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La Policía Metropolitana de Londres, conocida como New Scotland Yard, ha seguido investigando el escandalo de las fiestas en Downing Street durante el confinamiento, mientras el Gobierno de Boris Johnson, la oposición y los medios de todo el país concentraban su atención en la invasión de Ucrania y daban prácticamente por amortizado un asunto que, apenas hace dos meses, había colocado la losa final en la carrera política del primer ministro. Pero este martes, los responsables de la investigación han anunciado que ya tienen listas para su entrega las 20 primeras multas a personal del número 10 de Downing Street y del 70 de Whitehall (donde reside la Oficina del Gabinete del primer ministro) que habrían quebrado las normas de distanciamiento social. La policía asumió la competencia indagadora sobre doce de todos los eventos celebrados en sede gubernamental durante la pandemia. Más de cien cuestionarios, con la obligación formal de ser cumplimentados e incluso la posibilidad de hacerlo con ayuda de abogado, fueron enviados a las personas que aparecían en los centenares de fotos, correos y documentos que manejaban los investigadores. Entre los destinatarios de esos cuestionarios/interrogatorios se encontraban el mismo Johnson, su ministro de Economía, Rishi Sunak, o el secretario del Gabinete (y número uno del cuerpo de altos funcionarios), Simon Case. De hecho, Case fue el responsable de llevar a cabo una investigación interna sobre el escándalo, que tuvo que abandonar en manos de su segunda, Sue Gray, cuando se supo que él mismo había participado en una de las fiestas.

Downing Street ya se ha apresurado a señalar que Johnson no se encuentra entre los primeros multados, pero nada indica que no pueda finalmente recibir su propias sanción, porque el consenso general anticipa que Scotland Yard apenas ha comenzado a entregar las primeras penalizaciones administrativas. No son sanciones penales, y por tanto no se incorporan a los antecedentes policiales del sancionado. Scotland Yard ni siquiera ha dado los nombres de los multados, y la ley no les obliga a comunicar la sanción a sus superiores. En el caso de Johnson, sin embargo, existe un compromiso explícito por parte del propio primer ministro y de su equipo de Downing Street de hacer pública la sanción, si finalmente recibe una. Sin embargo, el Gobierno británico sigue sin admitir que se haya incumplido la ley en sede pública, ni mucho menos que el primer ministro haya podido engañar deliberadamente al Parlamento y esté obligado a dimitir. “El primer ministro ya ha pedido disculpas por todas aquellas cosas que no se hicieron bien, por el modo en que se gestionó todo este asunto y por todos los errores que se cometieron”, ha dicho un portavoz del Ejecutivo.

“Es una vergüenza que, mientras el resto del país cumplía con las normas, el Gobierno de Johnson actuaba como si las reglas de la pandemia no hubieran sido escritas también para ellos”, ha dicho este martes la número dos del Partido Laborista, Angela Rayner, quien de nuevo ha vuelto a exigir la dimisión del primer ministro. A su petición se ha sumado la de Ed Davey, líder de los liberales demócratas: “Si Johnson cree que puede escabullirse de las consecuencias del partygate, se equivoca. Todos sabemos quién fue el responsable”, ha dicho.

A pesar de la cascada de diputados conservadores que se sumaron a las peticiones de dimisión en el momento más delicado de todo el escándalo, y del número de ellos que llegaron a enviar “cartas de retirada de confianza” a la dirección del grupo parlamentario, para forzar una moción de censura interna contra Johnson, la situación en el partido ha cambiado drásticamente. La guerra de Ucrania, la necesidad de mostrar unidad y respaldo al Gobierno, y el hecho cierto de que el primer ministro ha sabido estar a la altura de las circunstancias, ha calmado los ánimos levantiscos de muchos diputados. Eso no quiere decir que Johnson se haya escapado de la soga, porque sería difícil de justificar una multa por las fiestas prohibidas. Sería la confirmación de que el primer ministro incumplió la ley y mintió al Parlamento y hay muchos críticos latentes en el seno de su partido que estarían dispuestos a volver a la carga.

