Isabel II, de 95 años, ha dado positivo en el test de coronavirus, una confirmación que culmina una de las semanas más turbulentas para la familia real británica en los últimos tiempos. El palacio de Buckingham confirmó este domingo el diagnóstico en un comunicado cuidadosamente redactado para contener el pánico. El texto indica no solo que la reina se encuentra bien, con síntomas “leves” propios de un catarro, sino que prevé mantener su agenda, al menos, las tareas más “ligeras”.
Conscientes de los temblores que causa cualquier información sobre la salud de la nonagenaria soberana, los mandarines palaciegos han querido transmitir, ante todo, dos mensajes: uno de transparencia, puesto que no es la primera vez que se les critica por no ser claros sobre el estado real de Isabel II; y otro de calma, muy necesario cuando el debate de la sucesión ha vuelto a primera plana ante los 70 años que la monarca cumple en el trono este 2022.
El virus había rondado estas semanas de cerca al círculo de Isabel II y había trascendido que varias personas en el castillo de Windsor, donde reside, han dado positivo. La semana pasada, su primogénito, el príncipe Carlos, anunciaba, dos días después de estar con su madre, que había contraído el virus, en su caso por segunda vez. Y el pasado lunes, su esposa, Camila Parker-Bowles, también confirmaba que estaba contagiada. La reina, que se puso la primera dosis de la vacuna en enero de 2021, había sido vista en un acto público. Pese a bromear con su reducida movilidad, tenía buen aspecto.
El respeto a la figura de Isabel II, mucho más en el año en que conmemora el 70º aniversario de su reinado, ha llevado a partidos políticos y medios de comunicación a taparse la nariz al saber que la reina pagará con parte de su patrimonio el acuerdo extrajudicial de su hijo, el príncipe Andrés, en el proceso al que se enfrentaba por abusos sexuales a una menor. El primero en señalar la cifra total del acuerdo alcanzado entre el equipo jurídico del duque de York y los abogados de la demandante, Virginia Giuffre, era el diario The Daily Telegraph, que sugería un montante de más de 14 millones de euros. Otros medios han rebajado a 12 millones la cantidad, pero hay un consenso general sobre la cifra aproximada. Y con la calculadora en la mano, resulta inconcebible que Andrés haya podido lograr de su propio bolsillo el dinero necesario para zanjar el asunto. Oficialmente, cobra 24.000 euros anuales de pensión como veterano de la Armada Real. Y el pasado enero vendió el chalet que tenía en los Alpes suizos, valorado en unos 20 millones de euros pero con una carga hipotecaria de 15 millones.
La presión del Palacio de Buckingham para que Andrés cerrara cuanto antes el asunto era muy grande. 2022 es el año del Jubileo de Platino de Isabel II. Una ocasión que se prolongará durante meses con actos y celebraciones públicas y que la casa real británica contemplaba como la estrategia perfecta para mejorar la imagen de la monarquía. La reina vive su mejor momento de popularidad, a pesar de una pandemia que la mantuvo encerrada en Windsor casi dos años. Y la ciudadanía británica ha aceptado ya la sucesión de Carlos de Inglaterra en el trono, junto a la continuidad que representa su hijo, el príncipe Guillermo. Un asunto turbio como el que suponía un juicio por abusos sexuales a una menor amenazaba con contaminar cualquier esfuerzo de relaciones públicas y estropear un año clave para consolidar la estabilidad de la institución.
Isabel II ha decidido tirar de chequera, y ha contado con la notable ayuda de la prensa conservadora, dispuesta a señalar como único culpable de esta humillación al propio Andrés. Apenas se ha escuchado alguna voz crítica ante la idea de que la Casa de Windsor pague con dinero el silencio de una víctima de abusos sexuales. “Los contribuyentes tienen el derecho a saber de dónde sale el dinero para ese acuerdo [extrajudicial], que debemos asumir que será de varios millones, si no decenas de millones de libras”, ha denunciado Graham Smith, de la minoritaria pero activa organización antimonárquica Republica. A través de internet han logrado recabar más de 3.000 firmas de ciudadanos que exigen una explicación de las cuentas. El líder de la oposición laborista, Keir Starmer, ha decidido sin embargo no hacer leña de la noticia del acuerdo, que “pone fin a un lamentable capítulo”, aunque ha pedido que no se olviden las víctimas de abusos sexuales: “Hay muchas de ellas por todo el mundo, y nunca debemos olvidar esa perspectiva”, ha dicho.
