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Italia ha sido uno de los principales socios de Rusia en Europa y un aliado estratégico del presidente Vladímir Putin en cuestiones comerciales. Solo hace cuatro años, el Gobierno de la Liga y el Movimiento 5 Estrellas estrechó todavía más esos vínculos. Por eso, cada vez que el foco de la guerra pasa por el país transalpino, vuelven a verse las costuras de aquella relación. El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, compareció este martes por videoconferencia en la Cámara de Diputados italiana. Agradeció el apoyo italiano, pero pidió que las sanciones y la oposición a Rusia sean todavía más contundentes.

La comparecencia de Zelenski en el Palacio de Montecitorio —una hora antes había llamado al papa Francisco, que también le mostró su apoyo— es un paso más en la gira telemática del líder ucranio por los parlamentos internacionales. Lo hizo con toda solemnidad, ante todos los senadores y diputados del Parlamento y el propio presidente del Consejo de Ministros, Mario Draghi. Todos ellos condenaron “netamente el ataque ruso”. El aplauso en pie de los miembros de ambas cámaras duró varios minutos y no dejó lugar a dudas. Draghi fue rotundo en su intervención, en la que atacó directamente “la arrogancia del Gobierno ruso” y llegó a proclamar que “Italia quiere a Ucrania en la Unión Europea”. Zelenski hablaba precedido por cierta polémica en algunos sectores de la parte escindida del Movimiento 5 Estrellas (M5S), que montó su propio grupo político, y el lunes reclamaba escuchar también la versión del bando ruso. Pero este martes el apoyo fue unánime.

Zelenski tuvo un tono menos beligerante que ante el Parlamento alemán. Pero advirtió a los italianos de lo que puede suceder si no se aumenta la presión sobre Putin, comparando la destrucción de lugares como Mariupol con lo que supondría para ciudades italianas como Génova, del mismo tamaño. Además, recordó que ya han muerto 117 niños desde el comienzo de la invasión. “Hay que hacer todo lo posible para garantizar la paz. Es una guerra organizada durante años por una sola persona, ganando dinero del gas y usándolo para la guerra. Quiere controlar vuestras vidas y vuestra política, destruir vuestros valores democráticos. Ucrania es la puerta para el Ejército ruso a Europa. Y ellos quieren entrar en Europa, pero la barbarie no debe entrar. […] La invasión dura ya 27 días, casi un mes. Así que necesitamos más sanciones y otras presiones hasta que llegue la paz”, lanzó a través de la pantalla.

Veto a las vacaciones de los rusos en Italia

El presidente ucranio pidió redoblar los esfuerzos para aislar a Putin, también cerrando la puerta a ciudadanos rusos que pasan las vacaciones en Italia. “Sabéis quién ordena combatir y quién ha llevado la guerra a Ucrania. Todos utilizan Italia para sus vacaciones. No tenéis que acoger a estas personas. Hay que bloquear y congelar sus bienes. Sus cuentas, yates, hasta el más pequeño. Congelar todos los activos de los que tienen fuerza de decisión en Rusia. Hay que apoyar las sanciones y el embargo contra todos ellos. Ninguna excepción para ningún banco ruso. Hay que parar los asesinatos y la guerra rusa”, insistió. La situación, recordó, es extrema. Y comparable a lo que hicieron los nazis, lanzó. “Hay tropas del Ejército ruso que torturan, violan y raptan a los niños. Nos están robando. Eso es lo que hicieron los nazis cuando ocuparon otros países”.

Italia siempre ha tenido una elevada promiscuidad con Rusia. Desde los tiempos en los que el Partido Comunista Italiano era el más importante de Europa, pasando por la intensa amistad de Silvio Berlusconi con Putin, a los flirteos del Ejecutivo populista que formó el Movimiento 5 Estrellas con La Liga en 2018. La imagen de los camiones rusos entrando en Bérgamo en plena pandemia para prestar ayuda sanitaria y logística mostraron la última postal de una sintonía que se ha traducido en los últimos años en un suculento intercambio comercial —7.000 millones de euros de exportaciones a Rusia y 12.600 millones de importaciones— y que ahora coloca en una situación incómoda a muchos de los incondicionales de Putin.

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La situación, sin embargo, ha cambiado en las últimas semanas y Rusia ha colocado a Italia en la lista negra de países. No han gustado las declaraciones, los actos ni las medidas contra los oligarcas dentro de las fronteras italianas. “Si el Gobierno italiano sigue a Francia a la hora de declarar una guerra financiera y económica total a Rusia al aprobar nuevas sanciones, habrá las correspondientes consecuencias irreversibles”, amenazó Alexéi Paramonov, excónsul ruso en Milán, y hoy director del departamento europeo del Ministerio ruso de Asuntos Exteriores. Paramonov recordó también a Italia la ayuda que había recibido durante la pandemia y acusó al ministro de Defensa italiano, Lorenzo Guerini, de ser “un halcón y uno de los principales inspiradores de la campaña antirrusa del Gobierno italiano”.

Draghi fue muy claro en su intervención y dejó atrás cualquier titubeo del país en esta cuestión. “La arrogancia del Gobierno ruso ha chocado con la dignidad del pueblo ucranio, que frena las ansias expansionistas de Moscú e impone costes altísimos al invasor. La resistencia de Mariupol y otras ciudades a las que se asoma la ferocidad de Putin es heroica. Hoy Ucrania defiende nuestra paz, nuestra libertad, nuestra seguridad. Un orden multilateral basado en reglas y derechos que hemos construido con mucha fatiga desde después de la guerra. Italia le es profundamente grata. Italia no volverá la espalda a Ucrania. El Gobierno y el Parlamento están en primera fila del apoyo a Ucrania”, aseguró Draghi.

Italia debe ahora encontrar una solución al problema energético. Se trata de uno de los países de Europa occidental con mayor dependencia, ya que casi la mitad de su suministro (46%) procede de Rusia. En los últimos años, Roma ha intensificado considerablemente su relación energética con Moscú, a pesar de su cercanía con otros proveedores como Argelia, Túnez o Libia, que suministran este hidrocarburo a Italia a través de gasoductos que no están totalmente cargados como el TransMed o el GreenStream. Como recordó el propio Draghi, hace 10 años el país transalpino importaba solo cerca del 27% de su gas de Rusia.

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En lo alto del Palacio de Montecitorio, sede de la Cámara de Diputados de Italia, hay una campana que solo suena una vez cada siete años. El jueves por la tarde, a las 15.15, el badajo le sacó el polvo al artefacto y comenzó la música que anuncia el comienzo de la más alta ceremonia institucional de Italia. En ese momento, el presidente de la República, Sergio Mattarella, salió de su despacho en el Palacio del Quirinal y recorrió los 900 metros que lo separaban del Parlamento. Justo cuando entró, acompañado de los presidentes de ambas cámaras, la campana dejó de sonar y solo volvió a hacerlo cuando el mismo hombre juró sobre la Constitución como nuevo jefe del Estado, reelegido el pasado sábado tras el caótico intentó por buscarle un sucesor.

El presidente de la República realizó un discurso de 37 minutos, profundo y lleno de referencias progresistas —inmigrantes, mujeres, trabajadores…— en el que tuvo tiempo hasta de acordarse de la actriz Monica Vitti, fallecida 24 horas antes. Un canto a la “dignidad” de un país, señaló, que pasa por el respeto y los principios sagrados de la democracia, de la justicia social y de la centralidad de su Parlamento.

De no haber aceptado un segundo mandato, Mattarella cree que las expectativas de los italianos podrían haberse visto “fuertemente comprometidas” por “la prolongación de un estado de profunda incertidumbre política y tensiones, cuyas consecuencias podrían haber puesto en peligro recursos decisivos y las perspectivas de relanzar el país”. “He intentado atender siempre la Constitución en los últimos siete años. A la garantía de derechos, al apoyo y respuestas al malestar de los que más sufren. Y esas esperanzas habrían sido comprometidas si se alargaba la decisión. Habrían puesto en dificultades las siguientes decisiones”, añadió. Y aquí volvieron los aplausos, que se repitieron decenas de veces, con casi toda la cámara en pie, durante su discurso. Incluso cuando sacudió a la justicia y pidió una importante reforma.

