fuerte batalla y que nadie puede acceder a la zona, informa la agencia Efe. Serhii Orlov, vicealcalde de Mariupol, aseguró que en el teatro se escondían entre 1.000 y 1.200 personas. La ciudad, a orillas del mar de Azov, lleva días siendo uno de los principales objetivos de los ataques del Ejército ruso, que en varias ocasiones ha impedido que se cumpla la promesa de facilitar corredores humanitarios para permitir la salida de la población. Mariupol ya fue escenario la semana pasada de un ataque de las tropas del Kremlin sobre un hospital.

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En el otro gran ataque que ha marcado la jornada del miércoles, 10 personas han muerto mientras esperaban su turno para abastecerse de pan en la ciudad de Chernígov, próxima a la frontera con Bielorrusia y a unos 140 kilómetros al noreste de Kiev. “Hoy, las fuerzas rusas dispararon y mataron a 10 personas que hacían cola para el pan en Chernígov. Esos horribles ataques deben acabarse. Estamos considerando todas las opciones disponibles para garantizar la rendición de cuentas por cualquier crimen atroz que se cometa en Ucrania”, señaló la Embajada de Estados Unidos en Kiev en un informe publicado en sus perfiles de Twitter y Facebook.

“A las diez de la mañana, soldados rusos dispararon contra la gente que hacía cola para comprar pan cerca de una tienda de comestibles en una zona residencial de Chernígov. Según el primer balance, 10 civiles fueron asesinados”, denunció la Fiscalía en un comunicado, informa la agencia France Presse. Se ha abierto una investigación por “asesinatos premeditados” cometidos con la ayuda de “armas de fuego”, agregó la misma fuente.

Como en el ataque sobre el teatro de Mariupol, ha sido el Ministerio de Defensa ruso el que ha afirmado que no han llevado a cabo esa acción, que califican de “engaño” de las autoridades de Kiev, según el portavoz Igor Konashenkov. “Ningún soldado ruso está o ha estado en Chernígov. Todas las unidades se hallan fuera de los límites de la ciudad” y no están participando en ninguna “acción ofensiva”, agregó, al tiempo que calificaba de “falsedad” el comunicado de Washington.

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En el último recuerdo que tengo de Mariupol, la ciudad olía a una mezcla agria de huevos podridos y humo de los tubos de escape. A tensión y a guerra latente. A la última frontera antes del territorio separatista de la autodenominada República Popular de Donetsk. En mi última visita a Mariupol, en 2019, todavía no nos había engullido una pandemia y aunque los checkpoints militares para entrar y salir de la ciudad te advertían de que llevábamos cinco años sin tener una paz completa, la ciudad vivía en una relativa normalidad. Hoy Mariupol huele a sangre.

Desde hace tres días, la ciudad está completamente sitiada por las tropas rusas. No hay luz, ni agua, ni internet. Tampoco cobertura. Desde hace tres días, no tengo noticias de la familia que al comienzo de la invasión rusa decidió no abandonar la ciudad. Una conocida ha logrado salir de Mariupol esta noche y su relato sobre lo que ocurre dentro ilustra una guerra total: los disparos en las calles no cesan; los supermercados, desabastecidos, venden los alimentos que quedan, muchos ya caducados; la gente tiene que hacer cola en las calles para acceder a las tiendas y algunos caen muertos por los disparos mientras esperaban para comprar el pan.

Al comienzo de la invasión rusa ya sospechábamos que Mariupol iba a convertirse en uno de los epicentros de los combates. Situada en el sureste de Ucrania, a orillas del mar de Azov, esta ciudad de casi medio millón de habitantes es una de las 10 más grandes de todo el país. Fundada en el siglo XVI a partir de un asentamiento cosaco, la urbe fue mudando de nombre y de imagen a lo largo de los siglos. Después de que Catalina la Grande tomase Crimea, a la primigenia ciudad de Mariupol fueron llegando los griegos y tártaros que huían de la península, estableciéndose en su costa y formando, a día de hoy, la mayor comunidad de griegos de toda Ucrania. Tanto que a partir de 1989 en algunas escuelas el griego empezó a impartirse como una segunda lengua tras el ucranio.