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Hasta el último momento la Policía Metropolitana de Londres (la Met, o New Scotland Yard, como se conoce su sede) se había resistido a entrar en el escándalo de las fiestas prohibidas en Downing Street durante el confinamiento. En parte por la excusa de mantener la regla de no investigar infracciones en la pandemia de modo retrospectivo. En parte por esperar a las conclusiones de Sue Gray, la alta funcionaria que ha tomado las riendas de la investigación interna. Pero sobre todo, por el tremendo impacto político que tendría revestir de sospecha criminal una crisis política de tal magnitud. Hasta este martes. La directora de la policía, Cressida Dick, ha confirmado ante la asamblea municipal de Londres que su departamento investiga ya varias de las fiestas que tuvieron lugar en la sede del Gobierno. “Puedo confirmar que la Met investiga en estos momentos varios eventos que ocurrieron en Downing Street y Whitehall [como se conoce al complejo donde se concentran los principales ministerios, antiguo Palacio de Whitehall] en los últimos dos años, en relación con la posible violación de las reglas de distanciamiento social para combatir la covid-19″, ha dicho la comisaria.

La decisión, que incrementa notablemente la presión sobre Johnson, ha sido una combinación de la información compartida entre Sue Gray, la vicesecretaria permanente de la Oficina del Gabinete que conduce las pesquisas internas, y la propia Cressida Dick. Esta última, presionada en los últimos días por la oposición laborista por su pasividad ante el escándalo, ha valorado además “las opiniones de sus propios agentes” para dar un paso tan delicado, según ha explicado.

Todo ocurre durante una semana crítica para el primer ministro. A la espera del informe de Gray, que todos daban por sentado que sería antes del viernes, aunque no tenga una fecha oficial de publicación, Johnson intenta recuperar una apariencia de normalidad, mientras su equipo transmite la idea de que nada está perdido y de que su jefe pretende plantar cara y resistir en el puesto. Las pruebas, sin embargo, se acumulan en su contra. Como la fiesta sorpresa de cumpleaños que organizó su esposa en pleno confinamiento. Carrie Symonds compró una tarta el 19 de junio de 2020 y convocó a unas 30 personas en el Cabinet Room (la sala del Consejo de Ministros con su mesa ovalada) para sorprender al primer ministro, que ese día cumplía 56 años. Entre los invitados estaba Luly Lytle, la cotizada diseñadora de interiores a la que el matrimonio Johnson había encargado la redecoración de su apartamento privado, en el número 11 de Downing Street.

Hubo comida preparada, procedente de los almacenes Mark&Spencer, y se cantó el Cumpleaños Feliz. Hasta el ministro de Economía, Rishi Sunak, a quien todas las quinielas sitúan como principal candidato a suceder a Johnson, se dejó ver por la fiesta, “aunque no fue invitado”, según uno de sus portavoces. ITV asegura que varios familiares de Johnson pasaron esa noche en Downing Street, y la fiesta se prolongó. Fuentes del Gobierno ya han admitido que los hermanos del primer ministro compartieron esa noche con él y su esposa una barbacoa en el jardín de la residencia, pero que el número de personas nunca superó el límite de seis que estaba entonces vigente.

“Un grupo del personal que trabaja normalmente en el número 10 de Downing Street se reunió brevemente en el Cabinet Room, después de una reunión, para desear al primer ministro un feliz cumpleaños. Él no estuvo presente más de 10 minutos”, aseguran los portavoces de Johnson en su respuesta oficial a las nuevas informaciones. Ya no niegan ni la celebración sorpresa, ni la tarta, ni las 30 personas convocadas en un espacio interior, ni el hecho de que todo eso ocurriera mientras las reglas, para el resto de británicos, prohibían los encuentros en sitios cerrados de individuos procedentes de distintos domicilios.

“Es completamente nauseabundo que el primer ministro dedicara esa tarde a compartir pastel con 30 amigos en un espacio interior. A pesar de que ya nada nos sorprende, todavía nos trae al recuerdo un dolor muy vivo. Mientras decenas de personas le cantaban el cumpleaños feliz, algunas familias no podían siquiera cantar juntas en recuerdo de sus seres queridos en un funeral”, ha dicho Jo Goodman, la mujer que contribuyó a fundar la asociación Justicia para los Familiares de Víctimas de la Covid-19. “Si tuviera alguna decencia, haría lo que nosotros y el resto del país le está reclamando y dimitiría”, ha exigido Goodman. “El primer ministro se ha convertido en una distracción para la nación. Mientras millones de personas luchan por pagar sus facturas, Boris Johnson y su Gobierno dedican todo el tiempo a intentar limpiar su rastro de engaños, corrupción y quebranto de la legalidad”, ha asegurado el líder de la oposición laborista, Keir Starmer.

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Fuentes de Downing Street han confirmado que la polémica fiesta de cumpleaños ya formaba parte de la investigación de Gray, y por tanto no se trata de un episodio nuevo que pudiera retrasar aún más su investigación. Sin embargo, la decisión de New Scotland Yard de entrar a investigar varias de las fiestas puede provocar un efecto inesperado: el equipo de Johnson, según ha adelantado SkyNews, retrasará la publicación del informe hasta que concluyan las pesquisas policiales, que podrían llevar semanas o meses.

