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En lo alto del Palacio de Montecitorio, sede de la Cámara de Diputados de Italia, hay una campana que solo suena una vez cada siete años. El jueves por la tarde, a las 15.15, el badajo le sacó el polvo al artefacto y comenzó la música que anuncia el comienzo de la más alta ceremonia institucional de Italia. En ese momento, el presidente de la República, Sergio Mattarella, salió de su despacho en el Palacio del Quirinal y recorrió los 900 metros que lo separaban del Parlamento. Justo cuando entró, acompañado de los presidentes de ambas cámaras, la campana dejó de sonar y solo volvió a hacerlo cuando el mismo hombre juró sobre la Constitución como nuevo jefe del Estado, reelegido el pasado sábado tras el caótico intentó por buscarle un sucesor.

El presidente de la República realizó un discurso de 37 minutos, profundo y lleno de referencias progresistas —inmigrantes, mujeres, trabajadores…— en el que tuvo tiempo hasta de acordarse de la actriz Monica Vitti, fallecida 24 horas antes. Un canto a la “dignidad” de un país, señaló, que pasa por el respeto y los principios sagrados de la democracia, de la justicia social y de la centralidad de su Parlamento.

De no haber aceptado un segundo mandato, Mattarella cree que las expectativas de los italianos podrían haberse visto “fuertemente comprometidas” por “la prolongación de un estado de profunda incertidumbre política y tensiones, cuyas consecuencias podrían haber puesto en peligro recursos decisivos y las perspectivas de relanzar el país”. “He intentado atender siempre la Constitución en los últimos siete años. A la garantía de derechos, al apoyo y respuestas al malestar de los que más sufren. Y esas esperanzas habrían sido comprometidas si se alargaba la decisión. Habrían puesto en dificultades las siguientes decisiones”, añadió. Y aquí volvieron los aplausos, que se repitieron decenas de veces, con casi toda la cámara en pie, durante su discurso. Incluso cuando sacudió a la justicia y pidió una importante reforma.

Mattarella (80 años) es el segundo presidente de la República que repite en el cargo (el anterior fue su predecesor, Giorgio Napolitano). Es también el segundo más votado de la historia —tras Sandro Pertini— y el hombre llamado a mantener la senda de estabilidad iniciada hace apenas un año con la elección de Mario Draghi como presidente del Consejo de Ministros. Mattarella, precisamente, lanzó un discurso de unidad y optimismo, pero alertó del reto que afronta el país que más se ha beneficiado de los fondos europeos para salir de la crisis pospandémica. “Es una fase extraordinaria. Italia es el mayor beneficiario del programa Next Generation, debemos relanzar la economía. Hay que construir en estos años la Italia de después de la emergencia. Una Italia más justa y moderna. Que crezca en la unidad y que reduzca las desigualdades”.

Aviones militares forman la bandera italiana sobre el monumento al soldado desconocido este jueves en la plaza Venecia de Roma.
Aviones militares forman la bandera italiana sobre el monumento al soldado desconocido este jueves en la plaza Venecia de Roma. REMO CASILLI (REUTERS)

El aprecio ciudadano por Mattarella pudo verse también con la acogida que tuvo en las calles el desfile que le llevó desde el Quirinal hasta Montecitorio escoltado por un ejército de motocicletas de los carabinieri. Sonaron 21 salvas del cañón del monte del Gianicolo y sobrevolaron Roma los tradicionales aviones caza estampando en el cielo la bandera tricolor. Pero también pudo apreciarse el respeto político del que goza el jefe del Estado, impuesto en una operación parlamentaria sin apenas precedentes surgida desde las bases, con el larguísimo y sentido aplauso que recibió a su llegada al interior de la cámara. Italia, un país siempre fragmentado política y socialmente, ha encontrado en este siciliano surgido del ala progresista de la vieja democracia cristiana una de las pocas piezas que lo mantienen unido.

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El segundo mandato de Mattarella está pensado para durar otros siete años. Pero su edad y el escaso interés que tenía en repetir en el cargo hacen pensar que podría renunciar antes de terminarlo, cuando considere que se dan las circunstancias en el Parlamento para elegir de forma ordenada a su sucesor. Eso fue exactamente lo que hizo Napolitano en 2015. Mattarella, experto constitucionalista, no se lo plantea con ningún plazo. No hubo la más mínima referencia a un posible mandato mutilado, que afronta con cierto sacrificio (había hecho ya la mudanza a su nueva casa).