La mayoría de los lujosos gastos del hijo favorito de Isabel II proceden de los ingresos del Ducado de Lancaster. Es una entidad que concentra todos los activos de tierras, patrimonio inmobiliario urbano e inversiones financieras de la reina. Aunque a lo largo de los años ha aumentado el control público de este patrimonio, sigue proporcionando a Isabel II pingües beneficios anuales. La última cifra registrada, en marzo de 2021, era de más de 26 millones de euros. Aunque el Palacio de Buckingham no ha querido hacer ningún comentario al respecto, cualquier ayuda a Andrés, tanto para pagar las costas de su defensa jurídica como para hacer frente al pago del acuerdo extrajudicial, ha tenido que salir necesariamente de ese fondo privado de la reina.
El documento presentado ante el juez estadounidense por las partes, un principio de acuerdo que debe ser ratificado en el plazo de un mes, logra satisfacer las pretensiones del príncipe Andrés y de la demandante, Virginia Giuffre. Sin embargo, el duque de York es claramente el mayor perjudicado en el tribunal que, a todos los efectos, preocupa más al Palacio de Buckingham: el de la opinión pública. El hijo de la reina admite que Giuffre (hoy Roberts de apellido, con 38 años, casada y residente en Australia) “ha sufrido tanto como una demostrada víctima de abusos como por el resultado de los ataques públicos recibidos”, “lamenta su asociación con Epstein [el millonario pedófilo estadounidense] y celebra la valentía que ha tenido Giuffre y otras supervivientes al defenderse a sí mismas y a los demás”. Es decir, aunque evita reconocer expresamente cualquier atisbo de culpabilidad en los presuntos abusos sexuales sufridos por Giuffre, admite su condición de víctima —algo que llevaba años resistiéndose a hacer— y ofrece resarcimiento moral a la manera estadounidense: con una ingente cantidad de dinero. El importe se dividirá en tercios: una parte para la demandante, otra para cubrir la minuta de su abogado David Boies y el equipo que ha trabajado con él y otra tercera para la fundación Victims Refuse Silence (Las Víctimas Rechazan el Silencio) presidida por Giuffre, que ayuda a los supervivientes de abusos sexuales a contar su historia.
La gran ventaja de la longevidad tanto de Isabel II (95 años) como de su reinado (70 años) es que a lo largo de tanto tiempo ha podido tomar una decisión y la contraria, y acabar siempre en el lado correcto de la historia. El deseo expresado por la reina, en un comunicado del Palacio de Buckingham en la noche del sábado, de que “cuando llegue el momento, Camila sea reconocida como reina consorte” pone punto y aparte —en las cosas de la Monarquía nunca hay punto y final— a la última rémora que pesaba sobre el futuro del heredero, Carlos de Inglaterra.
Conviene incorporar algunas pistas para entender el significado de ese movimiento. La tradición británica, siempre susceptible de ser reinventada, nunca ha tenido problemas para conceder a la esposa del rey el título honorífico de reina consorte. En un sistema que sigue siendo jerárquico y patriarcal, aunque también le haya tocado evolucionar, nadie pone en cuestión dónde reside el poder en la pareja. No ocurre lo mismo cuando se trata de una reina. Por eso María de Escocia no llegó nunca a resolver el título apropiado para sus tres maridos; y Ana de Inglaterra solo concedió a su esposo, Jorge de Dinamarca, el ducado de Cumberland.