El verdadero desarrollo económico no llegó a la ciudad hasta el siglo XIX, cuando Mariupol dejó de ser solo un punto portuario con decenas de fábricas de pescado y se convirtió también en un importante centro industrial con la construcción de las primeras plantas metalúrgicas. Actualmente, la industria del metal supone el 78% de la producción industrial total de la ciudad y la ciudad crea el 5,58% del PIB total de Ucrania.

El enmarañado de calles y sus nombres recuerdan la historia de la urbe: hay restos de héroes soviéticos, pedestales vacíos en los que antes se alzaba Lenin y denominaciones en griego para poblaciones aledañas. Los edificios residenciales de 9 y 14 pisos construidos con grandes bloques de hormigón durante la época de Jrushev y Brezhnev dominan el skyline de la ciudad. Y de fondo, siempre presentes, las fábricas metalúrgicas escupiendo humo que tiñe de gris plomizo las nubes que no sabes si traen lluvia o están preñadas de esquirlas de metal.

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En los últimos años, Mariupol comenzó a sufrir una transformación que ha ido convirtiéndola en una ciudad cada vez más occidentalizada, con parques de atracciones o grandes centros comerciales como el de Port City que ha sido saqueado esta noche y en el que, hace unos años, mis primos y yo estuvimos comiendo pizza y jugando a los bolos. En 2021, Mariupol se situó en el puesto número seis como mejor ciudad ucraniana para vivir, adelantando a grandes urbes como Kiev, Odesa o Járkov. Hoy, la normalidad está aniquilada. Por su posición geoestratégica, sus industrias, su puerto y su economía, Mariupol ha sido desde el principio de la invasión uno de los puntos más atractivos para Putin. A pesar de que, según una encuesta de 2001, el 89% de la población de Mariupol consideraba el ruso como su lengua materna y es la lengua utilizada en la ciudad, el sitio y la ruptura de los corredores humanitarios este mismo sábado muestran que el Ejército ruso está decidido a tomar la ciudad o reducirla a escombros como ya ha pasado en Járkov. Mariupol ha acabado siendo víctima de su propio desarrollo y prosperidad.

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“Por favor, no entren en Ucrania, den la vuelta, es muy peligroso”. Las primeras palabras que los periodistas de EL PAÍS escuchan en el puesto fronterizo de Shehyni, en Ucrania, es esta advertencia de un joven africano. Su rostro, demacrado, muestra la extenuación de haber estado tres días recorriendo kilómetros a pie y durmiendo al raso para cruzar a Polonia. Soldados armados con rifles AK-47 y voluntarios con bates de béisbol vigilaban este lunes la cola de miles de ciudadanos que ni son ucranios ni europeos, pero que, como el resto, quieren dejar atrás la guerra. Hacinados, improvisando hogueras con plásticos y papeles para calentarse por unos minutos, aguardan para huir de un conflicto que no vieron venir.

Naciones Unidas ha afirmado este martes que la invasión rusa de Ucrania ya ha forzado el desplazamiento de 660.000 personas a países vecinos, con la principal presión de los huidos sobre Polonia. Para llegar a Sheyni hay una cola de más de 30 kilómetros formada por turismos, furgonetas y autobuses. Conducen padres de familia o voluntarios que llevan a las mujeres y niños ucranios a las puertas de la Unión Europea. Esperan una media de tres días para alcanzar Polonia. La mayoría de estos puede dormir dentro de los vehículos; en cambio, los miles de africanos y asiáticos lo hacen a la intemperie, bajo la nieve y a temperaturas de varios grados bajo cero. En la estación de tren de Lviv, de la que sin horario regular salen algunos convoyes hacia la frontera polaca, la prioridad es que embarquen las mujeres y niños ucranios.

En el puesto fronterizo de Sheyni se marca una división: en una fila, sobre todo hay hombres subsaharianos, magrebíes y asiáticos —también hay mujeres, aunque en menor medida—; en la otra fila, menos concurrida, se encuentran mujeres ucranias con sus hijos menores de edad a punto de superar los últimos metros antes de llegar a Polonia. Los varones ucranios de entre 18 y 60 años han sido movilizados y no pueden abandonar el país. Pasada la frontera empezará otra epopeya, la de conseguir algún hogar en la UE para aguardar al final de la ofensiva rusa contra Ucrania.