La funcionaria, que en última instancia depende directamente del primer ministro, tenía previsto entregar a Johnson una copia de su informe horas antes de hacerlo público. La estrategia del político conservador y de su equipo pasaba por preparar de inmediato una intervención ante la Cámara de los Comunes en la que vuelva a ofrecer sus disculpas e intente “controlar el relato final” de todo lo ocurrido. Por eso muchas voces, comenzando por los editoriales del diario The Times, exigen la publicación íntegra del informe, y no el sumario de conclusiones que Downing Street pretendía presentar.

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El popular historiador Peter Hennessy forjó en su día la teoría del “gobierno de la buena gente”. Venía a decir que en un sistema como el británico, que carece de Constitución escrita y se rige por usos y costumbres centenarios, es importante que los gobernantes respeten el espíritu de la ley y tengan interiorizada la idea de que determinados límites son infranqueables. Por eso, resulta sorprendente que la irrupción en la escena política de un personaje como Boris Johnson haya llevado a Hennessy a replantearse sus convicciones, y a pensar que determinadas cosas, como el hecho de que un primer ministro que miente al Parlamento tenga que dimitir de inmediato, deben quedar claramente establecidas por escrito, para que no haya equívocos. “No tiene la menor idea de lo que supone un comportamiento apropiado, ni un procedimiento apropiado. Desconoce las limitaciones necesarias para que el sistema funcione. Si algo le molesta, simplemente intenta deshacerse de ello”, describe el historiador a Johnson en la revista Prospect.

El primer ministro británico se ha embarcado en una intensa ronda de conversaciones telefónicas personales con la mayoría de los parlamentarios conservadores durante el fin de semana, para intentar convencerles de que le permitan seguir en su puesto. Y ha recuperado al equipo de aliados que le ayudaron a lanzar en 2019 su campaña para el liderazgo del partido para poner en marcha otra operación. Esta vez, de supervivencia.

Son muchos los diputados que estos días han expresado su hastío con el político que, paradójicamente, les proporcionó una espectacular victoria electoral en diciembre de 2019. Y en la mayoría de las críticas estaba el reconocimiento implícito de que Johnson fue útil para superar el eterno laberinto del Brexit, que había dividido durante años a la sociedad británica, pero nadie había pensado en él como un gestor capacitado para llevar las riendas del país. “Nunca hicimos primer ministro a Johnson por su meticulosa comprensión de un montón de leyes tediosas, pero lo ocurrido ha sido escandaloso, y los ciudadanos tienen razón en estar furiosos”, admitía esta semana en la BBC Steve Baker.

Este ingeniero aeronáutico, consultor y exfinanciero, con un profundo desdén hacia la UE y una creencia cuasi religiosa en el neoliberalismo, maniobró en la sombra, a finales de 2018, para recabar los votos necesarios que pusieron en marcha la moción de censura interna contra la entonces primera ministra, Theresa May. El corresponsal del diario EL PAÍS le ha escuchado admitir que Johnson no le entusiasmaba, pero podía resultar útil para sacar adelante el Brexit duro que los euroescépticos perseguían desde su victoria en el referéndum de 2016.

El escándalo de las fiestas prohibidas en Downing Street durante el confinamiento ha convertido a Johnson en un juguete roto, aunque aún dispone de una última doble ventaja frente a los intentos de derrocarle que han surgido en el Partido Conservador. Las reglas internas prohíben que se repita, al menos hasta que pase un año, una moción de censura contra el líder. Si los diputados rebeldes lograran reunir el número de las llamadas cartas de retirada de confianza, 54, que activa automáticamente el proceso de expulsión, Johnson ya ha anunciado su disposición a pelear por su supervivencia con uñas y dientes. Su predecesora, Theresa May, logró aguantar el envite de los euroescépticos, y obtuvo 200 votos de apoyo frente a los 117 en su contra. La dimensión del rechazo interno fue tan elocuente, sin embargo, que la primera ministra anunció su dimisión poco después. El entorno de Johnson ya ha dejado claro que ese no sería su caso, si logra evitar la derrota.

Las diferentes tribus que hoy componen el grupo parlamentario conservador no comparten tampoco el mismo grado de ansiedad ante la crisis actual. Muchos de ellos temen que una nueva carrera por el liderazgo del partido sumiera al país en un periodo de parálisis, justo cuando intenta salir de la pandemia, recuperarse económicamente y afrontar un duro invierno en el que el coste de la vida va a apretar el presupuesto de muchos hogares.