Mattarella se acordó de los jóvenes, de los inmigrantes y de los estudiantes que buscan un futuro. También de quienes han tenido que emigrar de Italia para encontrarlo. “Las desigualdades no son el precio a pagar por el crecimiento, sino el freno a ese crecimiento. Nuestra obligación es quitar los obstáculos. La dignidad tiene un significado ético y cultural. La dignidad incluye erradicar, por ejemplo, las muertes en el trabajo, que hieren a nuestra sociedad y la conciencia de cada uno de nosotros”. La dignidad, dijo, “también es oponerse al racismo y al antisemitismo, agresiones intolerantes. La dignidad es impedir la violencia sobre las mujeres. Pero también un país libre de la Mafia”, señaló Mattarella, cuyo hermano fue asesinado por la Cosa Nostra.

El jefe del Estado, reconocido puente con los Estados Unidos y el espíritu de la OTAN, también se refirió al conflicto en Ucrania, para el que pidió el cese de las pruebas de fuerza y pidió una apuesta decidida por el diálogo como estrategia para la paz. Además, aseguró que no puede faltar la aportación de Italia para contribuir a la paz. “No podemos aceptar que en Europa se levante de nuevo el viento del enfrentamiento”, dijo.

Mattarella se trasladó luego hasta el monumento por los caídos, el Altar de la Patria de plaza Venecia, recorriendo en coche presidencial la via del Corso. Ahí, rindiendo homenaje al soldado desconocido muerto en la Primera Guerra Mundial, estuvo acompañado por el presidente del Consejo de Ministros, Mario Draghi. Ambos tienen una sintonía evidente y la reelección del jefe de Estado ha sido para el expresidente del BCE la mejor de las opciones. “Agradezco a Draghi su compromiso”, dijo Mattarella tras acordarse también del presidente del Parlamento Europeo David Sassoli, fallecido recientemente. Una vez terminado el homenaje, Mattarella subió a bordo del histórico Lancia Flaminia presidencial y, tras haber fantaseado solo por unos días con poder jubilarse, regresó a trabajar a su oficina.

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Sergio Mattarella, presidente de la República de Italia, en la inauguración del curso judicial el pasado 21 de enero.
Sergio Mattarella, presidente de la República de Italia, en la inauguración del curso judicial el pasado 21 de enero.ITALIAN PRESIDENCY (Via REUTERS)

La mañana del 6 de enero de 1980 toda Palermo celebraba el día de Reyes. Piersanti Mattarella, gobernador de Sicilia y hombre fuerte de la Democracia Cristiana, conducía su Fiat 132 blanco hasta la iglesia donde iba a acudir a misa con su esposa, sentada en el asiento de al lado, y su hija y su suegra, acomodadas en las plazas traseras del vehículo. Cuando llegaron a la céntrica Via della Libertà, un sicario de la Cosa Nostra se acercó a su ventanilla y le disparó seis veces a bocajarro. En la fotografía que tomó la legendaria Letizia Battaglia, se ve a un tipo de pelo blanco y gafas sacando dramáticamente el cadáver por la puerta del acompañante en un intento desesperado por salvarle la vida. Era su hermano, Sergio Mattarella (Palermo, 80 años), un hombre íntegro que vivió para siempre marcado por una tragedia que subrayaba las debilidades de Italia y que le impulsó siempre a cumplir con una insólita voluntad de servicio al país.

El actual jefe del Estado italiano, el segundo presidente que repetirá en el cargo en la historia de la República ―el anterior fue su predecesor, Giorgio Napolitano― ha demostrado ser un hombre comprometido, moderado y neutral capaz de mantener el frágil equilibrio de un país con tendencias suicidas en los peores momentos de estos siete años. Mattarella es uno de los últimos representantes del ala progresista de la vieja Democracia Cristiana. Fue elegido presidente por el Parlamento de Italia en febrero de 2015. Era el as en la manga del entonces primer ministro, Matteo Renzi, para impedir la llegada de Giuliano Amato, que ya habían acordado a sus espaldas Massimo D’Alema y Silvio Berlusconi dentro del llamado pacto del Nazareno —por la calle donde está la sede del Partido Democrático (PD) en Roma—. Il Cavaliere estaba harto de Napolitano, un hombre que nunca le bailó el agua, y quería asegurarse un periodo de paz: para él y para sus empresas. Pero se impuso el nombre de Renzi (como pasa siempre que el político florentino se propone algo). Pero el tiempo demostró que se equivocaba si pensaba que Mattarella podía sentirse en deuda.