Colas de vehículos y personas que huyen de la ofensiva rusa, en el paso fronterizo de Shehyni, en Ucrania.
Colas de vehículos y personas que huyen de la ofensiva rusa, en el paso fronterizo de Shehyni, en Ucrania.Jaime Villanueva

Hay cuatro kilómetros de carretera entre el punto fronterizo de Sheyni y el control militar que supervisa a los miles de vehículos que se acercan. Las autoridades permiten el acceso del transporte rodado a cuentagotas para descargar a sus pasajeros en la aduana. Muchos tienen que superar esta distancia —o incluso 10 kilómetros más, donde se ubica la estación de ferrocarril más cercana— andando y cargados con sus pertenencias. En este recorrido hay ciudadanos locales que ofrecen socorro a ucranios y a extranjeros. La escuela del pueblo de Sheyni se ha reconvertido en albergue para mujeres. En la puerta aguarda este lunes con dos amigas Cassandra, una estudiante de Ghana de 23 años. Ucrania es un consolidado destino universitario para ciudadanos de países en desarrollo. Cassandra y sus amigas transportan maletas y dos jaulas con sendos gatos que adoptaron hace tres años, cuando se instalaron en Ucrania. Quieren llegar a Francia y, pese al engorro de cargar a los animales, prometen que no los abandonarán.

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En una gasolinera, el encargado del establecimiento obsequia con té a un grupo de indios y a una familia vietnamita, y les permite que duerman unas horas tumbados entre pasillos con las estanterías de productos vacías. En la capilla de San Juan Bautista, en Sheyni, algunos católicos aprovechan para orar en completo silencio, unos minutos de paz y recogimiento. Tres feligresas ofrecen té o alimentos calientes y el sacerdote distribuye dos finas mantas por persona a quien lo requiera.

La mayoría de los vehículos que descargan a ucranios en Sheyni vuelven hacia la ciudad de Lviv, a 70 kilómetros, trasladando a los compatriotas que regresan de la UE para alistarse en el Ejército o para ayudar en la resistencia contra Rusia. Otros vehículos también transportan ayuda humanitaria que llega por la frontera: es el caso de Fernando, un madrileño casado con una ucrania que ha transportado material médico financiado por ucranios en España. Fernando —no quiere revelar su apellido— admite que en cuando pueda, dejará Ucrania con su esposa, aunque quizá para regresar en los próximos días con más productos de primera necesidad.

Los 70 kilómetros a Lviv se recorren en coche en dos horas. Una vez en los accesos a la ciudad, los controles militares convierten el ingreso a la capital de la Ucrania occidental en otro atasco perpetuo. En un autobús de línea que conecta las afueras de la ciudad con la estación de tren, el marroquí Mouad Kanti cuenta su historia: hace cuatro años que estudia Medicina en la Universidad Alfred Nobel de Dnipró, uno de los enclaves más violentos de la guerra. Kanti salió de Dnipró al segundo día de la invasión rusa en un tren que le llevó a Lviv, a 1.000 kilómetros hacia el oeste. Intentó abandonar Ucrania por Sheyni, pero tras 48 horas desistió porque la experiencia era demasiado dura. Optó por regresar a Lviv y probar suerte por la frontera eslovaca, donde, según le comunicó el decano de su facultad, hay menos aglomeraciones.

Un anciano en el autobús habla airadamente señalando a Kanti y a este periodista. “No le gustan los extranjeros”, dice en voz baja el joven marroquí, aunque añade acto seguido que su experiencia durante estos años había sido muy positiva. Dos ucranios que han llegado de Sheyni intervienen para acallar al hombre. Cargados con mochilas y esterillas, se apean del autobús frente a la estación de tren de Lviv, dispuestos a alistarse en el frente contra los rusos.

La noche ya cae en la antigua capital de la región histórica de Galitzia, antaño austrohúngara, polaca y ucrania. Una hora más tarde sonarán las primeras sirenas antiaéreas de la noche que advierten de un posible ataque ruso. Las calles de Lviv se vacían en cuestión de minutos, con sus habitantes apresurándose para cobijarse en los refugios antiaéreos habilitados sobre todo en los sótanos de sus edificios. Mientras, en la estación de tren continúa el trasiego de las masas de ucranios que llegan de zonas de conflicto y de voluntarios que se disponen a partir para defender a su patria.

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