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Boris Johnson no pierde nunca una oportunidad de meter el pie en el barro, sobre todo cuando sus zapatos están más limpios. Su actitud, resolución y comportamiento en la escena internacional durante la crisis de Ucrania había logrado, en las últimas semanas, una rara sensación de unidad nacional entre los británicos, y la convicción de que todo el escándalo de las fiestas prohibidas en Downing Street durante el confinamiento había quedado, temporalmente, atrás. Este sábado, el primer ministro provocó que emergieran de nuevo las divisiones que han marcado el día a día político del Reino Unido en los últimos ocho años, al comparar la heroica resistencia de los ucranios frente a la invasión rusa con la votación del Brexit en 2016. “Sé que el instinto de los ciudadanos de este país, como el del pueblo de Ucrania, es escoger siempre la libertad”, decía Johnson en un acto del Partido Conservador, este sábado en Blackpool. “Puedo daros un par de ejemplos. Cuando los británicos votaron mayoritariamente a favor del Brexit, no creo que respondiera ni remotamente a una hostilidad hacia los extranjeros. Era porque querían ser libres para hacer las cosas de un modo diferente y poder controlar su propio país”.

Entre los asistentes en el auditorio estaba el embajador de Ucrania ante el Reino Unido, Vadym Prystaiko, quien mantuvo la compostura ante una afirmación que logró irritar a numerosos miembros del Partido Conservador. “Si queremos derrotar a Putin, necesitamos liderazgo internacional y unidad”, reprochaba al primer ministro Tobias Ellwood, diputado conservador y presidente de la Comisión de Defensa de la Cámara de los Comunes. “Comparar la lucha del pueblo ucranio contra la tiranía de Putin con el referéndum del Brexit daña el nivel de alta política de Estado que estábamos comenzando a mostrar”, denunciaba Ellwood.

La paradoja del intento de Johnson de vincular ambas cosas reside especialmente en el hecho de que el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, no ha dejado de pedir a la UE que acepte la integración de su país en el club, precisamente para anclar de un modo más firme su vínculo con Occidente. “Aún recuerdo lo contento que se puso Putin cuando ganaron los partidarios del Brexit en el referéndum”, ha dicho Donald Tusk, quien fuera presidente del Consejo Europeo en esa época, y que ha expresado su malestar por las palabras de Johnson.

“Boris Johnson es una vergüenza nacional. Sus payasadas contrastan con el valiente liderazgo demostrado por Zelenski. Comparar a las mujeres y niños que huyen de las bombas con el referéndum es un insulto a todos los ucranios”, ha dicho Ed Davey, el líder de los liberales demócratas británicos.

Johnson quiere rescatar el espíritu del Brexit, y las supuestas oportunidades que esa decisión iba a brindar al país, para afrontar la recta final hacia las elecciones generales de 2023. La crisis energética, la escasez en la cadena de suministros y el bloqueo de la situación en Irlanda del Norte, donde partes importantes del protocolo acordado con la UE permanecen sin aplicar, han volcado un manto de desencanto y apatía en la era pos-Brexit.

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Guy Verhofstadt, el ex primer ministro belga que coordinó la respuesta al Brexit del Parlamento Europeo, ha sintetizado su opinión sobre las palabras del primer ministro británico de forma contundente: “La comparación de Johnson con la valerosa lucha de Ucrania es sencillamente una locura”, ha dicho.

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Escribió Shakespeare que “hay hombres que nacen grandes, otros alcanzan la grandeza, y a otros simplemente se les viene encima”. Boris Johnson (Nueva York, 57 años) lleva toda su vida persiguiendo la gloria política. Intentó tocarla con el Brexit, pero dejó tras de sí una estela de división ciudadana. La pandemia le arrolló, como a otros muchos dirigentes. Su momento churchilliano ha podido llegar con la invasión de Ucrania. “Nunca había visto de un modo tan nítido en política internacional la diferencia entre lo justo y lo injusto, entre el bien y el mal”, admite a los corresponsales del diario alemán Die Welt, el italiano La Repubblica y EL PAÍS, todos ellos miembros de la alianza de medios europeos LENA. Johnson y sus ministros han estado en la primera línea de respuesta al desafío de Vladímir Putin. Los servicios de inteligencia británicos anticiparon claramente las intenciones del Kremlin, y Downing Street envió mucho antes que otros países armamento ofensivo al Gobierno de Ucrania. “Putin ha decidido redoblar su apuesta, y ve que no hay forma de salir del callejón sin salida en que se encuentra más que con la destrucción y aniquilación de población inocente”, advierte el primer ministro antes de responder a las preguntas.

Pregunta. Recibió usted la llamada del presidente Zelenski esta madrugada [del jueves al viernes] y le expresó su gran preocupación por el incidente en la central nuclear de Zaporiyia. ¿Estamos más cerca de una guerra nuclear o de un incidente nuclear?

Respuesta. Creo que debemos distinguir muy claramente entre dos cosas. Toda la cuestión sobre un posible intercambio nuclear, por así decirlo, el uso de armas nucleares, es una distracción de lo que está sucediendo en Ucrania, que es, me temo, un ataque brutal y bárbaro contra personas inocentes. Y no creo que debamos dejarnos despistar por parte de la retórica que estamos escuchando. El asunto en cuestión tiene que ver con la seguridad de las centrales nucleares y los residuos nucleares. Me preocupa que trabajemos juntos para pensar en formas con las que podamos evitar un desastre así, porque como dije, creo que sería un desastre paneuropeo. Y creo que es algo que preocupa legítimamente a todos los países.

P. ¿Y cómo podemos proteger las plantas nucleares?

R. Tenemos que dejarle claro al Kremlin que un desastre nuclear civil en Ucrania, otro Chernóbil, es un desastre para Rusia y para todo el mundo. Y por lo tanto, creo que algún sistema para proteger esas plantas, algún sistema para garantizar que los niveles de radiactividad sean monitoreados por las autoridades internacionales, como la ONU y la Agencia Internacional para la Energía Atómica, sería algo extremadamente importante.

P. Su secretario de Defensa, Ben Wallace, ha dicho que Putin se ha vuelto “completamente loco” [”full tonto”, en la expresión coloquial inglesa]. ¿Está de acuerdo con esa afirmación? ¿Es esta una estrategia calculada a sangre fría o, como acaba de decir, Putin está en un callejón sin salida, y su estado mental es de nervios y desesperación?

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R. Creo que es muy difícil hacer esa lectura, abrir una ventana de su alma y tratar de imaginar lo que está pensando realmente. Recibo todo tipo de información sobre la forma en que funciona su Gobierno, su sistema, o sobre la falta de controles y equilibrios de ese sistema, o sobre la forma arbitraria en que puede tomar decisiones, y todo eso es extremadamente preocupante. Pero creo que la clave está en que claramente cometió errores de cálculo. Creo que probablemente tiene una carencia de percepción real, a pie de calle, de lo que es realmente la vida para la gente en Ucrania y de lo que la gente de Ucrania siente sobre su propio país. Es posible que no haya estado allí desde hace mucho tiempo. Era un problema de pura lógica. Porque yo sabía que los ucranios lucharían, y cualquiera que haya estado lo habría pensado por pura intuición. Tal vez ha ido perdiendo el contacto real con esta situación. Y ha cometido un error. Tiene que haber una salida, tiene que haber una solución que no implique la destrucción total, o que él continúe en este camino de destrucción total. Pero me temo que, lógicamente, es muy, muy difícil ver cuál es esa solución. Por eso he llegado a la conclusión de que debemos lograr que fracase.

P. El presidente francés, Emmanuel Macron, es el único líder que todavía está hablando con Putin. ¿Cree que esto es algo conveniente? Lo que le cuenta, ¿le preocupa?

R. Creo que la unidad de Occidente ha sido una de las cosas más importantes que han ocurrido. Antes de que comenzara la invasión, estábamos trabajando junto con Emmanuel para comprender cuáles serían las implicaciones. Es muy importante que sigamos trabajando, particularmente con los estadounidenses, para compartir presunciones y prioridades sobre el conflicto. La lección de la historia desde 1914, hasta Bosnia y más allá, es que, lamentablemente, los conflictos europeos más espantosos no se resuelven sin cierta medida de interés y liderazgo estadounidenses. Eso va a ser muy importante también en estos momentos.