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Algunos diputados han preferido esperar a que concluya la investigación sobre las fiestas de Downing Street antes de tomar una decisión definitiva. Sue Gray, la vicesecretaria permanente de la Oficina del Gabinete, debería tener listas las conclusiones de su informe a mediados de la semana que viene. En los últimos días se han ido acumulando nuevas pruebas contra Johnson y su equipo que Gray ha debido incorporar a la causa. Su retraso en anunciar el resultado de las pesquisas lleva a sospechar que, al contrario de lo que Downing Street pudo haber calculado en un principio, puede ser un golpe duro para Johnson. Gray no tiene capacidad para señalar responsabilidades penales, y se pensará muy mucho la idea de lanzar una acusación directa contra el primer ministro para el que trabaja, pero la presión política sobre ella es de tal intensidad que tampoco se puede permitir la mínima indulgencia.

David Gauke, quien fuera ministro de Justicia en el anterior Gobierno conservador, y uno de los críticos más acérrimos de Johnson, ya ha pedido a sus colegas conservadores que no se dejen engañar, y que pongan el nivel de exigencia lo más alto posible a la hora de escuchar las conclusiones factuales de Gray y las posteriores explicaciones del primer ministro en el Parlamento.

La venganza de Cummings

El ideólogo de la campaña a favor del Brexit en el referéndum de 2016 y exasesor estrella de Johnson, Dominic Cummings, está detrás de muchas de las revelaciones sobre las fiestas que han puesto en la picota al primer ministro. Su salida de Downing Street, humillado y por la puerta de atrás, después de perder su batalla personal contra la esposa de Johnson, Carrie Symonds, alimentó un profundo resentimiento en un hombre introvertido, excéntrico y arrastrado por sus obsesiones. El peor enemigo posible.

Ha sido capaz de explicar en una comparencia ante una comisión parlamentaria cómo entendió desde el principio que Johnson no estaba preparado para el cargo que desempeñaba, y que él mismo intentó, desde su puesto en Downing Street, corregir todas sus torpezas. Utiliza su blog personal, publicado a través de la página web de pago por suscripción Substack, para ir filtrando datos y fechas, e incluso orientar las informaciones e interpretaciones periodísticas que van surgiendo para que no se desvíen del objetivo pretendido: acabar con la carrera política de su enemigo. Por ejemplo, la foto del 15 de marzo de 2020 que publicó el diario The Guardian, en la que Cummings compartía mesa, con vino y queso, junto a Johnson, su esposa Carrie y el secretario del primer ministro, Martin Reynolds, en los jardines de Downing Street, “no era, obviamente, una fiesta, sino una reunión de trabajo”, ha escrito el asesor. La invitación, cinco días después, enviada a más de 100 personas, para que trajeran “su propio alcohol (Bring Your Own Booze)” a otro encuentro en ese mismo jardín, era, sin embargo —también según Cummings—, un evento ilegal del que advirtió a Johnson.

Son bastantes los parlamentarios conservadores que quisieran ganar tiempo, y esperar a las elecciones locales de mayo, para comprobar si finalmente, como sugieren las encuestas, la magia electoral de Johnson se ha desvanecido del todo. El problema de esa estrategia es que ya nadie se fía de que el daño pueda contenerse. Cuando el líder de los conservadores en Escocia, Douglas Ross, decidió abandonar el barco, al comenzar a conocerse el escándalo de las fiestas, tuvo una conversación telefónica con Johnson. Le preguntó, simplemente, si podía asegurarle que no habría más noticias comprometedoras. El primer ministro fue incapaz de hacer esa promesa.

La crisis desatada en Downing Street ha dejado al país y al Gobierno en el limbo. Uno a uno, los ministros que aspiran a suceder a Johnson, han evitado mojarse por él. Rishi Sunak, el titular de Economía; Liz Truss, la de Exteriores; Sajid Javid, el de Sanidad. Son algunos de los nombres que ya circulan ante una nueva carrera por el liderazgo del Partido Conservador. Todos han tenido tibias palabras de apoyo a su jefe, se han limitado a pedir paciencia hasta que concluya la investigación de lo ocurrido, y hasta han querido recordar que la tradición —esa que Johnson suele ignorar— impone que el miembro del Gobierno —primer ministro incluido— que miente al Parlamento está obligado a dejar su cargo.