Mattarella (80 años) es el segundo presidente de la República que repite en el cargo (el anterior fue su predecesor, Giorgio Napolitano). Es también el segundo más votado de la historia —tras Sandro Pertini— y el hombre llamado a mantener la senda de estabilidad iniciada hace apenas un año con la elección de Mario Draghi como presidente del Consejo de Ministros. Mattarella, precisamente, lanzó un discurso de unidad y optimismo, pero alertó del reto que afronta el país que más se ha beneficiado de los fondos europeos para salir de la crisis pospandémica. “Es una fase extraordinaria. Italia es el mayor beneficiario del programa Next Generation, debemos relanzar la economía. Hay que construir en estos años la Italia de después de la emergencia. Una Italia más justa y moderna. Que crezca en la unidad y que reduzca las desigualdades”.

Aviones militares forman la bandera italiana sobre el monumento al soldado desconocido este jueves en la plaza Venecia de Roma.
Aviones militares forman la bandera italiana sobre el monumento al soldado desconocido este jueves en la plaza Venecia de Roma. REMO CASILLI (REUTERS)

El aprecio ciudadano por Mattarella pudo verse también con la acogida que tuvo en las calles el desfile que le llevó desde el Quirinal hasta Montecitorio escoltado por un ejército de motocicletas de los carabinieri. Sonaron 21 salvas del cañón del monte del Gianicolo y sobrevolaron Roma los tradicionales aviones caza estampando en el cielo la bandera tricolor. Pero también pudo apreciarse el respeto político del que goza el jefe del Estado, impuesto en una operación parlamentaria sin apenas precedentes surgida desde las bases, con el larguísimo y sentido aplauso que recibió a su llegada al interior de la cámara. Italia, un país siempre fragmentado política y socialmente, ha encontrado en este siciliano surgido del ala progresista de la vieja democracia cristiana una de las pocas piezas que lo mantienen unido.

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El segundo mandato de Mattarella está pensado para durar otros siete años. Pero su edad y el escaso interés que tenía en repetir en el cargo hacen pensar que podría renunciar antes de terminarlo, cuando considere que se dan las circunstancias en el Parlamento para elegir de forma ordenada a su sucesor. Eso fue exactamente lo que hizo Napolitano en 2015. Mattarella, experto constitucionalista, no se lo plantea con ningún plazo. No hubo la más mínima referencia a un posible mandato mutilado, que afronta con cierto sacrificio (había hecho ya la mudanza a su nueva casa).

Mattarella se acordó de los jóvenes, de los inmigrantes y de los estudiantes que buscan un futuro. También de quienes han tenido que emigrar de Italia para encontrarlo. “Las desigualdades no son el precio a pagar por el crecimiento, sino el freno a ese crecimiento. Nuestra obligación es quitar los obstáculos. La dignidad tiene un significado ético y cultural. La dignidad incluye erradicar, por ejemplo, las muertes en el trabajo, que hieren a nuestra sociedad y la conciencia de cada uno de nosotros”. La dignidad, dijo, “también es oponerse al racismo y al antisemitismo, agresiones intolerantes. La dignidad es impedir la violencia sobre las mujeres. Pero también un país libre de la Mafia”, señaló Mattarella, cuyo hermano fue asesinado por la Cosa Nostra.

El jefe del Estado, reconocido puente con los Estados Unidos y el espíritu de la OTAN, también se refirió al conflicto en Ucrania, para el que pidió el cese de las pruebas de fuerza y pidió una apuesta decidida por el diálogo como estrategia para la paz. Además, aseguró que no puede faltar la aportación de Italia para contribuir a la paz. “No podemos aceptar que en Europa se levante de nuevo el viento del enfrentamiento”, dijo.

Mattarella se trasladó luego hasta el monumento por los caídos, el Altar de la Patria de plaza Venecia, recorriendo en coche presidencial la via del Corso. Ahí, rindiendo homenaje al soldado desconocido muerto en la Primera Guerra Mundial, estuvo acompañado por el presidente del Consejo de Ministros, Mario Draghi. Ambos tienen una sintonía evidente y la reelección del jefe de Estado ha sido para el expresidente del BCE la mejor de las opciones. “Agradezco a Draghi su compromiso”, dijo Mattarella tras acordarse también del presidente del Parlamento Europeo David Sassoli, fallecido recientemente. Una vez terminado el homenaje, Mattarella subió a bordo del histórico Lancia Flaminia presidencial y, tras haber fantaseado solo por unos días con poder jubilarse, regresó a trabajar a su oficina.

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Sergio Mattarella, presidente de la República de Italia, en la inauguración del curso judicial el pasado 21 de enero.
Sergio Mattarella, presidente de la República de Italia, en la inauguración del curso judicial el pasado 21 de enero.ITALIAN PRESIDENCY (Via REUTERS)

La mañana del 6 de enero de 1980 toda Palermo celebraba el día de Reyes. Piersanti Mattarella, gobernador de Sicilia y hombre fuerte de la Democracia Cristiana, conducía su Fiat 132 blanco hasta la iglesia donde iba a acudir a misa con su esposa, sentada en el asiento de al lado, y su hija y su suegra, acomodadas en las plazas traseras del vehículo. Cuando llegaron a la céntrica Via della Libertà, un sicario de la Cosa Nostra se acercó a su ventanilla y le disparó seis veces a bocajarro. En la fotografía que tomó la legendaria Letizia Battaglia, se ve a un tipo de pelo blanco y gafas sacando dramáticamente el cadáver por la puerta del acompañante en un intento desesperado por salvarle la vida. Era su hermano, Sergio Mattarella (Palermo, 80 años), un hombre íntegro que vivió para siempre marcado por una tragedia que subrayaba las debilidades de Italia y que le impulsó siempre a cumplir con una insólita voluntad de servicio al país.

El actual jefe del Estado italiano, el segundo presidente que repetirá en el cargo en la historia de la República ―el anterior fue su predecesor, Giorgio Napolitano― ha demostrado ser un hombre comprometido, moderado y neutral capaz de mantener el frágil equilibrio de un país con tendencias suicidas en los peores momentos de estos siete años. Mattarella es uno de los últimos representantes del ala progresista de la vieja Democracia Cristiana. Fue elegido presidente por el Parlamento de Italia en febrero de 2015. Era el as en la manga del entonces primer ministro, Matteo Renzi, para impedir la llegada de Giuliano Amato, que ya habían acordado a sus espaldas Massimo D’Alema y Silvio Berlusconi dentro del llamado pacto del Nazareno —por la calle donde está la sede del Partido Democrático (PD) en Roma—. Il Cavaliere estaba harto de Napolitano, un hombre que nunca le bailó el agua, y quería asegurarse un periodo de paz: para él y para sus empresas. Pero se impuso el nombre de Renzi (como pasa siempre que el político florentino se propone algo). Pero el tiempo demostró que se equivocaba si pensaba que Mattarella podía sentirse en deuda.

La relación, explican quienes tratan con ambos, se rompió cuando Renzi dimitió en diciembre de 2016 pensando que se convocarían elecciones y recuperaría con más fuerza el puesto de primer ministro. Mattarella, poco amigo de movimientos personalistas de palacio, impidió que se disolvieran las cámaras y apostó por la figura de Paolo Gentiloni como relevo. Fue la primera intervención en la legislatura para evitar un descalabro. La segunda, quizá, llegó cuando impidió que Paolo Savona fuera ministro de Economía (la apuesta antieuropea del entonces ministro del Interior, Matteo Salvini, en 2018). La jugada fue tan violenta, que el presidente de la República tuvo que explicarlo en televisión.

El mandato de Mattarella ha sido agitado y crucial en muchos momentos. Ha vivido cinco Ejecutivos distintos ―el de Matteo Renzi, el de Paolo Gentiloni, los de Giuseppe Conte y el de Mario Draghi― y estuvo a punto de formar un Gobierno técnico para evitar la deriva nacionalpopulista en la que se embarcó peligrosamente Italia de la mano de Matteo Salvini. Sufrió una grotesca campaña para realizarle un supuesto impeachment por parte del Movimiento 5 Estrellas. Y vio como Salvini, en desacuerdo con sus decisiones, tuiteaba que él no era su presidente. Su relación, sin embargo, ha sido buena con casi todos. En el Quirinal recuerdan que la legislatura empezó con un Ejecutivo en el que un partido quería salir del euro —el Movimiento 5 Estrellas (M5S)— y el otro de la Unión Europea —la Liga—. Uno con pulsiones filorrusas y el otro inclinado a contentar a China. Mattarella logró contener todas esas derivas y mantener a flote la imagen internacional de Italia.