La relación, explican quienes tratan con ambos, se rompió cuando Renzi dimitió en diciembre de 2016 pensando que se convocarían elecciones y recuperaría con más fuerza el puesto de primer ministro. Mattarella, poco amigo de movimientos personalistas de palacio, impidió que se disolvieran las cámaras y apostó por la figura de Paolo Gentiloni como relevo. Fue la primera intervención en la legislatura para evitar un descalabro. La segunda, quizá, llegó cuando impidió que Paolo Savona fuera ministro de Economía (la apuesta antieuropea del entonces ministro del Interior, Matteo Salvini, en 2018). La jugada fue tan violenta, que el presidente de la República tuvo que explicarlo en televisión.

El mandato de Mattarella ha sido agitado y crucial en muchos momentos. Ha vivido cinco Ejecutivos distintos ―el de Matteo Renzi, el de Paolo Gentiloni, los de Giuseppe Conte y el de Mario Draghi― y estuvo a punto de formar un Gobierno técnico para evitar la deriva nacionalpopulista en la que se embarcó peligrosamente Italia de la mano de Matteo Salvini. Sufrió una grotesca campaña para realizarle un supuesto impeachment por parte del Movimiento 5 Estrellas. Y vio como Salvini, en desacuerdo con sus decisiones, tuiteaba que él no era su presidente. Su relación, sin embargo, ha sido buena con casi todos. En el Quirinal recuerdan que la legislatura empezó con un Ejecutivo en el que un partido quería salir del euro —el Movimiento 5 Estrellas (M5S)— y el otro de la Unión Europea —la Liga—. Uno con pulsiones filorrusas y el otro inclinado a contentar a China. Mattarella logró contener todas esas derivas y mantener a flote la imagen internacional de Italia.

El Parlamento le ha pedido ahora un último servicio, pese a que Mattarella dijo de todas las formas posibles que quería marcharse a su casa y que un segundo mandato le parecía forzar en exceso la Constitución. Todos sabían, sin embargo, que un hombre de su compromiso, que vio como su familia se rompía por su voluntad de servicio al país, sería incapaz de negarse.

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El camión que llevaba los muebles de Sergio Mattarella de Roma a Palermo recibió una llamada a media mañana del sábado y tuvo que dar la vuelta. Los partidos italianos, incapaces de llegar a un acuerdo después de seis días de votaciones y enormes discusiones, han tenido que implorar al actual jefe de Estado que reedite su mandato (siete años) y permanezca en el cargo. Será, como mínimo, hasta que haya elecciones y se forme un Parlamento menos fragmentado. La repetición de Mattarella es una victoria para Italia en un momento muy delicado en el que se protegerá la estabilidad y a figuras como Mario Draghi, que podrá terminar su trabajo al frente del Ejecutivo. Pero es también una derrota tremenda para los partidos y para la política italiana, incapaz de encontrar relevos y llegar a nuevos acuerdos.

Mattarella (80 años), en caso de aceptar la propuesta, será el segundo presidente de la República que repetirá en el cargo. Y lo hará de forma consecutiva a su predecesor, Giorgio Napolitano, que se encontró en una situación similar hace nueve años. La diferencia, sin embargo, es que esta vez ha habido una cierta promoción parlamentaria de su candidatura. El jefe de Estado repitió una y mil veces que no quería reeditar su mandato: no tenía ganas y le parecía forzar en exceso la Constitución. Pero un movimiento de base construido desde algunas bancadas en las últimas horas ha llevado en volandas su candidatura. “Era la única solución posible para tener unida a la mayoría. Si los líderes tenían que buscar la unanimidad, la única solución era promover un movimiento desde abajo para elegir a Mattarella”, señala Stefano Ceccanti, diputado del PD y uno de los diseñadores del plan.

Ennio Flaiano, escritor y legendario guionista de Federico Fellini, decía que “la línea más corta en Italia entre dos puntos es el arabesco”. Pero la decisión, tomada en la octava votación de la sexta jornada, es también un nítido síntoma del estado comatoso en el que se encuentra su clase política. No hay relevos a la altura, clase dirigente. Flaquea también la histórica capacidad para llegar a acuerdos transalpina. La paradoja, en cambio, señala que la jugada permitirá salir airosos a casi todos los partidos y mantener la insólita estabilidad de la que ha disfrutado el país en el último año justo cuando los mercados comenzaban a ponerse nerviosos. Mario Draghi, la otra opción favorita, podrá seguir hasta el final de legislatura en el Ejecutivo para terminar las reformas en las que ha embarcado al país, de las que dependen la llegada de los más de 200.000 millones de euros que la Unión Europea ha asignado a Italia para el periodo pospandemia. El Partido Democrático siempre apostó por Mattarella y una gran parte de la derecha también. Un hombre, sin embargo, sale muy tocado de la partida.