Como nunca ha dejado de ocurrir en las familias reales, el amor juega a veces como factor de crisis o como motor de cambio. La reina Victoria decidió, echando mano de su propia prerrogativa, que su adorado Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha fuera considerado príncipe consorte. Isabel II tomó el mismo camino con Felipe de Grecia, más tarde Felipe de Edimburgo. “Tuve la fortuna de contar como pareja con el príncipe Felipe, que aceptó llevar consigo el papel de consorte y cumplir sin egoísmo con los sacrificios que conllevaba”, recordaba la reina en su comunicado del sábado. Y añadía: “Es el mismo papel que vi realizar a mi madre durante el reinado de mi padre [Jorge VI]”. Pero la reina madre, Isabel Bowes-Lyon, fue precisamente eso: reina consorte.
Y ese es el título que, años después del envenenamiento que supusieron las infidelidades, puñaladas, divorcio y guerra en los medios desplegados entre Carlos de Inglaterra y Lady Di, se decidió negar oficialmente a Camila Parker Bowles. Se había convertido en la mujer más odiada del Reino Unido, en la causa principal de ruptura —en el imaginario edulcorado de los tabloides— del matrimonio más celebrado por los monárquicos. “La intención [de Carlos de Inglaterra] es que la Sra. Parker Bowles utilice el título de Princesa Consorte cuando el príncipe acceda al trono”, decía la nota oficial de Clarence House (como se conoce a la Casa de Carlos de Inglaterra) que anunció finalmente el matrimonio de Carlos y Camilla. Era a todas luces una discriminación, pero respondía a la necesidad de avanzar, ante la corte de la opinión pública, con pies de plomo.
La pareja había ido mostrándose junta y en abierto a cuentagotas en los años posteriores a la trágica muerte en París de Diana de Gales. Pero Camilla tenía por delante la complicada tarea de cambiar la percepción que de ella tenía la ciudadanía británica. La decisión de que, “cuando llegue el momento”, sea reina o princesa consorte depende exclusivamente del futuro rey, Carlos de Inglaterra. Como, contrariamente al convencimiento arraigado, Isabel II podría haber nombrado rey consorte a Felipe de Edimburgo. Pero todo ha llegado al punto en el que son la gravitas y auctoritas de una monarca tan querida y respetada como la actual las que pueden finalmente zanjar un debate que tenía difícil salida. La misma Isabel II que, con sus gestos, convirtió en paria oficial a la mujer divorciada que había arruinado el matrimonio de su hijo, es la que en los últimos años la ha ido acercando a su lado y mostrado su confianza en la duquesa de Cornualles. Todo es gradual y medido en Buckingham, como el deshielo, para que, cuando ocurra lo que tenga que ocurrir, nadie se sorprenda. Así se entiende que el año pasado Isabel II concediera a su nuera la Nobilísima Orden de la Jarretera, el honor más importante concedido por la reina. O que Camila acompañara a la monarca y a su hijo en la última ceremonia de apertura de sesiones del Parlamento Británico, uno de los momentos más solemnes y ceremoniosos del país.
Clarence House publicó el mismo domingo su respuesta oficial a las palabras de la reina: “Somos profundamente conscientes del honor que representa el deseo de mi madre”, afirmaba Carlos de Inglaterra en el comunicado. “Cuando durante este tiempo nos hemos dedicado juntos a servir y apoyar a Su Majestad y a la gente de todas sus comunidades [la Commonwealth o Comunidad de Naciones], mi querida esposa ha sido un apoyo constante”. El príncipe de Gales usa ya el plural, no mayestático sino íntimo, para definir sus planes presentes y futuros, en los que incluye sin reservas a su esposa, la duquesa de Cornualles. Quien fuera mentor y padrino de facto de Carlos de Inglaterra, su tío-abuelo Lord Mountbatten, le dijo en cierta ocasión que “en este negocio [se refería a la imagen pública de la monarquía] uno no puede permitirse ser una violeta que se marchita”.