El Parlamento le ha pedido ahora un último servicio, pese a que Mattarella dijo de todas las formas posibles que quería marcharse a su casa y que un segundo mandato le parecía forzar en exceso la Constitución. Todos sabían, sin embargo, que un hombre de su compromiso, que vio como su familia se rompía por su voluntad de servicio al país, sería incapaz de negarse.

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El camión que llevaba los muebles de Sergio Mattarella de Roma a Palermo recibió una llamada a media mañana del sábado y tuvo que dar la vuelta. Los partidos italianos, incapaces de llegar a un acuerdo después de seis días de votaciones y enormes discusiones, han tenido que implorar al actual jefe de Estado que reedite su mandato (siete años) y permanezca en el cargo. Será, como mínimo, hasta que haya elecciones y se forme un Parlamento menos fragmentado. La repetición de Mattarella es una victoria para Italia en un momento muy delicado en el que se protegerá la estabilidad y a figuras como Mario Draghi, que podrá terminar su trabajo al frente del Ejecutivo. Pero es también una derrota tremenda para los partidos y para la política italiana, incapaz de encontrar relevos y llegar a nuevos acuerdos.

Mattarella (80 años), en caso de aceptar la propuesta, será el segundo presidente de la República que repetirá en el cargo. Y lo hará de forma consecutiva a su predecesor, Giorgio Napolitano, que se encontró en una situación similar hace nueve años. La diferencia, sin embargo, es que esta vez ha habido una cierta promoción parlamentaria de su candidatura. El jefe de Estado repitió una y mil veces que no quería reeditar su mandato: no tenía ganas y le parecía forzar en exceso la Constitución. Pero un movimiento de base construido desde algunas bancadas en las últimas horas ha llevado en volandas su candidatura. “Era la única solución posible para tener unida a la mayoría. Si los líderes tenían que buscar la unanimidad, la única solución era promover un movimiento desde abajo para elegir a Mattarella”, señala Stefano Ceccanti, diputado del PD y uno de los diseñadores del plan.

Ennio Flaiano, escritor y legendario guionista de Federico Fellini, decía que “la línea más corta en Italia entre dos puntos es el arabesco”. Pero la decisión, tomada en la octava votación de la sexta jornada, es también un nítido síntoma del estado comatoso en el que se encuentra su clase política. No hay relevos a la altura, clase dirigente. Flaquea también la histórica capacidad para llegar a acuerdos transalpina. La paradoja, en cambio, señala que la jugada permitirá salir airosos a casi todos los partidos y mantener la insólita estabilidad de la que ha disfrutado el país en el último año justo cuando los mercados comenzaban a ponerse nerviosos. Mario Draghi, la otra opción favorita, podrá seguir hasta el final de legislatura en el Ejecutivo para terminar las reformas en las que ha embarcado al país, de las que dependen la llegada de los más de 200.000 millones de euros que la Unión Europea ha asignado a Italia para el periodo pospandemia. El Partido Democrático siempre apostó por Mattarella y una gran parte de la derecha también. Un hombre, sin embargo, sale muy tocado de la partida.

Matteo Salvini, jefe de la Liga, queda profundamente herido en un proceso al que entró autoerigido en una suerte de kingmaker y del que salió trasquilado y como un líder político escaso, sin liderazgo ni visión política para los grandes procesos. Todos los nombres que propuso fueron rechazados y, además, lastimó enormemente la imagen pública de dos pesos pesados de las instituciones como la presidenta del Senado, Elisabetta Casellati, y la jefa de los servicios secretos, Elisabetta Belloni. Propuso ambos perfiles sin tener apoyos suficientes y bajo la solitaria premisa de que eran “mujeres”. Hizo un flaco favor a la igualdad de género en las instituciones con su frágil argumentación y expuso, sin darse cuenta, la división que existe en el seno de la coalición de derechas (Forza Italia, Liga y Hermanos de Italia), que sale echa trizas de esta contienda.

Giorgia Meloni, líder de Hermanos de Italia, no oculta ya su lejanía con las decisiones tomadas por Salvini. Mattarella, que suponía la continuidad y alejar las elecciones anticipadas que buscaba en esta jugada la heredera del partido posfascista Movimiento Social Italiano, era la única opción que no quería. Tampoco en sus filas se disimula ya el desprecio por la valía política del líder de la Liga en las grandes ocasiones. “No está a la altura. Siempre que cree que puede ser decisivo, como pasó en agosto de 2019 en el Papeete, la caga”, dice sin contemplaciones un histórico miembro de Hermanos de Italia. La división es total.

Mario Draghi, el otro gran nombre de esta larga contienda, logra conservar sin apenas rasguños su currículo de superhombre de las instituciones. Pero después de un año en el que su reinado ha salido indemne a los habituales manchurrones del Parlamento italiano, ha comprobado que la política salpica. Y también que necesitará tejer alianzas, estrategias y bajar de vez en cuando de la torre de marfil que le otorgaron en su país cuando se consagró como salvador del euro. Cueste lo que cueste, como el diría. Al menos si quiere seguir optando a ser el jefe de Estado dentro de dos años, cuando las elecciones de 2023 aclaren el escenario.

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Mattarella se consagragrá hoy como uno de los mejores presidentes de la historia de la República. Su segundo mandato no es un juego de palacio, sino una voluntad popular y parlamentaria insólita en las refiegas italianas. Solo Giovanni Gronchi en 1955 surgió de una ola de apoyo parlamentario similar. Fue un candidato disidente que votaron algunos de los miembros Democracia Cristiana contra la línea oficial del partido. Y poco a poco todos fueron uniéndose. “Vino impuesto desde abajo. Y lo importante es que el Parlamento ahora ha encontrado el camino”, insiste Ceccanti.

La situación desde entonces ha cambiado enormemente y revela un problema endémico. En la llamada Primera República, cuando los partidos eran fuertes, solían ser los presidentes quienes querían repetir en el cargo, pero las formaciones se lo impedían para no entregarles demasiado poder. Hoy sucede justo lo contrario: los presidentes como Mattarella solo quieren marcharse a su casa de Palermo a descansar, pero los partidos son incapaces de reemplazarles y tienen que frenar al camión de la mudanza.

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La votación para elegir al presidente de la República de Italia ha mostrado en su sexta votación lo mejor y lo peor de la política italiana. El viernes 28 de enero hubo traiciones en el seno de los partidos y una enorme irresponsabilidad institucional, que lastimó la imagen de grandes cargos como la presidenta del Senado, Elisabetta Casellati, arrojada egoístamente por Salvini a la hoguera de una votación para la que no tenía apoyos. Pero también, como sucede casi siempre, se logró mantener abierta la puerta de una negociación in extremis, que permita salvar los muebles en un momento profundamente delicado para Italia. Aunque sea volviendo a la casilla de salida de este proceso y destapando una carta: pedir a Sergio Mattarella que repita en el cargo, optar por el primer ministro, Mario Draghi, o elegir a la jefa de los servicios secretos, Elisabetta Belloni.

La repetición del actual jefe de Estado al frente del cargo, apoyada ayer por una votación masiva (336 votos) en la que la derecha se abstuvo, sería una tabla de salvación para todos. Es la única carta que permite poner el contador a cero. Nadie saldría demasiado trasquilado y se aplazaría así la decisión hasta dentro de, al menos, dos años. Sería ya cuando haya un nuevo Ejecutivo, tras unas elecciones legislativas, fijadas para 2023. Y el propio Draghi, con algunos rasguños, podría volver a tener posibilidades de ocupar esa plaza. El entorno de Mattarella ha hecho saber estos días que no tiene ninguna intención de repetir y que no ha tenido ningún contacto con los partidos. Pero también ha admitido en otras ocasiones que si la situación en Italia fuera crítica, no tendría más remedio que aceptar. Al menos, tal y como hizo su predecesor, Giorgio Napolitano, hasta que se celebrasen las próximas elecciones legislativas y el Parlamento estuviera en condiciones de crear una mayoría más nítida.