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La soberanía del Reino Unido reside en su Parlamento, a diferencia de países como España o Francia, cuyas Constituciones establecen claramente que reside en el pueblo. La Cámara de los Comunes, con esos debates en los que mezcla tonos de taberna con retórica de Senado romano, es la institución sobre la que orbita la política británica, y la idea de que el primer ministro haya faltado a la verdad en su comparecencia ante Westminster supone un hecho muy grave. Su exasesor estrella, Dominic Cummings, está dispuesto a testificar bajo juramento que Boris Johnson fue advertido de la ilegalidad de celebrar una fiesta en medio de las restricciones por la pandemia.

El primer ministro compareció ante los diputados el pasado 12 de enero para pedir perdón por las fiestas prohibidas que se habían celebrado en Downing Street durante la fase más dura del confinamiento. En especial, intentó descargar sus culpas sobre una fiesta particular a la que asistió él mismo: la del 20 de mayo de 2020. La que convocó su propio secretario privado, Martin Reynolds, a través de un correo que llegó a 100 personas. Las risas de la bancada de la oposición se oyeron claramente, pero Johnson aseguró que pensó en todo momento que se trataba de un “evento de trabajo” convocado en el jardín de la residencia y sede de trabajo del primer ministro.

Acudió, explicó entonces a la Cámara, para dar las gracias a su equipo por el esfuerzo realizado durante esos duros días de pandemia; no estuvo con ellos más de 25 minutos, y se retiró a continuación a su despacho. “Visto en perspectiva, creo que debí haber pedido a todos que volvieran dentro. Debí haber dado con otro modo de darles las gracias. Debí darme cuenta de que, aunque técnicamente se estaban cumpliendo las recomendaciones oficiales, millones de ciudadanos serían incapaces de verlo de ese modo”, se lamentó el primer ministro desde su tribuna.

Pero Dominic Cummings, el ideólogo del Brexit y asesor estrella de Johnson, ha planeado a conciencia la venganza contra su antiguo jefe. Entró con él en Downing Street, con la misión de darle un vuelco al Reino Unido del siglo XXI, y salió humillado por la puerta trasera, después de ser derrotado en una guerra de poder con la pareja y actual esposa del primer ministro, Carrie Symonds. A través de su blog en la página web Substack, que permite a sus autores cobrar suscripción por sus publicaciones, Cummings está realizando una tarea de acoso y derribo contra Johnson con voluntad de termita.

“No solo yo, sino también otros testigos que presenciaron aquellos momentos, estamos dispuestos a afirmar bajo juramento que eso fue lo que ocurrió”, ha escrito Cummings, al referirse a las diversas advertencias que recibieron Johnson y su secretario sobre la improcedencia de la fiesta. “Una autoridad muy relevante respondió a Reynolds a través de un correo indicándole que la invitación iba contra las normas”, relata en su blog. “El PPS [secretario privado parlamentario, en sus siglas en inglés] acudió a la oficina de esa persona para discutir el asunto, y se negó a retirar la invitación. Yo mismo le advertí de que estaba violando las normas”, describe Cummings, dando a entender que escuchó de primera mano esa discusión. Pero la advertencia siguió ascendiendo en el escalafón, y llegó al propio Johnson. “Le dije al primer ministro algo así como: ‘Martin está invitando a todo el edificio a tomar unas copas. Creo que debes poner freno a esta locura”, escribe el exasesor que pidió a su jefe. “El primer ministro le restó importancia al asunto”, añade.

La vicesecretaria permanente de la Oficina del Gabinete, Sue Gray, la alta funcionaria que tiene la responsabilidad de investigar las fiestas prohibidas en Downing Street, podrá acceder —si no lo ha hecho ya— a ese intercambio de correos, así como interrogar a todos los funcionarios implicados y al propio Johnson. Y al propio Cummings, según ha adelantado SkyNews. Si las pruebas se acumulan, el primer ministro tendría difícil mantener su afirmación de que no mintió al Parlamento.

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Bajo la mascarilla, y con un tono sombrío muy poco habitual en un político tan exuberante, el primer ministro ha vuelto a insistir este martes en que nunca pensó que aquello era una fiesta. “Nadie me lo dijo, nadie me dijo que aquello contravenía las normas, nadie me sugirió que aquello no era otra cosa que un evento de trabajo, porque, de lo contrario, me resulta difícil imaginar que se hubiera seguido adelante con aquello”, ha explicado Johnson a SkyNews.