P. Entonces, ¿es bueno que Macron todavía esté hablando con Putin?

R. Creo que es importante que se preserve la unidad de Occidente. Estoy seguro de que Emmanuel no se está desviando de esa posición de unidad.

Johnson atiende a los corresponsales en Downing Street
Johnson atiende a los corresponsales en Downing Street Martin U. K. Lengemann

P. Usted dijo que Putin debía fracasar. ¿Pero no debería también caer, quiero decir, perder el poder, para acabar con todo esto? ¿Cómo puede Occidente hacer que suceda? ¿Debería animar a la oposición rusa a rebelarse?

R. Hay dos cosas que debemos delimitar de modo estricto. No debemos caer en la trampa de enmarcar esto como un conflicto entre el pueblo ruso, o Rusia, y Occidente, o incluso entre Putin y la OTAN, o Putin y Occidente. No se trata de eso. Esa es una categoría en la que no debemos caer. Se trata de ayudar al pueblo ucranio a protegerse a sí mismo, a proteger sus vidas, sus familias y su independencia. Número dos: creo que es muy importante que la gente vea que este es el objetivo delimitado y completo de nuestra agenda. No hay más agenda. No podemos pensar así. Los acontecimientos en Moscú o en la política rusa son simplemente imprevisibles. De hecho, eso sería una distracción total. Permítanme ser muy claro: no se trata de intentar hacer nada para acortar la carrera política de nadie en Moscú. Por el contrario, se trata simplemente de tratar de proteger a la gente de Ucrania y brindarles la ayuda que necesitan.

P. Usted dijo en la Cámara de los Comunes que Putin es un criminal de guerra. ¿Debería Occidente aspirar a poner a este criminal de guerra ante un tribunal internacional, como Milosevic ante el Tribunal de La Haya, o los nazis en el juicio de Nuremberg?

R. Ciertamente creo que existe una estrecha analogía entre el comportamiento de Putin y los últimos años de Slobodan Milosevic. Es muy interesante que ambos líderes estuvieron en el poder durante mucho tiempo, ambos cada vez más autócratas, ambos buscando apuntalar su posición interna, y para ello fundaron una gran causa nacionalista. Slobodan Milosevic identificó el lugar de nacimiento del nacionalismo serbio, de hecho de la nación serbia, en Kosovo Polje, y convenció a su pueblo con esta idea descabellada de que necesitaba ser rescatado y liberado. Hay una especie de analogía muy estrecha entre ese error catastrófico y lo que el presidente de Rusia ha estado diciendo sobre Kiev y los orígenes de la religión, la cultura y la civilización rusas y sus objetivos en Ucrania. Pero cuando se trata del Tribunal Penal Internacional, es un asunto que le compete a ella. Tendrá que haber una recopilación de pruebas. Si hay evidencia del uso de municiones ilegales, bombas de racimo, armas de largo alcance…, esto claramente tendrá que ser trasladado a Holanda.

P. ¿Y a quién corresponde hacer eso?

R. Creo que debemos ser bastante limitados en lo que nos proponemos hacer. Porque nunca he visto en mucho tiempo una diferencia tan clara entre lo justo y lo injusto en la política internacional, o una diferencia tan clara entre el bien y el mal. En el momento en que comenzamos a introducir otro tipo de consideraciones políticas en Moscú, o cualquier consideración geoestratégica, perdemos la nitidez y el enfoque.

P. Usted descartó una zona de exclusión aérea el otro día en la frontera de Polonia con Ucrania, porque sería una confrontación directa muy peligrosa entre Occidente y Rusia. Pero, ¿cuántas muertes y brutalidades de Putin podemos permitir? ¿Cuál es la línea roja para que Occidente intervenga?

R. Si pensamos en unas pocas semanas atrás, nadie se hubiera imaginado que tantos países europeos ahora estarían haciendo lo que hizo el Reino Unido y enviando armas. No creo que nadie hubiera imaginado que el canciller alemán hiciera un discurso como el que ha hecho. Y que Alemania estuviera en la posición que ahora está. Las cosas están cambiando. Y eso se debe a la indignación y el disgusto de la gente por lo que está sucediendo en Ucrania. Lo que trato de decir es que Occidente ya ha avanzado mucho. Y está muy unido. Pero queda un larguísimo camino por delante para la idea de cualquier tipo de confrontación directa entre las fuerzas occidentales… entre las Fuerzas Armadas del Reino Unido, Italia, Alemania o España, y las fuerzas rusas. Las consecuencias de una decisión así serían muy difíciles de controlar y gestionar. No sabríamos dónde terminaría. Y los riesgos de error de cálculo son enormes. Tenemos que mantener un límite, tenemos que mantener un límite conceptual en lo que estamos haciendo. Eso no significa que no nos importe apasionadamente, o que no haremos todo lo posible dentro de los parámetros que hemos establecido para tratar de cambiar las probabilidades a favor de las víctimas. Y lo haremos. Pero creo que no hay ningún país occidental, que yo sepa, que actualmente esté considerando enviar combatientes a ese teatro del conflicto. Esa es la realidad. No está en la agenda.

P. Así que una zona de exclusión aérea sigue siendo una idea…

R. El problema con la zona de exclusión aérea es precisamente ese. Lógicamente, implica el derribo de aviones rusos. Y, de nuevo, estaríamos atrapados en una lógica de confrontación.

P. La crisis de Ucrania, en cierto sentido, ha reparado muchas heridas y muchas relaciones rotas entre el Reino Unido y la Unión Europea. ¿Diría usted eso? Sobre todo, después de todo lo que pasó a partir del Brexit…

R. Creo que lo que hacen todas las crisis es revelar las verdaderas relaciones. A veces, si una familia atraviesa un gran trauma, la verdadera fuerza del afecto entre los miembros de la familia y la forma en que trabajan juntos puede volver a revelarse repentinamente. Y creo que eso es probablemente lo que está sucediendo ahora.

P. ¿Debería el Reino Unido aumentar la cooperación en proyectos militares con la UE, como han anunciado EE UU, Canadá o Noruega?

R. Las últimas semanas han demostrado que la OTAN es más fuerte que nunca y más relevante que nunca. Putin no solo calculó mal con respecto al pueblo de Ucrania, sino que calculó mal al pensar que iba a debilitar a la OTAN al invadir Ucrania. La está fortaleciendo. El gasto en defensa está aumentando. Y la OTAN es el formato para eso, porque tiene una estructura de comando y las tropas del Reino Unido pueden colocarse bajo su mando. El Reino Unido no desea explorar una alternativa a algo que ya existe, que funciona, que tiene líneas claras.

"Nunca en política internacional he visto tan claramente la diferencia entre el bien y el mal", ha asegurado el primer ministro británico
«Nunca en política internacional he visto tan claramente la diferencia entre el bien y el mal», ha asegurado el primer ministro británicoMartin U. K. Lengemann

P. ¿Cree que todos los países de la UE deberían dejar de comprar gas y petróleo a Rusia?

R. Eso sí que es increíblemente difícil. Y es importante que nosotros en el Reino Unido no parezca que sermoneamos a países que claramente tienen una dependencia masiva de los hidrocarburos rusos. No es solo en Alemania o Italia. Todos los países europeos tienen cierta dependencia. Nosotros también les compramos algo, pero es mucho menos de lo que solíamos. Creo que necesitamos una estrategia colectiva en Europa y en Occidente. Una estrategia para diversificar esta dependencia. Y creo que escuchando al canciller alemán está claro que está de acuerdo con eso. Y creo que habrá un programa. Y habrá un calendario. Pero no será fácil. Hay otras fuentes energéticas, en América del Norte y Canadá. En el Golfo. Hay maneras de hacer esto. Y hay formas en las que podemos trabajar juntos para producir más energías renovables. No es fácil, y para nuestros votantes será difícil.