La otra opción, con una producción mucho más complicada, es la de Draghi. El actual primer ministro no ha ocultado su interés estos días por convertirse en el nuevo jefe del estado. Ayer se reunió con Matteo Salvini, líder de la Liga, y conversó con los otros líderes. Su elección, sin embargo, implica tener un plan listo para sustituirle y conformar un nuevo Ejecutivo que preservase la unidad del último año para avanzar en las reformas que necesita Italia y afrontar los proyectos para los que el país recibirá más de 200.000 millones de euros de la UE. El problema es que el propio Draghi estaría implicado en ese proceso de remodelación ministerial, retorciendo algunas páginas de la Constitución y convirtiendo por unas horas a Italia en una república presidencialista.

Las otras posibilidades que se barajaban ayer, aunque de un perfil y peso mucho menor, eran la del expresidente de la Cámara de Diputados Pier Ferdinando Casini; y, sobre todo, la de la actual jefa de los servicios secretos, Elisabetta Belloni. Esta última, diplomática de gran experiencia y capaz de generar un amplio consenso, era la preferida a última hora de ayer por la derecha. De hecho, el propio Salvini dijo que estaba trabajando para que la persona elegida fuera “una mujer”, sin referirse directamente a ella.

La votación del 28 de enero (la quinta) fue un drama para Salvini, que había propuesto a Casellati, la presidenta del Senado. La política de Forza Italia es por jerarquía institucional también la segunda figura del Estado, algo que aconsejaría no quemarla en una votación perdida de antemano. Pero Salvini se empeñó en una idea divisiva (la izquierda ni siquiera votó) y el resultado que obtuvo, más allá de liquidar esa candidatura, mostró las grietas que hay en la coalición de centroderecha, que ni siquiera logró apoyar unida a Casellati (obtuvo 382 votos de los alrededor de 450 que conforman los parlamentarios de Forza Italia, Hermanos de Italia y la Liga). Es decir, unos 70 parlamentarios de los suyos —incluso de Forza Italia, su propio partido— ni siquiera la votaron.

No es la primera vez que Salvini sobreestima sus habilidades. En agosto de 2019, con un mojito en la mano en un chiringuito de playa, provocó una crisis de gobierno que liquidó todas sus posibilidades de ser primer ministro y de continuar dentro del Ejecutivo del que era vicepresidente. Mucho menos poderoso que entonces, ha intentado en esta elección del presidente de la República convertirse en un líder fiable, aglutinar a toda la coalición y erigirse en el kingmaker de la votación. El problema es que ha logrado solo convertir la Cámara de Diputados en una versión invernal de aquel chiringuito, llamado Papeete, dividiendo a la coalición y entregando al bloque progresista la delantera en la fase definitiva de la votación.

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Salvini sale vivo de esta partida solo porque su partido no funciona como la mayoría y nadie pedirá ahora su cabeza. Pero una parte importante de su formación, la de los empresarios del norte, quería desde el comienzo a Draghi en el palacio del Quirinal, y el líder de la Liga desoyó ese insistente coro. Le pasarán la factura. También una gran parte de las filas de la resquebrajada coalición de centroderecha, que cada vez más reconocen en Giorgia Meloni, líder de Hermanos de Italia, a la única capaz de tomar decisiones políticas inteligentes.

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El bloqueo al término de la cuarta jornada de votación para elegir al nuevo presidente de la República de Italia es total. No hay un nombre claro y cada vez que se intenta reunir algo de consenso en torno a alguna figura, termina quemada en los pasillos del Parlamento o en la propia votación. El jueves le tocó al expresidente de la cámara de Diputados, Pier Ferdinando Casini, que entró como Papa al cónclave, y volvió a salir como cardenal. El Parlamento insiste en votar al actual presidente Sergio Mattarella, que por cuarto día consecutivo y en un escrutinio estéril volvió a ser el nombre con más apoyos (166 papeletas). Él y Draghi siguen siendo los candidatos con mayores posibilidades, pero la jornada del viernes podría ser decisiva y consagrar a alguno de los tapados. El límite que los partidos se autoimponen con la boca pequeña es que la decisión no se postergue más allá del sábado.

El actual jefe del Estado ha dicho de todas las maneras que no quiere repetir. Pero su entorno siempre admitió que si la situación fuera crítica, podría pensarlo. La prima de riesgo sigue subiendo diariamente y la sensación de bloqueo vuelve a adueñarse del clima político italiano. Mattarella permitiría mantener la insólita estabilidad de la que ha disfrutado Italia en el último año. “Es una señal que debe tenerse en consideración. No es ninguna casualidad”, señala un relevante diputado del Movimiento 5 Estrellas. “Es el nombre en el que terminará todo si Draghi no logra ofrecer un proyecto de Ejecutivo convincente para marcharse al Quirinal”, insiste un colega suyo del Partido Democrático.

Draghi sigue siendo la figura con mayor prestigio, neutralidad y capacidad para el papel de Presidente de la República. No lo niega nadie. Pero el primer ministro debe ofrecer antes una solución para el Ejecutivo que preside, empezando por el nombre de su sustituto en caso de que él se mudase al Palacio del Quirinal. Un movimiento que debe contentar a todos los partidos de la mayoría de Gobierno, pero muy complicado con tan poco tiempo. Por no decir de lo adecuado que podría ser que lo hiciera ya con un pie en la jefatura del Estado.

Una parte del Parlamento y de las siempre endiabladas corrientes de las formaciones, además, se resiste a aceptar que Draghi, un hombre solo sin estructura de partido, sea el destino inevitable del Palacio del Quirinal. Hasta ahora, el primer ministro ha funcionado políticamente como el principio de la gravedad: su peso y currículum lo colocaban donde le correspondía realmente. Pero ahora el banquero está completamente a merced de los partidos y necesitará trabajar algo sus apoyos. Algo que, de algún modo, pudo ya verse en la jornada del jueves.

Uno de los principales opositores a la idea de que Draghi termine en el Quirinal ha sido Silvio Berlusconi, que se encuentra estos días ingresado en el hospital San Raffaele de Milan. Il Cavaliere renunció a postularse, pero dejó escrito su epitafio político: Draghi debe terminar la legislatura como primer ministro. Ayer, después de varios intentos fallidos por parte del equipo del expresidente del BCE por contactarle, descolgó el teléfono desde su habitación del hospital. La llamada fue oficialmente para desearle una pronta recuperación. Pero podría haber contribuido a desbloquear la situación. Si Berlusconi cambiase de idea, Draghi lo tendría mucho más fácil.

La derecha sigue muy dividida. Salvini intenta erigirse en el líder de la coalición, pero Giorgia Meloni desconfía y ya ni siquiera vería con malos ojos elegir a Draghi. El jueves, para evitar escenificar de nuevo esa fractura tal y como había sucedido el día anterior, se obligó a los parlamentarios de derecha y extrema derecha a la abstención y no al voto en blanco, que durante el resto de jornadas se convirtió en un territorio abonado para los llamados francotiradores (aquellos que no respetan las órdenes de partido). De este modo puede controlarse el sentido de su voto ―el presidente de la Cámara de Diputados les llama por su nombre y deben decir públicamente que se abstienen― y se llega a la jornada decisiva del viernes (quinta votación) algo más cohesionados.

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El viernes, más allá de la posibilidad del intento por impulsar a Draghi, se podrían destapar otras cartas como la de la actual jefa de los Servicios Secretos italianos, Elisabetta Belloni. Diplomática de carrera, conoce las instituciones ―también su parte menos visible, ese es el problema para algunos ― y es una persona de gran confianza de Draghi. De hecho, se hablaba también de ella como posible Secretaria de la Presidencia de la República si el ex jefe del BCE terminaba cambiando de oficina. Un nuevo nombre que, de nuevo, conduce otra vez hasta el actual primer ministro.