Resultaba revelador, sin embargo, el modo comedido y con red de seguridad con que dos de sus principales ministros salían a defenderle. Dominic Raab, titular de Justicia, hacía más énfasis en la claridad del Código de Buen Gobierno (Ministerial Code) sobre las consecuencias de mentir al Parlamento, que sobre la honestidad de las explicaciones de su jefe: “Las reglas son muy claras. No puedes engañar al Parlamento. Desde luego, no puedes hacerlo de un modo deliberado y no corregirlo de inmediato si descubres que los hechos fueron otros”, matizaba Raab en la televisión ITV.

Pero mucho más llamativas eran las declaraciones esquivas de Rishi Sunak, el ministro de Economía y gran esperanza de muchos conservadores para reemplazar a Johnson. Se ha limitado a asegurar que aceptaba sus explicaciones, y a pedir paciencia —como ha hecho el propio primer ministro— a la espera de las explicaciones de Sue Gray. Cuando le han preguntado si su jefe debería dimitir, en el caso de que se demostrara que mintió a los diputados, Sunak ha respondido: “No voy a entrar en hipótesis, pero el Código de Buen Gobierno es muy claro en esta materia”. Al insistir el periodista en preguntar si respaldaba a Johnson, el ministro se ha levantado sin quitarse siquiera el micrófono de la solapa.

“Es de la mayor importancia que los ministros [y eso incluye al primer ministro] den información precisa y honesta al Parlamento, y corrijan a la mayor oportunidad cualquier error inadvertido. De los ministros que engañen a sabiendas al Parlamento se espera que presenten su dimisión al primer ministro”, afirma el Código de Buen Gobierno del Reino Unido, prorrogado y firmado por Johnson en agosto de 2019.

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Downing Street, como se conoce habitualmente al edificio donde trabaja y reside el primer ministro del Reino Unido, ha enviado este viernes una disculpa formal a la reina Isabel II por las dos fiestas con alcohol y música que celebraron hasta treinta de sus empleados en las horas previas al funeral del príncipe consorte, Felipe de Edimurgo. El pasado 17 de abril, la reina se sentó sola en un banco lateral de la capilla del Castillo de Windsor, bajo una mascarilla negra que cubría parte de su rostro. Era parte de las duras restricciones sociales que todavía regían en todo el Reino Unido. El Gobierno de Boris Johnson llegó a pedir a los ciudadanos que no llevaran flores a la verja del Palacio de Buckingham o a Windsor, para evitar aglomeraciones en medio de la pandemia. Por todo eso, la revelación del diario The Daily Telegraph —muy conservador, muy defensor del Brexit. Muy partidario de Johnson. Hasta ahora— de que en las horas previas al funeral hubo otras dos fiestas prohibidas en Downing Street ha elevado varios grados la indignación popular contra el Gobierno.

“Es profundamente lamentable que esto ocurriera durante un tiempo de duelo nacional, y el número 10 de Downing Street ha pedido disculpas al Palacio [de Buckingham]”, ha asegurado un portavoz de Johnson. Ha habido llamada telefónica y comunicación oficial por escrito al personal de Isabel II, pero Downing Street no ha querido matizar si el propio Johnson ha sido el que ha transmitido las disculpas, o si piensa hacerlo el próximo martes, en su habitual despacho semanal con la monarca.

“Todo esto demuestra el modo tan grave en que Boris Johnson ha degradado la Oficina del Primer Ministro”, ha dicho en un comunicado público Keir Starmer, el líder de la oposición laborista. Después de ir tan lejos esta semana como para pedir públicamente la dimisión de su rival, durante su enfrentamiento del pasado miércoles en la Cámara de los Comunes, Starmer quiere mantener a toda costa la presión sobre Johnson. “Los conservadores han defraudado al Reino Unido. Una disculpa no es únicamente lo que el primer ministro debería ofrecer al Palacio de Buckingham. Johnson debe hacer lo único decente que puede hacer: dimitir”, ha reiterado el político laborista.

En esta ocasión, según ha revelado el diario The Daily Telegraph, Johnson no estuvo presente en ninguna de las dos fiestas. Se encontraba en esos momentos en Chequers, la residencia de descanso oficial del primer ministro británico. Pero fue una vez más bajo su jurisdicción y mandato que el personal de Downing Street se saltó las normas que se imponían con rigor al resto del país. Las reuniones en interior de personas de distintos domicilios seguían entonces prohibidas.