P. Su Gobierno ha anunciado ya duras medidas contra entidades y oligarcas rusos, pero Roman Abramóvich sigue conservando su patrimonio. ¿Por qué no actúan contra él como ha exigido la oposición laborista?

R. Nadie quiere vivir en un país donde el Gobierno pueda quitarte la casa sin acumular indicios sólidos en tu contra y sin el proceso debido. No tiene sentido lanzarse a por alguien para darse de bruces con un batallón de abogados. Así que tenemos que hacerlo bien. Y estamos tratando de no hacer esto solo contra un individuo. Una de las medidas principales del paquete legal que vamos a aprobar el próximo lunes es que podremos utilizar las disposiciones aprobadas en la UE contra los oligarcas para detenerlos aquí también.

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El Gobierno de Boris Johnson ha ampliado los criterios de acogida a los ciudadanos ucranios que huyen de la guerra en su país, pero su oferta sigue estando muy por detrás de la realizada por la UE, que ha permitido a todos los refugiados una estancia de hasta tres años sin necesidad de solicitar visado. La ministra británica del Interior, Priti Patel, ha anunciado este martes planes de reunificación familiar que, en teoría, podrían suponer la recepción de hasta 200.000 ucranios. Frente al esquema anunciado el pasado domingo, que solo contemplaba a los “familiares directos” (esposos o esposas, parejas de hecho con al menos dos años de convivencia, hijos menores de dieciocho años, o adultos que necesiten cuidados especiales), el Gobierno de Johnson ha acabado cediendo a parte de las críticas y ampliado el criterio, para incluir a padres, abuelos, hijos mayores de edad y hasta hermanos de los ciudadanos ucranios residentes en el Reino Unido.

Aun así, Patel se ha resistido a la petición de muchas organizaciones de ayuda al refugiado y hasta de diputados de su propio partido de eliminar completamente los trámites de visado y de solicitud de asilo. La ministra ha señalado el temor del Gobierno británico a que los “extremistas sobre el terreno” que hay en Ucrania acaben infiltrándose entre los refugiados, después del historial de violencia de algunos agentes rusos en territorio británico. “Sabemos muy bien todo lo que la Rusia de [Vladímir] Putin es capaz de hacer, incluso en nuestro propio terreno, como vimos con los atentados de Salisbury”, ha dicho Patel. En 2018, dos miembros de las fuerzas especiales rusas intentaron asesinar, con el agente nervioso Novichok, a Serguéi Skripal y a su hija Yulia. El exmilitar ruso y agente doble residía entonces en territorio británico. “No podemos suspender los controles de seguridad o biométricos de todos aquellos a los que damos la bienvenida a nuestro país”, ha advertido la ministra.

Downing Street permitirá a los ucranios que lleguen al Reino Unido por la vía de reagrupamiento familiar una estancia de hasta un año, en la que podrán acceder al mercado laboral y disfrutar de beneficios públicos y sociales. Además, el Gobierno agilizará una ruta de patrocinio para que organizaciones caritativas o empresas pueden solicitar visados para ciudadanos procedentes de Ucrania.

“Estamos viendo a la gente huir de su país, y debemos hacer lo que históricamente hemos hecho siempre, que no es otra cosa que darles todo el apoyo que necesiten. Lo que están pidiendo es una simple ruta hacia un santuario de refugio, y no creo que el Ministerio del Interior haya ido todo lo lejos que podía ir en este asunto”, ha protestado el líder del Partido Laborista, Keir Starmer. La oposición, sin embargo, no ha ido tan lejos como pedir una política de puertas completamente abiertas, consciente de las sensibilidades que ha desatado en el país durante los últimos años la cuestión de los refugiados.

Muy diferente de la actitud mostrada por cuatro decenas de diputados conservadores, que escribieron a finales de la semana pasada una carta al primer ministro en la que le pedían que siguiese el ejemplo de Bruselas: “No es simplemente una crisis migratoria. Es una crisis bélica. No deberíamos conformarnos con la respuesta habitual, necesitamos un apoyo urgente y sincero al pueblo de Ucrania. El Reino Unido no puede flaquear, y su mensaje debe ser muy claro: las víctimas de la guerra que buscan refugio son bienvenidas”, decía la carta. De hecho, según una encuesta exprés realizada por YouGov, dos terceras partes de los británicos respaldan sin ambages la puesta en marcha de un plan de acogida de refugiados ucranios.

“Como medida temporal, pedimos al Gobierno que permita viajar hasta aquí a los ciudadanos ucranios sin necesidad de solicitar un visado”, ha reclamado el director de Cruz Roja del Reino Unido, Mike Adamson. “No hay problema en seguir haciendo controles de seguridad a la gente que llega al país, pero la medida estaría mucho más en consonancia con la estrategia adoptada por la UE”. De hecho, el Gobierno francés ha reclamado a Londres que relaje sus normas de entrada para los ucranios que huyen de la guerra. Según el diario Le Parisien, que cita a un asesor presidencial de Emmanuel Macron, la resistencia británica está reteniendo a muchos refugiados en el norte de Francia. “Hemos señalado a las autoridades británicas las dificultades que están provocando tanto la falta de información como la naturaleza excesivamente restrictiva de su sistema [de visados]”, ha dicho el asesor.

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El conflicto ha causado ya cerca de un millón de desplazados internos, según ha estimado este martes la agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR), y al menos otras 660.000 han abandonado en pocos días el país. El Gobierno de Johnson ha anunciado, además de sus planes de acogida de refugiados, que destinará más de 260 millones de euros a ayuda humanitaria y de emergencia para Ucrania.

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La ministra británica del Interior, Priti Patel, el pasado 6 de octubre en Mánchester.
La ministra británica del Interior, Priti Patel, el pasado 6 de octubre en Mánchester.OLI SCARFF (AFP)

La ministra británica del Interior, Priti Patel, ha anunciado este jueves la cancelación inmediata del programa de Visados para Inversores Nivel 1, conocidos en la práctica como los visados de oro, que facilitaban la residencia y nacionalidad británica (en pocos años, en el caso de esta última) de aquellos multimillonarios que invirtieran dos millones de libras (unos 2,4 millones de euros, al cambio actual) en bonos del Estado o acciones de empresas cotizadas en la Bolsa de Londres. La medida, implantada por el Gobierno laborista en 2008 para hacer frente a la crisis financiera, acabó siendo un coladero de dinero procedente de la mafia rusa.

El tono cada vez más elevado del primer ministro británico, Boris Johnson, contra el Gobierno del presidente ruso, Vladimir Putin, y su constante advertencia de duras sanciones económicas si el Kremlin se decide a invadir Ucrania chocaban con la cruda constatación de que Londres lleva años siendo territorio libre para muchos oligarcas. No solo eso, sino que informes elaborados por la propia Cámara de los Comunes han denunciado el modo en que el capital ruso se ha infiltrado en la política y las empresas del Reino Unido. Downing Street ha impulsado desde el inicio de la crisis en Ucrania una serie de medidas y anuncios para convencer a su principal aliado, la Administración del presidente estadounidense, Joe Biden, de que se toma en serio la lucha contra el blanqueamiento de capital de origen dudoso o directamente criminal.