Matteo Salvini, jefe de la Liga, queda profundamente herido en un proceso al que entró autoerigido en una suerte de kingmaker y del que salió trasquilado y como un líder político escaso, sin liderazgo ni visión política para los grandes procesos. Todos los nombres que propuso fueron rechazados y, además, lastimó enormemente la imagen pública de dos pesos pesados de las instituciones como la presidenta del Senado, Elisabetta Casellati, y la jefa de los servicios secretos, Elisabetta Belloni. Propuso ambos perfiles sin tener apoyos suficientes y bajo la solitaria premisa de que eran “mujeres”. Hizo un flaco favor a la igualdad de género en las instituciones con su frágil argumentación y expuso, sin darse cuenta, la división que existe en el seno de la coalición de derechas (Forza Italia, Liga y Hermanos de Italia), que sale echa trizas de esta contienda.

Giorgia Meloni, líder de Hermanos de Italia, no oculta ya su lejanía con las decisiones tomadas por Salvini. Mattarella, que suponía la continuidad y alejar las elecciones anticipadas que buscaba en esta jugada la heredera del partido posfascista Movimiento Social Italiano, era la única opción que no quería. Tampoco en sus filas se disimula ya el desprecio por la valía política del líder de la Liga en las grandes ocasiones. “No está a la altura. Siempre que cree que puede ser decisivo, como pasó en agosto de 2019 en el Papeete, la caga”, dice sin contemplaciones un histórico miembro de Hermanos de Italia. La división es total.

Mario Draghi, el otro gran nombre de esta larga contienda, logra conservar sin apenas rasguños su currículo de superhombre de las instituciones. Pero después de un año en el que su reinado ha salido indemne a los habituales manchurrones del Parlamento italiano, ha comprobado que la política salpica. Y también que necesitará tejer alianzas, estrategias y bajar de vez en cuando de la torre de marfil que le otorgaron en su país cuando se consagró como salvador del euro. Cueste lo que cueste, como el diría. Al menos si quiere seguir optando a ser el jefe de Estado dentro de dos años, cuando las elecciones de 2023 aclaren el escenario.

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Mattarella se consagragrá hoy como uno de los mejores presidentes de la historia de la República. Su segundo mandato no es un juego de palacio, sino una voluntad popular y parlamentaria insólita en las refiegas italianas. Solo Giovanni Gronchi en 1955 surgió de una ola de apoyo parlamentario similar. Fue un candidato disidente que votaron algunos de los miembros Democracia Cristiana contra la línea oficial del partido. Y poco a poco todos fueron uniéndose. “Vino impuesto desde abajo. Y lo importante es que el Parlamento ahora ha encontrado el camino”, insiste Ceccanti.

La situación desde entonces ha cambiado enormemente y revela un problema endémico. En la llamada Primera República, cuando los partidos eran fuertes, solían ser los presidentes quienes querían repetir en el cargo, pero las formaciones se lo impedían para no entregarles demasiado poder. Hoy sucede justo lo contrario: los presidentes como Mattarella solo quieren marcharse a su casa de Palermo a descansar, pero los partidos son incapaces de reemplazarles y tienen que frenar al camión de la mudanza.

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La votación para elegir al presidente de la República de Italia ha mostrado en su sexta votación lo mejor y lo peor de la política italiana. El viernes 28 de enero hubo traiciones en el seno de los partidos y una enorme irresponsabilidad institucional, que lastimó la imagen de grandes cargos como la presidenta del Senado, Elisabetta Casellati, arrojada egoístamente por Salvini a la hoguera de una votación para la que no tenía apoyos. Pero también, como sucede casi siempre, se logró mantener abierta la puerta de una negociación in extremis, que permita salvar los muebles en un momento profundamente delicado para Italia. Aunque sea volviendo a la casilla de salida de este proceso y destapando una carta: pedir a Sergio Mattarella que repita en el cargo, optar por el primer ministro, Mario Draghi, o elegir a la jefa de los servicios secretos, Elisabetta Belloni.