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La zona Cesarini es un término acuñado en los años 30 en Italia para referirse al tiempo de descuento de un partido de fútbol y a los goles anotados in extremis en ese lapso temporal. Con el tiempo, sin embargo, convirtió también en una metáfora de tantas cosas que se logran en Italia en el último minuto, especialmente de una negociación política: la elección del presidente de la República suele ser una de ellas.

Excepto Carlo Azeglio Ciampi (1999-2006), el modelo que ahora se invoca para promover a Mario Draghi (también fue banquero y primer ministro y presidente casi sin solución de continuidad), el resto de jefes de Estado como Sergio Mattarella, Giorgio Napolitano o Oscar Luigi Scalfaro (16ª votación), cuajaron después de muchos intentos. Y en esta ocasión, de nuevo, parece que se superarán las tres primeras votaciones antes de que el quórum necesario descienda hasta la mayoría absoluta del escrutinio del jueves, cuando podría empezar a aclararse la partida. El miércoles se producirá una reunión crucial entre los bloques de derecha y el de izquierda.

El martes la votación volvió a arrojar un gran número de papeletas en blanco (525), tal y como los principales partidos pidieron a sus parlamentarios, y un número considerable de apoyos para el juez Paolo Maddalena (40) y para el actual presidente de la República, Sergio Mattarella (39). Pero fue, sobre todo, el día en que la coalición de derecha (Forza Italia, Hermanos de Italia y Liga) puso tres nombres sobre la mesa: la exalcladesa de Milán Letizia Moratti, el filósofo y expresidente del Senado Marcello Pera y el exjuez del Tribunal Constitucional, Carlo Nordio. Los ultraderechistas Matteo Salvini, líder de la Liga, y Giorgia Meloni, jefa de Hermanos de Italia, los presentaron como sus bazas para competir con un histórico agravio de la derecha, que no ha sido capaz de imponer a ningún candidato de su área ideológica en el Quirinal en los últimos 30 años. Pero eran, en realidad, algo más parecido a un farol para llegar a un acuerdo que todavía pasa irremediablemente por explorar en profundidad la vía de Draghi o destapar alguna carta que pueda complacer al espectro progresista.

Las posiciones oficiales son variadas. El bloque de centroizquierda, por cortesía institucional, ha dicho que valorará los nombres propuestos por la derecha. Pero ya avanzó que no los considera oportunos y prefiere reunirse con la coalición que lidera Salvini para consensuar una propuesta unitaria. “Tenemos que encerrarnos y tirar la llave. Pan y agua hasta encontrar el nombre”, propuso Enrico Letta, líder del Partido Democrático.

Muchos, sin embargo, siguen queriendo preservar el nombre de Draghi. Incluso en las filas del Movimiento 5 Estrellas (M5S), temerosos de que una elección del presidente del BCE pueda dar al traste con la legislatura y con las aspiraciones de muchos parlamentarios de llegar a septiembre para asegurar una retribución especial, se aceptaba ayer la realidad. “El país necesita a alguien de máximo prestigio y que el Gobierno pueda seguir con sus reformas. ¿Draghi? Coincide con ese perfil, sí”, relata al teléfono un diputado napolitano del M5S.

Las negociaciones para trasladar a Draghi al Palacio del Quirinal, sin embargo, no registraron avances ayer y, por momentos, parecían liquidadas. Especialmente porque corren en paralelo a la necesidad de buscarle remplazo y construir un nuevo Ejecutivo de unidad. Y es ahí donde cabe buscar sentido a los nombres propuestos por la derecha -especialmente por Salvini, que intenta convertirse en el king maker de esta batalla- con la única finalidad de seguir negociando y ganando tiempo. Hasta ahora, todavía lejos de la zona Cesarini, el país puede permitirse el lujo de seguir jugando a votar nombres como el del mítico portero de la Juventus y de la Nazionale, Dino Zoff (a quien casi nunca, por cierto, marcaron durante esos fatídicos minutos). A partir del jueves, cuando el quórum descienda y los números sean más fáciles de cuadrar sin una gran mayoría de apoyos, llegarán las prisas por cerrar el partido.

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Luis Fernando Muriel y Paula Rentería.

El futbolista se pronunció luego de que su expareja lo demandara supuestamente por incumplimiento de la cuota de manutención.

Noticias Colombia.

Luis Fernando Muriel, delantero del Atalanta de Bérgamo del Calcio Italiano, se pronunció en sus redes sociales luego de que su expareja sentimental y madre de sus tres hijas anunciara una demanda en contra del jugador por un supuesto cinumplimento de la cuota de manutención.

Según se conoció, Muriel y Rentería llegaron a un acuerdo mensual de $30.000.000 de pesos, sin embargo, la exesposa del jugador reclama que los últimos pagos han sido de alrededor de 26 millones.

Vea: Muriel paga $30 millones mensuales a su expareja, ahora lo demandó por la mitad de su sueldo: más de $3000 millones
Muriel
Luis Muriel y su expareja Paula Rentería.

Sin embargo, ante la supuesta situación Rentería decidió instaurar una demanda en donde el jugador de la Selección Colombia no solo pague esos 30 millones, sino, para que ahora el pago sea la mitad del sueldo que se gana Muriel, es decir en pesos colombianos, más de 3 mil millones de pesos.

Él gana 1.8 millones de euros, al cambio de pesos colombiano eso superaría los 3000 millones, al menos 327 millones de pesos mensuales.

Respuesta de Muriel

Ante estas supuestas pretenciones, el delantero fue enfático en señalar que no ha inclumplido en ningún momento con su deber como padre.

Lea: Tasharem, la bella guajira que contrajo matrimonio con el goleador Luis Fernando Muriel

«Quiero aclarar que en ningún momento he incumplido con mis obligaciones para con mis hijas, por lo tanto no existe ningún proceso en mi contra por incumplimiento de la cuota alimentaria, el único proceso que está en curso es el de un aumento de la cuota alimentaria, ya que a esta persona no lo es suficiente lo pactado y requiere de cifras astronómicas», dijo Muriel en su cuenta de Instagram.

Sobre las aspiraciones económicas de Rentería, el comunicado hecho por su abogado, indica que la cifra que pide su expareja para la manutención de sus tres hijas «es astronómica».

«No le bastan 30 millones para el bienestar exclusivo de las hijas del señor Muriel…y ahora pretende un incremento de 327 millones», señala el comunicado.

«Asimila al deportista como un cajero electrónico que satisfaga sus necesidades», agrega la misiva.

Por último, el representante de Muriel en este caso manifestó que este pleito continuará ne los estrados judiciales y no en redes sociales.

Foto de portada: @minutocolombia

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El gran teatro para la elección del presidente de la República de Italia se dio por inaugurado este lunes a las 15.00 con los primeros parlamentarios depositando su voto en la cámara de diputados. La mayoría lo hizo en blanco, como ordenaron los partidos, para poder ganar algo de tiempo en una complicada negociación que deberá resolver el nombre del nuevo inquilino del Quirinal. Pero, probablemente, también el del nuevo primer ministro. La elección de Mario Draghi, que ayer se reunió con Matteo Salvini para tratar este asunto, obliga a pensar también en alguien que le sustituya en el Palacio Chigi, sede del Gobierno. Un doble cambio de guardia que nunca antes había sucedido en la historia de la República y que está obligando a los partidos a negociar a contrarreloj. Ayer hubo fumata negra en este gran cónclave laico. Y nadie espera que pueda ser blanca, como mínimo, antes del jueves.

La tarde del lunes votaron 1.008 parlamentarios que fueron desfilando por orden alfabético -senadores vitalicios, senadores, diputados y representantes regionales- por las urnas colocadas en el centro del Palacio de Montecitorio. Lo hicieron en turnos de 50, debido a las normas anticovid. Y algunos tuvieron que hacerlo incluso desde el aparcamiento trasero porque se encontraban en cuarentena o positivos por dicho virus.