“Tengo tolerancia cero para los abusos de nuestro sistema de inmigración. Bajo mi nuevo plan, quiero asegurar que los ciudadanos británicos tengan plena confianza en el sistema, y eso incluye evitar que élites corruptas amenacen nuestra seguridad nacional y muevan dinero sucio por nuestras ciudades”, ha dicho Patel. Hasta marzo de 2020, el Gobierno británico había concedido visados de este tipo a 2.581 ciudadanos rusos. El anterior Gobierno conservador de Theresa May ya se comprometió a revisar al menos 600 de esos visados, ante la creciente sospecha de abusos del sistema. La Comisión de Seguridad e Inteligencia del Parlamento británico, en un demoledor informe de 2020 sobre la penetración rusa en los ámbitos de poder político y económico del Reino Unido, reclamó un “planteamiento más firme” a la hora de conceder estos visados. Desde 2015 se exige tener cuenta bancaria en el Reino Unido a los solicitantes de visado, y se realiza un chequeo de su historial económico, pero en el llamado “periodo ciego” —entre 2008 y 2015— el Gobierno se limitaba a que realizaran sus propios controles las empresas que recibían la inversión. Las empresas, a su vez, consideraban un sello de legitimidad el visado concedido. Los unos por los otros, se hizo la vista gorda a la llegada de ingentes cantidades de dinero dudoso. “Durante años, los conservadores han sido incapaces de erradicar la influencia del dinero ruso en el Reino Unido”, ha denunciado la portavoz laborista de Interior, Yvette Cooper, que ha exigido que se publique de una vez el informe prometido por el Gobierno sobre los errores cometidos por el sistema de Visados para Inversores Nivel 1. “Ha sido necesaria una condena internacional de nuestros fracasos para que la ministra del Interior se decida a actuar”, ha dicho Cooper.

El Gobierno de Johnson aprobó de urgencia la semana pasada legislación adicional que permite sanciones económicas personales contra el entorno de Putin y el Kremlin. La ley vigente hasta el momento exigía un vínculo directo de empresas o personas con la desestabilización de Ucrania para poder ser sancionadas. Downing Street ha iniciado ya la tramitación parlamentaria de la nueva Ley de Delitos Económicos, con la que se endurecerá la lucha contra el fraude y se impulsarán medidas para aclarar la inexplicable riqueza de muchos oligarcas afincados en el Reino Unido. El objetivo prioritario se centrará en cambiar las reglas del llamado Companies House, el registro público mercantil con sede en Cardiff (Gales), donde hasta ahora sigue siendo posible inscribir una compañía por apenas 15 euros, sin que nadie compruebe la verdadera identidad de los dueños inscritos. Johnson se comprometió el pasado martes en la Cámara de los Comunes a acelerar las nuevas medidas para “perseguir el dinero ruso que ha llegado a este país”, justo en medio de la actual crisis en Ucrania. Los trámites parlamentarios, sin embargo, son lentos. Puede que el proceso de aprobación no culmine hasta la segunda mitad de este año. Muchos diputados y grupos de presión han reclamado al Gobierno mayor celeridad. “Cualquier retroceso, particularmente en un momento como el actual, sería algo muy lamentable”, ha advertido el diputado conservador Andrew Mitchell, uno de los parlamentarios que lleva más tiempo exigiendo medidas de transparencia para acabar con el hecho de que Londres sea la capital del blanqueo de dinero.

De momento, el Gobierno de Johnson ha buscado un primer golpe de efecto con la anulación de los visados de oro, que le sirve para reforzar su credibilidad ante Washington pero también para evitar que, si la crisis de Ucrania deriva en algo grave, Londres vuelva a ser un coladero de oligarcas vinculados con el Kremlin.

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Scotland Yard tiene ya el listado de personas implicadas en las fiestas de Downing Street a las que desea interrogar. Y Boris Johnson, que asistió presuntamente a 6 de los 12 eventos investigados, está entre ellas. La Policía Metropolitana anunció a última hora del miércoles su intención de enviar cuestionarios por escrito a todos los implicados. Tendrán la categoría legal de un interrogatorio formal y los destinatarios estarán obligados a decir la verdad. Dispondrán de siete días para devolver el documento cumplimentado. En el caso de que sus respuestas no convenzan a los agentes, o de que no sean capaces de justificar su presencia en esas reuniones, se enfrentan a una multa de 200 libras (unos 237 euros, al cambio actual). La multa es una infracción menor y no se incorpora a los antecedentes penales del sancionado. Pero sí queda registrado en el historial personal del Archivo Nacional de la Policía.

Johnson no ha querido nunca dar una respuesta directa a la pregunta, pero a través de aliados anónimos ha dejado claro en varios medios que no tiene intención de dimitir si finalmente Scotland Yard le impone una o varias multas. A la vez, sin embargo, el primer ministro se ha comprometido públicamente a dar a conocer a la ciudadanía tanto el resultado final del informe de las fiestas que elabora la funcionaria Sue Gray (conocido solo en una pequeña parte, por la obligación de no interferir con la investigación policial) como cualquier sanción que reciba.

Resultará complicado, llegado el momento, defender en el Parlamento un borrón y cuenta nueva. Sobre todo porque, a pesar de los intentos de Johnson de pasar página en todo este escándalo, cada día surge alguna foto nueva o algún dato comprometedor. Este miércoles, el tabloide Daily Mirror publicaba una imagen de Johnson del 15 de diciembre de 2020. Un empleado está sentado frente a la mesa de trabajo, sobre la que hay un altavoz de los que permiten realizar llamadas de multiconferencia. También hay una botella de prosecco (vino espumoso italiano) abierta. Y una bolsa de patatas fritas. El empleado es Stuart Glassborow, vicesecretario privado de Johnson, y lleva un collar de espumillón. Detrás de él, el propio Johnson parece colocarse algo en la solapa de su chaqueta. Y un poco más atrás, se ve a otra persona con un gorro de Papá Noel.

Scotlanda Yard había descartado en un principio incluir ese evento, una especie de concurso virtual de preguntas y respuestas para el personal que trabaja en Downing Street, en su investigación, por no detectar su relevancia penal. Pero anunció a última hora del martes que iba a echar un nuevo vistazo a la foto y a revisar su decisión.

La decoración del apartamento

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La intervención de la policía en el asunto de las fiestas durante el confinamiento supuso un salto considerable en la gravedad del escándalo político y puso a Johnson contra las cuerdas. Lo mismo puede suceder ahora con otro asunto que persigue desde hace meses al primer ministro conservador: la costosa redecoración del apartamento privado del que disfrutan él y su esposa, Carrie Symonds, en el edificio de Downing Street. El equipo jurídico del Partido Laborista ha enviado ya una carta a Scotland Yard en la que señala que existen “sospechas razonables” de que el primer ministro se saltó las leyes contra la corrupción a la hora de buscar el dinero para ese lavado de cara de la residencia oficial y que las autoridades “están obligadas a actuar de oficio”. La Policía Metropolitana ha confirmado que ha recibido ya la carta y la ha sometido a consideración.

La Comisión Electoral reveló en su día un intercambio de wasap entre Johnson y David Brownlow, el multimillonario donante del Partido Conservador que puso gran parte de los casi 150.000 euros que el matrimonio Johnson destinó a rediseñar su vivienda. El primer ministro pedía en sus mensajes a Brownlow más dinero para concluir las obras. Contrataron a la diseñadora de moda entre los famosos, Lulu Lytle, quien llegó a encargar papel pintado de pared a casi 1.000 euros el rollo. Lytle fue una de las 30 personas que asistió a la fiesta cumpleaños sorpresa de Johnson, el 19 de junio de 2020. Los abogados de la oposición laborista relacionan los favores de Brownlow y su reunión, dos meses después, con el ministro de Cultura, Oliver Dowden, para que el Gobierno contribuyeran en una exposición que preparaba el empresario en el Royal Albert Hall. El equipo de comunicación de Downing Street ha negado ya oficialmente cualquier relación entre los mensajes y la reunión posterior.

Major carga contra Johnson

Ya se ha convertido en un viejo rival de Johnson, que no oculta su desprecio a las formas políticas del actual inquilino de Downing Street. Pero el ex primer ministro conservador, John Major, conserva un prestigio que dota de un peso relevante a sus críticas. “Mentir de un modo deliberado al Parlamento siempre ha sido letal para cualquier carrera política y así debería ser siempre”, ha dicho Major en una intervención en el centro de pensamiento Institute for Government (Instituto para la Gobernanza). El veterano político no ha puesto paños calientes a su acusación pública: “En Downing Street, el primer ministro y su equipo se saltaron las leyes. Se inventaron excusas descaradas y pidieron, un día tras otro, a la ciudadanía que creyera lo increíble. Se envió a los medios de comunicación a los ministros para defender lo indefendible y quedar como ingenuos o como culpables”, ha dicho Major.