La repetición del actual jefe de Estado al frente del cargo, apoyada ayer por una votación masiva (336 votos) en la que la derecha se abstuvo, sería una tabla de salvación para todos. Es la única carta que permite poner el contador a cero. Nadie saldría demasiado trasquilado y se aplazaría así la decisión hasta dentro de, al menos, dos años. Sería ya cuando haya un nuevo Ejecutivo, tras unas elecciones legislativas, fijadas para 2023. Y el propio Draghi, con algunos rasguños, podría volver a tener posibilidades de ocupar esa plaza. El entorno de Mattarella ha hecho saber estos días que no tiene ninguna intención de repetir y que no ha tenido ningún contacto con los partidos. Pero también ha admitido en otras ocasiones que si la situación en Italia fuera crítica, no tendría más remedio que aceptar. Al menos, tal y como hizo su predecesor, Giorgio Napolitano, hasta que se celebrasen las próximas elecciones legislativas y el Parlamento estuviera en condiciones de crear una mayoría más nítida.

La otra opción, con una producción mucho más complicada, es la de Draghi. El actual primer ministro no ha ocultado su interés estos días por convertirse en el nuevo jefe del estado. Ayer se reunió con Matteo Salvini, líder de la Liga, y conversó con los otros líderes. Su elección, sin embargo, implica tener un plan listo para sustituirle y conformar un nuevo Ejecutivo que preservase la unidad del último año para avanzar en las reformas que necesita Italia y afrontar los proyectos para los que el país recibirá más de 200.000 millones de euros de la UE. El problema es que el propio Draghi estaría implicado en ese proceso de remodelación ministerial, retorciendo algunas páginas de la Constitución y convirtiendo por unas horas a Italia en una república presidencialista.

Las otras posibilidades que se barajaban ayer, aunque de un perfil y peso mucho menor, eran la del expresidente de la Cámara de Diputados Pier Ferdinando Casini; y, sobre todo, la de la actual jefa de los servicios secretos, Elisabetta Belloni. Esta última, diplomática de gran experiencia y capaz de generar un amplio consenso, era la preferida a última hora de ayer por la derecha. De hecho, el propio Salvini dijo que estaba trabajando para que la persona elegida fuera “una mujer”, sin referirse directamente a ella.

La votación del 28 de enero (la quinta) fue un drama para Salvini, que había propuesto a Casellati, la presidenta del Senado. La política de Forza Italia es por jerarquía institucional también la segunda figura del Estado, algo que aconsejaría no quemarla en una votación perdida de antemano. Pero Salvini se empeñó en una idea divisiva (la izquierda ni siquiera votó) y el resultado que obtuvo, más allá de liquidar esa candidatura, mostró las grietas que hay en la coalición de centroderecha, que ni siquiera logró apoyar unida a Casellati (obtuvo 382 votos de los alrededor de 450 que conforman los parlamentarios de Forza Italia, Hermanos de Italia y la Liga). Es decir, unos 70 parlamentarios de los suyos —incluso de Forza Italia, su propio partido— ni siquiera la votaron.

No es la primera vez que Salvini sobreestima sus habilidades. En agosto de 2019, con un mojito en la mano en un chiringuito de playa, provocó una crisis de gobierno que liquidó todas sus posibilidades de ser primer ministro y de continuar dentro del Ejecutivo del que era vicepresidente. Mucho menos poderoso que entonces, ha intentado en esta elección del presidente de la República convertirse en un líder fiable, aglutinar a toda la coalición y erigirse en el kingmaker de la votación. El problema es que ha logrado solo convertir la Cámara de Diputados en una versión invernal de aquel chiringuito, llamado Papeete, dividiendo a la coalición y entregando al bloque progresista la delantera en la fase definitiva de la votación.

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Salvini sale vivo de esta partida solo porque su partido no funciona como la mayoría y nadie pedirá ahora su cabeza. Pero una parte importante de su formación, la de los empresarios del norte, quería desde el comienzo a Draghi en el palacio del Quirinal, y el líder de la Liga desoyó ese insistente coro. Le pasarán la factura. También una gran parte de las filas de la resquebrajada coalición de centroderecha, que cada vez más reconocen en Giorgia Meloni, líder de Hermanos de Italia, a la única capaz de tomar decisiones políticas inteligentes.