El grupo mixto votó al exjuez constitucional Paolo Maddalena, que obtuvo 36 votos. Pero la orden, para casi todos los partidos, era votar en blanco (672 votos, los mismos que hacían falta para el quórum de las tres primeras votaciones). O hacerlo con uno de esos nombres irrelevantes que no entorpecen las negociaciones: los llamados candidatos de bandera. Ayer, en ese espíritu de ironía que sostiene a Italia en los peores momentos, salieron en el recuento el viejo líder de la Liga, Umberto Bossi, Amadeus (el presentador del festival de San Remo), Bruno Vespa (presentador de uno de los programas de más audiencia de la RAI) o Claudio Lotito (presidente de la Lazio). En anteriores elecciones se han visto escritos en las papeletas nombres como el del gestor futbolístico Luciano Moggi (condenado por corrupción), del entrenador Carlo Ancelotti, del actor porno Rocco Siffredi o Diego Armando Maradona.

No estaba para bromas, en cambio, la senadora e histórica líder del Partido Radical Emma Bonino, una de las primeras en depositar su papeleta. La política abogó por la permanencia de Draghi como primer ministro para terminar el proceso de reformas en el que ha embarcado a Italia. “Hay que recordar que en 2024 se elegirá a nuevo presidente de la Comisión Europea”, señaló en referencia al que podría ser un puesto más apropiado para el expresidente del BCE.

El primer síntoma del pequeño avance de Draghi lo aportó ayer la reunión que mantuvieron por la mañana el líder de la Liga, Matteo Salvini, y el propio primer ministro. Ninguno de los dos quiso filtrar el contenido del encuentro, pero era evidente que se negociaba ya abiertamente sobre la posibilidad de que el primer ministro diera el salto al Quirinal. “Draghi ha entendido al fin que necesitará negociar abiertamente con los partidos si quiere llegar al Quirinal. Esto no sucede por ciencia infusa. Aunque quizá sea demasiado tarde y todo conduzca irremediablemente a un Mattarella bis”, señala un diputado del Partido Democrático (PD) justo después de depositar su voto. Draghi es un hombre solo sin estructura de partido que empuja su candidatura. Y no solo deberá hacerlo ahora, sino también presentar una propuesta de Ejecutivo que puedan aceptar todos aquellos que deben votarle.

Salvini busca Interior

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Salvini, por otro lado, quiere asegurarse un gobierno donde la Liga pueda estar cómoda, hablar del nombre del futuro primer ministro y, sobre todo, intentar hacerse con el ministerio del Interior para el año que quedaría antes de las elecciones. Además, considera que sus posibilidades de llegar a ser primer ministro algún día sin asustar a Bruselas y a otras potencias internacionales -que ya torpedearon su intento de hacer caer el Gobierno en agosto de 2019- pasa por tener un apoyo como el que podría ahora ganarse con su favor a Draghi.

El problema, además de que Silvio Berlusconi -que se retiró el pasado domingo de la carrera para la jefatura de Estado- ya ha dicho que no le apoyará. Y habrá que ver cuál es el encaje que tendrán esas peticiones de ministerios concretos con el resto de fuerzas políticas. Especialmente con el PD, que no podrá aceptar que en año electoral el ministerio del Interior vuelva a convertirse en un altavoz xenófobo al servicio de la posición antiinmigración de Salvini. El líder de la Liga fue ayer el perno entorno al que giró toda la maquinaria.

Salvini se reunió por la tarde con Enrico Letta, líder del PD. Un encuentro clave definido por ambos en un comunicado conjunto como “cordial” y que ha significado la apertura de un diálogo que continuará el martes. Algo más tarde, el líder de la Liga se reunió también con el ex primer ministro y líder del Movimiento 5 Estrellas, Giuseppe Conte. Una manera de tomar la iniciativa en unas negociaciones que necesitarán por fuerza la alianza entre viejos adversarios. “Estamos trabajando para presentar una lista de hombres y mujeres de alto perfil en la que esperamos que no haya vetos”, señaló al final de la jornada Salvini.

El bloque de la derecha, formado por la conservadora Forza Italia y los ultraderechistas Liga y Hermanos de Italia, tiene mayor representatividad parlamentaria, pero cuentan con 454 electores, por lo que a pesar de todo necesitan las papeletas de otros partidos. En la cuarta vuelta, donde bastará con las de la mitad más uno delos electores, necesitarán sumar a unos 50 de otros partidos o del grupo mixto para llegar la meta de los 505. El bloque de la izquierda, formado por el Partido Demócrata (PD), Libres e Iguales y el populista Movimiento 5 Estrellas (M5S), parte con 405 electores.

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Italia se adentra hoy en la ceremonia institucional más importante de la República para elegir a la persona que sustituirá al actual jefe de Estado, Sergio Mattarella. El elegido, con un mandato de siete años y que saldrá de una votación diaria que solo concluirá cuando se alcance el quórum necesario, deberá pilotar desde el Palacio del Quirinal un periodo crucial de la historia de Italia: consolidar las enormes reformas puestas en marcha por el actual primer ministro, Mario Draghi, e impulsar con los fondos de recuperación europeos —más de 200.000 millones de euros— la modernización de un país cuyo reloj se detuvo hace más de tres décadas.

La batalla para nombrar al nuevo presidente —no hay candidatos oficiales, todo se cocina a través de llamadas— es la más complicada que se recuerda en décadas. El principal candidato, Mario Draghi, sería a todas luces una figura notable para el puesto. Pero su elección dejaría vacante el asiento de primer ministro. Un vacío casi imposible de sustituir con algún nombre capaz de mantener al Gobierno de unidad actual. Si Draghi va al Quirinal, las elecciones anticipadas estarán cada vez más cerca. Pero si no va, las turbulencias y el malhumor en determinados grupos de poder que podría generar invitan a pensar en una situación similar. Hasta el momento, ninguno de los nombres que los partidos han puesto sobre la mesa convence o permite pensar en una salida al entuerto. Por eso, crecen las voces que defienden implorar al actual jefe de Estado que alargue un tiempo su mandato para permitir así a Draghi terminar el suyo y ser elegido para el cargo tras las siguientes elecciones legislativas.

Un cónclave político. Las votaciones para elegir al nuevo presidente de la República comienzan hoy a las tres de la tarde. La ceremonia es una de las más espectaculares de las instituciones italianas, porque reúne a todos los parlamentarios, senadores vitalicios y representantes regionales en la Cámara de Diputados. Todos bajo unas reglas que permiten alargar ad infinitum las votaciones para llegar a un acuerdo y en las que el quórum necesario desciende a medida que se avanza infructuosamente en la elección del candidato. En las tres primeras se necesitan dos tercios: es decir, 673 sobre 1.008 parlamentarios. A partir de la cuarta, sirve solo la mitad más uno. Normalmente, es ahí cuando empiezan a aparecer los candidatos a tener en consideración. Antes, suelen lanzarse los llamados aspirantes de bandera, que sirven para ganar tiempo mientras las negociaciones avanzan paralelamente en algún salón privado.

El nombre del elegido no suele sonar en los primeros escrutinios. Francesco Cossiga, ministro del Interior durante el secuestro de Aldo Moro y primer ministro de 1979 a 1980, es uno de los dos casos que contradicen esa norma no escrita (752 votos de los 977 votantes). El otro es Carlo Azeglio Ciampi (1999-2006), el modelo que ahora se invoca para promover a Draghi: fue banquero y fue primer ministro y presidente casi sin solución de continuidad. El resto, como Mattarella, Giorgio Napolitano u Oscar Luigi Scalfaro (16ª votación), cuajaron después de muchos intentos. Esta circunstancia hace que los partidos tomen las primeras votaciones como una partida de póker y propongan nombres extravagantes.

El Papa de Italia. Mario Draghi es el perfil ideal para la presidencia de la República. Su prestigio internacional, su aparente neutralidad política y su edad (74 años) le convierten en una apuesta segura. Nadie tiene ninguna duda de que sería el mejor candidato —no se ha postulado, pero preguntado por periodistas no ha desmentido su interés—. Otra cosa es que convenga a determinados partidos o que su elección pueda desencadenar una situación demasiado explosiva para Italia. El principal problema de Draghi es el propio Draghi. Nunca en la historia de Italia un primer ministro ha pasado directamente a la Presidencia de la República. Y el sistema no parece todavía preparado para hacerlo.