No es la primera vez que el ex primer ministro expresa su desagrado hacia Johnson. Ha sido un duro crítico del Brexit y del modo en que se gestionó, y saltó al debate público para alertar de la gravedad de la decisión que adoptó su rival al cerrar unilateralmente la actividad del Parlamento para poner fin al interminable debate sobre la salida de la UE. El Tribunal Supremo acabó revirtiendo esa decisión, en una dura sentencia contra Johnson.

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Se ha convertido casi en una cuestión de pura estadística. Si la Policía Metropolitana de Londres (New Scotland Yard, como se la conoce por la dirección de su sede central) dispone de más de 300 fotos de las supuestas fiestas en Downing Street durante el confinamiento, y este es el edificio donde vive y trabaja Johnson (y de donde apenas salió durante esos meses), las probabilidades de que el primer ministro británico salga en alguna de ellas son considerables. Y la voluntad del político conservador de intentar dejar atrás esta pesadilla que ha puesto en serio riesgo su carrera se va a chocar constantemente contra un muro. El tabloide Daily Mirror ha publicado este miércoles una imagen, aparentemente capturada por un teléfono móvil, de otra fiesta en la oficina del Gabinete de Johnson.

La fotografía es del 15 de diciembre de 2020. Un empleado está sentado frente a la mesa de trabajo, sobre la que hay un altavoz de los que permiten realizar llamadas de multiconferencia. También hay una botella de prosecco (vino espumoso italiano) abierta. Y una bolsa de patatas fritas. El empleado es Stuart Glassborow, vicesecretario privado de Johnson, y lleva un collar de espumillón. Detrás de él, el propio Johnson parece colocarse algo en la solapa de su chaqueta. Y un poco más atrás, se ve a otra persona con un gorro de Papá Noel.

Aquel día, algunos trabajadores de Downing Street habían organizado un quiz show (un concurso de preguntas y respuestas) virtual. Varios equipos de hasta seis personas se habían repartido frente a los ordenadores de las distintas oficinas del edificio para participar. En aquel momento, Londres estaba en Nivel dos de restricciones sociales por la pandemia: prohibidas las reuniones en interior de miembros de hogares distintos; límite de seis personas en exteriores; trabajo desde casa siempre que sea posible.

La fiesta-concurso, que incluyó alcohol y comida y se prolongó hasta casi las diez de la noche (se sugirió por correo a los participantes que salieran por la puerta trasera de Downing Street) estaba incluida entre los 16 eventos investigados por Sue Gray, la vicescretaria permanente de la Oficina del Gabinete encargada de elaborar el informe sobre las fiestas prohibidas. Pero en el documento preliminar que presentó hace una semana indicó que Scotland Yard no había hallado indicios, ni en la reunión del 15 de marzo ni en otras tres de las analizadas, como para abrir su propia investigación policial. Sí lo hizo, en cambio, con las otras 12 fiestas.

Johnson se ha aferrado a ese dato durante su comparecencia en la sesión de control de la Cámara de los Comunes para intentar restar hierro a la pregunta que le lanzaba el diputado laborista Fabian Hamilton: “En los últimos minutos, ha surgido otra foto del primer ministro en Downing Street, rodeado de alcohol, comida y gente que viste espumillón. Parece una fiesta. ¿Tiene el primer ministro intención de referir este incidente a la policía?, porque no está entre los que investiga actualmente”, lanzaba Hamilton su cuestión retórica.

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“Su señoría está completamente equivocado”, respondía Johnson. Horas después, sin embargo, Scotland Yard anunciaba que iba a “revisar” su decisión inicial de no incorporar esa fiesta a su investigación. “Los agentes determinaron, basándose en las pruebas disponibles en ese momento, que el evento no sobrepasaba el umbral para abrir una investigación criminal. Esa valoración inicial se ha sometido ahora a revisión”, decía la Policía Metropolitana en un comunicado público.

El exasesor estrella de Johnson e ideólogo del Brexit, Dominic Cummings, que está obsesionado con derribar al primer ministro después de perder su batalla personal contra la esposa de Johnson, Carrie Symonds, y salir de modo humillante de Downing Street, echaba leña al fuego. En su cuenta de Twitter restaba valor a la foto de la discordia: “Hay muuuuuchas mejores fotos circulando por ahí fuera, incluidas algunas del apartamento privado [la residencia oficial del matrimonio Johnson]”, apuntaba Cummings.

El primer ministro británico ha hecho en los últimos días una remodelación a conciencia de su equipo de Downing Street. Ha nombrado nuevo jefe de Gabinete, nuevo director de Comunicaciones y nuevo jefe de Personal. Ha incorporado además al Gobierno a euroescépticos del ala dura del partido, como Jacob Rees-Mogg o Chris Heaton-Harris para recuperar el apoyo de esa poderosa corriente dentro de los conservadores. Y ha anunciado el fin definitivo de las restricciones sociales por la pandemia que tanto irritaban al ala más libertaria de los tories. Pero no se quita de encima la sombra de las fiestas prohibidas. Ni podrá hacerlo hasta que no se publiquen íntegramente tanto el informe final de Gray (retenido mientras investiga Scotland Yard) como las pesquisas policiales. Johnson ha vuelto a comprometerse este miércoles en el Parlamento a dar a conocer el documento de Gray en cuanto esté listo. Mientras tanto, deberá hacerse a la idea de que sigan apareciendo fotos comprometedoras.

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Boris Johnson entró en Downing Street empujado por el ala euroescéptica del Partido Conservador, que apostó por él para culminar el viaje del Brexit. En sus horas más bajas de popularidad y acorralado por el escándalo de las fiestas durante el confinamiento, el primer ministro regresa a sus aliados de primera hora para que le ayuden a permanecer en Downing Street. El Gobierno británico comunicaba este martes el nombramiento de Jacob Rees-Mogg, quien fuera presidente del European Research Group (Grupo de Investigaciones Europeas, ERG en sus siglas en inglés), como nuevo secretario de Estado para las Oportunidades del Brexit.

El nombre del departamento, recién inventado, da una idea del efecto de imagen que persigue Johnson. Al frente de esa poderosa corriente interna de opinión, el ERG, dentro del grupo parlamentario conservador, Rees-Mogg fue actor fundamental en la tarea de acoso y derribo a la ex primera ministra Theresa May, para colocar en su lugar a Johnson. No había entre ellos una relación de especial amistad, pero Rees-Mogg fue recompensado con el puesto de líder de la Cámara de los Comunes. Es un cargo similar al de secretario general de Relaciones con las Cortes del Gobierno español: la figura encargada de la coordinación entre Gobierno y grupo parlamentario para el impulso de los proyectos legislativos. En el caso británico, el puesto tiene rango ministerial y derecho a sentarse en el Cabinet Room, la sala de deliberación del Gobierno.

Más allá de su eterno traje cruzado de raya diplomática (un atuendo ya casi de especie protegida), su forzado acento inglés de clase alta o su forma displicente de sentarse a lo largo en la bancada corrida de la Cámara de los Comunes, Rees-Mogg navegaba desde 2019 hacia una plácida irrelevancia política. Hasta que durante el escándalo de las fiestas prohibidas en Downing Street, cuando muchos diputados conservadores han arremetido contra Johnson o han metido la cabeza bajo el ala, el político euroescéptico ha sido un defensor acérrimo del primer ministro.

Cuando el exlíder de los conservadores de Escocia y diputado Douglas Ross pidió públicamente la dimisión de Johnson —en el momento álgido de la crisis—, Rees-Mogg le definió como un “peso ligero” de la política que no tenía la menor relevancia. Y cuando comenzaron a acumularse las “cartas de retirada de confianza” enviadas por diputados conservadores a la dirección del grupo parlamentario, y estaba cada vez más cerca la posibilidad de una moción de censura interna contra Johnson, Rees-Mogg surgió con una peregrina tesis constitucional, según la cual, en un sistema como el británico en el que cada vez las elecciones son más personalistas y “presidencialistas”, derribar a un primer ministro supondría obligatoriamente la necesidad de convocar nuevas elecciones. Era un modo de advertir a los diputados rebeldes de que estaban poniendo en juego sus escaños, a pesar de que la idea no se sostenía por ningún sitio. En una democracia parlamentaria como la británica, el partido en el poder puede cambiar de primer ministro si retiene la mayoría necesaria de diputados. El propio Johnson sustituyó a May y permaneció casi un año en Downing Street antes de convocar los comicios generales.