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El bloqueo al término de la cuarta jornada de votación para elegir al nuevo presidente de la República de Italia es total. No hay un nombre claro y cada vez que se intenta reunir algo de consenso en torno a alguna figura, termina quemada en los pasillos del Parlamento o en la propia votación. El jueves le tocó al expresidente de la cámara de Diputados, Pier Ferdinando Casini, que entró como Papa al cónclave, y volvió a salir como cardenal. El Parlamento insiste en votar al actual presidente Sergio Mattarella, que por cuarto día consecutivo y en un escrutinio estéril volvió a ser el nombre con más apoyos (166 papeletas). Él y Draghi siguen siendo los candidatos con mayores posibilidades, pero la jornada del viernes podría ser decisiva y consagrar a alguno de los tapados. El límite que los partidos se autoimponen con la boca pequeña es que la decisión no se postergue más allá del sábado.

El actual jefe del Estado ha dicho de todas las maneras que no quiere repetir. Pero su entorno siempre admitió que si la situación fuera crítica, podría pensarlo. La prima de riesgo sigue subiendo diariamente y la sensación de bloqueo vuelve a adueñarse del clima político italiano. Mattarella permitiría mantener la insólita estabilidad de la que ha disfrutado Italia en el último año. “Es una señal que debe tenerse en consideración. No es ninguna casualidad”, señala un relevante diputado del Movimiento 5 Estrellas. “Es el nombre en el que terminará todo si Draghi no logra ofrecer un proyecto de Ejecutivo convincente para marcharse al Quirinal”, insiste un colega suyo del Partido Democrático.

Draghi sigue siendo la figura con mayor prestigio, neutralidad y capacidad para el papel de Presidente de la República. No lo niega nadie. Pero el primer ministro debe ofrecer antes una solución para el Ejecutivo que preside, empezando por el nombre de su sustituto en caso de que él se mudase al Palacio del Quirinal. Un movimiento que debe contentar a todos los partidos de la mayoría de Gobierno, pero muy complicado con tan poco tiempo. Por no decir de lo adecuado que podría ser que lo hiciera ya con un pie en la jefatura del Estado.

Una parte del Parlamento y de las siempre endiabladas corrientes de las formaciones, además, se resiste a aceptar que Draghi, un hombre solo sin estructura de partido, sea el destino inevitable del Palacio del Quirinal. Hasta ahora, el primer ministro ha funcionado políticamente como el principio de la gravedad: su peso y currículum lo colocaban donde le correspondía realmente. Pero ahora el banquero está completamente a merced de los partidos y necesitará trabajar algo sus apoyos. Algo que, de algún modo, pudo ya verse en la jornada del jueves.

Uno de los principales opositores a la idea de que Draghi termine en el Quirinal ha sido Silvio Berlusconi, que se encuentra estos días ingresado en el hospital San Raffaele de Milan. Il Cavaliere renunció a postularse, pero dejó escrito su epitafio político: Draghi debe terminar la legislatura como primer ministro. Ayer, después de varios intentos fallidos por parte del equipo del expresidente del BCE por contactarle, descolgó el teléfono desde su habitación del hospital. La llamada fue oficialmente para desearle una pronta recuperación. Pero podría haber contribuido a desbloquear la situación. Si Berlusconi cambiase de idea, Draghi lo tendría mucho más fácil.

La derecha sigue muy dividida. Salvini intenta erigirse en el líder de la coalición, pero Giorgia Meloni desconfía y ya ni siquiera vería con malos ojos elegir a Draghi. El jueves, para evitar escenificar de nuevo esa fractura tal y como había sucedido el día anterior, se obligó a los parlamentarios de derecha y extrema derecha a la abstención y no al voto en blanco, que durante el resto de jornadas se convirtió en un territorio abonado para los llamados francotiradores (aquellos que no respetan las órdenes de partido). De este modo puede controlarse el sentido de su voto ―el presidente de la Cámara de Diputados les llama por su nombre y deben decir públicamente que se abstienen― y se llega a la jornada decisiva del viernes (quinta votación) algo más cohesionados.

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El viernes, más allá de la posibilidad del intento por impulsar a Draghi, se podrían destapar otras cartas como la de la actual jefa de los Servicios Secretos italianos, Elisabetta Belloni. Diplomática de carrera, conoce las instituciones ―también su parte menos visible, ese es el problema para algunos ― y es una persona de gran confianza de Draghi. De hecho, se hablaba también de ella como posible Secretaria de la Presidencia de la República si el ex jefe del BCE terminaba cambiando de oficina. Un nuevo nombre que, de nuevo, conduce otra vez hasta el actual primer ministro.

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