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El heredero al trono ha aprendido con los años a conseguir —con la ayuda de profesionales de las relaciones públicas— la complicidad de los medios de comunicación. Para él y para su esposa. Los últimos perfiles dedicados a la duquesa de Cornualles por los periódicos conservadores retratan a una mujer entrañable, cálida, con un agudo sentido del humor y volcada en sus actividades filantrópicas. También revelan —lo hacía este lunes el Daily Mail— que el deseo expresado por Isabel II es en realidad la guinda de un plan que llevaba años en marcha. En la revisión que, cada cierto tiempo, se hace de los planes previstos para grandes acontecimientos, ya se contemplaba el título futuro de Camila. Cuando llegue la ceremonia de Coronación de ¿Carlos III? (el nombre con que reinará sigue siendo un misterio), el heredero ya expresó hace unos años su deseo de que su esposa también sea coronada simbólicamente como reina consorte.
Los ciudadanos británicos siguen muy firmes en su empeño de poner límites a la esposa de Carlos de Inglaterra. El último sondeo de la empresa YouGov sobre el asunto, del pasado 15 de noviembre, aún refleja que tan solo una minoría (14%) de ellos querría que tuviera el título de reina consorte. Un 42% insiste en que sea solo princesa. La celebración del Jubileo de Platino de Isabel II ha sido el momento escogido para que la reina dé un último impulso al asunto, y lo zanje, aunque sea a contracorriente de esa mayoría difusa de la opinión pública. Aunque la clave de que esta vez va en serio la desvelaba también el Daily Mail: la reina, según el tabloide, quiere regalar a su nuera la corona que lleva el diamante de Koh-i-Noor. 108 quilates. En su día, de los más grandes del mundo. Originario de Andrah Pradesh, en la India. La misma corona que llevó la esposa de Jorge VI en su coronación, en 1937. Para que quede claro que, cuando se trata de asuntos de la realeza, también un diamante es para siempre.
La historia se ha repetido hasta la saciedad, pero resulta irresistible contarla de nuevo. En la noche del 5 de febrero de 1952, la princesa Isabel, de 25 años, y su esposo, Felipe de Edimburgo, de 30, dormían sobre la copa de una gigantesca higuera en el Parque Nacional de Aberdare, en Kenia. Era la primera etapa de una larga gira de la pareja por varios de los países de la Commonwealth. “Por primera vez en la historia de la humanidad, una joven subió a un árbol como princesa y bajó al día siguiente como reina”, escribió el naturalista británico Jim Corbett, que se hospedaba por entonces en el mismo hotel. Este domingo se cumplen 70 años del reinado de Isabel II (Londres, 95 años), que accedió al trono fuera del Reino Unido, al enterarse en otro continente de la muerte de su padre, Jorge VI.
Pasaría un año hasta la coronación, en la Abadía de Westminster, por respeto al luto de un rey querido por sus compatriotas. Ni padre ni hija tenían en sus planes vitales un destino tan rígido e inalterable, pero la decisión de Eduardo VIII de abdicar, por su amor a la divorciada estadounidense Wallis Simpson, impuso sobre su hermano y su sobrina la inapelable obligación de reinar sobre los británicos. Y el sentido del deber de ambos dotó de una naturalidad casi imperceptible a la tarea. Fueron, en ese sentido, los primeros en configurar sobre la marcha lo que debe ser una Monarquía constitucional y democrática en la era moderna. Ni un desvío en la neutralidad necesaria; ni un exceso en la aburrida estabilidad de la institución. “La Reina ha cumplido a la perfección la idea de aparecer como alguien que está por encima de la política de partidos, y que no se mete en el Gobierno del país”, ha dicho la historiadora Cindy McCreery, de la Universidad de Sidney. Australia ha vivido su particular tira y afloja con la idea de seguir siendo una monarquía, pero ha acabado siempre por prevalecer el cariño de los ciudadanos hacia la soberana.
Isabel II preserva una popularidad muy superior a la del resto de miembros de la familia real británica. Un 76% de ciudadanos tienen una visión positiva de ella y de su reinado, según el tracking que mantiene desde hace años la empresa de sondeos YouGov. Lo relevante es que, según ese mismo sondo, la popularidad de la reina entre la generación milenial(de 26 a 40 años) es del 65%. Entre los Baby Boomers (de 55 a 75 años), la aprobación es del 86%.