Con el nombramiento de Rees-Mogg, Johnnson premia su lealtad inquebrantable, pero envía además un mensaje de complicidad a los euroescépticos. Cuando el pasado diciembre abandonó su puesto de ministro para el Brexit David Frost, el político encargado de negociar con Bruselas, el mensaje de despedida fue un mazazo considerable a Johnson. Frost, que protestaba en teoría por la rigidez de las restricciones sociales del confinamiento y por las propuestas contra el cambio climático elaboradas por el Gobierno, lanzaba en la práctica un grito de guerra y de protesta al que se adherían cada vez más euroescépticos, y que venía a decir algo así como “este no es el Brexit por el que peleamos”. “El Brexit ya es algo asegurado. El desafío que tiene ahora el Gobierno es el de hacer realidad las oportunidades que nos brinda. Ya conoces mi preocupación por la deriva actual, y confío en que avancemos rápido hacia los objetivos necesarios: hacia una economía empresarial con poca regulación e impuestos bajos”, escribió Frost en su carta de dimisión, jaleada por el ala dura de los conservadores. Se entiende así el doble guiño de Johnson, que crea un departamento “de las Oportunidades del Brexit” y pone a su frente a un euroescéptico de primera hornada como Rees-Mogg.

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Pero además, el primer ministro rescata del Ministerio de Exteriores a Christopher Heaton-Harris, que ocupaba actualmente la secretaría de Estado para Europa, y lo coloca de chief whip (látigo jefe, literalmente). Es decir, jefe del grupo parlamentario y encargado de imponer la disciplina de votación en una manada tan rebelde como es la de los diputados británicos. Heaton-Harris ocupó también en su día el puesto de presidente del ERG, como Rees-Mogg, y es un ferviente defensor del Brexit. Fue acusado de quebrar el Código Ético Ministerial al recibir en el Parlamento, en marzo de 2019, a una delegación de VOX encabezada por Iván Espinosa de los Monteros.

Johnson ha recuperado como jefe de Gabinete a un político con fama de serio y riguroso como Steve Barclay, quien ya ocupó en su día el puesto de ministro para el Brexit; y se ha vuelto a traer a Downing Street como director de Comunicación a Guto Harri, quien ya ocupó ese puesto durante la época en la que el político conservador fue alcalde de Londres. En apenas una semana, Harri ya ha cometido un primer error —o acierto, porque el efecto que provocan las extravagancias de Johnson es impredecible— al contar en una revista que se edita en idioma galés, Golwg.360, que el primer ministro le dio la bienvenida al equipo cantando el estribillo de I Will Survive (Sobreviviré) de Gloria Gaynor. “No es un completo payaso, es alguien muy entrañable… no es el personaje malvado que algunos presentan”, explicaba Harri a la revista. A las pocas horas, el titular en los medios británicos era el de que “no es un completo payaso”.

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Rara vez llega al poder el primero en levantar la daga, pero el hecho de que lo haga el ministro de Economía, el puesto con más poder en el Gobierno británico después del de primer ministro, sugiere que Boris Johnson se está acercando a sus idus de marzo. Rishi Sunak, con una aparente candidez, cuestionó públicamente el pasado jueves el comportamiento de su jefe, al ser preguntado por la presunta calumnia que Johnson lanzó a principios de la semana contra el jefe de la oposición. A Sunak se le ha unido este viernes el ministro de Sanidad, Sajid Javid, que ha elogiado a Keir Starmer.

El primer ministro había acusado a Starmer de haber evitado investigar al pedófilo Jimmy Savile durante el tiempo en que ocupó el puesto de Fiscal General del Estado. Para entender la gravedad del golpe bajo, es necesario recordar la conmoción nacional y el dolor que provocó la noticia de que el popular presentador de programas musicales de la BBC había abusado sexualmente de al menos 500 menores y mujeres. Varios diputados conservadores han tomado la decisión de reclamar abiertamente la dimisión de Johnson después de que el primer ministro se negara a rectificar sus palabras. Cuando finalmente lo hizo, el jueves pasado, su explicación fue más una excusa para justificarse a sí mismo que un perdón en toda regla a su rival político. “Entiendo que no tuvo nada que ver personalmente con la decisión (…) Me refería a su responsabilidad al frente de la organización”, intentó aclarar Johnson.

Su reticencia a dar marcha atrás debidamente provocó que Munira Mirza, la directora de Estrategia Política de Downing Street y fiel asesora de Johnson durante 14 años, abandonara el barco después de enviar una demoledora carta de dimisión a Johnson. “Eres mucho mejor hombre de lo que jamás entenderán muchos de tus detractores, y por eso resulta tan desesperadamente triste que te hayas rebajado a ti mismo al hacer una acusación tan injuriosa contra el líder de la oposición”, explicaba Mirza, frustrada porque su jefe y amigo no hubiera atendido su petición de que se disculpara como era apropiado.

Pero los dos golpes políticos más preocupantes para Johnson se los proporcionaron dos de los ministros que aspiran a sucederle y a ocupar su puesto. “Para ser honesto, yo nunca habría dicho eso, y me alegra que el primer ministro haya aclarado sus palabras”, había dicho Sunak. Poco después, el ministro de Sanidad, Sajid Javid, elogiaba públicamente el historial del laborista Starmer: “Cuando dirigió la Fiscalía hizo un buen trabajo, y merece todo nuestro respeto. Es un trabajo muy duro, merece un respeto absoluto. Y por eso el primer ministro ha salido a aclarar sus palabras”, ha dicho Javid en SkyNews. A partir de los códigos conspirativos que se han vuelto a activar en las últimas semanas en Westminster y Whitehall (como se conocen al Parlamento y a la zona donde se concentran los departamentos del Gobierno británico), mucho más importante que el elogio a las aclaraciones de Johnson es el hecho de que dos de sus ministros con mayor peso político se desmarquen públicamente de su desafortunado ataque al líder de la oposición.

La foto de la cerveza

La imposibilidad de cerrar definitivamente a principios de la semana la investigación sobre las fiestas ha provocado un continuo goteo de filtraciones que mina la credibilidad de Johnson. El informe de la funcionaria Sue Gray, a pesar de su demoledora condena a los “fallos en el liderazgo”, el “incumplimiento de los estándares éticos” y el “consumo excesivo de alcohol” en Downing Street, no pudo dar detalles sobre los 16 eventos denunciados. Doce de ellos se hallan aún bajo las pesquisas de Scotland Yard, y la policía exigió a Gray que no revelara detalles que pudieran comprometer la investigación. El Daily Mirror asegura en su edición de este sábado que en al menos una de las casi 300 fotos que han llegado a manos de los agentes encargados del caso aparece Johnson con una cerveza en la mano. Se trataría de la fiesta sorpresa del 19 de junio de 2020, en pleno confinamiento, celebrada en el Cabinet Room de Downing Street, la sala con la mesa ovalada donde se reúne el Gobierno en pleno. Fue un evento organizado por Carrie Symonds, la esposa de Johnson, que concentró a cerca de 30 personas. La foto, según el tabloide, muestra al primer ministro con una lata de Estrella Damm, la cerveza catalana, en la mano. Junto a él está el propio Sunak, aunque en su caso se limita a tomar un refresco sin alcohol.

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Más de una docena de diputados conservadores han anunciado ya públicamente su decisión de enviar una “carta de retirada de confianza” al histórico Comité 1922, que organiza oficialmente los procesos de elección de líder del Partido Conservador. El número de cartas recibidas se mantiene en secreto, pero si alcanza la cifra mágica de 54 (el 15% del grupo parlamentario), se activaría automáticamente la moción de censura interna para cuestionar el liderazgo de Johnson.