Ambos eventos se convocaron para despedir a dos trabajadores. Uno de los que se marchaba era James Slack, hasta entonces director de Comunicación del primer ministro. Una herencia de la era de su predecesora, Theresa May. El otro era uno de los fotógrafos oficiales de Johnson. Corrió el alcohol en abundancia, según han narrado al Telegraph algunos testigos. Hubo risas y bailes. La juerga se prolongó hasta la madrugada. Unos comenzaron en las oficinas y acabaron en el jardín. Otros, en el sótano de Downing Street, donde incluso un portátil a todo volumen proporcionó la música. Alguien fue incluso al supermercado cercano con un maletín vacío que llenó de botellas de vino. Al final, las cerca de 30 personas que sumaban las dos fiestas acabaron juntas en el jardín.

Slack ha publicado este mismo viernes sus propias disculpas por todo lo sucedido: “Quiero pedir perdón sin reservas por toda la rabia y dolor causados. Este evento no debería haber tenido lugar en el momento en que ocurrió. Estoy profundamente arrepentido y asumo completamente la responsabilidad”, ha asegurado el exasesor de comunicación.

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La vicesecretaria permanente de la Oficina del Gabinete de Johnson, Sue Gray, debe concluir en pocos días su investigación interna sobre las fiestas prohibidas celebradas en dependencias gubernamentales, incluida aquella en la que Johnson ha admitido su presencia. Se suman ahora a sus pesquisas dos fiestas más. Y puede que la pesadilla del primer ministro no acabe aquí. En un país acostumbrado a regar en alcohol el final de cada jornada laboral, el amplio jardín de Downing Street era la excusa perfecta para convertir en fiesta las largas reuniones de trabajo, con la conciencia tranquila. Así lo vieron muchos de los participantes en ese momento, sin comprender que alteraban profundamente las normas que se exigían severamente al resto del país. Una regla para ellos, otra para el resto. Cada nueva información sobre los desmanes de Downing Street durante el confinamiento hunde más por los suelos la popularidad de Johnson y acerca la posibilidad de una rebelión entre los diputados conservadores que ponga fin a su liderazgo y a su carrera como primer ministro.

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Los empleados del complejo gubernamental de Downing Street celebraron otras dos fiestas más, regadas en alcohol, el pasado 16 de abril, cuando el Reino Unido vivía aún inmerso en severas restricciones sociales por la pandemia, y el país estaba de luto oficial por la muerte por el esposo de Isabel II, el príncipe Felipe de Edimburgo, seis días antes. La noticia la ha contado en exclusiva The Daily Telegraph, un periódico que puede considerarse la Biblia de los conservadores, sobre todo del ala dura. Defensor del Brexit, e impulsor de la carrera política de Boris Johnson —fue su tarea como corresponsal de ese diario en Bruselas la que le catapultó a la fama—, el tono de extrema dureza que utiliza para revelar la existencia de estas dos nuevas fiestas prohibidas da una idea del acorralamiento al primer ministro.

En esta ocasión, cuenta el diario, Johnson no estuvo en el jardín con el resto de invitados. Se había ido a la residencia oficial de descanso, en Chequers. Pero fue una vez más bajo su jurisdicción y mandato que el personal de Downing Street se saltó las normas que se imponían con rigor al resto del país. Las reuniones en interior de personas de distintos domicilios seguían entonces prohibidas. Se pidió a los británicos que no acudieran a depositar flores a Buckingham o a Windsor para evitar aglomeraciones que infringieran las normas de distanciamiento social.

El modo en que el diario relata lo sucedido da una idea de la intensidad de la rabia desatada, en la prensa y entre los diputados conservadores, contra Johnson: “En una capilla privada del Castillo de Windsor, yació en soledad el ataúd del Príncipe durante la noche. Al día siguiente la reina, con su rostro cubierto por una mascarilla negra, dijo adiós a quien fue su esposo durante 73 años. Por imposición de las normas de distanciamiento social, se sentó sola. La atmósfera en Downing Street, aquella tarde, era muy diferente. Asesores y funcionarios se reunían, en dos eventos separados, para celebrar la despedida de dos colegas”, relata el corresponsal político del periódico, Tony Diver.

Uno de los que se marchaba era James Slack, hasta entonces director de Comunicación del primer ministro. Una herencia de la era de su predecesora, Theresa May. El otro era uno de los fotógrafos oficiales de Johnson. Corrió el alcohol en abundancia, según han narrado al Telegraph algunos testigos. Hubo risas y bailes. La juerga se prolongó hasta la madrugada. Unos comenzaron en las oficinas y acabaron en el jardín. Otros, en el sótano de Downing Street, donde incluso un portátil a todo volumen proporcionó la música. Alguien fue incluso al supermercado cercano con un maletín vacío que llenó de botellas de vino. Al final, las cerca de 30 personas que sumaban las dos fiestas acabaron juntas en el jardín.