El Reino Unido marcará como fiesta nacional el puente comprendido entre el jueves 2 de junio y el domingo 5 de ese mismo mes. Se adelantará a ese jueves el famoso Trooping The Colour, que normalmente se desarrolla el segundo sábado de junio y sirve para celebrar oficialmente el cumpleaños de la monarca (aunque su verdadera fecha de nacimiento sea el 21 de abril). 1.400 soldados, 400 músicos militares o 200 caballos desfilarán por The Mall, la gran avenida que comienza en el Palacio de Buckingham. Habrá comidas en la calle, fiestas, conciertos, celebraciones religiosas, y hasta un concurso nacional para dar con una nueva receta de pudin, el llamado Pudin del Jubileo, patrocinado por la prestigiosa casa de delicatessen, proveedora durante décadas de la casa real, Fortnum&Mason.
Isabel II, que ha cerrado en 2021 su segundo annus horribilis, con la muerte en abril de su esposo, el duque de Edimburgo; una pandemia que le ha obligado a permanecer recluida en Windsor; los quebraderos de cabeza ocasionados por su nieto, el príncipe Enrique, y su esposa, Meghan Markle; y el escándalo de su hijo, el príncipe Andrés, acusado en un tribunal estadounidense de abusos sexuales a una menor; encara el 2022 con una agenda intensa que sirva para recordar a los británicos que sigue al pie del cañón. Del mismo modo que predecesores suyos se ganaron el apelativo real, como Guillermo el Conquistador, Alfredo el Grande o Eduardo el Confesor, también la reina debería tener el suyo propio, ha sugerido el historiador de la realeza Hugo Vickers a la agencia AP. “Siempre he pensado que debería ser llamada Isabel la Inquebrantable. Sería el modo perfecto de describirla. Nunca esperó ser reina, y sin embargo abrazó ese deber sin dudarlo”, asegura Vickers.
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Ha encargado la formación de Gobiernos en su nombre, y ha compartido confidencias con 14 primeros ministros. El primero de ellos fue Winston Churchill. El último, hasta el momento, ha sido Boris Johnson, él mismo un admirador del político que condujo a Isabel II por sus primeros y complejos años como reina. Ha conocido a 13 presidentes de Estados Unidos. Y ha visto cómo se desmoronaba un Imperio, se construía una compleja asociación de naciones amigas, la Commonwealth, bajo su particular amparo, o su país entraba en la Comunidad Económica Europea con un referéndum y salía de la Unión Europea con otro.
La idea de la monarquía en el Reino Unido mantiene una solidez a prueba de bomba, pero es una firmeza un tanto isabelina, como lo fue la firmeza victoriana con una reina que se mantuvo casi 64 años en el trono de la que entonces era la nación más poderosa del mundo. Los 45 años de Isabel I son considerados por muchos historiadores la época más gloriosa de Inglaterra. Como explica el profesor Hogg, el personaje ficticio que en la primera temporada de la serie The Crown contrata la reina para ayudarle con sus lagunas históricas y culturales, nada mejor que una monarca para mantener a raya a los políticos ingleses: “Porque son ingleses, varones y de clase alta. Una buena regañina de la niñera es lo que más les gusta en la vida”, explica Hogg. 70 años después, Isabel II ha tenido que dar más de una.
Isabel II desea que Camilla Parker, segunda esposa del príncipe Carlos, lleve el título de reina tras su sucesión
Isabel II quiere que Camilla Parker, duquesa de Cornualles y segunda esposa del príncipe Carlos de Inglaterra, tenga el título de reina cuando este se convierta en rey. “Es mi sincero deseo que, cuando llegue ese momento, Camilla sea conocida como Reina Consorte”, expresó la monarca en un mensaje hecho público este sábado por el Palacio de Buckingham con motivo del 70 aniversario de su reinado. El príncipe de Gales y su esposa se mostraron “conmovidos y honrados”, según un portavoz, informa la BBC. Carlos, que estuvo casado primero con Lady Di, contrajo matrimonio con Camilla en 2005.