Son pocas las voces, en las últimas horas, que defienden sin matices a Johnson. Y algunas de las que lo hacen resultan casi contraproducentes para su causa. Nadine Dorries, la ministra de Cultura que entró en la última remodelación de Gobierno, se ha lanzado a defender a su jefe en los medios con un ardor que ha provocado sonrojo entre sus colegas conservadores. Su argumento: todo el escándalo de las fiestas es una conspiración con la que los partidarios de permanecer en la UE y contrarios al Brexit intentan revertir esa decisión.

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En los primeros meses de Boris Johnson en Downing Street, un reputado historiador constitucionalista británico advertía al corresponsal: “No caigas en el error de compararle con Donald Trump. Es más parecido a Ronald Reagan. Contagia un entusiasmo positivo, y es capaz de rodearse de un buen equipo en el que delega”, decía. Esa fue durante un tiempo la imagen del alcalde de Londres, de 2008 a 2016. Un político excéntrico, libertario, que se trasladaba en bicicleta por la ciudad y cuyo eclecticismo ideológico despistaba a admiradores y rivales. Y que logró aglutinar en su equipo a un grupo de fieles entre los que destacaba Munira Mirza (Oldham, Reino Unido, 43 años).

Hija de inmigrantes paquistaníes, de origen humilde y de ideas claras. Licenciada en Literatura Inglesa por la Universidad de Oxford, y en Sociología por la de Kent. Flirteó en su juventud en organizaciones marxistas, para acabar en el entorno de los centros de pensamiento conservadores de los que echan mano los equipos de gobierno tories (tory y tories (en plural) es el término con que se llama a los miembros del Partido Conservador del Reino Unido) para obtener asesores. Su desafío frente a las “guerras culturales” que lanzaba la izquierda británica; su reivindicación del individualismo más allá del estereotipo de la raza; su habilidad para generar ideas originales; y, sobre todo, su olfato “para detectar tonterías” —según ha dicho estos años su jefe— sedujeron a Johnson. “De joven, me consideraba una persona de izquierdas. Pero me di cuenta muy pronto, a partir de mis 20 años, de que si de algo estaba en contra la izquierda era de la libertad de expresión; que existía en ella una intolerancia hacia las ideas u opiniones diferentes”, afirmaba Mirza en 2018, en un debate que le enfrentó a la periodista y escritora Afua Hirsch en el Mansfield College, de Oxford.

El anuncio, a última hora de este jueves, de que la directora de Estrategia Política de Downing Street —era el puesto que ocupaba desde hace dos años Mirza— abandonaba el barco ha sido un golpe brutal para un Johnson en horas ya muy bajas. Las razones esgrimidas en su carta de dimisión tenían un demoledor poso de decepción ante la deriva de su jefe y amigo. Horas antes, le había pedido que pidiera perdón por la calumnia lanzada contra el líder de la oposición, el laborista Keir Starmer. Johnson le había acusado en la Cámara de los Comunes —a sabiendas de que no era cierto— de haber evitado la investigación contra el pedófilo Jimmy Savile cuando era Fiscal General del Estado. El caso del presentador de programas musicales de la BBC, que durante años abusó sexualmente de más de quinientos menores y mujeres, dejó una profunda huella de dolor en la ciudadanía británica. El uso por parte de Johnson de un golpe tan bajo ha indignado a numerosos diputados conservadores, e incluso ha llevado a su ministro de Economía, Rishi Sunak, a desacreditarle en público: “Yo no habría dicho algo así, y me alegro de que el primer ministro lo haya aclarado”, decía este jueves Sunak. Esa supuesta aclaración quedó lejos de una disculpa, como se encargó de reprochar Mirza con amargura a Johnson: “Eres mucho mejor hombre de lo que jamás entenderán muchos de tus detractores, y por eso resulta tan desesperadamente triste que te hayas rebajado a ti mismo al hacer una acusación tan injuriosa contra el líder de la oposición”, decía la asesora en su carta de despedida.

No hace falta colocar en un altar a Mirza, o incluso los motivos de su partida, para entender que la decisión supone una herida mortal para Johnson. Es posible que haya intuido ya el hundimiento de la nave, y que busque refugio en embarcaciones más estables. Es muy amiga de Sunak, a quien todos ven como el rival y potencial sucesor de Johnson. Su marido, Dougie Smith —quien aún se mantiene con el cargo de asesor en Downing Street— fue quien introdujo en el mundo de la política al ministro de Economía, entonces un gestor de fondos de origen familiar indio que se había enriquecido en California.

La decisión de Mirza precipitó una cadena de salidas de Downing Street. Aunque muchas de ellas eran muertes políticas anunciadas, porque formaban parte de los planes de limpieza de Johnson para salvar la cara en el escándalo de las fiestas prohibidas, el hecho de que se aceleraran al mismo tiempo que proporcionaba un golpe tan contundente la vieja aliada del primer ministro convertía el movimiento más en una deserción masiva que en una purga. Marty Reynolds, el secretario parlamentario privado de Johnson que invitó a más de 100 personas por correo electrónico a “traer su propio alcohol” a la fiesta en el jardín, fuera; Jack Doyle, el director de Comunicación incapaz de gestionar los mensajes de respuesta al escándalo del Partygate, fuera; Dan Rosenfield, el jefe de Gabinete, fuera. Y junto a ellos, de momento, Elena Narozanski, asesora de Downing Street en Política de Igualdad. No parece que vaya a ser la única, porque todo ese batallón de asesores y altos funcionarios flotantes tienden a virar de rumbo cuando huelen debilidad.

“Es una señal sin margen de duda de que el búnker se está hundiendo y de que este primer ministro tiene los días contados”, ha escrito en su cuenta de Twitter Dominic Cummings, el exasesor estrella de Johnson que ha convertido la venganza contra el primer ministro que le echó de Downing Street con cajas destempladas en la razón de su vida. “Muy pronto veremos una desbandada loca, y a miembros del Gobierno golpeándose la cabeza y preguntándose por qué no actuaron antes. Ahora es vuestra oportunidad, buscad siquiera un parpadeo de coraje moral y empujad del todo a quien está cayendo”, reclamaba Cummings.

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El goteo de diputados conservadores que han anunciado públicamente su intención de presentar la “carta de retirada de confianza” que activaría la moción de censura interna contra Johnson se eleva ya a 13. El último en hacerlo, este viernes, era el parlamentario Aaron Bell: “La quiebra de confianza que representan todos los eventos ocurridos en Downing Street [las fiestas prohibidas] y el modo en que se ha gestionado esta crisis han hecho que su posición [de Johnson] sea insostenible”, ha dicho Bell. Se necesitan 54 cartas para forzar la votación sobre el futuro del primer ministro, pero resulta muy relevante que prosiga el goteo de anuncios en una semana en la que Johnson pretendía poner freno a la hemorragia.

El equipo que rodea al primer ministro deserta sin que Downing Street haya podido anunciar nuevos reemplazos, más allá de recolocar en los puestos vacantes al personal que aún resiste. Johnson ha echado mano del mono Rafiki de la película El Rey León, según confirmaba su portavoz, para intentar transmitir ánimo este viernes a ese personal, y convencerle de que “hay cambios que son buenos”. En tiempos de desesperación, el primer ministro ha preferido recurrir a la factoría Disney que a la Ilíada, como solía hacer.

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El desesperado intento de Boris Johnson por desviar la atención del escándalo de las fiestas en Downing Street le ha jugado una mala pasada y ha causado este jueves cuatro dimisiones en su equipo por el desafortunado ataque lanzado contra el líder de la oposición. Se trata del director de Comunicación de Johnson, de una importante asesora del primer ministro, del jefe de Personal y de su principal secretario privado.