Si el expresidente del Banco Central Europeo resultase elegido, cosa que entra en sus profundos deseos, quedaría vacante la presidencia del Consejo de Ministros en un momento crítico para el país. Draghi debe dejar lista una sucesión que convenza a todos los partidos que ahora conforman el Ejecutivo de Unidad (todos menos Hermanos de Italia). Y no es algo fácil. Al primer ministro le gustaría un perfil como el de Daniele Franco (actual ministro de Economía) o el de Vittorio Colao (ministro de Innovación Tecnológica). Pero en los partidos consideran que podrían convertirse en hombres de paja de Draghi en el Gobierno.

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Si Draghi se convirtiera en presidente de la República, la sombra de las elecciones anticipadas comenzarían a ser un hecho bastante tangible. Sin embargo, cada vez cunde más la idea de que si no lo lograse, tampoco estaría garantizada la legislatura. Los próximos meses serán complicados. Es posible que algunos partidos decidan salir del Ejecutivo de mayoría para marcar un perfil propio y comenzar la guerra de trincheras. En ese escenario, nadie cree que Draghi tenga interés en continuar en el Palacio Chigi. Así que el dilema es fácil: conservar el valor que aporta Draghi a las instituciones llevándolo al Quirinal o apostar por una quema prematura como primer ministro.

Berlusconi, un paso al lado para dictar la línea. Silvio Berlusconi, tres veces primer ministro de Italia, dueño de Mediaset y uno de los hombres más ricos de Europa, prometió a su madre antes de morir que un día sería presidente de la República. Y puede decirse que Il Cavaliere lo ha intentado por tierra, mar y con una insólita y surrealista campaña electoral. El problema es que ni siquiera los suyos creían que un hombre con procesos pendientes, condenado en firme por fraude fiscal y con un historial de escándalos y mala gestión política fuera el indicado para ocupar el puesto de guía moral de Italia. El sábado por la tarde renunció. Pero murió matando y anunció que no apoyará a Draghi. Algo que complica todavía más la partida.

Berlusconi quiere ahora ser el king maker de la partida y no aceptará cualquier nombre que propongan sus socios de la coalición de derecha. Il Cavaliere considera —con razón— que la mayoría de exponentes de esa órbita han sido criaturas políticas de su cosecha o, directamente, becarios suyos. De modo que el dueño de Mediaset podría insistir en un nombre que esté fuera del radar solo para que su orgullo salga lo menos dañado posible de esta contienda.

Mattarella o que todo siga igual. El presidente Mattarella mostró unas fotografías el sábado por la tarde de su despacho lleno de cajas de cartón con sus cosas. Su mandato expira el 3 de febrero —si no hubiera un relevo en esa fecha, ejercería provisionalmente la presidenta del Senado— y ha empezado ya a realizar la mudanza. No quiere repetir. Sin embargo, su entorno ya dijo desde el principio que si la situación fuese crítica, la prima de riesgo se disparase —en los últimos días ha comenzado a subir—, podría pensárselo.

Esta fue la jugada que sucedió con su predecesor, Giorgio Napolitano. Y es lo que muchos parlamentarios empiezan a pedir en voz alta para asegurar que la legislatura continúe al menos hasta septiembre, cuando se aseguran el cobro de la pensión. Mattarella, en un escenario de caos, cotiza al alza estos días.

Una partida en la que Salvini puede ser decisivo

La partida para elegir al siguiente presidente de la República está más abierta que nunca. Especialmente, después de la retirada de Silvio Berlusconi, que intentará condicionar al máximo el voto de la coalición de derecha (Forza Italia, Hermanos de Italia y la Liga). Sin embargo, un dirigente podría ser decisivo para que Mario Draghi sea elegido, siempre y cuando el beneficio sea inmediato. Matteo Salvini se ha abierto en las últimas horas a elegir al actual primer ministro para suceder a Sergio Mattarella en la Jefatura de Estado. Sin embargo, necesitaría que, como mínimo, se garantizase a La Liga la titularidad del Ministerio del Interior. Una plaza que ya ocupó el propio Salvini en el primer Gobierno que presidió Giuseppe Conte y que, en año electoral, le garantizaría una exposición fabulosa.

En caso de que la opción Draghi prosperase, sin embargo, Salvini debería romper la línea dictada por Berlusconi en su retirada, cuando explicitó que el actual primer ministro debe continuar en su puesto hasta el final de la legislatura.

Los otros nombres que maneja la derecha son los de la presidenta del Senado, Maria Elisabetta Caselati, o el del expresidente de la Cámara de Diputados Pier Ferdinando Casini. Todos ellos serían difícilmente aceptables por Berlusconi.

En esta parte del partido podría ser crucial el líder de Italia Viva, Matteo Renzi. El ex primer ministro conserva todavía un nutrido grupo de diputados y senadores que podría usar en el que sería su último gran movimiento político. En las últimas horas, ha habido acercamientos con la derecha y Renzi podría tratar de buscar una salida a su delicada situación política a cambio del apoyo a alguno de los candidatos conservadores.

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Silvio Berlusconi siempre se ha vendido a sí mismo como un ganador. Pero esta vez, a los 85 años y en un intento desesperado por terminar sus días en lo más alto de las instituciones italianas, no ha tenido más remedio que aceptar la derrota. Il Cavaliere ha renunciado oficialmente a su posible candidatura para sustituir a Sergio Mattarella como presidente de la República en la elección que comenzará este lunes. El magnate lo ha intentado todo en los últimos meses, pero los números no cuadran. La presión de sus socios y la falta de apoyo entre los parlamentarios le han obligado a aceptar la realidad. Su paso al lado y, especialmente, su negativa explícita a apoyar a Mario Draghi, el principal candidato ahora mismo, abre un nuevo escenario en la complicadísima batalla para elegir al inquilino del Palacio del Quirinal durante los próximos siete años.

Il Cavaliere quería a toda costa ser el nuevo jefe de Estado. Se veía con fuerzas, creía que todavía podría seducir a un grupo suficiente de senadores y diputados para alcanzar la mayoría suficiente para ser elegido (la mitad más uno de los escaños de Senado y Cámara de Diputados). Su indisimulada candidatura -publicó anuncios en los periódicos y llamó personalmente a parlamentarios para convencerles- no convencía ni siquiera a sus socios de coalición Matteo Salvini (Liga) y Giorgia Meloni (Hermanos de Italia). Ambos consideraban a Berlusconi un personaje amortizado y demasiado divisivo para convertirlo en presidente de la República. Por no hablar de los procesos que tiene pendientes y de su largo historial en los tribunales envuelto en casos de corrupción de menores o fraude fiscal (recibió una condena en firme y una inhabilitación política).

La decisión de Berlusconi no allana el camino al principal candidato ahora mismo: Mario Draghi. Il Cavaliere firma su muerte política en un largo comunicado donde anuncia su retirada. Pero en su epitafio deja escrito también que no apoyará al actual primer ministro. La coalición de derecha (Forza Italia, Liga y Hermanos de Italia) deberá ahora consensuar un nombre que compita con el actual presidente del Consejo de Ministros. Un movimiento que complica mucho la jugada. Si las cosas se torcieran demasiado, muchos parlamentarios empiezan a abogar ya por pedir al actual presidente de la República, Sergio Mattarella, que alargue su mandato algunos años más. Un movimiento inspirado en el que ya se hizo con Giorgio Napolitano, predecesor del actual jefe de Estado.

Medidas para votar en pandemia

La votación comenzará este lunes pasadas las tres de la tarde. El Parlamento, en sesión conjunta -630 diputados, 321 senadores y 58 delegados regionales-, empezará a buscar al sucesor de Mattarella en una votación que puede alargarse indefinidamente hasta que se logre el quórum necesario. El umbral desciende a medida que se avanza infructuosamente hacia la elección del candidato. En las tres primeras se necesitan dos tercios: es decir, 673 sobre 1008 parlamentarios. A partir de la cuarta, sirve solo la mitad más uno. Es ahí donde se espera que en esta elección tan reñida pueda aparecer el nombre con posibilidades reales.