Downing Street, como se conoce habitualmente al edificio donde trabaja y reside el primer ministro del Reino Unido, ha enviado este viernes una disculpa formal a la reina Isabel II por las dos fiestas con alcohol y música que celebraron hasta treinta de sus empleados en las horas previas al funeral del príncipe consorte, Felipe de Edimurgo. El pasado 17 de abril, la reina se sentó sola en un banco lateral de la capilla del Castillo de Windsor, bajo una mascarilla negra que cubría parte de su rostro. Era parte de las duras restricciones sociales que todavía regían en todo el Reino Unido. El Gobierno de Boris Johnson llegó a pedir a los ciudadanos que no llevaran flores a la verja del Palacio de Buckingham o a Windsor, para evitar aglomeraciones en medio de la pandemia. Por todo eso, la revelación del diario The Daily Telegraph —muy conservador, muy defensor del Brexit. Muy partidario de Johnson. Hasta ahora— de que en las horas previas al funeral hubo otras dos fiestas prohibidas en Downing Street ha elevado varios grados la indignación popular contra el Gobierno.
“Es profundamente lamentable que esto ocurriera durante un tiempo de duelo nacional, y el número 10 de Downing Street ha pedido disculpas al Palacio [de Buckingham]”, ha asegurado un portavoz de Johnson. Ha habido llamada telefónica y comunicación oficial por escrito al personal de Isabel II, pero Downing Street no ha querido matizar si el propio Johnson ha sido el que ha transmitido las disculpas, o si piensa hacerlo el próximo martes, en su habitual despacho semanal con la monarca.
“Todo esto demuestra el modo tan grave en que Boris Johnson ha degradado la Oficina del Primer Ministro”, ha dicho en un comunicado público Keir Starmer, el líder de la oposición laborista. Después de ir tan lejos esta semana como para pedir públicamente la dimisión de su rival, durante su enfrentamiento del pasado miércoles en la Cámara de los Comunes, Starmer quiere mantener a toda costa la presión sobre Johnson. “Los conservadores han defraudado al Reino Unido. Una disculpa no es únicamente lo que el primer ministro debería ofrecer al Palacio de Buckingham. Johnson debe hacer lo único decente que puede hacer: dimitir”, ha reiterado el político laborista.
En esta ocasión, según ha revelado el diario The Daily Telegraph, Johnson no estuvo presente en ninguna de las dos fiestas. Se encontraba en esos momentos en Chequers, la residencia de descanso oficial del primer ministro británico. Pero fue una vez más bajo su jurisdicción y mandato que el personal de Downing Street se saltó las normas que se imponían con rigor al resto del país. Las reuniones en interior de personas de distintos domicilios seguían entonces prohibidas.
Ambos eventos se convocaron para despedir a dos trabajadores. Uno de los que se marchaba era James Slack, hasta entonces director de Comunicación del primer ministro. Una herencia de la era de su predecesora, Theresa May. El otro era uno de los fotógrafos oficiales de Johnson. Corrió el alcohol en abundancia, según han narrado al Telegraph algunos testigos. Hubo risas y bailes. La juerga se prolongó hasta la madrugada. Unos comenzaron en las oficinas y acabaron en el jardín. Otros, en el sótano de Downing Street, donde incluso un portátil a todo volumen proporcionó la música. Alguien fue incluso al supermercado cercano con un maletín vacío que llenó de botellas de vino. Al final, las cerca de 30 personas que sumaban las dos fiestas acabaron juntas en el jardín.
Slack ha publicado este mismo viernes sus propias disculpas por todo lo sucedido: “Quiero pedir perdón sin reservas por toda la rabia y dolor causados. Este evento no debería haber tenido lugar en el momento en que ocurrió. Estoy profundamente arrepentido y asumo completamente la responsabilidad”, ha asegurado el exasesor de comunicación.