El episodio que ha motivado al menos una de estas salidas ocurrió el pasado lunes, cuando el primer ministro británico acusó en la Cámara de los Comunes a su rival, el laborista Keir Starmer, de haber renunciado a procesar al pedófilo Jimmy Savile cuando era Fiscal General del Estado. En esa época, entre 2008 y 2012, salieron a la luz hasta 500 casos de abusos sexuales a menores y mujeres por parte del conocido presentador de la BBC, que falleció en 2011 sin ser juzgado por sus crímenes. Está más que demostrado que Starmer, quien dio órdenes de que se investigara a conciencia lo sucedido, no tuvo nada que ver con la indolencia inicial con que policía y fiscales desecharon las primeras acusaciones contra Savile. Sin embargo, en las redes sociales ha corrido la consigna contra Starmer, a la que Johnson ha querido aferrarse. “El Partido Conservador es el partido de Winston Churchill. Ahora su líder repite como un loro las consignas de unos violentos fascistas”, dijo el miércoles Starmer en la Cámara de los Comunes mirando a la bancada del Gobierno. Al menos tres diputados tories anunciaron poco después su petición de dimisión al primer ministro, entre ellos el presidente de la Comisión de Defensa del Parlamento, Tobias Ellwood.

Johnson ha intentado finalmente este jueves matizar sus palabras, con una explicación que sonaba más una justificación de sus errores que una disculpa: “Entiendo que no tuvo nada que ver personalmente con esas decisiones”, ha dicho, “Me refería a su responsabilidad al frente de la organización”.

El error de Johnson no ha dejado de pasarle factura. Su ministro de Economía y potencial rival por el liderazgo del partido, Rishi Sunak, llegaba a reprochar al primer ministro sus palabras en público. “Para ser honestos, yo no lo habría dicho. Y me alegra que el primer ministro lo haya aclarado”, ha dicho Sunak.

Las primeras bajas tras las fiestas

El director de Comunicación de Downing Street, Jack Doyle, ha anunciado su dimisión este jueves por la tarde. Era una de las cabezas que, previsiblemente, iba a rodar como parte de la remodelación en profundidad de su equipo que Johnson pensaba hacer para zanjar el escándalo de las fiestas.

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Sin embargo, su cese tiene algo de más deshonroso, porque parece tapar el fiasco de la falsa acusación contra Starmer. Y porque se produce justo después de que una asesora de extrema confianza del primer ministro, que le acompaña desde su época como alcalde de Londres, haya renunciado a su puesto en protesta por la calumnia lanzada contra el líder de la oposición. “No había ninguna base razonable para afirmar algo así, y no era simplemente el toma y daca habitual en política” ha escrito en su carta de despedida Munira Mirza, hasta ahora directora de Estrategia Política en Downing Street. “Fue algo improcedente y partidista, y usó un caso horrible de abusos sexuales a menores”.

La ya exasesora exigió a Johnson que pidiera disculpas públicas. Después de escuchar sus explicaciones este jueves, no se ha dado por satisfecha y ha abandonado el barco.

Horas más tarde se conoció a que a esas bajas se sumaban otras dos: la del jefe de Personal, Dan Rosenfield, y la de su principal secretario privado, Martin Reynolds.

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El informe sobre las fiestas de Downing Street que publicó el pasado lunes la funcionaria Sue Gray ha resultado ser un campo de minas que revientan a cada paso que Boris Johnson intenta dar para escapar de este embrollo político. Aunque era un documento muy reducido en sus acusaciones, para respetar la petición expresa de la Policía Metropolitana de no hacer más que “mínimas referencias” a las fiestas que estaba investigando aún, las fechas y reuniones que señala han dado a los medios múltiples pistas comprometedoras para el primer ministro. De los 16 eventos de los que Gray recabó información, señalados con fecha y localización en su texto, doce están siendo analizados por Scotland Yard. Es decir, presentan indicios de infracción penal. Y de todos ellos, al menos en dos se ha detectado, a través de testigos, la presencia de Johnson. El diario The Guardian sitúa al primer ministro en una fiesta de despedida a un asesor político que trabaja en la actualidad en el Ministerio de Cultura y entonces lo hacía para el Gabinete del primer ministro. Fue el 14 de enero de 2021, cuando el Reino Unido apenas salía de otras Navidades canceladas y sometidas a duras medidas de restricción social, que seguían en vigor en esa fecha. Corría el prosecco (vino espumoso italiano muy popular en Inglaterra) entre el personal que asistió a la despedida, y Johnson se dejó ver allí al menos cinco minutos para soltar un discurso de despedida.

Pero la fiesta que reviste más gravedad y potencial amenaza para el político conservador es la del 13 de noviembre de 2020. Aquel día se vio salir de Downing Street a su entonces asesor estrella e ideólogo del Brexit, Dominic Cummings. Era la imagen de la derrota, al cargar una caja de cartón con sus enseres personales. Pillado él mismo en su momento cuando se saltaba el confinamiento, para llevar a su mujer e hijo a una residencia campestre fuera de Londres, la verdadera razón de su caída en desgracia fue que perdió el enfrentamiento con la esposa de Johnson, Carrie Symonds. Esa noche se oyó bullicio en el número 11 de Downing Street. Había ganas de fiesta y sonaba la música de ABBA: The winner takes it all (El ganador se lo lleva todo).

El equipo de Johnson ha sido incapaz de negar las informaciones del The Daily Telegraph, que señalan que se vio a Johnson subir al apartamento cuando sonaba aún la música. “He hablado con gente que estaba allí esa noche y escuchó la fiesta mientras yo me iba. La oficina de prensa está justo debajo del apartamento privado [de los Johnson]”, ha señalado Cummings en un chat abierto este martes en su blog personal para responder a las preguntas de los lectores. “Esto podría ser un golpe mortal para él si miente a la policía, pero acabará diciendo que no se acuerda de nada, que es su respuesta habitual cuando huele el peligro”, ha acusado Cummings a su exjefe.

Más peticiones de dimisión

“Después de mucha reflexión, he llegado a la conclusión de que el primer ministro debería dimitir”, ha escrito este martes en su cuenta de Twitter el diputado conservador Peter Aldous. El mérito o la importancia de esta nueva petición -es el noveno parlamentario tory que lo hace- reside en el hecho de que Aldous era hasta ahora un perfecto desconocido que no tenía ninguna necesidad de hacerse notar con un ataque frontal al jefe. “Soy consciente de que otros colegas no estarán de acuerdo conmigo, pero creo que es lo mejor para los intereses del país, del Gobierno y del Partido Conservador”, afirmaba Aldous.

La respuesta vacilante, ambigua, agresiva, desafiante y esquiva que ofreció Johnson el lunes en la Cámara de los Comunes provocó a aumentar la irritación de muchos diputados conservadores. Empezando por su predecesora en el cargo, Theresa May, quien arremetió contra el político conservador por saltarse las estrictas normas que su Gobierno había impuesto al resto de ciudadanos. Más de cuarenta veces, durante su comparecencia, se escudó el primer ministro en una investigación policial que aún no ha concluido y debe ser respetada para no responder a las preguntas de los diputados. Se negó a confirmar si publicaría o no el informe completo sobre las fiestas, cuando estuviera listo, o incluso a informar a los ciudadanos en el caso de que la policía le acabara imponiendo una multa por asistir a las fiestas.

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Horas después, ante la indignación de políticos y medios, el equipo de comunicación de Johnson se veía obligado a rectificar y prometer mayor transparencia. Un 63% de los británicos sigue pensando que Johnson debería dimitir, una vez publicado el informe de Gray. Y entre los ciudadanos y los medios comienza a tener relevancia un factor frente al que, hasta ahora, Johnson era inmune: el ridículo internacional. El Daily Mail resaltaba este martes, a última hora de la noche, cómo la portavoz del presidente estadounidense Biden, Jen Psaki, había hecho mofa de la tarta sorpresa del cumpleaños del primer ministro; cómo la televisión rusa le acusaba de estar “bajo los tacones de su esposa Carrie”, y cómo los periodistas que le habían acompañado a su visita relámpago a Kiev de este martes habían acabado poniendo en duda la seriedad de su esfuerzo diplomático cuando incluso hubo de cancelar horas antes una llamada telefónica con Vladímir Putin programada con antelación, porque seguía aún en la Cámara de los Comunes dando explicaciones sobre las fiestas prohibidas.

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