Uno de los problemas añadidos esta vez era la posible baja de parlamentarios que se encontrasen en cuarentena por la covid-19. Pero el Gobierno aprobó el pasado viernes un decreto que, como excepción, autoriza a los contagiados o a los aislados de forma preventiva a viajar a la capital en su vehículo o en su ambulancia para acudir al Parlamento y votar “el tiempo estrictamente necesario”. No podrán utilizar medios de transporte públicos, ni pasear por la calle, no podrán tener contacto con terceras personas, se les asignará un lugar en el que pernoctar y deberán usar siempre mascarilla FFP2. Y se ha dispuesto que estos electores voten en el aparcamiento del Parlamento, donde llegarán a bordo de un coche y entregarán su papeleta a dos funcionarios, que la custodiarán tras depositarla en la urna.

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El problema y la solución ante los retos de los próximos tiempos en Italia llevan el mismo nombre: Mario Draghi. El actual presidente del Consejo de Ministros no vería mal ser presidente de la República. O al menos no lo ha desmentido, como sí hizo hace siete años cuando sonó su nombre. “Soy un abuelo al servicio de la República”, deslizó cuando fue preguntado al respecto hace unas semanas. Es un nombre de prestigio, genera una importante unanimidad y reúne todas las cualidades para serlo. Es la solución a los próximos siete años en el palacio del Quirinal, cuyo presidente se elige a partir del día 24 de enero. El problema es que su nombramiento —sería la primera vez que un primer ministro pasa directamente a la presidencia de la República— dejaría vacante un puesto para el que nadie es capaz de encontrar un sustituto y podría provocar cortocircuito que terminase con elecciones anticipadas y el regreso a las clásicas turbulencias italianas. Cada vez son más las voces que piden que se quede donde está: dentro y fuera de Italia.

La legislatura no ha terminado (falta un año y medio) y quedan todavía reformas pendientes por ejecutar. También el comienzo del despliegue del Plan de Recuperación con fondos europeos —desde Bruselas se observa con muchísima atención lo que pueda hacer Italia con los más de 200.000 millones de euros asignados— y la nueva fase de la batalla contra la covid-19. El propio Draghi, que ha dado estabilidad y credibilidad internacional al país en este año, expuso algunos de esos retos en la rueda de prensa del pasado lunes. Pero nadie sabe si en dos semanas seguirá siendo el primer ministro de Italia, si caerá el Gobierno o si todo continuará exactamente como está (eso pasaría porque el actual jefe de Estado, Sergio Mattarella, aceptase a los 80 años prolongar su mandato, como piden cada vez más voces).

La incertidumbre, por primera vez en un año, es total. Llegan pequeñas señales desde el exterior y la prima de riesgo ha subido 30 puntos desde octubre. El expresidente del BCE, un maestro detectando el humor cambiante de los mercados, alega que la legislatura seguirá adelante esté o no él al frente del Ejecutivo. Pero parece complicado. Más todavía si se atiende a la necesidad de algunos socios de este Gobierno, como Matteo Salvini, de marcar un perfil propio desmarcándose de la línea unitaria de los últimos meses. Especialmente si Draghi, a quien se acudió hace un año por su enorme prestigio e imparcialidad, ya no es el aglutinador de esa mayoría.

Los parlamentarios cada vez están más convencidos de que la solución para evitar el caos —o la caída del Ejecutivo— pasa por convencer a Mattarella de alargar su mandato. “El problema fundamental es que Draghi no podrá encontrar un sustituto para terminar la legislatura tranquilamente. Si elige a un técnico como el ministro de Economía [Daniele Franco] parecerá que quiere manejarle desde el Quirinal. Y un político será difícil de aceptar por el resto de partidos. Así que votarle significaría ir a elecciones. Y los parlamentarios, cuya mayoría no repetiría tras esta legislatura, no están dispuestos a suicidarse alegremente”, apunta un veterano y experto diputado del Partido Democrático.

Mattarella ya ha dicho públicamente que no quiere repetir. Pero en su entorno se apunta desde hace meses que si la situación fuera extrema y pusiera en peligro la buena marcha del país, podría meditar alargar algún tiempo su mandato como un servicio a la República.

El último en exigir que el actual primer ministro permanezca en su puesto ha sido Silvio Berlusconi, que amenaza ahora en convertirse en un agente del caos si no se cumplen sus deseos. Il Cavaliere se ha empeñado en ser presidente de la República y absolutamente nadie en su entorno se atreve a decirle que quizá no sea buena idea. Tiene 85 años, ha pasado por varios procesos judiciales (algunos todavía en marcha) y pesa sobre su biografía una condena en firme y una inhabilitación por fraude fiscal. Al principio la mayoría lo tomó como una hipótesis extravagante que devolvía el sabor de finales del siglo XX a la política actual. Ahora, sin embargo, se ha convertido en un problema monumental para la coalición de derecha (Liga, Forza Italia y Hermanos de Italia), que corre el riesgo de desintegrarse mientras Il Cavaliere intenta a toda costa lograr los apoyos.

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Berlusconi ha activado su maquinaria y el martes se instaló en Roma para hacer campaña —es el primero en la historia de la República que lo hace de forma tan descarada— y seducir a posibles parlamentarios indecisos de otros partidos. Más allá de su nombre, la derecha no tiene ahora mismo a otro candidato claro. Él no lo permite. Pero ninguno de sus socios le quiere, incluidos muchos miembros de Forza Italia. El problema es que el tres veces primer ministro ha comenzado ya con las amenazas. Si no le proponen, romperá la coalición, aseguran en su entorno. Y si Draghi fuese finalmente el elegido, lanzó él mismo el lunes por la tarde, provocará un tsunami en el Ejecutivo de unidad sacando a los tres ministros de su partido y creando una situación de difícil equilibrio que conduciría a unas elecciones anticipadas.

En las filas de la Liga y Hermanos de Italia empiezan a perder la paciencia con el asunto. “Es un problema enorme para el centroderecha”, señala uno de los pesos pesados de la coalición. “Él está obstinado y quiere hacerlo a toda costa, pero es una idea absurda. Ahora nos chantajea con que si no se le apoya, hace saltar la coalición. Y el lunes se atrevió a extorsionar a Draghi también”, insiste este parlamentario. “Ha generado un bloqueo tremendo. Y si fuera presidente sería un problema, también para el centroderecha y para el país. Imagine la prima de riesgo… Pero por desgracia tiene posibilidades. Ahora mismo hay un Parlamento lleno de gente que no repetirá en el cargo y que está dispuesta a escuchar su propuesta”.

Los miembros de las dos Cámaras se reúnen en Montecitorio (la Cámara de Diputados) a partir del 24 de febrero. Son 950 parlamentarios a los que se añaden los senadores vitalicios. Todos bajo unas reglas que permiten alargar ad infinitum las votaciones diarias —no se sabe todavía si se votará sábado y domingo también— para llegar a un acuerdo y en las que el quórum necesario desciende a medida que se avanza infructuosamente hacia la elección del candidato. En las tres primeras se necesitan dos tercios: es decir, 673 sobre 1008 parlamentarios. A partir de la cuarta, sirve solo la mitad más uno. Ahí pueden llegar las sorpresas.

El entorno de Berlusconi cree que puede contar con los números, sobre todo si logra pescar en el grupo mixto y en las filas de los descontentos del Movimiento 5 Estrellas. Y la realidad es que la situación de bloqueo, sumado a las bajas que puede haber por covid los días de la votación, pueden beneficiarle.

Una votación amenazada por la covid

El ritual para la votación del presidente de la República es una de las ceremonias institucionales más vistosas e importantes de Italia. Los parlamentarios de las dos cámaras, sumados a los representantes regionales, desfilan por la Cámara de Diputados en una votación diaria hasta que se llega al quórum necesario —dos tercios en las tres primeras rondas y mayoría absoluta en el resto—.

La Constitución es estricta en los métodos y no permite tampoco aplazar la fecha una vez fijada por el presidente de la Cámara de Diputados. El problema es que las cifras de contagios de la covid en Italia están disparadas y se prevé que alrededor del 10% de los 1.008 parlamentarios convocados tengan que ausentarse en alguno de los días durante los que se prolongue.

Los responsables de las cámaras no han establecido de momento ninguna alternativa. En los medios se han propuesto soluciones como una suerte de hotel para positivos con derecho a voto o el sufragio telemático, pero no parece que vayan a prosperar.

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