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La vicesecretaria permanente de la Oficina del Gabinete de Johnson, Sue Gray, debe concluir en pocos días su investigación interna sobre las fiestas prohibidas celebradas en dependencias gubernamentales, incluida aquella en la que Johnson ha admitido su presencia. Se suman ahora a sus pesquisas dos fiestas más. Y puede que la pesadilla del primer ministro no acabe aquí. En un país acostumbrado a regar en alcohol el final de cada jornada laboral, el amplio jardín de Downing Street era la excusa perfecta para convertir en fiesta las largas reuniones de trabajo, con la conciencia tranquila. Así lo vieron muchos de los participantes en ese momento, sin comprender que alteraban profundamente las normas que se exigían severamente al resto del país. Una regla para ellos, otra para el resto. Cada nueva información sobre los desmanes de Downing Street durante el confinamiento hunde más por los suelos la popularidad de Johnson y acerca la posibilidad de una rebelión entre los diputados conservadores que ponga fin a su liderazgo y a su carrera como primer ministro.
En el año en que todo comienza a estar dispuesto para la celebración del Jubileo de Platino de Isabel II, que conmemora sus siete décadas de reinado, el Palacio de Buckingham ha cortado por lo sano con el príncipe Andrés (Londres, 61 años), para evitar que su juicio por abuso sexual a una menor contamine la imagen de la familia real. “Con la aprobación y consentimiento de la reina, los títulos militares y los patronatos reales que posee el duque de York serán devueltos a la reina. El duque de York seguirá sin asumir tareas de representación pública y defenderá su caso [ante los tribunales estadounidenses] como un ciudadano privado”, dice un escueto comunicado de Buckingham.
En 2019, después de una desastrosa entrevista con la BBC en la que quiso intentar desvincularse de todas las fechorías de su amigo Jeffrey Epstein, el millonario pedófilo estadounidense, la reina decidió ya alejar de las tareas públicas a Andrés. Desde entonces, el duque se ha mantenido en un discreto segundo plano. Retenía, sin embargo, sus títulos honoríficos de pertenencia a ocho regimientos británicos, incluido el de la Guardia de Granaderos. El duque llegó a ser calificado por la prensa británica como “héroe de las Malvinas” por su participación, como piloto de helicóptero, en el conflicto que enfrentó al Reino Unido con Argentina.
Varios militares de alta graduación habían exigido en los últimos días que Andrés fuera despojado de sus títulos, para preservar el buen nombre de los distintos cuerpos. Hasta 152 veteranos habían publicado este mismo jueves una carta abierta a la reina en la que pedían que se adoptara la solución que finalmente se ha anunciado. “Le solicitamos que adopte medidas inmediatas para despojar al príncipe Andrés de todos sus rangos militares y títulos, y, si resulta necesario, que sea despedido con deshonor”, reclamaba un texto de extrema dureza, dirigido a la persona que ostenta el mando supremo de las Fuerzas Armadas del Reino Unido. “Si se tratara de otro oficial militar, resultaría inconcebible que a estas alturas siguiera en su puesto”, afirmaban en la carta.
Tribunales
El príncipe Andrés deberá ahora someterse a los tribunales estadounidenses, en el caso que le enfrenta a Virginia Giuffre. La mujer acusa al hijo de Isabel II de haber abusado de ella hasta en tres ocasiones cuando era una menor de 17 años. Fueron Epstein y su novia, cómplice y amiga del duque de York, Ghislaine Maxwell (París, 60 años), quienes, según la acusación, organizaron los tres encuentros en Londres, Nueva York y una isla privada que el financiero estadounidense tenía en el Caribe. Maxwell, hija del todopoderoso magnate de la prensa británica Robert Maxwell, fue declarada culpable de cinco delitos de tráfico sexual de menores y perjurio por un jurado popular de Manhattan el pasado 29 de diciembre. Fue ella, quien mantenía una estrecha amistad con Andrés de su época universitaria, quien puso en contacto al millonario y al duque. Hasta en dos ocasiones se dejaron ver Epstein y Maxwell en dependencias de la casa real británica, invitados por Andrés. Acudieron a una cacería en el castillo de Balmoral, y a una ceremonia oficial en Windsor. Maxwell se enfrenta a una condena de prisión que podría alcanzar los 65 años.