La vicesecretaria permanente de la Oficina del Gabinete de Johnson, Sue Gray, debe concluir en pocos días su investigación interna sobre las fiestas prohibidas celebradas en dependencias gubernamentales, incluida aquella en la que Johnson ha admitido su presencia. Se suman ahora a sus pesquisas dos fiestas más. Y puede que la pesadilla del primer ministro no acabe aquí. En un país acostumbrado a regar en alcohol el final de cada jornada laboral, el amplio jardín de Downing Street era la excusa perfecta para convertir en fiesta las largas reuniones de trabajo, con la conciencia tranquila. Así lo vieron muchos de los participantes en ese momento, sin comprender que alteraban profundamente las normas que se exigían severamente al resto del país. Una regla para ellos, otra para el resto. Cada nueva información sobre los desmanes de Downing Street durante el confinamiento hunde más en los suelos la popularidad de Johnson y acerca más la posibilidad de una rebelión entre los diputados conservadores que ponga fin a su liderazgo y a su carrera como primer ministro.

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publicidad política en Cali
La regulación de publicidad política con miras a elecciones ya quedó definida en Cali. 

La regulación de publicidad política con miras a elecciones ya quedó definida en Cali.

Noticias Cali.

Cada año de elecciones uno de los mayores problemas tiene que ver con la publicidad política de los partidos y candidatos (as), a pesar de pasar meses en campañas, también llenan la ciudad de fotos, mensajes, pendones, pasacalles y lo más grave, en muchos, esa propaganda electoral queda por meses.

Aunque hay una regulación y sanciones para las campañas que no limpien su propaganda, no todos cumplen.

Serán dos campañas este 2022. Foto tomada de Noticiero 90 Minutos.

Cali actualmente tiene un grave problema de contaminación visual, y aunque se han implementando jornadas como Graficalia para mejorar, limpieza y desmonte de vallas ilegales, falta mucho por hacer.

Y viene una época difícil, en la que las normas no se cumplen debidamente y donde las autoridades o se ven desbordadas, o no actúan.

En julio del 2020, la Personería de Cali emitió un comunicado señalando que había más de 30 vallas irregulares y que la Alcaldía no había cumplido con la regulación de este tipo de publicidad exterior.

Para ese momento se mencionaba: «Según el inventario de Espacio Público y Ordenamiento Urbanístico, hay 248 vallas instaladas con registro vigente al 31 de Diciembre de 2019, pero hay 144 con esos permisos vencidos e irregularidades».

La situación no cambió mucho en 2020 con el inicio de la pandemia, menos en 2021 con crisis de salud por el Covid y paro nacional.

Meten mano a la propaganda para elecciones 2022

Esta semana la oficina de Planeación Distrital anunció el Decreto No. 4112.010.20.1012 DE 2021 del 13 de diciembre, para la regulación de publicidad exterior con miras a elecciones.

  • Cada partido y movimiento político puede instalar su propaganda hasta en un máximo de 30 vallas. 

Para estos elementos, la norma indica que «no deben poseer áreas menores a 8 metros cuadrados, ni superiores a 48, y estas deben tener Registro expedido por el Departamento Administrativo de Planeación Municipal».

Además, Roy Alejandro Barreras Cortés, director del Organismo, indicó que se regulan otros tipos de propagandas.

  • En las sedes políticas, un máximo un aviso por cada una de las fachadas del edificio o lugar
  • Pasacalles, pendones, pancartas están prohibidos
  • Deben anunciar en vallas autorizadas y legales, de lo contrario habrá sanciones económicas y de otro tipo.

Las otras medidas son:

  • No se permitiá la publicidad política pintada con aerosol o cualquier clase
    de pintura sobre los inmuebles publicos y privados.
  • Los volantes están permitidos pero no para entregarlos en espacios culturales, historicos, puentes peatonales y vehiculares, entidades oficiales, entidades
    de la fuerza pública, centros educativos y deportivos y sus alrededores.

Deberá retirarse esa propaganda en todo el Distrito, en menos de una semana una vez pasen las elecciones.

El decreto establece que «dentro de las cuarenta y ocho (48) horas siguientes a la finalizacion de la contienda electoral del 13 de Marzo de 2022».

Este es el decreto completo: Decreto 1012 de 2021 Se regula la Propaganda Politica Elecciones al Congreso 2022 en Cali

El desorden con la publicidad de gran tamaño o en modalidad de carteles pegados en paredes, muros, puentes.

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