El juez Lewis Kaplan decidió esta semana rechazar el último intento del equipo jurídico del príncipe para que la demanda por abusos sexuales presentada en su contra fuera sobreseída. Los abogados del que siempre ha sido considerado el hijo favorito de Isabel II se aferraron a un acuerdo extrajudicial firmado en 2009 por Epstein y Giuffre, en el que acordaban salvaguardar de futuras demandas a otros “potenciales acusados”. La mujer ―que hoy tiene 38 años, está casada y reside en Australia― recibió una compensación de medio millón de dólares. El magistrado expresó abiertamente sus reservas, durante la vista previa para dilucidar este asunto, de que dicha cláusula pudiera amparar al príncipe Andrés. Y en cualquier caso, aclaró, el único que podría haber explicado la finalidad de esas reservas era el propio Epstein, quien se suicidó en una celda policial en agosto de 2019, cuando tenía ya 66 años y estaba pendiente de un proceso judicial por delitos sexuales contra menores.
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La reina, y sobre todo las dos personas más preocupadas en estos momentos por preservar el futuro de la monarquía británica ―el heredero Carlos de Inglaterra, y el segundo en la línea de sucesión, su hijo Guillermo― han puesto cada vez más distancia con Andrés. Todo se ha acelerado en las últimas semanas, cuando ha quedado claro que deberá enfrentar los tribunales estadounidenses por un asunto de extrema sensibilidad. La muerte de Epstein y la condena de Maxwell han eliminado cualquier dique de contención que pudiera proteger a Andrés, quien aparece ahora como la última pieza a abatir.
Virginia Giuffre, frente al tribunal en Nueva York, en 2019Bebeto Matthews (AP)
Giuffre es una más de las 30 mujeres que alzaron la voz para denunciar la red de “esclavas sexuales” que Epstein y Maxwell controlaban, para disfrute del primero, pero también de sus amigos y relaciones. El abogado que representa a la mujer es David Boies, quien logró por primera vez, en representación del Gobierno estadunidense, condenar a la todopoderosa Microsoft de Bill Gates por un caso de competencia desleal y monopolio. Fue también Boies el hombre al que acudió Al Gore, exvicepresidente de EEUU, para intentar defender su victoria en unas elecciones presidenciales, en el año 2000, que le acabó arrebatando el republicano George W. Bush. Boies es un lince para los pequeños detalles de cada caso, y pretende cuestionar hasta las afirmaciones más frívolas que haya pronunciado Andrés, si le sirven para impulsar su caso. Como por ejemplo, la excusa que dio en la ya infame entrevista a la BBC para negar que hubiera bailado nunca con Giuffre en el londinense club Tramp. La mujer recordó, en sus propias declaraciones a la cadena pública británica y ante los tribunales, que Andrés sudaba a chorros en medio de la pista de baile. El hijo de Isabel II explicó a la periodista Emily Maitlis, en noviembre de 2019, que sus horas de combate en la Guerra de las Malvinas, bajo fuego enemigo, provocaron un exceso de adrenalina que frenó en seco su sudoración. El equipo jurídico de Boies quiere incluso un examen médico del acusado para comprobar esa excusa.
El Palacio de Buckingham ha dejado claro definitivamente que no quiere saber nada de un proceso que amenaza con resultar más turbio cada día que pase. Por eso la mención especial, en el comunicado, a que Andrés se defenderá “a título de ciudadano privado”. El hijo de la reina ha vendido el chalet que posee en los Alpes suizos, valorado en casi veinte millones de euros, para hacer frente a los previsibles costes de su batalla judicial. La reina, según aseguran varios medios británicos, ha expresado su rotundo rechazo a contribuir con una sola libra a la defensa de Andrés. Y el entorno del duque de York no descarta que también él acabe negociando su propio acuerdo extrajudicial con Giuffre, una práctica habitual en los litigios estadounidenses, que la prensa británica y de todo el mundo interpretaría como una admisión de culpabilidad. Lo que menos necesita la Casa de Windsor en el momento en que aspira a celebrar setenta años de estabilidad monárquica.